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viernes, noviembre 11

Con dos narices

 Retrato de Dora Maar de Pablo Picasso

Me enamoró su presencia. Bueno, no, quizá fue su dulzura o su manera de retirarse la melena hacia un solo lado. La cuestión es que Virginia me cautivó desde el primer momento. Después de informarme sobre los cursos, me preguntó cuál era exactamente mi interés en el mundo del vino.
―Esa angustia, ¿sabes? ―decía, 20 minutos antes, a mi psicoanalista―, es la que me hace preguntarme qué va a ser de mí si vivo más de los 40 años. Sorda, depresiva, artrítica. Tengo que morirme antes, Óscar, tengo que morirme antes…
―Creo que es una reflexión interesante, Elvira. Te propongo que la retomemos en nuestra próxima sesión, porque hoy se nos terminó el tiempo.
Y con una patada en el culo me mandó para mi casa. Y es que, lo de desmenuzar tus miserias en 60 minutos, te recordaba a cuando eras pequeña y tu madre venía la primera a buscarte a una fiesta de cumpleaños, sabías que te ibas a perder lo mejor. Volvías a casa cabizbaja con esa frustración punzante.
Casualidad, aquel día levanté la cabeza y me topé con la escuela de Cata de Vinos.
―No lo sé ―contesté tímidamente  a Virginia―. Quizá su lado sensorial, o que estoy tan perdida que no sé a qué agarrarme.
―Bueno, dicen que beber es bueno para olvidar ―dijo arqueando las cejas.
Me reí.

―¿Un curso de Sumiller? ¿Sumiller profesional? ―preguntó Rafa sorprendido mientras meaba.
―¡Sí! ―contesté desde su cocina, preparaba pasta―. Sumiller Internacional.
Rafa entró en la cocina subiéndose la bragueta, y se lavó las manos en la fregadera. ¿Por qué no lo hacía en el baño? Odiaba eso de él. ¡Guarro!
―¿Internacional? ―volvió a preguntar mientras se las secaba con un trapo―. Elvi, eso es la polla, ¿tú sabes lo que vas a tener que estudiar? Esos tíos tienen una memoria de elefante. Estamos hablando de todos los vinos del mundo, denominación de origen, bodegas, añadas, esencias… Pff, no eres capaz de eso.
―¿Cómo…?
―Chiquitina, vamos, no pongas esa cara. A ver ―Me cogió por la cintura con ambas manos y ladeó la cabeza―. Inteligente, lo que se dice inteligente, no eres. Digamos que apañada. Porque las cosas como son ―Me soltó y bajó la potencia de la vitro―. Eres una tía que sabe sacarse todo el provecho. Ahí estás con tus cuentitos y tu librito publicado, vamos, tus cositas.
¿Mis cositas? Me llevé una mano al cuello y con la otra me apreté la tripa.
―A veces pienso ―continuó―, que si fueras tan inteligente como tu hermano Gerardo, no sé hasta dónde habrías llegado.
Dije que ahora volvía. Fui al baño. Cerré con pestillo. Me apoyé en el lavabo y, tapándome la boca con ambas manos, lloré hasta agotarme. Me lavé la cara. Me miré al espejo y conté hasta cincuenta. Salí.
―¿Qué has estado haciendo ahí dentro?
Cogí la chaqueta, le di un beso en la mejilla y le dije que me iba, que no me encontraba bien.
Desde la puerta, mientras me veía subir las escaleras, me preguntó si estaba molesta por lo que me había dicho.
―No ―dije―, es solo que tengo mal las tripas, ya sabes…
―Jo, chiquitina, vete al médico, porque te pasas el día con cagalera.
―Sí, me paso el día cagando… ―Y mordiéndome los labios por dentro, seguí subiendo las escaleras.
Al día siguiente volví a la escuela y se lo conté a Virginia. No lo de Rafa, pero sí mis inseguridades sobre mi capacidad, y que quizá el curso me quedaba grande. Virginia, sentada en un alto taburete tras una mesa blanca, me escuchaba con verdadera pasión, frunciendo el ceño y asintiendo cada palabra que decía. Cuando terminé, estiró la cara y me sonrió. Me pidió que la esperara un minuto. Al de un rato regresó con una caja. La dejó sobre la mesa y me instó a que la abriera. Tuvo que insistir dos veces, porque yo estaba paralizada, no sabía a dónde quería llegar. Miré la caja. Era de madera. En realidad era como un pequeño armario de dos puertas. Lo abrí, tirando de los dos pequeñitos pomos, y por un momento me imaginé que volvería a ver los vestidos de mi Nancy. Pero me encontré decenas de diminutos frascos de cristal, con tapón negro, y con un amarillento líquido dentro. Levanté la cabeza y miré a Virginia con cierta fascinación.
―Ahí tienes 54 esencias de vino. Capturadas, guardadas y clasificadas para educar tu olfato. Quiero que te las lleves a casa y las memorices. En cuatro días te examinaré de memoria olfativa. 5 esencias, solo puedes cometer dos errores. ¿Aceptas el reto?
No sé, me parecía demasiado fácil. La sordera me había otorgado de un olfato fuera de lo común, parecía la mujer biónica. No podía dormir cerca de materiales de cuero: bolsos, zapatos, chaquetas; ni de papeles de plásticos o por supuesto productos de limpieza. Incluso antes de comprar un libro, me lo llevaba a la nariz y si consideraba que el olor de su hojas era demasiado fuerte, pedía otra edición. Y no era una cuestión de manías, si no que la intensidad del olor llegaba a ahogarme. Así que memorizar 54 aromas y asignarles un nombre no me parecía una acrobacia plausible.
―Mi temor es otro, Virginia. Los nombres, años, bodegas... No la nariz.
Se retiró el pelo hacia un lado con una feminidad inalcanzable, y me pidió que cogiera un frasquito al azar y leyera su etiqueta. Tomé el cuarto de la octava fila.
―Higo, 60-J-14B.
―Todas las esencias tienen un código de 6 caracteres, cifras y letras, a veces separados por guiones, otras veces no. Estos códigos también debes memorizarlos y el lugar exacto de sus guiones, si los tienen, claro.
―¡Imposible! ―grité.
―Bien, creo que ahora sí he conseguido picarte ―Y con una triunfante sonrisa, me despidió hasta dentro de cuatro días.

