domingo, noviembre 16

Azul Celeste

—¿Almira Rabolo? —me preguntó un hombre frente a la puerta de la escuela.
—Mmm… sí, creo que eso soy yo. Elvira —respondí corrigiendo la pronunciación de mi nombre.
—Almira —repitió el hombre muy seguro de sí mismo.
—Exacto, muy bien, Almira… —para qué íbamos a perder el tiempo.
El hombre me pidió que lo siguiera. Se abría camino por una abarrotada Bencoolen Street de las ocho de la tarde, yo, expectante, detrás. Se paró ante un impresionante coche negro de cristales tintados, abrió la puerta de atrás y con por favor me invitó a entrar. La cerró y dio la vuelta colocándose ante el volante. Me miró por el retrovisor asegurándose de que todo estaba bien, le sonreí y él bajó la cabeza en un gesto de aprobación. Arrancó y tomamos las calles de Singapur.

Me sentía princesa de Pakistán, ¿por qué no? Puse mi manita cóncava y empecé a saludar desde el otro lado de la ventanilla a los transeúntes. Clonc-clonc, clonc-clonc, pequeño giro de muñeca a derecha y a izquierda, clonc-clonc. Soy Almira Mir, princesa de Pakistán. Clonc-clonc, derecha-izquierda, derecha-izquierda, pero con el antebrazo tieso, ¿eh?, sólo la muñequita, clonc-clonc. Sí, mis queridos súbditos, la princesa os quiere. Bajé la cabeza añadiendo más formalidad al real saludo. Os quiero, pueblo, os quiero. Clonc-clonc, derecha-izquierda. De repente la ventanilla se bajó y me vi, con desnuda vergüenza, fingiendo ser una ridícula princesa de oriente. Miré roja como un tomate al chófer. Le costaba trabajo ocultar la risa. Me miró por el retrovisor y subió de nuevo mi ventanilla.
—Gracias —dije indignada.

Nos desviamos y salimos del centro de la ciudad. Recibí mensaje al móvil.
Cerveza después? Te espero a las 11 en Blue Jazz Café, Arab Street, ok?
Respondí seguido:
Vale, my sexy indian man.
Me reí en alto, pude imaginar la cara de Ankit leyendo el mensaje, creo que ya habría empezado a santiguarse.

Llegamos a Bukit Timah Hill, naturaleza salvaje a mi derecha, naturaleza salvaje a mi izquierda. Aquel lugar no me gustaba en absoluto, demasiado verde virgen para asimilar en un solo vistazo. El sonido de los animalillos y el escaso asfalto me asfixiaban. El hombre fue creado para vivir apelotonado y estresado en las urbes, y los animales para esparcirse libremente por tierra no edificable. Grave error confundir y, lo peor de todo, fusionar ambos hábitats.
—¿Falta mucho? —pregunté como niña impaciente.
El chófer sin abrir la boca señaló a su derecha, un pequeño palacete asomaba entre palmeras. Giramos, dejando la autovía, y tomamos un estrecho camino que nos llevó hasta la entrada principal de ese edificio tan colonial.
Me bajé del coche sin saber qué hacer. El chófer, desde dentro, me indicó con el dedo que entrara al palacete. Me ajusté el bolso al hombre y con paso decidido me acerqué hasta la puerta de cristal, era enorme. La empujé y me colé dentro.

Como una cría ilusionada por lo que acababa de descubrir, no pude evitar llevarme las manos a la boca para ahogar un pequeño gritito de fascinación. Di un paso atrás para que el campo de visión fuera completo. Quería verlo todo, empacharme de aquella imagen porque acababa de entrar en la cueva de Ali Baba.

Una sala inmensa se abría ante mí con techos de más de cinco metros de altura. Desde lo alto colgaban gigantescas alfombras persas. Infinita exposición de nudos de seda, abacá, yute, lana y piel. El color de lo antiguo inundaba el espacio y ese olor a cuento de hadas me convirtieron en niña de nuevo.
—¿Puedo ayudarla en algo? —una joven de rasgos asiáticos espantó torpemente toda la magia.
—Sí… busco a Abid Shah Mir.
—Lo siento mucho, el señor Mir está ocupado, pero quizá pueda servirla yo misma —dijo con una irritante amabilidad.
—Bueno… soy Elvira Rebollo, su profesora de español, habíamos quedado a esta hora…
—Oh, es usted tan joven que no he podido imaginar que sería la profesora… —pues es lo que hay, reina, pensé molesta—. Por aquí, por favor.
La seguí. Cruzamos toda la galería, al fondo tocó una puerta, y sin esperar respuesta la abrió. Abid estaba tras una enorme mesa de madera rodeado de papeles. Levantó la cabeza y al verme sonrió. Se puso de pie precipitadamente, tomó mi mano entre las suyas y sin apenas despedir a la joven asiática, que le decía no se qué de unas llamadas, cerró la puerta.

