lunes, febrero 21

Último café

Dreams of Grandmother and Granddaughter por Karl Briullov

Me despertó el intenso olor a café. Tras salivar como perro de Pávlov, me incorporé en la cama y miré la hora en el móvil. Las 5.14 de la mañana. Esto es imposible, pensé. Volví a inhalar el aroma que se esparcía por toda la pequeña casa. Cerré los ojos para intensificar la sensación y me compadecí de todos aquellos a quienes no les gustaba el café. Pobres infelices. Me levanté. En la vitro de la cocina vi la cafetera pitando. La aparté con un trapo.
—¿Ya está, pichín?
Me di la vuelta y la vi, con un elegante abrigo de astracán, sentada en el sofá del salón con las piernas cruzadas. Estaba leyendo el Hola, y sin levantar la vista de las páginas cuché volvió a repetir la pregunta.
—Sí, ya está, abuela —contesté acercándome a ella para besarla.
—Cuidado, no me despeines que estoy de pelu.
—Te han dejado muy guapa. Oye, ¿qué haces aquí?
—Le he pedido las llaves a tu madre, quería verte la buhardilla que me ha dicho que la tienes puesta ideal. Y es que, pichín, seis meses en Madrid y no me has invitado ni una vez…
—¡Mujer, haberme llamado!
—¡Pero si no coges el teléfono!, ¡no he visto cosa igual! ¡Llama que te llama y nada! —gritó haciendo una mueca y bajó de nuevo la vista—. Oye, cómo me gusta la Middleton ésta, ¿eh? Se les ve enamorados, ¿verdad?
—Pfff… qué sé yo. —Y con pereza me levanté del sofá.
—Bueno, y tú ¿qué? —preguntó dejando la revista sobre la mesita.
La miré y sin contestar me acerqué a la cocina, después sujetando la cafetera pregunté:
—¿Lo quieres con leche entera o semidesnatada?
—Entera.
—No tengo.
—¡¿Pues para qué me preguntas, pichín?!
—Porque si me llegas a decir que semidesnatada hubiera quedado estupendamente.
Mi abuela se levantó riéndose. Se acercó y se apoyó en la encimera junto a mí.
—Vale, y ahora dime qué quieres: ¿galletitas de miel, pastel de tía Mildred o surtido Martínez? —pregunté esta vez.
—Hija, dime lo que realmente tienes y así terminamos antes —dijo aguantándose la risa.
—Vale, sólo tengo el surtido Martínez, y tampoco se le puede llamar surtido porque lo único que me queda son las palmeritas de hojaldre, las chiquitinas, ¿sabes?
Me dio un cachete en el culo y me llamó sinvergüenzona tres veces. Después, se quitó el abrigo y, colocándolo sobre uno de los antebrazos del sofá, se sentó de nuevo.
Llevé, sobre una bandeja, los cafés y la única palmerita, que me había dado cuenta que me quedaba, partida por la mitad.
—Menudo empacho, pichín. —Al oírla, solté una carcajada y apoyé la cabeza en su hombro buscando complicidad—. Si es que eres original hasta para invitar a café, qué criatura, madre de diós… Anda, y dime, que antes no me has contestado ¿tú qué?
—¿Yo qué de qué? —E incorporándome en el sofá cogí la taza de café.
—¿Qué sabemos de Pedro?
—Abuela, no empieces.
—Pero, pichín… pero si te quiere con locura ese chico, pero si te mira, te mira como, qué se yo, como así, mira, así, así te mira.
—Abuela, pareces un pez —dije riéndome.
—No vas a encontrar a otro como él, ¿eh?, eso te lo digo desde ya.
—Abuelaaaaaa… paraaaaa…
—Es que es guapo, guapo, guapo, atento, educado, pero una cosa… ¡vamos, educadísimo! Y cómo te mira… con esa cara, con esos ojos que…, así, así. —Y mi abuela volvió a poner cara de pez—. Mira, tienes esa cosa que los vuelves locos, los hipnotizas, pichín.
—Será por mi belleza…
—¡Ay, qué sinsorga eres!, ¡qué sinsorga, madre de diós! —A las dos nos entró la risa.
Las carcajadas se nos cortaron al oír el portero automático. Miré el reloj de la cocina, las 5. 47.
—Abre, abre, pichín, que será el abuelo.
—Pero… pero ¿qué bobadas estás diciendo? El abuelo hace año y medio que…
—Bueno, yo me voy. —Tomó su abrigo de astracán, se lo puso con algo de dificultad y fue directa a la puerta—. Me voy porque basta que me haya venido a buscar para que le haga esperar, ¡además con el frío que hace en Madrid!, pobre angelito...
Mi abuela abrió la puerta y salió. Corrí tras ella.
—¡Abuela!, ¿te vas a ir con él?
Ella, que ya estaba bajando los primeros escalones, se dio la vuelta y dijo:
—Pero, pichín, ya sabes cómo es tu abuelo, ¡demasiado que ha aguantado un año!, éste no sabe estar sin mí.
—Pero ¿así?, ¿te vas sin despedirte…? —Se me caían las lágrimas. Me acerqué hasta ella y la abracé—. Quédate, abuela, quédate…
—No llores, pichín, no llores así...
La abrazaba con la cara hundida en su hombro sintiendo un inmenso vacío en el pecho.
—Venga, pichín, que tu abuelo me está esperando… —me susurró separándose de mí.
Me senté en el primer escalón y, con el alma anudada al estómago, la vi bajar. Agur, abuela, le dije mandándole un beso, agur, pichín, agur…

