sábado, enero 31

Trilogía, Parte primera: Adiós, Pakistán

Era noviembre y faltaban dos días para marcharme a Los Angeles, a casa de mi amiga Cristina por Acción de Gracias. Tenía la maleta abierta y vacía en medio del salón. Siempre me proponía hacerla con tiempo pero al final terminaba estrujando toda la ropa en el último minuto y me olvidaba de la mitad de las cosas que quería llevarme. Estaba sentada en el escritorio frente a mi portátil contestando emails cuando el teléfono sonó. Me levanté y salté por encima de la maleta hasta llegar a la cocina. Descolgué faltándome el aire.
―¿Quién… es…? Ay, que me ahogo, ay… ¿sí? ¡¿A ver?!
―Hola, loca…
Al reconocer su voz, los pequeños hombrecillos que tenemos en medio del pecho para bombear el corazón se desmayaron.

Estaba en el borde de la piscina con los pies metidos en el agua para intentar deshacerme del aplastante calor de Singapur. Bebía una cerveza que acababa de bajarme de casa. El guardia del condominio donde vivía, que pasaba en ese momento por las piscinas, me miró y me recordó que el baño estaba prohibido a partir de las once de la noche. Le dije que lo sabía, que simplemente estaba esperando a alguien. Ya no lloraba, creo que porque no me quedaban lágrimas, estaba tranquila, serena, llena de ese sentimiento cínicamente placentero que te provoca el haber estado llorando durante días. Ankit llegó y se sentó a mi lado sin decir nada. Chapoteó los pies bajo el agua, después me acarició la espalda con la vista en el fondo de la piscina.
―¿Cuándo te vas?
―Este lunes… tengo que volver a España para el papeleo del visado, el uno de septiembre empiezo a trabajar.
―Estados Unidos… ¿No había nada más lejos? ―me preguntó ofreciéndome su mano abierta, le coloqué la cerveza en ella, se rió―. Gracias, pero prefiero tu mano ―le di mi mano acariciándole suavemente el dedo índice con mi pulgar.
―¿Vendrás a verme…? ―le pregunté con súplica.
―Te podría decir que sí, pero los dos sabemos que no… que no volveremos a vernos…
Apreté su mano, empezaba a llorar de nuevo.
―¿Lo sabe Abid? ―preguntó.
Negué con la cabeza.
Tres semanas antes invité a Abid a cenar en Gaylang Road, el barrio rojo de Singapur. En uno de los sucios y cutres chiringuitos de la calle pedimos dos roti prata, el mío era de plátano dulce y el suyo de durian con queso. Para beber, dos tés pakistaníes. Me encantaba ver a Abid, porque a pesar de su exquisita apariencia se sabía mover como pez en el agua en aquel ambiente. Siempre me contaba que su padre venía de una de las familias más humildes de Lahore.
―Estas navidades quiero que vengas a Pakistán conmigo, yo estaré tres meses por el torneo de Polo que empieza en noviembre, podrías venir a mediados de diciembre hasta enero. Mi padre puede solucionar el tema del visado, y el viaje lo harías acompañada por tres de mis hombres, no habría problema. Quiero que vengas, Elvira, quiero enseñarte Lahore, es precioso.
―¿Navidades en casa de un musulmán en Pakistán??? Mmm… deja que se lo comente a mi madre, ¿a ver qué dice? ―e hice ademán de sacar mi móvil del bolso.
Abid se río como un tonto, después se acercó a mí y me abrazó. Sujetándome la cara con una sola mano me besó. Su gesto me sorprendió gratamente, nunca se mostraba cariñoso en público.
―Me estás volviendo loco, completamente loco ―dijo clavándome su negruzca mirada―, no te imaginas lo fácil que es quererte ―susurró apartándome un mechón de pelo de la frente―, te quiero tanto que siento que te he querido siempre…
Acaricié su espeso y negro pelo y me dejé querer, porque lo último que podía pensar aquella noche era que las cosas iban a cambiar tanto en apenas unas semanas.
La situación iba de mal en peor en la escuela y cansada del abusivo contrato y ñoñerías de mi directora había empezado a buscar un nuevo trabajo. Bombardeé todos y cada uno de los departamentos de español del mundo entero, pero con la intención de quedarme en Asia: China, Singapur o India. Pero la respuesta me llegó de los Estado Unidos con una oferta irrechazable. Acepté sin pensarlo, como hacía siempre, cerrando los ojos e imaginándome que estaba sola en el mundo, y que ése era el único camino a seguir. Padeciendo el vértigo que tengo, todavía no comprendo cómo he sido capaz de tirarme tantas veces desde el puente al más absoluto vacío.
Desde la puerta principal del condominio vi alejarse el taxi de Ankit. Me quedé de pie un largo rato mirando la carretera, quizá esperando que diera la vuelta o simplemente negándome a reconocer que aquello había sido una despedida.
Al día siguiente me armé de valor y fui a la casa de Abid. Antes de bajarme del taxi respiré hondo y le pedí que me esperara, no tardaré, le dije al taxista.
La verja se abrió automáticamente a mi paso y entré. Crucé el enorme jardín hasta la casa principal. Abid estaba en lo alto de las escaleras, me miraba serio, no esperó a que llegara, como hacía siempre, sino que entró en casa antes de que yo hubiera pisado el primer escalón. En la entrada me quité las sandalias. Abid estaba sentado en el sofá, nerviosa me senté a su lado. Abid pidió a las tres personas de servicio, que estaban colocadas estratégicamente alrededor del salón, que se fueran. Después, se levantó y se sentó en un sillón frente a mí.
―Me voy… Abid, me voy…
―Lo sé, he hablado con Ankit… ¿Cómo puedes ser tan egoísta? ¿Cómo has podido permitir que te ame tanto sin dar nada a cambio? ¿Cómo siendo tan pequeña… tan preciosamente pequeña puedes llegar a hacer tanto daño?
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Estaba siendo injusto, no podía exigir a nadie amar. A mí se me agotó el amor, once meses atrás, Etienne me lo extirpó y me dejó tristemente vacía. Había perdido la capacidad absoluta de volver a querer a alguien.
Le pedí perdón y lentamente me levanté del sofá. Junto a la puerta volví a calzarme las sandalias. Abid me agarró del brazo.
―Ey, no te vayas, loca, no te vayas… ―Abid apretó mi frente contra la suya―, no… no… no… no… no… ―repetía cansinamente.
―Para, por favor…
―No… no… no… no… ―me abrazó con fuerza y me susurró profundamente en el oído―: Te quiero tanto que soy capaz de amar por los dos...
Encerré sus palabras con sabor a urdu en una cajita de cristal para no olvidarlas nunca, aspiré su respiración para tragar el mismo aire y le pedí que me repitiera por última vez “azul celeste”. Me miró con enorme pena, hizo estremecerme.
―Azul celeste, azul celeste…
Sonreí tristemente.
―No pierdas nunca tu precioso acento, my big child ―lo besé y me marché de su casa.

