martes, marzo 23

Carta desde NY

Rainy day in Manhattan, por Jonelle Summerfield

Quiero contarte que ayer me corté el pelo, le dije que cuatro dedos pero está claro que sus dedos no eran como los míos. Que sentada en un banco de Central Park me di cuenta de que odio todos los parques del mundo. Que terminé el libro de Hosseini anoche en el hotel. Que el sábado conseguí una entrada por 30 dólares para ver a Scarlett Johansson en el teatro, y la columna era muy linda. Que las cafeterías están llenas de gente sola, una persona por mesa, por eso nunca encuentro sitio. Que un taxista afgano me preguntó cuatro veces adónde iba porque no me entendía, será por mi acento de West Virginia, le dije. Que cenando en un Tailandés, de la calle 95 con Broadway, estornudé y se me salió un grano de arroz por la nariz, me reí sola. Que lleva todo el día lloviendo. Que me acabo de comprar en Barnes la novela “Perdona si te llamo amor”. Que me encanta pasearme por Manhattan con el café en vaso de plástico, muchas veces lo llevo vacío pero, aun así, no lo tiro, es cool. Que el domingo escribí un cuento nuevo en el muelle, frente al puente de Brooklyn. Que me he hecho la manicura en Chinatown por seis dólares, ahora llevo las uñas negras. Que tomé el metro para ir a Washington Square pero, para cuando me di cuenta, estaba en Malcom X Boulevard. Que, mientras esperaba mi Carrot Cake en Magnolia de la Sexta Avenida, observé a una pareja que no tenía nada que decirse. Que a nosotros nunca nos faltan palabras sino tiempo. Que no existen ciudades espectaculares sino buena compañía. Que te escribo porque mi ego no me deja llamarte. Que te echo de menos.

viernes, marzo 19

Filólogos, esa extraña raza

Elvira llegaba a la mesa con la lengua fuera, mordiéndosela de medio lado con los incisivos. Creía que de esta forma podría mantener mejor el equilibrio, pero no se daba cuenta de que parecía medio tonta. Portaba un plato a rebosar de palmeritas de chocolate, huevos revueltos, tres salchichas, una tostada con dos tarrinas diminutas de mermelada, macedonia de fruta y arroz con bacón.
Ay, mierda, el café, dijo una vez a la mesa. Se levantó de nuevo, tomó una de las tazas apiladas que había sobre un carrito en mitad del comedor y fue directa al termo eléctrico.
—¡Hala! ¡Rober, Rober, mira cómo sale el chorrito, mira cómo sale! ¡Mira, mira, es automático! ¡Qué chorrito!
A Elvira no sólo le oyó Roberto, que estaba sentado en su misma mesa revisando algo en el portátil, sino también el resto de los comensales del restaurante-comedor del hotel.

Eran las nueve de la mañana. Roberto y Elvira, al igual que otros sesenta profesores más, estaban hospedados en el Hotel Hyatt de Manila invitados por el Instituto Cervantes. Era el primer congreso PELEA, Profesores de Español como Lengua Extranjera en Asia.
—Menuda pelea nos espera durante los próximos cuatro días, ¿eh, Rober? —dijo Elvira sentándose con su taza de café en la mano—. ¿Entiendes? Pelea de PELEA, es que yo me meo, ¡ay, he estado en una pelea en Manila!, la gente flipa, ¿no?, yo me parto, pe-le-a.
Era gracioso, sí, pero Elvira había repetido el chiste unas cinco veces desde que la noche anterior su avión aterrizara en Filipinas procedente de China.
—Bueno, ¿qué te parece esto? —preguntó Roberto dando la vuelta a su portátil para que Elvira pudiera ver el PowerPoint que estaba preparando.
—Tú no has entendido el chiste.
—¡Ay, nena, que sí que lo he entendido pero te repites más que el ajo! Venga, ¿te gusta o no?
Elvira mordisqueó una de las palmeritas mientras se acercaba a la pantalla del ordenador de su amigo. La enseñanza del español en Bangladesh desmonta la metodología tradicional en el aula, leyó en voz alta a la vez que escupía virutillas de chocolate.
—¿Sí? Entonces, primero presento el sistema educativo de Bangladesh —decía Roberto escenificando con las manos sus palabras—, y como consecuencia el choque que supone la enseñanza del español, lucha mordaz entre el enfoque comunicativo y el tradicional, reinvención de los manuales por parte del propio profesor de español que… Nena, ¿me sigues?
Pero Elvira estaba demasiado concentrada en mezclar los dos sabores de mermelada en la tostada y rociarla del arroz frito con bacón.
—…y ahora le pongo un troncito de piña y… —murmuraba ella sola—. ¡Mira, Rober!, ¡tostada filipina! O, si lo prefieres, tostada a lo Isabel Preysler.
Roberto intentó contenerse pero finalmente le rió la gracia, no porque la tuviera sino por aquella manera tan peculiar que tenía Elvira de decir lo primero que se le pasara por la cabeza. Y es que a Elvira las neuronas no le fluían a la misma velocidad que al resto de la gente.

