lunes, abril 27

La becaria

Había un ritmo frenético en la redacción del periódico. Unos por aquí, otros por allá. Félix, columna tres, ¡qué chapuza es ésta, joder! No, cariño, que llegaré más tarde, venga te dejo, que estamos a tope. La puta virgen y todo su séquito, ¡¿dónde cojones está Aurora?! Iñaki, Iñaki, en diez minutos te quiero ver en la diputación, se acaba de liar una gorda. Pero, ¡la madre que os parió a todos!, ¿por qué nadie repone el papel de la fotocopiadora? Veinte líneas, veinte putas líneas te he pedido, ¡la ostia, que ni eso sabes hacer! Queréis pedirle a la becaria de mis huevos que se esté quieta, ¡ostias!, ¡¡¡que deje ya los putos periódicos!!!
Este último era Carlos, jefe de la sección local, mi jefe.
―Elvira, que pares, coño… que pares… ―me sermoneó un compañero sin demasiado entusiasmo.
Es que me moría de ganas por participar en esa vorágine, y como no tenía trabajo asignado llevaba una hora corriendo por toda la redacción, tomando y dejando viejos periódicos de una mesa a otra. Ahora los pongo aquí y ahora me los llevo como un rayo a la mesa de enfrente, y ahora corre, corre, a la sección de deportes, los dejo y me los vuelvo a llevar a internacional, a cultura, a infografía y rápido, vamos, vuelve a local. Sí, desde hacía tres meses era la becaria con menos luces que había pasado por el Crónicas Bilbao.

Empecé psicología, lo dejé y me metí en hispánicas en Deusto, en menos de dos años me expulsaron por inútil. Intenté convencer a mis padres de que quería ser actriz y les juré que, si confiaban en mí y me pagaban un curso de interpretación en Madrid, antes de los veintidós les llevaría un Goya a casa. Mi padre me aconsejó que jurara menos y que me tomara en serio los estudios de filología en la universidad pública, si no quería terminar desheredada.
Tres años después, aprobando milagrosamente unas veinte asignaturas por año, ocurrió lo inimaginable por todos: terminé la carrera. Era filóloga o por lo menos eso decía un papelito con el sello de la universidad y la firma del rector. No tenía muy claro que yo sirviera para la enseñanza y mucho menos para la investigación, así que decidí estudiar otra carrera. Pensé que mientras estudiaba tendría tiempo suficiente para descubrir la utilidad del latín vulgar y centrar mi futuro. Elegí periodismo, siempre me gustó la Rana Gustavo porque era el reportero más dicharachero de Barrio Sésamo.