Al entrar a las 9.10 de la noche en el tanatorio, abracé a mi madre con inmenso amor desconsolado.

A mi abuela

miércoles, febrero 16

Homenaje a Sergio Oiarzabal

Doble homenaje para el extraordinario poeta:
Sergio Oiarzabal
Me gustaría mencionar y agradecer a Masmédula Edicines por su esfuerzo altruísta para la publicación póstuma de su libro: TRADUCTOR DE SUEÑOS POR BABILONIA.


Un beso, Txiki

martes, febrero 15

Sueños

Sueños Noctámbulos por Salvador Dalí

Tomo un café con Silvi. Estamos sentadas en la alfombra granate de mi casa. La veo reírse pero no la oigo. Me toco detrás de la oreja derecha buscando el audífono. No lo tengo. No lo tengo, Silvi, no te oigo. Puedo ver cómo se ríe más fuerte, se tumba y se tapa la cara con ambas manos. Me levanto preocupada y busco el audífono. Lo veo sobre la estantería de la cabecera de la cama. Voy hasta allí. Está roto. Lo sostengo con una mano y comienzo a llorar. Está roto, Silvi, no te puedo oír, no puedo. Me doy la vuelta y le muestro con la palma de la mano abierta las dos partes en que se ha convertido el pequeño aparato. No me mira. Se está besando con mi profesor de Creación Literaria sobre la alfombra granate de mi casa. Grito, quiero que se vayan, ¡FUERA! Mi profesor se levanta, lleva en la mano una libretita negra y me sonríe. Se acerca despacio. Doy un paso atrás. Él avanza uno. Retrocedo otro. Él llega hasta mí y me empuja suavemente con un dedo diciendo: Cuidado, Elvira, que te vas a caer... El suelo se abre y siento el vacío. Se me encogen las entrañas y el estómago me oprime la garganta. Rojo y azul ante mí, rojo y azul, rápido y más rápido y más rojo y más azul. Todo se para. Me pongo de pie sujetándome la tripa. Es el Days Inn, estoy delante del Days Inn Hotel de Nueva York. Me río a carcajadas. ¡Estoy en Nueva York! En la 94 con Broadway. Me aprieto el pecho, me siento feliz. Estoy libre. Corro Broadway abajo, corro, corro y corro sin cansarme, me río sin cesar. Paso la 77, 76, 75 y la 73 también y no dejo de reírme. Me llaman, me giro, estoy en la 63 y no veo a nadie, la calle está vacía. Cruzo una desértica Columbus Circle y tomo la Octava Avenida. Frente a mí hay un joven con el cartel verde de la 54th St. en una mano y con un niño pelirrojo en la otra. Lo abrazo con ansia, Etienne…, le susurro al oído, Etienne... Quiero tragarme su olor, aspirarlo hasta hacernos una sola esencia, lo aprieto contra mí, lo anhelo, lo aprieto fuertemente sintiendo su carne pero sigo anhelándolo como si lo que sostuviera fuera aire. Etienne se separa de mí, en silencio me da el cartel de la calle y se aleja. Los veo caminar cogidos de la mano. Me derrumbo contra el suelo y con los puños cerrados me atravieso el vientre que se ha convertido en un inmenso orificio. La voz de una mujer me hace levantar la cabeza. La miro extrañada. Es una azafata china y me pregunta en español si prefiero pollo o fideos. Fideos, le respondo. Me ofrece la bandeja. La coloco en mi mesita plegable. Miro por la pequeña ventanilla. Sonrío al ver el intenso color granate de las nubes. ¿A dónde vamos?, pregunto al señor de mi lado. A Dalian, me