viernes, diciembre 25

Un tío de cómic I

Nota: Debido a la extensión de este cuento "Un tío de cómic" queda divido en dos entradas diferentes: I, II. Pero se trata del mismo relato, así que se recomienda la lectura continuada.
Norman por Martín Juaristi

Me he enamorado de un genio que dibuja cómics, que nunca superó que Urzaiz llevara mechas y que sonríe con una paralizante timidez.
Él no lo sabe por eso, porque es un genio que vive en su peculiar mundo de héroes donde las mujeres no han estudiado hispánicas sino ciencias ocultas, y su trabajo no está en la enseñanza sino en mostrarse al mundo en mallas ceñidas sobre pechos asfixiados derrochando poderes. Y que cuando hacen el amor en posición misionero no se les desparraman los senos hacia los lados, sino que se mantienen erguidos y siguen el compás de la penetración con un sutil ritmo flanero.

La clase era enorme, me sentaba casi al final, detrás del mismo chico cada día. No sabía muy bien qué hacía escuchando aquella clase de lingüística todas las mañanas. Tenía veinte años y ya había conocido tres universidades diferentes. Es cierto que las ciencias nunca fueron lo mío pero las letras tampoco. Fue en mi tercer intento de ser licenciada, cuando conocí a ese chico tan raro. Me gustaba llegar a clase diez minutos tarde para darle tiempo a que se sentara, luego entraba yo y, fingiendo que buscaba un buen sitio, me colocaba justo detrás de él para poder ver sus dibujos con detalle.

—Y, ¿cómo dices que se llama? —me preguntó Eva metiéndose un enorme trozo de pizza a la boca, lo cierto es que la comida de la residencia dejaba bastante que desear.
—Ah, ni idea, pero seguro que lo has visto alguna vez por la cafetería de la uni. Siempre va solo. Es así como rubito, con ojos azules, azules, azules y para abajo.
Eva dejó caer la pizza en el plato y se empezó a reír como una loca.
—¿Va solo y tiene los ojillos hacia abajo? ¿No se llamará “Tristón busca un amiguito”?, ¿no?
Cuando se hubo calmado ideó un plan para conocerlo, valorar sus dibujos y trazar una estratagema para llevármelo a la cama.
Al día siguiente fuimos juntas a clase, lo vimos llegar, esperamos unos minutos y después entramos con decisión pero alguien nos había quitado el sitio.
—Psst, ¡eh, chavalita! —grité susurrando desde el final de la clase a la chica que acababa de tirar a la mierda todo nuestro plan—. Ey, tía… que ése es el sitio de ésta —y di un golpe a Eva en el pecho para señalarla— y mío, así que… levanta, ey, tía… levanta, ya...
—A ver, por favor, ¿qué pasa ahí detrás? Vosotras dos ¿qué andáis? Sentaos por aquí —dijo la profesora con cara de pocos cuentos.
Toda la clase nos miró incluyendo el chico misterioso y a Eva no se le ocurrió mejor idea que saludar a todos como si de una reina se tratara, quise desintegrarme. Finalmente la aborta-planes decidió cambiarse de fila y nos pudimos sentar tras nuestro objetivo, la profesora continuó con la clase.
Eva estudiaba historia del arte y estaba convencida de que su criterio en artes plásticas era excepcional. Le encantaba darse aires de profesionalidad. Observó con absoluta paciencia como el chico empezaba un trazo, luego otro y otro. Después de unos cuarenta minutos me miró sin decir nada, cogió mi bolígrafo y escribió en lo alto de mis apuntes: este tío es un puto genio, tíratelo.
Cuando se terminó la clase, Eva le golpeó el hombro. Él se dio la vuelta. Yo apreté el muslo de Eva con todas mis fuerzas, no sabía lo que iba a pasar pero quería morirme.
—Perdona, ¿eres Iker, no? Iker de Llodio, ¿no? Amigo de Sergio, Karramarro y todos estos, ¿no?
—Mmm… no… no, no, creo que te equivocas.
—Ay, no, no, ¡es verdad!, perdona, no, no, tú eras… éste…
—Mario.
—¡Eso! Mario de Llodio.
—Mmm… no… eh… soy de Bilbao.
—Ah, sí, sí, de Bilbao y ¿vas y vienes todos los días o estás en alguna residencia?
—Anda, Eva, que llegamos tarde a Medieval, venga, vamos —me levanté y la agarré del brazo invitándola a irnos.
—No, voy y vengo todos los días.
—¡Ay!, ya voy, mujer —me dijo Eva poniéndose de pie.
Y volviéndose a Mario nos presentó con una enorme sonrisa en la boca:
—Bueno, pues ésta se llama Elvira y yo Eva. Pues nada, que nos vamos a Medieval y ¿tú?
—Eh… no, a fonética inglesa, yo… es que yo soy de inglesa.
—Pues nada, Mario–de-Bilbao-que-va–y-viene-todos–los-días-y–estudia-inglesa, hasta mañana entonces, ¿no?
Nos miró con cierto escepticismo, hizo un amago de despedida agachando la cabeza, recogió sus cosas y se fue arrastrando los pies.
—¿Karramarro…? —dije a Eva ojoplática. Ella me miró y nos empezamos a reír a carcajadas.

