viernes, diciembre 17

Navidad, feliz navidad...


Rafa abría un tempranillo y yo, recostada en el sofá de su casa, remarcaba con el dedo los Aaaaargh! de la Cuore.
―Jennifer López, celulitis: Aaaaargh!
―Esto ya está. ―Y con una bonita sonrisa trajo las dos copas de vino.
Habíamos ido a cenar al japonés de debajo de casa, la idea fue de él. Mi día había sido negro, el suyo gris, así que nos merecíamos colorearlo.
Flexioné las rodillas, tirando la revista al suelo, y le dejé espacio para sentarse. Me dio una de las copas. La cogí con las dos manos como si fuera una taza de café caliente y, encogida como estaba, la miraba concentrada.
―Te aseguro que es vino ―dijo.
Me reí.
―¿Me vas a echar de menos? ―pregunté después del primer sorbo.
―Más de lo que te imaginas.
¿Por qué aquel hombre era tan maravilloso? El 99% de los tíos, a los que les había preguntado eso alguna vez, me habían contestado con una impertinencia y luego añadían esa coletilla que tanto odiaba: Tía, que no, venga, no te enfades, que era una broma, pues ¿por qué no te metes las bromas por el culo? Menos mal que en ese momento estaba hablando con el 1% restante.
―¿Y tú? ―añadió.
―Buff, va a ser todo un alivio, ¿perderte de vista durante tres semanas?: ¡aleluya! Rafa, eres muy coñazo, sobre todo cuando me hablas de Natalia.
Bueno, ¿qué? sí, lo reconozco yo pertenezco a ese 99% incapaz de hablar de los sentimientos, pero era una broma, que no se lo tome a mal porque era una broma y si se lo toma a mal es que no tiene sentido del humor, y ahora podría hablar del porcentaje de tíos que no tienen sentido del humor.
―Oye, loco, no te enfades, ¿eh?, que era una broma.
Sí, doy asco ¿y qué? Rafa se rió. Rafa se escapaba de cualquier estadística.
Los dos nos quedamos en silencio. Yo miraba la copa de vino y reflexionaba sobre las vacaciones y las pocas ganas que tenía de marcharme a Bilbao por tanto tiempo:
―Navidad, qué asco de fechas, de verdad, qué poco me gustan ―dije rompiendo el silencio―. Llegaré a mi casa y mi madre me dirá lo mucho la odio con lo buena madre que ha sido ella, mi padre encerrado en su despacho editando mapas. ¿Te he contado que mi padre es profesor en la uni más pija de Bilbao? Es catedrático de historia, aguántale. Mi padre escribe Atlas históricos, ¿se puede decir escribir un Atlas?, porque, claro, no se escribe, se pegan mapas, ¿no? ―Rafa levantó los hombros con duda, él era consultor―. Bueno, pues mi padre pega-escribe Atlas y dice que los besos los inventó Hollywood, muy cariñoso mi padre. Entonces yo me angustio, ¿y qué hago?, llamo a Marieta. Marieta es mi más mejor amiga, tengo dos, ¿vale? Marieta y Blanquita, bueno, tres: y Silvi, pero da mucho por saco. Blanquita nunca me llama Elvira, me dice Elvirilla corazona, poca gente sabe decir Elvirilla tan bien como lo dice ella, y en vez de besos me manda besoides, me enamoré de ella con tres años y hasta el día de hoy. Es especial. Pues cuando me coge Marieta el móvil y le digo: ¿Loca, qué tal?, me contesta: Un asco, mi vida es un asco, y llora, yo también lloro porque pienso que mi vida es otro asco pero no se lo digo porque nos alternamos las ansiedades. Es un pacto. Nunca hemos hablado de él pero respetamos los turnos de angustia. Un día ella, otro yo. Así funciona. Silvi nunca lo respeta, por eso a veces pasa el límite y da por saco. Poco más puedo hacer si Marieta tiene ansiedad, ¿no?, pues llamo a Jaime para tomarme unos pintxos a las siete de la tarde. Jaime, sabes, ¿no? ―Rafa niega con la cabeza mientras pega un trago al vino con los ojos como platos―. ¿No? Uy, qué raro, bueno, pues Jaime es mi mejor amigo o lo era, porque hace tres meses le dije que tenía depresión, entonces se metió debajo de una piedra hasta hace un par de semanas que me volvió a llamar y me contó que tenía novia y que era adicto al snowboard, la gente cuántas cosas hace, ¿verdad?, pregúntame qué he hecho yo en tres meses, pregúntamelo, ¡venga!
―¿Qué has hecho en tres meses?
―Llorar-en-mi-sofá. No me ha dado tiempo a más. Nada más. ¿Escribir? Pues tampoco…, no sé, como tengo a este profesor de Creación Literaria que con su voz de Paco Valladares me dice que mis cuentos son superficiales e inmaduros, pero, ¿qué esperaba?, ¡tengo a una Betty Boop rodeada de corazoncitos presidiendo mi blog! Es que la gente es muy progre y transgresora, ¿sabes?, que en la foto del blog se ponen detrás de una cámara de fotos, en plan misterioso, o, ¡ésas, ésas! ―me puse de pie para representar mejor la postura―, ésas que son en blanco y negro, con las manos en la cara, en plan: ¡cu-cu, mírame lo intelectual que me pongo! ―A los dos nos dio un ataque de risa. A mí casi se me cayó el vino, me volví a sentar y continué algo más tranquila―: Menos mal que siempre nos quedaran los psicoterapeutas, el mío flota, ¿sabes?, es de éstos que no se inmutan, yo creo que se pasa el día meditando o algo así, no sé, le digo: Óscar, tengo mucha angustia, porque a él se lo puedo decir sin esperar turnos, no como con Marieta, ya sabes..., bueno, entonces él aprieta los labios, cierra los ojos, asiente con la cabeza lentamente, len-ta-men-te y me dice: Eso es normal. Ya está, punto caramelo, el tío se ha metido a todo Freud en una frase. Pero me ayuda, creo que me ayuda o por lo menos quiero creer que me ayuda, más que nada porque se lleva la mitad de mi salario. Así que bien, genial, preparada: Navidad, Navidad, todos alrededor de la mesa, seguro que a mi abuela se le escapa otro pedo como la navidad pasada, porque a la mujer el marisco le revuelve las tripas, mi padre hablará de política mientras olisquea una y otra vez el vino levitando, mi madre dirá que no le hemos dejado bogavante pero que no le importa porque siempre ha sido una sacrificada, y mi hermano Gerardo seguirá poniéndome caretos como hace treinta años mientras su novia Anke, que es polaca, le preguntará con cariño a mi abuela si quiere ir al baño, y ella, mi abuela, como es tan así, pues le contestará dignamente, tranquila, hija, son ventosillas. ¡Feliz Navidad!
Rafa no podía parar de reír, me abrazó como sólo él sabe abrazarme y me susurró divertido a la oreja:
―Feliz Navidad, loca…