responde. ¿A Dalian?, ¿por qué? Porque vives allí, chica, me dice. No, no, no, no, yo ya no vivo en Dalian, vivo en Madrid. El hombre se carcajea y con sorna me repite que vivo en Dalian. Pensativa me toco la cabeza, me doy cuenta de que tengo el pelo corto, tan corto que me hace cosquillas al rozármelo con los dedos. ¡Rafa!, grito hacia el pasillo. Lo veo caminar con el uniforme de piloto. Qué guapo es. ¡Rafa!, vuelvo a gritar y me pongo de pie para que me vea. Me mira pero no me dice nada. Está serio. No parece él. ¡Rafa, soy yo! No me reconoce, ¿por qué no me reconoce? Me pongo nerviosa, me falta el aire, quiero salir de aquí. ¡Quiero salir!, grito. El hombre a mi lado me sujeta, es grande, me hace daño. No me deja moverme. Tengo miedo y le suplico con la mirada que me suelte, él se ríe y empieza a tararear una melodía, me suena esa melodía, sigue tarareándola, me suena, me suena, me suena…

Sobresaltada me aparto de la cara las páginas de un aburridísimo Buzzati. Y, aún tumbada en el sofá, consigo encontrar el móvil tanteando la mesita con una sola mano. Cesa la melodía al cogerlo, resoplo y digo:
―Dime, mamá…

sábado, febrero 12

Enamorarse como vidas tiene un gato

Dicen que sólo te enamoras una vez en la vida. Yo ya llevo siete y sólo en el día de hoy.
Me he enamorado del camarero al guiñarme el ojo nada más entrar por la puerta del bar. Me he enamorado del hombre a mi lado en el paso de cebra porque caminaba con curiosa dignidad junto a su bulldog inglés. Me he enamorado del tipo que se ha colado en el metro y al darse la vuelta me ha pedido silencio con el dedo en los labios. Me he enamorado de mi terapeuta porque hoy me ha regalado una sonrisa especialmente hermosa. Me he enamorado del joven del ascensor que ha fingido educadamente no mirarme el escote. Me he enamorado del librero cuando se ha bajado las gafas hasta la punta de la nariz para decirme que esa novela no la tenían. Y como cada día, me he vuelto a enamorar de mi vecino al aparcar su moto frente a nuestro portal.

jueves, febrero 3

Cita a cigas (Parte II)

Broken-heart-less por Ron Gamble

―Tía, ¿te imaginas que es mexicano? ―preguntó Elvira ajustándose el cinturón de seguridad. Silvi prefirió no contestar.
Era martes y se suponía que las dos amigas tenían una cita a ciegas en el Lateral de Chueca a las ocho de la tarde, pero eran casi las diez y estaban todavía metidas en un taxi atravesando Glorieta de Quevedo.
―Estoy más que convencida de que Gael va a ser mexicano y vamos a encajar. ¡Ay, ay! ―exclamó excitadísima sujetando el brazo de Silvi―: ¡¿Te imaginas, te imaginas, te imaginas que es de esos mexicanos, de los que ronronean chingo-guarradas-güey mientras te lo hacen?! ¡Tía, es mexicano! Lo presiento, ¡es me-xi-ca-no! ¡Me-xi…
―¡ELVIRA! ―gritó Silvia en un desesperante intento por hacerla callar―. ¡Es de Albacete! ¡Me lo dijo ayer Marcos, pesada! ¡Gael es de Albacete!
―¿Albacete, Albacete?
―¡Sí! ¡Albacete, Albacete!
―Bueno, ―y en un intento por recuperar su dignidad, se retiró el pelo de la cara y, mirando al frente, añadió―: de siempre los de Albacete han tenido su morbillo, ¿no?

