domingo, junio 30

Locura parental

  Castigo divino de Javier Avi

Cuando crees que las cosas no pueden ir a peor, recibes esa llamada telefónica de tu madre:
Que vamos.
Que venís, ¿a dónde? —pregunto.
A Madrid, a verte.
Y es entonces, cuando se te empieza a nublar la vista y crees que un tumor cerebral está a punto de acabar con tu vida de forma inminente, pero no, no tienes esa suerte. Dos días más tarde te ves en la estación de tren esperando la llegada de tus padres con un cartel en la frente que dice: lo intenté pero sigo viva.
Dejamos las cosas en el hotel de al lado de mi casa. Mientras mi madre mea por quinta vez, mi padre me pregunta si ya he encontrado un trabajo serio. Salimos y nos sentamos en una terracita no muy lejos de allí.
Para mí una caña doble, por favor —pido al camarero.
Mi padre quiere un crianza, un Rioja, y mi madre un zumito de piña.
No hay, señora.
Ay, madre, que no hay, Elvira, que no hay. Si es que lo cuentas y no lo creen, no hay nada que me salga bien, oye...
Bueno, mamá, no pasa nada, ¿eh? ¿Tienen de melocotón?
Sí, de melocotón sí.
Mamá, ¿de melocotón entonces?
Pues qué le vamos a hacer, si no hay de piña pues será de melocotón. He aprendido en esta vida a resignarme, hija, otra cosa no, pero vivir con lo que me ha tocado es mi sino, nadie como yo para...
De melocotón, por favor —digo al camarero que se va agitando los hombros.
Tu hermano está bien —dice mi padre.
Lo sé, hablé ayer con él.
Su mujer también está bien.
Lo sé, que te digo que hablé ayer con Gerardo.
Y ¿tú estás bien?
¡Cuantos árboles tiene Madrid! —dice mi madre desde el país de Nunca Jamás.
Sí, papá, yo estoy bien.
Si necesitas algo, no tienes más que pedirlo —dice—, porque los dos sois iguales para nosotros, nunca hemos hecho ninguna diferencia. Nunca. Siempre os hemos tratado por igual. Tu hermano es inteligente, serio, responsable y su opción fue casarse con Anke, una mujer muy válida, e irse a vivir a Alemania llevando una vida impecable y tú, tú Elvira, eres nuestra hija igualmente, nadie es menos. Nadie. Vives aquí y tienes tus cositas. Y no por eso debes sentirte inferior, porque no lo eres, por lo menos no a nuestros ojos. Sois nuestros hijos, los dos, sois nuestros hijos. Pedid y se os dará.
Amén.
... 21, 22, 23, 24, 25... —Mi madre contando las hojas de los árboles.
Llegan las bebidas y mi padre cree que es buen momento para comer, así que le pide al camarero que espere y nos pregunta qué queremos. Miro la carta plastificada que hay sobre la mesa y pido ensalada César y unas alitas de pollo picantes.
Para mí, a ver —dice mi madre pensativa—. Mire, verá acabo de venir de Bilbao, ¿sabe?, entonces ando revueltilla, porque el tren es cómodo pero son muchas horas, hasta que no hagan el AVE, que sinceramente no entiendo cómo no lo han hecho, vamos para atrás, en vez de avanzar, es una cosa...
Mamá, que qué quieres.
Pues eso estoy diciendo, hija, que te entran las prisas y te pones muy digna y ni me dejas hablar, como tu padre, de verdad, que no me dejáis respirar, ¡ni respirar! Sois tal para cual, machacándome todo el día, y dale, dale, todo el día...
