lunes, septiembre 28

Conflicto internacional

Hanging Shoes por Colourblind

En una mesa de un bar. Yo jugando con la pajita de mi coca-cola y Jaime leyendo el periódico.
―Es lo que te digo, necesito querer, Jaime, necesito-querer, que-rer, er-êr-êêr-êêêr-êêêÊER, ¡dar!, ¿sabes? ―digo convencida de estar sacándome el corazón del pecho pero lo único que hago es estrujarme las tetas por encima de la camiseta.
―Ya… ―Jaime a lo suyo, leyendo.
―De amar, de amar, no sé… de verdad, de jubilar mi vida por él, decir, ¡sí, mira!, ¡sí! por ti, ¿eh?, por ti dejo mi exilio, por ti… ¡por ti vuelvo! ―hago una pausa, intento tapar el agujerillo de la pajita con la punta de mi lengua y cuando veo que lo he conseguido, continuo―. Pero quiero algo a cambio, ¿amar gratis?, ¿yo?, yo no sé hacer eso, ¡dame!, ¿qué me das?, ¿eh? Y no te digo que no, cuando sé que es que sí, ése, ése, Jaime, ése es mi problema…
Jaime golpea con el índice el titular de una noticia en internacional, qué hijos de puta, dice. Pasa la página, ni me mira.
―Claro, ¿el amor tiene precio?, ahí está, ahí, ahí, ahíííîîîÎI ―digo señalando al aire con odio― Y ese ahí hace que me sienta así, ¿sola?, no, ¡solísima! ―absorbo un poco de cocacola mordisqueando la pajita con los incisivos, me gusta cuando sale así, como escapándose torpe del conducto, parece que esté viva―. ¡Aaaaaaaaaaaah!, cuántas burbujitas… ¿Te pido otro café? ―pregunto viendo su taza vacía.
Jaime, sin levantar la cabeza, gruñe raro, me lo tomo como un no.
―Lo que me preocupa es que todo se cierne sobre el amor, es decir, ¿me siento sola porque no tengo pareja?, ¿y?, y ¿qué?, pero me siento sola, ya ves. Yo, Jaime, yo, ¿eh?, yo hablo sola. Allí en Estados Unidos no me ves, me levanto y ya empiezo: uy, Elvi, qué mala cara, pero no lo pienso ―explico taladrándome la sien con dos de mis dedos―, lo digo, Jaime, lo digo en voz-alta, es decir… o sea… es decir, me hablo a mí, ¿por qué?, por qué no tengo a nadie más, Elvi, ¿otro café?, me digo, venga, sí, a por el quinto y así matas el hambre y te ahorras la cena, porque para cenar sola, ¿verdad? Y así, Jaime, loca perdida, zumbada, bifurcada, arrastrada, tarada, ¡ta-ra-da!
―Joder, ¡no lo entiendo!
―¡Yo tampoco!
―Después del puto holocausto que estén haciendo esto, que hagan lo mismo que les hicieron a ellos, joder, joder, es que… no sé…
―¿Qué…?
―El ejercito de Hamás se defiende con putas bazookas, ¿qué hace Israel?, ¿eh?
―No sé… éstos sí que deben hablar solos, ¿no…?
―Machaca. El ejército israelí machaca, abusa, abusa de sobremanera olvidando las persecuciones a las que fue sometidas el pueblo judío, ¿dónde está la memoria?
―Ya… la memoria… buff, eso es… de memoria, vamos.
―Ahora, siglo XXI millones de palestinos desplazados, joder… es que, desplazados y viviendo en campamentos que… mira, qué puto asco, ¿qué hace Occidente?
―Claro… Occidente no va… no se desplaza, hace desde aquí… ¿no…?, los palestinos, claro, ellos sí se desplazan… en la raja, ¿no?, en la raja de Gaza pues… van, van, van y… allí se quedan…
―Joder… ―Jaime ladea la cabeza de lado a lado, quiere salvar el mundo pero no sabe cómo―, y ¿quién se acuerda del conflicto de Darfur?, ¿eh?, ¿quién?
―No, no, es que si nos vamos al tema de Mandur… si vamos, ya sí que no volvemos… porque hay conflicto allí del gordo…

Jaime suspira. Con ambas manos se retira el pelo hacia atrás, lo tiene ya bastante largo. Vuelve al periódico, qué insignificante se siente. Se lamenta de haber olvidado la capa en casa, no puede volar. Baja la vista. Fija sus ojos en la página cuarenta y tres: “Zelaya volverá a Honduras el 1 de septiembre”, su único objetivo ahora es liberar Tegucigalpa.
―Oye, Jaime… digo yo… que si eso… pues ya hablamos otro día del amor…