Dejé la caja abierta sobre mi escritorio. Parecía el San Antonio que tenía mi abuela. El santo estaba metido, con su ramillete de laurel, en una caja con la parte de delante de cristal, a modo de vitrina. Y bajo sus pies una ranura donde mi abuela iba metiendo monedas por cada petición que le hacía, “Ay, San Antonio bendito, que encuentre el botón de nácar de la blusa blanca, que caérseme, se me debió de caer por el salón”. El botón aparecía y mi abuela lo recompensaba con una moneda de 25 pesetas. Cuando veía que el santo pesaba demasiado, lo vaciaba y se lo jugaba todo a la brisca.
Miraba la caja desde el sofá, no me atrevía ni a acercarme. 54 códigos, 324 caracteres, imposible. Así que alcancé el móvil y le supliqué a Gael que viniera. Cuarenta minutos después apareció en mi casa con seis botellines de San Miguel. Le conté lo del curso de Sumiller, lo de Rafa, lo de Virginia y su reto. Sin decir nada abrió dos cervezas. Me ofreció una. Se sentó junto a mí en el sofá y miró la caja de las esencias de la misma manera que seguía haciéndolo yo.
―Cari, ¿estás segura de que no prefieres admitir que eres apañada?
Negué con la cabeza.
Gael me dio su cerveza. Se levantó. Cogió la caja. La dejó sobre la mesita frente al sofá. Se arremangó el jersey de lino. Me pidió su cerveza con un enérgico gesto de mano  y dijo:
―Empecemos.
Así que empezamos. Gael abría un frasquito, me lo daba a oler, manzana verde, decía, ¡piña, animal!, me contestaba. Y a partir de ahí empezaban sus trucos de memoria nemotécnica:
―La piña no tiene hojas, son rabos verdes arriba, pues la forma del rabo es el 1, pero son dos, así que 11, ¿vale? ¿Dónde hay piñas?, ¡en las islas!, islas, tesoros, tesoros, mapas, mapas, pasos, pasos, cruces. 5 pasos y una cruz,  es decir: X. Tesoro encontrado, entonces pausa, un guión, más descanso: un 0, nos comemos la piña, no queda nada, solamente un rabo: 1. Por lo tanto: 115X-01, ¡repite!
―Piña, 115X-01.
Me ofreció otro, fácil: coco.
―Vale, ¿dónde hay cocos?, ¡en las islas!, islas, tesoros, tesoros, mapas, mapas, pasos…
Madre mía, San Antonio bendito…
Tres días después, habíamos encontrado 53 tesoros, porque el azufre apareció en el volcán de El Hierro, auxilio entre flotadores, y un rabito de piña flotando en el agua: VF-8S8-1. Sin comentarios.
Al cuarto día, Virginia me sentó en su taburete alto y me dio una especie de antifaz para dormir. Me lo puse. Me preguntó si estaba preparada. Asentí. Me acercó el primer frasquito. Inspiré profundamente. Lo retiró. Le pedí repetir. Me dijo que estuviera tranquila. Lo acercó de nuevo. Volví a inspirar: Ciruela, 6YCCR6. Chasqueé la lengua. Me había equivocado. No era así, pero no sabía corregirlo. Llegó el segundo, tercero, cuarto y quinto frasquito.
Me quité el antifaz. Virginia no paraba de sonreírme.
El resultado fue horrible. En cuanto a esencias solamente un error. Confundí la grosella con el lichi. Y en cuanto a códigos sólo había dicho dos correctamente, el de la piña y el del membrillo. Aun así, Virginia me dio la enhorabuena, y me convenció de que la memoria era un animal vivo, si la alimentaba crecería.