Mientras lo piensa la señora, a mí me va a traer el carpaccio de buey.
Muy bien, caballero.
... todo el día, y eso que tengo paciencia, pero cojo y me largo si quiero, pero no quiero porque a ver qué haríais sin mí. En fin, ni me molesto, porque sois dos egoistas que poco os importo y yo ya no estoy para perder el tiempo. Así que si es tan amable, me va a hacer una tortillita con espárragos, por favor, para que se me asiente el estómago.
Señora, solamente servimos lo que hay en la carta.
Lo que yo te diga, vamos, que hoy no es mi día, ¿no?
No sé cómo lo hago, pero la intento convencer y, finalmente, se pide un tartar de salmón.
Cojo aire y espero a que el mundo se acabe en ese momento, pero continúa, dando vueltas y vueltas y más vueltas.
Me llamaréis loca, pero en Bilbao no hay plaza con tanto árbol.
Loca —digo. Mi madre se ríe y me cuenta que la semana pasada vio en Indautxu a mi amiga Virginia embarazada.
Sí, del segundo —le confirmo.
¡Pero si es una niña!
¡Mamá, tiene 35 años!
Ay, ella, que tiene amiguitas mayores, mayores, mayores de verdad, casadas y con hijos.
¡Mamá, tengo 35 años!
No aparentas más de 13, ¿qué quieres que te diga?, mírate.
Pero es ya toda una mujercita —añade mi padre—. Una mujer adulta, ¿verdad?, que ha decidido vivir como una niña, y ojo, es muy lícito. Hay opciones en esta vida y ella ha decidido vivir así, su hermano tomó otro camino, ¿mejor o peor?, nadie es mejor o peor. Los dos sois nuestros hijos y os queremos por igual.
Pego un enorme trago a mi cerveza. Mi madre me coge de la mano y:
Ay, pitititititititi, ¿pititipotó?, no, no, no, ¡pitititititititi! ¿Pititipotó?
¿Pero qué dices, mamá?
Tienes que decir: ¡no, no, no, pitititititititi!
Empiezo a no poder respirar. Más que seguro, ahora sí, es un cáncer de pulmón fulminante, me muero, ya no estoy aquí...
Pues aquí está lo que han pedido, señores.
Pues no, no era cáncer.
Comemos. Sigue habiendo muchos árboles en Madrid, y mi padre sigue teniendo dos hijos iguales, los dos. Regresa el camarero y pregunta si queremos postre.
¿Postre? —vuelve a preguntar mi padre como si no lo hubiéramos oído.
Yo quiero un yogur natural, por favor.
Señora, solamente servimos lo que hay en la carta.
De verdad, que no es cosa mía, ¿no? Nunca, pero nunca de los jamases, en esta vida, he tenido lo que he querido, ¡nunca!, ni cuando...
Mientras lo piensa la señora, a mí me va a traer helado de pistacho.
Muy bien, caballero.
...o que me digas que mis padres me dieron lo que que quise, pero ¿de qué?, ¿de qué?, ¿eh? Si hubiera nacido ahora, las cosas serían muy diferentes, toda la mierda me tocó de golpe y es cuando...
Y tú, hija, ¿ya sabes qué quieres? Pide lo que quieras, con absoluta libertad. Nadie aquí es menos. ¿Ya lo sabes?
Sí —respondo sin titubear. Miro al camarero—. Un revólver, por favor.
¿Con tres balas, señorita?
No, con una es más que suficiente, gracias.

