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domingo, julio 8

'Cositas' de mujeres


Mafalda "Basta!" por Quino

El viernes me llamó mi amiga Rosana para tomar algo. Es cierto que no quedamos muy a menudo pero desde que se fue Gael a vivir a Oviedo con Raúl, me sentía bastante sola y las pocas veces que me llamaba no solía rechazarla.
―No es la primera vez que pierde el trabajo, no me asusta ―dijo atusándose el pelo para airearse el cuello. Hacía bastante calor, julio había entrado con ganas en Madrid.
―Marcos tiene mucho talento, algo encontrará, mujer, no te preocupes ―contesté llevándome el botellín de cerveza a la boca.
―Qué quieres que te diga, siendo guionista ya sabes cómo va esto. En el gremio nunca han ido bien las cosas y en estos días todavía peor. Además ahora con el crío pues… te agobias más ―Y señaló con la mirada a su hijo Daniel de 7 años que de un salto mortal se había bajado del columpio y venía brincando a la mesa de la terraza.
―¡Hola, Dani! ¡Pedazo de salto! ―dije mientras le aplaudía.
―¿Te has comido el bocadillo? ―preguntó su madre.
―Sí.
―¿Y el zumo?
―Sí. Elvira, ¿sabes hacer esto? ―Estiró con ambas manos todo lo que pudo de sus mejillas hacia abajo intentando poner los ojos en blanco. Me entró la risa.
―¡No hagas eso, hijo, por favor, que te vas a quedar ciego!
Yo seguía riéndome.
―Elvira, mira, ahora junta las manos así ―Y las junté según sus indicaciones, como si fuera a rezar. Dani me las separó un poco y sopló en el interior y me las volvió a cerrar rápidamente, de golpe, ¡plas!―. ¡Corre, corre! ¡Tienes que olerte las manos y decir de qué era el bocadillo que me ha comido!
Mientras su madre le recriminaba lo cochino que era, yo me partía de risa. Aquel chico podía ser una mina de oro, si me lo llevara a casa podríamos escribir la comedia del año, nos forraríamos. Como no dejaba de reírme, Dani atacó esta vez con el baile.
―¿Y sabes bailar, Elvira?
―¿Bailar?
Esta vez las dos nos reímos.
―A ver, muéstranos, hijo, cómo se baila ―pidió su madre.
Dani se separó unos centímetros de la mesa, alzó los brazo, flexionó un poco las rodillas y comenzó a cantar:
―¡Dame tu cosita, uh, uh! ―Dio un salto y cambió de dirección―. ¡Dame tu cosita, uh, uh!
―¡Daniel! ―Su hijo paró en seco y la miró sin decir nada―. ¿Cuántas veces te hemos dicho que esas canciones en casa no nos gustan y como no nos gustan no se pueden cantar? ¡No se cantan esas canciones!
―Mujer…
―Elvira, cállate, por favor. Dani, ven aquí ―Su hijo se acercó―. ¿Quién te ha enseñado esa canción?
―Christian y Simón, y Alejandra también. ¡Pero mamá no es la canción es el baile! Mira, yo te lo enseño, es un extraterrestre verde que baila, déjame tu móvil.
―Dani, es el baile y es la canción, ya te hemos explicado muchas veces tu padre y yo que estas canciones hacen daño a las chicas, y nosotros no queremos canciones así.
―¡Pero si la canta Alejandra, mamá! ¡Y cuando se junta con Lucía y Rebe también la cantan!, ¡y son todo chicas!, ¿eh, mamá?, ¡ellas son chicas y no les pasa nada y la cantan muy fuerte y la bailan también!
―Mira, Dani, siempre te lo decimos, lo que hagan los demás no nos debe importar, papá y yo no queremos esa música en casa, esas canciones no son buenas y punto. Así que no vuelvas a cantarla, ni esa ni ninguna de reggeaton. Otro cosa no, pero tus padres te educaremos en el respeto a las mujeres nos cueste lo que nos cueste. Y ahora vete a los columpios, ¡venga!
―Pero a mí me gusta…
―No, no te gusta ―replicó su madre.
―Es divertida…
―No, no lo es, Dani. Vete a jugar.
Dani la miró con recelo y se marchó a los columpios.
―Rosana, igual es meterme donde no me llaman, pero Dani es un niño de 7 años, ¡no sabía ni lo que estaba cantando!
―Tienes razón, Elvira, es meterte donde no te llaman.
Cogí el botellín y pegué un enorme trago. No quería problemas.
―Siento si he sido borde, Elvi…
―Tranquila, tienes razón.
―Son muchas cosas, ¿sabes? Son muchas responsabilidades, pero como la de educar a un hijo ninguna, y creo sinceramente que lo estoy haciendo bastante bien, déjame por lo menos pensarlo.
