lunes, noviembre 25
Sirenas en la noche
domingo, abril 28
Amo, amas, amat...
jueves, mayo 17
Basura
Elvira pegaba el segundo trago a un Ossian 2009, mientras daba vueltas, con una cuchara de palo, a la cazuela de arroz con leche que estaba preparando. Dejó la copa en la encimera y miró la botella. Sonrió. Cómo se alegraba de tener amigos tan espléndidos como Gael. Las cosas no le estaban yendo demasiado bien, pero aquel momento en la cocina lo compensaba todo.
lunes, agosto 15
París
Un domingo de agosto, París, apartamento de 14 m2, en el Barrio Latino. Por la noche el sofá-cama bloquea la puerta del baño, así que sólo puedo mear durante el día. Qué bohemio.
Necesito un café. Un café y cerrar la ventana.
Justificar mi estancia en París es complicado. Digamos que el odio me trajo hasta aquí. Un profesor de Creación Literaria, con camisa hawaiana, me confirmaba en Madrid, a finales de junio, que había suspendido el máster, no estás preparada, me dijo. No sabes introducir los diálogos ni distinguir la trama del argumento. Tenía dos opciones: conseguir un Ruger Alaskan y volarle los sesos al tipo que le había vendido semejante camisa o encontrar, en alguna parte del mundo, a una persona que me instruyera con mayor masa cerebral. Et voilà!, seis horas diarias de clase en la Sorbona, durante mes y medio, es el resultado de mi opción b.
Aterrizar en París supondría una terapia de choque en su estado puro, y mi psicoanalista de vacaciones. Recordar a mi ex francés de hace cuatro años, el fondue de chocolat de los sábados por la mañana, las cervecitas en Marais, los paseos en vélo, los apéritifs super sympa en el canal de Saint Martin, la música de… ¡¡¿Es que los psicólogos no temen que sus pacientes se tiren por la ventana en agosto?!! Hombre…, yo por la ventana no, pero quizá al Sena sí. Es más romántico, colorea un titular: “Joven escritora se tira al Sena desde el puente del Alma, atormentada por sus recuerdos, mientras su psicólogo, despreocupado, pescaba truchas en lo alto del Miño”.
La cuestión es que no había ideado una opción c, siempre se me olvida diseñar las salidas de emergencia. Así que, sin más alternativa, monté en ese avión de Air France.
Disgustada, bebo mi primer trago de café del día. Siento dilatarse los vasos sanguíneos de mi cerebro, sonrío, cierro los ojos e inspiro con los labios apretados. Un segundo sorbo y la vida es maravillosa. Con el tercero llega el orgasmo. Me dejo caer en el sofá y escucho a Alex Gopher atrapado en mi portátil. Notre-Dame anuncia las 12. Dejo la ventana abierta, porque sí, me gusta ver la Sorbona desde aquí, desde mi sofá. Y reconozco que desde esta posición, desde el epicentro de mi microcosmos, admiro un París transformado, diferente al de hace 4 años, un París no compartido, sólo mío, un París por descubrir, del que pienso enamorarme y dejar que saque lo mejor de mí, con absoluto delirio para que...
¡Un momento! Miro mi taza y me río, ¿por qué nadie me había hablado nunca de las propiedades psicotrópicas del café francés…?
martes, febrero 15
Sueños
Sueños Noctámbulos por Salvador DalíSobresaltada me aparto de la cara las páginas de un aburridísimo Buzzati. Y, aún tumbada en el sofá, consigo encontrar el móvil tanteando la mesita con una sola mano. Cesa la melodía al cogerlo, resoplo y digo:
―Dime, mamá…
jueves, septiembre 30
Historia de una escalera

―¡Ey, ey!, perdona, te olvidas eso.
El chico se dio media vuelta y miró los papeles que la joven le estaba señalando con cierta teatralidad irónica.
―Es propaganda.
―Lo sé, es tu propaganda ―respondió ella sin mirarlo, girando su llave en el buzón del 5º derecha.
Rafa bajó lentamente los cuatro peldaños que acababa de subir, se acercó a la repisa, recogió la publicidad, miró a la chica, quien le había parecido sobradamente soberbia, y le espetó:
―¿Y tú quién coño eres?
―Elvira, me acabo de mudar a una de las buhardillas, encantada. ―Sin esperar la reacción de su vecino, cerró el buzón y con brío empezó a subir las escaleras.