Al día siguiente, cuando entré en clase no lo vi. Estaba claro que, con el mal rato que había pasado el pobre chaval con aquel vergonzoso interrogatorio, habría decidido cambiar de sitio o simplemente dejar de venir. Lo estuve buscando con la vista durante toda la hora y allí delante no estaba. Se terminó la clase y una mano me tocó la espalda. Me di la vuelta y vi a Mario sentado detrás.
—Hola —me dijo con una tímida sonrisa preciosa—, hoy hemos cambiado los roles.
Me hizo reír. Me pidió los apuntes de lingüística y me prometió devolvérmelos pronto. Durante toda la semana siguiente no me dirigió la palabra, simplemente levantaba la cabeza si nuestras miradas se encontraban para su desgracia, parecía un auténtico sufrimiento dar muestras de contacto. Por el contrario yo ponía tanto entusiasmo en saludarlo que parecía tonta de remate, sólo me faltaba sacarme una teta y dejar que uno mis pezones se le metiera en un ojo. Un día, en el que ya tenía asimilado que mi chico raro me había robado los apuntes y quería fingir que no me conocía hasta el fin de sus días, me sorprendió acercándose a mí.
—Toma, esto es para ti.
Me dio mi taco de apuntes. Los cogí sin demasiada ilusión porque aquellos apuntes se habían convertido para mí en nuestro cordón umbilical. Ahora que lo habíamos cortado ya nada nos unía, no había ninguna excusa para poder entablar una conversación y, con lo difícil que parecía aquel chico, supe que a lo máximo que podría aspirar sería a sentarme tras él en una clase de lingüística, pero me equivoqué.

Dejé todos los libros de golpe sobre la cama al entrar en la habitación de la residencia. El taco de apuntes de lingüística se ladeó y se esparramó un montón de hojas por el edredón, me acerqué para verlo mejor porque una de ellas parecía un dibujo, sí, era un dibujo. La saqué del montón y la miré embobada. Mario me había hecho uno de sus dibujos. Era un tío pequeño de brazos y puños desproporcionados que miraba al lector amenazante diciendo ey, tú, ¿dónde están mis apuntes?
Eva se coló en mi habitación sin llamar y sin hacerme mucho caso, sólo quería mi secador. La miré sujetando el dibujo con los dos deditos pinza de cada mano.
—Mira.
Eva, por fin, se fijo en mí.
—Ostias, qué guapo, chaval… —levantó la vista rápida del dibujo y me miró atónita—. ¿No me digas que te lo ha hecho Mario–de-Bilbao-que-va–y-viene-todos–los-días-y–estudia-inglesa?
Asentí con la cabeza, las dos nos pusimos a chillar como energúmenas.
Cuatro días más tarde Mario y yo empezamos a salir.
Me encantaba besar a Mario, aunque en realidad no tuviera labios, eran dos finas líneas, una sobre la otra. Pero me gustaba por su ternura infinita, eran besos de una sensibilidad muda. Me gustaba mirarlo de cerca y averiguar qué estaría pensando en ese momento, era imposible. A veces creía que me cerraba con intención las puertas de su cabeza, sabía que nadie comprendería su singular mundo interno. Así que lo aceptaba y me conformaba con observar sus ojos tan azules como tristes, qué ojos tan tristes tenía Mario.
No duramos mucho tiempo, sólo algunos meses.


