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viernes, noviembre 11

Con dos narices

 Retrato de Dora Maar de Pablo Picasso

Me enamoró su presencia. Bueno, no, quizá fue su dulzura o su manera de retirarse la melena hacia un solo lado. La cuestión es que Virginia me cautivó desde el primer momento. Después de informarme sobre los cursos, me preguntó cuál era exactamente mi interés en el mundo del vino.
―Esa angustia, ¿sabes? ―decía, 20 minutos antes, a mi psicoanalista―, es la que me hace preguntarme qué va a ser de mí si vivo más de los 40 años. Sorda, depresiva, artrítica. Tengo que morirme antes, Óscar, tengo que morirme antes…
―Creo que es una reflexión interesante, Elvira. Te propongo que la retomemos en nuestra próxima sesión, porque hoy se nos terminó el tiempo.
Y con una patada en el culo me mandó para mi casa. Y es que, lo de desmenuzar tus miserias en 60 minutos, te recordaba a cuando eras pequeña y tu madre venía la primera a buscarte a una fiesta de cumpleaños, sabías que te ibas a perder lo mejor. Volvías a casa cabizbaja con esa frustración punzante.
Casualidad, aquel día levanté la cabeza y me topé con la escuela de Cata de Vinos.
―No lo sé ―contesté tímidamente  a Virginia―. Quizá su lado sensorial, o que estoy tan perdida que no sé a qué agarrarme.
―Bueno, dicen que beber es bueno para olvidar ―dijo arqueando las cejas.
Me reí.

―¿Un curso de Sumiller? ¿Sumiller profesional? ―preguntó Rafa sorprendido mientras meaba.
―¡Sí! ―contesté desde su cocina, preparaba pasta―. Sumiller Internacional.
Rafa entró en la cocina subiéndose la bragueta, y se lavó las manos en la fregadera. ¿Por qué no lo hacía en el baño? Odiaba eso de él. ¡Guarro!
―¿Internacional? ―volvió a preguntar mientras se las secaba con un trapo―. Elvi, eso es la polla, ¿tú sabes lo que vas a tener que estudiar? Esos tíos tienen una memoria de elefante. Estamos hablando de todos los vinos del mundo, denominación de origen, bodegas, añadas, esencias… Pff, no eres capaz de eso.
―¿Cómo…?
―Chiquitina, vamos, no pongas esa cara. A ver ―Me cogió por la cintura con ambas manos y ladeó la cabeza―. Inteligente, lo que se dice inteligente, no eres. Digamos que apañada. Porque las cosas como son ―Me soltó y bajó la potencia de la vitro―. Eres una tía que sabe sacarse todo el provecho. Ahí estás con tus cuentitos y tu librito publicado, vamos, tus cositas.
¿Mis cositas? Me llevé una mano al cuello y con la otra me apreté la tripa.
―A veces pienso ―continuó―, que si fueras tan inteligente como tu hermano Gerardo, no sé hasta dónde habrías llegado.
Dije que ahora volvía. Fui al baño. Cerré con pestillo. Me apoyé en el lavabo y, tapándome la boca con ambas manos, lloré hasta agotarme. Me lavé la cara. Me miré al espejo y conté hasta cincuenta. Salí.
―¿Qué has estado haciendo ahí dentro?
Cogí la chaqueta, le di un beso en la mejilla y le dije que me iba, que no me encontraba bien.
Desde la puerta, mientras me veía subir las escaleras, me preguntó si estaba molesta por lo que me había dicho.
―No ―dije―, es solo que tengo mal las tripas, ya sabes…
―Jo, chiquitina, vete al médico, porque te pasas el día con cagalera.
―Sí, me paso el día cagando… ―Y mordiéndome los labios por dentro, seguí subiendo las escaleras.
Al día siguiente volví a la escuela y se lo conté a Virginia. No lo de Rafa, pero sí mis inseguridades sobre mi capacidad, y que quizá el curso me quedaba grande. Virginia, sentada en un alto taburete tras una mesa blanca, me escuchaba con verdadera pasión, frunciendo el ceño y asintiendo cada palabra que decía. Cuando terminé, estiró la cara y me sonrió. Me pidió que la esperara un minuto. Al de un rato regresó con una caja. La dejó sobre la mesa y me instó a que la abriera. Tuvo que insistir dos veces, porque yo estaba paralizada, no sabía a dónde quería llegar. Miré la caja. Era de madera. En realidad era como un pequeño armario de dos puertas. Lo abrí, tirando de los dos pequeñitos pomos, y por un momento me imaginé que volvería a ver los vestidos de mi Nancy. Pero me encontré decenas de diminutos frascos de cristal, con tapón negro, y con un amarillento líquido dentro. Levanté la cabeza y miré a Virginia con cierta fascinación.
―Ahí tienes 54 esencias de vino. Capturadas, guardadas y clasificadas para educar tu olfato. Quiero que te las lleves a casa y las memorices. En cuatro días te examinaré de memoria olfativa. 5 esencias, solo puedes cometer dos errores. ¿Aceptas el reto?
No sé, me parecía demasiado fácil. La sordera me había otorgado de un olfato fuera de lo común, parecía la mujer biónica. No podía dormir cerca de materiales de cuero: bolsos, zapatos, chaquetas; ni de papeles de plásticos o por supuesto productos de limpieza. Incluso antes de comprar un libro, me lo llevaba a la nariz y si consideraba que el olor de su hojas era demasiado fuerte, pedía otra edición. Y no era una cuestión de manías, si no que la intensidad del olor llegaba a ahogarme. Así que memorizar 54 aromas y asignarles un nombre no me parecía una acrobacia plausible.
―Mi temor es otro, Virginia. Los nombres, años, bodegas... No la nariz.
Se retiró el pelo hacia un lado con una feminidad inalcanzable, y me pidió que cogiera un frasquito al azar y leyera su etiqueta. Tomé el cuarto de la octava fila.
―Higo, 60-J-14B.
―Todas las esencias tienen un código de 6 caracteres, cifras y letras, a veces separados por guiones, otras veces no. Estos códigos también debes memorizarlos y el lugar exacto de sus guiones, si los tienen, claro.
―¡Imposible! ―grité.
―Bien, creo que ahora sí he conseguido picarte ―Y con una triunfante sonrisa, me despidió hasta dentro de cuatro días.