Rafa, mirando al espacio vacío que acababa de dejar Elvira, no paraba de pensar en lo imbécil que era aquella tía, pero imbécil de verdad. Se parecía a su ex Natalia, igual de zumbada, putas tías. Natalia le había dejado haría cosa de año y medio, necesitaba tiempo para pensar, ¿para pensar en qué?, si no había necesitado ni dos meses para irse a vivir con Néstor, su compañero de trabajo, de Argentina, el tío era argentino, sí, argentino, argentino, contra ese acento era imposible competir. Sin darse cuenta estaba estrujando la propaganda en su mano. Resopló. Se calmó. A la mierda con Natalia. A la mierda con Néstor. Se dio la vuelta para confirmar que Elvira ya no estaba detrás, miró los papeles publicitarios y los fue metiendo de uno en uno en el buzón del 5º derecha. A la mierda con esa vecina resabionda.
Eran casi las once y media de la noche y Elvira sacaba a la calle una bolsa de basura y una enorme caja de embalaje de cartón. Acababa de montar una estantería. Fue al entrar de nuevo al portal cuando lo vio. Con rabia se acercó a su buzón y, escurriendo dos dedos entre la ranura, pudo sacar un papelito de colores arrugadísimo, anunciando el Le Dragron. Qué cabrón, musitaba una y otra vez mientras zarandeaba la cabeza alucinada.
―¡Qué hija de la gran puta!
Eran las ocho menos cuarto de la mañana del día siguiente y Rafa, con su casco colgado del brazo, salía de casa para ir a trabajar cuando encontró su felpudo bañado por papelitos recortados. Allí estaban los cuatro o cinco panfletillos publicitarios hechos añicos sobre su Welcome.
Al escuchar el grito, que había ascendido por el hueco de la escalera como una llamarada, Elvira se rió dándose media vuelta en la cama.
Eran las seis de la tarde, y en la oficina no quedaba nadie excepto Rafa que se frotaba la cabeza mientras releía una y otra vez el email. Natalia se mudaba a Buenos Aires, iba a casarse.
―¿Qué? ¡Graciosa!, ¡¿qué pasa contigo?!
Elvira levantó la cabeza. Estaba llorando. Te llamo luego, dijo al auricular. Guardó su móvil.
―A mí no me pasa nada, ¿y a ti? ―Tomó aire, se hizo un hueco para llegar hasta el portalón, sacó las llaves y abrió la puerta.
Rafa estaba paralizado, nunca había sabido qué hacer ante una chica llorando. De hecho no pudo recriminarle nada a Natalia cuando le dijo que le dejaba, estaba llorando, qué podía hacer, sentía pena, seguro que necesitaba tiempo, Natalia siempre terminaba agobiándose porque él a veces era muy pesado, si es que todo era por su culpa, pobre Natalia, no llores, cariño, anda, no llores…
Eran las nueve y veinte de la noche y la pequeña aspiradora de coche, que Silvi le había prestado, se atragantaba con el confeti publicitario del felpudo del tercer piso. La puerta se abrió.
―Hola ―dijo Rafa.
―Hola ―dijo Elvira apagando la aspiradora. ―No te había conocido sin el caso colgado del brazo.
Qué cabrona, pensó Rafa mientras se reía con cierta timidez.
―Oye, mira, ya está, ¿vale? Queda zanjada aquí nuestra guerra, ¿vale? ―Elvira se expresaba con nerviosismo, nunca se le dieron bien las disculpas, quizá por eso había perdido tanto en su corta vida. ―No quiero tener líos con ningún vecino, mira, demasiado, no sé, vamos, ya me entiendes... ―Sujetó la aspiradora con una mano y se pellizcó los labios con la otra mientras intentaba seguir hablando―. Que demasiados rollos tengo en mi vida como para echarme más tierra, paso de tener problemas por la mierda de la propaganda, haz con ella lo que quieras.
Rafa la miraba sin decir nada. No, no era como Natalia. Ahora que la oía hablar eran muy diferentes, sí, no se parecían en nada. Elvira tenía algo que la hacía parecer inmensamente frágil a pesar de ese pronto tan arrogante que, a veces, desprendía. Así que con un dulce gracias, Rafa cerró su puerta guardándose un extraño deseo de abrazarla.
