viernes, septiembre 27

Rodando un mundo

 Piratas de barrio de Javier Avi

Nena, no. Gael es amigo tuyo, así que vas tú, te diviertes y luego me lo cuentas.
Por favor, por favor, por favor...
Era un jueves. Acabábamos de comer. Mientras Joan fregaba yo, abrazada a su espalda, le suplicaba una y otra vez que se viniera a cenar esa noche a casa de Gael. El conflicto que había surgido últimamente entre mi buen amigo Gael y yo se llamaba Raúl, su novio. Hasta ahora había tenido bastante suerte. La gran mayoría de mis amigas son de Bilbao, y allí no hay problema porque los hombres van por un lado y las mujeres por otro. Cuando hay cena de la cuadrilla, la mesa se divide en dos, en un extremo los chicos y en otro las chicas, las amigas, las de siempre. Este apartheid sexista me ha permitido relacionarme con ellos de manera muy cordial, dado el mínimo nivel de interacción. Todos contentos.
Pero en Madrid las cosas son muy diferentes. Lo normal es que las parejas se sienten juntas y compitan por el título de a ver quién se quiere más. Si a eso le añadimos que la pareja de tu amigo te cae como el culo, tenemos el resultado de una velada insufrible.
Te lo suplico, Joan, por favor, por favor...
Para seguir entendiendo esta situación, debería explicar que la socialización a Joan y a mí nos da un pelín de alergia. Ambos disfrutamos de un mundo interior bastante cómodo y, desde hace casi dos años, mucho más diáfano, puesto que decidimos tirar el tabique que los separaba y formamos un único mundo tranquilo y autosuficiente.
Por favor, no aguanto a Raúl, es un escritor pedante, solo habla de su libro, de él, yo, yo, yo... Porfi, porfi... ¡Friego el resto de la semana! ¡Del mes!, ¿del año...?
Joan cerró el grifo, se dio media vuelta y apoyó los brazos sobre mis hombros, dejando que las manos gotearan a un palmo de mi espalda.
Bueno, lo del año entero era broma, ¿eh? —dije arrepentida temiéndome lo peor.
Cinco polvos.
¿Qué?
Cinco polvos esta noche.
¡Venga ya! ¿Cómo puedes traficar con algo como eso? ¡Es denigrante! ¡Eres lo peor!
Seis polvos.
¡Dos!
Cuatro.
¡Tres y se acabó!
¡Yeah! ¡Gracias, Raúl!

A las 10 de la noche, después de tomarnos unas cañas por Malasaña, estábamos los cuatro sentados en la enorme mesa de comedor que Gael tenía en su impresionante salón de su espectacular dúplex del centro de Madrid. Porque la homosexualidad no es una orientación sexual, es una secta de ricos y triunfadores, hablemos con propiedad.
Ay, Joan, cómo me alegro de que hayas venido. Tengo que decirte que tenía mis dudas, esta tarde se lo decía a Raúl, ay, nene, que este hombre se nos queda en casa dibujando y a ver qué hacemos con tanto muslito de pavo. Pero qué bien que Elvi te haya convencido.
Sí, bueno, todo tiene un precio —Y se tapó la sonrisilla con la servilleta mientras me miraba. Cabrón.
¿Y exactamente qué dibujas? —preguntó Raúl.
Pues me han salido un par de curros pintando murales en bares. A un colega le acabo de terminar la fachada, ha quedado guapa. Y al otro ando con los bocetos, el lunes se los paso y si le mola, la próxima semana me vuelvo a Barcelona un par de semanas. De aquí a allí, donde vayan saliendo cosillas.
¡Un Banksy en potencia! —exclamó Gael dando palmaditas—. ¡Por el arte hoy y siempre! —Y todos levantamos nuestras copas imitándolo.
Y por mi libro —añadió Raúl.
Claro, cómo no, su libro.
No seas modesto, nene, por tu nuevo libro —aclaró Gael.
¿Otro, ya? —pregunté bebiéndome la copa de trago.
Ha sido un verano horrible, lo tengo que decir. He vomitado todo lo que tenía. Del vacío a la nausea perpetua. Brutal. Escritura automática.
Orgánica —dije sirviéndome más vino.
Sí, exacto —afirmó sin darse cuenta de mi ironía—. Han sido tres meses muy duros, muy difíciles. Escribir es un proceso doloroso. La aniquilación de tu propio yo. Dejas de existir para convertirte en las voces de un nuevo monstruo creativo. Sinceramente, lo he pasado mal, pero creo que Gael mucho peor. El que está a tu lado es el que verdaderamente sufre la alienación a la que eres sometido. Bueno, ¿qué te voy a contar a ti Joan si vives con Elvira?
Joan alzó los hombros y dijo:
Pues ni idea. Elvi escribe viendo la tele.