Todavía no eran las once de la mañana y yo ya estaba en el periódico, nunca perdía la esperanza de ser algún día útil. Me saqué un café de la máquina. Mientras daba vueltas al azúcar con el palito de plástico, oí a mi jefe cagarse en la becaria. Me bebí el café de trago y me planté delante de su mesa.
―¿Y tú qué ostias quieres? ―preguntó mi jefe levantando la cabeza de entre los papeles de su mesa.
―Que soy la becaria, que creo que me estabas llamando, soy… soy… Elvira.
―Joder, ¿Elvira?, ¿qué pasa, que tus padres no te querían para ponerte semejante nombre? ―dijo sin ocultar la risa.
―Bueno, no, no sé, pero es que mi madre estaba muy unida a su abuela que se llamaba así y le prometió que a su hija le pondría Elvira, y bueno… ¡pues aquí estoy!
―Hay que joderse, pues el amor de tu madre te ha coronado de mierda, hija, Elvira, puffff… manda huevos.
Me costaba mucho aguantarme la risa. Carlos se creía la viva imagen de José Coronado en Periodistas, pero por lo pronto le faltaban treinta centímetros de altura y los bífidus activos.
―Bueno, mira, también has estudiado filología, ¿no?
―Sí, sí, sí, sí ―dije orgullosa porque lo mío me había costado.
―Ya, se nota, escribes como el culo pero por lo menos no cometes faltas de ortografía, bueno… y el reportaje del mapache no te quedó del todo mal, así que mira, Elena, te voy a…
―Elvira ―le corregí rápidamente.
―Hija, créeme, llamándote Elena te hago un favor ―y soltó una sarcástica carcajada de medio lado―. Bueno, a lo que vamos, que creo que puedes entrar en el equipo electoral.
Me llevé las manos a la boca, no podía ocultar mi excitación. Iba a formar parte del equipo electoral, del equipo electoral, ¡equipo-electoral!
―Bueno, cuando te tranquilices y dejes de hacer esos putos aspavientos, vuelves y te explico en qué consiste tu trabajo, ahora largo de aquí que me estás poniendo enfermo.
Fui corriendo al baño porque de la emoción me estaba meando y luego llamé a Marieta desde la mesa.
―Tíaaaaaaaa… ―dije en tono susurrante tragándome el auricular, no quería que la gente me oyera―, tía, tía, tía, tía que estoy en el equipo electoral, me lo acaba de decir la versión pigmea del Coronado.
―Tía, tía, ¡no!, ¿en el equipo electoral?, ¡no!
―Sí, tía, sí, sí, en el equipo electoral.
―Ya… oye, y ¿qué es eso?
―Ni idea pero suena genial, no sé… imagino que tendré que entrevistar al Lehendakari, en plan Ally Mcbeal total.
―Elvi, ¡Ally Mcbeal es abogada!
―Ah, ¿sí…?, pues ¿quién es periodis… ―antes de terminar la pregunta vi los pies de mi jefe junto a la mesa―. Ahá, ahá, ahá, comprendo, pues si tiene algún indicio de quién lo ha podido asesinar póngase en contacto conmigo: Elvira Rebollo de Crónicas Bilbao, gracias ―y colgué el teléfono.
¿Con quién hablabas?, ¿con Agatha Christie? ―me preguntó Carlos apoyándose en mi mesa. Le sonreí como si fuera tonta―. A ver, rápidamente te explico, veinticinco de mayo elecciones municipales y forales, te encargas de las páginas cuatro y cinco, repito, cuatro y cinco ―se me atragantó mi propio aire, ¿dos páginas para mí?, creo que Ally Mcbeal en ese momento querría ser periodista también―, se trata de las páginas más importantes del día post-electoral, ¿por qué?
―¿Por qué…? ―repetí fascinada.
―Porque son las únicas páginas que nadie pasa por alto, las lee desde el abuelo de la casa al chaval. Recogen las fotos y los nombres de todos concejales elegidos, ¿sí? Así que empieza a llamar a las sedes y que te envíen las fotos de los alcaldes y concejales de todo Vizcaya, ah, y Elena, bonita, no quiero ni un puto espacio en blanco, ¿me has oído?, como si tienes que pedir foto a las abuelas de los concejales, ¿está claro?, ni-un-puto-espacio-en-blanco ―repitió con el dedo en alto mientras volvía a su mesa.
Bueno, aquello distaba bastante de entrevistar al Lehendakari pero era mejor que nada, además formaba parte del equipo electoral y seguía sonando muy de serie televisiva.
Me pasé todo un mes llamando a las sedes y pidiendo fotos de los supuestos concejales y junteros que según mis propias quinielas podrían salir en lista. Los amontoné en grupitos según su partido político y atado a un clip escribía su nombre, edad y lugar de nacimiento. Parecía que coleccionaba cromos. Unos días antes me pasé por infografía para escanear todas las fotos y preparar el formato para encajar la página. Sólo quedaba esperar a la noche electoral e ir metiendo manualmente las fotos, ya guardadas de los concejales y junteros elegidos, y cubrir todos los huecos.