viernes, septiembre 25

Nanga Parbat

―¿Cómo…? ―pregunté temblando.
―Me dijo que te llamó dos veces este verano y que no cogiste el teléfono, quería hablar contigo, me lo dijo, Elvi, de verdad, ha estado loco perdido, yo… no sé, no me quiero meter, pero… ―se justificaba una y otra vez Ankit.
―¿Con Anilah Raza? ―pregunté sujetando el auricular con las dos manos de tanto que temblaba.
―¿Por qué no le contestaste? Un mensaje, Elvi, ¿eh? Sólo necesitaba un mensaje para, no sé… para saber algo de…
―¿Con Anilah Raza?, por favor, Ankit… por favor, ¿con Anilah Raza?
―Sí…
―¿Cuándo?
―No lo sé, eso no lo sé…
―¿Cuándo, Ankit? Por favor, ¡¿cuándo?! ―pregunté derramando parte de la ansiedad que me estaba inundando lentamente.
―La fecha oficial no la sé, porque la celebran en Pakistán ―dijo liberando un suspiro contenido―, pero el diecinueve de diciembre es la recepción para los amigos en Singapur.

***

En la bandeja llevaba un cheese Naan y una coca-cola. Tuve que dar dos vueltas antes de encontrar una mesa libre. Eran las doce del mediodía y estaba a tope.
Cuando me senté llamé a Montse porque me acababa de mandar un mensaje.
―Uy, qué de ruido ¿dónde te pillo?
―En el Food Court de debajo de la escuela ―dije pegando un tarisco al aceitoso pan de ajo.
―¿El de Bencoolen Street?
―El mismo ―dije mordiendo otro poco.
―Bueno, Elvi, lo que te tengo que contar… muy fuerte, muy fuerte.
Esperé en silencio, Montse continuó.
―Hace una hora me llama la pedorra de Janine, la francesa, ¿sabes?, ¿no?, la de turismo del consulado francés, que parece la mismísima embajadora con esos aires que se da…
―Que sí, que sí, la hortera del bolso de lentejuelas.
―¡Ay, qué fuerte! ¿Te acuerdas?, vamos, dime tú, las cosas que no se vean en Singapur… porque si te cuento las pintas que tenía hoy una tía en el metro te…
―Montse, ¡quieres arrancar que sólo tengo veinte minutos para comer!
―Bueno, vale, pues me dice la chunga de Janine que te vio ayer entrando en la zona VIP de Attica de la mano del jeque entre los jeques: ¡Abid-Shah-Mir!
―¡Uy, uy, uy, uy! ―dije escupiendo el Naan sobre el plato. Del susto se me habían cerrado todos los conductos.
―Hace falta ser mala, inventarse tonterías para arruinar la reputación de la gente. Y ya ves, que el Mir está como un queso y quién pudiera, pero…
―Ya te digo, ya te digo, jo, vaya, vaya, cómo está el Mir ―dije en un intento vergonzoso de disimular.
―Pero, tía, no es cuestión, ¡hombre!, que todo el mundo sabe que está comprometido con Anilah Raza, y quita, quita, que los musulmanes son muy suyos, y a ver si por el rumor te vas a meter en un embola’o de no veas.
―¿Qué? ―pregunté estupefacta.
―Que eso, que la Janine es muy mala, que siempre...
―¡Que no, Montse, coño! ―estaba fuera de mí― lo de la Manila Reza ―dije esta vez intentando controlar la furia.
―¿Cuál? ¿Anilah Raza? Pues una preciosidad de Cachemira, de esas indias con los ojos verdes, ¿como las de Bollywood?, ¿sabes?, pues lo mismo, maja. Es hija de un armero multimillonario y viven en Nueva Delhi. Yo es que la conocí el año pasado, en una cena en la embajada de Francia, fui con Gérôme y estaba la Anilah con el Mir, pues… les tocó en la mesa de al lado y, para que veas, también estaba Janine, y también los vio, y aun así se inventa el bulo para hacerte daño, si es que…

Volví a la escuela y di las tres clases que me faltaban de cualquier manera. No me podía quitar de la cabeza lo insistente que había sido Abid con respecto a ocultar nuestra relación, es mejor ser discretos, me decía, Singapur es muy pequeño, me explicaba cínicamente, hasta que no formalicemos lo nuestro es mejor que nadie lo sepa, no lo comentes a tus amigos, por favor, tampoco a Ankit, me pedía una y otra vez. ¡Pero seré estúpida!, grité en mitad de la última clase con las quince caras de mis alumnos mirándome atónitos, estúpida… estúpida... porque no es la actividad de la página quince, no, no… es la de la dieciocho. No coló, claro que no coló.

