jueves, junio 30

Malogro

Expectaive por Christine Malaurie

Alfonso sacó la lengua y, con la punta, chupó el pegamento del sobre. Lo cerró, lo apretó con los dedos una y otra vez, y se levantó de la mesa de la salita. Salió. Encendió la luz del pasillo, y sujetando el sobre con ambas manos, recorrió los pocos metros hasta la entrada. Allí lo dejó encima del escaño junto a las llaves de su mujer, las suyas estaban colgando de la cerradura de la puerta. Lo alisó dos veces, apartó un pelo largo y negro, y lo volvió a alisar. Tomó aire y regresó a la salita.
―No has tomado postre. Las picotas están buenas, buenas de verdad ―dijo su mujer sin apartar la vista de la tele.
―No, no quiero nada. Escúchame, mañana que no se te olvide echar el sobre.
―¿Comes en el taller? ¿Te preparo un túper?, han sobrado patatas en salsa verde, lo que te puedo hacer es un huevo escalfado y te lo pongo así por encima, ¿eh?
―El sobre, coño, que seguro que se te olvida.

Alba entró en la redacción de la revista, con el bolso colgado del antebrazo, zarandeando las llaves del coche en la mano. Saludó a todos sus compañeros y después se desplomó en su silla resoplando. Se miró las manos y se preguntó si tener las uñas carcomidas de aquella manera, era normal a sus casi 30 años.
―Alba, tienes al jefe contento, madre mía, de buena te has librado esta mañana. ―Alba se rascó detrás de la oreja y luego la rodilla―. Editaste la foto de la 44 en la 17. Últimamente estás en Babia, nena. Anda, vete, que te está esperando ―dijo señalando la sección de infografía―. ¡Ah, oye!, cuando salgas avísame, que nos tomamos unas cañitas, ¿vale? Que acaban de inaugurar el mercado de Chueca y me ha dicho Fede que, en la segunda planta, hay un puesto de canapés de cagarse.

―No te pongas así, mujer, que no es para tanto. Ya sabes cómo se pone con estas cosas, no le entres al trapo. Es el jefe, y el pulso que quieras mantener con él, lo tines perdido incluso antes de empezarlo. Tú dile a todo que sí y punto, ¡Alba, y punto pelota!
Alba la escuchaba mordisqueando el canapé de foie con salsa de oporto, no le terminaba de convencer aquel sabor.
―¡Ay, calla, calla! Que se me olvidaba ―Del bolso sacó dos libros y los dejó al lado de Alba―. Me los tienes que firmar, ¿vale? Uno es para mi sobrina, que está como loca contigo, dice que se parte de risa al leerte, y el otro es para Adelina, que a la pobre se lo regalo yo, pero oye fírmaselo igual, ¿eh?

Mario se sirvió un güisqui seco. Pegó un sorbo y después se apoyó en el escritorio de su despacho.
―Estoy hasta los cojones de esos concursos ―dijo.
―A ver, Mario, a ver si lo entiendes. Necesitamos tu nombre, sólo tu nombre, ¿vale? Ya te he explicado que los relatos los leerán otros, tenemos remesa nueva de escritores en la editorial, ellos se encargarán, pero, vamos, Mario, eres uno de los autores más consagrados de este país, necesitamos tu nombre en el jurado.
―Hasta los cojones, joder… de tanta mierda y tanto pringado mal leído de su puta ma… pff…
―Mario, las cosas están así: hace tres años que no escribes nada, bien, lo estamos respetando porque sabemos lo que vales y te queremos con nosotros, pero tiene que entrar dinero de alguna manera. Que aparezca el nombre de Mario Lopetegui como jurado en este certamen, va a poder proporcionarnos buenos patrocinadores, ¿lo entiendes o no? ¿Mario?, ¿me estás oyendo?
―Los críos ya ni me llaman. La culpa de todo la tiene su madre, chalada de mis cojones…
―Mario…
―Bueno, la cría sí, me llamó hace mes y medio para pedirme dinero porque resulta que ahora quiere hacer un máster en la universidad de St. Andrews, pff… hay que joderse… Eso también es cosa de su madre, que la quiere encasquetar con el menor de los principitos. ―Pegó otro trago―. Bueno, entonces quedamos en que yo no voy a tener que leer esa mierda, ¿no?

