jueves, abril 29

Amor de lluvia

—¡Ay, ay!, ¡ay, que me escurro! —gritaba compungida la gotita de lluvia—. ¡Que me escurro! ¡Por favor!
La gota de lluvia se deslizaba a trompicones por el cristal del ventanal. El viento insinuaba a la gotita un camino diagonal. La ventana intentaba helarse para que su frío congelara a la gotita y así poder tenerla allí para siempre. La quería, la quería de verdad.
Elvira se levantó de la butaca. Se amarró el jersey al pecho con ambas manos y se acercó a la ventana. Llevaba todo el día lloviendo. Tic-tic-tic, hizo su uña al golpear el cristal. La gotita, que llevaba sujetándose con angustia largo rato, no pudo superar semejante golpe. Se estrelló contra la tierra del jardín desapareciendo al instante, como si jamás hubiese existido.
—Empapada por la lluvia, parece que lloras —dijo Elvira a la ventana, colocando su mano sobre el frío cristal.
La ventana crujió rota. Elvira volvió a la butaca.

domingo, abril 25

Vuelta a empezar

Road to nowhere by Rich Legg

—Oh, cariño, cuánto lo siento…, de verdad que lo siento —decía Kayla apoyada en la puerta de mi despacho. Yo ni la miraba, seguía con la vista puesta en mi ordenador quitando importancia al asunto—. Ellos se lo pierden, ¿qué quieres que te diga?, ¡tú vales mucho!
—¿Qué pasa? —Mi jefa, al oírla, acababa de entrar en mi despacho.
—A Elvira no le han dado la beca —contestó Kayla en un tono confidencial.
—Oh, ¿la de Nueva York?
—Sí —afirmó Kayla.
—¡Asquerosos! —gritó mi jefa.
—No, Luisa —dije yo mirándola—, la cuestión es que no me han dado la beca porque ni siquiera me han admitido en el máster.
—¡Ay! ¡Más asquerosos todavía!
—Luisa, hija, que te estaba buscando, que dice Richard que si la reunión de las tres se puede pasar a las cuatro y cuarto, que tiene no sé qué cosas que hacer —preguntó Juan Manuel desde el pasillo mientras se abanicaba con una carpetita amarilla.
—Bien, pero que no venga más tarde, que luego tengo cena a las seis en casa y todavía me queda por preparar todo.
—Pues na’, que ya se lo digo —confirmó con su acento cordobés. Después nos miró a las tres y, entrando en la oficina, preguntó—: Y ¿de qué tenéis esa cara tan mustia?, hijas, que parece que os deben y no os pagan.
—A Elvira no le han dado la beca —explicó nuevamente Kayla con solemnidad.
—Porque no me han admitido —puntualicé.
Juan Manuel apartó a Luisa para colocarse delante.
—Mira, Repollo, la culpa la tienes tú —inquirió enfadado, señalándome con el dedo—, que si no volaras tan alto, las caídas no serían tan gordas, porque ya puestos ¿por qué no solicitaste Yale o Harvard?
—¡Juan Manuel, deja a la niña!
—Pero Luisa, si la niña ya tiene sus treinta añitos y mira el disgusto que se está llevando. —Juan Manuel volvió a mirarme—. Pero ¿de dónde ibas a sacar tú los cincuenta mil dólares que costaba el máster?, ¿eh? Que se trata de una de las universidades más prestigiosas de este país y tú no tienes un duro. Que está muy bien que seamos de Bilbao, Repo, y que vayamos a lo grande pero, 'ja mía, ¡una pizquita de sentido común!
Apoyé los codos en la mesa y me sostuve la cabeza entre las manos. Tenía toda la razón del mundo. Me sentía mal, muy mal. Empezaba a tener inmensas ganas de llorar. Sí, que se fuera todo el mundo, quería llorar.
—¡Hey, estáis aquí! —Richard asomó la cabeza por la puerta—. Luisa, ¿te ha comentado Juan Manuel lo de...
—Sí, ya me ha dicho, no hay problema —dijo sin dejarle terminar. Después se hizo el silencio otra vez y todos volvieron a mirarme.
—Es que a Elvira no le han dado la beca… —susurró Kayla a Richard.
—No me han admitido… no es que no me hayan dado la beca, es que no me han admitido… —dije desganada, sin levantar la cabeza.
—No la han admitido… —se autocorrigió Kayla manteniendo el bajito tono de voz.
—¿El máster de New York…? —preguntó Richard imitando el mismo susurro.
—Sí…
—Pobre…
—Sí, me da penita porque tenía mucha ilusión…
—Ay, pobre…
—¡Hala, ya está! —gritó Juan Manuel dándose la vuelta hacia ellos y haciendo aspavientos con la carpeta al aire—. ¡Que parecéis dos viejas en misa! Tanto chisme, tanto chisme, ¡ya está!, ¡no se lo han dado y punto!
—Bueno, chica, ¿y qué vas a hacer ahora? —me preguntó Luisa sin parecer oír los gritos de Juan Manuel.