Roberto tomó aire estirándose sobre la silla y echando un vistazo a su alrededor.
—Ay, nena —dijo echándose hacia adelante y tomando una postura muy confidencial frente a Elvira—, ¿por qué no me haces un favor?
Elvira dejó la tostada en el plato e, intrigada, se acercó a su amigo sin decir nada.
—Nena, tírate al profesor de Hanói y luego me lo cuentas, anda.
—¿Al de Hanói? ¿A Enrique Blanco? —preguntó localizándolo dos mesas más a su derecha.
—Sí… ay… es monísimo, no me lo quito de la cabeza desde que coincidimos en el seminario de Hong Kong.
—Pero si es gay.
—¿Gay?
—Gay.
—Bueno, pues en ese caso ya me lo tiro yo.
Elvira rompió a reír como una loca. Conocía a Roberto de hacía tan sólo un par de años. Se encontraron en unos cursos para formar a profesores de español en el extranjero, organizados en Madrid por el Ministerio de Asuntos Exteriores. Tan sólo necesitaron intercambiar un par de frases para darse cuenta de que compartían el mismo sentido del humor y el poco fundamento. Fue todo un flechazo.
—Oye, pero ¿estás segura?, no lo veo yo.
—Segurísima. Aprovechando las vacaciones de primavera me fui a Vietnam y quedé con él, majísimo, majísimo —enfatizó ladeando lentamente la cabeza de un lado a otro—, y bueno, me presentó a su novio y eso, también muy majo —Y alzó los hombros dando a entender que no había mucho más que decir.
Roberto apoyó los codos en la mesa, se rascó la perilla y frunciendo el ceño preguntó:
—Y ¿cómo te dio a ti por irte a Vietnam sola?
—¡Uy!, porque yo también pensaba que Enrique era hetero.
Roberto aplaudió aquella respuesta como un loco, se moría de la risa, lo cierto es que no esperaba menos de su amiga.
—Hola, ¿me puedo sentar? —con esta pregunta, un joven alto y desgarbado interrumpió las risas.
Antes de contestar, ambos amigos leyeron rápidamente la pegatina que tenía en el pecho con el nombre del congreso, de él mismo y de la Universidad de la que era profesor. PELEA. Eduardo Sainz de Marcos. Universidad de Taisho.
—¿En Japón? —preguntó Roberto señalando su pegatina.
—Sí, en Tokio —contestó el chico.
Elvira se puso en pie para retirar el jersey y el bolso que colgaba de la silla donde pretendía sentarse Eduardo.
—Yo soy Elvira, de la Universidad de Lenguas Extranjeras de Dalian, China.
—¿Dalian? Eso queda en Manchuria, ¿no?
—Sí, un frío horrible, cuando sales a la calle tienes que frotarte así la nariz —y empezó a frotársela en círculos con los dedos—, porque si no la sangre deja de circular, se te queda blanca y se te cae. Por eso los chinos del norte tienen esa cara tan rara, porque a muchos les falta un trozo de nariz.
—Vaya… —exclamó tímidamente con cara compungido—, pues no tenía ni idea, debe ser dura la vida allí.
—¡Que no! ¡Que es broma! Dalian es una ciudad espectacular junto al mar, y todos tienen la nariz perfecta, chatilla pero completa —y empezó a reírse mirando a Roberto.
Éste puso los ojos en blanco y tras suspirar quiso aclarar:
—A Elvira la invitan a este tipo de congresos para amenizar los encuentros y siéntate porque en breves te contará el chiste de PELEA, tú siéntate, siéntate, ya verás.
El chico se sentó un tanto arrepentido de haber elegido aquella mesa, en las otras parecía que la gente era más normal.
—Ah, yo soy Roberto de la Universidad de Dhaka, Bangladesh —dijo frotándole el antebrazo.
Vaya, nunca pierde comba, pensó Elvira del sinuoso gesto de su amigo.
—Y ¿tu presentación de qué va? —preguntó la de Dalian cogiendo de nuevo la tostada filipina y llevándosela a la boca.
—Del Haiku.
—¿Del Haiku?, pero, no sé, ¿qué tiene que ver la poesía japonesa con el español?
Elvira asintió con la cabeza, haciendo ver que apoyaba la pregunta de su amigo, aunque en realidad se acababa de enterar de lo que era el Haiku, y aun así, no terminaba de enterarse de mucho.
—Bueno, yo es que soy poeta, enseño español a través de la poesía japonesa, con traducciones.
Elvira y Roberto se intercambiaron una fugaz mirada de ojos de besugo. No, si al final iba a resultar que Eduardo era el más friki de la mesa.
—La gramática se oye y a veces, no siempre, se entiende pero la poesía se siente —añadió.
Roberto empezó a recoger sus cosas, le iba a entrar la risa y no quería parecer un impertinente, así que se apresuró a levantarse y a despedirse antes de escupir la primera carcajada. Ya casi en la puerta esperó un momento a que Elvira lo mirara y fingió ahorcarse, salió del comedor riéndose escandalosamente. Elvira lo odió.

