viernes, diciembre 26

Mi querida China

No sé el tiempo que pasó, ni si había podido dormir algo o no, cuando de repente oí los cascabelitos de la puerta de la entrada. Me los había regalado Li Ni, para protegerme de los malos espíritus. Si los oía a media noche sonar significaba que los muertos habían entrado en casa y lo único que podía hacer, para protegerme, era no abrir los ojos. Bien, eran las tres de la tarde, y se me había olvidado preguntar a Li Ni si los muertos hacían visitas durante la siesta. Me quedé inmóvil pensando en si levantarme o no, por si acaso lo pensaba con los ojos cerrados, no fuéramos a tener un disgusto. Al oír un martillazo en la cocina decidí salir a ver, porque o era un muerto muy enfadado o un vivo que estaba destrozando mi cocina. En el hall comprobé que la puerta de casa estaba abierta de par en par. Sin dar un paso más, alargué el cuello hasta poder ver el interior de la cocina. Sí, había un hombre de cuclillas frente a los fuegos de gas.
Ni hao… —dije tímidamente intentando llamar su atención.
Quizá el primer año hubiera salido corriendo pero ya llevaba tres viviendo en China, y estaba más que acostumbrada a que los chinos entraran en mi apartamento sin pedir permiso y, sin mediar palabra, se pusieran a arreglar o cambiar algo de la casa.
Ey! Ni hao, ni hao!! Wo lái xiu ye hua qi.
Hao —dije entrando en la cocina buscando el calorcito del radiador.
El señor en cuestión era parte del personal de mantenimiento del edificio. El equipo lo formaban tres, la verdad es que eran muy, muy parecidos pero éste era el más joven y delgadito. Los tres llevaban pantalones de pinza negros, chaqueta y mocasines, y portaban un destornillador. Sí, nada más que un destornillador, así, en la mano, como el pica hielos de Sharon Stone pero en destornillador. No sé cómo se las arreglaban pero con él hacían todo el trabajo, fuera lo que fuese: chin chun chin y… ¡lámpara arreglada!, ¡tubería fijada!, ¡Internet conectado!, ¡baldosa pegada!, ¡ventanas tapiadas! Sí, esto último no es una exageración, cierto como la vida misma. Un día bajé a recepción quejándome del frío que entraba por los balcones. Tenía dos, uno en la habitación y otro en el salón. Prometieron hacer algo al respecto. Dicho y hecho. Al día siguiente llegó uno de los tres chinos con su traje, sus mocasines y su destornillador en la mano y me pidió que saliera por unas horas porque igual me molestaba el ruido. Uy, qué amable y considerado. Así que despreocupada me fui a tomar un largo café a una de esas cafeterías japonesas tan lujosas. Al volver me encontré con una masa de ladrillos tapando ambas puertas de los balcones. Fui a recepción encolerizada, pero ellos me tranquilizaron asegurándome que aquella obra de arte estaba sin terminar, todavía faltaba pintar pero antes debía secarse. Vaya, ¿gracias?
Sentí como el joven de mantenimiento se desviaba de su trabajo para mirarme atónito las piernas. Nuevamente digo que si fuera mi primer año en China pensaría que aquel hombre era un auténtico pervertido pero al ser el tercero podía asegurar que el pobre estaba perplejo ante tantos pelos. Y es que las chinas eran esos angelitos sin vello que tanto envidiábamos las occidentales.
—Pelos —le dije mientras yo misma me los miraba—. Antes me depilaba por lo menos una vez al mes, pero… desde que estoy en China sólo cuando viene mi novio.
El hombre me miraba sonriente sin entender una sola palabra pero parecía agradecido de que quisiera mantener conversación. Mientras me oía volvió a meter mano en el conducto de gas ayudado de su destornillador.
—Pues sí, es francés, mi novio, digo, es francés, faguórén, ¿eh? —y se lo volví a repetir más alto y despacio—, fran-cés, fa guó rén, ¿sí?
Hao, hao —me contestó sonriéndome divertido.
—Pues ya ve qué situación ¿no? Yo aquí Zhongguó y él allá, en Lyón. No es fácil, no. Pero lo que siempre digo, ¡oye!, ¡que puede ser mucho peor!
—¿Elvira...?
—Uy, loca, ¿cómo has entrado?
Frente a la puerta de la cocina estaba Feng Min mirándome alucinada. Feng Min también era profesora de español en la Universidad de Dalian, pero nunca pude tratarla como a una colega sino como a una hermana.
—La puerta estaba abierta, ¿qué haces con este señor? —me dijo.
—¡Ah! Es el de mantenimiento, ha venido a arreglar el gas, estábamos hablando.
—¡¿Hablando?! ¡¿En español?! —alargó la mano para invitarme a salir de la cocina y cambió su preocupante tono por uno muy cariñoso—. Ay, pobrecita, creo que pasas demasiado tiempo sola, ¿verdad?
Cogida de la mano me llevó hasta el salón y como a una niña pequeña me sentó en el sillón, me miraba preocupada.
—Feng Min, no estoy loca.
Ella ladeó la cabeza con duda.
—No, loca no, pero tan sola… ¿verdad? —me dijo cogiéndome las dos manos entre las suyas.
—Pues sí, y más si mi única amiga deja de hablarme durante una semana.
Por pequeños desacuerdos metodológicos en la enseñanza, habíamos dejado de hablarnos durante siete largos días.
—¡Oh!, ¿yo?, ¡¿yooo?! —empezó el teatro: se llevo las manos al pecho y abrió sus dos ojitos como platos, mientras gesticulaba con la boca sin terminar de decidirse por pronunciar ninguna palabra. Era como estar viendo a un personaje de la ópera de Pekín—. ¡Tú eres la que no me habla! —terminó por decir.
La miré con expresión tranquila y sonriendo. Cuando interpretaba al personaje de ofendida sabía que se sentía culpable y de algún modo quería solucionar aquello sin caer en cursis frases de perdón. Así que tomé un atajo.
—Bien, pues yo ya te hablo.
—Ah… y yo… ­—me dijo un tanto sorprendida.
—Vale.
Hao.
—¿Y?
—¿Y qué?
—Has venido a mi casa para…
—¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaah! ¡Sí, sí, sí, sí! —Feng Min parecía excitadísima de repente, cambió de registro por completo y empezó a comportarse tan risueña como siempre—. Es que... ¡No sabes, no sabes, no sabes, no sabes! ¿no?
—Pues no… ni la menor idea.
—Te lo voy a decir ¿vale? —se retiró su larga melena negra hacia atrás y me miró llena de ilusión—. ¡Li Ni se casa!
Las dos de un golpe nos pusimos de pie, y empezamos a gritar dando saltitos como tontas cogidas de las manos por todo el salón. Después nos entró la risa y nos agachamos de cuclillas sujetándonos sendas barrigas para no estallar.
El hombre de mantenimiento entró en la sala y mirándonos, como si fuéramos dos setas crecidas en la moqueta, dijo algo.
—¿Qué ha dicho? —pregunté cogiendo un poquito de aire.
Feng Min me hizo un gesto de despreocupación con la mano y empezó a reírse.
—Bah… nada, que duermas con las ventanas abiertas porque todavía se escapa un poquito de gas.
Me desplomé panza arriba en el suelo completamente muerta de risa. China, mi querida China.