―Claro, Rosana, nadie lo pone en duda.
―Con Marcos en el paro me siento presionada a sacarlo todo adelante y, bueno, ya lo ves, Dani, es un crack, mal no lo estoy haciendo.
―Sí, sí que lo es ―me reí.
―Y quiero que lo siga siendo pero respetando al máximo a las mujeres, que las valore con todo su potencial, no por su “cosita”. Con Marcos en esta situación a veces me siento sola, y creo que si Marcos hubiera tenido otra madre, que no digo que la suya… solamente digo… que si hubiera sido educado bajo la igualdad quizá yo, ahora mismo, no estaría tan agotada.
―Entiendo ―dije sintiéndome realmente mal.
―Yo comprendo que Marcos no está en un buen momento, pero sabes lo que es llegar de la oficina y encontrarme con que tengo que bañar al niño y preparar la cena para los tres porque Marcos ha tenido una idea y lleva toda la tarde escribiendo un guión que, según él, nos sacará de esta situación pero que tú y yo sabemos que no llegará ni a terminarlo porque ha perdido hasta la disciplina de la escritura diaria. Son todo chapuzas, una detrás de otra. Chapuzas que comete sabiendo que voy a estar yo ahí para arreglar todo lo demás, y lo consiente. No, Dani no. Dani no va a interiorizar por bazofias de canciones que las mujeres estamos ahí para lo que el hombre quiera. La mujer, por desgracia, tiene que demostrar con el doble de esfuerzo todo lo que vale, cada puesto de trabajo debe estar justificado y dentro de la familia parece que si no demostramos tener súper poderes debamos pedir perdón.
―Lo siento Rosana, siento no haberte entendido ―Me llevé las manos al pecho, porque sinceramente me sentía culpable por haber pensado mal de ella. La gente suele resaltar mi falta de empatía o lo egoísta que soy pero hasta ese día no me di verdadera cuenta de lo complejo que podía ser mi carácter y, ay, lo pasé mal―. Es cierto, que jamás se me ocurriría censurar nada en mi casa, bueno, con nada me refiero a ninguna expresión artística, ¡vale!, es cierto que el reaggeton es difícil considerarlo como tal, pero no deja de ser un estilo musical con un origen y una historia y… no sé, es difícil, sí, pero te entiendo y entiendo que tú lo hagas. Y perdóname, porque no sabía que las cosas con Marcos estaban tan mal.
―Encontrará trabajo pero se está haciendo cuesta arriba.
Miré a lo lejos y vi a Dani tirándose de cabeza por el tobogán. Me reí. Después volví a mirar a mi amiga abanicándose con una servilleta de papel. La admiré y sonreí.
―Oye ―dije de repente acordándome de una conversación con mi amigo Luisje―. Hará cosas de dos meses un amigo que trabaja en Telemadrid me dijo que por estas fechas saldría a concurso el puesto de directivo en contenidos audiovisuales en la cadena. Hombre, yo creo que Marcos habiendo trabajado en Bambú y Zebra Producciones
Rosana torció le morro.
―Sí, se presentó.
―Vaya, y ¿no ha habido suerte?
―Pues no, le han dado el puesto a una mujer, a Carola Fernández.
―No me suena.
―A nadie le suena. Pero es mujer.
―Cómo que es mujer.
―Pues chica, Elvi, mujer. Que Telemadrid quiere dejar atrás su imagen patriarcal, con el 90% de los puestos directivos ocupados por hombres, así que han dicho: pues venga, el próximo puesto se lo damos a una mujer, sea cual sea su CV. Carola Fernández, ¿mujer?, sí, mujer, pues hala, para adentro, con todo su coño.
―Perdona… ―empezaba a ver doble y no me había terminado ni la primera cerveza.
―Pues, chica, por lo mismo que Isabel Coixet se llevó el Goya. Ser mujer en un tiempo en el que el feminismo está de moda es sinónimo de éxito. Mujer. Punto. Su único mérito. Y ya ves, a mí plin, porque Coixet no le ha quitado el Goya a Marcos pero la tal Carola Fernández sí se ha quedado con el puestazo que le correspondería a mi marido.
Con lentitud me levanté de la silla y grité hacia los columpios:
―¡Dani, Dani, Dani! ―Cuando por fin el niño me miró, levanté los brazos, flexioné un poquito las rodillas y canté con todas mis fuerzas―: ¡Daaaaame tu cosiiiiitaaaa, uuuh, uuuh! ¡Daaaaame tu cosiiiiitaaaaa, uh, uuuh! ¡Daaaameeeee tu cosiiiiitaaaa, uh, uuuuh!