Los hombrecillos comenzaron a bombear de nuevo y sentí un fuerte dolor en el pecho por la presión de la primera bocanada de latidos.
―Ankit me ha dado tu teléfono… se lo pedí, quería hablar contigo, bueno… necesitaba hablar contigo. Elvira… no hay día que no piense en ti… y… estoy en Pakistán, ¿sabes?, por el torneo de Polo, y tú debías estar aquí, conmigo, eran nuestros planes, te… ¿te acuerdas en Gaylang Road comiendo roti prata? El tuyo era de durian…
―No, de plátano dulce… ―dije apretándome fuertemente el auricular a la oreja mientras me dejaba caer al suelo como una muñeca rota.
―Elvira, te sigo queriendo… dime que me quieres, por favor… estoy perdiendo la cabeza, dime que me quieres y… y yo mañana vuelo a los Estados Unidos, dímelo, por favor… por favor…
Claro que te quiero, pero no lo supe hasta llegar a este pequeño y desesperante pueblo americano. Tres meses sin tener noticias tuyas me han vuelto loca. Te he visto en todas partes, y te he oído amarme cada noche desde la cajita de cristal, te he echado tanto de menos, Abid, que lloro con tan sólo recordar tu nombre, Abid, Abid, Abid, Abid…
―Yo no te quiero… nunca te he querido, Abid…
Oí un clic y un silencio tan doloroso al otro lado de la línea, que me quedé allí, de rodillas en el suelo, quietecita, llorando en silencio, con miedo de moverme, porque si me movía, me iba a romper en mil pedazos y sería imposible volver a recomponerme nunca.