Tomé un taxi y en veinte minutos me planté en la oficina de Abid.
Durante el camino había repasado una y otra vez el discurso. Tenía tanta rabia contenida que los diálogos se me escapaban en voz alta y el taxista me miraba con cierta preocupación por el retrovisor.
Con una falsa sonrisa sorteé la seguridad de la entrada, ya me conocían. A su secretaría le aseguré que el señor Mir me esperaba y sin más me colé directamente en su despacho, sin llamar si quiera.
Frente a él contuve la respiración. Sentía que me temblaba la boca. Nerviosa me acaricié el cuello con ambas manos e intenté decir algo sin mucho éxito. Estaba paralizada. Abid se asustó al verme así. Se levantó con rapidez de su mesa y se acercó. Qué pasa, loca, qué pasa, preguntó mirándome a los a ojos. Ay, no… así no vale, con él tan cerca no puedo pensar, no me mires así, Abid, no me mires así… Agaché la cabeza y me derrumbé llorando sobre él. Entre sollozos intentaba explicarme, describir una mínima parte de lo humillada que me sentía. Estaba abatida, me había creído un cuento de hadas por ser tan idiota. Cálmate, Elvira, por favor, cálmate… loca, mi loca… por favor, pero… cálmate… me decía Abid intentando tranquilizarme, no sé, pero parecía tan sincero...
Abid me abrazó y me juró y perjuró que su compromiso era un arreglo entre familias. Desde los dieciséis años sabía que debía casarse con Anilah, pero tan sólo se habían visto en seis o siete ocasiones y siempre en actos públicos. Lo miré y lo creí, no porque estuviera convencida de que aquello fuera verdad, sino porque tenía la inmensa necesidad de creerlo.
―Yo no contaba con esto, Elvira, no esperaba conocerte… créeme, por favor… ¿eh?, loca, mi pequeña loca…
Llamó a su secretaria y pidió que me trajera un té. Nos sentamos en el sofá. No dejaba de sujetarme la mano y pedirme perdón continuamente. Se lamentaba de haberme hecho tanto daño. Su secretaria abrió la puerta después de tocar y se acercó a nosotros con mi té. Abid le hizo un gesto con la cabeza para que saliera inmediatamente. Después, solos de nuevo, me preguntó con cierta inseguridad:
―¿Elvira, confías en mí?
―No lo sé… ―respondí.
Me pidió que me quedara allí, sin moverme. Me dijo que debía irse, que no sabía cuándo volvería, pero que por favor tuviera paciencia. Le vi marchar y cerrar la puerta detrás de sí. Miré a mi alrededor, me sentía muy incómoda. Contemplé detenidamente mi taza de té y lamenté que no fuera café. La dejé sobre la mesita y esperé. Había pasado más de una hora y seguía esperando. Podría haberme ido, sí, pero no tenía fuerzas ni para levantarme. Me había recostado a lo largo de todo el sofá y sentía pocas ganas de moverme.

Por fin, oí la voz de Abid llegar por el pasillo. Me incorporé y lo esperé de pie. Ya está, me dijo, ahora ya está todo, repitió nada más entrar en la habitación. Sin más explicación, Abid me dio la mano y me llevó a la planta de arriba. Cruzamos un luminoso pasillo y cuando llegamos ante una puerta me pidió, con el dedo en los labios, silencio. Guardé silencio. Abid entró dejando la puerta abierta. Habló con un hombre, no pude entender nada, era urdu. Poco después, Abid salió, me tomó de la mano y me invitó a entrar. Era un elegante despacho, con una alta biblioteca al fondo. Una alfombra desgastada colgaba al otro lado de la pared. A nuestra derecha, un hombre, no muy mayor, nos miraba detrás de su escritorio. Abid volviendo al inglés me dijo:
―Elvira, te presento a mi padre Shah Tajdar Mir.
No dije nada, no tenía palabras. No podía creer que Abid estuviera haciendo aquello por mí.
El hombre se levantó de su mesa y se acercó a mí. Me sonrió sincero y me tomó de las dos manos.
―Dicen que pequeños ríos pueden desplazar montañas pero tú ―hizo una pausa y miró a su hijo― acabas de engullir el Nanga Parbat.

***

Colgué el teléfono sin despedirme de Ankit y con una exagerada calma me senté en mi escritorio frente al ordenador. Coloqué derecho el teclado y miré al frente sin ver nada.
―Cariño, ¿estás bien? ―preguntó Kayla desde la puerta de mi despacho.
―Sí.
―Pues tienes una cara, guapa…
―Estoy bien, ciérrame la puerta, por favor ―y volviendo a la erguida posición de antes, esperé oír el click de la puerta al cerrarse. Click. Dejé caer borrachos mis párpados y me abandoné sobre la mesa tapándome la boca, para que Kayla no me oyera desde su despacho.

