domingo, octubre 24

Desaliento

El descanso por Pablo Picasso

Me desperté a las 4:22 de la mañana. Otras veces son las 5:13 ó las 3:59 ó las 4:47. Las horas cambian pero siempre me despierto en mitad de la noche. Volví a mirar el móvil, las 4:23. Lo dejé sobre la baldita y me froté la cara. Tenía un sueño inmenso y un cansancio que podría sostener entre los brazos. Era un cansancio denso, inagotable. Me acordé de que era vienes y los viernes no daba clase, eso me alivió. Saber que no tendría que fingir la sonrisa ante mis estudiantes me relajó algo.
Me levanté y fui a la cocina. Decir que fui a la cocina, teniendo una casa de treinta metros cuadrados, es pura arrogancia. Preparé café y miré el reloj colgado en la pared, las 4:28. Me volví a frotar la cara pero esta vez con las dos manos, con fuerza y hacia atrás como si quisiera hacerla desaparecer. Estiré el brazo derecho y de la muñeca cogí una goma negra. La dejé en la encimera mientras me hacía un moño. Nunca supe hacerme peinados con una goma entre los dedos. La verdad es que nunca he sabido hacer casi nada. Miré el reloj, 4:32. Madre mía, qué lenta es la vida. Las 4:33. Inflé el pecho con aire que enseguida se convirtió en angustia cristalizada. Pinchaba. Y el café que no terminaba de subir ni el reloj de marcar las 4:34. Estoy agotada, pensé.
Me tumbé en el sofá y me cubrí con la manta de cuadros. Respiraba con lentitud para no hacerme daño con los cristalitos.
Lo que necesitas es hacer deporte, me dijo. No es eso, créeme, no es eso. Viaja, quizá viajar te haga bien, vuelve a China. Sí, es posible…, contesté con el inmenso deseo de no seguir hablando.
Las 4:37. La cafetera pitó. Incorporarme del sofá fue ganar toda una batalla.
¡A ti lo que te pasa es que no te pasa nada!, ¿me oyes?
Apagué la vitro y retiré el café. Me lo serví en vaso, sin leche y con media cucharada de azúcar. Las 4:41. Suspiré y me coloqué, tras la oreja, un mechón de pelo que se había escapado del moño. Un sorbo. Un nuevo y largo suspiro. Las 4:42.
Sal de vez en cuando, queda con alguien, mujer, que te pasas el día con el ordenador, cada día eres más rara.
Removí el azúcar del fondo del vaso y pegué un segundo trago apartando la cucharilla hacia un lado. Siempre me ha gustado beber el café con la cuchara dentro, sujetándola con los dedos. Así el café sabe distinto. Miré el reloj de la pared y mastiqué impotencia. 4:44.
¡Si echaras un polvo se te quitarían las penas!
Llegó el llanto, nunca se hace esperar. A las 4.45 me sonaba los mocos con una servilleta de papel.
Dejé el vaso vacío en la fregadera y me volví a tumbar en el sofá. Esperé allí quietecita a que llegaran las once de la mañana. No me moví. Me soné los mocos, miré el reloj, escuché cada uno de los consejos que la gente me había ido dando, pero no me moví. No me moví hasta las once de la mañana.

A las 11.35 entré en su consulta. Me senté en el pequeño sillón que estaba frente al suyo.
―¿Hoy te sientes mejor?
Negué con la cabeza abatida por el cansancio.
―Es pesado, ¿verdad? ―preguntó esta vez juntando las manos y soltando el aire con lentitud.
―Mucho ―contesté mirándolo fijamente. Agaché la cabeza y formulé la pregunta―: ¿Puedes recetarme sesiones de quimioterapia?
―No tienes cáncer. ―Contestó sin inmutarse como si sus otros pacientes le hubiesen dicho cosas peores.
―Lo sé ―dije―, pero si me las recetaras la gente lo entendería.
―¿Qué es lo que entendería?
―Que con una depresión te estás muriendo igualmente por dentro.
Miré mi reloj, las 11:38.

lunes, octubre 11

Corazón de hielo

Frozen Heart por LunaticArt

Nunca había sido duro para mí. No. Sin más. Es decir. Yo lo estaba, él no. Ya está. Jaime, te quiero. Yo no. Bien. Claro. Conciso. No hay ambigüedad. No hay ese no sé. Sí sé. Es no.

