domingo, marzo 25

Sábado del consuelo


Nunca se me dio bien consolar a la gente. Si lloran, yo lloro, pero sin saber muy bien por qué. No tengo frases lapidarias. Me sirvo del “venga, va, ya verás que con el tiempo…” o “dicen que llorar es bueno…”. Soy el apéndice del reconforte.
Era sábado, las tres de la tarde. Había tenido una semana pelín complicada, así que disfrutaba en la cocina preparándome carpaccio y una ensalada de tomate con mozzarella, con un Alion 2007.
Estaba a punto de pegar el segundo sorbo a mi copa de vino, cuando sonó el móvil. Era Gael y estaba llorando. Me pidió que fuera a su casa. Dejé todo tal cual estaba, excepto la copa de vino que me la terminé de trago, y salí corriendo.
Me abrió la puerta enfundado en unos pantalones de chándal, dos tallas más grandes y una camiseta de tirantes, tres tallas más pequeña.
―Cari… ―dijo estirando los brazos buscando los míos. Era un mar de lágrimas.
Lo abracé todo lo mejor que supe, porque es cierto que tampoco se me da bien.
―¿Pero qué te pasa, loco de mi vida? ―pregunté besuqueándole el cuello.
―Ramón…
―¿Ramón?
Sí, Ramón, su ex. Se casaba. En Junio. Y lo había invitado a la boda. Porque son una pareja moderna, modernísima. Pero está claro que el corazón no entiende de moderneces. Y yo no entiendo que se hayan legalizado los matrimonios gays, porque lo que debería haber hecho el gobierno es ilegalizar los heterosexuales. ¡No al matrimonio! ¡Luchemos por la igualdad y el derecho a una soltería eterna! ¿Para qué sirven los matrimonios? Para que los que no nos casemos, suframos; y para los que se casen, sufran todavía más. Con el matrimonio se han creado eufemismos que la gente asimila con una naturalidad asombrosa: el aburrimiento se llama tranquilidad, madurez; y la falta de sexo… ¡matrimonio! Pues para aburrida y pajera, me quedo soltera.
Por supuesto, mi voz revolucionaria, la dejé aparcada y arranqué con un…:
―Dicen que llorar es bueno…
Gael me pidió que sacara dos cervezas de la nevera. Cogí un pack de 6 y nos subimos a su habitación. Gael vive en un pequeño y exquisito dúplex, en el centro de Madrid. Es interiorista y creo que la palabra crisis no está registrada en su cuenta bancaria.
Recostados en la cama sin hacer, Gael me confesó, quizá con cierta vergüenza en su tono de voz, que estaba convencido de que Ramón y él volverían. Sentí su desesperación. Todo el mundo sabe que, en el amor, la ridiculez, disfrazada de plañidera, es pura desesperanza.
―Ya verás que con el tiempo… ―dije.
Y me amarré a su brazo con cuidado de no derramar la cerveza sobre la cama, y lloramos los dos hasta quedarnos dormidos.
La música a todo volumen me sobresaltó. Me toqué la cara, estaba pegoteada, había cerveza derramada por media cama. Iba a pedir disculpas cuando, en ese momento, mi cerebro se percató de la canción que estaba sonando.
―¡Dime que no, dime que no! ―grité a Gael que estaba de pie junto a la cama, con la mano extendida, cantándome la canción:
So if by the time the bar closes, and you feel like falling down, I’ll carry you home…
Como un resorte, me arrodillé sobre la cama con las manos sobre mi pecho y:
―¡Toniiiiiiiiiiiight we are youuuuuuung, so let’s set the world on fiiiiiiiiiire, we can burn brigtheeeeer than the suuuuuuuuuuuun!