lunes, septiembre 21

Un día y dos vidas

Desde el pasillo vi que la puerta de mi despacho estaba abierta.
―Uy, ¿qué haces aquí? ―pregunté a Kayla que estaba pasando el dedo índice por el lomo de mis libros de la estantería.
―Hola, cariño… ―dijo sin despegar sus ojos ni su dedo de los libros―. Estoy… estoy buscando un manual… un manual… ―decía mientras parecía prestar poca atención a sus propias palabras―, vamos, un manual con actividades… esto del… pero de manera gráfica, ¿sabes?
―Pues… ni idea, Kayla ―y me reí sentándome en la silla de mi escritorio.
―Ay, mujer, esto del… lo del imperativo pero… pero, pero con… ¡mierda, no tienes nada! ―gritó dándose la vuelta y mirándome, por fin, de frente.
Levanté los hombros riéndome porque seguía sin entender qué era lo que realmente estaba buscando.
―Imperativo con verbos reflexivos ―explicó finalmente marcando cada una de sus palabras.
Abrí el primer cajón del escritorio y saqué una pequeña caja. Había viñetas plastificadas de una joven, en la ducha, limpiándose los dientes, secándose el pelo, frente a un sillón con un libro, en una discoteca, en su cama con un enorme reloj que marcaba las siete, y así hasta quince escenas.
―Divide la clase en grupos ―dije mostrándole la caja abierta― y a cada grupo da unas cuantas tarjetas. Han de tomar el rol de una madre desquiciada que da diferentes instrucciones, qué sé yo… por ejemplo, levántate, dúchate, o en imperativo negativo, pues… no te rías y estudia ―dije cogiendo una tarjeta en la que la joven se reía teniendo un examen con una D en la mano― o… bufff... no sé… no te diviertas tanto ―y señalé la viñeta de la discoteca.
―Ah, me gusta, me gusta...
―Cuando terminen, los grupos se intercambian las tarjetas y vuelta a empezar, vamos, que te puede llevar unos veinte minutos la actividad.
―Oh, cariño, eres un genio. Hasta me da tiempo de tomarme un café mientras tanto, ¿no…? ―dijo en un tono confidencial mientras cogía la caja de mis manos―. Bueno, ¿tú qué tal?, ¿cómo lo llevas?
―Pues, chica, muy bien, estupendamente, la verdad ―dije estirándome en la silla―. No sé, pero con mucha ilusión, creo que este año va a ser mi año. Seguro que al final una editorial se apiada de mí y me publica el libro, ¡lo veo, lo veo, lo veo! ―dije alzando mis manos en alto.
―Vaya, cuánto optimismo a las nueve de la mañana…
―¡Y conoceré a Ron Adkins!
―Y ¿ése quién es? ―preguntó Kayla asustada por mi enorme entusiasmo.
―Pues… no sé, digamos que es un importante ejecutivo de Chicago, no, no, ¡escritor!, sí, escrito de Nueva York pero instalado en San Francisco, sí… ¡eso!, y, bueno, nos conocimos en una firma de libros en Manhattan, moreno de ojos verdes…
―¡Ay, no! Negros, que expresan mucho más.
―Bueno, pues de ojos negros, entonces le pido que me firme el libro y me presento, porque yo también soy escritora, ¿sabes? ―pregunté a Kayla que me miraba con atención.
―¡Claro, claro!
―Escritora de cinco grandes best sellers, bueno, así que le digo que vivo en el Soho y que conozco un restaurante indio estupendo al que podríamos ir después de su firma.
―Ay, qué atrevida y ¿qué te dice?
―Que está muy ocupado y me devuelve el libro firmado.
―Vaya… qué soso…
―Pero mientras me tomo un delicioso espresso en esa cafetería tan de andar por casa, donde ya me conocen y me tratan como a una hija, en Little Italy…
―Que sí, que sí... pero ¿qué pasa luego?
―Abro el libro y…
―Ay, ¡dios mío!, ¡dime que no, dime que no! ―gritó Kayla pellizcándose los labios.
―Pues sí… además de su dedicatoria, me deja el nombre del hotel donde se hospeda...
―¿En el Hilton?
―Mmm… no, no… algo con más clase…
―¡En el Ritz de Central Park!
―¡Sí, perfecto!, bueno, y también me había escrito su teléfono móvil, así que lo llamo, entonces…
―¡Espera! ―Kayla dejó la caja de las viñetas en mi mesa, me miró fijamente y me habló con seriedad―. Cariño, vale, lo puedes llamar y puedes ir a su hotel, pero no te acuestes con él porque hasta la tercera cita eso está muy mal visto en América, y ya sabemos que a las españolas el sexo os pierde.
―Vale, no sexo ―respondí obediente.
―No, no sexo ―confirmó inmediatamente detrás de mí.
―Así que lo llamo y quedo con él para esa noche. Me voy a mi apartamento, bueno, a mi dúplex, ¿eh?, un gran dúplex del Soho, porque he vendido más de diez millones de copias de mi última novela, en tres meses, y ha sido traducida a treinta y cuatro idiomas.
―¡¡¿A treinta y cuatro?!!, ¡pero si ni siquiera sabía que existieran tantos idiomas en el mundo! Oh, cariño, pero qué orgullosa estoy de ti…
―Abro mi vestidor, mmm… bueno, tengo dos, ¿vale?, uno sólo para zapatos y el otro…
―Me encanta, ¿ordenados por colores u ocasiones?
―Ocasiones, bueno, pues eso, bla, bla, y me pongo… una sencilla camiseta blanca de tirantes de Donna Karan, una chaqueta beige, de ante, ceñida de Stella MacCartney y unos infinitos Levi Skinny desgastados, porque yo ya no mido un metro y medio.
―Ah ¿no?
―No, me operé en Los Ángeles, lo último en cirugía estética, hueso artificial en las rodillas, me estiraron hasta casi el metro setenta y cinco
―¡Wow! Debes llamar la atención…
―Sí… bueno, ¡imagínate!, tuve que dejar de usar el trasporte público porque era un acoso continuo el de los hombres, bueno y el de mujeres…

