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martes, noviembre 11

La noche del cambio

Knock-knock
—¿Seeeeeee…? —dije sin levantar la cabeza de mi portátil.
—Hola, guapa, ¿qué haces?
Mi jefa acababa de entrar en mi despacho con una enorme sonrisa y su desparpajo habitual.
—Intentando terminar esto —contesté señalando a mi portátil.
Mi jefa se acercó y empezó a fisgonear por encima de mi hombro el documento word que tenía abierto.
—Buff, chica, creo que tus alumnos no van a tener nivel para entender esto, ¿eh? ¿Grupo?
—Doscientos tres —dije automáticamente con la vista perdida en la pantalla.
—Un doscientos tres no tiene nivel para el texto que estás escribiendo, cámbialo. Chica, abarca menos, estamos en América…

Sí, pero acababa de llegar de Singapur donde el nivel exigido era mínimo también. Y tres cuartos de lo mismo me ocurrió en Francia, pero ¿qué pasaba?, ¿que el mundo estaba lleno de retrasados mentales a la hora de aprender español? No quise entrar en la eterna discusión sobre la capacidad del alumno, así que seleccioné todo el texto y presioné back space sin pensármelo dos veces.
—Chica, qué radical, ¿no?, con haber cambiado un par de cosas hubiese sido suficiente.
Miré a mi jefa con cierta desesperación cansina.
—Uy, qué carita… —dijo arrastrando, hasta mi lado, la silla que estaba detrás de la mesa—. A ver, ¿qué te pasa? —me preguntó y se sentó.
Que me sentía triste y terriblemente sola. Que no encontraba el sentido que me hubiera llevado a ese pueblo con menos de cuarenta mil habitantes en la América profunda. Que estaba muy cansada de llevar una maleta bajo el brazo. Que era frustrante trabajar para alumnos poco motivados. Que sentía que perdía mi jardín. Que odiaba conducir y no tenía más remedio que coger el coche diariamente. Que tenía la casa llena de arañas. Que me daban ataques de ansiedad cuando a las seis de la tarde mi barrio estaba oscuro y completamente silencioso. Que no merecía la pena tener una vida excitante si no podías compartirla con nadie. Que no podía dejar de pensar en él.
—Nada, Luisa, que hoy he dormido muy mal… —dije pellizcándome el labio, gesto inequívoco de que estaba mintiendo.
—Bueno, ya sabes que eres nuestro bebé, y aquí estamos todos para lo que necesites, ¿vale? —dijo apretándome la mano—. Y ahora recoge todo que nos vamos a casa de los Stanford a ver la noche electoral. ¡El gran día ha llegado, chica, hoy es la noche del cambio! —estaba entusiasmada.
Le agradecí el gesto pero dije que no iba. Quería evitar multitudes aquella noche. Luisa se lamentó y me hizo prometerle que estaría bien, después se marchó cerrando la puerta.
Me hice una pequeña pelota sobre la silla y empecé a llorar como una niña asustada.
Llegué a casa arrastrando los pies y con un enorme dolor de cabeza después de haber estado llorando casi toda la tarde.
Encendí el televisor. En el dormitorio me quité los botines y los calcetines, me encantaba andar descalza, tenía toda la casa enmoquetada. Era una delicia. Fui a la cocina y abrí la nevera, no tenía muchas ganas de preparar nada, así que cogí un yogur y una mandarina. Me senté en la butaca y, mientras pelaba la mandarina, me fijé en el mapa electoral del escrutinio que mostraban en televisión. Muchos de los estados del este ya tenían color azul o rojo.
¿Ohio demócrata? ¡¿Florida demócrata?!!! Dejé de pelar la mandarina y decidí prestar un poco más de atención porque quizá iba a ser verdad eso de que sería la noche del cambio.
No terminaba de enterarme muy bien qué decían por televisión así que decidí coger la calculadora y empezar con mis propias sumas.
A ver, Nueva York demócrata, ¿no?, entonces… más treinta y un votos, más… más veintiuno de Pensilvania, más veinte de Ohio, vein-te, veinte, ya, más, más… a ver… ¡a ver, señora calle un poco y saque el mapa otra vez que no me entero! Me reí, me parecía a mi madre hablando sola con la tele. La reportera desapareció y el mapa se volvió a mostrar y continué con mis cuentas. Más... más, a ver, Ohio, ya lo conté, ¿no?, pues, más trece de Virginia, tre-ce, y quince de Carolina del North, North, North, súper North, y… y… veintisiete, de Florida, jo, veintisiete, ¿eh?
Seguí gritando a la periodista que se empeñaba en mostrar las imágenes de la gente agolpada en el Grant Park de Chicago, y no me dejaba aclararme con el mapa electoral. ¡Pero qué pesada, mona, pon el mapa, MA-PA!!!!!
Pero no me hizo falta terminar con mis cuentas para ver el resultado: Obama ganaba y por mucho. Aunque varios estados del oeste estaban todavía sin colorear, California era imposible que se convirtiera en republicana de repente así que cincuenta y cinco puntos estaban asegurados para los demócratas, con lo que conseguirían 273 votos y, por lo tanto, la presidencia.