—Bueno, y ¿cómo es Tokio?, me gustaría ir en octubre una semana —comentó Elvira bebiendo un poco de café, en realidad estaba utilizando la taza para taparse la sonrisita nerviosa que tenía.
—¿Tokio? —Eduardo la miró, guardó silencio y preguntó de nuevo—: ¿Cómo es Tokio?
—Tokio, sí, Tokio.
Eduardo se rió.
—Lo sé, Elvira, era una pregunta retórica —explicó presuntuosamente.
Ésta casi se atraganta con el café.
—Tokio es miso en llanto, Tokio es neón, Tokio es obscenidad oscura, tigre corrompido, Tokio es silencio del estruendo, abominable Ginza, escarnio del yen, Tokio es Ikebukuro de piel y roce, es abismo y crudo contraste en net.
Si Elvira abría más los ojos se le iban a reventar las cuencas. Con meditada parsimonia se retiró un mechón de la cara y sonriendo forzosamente dijo:
—Vaya, pues… sí que tiene cosas, ¿eh? —Bajó la vista, tomó su plato con ambas manos y, con una ingenua simpatía, preguntó a Eduardo—: ¿Cabría poesía en una tostada filipina?

lunes, marzo 15

Uno únicamente

Nota: Para contextualizar este relato se recomienda leer antes la entrada: Un día y dos vidas

—Me gusta tu pelo.
—¿Mi pelo?
—Sí, ni liso ni rizado, es… —tomó un mechón entre los dedos y lo olió—, no sé, un pelo original y eso me gusta —hizo una pausa mirándola con ternura, luego se dio media vuelta y yendo hacia la encimera de la cocina dijo—: Voy a prepararme café, ¿quieres?
—¿Bebes café?
—Elvira, ¿qué te pasa esta mañana? —preguntó riéndose. Ella no dijo nada, sonrió desde la mesa—. Bueno, ¿quieres o no?
—Claro —contestó observándolo embelesada—. ¿Eres escritor? —preguntó después.
Él se rió al escucharla. Tomó las dos tazas y se sentó a la mesa junto a ella.
—¿Escritor dices? —repitió la pregunta divertido—. Eso dicen, sí. Elvi, oye —empezó diciendo en un tono más serio—, no tomes más café, creo que te está afectando.
Ella le rió el chiste como una idiota y lo miró a los ojos. A esos ojos tan verdes, tan sinceros, que desprendían tanta calma, tanta seguridad.
—Pensaba que nunca iba a conocerte —dijo ella aislando cada una de las palabras.
—Estás loca, ¿lo sabías? Estás tan loca que es imposible dejar de quererte, tu locura es adictiva —dijo abrazándola sin cuidado de hacerla daño, la estrujaba contra sí con todas sus fuerzas, como si quisiera absorberla.
—Dime tu nombre —suplicó susurrante.
—Ron Adkins, tonta, Ron Adkins.