A las 22.10 horas, las chicas subían los tres peldaños que separan el bar de la calle. Al entrar, Elvira reconoció a Marcos apoyado al fondo de la barra.
Cuando se acercaron a ellos comenzó la danza de palabrería sin sentido: Que si cuál era tu nombre. Que si soy abogado. Que si yo profesora, sí, de español. Que si Gael, pero no soy actor ni mexicano. Que si de Bilbao centro. Que si lo siento que te piso. Que si cuántas cervezas. Que si pues, venga, ponme cuatro. Y que sí, coño, ¡de Albacete!
Después de gritarla, Gael se arrepintió. Elvira no le parecía la típica tía imbécil pero es que ya era la tercera vez que se lo preguntaba. La miraba de reojo porque parecía ofendida, se había pasado, sí.
―Oye, perdona ―se disculpó Gael apartándola del grupo. Elvira sonrió e hizo un gesto negando con la cabeza, dando a entender lo poco que le había molestado. Sí, parece una tía maja, pensó después. Lo que no terminaba de encajar en ella era lo que le había comentado Marcos, así que decidió preguntárselo directamente―: ¿Tú eres lesbiana? ―Elvira sólo pudo abrir los ojos como platos porque se quedó muda. Gael añadió―: Perdona, es que verás, Marcos me dijo que eras lesbiana y que podía estar tranquilo, porque no ibas a pretender nada conmigo. ―Elvira parpadeó con nerviosismo exigiendo más explicación―. Soy gay.
―Gay… ―repitió atónita.
―Sí, mira, acabo de salir de un tormento, ¿vale? Ramón, ¿vale?, llevo dos meses en casa, ¿vale?, y Marcos me pidió este favor, ¿vale?, pero me aseguró que sólo era para acompañarle porque estaba más que convencido, cari, de que tú eras lesbiana, ¿vale?
―No soy lesbiana, ¿vale?
―A la vista está, cari, fashion-hetero total.
Elvira se había subido a unos tacones de infarto, metido en unos ceñidos pantalones negros con cinturón ancho y llevaba un blusón de escote interminable. Un poco de maquillaje, espuma y difusor para el pelo y, la verdad, es que parecía otra persona. Nada tenía que ver con el espantapájaros que Marcos conoció el domingo.

Después de las primeras cuatro cervezas llegaron las ocho siguientes. Marcos se había autoproclamado el líder del grupo. Proponía los temas de conversación y marcaba el ritmo al que había que beber. Silvia estaba en su salsa. Se reía como una boba por cualquier cosa que se dijera. Elvira, en cambio, estaba haciendo verdaderos esfuerzos por pasárselo bien. Es cierto que Gael le resultaba un tío simpático y con muchísimo sentido del humor, pero por más que intentaba analizar la situación no entendía por qué su amiga tenía tan buena suerte y ella tan mala, ¿dónde se había quedado el principio de retribución?
Cuando Marcos propuso la siguiente ronda, Elvira anunció que se iba. A Silvia no pareció importarle, de todas formas cuando su amiga se ponía de nones con esa cara de malas pulgas era mejor que se fuera o si no podría amargar al bar entero.
―Oye, tía, pues nada, encantado y a ver si se repite. ―Estaba claro que a Marcos también le importaba un comino que la chica se fuera.
―Ah, no, no, cari, si te vas tú me voy yo, ¿vale?, ¿qué coño pinto yo aquí solo con estos dos? ―Y tomando su abrigo Gael se enlazó al brazo de Elvira y, tras despedirse por décima vez unos de otros, salieron del bar.