No me lo podía creer. ¿Obama presidente? Obama presidente… Poco a poco se iban terminando de colorear todos los estados. Los demócratas pasaron de los 273 votos, y de los 286. Las imágenes de la gente en la calle en Nueva York y Chicago eran increíbles. Y de los 301, y 316, y de los 337… Obama era presidente. Obama era presidente con 364 votos finalmente…

Me levanté, cogí el tuper de la nevera, me puse un jersey y toqué la puerta a mi vecino.
—Fred, soy yo, abre… Fred…
—Está abierta —oí desde dentró.
Empujé la puerta y entré. El salón estaba a oscuras, sólo la televisión iluminaba la habitación. En el sofá estaba Fred sentado con las piernas juntas y los codos sobre sus rodillas. Entre las manos su cabeza. Lloraba como un niño mirando el televisor. Me senté a su lado sin decir nada. Imité su postura juntando las piernas y sujetando con ambas manos el tuper sobre mis rodillas. Frente a nosotros la imagen del nuevo presidente Obama y su familia saludando a la multitud del Grant Park de Chicago.
—Hemos ganado, princesa… hemos ganado… —dijo Fred con la vista clavada en la televisión.
—Sí, Fred… hemos ganado… —repetí muy bajito.
Fred me miró y, aunque seguía llorando, sonrió y me susurró:
—Eres una chica afortunada, que ha llegado a América para vivir un hecho histórico…
Sus palabras se colaron directamente en mi ánimo que estremecido encontró un sentido.
Apreté con más fuerza el tuper entre mis manos, lo levanté y finalmente se lo ofrecí.
—Toma, Fred… son para ti, son peras… al vino… al final compré vino… —las lágrimas me caían silenciosas.

Una tarde en el museo

─Pues a mí la música ésta de tambores me parece una absoluta estupidez, voy a por más vino.

Margaret se atusó el pelo y se dirigió a la barra que habían improvisado en medio del hall principal del museo.
Yo me quedé escuchando a los cuatro músicos que habían llegado de Burkina Faso para la inauguración de la exposición “El corazón de África”. La verdad es que la gente se las ingenia para poner este tipo de títulos a cualquier tema africano. Aunque podrían haberle puesto “África negra”, y entonces si que hubiese sido un enorme despliegue de huecas neuronas.

Me apoyé en la puerta de cristal para ver desde fuera como Margaret pedía su tercer vaso de vino blanco. A sus 84 años mantenía una vitalidad envidiable. Pensé si a su edad sería como ella, pero miré mi vaso de té verde y supe que no. Levanté la vista y sonreí a uno de los músicos que me miraba, era realmente atractivo, él me devolvió la sonrisa.

─Hala, nena, vamos a ver los cuadros esos que yo no puedo más con tanto pom-pom-pom, ni el mismísimo Raphael con su tamborilero ─Margaret me agarró del brazo y me encaminó hacia la sala de exposición─. ¡Ay, hija, cada día estás más delgada!, pero ¿qué has comido hoy? ─me preguntó mientras estrujaba mi antebrazo con fuerza intentando encontrar los huesos.
─Hoy… ensalada de pasta.
─De verdad, esta gente de África anda obsesionada con el miembro masculino… ─Margaret hizo pararme ante una escultura alargadísima de un hombre desnudo con un enorme pene erecto─. Aunque vete a saber, nena, lo mismo es un perchero del siglo XVII, ignorante de mí…
Estallé en una escandalosa carcajada que dejó muda a toda la sala. Margaret me guiñó el ojo y siguió empujando de mí marcando el ritmo.
─Ensalada de pasta ¿dices?, la ensalada no alimenta y la pasta te llena de almidón la sangre. Cuando te mueras te abrirán en canal y se harán un jersey de almidón los forenses.
─Eso es algodón, Margaret, un jersey de algodón ─dije riéndome.
─De lo que sea… ¡Anda, mira, otro perchero!

