martes, septiembre 27

Futuro frutal


Elvira caminaba sobre el bordillo de la acera. Feng Min a su lado. Las dos llevaban una pequeña bolsa de plástico llena de fruta. Elvira, cerezas. Feng Min, lichis. La primera emulaba ser una trapecista en la cuerda floja. La segunda la miraba preguntándose si todos los españoles serían igual de idiotas. Min era de Xi’an. Elvira de Bilbao. Ambas tenían 25 años y eran profesoras de español en una universidad al noreste de China.
―Y… ¡Doble salto mortal de Elvirova Reboskaya!

Y Elvirova cogió carrerilla para su arriesgada bajada de bordillo. El salto no fue mortal, pero sí un tanto accidentado. La bolsa salió disparada y ella quedó incrustada en el asfalto. Min la ayudó a levantarse mientras la llamaba idiota, y juntas empezaron a recoger las cerezas del suelo. Las metieron en la misma bolsa de los lichis.
―¿Se enfadará? ―preguntó Elvira.

―¿Quién?
―El Buda ―contestó señalando la bolsa.

Min negó con la cabeza, pero lo cierto es que tenía sus dudas. En silencio y preocupadas llegaron a la peluquería. Atravesaron la cortinilla de flecos con bolitas, que adornaba la puerta de la entrada. Una vez dentro, esperaron a que alguien les dijera qué hacer ahora. Pero nadie se les acercó. Había cuatro sillas alineadas frente a un largo espejo. En una, una mujer con rulos leyendo una revista. En otra, una joven con papel de aluminio en la cabeza depilándose las cejas a un milímetro de distancia del espejo. Otra estaba vacía, y en la última había un gato blanco.
―¿Estás segura de que era aquí…? ―preguntó Elvira en un susurro a su amiga. Ésta levantó los hombros sin contestar, y se pegó la bolsa de fruta contra el pecho.

―¿Xiaosong Zhu? ―se atrevió a preguntar en alto, apretándose cada vez más la bolsa.
―¿Xiaosong Zhu? ―repitió la chica de la plata en la cabeza, sin despegarse del espejo―. ¿Buscáis a Xiaosong Zhu?

Las dos profesoras, que no se habían movido de la entrada y que cada vez estaban más pegadas la una de la otra, asintieron con la cabeza.
―¡¡¡¡¡Xiaosoooooong Zhuuuu!!!! ―gritó la chica. Y es que el chino, como el pingüino emperador, es capaz de encontrar a su compañero de entre un millón con un solo grito, pero qué grito.

Al fondo de la peluquería, se corrió una cortina de tela amarilla, y apareció una mujer de mediana edad, que se acercó a las dos amigas y, después de mirarlas de arriba abajo, les preguntó si eran ellas las que venían a que el Buda les predijera el futuro. Las chicas dijeron que sí, así que la mujer las llevó a una habitación aparte. Era pequeña. Tenía una camilla de masajes contra la pared, un vaporizador junto a la puerta y bajo la ventana había un Buda de madera, de casi un metro de altura. Rodeándolo: mandarinas, ciruelas rojas y uvas.
―Hemos traído la ofrenda como nos pidió ―dijo Feng Min dándole la bolsa de la fruta.
―Dile lo de las cerezas ―dijo Elvira en español.
―Se nos cayeron las cerezas al suelo ―explicó Min en chino.
―Dile que si el Buda se va a enfadar, podemos comprar otras.
Min lo iba a traducir, pero pensó lo ridículo que sonaba aquello, así que miró a Elvira y le pidió que se callara.
La mujer colocó la fruta frente al Buda, no sin antes haberse inclinado ante él tres veces. Después pidió a las chicas que tomaran, cada una de ellas, un incienso, lo prendieran e, inclinándose ante el Buda, formularan en silencio tres preguntas sobre su futuro. Cuando terminaron, clavaron en incienso prendido sobre un tiesto de tierra, y se sentaron en la camilla. La mujer lo hizo en una silla, al lado de ellas. Abrió un enorme libro de pastas de cuero rojo y les preguntó la fecha de nacimiento. Cerró el libro, juntó las manos sobre él, alzó la cabeza y empezó a vocear frases sueltas en tibetano. Elvira pellizcó la mano de Min y Min pellizcó la de Elvira.
Al terminar de vocear, Xiaosong Zhu volvió a bajar la vista lentamente y, mirando a Elvira, le preguntó qué quería saber. Elvira carraspeó dos veces y sujetándose el cuello con ambas manos, como si se le fuera a caer, dijo finalmente:
―Dile que le pregunte al Buda sobre mi trabajo. Si me marcharé a Buenos Aires a terminar mi doctorado. Si falta mucho para casarme con Etienne, y dónde viviremos y cuántos hijos tendremos, y no sé, pues ¡todo!
Min lo tradujo al chino. La mujer, después de escucharla, levantó la cabeza y con los ojos cerrados, volvió a bramar un sinfín de frases en tibetano. Quedó en silencio un momento, y, sin bajar la vista, abrió el libro y comenzó a garabatear la última página.
―¡Hostia…!, ¡que ha entrado en trance, Min, que me cago…!
―¡Calla…!
―Vamos a morir…
Xiaosong Zhu paró de repente. Clavó la vista sobre el Buda. Cerró el libro. Y en chino explicó a Min lo que dos minutos después traduciría a Elvira. Que no, que no se marcharía a Buenos Aires, porque se quedaría en China por tres años. Que tras este periodo, viviría en un país vecino al suyo, pero que el dolor la llevaría a su ciudad natal en menos de un año. Y no, no se casaría nunca con Etienne ni tendría hijos con él. Lo haría con un hombre, de una notable diferencia de edad. Y tendría dos hijos pasados ya los 40.
―¡Pero qué mierda es esa!, ¡yo quiero vivir en Argentina con Etienne!