lunes, enero 26

Caducidad

Estaba subida en la silla de mi despacho colgando todos los programas de mis cursos con chinchetas en la pared. Nunca sabía en qué día estábamos, así que era la mejor manera de sentirme organizada o por lo menos, teniéndolos a la vista, eso creía.
―A ver, bonita, busco a la profesora Rebollo.
La puerta estaba abierta, así que desde el marco una mujerona de más de cincuenta años, cargada de cartas oficiales con el sello de la universidad, me preguntaba por mí misma.
Por un momento me desdoblé. Y me puse a observarme desde la misma posición que la mujer. Y vi a un personajillo de metro y medio, con vaqueros, con coleta alta, gafas de pasta granate marca Snopy, y no Snoopy porque las compré en China, y con pendientes colgaderos del personaje rechoncho y pelirrojo Tarta de Fresa. No recuerdo exactamente cuándo pero un día decidí que lo de ser adulta no iba conmigo y… así me quedé.
Quise contestar a la mujerona pero en ese momento recordé a mi madre.

Yo no tendría más de ocho años. Estaba en la cocina con mi madre, cuando el timbre de la puerta sonó. Mi madre se secó las manos con el trapo que había en la encimera y salió gritando por el largo y lúgubre pasillo de veinte metros: “voy, voy, VOYYYYYY”. Yo, como buena ladilla cojonera que era, iba detrás dando zancadas, moviendo mis brazos en aspa y repitiendo: “voy, voy, VOYYYYYY”. Ante la puerta todavía cerrada, mi madre, en pantalón de chándal y camiseta comercial de Ferretería Ávila, se ajustó el pelo hacia atrás. Después la abrió y con una sonrisa recibió a un delgado hombre con uniforme.
―Buenos días tenga usted ―dijo el hombre seriamente―, traigo una carta certificada, ¿está la señora en casa?
Mi madre petrificada dijo sin inmutarse:
―La señora ha salido con sus amigas a tomarse el cafecito de doce en el Toledo, así que vuelva usted mañana, buenos días ―y sin más cerró la puerta con un ruidoso y vengativo golpe.


Estaba a punto de presentarme a la enorme mujer de las cartas, pero no me dejó abrir la boca:
―Y tú, ¿eh? Con tal de no ir a clase cualquier cosa, ¿verdad?
―¿Perdón? ―dije absolutamente sorprendida con una chincheta en la mano.
―Pues que todos los estudiantes andáis con la misma historia, sois capaces de trabajar como asistentes de los profesores para tener excusa oficial y así faltar a las dos primeras semanas de clase, que os tengo calados, son muchos años trabajando en esta universidad, ¿eh? ―aquella situación me divertía muchísimo―. Bueno, bonita, entonces, ¿me puedes decir a qué hora va a venir tu profesora?
―Pues ha ido a tomar un café, no creo que tarde, me puedes dejar sus cartas, yo se las daré ―respondí y nuevamente evoqué a mi madre.