―Perdonad, chicas ―Luisa, jefa del departamento, estaba en la puerta con unos papeles en la mano―, Elvira, aquí hay quejas de once alumnos tuyos del grupo 203 de por la tarde ―dijo zarandeando en alto el taco de papeles―, dicen que no te entienden, que tus clases son muy difíciles y que los contenidos no se ajustan a lo que explicas en tu Syllabus, ¡chica, baja en nivel!, cuántas veces te lo he repetido, ¡esto no es Yale!
―Lo siento, Luisa, hablaré con ellos y llegaremos a un acuerdo ―dije resentida.
―De acuerdos ¡nada!, ¡lo bajas y punto! Ah, oye, ayer me reuní con el decano, y… lo siento mucho, chica, pero andamos en crisis, así que se te congela el salario, la subida que te habíamos prometido antes de verano, no va a poder ser, y tampoco te vamos a abonar el billete de avión de este año. Lo siento, guapa, pero ya ves que estamos fatal…
―Tranquila, lo entiendo ―dije tragándome un profundo suspiro.
―Bueno, pues os dejo ―dijo despidiéndose con los papeles―, ah, ¡oye, Elvira!, ¿este año vamos a conocer a tu novio español?, dile que se venga por Acción de Gracias, todos los años preparo una gran cena, estáis invitados.
―Oh… gracias, Luisa, pero hemos roto este verano.
―Ups…vaya, chica, lo siento ―dijo compareciéndose de mí y se marchó.
―Bueno… ¡Bienvenida a tu vida real! ―exclamó Kayla con los brazos en cruz.
―Gracias, Kayla, muy amable ―dije con desgana y le señalé la caja de viñetas, encima de mi mesa, para que no se le olvidara.
―Gracias, cariño. Oye... otra cosa… ni se te ocurra ponerte botas de tacón alto con esos Levi Skinny, te daría un toque muy ordinario, creo que unos botines planos de Christian Louboutin sería perfecto, ¡además!, ¡¡¡¿quién necesita tacones con tu metro setenta y cinco?!!! ―Kayla me guiñó un ojo y se fue con la caja bajo el brazo.

domingo, septiembre 13

P&P

Pola se recostó junto a una cáscara de pipa, estaba muy cansada. Dejó las migas de pan, que llevaba a cuestas, a su lado. Con un pequeño movimiento de cabeza intentó apartarse de la cara su antena derecha. La tenía rota, partida por la mitad, así que siempre se le descolgaba y se le metía en el ojo, era tan incómodo.
Sabía que tenía que llegar al hormiguero y descargar, era su obligación. Pero estaba tan lejos y tan alto... Con el dolor de patitas que tenía, subir aquella montaña le llevaría días. Se sentía vieja aunque no lo era. Se lamentaba de haber corrido tanto, tiempo atrás. Conocía prácticamente todos los hormigueros del jardín, hasta los más lejanos. Había trabajado y vivido en todos ellos. Y ahora no sabía a qué hormiguero pertenecía realmente, con su antenita rota se sentía tan y tan desorientada. Por eso que cada vez que veía una fila de hormigas trabajando, se unía a ellas sin pensar en dónde se metía, ni por cuánto tiempo.

Y ahora ya no podía más, iba a descansar un poquito, sólo un poquito, lo necesitaba.
Consiguió arrastrar una hoja de trébol y la colocó encima de la cáscara de pipa, ahora estaría más blandita y podría dormir. A Pola le encantaba dormir. Pero justo cuando estaba a punto de subirse a su pipa-cama:
―¡Espera! ¿Necesitas ayuda? Está un poco alta para ti, ¿no crees? Eres una hormiga muy pequeña.
Pola se dio la vuelta y vio a un joven y atractivo hormiga, cargado con mil pedacitos de galleta, aquello tendría que pesar una barbaridad, pero a él no parecía importarle.
―¡No! Puedo yo sola, gracias ―respondió molesta.
Pola intentó darse impulso con la ayuda de sus patitas, de su antenita, de su cabecita, de su cuerpecito entero pero nada. Así que tras trece intentos fallidos, resopló de medio lado dignamente para quitarse del ojo su antenita rota, se enderezó el esqueleto y dijo con aplomo:
―Bueno, en realidad no necesito descansar, así que seguiré con lo mío ―Pola recogió sus víveres y emprendió camino.


