viernes, diciembre 17

Navidad, feliz navidad...


Rafa abría un tempranillo y yo, recostada en el sofá de su casa, remarcaba con el dedo los Aaaaargh! de la Cuore.
―Jennifer López, celulitis: Aaaaargh!
―Esto ya está. ―Y con una bonita sonrisa trajo las dos copas de vino.
Habíamos ido a cenar al japonés de debajo de casa, la idea fue de él. Mi día había sido negro, el suyo gris, así que nos merecíamos colorearlo.
Flexioné las rodillas, tirando la revista al suelo, y le dejé espacio para sentarse. Me dio una de las copas. La cogí con las dos manos como si fuera una taza de café caliente y, encogida como estaba, la miraba concentrada.
―Te aseguro que es vino ―dijo.
Me reí.
―¿Me vas a echar de menos? ―pregunté después del primer sorbo.
―Más de lo que te imaginas.
¿Por qué aquel hombre era tan maravilloso? El 99% de los tíos, a los que les había preguntado eso alguna vez, me habían contestado con una impertinencia y luego añadían esa coletilla que tanto odiaba: Tía, que no, venga, no te enfades, que era una broma, pues ¿por qué no te metes las bromas por el culo? Menos mal que en ese momento estaba hablando con el 1% restante.
―¿Y tú? ―añadió.
―Buff, va a ser todo un alivio, ¿perderte de vista durante tres semanas?: ¡aleluya! Rafa, eres muy coñazo, sobre todo cuando me hablas de Natalia.
Bueno, ¿qué? sí, lo reconozco yo pertenezco a ese 99% incapaz de hablar de los sentimientos, pero era una broma, que no se lo tome a mal porque era una broma y si se lo toma a mal es que no tiene sentido del humor, y ahora podría hablar del porcentaje de tíos que no tienen sentido del humor.
―Oye, loco, no te enfades, ¿eh?, que era una broma.
Sí, doy asco ¿y qué? Rafa se rió. Rafa se escapaba de cualquier estadística.
Los dos nos quedamos en silencio. Yo miraba la copa de vino y reflexionaba sobre las vacaciones y las pocas ganas que tenía de marcharme a Bilbao por tanto tiempo:
―Navidad, qué asco de fechas, de verdad, qué poco me gustan ―dije rompiendo el silencio―. Llegaré a mi casa y mi madre me dirá lo mucho la odio con lo buena madre que ha sido ella, mi padre encerrado en su despacho editando mapas. ¿Te he contado que mi padre es profesor en la uni más pija de Bilbao? Es catedrático de historia, aguántale. Mi padre escribe Atlas históricos, ¿se puede decir escribir un Atlas?, porque, claro, no se escribe, se pegan mapas, ¿no? ―Rafa levantó los hombros con duda, él era consultor―. Bueno, pues mi padre pega-escribe Atlas y dice que los besos los inventó Hollywood, muy cariñoso mi padre. Entonces yo me angustio, ¿y qué hago?, llamo a Marieta. Marieta es mi más mejor amiga, tengo dos, ¿vale? Marieta y Blanquita, bueno, tres: y Silvi, pero da mucho por saco. Blanquita nunca me llama Elvira, me dice Elvirilla corazona, poca gente sabe decir Elvirilla tan bien como lo dice ella, y en vez de besos me manda besoides, me enamoré de ella con tres años y hasta el día de hoy. Es especial. Pues cuando me coge Marieta el móvil y le digo: ¿Loca, qué tal?, me contesta: Un asco, mi vida es un asco, y llora, yo también lloro porque pienso que mi vida es otro asco pero no se lo digo porque nos alternamos las ansiedades. Es un pacto. Nunca hemos hablado de él pero respetamos los turnos de angustia. Un día ella, otro yo. Así funciona. Silvi nunca lo respeta, por eso a veces pasa el límite y da por saco. Poco más puedo hacer si Marieta tiene ansiedad, ¿no?, pues llamo a Jaime para tomarme unos pintxos a las siete de la tarde. Jaime, sabes, ¿no? ―Rafa niega con la cabeza mientras pega un trago al vino con los ojos como platos―. ¿No? Uy, qué raro, bueno, pues Jaime es mi mejor amigo o lo era, porque hace tres meses le dije que tenía depresión, entonces se metió debajo de una piedra hasta hace un par de semanas que me volvió a llamar y me contó que tenía novia y que era adicto al snowboard, la gente cuántas cosas hace, ¿verdad?, pregúntame qué he hecho yo en tres meses, pregúntamelo, ¡venga!
―¿Qué has hecho en tres meses?
―Llorar-en-mi-sofá. No me ha dado tiempo a más. Nada más. ¿Escribir? Pues tampoco…, no sé, como tengo a este profesor de Creación Literaria que con su voz de Paco Valladares me dice que mis cuentos son superficiales e inmaduros, pero, ¿qué esperaba?, ¡tengo a una Betty Boop rodeada de corazoncitos presidiendo mi blog! Es que la gente es muy progre y transgresora, ¿sabes?, que en la foto del blog se ponen detrás de una cámara de fotos, en plan misterioso, o, ¡ésas, ésas! ―me puse de pie para representar mejor la postura―, ésas que son en blanco y negro, con las manos en la cara, en plan: ¡cu-cu, mírame lo intelectual que me pongo! ―A los dos nos dio un ataque de risa. A mí casi se me cayó el vino, me volví a sentar y continué algo más tranquila―: Menos mal que siempre nos quedaran los psicoterapeutas, el mío flota, ¿sabes?, es de éstos que no se inmutan, yo creo que se pasa el día meditando o algo así, no sé, le digo: Óscar, tengo mucha angustia, porque a él se lo puedo decir sin esperar turnos, no como con Marieta, ya sabes..., bueno, entonces él aprieta los labios, cierra los ojos, asiente con la cabeza lentamente, len-ta-men-te y me dice: Eso es normal. Ya está, punto caramelo, el tío se ha metido a todo Freud en una frase. Pero me ayuda, creo que me ayuda o por lo menos quiero creer que me ayuda, más que nada porque se lleva la mitad de mi salario. Así que bien, genial, preparada: Navidad, Navidad, todos alrededor de la mesa, seguro que a mi abuela se le escapa otro pedo como la navidad pasada, porque a la mujer el marisco le revuelve las tripas, mi padre hablará de política mientras olisquea una y otra vez el vino levitando, mi madre dirá que no le hemos dejado bogavante pero que no le importa porque siempre ha sido una sacrificada, y mi hermano Gerardo seguirá poniéndome caretos como hace treinta años mientras su novia Anke, que es polaca, le preguntará con cariño a mi abuela si quiere ir al baño, y ella, mi abuela, como es tan así, pues le contestará dignamente, tranquila, hija, son ventosillas. ¡Feliz Navidad!
Rafa no podía parar de reír, me abrazó como sólo él sabe abrazarme y me susurró divertido a la oreja:
―Feliz Navidad, loca…

sábado, diciembre 11

Números, algo más que una historia

Subía las escaleras contando.
Me gustan los números, por eso siempre he odiado las matemáticas. Me gusta creer que el 3 y el 4 están enamorados como que el 9 tiene un carácter déspota y humilla en cuanto puede al 8 mofándose de su físico. Aunque lo intenta, el 1 nunca consigue poner orden y es el 5, con su paciencia, quien termina calmando las tensiones numéricas. El 7 y el 6 forman el dúo sacapuntas, el Quijote y Sancho Panza, el Dix y Bully, tramando disparatadas conspiraciones para conseguir el amor del 3.

―A ver, siguiente, ¿2 más 1?
―3 ―dije después de haberme contado los dedos de la mano.
―Pues escribe aquí el 3, ¡aquí no!, ¡aquí, debajo de la raya! ¡Que pareces tonta, hija! ―Mi madre desesperada intentaba enseñarme a sumar a los siete años, mal número―. Ahora, ¿3 más 4?
No sabía cuánto eran 3 más 4 pero no me importaba, porque estaban juntos, uno encima del otro, seguidos, siempre tenían que estar seguidos.
―¡7! ¡Son 7! Escribe aquí y subraya el resultado: 73 ―y mi madre marcó el espacio con el dedo.
―¡No, no, no, no, 73 no!, porque ahora vendrá el 6 y la raptará.
―Qué coño, de… ¿qué?, hija de los cataplines…
―¡Al 3!, ¡van a raptar al 3!, para que no se case con el 4 y, y, y, así llevársela y entonces, luego, luego, ¡ay!, el 7 se puede casar con ella, sí, porque el 1 no estaba mirando, ¡ay!
Me gané un tortazo y comprendí la crueldad de las matemáticas.

Seguía subiendo las escaleras y seguía contando mentalmente toda una historia: 215, 6, 3.304, 67, 99.899, 13, 77, 73. Dios mío, 73, pensé angustiada sacando las llaves del bolso frente a la puerta.
―¡Elvira!
El grito me hizo mirar por hueco de la escalera, dos pisos más abajo vi la cabeza de mi vecino Rafa asomada. No hubo números que contaran lo que tardé en bajar. Con un mimoso ven aquí, chiquitina, me abrazó.
Entre risas me invitó a mate. ¿Te has hecho algo?, me preguntó ya sentados en el sofá, ¡te has cortado el pelo!, joder, estás guapísima. Estaba como siempre, sí, con el pelo algo más corto, pero él era Rafa. No dije nada, solamente sonreí y con la mirada baja pensé en lo mucho que lo había echado de menos. Me habló de su viaje a Argentina, de Natalia, de la cafetería, de cómo no pudo decirle nada, de lo pringa’o que se había sentido al ver la boda desde el quinto banco, de lo estúpido que era, de que todo tenía que cambiar, de que ya no la quería, ya no la quería.
―¿Te has dado cuenta de que soy como el 3?, pequeñita de tetas enormes ―dije cortante al término de su discurso.
Rafa levantó una ceja sorprendido, tragó el mate y al ver que no añadía nada más empezó a reírse absolutamente escéptico. Loca, decía ladeando la cabeza. Lo besé en la mejilla, dejé el mate sobre la mesita, me levanté y, diciéndole que nos veríamos mañana, me marché.
… 73, 44, 66, 1, 51, 76, 555, 4, 3, 43. 43. Riéndome saqué las llaves del bolso y abrí mi puerta.

jueves, diciembre 9

Horneando ideas, gratinando novela

Nota: Se recomienda leer el relato Pide un deseo... para contextualizar a los personajes de este cuento.

