sábado, octubre 31

Mal de ojo

―¿Y tú crees que esto va a funcionar? ―preguntó Kayla mirando el plato con la tijera dentro.
―Pues eso dice aquí ―y ladeé la pantalla del portátil para que pudiera verlo. Pasé el dedo bajo algunas líneas del texto mientras leía―: Lo que se debe hacer es poner la tijera abierta dentro de un plato hondo con un poco de agua.

Kayla y yo estábamos sentadas en la mesa de mi cocina. Comíamos unos nachos reblandecidos por el queso fundido en el micro, con salsa picante de espinacas, mientras organizábamos todos los ingredientes necesarios para quitar el mal de ojo.
―¿Y el aceite?
―Con el aceite te mojas el dedo anular, ¿no? y luego… espera que creo que lo decía por aquí… ―dije intentado buscar esa parte del texto pero no pude y se lo expliqué con mis propias palabras―, luego… echas tres gotitas en el plato de la tijera, ¿no?, recitando una oración.
―Ya... Lo que no tengo muy claro es cómo sabes que tienes mal de ojo ―dijo Kayla llevándose un nacho a la boca.
―Ah, ¿eso?, mira, pincha aquí ―y le señalé una página minimizada en la parte baja de la pantalla.
―¿Esto?
Miré al portátil un segundo con la botella de aceite en la mano. Sí, eso, le dije.
Insomnio, pesadillas repetitivas, ¿qué pesadillas tienes tú?
―Arañas.
―Pero eso no es una pesadilla, cariño. Vivimos en las montañas de West Virginia, aquí hay más seres de ocho patas que de dos. Sueñas con las imágenes que has visto a lo largo del día ―razonó Kayla removiendo un ahogado nacho en la salsa.
―Te aseguro que llevar encima un abrigo de tarántulas peludas no es una imagen que vea frecuentemente a lo largo del día.
―¡Buaj…! ―exclamó y continuó leyendo―. Opresión en el pecho, nerviosismo generalizado, ¡normal!, ¡soñando con eso! ―e hizo una pausa para comer otro nacho―. Cansancio, depresión, mareos, falta de concentración, pérdida de memoria, inapetencia sexual… ¡Joder! Si tienes todo esto, más que mal de ojo lo que te pasa es que ¡estás hecha una mierda, cariño!
Me reí diciendo:
―¡Anda, calla! A ver, que esto ya está.
―Ay, estoy nerviosa, ¿eh?, ¡estoy nerviosa! ¡Venga, unta el dedo! ―Kayla parecía disfrutar de aquello como una niña pequeña.
Extendí el dedo anular de mi mano derecha y lo mojé en el platito de aceite que había preparado.
―¿Y ahora? ―preguntó Kayla impaciente.
―Echo una gota en el plato con la tijera mientras digo un padre nuestro ―dije llevando el dedo al otro plato, con cuidado de no derramar el aceite por el camino.
―¿Un qué?
Estaba muy concentrada en lo mío así que no contesté a su pregunta y empecé:
―Padre nuestro que estás en los cielos, no nos dejes, no, no, danos el pan y no caer en la tentación, santificado, ay… santificado el pan de tu nombre, ay… ¿cómo era?, más líbranos del mal… ―miré con angustia a Kayla―. Se me ha olvidado, se me ha olvidado…
―¡Uy, pues a mí no me mires que soy judía!
―¡Mierda! Se me ha caído una gota ―las dos miramos rápidamente dentro del plato de la tijera―, ¿pasa algo fuera de lo normal? ―pregunté sin levantar la vista.
―La tijera no parece desintegrarse…
―Corre, Kayla, ¡busca el padre nuestro en internet!
―¿En internet?, ¿no crees que vamos a perder toda la espiritualidad del conjuro?
―¡Venga! ―grité nerviosa, mientras colocaba la mano izquierda bajo mi dedo chorreante de aceite para no dejar caer más gotas.
―¿Padre nuestro, así como suena?
―Sí, así como suena: Padre Nuestro ―dije vocalizando perfectamente las dos palabras.
―Aquí está, a ver, repite: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre ―hizo una pausa, yo la miré sin saber qué hacer―. ¡Que repitas, cariño!
―¡Ah! ―retiré la mano izquierda y zarandeé el dedo anular para soltar otra gota de aceite mientras recitaba las frases de la oración, chivadas por Kayla.
Venga a nosotros tu reino
―Venga a nosotros tu reino… ―repetí.
Hágase tu voluntad
―Hágase tu voluntad…―repetí de nuevo.
Frase tras frase terminamos con el primer Padre Nuestro, luego llegó la segunda gota y el segundo Padre Nuestro, y por último el tercero.
―¿Qué? ―pregunté a Kayla mientras me secaba el dedo con una servilleta de papel.
―Mmm… no sé… ―respondió Kayla examinando las gotas flotando en el plato.
―Pero ¿están separadas o apelotonadas en una gran gota?, ¡ay, quita!, déjame ver ―dije apartando la cabeza de Kayla de encima del plato.
―Bueno, pues, ¿qué ves tú?
―Mmm… no sé ―dije con enorme duda.
―¡Ves! ―exclamó Kayla victoriosa―. No se puede saber, ¡ahí no se puede saber nada! Se ha quedado un charquito aceitoso sobre unas tijeras… ¡Tú me dirás!
―Ya bueno… pero hay que saber si las tres gotas…
―Las cuatro ―interrumpió Kayla.
―¿Qué?
―Que al final se te cayeron cuatro gotas.
―Aaaaah… claro… igual es por eso… ―dije levantando la cabeza y mirando a Kayla como si acabara de descubrir que la Tierra era redonda.
―Espera, parece que se separan, ¿no? Ahora se ve más claro, las gotas están más definidas, sí.
―¿Se separan? ―pregunté nerviosa mirando el plato al igual que Kayla.
Me levanté aturdida de la mesa y me acerqué a la cafetera. Tomé un vaso del armario y lo llené de café mientras le explicaba a Kayla que si las gotas quedaban separadas, significaba que continuaba con el mal de ojo, por eso que las gotas debían permanecer juntas. Kayla no dijo nada. De espaldas a la mesa eché azúcar al café y lo removí con una pequeña cucharilla.
―Ay, pues se están juntando… ¿eh?, se están juntando ahora, ¡mira, mira! ―dijo Kayla exitada.
―¿Sí? ―dije dándome la vuelta con ilusión.
―¡Sí, sí, sí!
Nuevamente de espaldas, tiré la cucharilla a la fregadera y, al darme la vuelta para acercarme a la mesa con mi café, vi como Kayla soplaba dentro del plato.
―¡¿Qué haces?!
―Nada… ―contestó con vergüenza al haber sido descubierta.
―Kayla, ¡esto no funciona así!, ¡no puedes juntar las gotas con tus soplos! ―grité llena de rabia―, ¡no puedes!, ¡lo has estropeado todo!, ¡todo! ―y me senté en la silla intentando contenerme pero se me escurrieron las lágrimas.
―Pero, cariño… tú no tienes mal de ojo, tú lo que tienes es mucho dolor y tristeza aquí dentro ―dijo casi en un susurro apretándome el pecho―. Pero un día, ¿sabes…?, un día esa tristeza se irá y tu mundo volverá a estar lleno de colores, cariño…
―¿Cuándo…? ―pregunté abrazándola sin dejar de llorar.