domingo, diciembre 14

Diálogo congelado

Enfundé el portátil en la mochila. Metí un yogur bebible y un plátano en el bolso. Guardé las llaves del despacho en el bolsillo del abrigo, para tenerlas a mano nada más llegar, y cerré la puerta de casa. ¡Ay, mierda!, ¡las llaves del coche! Volví a abrir la puerta haciendo malabarismos con la mochila y el plátano saliéndose del pequeño bolso. Entré en casa de nuevo y busqué con la vista las llaves. Repasé todas las superficies y nada. A ver, piensa, ¿dónde las has puesto? Rápido porque en menos de 40 minutos tus alumnos pretenden hacer un examen. Recordé mis últimos movimientos antes de salir de casa, lo que me llevó al baño y nada, a la habitación y nada, a la cocina y nada, ¡espera!, si has cogido el yogur quizá… Abrí la nevera y allí estaban las pobres, muertitas de frío, junto a los yogures y el tuper de pavo. Me miraban con cara de por qué nos haces esto si siempre nos pillas a mano cuando nos necesitas. Las cogí y me disculpé.
—Lo siento, chicas.
—Bueno, mientras no nos tires al retrete.
Nuevamente me equipé con todos los bártulos y salí de casa.
Estaba todo nevado. Bajé las escaleras del porche con cuidado, sería muy mío en aquellas condiciones bajarlas de culo, y no tenía ninguna gana. Me sujeté a la barandilla granate, vaya, se está descascarillando, pensé. Qué desastre, nuestro palacio se desmoronaba otra vez.
Frente al coche, metí la llave en la puerta y la giré. Tiré para abrirla pero aquello no se movía. A ver, otra vez. Nada. ¿Qué estaba pasando, habían intentado robarme? Me agaché y puse mis narices a la altura de la cerradura pero… si... ¡está congeladaaaaaaaaa!!!
El hielo había hecho efecto Loctite. La puerta estaba lapada al coche por una transparente masa fría.
¡¿Qué hago?! Empuñando las llaves en la mano, con el bolso de bandolera, la mochila en el antebrazo y dando saltitos para evitar caerme en la nieve, fui corriendo hasta la puerta del copiloto. ¡Congelada, también! Miré mi reloj, faltaban treinta minutos para el examen.
Vale, tranquilidad, pide ayuda, me dije. ¡¿A quién?¡, me respondí nerviosa. ¡No sé, mujer, pues… a Fred o a cualquiera, vives en un barrio residencial lleno de casas!, me grité intentando hacerme reaccionar. Seguí mi propio consejo, así que me coloqué en mitad de la estrecha carretera. Porque estaba todo nevado que si no hubiese dicho que era un desierto. Nunca había nadie por la calle. Era el pueblo fantasma.
Dando saltitos y cargada con mis cosas como un árbol de navidad, volví al coche. En un acto de desesperación intenté hacer la cosa más estúpida jamás pensada. Como si de un soplete me tratara, empecé a echar mi aliento a propulsión alrededor de la puerta.
—Buenos días.
Me erguí rápidamente y sin darme la vuelta le devolví los buenos días a ese alguien que pasaba por ahí. Estaba completamente abochornada.
—Mañana de frío tenemos hoy, ¿eh?
—Vaya… ya te digo —dije tiesa como un palo y con la mirada fija en el más allá.
Oí sus pasos alejarse y me relajé.

Es que eres tonta de remate, me increpé, ¿por qué no le has pedido ayuda? ¡Porque me ha visto echar estúpidamente el aliento a la puerta congelada de mi coche!, me contesté con rabia. Pues eso, más tonta y no naces. La lista, la que todo lo sabe, a ver, pues, ¿qué harías tú? Bueno, ya, chicas, dejad de discutir. ¿Quién ha dicho eso?, me pregunté asustada. Yo no, me respondí. Aquí hay tres voces y sé que dos son mías pero la tercera me sobra. ¿Quién está ahí?, me volví a preguntar. ¡Hey, soy yo!, la narradora. Uy… por si éramos pocos parió la abuela. Bueno, un poquito de respeto, ¿no? que como buena narradora debo poner orden en los diálogos y esto se nos está desmadrando. Pero ¿y ésta quién es?, me volví a preguntar sin enterarme de mucho. Mujer, ésta es la que va de escritora, la pobre… escribe como el culo pero nadie se lo dice y claro… se emociona, y ¡hala!, venga cuentos y tú y yo, vamos, quiero decir, yo y yo a pringarla. Chicas, os estoy oyendo, os recuerdo que soy narradora omnipresente. Ni caso, que ahora empezará con su rollo de soy como dios: creadora de mis personajes, déjala con su ego, tú dale al aliento que en menos de 20 minutos tienes examen y la puerta sigue congelada, dale, dale.
—¿Estás bien?
Estoy escuchando una cuarta voz, os lo juro, ¡soy cuadripolar!
—Princesa, ¿estás bien? —volvió a repetir la cuarta voz.
Me di la vuelta con entusiasmo, sabía que estaba salvada.
—¡Fred! Oh, menos mal. Mira cómo está el coche y en quince minutos tengo que hacerles un examen a mis alumnos y no llego, no llego, no llego...
Creo que pude trasmitir el dramatismo suficiente para que añadiese inmediatamente:
—Pues te llevo yo, vamos, princesa, sube a la camioneta.
Me monté con todos mis trastos. Fred arrancó.
—¿Con quién hablabas?
—¿Qué…? —respondí intentando evadir la pregunta.
—Cuando te he encontrado estabas hablando sola.
—Ah… ¡eso!, ¡ja, ja, ja! —forcé una falsa carcajada—, no, lo que pasa es que a veces hablo con mis personajes, cuando me encuentro con situaciones que pueden ser relatadas pues empiezo a crear un cuento —así, sin más, lo dejé caer.
—Ya… —dijo Fred absolutamente incrédulo.
Continuamos el camino sin hablar hasta llegar a la puerta principal del viejo edificio de la universidad.
—Oye, princesa, a las cinco ya se hace de noche y no quiero que andes sola por ahí, así que antes de salir llámame que te vengo a buscar.
—¡Oh, gracias, Fred! —agradecí su detalle mientras me bajaba de la camioneta.
—Y oye… —titubeó antes de empezar— y… ¿yo soy personaje de alguno de tus cuentos…?
—Tú eres el rey de mi palacio, Fred, y ¿sabes…? —continué ilusionada—, tenemos una barandilla granate en nuestro porche…
—¿Granate? —preguntó asombrado.
—Granate… —contesté.
Le dije adiós con la mano mientras le sonreía y cerré la puerta de su camioneta.