Gael sólo tardó un par de calles en convencer a Elvira de tomarse juntos la última.
Cogieron un taxi y quince minutos más tarde estaban bebiendo un mojito, sentados en la barra de un tranquilo bar de Callao.
Elvira miraba divertida los aspavientos que hacía su recién amigo para escenificarle el momento en que Ramón decidió dejarlo.
Sin perder detalle de la historia, la chica rechupeteaba la pajita de su bebida muerta de la risa. Aquel tío estaba siendo todo un descubrimiento.
Después, tras hacer un rápido repaso sobre las extraordinarias cualidades sexuales del hombre francés y árabe, se enzarzaron en un histriónico debate sobre si los preferían circuncidados o no. Llegados a este punto Elvira sólo podía gesticular porque estaba absolutamente ahogada en su propia risa. El braisntorming que Gael estaba montando no podía ser más soez. Aun así intentó contar su experiencia con gestos.
―Vale, cari, no te entiendo, a ver, sí, tres, sí, sí, ¿tres circuncidados? ―Elvira lo negaba desternillada de la risa e intentó dibujar y situar en el aire el mapa de Estados Unidos―. Vale, sí, América, norte, norte, ¿Nueva York?, ¡sí!, vale, churros en el pelo, más churros, así ―e imitando a Elvira se formaba bucles ficticios a los dos lados de la cara― ¡Coño, judío! ¡Judio de Nueva York! ―Elvira asintió y, tras tomar un poquito de aire, se estiró los ojos― Vale, cari, judío en China, no, ¡ay!, no uno, tres, ¿pero qué coño es tres? ¡Tres judíos en China! ¡NO! ¿Japón?, ¿Tailandia?, ¿Vietnam?, ¿Singapur?, ¡Sí, Singapur! Vale, dale, cari, te pillo, te pillo, sí, tres, tres, reloj, reloj, ¿horas?, ¿minutos?, reloj, sí, dale, cari, ¡días! ¡TE TIRASTE A UN JUDIO NEOYORKINO EN SINGAPUR DURANTE TRES DÍAS!

Elvira se amarraba a la barra para no caerse, estaba en pleno ataque de risa desestabilizador. Y Gael daba saltos delante de ella con los brazos en alto celebrando la victoria. El bar entero los miraba.
―Eres mi ídolo, cari, ¡oe, oe, oe, oe!, vamos, porque ya estaba circuncidado que no llega a ser judío y se la pelabas igualmente, ¡tres días, locura pura!
―¡Pero estamos locos!, ¿qué barbaridad es esa? ―exclamó Elvira recuperando la voz―. ¡Noooooo!, lo que te quería decir es que salí en Singapur con un judío de Nueva York durante tres días.
―Ya, pero eso no tiene gracia, ¿y cuándo te lo tiraste?
―¡No me lo tiré! Pero bueno, no sé, hablábamos de circuncidados pues me acordé de mi judío y en plan anécdota, no sé, sin más, anécdota.
―¿Anécdota? Anécdota de mierda, cari, pa’eso es mejor no decir nada. Bueno, paso palabra, a ver ¿y ahora a quién te estás tirando?
―¿Ahora de ahora?
―Vale, a nadie.
―Bufff, es que no sé… ―y pensativa buscó con la lengua la pajita de su mojito, absorbió un poco e intentó explicarse mejor―: No estoy en ese momento ahora, ¿sabes?
―No, no, ni ahora ni antes, porque que te parezca fascinante la anécdota del judío…
Elvira lo miró con reproche, no la estaba entendiendo y eso le fastidiaba.
―Venga, cari, no te enfades, a ver, cuéntame.
Ésta no dijo nada, levantó la vista y con pesadumbre la volvió hacia el camarero que estaba en el otro extremo de la barra, suspiró y volvió a bajar la vista mientras se pellizcaba la mano.
―Uy, uy, uy, uy… ―exclamó Gael apartándose unos centímetros hacia atrás, como para coger perspectiva de la situación, parecía una de aquellas señoras que en la charcutería se apartan ladeando la cabeza y apretando el morro para ver mejor los productos de la nevera―. Tú estás enamorada. ―Elvira se rió―. Vale, llámalo X, cari, pero tú estás pilladísima y eso te está matando.
Elvira lo pensó unos segundos. Tenía razón en cierto modo. Ella también se estaba dando cuenta y lo que había empezado como una ilusión se estaba convirtiendo en algo silenciosamente angustioso. Tenía que admitirlo:
―Se llama Rafa, es mi vecino y llevo 5 meses enamorada de él sin poder decir ni una palabra porque se supone que somos amiguísimos.
―Putadón.
Elvira le explicó que no se lo había contado a nadie, ni a sus amigas, que se sentía ridícula diciéndolo en voz alta, que sin más, que ya se le pasaría, que tampoco era para tanto.
¡Llámalo! ¡Ni hablar! ¡Llámalo y dile que venga! ¡¿Estás loco?! ¡Cari, llámalo! ¡Es la una de la mañana! Esto es Madrid, cari, seguro que anda de cena por ahí, ¡llámalo! ¡NOOOOOOOO!