El gran día llegó. Por la mañana, Elvira Rebollo Azcúnaga vota y voté.
Durante la comida escuché como mi padre hacía un soporífero repaso de la guerra civil española, la dictadura, la transición, el golpe de estado, la democracia y las grietas en el nacionalismo vasco. Tener un padre catedrático de Historia, además de ególatra, era especialmente duro en jornadas electorales. A media tarde, llamé a Marieta y a Blanquita para tomar una cerveza. A las nueve de la noche estaba delante de la bandeja de sándwiches que el periódico había encargado para toda la redacción. Buscaba el que más mayonesa tuviera. Éste, sí, éste. Lo cogí ayudada por cinco servilletas de papel y me senté en una de las mesas de infografía con el ordenador preparado para colorear mis páginas cuatro y cinco. Mientras atacaba el sándwich no perdía de vista la televisión colgada del techo, la periodista, encargada de llevar el informativo especial-elecciones en la cadena autonómica, no paraba de enfatizar el giro que estaba cobrando el mapa electoral con los primeros votos escrutados. Y ¿ésta por qué anda tan emocionada?, pensé de la presentadora mientras me rechupeteaba la mayonesa que caía por mis dedos.
―¡A ver!, pero ¿dónde ostias anda la puta becaria?
―¡Aquí, aquí! ―contesté exultante a mi jefe levantando una mano enfundada en baba y mayonesa.
―¡Venga! ¡Quiero todas las fotos ya! ¡Páginas cuatro y cinco terminadas antes de las doce de la noche!
―Sí, sí, sí… ―dije concentrada en despegarme una servilleta de la mano.
―¡Elena! ¿Has visto como anda la situación con la ilegalización de Batasuna?, ¿no? ¡Todo se lo lleva el PNV! Pensaste en ello, ¿verdad?, en la ilegalización de marzo, ¡fotos suficientes, espero! ¡Elena, coño, que te estoy hablando, cagüen la ostia! ¿Tienes o no tienes fotos de todos, repito, TO-DOS los concejales y junteros?
Lo miré con el sándwich en una mano, la servilleta pegada en la otra y con cara de: ¿alguien me puede prestar fotos de concejales peneuvistas, por favor?
―Ssssshhhhí, sssshhhhhí, tengo muchas, muchas, de sobra… ―dije queriéndome desintegrar y vi como Carlos volvía a la sección local despreocupado.
Hice un recuento rápido. Me faltaban cuatro fotos del PNV y una de Izquierda Unida, ¡¿por qué el Supremo no ilegalizó Batasuna después de las selecciones?!, ay, madre… y ¿ahora?
Abrí mi cartera y rebusqué, tenía una foto de Blanquita con seis años, otra de mi hermano Gerardo con birrete, y otras tres de Marieta y yo en un fotomatón sacando la lengua. Vaya… creo que ninguna me podría servir. Un momento. ¿Y por qué no intentamos que…?, pensé. Abrí Google y empecé a escribir nombres arbitrariamente, mezclando los de familiares con apellidos de mis compañeros del colegio y universidad, además de algún escritor y de algún restaurante rimbombante, por ejemplo: Ricardo Trueba Farketa. Perfecto y ahora pincho en imágenes y… voilà, aquí lo tenemos, un estupendo concejal peneuvista, ¡sí! Uno, dos, tres y cuatro, terminado, el PNV ya tenía todos sus concejales. Ahora busquemos al comunista. Gerardo Saratxaga Azkena, pincho y… ¡uy!, ¡pero si tiene bigote!, no, no, no, que con bigotito parece pepero. Bien, probemos otro, Gerardo Saratxaga Badulake, no, no, demasiado cantoso, a ver… Gerardo Saratxaga Zugarramundi, y… ¡perfecto! Copio, guardo, pincho, arrastro y colocado en la página cinco, bien, ¿edad?, mmm… treinta y dos, ¿lugar de nacimiento?, lugar, lugar, pues… Sestao, ¡hala, perfecto! ¿Espacios vacios? ¡Ninguno! Grité en voz alta observando orgullosa las páginas cuatro y cinco finalmente maquetadas.
A las doce y veinte de la noche estaba riéndome en el asiento de atrás de un taxi, pagado por el periódico, camino a mi casa.
La verdad es que los remordimientos no llegaron hasta el día siguiente, cuando al entrar por la puerta de la redacción Carlos me llamó a su mesa. Estaba hojeando diferentes periódicos locales y me pidió que cogiera uno.
―Mira las páginas seis y siete… ―me ordenó.
Con miedo abrí el periódico y eché un rápido vistazo. Se trataba de las páginas de las fotos, me empezaron a temblar las piernas.
―¿Cuántas fotos faltan? ―preguntó serio.
―Pues… cuatro concejales del PNV, dos de Izquierda unida y tres junteros ―dije casi sin voz por lo nerviosa que estaba.
Carlos me tiró otro periódico a las manos.
―Página cinco.
Lo abrí, por lo menos faltaban seis fotos en total. Después desplegó el Crónicas Bilbao en la mesa de cara a mí y volvió a preguntar:
―¿Cuántas fotos faltan?
―Ninguna… ―contesté titubeante.
―Buen trabajo, Elena, sí señor, somos el único periódico que ha cubierto todas las fotos, ¿cómo lo has hecho?
―!Uy!, las fuentes nunca se desvelan, ¡ja, ja, ja! ―contesté con una forzada carcajada y, sin más, me di la vuelta tropezándome con mis propios pies y recolocándome el corazón en mitad del pecho porque se me había subido hasta la garganta.

