miércoles, junio 13
En crisis, sí, pero con amor
viernes, mayo 11
Viviendo, jugando
lunes, mayo 3
Historias de un teléfono
Ras, ras, ras. Corría las perchas de un lado a otro por la barra de metal del armario. Ras, ras, ras.
Las cajas estaban en el suelo de la habitación esperando impacientemente ser llenadas con algo, porque llevaba más de veinte minutos mareando la ropa sin decidirme qué empaquetar primero, y es que no hay cosa que más pereza me pudiera dar que una mudanza.
El teléfono sonó. Me detuve ante el horroroso abrigo de invierno, no quería moverme por si delataba que estaba allí. Sonó el segundo tono. Seguí sin moverme. El tercero. Grité:
—¡No pienso coger! ¡A cagar todo el mundo! —llevaba dos semanas muy deprimida, ésa era la verdad.
Activé el movimiento. Ras, ras, ras. Cuarto tono. Saltó el viejo contestador y escuché mi propia voz diciendo, con un macarrónico inglés, el mensaje de bienvenida:
Hola, soy Elvira, en este momento no estoy en casa pero si quieres puedes dejarme un mensaje después del tono, gracias, aguuuuur.
Agur, claro. Siempre meando el terreno.
Piiiiiiiiiiiiiiiiiiii.
—Hola, Elvira… soy yo, Silvia —al escuchar su temblorosa voz, me paralicé de nuevo y miré al suelo abriendo los ojos, como si aquel gesto me permitiera escuchar con mayor claridad—. Elvira, jo… yo te llamo porque…—empezó a llorar—, me ha dejado, tía, Francesc me ha dejado… me he mudado, llámame, porfis… estoy ahora en el 91 371…
Salté por encima de las cajas y acelerada cogí el teléfono antes de que pudiera terminar de decirme el número.
—¡Silvi! —dije con el corazón en la boca.
—Elvi…
—Pero, Silvi…
—Ay, Elvi…
Silvia era mi mejor pésima amiga. Nos conocimos con tres añitos en una colorida clase de parvularios en el santísimo colegio de monjas, en el que nuestros respectivos padres nos habían encarcelado.
Silvia, junto con Blanquita, se convirtió en mi mejor amiga. Formábamos un equipo estupendo de tres. El tiempo convirtió a Blanquita en una extraordinaria amiga, paciente, comprensiva y con enorme sentido de la empatía, del que siempre, he de reconocer, había abusado. Por otro lado, los años transformaron a Silvia en una fan absoluta de su propio ombligo, era la faraona de su imperio microscópico de fantasía y color. A pesar de todo, yo sólo podía presumir de tener una mejor pésima amiga, en cambio Blanquita, la pobre, llevaba casi treinta años aguantando a dos.
—Loca mía, ¿qué ha pasado? —dije sentándome lentamente en el suelo.
—Tía, se acabó… —decía sin parar de llorar—, que dice que lo agobio, ¿de qué lo agobio, Elvi?, ¿eh?
—Ya, los tíos son así. —Aquella afirmación te salvaba de muchas situaciones como ésa. Era una generalidad tan ambigua que, sin saber de qué iba el asunto, matizaba cualquier causa masculina con enorme compromiso.
—Sí, eso es verdad —dijo absorbiéndose los mocos. Yo respiré tranquila porque, una vez más, había colado—. Me siento una mierda, Elvi, nada me sale bien… no sé…
—No digas eso, loca.
—¡Claro! ¡Para ti es fácil decirlo! Estás encantada con Pablo que está buenísimo, vives a cuerpo de rey en Estados Unidos dando clase en una universidad de la que se hizo una peli en la que, el mismísimo, McConaughey fue el protagonista. ¡Y encima te van a publicar una novela!
Tomé aire con parsimonia para tragarme la mala ostia que me estaba entrando. Cerré los ojos y me froté el entrecejo con brusquedad.
—Silvia, para empezar, el tío buenísimo no se llama Pablo sino Pedro y me dejó hace ocho meses. Si hubieras leído mis emails o si me llamaras más de vez en cuando, te habrías enterado. No vivo a cuerpo de rey en Estados Unidos y por eso he dejado mi trabajo. Me mudo pero todavía no sé adónde —poco a poco me iba calentando—, tengo la casa llena de cajas sin destino etiquetado, y me temo que tendré que regresar a Bilbao a vivir con mis padres de nuevo, porque no me sale trabajo y no voy a cobrar el paro, sino una simbólica ayuda de 300 euros como emigrante retornado. 300 euros es lo único que el gobierno puede darme después de haber danzado, durante ocho años, por medio mundo en busca de un trabajo digno ¡porque en España el profe de español es humillantemente ninguneado! ¡Y sí! —dije totalmente fuera de mí—, ¡me van a publicar una novela!, pero porque ¡me he pasado, dos putos años, encerrada en un pueblo de mierda en medio de la más absoluta nada, escribiendo día y noche! ¡Qué menos, coño!
Con el último grito se me escaparon las lágrimas.
Silvia, de pronto, rompió el silencio que se había prolongado por largo rato.
—Elvi, ¿estás segura de que se llamaba Pedro y no Pablo?
Me atraganté con mi propia carcajada, salió sin avisar, y es que todo el mundo sabe que no es fácil reír y llorar al mismo tiempo.
—No, en serio, ahora hablando en serio, de verdad —continuó diciendo Silvia mientras me oía reír—, si llego a saber que tu vida era mucho más mierda que la mía hubiera llamado a Blanquita y no a ti.
Me dio tal ataque de risa que me eché hacia atrás quedando totalmente tumbada sobre la moqueta del salón.
—Eres una idiota —le dije recobrando un poco de aire.
—Oye, petarda, si no tienes adónde ir, vente para Madrid.
—¿A Madrid?, ¿qué hago yo en Madrid? —pregunté volviéndome a sentar con las piernas cruzadas.
—¿Aquí? Bufff… ¡Esto es Madrid, Elvira!, hay grandes trabajos para una filóloga como tú, con tu experiencia.
—¿Sí…? ¿Tú crees? —Y mi cabeza empezó a repasar el archivo de todos los centros de enseñanza de español de la capital, es cierto que la boca se me hacía agua—. No sé, Silvi, ¿por ejemplo?
—¡¿Por ejemplo?! Pues, por ejemplo, sexadora de ardillas en el Parque del Retiro.
—¡¿Qué?! —dije muerta de la risa y arrepintiéndome por haber creído que hablaba en serio. Quise cambiar de tema porque me sentía avergonzada por haber sido tan vanidosa, además la oía reírse y eso me hacía sentir peor. Había caído en su trampa, qué cabrona, pensé—. Bueno, y entonces ¿qué pasó con Francesc? —Me consideraba tan mala persona que prefería ahondar en la herida ajena que seguir agujereando la mía.
—Pfff… que hace tres días se levantó del revés y me pidió que hiciera las maletas y que me fuera, no sé qué cosa de agobios o qué sé yo, que me fuera y ya.
—Bueno, Francesc siempre ha sido muy peculiar, no sé… ¡es publicista y catalán! Si es que ¡lo tiene todo! —dije riéndome para ver si le podía arrancar una risotada con este tema.
—¡Pues mira que Etienne! ¡Arquitecto y francés! ¿No encontraste nada más aburrido? —Lo conseguí porque me dijo aquello entre carcajadas—. Por cierto, hace tiempo que no hablas de él, ¿qué es de su vida? —me preguntó mientras le oía sonarse los mocos.
—No sé, lo cierto es que no sé nada de él desde hace casi diez meses —empecé diciendo mientras hacía memoria—. Lo último que sé es que lo habían trasladado a Chile, para un proyecto de renovación de no sé qué en Santiago. La cosa es que me llamó un día para saber cómo estaba en Estados Unidos y no me digas por qué, o hacia qué avanzó la conversación, pero terminé pidiéndole explicaciones de por qué me había dejado. Ya sabes que nunca hablamos de ello, él me pidió un día que me marchara y yo me marché, sin gritos, ni malas caras, nada. Y claro, con el paso del tiempo yo he necesitado de una explicación, de por qué tanto desprecio de, no sé, de por qué ella fue mejor que yo…
—¿Qué dices? Qué fuerte, no sabía nada de esto, y ¿qué te dijo?
—Mmm, nada, la verdad es que nada, empezó diciendo: allô, allô, Elviga, se va la conexión, se va, Elviga, allô, allô. Clonck. Y me colgó. Sin más, hasta hoy.
—¡Ja, ja, ja, ja! ¡Ostia, qué fuerte! —Silvia se reía con muchísimas ganas—. ¡Este tío es un genio!, ¡es mi ídolo del escaqueo!, tiene cojoncillos de gorrión, metidos pa’dentro del cague que lleva encima. ¡Joder, me encanta!
Hombre, contado así, y después de casi un año, yo también le encontraba su gracia.
—Mira, Elvi, piensa en positivo, si dices que estaba en Chile es muy posible que se haya muerto por el terremoto ése que hubo.
—¡Silvia! —grité horrorizada por semejante broma.
—¡Pero imagínatelo, mujer! Mira, en plan: allô, allô, allô y… ¡chof! Espachurra’o, totalmente espachurra’o bajo sus propias obras arquitectónicas, ¡ja, ja, ja, ja!, ¿te lo imaginas, tía? —hizo una pausa sin dejar de reírse y añadió—: Y yo ¿sabes lo que voy a hacer?
—¿Qué…? —pregunté amortiguando la risa con el cuenco de mi mano, porque me sentía fatal al reírme de aquello, aunque la verdad contado por Silvi tenía muchísima gracia.
