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domingo, julio 21

¿Bendita soledad?

 
Agosto de Javier Avi

El espacio.
El espacio es la extensión que contiene toda materia existente. ¿Qué significa esto? Que yo soy muy materia con mucha extensión. Es decir, no te acerques si no es estrictamente necesario. Los besos están sobrevalorados y los abrazos creo que deberían ser denunciables. A los que me llaman huraña les explico, mientras les pido que se alejen un poco, que es una simple cuestión de espacio.

Es verano, Madrid, 03:45 de la mañana, duermo, hace calor, mucho calor, mucho más calor. Oigo un plof que me despierta. Alargo la mano y Joan no está a mi lado, me asomo al borde de la cama y lo veo en el suelo.
¿Qué haces ahí...? —pregunto.
Aquí se está más fresquito...
Ya...
Y con una inevitable sonrisa me tumbo en mitad de la cama con los brazos y piernas extendidas. Sí, es toda mía, ¡toda mía! Y en mi cabeza retumba una carcajada malvada.

El miedo a la soledad.
El miedo a la soledad debe ser eso que la gente siente y que nunca he terminado de entender.
Esplendor en la soledad.
Esplendor en la soledad debe ser eso que yo siento y que nunca la gente ha terminado de entender.

Verano también, Madrid, 19:15 de la tarde, hablando con mi madre por teléfono, no hace tanto calor pero me arde la cabeza.
... que no, mamá, que no nos vamos a separar, solo que Joan... ¡No!... Carmina, ya... Pues si le ha salido curro en Barcelona, ¿qué quieres que haga yo?... No, cerró la granja de caracoles... ¿Pero quién es Carmina? Por favor, mamá, tengamos una única conversación... Ya... Sí, la crisis... No, no paso miedo sola en casa... Sí, siempre cierro la puerta... ¡A ver!, ¿qué hago yo allí?, ¡Joan no va a tener ni un minuto libre!, ¿sabes lo que se tarda en pintar toda la fachada de un bar?, ¡solo tiene tres semanas!... No, mamá, yo no le puedo ayudar... ¡Pues porque no sé pintar!... Colorear tampoco... Que no, que no nos vamos a separar... No, tampoco voy a subir a Bilbao... ¡Porque no!... ¿Quién?... Ya, se le escapó a Carmina, ya... ¿Castrado?... Ah... Ya... Ya... ¡Pues porque tengo muchas cosas que hacer en Madrid!... ¡¿Pero quién coño es Carmina?!

Manipulación.
Manipulación es aquello que niego hacer cada vez que utilizo la expresión “hay que” o “si no quieres no”.

Sigue siendo verano, Madrid, 21:30 de la noche, Joan y yo tumbados en el sofá ante la televisión, pegados por el calor. Alargo un piececillo que toca el suelo.
Ay... qué gusto... —digo.
¿El qué?
No, nada, el suelo, que está fresquito, muy fresquito...
Joan lo toca con la mano. Coge un cojín y plof. Estiro las piernas y sonrío. ¡JA-JA-JA...
Oye, nena.
¿Qué?
Que al final el Miquel me ha llamado, que se lo ha pensado y que no va a chapar el bar en agosto, así que el mural se lo pinto en septiembre. Por eso creo que me voy a quedar todo el mes, bueno, si no quieres no.
Enciende un cigarro y sonriendo acaricia al gato. Un momento, ¿de quién es ese gato? ¡De Carmina, hija!