lunes, noviembre 25

Sirenas en la noche



    
Adiós de Javier Avi
 
     ―¿Cuándo crees que lo superaré? ―preguntó Gael.
     ―Pronto ―contestó su amiga Elvira sin levantar  la vista del libro.
     ―Tu cama es un asco. Todavía no sé qué hago aquí. Será muy bohemio esto de vivir en una buhardilla, pero, hija, tenemos el techo a un palmo, ¡qué agobio! ―Ahuecó la almohada y posó la cabeza en ella con incomodidad. Volvió a ahuecarla y resopló tumbándose, finalmente, boca abajo.
     ―Gael, si no te gusta te vas. No me marees. Fuiste tú el que no quería dormir solo, el que se quiso venir por no estar en casa, porque resulta que al niño su casa le recuerda demasiado a él.
     ―Eres mala. Mala, mala, en plan amargadilla mala. ¡Bicho, fú!
     Elvira cerró el libro y lo miró.
     ―Gael, ¿me vas a tocar las narices toda la noche?
     ―¡Es que no lo entiendo! ¡No lo entiendo! Tenemos que apoyarnos, entendernos, consolarnos…. ¡Se supone que tenemos que sufrir juntos!
     ―¿Por qué voy a sufrir?
     ―¡Porque a ti también te han dejado!
     Elvira volvió a abrir el libro, bajó la vista y dijo en casi un susurro:
     ―A mí no me han dejado...
     ―¡Vaya que sí! Tu pintor está ahora en Montpellier, dibujando a francesitas de sobacos asilvestrados.
     ―Era una oportunidad, ¿cómo iba a rechazarlo?, estaría loco. No es cualquier cosa, es un estudio de ilustración, yo también me hubiera ido y tú, ¡qué coño! Que aquí todos somos muy generosos hasta que nos tocan lo nuestro y entonces nos olvidamos de los demás, pero la mala soy yo, ¿no?, la amargadilla soy yo, ¡claro que sí! ¿Quieres que te recuerde dónde está tu amado Raúl?
     ―Qué mala eres… Mira, mira, si hasta te brillan los ojos viéndome sufrir...
     ―¡En Oviedo con su agente!
      Gael se dio la vuelta dándole la espalda. Pasaron lo menos 5 minutos sin decirse nada.
     ―Vale, lo siento… ―dijo ella. Cerró el libro y lo dejó a un lado de la cama, luego se acercó a su amigo y le sopló la oreja.
     ―¿Te has dado cuenta de que ahora tienes a dos ex viviendo en Francia?
     ―Yo seré mala, pero tú eres perverso.
     ―Igual ya se han conocido. Hola. Hola. Yo soy ex de Elvi. ¿Qué?, yo también. ¡Vaya!, esto se merece un vino. Oh, claro, amigo mío. Sí, ¡brindemos por ella con un Château Pupufuá!
     ―¿Un Château Pupufuá?
     ―Ríete, pero ahora mismo tus ex están con copa en alto celebrando que se han deshecho de ti.
     Elvira se separó de Gael lentamente y se colocó boca arriba mirando a través de la claraboya.
     ―Pienso muchas veces en ello. En la cara de satisfacción que tenía Etienne cuando me dejó. Estaba tan aliviado, estaba tan contento… Tenía tantas ganas, pero tantas ganas de que me fuera de casa, de perderme de vista. Pasan los años y no puedo olvidar su mirada de “lárgate, tía, no puedo más”. Se moría por verme desaparecer de su vida. Imagínate durante cuánto tiempo lo tuvo que estar rumiando, y yo sin enterarme de nada, de nada, Gael… A veces intuyes que va a llover, pero aquello fue una galerna, sin aviso se volvió todo negro. Y ya. Me marché y tiró de la cadena, fui una mierda que se fue por el retrete, y él se quedó bien aliviado… Igual que Joan.