El museo estaba en lo alto de la colina, y la carretera hasta el pueblo, pasadas las 8 de la tarde, era una auténtica serpiente negra.
─Nena, no corras que nadie nos espera.
─Margaret… voy a treinta…
─Siempre se puede ir a menos ─dijo dando un golpecito a la caja de cambios. Creo que mi viejo coche era el único con marchas en todo el estado de West Virginia─. Hoy has hablado poco, ¿todo bien por la universidad?, o ¿tus alumnos se te suben a las barbas?
No habían sido fáciles las últimas semanas. Ya llevaba casi dos meses enseñando en aquel lugar y todavía no me había metido a los alumnos en el bolsillo. Pero aquello no me preocupaba demasiado, ya caerán, me decía después de cada sesión.


─Ey, no te vayas, loca, no te vayas… ─Abid apretó mi frente contra la suya─, no… no… no… no… no… ─repetía cansinamente.
─Para, por favor…
─No… no… no… no… ─me abrazó con fuerza y me susurró profundamente en el oído─: Te quiero tanto...
Encerré sus palabras con sabor a urdu en una cajita de cristal para no olvidarlas nunca, aspiré su respiración para tragar el mismo aire y le pedí que me repitiera por última vez “azul celeste”. Me miró con enorme pena, hizo estremecerme.
─Azul celeste, azul celeste…
Sonreí tristemente.
─No pierdas nunca tu precioso acento, my big child ─lo besé y me marché de su casa. El taxi me esperaba fuera. Era una noche húmeda en Singapur.


─Que no corras, nena, que no corras, que te crees Alonso en Mónaco y esto no es. Pero… pero, ¿qué pasa?, ¿por qué lloras like that?
Por más que intentaba mantenerla cerrada, a veces se me abría la cajita de cristal y sus palabras bailaban en mi cabeza borrachas de pena.
─Ay, nena, pues si a mí tampoco me gustó la exposición, pero entiéndeme, tanto como para ponerse así, no, ¿eh?, ¡no!
Me hizo reír.
─¿Me invitas a una cerveza en tu casa…? ─pregunté absorbiéndome los mocos.
─¡Toma, y a dos!

Cuando, por fin, llegué a mi casa, me preparé café. Me tumbé en la butaca del salón y dejé, abriendo nuevamente la cajita de cristal, que el viernes terminase desde allí.

martes, noviembre 4

El Porche

—¡Hoy es mi día libre y tu música me ha despertado!!!!!

Eran las nueve de la mañana, cerraba la puerta de casa mientras los gritos de mi viejo vecino me taladraban el oído derecho. Intenté disculparme lo más rápido posible, no por sentirme culpable sino porque llegaba tarde a la universidad. Parecí convencerlo de mi inocencia y, tras un par de gritos más, me dejó marchar.

Vivía en una pequeña casa de una sola planta, en un barrio típicamente americano. En su día la dividieron para hacer dos apartamentos que compartirían la pared del salón y del baño, además del jardín trasero y las escaleras de la entrada.

Tres días más tarde de aquel episodio, me levanté con energía suficiente como para hacer peras al vino. Sólo había un problema, no tenía vino. Miré por la ventana de la cocina y vi que llovía, así que el ir a la tienda quedaba descartado. Me preparé un café para pensar mejor. Rebusqué en mi pequeña bodega y en la nevera y las posibilidades eran las siguientes: peras al Martini rojo, a la cocacola, a la cerveza, a la leche, al jerez o al zumo de tomate. Bien, creo que al jerez puede colar, pensé.
Después de una hora tenía cuatro peras borrachas de jerez caramelizado en una cazuela. Probé una y fui incapaz de terminarla, estaba tan rasposa que se me pusieron las papilas como escarpias. Necesitaba volver a pensar así que me hice otro café. Después del segundo trago me empecé a reír, tenía claro qué iba a hacer.
Metí las tres peras restantes en un tuper, me puse un jersey y toqué la puerta a mi vecino. Con una enorme sonrisa se las ofrecí y le pedí disculpas por molestarle siempre con mi música. El hombre estaba completamente sorprendido, apenas atinó a darme las gracias.
Dos días después me devolvió el tuper con pastel de brócoli dentro, y me aseguró que la música no le molestaba siempre, sólo un poco por las mañanas. Le invité a tomar un café y a compartir el pastel de brócoli. No quise comérmelo sola, tenía miedo de que estuviera rasposo también, pero descubrí que mi vecino, a pesar de su ruda apariencia, era un excelente cocinero y una maravillosa persona.