domingo, junio 30

Locura parental

  Castigo divino de Javier Avi

Cuando crees que las cosas no pueden ir a peor, recibes esa llamada telefónica de tu madre:
Que vamos.
Que venís, ¿a dónde? —pregunto.
A Madrid, a verte.
Y es entonces, cuando se te empieza a nublar la vista y crees que un tumor cerebral está a punto de acabar con tu vida de forma inminente, pero no, no tienes esa suerte. Dos días más tarde te ves en la estación de tren esperando la llegada de tus padres con un cartel en la frente que dice: lo intenté pero sigo viva.
Dejamos las cosas en el hotel de al lado de mi casa. Mientras mi madre mea por quinta vez, mi padre me pregunta si ya he encontrado un trabajo serio. Salimos y nos sentamos en una terracita no muy lejos de allí.
Para mí una caña doble, por favor —pido al camarero.
Mi padre quiere un crianza, un Rioja, y mi madre un zumito de piña.
No hay, señora.
Ay, madre, que no hay, Elvira, que no hay. Si es que lo cuentas y no lo creen, no hay nada que me salga bien, oye...
Bueno, mamá, no pasa nada, ¿eh? ¿Tienen de melocotón?
Sí, de melocotón sí.
Mamá, ¿de melocotón entonces?
Pues qué le vamos a hacer, si no hay de piña pues será de melocotón. He aprendido en esta vida a resignarme, hija, otra cosa no, pero vivir con lo que me ha tocado es mi sino, nadie como yo para...
De melocotón, por favor —digo al camarero que se va agitando los hombros.
Tu hermano está bien —dice mi padre.
Lo sé, hablé ayer con él.
Su mujer también está bien.
Lo sé, que te digo que hablé ayer con Gerardo.
Y ¿tú estás bien?
¡Cuantos árboles tiene Madrid! —dice mi madre desde el país de Nunca Jamás.
Sí, papá, yo estoy bien.
Si necesitas algo, no tienes más que pedirlo —dice—, porque los dos sois iguales para nosotros, nunca hemos hecho ninguna diferencia. Nunca. Siempre os hemos tratado por igual. Tu hermano es inteligente, serio, responsable y su opción fue casarse con Anke, una mujer muy válida, e irse a vivir a Alemania llevando una vida impecable y tú, tú Elvira, eres nuestra hija igualmente, nadie es menos. Nadie. Vives aquí y tienes tus cositas. Y no por eso debes sentirte inferior, porque no lo eres, por lo menos no a nuestros ojos. Sois nuestros hijos, los dos, sois nuestros hijos. Pedid y se os dará.
Amén.
... 21, 22, 23, 24, 25... —Mi madre contando las hojas de los árboles.
Llegan las bebidas y mi padre cree que es buen momento para comer, así que le pide al camarero que espere y nos pregunta qué queremos. Miro la carta plastificada que hay sobre la mesa y pido ensalada César y unas alitas de pollo picantes.
Para mí, a ver —dice mi madre pensativa—. Mire, verá acabo de venir de Bilbao, ¿sabe?, entonces ando revueltilla, porque el tren es cómodo pero son muchas horas, hasta que no hagan el AVE, que sinceramente no entiendo cómo no lo han hecho, vamos para atrás, en vez de avanzar, es una cosa...
Mamá, que qué quieres.
Pues eso estoy diciendo, hija, que te entran las prisas y te pones muy digna y ni me dejas hablar, como tu padre, de verdad, que no me dejáis respirar, ¡ni respirar! Sois tal para cual, machacándome todo el día, y dale, dale, todo el día...