Era casi media noche y Elvira, con el corazón sobre la mesa, escribía un escueto email a su ex novio Etienne felicitándole por su reciente paternidad.
viernes, junio 11
Jueves del Amor
Flowers, por Grenuj―Elvira, deja de llorar. Joder, qué tía más pesada… ―farfulló Marieta mientras intentaba desenroscar una tanga de entre un pantalón vaquero recién centrifugado.
Elvira estaba tirada en el diminuto sofá del diminuto salón del diminuto apartamento de Marieta. Con una mano se tapaba la cara mientras que con la otra se restregaba un kleenex usado por la cabeza. No paraba de llorar.
Marieta cerró la puerta de la lavadora y dejó el pantalón, con su ensortijada tanga, sobre la encimera de su diminuta cocina americana. Desde allí miró a su amiga y no pudo evitar reírse, pero mírate, le dijo, ¡como te sigas poniendo mocos en el pelo te vas a quedar pegada al sofá!
―Nadie me quiere… ―balbuceó Elvira en un intento de volver a ser persona.
―¡Qué sí! Blanquita creo que te quiere un poco ―y riéndose se acercó al sofá―. Anda, quita los pies que no entro.
Marieta se sentó junto a Elvira. Estiró un poco el brazo y, del armario de la televisión, cogió una bolsa llena de gominolas. Se la ofreció a su amiga, ésta la rechazó y se sentó abrazando sus propias rodillas contra el pecho, se mecía lentamente con la cabeza gacha, parecía una tarada. Buscando un poco de cariño se dejó caer totalmente hacia el lado de Marieta.
―¡No!, ¡no, eh! ¡Mimos y mariconadas con Blanquita!, ¡a mí ni te me acerques que me das grima cuando te pones así!―. Y de un empujón, Marieta mandó a Elvira al otro lado del sofá. A ésta no pareció importarle, seguía en trance, restregándose los mocos por la cabeza.
El timbre sonó. Marieta, no sin enorme esfuerzo, se levantó y abrió la puerta.
―Corazona, pero corazona, ¿qué nos ha pasado? ―preguntó Blanquita entrando, a la vez que dejaba su bolso sobre la mesita y besuqueaba la coronilla de Elvira.
―Ya te lo cuento yo que tardo menos ―se apresuró a decir Marieta mientras recuperaba su sitio―. Pues que la Elvirilla no encuentra trabajo, y eso siempre agobia, además ayer en el INEM le dijeron que hasta agosto no vería la ayuda del emigrante retornado, que ya sabes que ni llega a 400 euros…
―Ya, ya, ya… ―asintió Blanquita con la mano en la boca.
―Y, después de eso, encima quedó con Pedro.
―¿Con Pedro?
―Pedro… ―babeó Elvira sin ni siquiera levantar la cabeza.
―Pues sí, por si éramos pocos parió la abuela ―reflexionó Marieta metiéndose una gominola en la boca―. Y al tío, que a veces parece que le faltan un par de luces, no se le ocurrió mejor idea que comparar las tetas de Elvira con las de Virginia.
―¿Virginia?
―Sí, su ex de veintitrés añitos, buff, ¿dime tú? ―y, alzando la mano izquierda, gritó con contundencia―: ¡Tetas de veinteañera frente a tetas de treintañera! ―dijo esta vez dejando caer la mano derecha exageradamente, como si de una descompensada balanza se tratara.
El alarido de Elvira se escuchó en todo el vecindario.
―Jolín con Pedrito… Pero corazona, no te preocupes, ¿eh?, la próxima vez que lo veas dile: caca-culo-pedo-pis.
―¡Y una mierda! ―exclamó Marieta―. La próxima vez dile: ¡pues Etienne, mi ex, era un cabrón de mierda pero le aguanté cinco años porque tenía el pedazo pollón!
Elvira rompió a reírse como una loca. Las tres se carcajeaban como idiotas, y es que no era para menos.
―Pero espera, Blanca, que la cosa no termina ahí ―dijo Marieta cogiendo aire y retomando la conversación―. Elvi que es muy Elvi, después del encontronazo con Pedro decidió llorar en el hombro de su querido amigo Jaime, de su inseparable y cooperante amigo Jaime, capaz de cruzar a nado el Atlántico con tal de salvar Nicaragua pero incapaz de sentir compasión a menos de dos metros.