―Alfonso, oye, ¿cuándo te contestan?
―Eso lleva su tiempo, mujer. Tienen que mirarlo bien y luego tomar una decisión. Es gente importante, ésta es gente importante.
―Pues a ver, hijo, a ver si tienes suerte. Ya se lo voy a pedir yo a nuestra Señora de los Ángeles, que nuestra patrona nunca nos da de lado.
―Chorradas, bobadas de las tuyas ―dijo manoteando el aire. Luego la vio sentarse en el sofá, frente a la tele, con un libro en la mano―. ¿Qué es eso?
―¿Esto? Me lo regaló Cristina, hará cosa de un mes. He tenido una suerte de caer en esa casa, madre de Dios, con lo que hay por ahí. Pero mira, Cristina siempre con detalles, qué mujer, qué mujer, que está a todo, no para, es que no para, con su revista, los niños, estar al tanto de Fede, madre de Dios…
―¡Pero si no has leído en tu vida!
―Pues por eso, Cristina me anima, me ha dicho que es facilito de leer y además, mira, mira ―La mujer pasó las dos primeras páginas en blanco y, abriendo la tercera de par en par, se lo enseñó a su marido―, ¿lo ves?, ¿eh?, ¿lo ves?, ¡está dedicado!
―¡Bobadas!
―Pues no será tan bobada cuando me lo ha regalado Cristina, que la señora sabe mucho. ―Cerró el libro, lo dejó a su lado y encendió el televisor―. Alfonso, oye, igual Cristina te puede ayudar con lo tuyo, ¿no?, igual si le pido que hable con su amiga la escritora, pues…
―¡Adelina! Que te digo que esta gente es importante, gente importante de verdad, gente de lo alto, ¿me entiendes? No gentucilla que firma sus libros a fregonas, ¡que a veces pareces tonta, coño!

Eran las 10.20 de la noche, y Alba intentaba con el codo cerrar la puerta de su coche, aparcado frente a su casa. No lo logró, pero con el culo sí. Iba cargada con unos doscientos portafolios amarillos con, aproximadamente, veinte hojas mecanografiadas dentro de cada uno. Caminaba despacio, con cuidado de no caerse, porque sabía que si perdía o desordenaba alguna de aquella carpetilla, la editorial la iba a matar.

Mario abrió la nevera de su casa. Un tomate, margarina, medio limón, dos huevos y dieciocho botellines de Voll-Damm. La volvió a cerrar, se frotó la cara y soltó un rajado alarido.

―Toño, Toñito, oye, ponme con Alfonso, anda, hijo… pero oye, ¿qué tal tu madre? … ¿sí? …. cuídala, ¿eh?, que no sabes lo que tienes, y tú sigue así, que ya me dice Alfonso que lo das todo en el taller, ¡qué ángel!… eso, eso… tú no te preocupes… claro, tranquilo, eso… di que sí… oye, hijo, anda, ponme con Alfonso… sí, sí, adiós, cariño, adiós, hijo. ¿Alfonso?… ¡Que tienes carta!… pues carta… ay, no sé, de la gente importante… ¿sí?… bien, bien, pues no te la abro... que no, que no, que no te la toco… sí, sí… pues te caliento la comida para las tres, eso… bueno, hala… sí, hala.

―Lo siento, Mario, lo hemos establecido así: Alba Campos dará el diploma a las menciones especiales, Daniel Ojeda otorgará el premio al finalista, y tú se lo darás al ganador.
―¡No puedes poner a esa puta niña a mi misma altura o a la de Ojeda!, ¡es humillante! ¡No es nadie! ¡Acaba de publicar una basura de folletín contando cómo se folla a sus novios!
―¡Me sopla la polla si Alba Campos escribe bien o mal! Su novela lleva sólo seis meses en la calle y ya estamos preparando la segunda edición y la versión e-book, sin gastar un duro en marketing, ¿sabes lo que cuesta dar con un escritor así?, ¡¿lo sabes?! ¡Esto es una empresa!, ¡no vivimos de la caridad! ¡Ponte a escribir, Mario, joder!, ¡ponte a escribir!, bufff… haz tu trabajo, joder…

―Disculpe, señorita, es que mi marido, que es escritor, viene a recoger un premio y no sabemos dónde colocarnos, porque nos dicen delante, detrás, y…
―No se preocupe, dígame su nombre.
―Adelina Sastre.
―No, mujer, el mío será, que yo soy el escritor.
―No importa, pues dígame el suyo.
―Alfonso Ruíz Pérez.
―Bueno, efectivamente, usted está entre los cien finalistas, así que si son tan amables, tomen asiento a partir de la fila 20, por favor.