—A ver, pero ¿qué pasó?, es que no me lo puedo creer, nena, no me lo puedo creer.
Me encontré a Roberto en el chat. Le conté que ya no vivía en Francia, que me había mudado de nuevo a Bilbao, a casa de mis padres, porque Etienne me había dejado hacía poco más de mes y medio. Así que no dudó en llamarme al móvil, lo tenía al otro lado berreándome.
—¿Te lo dije o no te lo dije? Los franceses follan como los ángeles, cierto, pero nena, por eso mismo infieles hasta la muerte. Yo ya te conté lo mío con Adrien, ¿no? ¡Qué cabrón, qué cabrón! Hala, pues ya sabes, ¿no? Hazte las maletas y vente.
—Que no, Rober, que buff… ahora rollos de viaje no puedo, buff… si es que necesito buscar trabajo, y centrarme un poco, estoy muy perdida, mu perdida, mu perdida.
—¿Perdida? ¡Tú vente que yo te encuentro!, y en cuanto al trabajo tú lo que necesitas es China again. Pekín está hecho para ti, cariño. Ya te buscaré yo un currillo por ahí…. I’m a man with a mission!!!! Y al gabacho ni nombrarlo que ya te voy a presentar a dos amigos que tengo monísimos, con lo que tú vales, nena…
Hay gente con carisma y luego está mi amigo Roberto. Qué decir que no hizo falta más que esta breve charleta para comprar al día siguiente los billetes de avión por internet. Estaba decidido, iba a pasar la primera quincena de diciembre en Pekín.

Un tío de cómic II


Norman por Martín Juaristi

Fui a recoger a Eva a Termibus. Después de terminar la carrera se fue a Londres a buscarse la vida, allí se enamoró locamente de un indio, quien olvidó contarle que estaba casado y con tres niños. Eva se enteró después de dos años de relación. Dejó Londres para refugiarse en Madrid, encontró enseguida trabajo en una galería de arte moderno.
Se me saltaron las lágrimas al verla bajar del autobús. Eva me abrazó con muchísima fuerza.
—No llores, loca, no merece la pena, y menos por un francés.
Llegamos a casa de sus padres para dejar la maleta.
—¡Uy, pero hija mía! —Asun, la madre de Eva me abrazó y me ametralló a besos—. El tiempo que hace, pues igual tres años ¿no?, claro, te nos vas a las Chinas y luego te nos casas con ese francés tan guapo, hija mía, naciste con estrella. Porque mira que es guapo, ¿eh? si es que los franceses son especiales y qué románticos, ¿eh? —Asun miró a su hija—, yo a ésta ya le digo, mejor con uno de fuera porque aquí todos tienen la boina metida a rosca.
—¡Hala, ama!, ¡ya, venga, largo!
—Uy, qué carácter, hija… pues os dejo solitas, ¿vale? Elvira, cariño, me alegro de verte, anda, dame un beso y muchos recuerdos a tu chico guapo.
Salimos a tomar algo.
—Hola Chema —dijo Eva al chico de la barra, mientras acercaba dos taburetes.
—¡Hombre! Mis dos preciosidades emigrantes —Chema nos besó y nos sirvió dos cañas.
—Joder, así que en diciembre te piras a China, otra vez. Que de puta madre, tía —Eva encendió un cigarrillo y continuó—, por lo del curro no te preocupes, algo te saldrá, además teniendo allí a la locaza de Roberto está hecho.
Eva se dio cuenta y, tras una calada, ladeó la cabeza para mirarme más de cerca.
—Pero, ¿de qué coño te ríes, perra? —me dijo.
—No me estoy riendo —contesté intentado disimular la risita.
—Sí te estás riendo que te veo yo desde aquí —dijo Chema desde la otra punta de la barra señalándose el ojo con el índice.
Exploté en una carcajada.
—Vale, no pasa nada, pero bueno, sólo que… bueno, viene Mario a Pekín.
—¿Qué Mario? —preguntó Eva frunciendo el ceño.
—Mario —contesté.
—¿Mario? ¿Mario…? Mario… ¡Ostías! ¿MARIO? ¿Mario–de-Bilbao-que-va–y-viene-todos–los-días-y–estudia-inglesa?
—El mismo.
Las dos empezamos a chillar y a reírnos como tontas.
—Vosotras tenéis treinta añitos, pero entre las dos, ¿no? —nos dijo Chema guiñando el ojo, y nos sirvió otras dos cañas.

Aunque nadie daba un duro por ello, terminé mi licenciatura y fui profesora durante tres años en una universidad del norte de China. Una etapa preciosa de mi vida. Durante el último año, envié a mis amigos de profesión en Bilbao una oferta de trabajo muy interesante: profesor de español en una escuela secundaria en el sur de China. El valiente que la aceptó sin poner ninguna condición fue Mario. Desde entonces vivía en China, hacía ya dos años y medio.


Hola Mario, cómo andamos? yo con mucho cambio pero ya te contaré. Oye, mira, la primera quincena de diciembre voy a Pekín a casa de un amigo, te subes y nos corremos una juerga a la pekinesa?
Besito, genio!
Elvira.