El joven y atractivo hormiga veía como Pola se tambaleaba con sus migas a cuestas. Por más que intentaba encarrilar su camino se iba hacia los lados descompensada por la carga. El joven la alcanzó y sin decir nada fue echándose a su espalda la mercancía de Pola. Ella, abatida, no se resistió y con un hundimiento de cabeza afrontó la derrota en un triste silencio.
―Mira, si a mí no me importa, ―dijo el joven con energía, en un intento de animar a Pola―, yo acabo de terminar mi descanso y te aseguro que ha sido muy largo, además, soy muy fuerte, ¿ves?, ¡mira, mira! ―gritó y empezó, con todo el peso que llevaba encima, a hacer flexiones con sus antenas.
Aquella fanfarronada divirtió a Pola que lo miraba agradecida.
―Me llamo Pol ―dijo el joven contento de verla sonreír.
―Yo Pola... ―los dos se rieron.
Y juntos emprendieron el camino. Hablaron mucho de esto y aquello. Era extraño cómo parecían divertirse tanto sin apenas conocerse.
Pero empezó a llover y a Pola le era imposible avanzar por aquel mar de tierra mojada. Pol le dijo que se sujetara fuerte a sus patas de atrás, y así lo hizo hasta que una gota de agua cayó sobre ella, aplastándola contra el suelo violentamente. El fuerte golpe le rompió definitivamente la antenita derecha. Pola, espachurrada en el suelo, miró su trocito de antena flotando en un charquito y lloró desconsolada. Ahora sí que no podría recuperarse a sí misma nunca. Pol la miró con pena.
―No llores... no llores así, venga… que te queda la otra… ―dijo.
Pola no reaccionó y siguió llorando, allí tirada, tiritando de frío.
Pol se asustó al verla así y pensó que no podrían llegar al hormiguero nunca. Así que después de reflexionar un rato, fabricó un carrito con pétalos de una diminuta margarita y desmembrando el tallo hizo tres correas con las que lo ató. Puso todos los víveres en la carretilla y se la colgó al cuello. Después, con infinita paciencia calmó a Pola y la subió con cuidado a su espalda. Por último, tomó del suelo la antenita rota y se la guardó en el pecho.


Anduvieron hasta llegar la noche. Ya habían alcanzado la montaña pero todavía les quedaba mucho camino para estar en el hormiguero. Pol decidió que debían descansar. Recostó a Pola sobre un vilano de cardo para que estuviera más cómoda y le dijo que volvería enseguida. Al de un rato regresó con sus patas delanteras manchadas de algo blanco y pegajoso.
―¿Qué es eso que llevas ahí? ―preguntó Pola.
―Nada, resina de Cedro ―contestó sin más.
Después se acercó a ella, acarició su cabecita y untó un poco del jugo blanco en su antena rota. Se dio la vuelta para que no lo viera Pola y de su pecho sacó el otro trocito de antena. Lo roció de igual manera con resina y se dio la vuelta. Ante Pola parecía un director de orquesta con batuta. Pola no dijo nada, estaba expectante. Pol unió el trocito suelto a su antena partida, lo apretó con fuerza durante unos segundos y después se apartó con cuidado no fuera a desmoronarse aquello.
―Bueno, ¿qué tal? ―preguntó emocionado Pol al ver que su invento, de momento, estaba funcionando. Pero al no oír respuesta miró a la carita de Pola.
Y es que a Pola se le caían los lagrimones porque no podía creer todo lo que estaba haciendo aquel joven por ella.
―No llores, tonta ―dijo Pol con mimo―. Anda y dime si sientes o percibes algo, ¿vale? ―y con una pequeña raíz, que encontró en el suelo, le tocó la antena.
Pola negó con la cabeza porque con la congoja seguía sin poder hablar.
―¿No? ¿Nada? Y, ¿ahora?―preguntó Pol volviéndolo a intentar desde otro ángulo.
Pola volvió a negar con la cabeza.
―Vaya, chica, lo siento… Hice bien en hacerme hormiga ingeniero y no médico porque te acabo de pegar una antena inservible.
Al oírlo, Pola rió con ganas durante un largo rato. Luego se tocó la antenita con precaución porque, aunque no le sirviera para nada, quería conservarla ahora que se había convertido en un regalo.
Pol, al ver a Pola tan ilusionada con su nueva antena, pensó en voz alta:
―Me siento tan bien contigo en estos momentos, en los que todo nos está yendo tan mal, que no me quiero ni imaginar lo que sentiré cuando lleguemos a la cima del hormiguero...
Pola no dijo nada, se volvió a tocar su frágil antenita chorreando resina y sonrió cómplice.

sábado, septiembre 5

Martín no es nombre para Santos

Martín llevaba sentado en aquel banco algo más de tres horas. La estación había quedado prácticamente vacía. El tren de las 20.15 horas recogió la poca gente que quedaba. Martín se metió las manos en los bolsillos, empezaba a tener frío. Las voces de Santos le hicieron reaccionar, giró la cabeza y vio a aquel hombre bonachón, vestido con un mono gris con letras desgastadas en la espalda que decían “Servicio de limpieza. RENFE”.
Santos estaba pidiendo a grito pelado que le devolvieran una de sus escobas, su compañero de trabajo se reía desde el andén de enfrente.
―¡La madre que te parió! ―volvió a gritar Santos―, ¡espérate a que salga Doña Tecla, cabrón!, ¡que te digo yo, que ésa nos manda a los dos a la puta calle!
Ambos rieron escandalosamente.
Martín volvió a fijar la vista en el segundo andén. Las vías pedregosas estaban llenas de basura, en realidad, había mierda por toda la estación. En ese momento, Martín pensó que los raíles tendrían mejor aspecto si aquel hombre se dedicara a hacer su trabajo, en vez de vociferar de andén a andén. Aunque, sinceramente, al chico le daba igual verlos con porquería que sin ella. La cuestión era tenerlos en el punto de mira.