―¿Nerviosa? ―preguntó Mario a Alba ofreciéndole una copa de vino. Ésta negó con la cabeza mientras cogía la copa―. Normalmente, estos actos no duran mucho, en una horita estará ventilado. ―Alba sonrió y se rascó detrás de la oreja―. Esto… te quería comentar que, bueno, imagino que estarás preocupada, ¿no?
―¿Por? ―preguntó sorprendida.
―Empiezan a salir ahora las críticas a tu novela y no están siendo buenas. ―Alba se mordisqueaba el labio inferior por dentro de la boca―. Hombre, pero eso ya lo sabrías tú, ¿no?, que es una novelita muy pobre. ―Se hincó los dientes con tanta fuerza, que empezó a sentir ese familiar sabor a hierro. Dándose cuenta se llevó la mano a la boca para disimularlo―. El problema de esto es la falsa buena acogida que tiene este tipo de novelas, que, lógicamente, luego cuando llega el fracaso es difícil de digerir. ―Se estaba haciendo trizas el labio y ahora le empezaban a picar las muñecas―. Yo, Alba, te lo digo, porque sé que se pasa mal. Llevo muchos años en este mundo y he visto de todo. Por eso que, quizá, mi consejo a los escritores nóveles es decirles que cuiden al máximo la calidad de la primera novela. Porque luego pasa lo que pasa, ya sabes, ¿no? ―Alba se quitó la mano de la boca y se rascó la muñeca con la que sostenía la copa de vino. Le llegaba esa sensación de falta de aire―. Que las editoriales no vuelven a contar contigo, porque aquí todo el mundo se conoce y los editores hablan entre ellos y, bueno, que te encuentras con todas las puertas cerradas, así, por la tontería de un vergonzoso primer tropezón.

A las 8 de la tarde, la ceremonia de entrega de premios “Pluma Platino” dio comienzo, teniendo que disculpar la ausencia de Alba Campos por encontrarse indispuesta.
El discurso de Lopetegui, alabando la calidad de los relatos presentados y defendiendo de manera encarecida la literatura con mayúsculas, fue aplaudido fervientemente.
Dos horas más tarde, todos los asistentes ya habían llegado a sus casas.

En Getafe, Adelina consolaba a Alfonso que lloraba ante el televisor de la salita. En el baño de un estudio de La Latina, Alba se frotaba con alcohol los brazos para desinfectar las heridas de sus propios mordiscos. Y en el barrio de Salamanca, en un piso de más de 200 m, Mario empujó, con ambos pies, la silla que lo sostenía.

lunes, junio 27

Saliendo del corral

Gallos y gallinas por Rafael Jiménez Ambel


―Elvi, deja eso, vamos… ―me pidió Rafa sin apartar la vista de la carretera.
―Sí, sí, espera,termino con esto y ya lo dejo.
Íbamos en su coche, un pequeño Ford Fiesta, a la Sierra a pasar todo el fin de semana, para celebrar no sé qué de unos amigos. Él conducía y yo, desde el asiento del copiloto, terminaba de redactar el proyecto final de máster en mi mini portátil, el jueves tenía la defensa.
―Elvi…
―¡Ay, que sí! ―Cabreada suspiré y, mirando al frente, añadí con desgana―: Bufff, me van a tirar, con lo que me odian mis profesores, no me van a dar el título, ¿qué te apuestas…?
Rafa se rió, me acarició el muslo y, después de decirme lo guapa y lo grande que tenía las tetas, me aseguró que nadie escribía mejor que yo, ni esos profesores tan gallitos. He de confesar que, vanidosamente, me encantaban las mentiras de un hombre enamorado.
―Bueno, y ¿Carlos y Regina qué celebran?
―Cómo que qué celebran, loca, ¡que se casan!
―¡¿Se casan?!, ¿y por qué se casan?, ¿y por qué lo celebran?
―Pues porque ninguno de los dos ha estudiado un máster que le amargue la existencia y por ello, señorita Rebollo, deciden hacer cosas bonitas en esta vida.
―¡¿Casarse es bonito?! ―pregunté exaltada mientras cerraba el portátil de golpe―. ¿Desde cuándo casarse es bonito? Pero si se van a separar, pfff, todo el mundo se separa…
Rafa resopló. Poco después aparcó el coche. Esperábamos a Rober y Amaya, amigos suyos con los que había coincidido un par de veces, majos, sin más, majos.
―Dios mío, ¿eso es un perro? ―pregunté viéndolos llegar con una cosa blanca de cuatro patas―. ¿Y va a venir con nosotros en el cocheeee?
Después de saludarnos, Rafa propuso que Rober pasara delante. Así que Amaya, la cosa y yo íbamos sentadas detrás.
―¿Muerde?
―Oh, no, tranquila ―me contestó Amaya―. Los Dogos Argentinos son muy tranquilos, aunque tienen fama de atacar a los niños pero…
―¿A niños?, ¿cómo que a niños? ¡Madre mía!, espero que entienda de edades, porque si es por cuestión de tamaño menudo viaje me espera…
Todos se rieron, yo tragué saliva.
Volvimos a parar. Esperábamos a Germán.
―Dios mío, ¿eso es un caballo? ―pregunté viéndolo llegar con una bestia negra.
Me aclararon que era un Gran Danés y que todo lo que tenía de grande, lo tenía de tonto. Genial. No es que yo odiara a los animales, no es así. Es sólo que los gatos me dan grima, los peces huelen mal, los pájaros me irritan y los perros me agotan, excepto el Bulldog Inglés, que sólo ronca, se tira pedos y si le animas a dar un paseo, te hace un corte de mangas. Lo adoro. Perfecta convivencia.
Volvamos al coche. Delante: Rafa y Rober. Detrás: Amaya, Germán, la cosa, la bestia y yo. Recordemos que: Ford Fiesta, tres puertas, a la Sierra, 33º, ay… benditos fines de semana veraniegos.
Llagamos al destino y al abrir las puertas fue como un avión en descompresión, ¡todos fuera!
Me estaba limpiando las babas perrunas con un kleenex frente al chalet, cuando los gritos me acojonaron.
―¡Aaaaaaaaayyyy!! ¡¡No me lo creo!! ―Regina venía corriendo excitadísima hacia nosotros―. ¡¿Ya habéis llegado?! ―¿Pues no lo ves, hija mía?
Besuqueó a todos reventándoles el tímpano y, cuando llegó a mí, me agarró del antebrazo, volvió a gritar como una energúmena y empezó a dar saltitos. ¡Por favor!, pero si a esa tía sólo la había visto una vez en mi vida, ¿tanto podía trastornar casarse? No sabía qué hacer, así que yo también empecé a dar saltitos con cara de circunstancia.
―¡Qué fuerte, que ha venido la escritoraaaaaa! ¡Aaaaaaaay!
―¡Siiiiiií! ―decía yo absolutamente abducida por la vorágine hormonal.
―¡Me encanta tu libro, tía!, ¡me encanta, me encanta, me encanta! Bueno ―paró de saltar y tomó un tono más confidencial―, no me lo he leído todavía, ¡¡pero la portada es guay, tía!! ¡Aaaaaaay, qué fuerte que ha venido el arquitecto! ―Menos mal que había profesiones para todos y, por lo tanto, los gritos iban a estar bien repartidos. La vimos correr sin parar de gritar hacia un impresionante Nissan Qashqai que estaba aparcando, pobre arquitecto.
Entramos en la casa para dejar las cosas. El chalet era de piedra, de dos plantas. En la entrada, un bonito porche y en la parte de atrás mucho verde, pero con una enorme piscina que hacía no arrepentirme de haber ido.