—¿Té? —preguntó mientras me ofrecía asiento en un viejo sofá de cuero granate.
Negué con la cabeza, él insistió con otras bebidas. La verdad es que me moría por un café pero tuve vergüenza de pedirlo.
—No gracias, estoy bien, no tomaré nada —en ese instante maldije mi educación en colegio de monjas.
Saqué dos libros y un montón folios de mi bolso.
Lo miré, me sonreía con sus negros ojos fijos en los míos. Por favor, pero qué hombre tan atractivo, cómo iba a dar clases en aquellas condiciones. Suspiré en alto y me llevé el pelo detrás de la oreja, intentaba pensar en algo bien feo para poder arrancar con la clase de una vez. Creo que el lunar verrugoso de mi tía abuela Feli, sería más que suficiente, ¡qué feo, rediós!
—Bien, Abid, ¿sabes decir algo en español? —pregunté por fin.
—Hola… ¿qué tal?, gracias, también, sí, adiós, no… —dijo con cierta timidez al escucharse a sí mismo hablar en español.
—Bravo, Abid, vale, muy bien, muy bien —le alabé sin querer mirarlo a la cara para no desconcentrarme.
—También conozco los colores.
—¿Qué? —mierda, levanté la vista de los folios en blanco, me había pillado desprevenida. Nuevamente tenía su perfecta y angulada cara ante mí—. ¿Qué…? —volví a preguntar con enorme esfuerzo.
—Los colores, los puedo decir en español.
Lunar verrugoso de tía Feli, lunar verrugoso de tía Feli, lunar verrugoso de tía Feli…
—Ah, genial… —lunar verrugoso, lunar verrugoso…—, a ver, pues, mmm… por ejemplo ¿éste? —y señalé mi bolso. Súper tía Feli, tía Feli, tía Feli, fea como un culo, ¡uy!, pobre tía Feli. Me tapé la boca pero la risa ya se me había escapado en voz alta.
Abid rió divertido. Estás loca, me aseguró. Perdón, dije completamente avergonzada, y volví a señalar mi bolso.
—Negro.
—Bravo, y… y, ¿éste? —dije señalando el mar de la portada del libro
—Azul celeste.
—¿Cómo? —un resorte en mis oídos dieron voz de alarma, lo miré embobada.
—Azul celeste —repitió tan serio como la primera vez y con un imperceptible acento urdu.
—¿Azul celeste? —volví a preguntarle completamente asombrada.
Abid sin descolgar su rictus serio asintió por tercera vez:
—Azul celeste.
Rompí a llorar de la risa. No podía parar. Me tiré hacia atrás para dejar que mi tripa disfrutara cómoda de las carcajadas. Era tan absurdo aquel color para una primera sesión de español, en realidad, era tan absurda toda aquella situación. Abid empezó a reírse completamente contagiado a pesar de no entender el por qué de mi ataque.

Durante dos horas seguimos descubriendo más colores y más risas, más verbos y expresiones, más anécdotas y trocitos de historias propias.
—¿Vas a venir mañana…? —preguntó abriéndome la puerta del coche. Lejos quedaba la imagen del serio hombre de negocios, tenía ante mí un niño grande lleno de ilusión.
—Claro… —respondí escondiendo tanta o más ilusión que él.

martes, noviembre 11

La noche del cambio

Knock-knock
—¿Seeeeeee…? —dije sin levantar la cabeza de mi portátil.
—Hola, guapa, ¿qué haces?
Mi jefa acababa de entrar en mi despacho con una enorme sonrisa y su desparpajo habitual.
—Intentando terminar esto —contesté señalando a mi portátil.
Mi jefa se acercó y empezó a fisgonear por encima de mi hombro el documento word que tenía abierto.
—Buff, chica, creo que tus alumnos no van a tener nivel para entender esto, ¿eh? ¿Grupo?
—Doscientos tres —dije automáticamente con la vista perdida en la pantalla.
—Un doscientos tres no tiene nivel para el texto que estás escribiendo, cámbialo. Chica, abarca menos, estamos en América…