Minuto y medio después:
―Esto… esto… ¿Rafa?, sí, sí, soy yo, oye, es tarde y siento que… ah, ¿sí?... ¿En Callao?… ¿qué dices?, ¡ja, ja, ja, ja! Claro… vale, vale… sí, en el bar de al lado del Templo del Gato… ya… dos mojitos, vale, genial, adiós…, sí, sí, agur.
Al colgar, Gael se abalanzó sobre ella gritándole que era la mejor, mientras ésta daba palmitas al ritmo de su oe, oe, oe, oe. Nuevamente el bar entero los miraba.

Trece minutos después, Rafa entraba por la puerta del bar. Al verlo, Elvira se atragantó con su propia saliva porque ya estaba con ese taca-taca-taca-taca en el pecho.
Chiquitina mía, le dijo mientras la escondía en un tierno abrazo. Cómo le gustaban aquellos abrazos a Elvira, cómo se dejaba querer, cómo anhelaba que no fuera oficialmente para siempre.
La joven presentó a los chicos. Gael enseguida empezó a hacerle preguntas sobre esto y aquello. Rafa se reía, le hacía gracia su forma de expresarse. Le estaba cayendo bien, muy bien aquel tío. Elvira los miraba sentada en su taburete mientras bebía el final del mojito. Notó la mano de Rafa en su espalda, se la frotaba suavemente en círculos. Rafa era de esos chicos amables y protectores y ahí estaba con su lenguaje no verbal: estoy bien, me gusta tu amigo y me encanta que me hayas llamado. Rafa era así, siempre pendiente de que todo el mundo se sintiera a gusto.
Elvira se relajó y preguntó por otra ronda.

Ya con un cubata en la mano, Rafa le dijo a Elvira lo guapa que estaba, que no sabía qué era pero que la veía cambiada. Gael, por detrás, haciendo muecas y dibujando corazones en el aire. A Elvira le costaba no reírse.
Aprovechando que Rafa acababa de irse al baño, Gael se explayó:
―¡Me encanta! ¡Este tipo es maravilloso! ¡La perfección hecha hetero! Cari, cari, cari, hoy te lo tiras seguro, lo tienes bobo perdido, pero ¿tú le ves cómo te mira, qué te dice, cómo te toca?, ¡¡¿y esos abrazos?!! Te digo yo que a partir de hoy puedes enterrar la anécdota del judío, hay material nuevo.
Mientras se reía, Elvira sacaba su móvil del bolso, estaba sonando. Puso cara rara. Gael le preguntaba qué pasaba. No me lo puedo creer, decía ella al auricular. Gael se tapaba la boca intentando escuchar la conversación acercándose lo máximo posible. Pues cógete un taxi y vente, ¡vente ya!
Rafa llegó del baño y al ver la cara tan seria de Elvira preguntó qué pasaba.
―Nada, Silvi, mi amiga de la que te he hablado varias veces, pues resulta que estaba con un amigo en el Lateral de Chueca ―prefirió omitir lo de la cita a ciegas no fuera a creerse que eran dos frikis desesperadas―, y que le ha dejado colgada, en plan: ahora vuelvo, ahora vuelvo y el tío se ha largado.
Gael abrió los ojos como platos y empezó a sacudir la mano como si le quemara, qué fuerte, qué fuerte, murmuraba.