Levanté la cabeza. Vi a los cuatro mirándome con intriga. Un reguero de angustia me avinagró la garganta. Tragué saliva pero el ardor no se me iba. ¿Qué iba a hacer yo ahora? ¿Qué iba a hacer yo ahora? ¿Qué iba a hacer…?
—La Repollo se queda. Si no se va a Nueva York, la Repo, se queda otro año —afirmó con seguridad Juan Manuel.
—Hombre, podría —dijo Luisa antes de empezar a explicarse—, pero claro, como me dijo que se iba, pues la plaza se la ofrecí a Justyna Swiderska, que es polaca.
—¿Polaca? —preguntó sorprendido Juan Manuel.
—Sí, polaca de Kentucky.
—¿Polaca de Kentucky?
—Profesora de español e italiano.
—¡Joder con los polacos!
—Pero al final que no, porque su marido ha encontrado plaza en Ohio State.
—¿Polaco?
—¿Su marido?
—Sí.
—No, ¡qué va! Es ruso.
—Ah, bueno.
—Sí, ruso de Minnesota.
—Ah, mira, éste es de Minnesota…
—Sí, profesor de física cuántica.
—¡Joder con los rusos! Bueno, a lo que vamos —dijo Juan Manuel pretendiendo centrar nuevamente la conversación—, y ¿Elvira?
—¿Elvira? Elvira es de Bilbao —y diciendo esto mi jefa se quedó más ancha que larga.
—La madre que la parió… —empezó diciendo Juan Manuel—, y no te digo más porque, como Chair del departamento, mereces un respeto pero, hija mía…
A mí me entró tímidamente la risa pero Kayla y Richard, que se habían mantenido en un segundo plano hasta el momento, estaban a carcajada limpia.
—Bueno, pues si la polaca al final no ha aceptado, tú te quedas con la plaza, niña, que es muy tuya —me dijo el cordobés con convicción.

Las risas se acabaron y todos me miraban esperando mi confirmación. Pero, lo cierto es que, yo allí no me quería quedar. No tenía queja con respecto a mi trabajo pero mi vida personal… buff, mi vida personal estaba hipotecada.
Era divertido ver, por la tele, las rocambolescas situaciones a las que se enfrentaba diariamente el doctor Fleichman en Alaska, pero cuando tú te convertías en la protagonista de la serie dejaba de tener su gracia. Odiaba la naturaleza bruta y vivía en plena montaña de West Virginia. Las calles estaban vacías a cualquier hora del día. Las arañas eran tan grandes que hasta tenían el pelo rizado. Las carreteras estaban llenas de agujeros y cuando preguntaba que por qué no las arreglaban, me decían que porque vivíamos en un estado pobre. Los bancos no sabían lo que era el IBAN porque nunca antes habían hecho una transferencia internacional. Mis alumnos de las nueve de la mañana llegaban en pijama a clase. Tuve que aguantar, en casa, dos gastroenteritis y un dolor de muelas de infarto porque el seguro médico de la universidad no cubría asistencia médica de urgencias. Era deprimente ver como el setenta por ciento de la población era obesa por pura dejadez. Y echaba de menos mis tacones, mis mechas en el pelo y el sexo porque la vida monacal, a la que esa ciudad me había sometido, estaba haciendo estragos en mi cutis. Todo ello, sin mencionar esa soledad espesa que se te agarra a la piel y, como sanguijuela cualquiera, te chupa hasta las ganas de vivir. Necesitaba salir de allí.