lunes, octubre 26

Con corazón de papel de aluminio

Querida, Elvira:
Este email trae consigo una triste noticia. Hoy de madrugada, mientras dormía, el abuelo…
No pude seguir leyendo, porque solamente aquella línea me heló la sangre. Estaba acostumbrada a la frialdad de mi padre pero comunicarme aquello por email, sobrepasaba la línea de lo anímicamente saludable.
Me llené de una densa tristeza que trepaba lenta y torpe, congelándome las entrañas. Con dolor me levanté del escritorio de mi salón. Entré en el baño y me agarré al lavabo con una mano mientras, que con la otra, apretaba mi estómago. Necesité tres bocanadas de aire antes de poder escupir el primer sollozo.



―Abuelo, he venido a despedirme ―dije sentada, en una sillita, junto a su cama―, mañana me voy.
Intentó decirme algo, así que me acerqué mucho a él. Estaba muy delgadito, ya casi no podía hablar.
―¿A China? ―repetí su pregunta en alto para que me corrigiera si es que no le había entendido bien. Él asintió. Yo me reí―. No abuelo, no, ya no vivo en China, ahora vivo en los Estados Unidos, ¡con Obama! ―y solté una carcajada que él intentó imitar con una leve sonrisa dibujada en sus labios.
Me volví a acercar a él y le acaricié la cara. Tenía un ojo cerrado y el otro apenas podía abrirlo, sólo un poquito, lo justo para reconocer las caras. Sacando la mano de entre las sábanas me agarró un mechón de pelo, casi no tenía fuerza, así que lo soltó. No me moví, por eso lo intentó de nuevo. Yo le ayudé, se lo coloqué entre los dedos, él lo tocó. Qué guapa, txiki, me dijo con ese hilillo de voz que tenía. Se me cayeron las lágrimas. Le quité el pelo de entre los dedos y le sostuve la mano frente a mí. Le fui estirando dedo por dedo mientras se los contaba, hasta llegar al meñique que lo tenía totalmente retorcido.
―Abuelo, ¿qué hacemos con éste?, ¿eh? ―le pregunté, con una amarga sonrisa, señalándole su propio dedo.

―¡Me cagüen los cojones!
―Pero, ¿qué pasa, Vicente, chico? ―preguntó mi abuela entrando en la salita con un trapo de cocina en la mano.
―¡Esto pasa! ―dijo mi abuelo mostrándole el periódico―, que la niña ha pintarrajeado todo el crucigrama.
Yo tenía siete años y, al oír a mi abuelo gritar, me arrinconé contra la pared, lo más lejos posible de él, pellizcándome la mano. Siempre pensé que al hacerme daño, la culpa se marcharía antes y, al marcharse la culpa, los mayores dejarían de estar enfadados conmigo.
―¡Ay, esta niña es un caso! ―dijo mi abuela sin poder parar de reír―. ¡Elvirita es todo creatividad!, ¿a que sí, hija mía?, ¿eh?, ¿a que sí? ―me preguntaba, mientras se iba acercando a mí para darme un enorme achuchón―. ¡Me la como, me la como, me la como!
Antes de volver a la cocina, mi abuela miró amenazante a su marido y le dijo seria:
―Vicente, que no te vuelva a oír gritar a la niña, ¿eh?
―¡Bah! ―dijo mi abuelo sacudiendo la mano al aire y después me miró. Yo seguía con el culo pegado a la pared, mordiéndome los labios esta vez―. Anda, ven aquí, txiki, ven, siéntate conmigo ―dijo señalándome un trocito de butaca libre que tenía a su lado.
Me acerqué obediente y me senté. Mi abuelo cogió de la mesa dos bolígrafos, uno rojo y otro negro. Me dio el negro que era con el que había garabateado antes y él se quedó con el rojo.
―Bueno, vamos a hacer el crucigrama entre los dos, ¿sí?
―Sí… ―le contesté mirándolo desde abajo, porque mi abuelo era un hombre muy grande y más a ojos de una niña de siete años.
―Bien, yo voy a escribir dentro de estos cuadros, ¿ves? ―asentí un millón de veces moviendo enérgicamente la cabeza―. Bueno, ¡ya, ya, ya!, a ver si te vas a romper el cuello ―dijo riéndose―. Y tú puedes escribir fuera de los cuadrados, por ejemplo, aquí ―y me señaló la parte alta de la página―, o aquí ―junto a la información meteorológica―. Pero nunca dentro de los cuadros, ¿me has entendido? ―dijo con pose seria apuntándome, desde lo alto, con su boli rojo.
―¡Sí, sí, sí! ―respondí contentísima porque sabía que ya me había perdonado y ahora íbamos a hacer juntos el crucigrama.
No me había dado cuento de ello hasta que mi abuelo colocó su mano sobre el periódico para empezar.
―¡Uy, abuelo!, ¿por qué tienes esto así? ―pregunté poniéndome de pie para poder cogerle mejor del dedo pequeño de la mano.
Mi abuelo alargó el brazo hacia el frente estirando todos sus dedos excepto el meñique, que seguía encogido, parecía estar hecho un nudo.
―Bueno, pues para lavarme la nariz ―respondió.
―¿La nariz…? ―pregunté asombrada.
―¡Claro! ―dijo dejando el periódico sobre la mesa―. A ver, ¿tú cómo te limpias la nariz?
―No sé… ―contesté muy bajito y encogiéndome de hombros.
―Te echas el jabón y el agua aquí, ¿no? ―explicaba mi abuelo, juntando las manos como si de un cuenquito se tratara―, y después te frotas la cara así, así, así, así ―y empezó a pasarse las manos sobre su rostro pero, al tener el dedo roto, de todas, todas se lo metía en la nariz―. ¡Ves! ―exclamó, haciendo una pausa con el dedo dentro de la nariz―, así es como se limpia, por eso está torcido el dedo, ¿lo ves?
Lo miraba tronchada de la risa desde el suelo, otra vez, otra vez, le suplicaba. Y mi abuelo volvía a fingir que se lavaba la cara con el dedo metido dentro de la nariz. Y yo venga a reírme y venga a reírme, no podía parar, me dolía la tripa y todo.
―Va a tener razón tu abuela en que eres todo un caso, txiki, ¡mira cómo te ríes! ―dijo mi abuelo contagiado por mi loca risa.
―¡Otra vez, otra vez!
Y mi pobre abuelo lo repitió tantas veces como se lo pedí.