Dejé la caja abierta sobre mi escritorio. Parecía el San Antonio que tenía mi abuela. El santo estaba metido, con su ramillete de laurel, en una caja con la parte de delante de cristal, a modo de vitrina. Y bajo sus pies una ranura donde mi abuela iba metiendo monedas por cada petición que le hacía, “Ay, San Antonio bendito, que encuentre el botón de nácar de la blusa blanca, que caérseme, se me debió de caer por el salón”. El botón aparecía y mi abuela lo recompensaba con una moneda de 25 pesetas. Cuando veía que el santo pesaba demasiado, lo vaciaba y se lo jugaba todo a la brisca.
Miraba la caja desde el sofá, no me atrevía ni a acercarme. 54 códigos, 324 caracteres, imposible. Así que alcancé el móvil y le supliqué a Gael que viniera. Cuarenta minutos después apareció en mi casa con seis botellines de San Miguel. Le conté lo del curso de Sumiller, lo de Rafa, lo de Virginia y su reto. Sin decir nada abrió dos cervezas. Me ofreció una. Se sentó junto a mí en el sofá y miró la caja de las esencias de la misma manera que seguía haciéndolo yo.
―Cari, ¿estás segura de que no prefieres admitir que eres apañada?
Negué con la cabeza.
Gael me dio su cerveza. Se levantó. Cogió la caja. La dejó sobre la mesita frente al sofá. Se arremangó el jersey de lino. Me pidió su cerveza con un enérgico gesto de mano  y dijo:
―Empecemos.
Así que empezamos. Gael abría un frasquito, me lo daba a oler, manzana verde, decía, ¡piña, animal!, me contestaba. Y a partir de ahí empezaban sus trucos de memoria nemotécnica:
―La piña no tiene hojas, son rabos verdes arriba, pues la forma del rabo es el 1, pero son dos, así que 11, ¿vale? ¿Dónde hay piñas?, ¡en las islas!, islas, tesoros, tesoros, mapas, mapas, pasos, pasos, cruces. 5 pasos y una cruz,  es decir: X. Tesoro encontrado, entonces pausa, un guión, más descanso: un 0, nos comemos la piña, no queda nada, solamente un rabo: 1. Por lo tanto: 115X-01, ¡repite!
―Piña, 115X-01.
Me ofreció otro, fácil: coco.
―Vale, ¿dónde hay cocos?, ¡en las islas!, islas, tesoros, tesoros, mapas, mapas, pasos…
Madre mía, San Antonio bendito…
Tres días después, habíamos encontrado 53 tesoros, porque el azufre apareció en el volcán de El Hierro, auxilio entre flotadores, y un rabito de piña flotando en el agua: VF-8S8-1. Sin comentarios.
Al cuarto día, Virginia me sentó en su taburete alto y me dio una especie de antifaz para dormir. Me lo puse. Me preguntó si estaba preparada. Asentí. Me acercó el primer frasquito. Inspiré profundamente. Lo retiró. Le pedí repetir. Me dijo que estuviera tranquila. Lo acercó de nuevo. Volví a inspirar: Ciruela, 6YCCR6. Chasqueé la lengua. Me había equivocado. No era así, pero no sabía corregirlo. Llegó el segundo, tercero, cuarto y quinto frasquito.
Me quité el antifaz. Virginia no paraba de sonreírme.
El resultado fue horrible. En cuanto a esencias solamente un error. Confundí la grosella con el lichi. Y en cuanto a códigos sólo había dicho dos correctamente, el de la piña y el del membrillo. Aun así, Virginia me dio la enhorabuena, y me convenció de que la memoria era un animal vivo, si la alimentaba crecería.

Subí las escaleras de casa y me paré en el tercero. Toqué a la puerta y esperé. Rafa abrió, y me besó. Ya me he matriculado, le dije. ¿Para Sumiller?, preguntó. Sí. Al final siempre te sales con la tuya, ¿eh?, me alegro si es lo que quieres, dijo. Es lo que quiero, respondí, y creo que también quiero estar sola. ¿Cómo sola?, preguntó. Sola, respondí. Lo besé y subí las escaleras. Hasta que no metí las llaves en mi cerradura, no oí cerrar su puerta. El portazo me hizo encogerme de hombros.
Entré en casa arrastrando los pies, tenía la pena encadenada a mis tobillos.
Abrí la nevera y saqué un par de huevos. Antes de cerrarla, cogí medio limón, que estaba sobre los yogures, y me lo llevé a la nariz.
―Limón, 5555-MZ.

martes, octubre 18

Otra forma de amar

Nota: Para contextualizar este relato, te recomiendo leer los dos anteriores: Saliendo del corral y Llamadas...


Llevaba 47 días siendo soltera. Y empezaba a encontrarle su lado positivo. La cama volvía a ser mía. Las comidas volvían a no entrar en ninguna franja horaria normal. Trasnochar ante el ordenador volvía a convertirse en una costumbre placentera. Y el reggaetón se volvía a escuchar en mi casa. Sí, reggaetón. Porque: Hola, mi nombre es Elvira, soy depresiva y llevo 112 días sin llorar. Te queremos, Elvira. Odio a los psicólogos que se les llena la boca hablando de las propiedades terapéuticas de la música de Erik Satie, ¡coño, ponle a tus pacientes Don Omar y déjate de tanto pianito a dos revoluciones por minuto, que me los vas a matar, madre de Dios!
Así que era sábado, cuatro de la tarde, acababa de desayunar, y movía el culo en medio del salón al ritmo de Danza Kuduro. El timbre de la puerta sonó. Mi culo paró. Me acerqué hasta la entrada y, desde dentro, pregunté quién era. Entonces se me paró el aparato respiratorio cuando Rafa contestó. Morada abrí la puerta.
―Hola… ―dijo con media voz―. Tenemos que hablar.

Dudo mucho que tuviéramos algo más que decirnos. Hacía 47 días, arrodillado y flagelándose, me confesó que sí, que se había tirado a aquella tía mientras yo estaba en París. No importa, le dije, porque yo también me tiré a alguien, bien, estamos en paz, volvamos a amarnos sin darle más vueltas.  Pero la cosa no fue tan fácil. Se reincorporó y me pasó el látigo para que me fustigara ahora yo, mientras me preguntaba con cierto nerviosismo ascendente: ¿que has hecho queeêêêEEÉ??!
Bueno, sí, la infidelidad. Tema delicado. El hombre es infiel, la mujer lo entiende. La mujer es infiel, el hombre la despelleja. Así que muy poquitas posibilidades tenía de salir bien parada en esta situación, porque: Hola, mi nombre es Elvira, y soy infiel por naturaleza. Te queremos, Elvira. Mi madre siempre me dice que no hable con desconocidos, pero, mamá, si no hablo con desconocidos, ¡sólo me los tiro! Me gustan los tíos. Todos. Altos, bajos, cachas, gorditos, carnívoros o veganos. A esto se le pueden dar muchas explicaciones. Freud, por ejemplo, si levantara la cabeza, achacaría mi promiscuidad a la falta de cariño en mi infancia. Pues es posible pero, vamos, que aquí lo que nos importa es que si levantara la cabeza también me lo tiraría.
Rafa no me despellejó exactamente. Únicamente me llamó falsa, cínica, planificadora, mentirosa, zumbada, y putonga. ¿Putonga?
―¿Putonga? ¿Me has llamado putonga?
―¡Sí! ¡Putonga!
Pues que me entró la risa oírselo decir por segunda vez, porque: Hola, mi nombre es Elvira y no tengo ética ni moral. Te queremos, Elvira. Rafa me echó de su casa, mientras me gritaba que volviera a terapia y tomara medidas, porque estaba fatal de la cabeza. Yo subía las escaleras muerta de la risa, porque cuando empiezo ya no puedo parar.