     ―Elvi, no quise decir eso. Sabes que Joan la ha cagado. Su proyecto termina en marzo y luego querrá volver, seguro que te echa de menos. No fueron maneras en cómo se marchó, creo que sólo buscaba una excusa para poder irse sin ataduras, que los tíos somos muy cómodos, cómodos y cobardes. Volverá con las orejas gachas, ya verás. Y Etienne, pff, ¿quién es Etienne? Ah, ¿ese gabacho con el que salías que se parecía a Robert Redford pero que seguro que ahora está gordo y calvo? ¿Ése que te dejó porque quería una vida loca y me apuesto el cuello a que ahora está casado y cargado de hijos? Y casado no con cualquiera, no. ¡Con la típica francesita adicta a la ropa y a los zapatos!, a los zapatos bailarinas para ser más exactos, seguro que los tiene de todos los colores: con brillantina, de charol, de leopardo, de ante… Y seguro que viste a sus hijos como repollos. Sinceramente, a un tipo así no me lo imagino casado con una Marie Curie, ¿qué quieres que te diga? Él es de los que necesita a una maruja en casa para sentirse alguien. Y vale, tú tampoco eres la Curie, pero seguro que ahora estará arrepentidísimo, porque por lo menos contigo tenía más espacio en el armario. Cari, seamos sinceros, aquí la única que hizo de vientre, y se quedó bien a gusto, fuiste tú. Y a Joan déjamelo a mí, que cuando vuelva le van a caer un par de collejas por atonta’o, ya verás ya, qué pronto va a espabilar. Y mientras tanto ¡a disfrutar! A ver, ¿cómo lo quieres?
     ―¿Cómo quiero el qué?
     ―Pues al tío-transición. Lo de tapiar con ladrillo puertas y ventanas se acabó con la Bernarda Alba, ¿eh? En esta casa que entre el viento de la calle y que sople bien fuerte. Nos vamos a poner moradas, cari… ¿Cómo lo quieres?
     ―Ay, pues no sé, bajito, moreno, tronchito, con barba, tímido…
     ―Cari, ése es Joan. Y no queremos a Joan.
     ―¿No lo queremos?
     ―¡Joan, caca. Caca, Joan! ―Bajando el tono de voz―. O por lo menos hasta marzo. ¡Bueno, mira, ya elijo yo por los dos! ―Gael se arrodilló sobre la cama y extendió los brazos en cruz. Alzó la vista hacia la claraboya y empezó a vocear―: ¡Oh, Eros, dios del amor, en ti confiamos y… Cari, arrodíllate ―Elvira lo miró incrédula pero obedeció―. Extiende los brazos, así, como yo. ―Elvira los extendió―. ¡Oh, Eros, dios del amor, de la potencia, de las feromonas! Apiádate de este par de almas que no tienen ná que llevarse a la boca. Envíanos a dos hombres, olvida, oh, señor, lo de tronchito, perdónala, porque no sabe lo que dice. Los queremos bien, con cuerpo y mango…
     ―¡Gael!
     ―¡Calla! Oh, Eros, envíanoslos con un 45 de pie, larga nariz y manos venosas…
     Se empezaron a escuchar sirenas de la calle.
     ―¿Qué es eso, Gael?
     ―Joder, ni puta idea, pero eso suena a movida, seguro… ¿Hoy qué manifestación había?
     ―No sé, pero si es casi la una de la mañana. Ay, Gael, me estoy acojonando, que las cosas andan muy revueltas. Si parece que llega todo un ejército. Están en esta calle, ha pasado algo gordo. Ay, Gael...
     Gael se levantó e intentó mirar por una de las claraboyas.
     ―¡No!, ¡mejor por el ventanuco del baño! ―gritó Elvira.
     Gael saltó de la cama y se asomó por la estrecha ventana. Elvira se acurrucó en la cama esperando noticias. Gael salió del baño con las manos en la boca.
     ―¿Qué ha pasado?
     ―Ay, cari, ay…
     ―¡Gael, por favor, qué pasa!
     ―Eros… que nos ha enviado dos camiones de bomberos, ¡dos camiones!, ¡uno para ti y el otro para mí!
     Gael cogió el abrigo, se calzó torpemente, abrió la puerta y corrió escaleras abajo.
     ―Pero ¿adónde vas, loco?
     ―¡Corre, cari, que hoy nos riegan!
     Elvira sonrió. Entornó la puerta y volvió  a la cama. Comprobó su móvil, ningún mensaje. Se acomodó la almohada y, cogiéndolo de uno de los lados de la cama, siguió leyendo La mujer justa.