—Le voy a mandar a Francesc a Bali.
—¿A Bali?
—Sí, porque dicen que antes del 2011 viene un tsunami gigante.
Solté el teléfono y me llevé las manos a la cabeza tronchada de la risa. Sólo pedí que la ética de Blanquita nunca supiera de este tipo de conversaciones telefónicas por parte de sus dos mejores pésimas amigas.
domingo, abril 25
Vuelta a empezar
—Oh, cariño, cuánto lo siento…, de verdad que lo siento —decía Kayla apoyada en la puerta de mi despacho. Yo ni la miraba, seguía con la vista puesta en mi ordenador quitando importancia al asunto—. Ellos se lo pierden, ¿qué quieres que te diga?, ¡tú vales mucho!
—¿Qué pasa? —Mi jefa, al oírla, acababa de entrar en mi despacho.
—A Elvira no le han dado la beca —contestó Kayla en un tono confidencial.
—Oh, ¿la de Nueva York?
—Sí —afirmó Kayla.
—¡Asquerosos! —gritó mi jefa.
—No, Luisa —dije yo mirándola—, la cuestión es que no me han dado la beca porque ni siquiera me han admitido en el máster.
—¡Ay! ¡Más asquerosos todavía!
—Luisa, hija, que te estaba buscando, que dice Richard que si la reunión de las tres se puede pasar a las cuatro y cuarto, que tiene no sé qué cosas que hacer —preguntó Juan Manuel desde el pasillo mientras se abanicaba con una carpetita amarilla.
—Bien, pero que no venga más tarde, que luego tengo cena a las seis en casa y todavía me queda por preparar todo.
—Pues na’, que ya se lo digo —confirmó con su acento cordobés. Después nos miró a las tres y, entrando en la oficina, preguntó—: Y ¿de qué tenéis esa cara tan mustia?, hijas, que parece que os deben y no os pagan.
—A Elvira no le han dado la beca —explicó nuevamente Kayla con solemnidad.
—Porque no me han admitido —puntualicé.
Juan Manuel apartó a Luisa para colocarse delante.
—Mira, Repollo, la culpa la tienes tú —inquirió enfadado, señalándome con el dedo—, que si no volaras tan alto, las caídas no serían tan gordas, porque ya puestos ¿por qué no solicitaste Yale o Harvard?
—¡Juan Manuel, deja a la niña!
—Pero Luisa, si la niña ya tiene sus treinta añitos y mira el disgusto que se está llevando. —Juan Manuel volvió a mirarme—. Pero ¿de dónde ibas a sacar tú los cincuenta mil dólares que costaba el máster?, ¿eh? Que se trata de una de las universidades más prestigiosas de este país y tú no tienes un duro. Que está muy bien que seamos de Bilbao, Repo, y que vayamos a lo grande pero, 'ja mía, ¡una pizquita de sentido común!
Apoyé los codos en la mesa y me sostuve la cabeza entre las manos. Tenía toda la razón del mundo. Me sentía mal, muy mal. Empezaba a tener inmensas ganas de llorar. Sí, que se fuera todo el mundo, quería llorar.
—¡Hey, estáis aquí! —Richard asomó la cabeza por la puerta—. Luisa, ¿te ha comentado Juan Manuel lo de...
—Sí, ya me ha dicho, no hay problema —dijo sin dejarle terminar. Después se hizo el silencio otra vez y todos volvieron a mirarme.
—Es que a Elvira no le han dado la beca… —susurró Kayla a Richard.
—No me han admitido… no es que no me hayan dado la beca, es que no me han admitido… —dije desganada, sin levantar la cabeza.
—No la han admitido… —se autocorrigió Kayla manteniendo el bajito tono de voz.
—¿El máster de New York…? —preguntó Richard imitando el mismo susurro.
—Sí…
—Pobre…
—Sí, me da penita porque tenía mucha ilusión…
—Ay, pobre…
—¡Hala, ya está! —gritó Juan Manuel dándose la vuelta hacia ellos y haciendo aspavientos con la carpeta al aire—. ¡Que parecéis dos viejas en misa! Tanto chisme, tanto chisme, ¡ya está!, ¡no se lo han dado y punto!
—Bueno, chica, ¿y qué vas a hacer ahora? —me preguntó Luisa sin parecer oír los gritos de Juan Manuel.
Levanté la cabeza. Vi a los cuatro mirándome con intriga. Un reguero de angustia me avinagró la garganta. Tragué saliva pero el ardor no se me iba. ¿Qué iba a hacer yo ahora? ¿Qué iba a hacer yo ahora? ¿Qué iba a hacer…?
—La Repollo se queda. Si no se va a Nueva York, la Repo, se queda otro año —afirmó con seguridad Juan Manuel.
—Hombre, podría —dijo Luisa antes de empezar a explicarse—, pero claro, como me dijo que se iba, pues la plaza se la ofrecí a Justyna Swiderska, que es polaca.
—¿Polaca? —preguntó sorprendido Juan Manuel.
—Sí, polaca de Kentucky.
—¿Polaca de Kentucky?
—Profesora de español e italiano.
—¡Joder con los polacos!
—Pero al final que no, porque su marido ha encontrado plaza en Ohio State.
—¿Polaco?
—¿Su marido?
—Sí.
—No, ¡qué va! Es ruso.
—Ah, bueno.
—Sí, ruso de Minnesota.
—Ah, mira, éste es de Minnesota…
—Sí, profesor de física cuántica.
—¡Joder con los rusos! Bueno, a lo que vamos —dijo Juan Manuel pretendiendo centrar nuevamente la conversación—, y ¿Elvira?
—¿Elvira? Elvira es de Bilbao —y diciendo esto mi jefa se quedó más ancha que larga.
—La madre que la parió… —empezó diciendo Juan Manuel—, y no te digo más porque, como Chair del departamento, mereces un respeto pero, hija mía…
A mí me entró tímidamente la risa pero Kayla y Richard, que se habían mantenido en un segundo plano hasta el momento, estaban a carcajada limpia.
—Bueno, pues si la polaca al final no ha aceptado, tú te quedas con la plaza, niña, que es muy tuya —me dijo el cordobés con convicción.
Las risas se acabaron y todos me miraban esperando mi confirmación. Pero, lo cierto es que, yo allí no me quería quedar. No tenía queja con respecto a mi trabajo pero mi vida personal… buff, mi vida personal estaba hipotecada.
Era divertido ver, por la tele, las rocambolescas situaciones a las que se enfrentaba diariamente el doctor Fleichman en Alaska, pero cuando tú te convertías en la protagonista de la serie dejaba de tener su gracia. Odiaba la naturaleza bruta y vivía en plena montaña de West Virginia. Las calles estaban vacías a cualquier hora del día. Las arañas eran tan grandes que hasta tenían el pelo rizado. Las carreteras estaban llenas de agujeros y cuando preguntaba que por qué no las arreglaban, me decían que porque vivíamos en un estado pobre. Los bancos no sabían lo que era el IBAN porque nunca antes habían hecho una transferencia internacional. Mis alumnos de las nueve de la mañana llegaban en pijama a clase. Tuve que aguantar, en casa, dos gastroenteritis y un dolor de muelas de infarto porque el seguro médico de la universidad no cubría asistencia médica de urgencias. Era deprimente ver como el setenta por ciento de la población era obesa por pura dejadez. Y echaba de menos mis tacones, mis mechas en el pelo y el sexo porque la vida monacal, a la que esa ciudad me había sometido, estaba haciendo estragos en mi cutis. Todo ello, sin mencionar esa soledad espesa que se te agarra a la piel y, como sanguijuela cualquiera, te chupa hasta las ganas de vivir. Necesitaba salir de allí.
—No… —dije finalmente—, no me voy a quedar… no, buscaré otra cosa, no sé.
—Ay, Repo, qué disgusto me das —dijo Juan Manuel atizándome con la carpetilla amarilla.
—Bueno, chica, es tu decisión, algo encontrarás. El mundo es muy grande y, como a ti no te importa viajar, pues vete a saber dónde terminas —dijo mi jefa y, dándome un golpecito en la espalda, salió del despacho.
Todos se marcharon menos Kayla que se acercó y se apoyó en mi mesa.
—Desertora —me dijo con una mueca de medio lado—. ¿Nos echarás de menos?
—Claro —dije sin levantar la vista.
—Pero qué mentirosa eres, cariño.
La miré y a las dos nos entró la risa.
—Venga, desertora, que te invito a un café —propuso al tiempo que me golpeaba el brazo.
Recogí las cosas, me coloqué el bolso al hombro y, junto a Kayla, salí del despacho. Antes de cerrar, eché un vistazo para cerciorarme de que no me olvidaba de nada. No, nada me dejaba allí. Click. La puerta se cerró.
miércoles, febrero 3
Decepción
—Hola, Jeannie.
—Hola, abejita.
—Bueno, quiero un trozo del New York.
—Cariño, no queda.
—Pero, Jeannie —dije mirando mi reloj—, es lunes y no son ni las nueve de la mañana.
—Lo siento, cuenquito de miel, se terminó ayer, vino Edna con un grupo de amigas y no dejaron nada.
Esperé junto a la puerta. Era domingo, las diez de la mañana. La cafetería seguía cerrada, sería la primera en entrar y la primera en probar el maravilloso New York. Vi a Jeannie acercarse.
—Abejita, ¿qué haces aquí?
—No quiero que nadie se coma mi porción de New York.
