martes, noviembre 22

Distorsión

 Sin título de Ana María Pérez

―Cari, de verdad, qué coñazo eres. Mira, qué solete tan rico hace, ¿eh? Noviembre y este solete, aquí sentaditos los dos, terracita, Plaza Dos de Mayo, cervecitas… Ay, si es que Madrid cuando quiere da…
―Odio el sol… ―respondo a Gael, secándome las lágrimas con un kleenex.
―Joder, menos mal que Dios, sabiendo que le salía marica, me dio paciencia.
Lo miro escondiendo la risa en el pañuelo. Porque cuando estoy triste me gusta estarlo 24 horas al día, con sus 1.440 minutos y sus 86.400 segundos. Firme en mi desidia, sin tregua, angustiada hasta la médula, no hay lugar para las risas. Pero Gael se da cuenta y me achucha con fuerza, mientras repite una y otra vez que doy mucha guerra. Después, acunada en sus brazos, le oigo criticar a Rafa, alabar mi nuevo corte de pelo, menospreciar el gusto de todos aquellos que han criticado mi novela, piropear mi risa y lamentarse de no ser hetero para poder disfrutar, en ese momento, del roce de mis tetazas en su pecho.
Reconfortada como una niña que acaba de creerse la falsa realidad dibujada, me termino la cerveza y le digo a Gael que entro al bar a pedir otras dos y, de paso, a mear. Cuando salgo con los dos botellines en la mano, veo a Gael hablando con una pareja. Me acerco, saludo, dejo las cervezas en la mesa y me presento. Ella, Marta, es hermana de Ramón, el ex de Gael. Él, Quique, es el recién marido de Marta. Nos sentamos los cuatro.
―Y ¿a qué te dedicas? ―me pregunta Marta.
―Soy profe.
―Anda, qué chulo, ¿de niños?
―Sí, niños de 22 añitos ―respondo con rabia contenida. Y es que el que midiera un metro y medio y pesara 45 kilos, no significaba que mis pupilos tuvieran que ser pitufos.
Gael entra en el bar para pedir sus consumiciones. Marta aprovecha y me pregunta por él, por cómo lo veía tras la separación de Ramón. Le contesto que muy bien, que es un tío optimista y que se pone el mundo por montera. Me pide que lo cuide, porque en el fondo se trata de una persona muy sensible y un poco débil. Bebo para evitar mirarla con asco. Llega Gael con un té para ella y una Cocacola para él. Amargados.
―Gracias, guapo. Le estaba contando a Elvira lo de la empresa de catering que hemos montado Quique y yo.
¿Ah, sí?, ¿me estabas hablando de eso?
―Es un lujo trabajar desde casa. Por la mañana recogemos pedidos, y a eso de mediodía nos ponemos en marcha con la cocina, y a las siete salimos con la furgo a servir las cenas.
―Suena bien eso de estar juntos todo el… santo día ―digo. Gael carraspea.
―Un lujo, ya te digo, un lujo. Bueno, es que Quique y yo es como si fuéramos una sola persona. Pensamos lo mismo. La idea fue de él, y es verdad que yo le di forma, pero estamos de acuerdo en todo, es muy fuerte, pero es verdad.
Quique la mira y con una sonrisa le toca el pelo con cariño.
Como un acto reflejo me toco el mío, parece estropajo.
Joder, y yo me pregunto qué es lo que hago mal. Mi último novio había pretendido durante un año convencerme de que era retrasada mental, estaba paranoica, además de ser una verdadera putonga.
―Oye, ¿sabéis lo que podemos hacer? ―dice después de haber pegado un sorbito a su té―. Organizar una cena en nuestra casa. Y así podéis criticar nuestras dotes culinarias. Elvi, puedes traer a tu chico.
―Elvira ―corrijo. Siempre he odiado que desconocidos abreviaran mi nombre con obscena confianza. Gael carraspea de nuevo―. No tengo chico, vamos, que lo acabamos de dejar, sin más.
―Ostras..., bueno, sin más no, claro, tienes que estar pasándolo mal. Digo yo que será duro, muy duro ―afirma ella ¿empatizando?―.  Es que es una edad complicada. Los treintañeros es lo que tenemos, que encuentras a esa persona que se identifica con tus proyectos de vida o… vamos, estás condenado a pasar  por un indefinido tiempo de soledad que asusta, ¿no?
―¿Qué…? ―digo mordiéndome los carrillos por dentro, porque estoy a punto de llorar. Me coloco el bolso sobre mi regazo y lo aprieto.
―¡Hostia, Marta!, ¡qué dramática eres! ―exclama Quique dándole un cachete en el muslo, ella se ríe. Después me mira y dice―. Tranquila, Elvira, es difícil que alguien pase por alto esa sonrisa tan guapa que tienes.
Los había juzgado mal. Pensaba que ella era la típica pedorra y él el típico calzonazos. Pero no. Son reales. Ella segura de sí misma, con energía para iluminar la peor de las tinieblas. Él sensible cocinero, creativo y enamorado. Se llevan bien. Funcionan a la perfección como equipo, y seguro que en la cama saltan chispas.
Con enorme esfuerzo sonrío a Quique y le agradezco su comentario.