A eso de media tarde ya estábamos todos. Seríamos unos veinte adultos, tres niños, cuatro bebés, siete perros, dos gatos y una tortuga, de las que huelen mal, como los peces.
Los hombres con la barbacoa, las mujeres con los bebés criticando a los hombres, y yo en la piscina con los niños, imitando primero a un hipopótamo y después al tiburón asesino. Rafa se reía desde fuera, le había asegurado, en más de una ocasión, lo mucho que odiaba a los niños, pero estaba claro que no siempre le decía la verdad. Me llamó al bordillo. Me acerqué y me ofreció un trago de su cerveza, después me chantajeó con un beso, se lo di y a cambio me dio dos donuts de azúcar. ¡Mmmm, donuts! Entusiasmada volví al centro de la piscina mordisqueando uno, mientras que el otro lo mantenía en lo alto de mi brazo levantado.
―¡Mis queridas pirañas, mirad lo que tengo! ―grité a los niños―. ¡El primero que me cace, se lo come!
Los niños se volvieron como locos. Era más el chapoteo que lo que nadaban. Con tanto flotador y manguito era tarea difícil, la verdad.
―¡Elvira! ¡Elvira!, ¡pero Elvira, estás loca!
Me giré y vi a Ana (o Adriana, no me acuerdo de cómo se llamaba ésa), al borde de la piscina con su bebé en brazos señalándome a los niños. Asustada los miré a ellos creyendo que alguno se me estaría ahogando.
―Elvira, por favor, ni se te ocurra darle azúcar a Alejandro y mucho menos bollería industrial, ¡estamos locos, o qué! ―Y, con cara de no haber follado en años, se volvió con el resto de las mujeres.
¡Pero será verde y asquerosa la tía! ¡Amargada naturista! ¡Pues ojalá que Alejandro se convierta en un importantísimo ingeniero director de una central nuclear, y que tú vivas para verlo! ¡Naturista! ¡So naturista!
―¡Mi madre me untaba el chupete en azúcar y no he salido tan mal!
Vale, nadie pudo apoyar mi afirmación.
Miré a Rafa y éste me hizo un gesto de calma con las manos.