—No… —dije finalmente—, no me voy a quedar… no, buscaré otra cosa, no sé.
—Ay, Repo, qué disgusto me das —dijo Juan Manuel atizándome con la carpetilla amarilla.
—Bueno, chica, es tu decisión, algo encontrarás. El mundo es muy grande y, como a ti no te importa viajar, pues vete a saber dónde terminas —dijo mi jefa y, dándome un golpecito en la espalda, salió del despacho.
Todos se marcharon menos Kayla que se acercó y se apoyó en mi mesa.
—Desertora —me dijo con una mueca de medio lado—. ¿Nos echarás de menos?
—Claro —dije sin levantar la vista.
—Pero qué mentirosa eres, cariño.
La miré y a las dos nos entró la risa.
—Venga, desertora, que te invito a un café —propuso al tiempo que me golpeaba el brazo.
Recogí las cosas, me coloqué el bolso al hombro y, junto a Kayla, salí del despacho. Antes de cerrar, eché un vistazo para cerciorarme de que no me olvidaba de nada. No, nada me dejaba allí. Click. La puerta se cerró.

lunes, abril 19

¿Has comido ya?

Chinese food, por Takai-dono

Eran las once de la mañana. Cruzaba las canchas de baloncesto de la universidad, abarrotadas de estudiantes. Acaba de terminar mi última clase del día y me iba a comer a uno de los pequeños restaurantes fuera del campus. Había llegado a China hacía tan sólo dos meses y me costaba, enormemente, acostumbrarme a aquel horario.
—¡Profesora!
Un grupito de estudiantes pasaba por mi lado en ese momento.
—¿Has comido ya, profesora? —me preguntó una de ellas con cierta timidez.
—No, todavía no, voy ahora —respondí halagada porque lo más probable es que quisieran acompañarme. Sabían que, al no hablar chino, no podía leer el menú. Por ello, siempre deseaba que alguien me recomendara platos nuevos porque, al final, terminaba comiendo lo mismo todos los días.
—Ah, muy bien, adiós, profesora —dijo mi estudiante tímida.
—Adiós —dijo el resto al unísono mientras me adelantaban.
—Eh… adiós, adiós —dije yo con cara tonta.
Sin darle muchas más vueltas seguí caminando hasta salir del campus. Cruzando la carretera de la estrecha calle en la que desembocaba la universidad, un estudiante me saludó con energía y se acercó a mí.
—Profesora —dijo agachando un poquito la cabeza cuando ya lo tenía frente a mí.
—Hola, Carlos. —Todos los estudiantes chinos se rebautizaban con nombres originarios del idioma que estuvieran estudiando. Aquello me parecía muy curioso y a la vez, inmensamente, útil para los extranjeros porque si no, nos sería imposible recordar sus nombres chinos—. ¿Cómo estás?
—Bien, bien, ¿has comido ya?
Lo miré confusa, no sabía qué contestar.
—No, Carlos, todavía no, voy ahora —respondí finalmente.
—Vale, profesora, adiós —y sin más se fue.
Adiós, me dije a mí misma porque el estudiante ya se había marchado. Tras permanecer inmóvil un momentín, reflexionando el sentido de la pregunta, avancé hasta llegar al restaurante.