Dos semanas más tarde, al fondo de un bar de Lavapiés, me seco las lágrimas con un kleenex mientras le digo a Gael que odio la lluvia. Él se ríe y me achucha. Mira al frente y me suelta de golpe. Con nerviosismo me espeta que nos larguemos. Se levanta, recoge sus cosas y deja sobre la mesa un billete de 5 euros.
―¿Qué pasa…? ―pregunto imitando su susurrante tono de voz.
―Nada, que nos vamos, ¡corre…!
Gael me tira de la manga del abrigo para que salga por la puerta lateral,  no por la principal. Eso hace fijarme en las mesas de delante, y es cuando también lo veo. Quique se la está comiendo a besos. No es Marta. Miro a Gael. Éste abre la puerta y salimos sin decir nada. Aprieto los labios para no sonreír, porque me asusta comprobar cómo el mal ajeno resulta, en este momento, tan placentero.

domingo, noviembre 20

Cría cuervos

La niña y los cuervos de Luz María Santecchia

La chica del fondo de la barra tiene 27 años. Menuda. Pelo a lo garçon. Pantalones grises pitillos, camiseta de los Ramones, y, a pesar de ser febrero en Madrid, lleva unas finas bailarinas granates sin calcetines. Mientras pega un trago a su segunda cerveza, garabatea en un pequeño cuaderno.
Un hombre de 55 años entra en el bar. Delgado. Abrigo marrón tres cuartos y gorro de lana negro. Camina hacia el fondo de la barra.
―¿Mónica Verdejo Real?
La chica levanta la vista de su cuaderno. El hombre se apoya en el taburete de al lado y extiende su mano.
―Federico Vildósola, asesino a sueldo, he venido a matarte.
―¿Quieres tomarte algo?
―Antes, estas cosas te hacían gracia.
―Pues ya no, tengo casi treinta años, papá.
El hombre pide un café a la camarera, y se quita el gorro.
―Papá, verás, necesito dinero.
―¿Y el trabajo aquel?
―El jefe era un cretino y sabes que lo mío no es ser dependienta, soy diseñadora.
―Hemos hablado de eso y… Oh, gracias ―dice a la camarera que deja el café frente a él―. Puedo pagarte los estudios. En Barcelona hay muy buenas escuelas de diseño, pero me parece una locura invertir en crear tu propia colección de moda, no tienes experiencia de nada, no has…
―¡Nunca confías en mí!
―Cariño, escúchame, te veo muy poco centrada. Empezaste derecho y lo dejaste, después periodismo y que tampoco, después que arte dramático en Londres, nada, en menos de dos años estabas de vuelta. No sé, de verdad, no sé si fue el divorcio con tu madre o qué, pero…
―¡A ver, papá, no soy una niña! ―Se frota la cara con las manos y continúa más calmada―. No es fácil ser la hija perfecta, ¿sabes?
―Mi vida, no quiero que seas perfecta, sólo que estudies algo y aproveches tu talento. Eres lo único que tengo en esta vida y no quiero ver cómo malgastas tu tiempo. Luego, cuando me muera, puedes hacer con tu vida lo que quieras.
―¿Me vas a dar ese dinero o no?
El hombre bebe un trago de café, se limpia la mancha del labio superior con el inferior y, tras una pausa, le pregunta cuánto necesita.
―Seis mil.
El hombre la mira y cruza los brazos.
―En septiembre te ingresé dos mil quinientos para un supuesto curso de diseño que nunca has empezado. En diciembre otros tantos mil, porque tu compañera de piso se había ido y tenías que hacerte cargo de pagar su parte. Así que dime para qué quieres tanto dinero ahora.
―Para un seminario de nuevas tendencias en la Universidad de Nueva York. Dos semanas en mayo. Acaban de abrir la matrícula. Es importante. Confía en mí, papá, por favor, por favor…
―Mañana haré la transferencia ―dice el hombre suspirando mientras se levanta―. Con tantos disgustos, me vas a matar, hija mía…
La abraza y sale del bar.