Mientras lo piensa la señora, a mí me va a traer el carpaccio de buey.
Muy bien, caballero.
... todo el día, y eso que tengo paciencia, pero cojo y me largo si quiero, pero no quiero porque a ver qué haríais sin mí. En fin, ni me molesto, porque sois dos egoistas que poco os importo y yo ya no estoy para perder el tiempo. Así que si es tan amable, me va a hacer una tortillita con espárragos, por favor, para que se me asiente el estómago.
Señora, solamente servimos lo que hay en la carta.
Lo que yo te diga, vamos, que hoy no es mi día, ¿no?
No sé cómo lo hago, pero la intento convencer y, finalmente, se pide un tartar de salmón.
Cojo aire y espero a que el mundo se acabe en ese momento, pero continúa, dando vueltas y vueltas y más vueltas.
Me llamaréis loca, pero en Bilbao no hay plaza con tanto árbol.
Loca —digo. Mi madre se ríe y me cuenta que la semana pasada vio en Indautxu a mi amiga Virginia embarazada.
Sí, del segundo —le confirmo.
¡Pero si es una niña!
¡Mamá, tiene 35 años!
Ay, ella, que tiene amiguitas mayores, mayores, mayores de verdad, casadas y con hijos.
¡Mamá, tengo 35 años!
No aparentas más de 13, ¿qué quieres que te diga?, mírate.
Pero es ya toda una mujercita —añade mi padre—. Una mujer adulta, ¿verdad?, que ha decidido vivir como una niña, y ojo, es muy lícito. Hay opciones en esta vida y ella ha decidido vivir así, su hermano tomó otro camino, ¿mejor o peor?, nadie es mejor o peor. Los dos sois nuestros hijos y os queremos por igual.
Pego un enorme trago a mi cerveza. Mi madre me coge de la mano y:
Ay, pitititititititi, ¿pititipotó?, no, no, no, ¡pitititititititi! ¿Pititipotó?
¿Pero qué dices, mamá?
Tienes que decir: ¡no, no, no, pitititititititi!
Empiezo a no poder respirar. Más que seguro, ahora sí, es un cáncer de pulmón fulminante, me muero, ya no estoy aquí...
Pues aquí está lo que han pedido, señores.
Pues no, no era cáncer.
Comemos. Sigue habiendo muchos árboles en Madrid, y mi padre sigue teniendo dos hijos iguales, los dos. Regresa el camarero y pregunta si queremos postre.
¿Postre? —vuelve a preguntar mi padre como si no lo hubiéramos oído.
Yo quiero un yogur natural, por favor.
Señora, solamente servimos lo que hay en la carta.
De verdad, que no es cosa mía, ¿no? Nunca, pero nunca de los jamases, en esta vida, he tenido lo que he querido, ¡nunca!, ni cuando...
Mientras lo piensa la señora, a mí me va a traer helado de pistacho.
Muy bien, caballero.
...o que me digas que mis padres me dieron lo que que quise, pero ¿de qué?, ¿de qué?, ¿eh? Si hubiera nacido ahora, las cosas serían muy diferentes, toda la mierda me tocó de golpe y es cuando...
Y tú, hija, ¿ya sabes qué quieres? Pide lo que quieras, con absoluta libertad. Nadie aquí es menos. ¿Ya lo sabes?
Sí —respondo sin titubear. Miro al camarero—. Un revólver, por favor.
¿Con tres balas, señorita?
No, con una es más que suficiente, gracias.