Los restaurantes del barrio universitario eran pequeñas lonjas en las que servían la comida rápida y a muy buen precio. El horario era el mismo para toda la universidad así que, antes del mediodía, siempre estaban a tope. Era un auténtico ir y venir de platos, risas y gritos de los estudiantes mientras comían a una velocidad increíble. Para ellos el tiempo era sagrado, así que no se concedían más de quince minutos para el almuerzo. Querían aprovechar todo el descanso del mediodía para ir a la biblioteca y estudiar o practicar un poco de deporte, pero lo de tomar un café de sobremesa y disfrutar de una buena charla, no iba con ellos.
Me senté en una mesa de dos, compartiéndola con un joven un poco gordito que apenas levantó la vista de su plato único. Pedí tofu japonés y un bol de arroz con huevo. No tuve mucho problema en hacerme entender, porque mi compañera Li Ni me había aconsejado aprenderme de memoria las páginas y el lugar, en el menú, de los platos que me gustaban. Por ejemplo, las alitas de pollo al wok con salsa de Cocacola, que me encantaban, estaban en la página 3 y era la segunda línea empezando por abajo. Revuelto de tomates, en la página 4, en la primera línea después del segundo título en negrita. Me había aprendido el lugar de unos cinco platos, en el menú de tres restaurantes diferentes, y cada vez que iba rezaba para que no hubieran cambiado los menús porque, si así era, estaba perdida.

Necesité más de cuarenta minutos para comer mi tofu y el arroz porque, por aquel entonces, los palillos no me resultaban nada fáciles de manejar. Me lo tomaba con calma.
Cuando terminé fui directa a la biblioteca. Había quedado con Feng Min para grabar material de audio para los estudiantes. Eran actividades que complementaban los temas del manual de español, principalmente para ayudar a los estudiantes con la fonética.
Aceleré el paso subiendo las escaleras porque me di cuenta de que llegaba tarde.
—Elvira.
Levanté la cabeza de los peldaños y vi al viejo profesor Chan, director del departamento de español, bajando las escaleras.
—Profesor Chan, ¿cómo está?
—Bien, bien, Feng Min te espera.
—Sí, llego un poco tarde, lo siento.
—Está bien. ¿Has comido ya?
—Sí… —dije titubeante.
—Bien, adiós, Elvira.
—Adiós, profesor Chan.

Abrí la puerta del estudio de grabación.
—Llegas tarde —Feng Min me acababa de dar la bienvenida.
Por alguna extraña razón no le caía demasiado bien a aquella chica. Imagino que ocuparse de una extranjera que no sabía chino, lo que la convertía en una ciega-sordo-muda, podía llegar a ser muy pesado. Y se notaba que, en algunas ocasiones, ella estaba un poco harta de mí.
—Sí, lo sé, es que he pedido tofu japonés, el que se resbala entre los palillos, como tiene esa salsa viscosa pues es muy difícil sujetarlo, por eso… —decidí callarme porque a ella no parecía interesarle lo más mínimo, estaba ordenando la mesa y comprobando los micros.
—¿Empezamos? —preguntó con una inexpresiva sonrisa.