miércoles, abril 22

Amigos para siempre means you'll always be my friend

Llamé a Jaime pero Ander, su compañero de piso, me dijo que no estaba, que había salido a dar una vuelta con la bici.
―Pero si son casi las doce de la noche ―dije mirando mi reloj y sumando rápidamente las seis horas que separaban Estados Unidos de España.
―Ya, pero tía, ya lo conoces, ¿quieres que le diga algo?

Pues sí, se suponía que al día siguiente empezaban las vacaciones para los dos y habíamos decidido pasar una semana juntos en Nueva York. El plan era ir cada uno por su cuenta y encontrarnos en el aeropuerto JFK, pero era la noche anterior y no sabía su hora de llegada, ni su número de vuelo, y por supuesto Jaime tampoco tenía ni idea de mis datos. Ahora, a ninguno de los dos nos cabía la menor duda de que nos encontraríamos fácilmente en la Gran Manzana, porque Jaime y yo éramos…
―¡Dos putos mitos, tía! ―gritó Ander por teléfono.
Exacto.
Jaime y yo nos conocíamos de toda la vida. Éramos vecinos en Bilbao. Teníamos la misma edad y, al ser los pequeños de la casa, nuestras madres creían que era bueno perdernos de vista cada verano, así que siempre nos mandaban juntos a los mismos campamentos. Aquello fue mi pesadilla porque cuanto más tiempo pasaba con él más sentía que debía ser el padre de mis hijos pero, por alguna extraña razón, a él no le ocurría lo mismo.

3 de julio, Campamento Summer English, Huesca, doce años.
―¿Jaime… estás despierto? ―pregunté bajito.
Estaba a su lado compartiendo litera. Cuando los monitores se dormían, me colaba en la habitación de los chicos con Lara, y me acurrucaba junto a Jaime para hablar de mil tonterías hasta la mañana siguiente.
―Jaime… ―volví a repetir sin todavía tener respuesta― que yo te quería decir… que… jo… Jaime, que me pareces súper guapo, ¿no? Buff… no sé, en plan guapo, no en plan amigo guapo, sino guapo, guapo, ¿no? de así, de eso, ¿sí, Jaime? Y, bufff… pues, jo… que me gustas, me gustas mogollón, Jaime. ¿Jaime? ¿Jaime? ―dije dándole, finalmente, un manotazo en el brazo.
Jaime se quitó uno de sus auriculares de su walkman y me lo ofreció.
―Toma, toma, Bryan Adams, na-na-na-na-summer of sixty nine, man, la-la-la-yeah, on killi’n time, na-na, ye-ye-ye, forever, no! Jo, ¿a que está guapa está canción? ¡Na-na-come and gone!
―Sí… guay, guay ―dije colocándome el auricular en la oreja a todo volumen y cagándome en Bryan Adams.

