miércoles, enero 27

Receta entre páginas

Bodegón con salmón por Oscar Capeche
Miré el salmón, era una gruesa rodaja de salmón fresco. Estaba sobre la tabla de madera que acababa de colocar en la pequeña encimera de mi cocina. Miré por la ventana. La lluvia había arrastrado toda la nieve, ya no quedaba nada. La calle estaba flacucha. Viéndola tan desnuda daba pena. Miré de nuevo al salmón. No quería prepararlo con salsa ali-oli. Hoy me merecía algo especial.
De uno de los armarios saqué un pequeño bol. Lo coloqué en la parte izquierda de la tabla de madera. Empecé a trocear el pescado en taquitos. Cuadraditos, una veintena de cuadraditos. Algunos respetaban mejor la forma, otros no. Los dejé a un lado y piqué un diente de ajo y lo mezclé con un poco de cebolla igualmente picada. Lo eché en el bol y puse una chorretada de aceite. Se estaban ahogando. Un poco de pimienta negra y cilantro. Tomé los taquitos de salmón con ambas manos y los eché, de una sola vez, dentro del bol. Adiós, les dije con la mano desde arriba. Cogí la pequeña botellita de salsa de soja y la vertí sobre el bol. Planeaba como una avioneta extinguiendo un incendio. Una vuelta, dos vueltas, tres vueltas, hice una pausa y, con mucho riesgo, me atreví a una cuarta vuelta. El salmón chapoteaba en negro. Saqué un tomate de la nevera, el más maduro. Lo pelé y lo partí en pequeños trozos. Cubrí el salmón de rojo. Qué bonito, pensé. El contraste convertía la salsa en granate. Daban ganas de comérselo con sólo mirarlo. ¿Qué sabor tendría el granate? Con timidez metí el dedo índice en el bol. Húmedo lo saqué y me lo metí en la boca. Me chisporrotearon los ojos y se me escapó la risa tonta. Claro, sabía a sorpresa fermentada.
Lo dejé macerar mientras preparaba el postre. Algo dulce, muy dulce. Era mi día, era mi regalo.
Calenté una pequeña sartén y pelé un plátano. Lo abrí en canal. Coloqué las dos partes sobre la sartén, parecía la imagen de un espejo. Lo rocié con un poquito de azúcar. No tardó en dorarse. Lo saqué y puse ambas partes en un platito. Batí nata líquida con mucha azúcar hasta formar espuma. Cubrí el plátano con la nata espumosa. Necesitaba algo de color así que escurrí por encima el bote de caramelo líquido. Llevé el platito, con cuidado de no derramar nada por el camino, a la mesa. Lo miré un instante. Qué rico, dije en voz alta orgullosa de mí misma.
Volví a la encimera. El salmón macerado me estaba esperando. Lo volqué en un recipiente algo más plano que un bol pero sin llegar a ser un plato, algo amorfo, vamos, que sirve para todo un poco. Piqué dos pepinillos al eneldo y lo mezclé en la masa que se había convertido mi salmón. Por último saqué de la nevera mostaza de miel y apreté el bote con gusto derramándolo sobre el pescado. Con todo ello formé una montaña y con un tenedor dibujé raíles de trenes hacia un lado y hacia el otro, como Richard Dreyfuss con su puré de patata en Encuentros en tercera fase. El tartar de salmón estaba terminado.
Calenté un par de rebanadas de pan y las abrigué con mantequilla y sal.
Una vez sentada a la mesa, lo observé todo con impaciencia.
—¿Qué celebramos? —me preguntó el vasito de agua balanceándose de un lado a otro.
—Que soy escritora, oficialmente soy escritora —dije con una sonrisa en la boca.
Un taquito de salmón, con mucho esfuerzo, pudo salir de la montaña que había creado para dar forma al tartar. Y sosteniéndose sobre sus dos finitas patas se sacudió la salsa anaranjada que llevaba encima.
—Enhorabuena —dijo entonces extendiéndome su minúsculo bracito.
—Gracias —dije dándole mi mano con mucho cuidado de no chafarle la suya.
Tomé el tenedor y fui a por mi primer bocado de tartar, cuando un gritito desde abajo me hizo parar.
—¡Esperaaaaaaaaaaa! —el taquito de salmón se había cubierto la carita con ambos brazos. Parecía no querer ver aquel trágico final tan de cerca—. Creo que antes deberías decir unas palabras.
—Bueno… —creo que llevaba algo de razón—, agradezco enormemente, a este tartar y a este plátano frito caramelizado, el estar conmigo en una celebración tan especial —al oírlo, tanto el taquito de salmón como una de las dos mitades del plátano se ruborizaron, y agacharon sus cabezas en gesto agradecido—. Hoy mi sueño se ha hecho realidad… ¡he firmado mi primer contrato editorial! ¡Se publica mi novelaaaaaa!
Tras mi berrido, cuatro taquitos más de salmón se unieron al que andaba solo, y comenzaron a corretear por todo el plato como locos al grito de: “¡oe, oe, oe, oe, oe, oe, oe!”. Una de las rebanadas de pan se puso en pie y pidió el baile a una de las mitades de plátano. Entusiasmada, y goteando nata, aceptó y se convirtieron en el Fred Astaire y Ginger Rogers de la mesa. El tenedor excitadísimo daba piruetas arañando la servilleta de papel quien aguantaba, con absoluta dignidad, semejantes girones.
Contagiada por tanto jolgorio me levanté y me auto jaleé a ritmo de mis propias palmas. Pero un ruido seco en la ventana me hizo parar de golpe. Era Fred, mi vecino, que perplejo me miraba desde el otro lado. Me acerqué y abrí la ventana riéndome de mí misma.
—Princesa, ¿todo bien?
—Mejor que nunca, ¿te gusta el tartar? —pregunté con una enorme e ilusionada sonrisa.