―Ay, madre, que me imagino lo peor ―interrumpió Blanquita apoyándose en el posabrazos del sofá.
Elvira, como si no quisiera volverlo a escuchar, se encogió como un bicho bola.
―Bueno, pues Mr. ONG, intentando dar una inyección de autoestima, le salta a nuestra querida Elvirilla que de cuánto está.
―No entiendo, ¿cómo que de cuánto está? ―repitió Blanca con cara de confusión.
Marieta se fijó en Elvira y, al ver que no la miraba, hizo un gesto de embarazada.
―¡Ostras!, ¡¿la estaba llamando gorda?!
Marieta puso los ojos en blanco al ver que toda su discreción se había ido al garete con aquel grito de Blanquita.
―Corazona, ni caso, ―aconsejó Blanquita a una Elvira que levantaba triste la carita para mirarla―. La próxima vez que lo veas dile: oye, Jaime, gordo lo serás tú.
―¡Y una mierda! ―gritó Marieta―. Tú dile: ¿gordo?, ¿gordo?, ¡para gordo el pollón de Etienne!
Elvira no sabía si llorar o reír pero por supuesto se decantó por lo segundo, más que nada porque era facilísimo seguir el ritmo de sus amigas.
Durante el resto de la tarde, no faltaron hilarantes críticas al género masculino, mientras se ventilaban la bolsa entera de gominolas entre las tres. Y al quinto intento, Marieta pudo desenroscar su tanga del pantalón entre aplausos teatrales de sus amigas.
Al final, aquél sí que fue un merecido Jueves del Amor.
lunes, mayo 3
Historias de un teléfono
Ras, ras, ras. Corría las perchas de un lado a otro por la barra de metal del armario. Ras, ras, ras.
Las cajas estaban en el suelo de la habitación esperando impacientemente ser llenadas con algo, porque llevaba más de veinte minutos mareando la ropa sin decidirme qué empaquetar primero, y es que no hay cosa que más pereza me pudiera dar que una mudanza.
El teléfono sonó. Me detuve ante el horroroso abrigo de invierno, no quería moverme por si delataba que estaba allí. Sonó el segundo tono. Seguí sin moverme. El tercero. Grité:
—¡No pienso coger! ¡A cagar todo el mundo! —llevaba dos semanas muy deprimida, ésa era la verdad.
Activé el movimiento. Ras, ras, ras. Cuarto tono. Saltó el viejo contestador y escuché mi propia voz diciendo, con un macarrónico inglés, el mensaje de bienvenida:
Hola, soy Elvira, en este momento no estoy en casa pero si quieres puedes dejarme un mensaje después del tono, gracias, aguuuuur.
Agur, claro. Siempre meando el terreno.
Piiiiiiiiiiiiiiiiiiii.
—Hola, Elvira… soy yo, Silvia —al escuchar su temblorosa voz, me paralicé de nuevo y miré al suelo abriendo los ojos, como si aquel gesto me permitiera escuchar con mayor claridad—. Elvira, jo… yo te llamo porque…—empezó a llorar—, me ha dejado, tía, Francesc me ha dejado… me he mudado, llámame, porfis… estoy ahora en el 91 371…
Salté por encima de las cajas y acelerada cogí el teléfono antes de que pudiera terminar de decirme el número.
—¡Silvi! —dije con el corazón en la boca.
—Elvi…
—Pero, Silvi…
—Ay, Elvi…
Silvia era mi mejor pésima amiga. Nos conocimos con tres añitos en una colorida clase de parvularios en el santísimo colegio de monjas, en el que nuestros respectivos padres nos habían encarcelado.
Silvia, junto con Blanquita, se convirtió en mi mejor amiga. Formábamos un equipo estupendo de tres. El tiempo convirtió a Blanquita en una extraordinaria amiga, paciente, comprensiva y con enorme sentido de la empatía, del que siempre, he de reconocer, había abusado. Por otro lado, los años transformaron a Silvia en una fan absoluta de su propio ombligo, era la faraona de su imperio microscópico de fantasía y color. A pesar de todo, yo sólo podía presumir de tener una mejor pésima amiga, en cambio Blanquita, la pobre, llevaba casi treinta años aguantando a dos.
—Loca mía, ¿qué ha pasado? —dije sentándome lentamente en el suelo.