―La próxima semana empiezo con la terapia. Ya he hablado con Óscar, si es de eso de lo que quieres hablar. Prometo curarme ―dije levantando la mano derecha a modo de juramento.
Rafa suspiró un joder entre dientes y me miró  con cara de “tú no tienes cura, tarada”. Yo me reí, por supuesto. Él se frotó la cara y colocándose las manos en la cintura me explicó, mirando al suelo, que tenía que acompañarle a la boda de Carlos y Regina. Que esperaban que yo estuviera allí, que no les podía hacer ese feo. Que era cierto que la culpa fue suya por no avisarles de que habíamos roto, pero que tenía que ir, que mi plato ya estaba pagado y no les podía hacer ese feo. Repitió lo del feo unas 40 veces, como si, a una anti-ética como yo, aquello le pudiera ablandar. Y, lo cierto, es que imaginarme yendo a una boda de la mano de un ex… ¡me fascinaba!
 ―Sí, sería un feo ―dije mientras me regocijaba en mi propia inmoralidad.
Una semana más tarde. Íbamos camino al Castillo de Batres: Rafa, Germán, Homer y yo, en el pequeño Ford Fiesta, propiedad del primero. Al llegar, Rafa se separó de mí como si tuviera la peste, llevándose a Germán. Así que Homer y yo decidimos darnos al vino, porque todavía faltaban 20 minutos para que la boda civil, oficiada por el concejal Augusto Laguna, diera comienzo en aquel medieval paraje. Sentía que la gente empezaba a mirarme y no tenía muy claro de por qué. Quizá porque no eran las 12 de la mañana y yo ya iba por el tercer crianza, o porque tenía a mi lado un Gran Danés de casi tres metros de altura, o porque la faja-Spanx-de-mis-cojones me estaba cortando la circulación de las piernas y empezaba a tenerlas azuladas. La cuestión era: Hola, mi nombres Elvira,y no tengo amigos. Te queremos, Elvira.
La ceremonia comenzó. Era la única en la pequeña sala que estaba con una copa de vino, mi cuarta. Así que cada vez que el concejal decía algo, yo emitía un “uuu-uuuu-uuuh!!”, al más puro estilo José Luis Moreno. La madre de la novia, una doble de Pitita Ridruejo, me miraba con cara de estar viendo al mismísimo demonio. Al quinto “uuu-uuuu-uuuh!!”, dos chicos me sacaron de la sala, porque: Hola, mi nombre es Elvira y soy alcohólica. Te queremos, Elvira.
Sentada en las escaleras de la entrada del castillo, me descalcé. Llevaba unos peep-toe negros con la punta abierta, por eso me había comprado unas medias también con la punta abierta. Se me salían los dedillos del pie, que movía cual gusanos de tierra.  Germán llegó con un botellín de agua. Se sentó a mi lado, me quitó la copa y me ofreció el botellín. Después miró mis pies.
―¿Quién te ha mordido las medias?
―¡Son así!
―¿Las compraste ya rotas?
No había dos como Germán. Lo adoraba. Al de un rato, y tras haberme terminado casi toda el agua, me levanté con cierta torpeza, y le pedí a Germán que me dijera si realmente se me marcaba la faja. Me coloqué frente a él. Estiré mi ceñido vestido negro de cuello barco, y largo hasta la media rodilla. Ladeó la cabeza y me dijo que sí, que aquí. Aquí, era la nalga.
―Ah, pero eso no es la faja, es la braga, ¿ves? ―dije levantándome el vestido―. Llevo las medias, la faja y encima la braga, que hace de barrera para que no se me caiga la faja, ¿ves?
―Después de ver esto, sólo me queda por decir: ¡Uuu-uuuu-uuuh!
Durante el coctel, el fotógrafo organizaba los grupos para ir posando con los novios. Intenté salir junto a Rafa, pero en todas me apartaba con un manotazo, así que, al final, opté por la esquina junto a Homer y mi sexta o séptima copa de vino. Eso sí, la sonrisa todavía nadie me la había quitado.
Ya sentados en la mesa, Rafa no tuvo más remedio que estar a mi lado, aunque me ignoró en toda la comida. Gesto que no me importó, porque tenía la boca tan acartonada y pastosa que, si alguien me hubiera hecho hablar, le habría podido escupir  pelotillas de polvorón.
Cuando la tarta llegó, las luces se bajaron y empezó a sonar I’m yours de Jason Mraz. Los novios se levantaron e hicieron una pequeña coreografía muy popera. Me emocioné tanto que además de tres “uuu-uuuu-uuuh!!”, empecé a zarandear los brazos en alto como un girasol ciego. Carlos y Regina cogieron los pequeños novios que adornaban lo alto de la tarta y, sin perder el ritmo de la música, recorrieron el pasillo del amplio salón hasta llegar a nuestra mesa, y nos ofrecieron, a Rafa y a mí, los novios.
―¡Nos han tocadoooooo! ¡Uuu-uuuu-uuuh! ―grité levantándome de golpe, mientras daba palmadas como una histérica.
Rafa tomó los muñecos con cara de circunstancia, y besó a los novios agradeciéndoles el detalle. Enseguida llegó el fotógrafo que nos pidió que nos juntáramos los cuatro para la foto. Justo antes del flash, Rafa colocó los muñequitos delante de mi cara. Bonito recuerdo sin rostro, pero, eso sí, mi sonrisa seguía intacta detrás.
Con el baile llegaron los cubatas y el dolor de pies. A las 9 de la noche estaba en el baño de señoras abanicándome los pies descalzos, con una pequeña toalla. En ese momento llegó Regina con un séquito de 8 amigas, para ayudarla a mear. Le empezaron a desmontar el vestido por aquí y por allá. Le subieron la cola que se la engancharon a la espalda y le quitaron el casquete de la cabeza que iba unido al velo. No sabían qué hacer con él, así que una de ellas me pidió que lo sostuviera. ¡Claro!, exclamé encantada de servir, por fin, para algo en aquella boda. Me vi delante del espejo con el casquete en la mano y no me pude contener. Me calcé los zapatos y, con cierta ceremonia, me coloqué el velo y… ¡Madre mía, era una novia! No podía dejar de mirarme al espejo. Me tocaba el velo sobre mis hombros y sonreía desde diferentes ángulos.
―¿Qué haces…?
Me di la vuelta y vi a Rafa apoyado en la puerta del baño. Me sonreía, quizá por los cubatas, por lo que fuera, pero me sonreía desde la puerta.
Se señaló, con el dedo índice, el oído y me preguntó:
―¿La oyes? ¿Oyes la música?
Negué con la cabeza.
―Suena U2, With or without you.
Con la mano me pidió que me acercara. Me acerqué. Me acarició la cara. Y susurrándome la canción en el oído izquierdo, la bailamos en el baño.
Hola, mi nombre es Elvira y estoy perdidamente enamorada de ti.

domingo, agosto 28

Llamadas...

Película: Crimen perfecto de Alfred Hitchcock

—Hey, ¿qué pasa, tío? —dijo Rafa, en calzoncillos, desde el quicio de la puerta de su apartamento madrileño. Su amigo Germán terminaba de subir los últimos peldaños, acompañado por su perro.


—¡Buah!, joden estas putas escaleras, chaval.

Los dos amigos se dieron una palmadita en el hombro y entraron en casa. En la cocina, Rafa le dio las llaves de su coche.

—No le metas demasiada caña, que el pobre FordFi no está para mucho trote. Y, ya sabes —dijo señalando al perro—, ni babas ni un puto pelo de Homer cuando me lo devuelvas.

—Tranqui, tío. Como la seda. Sabe que si se porta bien le invito a un Big Mac.

Rafa se río llamándole tarado, después se quedó en silencio un rato largo.

—¿Todo bien? —preguntó Germán.

Rafa se dio la vuelta y, bajando el tono de voz, le confesó que ayer tuvo liada.

—¿Liada, liada?

—Liada —confirmó Rafa.

—¿Sigue en la habitación?

Rafa afirmó con la cabeza.

—Joder… ¿Y Elvira?

—Sigue en París, con sus putos cursos y su puta mierda…

—Joder…

—Puta egoísta. Hace lo que le sale de los cojones. Sin avisar, tío. ¡Pum! Me voy a Paris. Ahí te quedas. ¡Pum! Me encuentro mal y me voy. Pero, loca, nos íbamos a Ibiza, ¿no? Joder, macho, estaba hablado, nos íbamos de 10 al 20 de agosto a Ibiza. Pues no, que la niña dice que tiene mucha angustia, que quiere buscar no sé qué, que se frustra, que se…, ¡yo qué sé! Que soy un pringa’o, Germán, tío, que soy un puto pringa’o.

—Joder… ¿Y ésta?

—Ayer, que salí con Manu. Terminamos a las 6 de la mañana en el Larios, muy mala pinta, tío, pfff, muy mala pinta, y nada, sin más, que me traje a la pava a casa.

—Joder…

Homer, sentado en el suelo, observaba como los dos, apoyados en la encimera, miraban al frente sin pestañear. Después vio como su dueño le hizo un gesto con la mano, se levantó y lo acompañó hasta la puerta de las escaleras.

—Oye, tío, no te ralles. Ya está. Y si quieres y te apetece, llama a Elvira, llámala. Es muy probable que esté tan jodida como tú.