miércoles, diciembre 10

La culpa fue del café

Me acerqué hasta la cafetería de la biblioteca y pedí un expreso doble para llevar. Miré con envidia a la gente sentada en las mesas, me encantaría tomármelo allí pero todavía tenía que preparar las clases de mañana y me apetecía terminar pronto y marcharme a casa.
Un café para llevar —repitió la camarera imitando mi acento— me encanta tu acento, cariño, ¿de dónde eres?
—De España.
—Te lo dije, Jeannie —la camarera se dio la vuelta y golpeó el hombro de su compañera—, que turca no podía ser porque es muy bajita.
¿Turca? ¿No podía ser turca porque me faltaban centímetros?
Jeannie me miró y ladeó la cabeza.
—Bien… pero el pelo y sus ojos son de turca, pero sí, vale, cierto… demasiado baja.
—Es que su novio es turco, ¿sabes, cariño?, y ahora ve escrito Turquía en la frente de cualquiera.
—Ya… —¿y porque su novio fuera turco me tenían que llamar enana a la cara?
—¿Y el tuyo? —me preguntó Jeannie con la cabeza todavía ladeada.
—Mi, ¿qué? —respondí confusa.
—Tu novio, cariño ¿de dónde es? —repitió la pregunta la primera camarera sin nombre.
No se conformaban con recordarme que no llegaba al metro cincuenta y tres de altura, ahora metían el dedo en la llaga de mi soltería.
—De Pakistán —contesté creyendo haber anotado un tanto a mi favor.
—¿Pakistán? —dijeron ambas camareras mirándose con asombro.
—De Pakistán… pues allí tampoco son muy altos —sentenció Jeannie.
Decidí pagar mi café y marcharme lo antes posible. Cuando salía por la puerta, un joven entraba de espaldas porque seguía despidiéndose de alguien que estaba fuera. Al voltearse me dio tal empujón que tiró mi café al suelo. Genial, estaba claro que aquél no era mi día.
—Jeannie, fregona en la puerta dos, la turca ha tirado el café —avisó sin entusiasmo la-sin-nombre.
—Oh, perdona, por favor, perdóname, no te había visto —se disculpó el joven.
—¡Ja, ja, ja! Es que es muy bajita —dijo Jeannie fregándome los pies.
El joven se rió y después añadió:
—Sí, baja y muy bonita.
Levanté la cabeza sorprendida.
—¿Mike...?
No lo había vuelto a ver desde aquel día en la lavandería.
—Hola, simpática —Mike me saludaba desde las alturas—. Venga, que te debo un café pero vayamos a otro sitio.
—Vaya… y yo que pensaba que los de Pakistán eran bajitos, mírale a éste, casi dos metros… —pude oír a Jeannie antes de que Mike me sacara de la cafetería.
—Elvira, la chica simpática de la lavandería… —dijo pensativo—. ¿Dónde te has metido desde entonces?
—Bueno, con el tema de las elecciones he estado muy liada —mentí.
—Vaya, pues para no ser americana y no poder votar sí que te ha absorbido el tema presidencial, ¿no?
Ups, tocada y hundida.
—Pues si te digo la verdad —continuó—, tenía muchas ganas de volverte a ver —su sinceridad y transparencia no dejaban de sorprenderme, era un verdadero encanto—. ¿Tienes algo importante que hacer ahora?
—Preparar las clases de mañana —contesté.
—He dicho importante… —recalcó Mike con una bonita sonrisa.
—Bueno… pues…prepar… —no me dejó terminar, me cogió de la mano y me llevó al aparcamiento.
—Pero ¿a dónde vamos? —pregunté.
—Te invito a la lavandería.
—¿Eh? —me reí—, pero si no tengo aquí mi ropa para lavar.
—No importa, te presto parte de la mía, la ropa sucia siempre me sobra.
Me encantó su ingenio.
A pesar de no conocerlo de casi nada, no me importó montarme sin más en su viejo coche. Su frescura y naturalidad al actuar me daban la confianza suficiente. Llegamos a la lavandería. Mike descargó un gran saco de ropa sucia y me cedió el paso al entrar en el establecimiento. Frente a la lavadora me preguntó:
—¿Qué prefieres: mi sexy ropa interior, vaqueros y camisetas, mi ropa de deporte o las sábanas?
—Mmm… las sábanas.
Mike colocó las sábanas en uno de los carritos con ruedas y el resto de su ropa en otro. Después me llevó al final del pasillo con mi carrito, me dio cuatro monedas de un cuarto de dólar y dibujó en el suelo una línea imaginaria con el talón de su pie.
—Vale, ésta es la salida, ¿sí?, cuando cuente tres, sale cada uno con su carrito y pone una lavadora, el primero que termine gana.
—¿Qué…?
—Uy, perdona, claro, te falta el jabón —Mike abrió el detergente líquido y echó un poco en el tapón, luego me lo dio—, con esto será suficiente, ¿sí?, ¿preparada?
—¿Qué…? —volví a preguntar alucinada.
—Uno…
Empecé a ponerme muy nerviosa.
—Dos…
¿Se suponía que tenía que salir corriendo? Pero ¿de dónde se había escapado este tío?
—¡TRES!
¡¡¡¿Tres?!!! ¡Ay madre!, Elvira, ¡corre, corre!, pero ¡corre más que con su metro noventa te saca medio pasillo de ventaja! Ay, el carrito que se te va para el otro lado. Esta lavadora, ¡no, no, no!, ésta no, que está sucia, a ver, ¡corre! venga, ésta, ¡sí!, ¿pero Mike ya está metiendo su ropa?, Elvira, ¡empújalo!, ¡empújalo!, ¡sí, eso!, con carrito incluido.
—¡Ey, tramposa, eso no vale! —gritó Mike riéndose desde el suelo.
¡Ahora! Aprovecha, mete las sábanas, ¡rápido, rápido!, ¡todo dentro de la lavadora! ¡Cuidado, a tu derecha!, ¡carrito asesino enviado por el enemigo! Ay madre, que no me da tiempo, que él ya está metiendo las monedas, ¡sí!, se le han caído dos monedas al suelo, ¡vamos!, ¡el carro, lánzaselo!, ¡toma carro! ¡Monedas-ranura-selección- lavar-blanco!, y…:
—¡YEEEEEEEEEES!!!! And the winner is: Súper Elvira Rebollo, ¡oe, oe, oe, oe, oe! ¡Elvira-ra-ra-ra!, ¡Elvira-ra-ra-ra! —yo sola me jaleaba encantada con los brazos en alto.
Mike me miraba muerto de la risa.
—¿Qué he ganado?, ¿qué he ganado?, ¿qué he ganado? —le pregunté desde abajo con una sonrisa gigantesca.
Mike se agachó y me pellizcó la nariz como a una niña pequeña. Sin dejar de sonreír me dijo que enfrente nos esperaba Logan con dos grandes tazas de café.
El café estuvo malísimo pero sus besos no…

miércoles, diciembre 3

La 64


—Perdón, perdón, perdón… —dije mientras entraba en la parte de atrás del coche.
—Tres minutos tarde, señorita —puntualizó Teresa mientras me ofrecía su mejilla desde el asiento del conductor, la besé.
—¡Eres una pesada, nena, una pesada!
—Oh, vamos, Margaret, Teresa dice que sólo han sido tres minutos.
—Teresa puede decir… Mira lo que puede decir —Margaret se colocó la mano en la boca y me lanzó una pedorreta. Teresa y yo reímos con ganas.
—Vale, ¿estamos todas?, pues hala, ¡en marcha!
Teresa dio el pistoletazo de salida. El viaje acababa de empezar. Las dos hermanas octogenarias me llevaban a Charleston a un concierto de la Orquesta Sinfónica de West Virginia.


Teresa era ex profesora de música en la misma universidad en la que yo daba clases, y hablando un día de esto y aquello no pudo creer cuando le dije tan frescamente que la música clásica no me gustaba. No entiendo, me espetó, no la entiendo, señorita, me quiere decir usted ¿a cuántos conciertos ha ido? ¿Conciertos…?, me pregunté a mí misma, pues… ¿dos?, ¿tres? Teresa se llevó la mano a la cabeza. Bien, todavía estamos a tiempo de desbestializarte, te llevaré a quinientos conciertos mientras estés aquí, me dijo amenazantemente, y después te volveré a preguntar si te gusta la música clásica y será entonces cuando me darás una respuesta desde el conocimiento. ¡¡¡¿A quinientos?!!!!, ¿pueden ser cuatrocientos noventa y siete?, anda, Teresa, ten en cuenta que ya he ido a tres. Me gané un cachete en la cabeza.

—A ver, sujétame un momento el bolso, nena, que quiero… vaya, por dios, hija, qué complicado, a ver, pero ¿quieres sujetar? —Margaret sostenía en el aire su bolso con una mano y con la otra una pequeña almohadilla para aposentar, cómodamente, sus riñones en el asiento.
—Perdón, estaba en otro lado —dije apresurada no fuese a ser que empezara con su retahíla.
—No, eso seguro, nena, ¡aquí no estabas! Yo sin poder moverme pero tú en otro lado, claro que sí. Pues, anda, ayúdame.
Le cogí el bolso y lo puse junto a mí en el asiento de atrás. Luego me acerqué hacia adelante para poder ajustarle la almohadilla.
—A ver, no, nena, tira de aquí, que yo me pongo más así, ¿ves? A ver, tira —y yo tiré—, pero no tan fuerte, bruta, que me la has sacado de lado, ¿ves?
—A ver, Margaret, pues intenta inclinarte hacia adelante porque si no va a ser imposible —quise explicarle.
—Es que no es inclinarme hacia adelante, nena, es hacer las cosas bien, y tú no tiras como debes. Sácalo otra vez y ahora tira así, pero así, no así, ¿eh? Así.
—Vale… ¿así?
—No, así, así, para acá, dale para acá, pero sin arrugarme la chaqueta, ¿eh?—intenté seguir sus instrucciones—. Eso, así, ves como así sí puedes, hala… ¿Ya?, ¿eh, nena?, ¿ya?
—Pues… creo que sí… ¿qué?, ¿bien?
Magaret se frotó la espalda contra el asiento, me recordó a Baloo, parecía estar cómoda porque no me contestó, así que era buena señal.

Empezó a llover torrencialmente, casi no podíamos ver la carretera, Teresa iba muy despacio, todavía no habíamos salido de Huntington.
—Madre mía, la que está cayendo —dijo Margaret— fíjate, fíjate, uy… cómo cae.
Teresa fue disminuyendo la velocidad hasta dejar el coche aparcado al lado derecho de la carretera.
—Elvira, cariño, conduce tú, que a mí con tanta lluvia me da miedo, ya no tengo los reflejos de antes —Teresa, sin darle mayor importancia a sus palabras cogió un paraguas plegable de la guantera, salió del coche, me abrió la puerta y me empujó hacia fuera.
Quise quejarme pero no me dio tiempo, en unas décimas de segundo me vi fuera del coche empapándome mientras las dos hermanas ya estaban colocadas de nuevo en el interior.
Toqué la ventanilla del conductor para que me abrieran la puerta, ¿qué demonios había hecho Teresa para cerrarla?
—Chicas, abridme, abridme, que me mojo, ¡chicas! —aplasté mi nariz contra el cristal, y las vi discutiendo sobre si yo ya te dije que llovería y tú no me hiciste caso, y qué más dará, pero no da igual, porque a ver ahora cómo llegamos y encima sin llamar a Carol que estará esperando pero lloviendo seguro que se va—. ¡CHICAS! Abridme la puerta —pero nada, ellas seguían que si Carol tiene móvil, pero que no, porque nunca lo lleva encima, que ya verás tú, que es por tu culpa, perdona, pero haberla llamado tú—. ¡POR FAVOR, abrid, la puerta! —volví a golpear con fuerza la ventanilla y me tragué un profundo joder que rebotó histérico en mi estómago.
Teresa desde la parte de atrás me abrió, por fin, la puerta.
Con absoluta calma entré en el coche, apoyé mis botines en la alfombrilla mientras hacían chof-chof, cerré la puerta y con un golpecito de dedo lancé la gota que caía por mi nariz. Intenté despegarme un poquito los vaqueros mojados para no coger una cistitis y giré la llave de contacto.
—Uy, te has mojado, nena…
—Pues sí… un poquito, porque no me abrías la puerta.
—La culpa es de Teresa, no ves, nena, que si me muevo se me cae la almohadilla y vuelta a empezar.
Suspiré atándome el cinturón de seguridad.
—Vale, y ahora ¿cómo se llega a Charleston? —pregunté sin mucha gana.
—Es la 64 —contestó Teresa.
—Sí, nena, la 64 y ya llegamos.