—Tía, se acabó… —decía sin parar de llorar—, que dice que lo agobio, ¿de qué lo agobio, Elvi?, ¿eh?
—Ya, los tíos son así. —Aquella afirmación te salvaba de muchas situaciones como ésa. Era una generalidad tan ambigua que, sin saber de qué iba el asunto, matizaba cualquier causa masculina con enorme compromiso.
—Sí, eso es verdad —dijo absorbiéndose los mocos. Yo respiré tranquila porque, una vez más, había colado—. Me siento una mierda, Elvi, nada me sale bien… no sé…
—No digas eso, loca.
—¡Claro! ¡Para ti es fácil decirlo! Estás encantada con Pablo que está buenísimo, vives a cuerpo de rey en Estados Unidos dando clase en una universidad de la que se hizo una peli en la que, el mismísimo, McConaughey fue el protagonista. ¡Y encima te van a publicar una novela!
Tomé aire con parsimonia para tragarme la mala ostia que me estaba entrando. Cerré los ojos y me froté el entrecejo con brusquedad.
—Silvia, para empezar, el tío buenísimo no se llama Pablo sino Pedro y me dejó hace ocho meses. Si hubieras leído mis emails o si me llamaras más de vez en cuando, te habrías enterado. No vivo a cuerpo de rey en Estados Unidos y por eso he dejado mi trabajo. Me mudo pero todavía no sé adónde —poco a poco me iba calentando—, tengo la casa llena de cajas sin destino etiquetado, y me temo que tendré que regresar a Bilbao a vivir con mis padres de nuevo, porque no me sale trabajo y no voy a cobrar el paro, sino una simbólica ayuda de 300 euros como emigrante retornado. 300 euros es lo único que el gobierno puede darme después de haber danzado, durante ocho años, por medio mundo en busca de un trabajo digno ¡porque en España el profe de español es humillantemente ninguneado! ¡Y sí! —dije totalmente fuera de mí—, ¡me van a publicar una novela!, pero porque ¡me he pasado, dos putos años, encerrada en un pueblo de mierda en medio de la más absoluta nada, escribiendo día y noche! ¡Qué menos, coño!
Con el último grito se me escaparon las lágrimas.
Silvia, de pronto, rompió el silencio que se había prolongado por largo rato.
—Elvi, ¿estás segura de que se llamaba Pedro y no Pablo?
Me atraganté con mi propia carcajada, salió sin avisar, y es que todo el mundo sabe que no es fácil reír y llorar al mismo tiempo.
—No, en serio, ahora hablando en serio, de verdad —continuó diciendo Silvia mientras me oía reír—, si llego a saber que tu vida era mucho más mierda que la mía hubiera llamado a Blanquita y no a ti.
Me dio tal ataque de risa que me eché hacia atrás quedando totalmente tumbada sobre la moqueta del salón.
—Eres una idiota —le dije recobrando un poco de aire.
—Oye, petarda, si no tienes adónde ir, vente para Madrid.
—¿A Madrid?, ¿qué hago yo en Madrid? —pregunté volviéndome a sentar con las piernas cruzadas.
—¿Aquí? Bufff… ¡Esto es Madrid, Elvira!, hay grandes trabajos para una filóloga como tú, con tu experiencia.
—¿Sí…? ¿Tú crees? —Y mi cabeza empezó a repasar el archivo de todos los centros de enseñanza de español de la capital, es cierto que la boca se me hacía agua—. No sé, Silvi, ¿por ejemplo?
—¡¿Por ejemplo?! Pues, por ejemplo, sexadora de ardillas en el Parque del Retiro.
—¡¿Qué?! —dije muerta de la risa y arrepintiéndome por haber creído que hablaba en serio. Quise cambiar de tema porque me sentía avergonzada por haber sido tan vanidosa, además la oía reírse y eso me hacía sentir peor. Había caído en su trampa, qué cabrona, pensé—. Bueno, y entonces ¿qué pasó con Francesc? —Me consideraba tan mala persona que prefería ahondar en la herida ajena que seguir agujereando la mía.
—Pfff… que hace tres días se levantó del revés y me pidió que hiciera las maletas y que me fuera, no sé qué cosa de agobios o qué sé yo, que me fuera y ya.
