domingo, febrero 26

El viaje de Lucas

 Fishing boat at sea de Van Gogh

Lucas tenía catorce años y, como cada mañana, aquel martes salió en su barca a pescar. Era un día normal. El sol se desperezaba sobre el silencio rutinario de un mar generoso, y el cielo se quitaba su traje de luces. Todo normal. Empezaba un día más.
En alta mar, Lucas preparaba la red cuando de repente se precipitó al agua. Su cuerpo se hundía, se hundía, se hundía, hasta que tocó el fondo y allí, inmóvil, permaneció seis días y seis noches. Pero el séptimo, una familia de cangrejos lo encontró.
Papá cangrejo, apartando a su mujer y a sus cuatro hijos, se acercó hasta Lucas. Se subió por sus piernas, le recorrió el pechó y se encaramó a su mentón. Una vez allí, pidió a su familia que se apartara. Estos retrocedieron 20 centímetros, y fue entonces cuando papá cangrejo pinzó la nariz de Lucas con todas sus fuerzas.
―¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaah! ―bramó el joven, lanzando de un manotazo a papá cangrejo.
Toda la familia del animalillo crustáceo fue a socorrerlo. Lucas se arrodilló agarrándose la nariz con ambas manos, no paraba de gritar.
―¿Quién eres? ―preguntó papá cangrejo, después de haber tranquilizado a su familia.
―Soy Lucas, un pescador.
―¿Y qué haces aquí, si tu mundo es el de arriba?
―No lo sé, me caí de la barca.
―¿Cómo te caíste?
―No lo sé, no lo sé… ―contestó frotándose la cabeza intentando recordar algo―. Era un día normal y estaba en mi barca dispuesto a pescar, pero me caí.
―¿Tormenta?
―No...
―¿Te enredaste con la red?
―No...
―¿Los tiburones atacaron la barca?
―No…
―¿Y los piratas?
―¡No!
―¡¿Pues qué te pasó, muchacho?!
Lucas levantó los hombros y giró la cabeza hacia los lados repitiendo, una y otra vez, que no recordaba nada, sólo que era un día normal y se cayó.
Tras comentarlo con su familia, papá cangrejo permitió al joven pescador quedarse un tiempo con ellos, hasta que se recuperase y tuviera fuerzas para llegar a la superficie.
En el fondo del mar, los días para Lucas pasaban lentamente, apenas se podía mover con agilidad, sus pasos eran lentos y desordenados. No sabía pescar sin su red, así que siempre tenía que esperar a que papá cangrejo trajera los suministros de cada día. Y tampoco servía para defenderlos de los predadores, porque con sus torpes movimientos era imposible atacar ni a un caballito de mar. Así que, después de dos meses, sintiéndose un inútil y una tremenda carga para aquella familia de cangrejos, decidió emprender el viaje hacia la superficie. Se despidió de todos ellos y comenzó a ascender ayudado por sus pies y brazos. Remaba hacia arriba con todas sus fuerzas, pero la oscuridad del fondo del mar lo asustaba tanto que eran muchas las veces que debía parar para tranquilizarse. Como una pelota, se apretaba las rodillas sobre su pecho, y se abrazaba a sí mismo, y empezaba a contar. A veces sólo llegaba a hasta el 10, pero otras era necesario alcanzar el 330 para que el pánico se esfumara.
―¿Qué haces? ―preguntó una mantarraya que lo llevaba observando desde el número 37.
―Cuento, señora, 63, 64, 65, 66, 67, 68…
―¡Ya sé que estás contando!, ¿pero por qué?
―Para ahuyentar el miedo, señora, 74, 75, 76...
―¿El miedo?, ¿aquí? ―y la mantarraya miró a su derecha e izquierda―. ¿Miedo de qué?
―De lo que no conozco, señora, 81, 82, 83….
―Oh, bueno, en ese caso…1, 2, 3, 4, 5, 6…
―¿Qué hace? ―preguntó Lucas dejando de contar y mirando atónito a la mantarraya.