—¿El New York, dices? Hoy no es posible, Shannon lleva toda la semana enferma, no tenemos nada de repostería, ya sabes que es la única que sabe de esto. Ninguna otra se atreve a meterse en la cocina y competir con ella. ¡Ven la próxima semana!, te guardaré un trozo, te lo prometo.
—No Jeannie… —dije desmoralizada—, me voy a España por navidades, no volveré hasta enero.
—Oh, cariño, lo siento, bueno, pues en enero tendrás tu porción de New York, el mejor pastel que jamás hayas comido.
Bueno, ¿qué te pareció? Pero si todavía no lo he probado. ¿Cómo que no? ¿De qué habláis? De nada, que Elvira sigue sin conocer el orgasmo del New York. ¡Ay, dios mío!, ¡puro pecado!, ¿a qué esperas, chica? Si yo quiero comerlo pero no he tenido suerte hasta el momento, además me pillaron las vacaciones de navidad por medio. Vale, pero estamos casi a febrero, cariño. Lo sé, lo sé, Kayla, pero como es un poco caro quiero esperar a un momento realmente especial. ¡Ja, ja, ja, ja!, esta chica, es un encanto. Boba, diría yo. ¡Son casi doce dólares de trozo de pastel! Dentro de tres meses y medio es tu cumpleaños, ¿te parece razón suficientemente especial, cariño? ¡Uy!, a mí me lo parecería, chica, ¡vete!
Eran las cuatro de la tarde, miré por la ventana del salón. Había dejado de nevar. Al ser domingo las carreteras estaban cubiertas de nieve, casi no había movimiento de coches que las despejaran, así que decidí ir andando. Me calcé las botas de oso y el forro polar, me encasqueté el gorro y me metí, en el bolsillo de los apretados jeans, los quince dólares que había separo para la ocasión.
—Hola, Jeannie.
—Hola, abejita.
Me senté en la barra. Saqué de mi bolsillo los quince dólares y los coloqué en el mostrador, frente a ella.
—Un-New-York, por favor —dije muy lentamente, vocalizando a la perfección el nombre.
Jeannie, tras reírse burlona un rato, se dio media vuelta y acercándose a la neverita giratoria me preguntó con misterio:
—¿Estás segura de que quieres probarlo…?
—¡Jeannie, tráelo de una vez! —grité impaciente porque me moría de ganas, salivaba como el perro de Pávlov. Llevaba meses esperando aquel momento, mi New York y yo nos íbamos a ver las caras por fin.
Jeannie se acercó con un platito, lo portaba ceremoniosamente con ambas manos, y tarareaba una facilona melodía de intriga.
—Y… ¡Ta-chaaaaaán! —exclamó Jeannie dejando el plato en el mostrador, bajo mi depredadora mirada.
Lo miré, lo volví a mirar, me acerqué el platito un poco más por si no lo estaba viendo bien y finalmente dije:
—Pero… Jeannie, tiene crema…
—Claro, abejita, el secreto del pastel New York es su crema.
—Jeannie, no me gusta la crema… —dije bajándome del taburete y con paso lento llegué hasta la puerta.
—Pero, abejita, ¡¿adónde vas?!
—A mi casa, a comerme un yogur.
lunes, enero 18
Café vs Chocolate

Levanté la cabeza del suelo y vi a Shayne bajándose de su bici frente a las escaleras de mi porche.
—¡Hey! ¡Qué sorpresa! ¿Cómo fueron tus vacaciones de Navidad? —me hizo ilusión verlo, me encantaba aquel niño.
—Bien, fui a Princeton con mi madre, a casa de mis tíos. Estuve con Jesse, ¿sabes?
—Oh, eso suena divertido —dije con una sonrisa desde la puerta de casa, con el bote de sal en una mano y la taza de café en la otra.
—¿Qué haces? —preguntó mirando extrañado la sal.
—Bueno… pretendo quitar el hielo de la entrada porque ayer me caí —Shayne se rió—, así que con un poco de sal puede valer.
—Mi padre tiene un spray especial, lo utiliza para quitar la nieve del coche —dijo serio sujetando su bici con ambas manos.
—Sí, pero yo no tengo spray, no importa la sal de cocinar sirve también —al decirlo me sentí un tanto ridícula, porque me di cuenta de que un niño de diez años me estaba dando una lección de practicidad. Intenté cambiar de tema—: Oye, Shayne ¿no hace demasiado frío para andar en bici?
—Sí, pero mi madre está limpiando la moqueta y dice que si estoy en casa la voy a pisar, así que tengo salir por dos horas más o menos…
—Vaya… pues, creo que vas a pasar mucho frío —dije con pena.
Shayne levantó los hombros con gesto de: ya lo sé pero ¿qué quieres que haga?, después me preguntó:
—¿Qué es eso?
—¿Esto? —dije levantando la taza de café. Shayne asintió con la cabeza sin dejar de mirarla—. Es café —contesté.
—¿Está caliente?
—Mmm… sí, todavía está caliente.
—Está guay beber cosas calientes cuando hace frío —dijo mirando al suelo, luego levantó la cabeza y preguntó con intriga—: ¿En tu país hace frío? Y, y, y ¿nieva?, ¿nieva como aquí?
—Bueno, depende de las ciudades, en la mía no, no nieva casi nunca.
—Está guay la nieve, pero el frío no me gusta tanto —dijo volviendo a mirar al suelo.
Me dio pena verlo así.
—Hey, Shayne, ¿te apetece un vaso de chocolate caliente?
—¡Vale! —gritó tirando la bici hacia un lado y subió corriendo las escaleras del porche.
—¡No! —dije cortándole el paso—. Antes debes pedir permiso a tu madre, no quiero meterme en problemas.
—¡Vale! —gritó nuevamente mientras bajaba las escaleras tan rápido como las había subido. Se colocó en mitad de la carretera y empezó a vociferar—: ¡Mamá, mamá, mamaaaaaaaaaaá!
¿Tanto le costaba terminar de cruzar la carretera, entrar en su casa y hablar con su madre en un tono de voz medianamente normal?, pensé riéndome desde el porche.
—¿Qué demonios…? —preguntó la señora Harper saliendo por la puerta de su casa al escuchar los gritos de su hijo. La señora Harper era una mujer muy gorda, tenía el pelo grasiento, bastante largo, lo llevaba atado en una coleta baja, y a pesar de no llegar a los cuarenta años lo tenía completamente cubierto de canas. Por su gesto comprimido parecía estar de muy mal humor.
Shayne desde la mitad de la carretera, le preguntó si podía venir a mi casa a beber chocolate. Su madre me miró con desconfianza. Yo, a modo de saludo tranquilizador, levanté el bote de sal, cuando me di cuenta del error lo volví a bajar rápidamente y levanté la taza de café que estaba en la otra mano.
—Está bien —dijo mirando a su hijo con cara de pocos amigos, luego levantó la vista y dirigiéndose a mí añadió—: Cariño, cuando te canses de él, échale a la calle —y sin más volvió a entrar en casa.
A Shayne le faltó tiempo para correr hacia mi puerta y meterse directamente en mi salón. Una vez allí lo miró todo con curiosidad, bueno, en realidad, había poco que mirar. Estaba tan acostumbrada a las mudanzas que ya no tenía ninguna ilusión por decorar mis nuevos apartamentos. Así que un par de murales indios por aquí, una vieja butaca por allá frente a un pequeño televisor prestado y un escritorio, imitación a madera, contra la pared.
—¿Vives aquí sola?
—Sí —contesté entrando en la cocina—. Ven y dime qué taza quieres.
Abrí uno de los armarios y empecé a sacar todas las tazas que tenía. De San Francisco, de Las Vegas, de New York, una que decía: “yo estuve en el Gran Cañón”, dos de la universidad donde trabajaba, otra de Hollywood…
—Y ¿por qué no te casas? —preguntó Shayne detrás de mí.
—Bueno… no sé, imagino que porque nadie quiere casarse conmigo, ¿no? —dije sacando la última taza que tenía, era de Washington.
Shayne se acercó a mí y señaló la taza de San Francisco, era la más grande y tenía los dibujos en relieve, fácil elección para un niño.
—¿Es porque eres tan bajita? —me preguntó con absoluta seriedad mientras se sentaba en la mesa.
Me costó aguantarme la risa y le contesté que no creía que mi estatura fuera el problema de mi soltería.
—Ya… —dijo meditando—. ¿Sabes quién es Megan Fox? —le dije que sí con la cabeza mientras buscaba la leche en la nevera—. Ella es alta.
Cerré la puerta de la nevera muerta de la risa.
—Shayne, creo que entre Megan Fox y yo no sólo existe la diferencia del tamaño.
—Vale, pero ¿sabes quién es Sue Reed?
—No, ¿actriz? —pregunté vertiendo la leche en la taza de Shayne.
—No.
—¿Cantante?
—No, está en mi clase.
—¡Aaaah! —exclamé divertida, ¿cómo podría haberlo adivinado?
—Y ¿sabes quién es Connor Grant?
—No, Shayne, no sé quién es Connor Grant —dije esta vez cubriéndome las espaldas.
—Está en mi clase también. ¡No muy caliente, por favor! —se apresuró a decirme al ver que metía la taza en el microondas—. Sue Reed era mi compañera en el equipo de gimnasia y el lunes me dijo que se iba al grupo de Connor Grant.
—Vaya, lo siento, Shayne, y ¿Connor Grant es más alto que tú?
Shayne se puso en pie, se estiró todo lo posible y colocó su mano derecha como a un par de palmos sobre su cabeza diciendo:
—Así, es así, ¿ves?, así de alto.