viernes, septiembre 27

Rodando un mundo

 Piratas de barrio de Javier Avi

Nena, no. Gael es amigo tuyo, así que vas tú, te diviertes y luego me lo cuentas.
Por favor, por favor, por favor...
Era un jueves. Acabábamos de comer. Mientras Joan fregaba yo, abrazada a su espalda, le suplicaba una y otra vez que se viniera a cenar esa noche a casa de Gael. El conflicto que había surgido últimamente entre mi buen amigo Gael y yo se llamaba Raúl, su novio. Hasta ahora había tenido bastante suerte. La gran mayoría de mis amigas son de Bilbao, y allí no hay problema porque los hombres van por un lado y las mujeres por otro. Cuando hay cena de la cuadrilla, la mesa se divide en dos, en un extremo los chicos y en otro las chicas, las amigas, las de siempre. Este apartheid sexista me ha permitido relacionarme con ellos de manera muy cordial, dado el mínimo nivel de interacción. Todos contentos.
Pero en Madrid las cosas son muy diferentes. Lo normal es que las parejas se sienten juntas y compitan por el título de a ver quién se quiere más. Si a eso le añadimos que la pareja de tu amigo te cae como el culo, tenemos el resultado de una velada insufrible.
Te lo suplico, Joan, por favor, por favor...
Para seguir entendiendo esta situación, debería explicar que la socialización a Joan y a mí nos da un pelín de alergia. Ambos disfrutamos de un mundo interior bastante cómodo y, desde hace casi dos años, mucho más diáfano, puesto que decidimos tirar el tabique que los separaba y formamos un único mundo tranquilo y autosuficiente.
Por favor, no aguanto a Raúl, es un escritor pedante, solo habla de su libro, de él, yo, yo, yo... Porfi, porfi... ¡Friego el resto de la semana! ¡Del mes!, ¿del año...?
Joan cerró el grifo, se dio media vuelta y apoyó los brazos sobre mis hombros, dejando que las manos gotearan a un palmo de mi espalda.
Bueno, lo del año entero era broma, ¿eh? —dije arrepentida temiéndome lo peor.
Cinco polvos.
¿Qué?
Cinco polvos esta noche.
¡Venga ya! ¿Cómo puedes traficar con algo como eso? ¡Es denigrante! ¡Eres lo peor!
Seis polvos.
¡Dos!
Cuatro.
¡Tres y se acabó!
¡Yeah! ¡Gracias, Raúl!

A las 10 de la noche, después de tomarnos unas cañas por Malasaña, estábamos los cuatro sentados en la enorme mesa de comedor que Gael tenía en su impresionante salón de su espectacular dúplex del centro de Madrid. Porque la homosexualidad no es una orientación sexual, es una secta de ricos y triunfadores, hablemos con propiedad.
Ay, Joan, cómo me alegro de que hayas venido. Tengo que decirte que tenía mis dudas, esta tarde se lo decía a Raúl, ay, nene, que este hombre se nos queda en casa dibujando y a ver qué hacemos con tanto muslito de pavo. Pero qué bien que Elvi te haya convencido.
Sí, bueno, todo tiene un precio —Y se tapó la sonrisilla con la servilleta mientras me miraba. Cabrón.
¿Y exactamente qué dibujas? —preguntó Raúl.
Pues me han salido un par de curros pintando murales en bares. A un colega le acabo de terminar la fachada, ha quedado guapa. Y al otro ando con los bocetos, el lunes se los paso y si le mola, la próxima semana me vuelvo a Barcelona un par de semanas. De aquí a allí, donde vayan saliendo cosillas.
¡Un Banksy en potencia! —exclamó Gael dando palmaditas—. ¡Por el arte hoy y siempre! —Y todos levantamos nuestras copas imitándolo.
Y por mi libro —añadió Raúl.
Claro, cómo no, su libro.
No seas modesto, nene, por tu nuevo libro —aclaró Gael.
¿Otro, ya? —pregunté bebiéndome la copa de trago.
Ha sido un verano horrible, lo tengo que decir. He vomitado todo lo que tenía. Del vacío a la nausea perpetua. Brutal. Escritura automática.
Orgánica —dije sirviéndome más vino.
Sí, exacto —afirmó sin darse cuenta de mi ironía—. Han sido tres meses muy duros, muy difíciles. Escribir es un proceso doloroso. La aniquilación de tu propio yo. Dejas de existir para convertirte en las voces de un nuevo monstruo creativo. Sinceramente, lo he pasado mal, pero creo que Gael mucho peor. El que está a tu lado es el que verdaderamente sufre la alienación a la que eres sometido. Bueno, ¿qué te voy a contar a ti Joan si vives con Elvira?
Joan alzó los hombros y dijo:
Pues ni idea. Elvi escribe viendo la tele.