La chica sentada en la mesa junto a la ventana tiene 27 años. Pantalones pitillos verdes, camiseta Custo y, a pesar de ser marzo en Madrid, lleva unas bambas azules. Pega un trago a su primera cerveza mirando al frente.
Un hombre de 33 años entra en el bar. Corpulento. Chaqueta negra de cuero. Camina hacia la mesa junto a la ventana. La chica de 27 años lo mira. Saca de su bolso un sobre y se lo da.
―Ahí van once mil. El resto te lo daré dentro de dos semanas. Sabes lo que tienes que decir, ¿verdad?
―Sí.
Se guarda el sobre bajo la chaqueta y sale del bar.

Un hombre de 55 años entra en el portal 112 de la calle madrileña Arturo Soria. Delgado. Abrigo marrón tres cuartos y con un gorro de lana negro en la mano. Abre el buzón, coge las tres cartas del banco y lo cierra. Camina hacia el ascensor.
El hombre que lo mira desde las escaleras tiene 33 años. Corpulento. Chaqueta negra de cuero. Camina hacia él con la mano bajo su chaqueta.
―¿Alonso Verdejo?
―Sí.
―Soy Federico Vildósola.
 

viernes, noviembre 11

Con dos narices

 Retrato de Dora Maar de Pablo Picasso

Me enamoró su presencia. Bueno, no, quizá fue su dulzura o su manera de retirarse la melena hacia un solo lado. La cuestión es que Virginia me cautivó desde el primer momento. Después de informarme sobre los cursos, me preguntó cuál era exactamente mi interés en el mundo del vino.
―Esa angustia, ¿sabes? ―decía, 20 minutos antes, a mi psicoanalista―, es la que me hace preguntarme qué va a ser de mí si vivo más de los 40 años. Sorda, depresiva, artrítica. Tengo que morirme antes, Óscar, tengo que morirme antes…
―Creo que es una reflexión interesante, Elvira. Te propongo que la retomemos en nuestra próxima sesión, porque hoy se nos terminó el tiempo.
Y con una patada en el culo me mandó para mi casa. Y es que, lo de desmenuzar tus miserias en 60 minutos, te recordaba a cuando eras pequeña y tu madre venía la primera a buscarte a una fiesta de cumpleaños, sabías que te ibas a perder lo mejor. Volvías a casa cabizbaja con esa frustración punzante.
Casualidad, aquel día levanté la cabeza y me topé con la escuela de Cata de Vinos.
―No lo sé ―contesté tímidamente  a Virginia―. Quizá su lado sensorial, o que estoy tan perdida que no sé a qué agarrarme.
―Bueno, dicen que beber es bueno para olvidar ―dijo arqueando las cejas.
Me reí.