Le di un besito en aquel retorcido dedo y le volví a meter la mano dentro de las sábanas.
Marta y Feli, las chicas que lo cuidaban, entraron en la habitación.
―Cielo, déjanos un momentín que lo tenemos que cambiar.
―Sí ―dije secándome las lágrimas y sin poder mirarlas a la cara―, si yo ya me voy, tengo todavía que hacer la maleta.
―¿Cuándo te vas, cariño? ―preguntó Feli.
―Mañana… ―dije con inmensa tristeza.
―Tranquila, cielo ―dijo Marta―, despídete tranquila, que nosotras volvemos en un ratín.
Al oírlas irse, me senté junto a él sobre la cama para tenerlo más cerca y lo abracé con cuidado de no hacerle daño.
―Agur, abuelo… ―le susurré al oído. Agur, txiki... me dijo con su media vocecita.
Salí de aquella habitación envolviéndome el corazón en papel de aluminio para poder conservarlo entero, porque me marchaba sabiendo que no volvería a ver a mi abuelo nunca más.
A mi abuelo

jueves, octubre 22

The Time Capsule

Tiempo de Intolerancia Susana Bonet
Eran las once de la mañana del sábado, y regresaba a casa después de haber ido al banco a cobrar un cheque. Pensaba que me iba a llevar más tiempo pero en cuatro minutos terminé con el asunto. Por lo tanto, ahora me quedaba todo el fin de semana por delante y eso me angustiaba un poco. No terminaba de acostumbrarme al desolado aspecto de aquel pueblo americano.
Entré en el humilde barrio residencial donde vivía y, al tomar mi calle, saludé a uno de mis vecinos, que estaba sentado en las escaleras de su porche bebiendo una cerveza, hey, chica, me dijo con el botellín en alto.
Justo antes de llegar a mi casa, un perro salchichero me cortó el pasó ladrándome como un viejo cascarrabias. Qué te pasa, le dije poniéndome de cuclillas intentando quedar a su altura. Estiré la mano para darle una palmadita en su estrecho lomo, pero antes de poder hacerlo el perro emitió un agudo grito y echó a correr.
―¡Eh, tú!, ¡no le hagas daño! ―gritó un niño desde la acera de enfrente.
―Yo… no… ―intenté explicarme mientras me ponía de nuevo de pie.
―No muerde, ¿sabes? Así que ¿por qué le pegas? ―siguió recriminándome el niño pero esta vez apuntándome con el dedo.
Por su actitud me imaginé que la discusión iba a ser larga así que me quité los auriculares de las orejas y los dejé colgando sobre mi hombre. Iba a empezar a defenderme cuando vi como su amigo, más bajito que él pero de unos nueve años también, le susurraba algo al oído.
―Perdón, señora… ―dijo el niño alto después de haber escuchado el no sé qué de su amigo.
―¿Señora? ―pregunté con los ojos como dos huevos fritos―, ¿ahora soy una señora?
Ninguno de los dos niños dijo nada, sólo me miraban con cierta inquietud. Les dije adiós con la mano, sin mucha gana, y empecé a caminar otra vez.
―¡Espera, señora, espera! ―gritó el más alto mientras el bajito le estiraba de la camiseta para que dijera aquello que parecía que él mismo no se atrevía―. ¿Puedes venir un momento? ―me preguntó al mismo tiempo que el pequeño me hacía el gesto con la mano para que fuera, eso me hizo mucha gracia. Lo cierto es que el mudito parecía la cabeza pensante del dúo, así que, curiosa, crucé la calle y me planté frente a ellos.
―Yo soy Shayne ―dijo el alto con enorme simpatía―, y éste es mi primo Jesse ―y los dos me ofrecieron su mano derecha para estrecharla.
Muerta de la risa, por aquel gesto tan sincronizado, estiré mis brazos y les estreché a la vez las manos. Aquello fue, lo que se dice, un buen saludo a tres bandas.
―¿Eso es un iPod? ―¡vaya, el mudito tenía voz!
―¿Esto? ―pregunté señalando los auriculares en mi hombro. Los dos niños asintieron―. Sí, es un iPod, ¿por qué? ―dije mientras lo sacaba de mi bolso.
Jesse volvió a decir algo al oído de su primo, y finalmente Shayne rebuscándose en los bolsillos del pantalón me dijo:
―Te lo cambiamos por esto ―y sacó en un rápido gesto, como si de un mago se tratara, un arrugado billete de un dólar.
―¿Mi iPod por un dólar? ―exclamé con la cara totalmente arrugada.
―Bueno… y si quieres te puedes quedar con Roosevelt los martes y jueves, ¿vale? ―negoció Jesse esta vez.
―¿Quién es Roosevelt?
―Mi perro ―dijo Shayne.
―¡¿El salchichero?! ―no daba crédito a la situación.
―Necesitamos tu iPod, señora.
―Elvira ―corregí a Jesse, pronunciando mi nombre en inglés para no tener que repetirlo catorce veces.
―Necesitamos tu iPod, señora Elvira.
―No, sólo Elvir… bueno, ¡qué más da!, ¡que no, que no os doy mi iPod!
Los dos chicos parecieron desistir y con frustración se sentaron al borde de la acera. Me dieron pena.
―Vale, hablemos, ¿para qué queréis mi iPod?
Jesse recobró la energía y me explicó lleno de ilusión que era para su time capsule.
―¿Time capsule? ―repetí intentando darle un significado en español, pero no conseguía entender aquel término aun conociendo las dos palabras.
Shayne salió corriendo en dirección a su casa y cogió algo de la mesa del porche. Regresó casi sin aire y me lo mostró.
―¿Un termo? ¿Time capsule es un termo? ―pregunté absolutamente confusa.
―¡Sí! Metemos cosas del presente aquí, lo enterramos y después, miles de años después, alguien lo encuentra y sabe cómo vivíamos ―explicó Shayne recobrando un poquito de aire.
―¡Aaaaaaaaaaaaaaah! ¡Claro! ¡Una cápsula del tiempo! ―grité en español.
Los niños se rieron al escuchar mi idioma.