—Sí, lo sé, lo sé —repetía con voz ausente, sabía que tenía razón.
Acababa de tomar el metro en Sol. Tenía el móvil pegado en mi oreja izquierda y la flauta de un boliviano en mi derecha. Eran las cuatro de la tarde, todavía no había comido, tres cafés y un zumo de naranja, eso era todo. No entendía cómo podía dar las clases con el estómago vacío, pero siempre lo hacía y mis estudiantes no parecían darse cuenta del hambre que pasaba a esas horas.
—Ya, la semana pasada, sí, ya lo sé, Chete, pero es que… —intentaba disculparme con poca convicción, sólo quería llegar a casa, prepararme un sándwich, echarme al sofá y fermentar el resto del día.
El boliviano agradeció al vagón entero su paciencia y, con una bolsita en la mano, lo recorrió invitándonos a aportar la voluntad.
—He andado liadísima —mentí—. Las clases en la uni, la mudanza, el cambio, el master… —los semáforos, el coche, la paella, la abuela que fuma; lo cierto es que era una genia haciendo listas dando a entender lo ocupadísima que estaba. Eso lo había aprendido de mi madre: he ido a la charcutería, luego al banco, que si la cola, que si venga a esperar, que si vuelve, que recojo lo de la tintorería, llega y ponte a cocinar, que si el aceite, que si la sal, que si se me ha olvida'o el pan, baja otra vez, sube , que llama tu tía, que el crío está malo, que mira, que te digo, que, ay madre, que no puedo más.
—Bueno, Elvira, no te preocupes, como dice mi mujer: con paciencia todo va saliendo.
Lo bueno de tener un editor canario era eso, que sabía que había más tiempo que vida, así que los retrasos siempre estaban justificados. Era cierto que las correcciones las tenía que haber entregado hacía dos semanas pero también era cierto que Chete me había prometido que mi novela estaría en las librerías en octubre, estábamos en diciembre y andábamos a medias con la maquetación.
—Mi niña, escúchame, envíame la foto.
—¿Qué foto? —pregunté apartándome de la puerta porque era mucha la gente que se estaba subiendo en Tribunal.
—La foto de contraportada, la que va junto a tu biografía.
—¡Ah, no, no, no! ¡No hay foto! —La mujer de al lado me miró riéndose, había gritado demasiado, así que corregí mi volumen y se lo repetí más bajito—: Chete, no, ¿eh?, no me hagas poner una foto con cara imbécil, que me muero de la vergüenza.
Entre risas me pidió que le explicara qué era eso de cara imbécil.
—Pues, no sé, cara Espido Freire, que parece estar extasiada mirando al infinito con la manita debajo del mentón.
Lo oí reírse más fuerte todavía, después me prometió que no habría foto. Aun así me recriminó por algo que no me esperaba:
—Elvira, te lo digo en serio, de verdad, últimamente tu blog parece una funeraria con tanto muerto.
—¿Sí?, ¿no te gusta?
—Hombre, no es tu estilo, lo característico de tu blog era su frescura, ahora aburres a cualquiera.
—Ya… —reflexioné y luego me justifiqué—: Es que dice mi profesor de Creación Literaria que hay que escribir desde la angustia.
—¡No me digas!, oye, ¿y cuántas novelas dices que ha publicado tu profesor? —me reí al escucharlo, qué cabrón. Luego continuó—: Mi niña, tu novela sale en enero y, como sigas espantando a los lectores con tanto drama en tu blog, esto no va a funcionar. Tienes un estilo muy particular, valóralo.
Se me cayeron las lágrimas sin querer. Valóralo. Era muy poco lo que confiaba en mí misma por no decir nada, los últimos meses acabaron con mi autoestima, así, sin más, un día empezó a evaporarse hasta que sentí que nada de lo que hacía tenía sentido y por lo tanto era inútil buscarle un para qué a las cosas. El valóralo aquél daba cierto significado a todo el año que llevaba arrastrando.
—Gracias… —dije encogiéndome de hombros intentando ocultarme, sentía que la gente me miraba.
—Bueno, pues entonces como habíamos dicho, el jueves quedamos, te paso el borrador y miramos los dobles espacios esos que nos están dando tanto la lata, ¿te parece?
—Me parece —contesté con media voz.
—De acuerdo, el jueves a las seis de la tarde en el Café Gijón.
—¿Qué? ¿En el Café Gijón? —¿se podía ser más hortera?
Chete se reía como un loco:
—Que no, mi niña, que sólo te estaba probando —soltó otra carcajada—. Dejemos el Café Gijón a tu profesor el angustias. Entonces, ¿en el Starbucks de Fuencarral?
—Perfecto —dije riéndome también.
Guardé el móvil, tomé aire con una sonrisa y sentí como el pecho se me llenaba de esa ilusión que tanto había añorado últimamente.

Castañas asadas


The chestnut seller por Jean Francois Raffaelli

Lucas sólo quería unas castañas.
Su abuela lo recogió a la salida del colegio. Lo hacía todos los martes y jueves porque era cuando tenía entrenamiento. A sus ocho años era todo un pichichi.
Con el balón bajo el brazo cruzaba la carretera. No lo botes en la calle, ¿eh?, le advertía su abuela mientras lo sujetaba por la manga de la chamarra. Frente al puesto de castañas Lucas sonrió. Botó el balón. No lo botes, dijo su abuela. Cuánto es, preguntó cogiendo el paquete y dándoselo a su nieto. Lucas, que sólo quería unas castañas, cogió el paquete con ambas manos soltando el balón que botó sin rumbo hasta los pies del hombre que, en ese momento, estaba cobrando a su abuela. No vio el balón. Del tropezón su cuerpo cayó torpe sobre el brasero. Sus ropas prendieron y las llamas lo abrazaron al instante. Alguien lanzó el cubo de agua que convirtió el rojo en negro, en densa humareda con olor a carne quemada. Alguien se llevó en volandas a Lucas que, con miraba vacía, seguía sujetando con fuerza su bolsita de castañas.

miércoles, noviembre 24

Frío en la playa

Playa de Sopelana por Rubén de Luis


La playa estaba vacía.
Al despertar creí que aquél no era un típico día de octubre así que lo llamé para ver si podríamos hacer algo diferente, no lo encontré en casa, es posible que contestara al móvil, lo volví a intentar, nada.
Fue a la segunda vez que miré por la ventana cuando me decidí. En poco más de dos meses cumpliría los treinta y todavía no había hecho ninguna locura. En un breve mensaje le dije que lo esperaba en la playa. Cogí el coche. Casi cinco horas tardé en llegar a Sopelana porque a la salida de Madrid me pilló atasco, en ese momento me di cuenta de la poca paciencia que tenía.
La playa estaba vacía.
Me desnudé guardando la ropa en la mochila, después comprobé si tenía mensajes. Nada. Estando en la orilla me di la vuelta, no sé, algo me hizo estar intranquila. Qué tontería si no había nadie. Los dedos del pie, con cierta timidez, tocaron el agua y como un resorte di un pasito hacia atrás. Lo pensé dos veces, era octubre. Tomé aire y con decisión rompí camino mar adentro. Los pinchazos en la pantorrilla eran intensos, el dolor eléctrico casi no me dejaba andar. Solté aire apretando los puños mientras daba saltitos intentando calmar la sensación de parálisis en mis piernas. ¿Por qué me empeñaba en sufrir de aquella manera?, me reí por la ridiculez de la situación pero, al ver llegar la ola, me estremecí y grité como una histérica cuando explotó contra mi vientre. Conté hasta cinco en voz alta y me sumergí bajo el agua. La salida fue brutal, me di cuenta de que no sentía la cabeza, estaba convencida de que el corazón había trepado hasta mis tímpanos y lo iba a expulsar por la boca. ¡Se acabo!, y apretando los brazos contra mi pecho salí corriendo hacia la orilla. Una vez fuera me sacudí el pelo como un perro y a zancadas llegué hasta la mochila.
Era imposible entrar en calor con aquel viento. Saqué la toalla y me envolví en ella. Sentí cierto sosiego. Me froté las piernas y comencé a vestirme, era la única manera de quitarme de encima esa losa helada. Cuando estaba enroscándome al cuello el foulard, vi las dos llamadas perdidas en el móvil. Número desconocido. Sin darle mayor importancia me enfundé los calcetines y sacudiendo la arena me puse las botas. El móvil sonó. Lo cogí agachándome. Número desconocido. Una voz seria preguntó por mi nombre. Sí, soy yo, dije. Me explicó algo de la policía, que si no sé qué de mi mensaje en el móvil, que si la playa, que si su Opel Astra gris metalizado, que si a la altura de Burgos, que si lo sentía. Se me erizó el cuerpo entero, el calambre subió por la espina dorsal hasta helarme las sienes y fue ese temblor espasmódico el que me hizo caer. Y arrodillada en la arena me tambaleaba como una tarada, apretando el móvil contra mi pecho consciente de que ya nunca podría escapar de aquel frío interno.

jueves, noviembre 18

Noche

Interior with a Bowl with a Red Fish por Henri Matisse

—¡Roberto, Roberto, Roberto!
Joder con la vieja que ni una puta hora seguida me deja dormir, toda la noche igual.
—¡Roberto, ay, Roberto! Que me ahogo, hijo, ¡ay!, ¡ay, las pastillas!
—¡Que sí, abuela, tranqui que ya voy!
La ostia, en mala hora dije que la cuidaba yo, ¡qué puto pringa’o! A ver dónde coño está ahora el interruptor. ¡Joder!, ¿qué es esto?, vale, guapo, pizza, qué ascazo, tío, si es que no se ve ni una mierda. ¡Su puta madre con la mesilla qué ostia me acabo de dar!
—¡Rober, hijo, ay! ¡Roberto!
—¡Ya, ya! Abuela, que ya pillo las pastis y voy.
Joder si esto es mi camiseta, ¿no?, sí, sí, es la camiseta ¿y los pantacas?, ¿dónde coño dejé los pantacas? Puta casa de viejos que no encuentras la luz ni a tiros, me cagüen, pa’ dos putos duros que me voy a sacar, ¡miserias ostias! Que andará toda la peña de Lega, tío, ahí, la Ainhoa que ¡Dios, diosssss! ¡Joder con la esquina de la puta cama que casi me revienta los huevos!
—¡Roberto, Roberto! Rober...
Joder, abuela, macho, que ya voy, no me calientes, que placa y te meto, que se me va la pinza y que ya me veo a la Ainhoa, ahí, tío, y que no se pase un pelo con el Chus que les casco a los dos. ¡Joder si están aquí los putos pantacas, macho! ¡Ostia que me mato! Mazo complicado, chaval, a ver, primero una y luego ésta, eso, la otra.
—¡Abuela que ya!, ¿las pastis en el baño?
¡Coño!, pero si esto es el armario, ¿y la puerta?, ¿la puta puerta? Buff, puta noche de sábado.
—¡Abuela, las pastis las pillo del baño!, ¿no?
Y la vieja como una tapia, venga, va, de puta madre y ¿ahora cómo coño salgo de aquí? Ostias, mírala, ésta debe ser, sí, joder, es la puerta.
—Aquí estoy. ¿Abuela?, ¿abuela, ¿abuela?

domingo, noviembre 14

El cambio

Nota: Recomiendo leer los relatos Historia de una escalera y Corazón de Hielo para poder contextualizar este cuento.
Los buscadores de luz por Lidia Kalibatas

Me levanté con el propósito de cambiar.
Miré al cielo y me alegré, estaba lloviendo, me encantaba la lluvia, me permitía sentirme apagada justificadamente. ¿Qué te pasa? Nada, que llueve y eso.
Estiré el brazo y con los dedos toqué el frío cristal de la claraboya. Vivía en una diminuta buhardilla. Siempre soñé con vivir en una buhardilla con enormes ventanales en el techo, a los que pudiera mirar cada vez que sintiera que el mundo se me estuviera quedando pequeño.
Antes de meterme a la ducha, preparé café y encendí el portátil, busqué la canción, al encontrarla sonreí. Ghalla Gurian empezó a sonar y, con un acompasado movimiento de hombros siguiendo el ritmo, empecé a desnudarme en el cuarto de baño.
A medio vestir y con la toalla enroscada en la cabeza, me serví café, volví a escuchar por cuarta vez la canción y miré al cielo, seguía lloviendo por lo tanto seguía estando alegre. Era un buen día para cambiar.