Me senté a su lado, ajusté mi micrófono y comencé a leer un texto sobre una mujer que se llamaba Ema y su esposo Paco y que vivían en una casa grande a las afueras de la ciudad. De repente, dos párrafos más abajo, Paco preguntaba a uno de sus compañeros del trabajo si había comido ya, su compañero le dijo que no y ambos se despidieron en las líneas siguientes sin que el diálogo ofreciera más detalles. Levanté la cabeza como un resorte y pregunté a Feng Min con enorme intriga:
—Pero ¿qué tipo de pregunta es ésta?
Feng Min cerró los micrófonos y paró la grabación. Después me miró escondiendo cierta molestia.
—¿Qué pregunta?
—La de, ésta, la de que dice aquí: “¿has comido ya?”
—Bueno, es una pregunta sin más, para saludarse.
—¿Para saludarse?, ¡jajajajajaja! —¡Algo era ello! Y yo creyendo que todos mis estudiantes querían llevarme a comer, ¡qué ilusa! —. Claro, ahora comprendo, es como decir, hola, ¿qué tal?, bien/mal, y te vas, ¿no? O sea, ¿has comido ya?, sí/no, y te vas.
—Exacto —contestó esbozando la misma sonrisa inexpresiva de antes.
—Ay, es muy gracioso, ¿has comido ya?, ¿has comido ya?, ¿has comido ya? —repetía una y otra vez muerta de la risa.
—¿Continuamos? —sonrisa inexpresiva en acción.
—Joe, bufff, son textos aburridísimos, ¿no te cansas de grabar? —pregunté con el morro torcido. Ella estiró el cuello y apretó los labios, hay que hacerlo, dijo con sequedad y después añadió:
—No solucionas nada quejándote, sólo que perdamos más tiempo.
Aquello era disciplina china y lo demás tonterías.
Por supuesto me callé y en hora y media terminamos de grabar, con apenas un descanso de tres minutos.
Una vez fuera de la biblioteca Feng Min me recordó que al día siguiente deberíamos grabar cuatro textos más.
—Bien, vale —dije desganada—, ¿a qué hora?
—¿A las dos está bien para ti?
—Sí, no tengo nada que hacer por la tarde —respondí salpicando los hombros hacia adelante, después hice una pausa y pregunté—: ¿Te apetece un café?
—Oh… —Feng Min parecía sorprendida—. ¿Un café? No sé, siempre bebo té, pero vale, bien, sí.
—Vale, bueno, adiós —y, levantando la mano para despedirme, empecé a caminar hacia el lado contrario al que ella estaba, después me di la vuelta para mirarla, ella seguía quieta, así que me detuve y, acercándome de nuevo, le expliqué—: Feng Min, se trata de una pregunta para despedirse, se utiliza mucho en España: ¿te apetece un café?, es como decir, adiós, pasa un buen día. Pero no significa que te vaya a invitar a un café, ¿lo entiendes?
—Oh… ya, entiendo, no lo sabía.
Me empecé a reír como una loca, pobre Feng Min, qué carita tenía.
—¡Que no!, ¡que es broma, boba! —le grité muerta de la risa.
Feng Min me golpeó el brazo con su puño y se empezó a reír también. Qué delicia oírla. Y es que aquella chica de sonrisa inexpresiva tenía una de las carcajadas más bonitas y contagiosas que jamás había escuchado.
—Claro que te invito a café, loca —y agarrándola del brazo nos fuimos, con la risa tonta todavía, hacia mi apartamento.
Estaba claro que, aunque llevábamos dos meses hablando el mismo idioma, fue a partir de aquella tarde cuando empezamos a entendernos.