La idea me gustó así que les pedí que me enseñaran que habían guardado dentro. Jesse abrió el termo muy voluntariosamente y me mostró un pendrive. Me dijo que habían escrito, en documento Word, una carta explicando quiénes eran, y habían adjuntado varias fotos de ellos y de Roosevelt. También habían seleccionado algunas páginas de Wikipedia con la biografía de Obama, Justin Timberlake, Undertaker, Smiley Ray Cyrius, Lebron James y Ben Stiller.
Me encantó descubrir, a ojos de unos niños americanos de nueve años, quiénes eran las personas más importantes del planeta. Jesse también sacó un sencillo móvil que por diecinueve dólares puedes encontrar en Walmart. Me contó que se lo había regaló su tía Edna por su cumpleaños, pero que su padre no le dejaba usarlo, y por eso no le importaba enterrarlo, sería más útil para la ciencia. Finalmente, con mucho esfuerzo, intentó llegar al fondo del termo y al ver que no podía, lo volteó dejando caer sobre la palma de su mano dos dientes.
―La muela es mía ―se apresuró a explicar Shayne con cierto orgullo― y la paleta es de éste.
―Pues chicos, creo que es genial, de verdad, increíble. La selección es perfecta, con eso ya lo podéis enterrar, no es necesario mi iPod, en serio, no es necesario ―dije fingiendo enorme confianza en mis palabras pero no estaba muy convencida de que estuviese siendo creíble.
Jesse, después de volver a meter los dientes dentro del termo, tomó del brazo a su primo y se alejaron unos metros de mí para deliberar. Se acercaron pocos segundos más tarde.
―Sí, lo vamos a enterrar sin tu iPod ―dijo Shayne retomando el papel de portavoz.
―¡Bien! ―exclamé dando una palmadita―, pues, chicos, pasad un buen día ―y sonriendo me di la vuelta para seguir mi camino hasta casa.
―¿Señora Elvira…?
Reconocí la vocecita de Jesse a mi espalda y girándome le pregunté qué pasaba.
―Señora Elvira, hemos pensado no meter tu iPod…
―Sí, lo sé, ¿y…? ―pregunté con miedo.
―Y también hemos pensado enterrarlo en tu jardín.
―¡¿En mi jardín?! ¿Por qué en mi jardín?
―Porque mi padre no me deja hacer agujeros en su jardín, ya se lo he preguntado ―explicó Shayne creyendo que su respuesta era de lo más razonable.
―¡Normal! ―exclamé con una risa irónica.
Shayne dio un codazo a Jesse y éste se apresuró a decir:
―Señora Elvira, si nos dejas enterrarlo en tu jardín te permitimos que escribas tu nombre en un trozo de papel y lo guardes en nuestra cápsula del tiempo ―y después de decir esto Jesse miró con esperanza a su primo Shayne.
Me ablandó aquella mirada tan llena de ilusión. A fin de cuentas, el jardín no era mío sino del señor Cole, mi casero. Si veía el agujero siempre podía echar la culpa a las ardillas, algo bueno tenía que tener el vivir en la montaña.