—Ron Adkins, Ron Adkins, Ron Adkins…
Repetía una y otra vez Elvira, mientras fregaba el único plato que había utilizado para comer, con su único vaso.
—Ron Adkins, Ron Adkins… —repetía secando el tenedor y el cuchillo y guardándolos en el cajón.
Tras cerrar el cajón lentamente, levantó la vista y a través de la ventana vio la tristeza de un domingo por la tarde. Apretó los labios y tragó saliva, se le escurrieron las lágrimas sin darse cuenta. Se miró las manos y se acarició los dedos sintiendo una inmensa soledad. Maldita soledad de domingo.

lunes, marzo 8

Locura de amor en tres actos

Primer acto.
Personajes:
Madre
Hija

La escena se desarrolla en una salita de estar de una casa española. La hija de 26 años tumbada en el sofá, en pijama bajo la manta mirando al televisor. La madre de 51 años, de pie junto a la puerta, con el abrigo puesto y las llaves en la mano.

Madre: Hija, bajo un momentín al supermercado, ¿quieres que te traiga algo?
Hija: No.
Madre: ¿Nada?
Hija: No.
Madre: Algo querrás, porque tú siempre quieres algo, otra cosa no, pero pedir, ¡madre mía! No conozco a nadie que se pase todo el santo día pidiendo y pidiendo.
Hija: Jo, mamá, bufff… que no quiero nada, que me dejes, que estoy viendo esto.
Madre: Y ¿qué es esto?
(La madre se adelanta, se coloca en medio de la sala y mira al televisor)
Hija: ¡Mamá, quita!, ¡pero quita!, ¡joe, qué pesada!, ¡que no me dejas ver!, ¿no te ibas al súper ya?, ¡pues venga!
(La madre vuelve junto a la puerta y mira su hija con enfado)
Madre: Vas a cobrar, te lo advierto. Que hasta ahora he tenido mucha paciencia contigo porque, oye, yo comprendo que necesitabas tiempo para superarlo, a fin de cuentas tienes que pasar el duelo pero…
Hija: Mamá, no empieces, ¿eh? No empieces, déjame en paz, anda, y vete al súper que te van a cerrar.
Madre: Haz el favor de levantarte, ducharte y hacer algo, porque llevas así dos meses y ya está bien, ¿eh? Tienes a tu padre frito, frito está, ya a mí me tienes hasta aquí, hasta el cocorote, te lo advierto, ¿eh?, te lo advierto. O cambias de actitud o te vuelves a coger las maletas y te largas, porque así no, ¿eh? ¡Así no! ¡Que nos tienes a todos machacados!
(Silencio, la hija empieza llorar)
Madre: Bueno, venga, ¿pues te traigo algo o no?
Hija: Que no, que me dejes, que me dejéis todos en paz...

Fin del primer acto
***
Segundo acto.
Personajes:
Charcutera
Madre

La escena se desarrolla en la charcutería de un supermercado.

Charcutera: ¿De éste o de éste?
Madre: No, no, no, ponme de ése que de aquél ya sólo te queda el culo y no, que ya sabes que el jamón me gusta finito y sin gordos.
Charcutera: Pues de éste entonces, ¿más?
Madre: Pues sí, mira, me vas a poner mortadela, dame sólo cien gramos.
Charcutera: Te la doy ya toda, serán ciento cincuenta, no te lo cobro, mujer, pero llévatela.
Madre: Bueno, pues dámela, pero es que no quiero llevar mucho que luego se me pone mala, chica, y la tengo que tirar y me da una rabia, me da una rabia que pa’ qué. Es sólo para mi hija, ¿sabes?, que la tengo ahí en el sofá, que yo no sé, de verdad te digo que no sé…
Charcutera: ¿No anda más animada o qué?
Madre:¡¿Animada?! Se pasa el día llorando, sin hacer nada y gritándonos a todos, de verdad que yo ya no sé qué hacer.
Charcutera: Si es que es una niña.
Madre: Pero si ya lo sabía yo, se fue a vivir con este chico el año pasado, dime tú, ¡qué dos!, ¡jugando a ser mayores! Claro, ni un año han durado, ¡ni un año! Y ahora ¡hala!, ¡de vuelta a casa! ¿Tú te crees?
Charcutera: Pobres, a mí me dan pena, porque no me digas, no me digas tú, ¿eh?, que nosotras a su edad casadas y cargadas con hijos.
Madre: ¿Qué me vas a decir? Yo tuve a Pablo con 21 y con 27 ya tenía a los tres. Que me daban unas jaquecas, ¡qué jaquecas!, pero si es que éramos unas benditas. Tan crías y con tanta responsabilidad. Lo que no entiendo es cómo los hemos sacado adelante, pero ya me dirás tú para qué. ¡Para tenerla en el sofá llorando por un payaso!
Charcutera: Suerte que tiene. ¿Nosotras llorar? No teníamos ni tiempo de preguntarnos si estábamos enamoradas de con quien nos habíamos casado.
Madre: ¡Uy, uy, uy, uy, uy! Las preguntas existencialistas para esta generación que tiene tiempo, como mi hija, que como no tienen nada más que hacer pues se mira el ombligo y se lamenta de su trágica vida. ¡Dime tú!
Charcutera: Ya se le pasará, mujer, dale tiempo. Oye, ¿te pongo un poco de choricillo de pamplona?, ¿quieres?, te digo porque te acompaña muy bien con la mortadela. La mía, la pequeña, la de 17, se prepara unos bocadillos que oye, ya te digo, con un poco de queso del de Vaquero que sale muy bien, el semicurado, pues oye, riquísimo.
Madre: No, deja, que es rara hasta para eso, de embutido sólo le gusta la mortadela, es así. Sus hermanos comen de todo pero ¿ella?, ¿ella? ¡Madre mía!, ¡peor que su padre!