Desplegué el periódico que acababa de comprar en el quiosco de al lado de casa. Era tan pequeña la mesita de la cafetería que las hojas la inundaban entera, incluso se desbordaban por los lados.
―¿Qué te pongo, guapa?
―Un cortado. ―Dije mirando a la camarera que, anotándolo en una libretita, se iba hacia la barra sin ni siquiera preguntarme por lo que iba a comer. Es cierto que no hubiera pedido nada porque no suelo desayunar pero no sé, nunca se sabe, a veces soy así de impulsiva y me lanzo y qué se yo, pues que igual me hubieran apetecido unos churros o igual no.
Apoyé los codos sobre el periódico, junté las manos encajando la barbilla entre ellas y empecé a leerlo por la sección de cultura. Siempre hacía lo mismo.
La camarera llegó y dejó el cortado sobre el periódico.
―Algún día escribiré en este periódico ―le dije acercándome la taza.
―Estupendo, ¿la quieres fría o caliente?
―Fría, por favor. ―Y volví a arrastrar la taza entre las letras de imprenta, pero esta vez hacia ella.
La mujer vertió la leche y, con un gesto antipático, se dio media vuelta y se largó.
No me importó, tenía mi café, mi periódico y un sábado por delante que prometía ser diferente.
Rafa, mi vecino, llegó cuando estaba en la sección internacional después de haber leído la de gente, sociedad y opinión, por ese orden, siempre por ese orden. Me levanté y dejé que me abrazara.
―He visto tu nota por debajo de la puerta ―me explicaba mientras tomaba asiento junto a mí. Nunca nos sentábamos uno enfrente del otro, decía que prefería tenerme al lado, que si no me sentía muy lejos, qué idiota, le decía yo―. No sé, pensaba que me ibas a llamar.
―He salido de casa a las 9.30, me he imaginado que seguirías durmiendo.
―¡Joder! ¿Y ese madrugón?
―¿Qué te pongo, guapo?
Rafa se giró y vio detrás de él a la camarera sosteniendo la libretita.
―Mmmm… pfff... pues, a ver, un… no sé…
La camarera puso los ojos en blanco amarrando aire.
―Pfff, venga, sí, un cortado, por favor.
―Tanto pensar para un simple cortado si es que la juventud no sabe ni lo que quiere, aburridos est…
Nos reímos viéndola marchar farfullando de aquella manera. Después Rafa me miró y con esa espontaneidad que lo caracteriza me dijo:
―Qué guapa te veo, tía, no sé, el madrugar te sienta bien o no sé, pero estás guapísima.
Me quería casar con él. Lo había decidido hacía dos semanas. Era el hombre perfecto, pocos como él por no decir ninguno. También había decidido dejar las clases en la universidad y dedicarme por completo al periodismo, quería escribir y no aguantar a chavales que me tomaban por el pito de un sereno. Había decidido aparcar la tristeza, me merecía un respiro, había tomado la decisión de cambiar, de ser feliz. Es como el dejar de fumar, tenía que ser radical. Hoy voy a ser feliz. Hoy-voy-a-ser-feliz.
―Rafa, esto, quería decirte algo… ―Había tomado la decisión de hablarle de mis sentimientos, de lo fingida que me sentía sin decirle la verdad, que lo quería y no sólo como buenos vecinos que pasaron a ser mejores amigos, sino que lo quería de verdad, de los que se quieren y se van a la cama y follan y se siguen queriendo.
Me quedé en silencio. Me costaba mucho. Así que empecé de nuevo:
―Rafa, mira, son muchas las cosas que quiero cambiar en mi vida, prácticamente todo. No me gusta lo que hago ni cómo soy, no me gusta, ¡no sé!, ¡nada! ―grité volcando los hombros hacia adelante mientras me apretaba las manos bajo el estómago―. Quiero volver a tomar decisiones, cambiar de actitud, necesito cambiar de actitud y eso sólo puede salir de mí, no puedo seguir…
―¡Joder, Elvira, joder! ―Exclamó abrazándome con fuerza sin dejar que terminara―. Eres la ostia, tía, ¡joder! ―y volvió a abrazarme―. Eres valiente, tía, ahí, pum-pum, hacia adelante, te caes y te vuelves a levantar, tía, ¿que no te gustas? ¡Pum, te reinventas!
―Sí, bueno, en reali…
―¡La ostia! ¡Alucino contigo! Con tu fuerza, tía, con tu fuerza.
―Ya, bueno, no creo que…
―¿La quieres fría o caliente?
―¿Eh?, ah, mmm, no sé… ―contestó Rafa a la camarera.
―¿Templada? ―volvió a preguntar ella.
―Pff… No, mira, caliente.
―Chico, como eres tan indeciso te puedo echar de las dos y se te queda templada.
―¡Caliente! ¡Ha dicho caliente! ¡Quiere la puñetera leche caliente! ―grité en pleno ataque de ansiedad, entre lo poco que me estaba entendiendo Rafa y aquella mujer, estaba de los nervios.
Los dos me miraron sin decir nada, la mujer vertió la leche en la tacita, a saber si finalmente era fría o caliente, y después se marchó. Rafa me miró un instante más y luego me abrazó.
―Elvi, lo estás haciendo muy bien. Va a costar, pero el primer paso, el de querer cambiar, el de salir, el de: ¡venga yo puedo!, ése ya lo has dado, tía, de puta madre.
―Rafa, no me entiendes… ―dije completamente derrotada.
―Sí te entiendo, y te envidio y me avergüenzo de ser tan dejado, tan cobarde, tía, de no tomar decisiones, de, de, de, no sé, de ¡coño, si me gusta tengo que ir a por ello!
―¡Sí! ¡Eso es! ―Parecía que una pequeña luz empezaba a iluminar la conversación.
Rafa se recostó pensativo en la silla soltando fuertemente el aire por la nariz. Después se frotó la frente. Asentía con la cabeza como si estuviera moldeando una idea y fuera a sacarla hecha una pelota por la boca.
―¡Sí! ―dijo.
―¡Sí! ―dije yo, segura de que por fin me estaba entendiendo.
―¡Me voy a Argentina!
―¿Qué...?
―Gracias, Elvira, ¡eres la ostia! ―Me dio un beso en la mejilla, me abrazó con fuerza y se fue a la agencia de viajes de Fuencarral, sin haberse bebido siquiera el café.

Yo me bebí mi café y el suyo, doblé el periódico sabiendo que nunca escribiría en él, pagué sin dejar propina y salí de la cafetería y, aunque seguía lloviendo, yo ya no seguía estando alegre. Y una vez en mi buhardilla, miré con ansia a través de la enorme claraboya buscando alivio, pero el mundo me seguía pareciendo angustiosamente pequeño.

jueves, noviembre 4

Ruido

El grito por Edvard Munch

Llegó del suelo y como un perdigón entró taladrándome el cerebro. Atormentada me llevé la mano al oído. La presioné clavándome las uñas en la cabeza. Para, para, para, suplicaba mordiéndome los labios. Era fuerte y agudo como una torpe tiza al rayar la pizarra. Chirriaron mis dientes ahogados en dentera. Rebotaba metalizado de derecha a izquierda, de izquierda a derecha aumentando en volumen, cobrando fuerza con cada saque lobular. Y amarrado a él ese incesante y monstruoso cascabel que, con su tintineo descomunal, me encarnizaba los nervios. Cerré los ojos apretándolos con dolor y, con la cabeza túmida por la atroz orquesta interna, me dejé caer al suelo y a tientas alcancé las llaves. Las sujeté con rabia, ¿cómo se me pudieron haber resbalado de las manos?, qué torpe.
Con el aire todavía contenido, me quité el audífono. Respiré. Y escuché serena la oscuridad del silencio.

domingo, octubre 24

Desaliento

El descanso por Pablo Picasso

Me desperté a las 4:22 de la mañana. Otras veces son las 5:13 ó las 3:59 ó las 4:47. Las horas cambian pero siempre me despierto en mitad de la noche. Volví a mirar el móvil, las 4:23. Lo dejé sobre la baldita y me froté la cara. Tenía un sueño inmenso y un cansancio que podría sostener entre los brazos. Era un cansancio denso, inagotable. Me acordé de que era vienes y los viernes no daba clase, eso me alivió. Saber que no tendría que fingir la sonrisa ante mis estudiantes me relajó algo.
Me levanté y fui a la cocina. Decir que fui a la cocina, teniendo una casa de treinta metros cuadrados, es pura arrogancia. Preparé café y miré el reloj colgado en la pared, las 4:28. Me volví a frotar la cara pero esta vez con las dos manos, con fuerza y hacia atrás como si quisiera hacerla desaparecer. Estiré el brazo derecho y de la muñeca cogí una goma negra. La dejé en la encimera mientras me hacía un moño. Nunca supe hacerme peinados con una goma entre los dedos. La verdad es que nunca he sabido hacer casi nada. Miré el reloj, 4:32. Madre mía, qué lenta es la vida. Las 4:33. Inflé el pecho con aire que enseguida se convirtió en angustia cristalizada. Pinchaba. Y el café que no terminaba de subir ni el reloj de marcar las 4:34. Estoy agotada, pensé.
Me tumbé en el sofá y me cubrí con la manta de cuadros. Respiraba con lentitud para no hacerme daño con los cristalitos.
Lo que necesitas es hacer deporte, me dijo. No es eso, créeme, no es eso. Viaja, quizá viajar te haga bien, vuelve a China. Sí, es posible…, contesté con el inmenso deseo de no seguir hablando.
Las 4:37. La cafetera pitó. Incorporarme del sofá fue ganar toda una batalla.
¡A ti lo que te pasa es que no te pasa nada!, ¿me oyes?
Apagué la vitro y retiré el café. Me lo serví en vaso, sin leche y con media cucharada de azúcar. Las 4:41. Suspiré y me coloqué, tras la oreja, un mechón de pelo que se había escapado del moño. Un sorbo. Un nuevo y largo suspiro. Las 4:42.
Sal de vez en cuando, queda con alguien, mujer, que te pasas el día con el ordenador, cada día eres más rara.
Removí el azúcar del fondo del vaso y pegué un segundo trago apartando la cucharilla hacia un lado. Siempre me ha gustado beber el café con la cuchara dentro, sujetándola con los dedos. Así el café sabe distinto. Miré el reloj de la pared y mastiqué impotencia. 4:44.
¡Si echaras un polvo se te quitarían las penas!
Llegó el llanto, nunca se hace esperar. A las 4.45 me sonaba los mocos con una servilleta de papel.
Dejé el vaso vacío en la fregadera y me volví a tumbar en el sofá. Esperé allí quietecita a que llegaran las once de la mañana. No me moví. Me soné los mocos, miré el reloj, escuché cada uno de los consejos que la gente me había ido dando, pero no me moví. No me moví hasta las once de la mañana.

A las 11.35 entré en su consulta. Me senté en el pequeño sillón que estaba frente al suyo.
―¿Hoy te sientes mejor?
Negué con la cabeza abatida por el cansancio.
―Es pesado, ¿verdad? ―preguntó esta vez juntando las manos y soltando el aire con lentitud.
―Mucho ―contesté mirándolo fijamente. Agaché la cabeza y formulé la pregunta―: ¿Puedes recetarme sesiones de quimioterapia?
―No tienes cáncer. ―Contestó sin inmutarse como si sus otros pacientes le hubiesen dicho cosas peores.
―Lo sé ―dije―, pero si me las recetaras la gente lo entendería.
―¿Qué es lo que entendería?
―Que con una depresión te estás muriendo igualmente por dentro.
Miré mi reloj, las 11:38.

lunes, octubre 11

Corazón de hielo

Frozen Heart por LunaticArt

Nunca había sido duro para mí. No. Sin más. Es decir. Yo lo estaba, él no. Ya está. Jaime, te quiero. Yo no. Bien. Claro. Conciso. No hay ambigüedad. No hay ese no sé. Sí sé. Es no.

Treinta años enamorada de Jaime. No, vale, no, treinta no. Seamos sinceros, solamente veintitrés. Veintitrés años enamorada de Jaime. Podrían ser más, creo yo. Hay gente que lo está toda la vida y con vida digo mucho. Digo más. Pero yo sólo veintitrés.
Amar a Jaime es fácil. Quiero decir, amarlo gratuitamente. Amar a Jaime gratuitamente es fácil. A mí me gusta Jaime y a Jaime le gustan las tetitas morenitas de Marieta, la diosa de Carolina, el bikini rojo de Sandra, el tatuaje de Silvi y las rastas tan look ONG de Mireia. Fácil. Es fácil porque nunca he sido una diosa, mis tetas siempre han estado blancas y no tengo rastas ni tatuaje. Tengo un bikini pero no es rojo. Es verde de motas blancas que Jaime siempre ha dicho que es de vieja.
Jaime no me besa. No me toca. No me roza. Cuando estoy triste y lloro hace: plas-plas-plas. Es su mano contra mi rodilla y dice: Pava, ¿qué ostias, qué pasa?
Jaime es un buen amigo. Siempre ha estado ahí. Veintitrés años ahí. Es mucho. Es más. Y me lleno y exploto. Que yo siento algo más por ti. Ey, loca, no, ¿eh?, no te hagas líos, no-te-hagas-líos. Luego sigue leyendo el periódico. Jaime siempre está leyendo el periódico. Yo lloro. Plas-plas-plas. Pava, ¿qué ostias, qué pasa? Y sigue leyendo el periódico.