La 64 era la autopista mágica porque te llevaba a cualquier sitio de West Virginia. Necesito ir al aeropuerto: la 64, ¿el centro comercial?: la 64, ¿para llegar a Porstmouth?: la 64. Tanto que un día me dieron las mismas indicaciones para llegar al supermercado y terminé en Ohio.
—Luisa, estoy en Ohio —dije a mi jefa por el móvil desde dentro del coche.
—¿Qué haces en Ohio, guapa? Pensaba que te ibas al supermercado, como me has preguntado antes de marcharte, pues… he dicho, ésta irá al súper, ¿no?
—Sí, Luisa, pero he tomado la 64 y he llegado hasta Ohio y ahora no sé cómo volver.
La pude oír morirse de la risa.
—Ay, ay, que me muero, espera que esto se lo tengo que contar a Doug, espérate un momento —se apartó un poquito del auricular y gritó—: Es Elvira que iba al supermercado y ha terminado en Ohio —oí el ataque de risa de su marido—. Oye, me dice Doug que eres muy graciosa, y que cuando te vuelvas te vengas a cenar y nos lo cuentas que queremos reírnos.
—Vale, Luisa, ¿pero cómo vuelvo?
—Pues por la 64.


Dejamos Huntington y tomamos la 64, sabía que hasta Charleston era una horita así que tenía 60 minutos en línea recta sin preocupación, ya veríamos qué hacer en el minuto 61.
—Pues, me dijo la chiquita de la tienda que ésta era mejor, pero, oyes, fue abrirla y me encontré con una pasta así, como así, como… blanda y plof, plof, vamos de plof, ¿no? Bueno, pues digo: esto me lo tengo que colocar, y me esparzo así, y así por el pelo, mira, nena, por toda esta zona de atrás, mira, nena, mírame.
—Bueno, Elvira, ¿entonces te gusta Mahler? —me preguntó Teresa desde atrás.
—Bueno… pues si te digo la verdad, poco conozco de él —contesté.
—Pero mírame, nena…
—Ay, Margaret, que estoy conduciendo, a ver… —cuando vi que la carretera estaba libre de peligro, eché un vistazo al pelo de Margaret—, ya pues muy bien te ha quedado, ¿no?
—Pues no, no, no, porque la pasta ésta me ha chafado el pelo, ¿ves? Todo chafado. Mírame, nena, mírame como se me ha quedado, yo a la chiquita ya le he dicho que para volumen, con mis cuatro pelos tú me dirás, pero oyes, todo chafado, no me miras, nena, mira, mira.
—Hoy será la Sinfonía número tres en D menor, creo que te gustará porque es muy visual, representación de la vida del campo y luego ¡POM! —ay, di un pequeño brinco en el asiento, me asustó—, la guerra, la lucha, el sufrimiento. Entonces podemos pasar de un amarillo chillón…
—Mírame, nena…
—A ver… espera un momentito, Margaret.
—¿No? Te digo de ese amarillo chillón, esos clarinetes, trompetas y los fagot al negro intenso con mucha percusión.
—Ya… o sea… amarillo, ¿no…? —Hablaba un poco tensa porque no terminaba de adelantar a aquel camión que era gigantesco, pero qué enormes eran los camiones en América—, y… flauta…
—No, clarinetes y trompetas.
—Chafado, chafado, pero ya le voy a decir a la chiquita, mira, bonita, de volumen nada…
—Ah… vale… clarinetes y luego negro, porque… —un poquito más y ya tenía casi adelantado al camión—, porque llega la guerra ¿no?
—¡NENA! PARA, PARA —gritó Margaret completamente histérica.
—Pero, ¡¡¡¡¿qué pasa?!!! —pregunté aterrada.
—Qué necesito ir al baño y no me aguanto.
—Ya estamos otra vez… —farfulló Teresa.
—Por favor, Margaret, casi me matas del susto, a ver, que estamos en autopista, déjame encontrar una estación de servicio…
—Pues me cago aquí mismo, nena, yo ya no tengo edad como para sostener un apretón.
—¡Margaret!, ¡Margaret!, ¡Margaret! ¡Por favor, pero, por favor! —dije escandalizada, porque las personas mayores no tenían necesidades fisiológicas, como tampoco las tenían los modelos de Calvin Klein.

En diez minutos aparcamos en una gasolinera y Margaret pudo ir al baño. Yo la esperaba al otro lado de la puerta porque le daba miedo quedarse sola en aquel baño. Teresa estaba en la tienda de comestibles.
—¿Nena?
—¿Qué?
—No hay papel…
—¿No? Ay madre, pues déjame mirar en mi bolso a ver si tengo pañuelos.
—No, que esos no valen, se me rompen y termino con los dedos en el culo.
—¡Margaret!
—Quiero papel del gordo, del de las capas, de las muchas capas.
—Vale, bueno, Margaret, pues salgo y voy a la tienda a comprar papel, ¿vale?, no te muevas, ¿eh?
—Pero, ¿adónde quieres que vaya con esta pinta?
En la tienda compré un paquete de cuatro, a la hora de pagar me encontré con Teresa que le estaban cobrando tres chocolatinas.
—¿Y eso? —me preguntó Teresa mirando el papel higiénico.
—Es para tu hermana.
—¿Para limpiarse el culo?
—Por favor, ¡dejemos de ser tan explicitas!

Ya de vuelta en el coche respiré aliviada hasta que…:
—Nena…
—¿Qué…?
—La almohadilla, colócamela así… pero así, ¿eh?, así…
Quince minutos después pude arrancar. Llegamos a un cruce.
—Y ¿ahora? —pregunté en alto.
Eso era lo que más me desesperaba de West Virginia. Quizá por su carácter humilde y casero eran pocas las cosas que estaban señalizadas, todo se daba por sabido.
—Pues… ahora… será para la derecha, ¿no?, o… la izquierda… —titubeó Teresa.
—Izquierda, nena, izquierda seguro.
—Mira que si nos equivocamos volvemos a casa sin haber visto el amarillo ni el negro de Mahler, ¿eh? —dije con solemnidad.
—Derecha —dijo Teresa.
—Izquierda, nena.
Finalmente tomé la izquierda. Teresa repartió las chocolatinas. Las íbamos comiendo mientras Margaret comenzó a contarnos, otra vez, sus problemas capilares y Teresa se empeñaba en darme una clase magistral de historia de la música.
Las tres enmudecimos cuando vimos el enorme cartel verde sobre la autopista indicando que quedaban doce millas para llegar a Huntington.
—Bueno… —empezó Teresa diciendo— pues para retomar el camino a Charleston a ver quién es la próxima que se caga.

domingo, noviembre 16

Azul Celeste

—¿Almira Rabolo? —me preguntó un hombre frente a la puerta de la escuela.
—Mmm… sí, creo que eso soy yo. Elvira —respondí corrigiendo la pronunciación de mi nombre.
—Almira —repitió el hombre muy seguro de sí mismo.
—Exacto, muy bien, Almira… —para qué íbamos a perder el tiempo.
El hombre me pidió que lo siguiera. Se abría camino por una abarrotada Bencoolen Street de las ocho de la tarde, yo, expectante, detrás. Se paró ante un impresionante coche negro de cristales tintados, abrió la puerta de atrás y con por favor me invitó a entrar. La cerró y dio la vuelta colocándose ante el volante. Me miró por el retrovisor asegurándose de que todo estaba bien, le sonreí y él bajó la cabeza en un gesto de aprobación. Arrancó y tomamos las calles de Singapur.

