jueves, septiembre 30

Historia de una escalera


Rafa aparcó la moto frente al portal, cogió el casco, se lo colgó del brazo, sacó las llaves del bolsillo de su chamarra de cuero y abrió el portalón. Subió un primer tramo de escaleras. Eran de madera viejas y desprendían un cierto olor a recuerdo. Se acercó a los buzones. Después de abrir el suyo se encontró con un poco de lo mismo, la factura de Vodafone y propaganda de comida china a domicilio. Con los papeles todavía en la mano miró al portalón, alguien entraba. Hola, dijo sin mucho entusiasmo, hola dijo ella con menos entusiasmo todavía, cerrando la puerta. Rafa, después de cerciorarse de que tomaba la factura de internet y dejaba sobre la repisa la propaganda, subió hacia el tercer piso, no había ascensor.
―¡Ey, ey!, perdona, te olvidas eso.
El chico se dio media vuelta y miró los papeles que la joven le estaba señalando con cierta teatralidad irónica.
―Es propaganda.
―Lo sé, es tu propaganda ―respondió ella sin mirarlo, girando su llave en el buzón del 5º derecha.
Rafa bajó lentamente los cuatro peldaños que acababa de subir, se acercó a la repisa, recogió la publicidad, miró a la chica, quien le había parecido sobradamente soberbia, y le espetó:
―¿Y tú quién coño eres?
―Elvira, me acabo de mudar a una de las buhardillas, encantada. ―Sin esperar la reacción de su vecino, cerró el buzón y con brío empezó a subir las escaleras.
Rafa, mirando al espacio vacío que acababa de dejar Elvira, no paraba de pensar en lo imbécil que era aquella tía, pero imbécil de verdad. Se parecía a su ex Natalia, igual de zumbada, putas tías. Natalia le había dejado haría cosa de año y medio, necesitaba tiempo para pensar, ¿para pensar en qué?, si no había necesitado ni dos meses para irse a vivir con Néstor, su compañero de trabajo, de Argentina, el tío era argentino, sí, argentino, argentino, contra ese acento era imposible competir. Sin darse cuenta estaba estrujando la propaganda en su mano. Resopló. Se calmó. A la mierda con Natalia. A la mierda con Néstor. Se dio la vuelta para confirmar que Elvira ya no estaba detrás, miró los papeles publicitarios y los fue metiendo de uno en uno en el buzón del 5º derecha. A la mierda con esa vecina resabionda.

Eran casi las once y media de la noche y Elvira sacaba a la calle una bolsa de basura y una enorme caja de embalaje de cartón. Acababa de montar una estantería. Fue al entrar de nuevo al portal cuando lo vio. Con rabia se acercó a su buzón y, escurriendo dos dedos entre la ranura, pudo sacar un papelito de colores arrugadísimo, anunciando el Le Dragron. Qué cabrón, musitaba una y otra vez mientras zarandeaba la cabeza alucinada.

―¡Qué hija de la gran puta!
Eran las ocho menos cuarto de la mañana del día siguiente y Rafa, con su casco colgado del brazo, salía de casa para ir a trabajar cuando encontró su felpudo bañado por papelitos recortados. Allí estaban los cuatro o cinco panfletillos publicitarios hechos añicos sobre su Welcome.
Al escuchar el grito, que había ascendido por el hueco de la escalera como una llamarada, Elvira se rió dándose media vuelta en la cama.