sábado, junio 8

Celebrating

Celebraciones de Javier Avi

Es más que sabido por todos los que me conocen que detesto las celebraciones. Todas. Sin excepción. El top 5 sería el siguiente:

      5. Cumpleaños.
      4. Inauguración de casas.
      3. Navidad.
      2. Bodas.
      Y en la cima, en el nº1, la celebración más detestable es...:
      1. Las despedidas de soltera.

Seamos sinceros, no hay necesidad. No la hay. Reconozco que se establecen una serie de tradiciones sociales pero que quizá, con el paso del tiempo, habría que revisar. Porque repito, no hay necesidad, ¿una despedida de soltera?, ¿para qué?, demasiado tiene la novia con casarse, ¿no?
Lo cierto es que siempre he sido felizmente huraña con este concepto. Nunca había conocido nada más atroz que una despedida de soltera hasta que...:
Era jueves y, aunque eran las cinco de la tarde, me preparaba algo de comer porque acababa de llegar de la universidad. Cuando estaba dispuesta a hincarle el diente a la pechuga de pollo, el portero automático sonó. Era Gael. Estaba borracho.
Mi cari, mi cari... Que te echo de menos, que te enamoras y me abandonas, mi cari..., que ya no te veo, que no me haces caso, ay, mi cari...
Había tenido comida con los del trabajo y se estaban tomando una copa debajo de mi casa. Me pedía que me uniera a ellos. En realidad no conocía a nadie y me daba bastante pereza, pero también es verdad que desde que había empezado a salir con Joan no quedaba tanto con Gael y lo extrañaba mucho. Le pedí media hora para comer. Un poco antes de las seis bajé y los encontré en una de las terracitas de la plaza. Gael, al verme, se levantó y me estrujó hasta hacerme crujir la columna. Me presentó a todos con una sonrisa descomunal. Serían unos quince. Muy diseñadores de interiores sin serlo. Pro Malasaña reeducada. Tansgresores pasados por agua. Vamos, muy hipsters. Me senté junto a Gael y éste se me amarró al brazo y lo acariciaba como si fuera un perro, ay, mi cari...
Habían pasado casi dos horas. Me había tomado unas 4 cervezas y me estaba riendo como hacía tiempo. Sobre las ocho, se empezaron a reorganizar, parece que la fiesta iba a continuar pero no allí. No me enteraba de mucho porque tenía a Gael baboseándome la oreja.
¡Pues que se venga Elvira también! —exclamó una de las chicas, que creo que se llamaba Eli o Leti.
Genial —dije—. ¿A dónde?
Al Náufrago, no está lejos de aquí. Es un karaoke, ¿sabes? Bueno, se puede cantar o hacer lo que quieras. Supongo que mi marido ya habrá llegado. Es que hemos alquilado la parte de atrás para estar más cómodos y a nuestro aire. Celebramos nuestro primer aniversario.
¿Que celebráis qué? —Mi cara era un poema.
Ha sido un año increíble, Elvira. A ver, sí, lleno de dificultades, pero por eso mismo queríamos celebrarlo con todo el mundo que nos quiere. Alex y yo nos casamos hace un año, y hoy seguimos juntos y ¡eso ya es mucho! ¡Y qué menos que celebrarlo con todos nuestros amigos!
Pero ¿qué clase de carencia afectiva tenía esa chica? O ¿qué tipo de complejo protagonista le estaba carcomiendo por dentro? Sinceramente, ¿a quién coño le importan los aniversarios de boda de sus amigos? Si habéis llegado al año, compraos una pizza e id a casa a follar como monos, pero ¡dejadnos en paz!
Y mentalemnte taché del nº1 Las despedidas de soltera y coloqué: Aniversarios de bodas de amigos. Así que todas las celebraciones bajaron un puesto, cayéndose de la lista Los cumpleaños, lo que no quería decir que dejara de detestarlos.
Me terminé la caña absolutamente indignada, pero qué manía con confundir mi felicidad es tu felicidad, ¿a quién se le ocurrió semejante engaño empático? Tu felicidad es tuya y no me la pases, ¡no la quiero, gracias! Y digo yo, ¿tanto se aburría esta mujer con su marido que quería compartirlo con una veintena de amigos?, ¿tan lamentable era su situación?, ¿tan poco la habían querido en su infancia? Y no, decididamente no iba a ir al Náufrago, estaba claro. La gente debía empezar a querer individualmente. Si te casas, lo haces con tu pareja, no con doscientos invitados. Si te compras una casa, lo haces con el banco, no con una docena de amigos. Y si es navidad, ¡te metes en la cama hasta que nazca un nuevo mesias! ¡Y no, no iba a ir al karaoke ése!, claro que no, qué manía con celebrarlo todo, ¡qué manía!
Tres horas más tarde estaba subida a hombros del tal Alex, en el Náufrago, sujetando con ansia viva el micrófono mientras berreaba Cien gaviotas de Duncan Dhu, y gritaba lo mucho que quería a Eli o Leti.
Pues eso, que detesto profundamente las celebraciones.