―¿Un curso de Sumiller? ¿Sumiller profesional? ―preguntó Rafa sorprendido mientras meaba.
―¡Sí! ―contesté desde su cocina, preparaba pasta―. Sumiller Internacional.
Rafa entró en la cocina subiéndose la bragueta, y se lavó las manos en la fregadera. ¿Por qué no lo hacía en el baño? Odiaba eso de él. ¡Guarro!
―¿Internacional? ―volvió a preguntar mientras se las secaba con un trapo―. Elvi, eso es la polla, ¿tú sabes lo que vas a tener que estudiar? Esos tíos tienen una memoria de elefante. Estamos hablando de todos los vinos del mundo, denominación de origen, bodegas, añadas, esencias… Pff, no eres capaz de eso.
―¿Cómo…?
―Chiquitina, vamos, no pongas esa cara. A ver ―Me cogió por la cintura con ambas manos y ladeó la cabeza―. Inteligente, lo que se dice inteligente, no eres. Digamos que apañada. Porque las cosas como son ―Me soltó y bajó la potencia de la vitro―. Eres una tía que sabe sacarse todo el provecho. Ahí estás con tus cuentitos y tu librito publicado, vamos, tus cositas.
¿Mis cositas? Me llevé una mano al cuello y con la otra me apreté la tripa.
―A veces pienso ―continuó―, que si fueras tan inteligente como tu hermano Gerardo, no sé hasta dónde habrías llegado.
Dije que ahora volvía. Fui al baño. Cerré con pestillo. Me apoyé en el lavabo y, tapándome la boca con ambas manos, lloré hasta agotarme. Me lavé la cara. Me miré al espejo y conté hasta cincuenta. Salí.
―¿Qué has estado haciendo ahí dentro?
Cogí la chaqueta, le di un beso en la mejilla y le dije que me iba, que no me encontraba bien.
Desde la puerta, mientras me veía subir las escaleras, me preguntó si estaba molesta por lo que me había dicho.
―No ―dije―, es solo que tengo mal las tripas, ya sabes…
―Jo, chiquitina, vete al médico, porque te pasas el día con cagalera.
―Sí, me paso el día cagando… ―Y mordiéndome los labios por dentro, seguí subiendo las escaleras.
Al día siguiente volví a la escuela y se lo conté a Virginia. No lo de Rafa, pero sí mis inseguridades sobre mi capacidad, y que quizá el curso me quedaba grande. Virginia, sentada en un alto taburete tras una mesa blanca, me escuchaba con verdadera pasión, frunciendo el ceño y asintiendo cada palabra que decía. Cuando terminé, estiró la cara y me sonrió. Me pidió que la esperara un minuto. Al de un rato regresó con una caja. La dejó sobre la mesa y me instó a que la abriera. Tuvo que insistir dos veces, porque yo estaba paralizada, no sabía a dónde quería llegar. Miré la caja. Era de madera. En realidad era como un pequeño armario de dos puertas. Lo abrí, tirando de los dos pequeñitos pomos, y por un momento me imaginé que volvería a ver los vestidos de mi Nancy. Pero me encontré decenas de diminutos frascos de cristal, con tapón negro, y con un amarillento líquido dentro. Levanté la cabeza y miré a Virginia con cierta fascinación.
―Ahí tienes 54 esencias de vino. Capturadas, guardadas y clasificadas para educar tu olfato. Quiero que te las lleves a casa y las memorices. En cuatro días te examinaré de memoria olfativa. 5 esencias, solo puedes cometer dos errores. ¿Aceptas el reto?
No sé, me parecía demasiado fácil. La sordera me había otorgado de un olfato fuera de lo común, parecía la mujer biónica. No podía dormir cerca de materiales de cuero: bolsos, zapatos, chaquetas; ni de papeles de plásticos o por supuesto productos de limpieza. Incluso antes de comprar un libro, me lo llevaba a la nariz y si consideraba que el olor de su hojas era demasiado fuerte, pedía otra edición. Y no era una cuestión de manías, si no que la intensidad del olor llegaba a ahogarme. Así que memorizar 54 aromas y asignarles un nombre no me parecía una acrobacia plausible.
―Mi temor es otro, Virginia. Los nombres, años, bodegas... No la nariz.
Se retiró el pelo hacia un lado con una feminidad inalcanzable, y me pidió que cogiera un frasquito al azar y leyera su etiqueta. Tomé el cuarto de la octava fila.
―Higo, 60-J-14B.
―Todas las esencias tienen un código de 6 caracteres, cifras y letras, a veces separados por guiones, otras veces no. Estos códigos también debes memorizarlos y el lugar exacto de sus guiones, si los tienen, claro.
―¡Imposible! ―grité.
―Bien, creo que ahora sí he conseguido picarte ―Y con una triunfante sonrisa, me despidió hasta dentro de cuatro días.