Eran las seis de la tarde, y en la oficina no quedaba nadie excepto Rafa que se frotaba la cabeza mientras releía una y otra vez el email. Natalia se mudaba a Buenos Aires, iba a casarse.
No pudo aparcar la moto frente a su casa, la tuvo que dejar a la vuelta de la esquina. Cabizbajo, lamentándose de haberla dejado ir, cogió el casco y se lo encajó en el brazo como hacía siempre. Al torcer la calle y tomar la suya vio a Elvira apoyada en uno de los coches junto al portal, hablaba por el móvil. Qué tía asquerosa, se lo haría limpiar con la lengua, se iba a enterar esa enana de mierda, qué se creía.
―¿Qué? ¡Graciosa!, ¡¿qué pasa contigo?!
Elvira levantó la cabeza. Estaba llorando. Te llamo luego, dijo al auricular. Guardó su móvil.
―A mí no me pasa nada, ¿y a ti? ―Tomó aire, se hizo un hueco para llegar hasta el portalón, sacó las llaves y abrió la puerta.
Rafa estaba paralizado, nunca había sabido qué hacer ante una chica llorando. De hecho no pudo recriminarle nada a Natalia cuando le dijo que le dejaba, estaba llorando, qué podía hacer, sentía pena, seguro que necesitaba tiempo, Natalia siempre terminaba agobiándose porque él a veces era muy pesado, si es que todo era por su culpa, pobre Natalia, no llores, cariño, anda, no llores…

Eran las nueve y veinte de la noche y la pequeña aspiradora de coche, que Silvi le había prestado, se atragantaba con el confeti publicitario del felpudo del tercer piso. La puerta se abrió.
―Hola ―dijo Rafa.
―Hola ―dijo Elvira apagando la aspiradora. ―No te había conocido sin el caso colgado del brazo.
Qué cabrona, pensó Rafa mientras se reía con cierta timidez.
―Oye, mira, ya está, ¿vale? Queda zanjada aquí nuestra guerra, ¿vale? ―Elvira se expresaba con nerviosismo, nunca se le dieron bien las disculpas, quizá por eso había perdido tanto en su corta vida. ―No quiero tener líos con ningún vecino, mira, demasiado, no sé, vamos, ya me entiendes... ―Sujetó la aspiradora con una mano y se pellizcó los labios con la otra mientras intentaba seguir hablando―. Que demasiados rollos tengo en mi vida como para echarme más tierra, paso de tener problemas por la mierda de la propaganda, haz con ella lo que quieras.
Rafa la miraba sin decir nada. No, no era como Natalia. Ahora que la oía hablar eran muy diferentes, sí, no se parecían en nada. Elvira tenía algo que la hacía parecer inmensamente frágil a pesar de ese pronto tan arrogante que, a veces, desprendía. Así que con un dulce gracias, Rafa cerró su puerta guardándose un extraño deseo de abrazarla.

Era casi media noche y Elvira, con el corazón sobre la mesa, escribía un escueto email a su ex novio Etienne felicitándole por su reciente paternidad.