El concepto está claro. Amiga enamorada de amigo. Amigo enamorado de todas menos de su amiga. Amigo cerca el terreno. Amiga veintitrés años de melancolía secreta. Amigo veintitrés años hasta las pelotas. Yo lo entiendo. Lo veo claro. Es fácil. Con fácil quiero decir: sencillo, tirado, obvio, simple, cómodo, mero, ¡blanco y en botella!
Bien. Vale.
Pero un día conocí a otro amigo. A Rafa. Rafa es mi vecino. Vive en el tercero. Es consultor y trabaja en un banco. Siempre lleva el casco colgado del brazo. Rafa tiene una moto y una ex novia. Natalia. Le dejó por un argentino. Néstor. Se van a casar. Rafa sigue enamorado de Natalia y yo de Rafa.
En este punto, el concepto se distorsiona. Una amiga puede estar enamorada de un amigo que no demuestre ni el más mínimo interés sexual por ella. Creo que Jaime si tuviera que señalar el lugar exacto de mi vagina indicaría una de mis orejas, y es posible que la derecha, que es donde llevo el audífono y eso sí que da morbo. Rastas, tatuajes y audífonos. Pura orgía.
Pero Rafa demuestra interés. No sexual. Es cierto, pero sí sensual. Rafa me abraza. Me abraza tan fuerte que siento cómo se aplastan mis tetas contra él. Rafa siempre me abraza. Cuando llego. Cuando me voy. Cuando estoy. Dice que soy pequeña y manejable. Dice que eso le gusta. Yo le digo que me gustas tú. Pero él no lo oye porque lo digo sin abrir los labios. Me gustas tú. Le digo. Me pellizco la boca. En realidad me la sujeto. Para no abrirla. Para no decirlo en alto. Hacemos ensalada. Me abraza. Nos sentamos en el sofá. Me pasa la manta y me habla de Natalia. Rafa siempre me habla de Natalia. Te entiendo, le digo con los labios abiertos. Me oye. Y sigue hablando de Natalia. Llora. Plas-plas-plas. Quito la mano de su rodilla y la pongo en mi boca. Lloro. Me mira. Me abraza. ¿Y tú por qué lloras, tonta? Porque nunca había sido duro para mí hasta conocerte. Le digo. Sin abrir los labios. No me oye. Me abraza. Rafa siempre me abraza.

jueves, septiembre 30

Historia de una escalera


Rafa aparcó la moto frente al portal, cogió el casco, se lo colgó del brazo, sacó las llaves del bolsillo de su chamarra de cuero y abrió el portalón. Subió un primer tramo de escaleras. Eran de madera viejas y desprendían un cierto olor a recuerdo. Se acercó a los buzones. Después de abrir el suyo se encontró con un poco de lo mismo, la factura de Vodafone y propaganda de comida china a domicilio. Con los papeles todavía en la mano miró al portalón, alguien entraba. Hola, dijo sin mucho entusiasmo, hola dijo ella con menos entusiasmo todavía, cerrando la puerta. Rafa, después de cerciorarse de que tomaba la factura de internet y dejaba sobre la repisa la propaganda, subió hacia el tercer piso, no había ascensor.
―¡Ey, ey!, perdona, te olvidas eso.
El chico se dio media vuelta y miró los papeles que la joven le estaba señalando con cierta teatralidad irónica.
―Es propaganda.
―Lo sé, es tu propaganda ―respondió ella sin mirarlo, girando su llave en el buzón del 5º derecha.
Rafa bajó lentamente los cuatro peldaños que acababa de subir, se acercó a la repisa, recogió la publicidad, miró a la chica, quien le había parecido sobradamente soberbia, y le espetó:
―¿Y tú quién coño eres?
―Elvira, me acabo de mudar a una de las buhardillas, encantada. ―Sin esperar la reacción de su vecino, cerró el buzón y con brío empezó a subir las escaleras.
Rafa, mirando al espacio vacío que acababa de dejar Elvira, no paraba de pensar en lo imbécil que era aquella tía, pero imbécil de verdad. Se parecía a su ex Natalia, igual de zumbada, putas tías. Natalia le había dejado haría cosa de año y medio, necesitaba tiempo para pensar, ¿para pensar en qué?, si no había necesitado ni dos meses para irse a vivir con Néstor, su compañero de trabajo, de Argentina, el tío era argentino, sí, argentino, argentino, contra ese acento era imposible competir. Sin darse cuenta estaba estrujando la propaganda en su mano. Resopló. Se calmó. A la mierda con Natalia. A la mierda con Néstor. Se dio la vuelta para confirmar que Elvira ya no estaba detrás, miró los papeles publicitarios y los fue metiendo de uno en uno en el buzón del 5º derecha. A la mierda con esa vecina resabionda.

Eran casi las once y media de la noche y Elvira sacaba a la calle una bolsa de basura y una enorme caja de embalaje de cartón. Acababa de montar una estantería. Fue al entrar de nuevo al portal cuando lo vio. Con rabia se acercó a su buzón y, escurriendo dos dedos entre la ranura, pudo sacar un papelito de colores arrugadísimo, anunciando el Le Dragron. Qué cabrón, musitaba una y otra vez mientras zarandeaba la cabeza alucinada.

―¡Qué hija de la gran puta!
Eran las ocho menos cuarto de la mañana del día siguiente y Rafa, con su casco colgado del brazo, salía de casa para ir a trabajar cuando encontró su felpudo bañado por papelitos recortados. Allí estaban los cuatro o cinco panfletillos publicitarios hechos añicos sobre su Welcome.
Al escuchar el grito, que había ascendido por el hueco de la escalera como una llamarada, Elvira se rió dándose media vuelta en la cama.

Eran las seis de la tarde, y en la oficina no quedaba nadie excepto Rafa que se frotaba la cabeza mientras releía una y otra vez el email. Natalia se mudaba a Buenos Aires, iba a casarse.
No pudo aparcar la moto frente a su casa, la tuvo que dejar a la vuelta de la esquina. Cabizbajo, lamentándose de haberla dejado ir, cogió el casco y se lo encajó en el brazo como hacía siempre. Al torcer la calle y tomar la suya vio a Elvira apoyada en uno de los coches junto al portal, hablaba por el móvil. Qué tía asquerosa, se lo haría limpiar con la lengua, se iba a enterar esa enana de mierda, qué se creía.
―¿Qué? ¡Graciosa!, ¡¿qué pasa contigo?!
Elvira levantó la cabeza. Estaba llorando. Te llamo luego, dijo al auricular. Guardó su móvil.
―A mí no me pasa nada, ¿y a ti? ―Tomó aire, se hizo un hueco para llegar hasta el portalón, sacó las llaves y abrió la puerta.
Rafa estaba paralizado, nunca había sabido qué hacer ante una chica llorando. De hecho no pudo recriminarle nada a Natalia cuando le dijo que le dejaba, estaba llorando, qué podía hacer, sentía pena, seguro que necesitaba tiempo, Natalia siempre terminaba agobiándose porque él a veces era muy pesado, si es que todo era por su culpa, pobre Natalia, no llores, cariño, anda, no llores…

Eran las nueve y veinte de la noche y la pequeña aspiradora de coche, que Silvi le había prestado, se atragantaba con el confeti publicitario del felpudo del tercer piso. La puerta se abrió.
―Hola ―dijo Rafa.
―Hola ―dijo Elvira apagando la aspiradora. ―No te había conocido sin el caso colgado del brazo.
Qué cabrona, pensó Rafa mientras se reía con cierta timidez.
―Oye, mira, ya está, ¿vale? Queda zanjada aquí nuestra guerra, ¿vale? ―Elvira se expresaba con nerviosismo, nunca se le dieron bien las disculpas, quizá por eso había perdido tanto en su corta vida. ―No quiero tener líos con ningún vecino, mira, demasiado, no sé, vamos, ya me entiendes... ―Sujetó la aspiradora con una mano y se pellizcó los labios con la otra mientras intentaba seguir hablando―. Que demasiados rollos tengo en mi vida como para echarme más tierra, paso de tener problemas por la mierda de la propaganda, haz con ella lo que quieras.
Rafa la miraba sin decir nada. No, no era como Natalia. Ahora que la oía hablar eran muy diferentes, sí, no se parecían en nada. Elvira tenía algo que la hacía parecer inmensamente frágil a pesar de ese pronto tan arrogante que, a veces, desprendía. Así que con un dulce gracias, Rafa cerró su puerta guardándose un extraño deseo de abrazarla.

Era casi media noche y Elvira, con el corazón sobre la mesa, escribía un escueto email a su ex novio Etienne felicitándole por su reciente paternidad.

miércoles, septiembre 22

Retoriqueando


―Que no… buff… que no, que ahora es… Pásame la botella, anda, loca.
―Ahora es ¿qué?, ¡tía, arranca! ―gritó Silvia pasándole una de Rioja casi vacía.
―Gracias, amore ―contestó Elvira recibiendo la botella y sirviéndosela sobre su copa. Estaba tumbada en su minúsculo sofá Solsta de Ikea recién comprado. Estrenaba casa. La inauguraba junto a su única amiga en Madrid, su mejor pésima amiga. Era una fiesta de dos. Suficiente―. Que ahora resulta que se llama ―Elvira se reincorporó lanzó un enorme eructo al aire, después hizo un amago de esperar ovación y continuó―,eso, que se llama narrador identificado o narrador no identificado―recalcó con rintintín ambas palabras mientras se recostaba nuevamente, derramándose media copa encima―. Ay, puta… me’mancha’o, Silvi.
―Si te haces así no te queda mancha.
―¿Así? ―preguntó Elvira totalmente concentrada, restregándose su mano por el pecho―. Pásame la botella, loca de la life, porfis…
Silvi no se la pasó sino que le sirvió el culín que quedaba, ya está, terminada, dijo.
―¿Dónde coño se quedó el narrador omnisciente?, te preguntarás, ¿eh?
―Yo lo único que me pregunto es por qué Nacho no me coge el teléfono.
―Pues porque está obsoleto.
―¿Nacho?
―¡Obsoleto! ¡Tócate los pies, Manolete!
Y Silvi, sentada en la alfombra de pelos, también nueva y también de Ikea, se tocó los pies y añadió:
―Yo creo que me está poniendo los cuernos, hijo de puta…
―Claro, si obsoleto está el omnisciente, pregunta por el narrador equisciente, ¡ése se quedó en Cuenca!
―Pff… en Cuenca…, me dijo que se iba de fin de semana a Albacete por trabajo, ¡¿y yo me lo tengo que creer?!
―Yo no me lo creo, el omnisciente será omnisciente toda la vida, porque ahora me saltan con que ―Elvira pegó un trago a su copa y continuó mirando al techo― el identificado tiene que ser un narrador familiar del protagonista que por eso es i-den-ti-fic-a-do.
―Fi-ca-do, no fic-a-do.
―Sí, te pone los cuernos ―dijo Elvira mirando fijamente a su amiga con asco.
Silvi, sosteniendo la mirada y sin mediar palabra, volteó su copa y la dejó caer sobre la nueva alfombra peluda.
―Puta Silvia… ―suspiró Elvira clavando su vista, esta vez, hacia arriba y empezó a reírse como una loca.
Silvi se levantó, dejó la copa sobre el escritorio y se tumbó sobre su amiga de la infancia.
―¿Qué vamos a hacer, Elvi? ―preguntó abrazándola con fuerza―, ¿qué van a hacer una escritora de mierda y una cornuda desquiciada?
Elvira dejó caer su copa al suelo, qué más daba, la alfombra ya estaba hecha un asco, además sólo le había costado 30 euros. Ahora, así, con las manos vacías, la pudo abrazar con ganas.
―Primero, mandaremos al narrador identificado ése a tomar por culo y, luego, haremos lo mismo con Nacho. ―Esperó un rato y al no recibir respuesta preguntó―: ¿Qué te parece, loca?
Silencio.
―¿Qué te parece? ―Repitió Elvira.
―¿A mí?
―Sí, a ti.
Silencio.
―Retórica, Elvira, retórica, que tus diálogos son innecesariamente largos, te lo dice todo el mundo…
Puta Silvia, acertó a decir la escritora de mierda entre risas, ahorrándose así un nuevo guión.