2 de agosto, Campamento Let’s Have Fun, Ramsgate-Inglaterra, 16 años.
El bar estaba a tope por la final de la Copa del Mundo. Italia y Brasil en el campo. Jaime y yo, y otros veinte estudiantes, apretujados en una mesa frente a un pequeño televisor, lo de las pantallas gigantes llegaron mucho después.
Aquella era mi oportunidad, a Jaime lo tenía acorralado, de allí no podría salir.
―Jaime, verás, que yo… que quería hablar contigo ―dije cogiéndole del brazo.
Jaime sin apartar la vista del televisor agachó la cabeza para escucharme mejor porque con tanto ruido era casi imposible.
―Jaime… es que…
―¡Pero pásale, joder!
―¡Pásale! ―dije como una imita monos, hombre, había que disimular un poquito ―. Jaime… mira… que yo creo que somos amigos pero… buff… no sé…
―¡Eh, eh, eh! ¡Diego, Diego, eh, Diego! ―gritó Jaime, levantándose como si estuviera poseído, para llamar la atención de uno de nuestros amigos―, ¿has visto ese pase de Romario? ¡Joder, qué guapo, qué guapo, tú!, ¿eh, Diego?
―Sí, sí, le ha pasado la pelota así súper fuerte, ¿eh? Jolín, jolín, ¡vaya, vaya! ―dije en un intento ridículo de hacer creer que seguía el juego.
Tirándole de la camiseta conseguí que Jaime se volviera a sentar.
―¡Jo, Jaime, que te estoy hablando!
―Que sí, Elvi, que sí, a ver, dime ―y volvió a acercarse pero sin dejar de mirar al frente.
―Pues nada… que eso… Jaime, que yo, que bufff… desde hace ya ni sé, pues… estoy por ti, pero estoy súper por ti…
―¡TOMA! ¡TOMA! ¡TO-TO-TO-TOMA! ―gritó Jaime absolutamente fuera de sí, bueno, y las doscientas personas del bar también― ¡QUÉ GOLAZO! ¡OE, OE, OE, OE! ¡BRASIL CAMPEÓN! ¡Diego, Diego! ¡Brasiiiiiiiil!, ¡oe, oe, oe, oe, oe, oe!
Jaime me levantó de la silla y me cogió por el cuello espachurrándome contra su pecho, me estaba ahogando además de despeinándome, que eso era lo que más rabia me estaba dando en ese momento.
―¡Elvi, tía! ¡Brasiiiiiiiiiil! ―me gritó a la oreja haciéndome el baile de sambito― Joder, qué guapo, ¿eh, tía?
―Sí… guay, guay ―dije colocándome el pelito detrás de la oreja y cagándome en la Copa del Mundo.

18 de febrero, Bar Donovan Hunter, Bilbao, 24 años.
Tranquila, respira, tú se lo plantas y ya, que esto ni es amistad ni es nada, que llevas casi un mes evitándolo y no puede ser. Sé sincera que es lo mejor. Es tu mejor amigo, ¿no? Pues que asuma sus responsabilidades. Te has enamorado de él, pues parte de culpa será suya, digo yo, vamos. Así que venga, díselo en cuanto traiga los cafés, pero directa, sin rodeos. Además igual te dice que él también lo está, porque es verdad que últimamente te mira de otra manera, está como más cariñoso y Jaime nunca ha sido cariñoso, pero sí, está diferente. Seguro pero seguro, seguro. Lo que pasa es que tampoco se atreve a decírtelo, ¡hombre, claro!, es que es fuerte porque sois como hermanos, juntos desde niños. Pero está enamorado, se le ve. ¿Has visto cómo te mira desde la barra? Si hasta te hace gestitos con la mano, que rico es, por favor, mira cómo te hace con la manita. Pero sonríele, boba, que menudo careto de amargada traes, anda sonríe, eso, que así estás bastante más mona.
―¡¡¿Que si quieres uno o dos azucarillos?!!! Elvi, coño, que llevo una horita preguntándotelo con los dedos, que no te empanas de nada, pava.
―Uy… dos… dos ―dije mostrándole tres de mis dedos.
―Joder, macho, ni puta idea de cuántos quieres al final, te he traído cuatro por si acaso, a ver si te aclaras ―dijo sentándose en la mesa con los cafés y esparciendo los azucarillos.
―Jaime, tenemos que hablar.
―Pues sí, yo también quería hablar contigo, pero llevas un mes desaparecida, tía.
¿Te lo dije o no te lo dije? Éste se te declara hoy, tú deja que hable él primero, déjale, déjale.
―Pues ya he aparecido, a ver qué me tienes que contar ―dije aparentando tranquilidad.
―Tía, Elvi, que ando todo pillado.
―¿Cómo pillado? ―pregunté abriendo todos los azucarillos a la vez, no sabía ni lo que estaba haciendo, madre mía, madre mía, que después de doce años Jaime se estaba sincerando.
―Pues pillado, Elvi, pillado, que además ya sabes cómo soy, ¿no? que yo de esto paso, pero, joder tía, que esta pava me gusta de verdad.
Me iba a dar un ataque al corazón, ¡qué mono, por favor, que me lo como!
―Pero, Jaime, no sé... ¿la conozco?
―Jo, ¿que si la conoces?, mucho, tía, mucho.
Estiré mi mano y le acaricié la muñeca, estaba tan, tan emocionada que creo que iba a llorar.
―Yo, Jaime, es que no sé, no sé…
―Que sí, hombre, que sí sabes, que es Lara.
―¡¡¿Eh?!! ―exclamé con la mandíbula desencajada.
―Lara, joder, Lara, del Summer English, anda que no la liabais cada vez que entrabais en nuestra dormitorio. Pues, tía, que me la encontré hace tres semanas en el Casco y nos liamos y tal, y es que está cómo siempre, qué pocholada de tía, qué maja, pero qué maja, ¡buah!, me tiene súper pilla’o.
Dignamente hice que mi mano reculara y la coloqué bajo mi barbilla para que me ayudara a abrir la boca y articular palabra porque me había quedado sin habla.
―Qué contenta que estoy, vaya, Lara, jo, el tiempo que hace que no la veo y ahora, mira, que vamos a ser cuñadas, ¡ja, ja, ja! ―más falsa no podía ser.
―Ya te digo, es que ni me lo creo, bueno, oye, y ¿tú?, ¿qué es eso que me tenías que decir?
―¿Yo? Mmm… nada… no, nada, bueno, que estoy pensando en irme a trabajar al extranjero, muy extranjero, extranjero, extranjerísimo, vamos… no sé, así que como al fin del mundo, pppssst… qué sé yo, China, por ejemplo, ¿no? que digo yo, que ya que voy pues me quedo y no vuelvo… ¡Ja, ja, ja, ja! ―dije vomitando una risa más falsa todavía que la anterior.
―Joder, China, ¡qué guapo! Yo iría a verte, bueno, con Lara. Allí los tres en China, en plan Summer English, joder, es que ¿no me digas? ¡Qué situación más guapa, qué guapa!
―Sí… guay, guay ―dije esnifándome la taza de café con sus cuatro azucarillos y cagándome en Lara.