Una vez en el jardín, los dos niños buscaron un lugar apropiado y, por supuesto, decidieron que lo enterrarían en el centro.
Nos arrodillamos en el suelo formando un pequeño círculo. Jesse colocó el termo en el medio y los tres lo miramos como si de algo trascendental se tratara. Sí, yo también, en ese punto de la historia he de reconocer que estaba excitadísima con el hecho de poder participar.
Saqué de mi bolso una libretita y un lápiz, arranqué una hojita de cuadros y escribí mi nombre. Lo doblé y se lo di a Shayne que su vez se lo pasó a Jesse y éste, finalmente, lo metió dentro del termo. Todo un ritual de logística.
Después sacudí ambas manos hacia adelante, dando a entender que podían continuar con el proceso de enterramiento, pero ambos chicos se miraron levantando los hombros. Cómo, preguntaron al unísono.
―¿Cómo que cómo?
―No tenemos pala, señora Elvira ―aclaró Shayne.
Suspiré un par de veces y luego les pedí que me dejaran pensar. Pocos segundos después les dije que me esperaran. Entré en casa, eché un vistazo a la cocina y, cuando creí tener lo necesario, volví al jardín muy satisfecha de mi idea.
―Tomad, chicos.
―¿Una cuchara? ―preguntó incrédulo Jesse.
―No, una cuchara no. Mira, una, dos y tres cucharas ―expliqué señalando con el dedo cada una de ellas―. Tres cucharas hacen el total de una pala.
Más o menos les convenció aquella teoría y enseguida nos pusimos a cavar. Cuando terminamos, Shayne tomó el termo y al ir a ponerlo en el agujero Jesse gritó:
―¡Espera, espera!
Shayne se paralizó a medio camino.
―¡Espera! ―volvió a repetir Jesse―. ¡Escupamos!
―¿Qué?¿Unos a otros? ―al oír esta pregunta de Shayne no pude evitar soltar una escandalosa carcajada.
―¡No, idiota! ¡Dentro del termo! Así podrán saber de qué especie somos.
―¡Oh, genial!, ¡el ADN! ―vitoreé a Jesse. Realmente ese niño era un Einstein.
Abrieron el termo y escupieron, luego me lo pasaron a mí.
―¿Yo también puedo? ―pregunté halagada.
―¡Claro! Porque nuestro ADN es americano pero, como tú eres extranjera, los del futuro tienen que saber también cuál es tu especie.
Intenté ocultar mi risa, su razonamiento no dejaba de ser inocentemente encantador. Sin mediar palabra, tomé el termo y escupí dentro. Parecía que estaba todo preparado, así que Shayne, ceremoniosamente, cerró el termo y lo metió en el agujero asimétrico que habíamos conseguido cavar con tres cucharas.
Los niños, en un gesto muy espiritual, se dieron las manos y pidieron las mías. Los imité.
Después agacharon la cabeza y recitaron algo que no pude entender. Cuando terminaron, Shayne se dirigió a mí:
―¿Quieres decir unas palabras en tu idioma?
¡Vaya!, qué gesto tan bonito, qué bonito… Me quedé embobada mirándolos, ¿por qué el mundo no estaría gobernado por niños?, pensé.
Sin dudarlo tomé la palabra, pero cuando iba a empezar a hablar me di cuenta de que no tenía ni idea de qué iba a decir, así que, emulando el tono ceremonioso de los chicos, solté lo primero que me vino a la cabeza en español:
―Yo quiero un novio que me lleve a la bahía ―carraspeé un poco y continué―, que me diga vida mía y que me quite este calor, ay... ay, qué calor, qué calor tengo ―hice otra pausa porque empezaba a entrarme la risa―, qué buena estoy, qué tipo tengo.
―Amén ―dijo Shayne.
―Amén ―respondió Jesse.
―Amén ―dije yo escondida entre mis propios hombros y ocultando la risa tras mi mano.

Después tapamos el agujero y lo pisoteamos intentando dejarlo como antes, fue imposible. Les dije que no se preocuparan, que en poco tiempo la nieve haría el resto.
Me despedí de ellos frente a las escaleras de mi casa. Fred, mi vecino, nos miraba desde porche.
―Gracias, chicos, pasad un buen día ―les dije mientras tomaba de sus manos las cucharas que habían acabado completamente dobladas.
―Gracias, señora Elvira ―dijeron a dúo.
Los vi marchar y subí al porche.
―¿Qué demonios hacíais ahí detrás? ―preguntó Fred con enorme intriga.
―Nada, soñar... ―y con una triste sonrisa me metí en casa a pasar el resto del fin de semana.

lunes, octubre 12

La clase de ballet

Todas las niñas estaban sentadas alrededor de un círculo negro pintado sobre el suelo de la clase. Tenían cinco años y miraban a su profesora con atención que, marcando jerarquía, se sentaba sobre una alta silla de mimbre.
―Bueno, las niñas que vayan a clase de ballet nos vamos levantando en silencio, vamos quitándonos las zapatillas y poniéndonos los zapatos y vamos tomando nuestro abrigo para que, haciendo una cola en silencio, ¿eh?, en absoluto silencio, vayamos esperando a la profesora de ballet en la puerta, que en cinco minutos vendrá a recogernos. Las demás nos quedamos en el círculo de brazos cruzados y esperamos, en silencio, ¡en silencio digo, Iratxe!, por favor, en silencio, hasta la hora de marchar.
Después de decir aquello, la profesora se ajustó el botón más alto de su bata blanca y, colocando sus manos juntas sobre la rodilla izquierda, se quedó en silencio, esperando que las cuarenta niñas hicieran lo mismo.
Blanquita pellizcó la pierna de Elvira que miraba el patio a través de la ventana. Elvira, tú eres de ballet, dijo Blanquita a su amiga que casi nunca se enteraba de nada. Elvira se levantó precipitada del círculo y se fue a los percheros. Una vez allí volvió a mirar a Blanquita porque nunca se acordaba de cuál era el suyo. Elvira le señaló uno con una pegatina de un perro. Blanquita desde el círculo negó con la cabeza. Después el de la pegatina de un gallo, y Blanquita volvió a negar. Elvira los miró todos, estaba convencida de que su perchero era uno de aquellos, de los del final, pero ¿cuál? ¿El pato rojo?, no, ¿el camello?, no, ¿el cisne?, no, ¿la tortuga?, no, ¿el burro?, y por fin la cabecita de Blanca asintió, ¡ay, menos mal!
Elvirita se sentó en el suelo, se quitó las zapatillas rojas de pana, y las guardó en una bolsita de cuadros con su nombre bordado en letras verdes: Elvira Rebollo. Se puso los zapatos. Se quitó la bata gris de rayas y se colocó el abriguito azul marino a juego del resto del uniforme. Pero antes de tomar la mochilita, con su ropa de ballet para su clase extraescolar, se volvió a acercar corriendo al círculo y ante Blanquita preguntó:
―¿Están bien así?
Las dos niñas tenían su vista clavada en los zapatos de Elvira.
―No ―dijo Blanquita sin dudarlo ni un segundo―, están al revés, porque esto es para fuera.
―¿Esto? ―preguntó Elvira señalando con su dedito cada una de las dos hebillas.
―Sí, tú tienes los dos para dentro pero esto es para este lado y esto es para así, para allí ―explicó Blanquita señalando gráficamente la dirección correcta que debían llevar las hebillas.
¡Jo, qué lista! Elvira no podía dejar de pensar en lo lista que era Blanquita, nunca había conocido a nadie tan listo como ella, era súper lista y además era su mejor amiga, jo, qué pasada…
Así que Elvira se cambió los zapatos colocando el derecho en el pie derecho y el izquierdo en el izquierdo.