Mi madre recorrió el pasillo de vuelta maldiciendo al pobre hombre. Yo iba detrás saltando a la pata coja, cuatro veces con la pierna derecha y dos con la izquierda, porque con la izquierda me costaba más, uy, mucho más. Una vez en la cocina, mi madre seguía recordando al cartero y removía las lentejas con energía. Mientras, yo cruzaba la enorme cocina de baldosa en baldosa, asegurándome de no pisar las rayas, y cantando en bajito una canción en mi inglés inventado: guachimi hai nohai, for olguays, yes, yes, shonmigüey… Que conste que hoy en día, en las reuniones del departamento, me sigo inventando el inglés aunque me corto de cantarlo, claro.
―Hija, de verdad, siéntate, por favor… buff… por favor, ¿eh? Que ya me tienes cansada, si estás bien, esta misma tarde vas al colegio y si no, pues, ¡hala!, a la cama.
Aquel día me había quedado en casa porque tenía diarrea, bueno, mi madre decía cagalera, y cuando hablaba con el médico decía “ir mucho al baño”. La cuestión es que echaron la culpa a las golosinas. Años más tarde, tras noches en urgencias del hospital, días en observación, dos colonoscopias y un padre superando un cáncer de colon, averiguaron que las golosinas poco tuvieron que ver con mi pésimo sistema digestivo.
Con veinticinco años preparaba mi primer viaje a China, pero el dolor de estómago me estaba matando desde hacía casi un mes.
―Cariño, eso es de los nervios, eres como tu padre, que te lo guardas todo para ti, y luego, mira lo que pasa, que os reventáis por dentro. Lo que debes hacer es no aceptar el trabajo en China, te quedas aquí, con tu madre, que es dónde mejor estás, y ya vas a ver cómo se te quita ese dolor ―me dijo mi madre cuando fui a quejarme.
Dos días más tarde estábamos en la consulta del doctor Víctor Salinas, oncólogo de mi padre. Me examinó y me hizo mil preguntas. Mientras me vestía tras el biombo, explicó a mis padres que dados los antecedentes era mejor hacer una colonoscopia de urgencia. Al día siguiente tuve que beberme dos litros de no sé qué mierda en menos de una hora, que me hizo esprintar como nunca por el interminable pasillo de casa. Terminé cagando agua cristalina de balneario, impresionante. Ya en la clínica, mi madre me dijo adiós con la manita y yo entré en una sala bastante oscura. La anestesista me pidió que me bajara los pantalones, me subiera a una especie de camilla, y me pusiera de medio lado con las rodillas dobladas para sacar culo pompa. La anestesista me arremangó la blusa y me pidió que me tranquilizara. Hombre, en aquella postura, tranquila, lo que se dice tranquila era prácticamente imposible estar. Oí la puerta abrirse y un conglomerado de pasos, toses nerviosas y tráfico de folios se acercaba a mis espaldas. Muerta de curiosidad no pude evitar voltear la cabeza y ver qué estaba pasando. Un grupo de jóvenes y atractivos estudiantes de medicina estaban tomando nota de mi ojete. Por favor, no te muevas, Elvira, me pidió suavemente la anestesista intentando ajustar el catéter en mi brazo. Víctor Salinas entró poco después.
―Bien, bien, bueno, ¿qué tal, Elvira? Oye, he pedido permiso a tus padres para hacer de esta colonoscopia una clase magistral, espero que no te importe, ¿verdad?
Estuve a punto de contestarle con un pedo, pero no quise abochornar a mis padres.
―Claro, no hay problema… ―contesté sacándome la naturalidad de la chistera.
―Bien, bueno, tenemos aquí a una paciente, veinticinco años, y con antecedentes familiares de cáncer de colon. Como todos sabéis el cáncer de colon es uno de los más hereditarios, esta joven tiene un 45% de posibilidades de padecerlo.
¿Perdón?, ¿cómo dice usted? ¡Ey!, que sigo aquí, que todavía no me han anestesiado, podría ser un poco más delicado en sus explicaciones y sobre todo más mentirosillo en sus porcentajes de probabilidad.
―Así es que os pido, que en el momento en que localice el o LOS pólipos ―dijo marcando fuertemente el plural―, describan su forma, lo verán en la pantalla de la derecha y quiero que me digan si a simple vista podríamos hablar de un cáncer benigno o maligno.
¿Eeeeeeeeeeeeeeeeein?????? Empecé a temblar y a sudar cosa mala.
―Elvira, ¿estás bien? ―preguntó el médico.
―Ay... pues… vaya… ―dije forzando un tono dramático.
―Bueno, lo primero que hay que hacer es tranquilizar al paciente, aunque usemos anestesia general, debe sentirse cómodo. Así que, Elvira, te vas a China, ¿no?
―Acabo de oír tu truco y no funciona, sigo como un flan ―todos rieron.
Escucharles reír me recordó que tenía, por lo menos, una docena de hombres veinteañeros con sus ojos puestos en mis entrañas más escatológicas. Pero aquello me ayudó a no llorar, porque no me decidía si hacerlo porque estaba destinada a morir de cáncer o por tener el ano apuntando a doce hermosas caras masculinas y yo sin poder moverme de allí.
Cuando todo terminó entré en el despacho de Salinas. Me senté junto a mi madre que me cogió de la mano y me sonrió. Yo en cambio le eché en cara que hubiera permitido una clase magistral en mi colonoscopia.
―Pero, cariño, seguro que todos han salido enamorados de ti.
Aquello era una madre y lo demás eran tonterías.
Cuando llegó Víctor Salinas explicó que no había ni rastro de pólipos y que podíamos estar tranquilos. Tenía el intestino grueso estrangulado lo que me provocaba tantos dolores pero nada grave, debía soportarlo de la mejor manera. Ya de pie, mis padres saliendo de su despacho y yo a punto de hacerlo, Salinas me llamó.
―Elvira, créeme, hasta los cuarenta años, podrás hacer vida normal, no debes preocuparte por nada.
Vaya, aunque lo dijo con su mejor intención, escuchar mi fecha de caducidad me puso los pelos de punta. Sí, creo que fue entonces cuando decidí no crecer más, mantener la línea de los cuarenta en la lejanía.