20 de marzo, Hotel Days Inn, New York, algunos años más.
Aunque Ander no habría apostado un duro, finalmente, Jaime y yo nos habíamos encontrado sin problema en el JFK, y tampoco se nos complicó mucho el llegar a Manhattan en metro y encontrar el hotel.
Después de cenar y dar una vuelta por la parte alta de Manhattan, me había recostado en la cama de la habitación con el portátil en las piernas.
―¿Qué pasa, tía, vas de Jessica Parker en Sex and the City? ―me vaciló Jaime desde su cama.
Lo miré con cara de asesina y le faltó tiempo para saltar a mi cama y botar al ritmo de Frank Sinatra y su New York, New York.
―Jaime, para, por favor, ¡joe, para, para! ―grité pero muerta de la risa.
―Ey, pero ¿tú sabes cuántas pavitas darían su vida por estar en una habitación de un hotel de New York con súper Jaime?
Lo miré y fruncí el ceño haciendo un poquito de fuerza y luego… ay, qué gusto.
―¡Ostias, pava! ¡¿Eso ha sido un pedo?!, ¿te acabas de tirar un pedo?
―¡Noooooooo! ¡No me lo he tirado! Se me ha caído… ―dije tronchada de la risa viendo la cara-susto de Jaime mientras saltaba a su cama de vuelta.
―¡Joder, qué puta guarra! Pero, tía, pero Elvi, macho, pero Elvi, que no, que no, que no, que pedos no, ¡PEDOS-NO!, que las tías no se tiran pedos, joder, Elvi, joder...
Quise defenderme pero estaba en pleno ataque de risa, me faltaba el aire. Y cuando me tranquilicé un poco y, por fin, intenté hablar se me había acumulado tanta baba que cuando abrí la boca se me cayó un reguero sobre el portátil.
―Pero, macho, ¡qué asco!, eres como un puto gremlin que se transforma a media noche, pero ¿qué te pasa, loca, qué te pasa?
―Che, chulito, que si somos amigos, somos amigos para lo bueno y para lo malo, ¿no? ―pues toma pedo por los veinte años de cruel rechazo―. Anda, loco, no te enfades. ¡Ey!, ¡New York, New, York!, ¡que lo vamos a pasar genial!
―Sí… guay, guay ―dijo ahuecando la almohada y cagándose en mis gases nobles.

