domingo, agosto 22

Encontrando el jardín

Red flowers in the rain por Luiza Vizoli

Elvira se rascaba el párpado de abajo con cuidado de no hacerlo con las uñas porque se las acababa de pintar. Estuvo indecisa entre el negro de siempre o un oscuro berenjena. Finalmente se decantó por el berenjena, era hora de ir cambiando.
Extendió ambas manos, colocándolas frente a ella con los dedos bien abiertos para ver el efecto del esmalte en su conjunto. No le terminaba de convencer ese color, se las tenía que haber dejado negras, como siempre. Qué manía de cambiar las cosas. Qué poca constancia tenía para todo.
—Me gustan.
Elvira miró a Lola y sonrió con cierta desgana. Todo el equipo de profesores estaba tomando café en el jardín del campus universitario. Varios de ellos se conocían desde hacía tiempo pero Elvira era nueva.
—De verdad, es un color original.
—No sé… —respondió Elvira sin levantar la vista de sus uñas.
Su compañera le golpeó el antebrazo con cariño, la sentía triste. Elvira llevaba toda la semana cabizbaja y eso a Lola le preocupaba. Se acercó más a ella arrastrando su silla por el césped y bajando el tono de voz, para que no la oyeran los demás, le preguntó:
—¿Se te está haciendo duro?
Sorprendida, Elvira levantó la cabeza y la miró con gesto confundido. Conocía muy poco a Lola, parecía una chica maja pero casi nunca habían hablado. Pero de pronto sonrió. Sonrió porque en ese preciso momento, Elvira se dio cuenta de que estaba en España, de que había regresado a ese país donde la gente se enorgullecía de su indiscreción a la hora de preguntar. De su naturalidad para decir lo que pensaba. Atrás quedaba el cinismo americano con el que las personas estaban acostumbradas a relacionarse. Atrás quedaban las mentiras cívicas para sacar el culo airoso de una absurda situación.
—¿Y tú?, ¿por qué no te las pintas? —dijo Elvira entrelazando sus dedos sobre los de su compañera—. Te haría falta —añadió soltando una carcajada.
Lola, riéndose también, observó sus dedos carcomidos por los nervios y negando con la cabeza pensativa exclamó:
—¡Hace falta ser mala persona!
Las dos se rieron escandalosamente sin dar explicación alguna al resto de sus compañeros, que las miraban como a dos pobres locas.

Estaba siendo duro, claro que sí, eran muchos los cambios a los que Elvira se había sometido en los últimos ocho años. Pero había vuelto. Estaba de regreso. Era oficialmente una emigrante retornada y aquello le gustaba porque le aportaba esa sensación de descanso que llevaba años sin sentir y de la que había empezado a pensar que no existía.