Treinta años enamorada de Jaime. No, vale, no, treinta no. Seamos sinceros, solamente veintitrés. Veintitrés años enamorada de Jaime. Podrían ser más, creo yo. Hay gente que lo está toda la vida y con vida digo mucho. Digo más. Pero yo sólo veintitrés.
Amar a Jaime es fácil. Quiero decir, amarlo gratuitamente. Amar a Jaime gratuitamente es fácil. A mí me gusta Jaime y a Jaime le gustan las tetitas morenitas de Marieta, la diosa de Carolina, el bikini rojo de Sandra, el tatuaje de Silvi y las rastas tan look ONG de Mireia. Fácil. Es fácil porque nunca he sido una diosa, mis tetas siempre han estado blancas y no tengo rastas ni tatuaje. Tengo un bikini pero no es rojo. Es verde de motas blancas que Jaime siempre ha dicho que es de vieja.
Jaime no me besa. No me toca. No me roza. Cuando estoy triste y lloro hace: plas-plas-plas. Es su mano contra mi rodilla y dice: Pava, ¿qué ostias, qué pasa?
Jaime es un buen amigo. Siempre ha estado ahí. Veintitrés años ahí. Es mucho. Es más. Y me lleno y exploto. Que yo siento algo más por ti. Ey, loca, no, ¿eh?, no te hagas líos, no-te-hagas-líos. Luego sigue leyendo el periódico. Jaime siempre está leyendo el periódico. Yo lloro. Plas-plas-plas. Pava, ¿qué ostias, qué pasa? Y sigue leyendo el periódico.

El concepto está claro. Amiga enamorada de amigo. Amigo enamorado de todas menos de su amiga. Amigo cerca el terreno. Amiga veintitrés años de melancolía secreta. Amigo veintitrés años hasta las pelotas. Yo lo entiendo. Lo veo claro. Es fácil. Con fácil quiero decir: sencillo, tirado, obvio, simple, cómodo, mero, ¡blanco y en botella!
Bien. Vale.
Pero un día conocí a otro amigo. A Rafa. Rafa es mi vecino. Vive en el tercero. Es consultor y trabaja en un banco. Siempre lleva el casco colgado del brazo. Rafa tiene una moto y una ex novia. Natalia. Le dejó por un argentino. Néstor. Se van a casar. Rafa sigue enamorado de Natalia y yo de Rafa.
En este punto, el concepto se distorsiona. Una amiga puede estar enamorada de un amigo que no demuestre ni el más mínimo interés sexual por ella. Creo que Jaime si tuviera que señalar el lugar exacto de mi vagina indicaría una de mis orejas, y es posible que la derecha, que es donde llevo el audífono y eso sí que da morbo. Rastas, tatuajes y audífonos. Pura orgía.
Pero Rafa demuestra interés. No sexual. Es cierto, pero sí sensual. Rafa me abraza. Me abraza tan fuerte que siento cómo se aplastan mis tetas contra él. Rafa siempre me abraza. Cuando llego. Cuando me voy. Cuando estoy. Dice que soy pequeña y manejable. Dice que eso le gusta. Yo le digo que me gustas tú. Pero él no lo oye porque lo digo sin abrir los labios. Me gustas tú. Le digo. Me pellizco la boca. En realidad me la sujeto. Para no abrirla. Para no decirlo en alto. Hacemos ensalada. Me abraza. Nos sentamos en el sofá. Me pasa la manta y me habla de Natalia. Rafa siempre me habla de Natalia. Te entiendo, le digo con los labios abiertos. Me oye. Y sigue hablando de Natalia. Llora. Plas-plas-plas. Quito la mano de su rodilla y la pongo en mi boca. Lloro. Me mira. Me abraza. ¿Y tú por qué lloras, tonta? Porque nunca había sido duro para mí hasta conocerte. Le digo. Sin abrir los labios. No me oye. Me abraza. Rafa siempre me abraza.