lunes, abril 13

Desidia con limonada

El ruido me hizo abrir un ojo. Sí, sólo uno porque el otro lo tenía completamente aplastado contra la almohada. Me llevé la mano a mi oreja izquierda. La tapé. No oía. La destapé. Oía. La tapé. No oía. La destapé. Oía. Gemí y con enorme esfuerzo me di media vuelta en la cama para poner al descubierto mi oído derecho y su avanzada ostosclerosis. No oía prácticamente nada, un zumbidito de motor allá a lo lejos. En momentos como aquel agradecía enormemente la sordera que había heredado de mi madre. A una apasionada del sueño como yo, tener un oído defectuoso era todo un lujo.

―Bueno, pues tengo muy buenas noticias porque va todo estupendamente, ¿eh, Elvira? Mira ―dijo Lauciraca, mi otorrino, mostrándome un diagrama dividido por colores―, has perdido ya más de un cincuenta por ciento de tu oído derecho, y eres incapaz de percibir los sonidos agudos cualquiera que sea su volumen, así que a este nivel tu agudeza auditiva en ambientes ruidosos va en rápido descenso, imagino que te costará seguir las conversaciones en bares, ¿verdad? Quizá empieces a tener algún episodio de vértigo o mareo pero nada serio ―terminó triunfante.
―Vaya… pues… sí que son buenas noticias, sí, sí… me quedo más tranquila…
Laucirica rió al ver mi cara desencajada, y después me explicó que si todo seguía su curso antes de dos años podría operarme y quedar como nueva, y al ser una mujer tan joven era todo un éxito. Yo, sinceramente, no comprendía qué tenía de exitoso estar más sorda que una tapia.

El ruido dejó de ser un leve zumbido para convertirse en un motor a propulsión dentro de mi habitación. Por mucha ostosclerosis que tuviera aquello era tan escandaloso que hasta el mismísimo Beethoven lo hubiera apreciado.
Me levanté tambaleándome, estaba borracha de sueño. Retiré las cortinas y abrí la enorme ventana de guillotina que daba al jardín.
―¡Fred! ¡Fred! ¡FreeeeeêêêêEEEED!!!
―¡Hey, Princesa! ―dijo mi vecino con la mano en alto apagando el cortacésped.
―¿Qué haces…?
―Arreglando el jardín para nosotros, que ya estamos en primavera, mira qué día tan hermoso hace ―hacía lo menos veinte grados y un sol picajoso―, está quedando bien, ¿verdad?, ¿qué?, ¿cómo lo ves, Princesa?
―Verde, lo veo verde ―respondí con cara de estreñida.
Fred dio un manotazo al aire dándome a entender que prefería ignorarme antes que discutir y volvió a conectar el cortacésped.
―¡Fred es domingo, las once de la mañana y QUIERO DORMIIIIIIIR!!!
Fred desconectó nuevamente la máquina y se plantó frente a mi ventana que estaba a escasos dos metros del suelo.
―¡Maldita niña malcriada! ¡Mueve tu pequeño culo blanco ahora mismo! ¡Termina de cortar el césped que también es tu jardín, señorita!
―¡No quiero! ―grité camino a la cama―. ¡Odio tu jardín! ―y me escondí bajo el edredón pretendiendo desaparecer.
―¡Pero si es tuyo también! ―pude oír a Fred desde fuera, no había cerrado la ventana.
―¡Pues para ti todo, porque lo odio, odio la naturaleza y la paz de este pueblooooo!
Acababa de pasar diez días en Nueva York y volver a Huntington estaba siendo muy duro.
―¡Odio esta calma rural, este aburrimiento, este no saber qué hacer diario, esta ansiedad, esta rutina aplastante, este silencio que sólo sirve para recordarme lo sola que me siento…!
Fred tardó en contestar y para cuando lo hizo ya había cambiado el registro de su tono.
―Vamos, Princesa… no digas eso, ven, ven al jardín que he preparado limonada, ven, chica, que podemos pasar un bonito día de domingo juntos… vamos, ¿Princesa… Princesa…?
Cobijada bajo la oscuridad que me proporcionaba el edredón empecé a llorar sin consuelo.
―¿Princesita…? Hey, vamos, dime algo… ¿Princesa…?
No podía seguir oyéndolo llamarme de aquella manera, así que me sequé las lágrimas y me levanté arrastrando conmigo el edredón, parecía la virgen María de West Virginia. Me asomé a la ventana, Fred me miró con ternura desde abajo.
―Es que no me gusta la limonada ―dije absorbiéndome los mocos―, pero me preparo un café y ahora bajo.
Fui a la cocina con el edredón a cuestas, me preparé el café y volví a mi habitación con la taza en la mano. Cuando levanté el edredón del suelo para recolocarlo sobre la cama, descubrí todo lo que había ido arrastrando a mi paso: un zapato, un paquete de pañuelos, un calcetín, una pelota de papel, el mando a distancia y una braga. Me reí recordando a mi madre. ¡La próxima vez que te vea una braga tirada en el suelo de tu habitación te la cuelgo de la lámpara!, me decía. Ahora no le quedaría más remedio que colgar mi casa entera de la lámpara. Hacía días que no limpiaba pero estaba tan deprimida que no veía la mierda que me rodeaba pero mañana, sí, sí, mañana lo iba a limpiar todo, claro, mañana.