—¡Ay!, pues sí que es alto, y ¿tú crees que Sue Reed se casará con Connor Grant?
Se sentó de nuevo resoplando y meditando la pregunta.
—Yo creo que sí… —contestó al fin en un tono desesperanzador.
Me conmovió, pronto empezaba a sufrir por amor.
Le preparé la taza de cacao vertiendo toneladas de chocolate líquido. Cuando Shayne vio la taza tan negra se le iluminaron los ojos de nuevo.
—¡Irayo! —exclamó excitadísimo.
—¿Irayo?, ¿es otro amigo alto que tienes en clase? —pregunté mientras me levantaba para p
Shayne se rió.
—¡Noooo! Irayo significa gracias en Na’vi.
—¿En dónde? —dije frunciendo el ceño mientras me acercaba a la mesa con la taza de New York rebosando café negro.
—En Pandora.
—¿Eh?, ¿como la caja?, ¿la caja de Pandora?
—¿Qué? —preguntó Shayne tronchado de risa sobre la mesa porque no entendía que no pudiera saber de qué me estaba hablando—. ¡Avatar! ¡La película Avatar que tiene idioma propio!
—Oh… la película, es que no la he visto.
—¡¿No?!, ¡es guay, señora Elvira, es guay! Mi tío nos llevó a mi primo Jesse y a mí al cine en Princeton, y, y, y —estaba tan emocionado contándomelo que hasta se le trababan las palabras—, la vimos en tres dimensiones con unas gafas guays, que te las pones y todo sale de la pantalla y te cae encima.
—¡Wow!, ¡qué miedo!, ¿no?
—No, no da miedo —dijo rápidamente para tranquilizarme, tapé mi risa tras la taza—. ¿Te la cuento?
—¡Claro! —me moría de ganas por escuchar a aquel niño contar una historia del mismísimo James Cameron.
Shayne se reclinó sobre la silla y se quedó todo tieso.
—Mira, así, así, ¿ves? —decía inmóvil con los brazos bien pegaditos al cuerpo—, así se mete Jack en una caja de cristal que la tapa se baja automáticamente, mira, hace así: sssshhhhhup —articulaba con la boca mientras que el brazo derecho fingía ser la tapa.
—Ya veo ya…
—Entonces, a Jack lo convierten en na’vi, que, que los na’vis son extraterrestres de otro planeta, ¿no?, que son azules y son súper, súper, súper altos.
—¡Vaya! ¡Entonces estarán todos casados!
—No sé… eso no lo dicen en la peli —contestó el pobre Shayne sin entender mi chiste—. Entonces Jack ya no es Jack, es, es, es, ahora es extraterrestre, es azul, y eso y llega allí, al otro planeta, Pandora y la chica...
—¿Sue Reed?
—No, tonta —me corrigió loco de risa—, Sue Reed está en mi clase, pero esta otra chica es una na’vi, y, y, y entonces luego se hace muy amiga de Jack y Jack ya no quiere volver a América.
—Vaya…
—¡Es que Pandora es guay! Entonces como Jack no quiere volver a casa, van a buscarlo y hay luchas y luchas y…
Shayne tardó en contarme lo de las luchas por lo menos una hora, que sí crash, pum, pugggg, boooom, pam-pam-pam-pam, nio, nio, crash, zup, zup, y la tapa de cristal que se abre otra vez y sssshhhuuuuup y se vuleve a cerrar sssshhhuuuuup, bang-bang, zip, zip y… ¡BUUUUGGHHH!
—Tienes que verla, señora Elvira —me recomendó Shayne recogiendo la bici al final de las escaleras del porche.
—Seguro, la veré, ¡adiós, Shayne! —dije desde la puerta.
—¡No!, hay que decirlo en el idioma Na’vi: ¡eywa ngahu!
—Oh, ¡eywa ngahu, Shayne! —dije con cuatro dedos de la mano izquierda en alto, separándolos de dos en dos.
—Eso no hacen en la peli —me recriminó serio mientras se montaba en su bici.
—¡Ops! —y escondí con vergüenza la mano tras mi espalda.
Antes de llegar a la acera de enfrente se paró, se dio la vuelta y con convicción me dijo:
—Mi abuelo dice que nos pasamos la vida creciendo así que, señora Elvira, no te preocupes, al final, te casarás.
—Irayo… —dije emocionada por tanta inocencia.
jueves, noviembre 12
Betty
Betty se levantó a las seis y media de la mañana. Su madre le había preparado la cafetera la noche anterior, sólo tenía que apretar el botón verde para que empezara a funcionar y pudiera tener el café caliente. Estaba muy nerviosa. Se apretó el estomago cuando fue a coger una rebanada de pan de pasas con canela. La sostuvo un momento y la volvió a dejar. No tenía demasiada hambre. Estaba muy nerviosa. Se alisó el camisón y miró a su alrededor. Siempre tomaba una rebanada con mantequilla de cacahuete, pero si hoy no tenía hambre no sabía qué podría hacer. Se volvió a alisar el camisón. Se contó los dedos de la mano, tenía cinco en una y otros cinco en la otra, repitió la operación no fuera a haberse equivocado. No, realmente eran diez en total, tenía diez dedos. Estaba muy nerviosa. Saltó la lucecita verde de la máquina de café. Ya lo podía retirar, su madre se lo había explicado así. El café estaba preparado. Abrió el armario y buscó su taza amarilla con motas naranjas. A Betty le encantaban los colores fuertes y las motas. No la encontró. Su taza no estaba en el armario. Dónde estaba su taza. Se alisó el camisón. Estaba muy nerviosa. Con los nudillos de su mano derecha se golpeó la cabeza. Dónde, dónde, dónde, dónde está. Agitó las manos al aire y gritó. Su madre apareció en la cocina asustada. Betty no parecía verla. No parecía ver nada. Dónde, dónde, dónde. Se agarró de un mechón de pelo y estiró con rabia de él. Se lo arrancó. Su madre se apresuró a la fregadera. Al encontrarla la limpió y la secó. Se la dio. Aquí está, aquí está, cariño, dijo dándole la taza a su hija lamentándose de no haberla fregado por la noche. Se le olvidó. O quizá no la habría visto, sí, seguramente lo segundo, porque cómo se le podría haber olvidado sabiendo cómo se ponía Betty si no la encontraba en su sitio. Su madre la sentó junto a la mesa. Desayunaron juntas. Al terminar Betty se acarició la calva que se había dejado junto a la sien. No se te nota, cariño. Te voy a hacer una coleta, con el pelo hacia atrás. Su madre se levantó y peinó el pelo de su hija con las manos. Ves, no se te nota, estás preciosa.
Betty se levantó y contó hasta siete antes de dar el primer paso. Su madre la acompañó al dormitorio y le preparó sobre la cama el vestido que debía llevar. Era azul con florecillas rojas y blancas. Dejó junto a la puerta los mocasines rojos. Betty guardó los mocasines rojos y sacó los blancos con motas negras. Su madre guardó los mocasines blancos con motas negras y sacó de nuevo los rojos. Betty guardó los mocasines rojos y sacó los blancos con motas negras. Su madre, en absoluto silenció, volvió a tomar los mocasines blancos con motas negras para guardarlos. Betty se alisó el camisón. Se zarandeó de un lado a otro como si fuera un péndulo. Su madre abrió el armario y los guardó. Betty se golpeó el pecho y gimió. Está bien, dijo vencida su madre. Terminó de peinarla en la salita, junto al viejo piano de la abuela. Adornó la coleta con un llamativo lazo fucsia. La miró de frente. Con sus manos le aplastó el volumen. Era difícil manejar aquel pelo tan rizado.
Su madre, en el porche, le cruzó el bolso por el hombro. Siempre era más seguro llevarlo así. Le atusó la rebeca azulona y le dio la mano.
–¡Hey, Betty!, pero qué guapa estás hoy, ¿adónde vas? –preguntó la señora Butler desde su porche con una taza de café.
–Vamos a la estación de autobuses porque se va a Huntington, a ver su padre –contestó su madre sin poder ocultar cierto nerviosismo.
–Oh, ¡buen viaje, cariño!
Betty agitó la mano desde la acera de enfrente y gritó sin cesar: gracias, señora Butler, gracias, señora Butler, gracias, señora Butler.
Su madre miró el reloj y apretó el paso. Llegarían a la estación en poco más de veinte minutos. Casi con una hora de antelación. Pero la madre de Betty siempre sentía llegar tarde a todos los sitios.
Betty se despidió de su madre por la ventanilla del autobús. Su madre desde fuera le hacía el gesto de que comiera. Betty miró la bolsa que su madre le había dado. Había tres zanahorias, un huevo cocido y pelado con un poco de sal y mostaza. No había un sándwich. A Betty no le gustaban los sándwiches. No entendía por qué había que meter la comida entre pan. El autobús arrancó. La madre de Betty lo siguió unos metros saludando con la mano a su hija que no dejaba de mirarla por la ventanilla. Betty se alisó la falda del vestido. Con la punta de los dedos se daba golpecitos en la frente. Estaba nerviosa. No le gustaba ver a su madre llorar. El autobús salió de Parkersburg.
Por el camino Betty contó trecientos sesenta y siete coches rojos, doscientos cincuenta y cuatro amarillos y ciento ochenta y tres verdes. Vio muchos grises pero no los contó. No le gustaba el gris. Al cruzar Charleston empezó a contar los camiones. Pero sólo los camiones que trasportaban troncos. Los de vigas o líquidos inflamables no le gustaban. Comió sus zanahorias. El señor de la visera de los Mountaineers la miraba. Estaba sentado en la fila de atrás. Betty hacía mucho ruido comiendo porque Betty no cerraba la boca.