Locuela, lo de Pekín me hace. Ahora mismo ando muy justo de pasta pero creo que para esas fechas empezaré a levantar cabeza y, como te dije, tengo unas ganas enormes de verte y de salir de parranda contigo.
Muchísimos besos, guapísima, estamos en contacto.
Mario.


Roberto me llamó al móvil.
—Necesito que me hagas un súper favor antes de venirte.
—Dime.
—Se me ha roto la cafetera Nespresso, desastre total, así que mira a ver si me puedes comprar una nueva.
—¡Rober, qué pijo! —dije riéndome—. Vale… está hecho. Oye, una cosilla, creo que un amigo se viene también a Pekín, ¿habría algún problema si se queda en tu casa?
—Ninguno, perfecto, que se quede el tiempo que quiera. ¿Puedo preguntar qué tipo de amigo es?, ¿amiguito, amigote, ex novio, gay, novio de una amiga o el polvo platónico con el que siempre has soñado?
—¿Eh? ¿Qué andas? No sé, es un amigo normal, normalísimo.
—Ay, nena, no te enteras de nada, de ésos no existen. Tú y yo nos llevamos tan bien porque a mí, como a ti, me van los rabos, si no de qué…
Colgué el móvil muerta de risa prometiéndole que le llevaría la cafetera.

Eva, después de estar unos días en Bilbao, volvió a Madrid.
Las semanas iban pasando rápidamente. Quedaban menos de siete días para marcharme a Pekín cuando recibí su email. No me lo podía creer. Llamé inmediatamente a Eva.
—Galería de Arte Haddon, buenos días.
—Muy buenos, quería hablar con Eva Uriarte, por favor.
—¿De parte de quién?
—De Andy Warhol.
—Oh… un momentito, por favor, no cuelgue.
—Dime, Andy.
—Al final no se viene.
—Vale, ¿quién y a dónde?
—Mario a Pekín.
—¡No jodas! ¿Se ha hecho cacas la semana anterior a irse? ¿De qué va ese tío?
—Se ha quedado sin un duro.
—Ah, bueno, qué susto me habías dado, vale, no importa, págale el billete.
—¿Queeeeeeeeeeé?, ¡estás loca!
A las dos nos dio un ataque de risa.
—Bueno, tranquilicémonos, ¿eh? lo único que necesitamos es un plan.
—Eva, olvídalo, te llamo simplemente para darte esta información y para que me digas qué quieres que te traiga de Pekín.
—Oh, vamos Elvirita, no te rindas, este tío dentro de un par de años estará montado en el dólar vendiendo sus dibujos. ¡Es un genio!
—Por eso mismo, a los genios hay que dejarlos tranquilitos y libres.
—Vale… pues un collar de jade, el último que me trajiste se me rompió.

Estaba tumbada en la cama de la habitación de invitados con Roberto a mi lado. Su casa era grande, estaba en la zona de las embajadas. Había tomado la postura fetal porque de la risa no podía estirarme, me contaba sus aventuras con un japonés. Al día siguiente salía mi avión de vuelta a Bilbao. Se me habían pasado los diez días rapidísimos. No hicimos gran cosa, sólo reírnos, comer y salir de compras pero creo que lo necesitaba, porque fue genial, una terapia perfecta para dejar a un lado a Etienne. Durante la primera semana quedé con mi amiga Feng Min, acababa de tener un hijo, se había casado hacía un año y por eso se trasladó a Pekín. Ahora era profesora en una Universidad de la capital. Me propuso volver a trabajar juntas en la facultad, como antes, me decía. Le aseguré que le daría una respuesta en primavera. El fin de semana, Rober se salió con la suya y me presentó a un par de amigos con los que nos fuimos de copas por la zona más pija de Pekín. Uno de ellos no estaba nada mal, pero era un poco chapas y no hay cosa que me excite menos que un hombre parlanchín.
En la cama, Roberto y yo apurábamos la última noche juntos.
—Ya te digo, nena, era lo mismo que acostarse con Hello Kitty, qué cosa más pequeña, pero monísimo ¿eh?—me contaba Roberto mientras yo le hacía gestos con la mano pidiendo tiempo muerto, me dolía la tripa de tanto reírme.
Al día siguiente me acompañó al aeropuerto.
—Dime que vas a aceptar el trabajo y que te vuelves en septiembre para quedarte —me dijo mientras me abrazaba.
—Ya veremos…