Nos despidieron desde el quicio de la puerta. Se besaron, nos repitieron que deberíamos repetirlo, se volvieron a besar, nos lo volvieron a repetir, se volvieron a besar y el ascensor llegó.
Gracias por los muslitos de pavo —dije alzando la bolsa con el túper dentro. No me escucharon, se estaban besando.
De regreso a casa confesé a Joan que la noche no había sido tan terrible como me la había imaginado, que me gustaba ver a Gael tan contento, que no soportaba a Raúl pero me había reído mucho a su costa.
Así que, como nos lo hemos pasado muy bien, se suspende el precio a pagar.
Joan soltó una carcajada.
No, nena, me debes tres polvos.
Vale, te pagaré, pero con un helado. Tarrina mediana de Mascarpone con dulce de leche.
Tarrina grande de Mascarpone y dos polvos —negoció.
Tarrina grande de Mascarpone y un polvo.
Tarrina grande de dos sabores: Mascarpone y Apple Pie, y polvo y medio.
¿Polvo y medio? ¿Y qué es ese medio?
Dímelo tú, monstruo creativo...
Ganamos. No sé si el título de a ver quién se quiere más, pero, en nuestro único mundo tranquilo y autosuficiente, sexo con helado es un triunfo se mire por dónde se mire.

viernes, septiembre 13

Vigilia

  Creepy de Javier Avi

Me di la vuelta en la cama, y me apreté contra la espalda de Joan.
Otra vez está aquí —susurré sin despegar los labios de su cuello.
No está. Estás dormida —contestó.
No lo estoy, estamos hablando.
No lo estamos, estamos dormidos. Duerme.
Mi psicólogo me abrió la puerta de la consulta con su semblante templado. Me preguntó por la semana, le dije que bien, al igual que él lo hizo cuando le pregunté por la suya.
¿Una mujer? —preguntó, casi veinte minutos después de que hubiera empezado a relatarlo.
Sí —respondí—. Joan dice que duermo.
¿Y tú crees que estás dormida?
No lo sé.
La ves. La ves claramente junto a tu cama.
Sí.
¿Habla contigo?
No.
¿Qué hace exactamente?
Me mira. Me mira directamente, sin moverse, sólo me mira.
¿Qué haces tú?
La miro también. Paralizada. Muerta de miedo.
Pánico... —dijo. Respiró profundamente y apoyó las manos entrelazadas debajo de su barbilla—. El sueño es complejo. Hay algo denominado parálisis del sueño que puede producir...
Lo sé. Lo he leído. Alucinaciones entre la vigilia y el sueño.
Asintió y con calma extendió las manos sobre el reposabrazos de sus sillón.
¿Crees que a esa mujer la hayas podido ver sentada en el metro? —No respondí, él tardó unos minutos en hacerme la segunda pregunta—. ¿Es posible que la hayas visto sentada en un banco de una plaza, un parque o quizá sentada en una cafetería? ¿Crees que es posible?
Sentada... —dije agachando la cabeza, luego la levanté y respondí—: Es posible.
Esa noche no era especialmente calurosa. Atraje hacia mí la sábana y me tapé. Abrí los ojos y la vi. Junto a la cama. Una cama sin somier, al ras del suelo. Y la mujer estaba allí, como siempre, mirándome, arrodillada frente a mí.