―Cuento, no le conozco, pues cuento yo también, 12, 13, 14…
―No, no, no, no, ¡no es eso!
―…22, 23, 24, 25, 26, 27…
―Vale, de acuerdo, me llamo Lucas, soy pescador y un día normal caí de mi barca. Estuve dos meses con una familia de cangrejos hasta recuperarme, y ahora llevo tres semanas intentando ascender a la superficie.
―¿Tres semanas, dices? Pues sí que cuenta usted, sí. No se preocupe, yo le enseñaré a no tener miedo.
Y durante cuatro días, la mantarraya le tuvo retenido dándole un sinfín de consejos y recomendaciones que de poco le iban a servir al no tratarse de un ser marino. Aun así, Lucas la escuchó pacientemente y al quinto día se despidió prometiendo poner todo lo aprendido en práctica. Apenas siete horas después, Lucas se acurrucó en sí mismo y empezó a contar. Estaba agotado, le dolían los pies y brazos, casi no había dormido nada en todo el trayecto y el frío empezaba a hacer mella en sus huesos. Cuando ya parecía todo perdido, un reflejo en lo alto de su cabeza le anunció que la superficie estaba ahí. Lucas se impulsó con sus piernas lo más rápido posible, y de repente la sábana de agua se abrió y el joven tomó una enorme bocanada de aire. Estaba fuera. El sol brillaba, parecía un día normal.
No muy lejos, Lucas vio una barquita, muy parecida a la suya. La llevaba un hombre.
―¡Ey, aquí! ¡Ayuda! ¡Ayuda! ―gritó al hombre de la barca. Éste se acercó al ver al joven en el agua―. ¡Gracias!, ¡gracias! Soy Lucas, pescador como tú, y un día normal me caí de mi barca, llegué hasta el fondo del mar, y han tenido que pasar casi tres meses hasta poder alcanzar la superficie. Ahora quiero llegar a tierra y volver a mi casa. ¡Ayúdeme!
―¡Claro!, no te preocupes, debes nadar hacia el oeste ―dijo el hombre señalándole la dirección.
 ―Sí, pero lléveme usted, tengo mucho frío, señor, y estoy muy cansado...
―Lo siento, ése no es mi trabajo. Debo pescar y regresar antes de la noche con mi familia.
―¡Pero ayúdeme!
―¡Te estoy ayudando!, escúchame: dirección oeste. Por el día, el sol te guiará y, por la noche, lo hará la luz del faro.
―¡No me deje aquí, se lo suplico! ¡Ayúdeme! ―gritó Lucas encaramándose a la barca.
―¡Maldito, chaval! ―y de un empujón lo mandó al agua de nuevo―. Te estoy ayudando, dirección oeste, el sol y luego el faro. ¡Te estoy ayudando, joder! ¡Pero no puedo hacerlo por ti! ―y arrancó el motor de su barca y empezó a alejarse.
―No me deje, tengo mucho frío… estoy cansado, agotado… ayúdeme…
―¡Oeste, oeste, oeste! ―gritaba el pescador alejándose con su barca―. ¡Y cuídate de las gaviotas, tienen comportamientos muy complejos! ¡Vamos, chaval, nada!, ¡nada!
Lucas había creído que al llegar a la superficie su pesadilla habría terminado, pero se acababa de dar cuenta de que no había hecho más que empezar.
Cerró los ojos y deseó hundirse de nuevo, caer al fondo del mar para jamás volver a subir. Quizá fueron sus inmensas ganas de acabar con el intento o, simplemente, mala suerte, pero en ese momento se desató una terrible tormenta. El mar enfurecido escupía olas cada vez más grandes. El viento levantaba muros de agua, y el cielo se tornó negro. Lucas se agitaba y arremolinaba como un pez en un desagüe. Y contaba, 235, 236, 237, y seguía contando 789, 790, 791, 792, y contando 1.145, 1.146, 1.147, 1.148… Llegó hasta el 13.989.