Dos semanas más tarde, cuando llegué a casa me paré en las escaleras y las miré. Mi vecino estaba colocando una de sus plantas en el segundo escalón.
—Oh, Fred, tenemos que hacer algo con este porche —dije con aire pensativo.
Fred se tuvo que sentar en las escaleras porque creía morirse de risa.
—¿Porche? Pero, princesa, ¿dónde ves un porche? —me preguntó entre carcajadas.

Bien, vale, no era propiamente un porche sino cinco escalones desnivelados con una oxidada barandilla a cada lado, y un diminuto descansillo ante las dos puertas.

—Creo que podemos pintar la barandilla… —dijo la princesa propietaria de un palacio.
—Eres adorable, chica, haz lo que quieras pero antes llama al dueño, no quiero problemas, ya sabes cómo es. Además es mejor que lo llames tú porque yo siendo negro creo que puede malinterpretarlo.
Me reí, pero desgraciadamente no le faltaba razón.

Ese mismo fin de semana empecé con la pintura.
—Fred, ¿rojo o negro? —pregunté a mi vecino, mostrando los dos botes de pintura que me había regalado un compañero del departamento.
—Mmm… ¿y si los mezclamos…? —contestó Fred ladeando la cabeza.
—¡Aye! ¡Genial, GRA-NA-TE! —estaba completamente fascinada.

Fred se ofreció a hacer la mezcla y a surtirme de cerveza a cada rato pero me dejó por entera la función de pintar, decía sentirse demasiado viejo.

Después de casi tres horitas de trabajo, estábamos los dos frente a las escaleras observando nuestra obra de arte. Subimos hasta el descansillo y Fred me pidió que esperara un minuto. Al cabo de un rato salió con dos sillas.
—Una para ti y otra para mí —dijo y cogió dos cervezas de la caja ofreciéndome una—. Una para ti y otra para mí —repitió—. Ahora sí que es un porche, princesa, porque tenemos barandilla granate como los reyes. ¡Hey, buenas tardes, Chad! —gritó levantando su brazo a nuestro vecino de enfrente que aparcaba el coche en ese momento.
—¡Hey, Fred! ¿Cómo va eso? —saludó Chad.
—Aquí, disfrutando del porche.
—¡Ja, ja, ja, ja! Del porche, dice, ¡serás cretino, Fred!
Le acompañé en la risa, la situación era de lo más disparatada pero me encantaba.
—No hagas caso, princesa, seremos la envidia del vecindario —me aseguró Fred en tono confidencial.
—Ven, Chad, te invitamos a una cerveza en nuestro porche —dije riéndome todavía.
Fred me miró enfadado y luego, dirigiéndose a Chad, añadió:
—Vale… puedes venir... pero ¡la silla te la traes tú!

domingo, noviembre 2

La laundry

Aparco el coche delante de la puerta.
El pequeño edificio de una sola planta es de hojalata, y desde fuera parece vacío. Dudo si entrar o volverme y pedirle el favor a algún compañero del departamento con lavadora en casa. Tras pensármelo seriamente durante treinta largos segundos, me decido y cojo del maletero el enorme saco de ropa sucia. Entro.

-¡Hola! -digo exageradamente simpática.
-Hola, preciosa... -me contesta aburrida una enorme mujer detrás de un mostrador.
-¡Vengo a lavar la ropa! -digo nuevamente ganándome el premio a Miss Nice West Virginia.
-Estupendo... -y sin más se da la vuelta y se mete en la trastienda.

Echo un vistazo a la lavandería. Es enorme. Por lo menos hay cien lavadoras alineadas en cuatro filas de dos. Contra la pared están las secadoras, colocadas en columnas de tres.

Vale, elijo una máquina y empiezo a echar toda mi ropa sin distinción alguna: toallas granates, con trapos de cocina marrones, tangas negras, rojas, blancas, azules, de snoopy, la abeja Maya..., vaqueros, dos camisetas blancas, pantalones negros, jersey beige y calcetines multicolor. Chorretón de jabón líquido. Bajo la tapa y empiezo a buscar la ranurita donde meter las monedas. Encontrada. Cuatro monedas de un cuarto de dolar y la lavadora empieza a funcionar. Fácil. Ahora sólo me queda encontrar la máquina de café, sentarme a esperar y hablar con ese chico tan sexy, a la par que tímido, que aparece en todas las pelis americanas dentro de una laundry.