lunes, abril 12

Qué bello es vivir

—Yo, la verdad, es que pensaba que todavía me quedaba un año de visado de trabajo, no comprendo qué ha pasado.
—¿Un año de visado?, pero ¿dónde se cree que está usted, señorita?
—¡Uy!, pues en el Consulado de Estados Unidos —contestó Elvira dándose la vuelta y mirando la larga cola que había tras de sí.
—Pero, vamos a ver, ¿usted me ve cara de americano?
Pues, hombre, lo cierto es que no tenía cara de nada. Era un extraño personajillo de nariz y orejas puntiagudas. El poco pelo que tenía en la cabeza lo escondía bajo un bombín tan sucio y desgastado como el resto de su traje sastre. Estaba sentado detrás de una inmensa mesa en medio del vacío.
—Antes de nada necesitamos que rellene la hoja de defunción —dijo sin atisbo de expresión.
—¿De defunción? Pero, pero… ¿quién se ha muerto? —preguntó Elvira deshilachándose los labios de lo nerviosa que estaba.
—¡Usted, señorita, usted! Y haga el favor de coger estos papeles —y le ofreció un taco de folios grisáceos— y pasar a la oficina 1.568-C, allí le darán la información para cumplimentar el papeleo, y recuérdeles que le estampen el sello que siempre se les olvida poner el puto sello, y mira que siempre lo digo en las reuniones, el sello, el sellito, que si no hay sello no tiene validez y vuelta a empezar, ¿me ha entendido, señorita?
Elvira asintió con la cabeza y tras coger los papeles salió lentamente de la cola. Miró a su alrededor y vio a un hombre a caballo, llevaba un uniforme como el de Patrick Swayze en “Norte y Sur”. Justamente delante de ella, una exuberante mujer se paseaba como si tal cosa con un diminuto bikini rojo. Un niño, al que llevaba su madre en brazos porque le faltaban las piernas, la saludó con una mueca. Elvira le sonrió y cuando lo perdió de vista se apretó los papeles contra el pecho y tomó aire, al hacerlo se dio cuenta de que no olía a nada, volvió a inspirar y sí, realmente no parecía oler a nada aquel lugar.
A lo lejos vio una gigantesca puerta amarilla, corrió hacia ella, igual era la salida. Corrió y corrió y corrió y corrió más aún, pero parecía no llegar nunca. Cuando, por fin, la tuvo delante de sus narices pudo leer el destartalado letrero que colgaba de un diminuto clavito en medio de la puerta: “Oficina 1.568-C”. Pues no es la salida, musitó defraudada en voz alta.
Elvira tocó a la puerta y esperó. Al no oír nada volvió a tocar. Silencio. Dudosa miró de nuevo el cartelito, sí, Oficina 1.568-C. Lo pensó por un rato y, al final, decidió entrar sin esperar el permiso.
—¿Hola…? —dijo una vez dentro, observando a una mujer de unos sesenta años con un vestido como el de Scarlett O’Hara, hecho con las cortinas de terciopelo verdes, pero éste era granate. La mujer bailaba al ritmo de unas campanillas que sostenía con tres dedos de cada mano.
—¡Oh, tesoro!, lo siento, lo siento, pasa, pasa, por favor, pasa, tesoro —dijo fingiendo, con inmensa teatralidad, vergüenza por haber sido descubierta bailando—. Siéntate, siéntate ahí —y señaló una vieja butaca de cuero marrón llena de petaches. Elvira se sentó un tanto cohibida—. ¿Un café, un té, agua con gas, sin gas…?
—Nada, señora, gracias, yo venía porque necesito información sobre…
—Yo me prepararé un mate, si no te importa —interrumpió la mujer. Se lo preparó y tras el primer sorbito hizo unas gárgaras, tragó y empezó a afinarse la voz—: Do, do, do, re, mi, la, sol, sol, do, do, la, mi, fa, fa —repitió un último fa, carraspeó y dejó la taza de mate sobre la mesa al mismo tiempo que tomaba asiento frente a Elvira, que la miraba atónita—. ¿Te gusta la música, encanto?
Elvira movió la cabeza afirmativamente, no le salían las palabras.
—Yo era mezzosoprano, Ludmila Yivkova. Oh, tesoro, créeme, tenía Moscú a mis pies, re, re, mi, sol, la, fa, do, do —canturreaba de nuevo poniendo los ojos en blanco—. Pero me enamoré de un uruguayo y, ¿qué crees que pasó?, ¿eh? —Elvira levantó los hombros—. Que me fugué con él a Montevideo, a hincharme a mate y a chocolate, hasta que un día me atraganté. Era del negro, chocolate negro, del puro, dos onzas de un bocado, no me pasó, se me quedó aquí, aquí. Mira, tesoro, parece como si lo sintiera hoy mismo, aquí, aquí —explicaba agarrándose la garganta con ambas manos—, me asfixié. Una mezzosoprano asfixiada, paradojas de la vida, encanto, bueno, y ¿tú?, ¿es la primera vez que vienes aquí?