Entre los tres sacaron un montón de teorías sobre lo que podía haber pasado. El más conciliador, por supuesto, fue Rafa: no sé, es posible que se haya encontrado con alguien y se haya liado la manta a la cabeza. El que menos Gael: ¡sí, con su ex!
Y Silvi llegó. No pudo contar nada nuevo, sabía lo mismo que los tres. Gael se responsabilizó en llamar al día siguiente a Marcos y aclarar el asunto, mientras tanto Rafa se presentó, ya que nunca habían coincidido, y la invitó a un gin tonic. Rafa siempre pensando en todos.

La tertulia comenzó tranquila, Rafa habló de su aburrida condición de consultor en un banco y Silvi le gastó irónicamente un par de bromas sobre su profesión, después le contó que a ella le apasionaba ser abogada. Pero a eso de las 2.30 de la mañana, en el bar empezó a sonar Barbra Streisand de Duck Sauce, y con ella la hecatombe.
Gael y Elvira, absolutamente poseídos, saltaron de sus taburetes y comenzaron a bailar sin ningún tipo de acuerdo rítmico. Se cogían, se soltaban, se daban vueltas, saltaban paralelamente, levantaban los brazos, se agachaban, se cogían de nuevo, se señalaban haciendo gestos raros, quizá pretendían ser originales, pero eran gestos raros y, cuando por fin se terminó aquel infierno de canción, volvieron a sus taburetes tambaleándose entre carcajadas.
Pero algo había cambiado. Gael clavó su mirada en Elvira y ésta en la mano de Rafa que sujetaba la cadera de Silvi mientras que ella le quitaba migas imaginarias del pelo acariciándole con la nariz su sien.
Elvira se llevó la mano al esternón, Gael la seguía mirando, después tomó aire pero se le entrecortó, le pasaba cuando se ponía nerviosa, era una sensación de no poder abarcar todo el oxigeno necesario para continuar con esa inspiración, el respirar se volvía actividad consciente y era tremendamente ardua llevarla a cabo.
―Elvira, cari, ¿nos vamos? ―preguntó Gael con rapidez al tiempo que recogía los abrigos, quería largarse, veía a su amiga amoratarse por segundos, aquello la iba a matar.
―Sí… ―dijo a media voz―. ¿Rafa compartimos taxi o te has traído la moto? ―Gael al escuchar la pregunta cerró los ojos, no quería ni oír la respuesta.
―Pues, es que, no sé… ―Miró a Silvia y preguntó―: ¿Te quedas? ―Ésta asintió fingiendo timidez y luego le pasó la mano por el cuello sonriendo como sólo ella sabe hacerlo, con esa hermosura tan natural a la que nunca Elvira pudo aspirar.

Con mimo, Gael tomó de la mano a Elvira y la sacó del bar. Le enroscó la kilométrica bufanda gris al cuello, le puso el abrigo, y la besó en la mejilla y en la nariz, pero ella parecía estar ausente. Salió a la carretera y paró un taxi. Dentro, Elvira dictó en voz muy bajita su calle y después Gael la repitió en alto y, además, añadió la suya.
Ya frente a su portal, Elvira bajó del taxi besando a su amigo.
―Venga, cari, échame una sonrisa guapa de las tuyas ―le gritó el chico asomado a la ventanilla del taxi, pero Elvira ni se dio la vuelta―. ¡Ahueva, pinche chingona, ráscame una risota, güey!
Elvira se dio la vuelta cuando ya estaba abriendo el portalón y no pudo evitar decir con lánguida sorna:
―Así no hablan, lo haces fatal…
―Lo sé, cari, pero ¡es que soy de Albacete, coño! ―gritó al tiempo que el taxi arrancaba.
Elvira se rió y, cerrando la puerta tras de sí, asumió encontrarse con sus temidas soledades nuevamente.