Sí, pero acababa de llegar de Singapur donde el nivel exigido era mínimo también. Y tres cuartos de lo mismo me ocurrió en Francia, pero ¿qué pasaba?, ¿que el mundo estaba lleno de retrasados mentales a la hora de aprender español? No quise entrar en la eterna discusión sobre la capacidad del alumno, así que seleccioné todo el texto y presioné back space sin pensármelo dos veces.
—Chica, qué radical, ¿no?, con haber cambiado un par de cosas hubiese sido suficiente.
Miré a mi jefa con cierta desesperación cansina.
—Uy, qué carita… —dijo arrastrando, hasta mi lado, la silla que estaba detrás de la mesa—. A ver, ¿qué te pasa? —me preguntó y se sentó.
Que me sentía triste y terriblemente sola. Que no encontraba el sentido que me hubiera llevado a ese pueblo con menos de cuarenta mil habitantes en la América profunda. Que estaba muy cansada de llevar una maleta bajo el brazo. Que era frustrante trabajar para alumnos poco motivados. Que sentía que perdía mi jardín. Que odiaba conducir y no tenía más remedio que coger el coche diariamente. Que tenía la casa llena de arañas. Que me daban ataques de ansiedad cuando a las seis de la tarde mi barrio estaba oscuro y completamente silencioso. Que no merecía la pena tener una vida excitante si no podías compartirla con nadie. Que no podía dejar de pensar en él.
—Nada, Luisa, que hoy he dormido muy mal… —dije pellizcándome el labio, gesto inequívoco de que estaba mintiendo.
—Bueno, ya sabes que eres nuestro bebé, y aquí estamos todos para lo que necesites, ¿vale? —dijo apretándome la mano—. Y ahora recoge todo que nos vamos a casa de los Stanford a ver la noche electoral. ¡El gran día ha llegado, chica, hoy es la noche del cambio! —estaba entusiasmada.
Le agradecí el gesto pero dije que no iba. Quería evitar multitudes aquella noche. Luisa se lamentó y me hizo prometerle que estaría bien, después se marchó cerrando la puerta.
Me hice una pequeña pelota sobre la silla y empecé a llorar como una niña asustada.
Llegué a casa arrastrando los pies y con un enorme dolor de cabeza después de haber estado llorando casi toda la tarde.
Encendí el televisor. En el dormitorio me quité los botines y los calcetines, me encantaba andar descalza, tenía toda la casa enmoquetada. Era una delicia. Fui a la cocina y abrí la nevera, no tenía muchas ganas de preparar nada, así que cogí un yogur y una mandarina. Me senté en la butaca y, mientras pelaba la mandarina, me fijé en el mapa electoral del escrutinio que mostraban en televisión. Muchos de los estados del este ya tenían color azul o rojo.
¿Ohio demócrata? ¡¿Florida demócrata?!!! Dejé de pelar la mandarina y decidí prestar un poco más de atención porque quizá iba a ser verdad eso de que sería la noche del cambio.
No terminaba de enterarme muy bien qué decían por televisión así que decidí coger la calculadora y empezar con mis propias sumas.
A ver, Nueva York demócrata, ¿no?, entonces… más treinta y un votos, más… más veintiuno de Pensilvania, más veinte de Ohio, vein-te, veinte, ya, más, más… a ver… ¡a ver, señora calle un poco y saque el mapa otra vez que no me entero! Me reí, me parecía a mi madre hablando sola con la tele. La reportera desapareció y el mapa se volvió a mostrar y continué con mis cuentas. Más... más, a ver, Ohio, ya lo conté, ¿no?, pues, más trece de Virginia, tre-ce, y quince de Carolina del North, North, North, súper North, y… y… veintisiete, de Florida, jo, veintisiete, ¿eh?
Seguí gritando a la periodista que se empeñaba en mostrar las imágenes de la gente agolpada en el Grant Park de Chicago, y no me dejaba aclararme con el mapa electoral. ¡Pero qué pesada, mona, pon el mapa, MA-PA!!!!!
Pero no me hizo falta terminar con mis cuentas para ver el resultado: Obama ganaba y por mucho. Aunque varios estados del oeste estaban todavía sin colorear, California era imposible que se convirtiera en republicana de repente así que cincuenta y cinco puntos estaban asegurados para los demócratas, con lo que conseguirían 273 votos y, por lo tanto, la presidencia.