miércoles, septiembre 22

Retoriqueando


―Que no… buff… que no, que ahora es… Pásame la botella, anda, loca.
―Ahora es ¿qué?, ¡tía, arranca! ―gritó Silvia pasándole una de Rioja casi vacía.
―Gracias, amore ―contestó Elvira recibiendo la botella y sirviéndosela sobre su copa. Estaba tumbada en su minúsculo sofá Solsta de Ikea recién comprado. Estrenaba casa. La inauguraba junto a su única amiga en Madrid, su mejor pésima amiga. Era una fiesta de dos. Suficiente―. Que ahora resulta que se llama ―Elvira se reincorporó lanzó un enorme eructo al aire, después hizo un amago de esperar ovación y continuó―,eso, que se llama narrador identificado o narrador no identificado―recalcó con rintintín ambas palabras mientras se recostaba nuevamente, derramándose media copa encima―. Ay, puta… me’mancha’o, Silvi.
―Si te haces así no te queda mancha.
―¿Así? ―preguntó Elvira totalmente concentrada, restregándose su mano por el pecho―. Pásame la botella, loca de la life, porfis…
Silvi no se la pasó sino que le sirvió el culín que quedaba, ya está, terminada, dijo.
―¿Dónde coño se quedó el narrador omnisciente?, te preguntarás, ¿eh?
―Yo lo único que me pregunto es por qué Nacho no me coge el teléfono.
―Pues porque está obsoleto.
―¿Nacho?
―¡Obsoleto! ¡Tócate los pies, Manolete!
Y Silvi, sentada en la alfombra de pelos, también nueva y también de Ikea, se tocó los pies y añadió:
―Yo creo que me está poniendo los cuernos, hijo de puta…
―Claro, si obsoleto está el omnisciente, pregunta por el narrador equisciente, ¡ése se quedó en Cuenca!
―Pff… en Cuenca…, me dijo que se iba de fin de semana a Albacete por trabajo, ¡¿y yo me lo tengo que creer?!
―Yo no me lo creo, el omnisciente será omnisciente toda la vida, porque ahora me saltan con que ―Elvira pegó un trago a su copa y continuó mirando al techo― el identificado tiene que ser un narrador familiar del protagonista que por eso es i-den-ti-fic-a-do.
―Fi-ca-do, no fic-a-do.
―Sí, te pone los cuernos ―dijo Elvira mirando fijamente a su amiga con asco.
Silvi, sosteniendo la mirada y sin mediar palabra, volteó su copa y la dejó caer sobre la nueva alfombra peluda.
―Puta Silvia… ―suspiró Elvira clavando su vista, esta vez, hacia arriba y empezó a reírse como una loca.
Silvi se levantó, dejó la copa sobre el escritorio y se tumbó sobre su amiga de la infancia.
―¿Qué vamos a hacer, Elvi? ―preguntó abrazándola con fuerza―, ¿qué van a hacer una escritora de mierda y una cornuda desquiciada?
Elvira dejó caer su copa al suelo, qué más daba, la alfombra ya estaba hecha un asco, además sólo le había costado 30 euros. Ahora, así, con las manos vacías, la pudo abrazar con ganas.
―Primero, mandaremos al narrador identificado ése a tomar por culo y, luego, haremos lo mismo con Nacho. ―Esperó un rato y al no recibir respuesta preguntó―: ¿Qué te parece, loca?
Silencio.
―¿Qué te parece? ―Repitió Elvira.
―¿A mí?
―Sí, a ti.
Silencio.
―Retórica, Elvira, retórica, que tus diálogos son innecesariamente largos, te lo dice todo el mundo…
Puta Silvia, acertó a decir la escritora de mierda entre risas, ahorrándose así un nuevo guión.