Para la hora de la cena, todos estábamos un poco más relajados. Con toda la prole infantil en la cama, los mayores nos dedicamos a brindar una y otra vez por el futuro matrimonio. Regina se levantó y pidió un poquito de silencio porque quería hablar:
―Lo primero de todo, deciros que nos vemos el 15 de octubre, en nuestro gran día y que gracias por venir y estar con nosotros, hoy aquí, celebrando esta decisión tan importante que… ―carraspeó nerviosa y continuó―, que ha hecho que tenga que vaciar mi cuerpo entero para que todo tu amor, Carlos, pueda entrar en él y sea el único motor de mi vida.
Madre de Dios, virgen, virgen, virgen con todo su santo séquito, viva los osos amorosos y Fresita, viva el horterismo como nueva corriente literaria, joder…
Rafa me miró, yo lo miré mordiéndome los labios, me apretó la mano, pero aun así me tuve que tapar la cara con la servilleta para que no se me viera reírme.
Carlos no se quedó atrás, habló de las mariposas en el estómago y de las hormiguitas en la espalda. Petrificados todos quedamos ante semejantes imágenes, absolutamente innovadoras.
―Viva el amor… ―rumié con inmensa pereza al oído de Rafa.

A las tres de la mañana, sólo quedábamos en el jardín: Germán, Rafa, yo y mi portátil. Mientras ellos recordaban aquello y aquello otro de hace no sé cuánto tiempo, yo corregía lo último escrito de mi proyecto.
―Oye, tía, ¿y de qué va eso? ―me preguntó Germán interrumpiendo a Rafa que hablaba en ese momento.
―¿Esto? ―dije señalando mi ordenador―. Es la tesis de fin de máster.
―Ya, lo sé, por eso te pregunto ¿de qué va? ―Germán era un tío peculiar, tenía 36 años, dentista, nunca se le conoció pareja, feliz con su bestia negra desde hacía años. Tan inocente como impulsivo, un tipo tranquilo, de conversación fácil, además de agradable.
―De la frustración ―dije.
―¿De la frustración? ―repitió Rafa un tanto sorprendido, porque hasta entonces no se había percatado de que él tampoco lo sabía.
―¡Hostia, qué guapo! ―Pareció gustarle a Germán―. ¿En plan de esa movida de escritores? ¿De la frustración en plan rollito literario, pánico al “soy una mierda que escribo paridas”? ¿Frustración creativa?
―Bueno, más o menos, pero he descubierto que primero fue la gallina y luego el huevo.
―¿No jodas, tía? ―Rafa y yo nos reímos, este Germán era todo un personaje.
―Quiero defender que la intolerancia a la frustración personal te lleva al bloqueo creativo, cuando una gallina tiene estrés, no pone huevos. Tirando por tierra que un escritor debe escribir desde la angustia o siendo un alcohólico empedernido, esos sólo fueron unos pocos genios que, desgraciadamente, ya no nos quedan. Si estás mal con tu vida, no escribes una mierda, no hay huevos.
Germán se empezó a inflar como si le estuvieran metiendo helio por el culo, hasta que de repente saltó de la silla. Nos miró con los brazos en cruz y las rodillas semi flexionadas, respiró profundamente y se quitó la camiseta, luego el traje de baño y, mostrándonos sus atributos en primera plana, dijo imitando al Padrino:
―Pongamos huevos como putas gallinas… ―después zarandeó su miembro de lado a lado dándose pollazos a ambos costados de la cadera.
Me llevé las manos a la cara, no podía parar de reír, aquello era surrealista. Rafa estaba ahogado de la risa.
―¡Vamos! ―gritó Germán con la vista clavada en la piscina. Corrió y―: ¡Pongamos huevos como putas gallinas! ―Y al estilo bomba, cayó al agua.
―¡Puto mito, chaval! ¡ja, ja, ja, ja! ¡Sí!
No me lo podía creer, ¿Rafa también? Se desnudó y:
―¡Pongamos huevos como putas gallinas! ―¡Choooof!, al agua.
―¡Locos! ―grité desde el bordillo muerta de la risa.
―¡Vamos, chiquitina, al agua! ¡A por esos gallitos!
―¡Sí! ―Y ahora Germán―. ¡Al agua!, ¡por puta y por gallina!
¡Ja, ja, ja, ja! La verdad es que estaba excitadísima, pero ¿en pelotas?, ¡qué locura!, ¡no, en pelotas no!, ¡ni de coña! ay, madre, no sé, que sí, venga que me tiro, ¡por mis huevos!, ¡porque soy una gallina ponedora!
Me quité el vestidito y el biquini, les escuché jalearme y…:
―¡¡¡PONGAMOS HUEVOS COMO PUTAS GALLINAS!!!