Abrió los ojos ante un plácido y adormilado mar. Respiró hondo, miró al sol y siguió la dirección que estaba recorriendo hacia su atardecer. Lo intentó por un tiempo a crol, pero se cansaba tanto, tantísimo que cambió su estilo a braza. Con desesperanza recorría los absurdos metros en aquel inmenso mar.
―Si pretendes llegar a la orilla, así nunca lo conseguirás.
Lucas levantó la vista y vio a una gaviota volando, en círculos, sobre su cabeza.
―Un pescador me aconsejó ir hacia el oeste ―contestó el joven al pájaro.
―¿El pescador que te arrojó al mar cuando le suplicaste ayuda?, ¿el que apenas sintió la tormenta metido en su barca?, ¿hablas de ese pescador? ―la gaviota chasqueó el pico―. Chico, hazme caso, el mar está repleto de pescadores como él. Se prestan generosos, pero sólo piensan en sí mismos y lo que pretenden es alejar a la competencia, como tú, para quedarse con todos los peces. Pero si confías en mí, te llevaré a tierra mucho antes.
―Oh, ¿de verdad?
―Claro, chico ―contestó la gaviota posándose sobre la cabeza de Lucas―. Y ahora, te digo que vayamos para el norte.
―¿Seguro?, pero el pescador…
―¿Qué te he dicho del pescador? ―y arremetió a darle un picotazo en toda la coronilla―. Vamos, ¡hacia el norte!
Y fueron hacia el norte. Y llegó la noche y el día, y la noche de nuevo, y el día después, y allí no había tierra. Y Lucas agotado pidió parar y reflexionar, porque el camino no parecía ser aquél.
―¿Estás desconfiando de mí? ―preguntó ofendida la gaviota―. ¿No te has parado a pensar en que quizá es culpa tuya, porque casi no sabes nadar? ¡Eres lentísimo! ¡La tortuga más vieja del mundo podría ganarte con los ojos cerrados! ¡Inútil!
―Pero… llevamos casi una semana yendo hacia el norte y sólo veo agua y más agua.
―Estúpido, claro que ves sólo agua porque esto es un océano, ¿sí?, o-cé-a-no. Toc-toc-toc ―dijo picoteándole la cabeza―, ¿hay alguien ahí?
Lucas se sumergió en el agua para zafarse del pájaro y, en el silencio de las profundidades, decidió echar mano de al menos uno de los consejos de la señora mantarraya: “Huye de todo lo que tenga plumas y vuele”.
Ya en la superficie, Lucas le dijo al pájaro que tomaría el oeste como dirección a seguir y que preferiría hacerlo solo.
―¡Bravo!, otro egoísta que inunda nuestras aguas. Muy bien, ¡vete, desagradecido!, pero volverás a buscarme antes de lo que piensas, porque eres débil, ¡muy débil!, lo supe la vez que apenas te rocé la nuca con mi pico, y caíste de tu barca, ¡por un simple roce!
―¡¿Fuiste tú?!
El pájaro revoloteó sobre su cabeza riéndose a carcajadas. Cuando se marchó, Lucas se tumbó boca arriba en el agua y miró al sol. En esa misma posición comenzó a remar lentamente con sus manos, era cómodo, es cierto que no era la manera más rápida, pero no se cansaba y en esa postura el vaivén de las olas le divertía. Tanto era así que llegaba a soltar hasta alguna risotada. El mar estaba tranquilo y él, por fin, también.
Llegó la noche y a Lucas le entró el miedo y quiso empezar a contar, pero antes de hacerlo, miró a su alrededor y encontró, entre la espesa negrura, un puntito de brillantina allá a lo lejos.
―El faro… es el faro… ¡Encontré el faro! ¡El faro del pescador!
El joven tomó su postura boca arriba y comenzó a remar con brazos y piernas, mientras tatareaba un sinfín de canciones. Casi de mañana, la cabeza de Lucas se encalló en la orilla del mar.
―¡Tierra! ―gritó. Se puso de pie y salió corriendo del agua para abrazar la arena―. Tierra firme…
Y aunque todavía le quedaba un largo camino hasta llegar a casa, sabía que aquél volvía a ser un día normal, un día más.