En abril llamé a Feng Min y le dije que aceptaba el trabajo, que empezara a mandarme el contrato para ir echándole un ojo. En junio Roberto me llamó para decirme que ya me había encontrado un pisito de alquiler, no era gran cosa pero poco más podía permitirme. Y el veintidós de agosto, a las cuatro de la mañana, estaba cansadísima sujetando un vaso de kalimotxo celebrando el último sábado de fiestas de Bilbao.
—Chicas, creo que yo me voy a retirar, ¿eh? —dije a la cuadrilla tirando el vaso al suelo.
—No, Elvi, quédate, es tu último finde antes de volver a China.
Marieta, con el katxi de kalimotxo, rellenó otro vaso de plástico y me lo ofreció.
—Buff, si es que no puedo más, Marieta, de verdad.
—Calla, calla, anda y cuéntame cosillas.
Me reí al verla tan despierta y con tantas ganas de fiesta pero yo estaba reventada, así que me acerqué a ella para darle un beso y marcharme a casa.
—Venga, dame un beso —le dije mostrándole la mejilla—, te llamo esta semana y quedamos, ¿vale?
Me despedí del resto con la mano cuando ya estaba unos metros fuera del grupo, si no hubiera sido imposible.
Cruzando los Jardines de Albia alguien me llamó. Me di la vuelta, vi a un grupo de chicos pero no reconocí a nadie. Continué mi camino y otra vez escuché mi nombre, Elvira querida. Me volví a dar la vuelta, esta vez un tanto mosqueada y me encontré a un genio de ojos azules y tristes con los brazos abiertos completamente borracho llamándome:
—Mi Elvirita querida.
—Mario… —me acerqué y lo abracé metiendo mis brazos bajo los suyos abiertos.
—Ey, te escribí un email para decirte que ya estaba en Bilbao.
—Lo sé, lo sé, pero he estado muy liada este verano, ya sabes que la próxima semana me voy a Pekín a currar, ¿no?
—Sip, sip... sip. Genial, porque quiero conocer Pekín este año, así que te llamaré para abusar de tu hospitalidad.
—Pues a ver si es verdad y no me das el plantón del año pasado.
—¡Sssht! prometido —dijo y trazó una supuesta línea de juramento en el aire —. ¿Qué más me cuentas, guapísima?
—Pues nada más, como no quieras que te cuente el cuento de Un tío de cómic.
—Buah, vale, ¿tiene buen final? —me preguntó mientras se rascaba la frente con los cuatro dedos a la vez.
—No tiene final.
Mario se acercó mucho a mí y se agachó lentamente hasta dejar sus ojos a la altura de los míos y me dijo en voz muy bajita:
—Pues ése es un cuento de miellllda… ¿no...?
Eché la cabeza atrás riéndome muchísimo. Después me volví a acercar a él, le sujeté la carita entre mis manos y lo besé en los labios lentamente. Él no dijo nada.
—Es que a los genios hay que dejarlos tranquilitos y libres, por eso ese cuento nunca tendrá un final.
Mario me acarició la mejilla y sonriéndome me dijo:
—Nos vemos en Pekín.
—Nos vemos en Pekín —dije.
Le robé un último beso y me marché.

lunes, diciembre 7

The pink taxi

—Mírame, mírame, ahora soy un metro cincuenta y ahora un metro sesenta, ¿ves?, metro cincuenta, metro sesenta —decía Elvira caminando de un lado a otro con el tacón de su botín derecho en la mano. Se lo acababa de romper al tropezarse con una alcantarilla.
—¡¿Te quieres parar quieta, que mi vida es un asco y no te soporto, pesada?! —gritó Marieta sentada en el bordillo de la acera.
—Es que ocho centímetros de tacón te hacen ver el mundo desde otra perspectiva, ¿eh? Mira, metro cincuenta, metro sesenta, metro… —seguía repitiendo Elvira cojeando a cada paso.
Marieta resopló cansada, llevaba un rato intentado llamar a Blanquita por teléfono, pero no daba señal. Eran las seis de la mañana y querían volver a casa pero a esas horas, y siendo fin de semana, la cosa estaba difícil.
—¡Joder, menos mal!, ¿dónde coño estás? —dijo finalmente Marieta por el móvil—, ¿a casa?, ¿vas en taxi?, ah… vale, genial… sí, vale… estoy con la enana que lleva un morón importante, se acaba de meter tal ostia que se le ha roto el tacón —se rió recordándolo—, cada vez que nos viene de visita se nos desata —y se volvió a reír—, y ahora la tengo aquí dando bastante el coñazo… ¡ya te digo, ya te digo! —risas de nuevo—, vale… sí, pues aquí en la Rivera… eso, sí, a la altura del Edan… ¿qué?, no, no, el que está al lado del Lola’s… sí, en la acera, aquí… vale, vale, agur —Marieta separó su móvil y lo extendió hacia Elvira—. ¡Pedorra, di adiós a Blanquita!
—¡Aguuuuuuuuuuur! —gritó Elvira corriendo hacia el móvil muy torpemente. Con esos andares recordaba al pequeño jorobado Igor de El jovencito Frankenstein.