Me sentía princesa de Pakistán, ¿por qué no? Puse mi manita cóncava y empecé a saludar desde el otro lado de la ventanilla a los transeúntes. Clonc-clonc, clonc-clonc, pequeño giro de muñeca a derecha y a izquierda, clonc-clonc. Soy Almira Mir, princesa de Pakistán. Clonc-clonc, derecha-izquierda, derecha-izquierda, pero con el antebrazo tieso, ¿eh?, sólo la muñequita, clonc-clonc. Sí, mis queridos súbditos, la princesa os quiere. Bajé la cabeza añadiendo más formalidad al real saludo. Os quiero, pueblo, os quiero. Clonc-clonc, derecha-izquierda. De repente la ventanilla se bajó y me vi, con desnuda vergüenza, fingiendo ser una ridícula princesa de oriente. Miré roja como un tomate al chófer. Le costaba trabajo ocultar la risa. Me miró por el retrovisor y subió de nuevo mi ventanilla.
—Gracias —dije indignada.

Nos desviamos y salimos del centro de la ciudad. Recibí mensaje al móvil.
Cerveza después? Te espero a las 11 en Blue Jazz Café, Arab Street, ok?
Respondí seguido:
Vale, my sexy indian man.
Me reí en alto, pude imaginar la cara de Ankit leyendo el mensaje, creo que ya habría empezado a santiguarse.

Llegamos a Bukit Timah Hill, naturaleza salvaje a mi derecha, naturaleza salvaje a mi izquierda. Aquel lugar no me gustaba en absoluto, demasiado verde virgen para asimilar en un solo vistazo. El sonido de los animalillos y el escaso asfalto me asfixiaban. El hombre fue creado para vivir apelotonado y estresado en las urbes, y los animales para esparcirse libremente por tierra no edificable. Grave error confundir y, lo peor de todo, fusionar ambos hábitats.
—¿Falta mucho? —pregunté como niña impaciente.
El chófer sin abrir la boca señaló a su derecha, un pequeño palacete asomaba entre palmeras. Giramos, dejando la autovía, y tomamos un estrecho camino que nos llevó hasta la entrada principal de ese edificio tan colonial.
Me bajé del coche sin saber qué hacer. El chófer, desde dentro, me indicó con el dedo que entrara al palacete. Me ajusté el bolso al hombre y con paso decidido me acerqué hasta la puerta de cristal, era enorme. La empujé y me colé dentro.

Como una cría ilusionada por lo que acababa de descubrir, no pude evitar llevarme las manos a la boca para ahogar un pequeño gritito de fascinación. Di un paso atrás para que el campo de visión fuera completo. Quería verlo todo, empacharme de aquella imagen porque acababa de entrar en la cueva de Ali Baba.

Una sala inmensa se abría ante mí con techos de más de cinco metros de altura. Desde lo alto colgaban gigantescas alfombras persas. Infinita exposición de nudos de seda, abacá, yute, lana y piel. El color de lo antiguo inundaba el espacio y ese olor a cuento de hadas me convirtieron en niña de nuevo.
—¿Puedo ayudarla en algo? —una joven de rasgos asiáticos espantó torpemente toda la magia.
—Sí… busco a Abid Shah Mir.
—Lo siento mucho, el señor Mir está ocupado, pero quizá pueda servirla yo misma —dijo con una irritante amabilidad.
—Bueno… soy Elvira Rebollo, su profesora de español, habíamos quedado a esta hora…
—Oh, es usted tan joven que no he podido imaginar que sería la profesora… —pues es lo que hay, reina, pensé molesta—. Por aquí, por favor.
La seguí. Cruzamos toda la galería, al fondo tocó una puerta, y sin esperar respuesta la abrió. Abid estaba tras una enorme mesa de madera rodeado de papeles. Levantó la cabeza y al verme sonrió. Se puso de pie precipitadamente, tomó mi mano entre las suyas y sin apenas despedir a la joven asiática, que le decía no se qué de unas llamadas, cerró la puerta.

—¿Té? —preguntó mientras me ofrecía asiento en un viejo sofá de cuero granate.
Negué con la cabeza, él insistió con otras bebidas. La verdad es que me moría por un café pero tuve vergüenza de pedirlo.
—No gracias, estoy bien, no tomaré nada —en ese instante maldije mi educación en colegio de monjas.
Saqué dos libros y un montón folios de mi bolso.
Lo miré, me sonreía con sus negros ojos fijos en los míos. Por favor, pero qué hombre tan atractivo, cómo iba a dar clases en aquellas condiciones. Suspiré en alto y me llevé el pelo detrás de la oreja, intentaba pensar en algo bien feo para poder arrancar con la clase de una vez. Creo que el lunar verrugoso de mi tía abuela Feli, sería más que suficiente, ¡qué feo, rediós!
—Bien, Abid, ¿sabes decir algo en español? —pregunté por fin.
—Hola… ¿qué tal?, gracias, también, sí, adiós, no… —dijo con cierta timidez al escucharse a sí mismo hablar en español.
—Bravo, Abid, vale, muy bien, muy bien —le alabé sin querer mirarlo a la cara para no desconcentrarme.
—También conozco los colores.
—¿Qué? —mierda, levanté la vista de los folios en blanco, me había pillado desprevenida. Nuevamente tenía su perfecta y angulada cara ante mí—. ¿Qué…? —volví a preguntar con enorme esfuerzo.
—Los colores, los puedo decir en español.
Lunar verrugoso de tía Feli, lunar verrugoso de tía Feli, lunar verrugoso de tía Feli…
—Ah, genial… —lunar verrugoso, lunar verrugoso…—, a ver, pues, mmm… por ejemplo ¿éste? —y señalé mi bolso. Súper tía Feli, tía Feli, tía Feli, fea como un culo, ¡uy!, pobre tía Feli. Me tapé la boca pero la risa ya se me había escapado en voz alta.
Abid rió divertido. Estás loca, me aseguró. Perdón, dije completamente avergonzada, y volví a señalar mi bolso.
—Negro.
—Bravo, y… y, ¿éste? —dije señalando el mar de la portada del libro
—Azul celeste.
—¿Cómo? —un resorte en mis oídos dieron voz de alarma, lo miré embobada.
—Azul celeste —repitió tan serio como la primera vez y con un imperceptible acento urdu.
—¿Azul celeste? —volví a preguntarle completamente asombrada.
Abid sin descolgar su rictus serio asintió por tercera vez:
—Azul celeste.
Rompí a llorar de la risa. No podía parar. Me tiré hacia atrás para dejar que mi tripa disfrutara cómoda de las carcajadas. Era tan absurdo aquel color para una primera sesión de español, en realidad, era tan absurda toda aquella situación. Abid empezó a reírse completamente contagiado a pesar de no entender el por qué de mi ataque.

Durante dos horas seguimos descubriendo más colores y más risas, más verbos y expresiones, más anécdotas y trocitos de historias propias.
—¿Vas a venir mañana…? —preguntó abriéndome la puerta del coche. Lejos quedaba la imagen del serio hombre de negocios, tenía ante mí un niño grande lleno de ilusión.
—Claro… —respondí escondiendo tanta o más ilusión que él.

martes, noviembre 11

La noche del cambio

Knock-knock
—¿Seeeeeee…? —dije sin levantar la cabeza de mi portátil.
—Hola, guapa, ¿qué haces?
Mi jefa acababa de entrar en mi despacho con una enorme sonrisa y su desparpajo habitual.
—Intentando terminar esto —contesté señalando a mi portátil.
Mi jefa se acercó y empezó a fisgonear por encima de mi hombro el documento word que tenía abierto.
—Buff, chica, creo que tus alumnos no van a tener nivel para entender esto, ¿eh? ¿Grupo?
—Doscientos tres —dije automáticamente con la vista perdida en la pantalla.
—Un doscientos tres no tiene nivel para el texto que estás escribiendo, cámbialo. Chica, abarca menos, estamos en América…

