domingo, agosto 28

Llamadas...

Película: Crimen perfecto de Alfred Hitchcock

—Hey, ¿qué pasa, tío? —dijo Rafa, en calzoncillos, desde el quicio de la puerta de su apartamento madrileño. Su amigo Germán terminaba de subir los últimos peldaños, acompañado por su perro.


—¡Buah!, joden estas putas escaleras, chaval.

Los dos amigos se dieron una palmadita en el hombro y entraron en casa. En la cocina, Rafa le dio las llaves de su coche.

—No le metas demasiada caña, que el pobre FordFi no está para mucho trote. Y, ya sabes —dijo señalando al perro—, ni babas ni un puto pelo de Homer cuando me lo devuelvas.

—Tranqui, tío. Como la seda. Sabe que si se porta bien le invito a un Big Mac.

Rafa se río llamándole tarado, después se quedó en silencio un rato largo.

—¿Todo bien? —preguntó Germán.

Rafa se dio la vuelta y, bajando el tono de voz, le confesó que ayer tuvo liada.

—¿Liada, liada?

—Liada —confirmó Rafa.

—¿Sigue en la habitación?

Rafa afirmó con la cabeza.

—Joder… ¿Y Elvira?

—Sigue en París, con sus putos cursos y su puta mierda…

—Joder…

—Puta egoísta. Hace lo que le sale de los cojones. Sin avisar, tío. ¡Pum! Me voy a Paris. Ahí te quedas. ¡Pum! Me encuentro mal y me voy. Pero, loca, nos íbamos a Ibiza, ¿no? Joder, macho, estaba hablado, nos íbamos de 10 al 20 de agosto a Ibiza. Pues no, que la niña dice que tiene mucha angustia, que quiere buscar no sé qué, que se frustra, que se…, ¡yo qué sé! Que soy un pringa’o, Germán, tío, que soy un puto pringa’o.

—Joder… ¿Y ésta?

—Ayer, que salí con Manu. Terminamos a las 6 de la mañana en el Larios, muy mala pinta, tío, pfff, muy mala pinta, y nada, sin más, que me traje a la pava a casa.

—Joder…

Homer, sentado en el suelo, observaba como los dos, apoyados en la encimera, miraban al frente sin pestañear. Después vio como su dueño le hizo un gesto con la mano, se levantó y lo acompañó hasta la puerta de las escaleras.

—Oye, tío, no te ralles. Ya está. Y si quieres y te apetece, llama a Elvira, llámala. Es muy probable que esté tan jodida como tú.

Con otra palmadita en el hombro se despidieron. Rafa cerró la puerta y volvió a la cocina. Cogió el móvil, la llamó. Espero 4 tonos y habló.

—Elvira, Elvi, oye, soy yo, oye… esto, escúchame, yo no sé muy bien… Sé que no estuvo bien todo lo que te dije antes de que te marcharas, sé que… me pasé, lo sé. Lo siento, chiquitina… Llámame cuando oigas el mensaje y hablamos, y lo siento, ¡que le den por culo a Ibiza!, que… que lo siento, Elvi, no teng…

—¡¡Oye, que si no vuelves a la cama, me pego una ducha y me piro!!

—¡JODER!

Rafa lanzó el móvil al suelo y gritó a la tía, que estaba en pelotas en medio de su cocina, que se largara a su puta casa.





—A mí esto de convertir los barcos en bares, no lo termino de entender, ¡yo me mareo! —dijo Elvira y Lys se rió—. Te lo digo en serio, que sí, que queda muy cool, y es la hostia tomarte la cerveza sobre el Sena, pero yo me mareo, ¡me mareo!

Lys se volvió a reír y, como la veía animada, le insistió de nuevo para que fueran juntas a la fiesta en casa de Bertrand.

—Que no, que paso de fiestas. Lys, que me apetece estar tranquila, que ya sé que son majos, pero a mí la gente, en general, no me gusta. Tú vete y mañana me lo cuentas, si yo con eso tengo más que suficiente, sobrevivo gracias a la vida de los demás, pero yo en mi sofá con mis libros y mi portátil.