lunes, septiembre 6

Café de abuela

—¿Crisis? —repitió mi abuela.
—Crisis —reafirmé yo.
—¿Crisis de qué?
—Crisis de ser y estar, de… de tener crisis cuando ya… no sé, cuando ya ves, que eso, que pasas de los treinta y…
—¡Ay, pitxin!, ¡¿y yo?!, ¡¿qué tendré que decir yo que paso de los ochenta y siete?!
—Bueno, sin desmerecer a nadie, abuela —dije con teatral seriedad—, que aquí hay para todos: tú tienes la crisis de los ochenta y siete.
Mi abuela se tronchaba de risa recostada en su butaca. Había dos. Una butaca junto a la otra. La otra estaba vacía, era la de mi abuelo que había muerto hacía casi un año. Pero yo seguía viéndolo allí sentado, refunfuñando a la tele porque la derecha no decía más que mentiras y los socialistas actuales no eran como los de antes, nunca se vivió mejor como en tiempos de la República, decía siempre frotándose la calva. Yo me solía sentar en el sofá de tres plazas, en la parte de la derecha para tener a mi abuela cerca y así poder cogernos de la mano sin esfuerzo.
—Abuela, en serio, a ver —mi abuela me miró secándose las lágrimas con el pañuelito que tenía camuflado en la manga del jersey, porque mi abuela siempre lloraba de risa, y ni tan mal, porque mucho peor era cuando se meaba—, pasas de los treinta y ¿qué tienes después?
—Pues… primero 31 y luego 32 y 33 después, y… y… 34, 35… así hasta los 87 —se relamió los labios y dejó que me riera de su tontería mientras la llamaba loca—.Te voy a hacer café, a ver si así se te pasa tanta crisis.
La acompañé hasta la cocina, me senté en uno de los taburetes y retomé la conversación.
—Tienes dos opciones, ¿vale? —Mi abuela asintió con la cabeza mientras llenaba de agua la cafetera italiana—. Una: casarte, tener hijos e ir a la playa con tu madre.
Mi abuela soltó una inmensa carcajada.
—¿Cómo es eso? ¿Sólo puedes ir a la playa con tu madre? —añadió sin parar de reírse.
—Te lo juro, debe ser algo de la oxitocina, que hace que veas a tu madre como la mejor compañía playera, bueno… playera, casera, parquera, porque las primerizas no se despegan de las madres. Están ahí, ahí, ahí —escenifiqué entrelazando con fuerza mis propias manos—, solapadas en un sólo ser. ¡Por favor, qué cansino!
—Mujer, es que las madres ayudan… —dijo mi abuela aguantando la risa.
—¡La mía no!
Mi abuela se rió pero enseguida intercedió:
—Qué mala eres, pitxin, tienes una madre… una madre como pocas.
—Eso te lo aseguro —dije irónicamente torciendo el morro—. Vamos —continué—, que tu vida se torna a papillas, paperas, sacaleches, la silla de la playa porque, por culpa de la oxitocina, de repente tampoco te puedes llenar de arena, el cubo y la pala para tu hijo y el socavón para enterrar a tu madre ¡para ver si así se calla!
Había cogido carrerilla histérica pero tuve que parar en seco porque mi abuela estaba en pleno ataque de risa y parecía, en esta ocasión, que sí, que sí, que se iba a mear.
—Corre, abuela, que no llegas —le decía empujándola desde atrás con un dedo por el pasillo mientras ella se retorcía de pis. Le abrí la puerta del baño y esperé fuera mientras le gritaba—: ¿Llegaste?, ¿abuela, llegaste?
—¡Te voy a matar!
No llegó.
—Espera que te traigo muda limpia —le grité de nuevo.
La esperé en la cocina mientras se cambiaba. Al de un ratito entró haciéndome el gesto con la mano que me iba a pegar. Me reí, siempre estábamos igual.
Puso la cafetera en el fuego, se frotó las manos en el trapo que tenía colgado de un lado de la cintura y se sentó junto a mí.
—Bueno, hija, pues ni te cases ni tengas hijos, ¡hala, soluciona’o!
—¡Uy, eso es mucho peor! Porque entonces pasamos a la opción dos —mi abuela me miraba con inquietud—. Bueno, más que una opción es una enfermedad, ¡no, no, no!, es un síndrome, sí, sí, eso, es el Síndrome de Anita Obregón.
Y como si un tatachán acompañara a dicha afirmación, la cafetera empezó a pitar, el café había subido. Las dos la miramos. Me levanté y la retiré del fuego. Tomé dos tacitas del armario de detrás de la puerta y seguí explicándome:
—Ya sabes, que pasan los años y tú te sigues creyendo un bomboncito de 20 años, pero no lo eres aunque, gracias a Amancio Ortega, te sigas vistiendo igual que una veinteañera. Pero: no-lo-eres. Repito: no-lo-eres. Y claro, quien dijo treinta y tantos dijo cuarenta y… y, y, y luego cincuentona y tú, ridículamente, vistes cinturones por minifaldas y crees que tus dotes de seducción son irresistibles cuando desde fuera se te ve lamentable… Te has convertido en una Anita Obregón tristemente lamentable.
—¿Quién es Amancio Ortega?
—¡Jo, abuela! —la recriminé, no era justo que de toda mi teoría sobre la bifurcación existencial femenina, se hubiera quedado con aquel pequeño detalle.
—Pitxin, cómo te pones, si es que yo no lo conozco. ¿Es de aquí, de Sestao?
Me entró la risa. Era imposible enfadarse con ella. Serví los cafés y me volví a sentar su lado dejando las dos tazas sobre la mesa.
—No sé… estoy pensando que igual existe una tercera opción... —dije pensativa.
—¡Madre santísima! Te aseguro que si hubiera llagado a los ochenta y siete años con sólo dos opciones de vida, me habría tirado por la ventana hacía tiempo, ¿eh?, ¡hacía tiempo!
Las dos nos empezamos a reír, y agarradas de la mano nos tomamos el café en una tarde que no acababa más que de empezar.