-Perdona, ¿la máquina de café? -pregunto a un viejo hombre sentado junto a la puerta. Me mira y se empieza a reír. Le faltan dientes y se le cuela la lengua entre los huecos.
-¿Café? -pregunta una profunda voz detrás de mí.
Me doy la vuelta y veo metro noventa de un joven hombre sentado sobre una de las lavadoras de la segunda fila.
Se ríe y me vuelve a preguntar.
-¿Quieres café?
-Bueno... busco la máquina de café, sí.
-No hay -se baja de la lavadora y se acerca a mí muy decidido-. Hola, me llamo Mike -me dice extendiéndome su mano.
-Eeeeh... hola... soy Elvira.
Bueno, no es muy, muy sexy y tampoco podríamos tacharle de tímido pero es lo más cercano a un personaje de laundry, ¿no?
-Hey, yo soy Terry -gangosea el viejo hombre de la puerta. Me doy la vuelta sonriendo y le ofrezco mi mano mientras repito mi nombre otra vez.
-¿De dónde eres, preciosa...? -la enorme mujer había salido de la trastienda y nos miraba aburrida desde el mostrador.
-De España.
-Hey, yo tengo una amiga de Colombia, se llama Juliana, ¿la conoces? -me pregunta Mike completamente emocionado.
-Mmm... no, lo siento -le contesto sin evitar una carcajada.

Terry nos cuenta los problemas de su hija divorciada mientras Mike y yo colocamos la ropa mojada en la secadora.
-...y no es por su ex marido, que ahora vive en Ohio, es que se llevó al perro y...
-Esto, ¿cómo va? -pregunto a Mike en bajo para no molestar a Terry.
-Cinco minutos de secado son un cuarto de dolar, con veinte minutos más que suficiente -me contesta Mike imitando mi susurrante tono de voz.
-...tiene el pequeño tres años y el mayor seis, pero se han quedado sin perro, y eso me fastidia, ahora ella trabaja en...
-¿Café?
-¿Qué?
-¿Quieres café? -me vuelve a preguntar Mike sin dejar de mirar a su secadora.
-...yo le digo que no es un buen trabajo, pero, ay, ay, ay, ya no escucha a su viejo padre, lástima de perro, qué bonito era, bueno, trabaja de seis a doce...
-Mmm... sí, claro -le contesto.
-.. los trabajos nocturnos es lo que tiene, que sí o que no, pero... hey, chicos pero ¿adónde vais? -nos pregunta Terry mientras nos ve salir por la puerta.
-Te vamos a traer un café -le contesta Mike guiñándome un ojo.
-Bueno... pues muchas gracias, hijo, muchas gracias...

Cruzamos la carretera y nos metemos en un pequeño restaurante de cómida rápida. Nada más entrar Mike levanta la mano y saluda a los dos camareros del fondo y grita a uno de ellos.

-Logan, cuando puedas tres cafés para llevar. Nos sentamos a quí a esperar, ¿vale? -Mike me señala una mesita de madera-. Bueno, y qué hace una española tan simpática como tú en un pueblo como este.
-Soy profesora en la Universidad.
Wuao!, pero eres muy joven...
-Ja, ja, ja, no tanto -contesto- ¿y tú?
-Soy estudiante en la universidad.
Wuao!, pero eres muy mayor.
-Ja, ja, ja, no tanto -repite imitando mi acento,me hace reír- me licencié en literatura inglesa hace seis años y ahora estudio para el doctorado.

Llega Logan con los tres cafés, Mike no me deja pagar. Volvemos a la lavandería y ofrecemos su café a Terry.

-Oye, Terry, y ¿cómo dices que se llamaba el perro de tu hija? -pregunta Mike.
Qué chaval más majo, pienso, con qué poco sabe llegar a la gente.
-Skip -contesta sorbiendo el café-, buen perro, sí señor... Gracias, hijo -dice Terry levantando el vaso de cartón hacia Mike.

Acaban los veinte minutos de mi secadora, guardo la ropa en el saco, termino el café y me despido.
-Seguro que nos volvemos a ver por el campus -digo a Mike.
-Seguro... o aquí... siempre vengo los martes -responde con una enorme sonrisa.
-Entonces, nos vemos el próximo martes aquí. -Antes de salir me acerco al viejo-, adiós, Terry.
-Adiós, hija.
Cruzando la puerta oigo un aburrido:
-Adiós, preciosa...
Me río y meto en el maletero el enorme saco de ropa limpia.