Con otra palmadita en el hombro se despidieron. Rafa cerró la puerta y volvió a la cocina. Cogió el móvil, la llamó. Espero 4 tonos y habló.

—Elvira, Elvi, oye, soy yo, oye… esto, escúchame, yo no sé muy bien… Sé que no estuvo bien todo lo que te dije antes de que te marcharas, sé que… me pasé, lo sé. Lo siento, chiquitina… Llámame cuando oigas el mensaje y hablamos, y lo siento, ¡que le den por culo a Ibiza!, que… que lo siento, Elvi, no teng…

—¡¡Oye, que si no vuelves a la cama, me pego una ducha y me piro!!

—¡JODER!

Rafa lanzó el móvil al suelo y gritó a la tía, que estaba en pelotas en medio de su cocina, que se largara a su puta casa.





—A mí esto de convertir los barcos en bares, no lo termino de entender, ¡yo me mareo! —dijo Elvira y Lys se rió—. Te lo digo en serio, que sí, que queda muy cool, y es la hostia tomarte la cerveza sobre el Sena, pero yo me mareo, ¡me mareo!

Lys se volvió a reír y, como la veía animada, le insistió de nuevo para que fueran juntas a la fiesta en casa de Bertrand.

—Que no, que paso de fiestas. Lys, que me apetece estar tranquila, que ya sé que son majos, pero a mí la gente, en general, no me gusta. Tú vete y mañana me lo cuentas, si yo con eso tengo más que suficiente, sobrevivo gracias a la vida de los demás, pero yo en mi sofá con mis libros y mi portátil.

Lys le hizo una mueca desaprobando su decisión. Las dos se rieron. Al de un rato, pagaron las cervezas y, antes de marcharse, Lys fue al baño. Elvira guardó su monedero en el bolso y sacó el móvil. Vio que tenía un mensaje de voz. Era de Rafa. Miró seria el móvil, se pellizcó la barbilla y decidió escucharlo. Mientras lo oía, agachó la cabeza y apretaba una sonrisa en los labios. Se tocó el pelo y sonrió, esta vez, sin temor. De golpe, miró al frente, se dio un golpecito en el esternón y dejó el móvil sobre la mesa. Giró la cabeza. Respiraba deprisa. Fijó la vista en el agua. Tanteando la mesa, cogió de nuevo el móvil. Lo sujetaba con fuerza en una mano, con la otra se apretaba el estómago. Se llevó el móvil a la oreja. Cerró los ojos y escuchó otra vez el mensaje. Abrió los ojos. Con calma, metió el teléfono en el bolso y se lo colgó al hombro. Apoyó los codos sobre la mesa y esperó a que su amiga volviera. Al llegar Lys, ella se puso de pie. Mientras salían del barco, Elvira le agarró del brazo y le preguntó:

—¿Vamos en metro o nos cogemos un taxi hasta la casa de Bertrand?

miércoles, julio 6

Oasis en la playa

Aparición de un rostro y un frutero sobre la playa por Salvador Dalí

Mes de julio. En la playa. Mar Cantábrico. En uno de los pueblitos de la costa vizcaína, Marieta está sentada con las piernas flexionadas, sobre un pareo hippie con flecos en tonos azules, comprado en Tarifa. Cuerpo de gimnasio con un moreno perfecto, un tono dorado logradísimo. Biquini de triangulo. Melena suelta, desfilada por delante y acabada en uve a media espalda. Gafas Carrera. La Cosmopolitan sobre sus piernas y el iPhone en su mano derecha.
Yo, a su lado, sentada a lo indio sobre una toalla de rizo algodón, que me trajo mi madre de Portugal. Con un gigantesco bolsillo en la parte de abajo. Muy práctico, así te ahorras el capazo, dijo mi madre mientras ofrecía un albornoz a mi abuela. Piel amarilla embadurnada en crema, me doy tanta que hasta se me hacen pelotillas en la cara, lo hago para evitar la mancha solar sobre el labio. Vale…, no es mancha, es bigote cantinflero, pero me gusta pensar que es mancha al igual que creo que la menstruación me hincha, que el chocolate me saca granos y que los hombres no saben valorar la belleza interior, sí, leyendas urbanas que agradezco enormemente. Sigamos. Biquini de aro y de braga ancha. Camiseta en la cabeza. Y peleándome con las descomunales hojas del periódico, vamos, como para tener un móvil en la mano.

―Marieta, estoy agotada… agotada de verdad ―le digo mientras doblo el periódico rompiendo la mitad de las páginas―. Necesito un tío que me quiera tanto que se responsabilice de mí por completo, que no me pida nada a cambio, que me permita descansar un poco mientras arreglo mi vida, que me haga reír, que me sorprenda cada día, que al follarme me deje inconsciente, que me…
―Ya, pues ponte a la cola, mona… ―dice sin levantar la vista de la Cosmopolitan.
La miro sin añadir nada más.
Me quito la camiseta de la cabeza, me tumbo y me la coloco sobre la cara. Extiendo los brazos en cruz hasta tocar la arena con las manos. Hundo los dedos en ella, es suave, con alguna piedrilla. Cojo un puñado en cada mano y la dejo caer de nuevo, abriendo un pequeño orificio entre la palma y el dedo meñique. Se escurre como en un reloj de arena. Se acabó el tiempo. Cojo otro puñado, nuevamente la dejo caer y el tiempo se vuelve a terminar. Qué fácil. Qué fácil resultaría así, teniendo el control de las cosas.
Pienso en mi padre y quiero que se desintegre. No deseo su muerte ni nada por el estilo, solamente que se convierta en arenilla y deje de existir. ¿Y tu padre? No sé, un día se desintegró y no lo hemos vuelto a ver, ¿y el tuyo? El mío se acaba de jubilar. Vaya, lo siento, espero que se desintegre pronto.
Pienso en mi madre y quiero que se case con un millonario austriaco, que se la lleve a Viena a ver conciertos y que, cada vez que hablemos por teléfono, falle la cobertura.
Pienso en Rafa, en su moto, en su Ford Fiesta tres puertas, en su consultoría, en sus DVDs del viernes por la noche, en su bici y en su Parque del Retiro, y la que se desintegra soy yo.
Pienso en mi profesor de Creación Literaria escribiendo una novela, no, no, no, eso es imposible, seamos un poco realistas, bueno, pues desintegrado, igual que mi padre.
Pienso en mi psicoanalista confesándome su pasión por la Pantoja y que deja la consulta para dedicarse, por completo, al transformismo en locales de Chueca.
Y pienso en mí, sentada en el escritorio de mi buhardilla madrileña, esperando a cumplir los 40 años para recibir a la muerte.