Nota: Este relato se lo quiero dedicar a todas las personas que han pasado o están pasando por un momento complicado y sombrío en sus vidas, porque es verdad que el camino es largo, pero no es duro, simplemente hay que coger una buena y cómoda postura para seguir nadando.

lunes, febrero 20

¿Qué tienen de normal los días?


―Escúchame, aquí van las listas de los grupos. El B2.1 edificio 4, aula 4.01.6, ¿vale? Grupo A2.2, edificio 12, ya sabes que van al revés, el 12 es el que está detrás del 7, aula 12.02.9.
Lola Campos, coordinadora de los cursos internacionales de la universidad. De unos cuarenta y tantos, soltera y un hijo de 9 años. Delgada y con un rizadísimo pelo corto. Gafas de pasta granate y enormes pendientes.
―Sí, sí…  A2.2 en el 7.02.12… ¿no?
Elvira Rebollo, yo misma. Treinta y tantos, soltera y sin compromiso. Obviemos mi constitución y también la descripción del pelo. Bolso enorme colgado en el hombre derecho y un café en la mano izquierda.
―Elvira… ―suspira Lola―. Olvídalo, te mandaré un email. Recuerda solamente el de hoy, en el 4, aula 4.01.6.  Tienes a un tal, espera, déjame ver ―abre una de las carpetas amarillas y pasa su dedo de arriba a abajo―, éste es: Carter Collins, irlandés, tiene dislexia, va a necesitar el 25% más de tiempo que el resto de la clase para hacer los exámenes. Bueno, es mejor que hables con el Programa de integración para estudiantes con discapacidad, extensión 397, Inmaculada Carrillo. Por otro lado, dos italianos: Pienaar y Fusi, quieren subir de nivel, al B1.1, échales un ojo esta semana y me cuentas. Y cuídame muy mucho a Mian Ning, china, problemas de autoestima y adaptación.
Asiento con la cabeza, recojo las listas, inspiro profundamente y comprendo, en ese mismo instante, que nunca llegaré a ser coordinadora de nada, me falta masa cerebral.
Salgo de su oficina, cruzo el campus y entro en el edificio 3.
―¡Elvira!, ¡así que te quedas un cuatrimestre más!, ¡ves, tonta, y tú decías que no!, que si los recortes, que si los recortes, que si los recortes, ¡bah!
Amelia Martínez, bedela del edificio 3 del campus. 37 años, casada, dos hijos, de 8 y 6. Melena larga, lisa y con flequillo. Siempre tararea canciones de Radio Futura.
Dejo el café y las listas sobre su mesa y la abrazo ilusionada.
―¡No te rías, guapa, que me veía en la calle!
―¡Bobadas, reina!, pero si no das ni un problema, ni te imaginas lo que pasa por aquí, verdaderos elementos… ¿Qué aula tienes?
―No, me toca en el edificio 4.
―Buff, olvídate, te paso una llave maestra y así evitas hablar con el conserje, Pepe, le acaba de dejar su mujer, está inaguantable, y le da al drinking-drinking cosa mala ―me toma del brazo y baja el tono de voz―. Se la pegaba con su primo. Fíjate el papelón.
―Pobre hombre.
―Bueno, que él nunca ha sido un santo varón ―y se ríe.
―¡¿Con quién?!
―Con Marga, la tetas.
―¿La de la cafetería del 1? ¡Venga ya!
―Cuando dos mujeres se ríen cogidas del brazo, mal asunto…
Francisco Moler. Kiko. Profesor de español en la universidad. 35 años, novio de Adela. Metro noventa y ciento veinte kilos. Una mole rellena de ingenio.
Con un café en una mano y los libros en la otra, se agacha y me pide, ofreciéndome su mejilla, un beso.
―Ay, Elvirilla de mis amores, que pensaba que no te iba a volver a ver. Anda, vamos pa’fuera que me quiero fumar un piti, que te tengo que contar.
―Si es lo de Pepe, ya lo sabe.
Las dos nos volvemos a partir de risa. Cojo el café, las carpetillas amarillas con las listas y la llave maestra, y me despido de Amelia, al son de Escuela de calor.