viernes, enero 22

Besos

Dame un beso. ¡Ay, qué pesado! Te voy a echar de menos, ¿lo sabes? Enseguida se te pasará. Igual no. Seguro que sí, no te rías, te lo digo en serio, siempre estás igual y luego en un par meses me odiarás de nuevo. Nunca te he odiado, boba. ¿No?, yo a ti sí. Idiota. Idioto. Dame un beso. ¡A que me bajo del coche! Bájate, ¿a ver cómo eres capaz de volver a casa? Vale… no me bajo. Pero qué paciencia tengo, txiki. ¿Paciencia?, ¡paciencia la mía! Dame un beso y te perdono. ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!, ¿cómo eres así? ¿Así cómo? Así de pesado. Seguro que tú también me echas de menos. Bufff, ¡para nada!, ¿no ves que no tengo tiempo para eso? Pero si te pasas el día llorando en ese pueblo americano. Llorando de alegría, no te confundas… ¡de verdad!, ¡no te rías! Dame un beso. ¡Pásate el semáforo en ámbar!, temo por mi integridad física si te paras. Oh… lo siento, se puso en rojo. ¡Las manos en el volante! Dame un beso. Ni te me acerques…
Pero se acercó. Ella se rió y se dejó abrazar. Él le acarició la nariz con los labios. Ella se escondió entre su cuello. Aspiró su olor, ese olor tan a él. Le mordió el lóbulo de la oreja y le susurró mimosa:
—Pídeme un beso…
—Ahora no, cuando vuelvas —dijo sonriendo venganza.
—Dame un beso, dame un beso para llevármelo… —suplicó entonces ella, echándolo ya de menos.