–Disculpe, señora, podría… ¿señora?, ¿señora?
Betty no se dio la vuelta. Su madre le había repetido muchas veces que no debía hablar con nadie. Dejó de comer. Miró al frente. Se alisó dos veces la falda de su vestido. No quería hacer ruido al respirar. Si no hacía ruido podría convertirse en invisible y así el señor de la visera dejaría de llamarla. Y sí, el hombre de la visera dejó de llamarla. Enseguida se dio cuenta de que Betty era diferente.
El autobús aparcó en la vieja estación de Huntington, parecía estar anclada en los años cincuenta. Betty bajó del autobús cruzándose el bolso. Recordó las palabras de su madre. Era más seguro llevarlo de aquella manera. Se quedó de pie junto al autobús. No le gustaba andar entre la gente. Eso la ponía muy nerviosa. Su padre la vio. Se acercó a ella y la abrazó. Su pequeña niña. Su pequeña niña de treinta y siete años. Betty estaba tan contenta. Le mostró su lazo fucsia y sus mocasines blancos de motas negras. A su padre le encantaron. Estaba emocionado. Hacía casi seis mese que no la veía, quizá por un poco todo. Se montaron en la camioneta. Betty abrió su bolsa y ofreció a su padre la mitad del huevo cocido con sal y mostaza.
Aparcaron frente a la casa. Al subir las escaleras del porche, se encontraron con Elvira que salía en ese momento.
–¡Buenos días, Fred! –dijo la joven vecina cerrando su puerta.
–Chica, déjame presentarte a Betty, mi hija, acaba de llegar de Parkersburg.
Betty agachó la cabeza, no le gustaban las personas nuevas. Se zarandeó hacia delante y hacia atrás. Se apretó el lóbulo de la oreja y se alisó dos veces la falda del vestido.
–Hola, Betty, ¿cómo estás? –dijo Elvira con su fuerte acento extranjero.
A Betty le gustó la voz de Elvira. Levantó la cabeza y seria le respondió.
–Hasta Charleston he visto setecientos noventa y cuatro coches de colores, pero no los grises porque el gris no me gusta. Después de Charleston, he visto once camiones de troncos.
–No le gustan los de vigas ni los de líquidos inflamables –explicó Fred a su vecina.
–No sabía que tuvieras una hija, Fred –dijo Elvira con cierta ternura.
–Sí, vive con su madre. Es mi princesa, mi verdadera princesita –dijo Fred besando a su hija en la cabeza–. Ella también es mi princesa, ¿sabes? –susurró al oído de Betty señalando a su vecina–, la adopté cuando vino de fuera para no echarte tanto de menos, mi vida…
On the road
Estábamos cruzando West Virginia en coche, pronto llegaríamos al estado de Virginia. No lo sabía con certeza pero habían pasado casi dos horas, así que seguro que estábamos cerca. Me quité las botas de oso como las llamaba él, y me senté a lo indio. Iba de copiloto, me encargaba de la música, del abastecimiento de agua y de chocolatinas y de leer los mapas. Nunca he sabido leer un mapa de carretera, aun él sabiéndolo no dijo nada cuando con entusiasmo le propuse que yo me encargaría de ellos.—¿Cuándo dejamos la 64? —preguntó con una mano al volante y buscando ciego con la otra la botella de agua que le estaba ofreciendo.
—Uy, pues casi en Washington. De la 64 a la 66 que nos lleva directamente a la Avenida Constitución ya dentro de la ciudad.
Mentira. Aquello no era así, no iba a resulta tan fácil, y lo decían claramente los mapas. La 64 no se juntaba con la 66 en ningún punto de los Estados Unidos. Pero el ser una analfabeta de carreteras implicaba meter la pata hasta el fondo y terminar perdidos por la 95 dirección Miami, pero esto no lo supimos hasta casi tres horas más tarde.
—Oye, loco, ¿un café?
—Pues igual sí, ¿no?
—Vale, marca que a dos millas hay una estación de servicio —dije desdoblando un tercer mapa. Estaba enterrada entre líneas de colores que cruzaban estados, de los cuales no sabía ni sus nombres.
—¿Washington pertenece al estado de Viginia?, ¿no?
—¿Virginia? —pregunté con cierta duda—. No, al de Maryland, ¿no…? —lo cierto es que no lo tenía nada claro.
—Ni puta idea, Washington DC… —reflexionó en voz alta.
—DC, sí, Distrito Federal.
—¡Ostia, pava! —gritó muerto de la risa—, ¡¡ostia, qué graveeeeeeee!!! —seguía riéndose— ¡DC!, ¡de-ce, no efe o fe según tú! ¡Eso es México, México DF!
No le pudo contestar porque estaba hecha una bola en el asiento muriéndome de la risa. Esas meteduras de pata eran muy mías, y lo peor de todo es que me quedaba más ancha que larga después de soltar semejante barbaridad.
—Así que me sonaba fatal… —dije finalmente a modo de absurda justificación sin parar de reír—. Bueno, pues ¿qué es DC, listo?, ¿eh?, que eres un listo, ¿a ver?
—Distrito de Columbia —dijo fingiendo cierta soberbia porque sabía que me acaba de ganar por goleada—. Lo que no sé es si eso es un estado —y me miró con ganas de que le sacara de dudas.
—¿¿Y me lo preguntas a mí??
Los dos nos reímos de nuevo. Los mapas que tenía encima crujían al compás de mis carcajadas. Él pareció calmarse de repente y dijo con una fría sonrisa en los labios:
—He sido un amigo de mierda, ¿eh, chiquitina?, llevo años siendo un amigo de mierda, pero no pretendo compensarte con esta visita, con el viaje, digo, pero, no sé, tía, no sé... me gusta vernos así, descojonarnos por tonterías nuestras.
Conocí a Gaizka con trece años. Me acuerdo perfectamente de ese momento. Era junio y Jaime y yo nos íbamos a inscribir en el campamento de verano.
—Éste es Gaizka, mi amigo del equipo que te dije que vendría al campamento con nosotros —me dijo Jaime a modo de presentación—, y ésta —dijo, esta vez a Gaizka, señalándome a mí— es Elvira, amiga mía y, bueno, es maja.
¡¡¡¿Y, bueno, es maja?!!! ¿Ya? ¿Nada más? ¿Y qué pasaba con mis tetas? Tenía una noventa de pecho desde los once años, y apenas alcanzaba el metro y medio, ¡era el sueño de cualquier treceañero onanista!
En fin, si entonces hubiera analizado el concepto tan asexuado que Jaime tenía de mí, me habría ahorrado muchos disgustos.
Gaizka hizo un gesto como de saludo con la cabeza y luego se puso a explicar no sé qué cosas sobre fútbol a Jaime, los dos se partían de risa. Dejé de existir. Era una enana de tetas inmensas que forzaba la risa para no sentirse marginada.
Aproveché un segundo que Gaizka se acercó a la papelera para tirar el envoltorio de la palmera de chocolate, que se acaba de comer, para agarrar a Jaime por banda.
—Yo no quiero que este tío venga con nosotros —Jaime me puso cara rara—, es que es un poco chulito.
—No digas paridas, es un descojono de tío. Joder, cuando te pones en plan moñas no hay quién te aguante, qué chorra eres.
Cuando te pones en plan moñas no hay quién te aguante, qué chorra eres, creo que a este último concepto también le tendría que haber dado un par de vueltas mucho tiempo antes.
—¿Eres chorra? —me preguntó inocentemente Gaizka que ya estaba de vuelta.
—No, claro que no —dije muy poquito convencida.
—Pues yo soy mogollón de chorra, todo el mundo me lo dice, éste también —dijo dando un golpe en el pecho a Jaime— pues sí, soy un chorra pero es mejor que ser un vinagres como éste —y volvió a darle a Jaime en el pecho riéndose como un loco, después añadió—: Oye, tía, vaya tetas que tienes, ¿no?
Sí, señor, ahí empezó una larga y sincera amistad pero sincera de verdad.
Lo miré.
—Pero ¿tú qué dices, subnormal? —dije tirando al suelo del coche todos los mapas, empezaba a estar harta de ellos.
—Ya sabes a qué me refiero, no he estado ahí últimamente.
—Normal, llevo más de siete años dando tumbos por el mundo, si hubieses estado ahí serías el mismísimo espíritu santo convertido en paloma.
—Elvi, joder, ya sabes…
—¡Anda, calla! ¡No seas pesado! —grité.
Estaba más que convencida que las amistadas que no fallaban nunca era porque no habían durado lo suficiente para cagarla. Pero si tienes tiempo la cagas y bien además. Así que yo me quedaba con eso, con los casi veinte años de amistad, con la opción de hacerlo mal porque estadísticamente es lo que toca y porque sólo unos pocos privilegiados pueden cagarla. Y Gaizka y yo, se mire como se mire, éramos unos privilegiados.
—¿Preparado? —le pregunté cambiando de tema. Saqué el CD de Amaral y metí uno nuevo.
—¿Eh?, ¿para?
No le contesté, seleccioné la última pista del CD y empezó a sonar Tonight is what it means to be young.
—¡Ostias! ¡Ostiasssssssssss! ¡Street of fire!