—¿Yo?, ¡claro!, es la primera vez que me muero.
—¡Uy, no! ¡Ja, ja, ja, ja! —La potencia de su carcajada casi hace reventar dos copas de cristal que tenía sobre la repisa de la ventana—. ¡Qué ocurrencia, tesoro! Me refiero si ya has estado antes en la oficina y vuelves para que te ponga el sello, porque siempre se me olvida, ¡ja, ja, ja, ja, je, je, je, je, ju, ju, ju!
Disimuladamente Elvira se tapó los oídos, haciendo creer que se retiraba el pelo detrás de las orejas.
—No, es la primera vez, necesito…
—Sí, sí, veamos, ¿nombre?
—Elvira Rebollo.
—¡Oh, me matas! ¡Ay, no!, qué tonta, que ya lo estoy ¡ji, ji, ji, ji, ju, ju, ju, ju! —reía tapándose la boca con una mano como si le avergonzara mostrar sus dientes—. Elvira, oh, qué delicia de nombre, fascinante, totalmente fascinante, Elvira, Elviiiiiiiiira, tienes nombre de artista, ¿eras bailarina?
—No, soy, era... soy, bueno, profesora.
—Oh, qué interesante, qué interesaaaante, tesoro, ¡profesora de arte! —gritó alzando los brazos al aire.
—No, de español.
Al oírlo, Ludmila bajó los brazos torciendo el labio con cara de asco.
—No importa, encanto, te entiendo, has muerto demasiado joven como para saber a qué era a lo que realmente te querías dedicar, no es culpa tuya, no te sientas mal por eso, tesoro. —Con ambas manos se retiró el flaquillo de la frente enérgicamente y bebió un poco de mate—. Do, do, mi, mi, re, la, la, fa, fa, sol. Bien, veamos, Elvira Rebollo, Elvira Rebollo, Elvira Rebollo —repetía cada vez que se chupaba el dedo pulgar y pasaba las hojas de una enorme montaña polvorosa de papeles—. ¡Aquí estás! Bien, domingo 11 de abril, leamos, 10:17 te levantas de la cama, 10:19 meas, 10:21 te lavas las manos…
—Disculpe, pero ¿podríamos ir un poco más rápidas?
—Tesoro, ¿tienes prisa? Aloha, bienvenida a la eternidad.
Elvira decidió caer en el conformismo y apoyó los codos en la mesa mientras escuchaba, con la cabeza baja, lo que había hecho esa mañana minuto a minuto.
—… 11:46 coges una silla, 11:47 la colocas frente a la encimera de la cocina, 11:48 te subes a ella, 11:49 abres el armario alto, sobre la campana extractor, 11:50 alcanzas los crispis, 11:51 te pones de puntillas, 11:52 intentas alcanzar algo del fondo del armario, no se especifica el qué, tesoro —anotó mirando a Elvira—, 11:53 pierdes el equilibrio, 11:54 caes al suelo golpeándote la cabeza primero con la fregadera y luego con el suelo. Muerte instantánea. Fin.
—¿Fin? ¿Me he muerto por querer desayunar crispis?
—No, te has muerto porque, según este informe, llegas escasamente al metro y medio y has necesitado de una silla, de la que luego te has caído y te has abierto la cabeza, para desayunar crispis.
Elvira se echó hacia atrás y se hundió en la vieja butaca, parecía que ésta se la estuviera engullendo.
—Bueno, tesoro, pues esto ya está, échame una firmita aquí, donde pone: firma de la nueva alma.
Elvira se reclinó de nuevo sobre la mesa y firmó.
—Pues ya está, oficialmente ya eres una muerta de verdad.
—Gracias —contestó Elvira encogida de hombros—, póngame el sello, por favor —dijo devolviéndole los papeles.
—¡Uy! ¡Jo, jo, jo, ja, ja, ja, ja! ¡El sello, el sello, Ludmila! Re, re, mi, fa, mi, fa, sooooooool —PUM y el sello estampó—. Ahora debes ir al centro médico, a que te hagan una autopsia del alma, a ver adónde te envían porque aquí pone que eres católica, así que… ¿cielo o infierno?
—¿Qué? ¡No soy católica! ¡Es cosa de mis padres!
—Sí lo eres, encanto, lo dice bien clarito: católica, bautizada y primera comunión. El día que se mueran tus padres lo discutes con ellos, nosotros no podemos hacer nada. Respetamos todas las creencias y el catolicismo instauró el juicio final. Así que, vete a que un médico te examine el alma y, con los resultados, te vas a las cortes celestiales para que el Tribunal Eterno tome una decisión. ¡Adiooooos!