―Bueno, bonita, pues le dices a la profesora Rebollo que debe firmar ambas cartas y devolverlas antes del día siete a la oficina de Relaciones Internacionales, ¿te acordarás?
―Creo que sí… ―contesté todavía subida a la silla.
Antes de salir, la mujerona me volvió a mirar.
―Anda que menudo tipín tienes, bonita, ¿cuántos años tienes?
―Veinticinco ―contesté riéndome por dentro.
―¡Ay, veinticinco!, claro, yo a tu edad también era un caramelito, ¡tendríamos que negarnos a cumplir más años!
―Yo es lo que hago.

domingo, enero 18

Superviviente

Las bolsas estaban encima de la mesa de la cocina. Etienne abrió la nevera y se quedó pensativo mirando la balda de los yogures.
—Algo va mal —me dijo cuando me acerqué a él para darle un beso.
—¿Crees que deberíamos haber comprado más? Bueno, todavía nos quedan los naturales ahí, seguro que se les pasa la fecha de caducidad, siempre igual —lo besé en la comisura de los labios.
—No, no digo eso, me refiero a nosotros, no sé… pero no estamos bien.
—¿Cómo dices? ¿Nosotros, pero qué nos pasa a nosotros?
—Buff… no sé… pero no podemos seguir así… Yo no estoy bien y tú tampoco, no te adaptas a Francia, se te siente triste, no eres la misma desde que llegaste, creo que es mejor que vuelvas a Bilbao y seas realmente feliz porque te lo mereces.
Un dieciséis de septiembre me dejaba, frente al frigorífico de nuestra casa de Lyón, después de haber hecho la compra semanal en el Carrefour. Bajo una escalofriante flema francesa me aseguró que era lo mejor para mí, quince días después me confesó, en el sofá del salón, que se llamaba Severine, que la había conocido antes del verano, y que le encantaba porque corría maratones y hacía viajes a África. Me bastó una semana para empaquetar todas mis cosas, meterlas en el coche y arrancar hasta llegar a casa de mis padres en Bilbao. Se me metió el alma en el bolsillo del pantalón cuando, a las dos de la madrugada, mi madre me abrió la puerta y me abrazó.

Entré en Cruz Blanca, vi a Marieta pidiendo en la barra. No nos veíamos desde hacía casi dos meses pero no fue un reencuentro efusivo. Me miró y me abrazó tiernamente, venga, chiquitina, venga. Nos sentamos en una mesa alta, ella con un botellín de agua y yo una tila. Poco a poco fueron llegando todas, que con cariño me besaban y me preguntaban en silencio qué coño había pasado. A pesar de no haber echado azúcar a la tila, la estuve removiendo durante toda la hora mientras las oía hablar de esto y aquello. La angustia me llegó de dentro, me apretaba el estomago para no dejarla salir, sorbito de tila, tintineo de cucharilla en una taza casi vacía y un gusano amargo que me subía por la tráquea, me faltaba el aire. Se me escapó el dolor sin darme cuenta, ellas callaron, yo me estrujé las tripas para calmarme pero terminé por vomitar llorando mi tristeza.

Su despacho a primera vista me pareció bastante cutre, todo hay que decirlo. Me senté en una de las sillas que tenía frente a la mesa.
—Bueno, bueno, Elvira, a ver, dime, ¿qué te trae por aquí?
Por favor, si ese tipo con pinta de jesuita iba a ser mi psicólogo preferiría que me trajeran directamente a mi verdugo.
Le conté lo ocurrido con Etienne e intenté expresar cómo me sentía, era difícil, no porque me pusiera a llorar cada dos por tres, sino porque casi no me dejaba hablar. Me cansé de que me interrumpiera así que terminé mi relato de cualquier manera.
—Elvira, Elvira, Elvira… —dijo reclinándose sobre la mesa y mirándome como si me fuera a decir que padecía cáncer terminal—, tú no estabas enamora de él, a ti lo único que te asusta es el que dirán, temes que te juzguen, sobre todo tu madre, tu madre, Elvira. Pero te puedo asegurar que tú a Etienne no lo querías.
¡La madre que lo parió! ¿Dónde coño le habían dado el título de psicología, en CCC curso rápido? Escuché sus sandeces una detrás de otra sin pestañear, le pagué los 75 euros y cuando su secretaria me preguntó la fecha de la próxima consulta le dije que se fuera a la mierda. Salí corriendo, al llegar a la carretera el semáforo estaba en rojo y tuve que esperar, se me hacía eterno, maldito semáforo de mierda, quería pasar y llegar a casa cuanto antes, pero no se cambiaba a verde, empecé a agobiarme muchísimo imaginándome que me tendría que quedar allí de por vida. Y otra vez me vino sin avisar esa nausea incontrolada en forma de llanto. Intenté taparme la boca pero no podía dejar de llorar. Una señora se me acercó temerosa.
—Pero bonita, ¿qué tienes?, ¿te llamo a un taxi?
—Yo claro que lo quería y… yo… lo quería con toda mi alma… cómo puede decir que no…
—Ay, bonita, no sé qué dices.