Cuando las niñas llegaron a los vestuarios de la sala de ballet, al otro lado del patio del cole, se encontraron con un montón de mamás que las esperaban para ayudarlas a cambiarse de ropa. Pero la mamá de Elvira no estaba, nunca iba. Elvira lo sabía, su mamá se lo había explicado, no trabajaba pero no podía estar a su servicio veinticuatro horas al día porque ella no era esclava de nadie. Así que Elvira no buscó a su mamá al entrar allí, sino un trocito de banco libre donde poder cambiarse sola.
Primero se quitó la falda y, dentro de su bolsita, buscó las medias rosas y empezó a ponérselas por encima de los gordos leotardos del uniforme del cole. Las medias se le iban revirando según se las iba subiendo hacia la cintura. Estaban completamente retorcidas a lo largo de sus cortitas piernas, pero no parecía importarle, no se sentía incómoda, quizá porque las medias le quedaban inmensas y no llegaba a sentir el estrangulamiento en sus piernas, y es que Elvira era una niña realmente pequeña para su edad.
Después sacó el mallot negro y se lo puso. No se quitó nada, ni la horrorosa camiseta interior de ganchillo, ni el polito blanco, ni el jersey azul marino con el escudo del cole. Nada. Se colocó el mallot encima de todo aquello, y además… ¡al revés!
―A ver, bonita, que te ayudo ―le dijo una mamá al ver que parecía una morcilla envuelta en un mallot negro.
La mamá le quitó el jersey y después intentó hacer lo mismo con el polito.
―¡No, no, no!, ¡esto no, esto no! ―grito Elvira estirándose el polito hacia abajo intentando hacer fuerza para que no se lo quitara.
Y es que aquella mamá tan simpática no había caído en la cuenta que cuanto más le desvistiera más tendría, luego, Elvirita que vestirse y sola además. Así que no, sintiéndolo mucho el polito se quedaba allí.
Por último se calzó las zapatillas de ballet. Le encantaban esas zapatillas porque Blanquita, hacía tiempo, le había explicado que no importaba en qué pie se las pusiera, izquierdo o derecho, daba igual, valía en cualquiera de los dos. ¡Jo, qué guay de zapatillas!
Elvira entró por fin en la sala dando saltitos y empezó a mirarse en el espejo toda presumida a pesar de estar hecha un cromo.
―¿Con esos pelos va a bailar, señorita? ―preguntó con desdén la profesora de ballet mirándola por el espejo.
Elvira se tocó su cabeza. Tenía el pelo suelto con una media coleta. Ella se veía muy bien, hasta que vio entrar a sus compañeras de baile con moños perfectamente recogidos en redecillas. Jo, ella no tenía moño, ni redecilla, vaya… Se deshizo la media coleta e intentó hacerse un moño igual que el de sus compañeras, el resultado fue desastroso. Se acababa de colocar un mondongo de pelo hacia un lado, apretado con la goma, era algo así como la versión pitufa de Alaska.

La clase empezó y todas las mamás apretujadas en la puerta saludaban a sus hijas y les mandaban besos. Elvira, con una enorme sonrisa, devolvía el saludo a las mamás y también les mandaba besos porque nunca comprendió que aquellos besos no eran para ella.
La clase se terminó y las niñas corrieron a los brazos de sus madres. Elvira también corrió feliz a su trocito de banco y se sentó allí, de brazos cruzados, a esperar mientras veía el alboroto de prendas entre madres e hijas.
―¿No te pones la ropita? ―le preguntó la mamá simpática de antes.
―No, porque tengo que quedarme aquí, a la otra clase con las mayores, porque dice, dice, dice ―y a la tercera pudo arrancar― mi mamá que no es esclava, y que, y que… ―cogió aire― y que no tiene tiempo para venir antes y que está harta, harta, harta.
La mamá simpática la miró extrañada, no entendía qué decía y prefirió no hacer más preguntas porque Elvira le resultaba un tanto rara.

A los treinta minutos se marcharon las últimas niñas con sus mamás y empezaron a llegar las niñas de doce, trece y catorce años, las mayores. Todas conocían a Elvirita y todas la trataban como a una muñequita. Les parecía muy graciosa.
―Venga, Elvirilla, haznos un cambré y luego un supléss ―le jaleaban entre todas.
Elvira se ponía ante ellas y se quedaba todo tiesa porque no se sabía los nombres de las posiciones en ballet. Entonces, una de las mayores lo hacía primero y luego Elvira la imitaba. Todas se reían y la aplaudían como a un mono de feria.
Durante la clase de las mayores, Elvira era una auténtica peonza que iba de aquí a allá, tropezándose con todas. Cuando todas estaban arriba, ella abajo. Cuando todas saltaban ella todavía estaba con el impulso, porque nunca se decidía. Y en los grand battement, Elvirita no sólo lanzaba la pierna hacia arriba sino que también la zapatilla. Salía disparada como un torpedo, y ella inocentemente se reía como una tonta panza arriba en el suelo. Hasta que, finalmente, la profesora le castigaba a estar de pie, con los brazos pegados al cuerpo, en una de las esquinas. Siempre era lo mismo.
De nuevo en los vestuarios, alguna de las mayores le ayudaba a ponerse el jersey y la falda porque Elvira nunca quería quitarse el mallot. Así que salía como una auténtica cebolla, cubiertita de capas.
Se despidió de sus compañeras mayores con su abriguito y su mochilita a la espalda. A algunas de ellas les gustaba verla bajar por las escaleras, porque Elvira tenía tanto vértigo que bajaba arrimada a la pared no fuera a escurrirse por los agujeros de la barandilla. Y como era tan bajita, sus piernas no le alcanzaban a dar el paso del escalón completo, así que bajaba sentada de culo. Primero uno, luego otro y otro y así hasta terminar con los dos pisos de altura. Después, una vez abajo, miraba hacia arriba y se despedía, con las manos, de las niñas mayores asomadas a la barandilla, que acababan de ver, muertas de risa, su culona forma de bajar.