Riiiiiing.
Me levanto del escritorio, me acerco a la puerta y pregunto sin abrir.
―¿Quién es?
―La muerte ―me contesta una voz femenina al otro lado.
Abro la puerta y veo una sonriente mujer de mediana edad. Lleva una ceñida falda negra por debajo de la rodilla, una blusa de seda granate con una enorme lazada anudada al cuello, y unos Louboutin Peep Toe negros con tachuelas.
―¿Elvira Rebollo? ―pregunta.
―Sí ―respondo.
―Bueno, cariño, déjame comprobar unas cosillas, puro trámite, ya sabes ―dice sacando unos papeles de su Hermes―. Vamos a ver, Elvira Rebollo, aquí estás… ¿escritora frustrada?
―Sí ―respondo.
―Perfecto ―Y marca algo en una de las hojas―. ¿Hija frustrada? ―Asiento con la cabeza―. ¿Novia frustrada? ―Vuelvo a asentir―. ¿Estudiante frustrada? ―Frunzo el ceño―. Sí, suena raro, ¿verdad, preciosa?, pues déjame ver en observaciones… Vale, aquí dice que te has pasado la vida buscando, sin éxito, un mentor que te guíe en tus proyectos creativos.
―Sí, bueno, tuve un profesor de Creación Literaria pero me odiaba…
―Lo sé, cariño, aparece aquí. Murió hace dos años ―Abro los ojos sorprendida―. Bueno, se ha certificado su muerte, pero ninguno de mis compañeros pudo ir a buscarlo, se ve que se desintegró.
Me muerdo los labios, aquello hace que chirríe mi sentimiento de culpa.
―Bla, bla, bla, parece que todo encaja, ¿no? Ah, se me olvidaba, ¿paciente frustrada?, de psicoanálisis, según esto. ―Y con los ojos cerrados asiento por última vez―. Bien, pues eres tú sin lugar a dudas. Entonces, si no te importa, colócate como estabas ―dice empujándome hacia dentro de mi casa―, sentada en el escritorio, eso es, con la cabeza… vamos a ver… no, así, eso es, cariño, sobre el teclado, ojos abiertos, perfecto. ¡No te muevas, por favor! Debo tomarte una foto para el informe, eso es, perfecto, cariño, sin moverte… ―Oigo un click y veo el flash de refilón―. ¡Maravillosa, cielo!, ¿la quieres ver? ―me pregunta mientras agita al aire la foto de su Polaroid. Me acerco a ella―. ¡Mira! Retrata perfectamente una muerte por agotamiento anímico.

―¡Elviraaaaa! ―Marieta me zarandea―. ¡Joder!, estás como una tapia.
―Estaba hablando con mi muerte… ―digo sentándome sobre la toalla mientras me coloco, otra vez, la camiseta en la cabeza.
―Ah, perdona, entonces estás como una cabra. Bueno, ¡mira, mira, mira!
Me acerco a lo que me señala sobre la revista y leo:
Transforma el orgasmo de tu chico de 5 a 30 segundos
―¡Ay, idiota! Eso no, ¡esto!
Horóscopo del amor para este verano
―¿Y qué dice?, ¿eh? ¿Qué te dice? ―Levanto los hombros― Dice, te leo, ¿vale?, te leo: No persigas el amor, sino déjate sorprender por él, quizá en un viaje organizado, en un museo o paseando por el parque
―¡¿Por el parqueeeee?!
―¡Calla! …por el parque, en cualquier lugar puedes encontrar a ese alguien que te ofrecerá el apoyo que tanto anhelas
―Hala, qué fuerte… ―digo llevándome las manos al pecho.
―…pero tu corazón está blindado. Los desengaños anteriores te han dejado resquemor y preferirás ligar, sacando tu lado más cínico, aunque, en el mes de agosto, lo que empezó siendo un tonteo terminará en boda
―¡Que me caso! ¡Que me caso con un tío del parque!
Me pongo de pie y empiezo a recoger todas mis cosas y a meterlas en el bolsillo gigantesco de la toalla.
―¿Pero a dónde vas, zumbada?
―A comprarme un billete de avión.
―¡¡¿A dónde?!!
―A la ciudad de donde vienen los niños y… ¡los maridos! ¡París!
―¡Espera!, ¡voy contigo! ―Marieta se levanta y atolondrada mete todas sus cosas en el capazo. Cuando me alcanza me mira, y seria me dice―: Elvi, sólo una cosa, cuando lleguemos a los Campos Elíseos, por favor, quítate esa camiseta de la cabeza…

lunes, junio 27

Saliendo del corral

Gallos y gallinas por Rafael Jiménez Ambel


―Elvi, deja eso, vamos… ―me pidió Rafa sin apartar la vista de la carretera.
―Sí, sí, espera,termino con esto y ya lo dejo.
Íbamos en su coche, un pequeño Ford Fiesta, a la Sierra a pasar todo el fin de semana, para celebrar no sé qué de unos amigos. Él conducía y yo, desde el asiento del copiloto, terminaba de redactar el proyecto final de máster en mi mini portátil, el jueves tenía la defensa.
―Elvi…
―¡Ay, que sí! ―Cabreada suspiré y, mirando al frente, añadí con desgana―: Bufff, me van a tirar, con lo que me odian mis profesores, no me van a dar el título, ¿qué te apuestas…?
Rafa se rió, me acarició el muslo y, después de decirme lo guapa y lo grande que tenía las tetas, me aseguró que nadie escribía mejor que yo, ni esos profesores tan gallitos. He de confesar que, vanidosamente, me encantaban las mentiras de un hombre enamorado.
―Bueno, y ¿Carlos y Regina qué celebran?
―Cómo que qué celebran, loca, ¡que se casan!
―¡¿Se casan?!, ¿y por qué se casan?, ¿y por qué lo celebran?
―Pues porque ninguno de los dos ha estudiado un máster que le amargue la existencia y por ello, señorita Rebollo, deciden hacer cosas bonitas en esta vida.
―¡¿Casarse es bonito?! ―pregunté exaltada mientras cerraba el portátil de golpe―. ¿Desde cuándo casarse es bonito? Pero si se van a separar, pfff, todo el mundo se separa…
Rafa resopló. Poco después aparcó el coche. Esperábamos a Rober y Amaya, amigos suyos con los que había coincidido un par de veces, majos, sin más, majos.
―Dios mío, ¿eso es un perro? ―pregunté viéndolos llegar con una cosa blanca de cuatro patas―. ¿Y va a venir con nosotros en el cocheeee?
Después de saludarnos, Rafa propuso que Rober pasara delante. Así que Amaya, la cosa y yo íbamos sentadas detrás.
―¿Muerde?
―Oh, no, tranquila ―me contestó Amaya―. Los Dogos Argentinos son muy tranquilos, aunque tienen fama de atacar a los niños pero…
―¿A niños?, ¿cómo que a niños? ¡Madre mía!, espero que entienda de edades, porque si es por cuestión de tamaño menudo viaje me espera…
Todos se rieron, yo tragué saliva.
Volvimos a parar. Esperábamos a Germán.
―Dios mío, ¿eso es un caballo? ―pregunté viéndolo llegar con una bestia negra.
Me aclararon que era un Gran Danés y que todo lo que tenía de grande, lo tenía de tonto. Genial. No es que yo odiara a los animales, no es así. Es sólo que los gatos me dan grima, los peces huelen mal, los pájaros me irritan y los perros me agotan, excepto el Bulldog Inglés, que sólo ronca, se tira pedos y si le animas a dar un paseo, te hace un corte de mangas. Lo adoro. Perfecta convivencia.
Volvamos al coche. Delante: Rafa y Rober. Detrás: Amaya, Germán, la cosa, la bestia y yo. Recordemos que: Ford Fiesta, tres puertas, a la Sierra, 33º, ay… benditos fines de semana veraniegos.
Llagamos al destino y al abrir las puertas fue como un avión en descompresión, ¡todos fuera!
Me estaba limpiando las babas perrunas con un kleenex frente al chalet, cuando los gritos me acojonaron.
―¡Aaaaaaaaayyyy!! ¡¡No me lo creo!! ―Regina venía corriendo excitadísima hacia nosotros―. ¡¿Ya habéis llegado?! ―¿Pues no lo ves, hija mía?
Besuqueó a todos reventándoles el tímpano y, cuando llegó a mí, me agarró del antebrazo, volvió a gritar como una energúmena y empezó a dar saltitos. ¡Por favor!, pero si a esa tía sólo la había visto una vez en mi vida, ¿tanto podía trastornar casarse? No sabía qué hacer, así que yo también empecé a dar saltitos con cara de circunstancia.
―¡Qué fuerte, que ha venido la escritoraaaaaa! ¡Aaaaaaaay!
―¡Siiiiiií! ―decía yo absolutamente abducida por la vorágine hormonal.
―¡Me encanta tu libro, tía!, ¡me encanta, me encanta, me encanta! Bueno ―paró de saltar y tomó un tono más confidencial―, no me lo he leído todavía, ¡¡pero la portada es guay, tía!! ¡Aaaaaaay, qué fuerte que ha venido el arquitecto! ―Menos mal que había profesiones para todos y, por lo tanto, los gritos iban a estar bien repartidos. La vimos correr sin parar de gritar hacia un impresionante Nissan Qashqai que estaba aparcando, pobre arquitecto.
Entramos en la casa para dejar las cosas. El chalet era de piedra, de dos plantas. En la entrada, un bonito porche y en la parte de atrás mucho verde, pero con una enorme piscina que hacía no arrepentirme de haber ido.