No habían pasado ni dos semanas desde que llegué a Bilbao y sentía que la gente no me entendía. No me había atrevido a contar lo que realmente había pasado entre nosotros, no tenía el valor. Era una sensación de aislamiento total porque en el fondo sabía que el único que podía entenderme era él, mi Etienne. Cogí el teléfono y lo llamé.
—Hola, ¿cómo estás?
—Ey, bebé, vaya… ¿qué tal?
—Bien, bien, nada especial que contar pero, bueno, quería saber cómo estabas y por eso te llamo.
—Claro, claro, bueno, yo también bien, hoy un poco más triste pero bien.
Se me encogió el corazón al escuchar eso. Sólo tenía que pedírmelo y yo iría, no tendría que explicarme nada, nada, sólo decirme: ven, bebé, vuelve a casa.
—¿Y eso? eh… ¿por qué? Cuéntame.
—Buff… es que me pesa, me pesa mucho.
—¿La situación...? —pregunté con esperanza.
—¿Eh? no, no, no. Me pesa que tengo que cambiar de coche, ya sabes, y hoy he ido a Peugeout porque estaba convencido de que hacían un 20% de descuento pero no, que ya no, y tal, y vamos, que sin la oferta no creo que compre el coche.
Fue como si en una heladería pidiesen un helado de corazón, por favor, entonces el heladero con su cucharilla cóncava se acercara a mi pecho y me empezara a rascar el tórax y a sacar trocitos de mi corazón a cucharadas, y luego las tirara con golpes secos a la tarrina de plástico, ¿quiere sirope o chocolate por encima? No, gracias, solo tiene mucho más sabor.
Era duro darse cuenta de que el hombre del que había estado tan enamorada en los últimos cinco años, me había borrado de su vida de un plumazo.

Creí necesitar una eternidad para poder olvidarlo, pero ni siquiera habían pasado dos años y recordar el sentimiento de abandono se me hacía prácticamente imposible.
Cogí la taza de café y abrí la puerta de la calle. El porche estaba nevado, hacía, por lo menos, diez grados bajo cero, West Virginia se había congelado. Respiré profundamente con la boca abierta para sentir el frío helarme las entrañas, me encantaba aquella sensación. Después, apreté la taza contra mi pecho intentado encontrar un poquito de calor.
La puerta de mi vecino se abrió.
—¡Princesa!, ¡te vas a congelar!, ¡entra en casa! —gritó Fred al verme en pijama.
—Tranquilo, Fred, estoy bien…
Fred entró en casa farfullando no sé qué y al segundo salió con una manta.
—Toma —dijo colocándomela alrededor, tan fuerte que casi no me dejaba moverme.
—Pero… ¡FRED! ¡Mírame! Entre la manta, el café y las pantuflas parezco una superviviente del Katrina.
Fred se rió.
—Chica, ¡eres una superviviente!
Lo miré con cariño.
Fred, mientras bajaba las escaleras del porche, me preguntó si necesitaba algo del súper.
—Pan de molde, por favor, paquete pequeño, ¿eh?, del pequeño —insistí.
—¿Tamaño para solteros?
—Sí, tamaño para solteros —contesté riéndome.
—¡Pan de molde, tamaño solteros para mi Princesa Superviviente! —fue tarareando Fred hasta meterse en su camioneta. Desde allí me dijo adiós con la mano, saqué tres deditos de la manta y me despedí de él.
Me apoyé en el marco de la puerta y volví a tomar una bocanada enorme de aire helado, todo mi cuerpo tembló y me sentí inmensamente llena de vida, otra vez.