Y no pude repetir el estribillo por segunda vez, porque me había puesto a llorar como una tonta. Aquella canción, We are young de Fun, se había convertido en nuestro himno. Tras la ruptura con Rafa, Gael me la tatuó en mis oídos. Nos pasamos todo diciembre cantándola como locos. Pero es cierto que, desde antes de navidad, no la había vuelto a escuchar, porque las cosas nos iban tan bien, que parecía que no necesitábamos que nadie nos dijera cuánto podíamos brillar.
Gael se sentó en la cama y me abrazó, porque él lo sabe hacer mucho mejor que yo. La canción terminó pero yo seguía llorando. Lloré por mucho tiempo y Gael no dejó de abrazarme.
Cuando me tranquilicé, bajamos a la cocina. Serían casi las diez de la noche. Gael propuso llamar a un chino. Mientras esperábamos, mudamos la cama y vimos algo en la tele. Poco donde elegir un sábado noche, pero nos sirvió para recordarnos que había cambio de hora.
―Pero cari, atrasamos hora, ¿no?  Las tres son las dos.
―No, al revés ―contesté.
―¿Al revés? ¿A las dos son la una?
―No, a ver cuando son las tres, en realidad son las cuatro. No, a ver, calla que me has liado.
―¿Pero es cuando se alargan o se acortan los días?, o sea, yo me levanto ¿y es más de noche o más de día?
―Más de día. No, no, no, más de noche. Eso es. Es más de día por la noche.
―¿Más de día por la noche? Eso me suena rarísimo, cari. Uy, aquí hay dos que el lunes no llegan a trabajar.
Me partía de la risa y es que por más que se repitiera cada año el cambio de horario, seguíamos sin coscarnos de cómo iba el asunto. Pero por fin, el chino llegó. Cenamos. Criticamos a los hombres en general, y a Ramón en particular. Vimos una peli. Cotilleamos. Y al terminar con el segundo pack de cervezas, no se nos ocurrió mejor idea que un karaoke competitivo con Singstar.
Tuve que cruzar las piernas para no mearme encima, al ver a Gael concentradísimo intentando cantar la de Scatman Kip-Ba-Bop-Ba-dop-Bop. Pero el timbre nos cortó el rollo.
―Ostras, seguro que son mis vecinos, tía… es que cantas muy alto, joder… ―decía Gael en voz baja―. ¿Qué hora es…?
―Las cuatro ―contesté yo.
―Habla bajo…
―Las cuatro… ―repetí.
―¿Las cuatro, cuatro… o las cuatro de las tres…?
―No, las cuatro de las cinco, que va p’arriba…
Volvieron a tocar.
―¿Las cinco entonces…? Bufff, mis vecinos seguro… Abre, Elvi…
―¡¿Yo?!
―Habla bajo…
―¡¿Yo…?!
Y volvieron a tocar.
Y abrí la puerta.
Al otro lado, un treintañero con una maleta que preguntaba por Gael. Le señalé en dirección al salón. Gael asomaba la cabeza y al verlo entrar, se llevó las manos a la boca y gritó:
―¡La madre que te parió! ¿Qué hostias ha pasado?
―Adriana me ha dejado, tío, me ha dejado, pero de verdad… puta…
Gael lo abrazó, porque el tío de la maleta empezó a llorar como un niño. Después lo llevó hasta la cocina, y yo los seguí detrás arrastrando su maleta. Allí, Gael le pidió que se lo cantara todo, y el chico de la maleta habló por lo menos una hora. La cuestión debían ser cuernos por parte de él, cuando se fue a trabajar tres meses a Cork. Ella se enteró la semana pasada, porque la de Cork, que no sabía que estaba casado, llamó a su casa y Adriana cogió el teléfono. Destapado el pastel, la mujer se fue a casa de su madre hasta esa misma tarde, que volvió para pedirle al de la maleta que hiciera sus maletas (valga la redundancia), y se fuera. El de la maleta intentó convencerla, algo así, como hasta las tres, siendo en realidad las cuatro de la mañana, y al no poder, se pilló un taxi y nos tocó el timbre en medio del Scatman. Lo que pude llegar a saber de este chico, en una hora, sin ni siquiera saber, todavía, quién coño era.