A eso de media tarde ya estábamos todos. Seríamos unos veinte adultos, tres niños, cuatro bebés, siete perros, dos gatos y una tortuga, de las que huelen mal, como los peces.
Los hombres con la barbacoa, las mujeres con los bebés criticando a los hombres, y yo en la piscina con los niños, imitando primero a un hipopótamo y después al tiburón asesino. Rafa se reía desde fuera, le había asegurado, en más de una ocasión, lo mucho que odiaba a los niños, pero estaba claro que no siempre le decía la verdad. Me llamó al bordillo. Me acerqué y me ofreció un trago de su cerveza, después me chantajeó con un beso, se lo di y a cambio me dio dos donuts de azúcar. ¡Mmmm, donuts! Entusiasmada volví al centro de la piscina mordisqueando uno, mientras que el otro lo mantenía en lo alto de mi brazo levantado.
―¡Mis queridas pirañas, mirad lo que tengo! ―grité a los niños―. ¡El primero que me cace, se lo come!
Los niños se volvieron como locos. Era más el chapoteo que lo que nadaban. Con tanto flotador y manguito era tarea difícil, la verdad.
―¡Elvira! ¡Elvira!, ¡pero Elvira, estás loca!
Me giré y vi a Ana (o Adriana, no me acuerdo de cómo se llamaba ésa), al borde de la piscina con su bebé en brazos señalándome a los niños. Asustada los miré a ellos creyendo que alguno se me estaría ahogando.
―Elvira, por favor, ni se te ocurra darle azúcar a Alejandro y mucho menos bollería industrial, ¡estamos locos, o qué! ―Y, con cara de no haber follado en años, se volvió con el resto de las mujeres.
¡Pero será verde y asquerosa la tía! ¡Amargada naturista! ¡Pues ojalá que Alejandro se convierta en un importantísimo ingeniero director de una central nuclear, y que tú vivas para verlo! ¡Naturista! ¡So naturista!
―¡Mi madre me untaba el chupete en azúcar y no he salido tan mal!
Vale, nadie pudo apoyar mi afirmación.
Miré a Rafa y éste me hizo un gesto de calma con las manos.

Para la hora de la cena, todos estábamos un poco más relajados. Con toda la prole infantil en la cama, los mayores nos dedicamos a brindar una y otra vez por el futuro matrimonio. Regina se levantó y pidió un poquito de silencio porque quería hablar:
―Lo primero de todo, deciros que nos vemos el 15 de octubre, en nuestro gran día y que gracias por venir y estar con nosotros, hoy aquí, celebrando esta decisión tan importante que… ―carraspeó nerviosa y continuó―, que ha hecho que tenga que vaciar mi cuerpo entero para que todo tu amor, Carlos, pueda entrar en él y sea el único motor de mi vida.
Madre de Dios, virgen, virgen, virgen con todo su santo séquito, viva los osos amorosos y Fresita, viva el horterismo como nueva corriente literaria, joder…
Rafa me miró, yo lo miré mordiéndome los labios, me apretó la mano, pero aun así me tuve que tapar la cara con la servilleta para que no se me viera reírme.
Carlos no se quedó atrás, habló de las mariposas en el estómago y de las hormiguitas en la espalda. Petrificados todos quedamos ante semejantes imágenes, absolutamente innovadoras.
―Viva el amor… ―rumié con inmensa pereza al oído de Rafa.

A las tres de la mañana, sólo quedábamos en el jardín: Germán, Rafa, yo y mi portátil. Mientras ellos recordaban aquello y aquello otro de hace no sé cuánto tiempo, yo corregía lo último escrito de mi proyecto.
―Oye, tía, ¿y de qué va eso? ―me preguntó Germán interrumpiendo a Rafa que hablaba en ese momento.
―¿Esto? ―dije señalando mi ordenador―. Es la tesis de fin de máster.
―Ya, lo sé, por eso te pregunto ¿de qué va? ―Germán era un tío peculiar, tenía 36 años, dentista, nunca se le conoció pareja, feliz con su bestia negra desde hacía años. Tan inocente como impulsivo, un tipo tranquilo, de conversación fácil, además de agradable.
―De la frustración ―dije.
―¿De la frustración? ―repitió Rafa un tanto sorprendido, porque hasta entonces no se había percatado de que él tampoco lo sabía.
―¡Hostia, qué guapo! ―Pareció gustarle a Germán―. ¿En plan de esa movida de escritores? ¿De la frustración en plan rollito literario, pánico al “soy una mierda que escribo paridas”? ¿Frustración creativa?
―Bueno, más o menos, pero he descubierto que primero fue la gallina y luego el huevo.
―¿No jodas, tía? ―Rafa y yo nos reímos, este Germán era todo un personaje.
―Quiero defender que la intolerancia a la frustración personal te lleva al bloqueo creativo, cuando una gallina tiene estrés, no pone huevos. Tirando por tierra que un escritor debe escribir desde la angustia o siendo un alcohólico empedernido, esos sólo fueron unos pocos genios que, desgraciadamente, ya no nos quedan. Si estás mal con tu vida, no escribes una mierda, no hay huevos.
Germán se empezó a inflar como si le estuvieran metiendo helio por el culo, hasta que de repente saltó de la silla. Nos miró con los brazos en cruz y las rodillas semi flexionadas, respiró profundamente y se quitó la camiseta, luego el traje de baño y, mostrándonos sus atributos en primera plana, dijo imitando al Padrino:
―Pongamos huevos como putas gallinas… ―después zarandeó su miembro de lado a lado dándose pollazos a ambos costados de la cadera.
Me llevé las manos a la cara, no podía parar de reír, aquello era surrealista. Rafa estaba ahogado de la risa.
―¡Vamos! ―gritó Germán con la vista clavada en la piscina. Corrió y―: ¡Pongamos huevos como putas gallinas! ―Y al estilo bomba, cayó al agua.
―¡Puto mito, chaval! ¡ja, ja, ja, ja! ¡Sí!
No me lo podía creer, ¿Rafa también? Se desnudó y:
―¡Pongamos huevos como putas gallinas! ―¡Choooof!, al agua.
―¡Locos! ―grité desde el bordillo muerta de la risa.
―¡Vamos, chiquitina, al agua! ¡A por esos gallitos!
―¡Sí! ―Y ahora Germán―. ¡Al agua!, ¡por puta y por gallina!
¡Ja, ja, ja, ja! La verdad es que estaba excitadísima, pero ¿en pelotas?, ¡qué locura!, ¡no, en pelotas no!, ¡ni de coña! ay, madre, no sé, que sí, venga que me tiro, ¡por mis huevos!, ¡porque soy una gallina ponedora!
Me quité el vestidito y el biquini, les escuché jalearme y…:
―¡¡¡PONGAMOS HUEVOS COMO PUTAS GALLINAS!!!

lunes, junio 20

Encargo nocturno


Madrid, sábado, las 9 de la noche. 29ºC fuera y 35ºC dentro de mi casa. Yo, en bragas culeras de Snoopy y camiseta vieja de tirantes, bailando Hey, Soul sister con un ukelele imaginario, frente a mi escritorio. El portátil encendido con una página de Word en blanco abierta desde las 8, junto a él un botellín de San Miguel y dos vasos sucios con restos de café, además de tres paquetes de kleenex, una montaña de albaranes de la universidad, una veintena de libros esparcidos sin rigor alguno, fotocopias de esto y aquello, un tampax súper, la calculadora, una galleta mordisqueada de Granola, el móvil, su funda, una Cuore de hace tres semanas, aaaaaaaarhg!!, las gafas de sol y las de ver: las blancas y las negras, (las granates imagino que estarían junto a la cama, pero no lo sé), crema de manos Ureadin, y dos tapones azules de boli bic. Vamos, lo que se dice una histérica del orden.
―¡¡Heeeeeey, heeeeeey, heeeeeey, lalala, nanan, nina, la… mmmm… hey life direction, nananana… connection we can’t denyyyyyyyy…!!