Fin del segundo acto.
***
Tercer acto.
Personajes:
Chorizo de pamplona
Queso semicurado
Membrillo

La escena se desarrolla en la nevera de la charcutería anterior.

Chorizo:¿Qué voy a hacer sin ella…?
Queso: Vamos, chico, no llores, venga, que seguro que mañana reponen otra.
Membrillo: ¿Qué pasa?
Queso: Nada, que se han llevado a Mortadela.
Membrillo: ¡Ay, no!, no me lo puedo creer, pobre Chorizo… ¡menudo golpe!
Queso: Éste ya no se recupera.
Chorizo: Llevábamos toda la semana juntos, toda una semana…
Queso: Es mucho tiempo, sí, toda una vida como quien dice. De hecho no había otra pareja como vosotros.
Membrillo: Bueno, nosotros mañana hacemos cuatro días y, sinceramente, mañana te venden y no me llevan contigo y yo me pudro, ¡me pudro!
Queso: Pero, ¿qué hace?, ¡está loco!, ¡¿qué hace?!
(Detrás se ve al chorizo sobre la máquina de cortar que está encendida)
Membrillo: ¡La leche! ¿Cómo ha encendido la máquina? ¡Queso, haz algo, haz algo que se nos mata!, ¡que éste es capaz de hacer cualquier locura por amor! ¡Queso, por favor!
Queso: ¡Nooooooooooo!
(Se apagan las luces)

Ovación. Cae el telón
Fin

viernes, marzo 5

Pide un deseo...