―Cari, perdona ―dijo Gael viéndome apoyada en la puerta de la cocina escuchando la conversación con verdadera atención―, que no te he presentado. Es David, mi hermano.
Me acerqué hasta él y le di dos besos. Después, frotándole el brazo le dije:
―Dicen que llorar es bueno…

jueves, marzo 15

Alter Ego


―A mí este vino me hace cosquillitas en la naricita.
Eva García, compañera de sumiller y gilipollas. Gilipollas profesional. Elvira, eres dañinona y mala, me dirá mi madre después de leer estas líneas. Dañinona. Mira que es difícil pronunciar esta palabra y a mi madre no se le ha trabado ni una sola vez, la práctica, supongo. Pues sí, lo dicho, soy mala pero Eva sigue siendo gilipollas. Y es que no hay cosa que más me reviente que una mujer hablando con diminutivos. Son manipuladoras. Expertas de la semántica. Viudas negras que tejen sus telas de araña con un léxico, aparentemente, inofensivo. Imanes de la falsa empatía. Taradas mentales. Elvira, hija, pero si tú estás de atar, me dirá la cariñosa de mi madre. Sí, ama, pero yo de siempre me he tirado pedos, no peditos. Y he ahí la diferencia que marca mi cordura.
Cuando una mujer dice un diminutivo, la gilipollez se esparce como la mierda por toda la sala, convirtiendo a su vez a los hombres en gilipollas. Esto es empírico, no me lo he inventado yo. El sexo masculino asocia el diminutivo con feminidad, feminidad con fragilidad, fragilidad con necesidad de protección, protección con condones, condones con mejor a pelo, y mejor a pelo te la meto. Entonces a Eva, en este momento, la rodean cuatro hombres copulando.
―Pero un montón de cosquillitas en la naricita, ¿y a ti, Elvi?
A mí en el potorro, pero por supuesto no se lo voy a decir. La sonrío como buenamente puedo y miro a Alberto, compañero de mi izquierda, que si quiero ser breve, únicamente debería decir que me tiene loca perdida. Para mi sorpresa, él la está mirando raro, no como hombre de cromañón-yo-dar-aumentativo-a-tu-diminutivo, no. Más bien como, tía, ¿tú eres así o en tu infancia te han querido poco y mal? Alberto, sí, señor, mi Alberto. Un tío de pedos, no peditos. Me mira y arquea las cejas, pero no dice nada, educado pero no gilipollas. Él esquivó la mierda.
La clase se termina. Eva se levanta de su taburete, se recoge el pelo en un moño alto, y deja al descubierto un tatuaje que dice You have  to  smile . Dime tú, a qué tío, que la esté poniendo mirando a Cuenca y lea ese tatuaje, hay que recordarle que sonría. Me entra la risa y bebo un poco de agua para disimular.
―Te estás riendo y prefiero no saber de qué, porque tienes un peligro… ―me dice Alberto al oído. Se levanta, coge su chaqueta y se despide hasta el próximo miércoles.
Sigo en mi taburete y lo veo salir. En ese instante, es cuando me doy cuenta de que siete días no pasan tan rápido.
―¡Alberto! ―grito.
―¿Qué te pasa? ―pregunta asomando, de nuevo, la cabeza por la puerta de clase.
―¿Te hacen unas cañas?
Sonríe, aprieta los labios, se mete las manos en los bolsillos de su chaqueta y dice finalmente:
―Claro, vente.
¿Vente?, ¿qué ha querido decir con vente? No importa, ¡voy!
En la calle, me siento tensa. Camino junto a él, mirando al suelo y sin decir nada.
―¡Ey! ―exclama golpeándome el hombro. Lo miro, y veo que empieza a escribir algo en el aire, pero con extremada delicadeza, y me dice―: You have  to  smile..