sábado, diciembre 11

Números, algo más que una historia

Subía las escaleras contando.
Me gustan los números, por eso siempre he odiado las matemáticas. Me gusta creer que el 3 y el 4 están enamorados como que el 9 tiene un carácter déspota y humilla en cuanto puede al 8 mofándose de su físico. Aunque lo intenta, el 1 nunca consigue poner orden y es el 5, con su paciencia, quien termina calmando las tensiones numéricas. El 7 y el 6 forman el dúo sacapuntas, el Quijote y Sancho Panza, el Dix y Bully, tramando disparatadas conspiraciones para conseguir el amor del 3.

―A ver, siguiente, ¿2 más 1?
―3 ―dije después de haberme contado los dedos de la mano.
―Pues escribe aquí el 3, ¡aquí no!, ¡aquí, debajo de la raya! ¡Que pareces tonta, hija! ―Mi madre desesperada intentaba enseñarme a sumar a los siete años, mal número―. Ahora, ¿3 más 4?
No sabía cuánto eran 3 más 4 pero no me importaba, porque estaban juntos, uno encima del otro, seguidos, siempre tenían que estar seguidos.
―¡7! ¡Son 7! Escribe aquí y subraya el resultado: 73 ―y mi madre marcó el espacio con el dedo.
―¡No, no, no, no, 73 no!, porque ahora vendrá el 6 y la raptará.
―Qué coño, de… ¿qué?, hija de los cataplines…
―¡Al 3!, ¡van a raptar al 3!, para que no se case con el 4 y, y, y, así llevársela y entonces, luego, luego, ¡ay!, el 7 se puede casar con ella, sí, porque el 1 no estaba mirando, ¡ay!
Me gané un tortazo y comprendí la crueldad de las matemáticas.