Al llegar a la portería principal esperó a su mamá sentadita en el tercer peldaño de la puerta de la entrada.
―¿Qué hace ahí, Doña Elvira?
Elvirita miró hacia atrás y vio a una gorda monja hablándole con seriedad.
―Espero a mi mamá ―respondió con una gran sonrisa desdentada.
―¿Usted cree que ésa es manera de llevar el uniforme?
Elvira no entendió la pregunta y siguió sonriendo.
―Dígame, Doña Elvira, si ésa es o no manera de llevar el uniforme ―repitió la monja con sequedad.
Elvira seguía sin entender nada pero dejó de sonreír porque sabía que la monja estaba enfadada con ella, no sabía muy bien por qué, pero por su cara estaba muy, muy, muy enfadada.
En ese momento entró por la puerta la mamá de Elvira. Elvira dio un paso hacia atrás porque supo que ahora sí que estaría metida en un gran problema. La monja explicó a la mamá de Elvira la importancia de llevar correctamente el uniforme. Decía que la pulcritud era un valor que intentaban inculcar a las niñas y que los padres debían apoyarlas. La mamá de Elvira se deshizo en elogios hacia las monjas y su santa institución, y pidió infinitamente disculpas por la apariencia de su hija, asegurándole que nunca se repetiría.
Una vez en la calle, la mamá agarró con fuerza el brazo de su hija y le pegó un sonoro sopapo en toda la cara.
―¡Te voy a matar! ¡Te voy a matar! ¡¿Cuántas veces te he dicho que te quites la ropa de ballet antes de salir y que la metas en la mochila?!, ¿eh?, ¡¡¿cuántas?!!, que pareces tonta, ¡tonta de remate, hija mía! Yo no sé… no sé ¿a quién coño habrás salido? No lo sé, de verdad te digo, ¡no lo sé porque pareces retrasada mental!
Elvirita empezó a llorar.
―¡Y no me llores que te encanta el drama! ¡Cualquiera que te vea va a pensar que te maltrato!, y aquí la única maltratada ¡soy yo!, que estoy esclavizada por todos vosotros ―y sin soltar el brazo de su hija y sin dejar de gritar empezó a andar de nuevo―, que si yo estoy así es por tu culpa, ¡con lo bien que estaba yo soltera!, ¡que me tienes ya muy harta, Elvirita!, ¡muy harta!, pero ya verás cuando se lo cuente a tu padre, ¡ya verás! ―aligeró el pasó y farfulló entre dientes―: mierda de hija… mierda de hija…
Elvirita seguía a su mamá con congoja, cargada de culpa. Todo era por su culpa, por su culpa, por su culpa, todo lo hacía tan mal…
Pobre Elvira, cómo lloraba, pobre Elvirita, qué poco entendía…

domingo, octubre 4

Conflicto femenino

NOTA: Este relato es independiente del resto pero se trata de una versión del cuento "Conflicto Internacional". Lo mucho que puede cambiar una situción si se toma un café con un amigO o si lo tomas con una amigA, (idea original de 'Lopillas'). Así que para su completa comprensión te recomiendo que leas el cuento anterior antes de empezar con éste.