Elvira se metió los papeles debajo del brazo y salió de la oficina 1.568-C como una furia. ¿Católica? ¿Ella católica? Todavía recordaba el día en que planeó con Jaime hacerse apóstatas, los dos estaban decididos, querían borrar sus nombres de los archivos del Vaticano, pero al final ella se fue a China y Jaime a Nicaragua y por una cosa o por otra se les fue pasando el tiempo y con él la rebeldía.
Mientras farfullaba ciega por las calles de la eternidad, un hombre le agarró del brazo.
—Txiki…
—Abuelo. —A Elvira se le cayeron los papeles al suelo porque se llevó los brazos al pecho, estaba paralizada.
—Pero, txiki…
—Oh, abuelo —Elvira saltó sobre él abrazándolo con ansias. Estaba exactamente igual a antes de la caída, estirado y fuerte.
—Pero ¿qué cojones haces aquí, hija mía?
—Ay, abuelo, que la silla, que se ve, bueno, antes he meado y me he lavado las manos, ¿no?, entonces he ido a por los crispis, en la silla, y mira, oye, por un día que no tomo café, me caigo y me abro la cabeza.
—¡La madre que los parió a todos! —Vicente cogió con fuerza a su nieta por el brazo y se la llevó en volandas—. ¡Me cago en los ángeles y en todo su séquito! ¡Los muy marranos! —gritaba sin cesar.
Frente a una verja negra se pararon. Vicente soltó a Elvira del brazo y se encaramó a la verja.
—¡Quiero hablar con San Pedro!
—Abuelo, déjalo, si no importa, si ya he firmado los papeles. Además, así podremos estar juntos, que te veo muy solo aquí y me da qué sé yo...
Vicente se dio la vuelta. La miró con mucho cariño y con ternura le agarró por la barbilla, con sus cinco dedos, dejando sin un lugar preciso a ese dedo meñique tan retorcido.
—Txiki, yo te lo agradezco pero te aseguro que tu madre te necesita mucho más que yo, y hago esto por ella, porque no hay nada más triste que estar muerto en vida —y dándose la vuelta volvió a gritar—: ¡San Pedro!
Al de un ratito, un hombre arrugado salió con una piedra debajo el brazo.
—A ver, Don Vicente, dígame, ¿qué pasa ahora?
Vicente no dijo nada, se dio la vuelta y con las dos manos señaló a su nieta, quien, poniendo morros de tortuga, levantó la mano y saludó a San Pedro.
Los dos hombres se alejaron de la chica para discutir la situación, uno a cada lado de la verja. Elvira veía como San Pedro ladeaba la cabeza de lado a lado, mientras su abuelo contabilizaba no sé qué cosas con los dedos de la mano, parecía furioso. Al de un momento, San Pedro dejó la piedra en el suelo y se rascó la frente con una mano, mientras que la otra la apoyó en la cintura, parecía reflexionar, la cosa no estaría yendo tan mal, pensó Elvira. Finalmente los dos hombres se estrecharon la mano a través de la verja.
—Hala, txiki, corre, corre, que te abren las puertas, que te vuelves —dijo Vicente emocionado a su nieta.
San Pedro se apresuró a quitar el pesado candado de la puerta principal, después mirando a ambos lados, cerciorándose de que nadie lo viera, la abrió lo justo para que la joven pudiera pasar.
—Oye, hija mía, dile a tu madre que deje de poner velas a Loyola y que mande alguna botellita de Txakoli para San Pedro, que se las he prometido, ¿eh? —le dijo al oído para que el guardián de la puerta no pudiera oírlo.
Elvira asintió sin dejar de llorar. Después se escurrió por la puerta y le mandó un beso con la mano desde el otro lado.
—Agur, txiki, agur, hija mía, agur.

Me duele la mano y la cabeza, me duele mucho la cabeza, mi cara, hace frío, sabe a hierro, mi… mi boca entera sabe a hierro, me duele.
Me intento levantar del suelo, veo la silla tirada sobre una de mis piernas, y los crispis esparcidos por todos lados. Me duele tanto la cabeza que me la toco, no sangro, no sangro de la cabeza, pero los azulejos amarillos de la cocina están teñidos de rojo. Me toco la boca, me duele, me duele. Paso con cuidado la lengua por mis dientes, los tengo todos. Respiro aliviada. Torpemente consigo ponerme de pie y voy hasta el baño. Me miro y me asusto, me he reventado el labio y la ceja. Me duele la mano, la miro, me la acerco, y lo veo. Tengo el dedo meñique completamente retorcido, me lo he roto.
—Mira, abuelo —le digo al espejo—, como tú.