Seguía subiendo las escaleras y seguía contando mentalmente toda una historia: 215, 6, 3.304, 67, 99.899, 13, 77, 73. Dios mío, 73, pensé angustiada sacando las llaves del bolso frente a la puerta.
―¡Elvira!
El grito me hizo mirar por hueco de la escalera, dos pisos más abajo vi la cabeza de mi vecino Rafa asomada. No hubo números que contaran lo que tardé en bajar. Con un mimoso ven aquí, chiquitina, me abrazó.
Entre risas me invitó a mate. ¿Te has hecho algo?, me preguntó ya sentados en el sofá, ¡te has cortado el pelo!, joder, estás guapísima. Estaba como siempre, sí, con el pelo algo más corto, pero él era Rafa. No dije nada, solamente sonreí y con la mirada baja pensé en lo mucho que lo había echado de menos. Me habló de su viaje a Argentina, de Natalia, de la cafetería, de cómo no pudo decirle nada, de lo pringa’o que se había sentido al ver la boda desde el quinto banco, de lo estúpido que era, de que todo tenía que cambiar, de que ya no la quería, ya no la quería.
―¿Te has dado cuenta de que soy como el 3?, pequeñita de tetas enormes ―dije cortante al término de su discurso.
Rafa levantó una ceja sorprendido, tragó el mate y al ver que no añadía nada más empezó a reírse absolutamente escéptico. Loca, decía ladeando la cabeza. Lo besé en la mejilla, dejé el mate sobre la mesita, me levanté y, diciéndole que nos veríamos mañana, me marché.
… 73, 44, 66, 1, 51, 76, 555, 4, 3, 43. 43. Riéndome saqué las llaves del bolso y abrí mi puerta.

jueves, diciembre 9

Horneando ideas, gratinando novela

Nota: Se recomienda leer el relato Pide un deseo... para contextualizar a los personajes de este cuento.