Fuera, Kiko me cuenta que las cosas con Adela no andan bien. Que ella le ha pedido que se vayan a vivir juntos y él todavía no lo tiene claro, que vale, que llevan casi tres años, pero que él siempre ha sido un puto raro para eso y que yo debería entenderlo, porque tampoco parezco demasiado normal. Es lo que se llama empatía por descarte.
―Joder, pero si no he recogido las putas fotocopias…
Carmen Labrador, profesora de español en la Universidad. Cuarenta y muchos, divorciada y un hijo de 16 años. Adicta a los escotes, los pantalones ceñidos y las botas altas. Rubia de media melena.
Se saca el cigarrillo de la boca y nos besa mientras repite una y otra vez lo de las fotocopias. Se lo vuelve a meter, y rebusca algo en su bolso.
―Y encima el cabrón de mi ex le quiere comprar una moto a Miguelín, para tocarme los cojones, claro, porque si no a ver… ¡Mierda, con el puto mechero! Anda, Kiko, dame fuego.
―Pero, Carmen, si tienes el cigarro en la boca.
―Joder, necesito un café…
―Y un polvo, Carmencilla de mis amores…
―¡Vete a la mierda!
Me entra la risa.
―No me jodas tú también, Elvira, coño, ¡y depílate el mostacho!
Kiko se apoya contra la pared descojonándose de la risa. Yo, seria, me paso el dedo índice por el labio superior buscando la pelusilla.
―Pues ya veo, Kiko, que los disgustos poco te afectan.
Adela de los Ríos, profesora de español en la universidad. Treinta y pocos. Novia de Kiko. Se niega a reconocer que la moda vintage ya no es cool, y siempre va hecha un cuadro.
―Tranquila, Carmen, ya entro yo a por los cafés, porque me parece que aquí no pinto nada.
 ―Oh, vamos, Adela, no me jodas, ¿qué tiene de malo echarse unas risas, tía?
―¿Un cortado, Carmen?
Ésta asiente y Adela entra en el edificio.
―Creo que no soy la única que necesita un polvo, ¿eh, Kikillo de mis amores?
Esta vez me aguanto la risa.
―Perdón, esto… Sois los profesores de español, ¿verdad?
El hermano gemelo de Andrés Velencoso. Dicho esto, cualquier descripción añadida, carece de importancia.
Kiko se lo afirma y él se acerca, poniéndose a mi lado. Nos explica que se llama Jorge, que es profesor de guión cinematográfico en la universidad, y que le gustaría comentarnos el caso de un par de estudiantes holandeses que no siguen bien la clase por su bajo nivel de español. Continúa hablando, intento escucharlo, pero su olor empieza a ponerme tonta. Me acerco un poquito más a él e inspiro profundamente, cierro los ojos y mi cama se nos queda pequeña.
―Mira, Jorge, el oso hormiguero que tienes debajo del sobaco es Elvira ―oigo decir a Kiko, todos se ríen. Yo me disculpo con el vaso de café frente a la boca, porque encima del bochorno, sólo hace falta que se fije en mi bigote―. Y si dices que tus estudiantes son del A2.2, los tiene ella.
―Elvira, pues, no sé…, ¿te parece que quedemos luego?, y así me echas una mano con estos chicos, ¿sobre las cinco y media en la cafetería del 1?
 ―¡Sí, sí, sí! ―y el vaso sale disparado.
―Es que la pobre pensaba que la echaban y ahora le pone pasión a todo ―dice Kiko, y oigo las carcajadas de Carmen, pero no la veo, porque ya tengo los ojos cerrados esperando a que la tierra me engulla para siempre.
―Vaya, las risas continúan.
Abro los ojos y veo a Adela con dos vasos de café.
―Adela, ya vale, tía, ya vale, ¿eh?, que no es el momento ―responde Kiko.
―Lo de que no es el momento, me lo has dejado bien claro esta mañana, gracias.
―Bueno, yo os dejo… ―dice un Jorge convencido de que quizá, una serie televisiva sobre profesores de español, no sería tan mala idea. Y al darse la vuelta para marcharse, se para en seco, se lleva las manos a la cabeza y, entre carcajadas, pregunta al aire―: ¿Pero qué hace ese puto loco?
Me giro y veo al pobre Pepe en calzoncillos, metido en la fuente del campus, gritando obscenidades.
―Joder, aquí no se salva nadie… Anda, Kiko, el mechero, que ahora sí que lo necesito.