Suelto una carcajada de las que hacen historia. Qué perro. Sabía que era de los míos. Dañinón.
Entramos en un bar, dos calles más abajo de la escuela de cata. Alberto alza la cabeza, como si estuviera buscando a alguien. Sonríe y levanta la mano.
―Allí está ―me dice.
―¿Quién? ―pregunto.
Llegamos al fondo del bar.
―A ver, que os presento. Amaya, Elvira, mi compañera del curso, la que te dije que está como una cabra. Y bueno, Elvira, ella es Amaya, mi chica.
―¿Cómo de tuya…?
Los dos se ríen.
―Te lo dije, está loca ―apuntilla Alberto.
Examino con la mirada a Amaya buscando ese defecto que me hará feliz. Pero nada, no lo encuentro. Es preciosa. Sencilla. Con sonrisa sincera. No tiene pinta de hablar con diminutivos. Y lleva una camiseta de la Rana Gustavo, amo a la Rana Gustavo. Tengo ganas de llorar.
―¿Me perdonáis un minuto? Ahora vuelvo… ―digo con la voz temblorosa.
―¿Estás bien? ―pregunta Alberto.
Asiento con la cabeza y me alejo un poco de ellos. Miro hacia arriba, pongo los brazos en cruz y grito:
―¡¡¿Por qué me haces esto?!!, ¿por qué?, ¡cobarde!, ¡contéstame!, ¡¡que me contestes, coño!!
A ver, tranquilízate un poco, ¿vale?
―¿Eres tú?
Sí, soy yo.
―¿La que ha organizado todo esto? ¿La que me pone la miel en los labios para luego lanzarme a las zarzas?
No diría tanto, pero sí.
―¿Cómo te llamas?
Elvira.
―¡Joder! ¿Qué me podía esperar de alguien que pone su mismo nombre a su protagonista? ¡Un poquito de imaginación, por el amor de Dios! No sé, Estela, Alba, Susana, Arantxa, ¡qué sé yo, Paula!
Bueno, pues te llamas Elvira, como yo y punto. Y ahora vuelve con tus amigos. Te tomas una caña, pones tu mejor cara, te despides, vuelves a casa, te preparas un café, te hundes en el sofá, miras el capítulo 126 de Anatomía de Grey, y lloras desconsoladamente viendo como el psicópata del hospital los mata a todos, y así, aunque Alberto no te quiera, te metes en la cama contenta por seguir estando viva.
―¿Cómo eres así? Tú si quieres, disfruta de tu mierda de vida, pero a mí déjame intentarlo. ¡No me gusta Anatomia de Grey! ¡Y si sigo tomando café, voy a necesitar un trasplante de colon! ¡Quiero intentarlo con ese tío!
No. Olvidémonos de Alberto. No lo veo. No me termina de gustar. Hay algo ahí que no encaja.
―¡Elvira, por favor, es perfecto! Es mono, inteligente, un genio en vinos, con sentido del humor y ¡tiene unas manos de infarto! Él es biólogo y yo filóloga, dos carreras sin futuro, y por eso el mundo del vino ha hecho que nos conozcamos y juntos formemos un gran equipo. Nos casaremos y tendremos hijos, el niño se llamará Tempranillo y la niña, Garnacha. ¿Qué es lo que no ves? ¿Qué coño no ves, joder?
Elvira, baja ese tono de voz. De verdad te lo pido. A mí no me hables así.
―Oh, oh, oh, cuidado… que la Señora toda Creadora del cielo y de la tierra se está enfadando. ¡Que te den por el culo! ¡Cobarde de mierda! No me vas a joder más. ¡No pienso tirarme a otro friki, fanático de Freddie Mercury! Me gusta Alberto porque es normal, normal, normal, y eso te acojona porque por tu vida no ha pasado ni un tío medio normal. ¡Inténtalo, coño!
Se acabó, me has tocado las narices. ¿No decías que habías tomado demasiado café?