lunes, mayo 27

Psicopatizando

  Futuro de Javier Avi

El padre lanzaba al medio del mar, desde una pequeña barca de pescador, al violador y asesino de su hija, un chaval maniatado de no más de 16 años que suplicaba perdón. La pantallá se volvió negra y, todavía con el rumor de las olas de fondo, aparecieron los créditos de la película. Me quedé inmóvil en mi sofá con la vista fija en el televisor y con la certeza de que yo hubiera hecho lo mismo. ¿En qué me convertía aquello? Me levanté con torpeza, apagué la televisión y me preparé un café a pesar de ser casi las dos de la mañana. Con la cafetera sobre la vitro pensé en Joan y en lo mucho que lo echaba de menos, su vuelta a Barcelona me estaba costando, sobre todo que la decisión la hubiera tomado una crisis que poco tenía que ver con nosotros, un criador de caracoles y una profesora.
Lo mataría —dije en voz alta—. Al mar.
Aunque supongo que no lo ataría, no, que tuviera la oportunidad de nadar, de nadar a ninguna parte, con su traje y con esas gafas que le hacen la cara todavía más de tonto. Desde la barca lo saludaría con ceremoniosidad, nada, idiota, le diría, nada, a ver si consigues llegar a alguna parte. Pondría en marcha el motor de la barca y me alejaría sin dejar de saludarlo.
Se está riendo de todos nosotros —volví a decir en voz alta.
Él y toda su tropa de corruptos farsantes, de necios inmorales, de asesinos impolutos. Hace ya tiempo que nos tiraron al mar y a quí estamos, yendo a ninguna parte, tan agotados que ni gritar podemos.
Hijos de puta...
El gorjeo del café me sacudió la imagen de golpe. Me serví un vaso y, después de leer cerca de una hora, me metí en la cama.
A la mañana siguiente salí de casa cargada con el denso sueño del que tan solo ha dormido tres horas. Bajé las escaleras y al pasar por el segundo piso, la puerta de mi vecina Guillermina se abrió.
Ay, hija mía, sabía que eras tú por esa manera tan torpe que tienes de bajar las escaleras.
Guillermina tenía 84 años. Le sacaba la basura y le hacía los recados, porque sus hinchadas piernas poco le permitían moverse.
Anda, guapa, que te voy a dar 5 euros y cuando te vuelvas de trabajar me traes una botellita de aceite, ¿eh?
Guillermina abrió su monedero y me ofreció el billete.
Que no, mujer, que no gaste dinero, guárdelo, que le voy a dar yo una. ¿No ve que el fin de semana pasado fui para Bilbao y mi madre me carga de aceite, café y embutidos? Es muy triste pero como están las cosas, siempre me prepara una bolsa para que me traiga, así ahorro en súper.
¡Oye, que no!, ¿eh? ¡Faltaría más! Que eso tu madre te lo da para que lo gastes , no la vieja del segundo.
Pero, Guillermina, si desde que se fue Joan no gasto nada. Él sí, con sus croquetas, pero yo ni sé hacerlas. No se preocupe, de verdad, cuando vuelva de la uni le bajo una botella.
Bueno, bueno, pues..., gracias, hija, qué buena eres, un sol, eres un sol...
No se crea, ¿eh?, que últimamente me afloran deseos asesinos.
¡Uy, uy, uy, no te preocupes, bonita! Mira, yo desde que está este gobierno —dijo bajando el tono de voz casi a un susurro—, a más de uno lo tiraría al mar...
La besé con media sonrisa y bajé las escaleras. Al salir del portal abrí el paraguas, porque últimamente no paraba de llover en Madrid.


domingo, marzo 3

Eufemismo gimnástico

GYM de Javier Avi


Los años pasan. Y en poco tiempo estaré más cerca de los 40 que de los 30 y eso, por mucho que hayas invertido en terapia, acojona. Me miro en el pequeño espejo del baño. Cada vez que encuentro una cana la escondo tras un mechón de pelo que coloco encima. Salgo del baño.
—Nena, ¿por qué llevas todo el pelo sobre la cara?
Me lo aparto, abriéndolo lentamente en canal.
—Estrategia.
Y con un Ah, Joan vuelve a clavar la vista en su ordenador. Está terminando una ilustración que le encargaron la semana pasada.
—¿El dinosaurio pequeño queda mejor en naranja o verde?
—En verde —contesto sin mirar a la pantalla.
—¿En verde? No sé… Hombre, en naranja tiene que quedar chulo también, si le pongo…
—Estoy gorda.
—O verde, sí, igual tienes razón, verde…
—Estoy gorda.
—Si le meto tonos más claros…
—¡Que estoy gorda!
Por fin, Joan levanta la cabeza del ordenador y me hace un gesto para que me acerque.
—¿Dónde estás gorda? —me pregunta.
—Aquí —respondo sujetando una lorza de vientre con ambas manos.
—No estás gorda.
—Ah, ¿no?, ¿y esto qué es?
—¿Eso? Nutella reciclada, y esto —añade dándome un pellizco en el culo—, pasta a la carbonara reciclada, y esto, Doritos jalapeños reciclados. Vamos, que estás riquísima.
Pongan un creativo en su vida. Es adorable cómo difuminan la realidad. Según Joan, yo no soy egoísta sino independiente. No soy desorganizada sino bohemia. No soy mandona sino profesora en casa. No soy gruñona sino vehemente. Y ahora resulta que no estoy gorda sino que soy un reciclaje calórico nuevamente comestible. ¿No se han enamorado de él? Yo sí, pero gracias a mi vehemencia bohemia, sé que un hombre que dibuja dinosaurios verdes no puede entender el mundo de los complejos. Y ahí empieza mi lucha.