Quince minutos después un taxi paró en la Rivera, frente al bar Edan, al lado del Lola’s. En el asiento de atrás Blanquita hacía un gesto con la mano para que las dos chicas de la acera se montaran. Elvira entró de cabeza, literal. Marieta atacada de los nervios pasó por encima (literal) de ella y se colocó en el medio. Elvira, sin soltar su tacón de la mano que lo agarraba como si fuera un ramillete de novia, se intentó sentar en el hueco que le habían dejado junto a la ventanilla.
—Pero ¡cómo vamos, corazona! —dijo Blanquita mirando a Elvira en un tono muy cariñoso.
—Me he caído, maja… —contestó Elvira enseñándole su tacón en la mano. Parecía una niña mostrando su diente de leche recién caído, que tras haber pasado el mal rato, lo cuenta como una hazaña heroica.
—¡Ya veo, ya! —dijo riéndose.
—Mi vida es un asco… —dijo Marieta.
—Además eran nuevos, me costaron una pasta, tías… —dijo Elvira.
—Pero ¿a quién coño le importan tus zapatos? ¡Que mi vida es un asco!
—Que no, Marieta, que no —dijo Blanquita de manera conciliadora.
—¡Qué asco, de verdad, pero qué asco de vida! Se supone que deberíamos estar casadas con hijos, ¿no?, ¡qué sábados de mierda!
—Que no… —repitió Blanquita.
—Ya, mi vida también es un asco —dijo Elvira con el tacón en la oreja—. Mirad… oigo el mar...
Blanquita no pudo evitar reírse con semejante ocurrencia.
—Joder… es que… os podéis creer que cuando he entrado en el Lola’s me encuentro con Iratxe, la secretaria de recursos humanos, que me dice súper seria…
—Pues yo le he comido la boca a Jaime —dijo Elvira de golpe interrumpiendo a Marieta.
—¡¡¿QUÉ?!! —gritó Blanca completamente alucinada.
—¡Pero no la escuches que estábamos hablando de mí!, ¡de mí, Blanquita, de mí! —gimoteó Marieta.
—Elvi, por favor, por favor… pero si es tu mejor amigo, pero ¿qué has hecho? —siguió preguntando Blanca.
—Ha sido culpa suya… —intentó justificarse.
—¡Hablemos de mí! ¿Puedo seguir con mi historia, por favor…? —rogaba Marieta desde el centro, se había vuelto invisible.
—Es que se me estaba acercando mucho al hablar, yo pensaba que me estaba mandando señales, ¿no?, entonces… pues eso… me lo comí… —dijo Elvira.
—¿Mandando señales? ¿Jaime? ¿A ti? ¡Joder, la madre que la parió! ¡Esta tía no tiene abuela! —exclamó Marieta.
—Ay, corazona, entre la música del bar y que estás medio sorda del derecho, normal que se te acercara para hablar, pero nada más, Elvi, que Jaime y tú como que no, nena, que no… —explicó con paciencia Blanquita.
—Ya… de eso me he dado cuenta luego, con su reacción.
—Vale, todas sabemos su reacción, ¿no?, ahora Jaime te odia más que nunca, punto pelota, ¡se acabó tu historia!, vayamos con la mía: Iratxe me ha dicho que, bueno… que es muy fuerte…
—Qué fuerte… —dijo ausente Elvira cortando nuevamente el discurso de Marieta—, me odia, Jaime me odia, y me odiará siempre.
—Sí, te odia y nosotras también, bueno, pues entonces Iratxe me viene y me suelta que…
—¡Jo, Blanquita, pero si sólo han sido unas babillas de nada!, ¡un besuqueo tonto! —decía Elvira buscando apoyo en su amiga la comprensiva.
—Ya, Elvi, pero es tu mejor amigo, es que… buff… la has lia’o bien gorda, corazona…
—¡Pues ya no os digo lo que me ha dicho Iratxe! ¡Os quedáis con las ganas! ¡A tomar por saco!
Marieta seguía siendo invisible.
Elvira pereció hacerse pequeñita, más de lo que ya era, en el asiento. Después, en silenció, fue levantando su mano hasta colocar el tacón roto en medio de su frente, y empezó a tatarear imitando el tono melancólico de Silvio Rodríguez:
—Mi unicornio azul ayer se me perdió, no sé si se fue, no sé si se extravió, y yo no tengo más que un unicornio azul… si alguien sabe de él… yo pagareeeeeeé, se fueeeeeeeee…
—¡Joder, pero qué tía! —gritó desesperada Marieta—, ¿tú la ves?, ¿eh?, ¿tú la ves?, ¡es que no la aguanto! —pero Blanca no podía dejar de reírse, botaba en el asiento como una loca, parecía el perro risitas, estaba muerta, muerta de la risa.
—… mi unicornio y yo hicimos amistad, un poco con amor, un poco con verdad… pero no tengo más que un unicornio azul… yo sólo quiero aquel, mi unicornio azuuuuuuuuuul… se fueeeeeeee…
—¡Sí, se fue! ¡Se fue trotando a la Playa Girón! ¡Basta! ¡Me cago en la enana-cantautora de mis pelotas!
Tras el grito de Marieta se hizo el silencio que enseguida se rompió por sus propias carcajadas. Las tres estaban tronchadas de la risa en el asiento de atrás de aquel taxi tarareando, esta vez, Playa Girón.