lunes, septiembre 6

Café de abuela

—¿Crisis? —repitió mi abuela.
—Crisis —reafirmé yo.
—¿Crisis de qué?
—Crisis de ser y estar, de… de tener crisis cuando ya… no sé, cuando ya ves, que eso, que pasas de los treinta y…
—¡Ay, pitxin!, ¡¿y yo?!, ¡¿qué tendré que decir yo que paso de los ochenta y siete?!
—Bueno, sin desmerecer a nadie, abuela —dije con teatral seriedad—, que aquí hay para todos: tú tienes la crisis de los ochenta y siete.
Mi abuela se tronchaba de risa recostada en su butaca. Había dos. Una butaca junto a la otra. La otra estaba vacía, era la de mi abuelo que había muerto hacía casi un año. Pero yo seguía viéndolo allí sentado, refunfuñando a la tele porque la derecha no decía más que mentiras y los socialistas actuales no eran como los de antes, nunca se vivió mejor como en tiempos de la República, decía siempre frotándose la calva. Yo me solía sentar en el sofá de tres plazas, en la parte de la derecha para tener a mi abuela cerca y así poder cogernos de la mano sin esfuerzo.
—Abuela, en serio, a ver —mi abuela me miró secándose las lágrimas con el pañuelito que tenía camuflado en la manga del jersey, porque mi abuela siempre lloraba de risa, y ni tan mal, porque mucho peor era cuando se meaba—, pasas de los treinta y ¿qué tienes después?
—Pues… primero 31 y luego 32 y 33 después, y… y… 34, 35… así hasta los 87 —se relamió los labios y dejó que me riera de su tontería mientras la llamaba loca—.Te voy a hacer café, a ver si así se te pasa tanta crisis.
La acompañé hasta la cocina, me senté en uno de los taburetes y retomé la conversación.
—Tienes dos opciones, ¿vale? —Mi abuela asintió con la cabeza mientras llenaba de agua la cafetera italiana—. Una: casarte, tener hijos e ir a la playa con tu madre.
Mi abuela soltó una inmensa carcajada.
—¿Cómo es eso? ¿Sólo puedes ir a la playa con tu madre? —añadió sin parar de reírse.
—Te lo juro, debe ser algo de la oxitocina, que hace que veas a tu madre como la mejor compañía playera, bueno… playera, casera, parquera, porque las primerizas no se despegan de las madres. Están ahí, ahí, ahí —escenifiqué entrelazando con fuerza mis propias manos—, solapadas en un sólo ser. ¡Por favor, qué cansino!
—Mujer, es que las madres ayudan… —dijo mi abuela aguantando la risa.
—¡La mía no!
Mi abuela se rió pero enseguida intercedió:
—Qué mala eres, pitxin, tienes una madre… una madre como pocas.
—Eso te lo aseguro —dije irónicamente torciendo el morro—. Vamos —continué—, que tu vida se torna a papillas, paperas, sacaleches, la silla de la playa porque, por culpa de la oxitocina, de repente tampoco te puedes llenar de arena, el cubo y la pala para tu hijo y el socavón para enterrar a tu madre ¡para ver si así se calla!
Había cogido carrerilla histérica pero tuve que parar en seco porque mi abuela estaba en pleno ataque de risa y parecía, en esta ocasión, que sí, que sí, que se iba a mear.
—Corre, abuela, que no llegas —le decía empujándola desde atrás con un dedo por el pasillo mientras ella se retorcía de pis. Le abrí la puerta del baño y esperé fuera mientras le gritaba—: ¿Llegaste?, ¿abuela, llegaste?
—¡Te voy a matar!
No llegó.
—Espera que te traigo muda limpia —le grité de nuevo.
La esperé en la cocina mientras se cambiaba. Al de un ratito entró haciéndome el gesto con la mano que me iba a pegar. Me reí, siempre estábamos igual.
Puso la cafetera en el fuego, se frotó las manos en el trapo que tenía colgado de un lado de la cintura y se sentó junto a mí.
—Bueno, hija, pues ni te cases ni tengas hijos, ¡hala, soluciona’o!
—¡Uy, eso es mucho peor! Porque entonces pasamos a la opción dos —mi abuela me miraba con inquietud—. Bueno, más que una opción es una enfermedad, ¡no, no, no!, es un síndrome, sí, sí, eso, es el Síndrome de Anita Obregón.
Y como si un tatachán acompañara a dicha afirmación, la cafetera empezó a pitar, el café había subido. Las dos la miramos. Me levanté y la retiré del fuego. Tomé dos tacitas del armario de detrás de la puerta y seguí explicándome:
—Ya sabes, que pasan los años y tú te sigues creyendo un bomboncito de 20 años, pero no lo eres aunque, gracias a Amancio Ortega, te sigas vistiendo igual que una veinteañera. Pero: no-lo-eres. Repito: no-lo-eres. Y claro, quien dijo treinta y tantos dijo cuarenta y… y, y, y luego cincuentona y tú, ridículamente, vistes cinturones por minifaldas y crees que tus dotes de seducción son irresistibles cuando desde fuera se te ve lamentable… Te has convertido en una Anita Obregón tristemente lamentable.
—¿Quién es Amancio Ortega?
—¡Jo, abuela! —la recriminé, no era justo que de toda mi teoría sobre la bifurcación existencial femenina, se hubiera quedado con aquel pequeño detalle.
—Pitxin, cómo te pones, si es que yo no lo conozco. ¿Es de aquí, de Sestao?
Me entró la risa. Era imposible enfadarse con ella. Serví los cafés y me volví a sentar su lado dejando las dos tazas sobre la mesa.
—No sé… estoy pensando que igual existe una tercera opción... —dije pensativa.
—¡Madre santísima! Te aseguro que si hubiera llagado a los ochenta y siete años con sólo dos opciones de vida, me habría tirado por la ventana hacía tiempo, ¿eh?, ¡hacía tiempo!
Las dos nos empezamos a reír, y agarradas de la mano nos tomamos el café en una tarde que no acababa más que de empezar.

domingo, agosto 22

Encontrando el jardín

Red flowers in the rain por Luiza Vizoli

Elvira se rascaba el párpado de abajo con cuidado de no hacerlo con las uñas porque se las acababa de pintar. Estuvo indecisa entre el negro de siempre o un oscuro berenjena. Finalmente se decantó por el berenjena, era hora de ir cambiando.
Extendió ambas manos, colocándolas frente a ella con los dedos bien abiertos para ver el efecto del esmalte en su conjunto. No le terminaba de convencer ese color, se las tenía que haber dejado negras, como siempre. Qué manía de cambiar las cosas. Qué poca constancia tenía para todo.
—Me gustan.
Elvira miró a Lola y sonrió con cierta desgana. Todo el equipo de profesores estaba tomando café en el jardín del campus universitario. Varios de ellos se conocían desde hacía tiempo pero Elvira era nueva.
—De verdad, es un color original.
—No sé… —respondió Elvira sin levantar la vista de sus uñas.
Su compañera le golpeó el antebrazo con cariño, la sentía triste. Elvira llevaba toda la semana cabizbaja y eso a Lola le preocupaba. Se acercó más a ella arrastrando su silla por el césped y bajando el tono de voz, para que no la oyeran los demás, le preguntó:
—¿Se te está haciendo duro?
Sorprendida, Elvira levantó la cabeza y la miró con gesto confundido. Conocía muy poco a Lola, parecía una chica maja pero casi nunca habían hablado. Pero de pronto sonrió. Sonrió porque en ese preciso momento, Elvira se dio cuenta de que estaba en España, de que había regresado a ese país donde la gente se enorgullecía de su indiscreción a la hora de preguntar. De su naturalidad para decir lo que pensaba. Atrás quedaba el cinismo americano con el que las personas estaban acostumbradas a relacionarse. Atrás quedaban las mentiras cívicas para sacar el culo airoso de una absurda situación.
—¿Y tú?, ¿por qué no te las pintas? —dijo Elvira entrelazando sus dedos sobre los de su compañera—. Te haría falta —añadió soltando una carcajada.
Lola, riéndose también, observó sus dedos carcomidos por los nervios y negando con la cabeza pensativa exclamó:
—¡Hace falta ser mala persona!
Las dos se rieron escandalosamente sin dar explicación alguna al resto de sus compañeros, que las miraban como a dos pobres locas.

Estaba siendo duro, claro que sí, eran muchos los cambios a los que Elvira se había sometido en los últimos ocho años. Pero había vuelto. Estaba de regreso. Era oficialmente una emigrante retornada y aquello le gustaba porque le aportaba esa sensación de descanso que llevaba años sin sentir y de la que había empezado a pensar que no existía.

jueves, julio 29

¿Quién dijo pecado?

Carrie closet por Sally Glass

Estaba sentada en una cafetería cerca de casa, pero de la casa que mis padres tenían de veraneo, que ridículamente estaba tan sólo a 23 kilómetros de la primera vivienda. Son bilbainadas que siempre me han costado entender.
Me tomaba un café en la mesa junto a la puerta. Miraba al frente. Contaba los pintxos de la barra. El de tortilla parecía un poco seco.
¡Plof! Con el susto todavía metido en el cuerpo, bajé la vista y vi un paquete de tabaco junto a mi taza de café, parecía haber caído del cielo en ese preciso momento. Alcé la cabeza sorprendida y observé al grupo de adolescentes, de la mesa de al lado, hablando con una mujer, sería la madre de alguna de ellas. Tomé el paquete de cigarros entre las manos y me empecé a reír.

Yo nunca tuve ese problema. Jamás en mi vida había escondido cigarrillos para que no los vieran en casa. Es lo bueno de haber disfrutado de una adolescencia un tanto peculiar. Cuando tu madre es un híbrido entre Camilla Parker Bowles y Margaret White, más conocida como la truculenta madre de Carrie, se convierte tu adolescencia en una verdadera película de terror.
Tenía dieciséis años cuando todavía debía esconder los tampones. Mi madre me los había prohibido terminantemente, imagino que porque pensaría que era pecado mortal surcarse con un algodón el orificio vaginal.
Mientras mis amigas tenían montado un complejo dispositivo logístico para hacer desaparecer los paquetes de tabaco: en la maceta del portal, bajo la baldosa que andaba suelta en el callejón antes de llegar a casa, o en lo alto del armario del baño; yo me esmeraba en comprar pequeños paquetes de tres tampax regulares, los amarillos. Los metía en el fondo de la mochila y una vez en mi casa, saludaba a Margaret White fingiendo naturalidad, y, como si de una contrabandista de droga me tratara, apretaba el culo y con sudores llagaba hasta mi habitación. Allí, colocaba un pie en la puerta para que nadie pudiera entrar, sacaba los tampax y los escondía dentro de las medias del uniforme del colegio. Un tampón por cada media, y las colocaba al final, estratégicamente al final del cajón.
¿Fumar?, ¿yo?, ¿para qué?, ¿qué interés podía tener yo en los cigarrillos o porros si cada vez que tenía la regla era un auténtico subidón de adrenalina?, ¡subidón, subidón!