No me lo podía creer. ¿Obama presidente? Obama presidente… Poco a poco se iban terminando de colorear todos los estados. Los demócratas pasaron de los 273 votos, y de los 286. Las imágenes de la gente en la calle en Nueva York y Chicago eran increíbles. Y de los 301, y 316, y de los 337… Obama era presidente. Obama era presidente con 364 votos finalmente…

Me levanté, cogí el tuper de la nevera, me puse un jersey y toqué la puerta a mi vecino.
—Fred, soy yo, abre… Fred…
—Está abierta —oí desde dentró.
Empujé la puerta y entré. El salón estaba a oscuras, sólo la televisión iluminaba la habitación. En el sofá estaba Fred sentado con las piernas juntas y los codos sobre sus rodillas. Entre las manos su cabeza. Lloraba como un niño mirando el televisor. Me senté a su lado sin decir nada. Imité su postura juntando las piernas y sujetando con ambas manos el tuper sobre mis rodillas. Frente a nosotros la imagen del nuevo presidente Obama y su familia saludando a la multitud del Grant Park de Chicago.
—Hemos ganado, princesa… hemos ganado… —dijo Fred con la vista clavada en la televisión.
—Sí, Fred… hemos ganado… —repetí muy bajito.
Fred me miró y, aunque seguía llorando, sonrió y me susurró:
—Eres una chica afortunada, que ha llegado a América para vivir un hecho histórico…
Sus palabras se colaron directamente en mi ánimo que estremecido encontró un sentido.
Apreté con más fuerza el tuper entre mis manos, lo levanté y finalmente se lo ofrecí.
—Toma, Fred… son para ti, son peras… al vino… al final compré vino… —las lágrimas me caían silenciosas.

Una tarde en el museo

─Pues a mí la música ésta de tambores me parece una absoluta estupidez, voy a por más vino.

Margaret se atusó el pelo y se dirigió a la barra que habían improvisado en medio del hall principal del museo.
Yo me quedé escuchando a los cuatro músicos que habían llegado de Burkina Faso para la inauguración de la exposición “El corazón de África”. La verdad es que la gente se las ingenia para poner este tipo de títulos a cualquier tema africano. Aunque podrían haberle puesto “África negra”, y entonces si que hubiese sido un enorme despliegue de huecas neuronas.

Me apoyé en la puerta de cristal para ver desde fuera como Margaret pedía su tercer vaso de vino blanco. A sus 84 años mantenía una vitalidad envidiable. Pensé si a su edad sería como ella, pero miré mi vaso de té verde y supe que no. Levanté la vista y sonreí a uno de los músicos que me miraba, era realmente atractivo, él me devolvió la sonrisa.

─Hala, nena, vamos a ver los cuadros esos que yo no puedo más con tanto pom-pom-pom, ni el mismísimo Raphael con su tamborilero ─Margaret me agarró del brazo y me encaminó hacia la sala de exposición─. ¡Ay, hija, cada día estás más delgada!, pero ¿qué has comido hoy? ─me preguntó mientras estrujaba mi antebrazo con fuerza intentando encontrar los huesos.
─Hoy… ensalada de pasta.
─De verdad, esta gente de África anda obsesionada con el miembro masculino… ─Margaret hizo pararme ante una escultura alargadísima de un hombre desnudo con un enorme pene erecto─. Aunque vete a saber, nena, lo mismo es un perchero del siglo XVII, ignorante de mí…
Estallé en una escandalosa carcajada que dejó muda a toda la sala. Margaret me guiñó el ojo y siguió empujando de mí marcando el ritmo.
─Ensalada de pasta ¿dices?, la ensalada no alimenta y la pasta te llena de almidón la sangre. Cuando te mueras te abrirán en canal y se harán un jersey de almidón los forenses.
─Eso es algodón, Margaret, un jersey de algodón ─dije riéndome.
─De lo que sea… ¡Anda, mira, otro perchero!

El museo estaba en lo alto de la colina, y la carretera hasta el pueblo, pasadas las 8 de la tarde, era una auténtica serpiente negra.
─Nena, no corras que nadie nos espera.
─Margaret… voy a treinta…
─Siempre se puede ir a menos ─dijo dando un golpecito a la caja de cambios. Creo que mi viejo coche era el único con marchas en todo el estado de West Virginia─. Hoy has hablado poco, ¿todo bien por la universidad?, o ¿tus alumnos se te suben a las barbas?
No habían sido fáciles las últimas semanas. Ya llevaba casi dos meses enseñando en aquel lugar y todavía no me había metido a los alumnos en el bolsillo. Pero aquello no me preocupaba demasiado, ya caerán, me decía después de cada sesión.