martes, enero 13

Angustia

―¿Cuántas maletas ha facturado?
―Dos ―contesté al hombre que custodiaba la puerta de embarque que me llevaría de Frankfurt a Charlotte, después de haber pasado las navidades en casa.
Revisó mi pasaporte y me pidió que le mostrara los papeles del visado de trabajo. Se los di y me preguntó con seriedad.
―¿De quién son las maletas?
―¿Perdón?
―¿Cuántas maletas ha facturado?
―Dos… ―volví a responder con cierta inseguridad, ¿aquello tenía truco?
―¿De quién son las maletas?
―Perdone, pero… no comprendo la pregunta ―dije poniéndome un poquito nerviosa.
―¿Usted sabe inglés?
―Pues… creo que sí, pero… la pregun… ―no me dejó terminar, con gesto me pidió que pasara a la fila de al lado. Le dio a su compañero todos mis papeles y le dijo al oído algo en alemán, pero sabía que era sobre mí por cómo me miró el nuevo custodiador de puerta.
Me puse frente a él, me retiré el pelo detrás de la oreja y crucé los brazos.
―¡Io non parlo spagnolo! ―gritó el hombre.
Fue como si me hicieran la prueba de tensión del ojo, en dónde por sorpresa te tiran un chorro de aire frío al centro de la pupila. Porque, de igual manera, del susto se me metió el culo para dentro y los párpados se me pegaron a la ceja.
Después de un segundín pude reaccionar y le pedí que me hablara en inglés porque el italiano no era mi fuerte.
―Bien, ¿cuántas maletas ha facturado?
Vale, esta pregunta me la sabía.
―Dos ―contesté.
―Bien, ¿de quién son las maletas?
Ya estamos otra vez. Tragué un suspiro y con una falsa amabilidad le pedí que repitiera la pregunta.
―Bien, ¿de quién son las maletas?
―Pero… ¡¡¡¿qué maletas?!!! ―dije perdiendo absolutamente la paciencia.
―¡Sus maletas, señora! ¿De quién son sus maletas?
―¡¿Las mías?!
―¡Sí, las suyas!
―Pues, pues, pues… las mías son mías, ¿no? ―dije desesperada.
―Responda a las preguntas, por favor, ¿de quién son las maletas?
Tragué saliva y contesté como una buena alumna:
―Mis maletas son mías.
―Bien, ¿dónde preparó las maletas?
―Ay, madre… ―mascullé en español antes de empezar a contestar―, ¿dónde preparé las maletas…?, vale… ¿dónde..?, ¿no?
―Sí, ¡dónde!, necesito que me diga un lugar.
―¡Ah! ¡En Bilbao! ―respondí con la boca rellena de emoción, tanto era así que hasta se me había pasado el enfado, estaba en éxtasis evocando mi ciudad.
―¡Pero Bilbao es muy grande!
―¡Uy, no!, es muy pequeño, muy pequeño, muy pequeño, pero es precioso, Bilbao es… es… increíble ―y le estampé una enorme sonrisa luciendo todos mis dientes, pero creo que a él le sentó como una bofetada.
―Señora, por favor… ¡quiere decirme si usted preparó las maletas en un hotel, en su casa o en el parque!
―Ah… perdón, preparé las maletas en la casa de mis padres.
―Bien, ¿cómo fueron llevadas las maletas al aeropuerto?
Me encantaba la voz pasiva en inglés, sobre todo porque al traducirlo al español sonaba raro de pelotas, pero me divertía, así que contesté como si estuviera en un examen en la escuela de idiomas, pensando al milímetro mis palabras.
―Las maletas fueron llevadas al aeropuerto por el coche de mi hermano ―¡je, je, je!, no pude evitar reírme por dentro, hubiera sido más creíble, por lo menos gramaticalmente, decir que se teletrasportaron.
El hombre me devolvió el pasaporte y los papeles del visado de trabajo, y me dijo que esperara un minuto antes de colocarme en la fila de control de seguridad. Desde allí puede ver como a una mujer india, que aparentaba cerca de sesenta años, le hacían las mismas preguntas, pero ella no entendía nada. Finalmente, tras intentarlo tres hombres diferentes y revisando una y otra vez su pasaporte, la dejaron pasar sin que la mujer hubiera abierto la boca. Me encantaba comprobar la calidad de estos interrogatorios antiterroristas.
―Ya puedes sacar la pistola de debajo del sari ―dije susurrante a la mujer india que se acababa de colocar detrás de mí en la cola.