Salí al jardín por la ventana de mi habitación para no tener que dar la vuelta a toda la casa. Pero al descolgarme recordé el legado de mi abuela Isidora: mis cortitas piernas. Vaya, ni estirando los brazos llegaba al suelo. Además no quería estirarlos mucho porque en una mano tenía la taza de café y antes prefería desnucarme a derramar una gota de mi elixir.
―¿Fred…? ―grité tímidamente chupando ladrillo, no podía darme la vuelta debido a mi postura. Pero Fred había vuelto a su cortacésped y estaba en la otra punta del jardín.
Intenté estirar todo lo posible los dedillos de mis pies pero nada, no sentía el suelo. Lo único que había conseguido era que se me resbalaran las chancletas. Decidí dar marcha atrás. Con un pequeño empujón pretendí impulsarme hacia arriba, con tan mala pata que el pantalón del pijama se me enganchó a un clavo de la fachada, así que yo sí conseguí subirme pero mi pantalón no, él se quedó abajo y mi culo saludó gustosamente a las ardillas y pajarillos de escena además de a:
―¡Pero, chica! ―gritó Fred escandalizado soltando la máquina sin desconectarla y viniendo rápidamente a mi rescate.
―¡Ay, Fred, que me he quedado estancada…!
―¡Estancada y con las vergüenzas al aire!, ¡pero qué chica, qué chica!, ¿por qué no sales por la puerta como todo hijo de vecino?
Me subió el pantalón y me cargó a su hombro como un saco de patatas. Era mayor pero conservaba su fuerza, me recordó a mi abuelo antes de su caída. Me dejó sobre una de las sillas. Se lo agradecí y miré con pena mi taza de café vacía, se me había derramado todo. Fred, percatándose de la situación, me quitó la taza de las manos y llenó un vaso de limonada y me lo ofreció.
―Ya sé que no te gusta pero está rica, vamos, pruébala, te sentará mucho mejor que el café.
Tomé el vaso con mis dos manos y me hundí en él. No pude evitar desbordarme nuevamente por esa tristeza tan injustificada que sentía desde hacía días pero que estaba terminando conmigo.
―Pero, Princesa, ¿por qué lloras, qué es lo que pasa contigo? ¿Eh, chica?, dime… ―me preguntó Fred con preocupación sentándose junto a mí.
No supe explicarle mi malestar porque ni siquiera yo entendía qué me pasaba. Así que le mostré mi vaso de limonada y entrecortadamente le dije:
―Es que… hay una hormiga dentro… dentro de mi limonada...
Fred me estrujó en sus brazos.
―Llora, Princesa, que todos tenemos derecho a sentirnos mal, tú ahora llora, llora, que ya rescataremos a la hormiga más tarde.