─Ey, no te vayas, loca, no te vayas… ─Abid apretó mi frente contra la suya─, no… no… no… no… no… ─repetía cansinamente.
─Para, por favor…
─No… no… no… no… ─me abrazó con fuerza y me susurró profundamente en el oído─: Te quiero tanto...
Encerré sus palabras con sabor a urdu en una cajita de cristal para no olvidarlas nunca, aspiré su respiración para tragar el mismo aire y le pedí que me repitiera por última vez “azul celeste”. Me miró con enorme pena, hizo estremecerme.
─Azul celeste, azul celeste…
Sonreí tristemente.
─No pierdas nunca tu precioso acento, my big child ─lo besé y me marché de su casa. El taxi me esperaba fuera. Era una noche húmeda en Singapur.


─Que no corras, nena, que no corras, que te crees Alonso en Mónaco y esto no es. Pero… pero, ¿qué pasa?, ¿por qué lloras like that?
Por más que intentaba mantenerla cerrada, a veces se me abría la cajita de cristal y sus palabras bailaban en mi cabeza borrachas de pena.
─Ay, nena, pues si a mí tampoco me gustó la exposición, pero entiéndeme, tanto como para ponerse así, no, ¿eh?, ¡no!
Me hizo reír.
─¿Me invitas a una cerveza en tu casa…? ─pregunté absorbiéndome los mocos.
─¡Toma, y a dos!

Cuando, por fin, llegué a mi casa, me preparé café. Me tumbé en la butaca del salón y dejé, abriendo nuevamente la cajita de cristal, que el viernes terminase desde allí.

jueves, noviembre 6

Arab Street


Tomábamos un shandy en una de las terrazas del barrio árabe de Singapur.
Hacía muchísimo calor y la cerveza con limón me estaba sabiendo a gloria. Adoraba Singapur por muchos motivos, y uno de los cuales era aquél. A pesar de que eran las once de la noche, las calles estaban a tope de gente. Todo el mundo trabajaba más de doce horas diarias pero nadie perdonaba el trago del fin del día.

Coloqué mis pies desnudos sobre las rodillas de Ankit. Lejos quedaban sus “santiguaciones” cada vez que nuestros pies se rozaban. ¿Pero por qué haces eso?, le preguntaba cuando lo veía tocarse el pecho y luego la frente y murmurar algo entre dientes. Pido perdón, me respondía sin querer darme más explicaciones. Indio loco, pensaba.

Ankit había sido alumno mío durante más de dos meses. Después regresó a India por motivos personales y cuando volvió empezó a llamarme para practicar su español, en poco tiempo nos convertimos en muy buenos amigos.

Ankit se levantó precipitado lanzando mis pies al suelo.
—¡Aye, tú! ¡Cuidado! —grité quejicosa.
—Abid, ¿cómo estás? —saludó Ankit a un joven que acababa de pararse frente a nuestra mesa.
Nunca en mi vida había visto un hombre tan guapo.
—Abid, ésta es la profesora de español de la que te hablé, Elvira.

Abid me miró y me regaló una preciosa sonrisa, hola, me dijo.
Me puse tan nerviosa que sólo conseguí calzarme una de las sandalias con más de 6 centímetros de tacón de aguja. Así que cojeando, pero con una elegante dignidad, me acerqué a Abid, me aparté el pelo de la cara y le extendí seria mi mano.
—Hola, encantada.
Abid se rió, después recogió mi otra sandalia del suelo y me la ofreció.
—Bonitas sandalias… —dijo.
—Bien, ¿nos sentamos? —dijo Ankit incrédulo ante semejante situación.
Ankit me recriminó con la mirada y, con un simple apretón de labios, me pidió que intentará ser una persona normal.

Ankit me explicó que Abid debía ir a Argentina por viaje de negocios y necesitaba aprender algo de español, no era estrictamente necesario pero quería quedar bien ante sus clientes, puras formas protocolarias. Acepté ser su profesora durante los próximos cuatro meses.