Subí las escaleras de casa y me paré en el tercero. Toqué a la puerta y esperé. Rafa abrió, y me besó. Ya me he matriculado, le dije. ¿Para Sumiller?, preguntó. Sí. Al final siempre te sales con la tuya, ¿eh?, me alegro si es lo que quieres, dijo. Es lo que quiero, respondí, y creo que también quiero estar sola. ¿Cómo sola?, preguntó. Sola, respondí. Lo besé y subí las escaleras. Hasta que no metí las llaves en mi cerradura, no oí cerrar su puerta. El portazo me hizo encogerme de hombros.
Entré en casa arrastrando los pies, tenía la pena encadenada a mis tobillos.
Abrí la nevera y saqué un par de huevos. Antes de cerrarla, cogí medio limón, que estaba sobre los yogures, y me lo llevé a la nariz.
―Limón, 5555-MZ.

lunes, junio 20

Encargo nocturno


Madrid, sábado, las 9 de la noche. 29ºC fuera y 35ºC dentro de mi casa. Yo, en bragas culeras de Snoopy y camiseta vieja de tirantes, bailando Hey, Soul sister con un ukelele imaginario, frente a mi escritorio. El portátil encendido con una página de Word en blanco abierta desde las 8, junto a él un botellín de San Miguel y dos vasos sucios con restos de café, además de tres paquetes de kleenex, una montaña de albaranes de la universidad, una veintena de libros esparcidos sin rigor alguno, fotocopias de esto y aquello, un tampax súper, la calculadora, una galleta mordisqueada de Granola, el móvil, su funda, una Cuore de hace tres semanas, aaaaaaaarhg!!, las gafas de sol y las de ver: las blancas y las negras, (las granates imagino que estarían junto a la cama, pero no lo sé), crema de manos Ureadin, y dos tapones azules de boli bic. Vamos, lo que se dice una histérica del orden.
―¡¡Heeeeeey, heeeeeey, heeeeeey, lalala, nanan, nina, la… mmmm… hey life direction, nananana… connection we can’t denyyyyyyyy…!!

Me había pasado el día con Gael. Lo llamé deprimida a eso de las 11 de la mañana, porque el mundo se me caía encima y pesaba demasiado como para sostenerlo sin partirme por la mitad. Él escuchó con paciencia ésta y otras muchas metáforas catastrofistas sobre mi angustia existencial y después fue tajante:
―Vale, cari, dúchate y ponte mona que en una hora te paso a buscar, tú lo que necesitas es un birratour.
El tour de la birra comenzó en una de las terracitas de La Plaza Olavide a las 12.40 de la mañana, con un par cañas, y, tras repostar en al menos siete garitos diferentes, terminó a las 7.30 de la tarde, en el Lamiak de Cava Baja. Le juré a Gael que me encontraba mucho mejor y que me pidiera un taxi, porque de repente me había acordado de que tenía que volver a casa inmediatamente, para escribir el relato que me había encargado mi amigo Santi para su blog. El estrés de los borrachos. Así que antes de las 8 ya estaba en casa. Encendí el ordenador, preparé el Word y fui directa a la nevera, porque tenía la boca como una alpargata, hubiera necesitado un soplete para separar la lengua del paladar.
Empecé a zampar como una loca: biscotes con guacamole, ensalada de pasta que me había sobrado del día anterior, Bimbo con mayonesa, sí, solamente con mayonesa, para mí la mayonesa es un alimento de primera necesidad y sería capaz de sobrevivir sólo gracias a ella.
Después de mear unas cinco veces y estrujarme todas las espinillas posibles ante el espejo, me dispuse a escribir. Hasta que, una vez sentada, me di cuenta de eso, de eso…:
¡Es todavía de día! ¡Yo no puedo escribir de día, necesito oscuridad, negrura!
En invierno es fácil, pero ya estábamos en junio y aquello tenía pinta de oscurecer sobre las 10 como pronto. Resoplé y me dejé caer sobre el teclado del portátil como si me hubieran pegado un tiro por detrás, hice hasta el ruidito y todo, siempre quise ser actriz. Me incorporé y resoplé de nuevo. Bueno, otra cerveza no me vendría mal, así que cogí una San Miguel de la nevera y la dejé sobre el escritorio mientras buscaba en Youtube algo que me animara. Empecé con Sometimes de Erasure. Quise imitar la forma de bailar del mismísimo Andy Bell, pero demasiado arrítmico para seguirlo, así que me pasé a los brazos en aspa, y el punta talón de toda la vida. Luego llegaron los Fine Young Cannibals y su Good Thing. Cómo me recordaba esa canción a cuando mi hermano Gerardo y yo éramos pequeños, y los sábados por la mañana nos coordinábamos para grabar los videos musicales de los programas Tocata o Rockopop. Mi madre sólo nos dejaba ver la tele en la salita junto a la cocina, porque el salón era para las visitas. En la vida he visto una visita en mi casa, pero en fin. El video estaba en el salón, con el resto de aparatos de calidad: la tele grande y la minicadena de doble casette. Así que mi hermano se posicionaba en el salón con el video VHS preparado para darle al rec en cuanto escuchara mi señal, porque era yo la que estaba viendo la tele en la salita. Entonces, cuando la presentadora daba paso al video, salía escopetada hacia el pasillo y, desde un extremo, gritaba a mi hermano que estaba en la otra punta:
―¡Daleeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee!
Y de todas todas, al darme la vuelta para regresar a la salita, me tropezaba con mi madre que me pegaba un guantazo por gritar de aquella manera.
Por fin di con Train y su Hey, Soul sister y pensé que, aunque fuera todavía de día, aquello me traería la inspiración. Así que coloqué de nuevo, en mi punto de mira, la página en blanco de Word, pero en vez de eso me lié con un ukelele en plan profesional y: heeey, heeey, heeey…
Miré el reloj, las 9.15 y una horrible claridad, me cagué en San Juan. Bien, que no cunda el pánico porque todavía me quedaba toda la noche por delante. Santi el domingo tendría su relato, así se lo prometí y así lo haría.
Las 9.30 y era el turno de El Pescao, y allí estaba yo, en mitad del salón, siguiendo la coreografía enterita de Buscando el sol. Y de repente el timbre de la puerta sonó. ¿Y ahora qué…? Es que a una no la dejan escribir, así no se puede, ¡no se puede!
―Hola, chiquitina.
Si éramos pocos, parió la abuela. Rafa, mi vecino y seudonovio, acababa de entrar en mi casa con un DVD en una mano y una botella de vino en la otra. Si estaba claro que yo de Madrid iba a salir alcoholizada perdida.
―Venga, loca, prepara una ensaladita, que nos bebemos el vino con la peli.
―Ay, gordi, si da tiempo en media hora bien, pero a partir de las 10 ya es de noche y tengo que terminar el relato de Santi, el que vive en Lisboa, bueno, empezarlo, para su blog, y como me he ido con Gael, que si esto, lo otro, y luego que me lío con Youtube, que sí, vamos, que no, Rafa, que bufff…
Rafa no paraba de reírse. Dejó las cosas en la encimera y se acercó hasta mí con cara de malo. Me abrazó y, mordisqueándome la oreja, me dijo:
―Bueno, tranqui…, se me ocurre otra cosa que en media horita nos puede dar tiempo, ¿eh?, ¿un polvete rápido…, eh, loca…?
Buffff, qué pereza, coge, ponte en pelotas, que qué calor, que en el sofá, que te sobra este brazo, que mejor en la cama, que no, que se me pegan las sábanas, que folla así, que no: asá, que me tiras del pelo, la baba que se hace plasta, ay, que no se termina de correr, que sí, que dale, dale, pero vente ya que me quema, que bufffff, ¡paso!
―Gordi, que tengo la regla.
―¡¿Otra vez?!
Bueno, le dejé que me sobara un poquito y para las 10.05 le di patada en el culo, que se la cascara en su casa.
Bien, 10.22, la noche acababa de llegar. Me senté en el escritorio y, con el dedo índice apuntando a la pantalla, amenacé a la página de Word en blanco porque solo una de las dos ganaría aquella noche, lo dicho, siempre quise ser actriz.
Pero primero me dio por contar los albaranes, 63. Luego me preparé un café. Busqué en Google los nombres de todos mis ex y el de la ex de Rafa. Calculé, con la calculadora, las horas que me quedarían de vida si finalmente me moría a los 40 años: 52.704 horas por delante. Así que empecé a pensar qué podría hacer con tantas horas. Viajar. Me metí en Kayak y busqué un vuelo: Madrid- Buenos Aires, ¡ay!, luego pensé que Santi tenía que ir a Buenos Aires, así que me planté de nuevo ante el no-relato. 11.15. Word-1 Rebollo-0. ¿Qué haces?, le escribí a Marieta por el WhatsApp. Chupando tele, me contestó. Jajajajajajaaj!!!, le contesté. Ni puta gracia quedarme un sábado en casa!!!, me contestó. Venga, loca, que yo en los madriles tb, le contesté. Sí, pero tú eres rara de cojones, neni… me contestó. Jajajajajajaaja!!!, le contesté, aunque la verdad es que no me reí.
11.53 en mi portátil y 11.56 en mi reloj. Vencida, ganó ella, por goleada.
Cogí el móvil y busqué su número, pero el de 351 por delante, no el otro, que es el de Bilbao.
―¡Santi!, ¿qué tal?, oye, esto… qué te iba a decir, ¿es muy de noche en Lisboa?...