lunes, septiembre 2

Noche de café y poemas

Los parasoles de Afrodita de Sofía Serra Giráldez

Y subo las escaleras del portal de dos en dos. Como una niña entusiasmada. Porque hoy ha sido mi primer día de trabajo después de volver de vacaciones. ¿Depresión postvacacional? ¿Qué es eso? Adoro mi profesión y todo lo que ahora mismo la rodea. La universidad todavía estaba semidesierta. La clase llena de caras nuevas con gesto un tanto perdido. La máquina de café en erogación. Y yo con mis compañeros, sin fundamento, riéndonos con los chistes cortos del repertorio de Kiko.
¡Otro! Dice: Cariño, te quiero. Y le contesta: Mira, a mí no me cuentes tus problemas.
Y me vuelvo a reír llegando al segundo piso.
¡Elvira!
Ay, Guillermina, que me meo.
¿Pero qué te ha dado, mujer?
Cojo aire y le doy un beso a mi vecina que acaba de abrir la puerta.
Anda, pasa. Que esta mañana al bajar a por el correo había un sobre enorme con tu nombre sobre los buzones, y te lo he cogido porque no me fío. Que sí, que aquí nos conocemos todos pero nunca se sabe, hija, nunca se sabe. Pasa, que te lo doy.
Entro hasta la cocina y dejo la bolsa con los libros sobre la mesa.
¿Café? —me pregunta.
Sí, ya lo preparo yo, no se preocupe.
Pues te voy a buscar el sobre que seguro que es algo importante y no quiero que te falte, hija.
Regresa Guillermina y me ofrece un sobre amarillo tamaño folio, acolchado. Lo miro sorprendida, coloco la cafetera en el fuego y me seco las manos con un trapo.
¿Qué es esto? —me pregunto tomándolo con ambas manos.
Venga, ábrelo, ábrelo.
Lo abro por uno de los extremos y miro en su interior. Meto la mano y saco un libro.
Los parasoles de Afrodita. Sofía Serra Giráldez —leo emocionada. Me lo llevo a la nariz y lo olisqueo—. Huele a nuevo, a nuevo y a tesón.
Me apoyo en la mesa y leo la dedicatoria. Levanto la cabeza y sonrío a Guillermina que me mira ofreciéndome, en silencio, una servilleta de papel para sonarme los mocos.
Que me emociono, Guillermina...
Claro, mujer, ¿qué sería de esta vida sin las emociones? Anda, siéntate que te pongo el café.
Me siento. Aparto mi bolsa con los libros y me apoyo en la mesa. Llega Guillermina y coloca frente a mí una taza de café.
Es un poemario de una amiga —le digo.
Se sienta a mi lado con otra taza de café y me pide que lea algo, que siempre le gustaron los poemas.
Vale —digo abriendo el libro al azar, porque sé que no es necesario buscar para encontrar ese poema, ese, el que hoy necesito, porque Sofía tiene ese don para transcribir tu requisito, tu pensamiento, en cada uno de ellos—. Las telarañas neuronales hacen más por el olvido / que cualquier viento huracanado. / La aspiradora de mis sienes / absorben el polvo: más agua y luz, / brota el verde. / Paz del suelo por el que camino / quebrando el aire / ando quebrando / como ente relativo / entre las formas y las alquimias (…)
Le leo cuatro poemas que escucha mi vecina sorbito a sorbito. Cierro el libro y bebo el café. La miro y nos sonreímos.
Me marcho —digo poniéndome en pie.
¿Y adónde vas?
A tomarme un café.
¿Otro?
Me he quedado con ganas de más.
Guillermina me acerca la bolsa de los libros. Juntas llegamos a la puerta.
Y esta noche saldrás con tus amigos, ¿verdad?
No, hoy no. Mi amigo Gael se escapa de fin de semana romántico. Se nos ha enamorado, nadie es perfecto.
Nos reímos.
Pues podrías venirte un ratito a leerme más de esos poemas. Y te prometo que te hago café, ¡un perolo entero de café!
Mmm..., qué bien suena: noche de café y poemas.