―Esto, perdona…, es mío, ¿me lo devuelves?
Una de las quinceañeras de la mesa de al lado, con un curioso moño en lo alto de la cabeza, me pedía el paquete de tabaco, al parecer la señora que hablaba con ellas acababa de salir de la cafetería.
Extendí el brazo con la palma de la mano abierta ofreciéndole su tabaco.
―Oye, ¿has pensado en fumarte un tampax? ―la chica me miró atónita―. Puro pecado… ―añadió una Carrie White de sonrisa diabólica.

lunes, julio 12

Inverosímil

Rosa Meditativa por Salvador Dalí

―¡Para, para! ―dijo Elvira colocando su mano, con gesto involuntario, sobre el volante desde el asiento del copiloto.
Pedro frenó, giró la llave de contacto y el motor cesó. Las luces seguían encendidas enfocando esa mancha rojiza casi desdibujada entre los arbustos, que a Elvira tanto le había llamado la atención.
―¿Qué es eso? ―preguntó la chica soltándose el cinturón de seguridad y acercándose al parabrisas.
Pedro miró a uno de los lados de la carretera y también lo vio.
Era invierno. Sería una noche de diciembre, hacía frío. En Laukiz había nevado, y a pesar de que en la carretera no había cuajado, los árboles y matojos, de ambos lados, estaban blanquecinamente polvoreados.
―¡No salgas! ―gritó Elvira al ver que Pedro ya había abierto su puerta―. Déjalo, si no importa, anda, que hace frío ―y con la mano le hizo un gesto para que volviera, pero Pedro ya estaba fuera del coche.
El joven se acercó al matorral, lo sacudió un poco para quitar la nieve y sonriendo miró al coche. Dentro, Elvira tenía las manos entrelazadas rozándose los labios, como si estuviera rezando o, simplemente, pidiendo un deseo. Qué es, preguntó muda, gesticulando con los labios. Pedro abrió el matorral en dos y la cortó. Con cuidado la portó en una mano hasta llegar, de nuevo, al coche.
―Una rosa, es una rosa… ―contestó Pedro con cierto escepticismo.
―¿Una rosa? ¿En invierno? ―y estirando el brazo, Elvira se la quitó de las manos. Con recelo se la llevó a la nariz. Pedro se rió. Sólo a Elvira se le ocurriría oler una rosa congelada.
―¿Qué haces, boba?
―Comprobar si es de verdad.
Volvió a reírse pero no dijo nada, porque a Pedro no sólo le gustaba ese curioso mundo del otro lado del espejo que mostraba Elvira, sino que, además, lo respetaba con absoluta complicidad.
Arrancó el coche y con lentitud tomaron la carretera. Pedro acarició el muslo de la chica y mirando al frente dijo:
―A veces pasa.
―¿El qué?, ¿qué es lo que pasa? ―dijo ella con la rosa entre ambas manos para no chafarla.
―Que te encuentras con eso, con lo que todo el mundo te aseguraba que no existía.
Elvira sonrió.
―Sí, a veces pasa ―dijo.

martes, junio 15

Un beso, Txiki, un hasta siempre, poeta

REVELACIÓN
Sergio Oiarzabal

Quiero ahogar mi noche en tu noche, en la estela de tu luz sin día y como tú ser agua, rumor de pedernal fugitivo, olvidado de sí, rehaciendo la historia erigida en los lindes mientras apenas calas, suspiro de sal, las orillas de tu nombre y todo en tu larga melena de ría queda, soñado por la voz arrastrada en los siglos y las redes, por el cielo reflejado en tu piel de escamas, y aprender una vez abecedarios negros, y dormir una sola vez con los puños llenos de arena, y callar para siempre con tus labios vividos.


Oiarzabal, Sergio. "REVELACIÓN". Delicatessen Underground (Bilbao Ametsak). Masmédula Ediciones, España, 2008

viernes, junio 11

Jueves del Amor

Flowers, por Grenuj

Nunca entendió por qué sus amigas al jueves lo llamaban: Jueves del Amor. Porque, para ella, el jueves se convertía siempre en la lamentación de un odiado miércoles.
―Elvira, deja de llorar. Joder, qué tía más pesada… ―farfulló Marieta mientras intentaba desenroscar una tanga de entre un pantalón vaquero recién centrifugado.
Elvira estaba tirada en el diminuto sofá del diminuto salón del diminuto apartamento de Marieta. Con una mano se tapaba la cara mientras que con la otra se restregaba un kleenex usado por la cabeza. No paraba de llorar.
Marieta cerró la puerta de la lavadora y dejó el pantalón, con su ensortijada tanga, sobre la encimera de su diminuta cocina americana. Desde allí miró a su amiga y no pudo evitar reírse, pero mírate, le dijo, ¡como te sigas poniendo mocos en el pelo te vas a quedar pegada al sofá!
―Nadie me quiere… ―balbuceó Elvira en un intento de volver a ser persona.
―¡Qué sí! Blanquita creo que te quiere un poco ―y riéndose se acercó al sofá―. Anda, quita los pies que no entro.
Marieta se sentó junto a Elvira. Estiró un poco el brazo y, del armario de la televisión, cogió una bolsa llena de gominolas. Se la ofreció a su amiga, ésta la rechazó y se sentó abrazando sus propias rodillas contra el pecho, se mecía lentamente con la cabeza gacha, parecía una tarada. Buscando un poco de cariño se dejó caer totalmente hacia el lado de Marieta.
―¡No!, ¡no, eh! ¡Mimos y mariconadas con Blanquita!, ¡a mí ni te me acerques que me das grima cuando te pones así!―. Y de un empujón, Marieta mandó a Elvira al otro lado del sofá. A ésta no pareció importarle, seguía en trance, restregándose los mocos por la cabeza.
El timbre sonó. Marieta, no sin enorme esfuerzo, se levantó y abrió la puerta.
―Corazona, pero corazona, ¿qué nos ha pasado? ―preguntó Blanquita entrando, a la vez que dejaba su bolso sobre la mesita y besuqueaba la coronilla de Elvira.
―Ya te lo cuento yo que tardo menos ―se apresuró a decir Marieta mientras recuperaba su sitio―. Pues que la Elvirilla no encuentra trabajo, y eso siempre agobia, además ayer en el INEM le dijeron que hasta agosto no vería la ayuda del emigrante retornado, que ya sabes que ni llega a 400 euros…
―Ya, ya, ya… ―asintió Blanquita con la mano en la boca.
―Y, después de eso, encima quedó con Pedro.
―¿Con Pedro?
―Pedro… ―babeó Elvira sin ni siquiera levantar la cabeza.
―Pues sí, por si éramos pocos parió la abuela ―reflexionó Marieta metiéndose una gominola en la boca―. Y al tío, que a veces parece que le faltan un par de luces, no se le ocurrió mejor idea que comparar las tetas de Elvira con las de Virginia.
―¿Virginia?
―Sí, su ex de veintitrés añitos, buff, ¿dime tú? ―y, alzando la mano izquierda, gritó con contundencia―: ¡Tetas de veinteañera frente a tetas de treintañera! ―dijo esta vez dejando caer la mano derecha exageradamente, como si de una descompensada balanza se tratara.
El alarido de Elvira se escuchó en todo el vecindario.
―Jolín con Pedrito… Pero corazona, no te preocupes, ¿eh?, la próxima vez que lo veas dile: caca-culo-pedo-pis.
―¡Y una mierda! ―exclamó Marieta―. La próxima vez dile: ¡pues Etienne, mi ex, era un cabrón de mierda pero le aguanté cinco años porque tenía el pedazo pollón!
Elvira rompió a reírse como una loca. Las tres se carcajeaban como idiotas, y es que no era para menos.
―Pero espera, Blanca, que la cosa no termina ahí ―dijo Marieta cogiendo aire y retomando la conversación―. Elvi que es muy Elvi, después del encontronazo con Pedro decidió llorar en el hombro de su querido amigo Jaime, de su inseparable y cooperante amigo Jaime, capaz de cruzar a nado el Atlántico con tal de salvar Nicaragua pero incapaz de sentir compasión a menos de dos metros.
―Ay, madre, que me imagino lo peor ―interrumpió Blanquita apoyándose en el posabrazos del sofá.
Elvira, como si no quisiera volverlo a escuchar, se encogió como un bicho bola.
―Bueno, pues Mr. ONG, intentando dar una inyección de autoestima, le salta a nuestra querida Elvirilla que de cuánto está.
―No entiendo, ¿cómo que de cuánto está? ―repitió Blanca con cara de confusión.
Marieta se fijó en Elvira y, al ver que no la miraba, hizo un gesto de embarazada.
―¡Ostras!, ¡¿la estaba llamando gorda?!
Marieta puso los ojos en blanco al ver que toda su discreción se había ido al garete con aquel grito de Blanquita.
―Corazona, ni caso, ―aconsejó Blanquita a una Elvira que levantaba triste la carita para mirarla―. La próxima vez que lo veas dile: oye, Jaime, gordo lo serás tú.
―¡Y una mierda! ―gritó Marieta―. Tú dile: ¿gordo?, ¿gordo?, ¡para gordo el pollón de Etienne!
Elvira no sabía si llorar o reír pero por supuesto se decantó por lo segundo, más que nada porque era facilísimo seguir el ritmo de sus amigas.
Durante el resto de la tarde, no faltaron hilarantes críticas al género masculino, mientras se ventilaban la bolsa entera de gominolas entre las tres. Y al quinto intento, Marieta pudo desenroscar su tanga del pantalón entre aplausos teatrales de sus amigas.
Al final, aquél sí que fue un merecido Jueves del Amor.

lunes, mayo 3

Historias de un teléfono

Al teléfono por Noël Leindekar

Ras, ras, ras. Corría las perchas de un lado a otro por la barra de metal del armario. Ras, ras, ras.
Las cajas estaban en el suelo de la habitación esperando impacientemente ser llenadas con algo, porque llevaba más de veinte minutos mareando la ropa sin decidirme qué empaquetar primero, y es que no hay cosa que más pereza me pudiera dar que una mudanza.
El teléfono sonó. Me detuve ante el horroroso abrigo de invierno, no quería moverme por si delataba que estaba allí. Sonó el segundo tono. Seguí sin moverme. El tercero. Grité:
—¡No pienso coger! ¡A cagar todo el mundo! —llevaba dos semanas muy deprimida, ésa era la verdad.
Activé el movimiento. Ras, ras, ras. Cuarto tono. Saltó el viejo contestador y escuché mi propia voz diciendo, con un macarrónico inglés, el mensaje de bienvenida:

Hola, soy Elvira, en este momento no estoy en casa pero si quieres puedes dejarme un mensaje después del tono, gracias, aguuuuur.

Agur, claro. Siempre meando el terreno.
Piiiiiiiiiiiiiiiiiiii.

—Hola, Elvira… soy yo, Silvia —al escuchar su temblorosa voz, me paralicé de nuevo y miré al suelo abriendo los ojos, como si aquel gesto me permitiera escuchar con mayor claridad—. Elvira, jo… yo te llamo porque…—empezó a llorar—, me ha dejado, tía, Francesc me ha dejado… me he mudado, llámame, porfis… estoy ahora en el 91 371…
Salté por encima de las cajas y acelerada cogí el teléfono antes de que pudiera terminar de decirme el número.
—¡Silvi! —dije con el corazón en la boca.
—Elvi…
—Pero, Silvi…
—Ay, Elvi…

Silvia era mi mejor pésima amiga. Nos conocimos con tres añitos en una colorida clase de parvularios en el santísimo colegio de monjas, en el que nuestros respectivos padres nos habían encarcelado.
Silvia, junto con Blanquita, se convirtió en mi mejor amiga. Formábamos un equipo estupendo de tres. El tiempo convirtió a Blanquita en una extraordinaria amiga, paciente, comprensiva y con enorme sentido de la empatía, del que siempre, he de reconocer, había abusado. Por otro lado, los años transformaron a Silvia en una fan absoluta de su propio ombligo, era la faraona de su imperio microscópico de fantasía y color. A pesar de todo, yo sólo podía presumir de tener una mejor pésima amiga, en cambio Blanquita, la pobre, llevaba casi treinta años aguantando a dos.