lunes, marzo 28

Un beso de cuento

El beso del Hôtel de Ville por Robert Doisneau

―Cari, ¿es cosa mía o en tu salón está lloviendo?
Sabía a qué se refería, así que riéndome y sin dejar de preparar la ensalada de gulas con aguacate le dije a Gael que cerrara la claraboya.
―Es guapa tu casa, ¿eh? ―dijo cerrando el ventanal―. Tiene su punto poético lo de vivir en un minúsculo estudio abuhardillado, cari, con la lluvia y la luna dentro de tu salón, no sé, inspiración total, en plan: llueve en mi salón / llueve en mi corazón / llueve en mí / en mí sin ti.
―¡Bravo! ―grité aplaudiendo―. Eres todo un poeta… ―y riéndome volví a mi exótica ensalada.
A pesar de mi antropofobia, disfrutaba muchísimo de la compañía de Gael, a quien apenas conocía, pero que decididamente le había hecho un hueco en mis amistades. Era un tío muy inteligente y divertido, mucho de lo que muy pocos podían presumir. Lástima que no fuera hetero pero todo en esta vida no se puede pedir.
Cenamos la ensalada mientras discutíamos qué peli ver. Los dos estábamos de acuerdo en una comedia americana, el cine de culto se lo dejábamos a la gente que, aun siendo viernes, conservaban neuronas activas, no era nuestro caso, así que: ¿Meg Ryan o Jennifer Aniston? Ganó Ryan con su Women.
Recogimos la mesa. Gael fregaba los platos y yo preparaba el DVD cuando el timbre de la puerta sonó. Nos miramos sorprendidos, eran casi las doce de la noche. Después, Gael en un gesto rápido cerró el grifo y, secándose las manos con un trapo, abrió la puerta. Al escuchar su voz saludar a Gael, se me removieron los intestinos y me imaginé, por un segundo, a las gulas cobrando vida en su interior. Gael le devolvió el saludo y lo invitó a entrar para después darse la vuelta porque se moría de ganas de ver mi cara. Y sí, allí estaba yo, de cuclillas frente al reproductor, con la peli en una mano y los intestinos en la otra.
―Hola, Rafa ―dije con una forzada sonrisa poniéndome de pie.
No nos veíamos desde aquella fatídica noche en la que terminó enrollándose con la que, hasta entonces, era mi mejor pésima amiga para luego convertirse en la tía asquerosa que ojalá tenga alopecia sarnosa y le crezcan monguis en los labios vaginales: Silvi.
―Hola… ―respondió evitando mirarme a los ojos y escondiendo algo tras su espalda―. ¿Íbais a ver una peli?― añadió señalando mi mano izquierda.
―Sí ―dije.
―¡No! ―desmintió Gael con cierto histerismo―. Ella iba a verla, yo me voy porque ya llego tarde, ¡tardísimo!
Con prisa recogió su chaqueta de la cama, se plantó delante de Rafa y dándole dos sonoros besos se despidió de él, y sin que éste lo viera me hizo un gesto nervioso con la mano para que lo acompañara hasta la puerta. Una vez allí, fingió un eterno abrazo que le sirvió para susurrarme todo tipo de soeces sobre el motivo de la inesperada visita de Rafa.
Entre risas lo empujé hacia las escaleras y, mandándole un beso con la mano, le dije que lo llamaría al día siguiente.
Al darme la vuelta, vi a Rafa apoyado sobre el reposabrazos del sofá pasando las hojas de un libro que por su colorida portada supe enseguida cuál era. Nerviosa me mordisqueé el labio inferior. Rafa levantó la cabeza y, al verme allí quieta, agitó el libro al aire con una enorme sonrisa diciendo:
―Era el último que quedaba en la Casa del Libro de Gran Vía. ―Hizo una pausa y, ofreciéndome la novela, añadió―: He subido para que me lo firmes.
Tomé el libro y lo arrojé sobre la mesita para sentarme después en el sofá.
―¿No vas a firmármelo?
Respondí negando con la cabeza.
―Oye, que tu novela me importa una mierda, sólo quiero tu autógrafo para venderlo cuando seas una famosísima best seller. ―Consiguió arrancarme una carcajada, él también se rió. Al serenarnos dijo casi en un susurro―: Empezaba a echarte de menos, ¿sabes?
―Pues aquí he estado.
―Lo sé y lo siento…
No sé por qué se disculpaba, no me atreví a decir nada.
―Bueno, ¿y cómo es la vida de una escritora? ―preguntó con un cambio radical de tono.
―Pues es bonito ver cómo medio Bilbao se saca fotos con mi libro para apoyarme mientras un amargado profesor del máster me augura fracaso y utiliza mi novela para humillarme delante del resto de la clase.
Rafa se rió y me aseguró que eso era una muy buena señal porque quien se pica ajos come. Eres como mi abuela, le dije entre risas.
―De verdad que he echado mucho de menos tu risa, bufff… mogollón, tía... ―Después agachó la cabeza y se frotó con lentitud las rodillas, levantó de nuevo la vista y me sonrió.
En ese momento entendí su anterior disculpa. Le devolví una tímida sonrisa y tomé el libro de la mesita. Me levanté y del escritorio cogí un bolígrafo azul. Abrí la novela por la tercera página y escribí:
Para Rafa, con ilusión de saber que tu cuento todavía no se ha terminado…
Le devolví el libro y me senté de nuevo junto a él. Rafa tras leer la dedicatoria lo cerró frotando la portada con mimo y, sin levantar la cabeza, lo dejó a un lado del sofá. Después me miró, ven aquí, chiquitina, dijo. Me acerqué a él un poquito más. Me tomó del cuello con ambas manos, me acarició la mejilla con su nariz y, con un susurrante terminémoslo juntos, me besó.

jueves, febrero 3

Cita a cigas (Parte II)

Broken-heart-less por Ron Gamble

―Tía, ¿te imaginas que es mexicano? ―preguntó Elvira ajustándose el cinturón de seguridad. Silvi prefirió no contestar.
Era martes y se suponía que las dos amigas tenían una cita a ciegas en el Lateral de Chueca a las ocho de la tarde, pero eran casi las diez y estaban todavía metidas en un taxi atravesando Glorieta de Quevedo.
―Estoy más que convencida de que Gael va a ser mexicano y vamos a encajar. ¡Ay, ay! ―exclamó excitadísima sujetando el brazo de Silvi―: ¡¿Te imaginas, te imaginas, te imaginas que es de esos mexicanos, de los que ronronean chingo-guarradas-güey mientras te lo hacen?! ¡Tía, es mexicano! Lo presiento, ¡es me-xi-ca-no! ¡Me-xi…
―¡ELVIRA! ―gritó Silvia en un desesperante intento por hacerla callar―. ¡Es de Albacete! ¡Me lo dijo ayer Marcos, pesada! ¡Gael es de Albacete!
―¿Albacete, Albacete?
―¡Sí! ¡Albacete, Albacete!
―Bueno, ―y en un intento por recuperar su dignidad, se retiró el pelo de la cara y, mirando al frente, añadió―: de siempre los de Albacete han tenido su morbillo, ¿no?