―No, Elvira, retortijones, no. No me hagas esto, y no delante de Alberto, cabrona.
Haberlo pensado antes.
Me agacho, y me sujeto la tripa con las dos manos.
―¿Elvira, estás bien? Tienes mala cara ―me pregunta Alberto mientras me frota la espalda.
―Sí… voy al baño un momento… ―digo apretando el culo y sosteniendo la vergüenza sobre mis hombros.
¡Ja, ja, ja, ja! Mírate, qué mala pinta tienes. Pobre Alberto, ¿qué habrá pensado de ti? Además de loca, cagona.
Me siento en el váter, me arde el culo. Y lloro, lloro porque nada me puede ir peor.
Vamos, no te pongas así, ¡ey! Venga, no llores, que todavía no has visto Anatomía de Grey. Ey, Elvira… era sólo un pequeño escarmiento, yo no quería que…
―La vida no es un escarmiento, Elvira. ¿A qué viene castigarse de esta manera? Coge el puto teléfono, llama a Alberto y queda con él, y vive una vida real, joder… Ay, mi culo, quema…
Bien, levanto la vista del portátil y busco el móvil en mi escritorio. Lo encuentro debajo de un kleenex. Escojo entre mis contactos a Alberto Herrán.
―Elvira, no hay papel…
¡Calla, ahora no puedo! Suena el primer tono. Respiro profundamente. Segundo tono. Me muerdo los labios. Tercer tono. Seguro que está viendo mi nombre y no me quiero coger.
―Papel…
¡Cállate! Cuarto tono.
―Ey, Elvira, ¿qué pasa?
Alberto, sí soy yo. ¿Qué tal? ¿Cómo estás?
―¿Elvira?
¿Alberto?
―Elvira, te oigo muy mal.
¿Sí?, ah, espera, que igual es… ¿ahora?, ¿mejor?
―Sí, ahora perfecto.
―Perdona, es que no me había dado cuenta de que estaba en cursiva. No, bueno, te llamaba porque, bueno, había pensado que igual, si quieres, vamos, que un amigo mío acaba de estrenar una obra de teatro en Microteatros, “Pulpa, lechuza, culebra”, ya el título es total, ¿no?, y que, bueno, podríamos ir a verla el viernes, nos tomamos unas cañas allí mismo y la vemos.
―Buuf, no, el viernes no creo que pueda.
―Ah, genial, genial, no pasa nada, tranquilo, de verdad.
―¿Elvira?
―Sí, lo siento, se me fue la cursiva de nuevo. No, vamos, que decía que no pasa nada, que me imagino que habrás quedado con Amaya.
―¿Amaya? ¿Quién es Amaya? ¡Ja, ja, ja, ja! Estás loca, tía. Oye, pero ¿qué te parece si quedamos el sábado? ¿A las siete, allí mismo?
―¡Sí, muy bien! ―Y tapo el auricular para que no oiga el enorme suspiro que acabo de derramar.
―Pues, hasta el sábado.
―Hasta el sábado, Alberto…
Lo acabo de hacer, Elvira, lo acabo de hacer, he quedado con él, y es real.
―Me alegro de verdad, Elvira, pero, por favor, papelito para mi culito…
Venga, vale, ahí lo tienes, justo detrás, en el suelo, para que luego digas que no eres de las que no saben manipular con diminutivos.

domingo, marzo 4

Emparrado

 Luz y emparrado de Sofía Serra

A veces ocurre que convertimos a un día de la semana en nuestro preferido. Elvira lo había hecho con el miércoles.
Sonó el despertador a las 9.30, Elvira estiró el brazo y alcanzó el móvil. 9.31, resopló y se colocó boca arriba. Lo normal era que la gente tuviera techo sobre la cama, los más atrevidos ponían un espejo, pero Elvira, en su buhardilla, tenía una enorme claraboya, por la que veía el cielo y, así, mirándolo, dudaba muchas veces de que realmente estuviera despierta.