—Con matricula se te queda en 47 euros, los meses próximos se te cobraría sólo 40. Tienes 12 pases al mes, tanto para clases como para la sala de máquinas o musculación.
—¿A cualquier hora? —pregunto al encargado.
—Sí, pero solamente una sesión por día.
Me da mi carnet ya plastificado y me indica que debo pasarlo por la puerta giratoria. Tras el bip, la puerta se abre y entro en el gimnasio. Pregunto por la clase de yoga. Me dicen que es la sala del fondo pero que hasta dentro de 15 minutos no empieza. Recorro el pasillo fijándome en todas las clases. Las paredes son de cristal. Me paro en la de Spinning. Unas 20 personas montadas en una bicicleta, pedaleando al ritmo de Afrojack con el corazón entre los dientes.
Y la clase de yoga empieza. Somos 10 mujeres. Arrodilladas sobre una  esterilla. Formamos tres líneas. De cara a los espejos. Frente a nosotras un hombre treintañero, con el torso desnudo y unos pantalones de hilo blanco, estilo ibicenco. De fondo suenan unas campanillas. Inspiramos y espiramos con los ojos cerrados. Bueno, yo hago como que los tengo cerrados, pero estando en grupo nunca he podido cerrarlos del todo, me da cosita. Siento que alguien siempre se queda mirando y se descojona del resto. Lo cierto es que lo hago muy bien, lo de fingir que los tengo cerrados, si no fuera porque giro la cabeza de un lado a otro para ver cómo están los demás, sí, eso me delata. El de los pantalones blancos nos pide que nos pongamos de pie. Saludo al sol. Imito al resto. Levanto los brazos juntando las palmas en alto y me inclino un poquito hacia atrás. El de los pantalones de hilo se acerca y me dice que tenga cuidado con la espalda. Se coloca delante y me estira los brazos y comienza a empujarlos suavemente hacia atrás. Hace lo mismo con mi compañera de la izquierda y es cuando me doy cuenta de: ¡Madre mía, no lleva calzoncillos!, ¡no lleva, no lleva!, ¡todo al aire, todo al aire! Y como si nunca hubiera visto unos genitales desprendidos de cualquier sujeción, me empieza a entrar la risa quinceañera. Solo puedo pensar en las risas que me voy a echar con Marieta cuando se lo cuente. Polla, pollita, pollón y jajajajajaja. Recojo la esterilla y salgo de la clase disculpándome.
Despliego mi lista mental de modalidades y marco una equis junto a yoga.
Segundo intento: Body Combat.
Al día siguiente, me meto en una sala algo más grande que la de yoga. 8 tías y 4 tíos, esperan en silencio. Algunos de ellos llevan unos semiguantes, sin dedos. Empiezo a dudar si golpear al aire termina doliendo. Al de unos minutos entra un joven rubio y bajito, también con semiguantes, y al llegar al final de la clase levanta los brazos y grita:
—¿Cómo están mis guerreros?
—¡Bieeeeen! —contesta la clase entera y empiezan a aplaudir. Los miro y aplaudo también, pero con esa medio sonrisa de no sé por qué lo hago, pero no me excluyáis del grupo, por favor.
La clase empieza con Rammstein a todo volumen, y allí todo el mundo empieza a dar saltitos como si estuviera en un ring y golpea al aire con la derecha, con la izquierda, con la derecha-derecha, izquierda-izquierda, patada-patada, salto alto con rodillas contra el pecho, saltitos, saltitos, salto alto, puñetazo, puñetazo, patada delante-detrás, salto alto, patada de lado y:
—¡Jay! —gritan.
—Jay… —grito en diferido.
Han pasado tres minutos y estoy agotada.
—¡Muy bien! —exclama el rubio y bajito—, ¡quiero que aplastéis a vuestros ex, a vuestros jefes, al que os insulta, al que os jode! ¡Guerreros!
—¡Jay!
—Jay…
Body Combat: equis.
Tercer intento: Aerolatino.
Sala amplia. La más grande de las tres. Unas 20 mujeres de todas las edades. La profesora, una veinteañera, de melena castaña impecable hasta la cintura. Música: Los hermanos Rosario.
—¡Derecha, doble paso! ¡Eso es, muy bien! ¡Paso cruzado! ¡Izquierda, doble giro, arañita baja, y twist con la izquierda! ¡Twist derecha! ¡Repetimos! ¡Hermosuuuura!
Y sí, voy de derecha a izquierda, y perdón a la de la derecha y perdón a la de la izquierda y levanto los brazos cuando el resto los baja, y me cruzo, cuando dan paso al frente, y giro cuando toca paso rumba, y ¡hermosuuuura!
—¡Sin parar! —grita la del pelo hasta el culo—. ¡Paso repetido y: 5, 7, 8, 1-2-3, y 9, 4, 6, 1-2-3!
Pero, ¿por qué no me cuentas en orden? Si los números van para arriba o para abajo, o de dos en dos, o cómete tres si lo prefieres, pero sigue la frecuencia, ¡sigue la frecuencia, mujer! ¿5, 7, 8?, ¿9, 4, 6?, ¿qué es eso? ¡Un poco de orden! Y golpe a la derecha y a la izquierda. Tropezón delante y tropezón detrás. Clase terminada y frustración anclada a los talones.
Abro la puerta de casa.
—¿Qué tal esta vez? —pregunta Joan.
Me acerco arrastrando los pies y lo abrazo.
—No tengo coordinación…, había mujeres de 50 años que lo hacían mejor, no he dado ni una…, ni una…, no tengo coordinación, no sé seguir al grupo, un desastre… Al revés de toda la clase, al revés… ¡Iba siempre al revés!
—No es que fueras al revés, lo que pasa es que te gusta innovar.
Lo dicho, pongan a un creativo en su vida que dibuje dinosaurios verdes.