Nos miramos y a los dos pareció poseernos un algo infernal. Gaizka aceleró, yo empecé a dar botecitos en el asiento con las manos en alto mientras intentaba ajustarme al estribillo con mi: guichi son for de night magic chubi yong. A Gaizka no pareció importarle mi carnicería con el inglés, incluso lo agradeció así él pudo empezar sin complejos con su: over, over bifor is nouguin to go to nait. Al ritmo de la frenética batería, saludaba como una loca a los camioneros que adelantábamos. Ellos me miraban desde sus colosales cabinas sin poder evitar reírse. Gaizka empezó con su singular coreografía de cuello, para‘lante y para’trás. Lo imité sin dejar de mover al libre albedrío mis brazos. Cómo gritábamos, qué histeria a dúo tan poco canalizada, qué gozada, realmente qué gloria de catarsis.
La canción terminó pero seguíamos riéndonos contagiados por la energía de Calles de Fuego.
—Jo, Gaizka, ¿qué me dices ahora?, ¿eh? Disfrutando de la carretera americana, a nuestro aire por la 95 —dije justo después de ver un cartel con el signo de autopista interestatal en blanco y azul con ese número—, camino a Washington…—¿Cómo 95? —preguntó serio.
—No sé, ponía ahí 95.
—Richmond siete millas—leyó en voz alta al pasar por debajo de un enorme cartel que lo anunciaba—. Busca Richmond en el mapa, Elvi.
Me agaché para recoger todos los mapas que había tirado antes.
—¿Ruckersville?
—No, Richmond —corrigió Gaizka un tanto sorprendido de que hubiera confundido ambos nombres, no se parecían en nada, pensó.
Pasé mi dedo por la ruta que se suponía que teníamos que haber seguido, y pronuncié el siguiente pueblo.
—¿Culpeper?
—¡Noooooo! ¡Richmond! Elvi, ¿qué ostias andas? ¡Richmond!
Me entró la risa. Hay gente responsable pero no es mi caso, y me entró la risa porque tuve claro que no sabía ni dónde me daba el aire. Lejos de agobiarme me reí como una idiota zarandeando el mapa sin sentido.
—Lo siento, Gaizaka, lo siento, es que viene todo tan pequeñito que me lío al verlo… —intenté disculparme al ver su cara de pocas bromas.
Llegamos a una gasolinera y Gaizka cogió el mapa para aclararnos, por fin, dónde estábamos.
—Aquí, tía, estamos aquí, Richmond en la 95. ¡A tomar por culo de la ruta!, porque no era la 64 sino la 29 a la que debíamos habernos desviado, pavita pura, que eres un mito de puta madre, tía.
Lo miré fingiendo cara de afligida porque lo sentía un tanto cabreado, pero lo cierto es que me estaba costando mucho aguantarme la risa.
—Venga, Gaizka, bah, no me seas vinagres tú ahora, ¿eh? ¿Sabes lo que vamos a hacer? —hice una pausa para ver si su cara cambiaba de rictus, pero no lo estaba consiguiendo—, vamos a buscar un Motel al más puro estilo Norman Bates, con madre loca y todo.
—Bueno, loco él, porque su madre estaba muerta, la pobre.
—Ah, sí… entonces, ¿de quién era la madre loca?
—¿De Carrie? ¿Sthephen King?
—De ésa… —dije con gesto pensativo con los dedos en el mentón, rememorando la escena de la sangre de cerdo—, qué mala era, ¿eh?, qué mala…
—Estás como una puta cabra, tía —dijo riéndose y devolviéndome el mapa—. Anda, toma, guárdalo, que el viaje no ha hecho más que empezar…
sábado, octubre 31
Mal de ojo
―¿Y tú crees que esto va a funcionar? ―preguntó Kayla mirando el plato con la tijera dentro.―Pues eso dice aquí ―y ladeé la pantalla del portátil para que pudiera verlo. Pasé el dedo bajo algunas líneas del texto mientras leía―: Lo que se debe hacer es poner la tijera abierta dentro de un plato hondo con un poco de agua.
Kayla y yo estábamos sentadas en la mesa de mi cocina. Comíamos unos nachos reblandecidos por el queso fundido en el micro, con salsa picante de espinacas, mientras organizábamos todos los ingredientes necesarios para quitar el mal de ojo.
―¿Y el aceite?
―Con el aceite te mojas el dedo anular, ¿no? y luego… espera que creo que lo decía por aquí… ―dije intentado buscar esa parte del texto pero no pude y se lo expliqué con mis propias palabras―, luego… echas tres gotitas en el plato de la tijera, ¿no?, recitando una oración.
―Ya... Lo que no tengo muy claro es cómo sabes que tienes mal de ojo ―dijo Kayla llevándose un nacho a la boca.
―Ah, ¿eso?, mira, pincha aquí ―y le señalé una página minimizada en la parte baja de la pantalla.
―¿Esto?
Miré al portátil un segundo con la botella de aceite en la mano. Sí, eso, le dije.
―Insomnio, pesadillas repetitivas, ¿qué pesadillas tienes tú?
―Arañas.
―Pero eso no es una pesadilla, cariño. Vivimos en las montañas de West Virginia, aquí hay más seres de ocho patas que de dos. Sueñas con las imágenes que has visto a lo largo del día ―razonó Kayla removiendo un ahogado nacho en la salsa.
―Te aseguro que llevar encima un abrigo de tarántulas peludas no es una imagen que vea frecuentemente a lo largo del día.
―¡Buaj…! ―exclamó y continuó leyendo―. Opresión en el pecho, nerviosismo generalizado, ¡normal!, ¡soñando con eso! ―e hizo una pausa para comer otro nacho―. Cansancio, depresión, mareos, falta de concentración, pérdida de memoria, inapetencia sexual… ¡Joder! Si tienes todo esto, más que mal de ojo lo que te pasa es que ¡estás hecha una mierda, cariño!
Me reí diciendo:
―¡Anda, calla! A ver, que esto ya está.
―Ay, estoy nerviosa, ¿eh?, ¡estoy nerviosa! ¡Venga, unta el dedo! ―Kayla parecía disfrutar de aquello como una niña pequeña.
Extendí el dedo anular de mi mano derecha y lo mojé en el platito de aceite que había preparado.
―¿Y ahora? ―preguntó Kayla impaciente.
―Echo una gota en el plato con la tijera mientras digo un padre nuestro ―dije llevando el dedo al otro plato, con cuidado de no derramar el aceite por el camino.
―¿Un qué?
Estaba muy concentrada en lo mío así que no contesté a su pregunta y empecé:
―Padre nuestro que estás en los cielos, no nos dejes, no, no, danos el pan y no caer en la tentación, santificado, ay… santificado el pan de tu nombre, ay… ¿cómo era?, más líbranos del mal… ―miré con angustia a Kayla―. Se me ha olvidado, se me ha olvidado…
―¡Uy, pues a mí no me mires que soy judía!
―¡Mierda! Se me ha caído una gota ―las dos miramos rápidamente dentro del plato de la tijera―, ¿pasa algo fuera de lo normal? ―pregunté sin levantar la vista.
―La tijera no parece desintegrarse…
―Corre, Kayla, ¡busca el padre nuestro en internet!
―¿En internet?, ¿no crees que vamos a perder toda la espiritualidad del conjuro?
―¡Venga! ―grité nerviosa, mientras colocaba la mano izquierda bajo mi dedo chorreante de aceite para no dejar caer más gotas.
―¿Padre nuestro, así como suena?
―Sí, así como suena: Padre Nuestro ―dije vocalizando perfectamente las dos palabras.
―Aquí está, a ver, repite: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre ―hizo una pausa, yo la miré sin saber qué hacer―. ¡Que repitas, cariño!
―¡Ah! ―retiré la mano izquierda y zarandeé el dedo anular para soltar otra gota de aceite mientras recitaba las frases de la oración, chivadas por Kayla.
―Venga a nosotros tu reino…
―Venga a nosotros tu reino… ―repetí.
―Hágase tu voluntad…
―Hágase tu voluntad…―repetí de nuevo.
Frase tras frase terminamos con el primer Padre Nuestro, luego llegó la segunda gota y el segundo Padre Nuestro, y por último el tercero.
―¿Qué? ―pregunté a Kayla mientras me secaba el dedo con una servilleta de papel.
―Mmm… no sé… ―respondió Kayla examinando las gotas flotando en el plato.
―Pero ¿están separadas o apelotonadas en una gran gota?, ¡ay, quita!, déjame ver ―dije apartando la cabeza de Kayla de encima del plato.
―Bueno, pues, ¿qué ves tú?
―Mmm… no sé ―dije con enorme duda.
―¡Ves! ―exclamó Kayla victoriosa―. No se puede saber, ¡ahí no se puede saber nada! Se ha quedado un charquito aceitoso sobre unas tijeras… ¡Tú me dirás!
―Ya bueno… pero hay que saber si las tres gotas…
―Las cuatro ―interrumpió Kayla.
―¿Qué?
―Que al final se te cayeron cuatro gotas.
―Aaaaah… claro… igual es por eso… ―dije levantando la cabeza y mirando a Kayla como si acabara de descubrir que la Tierra era redonda.
―Espera, parece que se separan, ¿no? Ahora se ve más claro, las gotas están más definidas, sí.
―¿Se separan? ―pregunté nerviosa mirando el plato al igual que Kayla.
Me levanté aturdida de la mesa y me acerqué a la cafetera. Tomé un vaso del armario y lo llené de café mientras le explicaba a Kayla que si las gotas quedaban separadas, significaba que continuaba con el mal de ojo, por eso que las gotas debían permanecer juntas. Kayla no dijo nada. De espaldas a la mesa eché azúcar al café y lo removí con una pequeña cucharilla.
―Ay, pues se están juntando… ¿eh?, se están juntando ahora, ¡mira, mira! ―dijo Kayla exitada.