lunes, enero 18

Café vs Chocolate


—¡Hola, señora Elvira!
Levanté la cabeza del suelo y vi a Shayne bajándose de su bici frente a las escaleras de mi porche.
—¡Hey! ¡Qué sorpresa! ¿Cómo fueron tus vacaciones de Navidad? —me hizo ilusión verlo, me encantaba aquel niño.
—Bien, fui a Princeton con mi madre, a casa de mis tíos. Estuve con Jesse, ¿sabes?
—Oh, eso suena divertido —dije con una sonrisa desde la puerta de casa, con el bote de sal en una mano y la taza de café en la otra.
—¿Qué haces? —preguntó mirando extrañado la sal.
—Bueno… pretendo quitar el hielo de la entrada porque ayer me caí —Shayne se rió—, así que con un poco de sal puede valer.
—Mi padre tiene un spray especial, lo utiliza para quitar la nieve del coche —dijo serio sujetando su bici con ambas manos.
—Sí, pero yo no tengo spray, no importa la sal de cocinar sirve también —al decirlo me sentí un tanto ridícula, porque me di cuenta de que un niño de diez años me estaba dando una lección de practicidad. Intenté cambiar de tema—: Oye, Shayne ¿no hace demasiado frío para andar en bici?
—Sí, pero mi madre está limpiando la moqueta y dice que si estoy en casa la voy a pisar, así que tengo salir por dos horas más o menos…
—Vaya… pues, creo que vas a pasar mucho frío —dije con pena.
Shayne levantó los hombros con gesto de: ya lo sé pero ¿qué quieres que haga?, después me preguntó:
—¿Qué es eso?
—¿Esto? —dije levantando la taza de café. Shayne asintió con la cabeza sin dejar de mirarla—. Es café —contesté.
—¿Está caliente?
—Mmm… sí, todavía está caliente.
—Está guay beber cosas calientes cuando hace frío —dijo mirando al suelo, luego levantó la cabeza y preguntó con intriga—: ¿En tu país hace frío? Y, y, y ¿nieva?, ¿nieva como aquí?
—Bueno, depende de las ciudades, en la mía no, no nieva casi nunca.
—Está guay la nieve, pero el frío no me gusta tanto —dijo volviendo a mirar al suelo.
Me dio pena verlo así.
—Hey, Shayne, ¿te apetece un vaso de chocolate caliente?
—¡Vale! —gritó tirando la bici hacia un lado y subió corriendo las escaleras del porche.
—¡No! —dije cortándole el paso—. Antes debes pedir permiso a tu madre, no quiero meterme en problemas.
—¡Vale! —gritó nuevamente mientras bajaba las escaleras tan rápido como las había subido. Se colocó en mitad de la carretera y empezó a vociferar—: ¡Mamá, mamá, mamaaaaaaaaaaá!
¿Tanto le costaba terminar de cruzar la carretera, entrar en su casa y hablar con su madre en un tono de voz medianamente normal?, pensé riéndome desde el porche.
—¿Qué demonios…? —preguntó la señora Harper saliendo por la puerta de su casa al escuchar los gritos de su hijo. La señora Harper era una mujer muy gorda, tenía el pelo grasiento, bastante largo, lo llevaba atado en una coleta baja, y a pesar de no llegar a los cuarenta años lo tenía completamente cubierto de canas. Por su gesto comprimido parecía estar de muy mal humor.
Shayne desde la mitad de la carretera, le preguntó si podía venir a mi casa a beber chocolate. Su madre me miró con desconfianza. Yo, a modo de saludo tranquilizador, levanté el bote de sal, cuando me di cuenta del error lo volví a bajar rápidamente y levanté la taza de café que estaba en la otra mano.
—Está bien —dijo mirando a su hijo con cara de pocos amigos, luego levantó la vista y dirigiéndose a mí añadió—: Cariño, cuando te canses de él, échale a la calle —y sin más volvió a entrar en casa.
A Shayne le faltó tiempo para correr hacia mi puerta y meterse directamente en mi salón. Una vez allí lo miró todo con curiosidad, bueno, en realidad, había poco que mirar. Estaba tan acostumbrada a las mudanzas que ya no tenía ninguna ilusión por decorar mis nuevos apartamentos. Así que un par de murales indios por aquí, una vieja butaca por allá frente a un pequeño televisor prestado y un escritorio, imitación a madera, contra la pared.
—¿Vives aquí sola?
—Sí —contesté entrando en la cocina—. Ven y dime qué taza quieres.
Abrí uno de los armarios y empecé a sacar todas las tazas que tenía. De San Francisco, de Las Vegas, de New York, una que decía: “yo estuve en el Gran Cañón”, dos de la universidad donde trabajaba, otra de Hollywood…
—Y ¿por qué no te casas? —preguntó Shayne detrás de mí.
—Bueno… no sé, imagino que porque nadie quiere casarse conmigo, ¿no? —dije sacando la última taza que tenía, era de Washington.
Shayne se acercó a mí y señaló la taza de San Francisco, era la más grande y tenía los dibujos en relieve, fácil elección para un niño.
—¿Es porque eres tan bajita? —me preguntó con absoluta seriedad mientras se sentaba en la mesa.
Me costó aguantarme la risa y le contesté que no creía que mi estatura fuera el problema de mi soltería.