—Bueno, Francesc siempre ha sido muy peculiar, no sé… ¡es publicista y catalán! Si es que ¡lo tiene todo! —dije riéndome para ver si le podía arrancar una risotada con este tema.
—¡Pues mira que Etienne! ¡Arquitecto y francés! ¿No encontraste nada más aburrido? —Lo conseguí porque me dijo aquello entre carcajadas—. Por cierto, hace tiempo que no hablas de él, ¿qué es de su vida? —me preguntó mientras le oía sonarse los mocos.
—No sé, lo cierto es que no sé nada de él desde hace casi diez meses —empecé diciendo mientras hacía memoria—. Lo último que sé es que lo habían trasladado a Chile, para un proyecto de renovación de no sé qué en Santiago. La cosa es que me llamó un día para saber cómo estaba en Estados Unidos y no me digas por qué, o hacia qué avanzó la conversación, pero terminé pidiéndole explicaciones de por qué me había dejado. Ya sabes que nunca hablamos de ello, él me pidió un día que me marchara y yo me marché, sin gritos, ni malas caras, nada. Y claro, con el paso del tiempo yo he necesitado de una explicación, de por qué tanto desprecio de, no sé, de por qué ella fue mejor que yo…
—¿Qué dices? Qué fuerte, no sabía nada de esto, y ¿qué te dijo?
—Mmm, nada, la verdad es que nada, empezó diciendo: allô, allô, Elviga, se va la conexión, se va, Elviga, allô, allô. Clonck. Y me colgó. Sin más, hasta hoy.
—¡Ja, ja, ja, ja! ¡Ostia, qué fuerte! —Silvia se reía con muchísimas ganas—. ¡Este tío es un genio!, ¡es mi ídolo del escaqueo!, tiene cojoncillos de gorrión, metidos pa’dentro del cague que lleva encima. ¡Joder, me encanta!
Hombre, contado así, y después de casi un año, yo también le encontraba su gracia.
—Mira, Elvi, piensa en positivo, si dices que estaba en Chile es muy posible que se haya muerto por el terremoto ése que hubo.
—¡Silvia! —grité horrorizada por semejante broma.
—¡Pero imagínatelo, mujer! Mira, en plan: allô, allô, allô y… ¡chof! Espachurra’o, totalmente espachurra’o bajo sus propias obras arquitectónicas, ¡ja, ja, ja, ja!, ¿te lo imaginas, tía? —hizo una pausa sin dejar de reírse y añadió—: Y yo ¿sabes lo que voy a hacer?
—¿Qué…? —pregunté amortiguando la risa con el cuenco de mi mano, porque me sentía fatal al reírme de aquello, aunque la verdad contado por Silvi tenía muchísima gracia.
—Le voy a mandar a Francesc a Bali.
—¿A Bali?
—Sí, porque dicen que antes del 2011 viene un tsunami gigante.
Solté el teléfono y me llevé las manos a la cabeza tronchada de la risa. Sólo pedí que la ética de Blanquita nunca supiera de este tipo de conversaciones telefónicas por parte de sus dos mejores pésimas amigas.
viernes, diciembre 25
Un tío de cómic I
Me he enamorado de un genio que dibuja cómics, que nunca superó que Urzaiz llevara mechas y que sonríe con una paralizante timidez.
Él no lo sabe por eso, porque es un genio que vive en su peculiar mundo de héroes donde las mujeres no han estudiado hispánicas sino ciencias ocultas, y su trabajo no está en la enseñanza sino en mostrarse al mundo en mallas ceñidas sobre pechos asfixiados derrochando poderes. Y que cuando hacen el amor en posición misionero no se les desparraman los senos hacia los lados, sino que se mantienen erguidos y siguen el compás de la penetración con un sutil ritmo flanero.
La clase era enorme, me sentaba casi al final, detrás del mismo chico cada día. No sabía muy bien qué hacía escuchando aquella clase de lingüística todas las mañanas. Tenía veinte años y ya había conocido tres universidades diferentes. Es cierto que las ciencias nunca fueron lo mío pero las letras tampoco. Fue en mi tercer intento de ser licenciada, cuando conocí a ese chico tan raro. Me gustaba llegar a clase diez minutos tarde para darle tiempo a que se sentara, luego entraba yo y, fingiendo que buscaba un buen sitio, me colocaba justo detrás de él para poder ver sus dibujos con detalle.