Nos despidieron desde el quicio de la puerta. Se besaron, nos repitieron que deberíamos repetirlo, se volvieron a besar, nos lo volvieron a repetir, se volvieron a besar y el ascensor llegó.
Gracias por los muslitos de pavo —dije alzando la bolsa con el túper dentro. No me escucharon, se estaban besando.
De regreso a casa confesé a Joan que la noche no había sido tan terrible como me la había imaginado, que me gustaba ver a Gael tan contento, que no soportaba a Raúl pero me había reído mucho a su costa.
Así que, como nos lo hemos pasado muy bien, se suspende el precio a pagar.
Joan soltó una carcajada.
No, nena, me debes tres polvos.
Vale, te pagaré, pero con un helado. Tarrina mediana de Mascarpone con dulce de leche.
Tarrina grande de Mascarpone y dos polvos —negoció.
Tarrina grande de Mascarpone y un polvo.
Tarrina grande de dos sabores: Mascarpone y Apple Pie, y polvo y medio.
¿Polvo y medio? ¿Y qué es ese medio?
Dímelo tú, monstruo creativo...
Ganamos. No sé si el título de a ver quién se quiere más, pero, en nuestro único mundo tranquilo y autosuficiente, sexo con helado es un triunfo se mire por dónde se mire.

miércoles, agosto 28

Bodas, análisis y otros males

Espanta-males de Javier Avi
Elvira lo miró buscando una solución. Gael, sin decir nada, cogió su móvil y llamó a su amiga Leticia.
Cielo, mira, te cuento: tengo aquí a mi amiga Elvi, que es pobre..., sí, sí, pobre de sin dinero. Resulta que de aquí a diciembre tiene tres bodas, y no hay cosa más horrible que invitar a un pobre a una boda, porque en vez de disfrutar del evento lo convierten en una hoja excel de contabilidad..., ¡Ja, ja, ja!, ni que lo digas, ¡terrible!, la tengo a mi vera sin parar de hacer numeritos. Pero espera, que ahora viene lo mejor, va y me dice que tiene pensado llevar el mismo modelito a tres bodas, ¡y las amigas son del mismo grupo!...., ¡Te lo juro, reina! ¡Sigo en shock!
Marica mala...
¡Te he oído!..., No, a ti no, cielo. Así que a ver si le puedes prestar algo. Tendréis la misma talla, tú más menudita, claro, a ella le pierden las palmeras de chocolate..., ¿Zapatos? Sí, creo que también, espera un segundo. Cari, ¿qué pie tienes?
El cinco.
Un 35..., ¿el 36?, perfecto, le metemos algodón y listo..., ¡Genial!, pues te llamo en unos días para que te vengas a casa y hacemos probaturas, ¡te adoro, reina!
Gael dejó el móvil sobre la mesa de la cocina y miró a Elvira esperando su agradecimiento.
Viva el marxismo —dijo ésta con el puño en alto.
Cari, ahí tienes el baño, vete a cagar un rato.
Elvira cogió una cerveza de la nevera y fue al salón donde se dejó caer en el sillón de piel de vaca. Miraba al infinito mientras se mordisqueaba el labio inferior.
Me superan las bodas... —dijo.
Gael, también con cerveza en mano, se sentó sobre la mesita de café, frente a ella. Le acarició la rodilla.
Elvi, tengo que contarte algo.
Elvira lo miró de golpe.
¡No!, ¡no me digas que te casas porque no! ¡No me invites! —Se levantó—. ¡No!, no quiero tu banquete y ¡mucho menos tu número de cuenta bancaria!, ¡no! ¡Basta ya! ¡No-a-las-bodas-capitalistas!
Elvi...
Vale, iré... pero no me cobres la entrada, porque con tres tengo más que suficiente... —Y se tumbó en el sofá dejando la cerveza en el suelo.
No, no me caso.
¿Ah, no? ¿Y entonces? —Al reincorporarse vio la cara de su amigo desencajada. Se levantó y se sentó junto a él, en la mesita de café—. ¿Qué pasa, amor?
Es Raúl.
¿Qué Raúl, vida?
Raúl Perella. El escritor. Que fuimos juntos a la presentación de su libro hará cosa de dos meses.
¿El orgánico?
¡Elvi!
Perdón.
Bueno, pues nos liamos.
Sí, claro, para eso fuimos a la presentación, ¿no?
La verdad que estamos muy bien. Bien de verdad. Es un tío genial, estoy súper a gusto con él, no sé, como que la cosa ha empezado a ir un poco en serio, un poco bastante.
Ay, me encanta, ¡pero no os caséis!
Elvi... —Poco quedaba del chico que pedía a Leticia, con energético sarcasmo, vestidos de boda para su amiga la pobre. Estaba cabizbajo y tembloroso. Elvira se juntó más a él y con un gesto de cabeza le animó a que hablara—. Me ha pedido que tengamos relaciones sin condón porque, claro, estamos limpios y claro, es mejor, y claro, él está muy seguro y claro, yo también le he dicho que sí, que estoy seguro, que estoy limpio —Pausa—. Elvira, estoy acojonado, no me he hecho nunca los análisis.
¿Qué? Tienes 33 años y ¿nunca te has hecho los análisis? Vale, no pasa nada, el VIH no sé coge así como así, si siempre has tenido sexo seguro no pasa nada. ¿Gael?
No sé, a veces... Yo... Joder, Elvira, estoy acojonado. No quiero morir. ¡No quiero morir!
No vas a morir.
Elvi, ¿qué voy a hacer?
Los análisis.
No puedo, te lo juro, no puedo, he ido varias veces y no puedo, me rajo, no puedo. Vete tú...
¡Yo ya me los he hecho unas 10 veces! Es lo primero que te hacen cuando aterrizas en un país extranjero para trabajar en una entidad pública, si no olvídate del visado. Y desde que estoy en España dos veces, una porque pedí análisis de tiroides y otra de diabetes tipo 1. Ambos médicos me aconsejaron hacerme una serología completa, no sé, debo tener cara de promiscua irresponsable.