Dejé la caja abierta sobre mi escritorio. Parecía el San Antonio que tenía mi abuela. El santo estaba metido, con su ramillete de laurel, en una caja con la parte de delante de cristal, a modo de vitrina. Y bajo sus pies una ranura donde mi abuela iba metiendo monedas por cada petición que le hacía, “Ay, San Antonio bendito, que encuentre el botón de nácar de la blusa blanca, que caérseme, se me debió de caer por el salón”. El botón aparecía y mi abuela lo recompensaba con una moneda de 25 pesetas. Cuando veía que el santo pesaba demasiado, lo vaciaba y se lo jugaba todo a la brisca.
Miraba la caja desde el sofá, no me atrevía ni a acercarme. 54 códigos, 324 caracteres, imposible. Así que alcancé el móvil y le supliqué a Gael que viniera. Cuarenta minutos después apareció en mi casa con seis botellines de San Miguel. Le conté lo del curso de Sumiller, lo de Rafa, lo de Virginia y su reto. Sin decir nada abrió dos cervezas. Me ofreció una. Se sentó junto a mí en el sofá y miró la caja de las esencias de la misma manera que seguía haciéndolo yo.
―Cari, ¿estás segura de que no prefieres admitir que eres apañada?
Negué con la cabeza.
Gael me dio su cerveza. Se levantó. Cogió la caja. La dejó sobre la mesita frente al sofá. Se arremangó el jersey de lino. Me pidió su cerveza con un enérgico gesto de mano  y dijo:
―Empecemos.
Así que empezamos. Gael abría un frasquito, me lo daba a oler, manzana verde, decía, ¡piña, animal!, me contestaba. Y a partir de ahí empezaban sus trucos de memoria nemotécnica:
―La piña no tiene hojas, son rabos verdes arriba, pues la forma del rabo es el 1, pero son dos, así que 11, ¿vale? ¿Dónde hay piñas?, ¡en las islas!, islas, tesoros, tesoros, mapas, mapas, pasos, pasos, cruces. 5 pasos y una cruz,  es decir: X. Tesoro encontrado, entonces pausa, un guión, más descanso: un 0, nos comemos la piña, no queda nada, solamente un rabo: 1. Por lo tanto: 115X-01, ¡repite!
―Piña, 115X-01.
Me ofreció otro, fácil: coco.
―Vale, ¿dónde hay cocos?, ¡en las islas!, islas, tesoros, tesoros, mapas, mapas, pasos…
Madre mía, San Antonio bendito…
Tres días después, habíamos encontrado 53 tesoros, porque el azufre apareció en el volcán de El Hierro, auxilio entre flotadores, y un rabito de piña flotando en el agua: VF-8S8-1. Sin comentarios.
Al cuarto día, Virginia me sentó en su taburete alto y me dio una especie de antifaz para dormir. Me lo puse. Me preguntó si estaba preparada. Asentí. Me acercó el primer frasquito. Inspiré profundamente. Lo retiró. Le pedí repetir. Me dijo que estuviera tranquila. Lo acercó de nuevo. Volví a inspirar: Ciruela, 6YCCR6. Chasqueé la lengua. Me había equivocado. No era así, pero no sabía corregirlo. Llegó el segundo, tercero, cuarto y quinto frasquito.
Me quité el antifaz. Virginia no paraba de sonreírme.
El resultado fue horrible. En cuanto a esencias solamente un error. Confundí la grosella con el lichi. Y en cuanto a códigos sólo había dicho dos correctamente, el de la piña y el del membrillo. Aun así, Virginia me dio la enhorabuena, y me convenció de que la memoria era un animal vivo, si la alimentaba crecería.

Subí las escaleras de casa y me paré en el tercero. Toqué a la puerta y esperé. Rafa abrió, y me besó. Ya me he matriculado, le dije. ¿Para Sumiller?, preguntó. Sí. Al final siempre te sales con la tuya, ¿eh?, me alegro si es lo que quieres, dijo. Es lo que quiero, respondí, y creo que también quiero estar sola. ¿Cómo sola?, preguntó. Sola, respondí. Lo besé y subí las escaleras. Hasta que no metí las llaves en mi cerradura, no oí cerrar su puerta. El portazo me hizo encogerme de hombros.
Entré en casa arrastrando los pies, tenía la pena encadenada a mis tobillos.
Abrí la nevera y saqué un par de huevos. Antes de cerrarla, cogí medio limón, que estaba sobre los yogures, y me lo llevé a la nariz.
―Limón, 5555-MZ.