La mujer me miró fijamente.
―Era una broma… ―intenté corregirme con una risita tonta.
La mujer se rió imitándome pero no dijo nada, no me entendía.
Una vez que llegamos al control de seguridad, le ofrecí una bandeja a la mujer para que dejara sus cosas, le señalé sus zapatos, porque también debía quitárselos. Pero la mujer se metió la bandeja debajo del brazo y se pegó a mí.
―No, ay, no… mira, la bandeja aquí ―y la coloqué en la cinta transportadora de los rayos X―, y ahora deja tus cosas ―continuaba explicándoselo en español ya que era imposible entendernos en ningún idioma―, tu bolso ―y se lo señalé―, tus pulseras, normalmente no es necesario pero las tuyas son muy grandes y seguro que te pitan ―me quedé mirándolas, eran doraras dos de ellas, como enormes brazaletes, y además tenía, por lo menos, diez finas pulseritas que tintineaban con su juego de muñeca―, son preciosas ―dije sonriendo―, ah, y tus zapatos, mira, aquí, en el hueco de aquí te caben los zapatos.
La mujer se los quito apoyándose en mí y los colocó ordenadamente en el pequeño sitio vacío que le había señalado en la bandeja. Después, con una bonita mirada, me agradeció el gesto.
Tras pasar los rayos X y recoger todas mis cosas, decidí esperar a la mujer por si se olvidaba de algo. Cuando tuvo los bártulos consigo revisé su bandeja, estaba vacía así que la amontoné con el resto. No quise ser pesada por lo que me adelanté despidiéndome de ella. Entré en la sala de espera, justo antes de embarcar y me senté frente a la máquina de café. Llevas cuatro cafés en lo que va de mañana, así que la puedes mirar, pero terminantemente prohibido tomarte el quinto, me amenacé a mí misma muertita de ganas. Absorta en mi húmedo sueño de cafeína sentí que alguien se sentaba a mi lado. Era la mujer india que bajando la cabeza me saludó. Repetí su gesto. Al rato sacó de su bolso una cartera, la abrió y me la mostró.
―Amey ―dijo señalando una pequeña foto de carnet. En ella, un chico joven con gesto serio miraba al frente.
―¿Amey…?, ¿es tu hijo Amey…?, es muy guapo ―dije tocándome la cara intentando gestualizar mi halago para que pudiera entenderlo.
―Alabama.
―¿Vive en Alabama?, ¿estudia?, ¿trab… ―no terminé la pregunta porque me di cuenta que nunca lo podría saber.
La mujer guardó de nuevo la cartera y aceptó la espera con rictus serio. La miré con admiración, se había recorrido medio mundo para ver a su hijo sin masticar ni una sola palabra de inglés. Me deslicé en el asiento hasta colocar la nuca en el respaldo y miré al techo. Respiré hondo cerrando los ojos porque esa pequeña angustia volvía de nuevo. Me golpeé el pecho con la puntita de los dedos, toc-toc-toc, pero la angustia ya se había estancado ahí, en el esternón, toc-toc-toc, lo volví a intentar, pero nada. Quise respirar de nuevo pero ya empezaba a costarme. Toc-toc-toc. Abrí los ojos y conté hasta cinco. Los volví a cerrar, y lo vi con su cara de malo abrazándome dentro de su coche pocas horas antes de estar allí. Mírame a los ojos, Elvira, me dijo, y yo lo miré, yo te voy a esperar, te voy a esperar, ¿vale? Me sujetó la carita entre sus manos, sé que todo esto es muy raro, lo sé, pero… Elvira, todo esto… es real. Toc-toc-toc. Por fin la angustia se fue, se fue rodando cristalina por mis mejillas, se fue saludando a la tristeza que acababa de tomar posesión de todo mi ser.
Alguien me tocó el brazo, sobresaltada me incorporé en el asiento. La mujer india volvió a tocarme el brazo y me señaló la cola, la gente ya había empezado a embarcar. Me sequé la cara con las manos y evité mirarla. Me daba vergüenza. La mujer se golpeó en el pecho con la mano abierta y me preguntó:
―¿Amey?
―Sí, y se llama Paul… ―contesté mirándola con ternura, las dos estábamos allí, tristes, luchando contra la misma angustia de nombre diferente.