viernes, diciembre 7

De otro planeta



 Los marcianos de Javier Avi

Era domingo por la noche. Estaba tumbada en el sofá de mi pequeña buhardilla madrileña. A mí lado Joan y enfrente un hombre en la televisión que aseguraba haber visto a los extraterrestres. Según su versión, apareció una gran nave espacial tras la colina en la que estaba acampado. De la nave bajaron tres seres luminosos de más de dos metros de altura, con cabeza en forma de balón de rugbi. Largos brazos hasta la rodilla y de enormes ojos negros. Sin orejas, nariz y boca. Los seres se acercaron a él y emitieron un fuerte sonido agudo que lo dejó inconsciente.
—¿Esquizofrenia? —pregunté.
—Hongos alucinógenos —contestó Joan.  
A la mañana siguiente comenté a mis alumnos lo que había visto en la televisión y les pedí su opinión. Enseguida se formó un gran debate desordenado, así que decidí organizar la clase en dos grupos asignándoles un rol forzado, uno a favor y otro en contra de este tipo de avistamientos. Debían defender su postura, la creyeran o no. El resultado fue divertidísimo, con ingeniosos comentarios y originales puntos de vista. Lo curioso fue comprobar cómo, después de 20 minutos de discusión, la opinión pareció unificarse. Todos estaban de acuerdo en que existían otros planetas. Que los extraterrestres nos hubieran visitado era algo muy discutible, pero que existían y que eran muy diferentes a nosotros era, según ellos, incuestionable. La clase terminó y me despedí agradeciéndoles su enorme participación. En el metro de vuelta a casa, dibujé mentalmente a unos supuestos extraterrestres visitando mi buhardilla.
—¡Son granates y bajitos! —grité al abrir la puerta. Joan levantó la cabeza de su ordenador y se rió, la loca acababa de llegar a casa—. Los extraterrestres de Chamberí —aclaré—. Están a puntito de aterrizar con su nave espacial en nuestro tejado.
—Nena, pues, de momento, los únicos que te visitarán son los de la Agencia Tributaria. Toma —dijo ofreciéndome una carta—, nueva notificación de Hacienda.
—¿Otra vez? No me jodas…, pero ¿qué coño quieren de mí si no tengo un euro?