Al día siguiente por la mañana, fueron al centro de salud del barrio de Gael.
Hola —dijo Elvira agachándose, en el puesto de Información, para que su voz saliese por el hueco de la ventanilla—. Venía para unos análisis.
Muy bien, dime el nombre de tu médico, por favor.
Sí, un momento —Elvira se dio la vuelta. A su espalda Gael con las manos apretándose los ojos mientras gimoteaba una y otra vez que no podía—. Sí puedes. Venga, el nombre de tu médico.
Aguilar Sáinz de Buruaga.
Aguilar Sanz de Luaga —dijo agachándose de nuevo.
Aguilar Sáinz de Buruaga —repitió Gael destapándose los ojos.
Sí, perdón, Aguimar Sáinz de Luaga —dijo esta vez con la cabeza casi metida en el hueco y lo repitió por si acaso—. Luaga, Sáinz de Luaga, Aguimar.
Joder... —Y Gael volvió a tapárselos.
¿Aguilar Sáinz de Buruaga? —preguntó la recepcionista.
¡Sí! —gritó Gael saltándose a la intermediaria.
Te puedo dar cita para hoy a las 4:22 de la tarde. ¿Está bien?
Elvira se dio la vuelta esperando respuesta de su amigo.
Sí...
Sí —repitió ella a la recepcionista, y le dio la tarjeta de salud de Gael.
Al salir del centro, Elvira devolvió a Gael su tarjeta sanitaria.
Hoy a las 4:22. Te espero en la puerta a y cuarto, ¿vale? Y apunta bien el nombre de tu médico: Aguilar Sáinz de Buruaga, no te vayas a volver a equivocar.

A las 5.10 de la tarde Gael y Elvira seguían sentados en la sala de espera del centro de salud.
¿Por qué tardan tanto? —preguntó Gael a su amiga que deslizaba el dedo índice por la pantalla de su móvil mientras se reía a cada rato.
Me encanta Facu Díaz.
¿Por qué...?
Porque es un genio. Tiene a todo twitter revolucionado. ¡Mira! —Y estampó el móvil en la cara de su amigo.
Elvira...
Venga, que le voy pedir que salude a todas las víctimas de la Seguridad Social, ya vas a ver qué risas.
Me troncho...
5:27, 5:32 y a las 5:46...:
¿Gael Álvarez Carrillo? —preguntó la enfermera ante la puerta del médico.
¡Aquí! —gritó Elvira como si llevara tres días perdida en el Amazonas y la acabaran de encontrar.
Se sentaron ante la mesa, y esperaron a que Aguilar Sáinz de Buruaga dejara de revisar algo en el ordenador y les prestara un poco de atención. Elvira cogió la mano de Gael y asintió cerrando los ojos. Gael se desprendió de su mano abriéndolos mucho.
Perdonad, que ando liadillo con esto —dijo el médico y, dejando a un lado el ordenador, masculló sonriendo—: Este Facu Díaz es la hostia... Bien, Gael, cuéntame.
Quería unos análisis.
¿Una analítica completa?
Sí, para lo del colesterol que lo llevo fatal y eso... —Elvira lo miró de golpe—. Y, bueno, para lo otro también.
¿Lo otro?
VIH —contestó la resabionda de la clase.
Me estoy mareando —dijo Gael sujetándose la frente.
El médico se rió y le dio un papel.
Entrégalo en recepción, allí te darán cita para hacerte los análisis. Siendo verano, imagino que mañana por la mañana tendrás hueco. En diez días estarán los resultados.
¡Diez días! —Gael colocó su cabeza entre las rodillas—. Me estoy mareando mogollón... ayuda...