La primera en bajarse fue Blanquita que, con el gesto de su mano en la oreja, les dio a entender que mañana hablarían, y antes de meterse en su portal les lanzó un beso. Nuevamente con el taxi en marcha, Marieta contó, finalmente, a Elvira lo que le había dicho Iratxe. Después se bajó del taxi, pero antes de hacerlo, achuchó a su amiga Elvira y al oído le dijo lo mucho que la echaba de menos cuando no estaba pero que era un secreto entre las dos.
Ya por fin, frente a la casa de Elvira, el taxi paró. La chica, después de pagarle al taxista le dijo:
—Perdona, te importa esperar hasta que entre en el portal, es que me da un poco de miedo.
—Tranquila, mujer, claro —contestó el hombre.
Al bajarse del taxi oyó un bip-bip y sintió su móvil vibrar. Marieta, pensó, mensaje de Marieta, volvió a pensar con media sonrisa. Delante de la puerta buscó con una mano, porque en la otra seguía llevando el tacón, las llaves en su enorme bolso. Se topó con el móvil así que lo sacó y siguió buscando. Las encontró. Fue a meterlas en la cerradura cuando, al mismo tiempo, abrió el móvil y vio que el mensaje no era de Marieta. El taxista pitó. Elvira lo miró y sin hacer ningún gesto volvió al mensaje:
"Lokita, akbo d yegar a ksa xo creo q dbriams trminar lo q mpzast sta noch xq dps d 30 añs ya va sendo ora, no cres? vent…"
Elvira, mientras oía el taxi marcharse harto de esperar, volvió a leer atónita el mensaje de Jaime, en voz alta:
—Loquita, acabo de llegar a casa pero creo que deberíamos terminar lo que empezaste esta noche porque, después de treinta años, ya va siendo hora, ¿no crees?, vente…
Atorada metió de nuevo las llaves y el móvil en el bolso y, alzando el brazo con el tacón en lo alto como si de un merecidísimo trofeo se tratara, gritó con todas sus fuerzas:
—¡¡¡¡¡¡¡TAXIIIIIIIIIII!!!!!!!

martes, diciembre 1

Secretos

Crows por Nicoletta Ceccoli
No sé lo que me despertó, quizá un ruido. La habitación estaba congelada. Tenía la luz de la mesilla encendida. ¿Me había quedado dormida con la luz? No lo recordaba. Quise sacar el brazo del edredón para poder apagarla pero desistí en el primer intento. Necesitaba que mis dedos, poco a poco, se acostumbraran a la temperatura de fuera de la cama. Así que con la mano a medio camino, volví a cerrar los ojos y pensé en el granate, el granate intenso. Un caballo granate. La luna granate. Una piscina granate. La botella de leche granate. La barandilla de mi porche granate. La cajera del supermercado granate. Me reí. Abrí de nuevo los ojos. Decidí sacar el brazo y apagar la luz. No llegaba. Lo volví a intentar pero no llegaba. Me incorporé en la cama. Al hacerlo vi que la puerta de la habitación estaba abierta. Nunca dejaba la puerta de la habitación abierta. Nunca. Me recorrió un escalofrío por el cuerpo. Estaba asustada. Me levanté de la cama y lentamente me acerqué a la puerta. Me apoyé en el marco. El resto de la casa estaba a oscuras. La luz del porche se colaba por entre las cortinas del ventanal del salón y por el cristal de la puerta de la entrada. Aquella luz me permitía ver lo suficiente para darme cuenta de que todo estaba como lo había dejado, y de que allí no había nadie. Avancé hasta la cocina. Vi la taza de café encima de la mesa junto al plato sucio de la cena. Me había dado pereza recogerlo antes de meterme a la cama. Miré a través de la ventana. Vi el árbol del jardín. Dos de sus ramas parecían quejarse por el peso de la nieve. Estaban retorcidas y cansadas. Crucé los brazos, tenía mucho frío. Estaba descalza. Dando saltitos llegué hasta el cuarto de baño. Encendí la luz y me miré al espejo. Qué cara. Madre mía, qué ojeras. Estaba hasta hinchada. Levanté la tapa del váter y fue entonces cuando la vi. Su manita salía de entre la cortina de la ducha. Solté la tapa de golpe y de un salto retrocedí hasta la pared. Me temblaba todo el cuerpo. No era capaz de moverme. Sentía el cuerpo congelado por el pánico. Me fui deslizando por los fríos azulejos de la pared hasta quedar sentada en el suelo. La niñita salió de la bañera y me extendió su brazo. Me llevé la mano a la garganta, me faltaba el aire. No podía respirar, no podía respirar. La niña se acercó hasta mí. No tendría más de seis años. Era rubia. Tenía los ojos grises, vacios. Sonreía. ¿Se lo vas a decir a mi padre?, me preguntó sin mover los labios, ¿se lo vas a decir a mi padre?, volvió a decirme rozándome con su manita la pierna. De la impresión me dio un espasmo que agitó involuntariamente todo mi cuerpo y solté un grito ensordecedor.