Lys le hizo una mueca desaprobando su decisión. Las dos se rieron. Al de un rato, pagaron las cervezas y, antes de marcharse, Lys fue al baño. Elvira guardó su monedero en el bolso y sacó el móvil. Vio que tenía un mensaje de voz. Era de Rafa. Miró seria el móvil, se pellizcó la barbilla y decidió escucharlo. Mientras lo oía, agachó la cabeza y apretaba una sonrisa en los labios. Se tocó el pelo y sonrió, esta vez, sin temor. De golpe, miró al frente, se dio un golpecito en el esternón y dejó el móvil sobre la mesa. Giró la cabeza. Respiraba deprisa. Fijó la vista en el agua. Tanteando la mesa, cogió de nuevo el móvil. Lo sujetaba con fuerza en una mano, con la otra se apretaba el estómago. Se llevó el móvil a la oreja. Cerró los ojos y escuchó otra vez el mensaje. Abrió los ojos. Con calma, metió el teléfono en el bolso y se lo colgó al hombro. Apoyó los codos sobre la mesa y esperó a que su amiga volviera. Al llegar Lys, ella se puso de pie. Mientras salían del barco, Elvira le agarró del brazo y le preguntó:

—¿Vamos en metro o nos cogemos un taxi hasta la casa de Bertrand?

martes, agosto 23

Un café, s'il vous plaît

Película: Un franco, 14 pesetas de Carlos Iglesias

Me levanto de la mesa con pereza, y voy a la barra a pagar. Hace demasiado calor. Mentalmente repaso el trayecto en metro de Saint Michel al cementerio de Père-Lachaise, eso por lo menos son tres trasbordos, qué pereza, qué calor. En mala hora le dije a Lys que la acompañaría. Si a mi Jim Morrison ni fu ni fa.

—Perdone, ¿cuánto es?

—¡Por supuesto, señora!, dos cafés, ¿verdad? —me afirma la joven camarera con una histriónica simpatía.

—No, no, solamente uno —digo devolviéndole algo de su sonrisa.

—¿Un café…? Sí, un momento —me responde, y la veo que se dirige a la caja registradora, y comenta algo al oído de su compañera. Las dos me miran, vuelven a chismorrear y, finalmente, la simpática sale de la barra y se acerca a mí.

—Disculpe, señora, pero me podría decir, por favor, dónde ha estado usted sentada.

—¿Cómo? —pregunto absolutamente sorprendida.

Ella se ríe y me repite lentamente la pregunta, pero no como si fuera extranjera, sino como si fuera imbécil. La miro seria y le señalo la mesa junto a la ventana. Las dos vemos el pequeño vaso vacío de mi cortado.

—Oh, usted estaba ahí, perfecto, no hay problema, pues entonces un café. —Y con esa amabilidad tan chirriante vuelve, como si tal cosa, detrás de la barra.

—Lo que usted acaba de hacer es realmente una grosería —digo.

Las dos camareras y el chico, sentado en la barra, me miran. Lo repito, pero más despacio, para que todos nos entendamos bien.

—Disculpe, señora, creo que usted está malinterpretando absolutamente lo que acabo de hacer. Debe pensar que son muchos los clientes que pasan cada día y nos es, absolutamente, imposible recordar cada una de las consumiciones.

—No lo dudo, pero en estos momentos somos cuatro: este señor —señalo al joven de la barra—, la pareja del fondo y yo. Además, desde el principio, le he dicho que he consumido un solo café, y con eso es suficiente para cobrarme un solo café.

Su compañera, le pide paso con el brazo, y se coloca delante de mí sin media sonrisa.

—Señora, si lo que quiere es ver donde no hay para no pagar ninguno de los cafés, está bien, no los pague. Ahora, si es tan amable, puede irse.

Siento cómo me arde la cara de rabia. Recuerdo a mi abuelo. Lo veo en su casa de Sestao, sentado en la butaca frente al televisor, contándome la vez que fue a Toulouse a visitar a su hermano Tobías, que estaba exiliado. Estando en la estación de tren, dos hombres le pidieron que, por favor, cuidara un momento sus maletas. Cuando volvieron, se lo agradecieron sacando de su cartera un franco cada uno. Mi abuelo los mandó a la mierda gritándoles en español, porque ni una palabra de francés sabía, que él tenía dinero de sobra. El pobre no tenía un duro, y yo tampoco. Un máster de mierda me había fundido todos mis ahorros, así que en París estaba sobreviviendo a huevos duros, yogures y cafés.

Y, ahora, esta mujer me acaba de tocar los cojones. Así que voy a hacer lo que, sin duda alguna, haría mi abuelo.

—No, señora, le voy a pagar, pero, además, le voy a pagar los dos. Los dos cafés que no me he tomado, ¿de acuerdo? —Saco mi monedero del bolso, cojo un billete de 10 euros y los coloco sobre la barra—. Que tengan una buena tarde.

Sin esperar reproches, salgo de la cafetería sin un duro en los bolsillos pero inflada de amor propio, como mi abuelo.

viernes, agosto 19

Fashion intelecto

Mujer con sombrero azul de Pablo Picasso

Estábamos en mi diminuto apartamento de París. Lys se atusaba el pelo inclinada hacia adelante, mientras yo preparaba la cámara de fotos.