—Ya… —dijo meditando—. ¿Sabes quién es Megan Fox? —le dije que sí con la cabeza mientras buscaba la leche en la nevera—. Ella es alta.
Cerré la puerta de la nevera muerta de la risa.
—Shayne, creo que entre Megan Fox y yo no sólo existe la diferencia del tamaño.
—Vale, pero ¿sabes quién es Sue Reed?
—No, ¿actriz? —pregunté vertiendo la leche en la taza de Shayne.
—No.
—¿Cantante?
—No, está en mi clase.
—¡Aaaah! —exclamé divertida, ¿cómo podría haberlo adivinado?
—Y ¿sabes quién es Connor Grant?
—No, Shayne, no sé quién es Connor Grant —dije esta vez cubriéndome las espaldas.
—Está en mi clase también. ¡No muy caliente, por favor! —se apresuró a decirme al ver que metía la taza en el microondas—. Sue Reed era mi compañera en el equipo de gimnasia y el lunes me dijo que se iba al grupo de Connor Grant.
—Vaya, lo siento, Shayne, y ¿Connor Grant es más alto que tú?
Shayne se puso en pie, se estiró todo lo posible y colocó su mano derecha como a un par de palmos sobre su cabeza diciendo:
—Así, es así, ¿ves?, así de alto.
—¡Ay!, pues sí que es alto, y ¿tú crees que Sue Reed se casará con Connor Grant?
Se sentó de nuevo resoplando y meditando la pregunta.
—Yo creo que sí… —contestó al fin en un tono desesperanzador.
Me conmovió, pronto empezaba a sufrir por amor.
Le preparé la taza de cacao vertiendo toneladas de chocolate líquido. Cuando Shayne vio la taza tan negra se le iluminaron los ojos de nuevo.
—¡Irayo! —exclamó excitadísimo.
—¿Irayo?, ¿es otro amigo alto que tienes en clase? —pregunté mientras me levantaba para prepararme otra taza de café.
Shayne se rió.
—¡Noooo! Irayo significa gracias en Na’vi.
—¿En dónde? —dije frunciendo el ceño mientras me acercaba a la mesa con la taza de New York rebosando café negro.
—En Pandora.
—¿Eh?, ¿como la caja?, ¿la caja de Pandora?
—¿Qué? —preguntó Shayne tronchado de risa sobre la mesa porque no entendía que no pudiera saber de qué me estaba hablando—. ¡Avatar! ¡La película Avatar que tiene idioma propio!
—Oh… la película, es que no la he visto.
—¡¿No?!, ¡es guay, señora Elvira, es guay! Mi tío nos llevó a mi primo Jesse y a mí al cine en Princeton, y, y, y —estaba tan emocionado contándomelo que hasta se le trababan las palabras—, la vimos en tres dimensiones con unas gafas guays, que te las pones y todo sale de la pantalla y te cae encima.
—¡Wow!, ¡qué miedo!, ¿no?
—No, no da miedo —dijo rápidamente para tranquilizarme, tapé mi risa tras la taza—. ¿Te la cuento?
—¡Claro! —me moría de ganas por escuchar a aquel niño contar una historia del mismísimo James Cameron.
Shayne se reclinó sobre la silla y se quedó todo tieso.
—Mira, así, así, ¿ves? —decía inmóvil con los brazos bien pegaditos al cuerpo—, así se mete Jack en una caja de cristal que la tapa se baja automáticamente, mira, hace así: sssshhhhhup —articulaba con la boca mientras que el brazo derecho fingía ser la tapa.
—Ya veo ya…
—Entonces, a Jack lo convierten en na’vi, que, que los na’vis son extraterrestres de otro planeta, ¿no?, que son azules y son súper, súper, súper altos.
—¡Vaya! ¡Entonces estarán todos casados!
—No sé… eso no lo dicen en la peli —contestó el pobre Shayne sin entender mi chiste—. Entonces Jack ya no es Jack, es, es, es, ahora es extraterrestre, es azul, y eso y llega allí, al otro planeta, Pandora y la chica...
—¿Sue Reed?
—No, tonta —me corrigió loco de risa—, Sue Reed está en mi clase, pero esta otra chica es una na’vi, y, y, y entonces luego se hace muy amiga de Jack y Jack ya no quiere volver a América.
—Vaya…
—¡Es que Pandora es guay! Entonces como Jack no quiere volver a casa, van a buscarlo y hay luchas y luchas y…
Shayne tardó en contarme lo de las luchas por lo menos una hora, que sí crash, pum, pugggg, boooom, pam-pam-pam-pam, nio, nio, crash, zup, zup, y la tapa de cristal que se abre otra vez y sssshhhuuuuup y se vuleve a cerrar sssshhhuuuuup, bang-bang, zip, zip y… ¡BUUUUGGHHH!

—Tienes que verla, señora Elvira —me recomendó Shayne recogiendo la bici al final de las escaleras del porche.
—Seguro, la veré, ¡adiós, Shayne! —dije desde la puerta.
—¡No!, hay que decirlo en el idioma Na’vi: ¡eywa ngahu!
—Oh, ¡eywa ngahu, Shayne! —dije con cuatro dedos de la mano izquierda en alto, separándolos de dos en dos.
—Eso no hacen en la peli —me recriminó serio mientras se montaba en su bici.
—¡Ops! —y escondí con vergüenza la mano tras mi espalda.
Antes de llegar a la acera de enfrente se paró, se dio la vuelta y con convicción me dijo:
—Mi abuelo dice que nos pasamos la vida creciendo así que, señora Elvira, no te preocupes, al final, te casarás.
—Irayo… —dije emocionada por tanta inocencia.