Sí, pero acababa de llegar de Singapur donde el nivel exigido era mínimo también. Y tres cuartos de lo mismo me ocurrió en Francia, pero ¿qué pasaba?, ¿que el mundo estaba lleno de retrasados mentales a la hora de aprender español? No quise entrar en la eterna discusión sobre la capacidad del alumno, así que seleccioné todo el texto y presioné back space sin pensármelo dos veces.
—Chica, qué radical, ¿no?, con haber cambiado un par de cosas hubiese sido suficiente.
Miré a mi jefa con cierta desesperación cansina.
—Uy, qué carita… —dijo arrastrando, hasta mi lado, la silla que estaba detrás de la mesa—. A ver, ¿qué te pasa? —me preguntó y se sentó.
Que me sentía triste y terriblemente sola. Que no encontraba el sentido que me hubiera llevado a ese pueblo con menos de cuarenta mil habitantes en la América profunda. Que estaba muy cansada de llevar una maleta bajo el brazo. Que era frustrante trabajar para alumnos poco motivados. Que sentía que perdía mi jardín. Que odiaba conducir y no tenía más remedio que coger el coche diariamente. Que tenía la casa llena de arañas. Que me daban ataques de ansiedad cuando a las seis de la tarde mi barrio estaba oscuro y completamente silencioso. Que no merecía la pena tener una vida excitante si no podías compartirla con nadie. Que no podía dejar de pensar en él.
—Nada, Luisa, que hoy he dormido muy mal… —dije pellizcándome el labio, gesto inequívoco de que estaba mintiendo.
—Bueno, ya sabes que eres nuestro bebé, y aquí estamos todos para lo que necesites, ¿vale? —dijo apretándome la mano—. Y ahora recoge todo que nos vamos a casa de los Stanford a ver la noche electoral. ¡El gran día ha llegado, chica, hoy es la noche del cambio! —estaba entusiasmada.
Le agradecí el gesto pero dije que no iba. Quería evitar multitudes aquella noche. Luisa se lamentó y me hizo prometerle que estaría bien, después se marchó cerrando la puerta.
Me hice una pequeña pelota sobre la silla y empecé a llorar como una niña asustada.
Llegué a casa arrastrando los pies y con un enorme dolor de cabeza después de haber estado llorando casi toda la tarde.
Encendí el televisor. En el dormitorio me quité los botines y los calcetines, me encantaba andar descalza, tenía toda la casa enmoquetada. Era una delicia. Fui a la cocina y abrí la nevera, no tenía muchas ganas de preparar nada, así que cogí un yogur y una mandarina. Me senté en la butaca y, mientras pelaba la mandarina, me fijé en el mapa electoral del escrutinio que mostraban en televisión. Muchos de los estados del este ya tenían color azul o rojo.
¿Ohio demócrata? ¡¿Florida demócrata?!!! Dejé de pelar la mandarina y decidí prestar un poco más de atención porque quizá iba a ser verdad eso de que sería la noche del cambio.
No terminaba de enterarme muy bien qué decían por televisión así que decidí coger la calculadora y empezar con mis propias sumas.
A ver, Nueva York demócrata, ¿no?, entonces… más treinta y un votos, más… más veintiuno de Pensilvania, más veinte de Ohio, vein-te, veinte, ya, más, más… a ver… ¡a ver, señora calle un poco y saque el mapa otra vez que no me entero! Me reí, me parecía a mi madre hablando sola con la tele. La reportera desapareció y el mapa se volvió a mostrar y continué con mis cuentas. Más... más, a ver, Ohio, ya lo conté, ¿no?, pues, más trece de Virginia, tre-ce, y quince de Carolina del North, North, North, súper North, y… y… veintisiete, de Florida, jo, veintisiete, ¿eh?
Seguí gritando a la periodista que se empeñaba en mostrar las imágenes de la gente agolpada en el Grant Park de Chicago, y no me dejaba aclararme con el mapa electoral. ¡Pero qué pesada, mona, pon el mapa, MA-PA!!!!!
Pero no me hizo falta terminar con mis cuentas para ver el resultado: Obama ganaba y por mucho. Aunque varios estados del oeste estaban todavía sin colorear, California era imposible que se convirtiera en republicana de repente así que cincuenta y cinco puntos estaban asegurados para los demócratas, con lo que conseguirían 273 votos y, por lo tanto, la presidencia.

No me lo podía creer. ¿Obama presidente? Obama presidente… Poco a poco se iban terminando de colorear todos los estados. Los demócratas pasaron de los 273 votos, y de los 286. Las imágenes de la gente en la calle en Nueva York y Chicago eran increíbles. Y de los 301, y 316, y de los 337… Obama era presidente. Obama era presidente con 364 votos finalmente…

Me levanté, cogí el tuper de la nevera, me puse un jersey y toqué la puerta a mi vecino.
—Fred, soy yo, abre… Fred…
—Está abierta —oí desde dentró.
Empujé la puerta y entré. El salón estaba a oscuras, sólo la televisión iluminaba la habitación. En el sofá estaba Fred sentado con las piernas juntas y los codos sobre sus rodillas. Entre las manos su cabeza. Lloraba como un niño mirando el televisor. Me senté a su lado sin decir nada. Imité su postura juntando las piernas y sujetando con ambas manos el tuper sobre mis rodillas. Frente a nosotros la imagen del nuevo presidente Obama y su familia saludando a la multitud del Grant Park de Chicago.
—Hemos ganado, princesa… hemos ganado… —dijo Fred con la vista clavada en la televisión.
—Sí, Fred… hemos ganado… —repetí muy bajito.
Fred me miró y, aunque seguía llorando, sonrió y me susurró:
—Eres una chica afortunada, que ha llegado a América para vivir un hecho histórico…
Sus palabras se colaron directamente en mi ánimo que estremecido encontró un sentido.
Apreté con más fuerza el tuper entre mis manos, lo levanté y finalmente se lo ofrecí.
—Toma, Fred… son para ti, son peras… al vino… al final compré vino… —las lágrimas me caían silenciosas.

Una tarde en el museo

─Pues a mí la música ésta de tambores me parece una absoluta estupidez, voy a por más vino.

Margaret se atusó el pelo y se dirigió a la barra que habían improvisado en medio del hall principal del museo.
Yo me quedé escuchando a los cuatro músicos que habían llegado de Burkina Faso para la inauguración de la exposición “El corazón de África”. La verdad es que la gente se las ingenia para poner este tipo de títulos a cualquier tema africano. Aunque podrían haberle puesto “África negra”, y entonces si que hubiese sido un enorme despliegue de huecas neuronas.

Me apoyé en la puerta de cristal para ver desde fuera como Margaret pedía su tercer vaso de vino blanco. A sus 84 años mantenía una vitalidad envidiable. Pensé si a su edad sería como ella, pero miré mi vaso de té verde y supe que no. Levanté la vista y sonreí a uno de los músicos que me miraba, era realmente atractivo, él me devolvió la sonrisa.

─Hala, nena, vamos a ver los cuadros esos que yo no puedo más con tanto pom-pom-pom, ni el mismísimo Raphael con su tamborilero ─Margaret me agarró del brazo y me encaminó hacia la sala de exposición─. ¡Ay, hija, cada día estás más delgada!, pero ¿qué has comido hoy? ─me preguntó mientras estrujaba mi antebrazo con fuerza intentando encontrar los huesos.
─Hoy… ensalada de pasta.
─De verdad, esta gente de África anda obsesionada con el miembro masculino… ─Margaret hizo pararme ante una escultura alargadísima de un hombre desnudo con un enorme pene erecto─. Aunque vete a saber, nena, lo mismo es un perchero del siglo XVII, ignorante de mí…
Estallé en una escandalosa carcajada que dejó muda a toda la sala. Margaret me guiñó el ojo y siguió empujando de mí marcando el ritmo.
─Ensalada de pasta ¿dices?, la ensalada no alimenta y la pasta te llena de almidón la sangre. Cuando te mueras te abrirán en canal y se harán un jersey de almidón los forenses.
─Eso es algodón, Margaret, un jersey de algodón ─dije riéndome.
─De lo que sea… ¡Anda, mira, otro perchero!

El museo estaba en lo alto de la colina, y la carretera hasta el pueblo, pasadas las 8 de la tarde, era una auténtica serpiente negra.
─Nena, no corras que nadie nos espera.
─Margaret… voy a treinta…
─Siempre se puede ir a menos ─dijo dando un golpecito a la caja de cambios. Creo que mi viejo coche era el único con marchas en todo el estado de West Virginia─. Hoy has hablado poco, ¿todo bien por la universidad?, o ¿tus alumnos se te suben a las barbas?
No habían sido fáciles las últimas semanas. Ya llevaba casi dos meses enseñando en aquel lugar y todavía no me había metido a los alumnos en el bolsillo. Pero aquello no me preocupaba demasiado, ya caerán, me decía después de cada sesión.