Hacía buen tiempo. Elvira odiaba el sol, pero aquel día no le importó, porque era miércoles, su móvil se lo confirmó. Abrió la aplicación de Twitter, la acidez de los tuits de @08181 la entonaban tanto o más que el café. Y efectivamente, se rió al leerlos, pero qué jarto está el tío, pensó. Se puso el móvil en la frente, estiró los brazos sobre la cama, cerró los ojos y…
―¡Mieeeeeércolesss!
Lo dicho, entusiasmada con el día.
Se levantó, preparó café, se lo sirvió en un vaso, encendió su portátil y los altavoces, y buscó la versión que Walk off the Earth había hecho de Man Down, y ahí estaba, en bragas y camiseta, bailando al ritmo del Rum pum pum pum, Rum pum pum, Rum pum pum Man Down…
Ducha rápida, segundo café, bolso en el hombro, llaves en la mano y carrera para no perder el metro. Lo perdió, pero no importó, porque era miércoles.
―No ha habido suerte, ¿eh? ―le dijo un hombre desde el andén de enfrente, que veía como Elvira, recobrando el aliento, se reía.
―¡Casi, pero no! ―contestó ella. Pero qué simpática era la gente y qué maravilloso el mundo entero.
En el metro, la pisaron cuatro veces, y las cuatro dijo que no importaba con una vertiginosa sonrisa. En la universidad invitó a sus compañeros a café, y dijo a las chicas lo guapas que las veía hoy. En clase repitió tres veces lo contenta que estaba con la marcha del curso, piropeando el entusiasmo de cada uno de sus alumnos.
―Sois maravillosos… ―les dijo desde lo alto de la tarima, antes de que la clase se terminara. Ellos la miraron atónitos.
Recogió sus cosas y salió pitando del aula.
―¡Elvira! ―gritó Kiko, uno de sus compañeros de trabajo, desde el final del pasillo―. ¡Espérame, que te llevo en coche y nos tomamos unas cañas!
―¡No!, ¡cojo el bus, que hoy tengo curso de Sumiller!
―¡Pero si hoy es martes!
―¡Es miércoles, loco!, ¡es mieeeeeércolesss! ―Y empezó a imitar a una ola de mar con los brazos en alto.
―¡Vale, vale! Joder… está como una puta regadera…
En el autobús, Elvira sonrió al conductor cuando subió, y a las dos mujeres sentadas atrás, cuando bajó.
Entró en el bar de al lado de la escuela de cata y pidió una pulguita de jamón y un café. Cuando terminó, pagó y, todavía sentada en la barra del bar, sacó un tarrito de cristal del bolso. Lo miró mordisqueándose los labios. Era colonia de vainilla. En el curso de sumiller estaba terminantemente prohibido usar colonia, ducharse ese día con jabones olorosos, y las chicas no podían ir maquilladas. Pensó que por un poco nadie se iba a dar cuenta. Así que destapó el tarrito de cristal y se echó un par de gotas en el cuello y otro par en las muñecas. Luego inspiró y se dio cuenta de que se había pasado. Sacó un kleenex, lo untó en saliva y se lo restregó por el cuello. El camarero la miraba con asco. También se olió las muñecas, joder, joder, joder, decía, y empezó a agitarlas al aire, joder, joder, joder, seguía diciendo, que me he pasa’o, que me he pasa’o... Salió del bar, y el camarero respiró tranquilo.
Entró en la escuela apretando el culo, como si aquello pudiera camuflar el olor.
El aula parecía un laboratorio. Techo, suelo y paredes pintados en blanco. Había siete mesas altas, de unos 15 metros de largo cada una de ellas. También blancas, al igual que los taburetes. Dos pizarras y un proyector. Sobre las mesas, un vaso de agua, una copa  negra y cinco de cristal transparente, para cada estudiante. 