A las 22.10 horas, las chicas subían los tres peldaños que separan el bar de la calle. Al entrar, Elvira reconoció a Marcos apoyado al fondo de la barra.
Cuando se acercaron a ellos comenzó la danza de palabrería sin sentido: Que si cuál era tu nombre. Que si soy abogado. Que si yo profesora, sí, de español. Que si Gael, pero no soy actor ni mexicano. Que si de Bilbao centro. Que si lo siento que te piso. Que si cuántas cervezas. Que si pues, venga, ponme cuatro. Y que sí, coño, ¡de Albacete!
Después de gritarla, Gael se arrepintió. Elvira no le parecía la típica tía imbécil pero es que ya era la tercera vez que se lo preguntaba. La miraba de reojo porque parecía ofendida, se había pasado, sí.
―Oye, perdona ―se disculpó Gael apartándola del grupo. Elvira sonrió e hizo un gesto negando con la cabeza, dando a entender lo poco que le había molestado. Sí, parece una tía maja, pensó después. Lo que no terminaba de encajar en ella era lo que le había comentado Marcos, así que decidió preguntárselo directamente―: ¿Tú eres lesbiana? ―Elvira sólo pudo abrir los ojos como platos porque se quedó muda. Gael añadió―: Perdona, es que verás, Marcos me dijo que eras lesbiana y que podía estar tranquilo, porque no ibas a pretender nada conmigo. ―Elvira parpadeó con nerviosismo exigiendo más explicación―. Soy gay.
―Gay… ―repitió atónita.
―Sí, mira, acabo de salir de un tormento, ¿vale? Ramón, ¿vale?, llevo dos meses en casa, ¿vale?, y Marcos me pidió este favor, ¿vale?, pero me aseguró que sólo era para acompañarle porque estaba más que convencido, cari, de que tú eras lesbiana, ¿vale?
―No soy lesbiana, ¿vale?
―A la vista está, cari, fashion-hetero total.
Elvira se había subido a unos tacones de infarto, metido en unos ceñidos pantalones negros con cinturón ancho y llevaba un blusón de escote interminable. Un poco de maquillaje, espuma y difusor para el pelo y, la verdad, es que parecía otra persona. Nada tenía que ver con el espantapájaros que Marcos conoció el domingo.

Después de las primeras cuatro cervezas llegaron las ocho siguientes. Marcos se había autoproclamado el líder del grupo. Proponía los temas de conversación y marcaba el ritmo al que había que beber. Silvia estaba en su salsa. Se reía como una boba por cualquier cosa que se dijera. Elvira, en cambio, estaba haciendo verdaderos esfuerzos por pasárselo bien. Es cierto que Gael le resultaba un tío simpático y con muchísimo sentido del humor, pero por más que intentaba analizar la situación no entendía por qué su amiga tenía tan buena suerte y ella tan mala, ¿dónde se había quedado el principio de retribución?
Cuando Marcos propuso la siguiente ronda, Elvira anunció que se iba. A Silvia no pareció importarle, de todas formas cuando su amiga se ponía de nones con esa cara de malas pulgas era mejor que se fuera o si no podría amargar al bar entero.
―Oye, tía, pues nada, encantado y a ver si se repite. ―Estaba claro que a Marcos también le importaba un comino que la chica se fuera.
―Ah, no, no, cari, si te vas tú me voy yo, ¿vale?, ¿qué coño pinto yo aquí solo con estos dos? ―Y tomando su abrigo Gael se enlazó al brazo de Elvira y, tras despedirse por décima vez unos de otros, salieron del bar.

Gael sólo tardó un par de calles en convencer a Elvira de tomarse juntos la última.
Cogieron un taxi y quince minutos más tarde estaban bebiendo un mojito, sentados en la barra de un tranquilo bar de Callao.
Elvira miraba divertida los aspavientos que hacía su recién amigo para escenificarle el momento en que Ramón decidió dejarlo.
Sin perder detalle de la historia, la chica rechupeteaba la pajita de su bebida muerta de la risa. Aquel tío estaba siendo todo un descubrimiento.
Después, tras hacer un rápido repaso sobre las extraordinarias cualidades sexuales del hombre francés y árabe, se enzarzaron en un histriónico debate sobre si los preferían circuncidados o no. Llegados a este punto Elvira sólo podía gesticular porque estaba absolutamente ahogada en su propia risa. El braisntorming que Gael estaba montando no podía ser más soez. Aun así intentó contar su experiencia con gestos.
―Vale, cari, no te entiendo, a ver, sí, tres, sí, sí, ¿tres circuncidados? ―Elvira lo negaba desternillada de la risa e intentó dibujar y situar en el aire el mapa de Estados Unidos―. Vale, sí, América, norte, norte, ¿Nueva York?, ¡sí!, vale, churros en el pelo, más churros, así ―e imitando a Elvira se formaba bucles ficticios a los dos lados de la cara― ¡Coño, judío! ¡Judio de Nueva York! ―Elvira asintió y, tras tomar un poquito de aire, se estiró los ojos― Vale, cari, judío en China, no, ¡ay!, no uno, tres, ¿pero qué coño es tres? ¡Tres judíos en China! ¡NO! ¿Japón?, ¿Tailandia?, ¿Vietnam?, ¿Singapur?, ¡Sí, Singapur! Vale, dale, cari, te pillo, te pillo, sí, tres, tres, reloj, reloj, ¿horas?, ¿minutos?, reloj, sí, dale, cari, ¡días! ¡TE TIRASTE A UN JUDIO NEOYORKINO EN SINGAPUR DURANTE TRES DÍAS!