─Ey, no te vayas, loca, no te vayas… ─Abid apretó mi frente contra la suya─, no… no… no… no… no… ─repetía cansinamente.
─Para, por favor…
─No… no… no… no… ─me abrazó con fuerza y me susurró profundamente en el oído─: Te quiero tanto...
Encerré sus palabras con sabor a urdu en una cajita de cristal para no olvidarlas nunca, aspiré su respiración para tragar el mismo aire y le pedí que me repitiera por última vez “azul celeste”. Me miró con enorme pena, hizo estremecerme.
─Azul celeste, azul celeste…
Sonreí tristemente.
─No pierdas nunca tu precioso acento, my big child ─lo besé y me marché de su casa. El taxi me esperaba fuera. Era una noche húmeda en Singapur.


─Que no corras, nena, que no corras, que te crees Alonso en Mónaco y esto no es. Pero… pero, ¿qué pasa?, ¿por qué lloras like that?
Por más que intentaba mantenerla cerrada, a veces se me abría la cajita de cristal y sus palabras bailaban en mi cabeza borrachas de pena.
─Ay, nena, pues si a mí tampoco me gustó la exposición, pero entiéndeme, tanto como para ponerse así, no, ¿eh?, ¡no!
Me hizo reír.
─¿Me invitas a una cerveza en tu casa…? ─pregunté absorbiéndome los mocos.
─¡Toma, y a dos!

Cuando, por fin, llegué a mi casa, me preparé café. Me tumbé en la butaca del salón y dejé, abriendo nuevamente la cajita de cristal, que el viernes terminase desde allí.

jueves, noviembre 6

Arab Street


Tomábamos un shandy en una de las terrazas del barrio árabe de Singapur.
Hacía muchísimo calor y la cerveza con limón me estaba sabiendo a gloria. Adoraba Singapur por muchos motivos, y uno de los cuales era aquél. A pesar de que eran las once de la noche, las calles estaban a tope de gente. Todo el mundo trabajaba más de doce horas diarias pero nadie perdonaba el trago del fin del día.

Coloqué mis pies desnudos sobre las rodillas de Ankit. Lejos quedaban sus “santiguaciones” cada vez que nuestros pies se rozaban. ¿Pero por qué haces eso?, le preguntaba cuando lo veía tocarse el pecho y luego la frente y murmurar algo entre dientes. Pido perdón, me respondía sin querer darme más explicaciones. Indio loco, pensaba.

Ankit había sido alumno mío durante más de dos meses. Después regresó a India por motivos personales y cuando volvió empezó a llamarme para practicar su español, en poco tiempo nos convertimos en muy buenos amigos.

Ankit se levantó precipitado lanzando mis pies al suelo.
—¡Aye, tú! ¡Cuidado! —grité quejicosa.
—Abid, ¿cómo estás? —saludó Ankit a un joven que acababa de pararse frente a nuestra mesa.
Nunca en mi vida había visto un hombre tan guapo.
—Abid, ésta es la profesora de español de la que te hablé, Elvira.

Abid me miró y me regaló una preciosa sonrisa, hola, me dijo.
Me puse tan nerviosa que sólo conseguí calzarme una de las sandalias con más de 6 centímetros de tacón de aguja. Así que cojeando, pero con una elegante dignidad, me acerqué a Abid, me aparté el pelo de la cara y le extendí seria mi mano.
—Hola, encantada.
Abid se rió, después recogió mi otra sandalia del suelo y me la ofreció.
—Bonitas sandalias… —dijo.
—Bien, ¿nos sentamos? —dijo Ankit incrédulo ante semejante situación.
Ankit me recriminó con la mirada y, con un simple apretón de labios, me pidió que intentará ser una persona normal.

Ankit me explicó que Abid debía ir a Argentina por viaje de negocios y necesitaba aprender algo de español, no era estrictamente necesario pero quería quedar bien ante sus clientes, puras formas protocolarias. Acepté ser su profesora durante los próximos cuatro meses.

—No habrá problema con el dinero, por favor, Elvira, pídeme lo que creas conveniente —añadió Abid.
—Oh, vamos, Abid, los amigos de mis amigos son mis amigos —creo que no pude encontrar frase más estúpida que decir, además al traducirla al inglés me hice un pequeño lío con el genitivo sajón que no terminaba de cuadrarme en ningún lado.
Abid se rió y me preguntó si podríamos empezar al día siguente. Fingí pensármelo durante un instante y dije que sí.
—Por favor, escríbeme la dirección de tu empresa para que pueda tomar un taxi —le pedí, luego bebí un trago de mi shandy.
—No, no, no, mi chófer irá a buscarte.
El shandy salió disparado de mi boca como un aspersor. Ankit se santiguó catorce veces y Abid no podía parar de reír. Quise desintegrarme. Me sequé la boca con la poca feminidad que me quedaba. Pedí dos mil veces disculpas y con forzada naturalidad, intenté explicar que aquello del chófer no era muy normal en mi, hasta ahora, círculo de amigos.

Después de concretar la hora, Abid se marchó asegurándome que había pasado un rato muy divertido. Lo vi alejarse por Arab street, tenía mucha clase.

—Elvira… Elvira… pero ¿tú sabes quién es éste? —me preguntó Ankit desesperadamente enfadado. Levanté los hombros poniendo cara de buena—. ¡Es Abid Shah Mir!
—¡Oh, my god!, ¡oh-my-god! ¿Es-Abid-Shah-Mir????? —dije marcando el ritmo de mis palabras con las palmas de las manos bien abiertas—. Vale… y ¿quién es ése? —pregunté finalmente sin entusiasmo alguno.

Ankit me contó que se trataba de uno de los grandes magnates de oriente medio. En Pakistán, su país de origen, era considerado como un rey. Su padre había creado un imperio industrial de la nada y Abid lo había heredado después de haberse licenciado en Oxford, aprendido siete idiomas, viajado por medio mundo y ser uno de los mejores jugadores de polo.

—Así que, Elvira, por favor, canaliza tu locura y aparenta ser medianamente normal.
Esta última frase no la pude escuchar muy bien, porque intentaba mantener la pajita de mi bebida entre la nariz y la boca sosteniéndola con mi labio superior.
—¡Mira, mira, mira, Ankit, mira lo que hago! —grité como pude porque tenía una pajita bajo mi nariz y no era fácil vocalizar así, te lo aseguro…
A pesar de su primer suspiro, Ankit no pudo evitar reírse como un tonto. Estás completamente loca, me dijo. Me descalzó y colocó mis pies sobre sus rodillas.

martes, noviembre 4

El Porche

—¡Hoy es mi día libre y tu música me ha despertado!!!!!

Eran las nueve de la mañana, cerraba la puerta de casa mientras los gritos de mi viejo vecino me taladraban el oído derecho. Intenté disculparme lo más rápido posible, no por sentirme culpable sino porque llegaba tarde a la universidad. Parecí convencerlo de mi inocencia y, tras un par de gritos más, me dejó marchar.

Vivía en una pequeña casa de una sola planta, en un barrio típicamente americano. En su día la dividieron para hacer dos apartamentos que compartirían la pared del salón y del baño, además del jardín trasero y las escaleras de la entrada.

Tres días más tarde de aquel episodio, me levanté con energía suficiente como para hacer peras al vino. Sólo había un problema, no tenía vino. Miré por la ventana de la cocina y vi que llovía, así que el ir a la tienda quedaba descartado. Me preparé un café para pensar mejor. Rebusqué en mi pequeña bodega y en la nevera y las posibilidades eran las siguientes: peras al Martini rojo, a la cocacola, a la cerveza, a la leche, al jerez o al zumo de tomate. Bien, creo que al jerez puede colar, pensé.
Después de una hora tenía cuatro peras borrachas de jerez caramelizado en una cazuela. Probé una y fui incapaz de terminarla, estaba tan rasposa que se me pusieron las papilas como escarpias. Necesitaba volver a pensar así que me hice otro café. Después del segundo trago me empecé a reír, tenía claro qué iba a hacer.
Metí las tres peras restantes en un tuper, me puse un jersey y toqué la puerta a mi vecino. Con una enorme sonrisa se las ofrecí y le pedí disculpas por molestarle siempre con mi música. El hombre estaba completamente sorprendido, apenas atinó a darme las gracias.
Dos días después me devolvió el tuper con pastel de brócoli dentro, y me aseguró que la música no le molestaba siempre, sólo un poco por las mañanas. Le invité a tomar un café y a compartir el pastel de brócoli. No quise comérmelo sola, tenía miedo de que estuviera rasposo también, pero descubrí que mi vecino, a pesar de su ruda apariencia, era un excelente cocinero y una maravillosa persona.