Mes y medio atrás, me había llegado una primera notificación en la que me explicaban que el proceso de la devolución de mi renta se paralizaba hasta que no comprobaran de nuevo los papeles del alquiler del piso. Me pedían que entregara, otra vez, antes de diez días hábiles, el contrato de alquiler, las mensualidades y la copia del Ivima en la que se verificaba que el arrendador había declarado la fianza.
—Jacobo, oye, soy Elvira, tu inquilina.
—Hola, Elvira, ¿cómo estás?
—Muy bien, pero te llamo para ver si me puedes hacer una copia del Ivima. Del papelito que te dieron cuando declaraste la fianza. No sé por qué, pero Hacienda me la pide para la deducción del alquiler.
—No, no la declaré.
—Ya…
—Intenta solucionarlo sin que tenga que declararla. En el Ivima se forman colas interminables y me da mucha pereza ir allí. Venga, Elvira, pasa un buen día.
Click.
Así que pasados tres días, metí en un sobre la copia del contrato de alquiler, las mensualidades y un justificante en el que se indicaba que el arrendador no había declarado la fianza en el Ivima, y lo mandé a la oficina de la Agencia Tributaria de Madrid.

—¡¿Qué?! —exclamé al leer la nueva notificación.
Según el artículo 8 del Derecho Legislativo 1/2010, si no se ha efectuado el depósito de la fianza no puede aplicarse la deducción por arrendamiento de la vivienda habitual, aunque el arrendatario haya satisfecho la fianza del arrendador.  De tal manera se penaliza al arrendatario con un importe que asciende a 467’82 euros.
—¡¿Me están tomando el pelo?! ¡¿En qué país vivimos?! ¡¿Me penalizan a mí por el pufo de otro?! ¡Esto es inmoral! ¡INMORAL! ¡IN-MO-RAL!
Aunque pareciera imposible, conseguí tranquilizarme, y en cuanto lo hice llamé a Ángeles, una amiga que es abogada y lleva una gestoría. Me pidió un par de días para intentar averiguar qué se podía hacer.
—Nada —me dijo, por teléfono, dos días después.
—Ángeles, es una broma, ¿verdad...? —contesté desplomándome en el sofá.
—Lo he intentado todo, pero nada. El arrendador sale de rositas y el arrendatario carga con la penalización por ley. Supongo que tu casero ya lo sabía y te cargó con el muerto.
—Pero ¿qué me estás contando…? —Del sofá me desplomé al suelo.
—Elvi, mira, mi único consejo es que le propongas que esta penalización te la descuente de tu próximo mes de alquiler. Es lo más justo y lo tiene que entender. No se me ocurre nada más, lo siento, cariño.
Esa misma noche le escribí un email a mi casero informándole de la última notificación de Hacienda y le propuse la idea de Ángeles.
Con cierto optimismo me fui a la cama. Tenía razón mi amiga, mi casero lo iba a entender. Claro, era de cajón, si Jacobo es un poco refunfuñón pero es un buen tío. Lo iba a entender, seguro. Es una persona, una persona con capacidad de entendimiento, entonces no había nada de qué preocuparse, Jacobo descontaría la penalización del alquiler, era de cajón, lo iba a entender, es una persona.
A la mañana siguiente bebía mi primera taza de café, mientras Joan se duchaba, cuando mi móvil sonó. Pude ver en la pantalla Jacobo ksero, e ilusionada atendí la llamada.
—Hola, Jacobo, buenos días.
—Vamos a ver, Elvira, vamos a ver... Acabo de leer tu email y no sé si me estás tomando el pelo, porque me estás tomando el pelo, ¿verdad?
—¿Cómo…? —pregunté mientras miraba desencajada a Joan que, en ese momento, salía del baño.
—¡Tú te crees que yo soy idiota! ¿Cómo te voy a descontar 467 euros del alquiler del próximo mes?
—Pues, bueno, considero que es injusto porque fue tu culpa cuando…
—¿Mi culpa? ¿Tú crees que la ley te va a penalizar a ti si la culpa es mía? Aquí la única responsable eres tú, y por eso la Agencia Tributaria decide que seas la que pague. No hay nada más de qué hablar. Se acabó el tema. Venga, Elvira, pasa un buen día.
Click.
Atónita dejé el móvil sobre mi escritorio y, con lentitud, me di la vuelta y miré a Joan. Al verme tan alucinada, me preguntó preocupado:
—Pero, nena, ¿quién era?
—Los extraterrestres…