—Loca mía, ¿qué ha pasado? —dije sentándome lentamente en el suelo.
—Tía, se acabó… —decía sin parar de llorar—, que dice que lo agobio, ¿de qué lo agobio, Elvi?, ¿eh?
—Ya, los tíos son así. —Aquella afirmación te salvaba de muchas situaciones como ésa. Era una generalidad tan ambigua que, sin saber de qué iba el asunto, matizaba cualquier causa masculina con enorme compromiso.
—Sí, eso es verdad —dijo absorbiéndose los mocos. Yo respiré tranquila porque, una vez más, había colado—. Me siento una mierda, Elvi, nada me sale bien… no sé…
—No digas eso, loca.
—¡Claro! ¡Para ti es fácil decirlo! Estás encantada con Pablo que está buenísimo, vives a cuerpo de rey en Estados Unidos dando clase en una universidad de la que se hizo una peli en la que, el mismísimo, McConaughey fue el protagonista. ¡Y encima te van a publicar una novela!
Tomé aire con parsimonia para tragarme la mala ostia que me estaba entrando. Cerré los ojos y me froté el entrecejo con brusquedad.
—Silvia, para empezar, el tío buenísimo no se llama Pablo sino Pedro y me dejó hace ocho meses. Si hubieras leído mis emails o si me llamaras más de vez en cuando, te habrías enterado. No vivo a cuerpo de rey en Estados Unidos y por eso he dejado mi trabajo. Me mudo pero todavía no sé adónde —poco a poco me iba calentando—, tengo la casa llena de cajas sin destino etiquetado, y me temo que tendré que regresar a Bilbao a vivir con mis padres de nuevo, porque no me sale trabajo y no voy a cobrar el paro, sino una simbólica ayuda de 300 euros como emigrante retornado. 300 euros es lo único que el gobierno puede darme después de haber danzado, durante ocho años, por medio mundo en busca de un trabajo digno ¡porque en España el profe de español es humillantemente ninguneado! ¡Y sí! —dije totalmente fuera de mí—, ¡me van a publicar una novela!, pero porque ¡me he pasado, dos putos años, encerrada en un pueblo de mierda en medio de la más absoluta nada, escribiendo día y noche! ¡Qué menos, coño!
Con el último grito se me escaparon las lágrimas.
Silvia, de pronto, rompió el silencio que se había prolongado por largo rato.
—Elvi, ¿estás segura de que se llamaba Pedro y no Pablo?
Me atraganté con mi propia carcajada, salió sin avisar, y es que todo el mundo sabe que no es fácil reír y llorar al mismo tiempo.
—No, en serio, ahora hablando en serio, de verdad —continuó diciendo Silvia mientras me oía reír—, si llego a saber que tu vida era mucho más mierda que la mía hubiera llamado a Blanquita y no a ti.
Me dio tal ataque de risa que me eché hacia atrás quedando totalmente tumbada sobre la moqueta del salón.
—Eres una idiota —le dije recobrando un poco de aire.
—Oye, petarda, si no tienes adónde ir, vente para Madrid.
—¿A Madrid?, ¿qué hago yo en Madrid? —pregunté volviéndome a sentar con las piernas cruzadas.
—¿Aquí? Bufff… ¡Esto es Madrid, Elvira!, hay grandes trabajos para una filóloga como tú, con tu experiencia.
—¿Sí…? ¿Tú crees? —Y mi cabeza empezó a repasar el archivo de todos los centros de enseñanza de español de la capital, es cierto que la boca se me hacía agua—. No sé, Silvi, ¿por ejemplo?
—¡¿Por ejemplo?! Pues, por ejemplo, sexadora de ardillas en el Parque del Retiro.
—¡¿Qué?! —dije muerta de la risa y arrepintiéndome por haber creído que hablaba en serio. Quise cambiar de tema porque me sentía avergonzada por haber sido tan vanidosa, además la oía reírse y eso me hacía sentir peor. Había caído en su trampa, qué cabrona, pensé—. Bueno, y entonces ¿qué pasó con Francesc? —Me consideraba tan mala persona que prefería ahondar en la herida ajena que seguir agujereando la mía.
—Pfff… que hace tres días se levantó del revés y me pidió que hiciera las maletas y que me fuera, no sé qué cosa de agobios o qué sé yo, que me fuera y ya.
—Bueno, Francesc siempre ha sido muy peculiar, no sé… ¡es publicista y catalán! Si es que ¡lo tiene todo! —dije riéndome para ver si le podía arrancar una risotada con este tema.
—¡Pues mira que Etienne! ¡Arquitecto y francés! ¿No encontraste nada más aburrido? —Lo conseguí porque me dijo aquello entre carcajadas—. Por cierto, hace tiempo que no hablas de él, ¿qué es de su vida? —me preguntó mientras le oía sonarse los mocos.
—No sé, lo cierto es que no sé nada de él desde hace casi diez meses —empecé diciendo mientras hacía memoria—. Lo último que sé es que lo habían trasladado a Chile, para un proyecto de renovación de no sé qué en Santiago. La cosa es que me llamó un día para saber cómo estaba en Estados Unidos y no me digas por qué, o hacia qué avanzó la conversación, pero terminé pidiéndole explicaciones de por qué me había dejado. Ya sabes que nunca hablamos de ello, él me pidió un día que me marchara y yo me marché, sin gritos, ni malas caras, nada. Y claro, con el paso del tiempo yo he necesitado de una explicación, de por qué tanto desprecio de, no sé, de por qué ella fue mejor que yo…
—¿Qué dices? Qué fuerte, no sabía nada de esto, y ¿qué te dijo?
—Mmm, nada, la verdad es que nada, empezó diciendo: allô, allô, Elviga, se va la conexión, se va, Elviga, allô, allô. Clonck. Y me colgó. Sin más, hasta hoy.
—¡Ja, ja, ja, ja! ¡Ostia, qué fuerte! —Silvia se reía con muchísimas ganas—. ¡Este tío es un genio!, ¡es mi ídolo del escaqueo!, tiene cojoncillos de gorrión, metidos pa’dentro del cague que lleva encima. ¡Joder, me encanta!
Hombre, contado así, y después de casi un año, yo también le encontraba su gracia.
—Mira, Elvi, piensa en positivo, si dices que estaba en Chile es muy posible que se haya muerto por el terremoto ése que hubo.
—¡Silvia! —grité horrorizada por semejante broma.
—¡Pero imagínatelo, mujer! Mira, en plan: allô, allô, allô y… ¡chof! Espachurra’o, totalmente espachurra’o bajo sus propias obras arquitectónicas, ¡ja, ja, ja, ja!, ¿te lo imaginas, tía? —hizo una pausa sin dejar de reírse y añadió—: Y yo ¿sabes lo que voy a hacer?
—¿Qué…? —pregunté amortiguando la risa con el cuenco de mi mano, porque me sentía fatal al reírme de aquello, aunque la verdad contado por Silvi tenía muchísima gracia.
—Le voy a mandar a Francesc a Bali.
—¿A Bali?
—Sí, porque dicen que antes del 2011 viene un tsunami gigante.

Solté el teléfono y me llevé las manos a la cabeza tronchada de la risa. Sólo pedí que la ética de Blanquita nunca supiera de este tipo de conversaciones telefónicas por parte de sus dos mejores pésimas amigas.

jueves, abril 29

Amor de lluvia

—¡Ay, ay!, ¡ay, que me escurro! —gritaba compungida la gotita de lluvia—. ¡Que me escurro! ¡Por favor!
La gota de lluvia se deslizaba a trompicones por el cristal del ventanal. El viento insinuaba a la gotita un camino diagonal. La ventana intentaba helarse para que su frío congelara a la gotita y así poder tenerla allí para siempre. La quería, la quería de verdad.
Elvira se levantó de la butaca. Se amarró el jersey al pecho con ambas manos y se acercó a la ventana. Llevaba todo el día lloviendo. Tic-tic-tic, hizo su uña al golpear el cristal. La gotita, que llevaba sujetándose con angustia largo rato, no pudo superar semejante golpe. Se estrelló contra la tierra del jardín desapareciendo al instante, como si jamás hubiese existido.
—Empapada por la lluvia, parece que lloras —dijo Elvira a la ventana, colocando su mano sobre el frío cristal.
La ventana crujió rota. Elvira volvió a la butaca.

domingo, abril 25

Vuelta a empezar

Road to nowhere by Rich Legg

—Oh, cariño, cuánto lo siento…, de verdad que lo siento —decía Kayla apoyada en la puerta de mi despacho. Yo ni la miraba, seguía con la vista puesta en mi ordenador quitando importancia al asunto—. Ellos se lo pierden, ¿qué quieres que te diga?, ¡tú vales mucho!
—¿Qué pasa? —Mi jefa, al oírla, acababa de entrar en mi despacho.
—A Elvira no le han dado la beca —contestó Kayla en un tono confidencial.
—Oh, ¿la de Nueva York?
—Sí —afirmó Kayla.
—¡Asquerosos! —gritó mi jefa.
—No, Luisa —dije yo mirándola—, la cuestión es que no me han dado la beca porque ni siquiera me han admitido en el máster.
—¡Ay! ¡Más asquerosos todavía!
—Luisa, hija, que te estaba buscando, que dice Richard que si la reunión de las tres se puede pasar a las cuatro y cuarto, que tiene no sé qué cosas que hacer —preguntó Juan Manuel desde el pasillo mientras se abanicaba con una carpetita amarilla.
—Bien, pero que no venga más tarde, que luego tengo cena a las seis en casa y todavía me queda por preparar todo.
—Pues na’, que ya se lo digo —confirmó con su acento cordobés. Después nos miró a las tres y, entrando en la oficina, preguntó—: Y ¿de qué tenéis esa cara tan mustia?, hijas, que parece que os deben y no os pagan.
—A Elvira no le han dado la beca —explicó nuevamente Kayla con solemnidad.
—Porque no me han admitido —puntualicé.
Juan Manuel apartó a Luisa para colocarse delante.
—Mira, Repollo, la culpa la tienes tú —inquirió enfadado, señalándome con el dedo—, que si no volaras tan alto, las caídas no serían tan gordas, porque ya puestos ¿por qué no solicitaste Yale o Harvard?
—¡Juan Manuel, deja a la niña!
—Pero Luisa, si la niña ya tiene sus treinta añitos y mira el disgusto que se está llevando. —Juan Manuel volvió a mirarme—. Pero ¿de dónde ibas a sacar tú los cincuenta mil dólares que costaba el máster?, ¿eh? Que se trata de una de las universidades más prestigiosas de este país y tú no tienes un duro. Que está muy bien que seamos de Bilbao, Repo, y que vayamos a lo grande pero, 'ja mía, ¡una pizquita de sentido común!
Apoyé los codos en la mesa y me sostuve la cabeza entre las manos. Tenía toda la razón del mundo. Me sentía mal, muy mal. Empezaba a tener inmensas ganas de llorar. Sí, que se fuera todo el mundo, quería llorar.
—¡Hey, estáis aquí! —Richard asomó la cabeza por la puerta—. Luisa, ¿te ha comentado Juan Manuel lo de...
—Sí, ya me ha dicho, no hay problema —dijo sin dejarle terminar. Después se hizo el silencio otra vez y todos volvieron a mirarme.
—Es que a Elvira no le han dado la beca… —susurró Kayla a Richard.
—No me han admitido… no es que no me hayan dado la beca, es que no me han admitido… —dije desganada, sin levantar la cabeza.
—No la han admitido… —se autocorrigió Kayla manteniendo el bajito tono de voz.
—¿El máster de New York…? —preguntó Richard imitando el mismo susurro.
—Sí…
—Pobre…
—Sí, me da penita porque tenía mucha ilusión…
—Ay, pobre…
—¡Hala, ya está! —gritó Juan Manuel dándose la vuelta hacia ellos y haciendo aspavientos con la carpeta al aire—. ¡Que parecéis dos viejas en misa! Tanto chisme, tanto chisme, ¡ya está!, ¡no se lo han dado y punto!
—Bueno, chica, ¿y qué vas a hacer ahora? —me preguntó Luisa sin parecer oír los gritos de Juan Manuel.

Levanté la cabeza. Vi a los cuatro mirándome con intriga. Un reguero de angustia me avinagró la garganta. Tragué saliva pero el ardor no se me iba. ¿Qué iba a hacer yo ahora? ¿Qué iba a hacer yo ahora? ¿Qué iba a hacer…?
—La Repollo se queda. Si no se va a Nueva York, la Repo, se queda otro año —afirmó con seguridad Juan Manuel.
—Hombre, podría —dijo Luisa antes de empezar a explicarse—, pero claro, como me dijo que se iba, pues la plaza se la ofrecí a Justyna Swiderska, que es polaca.
—¿Polaca? —preguntó sorprendido Juan Manuel.
—Sí, polaca de Kentucky.
—¿Polaca de Kentucky?
—Profesora de español e italiano.
—¡Joder con los polacos!
—Pero al final que no, porque su marido ha encontrado plaza en Ohio State.
—¿Polaco?
—¿Su marido?
—Sí.
—No, ¡qué va! Es ruso.
—Ah, bueno.
—Sí, ruso de Minnesota.
—Ah, mira, éste es de Minnesota…
—Sí, profesor de física cuántica.
—¡Joder con los rusos! Bueno, a lo que vamos —dijo Juan Manuel pretendiendo centrar nuevamente la conversación—, y ¿Elvira?
—¿Elvira? Elvira es de Bilbao —y diciendo esto mi jefa se quedó más ancha que larga.
—La madre que la parió… —empezó diciendo Juan Manuel—, y no te digo más porque, como Chair del departamento, mereces un respeto pero, hija mía…
A mí me entró tímidamente la risa pero Kayla y Richard, que se habían mantenido en un segundo plano hasta el momento, estaban a carcajada limpia.
—Bueno, pues si la polaca al final no ha aceptado, tú te quedas con la plaza, niña, que es muy tuya —me dijo el cordobés con convicción.