En una mesa de un bar. Yo jugando con la pajita de mi coca-cola y Marieta escribiendo un mensaje en el móvil.
―Es lo que te digo, necesito querer, Marieta, necesito-querer, que-rer, er-êr-êêr-êêêr-êêêÊER, ¡dar!, ¿sabes? ―digo convencida de estar sacándome el corazón del pecho pero lo único que hago es estrujarme las tetas por encima de la camiseta.
―Ya… lo que te pasa se llama ansiedad porque tienes tantas ganas y te sientes tan en tu momento que te frustra ver que no llega esa oportunidad ―dice Marieta enviando el mensaje, porque una mujer puede hacer dos cosas a la vez sin problema.
―¡Exacto!
―¡Claro!, te entiendo, me pasa lo mismo ―se oye un bip, Marieta mira su móvil―, Blanquita dice que llega en diez minutos ―dice mostrándome la pantalla del teléfono.
―Tengo ese sentimiento de amar, de amar, no sé… de verdad, de jubilar mi vida por él, decir, ¡sí, mira!, ¡sí! por ti, ¿eh?, por ti dejo mi exilio, por ti… ¡por ti vuelvo! ―me callo y muy concentrada intento tapar el agujerillo de la pajita con la punta de mi lengua.
―Pero vamos a ver, ¿tú no lo ibas a dejar todo por Pedro?, ¿no te ibas a venir y a vivir con él?, ¿no estaba decidido?
―Sí… estaba, pero te recuerdo que me ha dejado.
―Bueno, bueno, bueno ―dice Marieta ladeando la cabeza en un intento de pensar mejor desde ese ángulo―, nos ha dejado, bien, vale, pero hay que reflexionar sobre el porqué nos ha dejado.
―¿Porque mi madre, a mis treinta años, no me dejaba dormir fuera de casa y ha sido prácticamente imposible llevar una vida sexual madura?
Marieta se ríe como una idiota y añade:
―Anda que si tu madre supiera lo mucho que te va el mambo… ¡que más que una hija tiene una muñeca hinchable!
―¿Quién tiene una muñeca hinchable? ―pregunta Blanquita mientras se sienta en la mesa, contagiada por nuestra risa tonta.
―La madre de ésta ―explica Marieta señalándome sin dejar de reírse, después se calma un poco y mirando a Blanquita dice―: Venga, vete a pedir, porfa, para mí otra caña, ¿caña, Elvi? ―asiento con la cabeza―, pues dos cañas.
Blanquita se levanta y se acerca a la barra. Marieta vuelve a mirar su móvil, no hay llamadas perdidas ni mensajes nuevos. Yo miro la poca coca-cola que me queda en el vaso y, tomando la pajita entre dos dedos, digo en casi un susurro:
―Marieta, me siento muy sola… muy, muy sola… creo estar volviéndome loca… loca perdida…
―Kleenex, kleenex, vale, kleenex ―coge su bolso y rebusca― ¡mierda yo nunca llevo! ―Blanquita llega con las bebidas―. Blanca, ¿kleenex?
Deja las bebidas en la mesa y saca de su bolso un paquete de pañuelos, se lo lanza. Marieta abre el paquete y me da uno. Blanquita me mira, no se había percatado hasta ese instante.
―¡Pero, mi enanoide! ¡Corazona, corazona, corazona!, ¿por qué me lloras? ―pregunta Blanquita estrujándome y dándome un besito en la cabeza antes de sentarse otra vez.
No digo nada, me sueno los mocos y me quedo en silencio. Blanquita pregunta a Marieta gesticulando el nombre de Pedro en sus labios, cree que no la veo pero la he visto, Marieta parpadea muy despacio dándole a entender que sí, se trata de un código Morse muy extendido entre mujeres.
―Mira, Elvi ―dice Marieta, por fin, rompiendo el silencio―, no puede ser fácil esto de vivir sola en el extranjero, venirte por vacaciones, meterte en casa de tus padres, que tu madre se crea que eres una niña de doce años asexuada, pero tú, con treinta, intentes proyectar una vida acorde a tu edad. Este conflicto te crea mucho estrés emocional y mucha ansiedad, ¡es así! ¡¡Buff!! ¡Me pasa hasta mí!, que vivo independiente pero no en el extranjero y que tengo una madre que sabe perfectamente la fecha de mi nacimiento. Así que… ―termina diciendo, dejando muy ceremoniosamente su móvil frente a mí― ¡llámalo!
―¿Qué…? ¿A Pedro…? ―pregunto torpemente sin entender su gran idea.
―¡Ni se te ocurra! ―se adelanta a decir Blanquita.
―Sí, llámalo, dile lo que sientes realmente, ¡llámalo!
―Ay, no sé… ―digo muy indecisa―, es posible que no quiera hablar conmigo.
―Muy posible ―confirma Blanquita encendiendo su primer cigarrillo.
―¡Qué más dará! ¡Tú eres la que quiere hablar con él! ―grita Marieta.
―¿Yooooo?, pero si eres TÚ la que quiere que yo hable con él.
―¡Venga, no seas pesada! ¡Llámalo que seguro que nos reímos todos!
―¡Te reirás tú! ―grito desesperada.
Blanquita se ríe soltando una lenta bocanada de humo.
Marieta me incita moviendo el móvil en mi dirección, haciéndome creer que tiene vida propia.
―Bueno… pues, ¿lo llamo o no lo llamo? ―pregunto con el móvil en la mano.
―¡Síííííí!
―¡Noooo!
―Gracias, chicas, he llegado con un pequeño problema existencial y ahora me voy con uno mucho mayor ―digo soltando el móvil sobre la mesa.
―Escucha, Elvi, tienes que entender algo ―empieza diciendo Marieta mirando a Blanquita, como si quisiera pedirle permiso para lo que me iba a decir.
Blanca baja lentamente los párpados pero sin llegar a cerrarlos y pone los ojos en blanco, lo que en lenguaje Morse de mujeres significa: haz lo que quieras pero yo no pienso decir ni mú. Así que Marieta continua:
―Elvi, Etienne está muerto.
―¿Etienne?, ¿mi Etienne?
―¡No!, ¡tu EX Etienne!
―Pero si Etienne vive en Nantes, hablé con él hace un par de meses.
―¡Pues mira, ahora, está muerto! Ya ves qué cosas, el hijo puta que te dejó de la manera más cobarde y rastrera, el tipo que te ayudó a empaquetar todas tus cosas para que te largaras lo antes posible de su casa para poder llevar libremente a Severine, el tío quien dejó a Severine dos meses después para salir con otra y luego con otra y luego con otra, está muerto. El desgraciado que te dejó porque no sabía por dónde le daba el aire pero te echó a ti toda la culpa de su desidia y se deshizo de ti, después de casi cinco años juntos, sin darte ninguna explicación como si fueras un trozo de mierda…
―Marieta… ―suplica Blanquita en voz baja al ver que cojo otro kleenex del paquete que está todavía sobre la mesa.
―Elvira, mira ―retoma Marieta la conversación intentando calmarse―, respeto que no lo odies, no lo entiendo pero, vale, lo respeto. Hay cabrones con suerte y éste la tiene, porque a pesar de todo lo que te hizo sabe, el muy hijo de puta, que le tienes cariño. Entonces… no lo odies pero, si quieres seguir con tu vida, piensa que está muerto. Y deja de creer que todos los hombres que vas a conocer te van a hacer lo mismo, porque sólo te lo hizo uno y ahora está muerto. Elvi, confía en Pedro y deja, por favor, de machacarle con fantasmas.
Necesito un momento de reflexión. Después, sin decir nada, saco el móvil de mi bolso. Lo dejo sobre la mesa y me sueno los mocos.
―Vale, pues lo llamo… ―digo ya con el móvil en la mano.
Marieta y Blanquita esperan expectantes.
Al oír su voz al otro lado del teléfono pego un brinco en la silla y me tapo la boca. Marieta pregunta en alto qué pasa. Blanquita se enciende el segundo cigarrillo sacudiendo la cabeza en claro gesto de desaprobación. Me tranquilizo e intento mantener una conversación lo más natural posible.
―Hola… hola… sí, soy yo… Ah, ah, sorprendido, ya, claro, sí… ¿Cómo? ¿Otro día?, ¿dices otro día?, bien… ¡no, no, no!, ¡claro que no me importa!, pues… eso, eso, con más tiempo, te llamo… claro, claro… vale, perfecto… pues la próxima semana te llamo… adiós, sí, adiós, adiós… ―cierro el móvil y con calma lo meto nuevamente en el bolso.
―Bueno, pero ¡¿qué te ha dicho Pedro?! ―pregunta Marieta a punto de estallar.
―Es que… no era Pedro… ―Marieta y Blanquita me miran ojopláticas―, claro, me he puesto tan nerviosa que al final, se ve que me he equivocado y… he llamado a Etienne ―ninguna de las dos dice nada―. Le he pillado de mudanza, dice que el mes pasado conoció a una chica y, justo ahora, se estaba mudando a su apartamento, y dice que lo llame mejor la próxima semana, no sé…
Veo como Marieta, a duras penas, intenta aguantarse pero finalmente explota muerta de la risa, le sigue Blanquita sosteniendo difícilmente su cigarrillo entre los dedos, les llamo amigas de mierda y me uno a ellas, a carcajada limpia.