Elvira se amarraba a la barra para no caerse, estaba en pleno ataque de risa desestabilizador. Y Gael daba saltos delante de ella con los brazos en alto celebrando la victoria. El bar entero los miraba.
―Eres mi ídolo, cari, ¡oe, oe, oe, oe!, vamos, porque ya estaba circuncidado que no llega a ser judío y se la pelabas igualmente, ¡tres días, locura pura!
―¡Pero estamos locos!, ¿qué barbaridad es esa? ―exclamó Elvira recuperando la voz―. ¡Noooooo!, lo que te quería decir es que salí en Singapur con un judío de Nueva York durante tres días.
―Ya, pero eso no tiene gracia, ¿y cuándo te lo tiraste?
―¡No me lo tiré! Pero bueno, no sé, hablábamos de circuncidados pues me acordé de mi judío y en plan anécdota, no sé, sin más, anécdota.
―¿Anécdota? Anécdota de mierda, cari, pa’eso es mejor no decir nada. Bueno, paso palabra, a ver ¿y ahora a quién te estás tirando?
―¿Ahora de ahora?
―Vale, a nadie.
―Bufff, es que no sé… ―y pensativa buscó con la lengua la pajita de su mojito, absorbió un poco e intentó explicarse mejor―: No estoy en ese momento ahora, ¿sabes?
―No, no, ni ahora ni antes, porque que te parezca fascinante la anécdota del judío…
Elvira lo miró con reproche, no la estaba entendiendo y eso le fastidiaba.
―Venga, cari, no te enfades, a ver, cuéntame.
Ésta no dijo nada, levantó la vista y con pesadumbre la volvió hacia el camarero que estaba en el otro extremo de la barra, suspiró y volvió a bajar la vista mientras se pellizcaba la mano.
―Uy, uy, uy, uy… ―exclamó Gael apartándose unos centímetros hacia atrás, como para coger perspectiva de la situación, parecía una de aquellas señoras que en la charcutería se apartan ladeando la cabeza y apretando el morro para ver mejor los productos de la nevera―. Tú estás enamorada. ―Elvira se rió―. Vale, llámalo X, cari, pero tú estás pilladísima y eso te está matando.
Elvira lo pensó unos segundos. Tenía razón en cierto modo. Ella también se estaba dando cuenta y lo que había empezado como una ilusión se estaba convirtiendo en algo silenciosamente angustioso. Tenía que admitirlo:
―Se llama Rafa, es mi vecino y llevo 5 meses enamorada de él sin poder decir ni una palabra porque se supone que somos amiguísimos.
―Putadón.
Elvira le explicó que no se lo había contado a nadie, ni a sus amigas, que se sentía ridícula diciéndolo en voz alta, que sin más, que ya se le pasaría, que tampoco era para tanto.
¡Llámalo! ¡Ni hablar! ¡Llámalo y dile que venga! ¡¿Estás loco?! ¡Cari, llámalo! ¡Es la una de la mañana! Esto es Madrid, cari, seguro que anda de cena por ahí, ¡llámalo! ¡NOOOOOOOO!

Minuto y medio después:
―Esto… esto… ¿Rafa?, sí, sí, soy yo, oye, es tarde y siento que… ah, ¿sí?... ¿En Callao?… ¿qué dices?, ¡ja, ja, ja, ja! Claro… vale, vale… sí, en el bar de al lado del Templo del Gato… ya… dos mojitos, vale, genial, adiós…, sí, sí, agur.
Al colgar, Gael se abalanzó sobre ella gritándole que era la mejor, mientras ésta daba palmitas al ritmo de su oe, oe, oe, oe. Nuevamente el bar entero los miraba.

Trece minutos después, Rafa entraba por la puerta del bar. Al verlo, Elvira se atragantó con su propia saliva porque ya estaba con ese taca-taca-taca-taca en el pecho.
Chiquitina mía, le dijo mientras la escondía en un tierno abrazo. Cómo le gustaban aquellos abrazos a Elvira, cómo se dejaba querer, cómo anhelaba que no fuera oficialmente para siempre.
La joven presentó a los chicos. Gael enseguida empezó a hacerle preguntas sobre esto y aquello. Rafa se reía, le hacía gracia su forma de expresarse. Le estaba cayendo bien, muy bien aquel tío. Elvira los miraba sentada en su taburete mientras bebía el final del mojito. Notó la mano de Rafa en su espalda, se la frotaba suavemente en círculos. Rafa era de esos chicos amables y protectores y ahí estaba con su lenguaje no verbal: estoy bien, me gusta tu amigo y me encanta que me hayas llamado. Rafa era así, siempre pendiente de que todo el mundo se sintiera a gusto.
Elvira se relajó y preguntó por otra ronda.