—No habrá problema con el dinero, por favor, Elvira, pídeme lo que creas conveniente —añadió Abid.
—Oh, vamos, Abid, los amigos de mis amigos son mis amigos —creo que no pude encontrar frase más estúpida que decir, además al traducirla al inglés me hice un pequeño lío con el genitivo sajón que no terminaba de cuadrarme en ningún lado.
Abid se rió y me preguntó si podríamos empezar al día siguente. Fingí pensármelo durante un instante y dije que sí.
—Por favor, escríbeme la dirección de tu empresa para que pueda tomar un taxi —le pedí, luego bebí un trago de mi shandy.
—No, no, no, mi chófer irá a buscarte.
El shandy salió disparado de mi boca como un aspersor. Ankit se santiguó catorce veces y Abid no podía parar de reír. Quise desintegrarme. Me sequé la boca con la poca feminidad que me quedaba. Pedí dos mil veces disculpas y con forzada naturalidad, intenté explicar que aquello del chófer no era muy normal en mi, hasta ahora, círculo de amigos.

Después de concretar la hora, Abid se marchó asegurándome que había pasado un rato muy divertido. Lo vi alejarse por Arab street, tenía mucha clase.

—Elvira… Elvira… pero ¿tú sabes quién es éste? —me preguntó Ankit desesperadamente enfadado. Levanté los hombros poniendo cara de buena—. ¡Es Abid Shah Mir!
—¡Oh, my god!, ¡oh-my-god! ¿Es-Abid-Shah-Mir????? —dije marcando el ritmo de mis palabras con las palmas de las manos bien abiertas—. Vale… y ¿quién es ése? —pregunté finalmente sin entusiasmo alguno.

Ankit me contó que se trataba de uno de los grandes magnates de oriente medio. En Pakistán, su país de origen, era considerado como un rey. Su padre había creado un imperio industrial de la nada y Abid lo había heredado después de haberse licenciado en Oxford, aprendido siete idiomas, viajado por medio mundo y ser uno de los mejores jugadores de polo.

—Así que, Elvira, por favor, canaliza tu locura y aparenta ser medianamente normal.
Esta última frase no la pude escuchar muy bien, porque intentaba mantener la pajita de mi bebida entre la nariz y la boca sosteniéndola con mi labio superior.
—¡Mira, mira, mira, Ankit, mira lo que hago! —grité como pude porque tenía una pajita bajo mi nariz y no era fácil vocalizar así, te lo aseguro…
A pesar de su primer suspiro, Ankit no pudo evitar reírse como un tonto. Estás completamente loca, me dijo. Me descalzó y colocó mis pies sobre sus rodillas.

martes, noviembre 4

El Porche

—¡Hoy es mi día libre y tu música me ha despertado!!!!!

Eran las nueve de la mañana, cerraba la puerta de casa mientras los gritos de mi viejo vecino me taladraban el oído derecho. Intenté disculparme lo más rápido posible, no por sentirme culpable sino porque llegaba tarde a la universidad. Parecí convencerlo de mi inocencia y, tras un par de gritos más, me dejó marchar.

Vivía en una pequeña casa de una sola planta, en un barrio típicamente americano. En su día la dividieron para hacer dos apartamentos que compartirían la pared del salón y del baño, además del jardín trasero y las escaleras de la entrada.

Tres días más tarde de aquel episodio, me levanté con energía suficiente como para hacer peras al vino. Sólo había un problema, no tenía vino. Miré por la ventana de la cocina y vi que llovía, así que el ir a la tienda quedaba descartado. Me preparé un café para pensar mejor. Rebusqué en mi pequeña bodega y en la nevera y las posibilidades eran las siguientes: peras al Martini rojo, a la cocacola, a la cerveza, a la leche, al jerez o al zumo de tomate. Bien, creo que al jerez puede colar, pensé.
Después de una hora tenía cuatro peras borrachas de jerez caramelizado en una cazuela. Probé una y fui incapaz de terminarla, estaba tan rasposa que se me pusieron las papilas como escarpias. Necesitaba volver a pensar así que me hice otro café. Después del segundo trago me empecé a reír, tenía claro qué iba a hacer.
Metí las tres peras restantes en un tuper, me puse un jersey y toqué la puerta a mi vecino. Con una enorme sonrisa se las ofrecí y le pedí disculpas por molestarle siempre con mi música. El hombre estaba completamente sorprendido, apenas atinó a darme las gracias.
Dos días después me devolvió el tuper con pastel de brócoli dentro, y me aseguró que la música no le molestaba siempre, sólo un poco por las mañanas. Le invité a tomar un café y a compartir el pastel de brócoli. No quise comérmelo sola, tenía miedo de que estuviera rasposo también, pero descubrí que mi vecino, a pesar de su ruda apariencia, era un excelente cocinero y una maravillosa persona.