—Y, ¿cómo dices que se llama? —me preguntó Eva metiéndose un enorme trozo de pizza a la boca, lo cierto es que la comida de la residencia dejaba bastante que desear.
—Ah, ni idea, pero seguro que lo has visto alguna vez por la cafetería de la uni. Siempre va solo. Es así como rubito, con ojos azules, azules, azules y para abajo.
Eva dejó caer la pizza en el plato y se empezó a reír como una loca.
—¿Va solo y tiene los ojillos hacia abajo? ¿No se llamará “Tristón busca un amiguito”?, ¿no?
Cuando se hubo calmado ideó un plan para conocerlo, valorar sus dibujos y trazar una estratagema para llevármelo a la cama.
Al día siguiente fuimos juntas a clase, lo vimos llegar, esperamos unos minutos y después entramos con decisión pero alguien nos había quitado el sitio.
—Psst, ¡eh, chavalita! —grité susurrando desde el final de la clase a la chica que acababa de tirar a la mierda todo nuestro plan—. Ey, tía… que ése es el sitio de ésta —y di un golpe a Eva en el pecho para señalarla— y mío, así que… levanta, ey, tía… levanta, ya...
—A ver, por favor, ¿qué pasa ahí detrás? Vosotras dos ¿qué andáis? Sentaos por aquí —dijo la profesora con cara de pocos cuentos.
Toda la clase nos miró incluyendo el chico misterioso y a Eva no se le ocurrió mejor idea que saludar a todos como si de una reina se tratara, quise desintegrarme. Finalmente la aborta-planes decidió cambiarse de fila y nos pudimos sentar tras nuestro objetivo, la profesora continuó con la clase.
Eva estudiaba historia del arte y estaba convencida de que su criterio en artes plásticas era excepcional. Le encantaba darse aires de profesionalidad. Observó con absoluta paciencia como el chico empezaba un trazo, luego otro y otro. Después de unos cuarenta minutos me miró sin decir nada, cogió mi bolígrafo y escribió en lo alto de mis apuntes: este tío es un puto genio, tíratelo.
Cuando se terminó la clase, Eva le golpeó el hombro. Él se dio la vuelta. Yo apreté el muslo de Eva con todas mis fuerzas, no sabía lo que iba a pasar pero quería morirme.
—Perdona, ¿eres Iker, no? Iker de Llodio, ¿no? Amigo de Sergio, Karramarro y todos estos, ¿no?
—Mmm… no… no, no, creo que te equivocas.
—Ay, no, no, ¡es verdad!, perdona, no, no, tú eras… éste…
—Mario.
—¡Eso! Mario de Llodio.
—Mmm… no… eh… soy de Bilbao.
—Ah, sí, sí, de Bilbao y ¿vas y vienes todos los días o estás en alguna residencia?
—Anda, Eva, que llegamos tarde a Medieval, venga, vamos —me levanté y la agarré del brazo invitándola a irnos.
—No, voy y vengo todos los días.
—¡Ay!, ya voy, mujer —me dijo Eva poniéndose de pie.
Y volviéndose a Mario nos presentó con una enorme sonrisa en la boca:
—Bueno, pues ésta se llama Elvira y yo Eva. Pues nada, que nos vamos a Medieval y ¿tú?
—Eh… no, a fonética inglesa, yo… es que yo soy de inglesa.
—Pues nada, Mario–de-Bilbao-que-va–y-viene-todos–los-días-y–estudia-inglesa, hasta mañana entonces, ¿no?
Nos miró con cierto escepticismo, hizo un amago de despedida agachando la cabeza, recogió sus cosas y se fue arrastrando los pies.
—¿Karramarro…? —dije a Eva ojoplática. Ella me miró y nos empezamos a reír a carcajadas.
Al día siguiente, cuando entré en clase no lo vi. Estaba claro que, con el mal rato que había pasado el pobre chaval con aquel vergonzoso interrogatorio, habría decidido cambiar de sitio o simplemente dejar de venir. Lo estuve buscando con la vista durante toda la hora y allí delante no estaba. Se terminó la clase y una mano me tocó la espalda. Me di la vuelta y vi a Mario sentado detrás.
—Hola —me dijo con una tímida sonrisa preciosa—, hoy hemos cambiado los roles.