Nos conocimos en el curso monográfico sobre André Suarés, que impartía ese verano la Sorbona. Un día, antes de empezar la clase, estaba sentada sobre mi burbuja autista fingiendo que leía, no fuera a ser que se me acercara alguien con ganas de hablar. Pero no tuve suerte y así fue, Lys se acercó a mí y se presentó.

—¿Lys? ¿L-Y-S? ¿Cómo las siglas del aeropuerto de Lyon?

Y ahí estaba yo y mi gran simpatía. Por suerte, a Lys le dio por reírse.

Era belga, pero vivía en Ámsterdam. De 29 años, casi un metro setenta y apenas 50 kilos. Sin tetas ni culo. Tenía las manos huesudas y llenas de anillos. Caminaba arrastrando los pies en chanclas. Casi siempre llevaba pantalones largos de cadera baja, con dos o tres camisetas de tirantes superpuestas. Y su larga melena, de un espantoso negro teñido, subrayaba el verde claro de sus ojos.

Después de la clase, me invitó a un café en la calle Soufflot. Me habló de ella sin parar, no es que me aburriera, pero creo que si los cafés fueran por escrito, mi vida social tendría más éxito. Era violonchelista en la Orquesta Real del Concertgebouw. Me costaba imaginar cómo, aquel frágil ser, podría abrirse de piernas ante tamaña bestia. También me habló de unos poemas, no la entendí muy bien, porque, en ese punto de la conversación, su lenguaje cobró un giro demasiado místico para mi vocabulario francés. El ritual del café y del ego-místico se repitió durante tres días, hasta que al cuarto me pidió subir a mi casa, explicándome, con palabras terrenales, que la necesitaba como escenario, porque estaba escribiendo un “foto-poemario”. Bien. Atenta la escuché. Me contó algo muy largo que se resume en: foto, poema, foto, poema, foto, poema, y así sucesivamente. Y se ve que mi casa era lo bastante cutre como para darle ese toque kitsch.


Con la cámara ya preparada, la esperé a que se volviera a atusar el pelo.

—¿Preparada? —me preguntó. Asentí con la cabeza—. Bien, pues colócate aquí. Eso es. Y creo que la sacarás mejor de rodillas.

—¿De rodillas?

—Sí, claro, quiero que me la tomes desde abajo. Yo estaré encima del sofá, ¿comprendes?

Perfectamente. Lys, se descalzó y se subió al sofá. Cerró los ojos unos instantes, como si se concentrara en algo. Después los abrió como platos, se mordió los carrillos por dentro, y alzó los brazos en alto con las manos en forma de garras. Muy Dalí, sí, señor, muy Dalí. Pensé en mi madre para poder mantener el semblante serio. Me pidió que sacara tres, y se las saqué, sin mediar palabra.

Al bajarse, se quitó los pantalones y una de sus camisetas. Se arrimó a la pared junto a la puerta. Había una enorme mancha de humedad amarillenta. Lys se echó el pelo hacia adelante, y se apoyó sobre la mancha, con los hombros caídos y la mirada baja. Yo me pregunto qué tipo de oda le hará a las filtraciones de agua.


Bueno, no voy a criticar su estética, porque fui YO la que se cortó el pelo a lo Amelie Poulain nada más llegar a París. Un cambio de look, sí, un cambio de look, me dije, una mirada más intelectual. Y… ¡Mujeres del mundo!, ¡que no os engañen! ¡Semejante corte de pelo, sólo le sienta bien a Audrey Tautou! Así que con las excusa de mi nueva imagen de huerfanita desamparada, me fui a comprar un sombrero de paja gambler. Siempre quise llevar uno, ¡pero si tienes la cabeza minúscula!, me decía mi madre. Ya, pero yo quiero uno blanco con cinta negra alrededor. Y lo encontré, y lo compré, y me lo coloqué. Paseaba por la ribera del Sena pensando únicamente: ¡Dios mío, llevo un sombrero en la cabeza!
Pero un tropezón, en ese puñetero paseo empedrado, lanzó mi sombrero al agua. ¡Ayuda, ayuda! ¡Mi intelectualidad se ahoga!
—¿Es tuyo? —me preguntó un chico, al ver cómo lo miraba desde el paseo.

—¿Qué?

—¿El sombrero, es tuyo?

—¿Eh…? —Me fijé en él, parecía un chico tan normal que me dio mucha vergüenza ser tan rara—. No, no…, no, ya estaba aquí cuando llegué.

Y cuando el chico se alejó, lancé un beso al piquito de paja gambler que todavía quedaba a flote.


—Y ahora una en la ducha.

¿En la ducha?, qué asco, espero que se ponga los pantalones, porque yo, por si las moscas, me ducho siempre con chancletas. Pero no. Lys no sólo no se puso sus pantalones, sino, que además, se quitó la camiseta. Así que en bragas, se metió a la roñosa ducha. Se sentó, en una esquina, con las piernas flexionadas sobre el pecho. Se colocó todo el pelo sobre la cara, después dejó los brazos caídos con las palmas de las manos hacia arriba. ¡Madre mía!, parecía la niña de The Ring, ahora tenía miedo de que se colara por el desagüe y mañana, en el desayuno, viera asomar su cabeza por el retrete, ¡por favor!