Las risas se acabaron y todos me miraban esperando mi confirmación. Pero, lo cierto es que, yo allí no me quería quedar. No tenía queja con respecto a mi trabajo pero mi vida personal… buff, mi vida personal estaba hipotecada.
Era divertido ver, por la tele, las rocambolescas situaciones a las que se enfrentaba diariamente el doctor Fleichman en Alaska, pero cuando tú te convertías en la protagonista de la serie dejaba de tener su gracia. Odiaba la naturaleza bruta y vivía en plena montaña de West Virginia. Las calles estaban vacías a cualquier hora del día. Las arañas eran tan grandes que hasta tenían el pelo rizado. Las carreteras estaban llenas de agujeros y cuando preguntaba que por qué no las arreglaban, me decían que porque vivíamos en un estado pobre. Los bancos no sabían lo que era el IBAN porque nunca antes habían hecho una transferencia internacional. Mis alumnos de las nueve de la mañana llegaban en pijama a clase. Tuve que aguantar, en casa, dos gastroenteritis y un dolor de muelas de infarto porque el seguro médico de la universidad no cubría asistencia médica de urgencias. Era deprimente ver como el setenta por ciento de la población era obesa por pura dejadez. Y echaba de menos mis tacones, mis mechas en el pelo y el sexo porque la vida monacal, a la que esa ciudad me había sometido, estaba haciendo estragos en mi cutis. Todo ello, sin mencionar esa soledad espesa que se te agarra a la piel y, como sanguijuela cualquiera, te chupa hasta las ganas de vivir. Necesitaba salir de allí.

—No… —dije finalmente—, no me voy a quedar… no, buscaré otra cosa, no sé.
—Ay, Repo, qué disgusto me das —dijo Juan Manuel atizándome con la carpetilla amarilla.
—Bueno, chica, es tu decisión, algo encontrarás. El mundo es muy grande y, como a ti no te importa viajar, pues vete a saber dónde terminas —dijo mi jefa y, dándome un golpecito en la espalda, salió del despacho.
Todos se marcharon menos Kayla que se acercó y se apoyó en mi mesa.
—Desertora —me dijo con una mueca de medio lado—. ¿Nos echarás de menos?
—Claro —dije sin levantar la vista.
—Pero qué mentirosa eres, cariño.
La miré y a las dos nos entró la risa.
—Venga, desertora, que te invito a un café —propuso al tiempo que me golpeaba el brazo.
Recogí las cosas, me coloqué el bolso al hombro y, junto a Kayla, salí del despacho. Antes de cerrar, eché un vistazo para cerciorarme de que no me olvidaba de nada. No, nada me dejaba allí. Click. La puerta se cerró.

lunes, abril 19

¿Has comido ya?

Chinese food, por Takai-dono

Eran las once de la mañana. Cruzaba las canchas de baloncesto de la universidad, abarrotadas de estudiantes. Acaba de terminar mi última clase del día y me iba a comer a uno de los pequeños restaurantes fuera del campus. Había llegado a China hacía tan sólo dos meses y me costaba, enormemente, acostumbrarme a aquel horario.
—¡Profesora!
Un grupito de estudiantes pasaba por mi lado en ese momento.
—¿Has comido ya, profesora? —me preguntó una de ellas con cierta timidez.
—No, todavía no, voy ahora —respondí halagada porque lo más probable es que quisieran acompañarme. Sabían que, al no hablar chino, no podía leer el menú. Por ello, siempre deseaba que alguien me recomendara platos nuevos porque, al final, terminaba comiendo lo mismo todos los días.
—Ah, muy bien, adiós, profesora —dijo mi estudiante tímida.
—Adiós —dijo el resto al unísono mientras me adelantaban.
—Eh… adiós, adiós —dije yo con cara tonta.
Sin darle muchas más vueltas seguí caminando hasta salir del campus. Cruzando la carretera de la estrecha calle en la que desembocaba la universidad, un estudiante me saludó con energía y se acercó a mí.
—Profesora —dijo agachando un poquito la cabeza cuando ya lo tenía frente a mí.
—Hola, Carlos. —Todos los estudiantes chinos se rebautizaban con nombres originarios del idioma que estuvieran estudiando. Aquello me parecía muy curioso y a la vez, inmensamente, útil para los extranjeros porque si no, nos sería imposible recordar sus nombres chinos—. ¿Cómo estás?
—Bien, bien, ¿has comido ya?
Lo miré confusa, no sabía qué contestar.
—No, Carlos, todavía no, voy ahora —respondí finalmente.
—Vale, profesora, adiós —y sin más se fue.
Adiós, me dije a mí misma porque el estudiante ya se había marchado. Tras permanecer inmóvil un momentín, reflexionando el sentido de la pregunta, avancé hasta llegar al restaurante.

Los restaurantes del barrio universitario eran pequeñas lonjas en las que servían la comida rápida y a muy buen precio. El horario era el mismo para toda la universidad así que, antes del mediodía, siempre estaban a tope. Era un auténtico ir y venir de platos, risas y gritos de los estudiantes mientras comían a una velocidad increíble. Para ellos el tiempo era sagrado, así que no se concedían más de quince minutos para el almuerzo. Querían aprovechar todo el descanso del mediodía para ir a la biblioteca y estudiar o practicar un poco de deporte, pero lo de tomar un café de sobremesa y disfrutar de una buena charla, no iba con ellos.
Me senté en una mesa de dos, compartiéndola con un joven un poco gordito que apenas levantó la vista de su plato único. Pedí tofu japonés y un bol de arroz con huevo. No tuve mucho problema en hacerme entender, porque mi compañera Li Ni me había aconsejado aprenderme de memoria las páginas y el lugar, en el menú, de los platos que me gustaban. Por ejemplo, las alitas de pollo al wok con salsa de Cocacola, que me encantaban, estaban en la página 3 y era la segunda línea empezando por abajo. Revuelto de tomates, en la página 4, en la primera línea después del segundo título en negrita. Me había aprendido el lugar de unos cinco platos, en el menú de tres restaurantes diferentes, y cada vez que iba rezaba para que no hubieran cambiado los menús porque, si así era, estaba perdida.

Necesité más de cuarenta minutos para comer mi tofu y el arroz porque, por aquel entonces, los palillos no me resultaban nada fáciles de manejar. Me lo tomaba con calma.
Cuando terminé fui directa a la biblioteca. Había quedado con Feng Min para grabar material de audio para los estudiantes. Eran actividades que complementaban los temas del manual de español, principalmente para ayudar a los estudiantes con la fonética.
Aceleré el paso subiendo las escaleras porque me di cuenta de que llegaba tarde.
—Elvira.
Levanté la cabeza de los peldaños y vi al viejo profesor Chan, director del departamento de español, bajando las escaleras.
—Profesor Chan, ¿cómo está?
—Bien, bien, Feng Min te espera.
—Sí, llego un poco tarde, lo siento.
—Está bien. ¿Has comido ya?
—Sí… —dije titubeante.
—Bien, adiós, Elvira.
—Adiós, profesor Chan.

Abrí la puerta del estudio de grabación.
—Llegas tarde —Feng Min me acababa de dar la bienvenida.
Por alguna extraña razón no le caía demasiado bien a aquella chica. Imagino que ocuparse de una extranjera que no sabía chino, lo que la convertía en una ciega-sordo-muda, podía llegar a ser muy pesado. Y se notaba que, en algunas ocasiones, ella estaba un poco harta de mí.
—Sí, lo sé, es que he pedido tofu japonés, el que se resbala entre los palillos, como tiene esa salsa viscosa pues es muy difícil sujetarlo, por eso… —decidí callarme porque a ella no parecía interesarle lo más mínimo, estaba ordenando la mesa y comprobando los micros.
—¿Empezamos? —preguntó con una inexpresiva sonrisa.
Me senté a su lado, ajusté mi micrófono y comencé a leer un texto sobre una mujer que se llamaba Ema y su esposo Paco y que vivían en una casa grande a las afueras de la ciudad. De repente, dos párrafos más abajo, Paco preguntaba a uno de sus compañeros del trabajo si había comido ya, su compañero le dijo que no y ambos se despidieron en las líneas siguientes sin que el diálogo ofreciera más detalles. Levanté la cabeza como un resorte y pregunté a Feng Min con enorme intriga:
—Pero ¿qué tipo de pregunta es ésta?
Feng Min cerró los micrófonos y paró la grabación. Después me miró escondiendo cierta molestia.
—¿Qué pregunta?
—La de, ésta, la de que dice aquí: “¿has comido ya?”
—Bueno, es una pregunta sin más, para saludarse.
—¿Para saludarse?, ¡jajajajajaja! —¡Algo era ello! Y yo creyendo que todos mis estudiantes querían llevarme a comer, ¡qué ilusa! —. Claro, ahora comprendo, es como decir, hola, ¿qué tal?, bien/mal, y te vas, ¿no? O sea, ¿has comido ya?, sí/no, y te vas.
—Exacto —contestó esbozando la misma sonrisa inexpresiva de antes.
—Ay, es muy gracioso, ¿has comido ya?, ¿has comido ya?, ¿has comido ya? —repetía una y otra vez muerta de la risa.
—¿Continuamos? —sonrisa inexpresiva en acción.
—Joe, bufff, son textos aburridísimos, ¿no te cansas de grabar? —pregunté con el morro torcido. Ella estiró el cuello y apretó los labios, hay que hacerlo, dijo con sequedad y después añadió:
—No solucionas nada quejándote, sólo que perdamos más tiempo.
Aquello era disciplina china y lo demás tonterías.
Por supuesto me callé y en hora y media terminamos de grabar, con apenas un descanso de tres minutos.
Una vez fuera de la biblioteca Feng Min me recordó que al día siguiente deberíamos grabar cuatro textos más.
—Bien, vale —dije desganada—, ¿a qué hora?
—¿A las dos está bien para ti?
—Sí, no tengo nada que hacer por la tarde —respondí salpicando los hombros hacia adelante, después hice una pausa y pregunté—: ¿Te apetece un café?
—Oh… —Feng Min parecía sorprendida—. ¿Un café? No sé, siempre bebo té, pero vale, bien, sí.
—Vale, bueno, adiós —y, levantando la mano para despedirme, empecé a caminar hacia el lado contrario al que ella estaba, después me di la vuelta para mirarla, ella seguía quieta, así que me detuve y, acercándome de nuevo, le expliqué—: Feng Min, se trata de una pregunta para despedirse, se utiliza mucho en España: ¿te apetece un café?, es como decir, adiós, pasa un buen día. Pero no significa que te vaya a invitar a un café, ¿lo entiendes?
—Oh… ya, entiendo, no lo sabía.
Me empecé a reír como una loca, pobre Feng Min, qué carita tenía.
—¡Que no!, ¡que es broma, boba! —le grité muerta de la risa.
Feng Min me golpeó el brazo con su puño y se empezó a reír también. Qué delicia oírla. Y es que aquella chica de sonrisa inexpresiva tenía una de las carcajadas más bonitas y contagiosas que jamás había escuchado.
—Claro que te invito a café, loca —y agarrándola del brazo nos fuimos, con la risa tonta todavía, hacia mi apartamento.
Estaba claro que, aunque llevábamos dos meses hablando el mismo idioma, fue a partir de aquella tarde cuando empezamos a entendernos.