Me hizo reír. Me pidió los apuntes de lingüística y me prometió devolvérmelos pronto. Durante toda la semana siguiente no me dirigió la palabra, simplemente levantaba la cabeza si nuestras miradas se encontraban para su desgracia, parecía un auténtico sufrimiento dar muestras de contacto. Por el contrario yo ponía tanto entusiasmo en saludarlo que parecía tonta de remate, sólo me faltaba sacarme una teta y dejar que uno mis pezones se le metiera en un ojo. Un día, en el que ya tenía asimilado que mi chico raro me había robado los apuntes y quería fingir que no me conocía hasta el fin de sus días, me sorprendió acercándose a mí.
—Toma, esto es para ti.
Me dio mi taco de apuntes. Los cogí sin demasiada ilusión porque aquellos apuntes se habían convertido para mí en nuestro cordón umbilical. Ahora que lo habíamos cortado ya nada nos unía, no había ninguna excusa para poder entablar una conversación y, con lo difícil que parecía aquel chico, supe que a lo máximo que podría aspirar sería a sentarme tras él en una clase de lingüística, pero me equivoqué.
Dejé todos los libros de golpe sobre la cama al entrar en la habitación de la residencia. El taco de apuntes de lingüística se ladeó y se esparramó un montón de hojas por el edredón, me acerqué para verlo mejor porque una de ellas parecía un dibujo, sí, era un dibujo. La saqué del montón y la miré embobada. Mario me había hecho uno de sus dibujos. Era un tío pequeño de brazos y puños desproporcionados que miraba al lector amenazante diciendo ey, tú, ¿dónde están mis apuntes?
Eva se coló en mi habitación sin llamar y sin hacerme mucho caso, sólo quería mi secador. La miré sujetando el dibujo con los dos deditos pinza de cada mano.
—Mira.
Eva, por fin, se fijo en mí.
—Ostias, qué guapo, chaval… —levantó la vista rápida del dibujo y me miró atónita—. ¿No me digas que te lo ha hecho Mario–de-Bilbao-que-va–y-viene-todos–los-días-y–estudia-inglesa?
Asentí con la cabeza, las dos nos pusimos a chillar como energúmenas.
Cuatro días más tarde Mario y yo empezamos a salir.
Me encantaba besar a Mario, aunque en realidad no tuviera labios, eran dos finas líneas, una sobre la otra. Pero me gustaba por su ternura infinita, eran besos de una sensibilidad muda. Me gustaba mirarlo de cerca y averiguar qué estaría pensando en ese momento, era imposible. A veces creía que me cerraba con intención las puertas de su cabeza, sabía que nadie comprendería su singular mundo interno. Así que lo aceptaba y me conformaba con observar sus ojos tan azules como tristes, qué ojos tan tristes tenía Mario.
No duramos mucho tiempo, sólo algunos meses.
—A ver, pero ¿qué pasó?, es que no me lo puedo creer, nena, no me lo puedo creer.
Me encontré a Roberto en el chat. Le conté que ya no vivía en Francia, que me había mudado de nuevo a Bilbao, a casa de mis padres, porque Etienne me había dejado hacía poco más de mes y medio. Así que no dudó en llamarme al móvil, lo tenía al otro lado berreándome.
—¿Te lo dije o no te lo dije? Los franceses follan como los ángeles, cierto, pero nena, por eso mismo infieles hasta la muerte. Yo ya te conté lo mío con Adrien, ¿no? ¡Qué cabrón, qué cabrón! Hala, pues ya sabes, ¿no? Hazte las maletas y vente.
—Que no, Rober, que buff… ahora rollos de viaje no puedo, buff… si es que necesito buscar trabajo, y centrarme un poco, estoy muy perdida, mu perdida, mu perdida.
—¿Perdida? ¡Tú vente que yo te encuentro!, y en cuanto al trabajo tú lo que necesitas es China again. Pekín está hecho para ti, cariño. Ya te buscaré yo un currillo por ahí…. I’m a man with a mission!!!! Y al gabacho ni nombrarlo que ya te voy a presentar a dos amigos que tengo monísimos, con lo que tú vales, nena…
Hay gente con carisma y luego está mi amigo Roberto. Qué decir que no hizo falta más que esta breve charleta para comprar al día siguiente los billetes de avión por internet. Estaba decidido, iba a pasar la primera quincena de diciembre en Pekín.