Efectivamente tuvo hueco al día siguiente. A las 8:13 de la mañana, Elvira colocaba las pequeñas pegatinas rojas, que le había dado una de las enfermeras, bajo el clip de las hojas de la analítica. Luego le explicó a Gael que, según lo que le habían dicho, debía esperar en la cola. La línea de unas 7 personas se cortaba ante una puerta cerrada. Detrás, cinco mujeres, tras cinco pequeñas mesas, extraían sangre como si de una central lechera se tratara. Cuando le tocó el turno a Gael, fueron los dos quienes cruzaron la puerta.
Lo siento, sólo puede entrar uno —dijo la mujer de la primera mesa apretando la goma del brazo de su ternerita.
Por favor, es que soy muy aprensivo —dijo Gael.
Y yo —dijo Elvira.
Y si tú también eres aprensiva ¿para qué lo acompañas?
Dos aprensivos mejor que uno.
La mujer se rió y los mano a la mesa del fondo. Y los dos, como niños, corrieron al final de la sala no fuera a ser que la ganadera cambiara de idea.
Media hora más tarde Elvira se terminaba su café en el bar de al lado y Gael no dejaba de mirar el papel con la nueva cita para recoger los análisis.
Diez días... —decía—. No lo voy a soportar.
Pasan en seguida —mintió Elvira.
Y si me da positivo, ¿qué voy a hacer?
Eso no va a pasar.
¡Y si pasa! —El camarero los miró desde la barra.
¡Pues si pasa, pasa! ¡No te vas a morir! —Después, Elvira bajó el tono de voz—: Tener los anticuerpos del VIH no significa que vayas a desarrollar la enfermedad. Gael, por favor, no me hagas darte una clase de sexualidad ahora, pero creo que ser más responsable y tener un poquito más de cabeza, no te vendría mal.
Gael bajó la vista. Elvira se percató de que lloraba. Se acercó a él. Lo abrazó.
Eres una amiga de mierda, cari...

Diez días más tarde.
Eran las 4:38 de la tarde y Elvira abanicaba a Gael con un folleto sobre la diabetes gestacional, en la sala de espera del centro de salud.
¿Tengo pulso?
Elvira le tocó la muñeca.
Sí, Gael, tienes pulso.
Me mareo...
Elvira lo abanicaba con más fuerza. De reojo miró el reloj de la pared: 4:53.
Nunca jamás voy a follar con nadie, se acabó, te lo juro, nunca más... Me están entrando nauseas.
Elvira dejó de darle aire.
Gael, tranquilo, respira por la nariz, por la nariz, fuerte, mira así, ¿ves?
Una mujer se fue a sentar junto a la chica, pero en el último momento prefirió hacerlo tres sillas más allá, por si las moscas.
¿Gael Álvarez Carrillo?
¡Aquí! —Y del Amazonas volvió a resurgir.
Una vez ya ante el médico esperaron en silencio. Éste revisaba de atrás a adelante las dos hojas que contenían los resultados de la analítica completa. Aguilar Sáinz de Buruaga, por fin, pareció decidido a hablar. Chasqueó la lengua y levantó la vista con gesto raro.
Ay, madre... —suspiró Elvira.
Creo que me estoy muriendo... —Gael.
Pues como no te cuides va a ser que sí. Chico, para lo joven que eres tienes el colesterol disparado.
Y tras un grito eufórico al unísono, los dos amigos se abrazaron ante la perpleja mirada del médico.
Al salir del centro con los análisis estrujados en la mano de Gael, Elvira propuso celebrarlo por todo lo alto.
Vale, pero a mi manera, cari. —Sacó del bolsillo su móvil y tras buscar en la agenda el nombre, esperó tono—. ¿Leti?, cielo, en 30 minutos en mi casa, no olvides traer los vestidos de boda, a mi amiga le gustan como muy de princesa..., sí, nos vamos a reír...
Marica mala...
¡Te he oído!..., No, cielo, a ti no.