Me había pasado el día con Gael. Lo llamé deprimida a eso de las 11 de la mañana, porque el mundo se me caía encima y pesaba demasiado como para sostenerlo sin partirme por la mitad. Él escuchó con paciencia ésta y otras muchas metáforas catastrofistas sobre mi angustia existencial y después fue tajante:
―Vale, cari, dúchate y ponte mona que en una hora te paso a buscar, tú lo que necesitas es un birratour.
El tour de la birra comenzó en una de las terracitas de La Plaza Olavide a las 12.40 de la mañana, con un par cañas, y, tras repostar en al menos siete garitos diferentes, terminó a las 7.30 de la tarde, en el Lamiak de Cava Baja. Le juré a Gael que me encontraba mucho mejor y que me pidiera un taxi, porque de repente me había acordado de que tenía que volver a casa inmediatamente, para escribir el relato que me había encargado mi amigo Santi para su blog. El estrés de los borrachos. Así que antes de las 8 ya estaba en casa. Encendí el ordenador, preparé el Word y fui directa a la nevera, porque tenía la boca como una alpargata, hubiera necesitado un soplete para separar la lengua del paladar.
Empecé a zampar como una loca: biscotes con guacamole, ensalada de pasta que me había sobrado del día anterior, Bimbo con mayonesa, sí, solamente con mayonesa, para mí la mayonesa es un alimento de primera necesidad y sería capaz de sobrevivir sólo gracias a ella.
Después de mear unas cinco veces y estrujarme todas las espinillas posibles ante el espejo, me dispuse a escribir. Hasta que, una vez sentada, me di cuenta de eso, de eso…:
¡Es todavía de día! ¡Yo no puedo escribir de día, necesito oscuridad, negrura!
En invierno es fácil, pero ya estábamos en junio y aquello tenía pinta de oscurecer sobre las 10 como pronto. Resoplé y me dejé caer sobre el teclado del portátil como si me hubieran pegado un tiro por detrás, hice hasta el ruidito y todo, siempre quise ser actriz. Me incorporé y resoplé de nuevo. Bueno, otra cerveza no me vendría mal, así que cogí una San Miguel de la nevera y la dejé sobre el escritorio mientras buscaba en Youtube algo que me animara. Empecé con Sometimes de Erasure. Quise imitar la forma de bailar del mismísimo Andy Bell, pero demasiado arrítmico para seguirlo, así que me pasé a los brazos en aspa, y el punta talón de toda la vida. Luego llegaron los Fine Young Cannibals y su Good Thing. Cómo me recordaba esa canción a cuando mi hermano Gerardo y yo éramos pequeños, y los sábados por la mañana nos coordinábamos para grabar los videos musicales de los programas Tocata o Rockopop. Mi madre sólo nos dejaba ver la tele en la salita junto a la cocina, porque el salón era para las visitas. En la vida he visto una visita en mi casa, pero en fin. El video estaba en el salón, con el resto de aparatos de calidad: la tele grande y la minicadena de doble casette. Así que mi hermano se posicionaba en el salón con el video VHS preparado para darle al rec en cuanto escuchara mi señal, porque era yo la que estaba viendo la tele en la salita. Entonces, cuando la presentadora daba paso al video, salía escopetada hacia el pasillo y, desde un extremo, gritaba a mi hermano que estaba en la otra punta:
―¡Daleeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee!
Y de todas todas, al darme la vuelta para regresar a la salita, me tropezaba con mi madre que me pegaba un guantazo por gritar de aquella manera.
Por fin di con Train y su Hey, Soul sister y pensé que, aunque fuera todavía de día, aquello me traería la inspiración. Así que coloqué de nuevo, en mi punto de mira, la página en blanco de Word, pero en vez de eso me lié con un ukelele en plan profesional y: heeey, heeey, heeey…
Miré el reloj, las 9.15 y una horrible claridad, me cagué en San Juan. Bien, que no cunda el pánico porque todavía me quedaba toda la noche por delante. Santi el domingo tendría su relato, así se lo prometí y así lo haría.
Las 9.30 y era el turno de El Pescao, y allí estaba yo, en mitad del salón, siguiendo la coreografía enterita de Buscando el sol. Y de repente el timbre de la puerta sonó. ¿Y ahora qué…? Es que a una no la dejan escribir, así no se puede, ¡no se puede!
―Hola, chiquitina.
Si éramos pocos, parió la abuela. Rafa, mi vecino y seudonovio, acababa de entrar en mi casa con un DVD en una mano y una botella de vino en la otra. Si estaba claro que yo de Madrid iba a salir alcoholizada perdida.
―Venga, loca, prepara una ensaladita, que nos bebemos el vino con la peli.
―Ay, gordi, si da tiempo en media hora bien, pero a partir de las 10 ya es de noche y tengo que terminar el relato de Santi, el que vive en Lisboa, bueno, empezarlo, para su blog, y como me he ido con Gael, que si esto, lo otro, y luego que me lío con Youtube, que sí, vamos, que no, Rafa, que bufff…
Rafa no paraba de reírse. Dejó las cosas en la encimera y se acercó hasta mí con cara de malo. Me abrazó y, mordisqueándome la oreja, me dijo:
―Bueno, tranqui…, se me ocurre otra cosa que en media horita nos puede dar tiempo, ¿eh?, ¿un polvete rápido…, eh, loca…?
Buffff, qué pereza, coge, ponte en pelotas, que qué calor, que en el sofá, que te sobra este brazo, que mejor en la cama, que no, que se me pegan las sábanas, que folla así, que no: asá, que me tiras del pelo, la baba que se hace plasta, ay, que no se termina de correr, que sí, que dale, dale, pero vente ya que me quema, que bufffff, ¡paso!
―Gordi, que tengo la regla.
―¡¿Otra vez?!
Bueno, le dejé que me sobara un poquito y para las 10.05 le di patada en el culo, que se la cascara en su casa.
Bien, 10.22, la noche acababa de llegar. Me senté en el escritorio y, con el dedo índice apuntando a la pantalla, amenacé a la página de Word en blanco porque solo una de las dos ganaría aquella noche, lo dicho, siempre quise ser actriz.
Pero primero me dio por contar los albaranes, 63. Luego me preparé un café. Busqué en Google los nombres de todos mis ex y el de la ex de Rafa. Calculé, con la calculadora, las horas que me quedarían de vida si finalmente me moría a los 40 años: 52.704 horas por delante. Así que empecé a pensar qué podría hacer con tantas horas. Viajar. Me metí en Kayak y busqué un vuelo: Madrid- Buenos Aires, ¡ay!, luego pensé que Santi tenía que ir a Buenos Aires, así que me planté de nuevo ante el no-relato. 11.15. Word-1 Rebollo-0. ¿Qué haces?, le escribí a Marieta por el WhatsApp. Chupando tele, me contestó. Jajajajajajaaj!!!, le contesté. Ni puta gracia quedarme un sábado en casa!!!, me contestó. Venga, loca, que yo en los madriles tb, le contesté. Sí, pero tú eres rara de cojones, neni… me contestó. Jajajajajajaaja!!!, le contesté, aunque la verdad es que no me reí.
11.53 en mi portátil y 11.56 en mi reloj. Vencida, ganó ella, por goleada.
Cogí el móvil y busqué su número, pero el de 351 por delante, no el otro, que es el de Bilbao.
―¡Santi!, ¿qué tal?, oye, esto… qué te iba a decir, ¿es muy de noche en Lisboa?...

lunes, junio 6

¿Somos lo que elegimos?