Elvira se sentó en su sitio de siempre, y bebió un poco de agua. En diez minutos empezó la clase. A su derecha Nuria, y a su izquierda el taburete estaba vacío. Elvira se pellizcó los labios y miró a la puerta.
―Bueno, chicos ―empezó diciendo Antonio, profesor de química del curso―, estábamos viendo la crianza en madera, ¿verdad? Bueno, pues veamos la caracterización química de la madera. Tenemos los polifenoles de bajo peso molecular, es decir, ácidos como el gálico, siríngico… ―Elvira miró de nuevo a la puerta―, también nos encontramos con los aldehídos…
La puerta se abrió, Elvira giró la cabeza y, al verlo entrar, sonrió.
―Menudo tráfico, tía…
Alberto Herrán, su taburete de la izquierda.
La clase continuó dos horas más de dura teoría sobre taninos, elagitaninos, lípidos, ácidos fenólicos y un sinfín de nombres a los que Elvira no conseguía ponerles cara. Pero al fin, llegó la explicación de las diferencias organolépticas entre los robles, y con ella la cata de vinos, que aquel día iba a consistir en diferenciar vinos de roble americano y europeo.
Se sirvió el primer vino a los casi veinte estudiantes. Y después de que Antonio pidiera silencio absoluto, dio permiso para que empezaran con la cata.
Alberto se inclinó sobre Elvira y, rozándole la oreja con su nariz, le susurró:
―¿Por qué será que sólo puedo oler a vainilla…?
―No sé… ―contestó ella con la vista al frente.
Alberto se inclinó un poco más y con lentitud aspiró el cuello de Elvira. A ella se le encogió el estómago y se le erizó el vello de los brazos.
―Eres tú… te has puesto colonia... ―dijo sin despegarse ni un milímetro de ella, por lo que Elvira no pudo evitar soltar un gemidito.
―¿Pero qué pasa ahí, chicos? ―preguntó Antonio frente a la clase.
Elvira gesticuló con la mano que nada, era incapaz de hablar. Tragó saliva y miró a Alberto que, erguido en su taburete, agitaba su copa como si tal cosa. Ella intentó concentrarse en la suya, la alzó para verla a trasluz y, cuando iba a anotar la descripción del color en su cuaderno, sintió que Alberto estaba de nuevo junto a ella.
―No saco aromas… Tu vainillita lo tapa todo…
Elvira sonrió con sorna y se llevó la copa a la nariz. Aspiró al mismo tiempo que lo hacía Alberto. Estaban tan juntos que sus cabezas se rozaban. Después se miraron.
―¿Cedro…? ―dijo ella.
―¿Eso es un lunar o una peca…? ―dijo él.
―¿Qué…?
―Aquí… ―y con el índice le rozó la sien.
―No…  no sé… no sé… ―agachó la vista a su copa y aspiró de nuevo―. Ahumados también noto…
―Es un lunar… ―y se lo acarició de nuevo.
―Será roble europeo... francés...
―Y... y aquí tienes otro...
Elvira no podía tener el estómago más metido hacia dentro, le costaba hasta respirar.
―A ver corrijamos ―planteó Antonio―. Empezamos directamente con aromas. Elvira, ¿intensidad?
―Mucha, mucha… está lleno de intensidad, hay… hay intensidad por todas partes…
La clase rió.
―Silencio ―pidió el profesor― Elvira, por favor, a estas alturas, el examen debe ser riguroso.
Elvira se disculpó, mientras se frotaba la frente con la mano, sin levantar la vista de su cuaderno.
En la segunda, tercera, cuarta y quinta cata hubo más susurros, roces, miradas y lunares descubiertos.
Después de casi cinco horas, la clase terminó. Alberto se levantó y, colocando su mano sobre la cintura de Elvira, se despidió con un cariñoso hasta el miércoles.
―Hasta el miércoles… ―contestó ella.
Ya en la cama, boca arriba, contempló el escaparate de la noche y sonrió, porque sabía que siete días pasaban volando.