—Sí, lo sé, lo sé —repetía con voz ausente, sabía que tenía razón.
Acababa de tomar el metro en Sol. Tenía el móvil pegado en mi oreja izquierda y la flauta de un boliviano en mi derecha. Eran las cuatro de la tarde, todavía no había comido, tres cafés y un zumo de naranja, eso era todo. No entendía cómo podía dar las clases con el estómago vacío, pero siempre lo hacía y mis estudiantes no parecían darse cuenta del hambre que pasaba a esas horas.
—Ya, la semana pasada, sí, ya lo sé, Chete, pero es que… —intentaba disculparme con poca convicción, sólo quería llegar a casa, prepararme un sándwich, echarme al sofá y fermentar el resto del día.
El boliviano agradeció al vagón entero su paciencia y, con una bolsita en la mano, lo recorrió invitándonos a aportar la voluntad.
—He andado liadísima —mentí—. Las clases en la uni, la mudanza, el cambio, el master… —los semáforos, el coche, la paella, la abuela que fuma; lo cierto es que era una genia haciendo listas dando a entender lo ocupadísima que estaba. Eso lo había aprendido de mi madre: he ido a la charcutería, luego al banco, que si la cola, que si venga a esperar, que si vuelve, que recojo lo de la tintorería, llega y ponte a cocinar, que si el aceite, que si la sal, que si se me ha olvida'o el pan, baja otra vez, sube , que llama tu tía, que el crío está malo, que mira, que te digo, que, ay madre, que no puedo más.
—Bueno, Elvira, no te preocupes, como dice mi mujer: con paciencia todo va saliendo.
Lo bueno de tener un editor canario era eso, que sabía que había más tiempo que vida, así que los retrasos siempre estaban justificados. Era cierto que las correcciones las tenía que haber entregado hacía dos semanas pero también era cierto que Chete me había prometido que mi novela estaría en las librerías en octubre, estábamos en diciembre y andábamos a medias con la maquetación.
—Mi niña, escúchame, envíame la foto.
—¿Qué foto? —pregunté apartándome de la puerta porque era mucha la gente que se estaba subiendo en Tribunal.
—La foto de contraportada, la que va junto a tu biografía.
—¡Ah, no, no, no! ¡No hay foto! —La mujer de al lado me miró riéndose, había gritado demasiado, así que corregí mi volumen y se lo repetí más bajito—: Chete, no, ¿eh?, no me hagas poner una foto con cara imbécil, que me muero de la vergüenza.
Entre risas me pidió que le explicara qué era eso de cara imbécil.
—Pues, no sé, cara Espido Freire, que parece estar extasiada mirando al infinito con la manita debajo del mentón.
Lo oí reírse más fuerte todavía, después me prometió que no habría foto. Aun así me recriminó por algo que no me esperaba:
—Elvira, te lo digo en serio, de verdad, últimamente tu blog parece una funeraria con tanto muerto.
—¿Sí?, ¿no te gusta?
—Hombre, no es tu estilo, lo característico de tu blog era su frescura, ahora aburres a cualquiera.
—Ya… —reflexioné y luego me justifiqué—: Es que dice mi profesor de Creación Literaria que hay que escribir desde la angustia.
—¡No me digas!, oye, ¿y cuántas novelas dices que ha publicado tu profesor? —me reí al escucharlo, qué cabrón. Luego continuó—: Mi niña, tu novela sale en enero y, como sigas espantando a los lectores con tanto drama en tu blog, esto no va a funcionar. Tienes un estilo muy particular, valóralo.
Se me cayeron las lágrimas sin querer. Valóralo. Era muy poco lo que confiaba en mí misma por no decir nada, los últimos meses acabaron con mi autoestima, así, sin más, un día empezó a evaporarse hasta que sentí que nada de lo que hacía tenía sentido y por lo tanto era inútil buscarle un para qué a las cosas. El valóralo aquél daba cierto significado a todo el año que llevaba arrastrando.
—Gracias… —dije encogiéndome de hombros intentando ocultarme, sentía que la gente me miraba.
—Bueno, pues entonces como habíamos dicho, el jueves quedamos, te paso el borrador y miramos los dobles espacios esos que nos están dando tanto la lata, ¿te parece?
—Me parece —contesté con media voz.
—De acuerdo, el jueves a las seis de la tarde en el Café Gijón.
—¿Qué? ¿En el Café Gijón? —¿se podía ser más hortera?
Chete se reía como un loco:
—Que no, mi niña, que sólo te estaba probando —soltó otra carcajada—. Dejemos el Café Gijón a tu profesor el angustias. Entonces, ¿en el Starbucks de Fuencarral?
—Perfecto —dije riéndome también.
Guardé el móvil, tomé aire con una sonrisa y sentí como el pecho se me llenaba de esa ilusión que tanto había añorado últimamente.

Castañas asadas


The chestnut seller por Jean Francois Raffaelli

Lucas sólo quería unas castañas.
Su abuela lo recogió a la salida del colegio. Lo hacía todos los martes y jueves porque era cuando tenía entrenamiento. A sus ocho años era todo un pichichi.
Con el balón bajo el brazo cruzaba la carretera. No lo botes en la calle, ¿eh?, le advertía su abuela mientras lo sujetaba por la manga de la chamarra. Frente al puesto de castañas Lucas sonrió. Botó el balón. No lo botes, dijo su abuela. Cuánto es, preguntó cogiendo el paquete y dándoselo a su nieto. Lucas, que sólo quería unas castañas, cogió el paquete con ambas manos soltando el balón que botó sin rumbo hasta los pies del hombre que, en ese momento, estaba cobrando a su abuela. No vio el balón. Del tropezón su cuerpo cayó torpe sobre el brasero. Sus ropas prendieron y las llamas lo abrazaron al instante. Alguien lanzó el cubo de agua que convirtió el rojo en negro, en densa humareda con olor a carne quemada. Alguien se llevó en volandas a Lucas que, con miraba vacía, seguía sujetando con fuerza su bolsita de castañas.