lunes, febrero 6

Malos tiempos para la lírica

 Writer de Joe Sorren

―Que no, que no me han pagado ―repetí a Fer.
―Hostia tú, pero si es una editorial de la leche. Pero a ver, ¿qué te han dicho?
―Nada. Cuando me pidieron trabajar con ellos como correctora, ya me dijeron que no me harían contrato, bien, bueno, que sería como una colaboración, vale. Se terminó la colaboración el 13 de enero y se supone que para el 20 ya me habrían ingresado el dinero, pero ya ves. No he visto un duro.
―¡Pues llámalos! ―dijo golpeando la caña sobre la barra del bar.
―¡Ya lo hice!
―¿Y?
―Y nada, que estuviera tranquila, que las cosas de Recursos Humanos van muy lentas.
―Joder… ―murmuró sin dejar de mirarme. Pegué un trago a mi cerveza y le sonreí con desgana―. La culpa la tienes tú, que lo permites.
Tócate los huevos, Manolito. El burguesito ha hablado.
―¿Qué quieres que haga? ―pregunté molesta.
―Nada. No hagas nada, como hasta ahora, que se te da muy bien. Sigue poniendo buena cara a los no pagadores y luego a llorar tus penas a los amigos y, ya de paso, que te inviten a cervezas.
Mi querido Fernando Gorosabel. Nos conocimos en la carrera. Más concretamente en la quinta clase de Lexicología. Le pedí los apuntes de los cuatro primeros días. No me los dejó. Imbécil. Tres meses después, de forma involuntaria, compartíamos grupo en Cultura Grecolatina y al año, más voluntariamente, nos habíamos acostado un par de veces. Cuatro años después la carrera se terminó. Yo estudié periodismo y emigré a China, porque me consideraba comunista, hoy en día vivo en Madrid, creo que soy profesora, y adoro el capitalismo, aunque no tenga ni un mísero euro que gastar. Él hizo un máster en biblioteconomía, emigró a Madrid, escribió poesía, dio clases particulares, escribió poesía, trabajó en la Casa del Libro y escribió poesía. Hasta que hace cinco años conoció a Lucía, se casaron hace dos, dejó de escribir poesía y montó una editorial con el dinero de su suegro.
―¿Y tú, qué haces, Fer?
Giró la cabeza, se chupó el labio de abajo y cruzando los brazos me preguntó, volviéndome a mirar.
―¿Y las clases en la universidad?
―Las cosas están feas este cuatrimestre. Hay recortes, sobra gente, y… pfff, Lola hace todo lo posible, pero ya no sabe ni qué decirme. Fui la última en entrar, así que imagino que seré la primera en salir…
―¿Necesitas pasta, Elvi?
―Contaba con el dinero de la editorial, joder, les he colaborado dos meses, tío, dos meses.
―¿Necesitas pasta?
Negué con la cabeza baja. Hacía una semana había llamado a mi madre. Me tomé cinco valerianas de golpe y me estrujé el móvil contra la oreja. Necesito dinero, ama, las cosas no me van bien… ¿Cuánto necesitas? El alquiler de este mes, contesté llevándome la mano a la cara. Me froté los ojos y le pedí perdón, le prometí devolvérselo lo antes posible y le expliqué que la culpa no era mía, lo cierto es que no sé ni lo que le estaba diciendo. Bien, bien, tranquila, hija, pero no me chilles. ¡¡¡No te estoy chillando!!!
Bueno, igual un poco sí, a veces las valerianas tardan en hacer efecto. Además, como hija, me creía con el derecho absoluto de proyectar mi frustración sobre ella. Y ella como madre, de aguantar, imagino, no lo sé.
―Venga, Elvi, ¿un par de cañas más? Así me cuentas cómo va tu segunda novela ―propuso Fer.
Le sonreí y, como si aquella conversación no hubiera tenido lugar, comencé a explicarle, apasionadamente, los problemas que me estaba dando un narrador no identificado en una trama con tanta carga psicológica.
―Fer, ¿en qué piensas? ―pregunté, parando en seco mi discurso, al verle que me miraba mudo y sonriente, como un tarado iluminado.
―¿No crees que mañana puede ser un buen día para volver a escribir poesía?