Le tomé unas cuantas fotos más. Después, ella misma se auto sacaba primeros planos, con mirada felina. Al terminar, me pidió que nos sacáramos una juntas. Dijo que quería hacerme un pequeño homenaje en su libro. ¡Claro! Me moría de ganas por aparecer en un foto-poemario kitsch. Me aconsejó que me mojara un poco el pelo, y me lo tirara hacia atrás.

—¿Preparada? —dijo sosteniendo ella misma la cámara, con su, ya más que estudiada, mirada provocativa.

—¡Sí! —contesté con una enorme sonrisa.

Con la sesión finalizada, Lys descargó todas las fotos en mi portátil. Las íbamos viendo con los comentarios orgullosos de la modelo, hasta que llegamos a la última, la nuestra.

—Mmm…, Elvira, ésta creo que no la voy a poner.

—¿No? —¡Ey, qué pasa!, ¡salía muy bien!

—No, por tu sonrisa… —¿Qué le pasaba a mi sonrisa?—. No te enfades, ¿vale?, pero no sé, es demasiado normal, muy natural.

Ocultando una media sonrisa, me eché hacia atrás hasta reposar la cabeza en el sofá. Luego la miré y dije:

—¿Sabes, Lys?, creo que mañana voy a ir a comprarme un sombrero de paja gambler.

lunes, agosto 15

París

Nota: El blog se reabre antes de lo esperado. Echaba de menos mi vida semificticia, me divierte mucho más que la real. Disfrutad de la siguiente anécdota.

Gárgola, París por Emiliano Rodríguez

La ventana abierta. Qué bonito. Veo la Sorbona. ¿Y eso? Oh, es Notre-Dame anunciando las 11 de la mañana. Qué bonito. Creo que me estoy cagando.
Un domingo de agosto, París, apartamento de 14 m2, en el Barrio Latino. Por la noche el sofá-cama bloquea la puerta del baño, así que sólo puedo mear durante el día. Qué bohemio.
Necesito un café. Un café y cerrar la ventana.

Justificar mi estancia en París es complicado. Digamos que el odio me trajo hasta aquí. Un profesor de Creación Literaria, con camisa hawaiana, me confirmaba en Madrid, a finales de junio, que había suspendido el máster, no estás preparada, me dijo. No sabes introducir los diálogos ni distinguir la trama del argumento. Tenía dos opciones: conseguir un Ruger Alaskan y volarle los sesos al tipo que le había vendido semejante camisa o encontrar, en alguna parte del mundo, a una persona que me instruyera con mayor masa cerebral. Et voilà!, seis horas diarias de clase en la Sorbona, durante mes y medio, es el resultado de mi opción b.

Aterrizar en París supondría una terapia de choque en su estado puro, y mi psicoanalista de vacaciones. Recordar a mi ex francés de hace cuatro años, el fondue de chocolat de los sábados por la mañana, las cervecitas en Marais, los paseos en vélo, los apéritifs super sympa en el canal de Saint Martin, la música de… ¡¡¿Es que los psicólogos no temen que sus pacientes se tiren por la ventana en agosto?!! Hombre…, yo por la ventana no, pero quizá al Sena sí. Es más romántico, colorea un titular: “Joven escritora se tira al Sena desde el puente del Alma, atormentada por sus recuerdos, mientras su psicólogo, despreocupado, pescaba truchas en lo alto del Miño”.
La cuestión es que no había ideado una opción c, siempre se me olvida diseñar las salidas de emergencia. Así que, sin más alternativa, monté en ese avión de Air France.

Disgustada, bebo mi primer trago de café del día. Siento dilatarse los vasos sanguíneos de mi cerebro, sonrío, cierro los ojos e inspiro con los labios apretados. Un segundo sorbo y la vida es maravillosa. Con el tercero llega el orgasmo. Me dejo caer en el sofá y escucho a Alex Gopher atrapado en mi portátil. Notre-Dame anuncia las 12. Dejo la ventana abierta, porque sí, me gusta ver la Sorbona desde aquí, desde mi sofá. Y reconozco que desde esta posición, desde el epicentro de mi microcosmos, admiro un París transformado, diferente al de hace 4 años, un París no compartido, sólo mío, un París por descubrir, del que pienso enamorarme y dejar que saque lo mejor de mí, con absoluto delirio para que...
¡Un momento! Miro mi taza y me río, ¿por qué nadie me había hablado nunca de las propiedades psicotrópicas del café francés…?