Ya con un cubata en la mano, Rafa le dijo a Elvira lo guapa que estaba, que no sabía qué era pero que la veía cambiada. Gael, por detrás, haciendo muecas y dibujando corazones en el aire. A Elvira le costaba no reírse.
Aprovechando que Rafa acababa de irse al baño, Gael se explayó:
―¡Me encanta! ¡Este tipo es maravilloso! ¡La perfección hecha hetero! Cari, cari, cari, hoy te lo tiras seguro, lo tienes bobo perdido, pero ¿tú le ves cómo te mira, qué te dice, cómo te toca?, ¡¡¿y esos abrazos?!! Te digo yo que a partir de hoy puedes enterrar la anécdota del judío, hay material nuevo.
Mientras se reía, Elvira sacaba su móvil del bolso, estaba sonando. Puso cara rara. Gael le preguntaba qué pasaba. No me lo puedo creer, decía ella al auricular. Gael se tapaba la boca intentando escuchar la conversación acercándose lo máximo posible. Pues cógete un taxi y vente, ¡vente ya!
Rafa llegó del baño y al ver la cara tan seria de Elvira preguntó qué pasaba.
―Nada, Silvi, mi amiga de la que te he hablado varias veces, pues resulta que estaba con un amigo en el Lateral de Chueca ―prefirió omitir lo de la cita a ciegas no fuera a creerse que eran dos frikis desesperadas―, y que le ha dejado colgada, en plan: ahora vuelvo, ahora vuelvo y el tío se ha largado.
Gael abrió los ojos como platos y empezó a sacudir la mano como si le quemara, qué fuerte, qué fuerte, murmuraba.

Entre los tres sacaron un montón de teorías sobre lo que podía haber pasado. El más conciliador, por supuesto, fue Rafa: no sé, es posible que se haya encontrado con alguien y se haya liado la manta a la cabeza. El que menos Gael: ¡sí, con su ex!
Y Silvi llegó. No pudo contar nada nuevo, sabía lo mismo que los tres. Gael se responsabilizó en llamar al día siguiente a Marcos y aclarar el asunto, mientras tanto Rafa se presentó, ya que nunca habían coincidido, y la invitó a un gin tonic. Rafa siempre pensando en todos.

La tertulia comenzó tranquila, Rafa habló de su aburrida condición de consultor en un banco y Silvi le gastó irónicamente un par de bromas sobre su profesión, después le contó que a ella le apasionaba ser abogada. Pero a eso de las 2.30 de la mañana, en el bar empezó a sonar Barbra Streisand de Duck Sauce, y con ella la hecatombe.
Gael y Elvira, absolutamente poseídos, saltaron de sus taburetes y comenzaron a bailar sin ningún tipo de acuerdo rítmico. Se cogían, se soltaban, se daban vueltas, saltaban paralelamente, levantaban los brazos, se agachaban, se cogían de nuevo, se señalaban haciendo gestos raros, quizá pretendían ser originales, pero eran gestos raros y, cuando por fin se terminó aquel infierno de canción, volvieron a sus taburetes tambaleándose entre carcajadas.
Pero algo había cambiado. Gael clavó su mirada en Elvira y ésta en la mano de Rafa que sujetaba la cadera de Silvi mientras que ella le quitaba migas imaginarias del pelo acariciándole con la nariz su sien.
Elvira se llevó la mano al esternón, Gael la seguía mirando, después tomó aire pero se le entrecortó, le pasaba cuando se ponía nerviosa, era una sensación de no poder abarcar todo el oxigeno necesario para continuar con esa inspiración, el respirar se volvía actividad consciente y era tremendamente ardua llevarla a cabo.
―Elvira, cari, ¿nos vamos? ―preguntó Gael con rapidez al tiempo que recogía los abrigos, quería largarse, veía a su amiga amoratarse por segundos, aquello la iba a matar.
―Sí… ―dijo a media voz―. ¿Rafa compartimos taxi o te has traído la moto? ―Gael al escuchar la pregunta cerró los ojos, no quería ni oír la respuesta.
―Pues, es que, no sé… ―Miró a Silvia y preguntó―: ¿Te quedas? ―Ésta asintió fingiendo timidez y luego le pasó la mano por el cuello sonriendo como sólo ella sabe hacerlo, con esa hermosura tan natural a la que nunca Elvira pudo aspirar.

Con mimo, Gael tomó de la mano a Elvira y la sacó del bar. Le enroscó la kilométrica bufanda gris al cuello, le puso el abrigo, y la besó en la mejilla y en la nariz, pero ella parecía estar ausente. Salió a la carretera y paró un taxi. Dentro, Elvira dictó en voz muy bajita su calle y después Gael la repitió en alto y, además, añadió la suya.
Ya frente a su portal, Elvira bajó del taxi besando a su amigo.
―Venga, cari, échame una sonrisa guapa de las tuyas ―le gritó el chico asomado a la ventanilla del taxi, pero Elvira ni se dio la vuelta―. ¡Ahueva, pinche chingona, ráscame una risota, güey!
Elvira se dio la vuelta cuando ya estaba abriendo el portalón y no pudo evitar decir con lánguida sorna:
―Así no hablan, lo haces fatal…
―Lo sé, cari, pero ¡es que soy de Albacete, coño! ―gritó al tiempo que el taxi arrancaba.
Elvira se rió y, cerrando la puerta tras de sí, asumió encontrarse con sus temidas soledades nuevamente.