domingo, julio 27

¿Normalidad teatral?



Creatividad cotidiana de Javier Avi

        La muerte de mi madre me ha llevado a entender, de manera clara, el tipo de vida que quiero llevar: normal. Sí, mi único objetivo es tener una vida normal. No estoy diciendo tranquila, no, quiero decir normal. Vamos, que cabría tener altibajos, pero que esos altibajos estuviesen en el baremo de acontecimientos potencialmente normales.
       —Yo así no puedo trabajar —dijo Pringao.
     Pringao es un tío de treintaypocos, moreno, bajito, con estudios en dirección e interpretación teatral y con un par de montajes a sus espaldas. Lo que no impide que se considere a sí mismo una perfecta mezcla entre Kubrick, Aronofsky, Scorsese, Ridley Scott, Tarantino y Lynch.
        —¿No?, ¿poca luz?, ¿enciendo la de arriba? —pregunté.
        —No, el texto lo leo perfectamente, lo que sucede es que es un poco molesto que, a cada rato, estés interrumpiendo, repito, así no puedo trabajar. Y llegado a este punto creo que lo mejor es que dirijas la obra. ¿Os gustaría que os dirigiera ella?
        Actor1 y Actor2, sentados en un sofá frente a él, con el texto en las rodillas, lo miraron y luego me miraron a mí y luego lo volvieron a mirar a él.
        —Yo… —dijo Actor1.
        —Bueno, yo… —dijo Actor2.
        —Sabes que no tengo experiencia en dirección —dije después de encender la luz de arriba porque la situación la quería ver bien clarita.
        —Ya, pero parece que conoces muy bien el texto —Pringao.
        —Es que lo he escrito yo.
        —Ya, pero yo soy el director y así no puedo trabajar.
        Me volví a levantar y apagué de nuevo la luz de arriba, allí no había mucho más que ver. Cuando me senté, les dije que dejaba el montaje, que les dejaba el texto, que lo respetaran, y que nos veríamos en el estreno. Me marché dispuesta a seguir siendo fiel a mi vida normal. Antes de llegar a casa, pasé por el Mercado de la Cebada y compré picotas, pero de las gordas, de las moradas. Cené una tortilla de pavo y, antes de meterme en la cama, llamé a mi amiga Saioa de Bilbao para que me contará cómo llevaba su segundo embarazo. Al día siguiente di clases en la universidad, fui al psicólogo y le hablé de mi madre, preparé las clases del día siguiente, tomé un par de cañas con Gael y su nuevo novio, eché de menos a Joan, hablé con mi hermano por teléfono, cené una tortilla de pavo y, antes de meterme en la cama, me llamó mi amiga Ana, de Segovia, para ver cómo estaba. Al día siguiente di clases en la universidad, fui al Mercado de la Cebada, volví a comprar más picotas, 200 gr de pavo y 150 gr de queso Cheddar en lonchas, me sonó el móvil y nerviosa hablé con Joan, me dijo que me echaba de menos, yo no le dije nada, me dijo que no quería agobiarme pero que había encontrado trabajo en Madrid y que se mudaba en dos semanas, yo no le dije nada, me dijo que se había enterado de lo de mi madre y que lo sentía mucho, y yo lloré. Al llegar a casa, preparé las clases del día siguiente, escribí un relato a mi madre, cené una tortilla de pavo y, antes de meterme a la cama, escribí un WhatsApp a Joan diciéndole que lo quería. Dos semanas después, di clases en la universidad, fui al psicólogo y le hablé de Joan, me tomé unas cañas con mi amiga Almudena, preparé las clases del día siguiente, cené verdura al horno con queso gratinado y salsa alioli, que había preparado Joan y, antes de meterme a la cama, me enseñó el cartel terminado para la obra de teatro, me encantó. Al día siguiente, hicimos el amor, di clases en la universidad, envié el cartel a Pringao, Actor1 y Actor2, dijeron que estaba bien pero que no era vistoso, me tomé unas cañas con Joan, Gael y su nuevo novio que se rieron al contárselo, preparé las clases del día siguiente y cené ensalada templada de merluza y gulas que había preparado Joan y, antes de meterme a la cama, pensé en mi madre. Una semana más tarde, di clases en la universidad, fui al psicólogo y le hablé del dolor, del de dentro, del que parece que nunca se irá, me tomé unas cañas con Ana que vino de Segovia, fui al teatro para ver los últimos ensayos y me encontré con una obra que no era mía.
        —Este no es mi texto —dije.
        Actor1 y Actor2 miraron al suelo.
        —Es que como dijiste que dejabas el montaje… —explicó Pringao.
        —Ya, y eso te daba derecho a hacer y deshacer lo que te diera la gana. ¿Sabes cuál es la diferencia entre dejar un montaje y ceder unos derechos de autor?
        Actor1 y Actor2 volvieron a mirar al suelo.
        —Tú te habías ido, y lo dejaste bien claro, ahora no puedes desdecirte —contestó mirando a los actores que seguían analizando el suelo.
        Lo miré y pensé que aquel tío era lo menos normal a lo que un ser humano podía parecerse, así que decidí salir corriendo no fuera a ser contagioso. Me tomé una tila en el bar de enfrente. Llamé a Joan, se lo conté y él no lo llamó A-normal sino otras muchas cosas, algunas tan gordas como las picotas moradas. Preparé las clases del día siguiente, cené espárragos trigueros con gambas salteadas que había preparado Joan y, antes de meterme a la cama, escribí un email a Pringao, Actor1 y Actor2, avisándoles de la ilegalidad de llevar esa obra, tal cual, a escena con mi nombre en cartel. Seis días después, di clases en la universidad, me tomé un café con la coordinadora para comentarme los cambios en el horario, hablé con mi hermano por teléfono, me dijo que él también soñaba mucho con mamá, preparé las clases del día siguiente y esperé a Joan y a un grupo de amigos en la puerta del teatro para ver el estreno. Vimos el estreno, comprobé que el texto se había respetado, aplaudí y di la enhorabuena a los actores, que esta vez miraban al frente. Cené con mis amigos unas tostas, nachos con queso y muchas cervezas, brindamos entre risas por el cartel tan poco vistoso y por lo huevos de Pringao. Y, antes de meterme a la cama, ajusté el despertador porque, con el nuevo horario, el día empezaría una hora antes, pero todo lo demás seguiría igual, normal.