Me desperté. Me revolví en la cama. Me quemaba la piel a pesar del frío que hacía en la habitación. La luz estaba apagada y la puerta cerrada. Entraba claridad de fuera. Miré el despertador. Las nueve y media de la mañana. Era domingo. Me gustaba quedarme hasta tarde en la cama los domingos. Pero no podía seguir allí, sentía todavía el miedo. Tenía la garganta seca. Necesitaba beber agua. Me levanté. Fui a la cocina descalza. El suelo era hielo. Dejé correr el agua del grifo y después llené un vaso y lo bebí. Desde la ventana vi como Fred, mi vecino, se subía en su camioneta. Lo saludé pero no me vio. A mí me gusta éste, oí detrás de mí. Me di la vuelta lentamente y la vi sentadita en la mesa de la cocina con un libro de Winnie the Pooh para colorear. Sí… me gusta éste, y ¿a ti?, me dijo sin levantar la vista del libro. Se me escurrió el vaso de la mano. Oí el crash al romperse contra el suelo pero no sentí dolor al clavarme los cristales. La niñita levantó la cabeza. Qué gélida mirada. ¿Se lo vas a decir a mi padre?, ¿se lo vas a decir?, me dijo sin separar un ápice sus labios. Negué aterrada con la cabeza. Volví a negar mientras me tapaba la boca con dos temblorosas manos.

—Disculpe… disculpe… su cinturón…
Oía una voz, a lo lejos, parecía que venía de fuera. Abrí los ojos y me recliné hacia adelante sobre el asiento.
—Disculpe, por favor, abróchese el cinturón, en veinticinco minutos aterrizaremos en el aeropuerto de Charlotte —me dijo la azafata señalándome mi abdomen.
Aturdida la obedecí y antes de que se marchara le pedí un vaso de agua. Tenía la garganta completamente seca. Me ajusté la coleta dos veces. Miré el reloj, hacía más de seis horas que había salido del aeropuerto de Los Ángeles. Qué grande era este país. Me entró un escalofrío. Estaba destemplada. Creo que había dormido durante todo el viaje. Cerré de nuevo los ojos pero un golpe en el brazo me hizo abrirlos de nuevo.
—¡Oh, perdona, perdona, por favor! ¡Qué torpe!
El señor que tenía a mi derecha intentaba disculparse por su codazo. Era demasiado grande y le faltaba espacio a la hora de maniobrar para guardar los libros y las revistas que tenía desparramados sobre la mesita plegable.
—Tranquilo, está bien —dije medio adormilada.
—Éste es para mi hija, le encanta —dijo el señor mostrándome orgulloso un pequeño libro en alto. Me quedé helada—. Le encanta colorear a este oso, el Winny Puú o cómo se llame, no hay nada como el buen marketing de Disney para engañar a niñitas de seis años, ¿eh? Viene con su madre a buscarme al aeropuerto, yo no quería porque me da miedo con las carreteras tan nevadas pero al no poder pasar Acción de Gracias juntos, Amber, mi esposa, ha insistido. Y tú, ¿cómo has pasado las vacaciones?

No le contesté. Me apreté el cinturón y miré al frente, me temblaban los labios. Tome, su agua, dijo la azafata ofreciéndome el vaso.