Dos semanas más tarde, cuando llegué a casa me paré en las escaleras y las miré. Mi vecino estaba colocando una de sus plantas en el segundo escalón.
—Oh, Fred, tenemos que hacer algo con este porche —dije con aire pensativo.
Fred se tuvo que sentar en las escaleras porque creía morirse de risa.
—¿Porche? Pero, princesa, ¿dónde ves un porche? —me preguntó entre carcajadas.

Bien, vale, no era propiamente un porche sino cinco escalones desnivelados con una oxidada barandilla a cada lado, y un diminuto descansillo ante las dos puertas.

—Creo que podemos pintar la barandilla… —dijo la princesa propietaria de un palacio.
—Eres adorable, chica, haz lo que quieras pero antes llama al dueño, no quiero problemas, ya sabes cómo es. Además es mejor que lo llames tú porque yo siendo negro creo que puede malinterpretarlo.
Me reí, pero desgraciadamente no le faltaba razón.

Ese mismo fin de semana empecé con la pintura.
—Fred, ¿rojo o negro? —pregunté a mi vecino, mostrando los dos botes de pintura que me había regalado un compañero del departamento.
—Mmm… ¿y si los mezclamos…? —contestó Fred ladeando la cabeza.
—¡Aye! ¡Genial, GRA-NA-TE! —estaba completamente fascinada.

Fred se ofreció a hacer la mezcla y a surtirme de cerveza a cada rato pero me dejó por entera la función de pintar, decía sentirse demasiado viejo.

Después de casi tres horitas de trabajo, estábamos los dos frente a las escaleras observando nuestra obra de arte. Subimos hasta el descansillo y Fred me pidió que esperara un minuto. Al cabo de un rato salió con dos sillas.
—Una para ti y otra para mí —dijo y cogió dos cervezas de la caja ofreciéndome una—. Una para ti y otra para mí —repitió—. Ahora sí que es un porche, princesa, porque tenemos barandilla granate como los reyes. ¡Hey, buenas tardes, Chad! —gritó levantando su brazo a nuestro vecino de enfrente que aparcaba el coche en ese momento.
—¡Hey, Fred! ¿Cómo va eso? —saludó Chad.
—Aquí, disfrutando del porche.
—¡Ja, ja, ja, ja! Del porche, dice, ¡serás cretino, Fred!
Le acompañé en la risa, la situación era de lo más disparatada pero me encantaba.
—No hagas caso, princesa, seremos la envidia del vecindario —me aseguró Fred en tono confidencial.
—Ven, Chad, te invitamos a una cerveza en nuestro porche —dije riéndome todavía.
Fred me miró enfadado y luego, dirigiéndose a Chad, añadió:
—Vale… puedes venir... pero ¡la silla te la traes tú!

domingo, noviembre 2

La laundry

Aparco el coche delante de la puerta.
El pequeño edificio de una sola planta es de hojalata, y desde fuera parece vacío. Dudo si entrar o volverme y pedirle el favor a algún compañero del departamento con lavadora en casa. Tras pensármelo seriamente durante treinta largos segundos, me decido y cojo del maletero el enorme saco de ropa sucia. Entro.

-¡Hola! -digo exageradamente simpática.
-Hola, preciosa... -me contesta aburrida una enorme mujer detrás de un mostrador.
-¡Vengo a lavar la ropa! -digo nuevamente ganándome el premio a Miss Nice West Virginia.
-Estupendo... -y sin más se da la vuelta y se mete en la trastienda.

Echo un vistazo a la lavandería. Es enorme. Por lo menos hay cien lavadoras alineadas en cuatro filas de dos. Contra la pared están las secadoras, colocadas en columnas de tres.

Vale, elijo una máquina y empiezo a echar toda mi ropa sin distinción alguna: toallas granates, con trapos de cocina marrones, tangas negras, rojas, blancas, azules, de snoopy, la abeja Maya..., vaqueros, dos camisetas blancas, pantalones negros, jersey beige y calcetines multicolor. Chorretón de jabón líquido. Bajo la tapa y empiezo a buscar la ranurita donde meter las monedas. Encontrada. Cuatro monedas de un cuarto de dolar y la lavadora empieza a funcionar. Fácil. Ahora sólo me queda encontrar la máquina de café, sentarme a esperar y hablar con ese chico tan sexy, a la par que tímido, que aparece en todas las pelis americanas dentro de una laundry.