Santos, por fin, recuperó su escoba. Recorrió el andén farfullando y restregando aquel escobón por las esquinas. Disimulaba barrer algo pero lo único que hacía era desperdigar los papeles. Llegó hasta el banco de Martín.
―¡Ey, chaval!, levantas los pies o ¿qué?
Martín hizo un amago de movimiento, pero apenas se inmutó. Santos, al ver la escasa reacción del joven, se dio cuenta de que aquel chico sentado era el mismo chico sentado de hacía más de tres horas. Así que, apoyándose sobre el palo de la escoba, le preguntó:
―¿Esperas a alguien?
Martín lo miró sin decir nada, no le apetecía demasiado hablar y menos con aquel hombre que parecía un poco pesado.
―¿Te gustarán las estaciones, no? ―continuó Santos―. Lo digo porque llevas tres horitas majas con el culo ahí plantado.
―Sí, mucho ―Santos se asombró, no esperaba encontrar respuesta a aquel comentario. La voz de Martín sonó grave pero muy suave. Era la típica voz gangosa de alguien que lleva horas sin abrir la boca.
―A mí también, pero, joder, después de tantos años trabajando aquí... ¡como que todo ahora me da por el culo! Pero esto se acabó, el próximo mes de enero me jubilo. ¡Sí, chaval, me jubilo! Puta estación... veintitrés años llevo barriéndola, barriendo y limpiando los putos cristales que ¡la madre que los parió, lo grandes que son los muy cabrones! Bueno... di que hace tiempo que ya no limpio los de arriba, jode tener que cargar con la escalera, y más a mis años. Di que a mi edad jode tener que hacer cualquier cosa, porque lo de recoger la mierda... ―masculló algo inteligible mientras se rascaba la entrepierna―. ¡Putas cáscaras de pipas! Las muy jodidas se meten entre los baldosines y no hay quién las saque de ahí ―Martín sonrió, aquello le hizo gracia―. ¡Vamos! que en un pis pas me ventilo lo de barrer el andén, porque ¡hala! cuando la encargada no está pues... ¡un kilo de mierda que va a parar a las vías! Si es que soy un tío listo, y con un par bien coloca’o. ¡Qué cojones, que yo ya he trabajado mucho! Además... ¡me tuve que tragar una guerra y una posguerra! Todo el santo día comiendo patatas, ¡putas patatas!

Comenzó a buscar algo en los bolsillos del mono. Sacó un paquete de Ducados.
―¡Oye, chico! ¿Te hace un pitillo?
―No, gracias. No fumo.
―Haces bien, chaval. Faustino... ―hizo una pausa mientras le daba la primera calada― ¡Sí, hombre! Un tiarrón calvete que trabajaba en el bar de ala’o, ¡oye! Como hay dios, le dijeron que tenía próstata y en dos días, no más ¿eh?, en dos putos días se murió el muy jodido.
―Pero, ¡hombre! El tabaco no provoca próstata ―dijo Martín realmente sorprendido.
―Algo le haría porque fumaba como un carretero el muy cabrón. Yo ya le decía, ¡Faustino! Que somos como grandes máquinas, pero cuando se nos oxidan las tuercas a tomar por culo, ¿eh, Faustino? Le decía yo, ¡ey, Faustino!, y el tabaco es el mejor oxidante para arruinarnos la máquina.
―Sí, pero usted sigue fumando ―a Martín aquel hombre empezaba a divertirle.
―Pues... ¡nos ha jodido el chaval! Tengo sesenta y cinco años, si no me mata esto lo hará la sal o el andar mucho o el no andar. ¡Vamos! que mañana mismo puedo morir de próstata por machacármela tanto. ¡Oye! Como no se sabe muy bien de dónde viene eso, pues ya ves, quién le iba a decir a Faustino que se iba a morir de un cáncer en los cojones. Además ―se sacó el cigarrillo de la boca, lo miró fijamente y se lo volvió a meter―, no hay ni un puto día que no le eche aceite a mis tuercas.
Martín sacó las manos de los bolsillos y tomó una postura más paralela a Santos.
―¿Aceite?
―¡Joder, chaval! Sí, ¡aceite! Cuando salgo del curro me voy al bar, al del difunto Faustino, por cierto, y ¡oye!, unos vinillos que me tomo. Porque dicen que hay que lubricar la máquina, y qué mejor lubricante que unos tintorros peleones.