sábado, junio 8

Celebrating

Celebraciones de Javier Avi

Es más que sabido por todos los que me conocen que detesto las celebraciones. Todas. Sin excepción. El top 5 sería el siguiente:

      5. Cumpleaños.
      4. Inauguración de casas.
      3. Navidad.
      2. Bodas.
      Y en la cima, en el nº1, la celebración más detestable es...:
      1. Las despedidas de soltera.

Seamos sinceros, no hay necesidad. No la hay. Reconozco que se establecen una serie de tradiciones sociales pero que quizá, con el paso del tiempo, habría que revisar. Porque repito, no hay necesidad, ¿una despedida de soltera?, ¿para qué?, demasiado tiene la novia con casarse, ¿no?
Lo cierto es que siempre he sido felizmente huraña con este concepto. Nunca había conocido nada más atroz que una despedida de soltera hasta que...:
Era jueves y, aunque eran las cinco de la tarde, me preparaba algo de comer porque acababa de llegar de la universidad. Cuando estaba dispuesta a hincarle el diente a la pechuga de pollo, el portero automático sonó. Era Gael. Estaba borracho.
Mi cari, mi cari... Que te echo de menos, que te enamoras y me abandonas, mi cari..., que ya no te veo, que no me haces caso, ay, mi cari...
Había tenido comida con los del trabajo y se estaban tomando una copa debajo de mi casa. Me pedía que me uniera a ellos. En realidad no conocía a nadie y me daba bastante pereza, pero también es verdad que desde que había empezado a salir con Joan no quedaba tanto con Gael y lo extrañaba mucho. Le pedí media hora para comer. Un poco antes de las seis bajé y los encontré en una de las terracitas de la plaza. Gael, al verme, se levantó y me estrujó hasta hacerme crujir la columna. Me presentó a todos con una sonrisa descomunal. Serían unos quince. Muy diseñadores de interiores sin serlo. Pro Malasaña reeducada. Tansgresores pasados por agua. Vamos, muy hipsters. Me senté junto a Gael y éste se me amarró al brazo y lo acariciaba como si fuera un perro, ay, mi cari...
Habían pasado casi dos horas. Me había tomado unas 4 cervezas y me estaba riendo como hacía tiempo. Sobre las ocho, se empezaron a reorganizar, parece que la fiesta iba a continuar pero no allí. No me enteraba de mucho porque tenía a Gael baboseándome la oreja.
¡Pues que se venga Elvira también! —exclamó una de las chicas, que creo que se llamaba Eli o Leti.
Genial —dije—. ¿A dónde?
Al Náufrago, no está lejos de aquí. Es un karaoke, ¿sabes? Bueno, se puede cantar o hacer lo que quieras. Supongo que mi marido ya habrá llegado. Es que hemos alquilado la parte de atrás para estar más cómodos y a nuestro aire. Celebramos nuestro primer aniversario.
¿Que celebráis qué? —Mi cara era un poema.
Ha sido un año increíble, Elvira. A ver, sí, lleno de dificultades, pero por eso mismo queríamos celebrarlo con todo el mundo que nos quiere. Alex y yo nos casamos hace un año, y hoy seguimos juntos y ¡eso ya es mucho! ¡Y qué menos que celebrarlo con todos nuestros amigos!
Pero ¿qué clase de carencia afectiva tenía esa chica? O ¿qué tipo de complejo protagonista le estaba carcomiendo por dentro? Sinceramente, ¿a quién coño le importan los aniversarios de boda de sus amigos? Si habéis llegado al año, compraos una pizza e id a casa a follar como monos, pero ¡dejadnos en paz!
Y mentalemnte taché del nº1 Las despedidas de soltera y coloqué: Aniversarios de bodas de amigos. Así que todas las celebraciones bajaron un puesto, cayéndose de la lista Los cumpleaños, lo que no quería decir que dejara de detestarlos.
Me terminé la caña absolutamente indignada, pero qué manía con confundir mi felicidad es tu felicidad, ¿a quién se le ocurrió semejante engaño empático? Tu felicidad es tuya y no me la pases, ¡no la quiero, gracias! Y digo yo, ¿tanto se aburría esta mujer con su marido que quería compartirlo con una veintena de amigos?, ¿tan lamentable era su situación?, ¿tan poco la habían querido en su infancia? Y no, decididamente no iba a ir al Náufrago, estaba claro. La gente debía empezar a querer individualmente. Si te casas, lo haces con tu pareja, no con doscientos invitados. Si te compras una casa, lo haces con el banco, no con una docena de amigos. Y si es navidad, ¡te metes en la cama hasta que nazca un nuevo mesias! ¡Y no, no iba a ir al karaoke ése!, claro que no, qué manía con celebrarlo todo, ¡qué manía!
Tres horas más tarde estaba subida a hombros del tal Alex, en el Náufrago, sujetando con ansia viva el micrófono mientras berreaba Cien gaviotas de Duncan Dhu, y gritaba lo mucho que quería a Eli o Leti.
Pues eso, que detesto profundamente las celebraciones.