—Y ¿cuándo te dicen si te han dado la beca?
—¿Qué? —preguntó Elvira levantando la cabeza de su taco de exámenes.
Era lunes, la semana acababa de empezar y las dos profesoras estaban compartiendo su momento post weekend en el despacho de Elvira.
—La beca, para el Máster, ¿cuándo te lo confirman?
—Buff, no sé… ¿en mayo?, ¿junio? —y ladeando la cabeza volvió a la corrección de exámenes—. No me la van a dar, es imposible, no me la van a dar… —musitaba enormemente desanimada.
—Bueno, no adelantemos acontecimientos, ¿eh? No lo sabemos, ¿vale? Además, ¿qué más te da la beca? —dijo Kayla sin darle demasiada importancia a lo que acababa de preguntar.
—¡¿Que qué más me da la beca?! —repitió con rintintín poniéndose de pie—. ¡Kayla, el Máster cuesta cuarenta y dos mil dólares, y la universidad está en una de las ciudades más caras del mundo, New York! Me quieres decir ¿cómo podría pagar semejante gasto? ¡Kayla, por favor, piensa!
—Bueno… bueno… tranquila…—decía moviendo los brazos lentamente, hacia arriba y hacia abajo, para que volviera a tomar asiento y se tranquilizara. Elvira la obedeció y se sentó refunfuñando—. Muy bien, así, tranquilita, cariño. Ahora vamos a buscar la manera de pagar los cuarenta y dos mil dólares del Máster más los otros cuarenta mil que te costaría vivir en New York por dos años, ¿sí?
Elvira se desplomó sobre la mesa al oír aquellas cantidades de dinero. Ay… me voy a morir, decía, ay… que me muero…
A Kayla le entró la risa viendo a su compañera de trabajo tan apesadumbrada dándose cabezazos contra la mesa. Esperó un poquito y después decidió intervenir para evitar aquel haraquiri de oficina.
—Cariño, puedes trabajar al mismo tiempo.
—Tendría visado de estudiante y sería ilegal trabajar, necesitaría conseguir el J1 otra vez —dijo sin levantar la cabeza.
—Ya… mmm… —pensaba Kayla con la mano apretándose los labios—. Y ¿un crédito?
—No tengo permiso de residencia, ningún banco americano me daría un préstamo, ayyyyyyy... —dijo esta vez elevando un poco más el tono de sus gemidos.
—Ya, claro… bueno, pues… —Kayla se rascó la cabeza, después se frotó el cuello poniendo labios de pato y, al final, también se golpeó la cabeza contra la estantería, se daba por vencida —Oh, lo siento, cariño, no sé…—dijo dando un manotazo a la balda. Del golpe un libro cayó al suelo. Kayla lo miró primero y, sin mucha decisión, lo recogió con un lento movimiento, como si lo estuviera meditando. Con el libro ante sus ojos exclamó:
—¡Elvira, ya lo tengo!, ¡tu libro!
—¿Eh? —dijo incorporándose en la silla con carilla de ojos tristes—. Ah, bah, tranquila, déjalo por ahí —y volvió a la posición haraquiri—. Ayyyy...
—¡No! ¡Éste no, tu libro! Elvira, ¡tu libro, el de verdad!
—¿Qué libro? —preguntó esta vez sin intención de levantar la cabeza.
—Tu libro, ¡tu-no-ve-la! —deletreó agitando el libro delante de su cara.
Elvira reaccionó pero no dijo nada, no sabía si estaba entendiendo lo que quería decir Kayla, pero algo estaba captando, así que dejó que continuara.
—Elvira, ¿ves esto?, hojas —y abrió el libro sacudiendo las páginas de un lado a otro—, pastas, título —y subrayó el título de la portada con el dedo índice—. Cariño, derechos de autor, ¡así de fácil! —y chasqueó los dedos victoriosa—. Sólo tienes que vender un número determinado de ejemplares de tu novela y ¡voilà!, tus gastos cubiertos.
—¿Número determinado de ejemplares? Kayla, ¡¡tendría que vender ochenta mil ejemplares para conseguir ochenta mil dólares!!
—Bueno, pues los vendes.
—Kayla, por favor, es mi primera novela, nadie la va a comprar —dijo desganada apoyando la nuca en el respaldo de la silla.
—Así, no, ¿eh? Cariño, así, no —echó un vistazo rápido al despacho y luego tomó una silla que estaba junto a la puerta y la arrastró hasta colocarse frente a Elvira—. Vale, ¿cómo se llama tu editor?
—¿Qué editor? —preguntó erguiéndose de golpe, como si le picara el culo.
—Tu editor, cariño, has firmado un contrato con una editorial, vas a publicar una novela, eso significa que tienes un editor.
—¿Yo? Yo no tengo de eso.
Kayla resopló, se retiró el pelo hacia atrás y rumiando las palabras en la boca volvió a decir:
—Sí tienes un editor. A ver, piensa en la persona que te dijo que le gustaba la novela, la que te ofreció el contrato…
—Ah, ¿ése? —dijo sin dejarla terminar.
—Sí, ése es tu editor.
—Vaya, tengo un editor, mi editor… —repitió saboreando el jugoso posesivo en su boca.
—Bueno, ¿cómo se llama?
—Chete.
—¿Chete? ¡Ése no es nombre de un editor!
—Hombre, imagino que será un diminutivo, ¿no?
—¿De qué? ¿De Tranchete o de Chochete?
Elvira rompió en un tremendo ataque de risa, porque la verdad es que nunca se había percatado de ello. Siempre lo había visto escrito con nombre y apellido: Chete Bustamante, y las pocas veces que había hablado con él nunca lo llamaba por su nombre de pila, le parecía poco respetuoso.
—Chica, no sé —intentó explicarse todavía entrecortada por la risa—. Imagino que será de Francisco, ¿no? Fancisco, Francisquete…
—Sí, sí, claro, lo veo, ahora lo veo, Francisco, Francisquete, Casquete, cuidado que te veo el Chete, ¡Elvira, por favor!
Pero Elvira estaba tronchada de la risa, haciendo verdaderos esfuerzos para no caerse de la silla.
—Cariño —empezó diciendo Kayla fingiendo seriedad aunque su propio chiste le había hecho tanta gracia como a Elvira—, vamos a visualizar la situación, ¿sí? La cuestión es que el señor Chete te llamará un día y te soltará el rollo de que una novela es como un hijo y bla, bla, bla, pero que hay problemas.
—¿Hay problemas con mi novela?
—Sí y tú, a todo esto, ya estás viviendo en New York, compartiendo un diminuto apartamento con cuatro personas más en Queens, fregando platos en un restaurante y dando clases particulares porque tu visado no te va a permitir otro tipo de trabajo. Asistirás todas las tardes al Máster y por las noches escribirás tu segunda novela.
—Vaya, ¿y cuándo duermo? —preguntó angustiada agarrándose las tetas.
—No dormirás pero Chete, como te he dicho, te llamará y te dirá que lo lamenta pero la publicación de tu novela se retrasa hasta finales de octubre.
—Oh, no… ¿finales de octubre? —seguía agarrándose las tetas.
—Sí, pero nos conviene, ¿por qué?
—¿Por qué?
—Porque en esos meses de retraso tú, que te repito que ya estarás viviendo en New York, harás una extraordinaria publicidad de tu novela, moviéndote por lo más bohemio e intelectual de la ciudad.
—Pero ¡si iba a estar fregando platos!
Se le escapó la risa a Kayla, le empezaba a dar penita su amiga, reflejaba en su cara tanta tensión.
—Tonta, ya me entiendes. Y ¿entonces?
—¿Entonces?
—Llega noviembre, tu novela en la calle, primera semana los mil ejemplares vendidos. Segunda edición, otros mil en dos semanas. Te vuelve a llamar Chete y te propone hacer una tercera edición de diez mil ejemplares, confían en ti.
—¡Ay, madre mía! —dijo con las manos aplastándose la carita.
—Vendidas. Cuarta, quinta, sexta edición, esto es un no parar. Va de boca en boca. Se convierte en el regalo por excelencia de las navidades. Elvira.
—¿Qué?
—Llega febrero del año que viene, y tu novela lleva vendidas casi cien mil copias.
Elvira se puso en pie de un brinco.
—¡Con eso tengo más que de sobra! —gritó entusiasmada.
Kayla se rió y dándole un beso en la mejilla se despidió, tenía dos clases más antes de terminar el día.