―¿Sí? ―dije dándome la vuelta con ilusión.
―¡Sí, sí, sí!
Nuevamente de espaldas, tiré la cucharilla a la fregadera y, al darme la vuelta para acercarme a la mesa con mi café, vi como Kayla soplaba dentro del plato.
―¡¿Qué haces?!
―Nada… ―contestó con vergüenza al haber sido descubierta.
―Kayla, ¡esto no funciona así!, ¡no puedes juntar las gotas con tus soplos! ―grité llena de rabia―, ¡no puedes!, ¡lo has estropeado todo!, ¡todo! ―y me senté en la silla intentando contenerme pero se me escurrieron las lágrimas.
―Pero, cariño… tú no tienes mal de ojo, tú lo que tienes es mucho dolor y tristeza aquí dentro ―dijo casi en un susurro apretándome el pecho―. Pero un día, ¿sabes…?, un día esa tristeza se irá y tu mundo volverá a estar lleno de colores, cariño…
―¿Cuándo…? ―pregunté abrazándola sin dejar de llorar.
lunes, octubre 26
Con corazón de papel de aluminio
Querida, Elvira:Este email trae consigo una triste noticia. Hoy de madrugada, mientras dormía, el abuelo…
Me llené de una densa tristeza que trepaba lenta y torpe, congelándome las entrañas. Con dolor me levanté del escritorio de mi salón. Entré en el baño y me agarré al lavabo con una mano mientras, que con la otra, apretaba mi estómago. Necesité tres bocanadas de aire antes de poder escupir el primer sollozo.
―Abuelo, he venido a despedirme ―dije sentada, en una sillita, junto a su cama―, mañana me voy.
Intentó decirme algo, así que me acerqué mucho a él. Estaba muy delgadito, ya casi no podía hablar.
―¿A China? ―repetí su pregunta en alto para que me corrigiera si es que no le había entendido bien. Él asintió. Yo me reí―. No abuelo, no, ya no vivo en China, ahora vivo en los Estados Unidos, ¡con Obama! ―y solté una carcajada que él intentó imitar con una leve sonrisa dibujada en sus labios.
Me volví a acercar a él y le acaricié la cara. Tenía un ojo cerrado y el otro apenas podía abrirlo, sólo un poquito, lo justo para reconocer las caras. Sacando la mano de entre las sábanas me agarró un mechón de pelo, casi no tenía fuerza, así que lo soltó. No me moví, por eso lo intentó de nuevo. Yo le ayudé, se lo coloqué entre los dedos, él lo tocó. Qué guapa, txiki, me dijo con ese hilillo de voz que tenía. Se me cayeron las lágrimas. Le quité el pelo de entre los dedos y le sostuve la mano frente a mí. Le fui estirando dedo por dedo mientras se los contaba, hasta llegar al meñique que lo tenía totalmente retorcido.
―Abuelo, ¿qué hacemos con éste?, ¿eh? ―le pregunté, con una amarga sonrisa, señalándole su propio dedo.
―¡Me cagüen los cojones!
―Pero, ¿qué pasa, Vicente, chico? ―preguntó mi abuela entrando en la salita con un trapo de cocina en la mano.
―¡Esto pasa! ―dijo mi abuelo mostrándole el periódico―, que la niña ha pintarrajeado todo el crucigrama.
Yo tenía siete años y, al oír a mi abuelo gritar, me arrinconé contra la pared, lo más lejos posible de él, pellizcándome la mano. Siempre pensé que al hacerme daño, la culpa se marcharía antes y, al marcharse la culpa, los mayores dejarían de estar enfadados conmigo.
―¡Ay, esta niña es un caso! ―dijo mi abuela sin poder parar de reír―. ¡Elvirita es todo creatividad!, ¿a que sí, hija mía?, ¿eh?, ¿a que sí? ―me preguntaba, mientras se iba acercando a mí para darme un enorme achuchón―. ¡Me la como, me la como, me la como!
Antes de volver a la cocina, mi abuela miró amenazante a su marido y le dijo seria:
―Vicente, que no te vuelva a oír gritar a la niña, ¿eh?
―¡Bah! ―dijo mi abuelo sacudiendo la mano al aire y después me miró. Yo seguía con el culo pegado a la pared, mordiéndome los labios esta vez―. Anda, ven aquí, txiki, ven, siéntate conmigo ―dijo señalándome un trocito de butaca libre que tenía a su lado.
Me acerqué obediente y me senté. Mi abuelo cogió de la mesa dos bolígrafos, uno rojo y otro negro. Me dio el negro que era con el que había garabateado antes y él se quedó con el rojo.
―Bueno, vamos a hacer el crucigrama entre los dos, ¿sí?
―Sí… ―le contesté mirándolo desde abajo, porque mi abuelo era un hombre muy grande y más a ojos de una niña de siete años.
―Bien, yo voy a escribir dentro de estos cuadros, ¿ves? ―asentí un millón de veces moviendo enérgicamente la cabeza―. Bueno, ¡ya, ya, ya!, a ver si te vas a romper el cuello ―dijo riéndose―. Y tú puedes escribir fuera de los cuadrados, por ejemplo, aquí ―y me señaló la parte alta de la página―, o aquí ―junto a la información meteorológica―. Pero nunca dentro de los cuadros, ¿me has entendido? ―dijo con pose seria apuntándome, desde lo alto, con su boli rojo.
―¡Sí, sí, sí! ―respondí contentísima porque sabía que ya me había perdonado y ahora íbamos a hacer juntos el crucigrama.
No me había dado cuento de ello hasta que mi abuelo colocó su mano sobre el periódico para empezar.
―¡Uy, abuelo!, ¿por qué tienes esto así? ―pregunté poniéndome de pie para poder cogerle mejor del dedo pequeño de la mano.
Mi abuelo alargó el brazo hacia el frente estirando todos sus dedos excepto el meñique, que seguía encogido, parecía estar hecho un nudo.
―Bueno, pues para lavarme la nariz ―respondió.
―¿La nariz…? ―pregunté asombrada.
―¡Claro! ―dijo dejando el periódico sobre la mesa―. A ver, ¿tú cómo te limpias la nariz?
―No sé… ―contesté muy bajito y encogiéndome de hombros.
―Te echas el jabón y el agua aquí, ¿no? ―explicaba mi abuelo, juntando las manos como si de un cuenquito se tratara―, y después te frotas la cara así, así, así, así ―y empezó a pasarse las manos sobre su rostro pero, al tener el dedo roto, de todas, todas se lo metía en la nariz―. ¡Ves! ―exclamó, haciendo una pausa con el dedo dentro de la nariz―, así es como se limpia, por eso está torcido el dedo, ¿lo ves?
Lo miraba tronchada de la risa desde el suelo, otra vez, otra vez, le suplicaba. Y mi abuelo volvía a fingir que se lavaba la cara con el dedo metido dentro de la nariz. Y yo venga a reírme y venga a reírme, no podía parar, me dolía la tripa y todo.
―Va a tener razón tu abuela en que eres todo un caso, txiki, ¡mira cómo te ríes! ―dijo mi abuelo contagiado por mi loca risa.
―¡Otra vez, otra vez!
Y mi pobre abuelo lo repitió tantas veces como se lo pedí.
Le di un besito en aquel retorcido dedo y le volví a meter la mano dentro de las sábanas.
Marta y Feli, las chicas que lo cuidaban, entraron en la habitación.
―Cielo, déjanos un momentín que lo tenemos que cambiar.
―Sí ―dije secándome las lágrimas y sin poder mirarlas a la cara―, si yo ya me voy, tengo todavía que hacer la maleta.
―¿Cuándo te vas, cariño? ―preguntó Feli.
―Mañana… ―dije con inmensa tristeza.
―Tranquila, cielo ―dijo Marta―, despídete tranquila, que nosotras volvemos en un ratín.
Al oírlas irse, me senté junto a él sobre la cama para tenerlo más cerca y lo abracé con cuidado de no hacerle daño.
―Agur, abuelo… ―le susurré al oído. Agur, txiki... me dijo con su media vocecita.
Salí de aquella habitación envolviéndome el corazón en papel de aluminio para poder conservarlo entero, porque me marchaba sabiendo que no volvería a ver a mi abuelo nunca más.
jueves, octubre 22
The Time Capsule
―¡Eh, tú!, ¡no le hagas daño! ―gritó un niño desde la acera de enfrente.
―Yo… no… ―intenté explicarme mientras me ponía de nuevo de pie.
―No muerde, ¿sabes? Así que ¿por qué le pegas? ―siguió recriminándome el niño pero esta vez apuntándome con el dedo.
Por su actitud me imaginé que la discusión iba a ser larga así que me quité los auriculares de las orejas y los dejé colgando sobre mi hombre. Iba a empezar a defenderme cuando vi como su amigo, más bajito que él pero de unos nueve años también, le susurraba algo al oído.
―Perdón, señora… ―dijo el niño alto después de haber escuchado el no sé qué de su amigo.
―¿Señora? ―pregunté con los ojos como dos huevos fritos―, ¿ahora soy una señora?
Ninguno de los dos niños dijo nada, sólo me miraban con cierta inquietud. Les dije adiós con la mano, sin mucha gana, y empecé a caminar otra vez.
―¡Espera, señora, espera! ―gritó el más alto mientras el bajito le estiraba de la camiseta para que dijera aquello que parecía que él mismo no se atrevía―. ¿Puedes venir un momento? ―me preguntó al mismo tiempo que el pequeño me hacía el gesto con la mano para que fuera, eso me hizo mucha gracia. Lo cierto es que el mudito parecía la cabeza pensante del dúo, así que, curiosa, crucé la calle y me planté frente a ellos.