lunes, junio 20

Encargo nocturno


Madrid, sábado, las 9 de la noche. 29ºC fuera y 35ºC dentro de mi casa. Yo, en bragas culeras de Snoopy y camiseta vieja de tirantes, bailando Hey, Soul sister con un ukelele imaginario, frente a mi escritorio. El portátil encendido con una página de Word en blanco abierta desde las 8, junto a él un botellín de San Miguel y dos vasos sucios con restos de café, además de tres paquetes de kleenex, una montaña de albaranes de la universidad, una veintena de libros esparcidos sin rigor alguno, fotocopias de esto y aquello, un tampax súper, la calculadora, una galleta mordisqueada de Granola, el móvil, su funda, una Cuore de hace tres semanas, aaaaaaaarhg!!, las gafas de sol y las de ver: las blancas y las negras, (las granates imagino que estarían junto a la cama, pero no lo sé), crema de manos Ureadin, y dos tapones azules de boli bic. Vamos, lo que se dice una histérica del orden.
―¡¡Heeeeeey, heeeeeey, heeeeeey, lalala, nanan, nina, la… mmmm… hey life direction, nananana… connection we can’t denyyyyyyyy…!!

Me había pasado el día con Gael. Lo llamé deprimida a eso de las 11 de la mañana, porque el mundo se me caía encima y pesaba demasiado como para sostenerlo sin partirme por la mitad. Él escuchó con paciencia ésta y otras muchas metáforas catastrofistas sobre mi angustia existencial y después fue tajante:
―Vale, cari, dúchate y ponte mona que en una hora te paso a buscar, tú lo que necesitas es un birratour.
El tour de la birra comenzó en una de las terracitas de La Plaza Olavide a las 12.40 de la mañana, con un par cañas, y, tras repostar en al menos siete garitos diferentes, terminó a las 7.30 de la tarde, en el Lamiak de Cava Baja. Le juré a Gael que me encontraba mucho mejor y que me pidiera un taxi, porque de repente me había acordado de que tenía que volver a casa inmediatamente, para escribir el relato que me había encargado mi amigo Santi para su blog. El estrés de los borrachos. Así que antes de las 8 ya estaba en casa. Encendí el ordenador, preparé el Word y fui directa a la nevera, porque tenía la boca como una alpargata, hubiera necesitado un soplete para separar la lengua del paladar.
Empecé a zampar como una loca: biscotes con guacamole, ensalada de pasta que me había sobrado del día anterior, Bimbo con mayonesa, sí, solamente con mayonesa, para mí la mayonesa es un alimento de primera necesidad y sería capaz de sobrevivir sólo gracias a ella.
Después de mear unas cinco veces y estrujarme todas las espinillas posibles ante el espejo, me dispuse a escribir. Hasta que, una vez sentada, me di cuenta de eso, de eso…:
¡Es todavía de día! ¡Yo no puedo escribir de día, necesito oscuridad, negrura!
En invierno es fácil, pero ya estábamos en junio y aquello tenía pinta de oscurecer sobre las 10 como pronto. Resoplé y me dejé caer sobre el teclado del portátil como si me hubieran pegado un tiro por detrás, hice hasta el ruidito y todo, siempre quise ser actriz. Me incorporé y resoplé de nuevo. Bueno, otra cerveza no me vendría mal, así que cogí una San Miguel de la nevera y la dejé sobre el escritorio mientras buscaba en Youtube algo que me animara. Empecé con Sometimes de Erasure. Quise imitar la forma de bailar del mismísimo Andy Bell, pero demasiado arrítmico para seguirlo, así que me pasé a los brazos en aspa, y el punta talón de toda la vida. Luego llegaron los Fine Young Cannibals y su Good Thing. Cómo me recordaba esa canción a cuando mi hermano Gerardo y yo éramos pequeños, y los sábados por la mañana nos coordinábamos para grabar los videos musicales de los programas Tocata o Rockopop. Mi madre sólo nos dejaba ver la tele en la salita junto a la cocina, porque el salón era para las visitas. En la vida he visto una visita en mi casa, pero en fin. El video estaba en el salón, con el resto de aparatos de calidad: la tele grande y la minicadena de doble casette. Así que mi hermano se posicionaba en el salón con el video VHS preparado para darle al rec en cuanto escuchara mi señal, porque era yo la que estaba viendo la tele en la salita. Entonces, cuando la presentadora daba paso al video, salía escopetada hacia el pasillo y, desde un extremo, gritaba a mi hermano que estaba en la otra punta:
―¡Daleeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee!
Y de todas todas, al darme la vuelta para regresar a la salita, me tropezaba con mi madre que me pegaba un guantazo por gritar de aquella manera.
Por fin di con Train y su Hey, Soul sister y pensé que, aunque fuera todavía de día, aquello me traería la inspiración. Así que coloqué de nuevo, en mi punto de mira, la página en blanco de Word, pero en vez de eso me lié con un ukelele en plan profesional y: heeey, heeey, heeey…
Miré el reloj, las 9.15 y una horrible claridad, me cagué en San Juan. Bien, que no cunda el pánico porque todavía me quedaba toda la noche por delante. Santi el domingo tendría su relato, así se lo prometí y así lo haría.
Las 9.30 y era el turno de El Pescao, y allí estaba yo, en mitad del salón, siguiendo la coreografía enterita de Buscando el sol. Y de repente el timbre de la puerta sonó. ¿Y ahora qué…? Es que a una no la dejan escribir, así no se puede, ¡no se puede!
―Hola, chiquitina.
Si éramos pocos, parió la abuela. Rafa, mi vecino y seudonovio, acababa de entrar en mi casa con un DVD en una mano y una botella de vino en la otra. Si estaba claro que yo de Madrid iba a salir alcoholizada perdida.
―Venga, loca, prepara una ensaladita, que nos bebemos el vino con la peli.
―Ay, gordi, si da tiempo en media hora bien, pero a partir de las 10 ya es de noche y tengo que terminar el relato de Santi, el que vive en Lisboa, bueno, empezarlo, para su blog, y como me he ido con Gael, que si esto, lo otro, y luego que me lío con Youtube, que sí, vamos, que no, Rafa, que bufff…
Rafa no paraba de reírse. Dejó las cosas en la encimera y se acercó hasta mí con cara de malo. Me abrazó y, mordisqueándome la oreja, me dijo:
―Bueno, tranqui…, se me ocurre otra cosa que en media horita nos puede dar tiempo, ¿eh?, ¿un polvete rápido…, eh, loca…?
Buffff, qué pereza, coge, ponte en pelotas, que qué calor, que en el sofá, que te sobra este brazo, que mejor en la cama, que no, que se me pegan las sábanas, que folla así, que no: asá, que me tiras del pelo, la baba que se hace plasta, ay, que no se termina de correr, que sí, que dale, dale, pero vente ya que me quema, que bufffff, ¡paso!
―Gordi, que tengo la regla.
―¡¿Otra vez?!
Bueno, le dejé que me sobara un poquito y para las 10.05 le di patada en el culo, que se la cascara en su casa.
Bien, 10.22, la noche acababa de llegar. Me senté en el escritorio y, con el dedo índice apuntando a la pantalla, amenacé a la página de Word en blanco porque solo una de las dos ganaría aquella noche, lo dicho, siempre quise ser actriz.
Pero primero me dio por contar los albaranes, 63. Luego me preparé un café. Busqué en Google los nombres de todos mis ex y el de la ex de Rafa. Calculé, con la calculadora, las horas que me quedarían de vida si finalmente me moría a los 40 años: 52.704 horas por delante. Así que empecé a pensar qué podría hacer con tantas horas. Viajar. Me metí en Kayak y busqué un vuelo: Madrid- Buenos Aires, ¡ay!, luego pensé que Santi tenía que ir a Buenos Aires, así que me planté de nuevo ante el no-relato. 11.15. Word-1 Rebollo-0. ¿Qué haces?, le escribí a Marieta por el WhatsApp. Chupando tele, me contestó. Jajajajajajaaj!!!, le contesté. Ni puta gracia quedarme un sábado en casa!!!, me contestó. Venga, loca, que yo en los madriles tb, le contesté. Sí, pero tú eres rara de cojones, neni… me contestó. Jajajajajajaaja!!!, le contesté, aunque la verdad es que no me reí.
11.53 en mi portátil y 11.56 en mi reloj. Vencida, ganó ella, por goleada.
Cogí el móvil y busqué su número, pero el de 351 por delante, no el otro, que es el de Bilbao.
―¡Santi!, ¿qué tal?, oye, esto… qué te iba a decir, ¿es muy de noche en Lisboa?...