Min le tradujo su malestar. La mujer chasqueó la lengua, abrió de nuevo el libro y, tras repasar los garabatos, les confirmó que Elvira viviría en países muy diferentes, pero nunca en Argentina y que su destino final sería su propio país, donde se dedicaría a escribir.

―¡¿A escribir qué?!, ¡yo no sé escribir! ¡Yo quiero irme a Buenos Aires, terminar mi doctorado y bailar el tango con Etienne el resto de mi vida!

―Pues el Buda no dice eso ―dijo Min intentándola calmar.
Pero 30 minutos más tarde, era Elvira la que intentaba calmar a Min ya en plena calle.
―Pero, Min, seguro que se ha equivocado, imagino que…
―¡Claro que se ha equivocado! ¿Cómo me voy a casar con un extranjero? ¡Me parece una falta de respeto! ¡Llevo 11 años con Dong! ¡¿Quién puede pensar que no nos vayamos a casar?! ¡Con un extranjero, dice! ¿YO?
―Min, yo creo que esto ha sido cosa de las cerezas…
―¡Cállate!



Casi 10 años más tarde. Elvira se reía leyendo, en el sofá de su pequeña buhardilla madrileña, la última novela de Pablo Tusset. Su móvil sonó. Estiró la mano y lo alcanzó en la mesita.
―Dime, loca ―dijo.
―¿Hot Pot el viernes a las 3? Donde siempre. Hermosilla.
Poco quedaba de aquella ingenua Min, profesora de español. Ahora se había convertido en una rompedora ejecutiva de una gran empresa de Madrid.
―Vale, me lo apunto.
―Ah, acuérdate de bajarme dos ejemplares firmados de tu novela. Para Bo Zhang y Fanghui Sun. El lunes se los quiero enviar sin falta a Pekín. ¿Te acordarás?
―Me acordaré.
―Ah, y otra cosa. Javier y yo nos casamos.
Elvira soltó una risotada loca. Después la felicitó con sorna, y le dijo:
―Está claro que al final el Buda no se enfadó con nosotras.

sábado, septiembre 17

De tangas va el asunto


Llega un momento en la vida en que te quitan las dos rueditas de atrás de la bici, en que le pides a tu madre que deje de ir a buscarte al cole, porque prefieres volver a casa con las amigas, en que la cerveza deja de tener ese sabor a barandilla oxidada para convertirse en tu bebida preferida, pero sigo sin saber el momento exacto en el que te das cuenta de que eres lo demasiado vieja para seguir llevando tanga.
Frente al pequeño espejo del baño, sostenía las dos canas que me acababa de arrancar. Sujetándolas con los dedos, las llevé hasta la salita, con el brazo estirado, como si fueran pruebas de un delito.
―¡Mira! ―exclamé a mi madre mostrándoselas.
Dejó a un lado el libro que leía, se bajó las gafas hasta la punta de la nariz, las observó, levantó la vista, me miró, cogió de nuevo el libro, se subió las gafas y me pidió, sin apenas vocalizar, que me fuera a cagar.

Acababa de regresar de París. Llevaba dos días en la casa de veraneo de mis padres. Era momento de asimilación. Necesitaba digerir el haber escuchado por teléfono a la guarra que se había tirado a mi novio, que yo me hubiera tirado a un gabacho, con el nombre de una tía tatuado en la nuca, amigo de un tal Bertrand, que el tal Bertrand se hubiera tirado a Lys mientras la llamaba Gleese, que mi cuenta bancaria estuviera a menos 387 euros, que un tipo me considerase, en su blog, escritora de la nueva literatura basura, que mi madre me preguntara cada dos por tres por qué había vuelto, que mi pelo se llenara de canas, y que mi culo estuviera cogiendo una forma, anatómicamente, incompatible con el tanga.
Decidí quedar con éstas. Escuchaba, con una cerveza en la mano mirando al puerto, como el chico con el que había quedado Marieta, el domingo por la tarde, le había dado plantón.

―¡No apareció! ―Marieta.
―¡¿No apareció?! ―Blanquita.

―No apareció… ―yo.
―¿Años? ―yo otra vez.

―No sé, los nuestros, imagino, no sé… ―Marieta.
―Ya, así que no llegaba a los treinta ―Blanquita.

―No llegaba… ―yo.
―¡Iros a la mierda! ―Marieta

―Idos ―yo.
―¡Vete! ―Marieta.

―No os sigo ―Blanquita.
―¡Que somos viejas y punto! ―yo.

―¡No somos viejas! ―Marieta.
―Perdone, señora, ¿esta silla está libre? ―me preguntó un niño de unos doce años. Asentí con la cabeza y el crío se la llevó.
Me giré hacia mis amigas, las miré y supe que ese momento había llegado. Me levanté y les dije que enseguida volvía.

Al de 15 minutos, estaba de vuelta.

―¿A dónde has ido? ―Blanquita.
―A mi casa ―yo.

―¿Para qué? ―Marieta.
―Para ponerme bragas ―yo, otra vez.