-Perdona, ¿la máquina de café? -pregunto a un viejo hombre sentado junto a la puerta. Me mira y se empieza a reír. Le faltan dientes y se le cuela la lengua entre los huecos.
-¿Café? -pregunta una profunda voz detrás de mí.
Me doy la vuelta y veo metro noventa de un joven hombre sentado sobre una de las lavadoras de la segunda fila.
Se ríe y me vuelve a preguntar.
-¿Quieres café?
-Bueno... busco la máquina de café, sí.
-No hay -se baja de la lavadora y se acerca a mí muy decidido-. Hola, me llamo Mike -me dice extendiéndome su mano.
-Eeeeh... hola... soy Elvira.
Bueno, no es muy, muy sexy y tampoco podríamos tacharle de tímido pero es lo más cercano a un personaje de laundry, ¿no?
-Hey, yo soy Terry -gangosea el viejo hombre de la puerta. Me doy la vuelta sonriendo y le ofrezco mi mano mientras repito mi nombre otra vez.
-¿De dónde eres, preciosa...? -la enorme mujer había salido de la trastienda y nos miraba aburrida desde el mostrador.
-De España.
-Hey, yo tengo una amiga de Colombia, se llama Juliana, ¿la conoces? -me pregunta Mike completamente emocionado.
-Mmm... no, lo siento -le contesto sin evitar una carcajada.

Terry nos cuenta los problemas de su hija divorciada mientras Mike y yo colocamos la ropa mojada en la secadora.
-...y no es por su ex marido, que ahora vive en Ohio, es que se llevó al perro y...
-Esto, ¿cómo va? -pregunto a Mike en bajo para no molestar a Terry.
-Cinco minutos de secado son un cuarto de dolar, con veinte minutos más que suficiente -me contesta Mike imitando mi susurrante tono de voz.
-...tiene el pequeño tres años y el mayor seis, pero se han quedado sin perro, y eso me fastidia, ahora ella trabaja en...
-¿Café?
-¿Qué?
-¿Quieres café? -me vuelve a preguntar Mike sin dejar de mirar a su secadora.
-...yo le digo que no es un buen trabajo, pero, ay, ay, ay, ya no escucha a su viejo padre, lástima de perro, qué bonito era, bueno, trabaja de seis a doce...
-Mmm... sí, claro -le contesto.
-.. los trabajos nocturnos es lo que tiene, que sí o que no, pero... hey, chicos pero ¿adónde vais? -nos pregunta Terry mientras nos ve salir por la puerta.
-Te vamos a traer un café -le contesta Mike guiñándome un ojo.
-Bueno... pues muchas gracias, hijo, muchas gracias...

Cruzamos la carretera y nos metemos en un pequeño restaurante de cómida rápida. Nada más entrar Mike levanta la mano y saluda a los dos camareros del fondo y grita a uno de ellos.

-Logan, cuando puedas tres cafés para llevar. Nos sentamos a quí a esperar, ¿vale? -Mike me señala una mesita de madera-. Bueno, y qué hace una española tan simpática como tú en un pueblo como este.
-Soy profesora en la Universidad.
Wuao!, pero eres muy joven...
-Ja, ja, ja, no tanto -contesto- ¿y tú?
-Soy estudiante en la universidad.
Wuao!, pero eres muy mayor.
-Ja, ja, ja, no tanto -repite imitando mi acento,me hace reír- me licencié en literatura inglesa hace seis años y ahora estudio para el doctorado.

Llega Logan con los tres cafés, Mike no me deja pagar. Volvemos a la lavandería y ofrecemos su café a Terry.

-Oye, Terry, y ¿cómo dices que se llamaba el perro de tu hija? -pregunta Mike.
Qué chaval más majo, pienso, con qué poco sabe llegar a la gente.
-Skip -contesta sorbiendo el café-, buen perro, sí señor... Gracias, hijo -dice Terry levantando el vaso de cartón hacia Mike.

Acaban los veinte minutos de mi secadora, guardo la ropa en el saco, termino el café y me despido.
-Seguro que nos volvemos a ver por el campus -digo a Mike.
-Seguro... o aquí... siempre vengo los martes -responde con una enorme sonrisa.
-Entonces, nos vemos el próximo martes aquí. -Antes de salir me acerco al viejo-, adiós, Terry.
-Adiós, hija.
Cruzando la puerta oigo un aburrido:
-Adiós, preciosa...
Me río y meto en el maletero el enorme saco de ropa limpia.