Dos semanas más tarde, cuando llegué a casa me paré en las escaleras y las miré. Mi vecino estaba colocando una de sus plantas en el segundo escalón.
—Oh, Fred, tenemos que hacer algo con este porche —dije con aire pensativo.
Fred se tuvo que sentar en las escaleras porque creía morirse de risa.
—¿Porche? Pero, princesa, ¿dónde ves un porche? —me preguntó entre carcajadas.

Bien, vale, no era propiamente un porche sino cinco escalones desnivelados con una oxidada barandilla a cada lado, y un diminuto descansillo ante las dos puertas.

—Creo que podemos pintar la barandilla… —dijo la princesa propietaria de un palacio.
—Eres adorable, chica, haz lo que quieras pero antes llama al dueño, no quiero problemas, ya sabes cómo es. Además es mejor que lo llames tú porque yo siendo negro creo que puede malinterpretarlo.
Me reí, pero desgraciadamente no le faltaba razón.

Ese mismo fin de semana empecé con la pintura.
—Fred, ¿rojo o negro? —pregunté a mi vecino, mostrando los dos botes de pintura que me había regalado un compañero del departamento.
—Mmm… ¿y si los mezclamos…? —contestó Fred ladeando la cabeza.
—¡Aye! ¡Genial, GRA-NA-TE! —estaba completamente fascinada.

Fred se ofreció a hacer la mezcla y a surtirme de cerveza a cada rato pero me dejó por entera la función de pintar, decía sentirse demasiado viejo.

Después de casi tres horitas de trabajo, estábamos los dos frente a las escaleras observando nuestra obra de arte. Subimos hasta el descansillo y Fred me pidió que esperara un minuto. Al cabo de un rato salió con dos sillas.
—Una para ti y otra para mí —dijo y cogió dos cervezas de la caja ofreciéndome una—. Una para ti y otra para mí —repitió—. Ahora sí que es un porche, princesa, porque tenemos barandilla granate como los reyes. ¡Hey, buenas tardes, Chad! —gritó levantando su brazo a nuestro vecino de enfrente que aparcaba el coche en ese momento.
—¡Hey, Fred! ¿Cómo va eso? —saludó Chad.
—Aquí, disfrutando del porche.
—¡Ja, ja, ja, ja! Del porche, dice, ¡serás cretino, Fred!
Le acompañé en la risa, la situación era de lo más disparatada pero me encantaba.
—No hagas caso, princesa, seremos la envidia del vecindario —me aseguró Fred en tono confidencial.
—Ven, Chad, te invitamos a una cerveza en nuestro porche —dije riéndome todavía.
Fred me miró enfadado y luego, dirigiéndose a Chad, añadió:
—Vale… puedes venir... pero ¡la silla te la traes tú!

domingo, noviembre 2

La laundry

Aparco el coche delante de la puerta.
El pequeño edificio de una sola planta es de hojalata, y desde fuera parece vacío. Dudo si entrar o volverme y pedirle el favor a algún compañero del departamento con lavadora en casa. Tras pensármelo seriamente durante treinta largos segundos, me decido y cojo del maletero el enorme saco de ropa sucia. Entro.

-¡Hola! -digo exageradamente simpática.
-Hola, preciosa... -me contesta aburrida una enorme mujer detrás de un mostrador.
-¡Vengo a lavar la ropa! -digo nuevamente ganándome el premio a Miss Nice West Virginia.
-Estupendo... -y sin más se da la vuelta y se mete en la trastienda.

Echo un vistazo a la lavandería. Es enorme. Por lo menos hay cien lavadoras alineadas en cuatro filas de dos. Contra la pared están las secadoras, colocadas en columnas de tres.

Vale, elijo una máquina y empiezo a echar toda mi ropa sin distinción alguna: toallas granates, con trapos de cocina marrones, tangas negras, rojas, blancas, azules, de snoopy, la abeja Maya..., vaqueros, dos camisetas blancas, pantalones negros, jersey beige y calcetines multicolor. Chorretón de jabón líquido. Bajo la tapa y empiezo a buscar la ranurita donde meter las monedas. Encontrada. Cuatro monedas de un cuarto de dolar y la lavadora empieza a funcionar. Fácil. Ahora sólo me queda encontrar la máquina de café, sentarme a esperar y hablar con ese chico tan sexy, a la par que tímido, que aparece en todas las pelis americanas dentro de una laundry.

-Perdona, ¿la máquina de café? -pregunto a un viejo hombre sentado junto a la puerta. Me mira y se empieza a reír. Le faltan dientes y se le cuela la lengua entre los huecos.
-¿Café? -pregunta una profunda voz detrás de mí.
Me doy la vuelta y veo metro noventa de un joven hombre sentado sobre una de las lavadoras de la segunda fila.
Se ríe y me vuelve a preguntar.
-¿Quieres café?
-Bueno... busco la máquina de café, sí.
-No hay -se baja de la lavadora y se acerca a mí muy decidido-. Hola, me llamo Mike -me dice extendiéndome su mano.
-Eeeeh... hola... soy Elvira.
Bueno, no es muy, muy sexy y tampoco podríamos tacharle de tímido pero es lo más cercano a un personaje de laundry, ¿no?
-Hey, yo soy Terry -gangosea el viejo hombre de la puerta. Me doy la vuelta sonriendo y le ofrezco mi mano mientras repito mi nombre otra vez.
-¿De dónde eres, preciosa...? -la enorme mujer había salido de la trastienda y nos miraba aburrida desde el mostrador.
-De España.
-Hey, yo tengo una amiga de Colombia, se llama Juliana, ¿la conoces? -me pregunta Mike completamente emocionado.
-Mmm... no, lo siento -le contesto sin evitar una carcajada.

Terry nos cuenta los problemas de su hija divorciada mientras Mike y yo colocamos la ropa mojada en la secadora.
-...y no es por su ex marido, que ahora vive en Ohio, es que se llevó al perro y...
-Esto, ¿cómo va? -pregunto a Mike en bajo para no molestar a Terry.
-Cinco minutos de secado son un cuarto de dolar, con veinte minutos más que suficiente -me contesta Mike imitando mi susurrante tono de voz.
-...tiene el pequeño tres años y el mayor seis, pero se han quedado sin perro, y eso me fastidia, ahora ella trabaja en...
-¿Café?
-¿Qué?
-¿Quieres café? -me vuelve a preguntar Mike sin dejar de mirar a su secadora.
-...yo le digo que no es un buen trabajo, pero, ay, ay, ay, ya no escucha a su viejo padre, lástima de perro, qué bonito era, bueno, trabaja de seis a doce...
-Mmm... sí, claro -le contesto.
-.. los trabajos nocturnos es lo que tiene, que sí o que no, pero... hey, chicos pero ¿adónde vais? -nos pregunta Terry mientras nos ve salir por la puerta.
-Te vamos a traer un café -le contesta Mike guiñándome un ojo.
-Bueno... pues muchas gracias, hijo, muchas gracias...

Cruzamos la carretera y nos metemos en un pequeño restaurante de cómida rápida. Nada más entrar Mike levanta la mano y saluda a los dos camareros del fondo y grita a uno de ellos.

-Logan, cuando puedas tres cafés para llevar. Nos sentamos a quí a esperar, ¿vale? -Mike me señala una mesita de madera-. Bueno, y qué hace una española tan simpática como tú en un pueblo como este.
-Soy profesora en la Universidad.
Wuao!, pero eres muy joven...
-Ja, ja, ja, no tanto -contesto- ¿y tú?
-Soy estudiante en la universidad.
Wuao!, pero eres muy mayor.
-Ja, ja, ja, no tanto -repite imitando mi acento,me hace reír- me licencié en literatura inglesa hace seis años y ahora estudio para el doctorado.

Llega Logan con los tres cafés, Mike no me deja pagar. Volvemos a la lavandería y ofrecemos su café a Terry.

-Oye, Terry, y ¿cómo dices que se llamaba el perro de tu hija? -pregunta Mike.
Qué chaval más majo, pienso, con qué poco sabe llegar a la gente.
-Skip -contesta sorbiendo el café-, buen perro, sí señor... Gracias, hijo -dice Terry levantando el vaso de cartón hacia Mike.

Acaban los veinte minutos de mi secadora, guardo la ropa en el saco, termino el café y me despido.
-Seguro que nos volvemos a ver por el campus -digo a Mike.
-Seguro... o aquí... siempre vengo los martes -responde con una enorme sonrisa.
-Entonces, nos vemos el próximo martes aquí. -Antes de salir me acerco al viejo-, adiós, Terry.
-Adiós, hija.
Cruzando la puerta oigo un aburrido:
-Adiós, preciosa...
Me río y meto en el maletero el enorme saco de ropa limpia.