lunes, junio 6

¿Somos lo que elegimos?


Siempre fantaseé con enamorarme de mi psicoanalista. De un tipo joven, resuelto, y con un embaucador acento argentino. Pero la realidad, normalmente, te devuelve los sueños con una bofetada en toda la cara. El mío ni era joven ni resuelto y sí, tenía acento, pero gallego. En estos términos, digamos que la transferencia iba a ser prácticamente imposible.
Óscar, mi Sigmund Freud particular, era un cuarentón, calvo y escuchimizado. Seguramente que separado, porque no terminaba de entender que con calzado marrón no se podía llevar calcetines grises. Hijos. Imagino que no más de dos, a quienes, con toda probabilidad, trataría como auténticos extraños, cada quince días. Naturista, eso fijo. De los de levantarse por la mañana y prepararse un desayuno con leche de soja y bayas de goji. Y, por supuesto, antes de acostarse, una tanda de abdominales hipopresivos tras una leve meditación al son del auuuuuum, auuuuuum.
Pero, por otro lado, que un gallego hubiera decidido cambiar los percebes por pacientes trastornados en una ciudad tan seca como Madrid, me hacía pensar que algo chirriaba espantosamente en su vida. No sé, como si tuviera dos caras. A veces me lo imaginaba travestido de la Pantoja, o pinchando en Pachá a Guetta y Solveig, o bebiéndose las calles de Lavapiés cada viernes noche. No queda claro, pero algo que rompiera con la imagen del aburridísimo ser humano que, cada martes, me escuchaba concentrado, probablemente, en su lista de la compra.
Pero un día algo cambió.
Mientras le contaba, sentada frente a él, mis angustias y ansiedades, él andaría por la sección de congelados del Carrefour tomando nota de los lomos de merluza y las gambas peladas XL, hasta que dije lo que dije:
―… no sé, imagino, que es una elección, ¿no?, algo así como elegir entre la pastillita azul o la roja, como…
―¿La pastillita azul o la roja…? ―repitió embelesado en sus propias palabras, como si aquello acabara de desencadenar el porqué de las cosas. Y, por un momento, me lo imaginé lanzando el carro de la compra y echando a correr, a cámara lenta, por los pasillos del supermercado mientras se quitaba la camisa a jirones dejando al descubierto su capa de héroe: ¡Soy Súper Óscar, el salvador de los deprimidos!
Excitadísimo miró a su derecha e izquierda, se rascó el pecho con una mano y con la otra alcanzó, de su mesa, una caja de kleenex roja.
―Bien, aquí tenemos la pastillita roja y, y… ―Volvió a revisar con la vista todo su despacho, se levantó con impaciencia y de la estantería cogió un libro azul―. ¡Perfecto! ¡Y aquí la pastillita azul!
Madre mía, o éste era más friki que yo o aquella mañana se le había ido la mano con las bayas de goji.
―¡Elvira!
―¿Sí…? ―Tenía el culo comprimido.
―Aquí está tu elección… ―Extendió los brazos y, con las palmas de las manos abiertas, me ofreció el paquete de kleenex y el libro. Lo miré desconcertada. Demasiado pálido para ser Morfeo, ¿no?
Apreté los labios para evitar reírme, porque, en ese instante, me lo imaginé enfundado en látex negro susurrándome aquello de: …hay una astilla clavada en tu mente. Y te está enloqueciendo. Esa sensación te ha traído hasta mí…
―Vale, bueno, Elvira, dime, ¿qué significa para ti la pastilla roja y la azul?
Vaya… Decepción absoluta. Pensaba que se tiraría el rollo ese de fin de la historia, o yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos.
―Bueno… pues, digamos que la roja ―y cogí de su mano los kleenex― sería mi vida como profe en el extranjero y escritora a la vez, llena de altibajos, no sé, viviendo sola, en otro ático de otra gran ciudad, porque imagino que me mudaría constantemente. Le doy vueltas a volver a China, ¿sabes?, a Shangai. Buff, algo así. Con mogollón de proyectos, ilusiones y depresiones al mismo nivel. Sin hijos ni, por supuesto, parejas estables. Sola. Imagino que, al final, lamentándome de estar sola, como siempre.
―Sola… ¿Y la azul?
Tomé el libro con la izquierda y lo coloqué sobre mis rodillas a la par que los kleenex.
―La azul sería quizá una vida con Rafa, por ejemplo. En Madrid o en Bilbao, pero muy establecidos. Viviendo en un piso de dos habitaciones. Trabajaría en un cole con un sueldo fijo de por vida… E imagino que llegarían los hijos, ¿no? Los veranos a la playa con los abuelos y los fines de semana comilonas con la cuadrilla. Se acabaría lo de vivir en el extranjero pero llegaría, por fin, esa estabilidad emocional, de eso estoy más que convencida.
―¿Y la escritura?
―No lo sé ―dije levantando los hombros―. No lo termino de ver claro. Supongo que sería cuestión de organizarse, pero con un trabajo en un cole y siendo madre, de al menos dos churumbeles, no termino de encajarlo.
Óscar se inclinó hacia atrás. Juntó las manos a modo de oración, se las llevó a la frente y suspiró profundamente.
―Siempre hay que elegir, ¿verdad?, y no es fácil… ―dijo un tanto abstraído sin ni siquiera mirarme―. Bien ―añadió esta vez alzando la vista―, te propongo, Elvira, que lo dejemos por hoy.
Asentí con la cabeza, dejé sobre su mesa las dos pastillitas, y recogí el bolso del suelo.
Como siempre, me acompañó hasta la puerta. La abrí y, antes de despedirme, no puede evitar preguntárselo:
―¿Qué hace un gallego como tú en Madrid?
Sorprendido abrió los ojos y sonrió. Se apoyó en la puerta y con cierta guasa contestó:
―Pfff, digamos que en su día me equivoqué de pastillita.
Nos reímos y nos despedimos hasta la semana que viene. Al cerrar la puerta, estoy más que convencida de que escuché a la Pantoja cantar.