Era viernes y la semana estaba terminando. Elvira guardaba los manuales de español en el primer cajón de su escritorio, cuando el teléfono de su despacho sonó.
—¿Dígame? … Uy, sí, sí, soy yo… sí, claro, pero me sorprende que me llames, ¿todo bien?... ah, ya… ya… sí… vale, entiendo… claro, claro… normal ¿no?... ya… imagino, claro… bueno, pues si es así… vale… no te preocupes, son cosas que pasan, está bien, lo entiendo… gracias por llamarme… sí, sí, adiós, adiós, sí, adiós.
Elvira colgó el teléfono y todavía tardó un instante en reaccionar. Se apretó la nariz con los dos deditos pinza de la mano derecha, aguantó la respiración, miró la puerta y tras contar hasta tres, salió disparada.
—¡Kayla! —dijo tocando con los nudillos la puerta abierta del despacho de su compañera—. ¿A que no adivinas quién me ha llamado?
Kayla se dio la vuelta porque estaba girada hacia el ordenador. Levantó los hombres, ni idea, dijo.
—Chete.
—¿Francisquete?
Elvira se rió como una boba. Después añadió:
—Hay problemas con mi novela. No sabe muy bien, pero es seguro que para septiembre no la pueden editar, por lo menos habrá que esperar hasta octubre, dice.
Kayla se tapó la boca con ambas manos. Su expresión era una mezcolanza de pánico e ilusión. Por fin, se levantó, extendió sus brazos hacia Elvira y gritó:
—¡Cariño, tenemos poderes! ¡Tenemos poderes! —y mirando al techo y alzando las manos empezó a recitar—: ¡Por favor, yo quiero que sea médico, cirujano plástico, forrado y que todas las noche me masajeé los pies! ¡Casa en Los Ángeles con playa privada! ¡Un Mini Cooper verde descapotable y un…