―Yo soy Shayne ―dijo el alto con enorme simpatía―, y éste es mi primo Jesse ―y los dos me ofrecieron su mano derecha para estrecharla.
Muerta de la risa, por aquel gesto tan sincronizado, estiré mis brazos y les estreché a la vez las manos. Aquello fue, lo que se dice, un buen saludo a tres bandas.
―¿Eso es un iPod? ―¡vaya, el mudito tenía voz!
―¿Esto? ―pregunté señalando los auriculares en mi hombro. Los dos niños asintieron―. Sí, es un iPod, ¿por qué? ―dije mientras lo sacaba de mi bolso.
Jesse volvió a decir algo al oído de su primo, y finalmente Shayne rebuscándose en los bolsillos del pantalón me dijo:
―Te lo cambiamos por esto ―y sacó en un rápido gesto, como si de un mago se tratara, un arrugado billete de un dólar.
―¿Mi iPod por un dólar? ―exclamé con la cara totalmente arrugada.
―Bueno… y si quieres te puedes quedar con Roosevelt los martes y jueves, ¿vale? ―negoció Jesse esta vez.
―¿Quién es Roosevelt?
―Mi perro ―dijo Shayne.
―¡¿El salchichero?! ―no daba crédito a la situación.
―Necesitamos tu iPod, señora.
―Elvira ―corregí a Jesse, pronunciando mi nombre en inglés para no tener que repetirlo catorce veces.
―Necesitamos tu iPod, señora Elvira.
―No, sólo Elvir… bueno, ¡qué más da!, ¡que no, que no os doy mi iPod!
Los dos chicos parecieron desistir y con frustración se sentaron al borde de la acera. Me dieron pena.
―Vale, hablemos, ¿para qué queréis mi iPod?
Jesse recobró la energía y me explicó lleno de ilusión que era para su time capsule.
―¿Time capsule? ―repetí intentando darle un significado en español, pero no conseguía entender aquel término aun conociendo las dos palabras.
Shayne salió corriendo en dirección a su casa y cogió algo de la mesa del porche. Regresó casi sin aire y me lo mostró.
―¿Un termo? ¿Time capsule es un termo? ―pregunté absolutamente confusa.
―¡Sí! Metemos cosas del presente aquí, lo enterramos y después, miles de años después, alguien lo encuentra y sabe cómo vivíamos ―explicó Shayne recobrando un poquito de aire.
―¡Aaaaaaaaaaaaaaah! ¡Claro! ¡Una cápsula del tiempo! ―grité en español.
Los niños se rieron al escuchar mi idioma.
La idea me gustó así que les pedí que me enseñaran que habían guardado dentro. Jesse abrió el termo muy voluntariosamente y me mostró un pendrive. Me dijo que habían escrito, en documento Word, una carta explicando quiénes eran, y habían adjuntado varias fotos de ellos y de Roosevelt. También habían seleccionado algunas páginas de Wikipedia con la biografía de Obama, Justin Timberlake, Undertaker, Smiley Ray Cyrius, Lebron James y Ben Stiller.
―La muela es mía ―se apresuró a explicar Shayne con cierto orgullo― y la paleta es de éste.
―Pues chicos, creo que es genial, de verdad, increíble. La selección es perfecta, con eso ya lo podéis enterrar, no es necesario mi iPod, en serio, no es necesario ―dije fingiendo enorme confianza en mis palabras pero no estaba muy convencida de que estuviese siendo creíble.
Jesse, después de volver a meter los dientes dentro del termo, tomó del brazo a su primo y se alejaron unos metros de mí para deliberar. Se acercaron pocos segundos más tarde.
―Sí, lo vamos a enterrar sin tu iPod ―dijo Shayne retomando el papel de portavoz.
―¡Bien! ―exclamé dando una palmadita―, pues, chicos, pasad un buen día ―y sonriendo me di la vuelta para seguir mi camino hasta casa.
―¿Señora Elvira…?
Reconocí la vocecita de Jesse a mi espalda y girándome le pregunté qué pasaba.
―Señora Elvira, hemos pensado no meter tu iPod…
―Sí, lo sé, ¿y…? ―pregunté con miedo.
―Y también hemos pensado enterrarlo en tu jardín.
―¡¿En mi jardín?! ¿Por qué en mi jardín?
―Porque mi padre no me deja hacer agujeros en su jardín, ya se lo he preguntado ―explicó Shayne creyendo que su respuesta era de lo más razonable.
―¡Normal! ―exclamé con una risa irónica.
Shayne dio un codazo a Jesse y éste se apresuró a decir:
―Señora Elvira, si nos dejas enterrarlo en tu jardín te permitimos que escribas tu nombre en un trozo de papel y lo guardes en nuestra cápsula del tiempo ―y después de decir esto Jesse miró con esperanza a su primo Shayne.
Me ablandó aquella mirada tan llena de ilusión. A fin de cuentas, el jardín no era mío sino del señor Cole, mi casero. Si veía el agujero siempre podía echar la culpa a las ardillas, algo bueno tenía que tener el vivir en la montaña.
Una vez en el jardín, los dos niños buscaron un lugar apropiado y, por supuesto, decidieron que lo enterrarían en el centro.
Nos arrodillamos en el suelo formando un pequeño círculo. Jesse colocó el termo en el medio y los tres lo miramos como si de algo trascendental se tratara. Sí, yo también, en ese punto de la historia he de reconocer que estaba excitadísima con el hecho de poder participar.
Saqué de mi bolso una libretita y un lápiz, arranqué una hojita de cuadros y escribí mi nombre. Lo doblé y se lo di a Shayne que su vez se lo pasó a Jesse y éste, finalmente, lo metió dentro del termo. Todo un ritual de logística.
Después sacudí ambas manos hacia adelante, dando a entender que podían continuar con el proceso de enterramiento, pero ambos chicos se miraron levantando los hombros. Cómo, preguntaron al unísono.―¿Cómo que cómo?
―No tenemos pala, señora Elvira ―aclaró Shayne.
Suspiré un par de veces y luego les pedí que me dejaran pensar. Pocos segundos después les dije que me esperaran. Entré en casa, eché un vistazo a la cocina y, cuando creí tener lo necesario, volví al jardín muy satisfecha de mi idea.
―Tomad, chicos.
―¿Una cuchara? ―preguntó incrédulo Jesse.
―No, una cuchara no. Mira, una, dos y tres cucharas ―expliqué señalando con el dedo cada una de ellas―. Tres cucharas hacen el total de una pala.
Más o menos les convenció aquella teoría y enseguida nos pusimos a cavar. Cuando terminamos, Shayne tomó el termo y al ir a ponerlo en el agujero Jesse gritó:
―¡Espera, espera!
Shayne se paralizó a medio camino.
―¡Espera! ―volvió a repetir Jesse―. ¡Escupamos!
―¿Qué?¿Unos a otros? ―al oír esta pregunta de Shayne no pude evitar soltar una escandalosa carcajada.
―¡No, idiota! ¡Dentro del termo! Así podrán saber de qué especie somos.
―¡Oh, genial!, ¡el ADN! ―vitoreé a Jesse. Realmente ese niño era un Einstein.
Abrieron el termo y escupieron, luego me lo pasaron a mí.
―¿Yo también puedo? ―pregunté halagada.
―¡Claro! Porque nuestro ADN es americano pero, como tú eres extranjera, los del futuro tienen que saber también cuál es tu especie.
Intenté ocultar mi risa, su razonamiento no dejaba de ser inocentemente encantador. Sin mediar palabra, tomé el termo y escupí dentro. Parecía que estaba todo preparado, así que Shayne, ceremoniosamente, cerró el termo y lo metió en el agujero asimétrico que habíamos conseguido cavar con tres cucharas.
Los niños, en un gesto muy espiritual, se dieron las manos y pidieron las mías. Los imité.
Después agacharon la cabeza y recitaron algo que no pude entender. Cuando terminaron, Shayne se dirigió a mí:
―¿Quieres decir unas palabras en tu idioma?
¡Vaya!, qué gesto tan bonito, qué bonito… Me quedé embobada mirándolos, ¿por qué el mundo no estaría gobernado por niños?, pensé.
Sin dudarlo tomé la palabra, pero cuando iba a empezar a hablar me di cuenta de que no tenía ni idea de qué iba a decir, así que, emulando el tono ceremonioso de los chicos, solté lo primero que me vino a la cabeza en español:
―Yo quiero un novio que me lleve a la bahía ―carraspeé un poco y continué―, que me diga vida mía y que me quite este calor, ay... ay, qué calor, qué calor tengo ―hice otra pausa porque empezaba a entrarme la risa―, qué buena estoy, qué tipo tengo.
―Amén ―dijo Shayne.
―Amén ―respondió Jesse.
―Amén ―dije yo escondida entre mis propios hombros y ocultando la risa tras mi mano.
Después tapamos el agujero y lo pisoteamos intentando dejarlo como antes, fue imposible. Les dije que no se preocuparan, que en poco tiempo la nieve haría el resto.
―Gracias, chicos, pasad un buen día ―les dije mientras tomaba de sus manos las cucharas que habían acabado completamente dobladas.
―Gracias, señora Elvira ―dijeron a dúo.
Los vi marchar y subí al porche.
―¿Qué demonios hacíais ahí detrás? ―preguntó Fred con enorme intriga.
―Nada, soñar... ―y con una triste sonrisa me metí en casa a pasar el resto del fin de semana.




