jueves, agosto 23

Aprendizaje y condicionamiento




Tenía 18 años y estaba en primer año de la universidad. Estudiaba psicología. Había suspendido todas las asignaturas del primer cuatrimestre, así que estando en el segundo tenía bastante claro que aquello no era lo mío, aun así decidí terminar el curso, simplemente, por curiosidad. Un día, en la asignatura de Aprendizaje y Condicionamiento II, a un grupo reducido de 10 estudiantes nos llevaron al laboratorio y nos asignaron, a cada uno de nosotros, una pequeña jaula, con un comedero en lo alto del que salía un embudo, y una bombillita roja en uno de los costados con un pequeño botón a su lado a modo de interruptor. Dentro de la jaula había una ratita blanca de ojos rojos. Instintivamente metí el dedo entre los barrotes para acariciarla.
―Las ratas no se tocan ―dijo la profesora. Así que me apresuré a sacar el dedo y miré al techo para disimular―. Tenéis delante de vosotros la caja de Skinner ―dijo a continuación―. Debéis conseguir que la rata presione el interruptor junto a la bombilla. Recordad la manipulación de su conducta por medio del estímulo reforzante, en este caso el alimento.
Levanté la mano porque algo no me encajaba y pregunté:
―¿Qué pasa si no quiere comer?
―Querrá, créeme, lleva dos días en huelga de hambre.
La clase se rió y, sin darle mayor importancia, se volcó en sus cajas. A mí, en cambio, se me retorció el estómago. Observé a mi pobre rata, muerta de hambre, chuparse las manitas, luego frotarse el hocico y correr de un lado a otro de la jaula desquiciada perdida. Así que decidí darle de comer sin ningún tipo de criterio. “Come, bonita, come”, le decía.  Tres días más tarde la profesora se paseaba por cada una de las cajas para ver el resultado. Al llegar a la mía, vio cómo una bola enorme de pelo blanco tenía la boca encajada al embudo del comedero diciendo “dame más, dame más, oh, yeah”.
―Eres Elvira Rebollo, ¿verdad?
―Sí.
―Suspendida.
―Gracias.
Bien, suspendida, pero la manipulación de un ser vivo con carencias básicas, me parecía algo aberrante.

Trece años después, conocí a un hombre que me convirtió en ese ser vivo manipulado aberrantemente. Tenía el don de marcar con sutileza cada uno de mis defectos. Así, poco a poco, como el envenenamiento con raticida. Cuando acabó con mi autoestima, me metió en una caja y decidió atenderme y darme todo ese cariño que, según él, nadie había conseguido darme. Era uno de esos hombres tan atentos que me tenía el comedero a rebosar, porque él disponía del hambre que yo debía tener. Qué bueno era, y cuánto me quería. Pero un día no presioné el interruptor y la luz no se encendió. Supongo que si la rata se hubiera revelado dentro de la jaula, Skinner no se lo habría pensado dos veces y hubiera contraatacado activando el suelo electrificado. Porque el objetivo es condicionar, manipular, bien sea con refuerzo positivo o negativo. Y aquel hombre también electrificó mi caja, hasta hacer la convivencia insostenible. Me marcho, le dije, y recogí mi autoestima rota en pedazos y esparcida por toda la caja. Con paciencia la he ido cosiendo hasta convertirla en un original patchwork, como los que hace mi prima.
Ahora estoy enamorada de un chico que viste camisetas negras y que, al poco de conocerme, retiró el comedero y me preguntó directamente:
 ―Nena, ¿tienes hambre?
―No ―respondí, levantando la cabeza del portátil.
Y entonces él dejó que siguiera disfrutando de mi libertad sin ningún tipo de condicionamiento.