Llegó un tren y Martín, evadiéndose por completo de la conversación, tomó su anterior postura clavando los ojos en él. Bajó la gente del tercer y cuarto vagón. Martín estudiaba perfectamente la situación. Ni siquiera, esta vez, las voces de Santos le hacían reaccionar.
―¿Qué pasa, cabrón? ¡Je, je, je! ¿Qué tal Carmen y el crío? Bien, ¿no?
De la locomotora asomaba un hombre de mediana edad con el brazo extendido y el pulgar hacia arriba.
―Todo fenomenal. ¡Bueno, Santos, recuerdos en casa!
El tren arrancó de nuevo. Martín lo seguía con la mirada sin parpadear ni un segundo. El tren se iba y su mirada con él. Santos tiró la colilla al suelo, colocó la escoba sobre la pared y se sentó junto a su joven y recién amigo.

―Disculpe, ¿los baños?
Ante ellos estaba una joven de no más de veinticinco años. Parecía algo nerviosa, tenía el pelo alborotado y sus manos no paraban de gesticular aunque no dijera nada.
―¡Sí, hombre! ―Santos se puso en pie y le señaló el camino―. A seguir así de buena, ¿eh, chavalita?
La joven ni se dio la vuelta. Martín agachó la cabeza.
―Menudo yogurín, ¿eh, chico?, qué par de tetas tan bien colocadas ―Martín se rascó nerviosa la cabeza, no le miraba―. Ésta, la verdad, es que tenía una pinta guarra... ¿a qué cojones crees que va al baño?, ya te digo yo que, como ésta, un montón al día. Se ponen cachonditas con el meneo del tren y luego... ¡hala!, al váter a hacerse un apaño. ¡Hay que joderse, con el apaño tan bueno que le haría yo!
Mientras se sentaba riéndose a carcajadas, le dio una palmada en la espalda a Martín, haciéndole cómplice de su hombría.
―¡Qué coño, chaval!, yo a tu edad follaba como un loco, claro que... luego llegó la guerra y, con ella, las pajas. Todo el puto día cascándonosla, porque en las trincheras ¡mucho tiempo muerto!... joder, nunca mejor dicho ―volvió a sacar otro cigarrillo―. ¡Puta guerra!, cada vez que me acuerdo... la gente andaba como una puta cabra, ya te digo, que yo me conformaba con mis pajas pero... qué coño, la gente dándose por el culo. ¡Cuánto maricón vi yo en la guerra! Había uno, creo que se llamaba Cosme... o... ¡vamos!, ¡no sé!, pero... la madre que lo parió, tenías que tener cuidado de no dormir cerca, porque si te descuidabas lo tenías a tu espalda poniéndote el culo como la bandera japonesa. ¡Menudo mariconazo estaba hecho aquél!
Martín se agachó para rascarse el tobillo, luego metió las manos en los bolsillos de la sudadera y, en un movimiento enérgico, volvió a sacar una de ellas para rascarse la cabeza.
―¡Coño, chaval!, para quieto que pareces que tienes pulgas.
―Me pica ―respondió Martín volviéndose a meter la mano en el bolsillo con curiosa lentitud.
―Y chico... yo reconozco que vosotros, los jóvenes digo, lo tenéis más jodido, porque con eso de las enfermedades y su puta madre, andáis con las fundas pa’trás y pa’lante, y uno se queda como dios haciéndolo a pelo.
Santos se reía mientras pasaba su brazo por los hombros del chico. Martín lo miró sin decir nada.

Un tren pasó sin parar por el andén de enfrente. Los ojos de Martín se clavaron en la máquina, lo vio llegar y lo vio marchar. Él seguía allí, sentado al lado de un hombre al que no conocía de nada y que le agarraba como a un viejo camarada.

―¡Santos!, en cuanto pueda, haga el favor de venir.
La mujer quien gritó aquello estaba perfectamente uniformada como la encargada de la estación. Santos la miró y le hizo una seña levantando el brazo.
―Doña Tecla... la madre que la parió... ―susurró a Martín en tono confidencial―. A ésta lo que le pasa es que folla poco… Cagüen la leche, y yo que estaba aquí de puta madre ―poniéndose en pie con cierta torpeza, le dio a entender a Martín que volvería en un momento.

Martín observaba la situación desde el banco. Santos y aquella mujer se habían enfrascado en una ruidosa discusión y el eco de la estación vacía repetía sus voces. Al chico parecía divertirle la escenita, hasta que oyó llegar un tren a lo lejos. Era su tren. Ya era tarde y tenía que marcharse. Se levantó y, muy despacio, se colocó al borde del andén. Echó una mirada atrás y volvió a ver la escena de gritos entre su amigo y la encargada. Santos dejó a un lado su discusión y con un ¡Venga, chaval!, hasta otra, se despidió de Martín. El chico apenas esbozó una sonrisa. Dio un paso hacia adelante y su cuerpo cayó torpemente sobre las vías. Un grito, un chirriar de hierros y una estación en silencio. Santos ya no discutía.