Siempre fantaseé con enamorarme de mi psicoanalista. De un tipo joven, resuelto, y con un embaucador acento argentino. Pero la realidad, normalmente, te devuelve los sueños con una bofetada en toda la cara. El mío ni era joven ni resuelto y sí, tenía acento, pero gallego. En estos términos, digamos que la transferencia iba a ser prácticamente imposible.
Óscar, mi Sigmund Freud particular, era un cuarentón, calvo y escuchimizado. Seguramente que separado, porque no terminaba de entender que con calzado marrón no se podía llevar calcetines grises. Hijos. Imagino que no más de dos, a quienes, con toda probabilidad, trataría como auténticos extraños, cada quince días. Naturista, eso fijo. De los de levantarse por la mañana y prepararse un desayuno con leche de soja y bayas de goji. Y, por supuesto, antes de acostarse, una tanda de abdominales hipopresivos tras una leve meditación al son del auuuuuum, auuuuuum.
Pero, por otro lado, que un gallego hubiera decidido cambiar los percebes por pacientes trastornados en una ciudad tan seca como Madrid, me hacía pensar que algo chirriaba espantosamente en su vida. No sé, como si tuviera dos caras. A veces me lo imaginaba travestido de la Pantoja, o pinchando en Pachá a Guetta y Solveig, o bebiéndose las calles de Lavapiés cada viernes noche. No queda claro, pero algo que rompiera con la imagen del aburridísimo ser humano que, cada martes, me escuchaba concentrado, probablemente, en su lista de la compra.
Pero un día algo cambió.
Mientras le contaba, sentada frente a él, mis angustias y ansiedades, él andaría por la sección de congelados del Carrefour tomando nota de los lomos de merluza y las gambas peladas XL, hasta que dije lo que dije:
―… no sé, imagino, que es una elección, ¿no?, algo así como elegir entre la pastillita azul o la roja, como…
―¿La pastillita azul o la roja…? ―repitió embelesado en sus propias palabras, como si aquello acabara de desencadenar el porqué de las cosas. Y, por un momento, me lo imaginé lanzando el carro de la compra y echando a correr, a cámara lenta, por los pasillos del supermercado mientras se quitaba la camisa a jirones dejando al descubierto su capa de héroe: ¡Soy Súper Óscar, el salvador de los deprimidos!
Excitadísimo miró a su derecha e izquierda, se rascó el pecho con una mano y con la otra alcanzó, de su mesa, una caja de kleenex roja.
―Bien, aquí tenemos la pastillita roja y, y… ―Volvió a revisar con la vista todo su despacho, se levantó con impaciencia y de la estantería cogió un libro azul―. ¡Perfecto! ¡Y aquí la pastillita azul!
Madre mía, o éste era más friki que yo o aquella mañana se le había ido la mano con las bayas de goji.
―¡Elvira!
―¿Sí…? ―Tenía el culo comprimido.
―Aquí está tu elección… ―Extendió los brazos y, con las palmas de las manos abiertas, me ofreció el paquete de kleenex y el libro. Lo miré desconcertada. Demasiado pálido para ser Morfeo, ¿no?
Apreté los labios para evitar reírme, porque, en ese instante, me lo imaginé enfundado en látex negro susurrándome aquello de: …hay una astilla clavada en tu mente. Y te está enloqueciendo. Esa sensación te ha traído hasta mí…
―Vale, bueno, Elvira, dime, ¿qué significa para ti la pastilla roja y la azul?
Vaya… Decepción absoluta. Pensaba que se tiraría el rollo ese de fin de la historia, o yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos.
―Bueno… pues, digamos que la roja ―y cogí de su mano los kleenex― sería mi vida como profe en el extranjero y escritora a la vez, llena de altibajos, no sé, viviendo sola, en otro ático de otra gran ciudad, porque imagino que me mudaría constantemente. Le doy vueltas a volver a China, ¿sabes?, a Shangai. Buff, algo así. Con mogollón de proyectos, ilusiones y depresiones al mismo nivel. Sin hijos ni, por supuesto, parejas estables. Sola. Imagino que, al final, lamentándome de estar sola, como siempre.
―Sola… ¿Y la azul?
Tomé el libro con la izquierda y lo coloqué sobre mis rodillas a la par que los kleenex.
―La azul sería quizá una vida con Rafa, por ejemplo. En Madrid o en Bilbao, pero muy establecidos. Viviendo en un piso de dos habitaciones. Trabajaría en un cole con un sueldo fijo de por vida… E imagino que llegarían los hijos, ¿no? Los veranos a la playa con los abuelos y los fines de semana comilonas con la cuadrilla. Se acabaría lo de vivir en el extranjero pero llegaría, por fin, esa estabilidad emocional, de eso estoy más que convencida.
―¿Y la escritura?
―No lo sé ―dije levantando los hombros―. No lo termino de ver claro. Supongo que sería cuestión de organizarse, pero con un trabajo en un cole y siendo madre, de al menos dos churumbeles, no termino de encajarlo.
Óscar se inclinó hacia atrás. Juntó las manos a modo de oración, se las llevó a la frente y suspiró profundamente.
―Siempre hay que elegir, ¿verdad?, y no es fácil… ―dijo un tanto abstraído sin ni siquiera mirarme―. Bien ―añadió esta vez alzando la vista―, te propongo, Elvira, que lo dejemos por hoy.
Asentí con la cabeza, dejé sobre su mesa las dos pastillitas, y recogí el bolso del suelo.
Como siempre, me acompañó hasta la puerta. La abrí y, antes de despedirme, no puede evitar preguntárselo:
―¿Qué hace un gallego como tú en Madrid?
Sorprendido abrió los ojos y sonrió. Se apoyó en la puerta y con cierta guasa contestó:
―Pfff, digamos que en su día me equivoqué de pastillita.
Nos reímos y nos despedimos hasta la semana que viene. Al cerrar la puerta, estoy más que convencida de que escuché a la Pantoja cantar.

miércoles, abril 27

Domingo, dominguero

Parque dominguero por Rodolfo Stanley


Abrí la puerta todavía dormida. Al otro lado del umbral Rafa con una pletórica sonrisa.
―Chiquitina, hace un día precioso. ¡Venga, que nos vamos al Retiro!
A mí este entusiasmo un domingo a las once de la mañana como que no, no de no. No sé, pero los domingos son para desaprovecharlos. Que llegue el lunes y poder decir a tu compañera de trabajo eso de: ¿Ayer?, no hice nada, ¡qué depresión de domingo!
¡¿Pero a quién quiero engañar?!, ¡si me encanta arrastrarme por la casa como alma en pena y hundirme en el sofá hasta hacerle un agujero con mi culo! ¡Depresión dominguera, dame más, dame más!
―Venga, chiquitina, que vamos en bici.
¿En bici?, ¿ha dicho en bici? Me froté la frente con una sonrisa forzada y, después de carraspear, dije:
―Pero, Rafa, gordi, ¿para qué vamos a ir en bici si hay metro?
―¡Ja, ja, ja, ja! Qué tía, si es que… si es que… ¡te como! ―Y me abrazó hincándome los dientes en el cuello.
Bueno, esto me pasaba muy a menudo. Los hombres se enamoraban de mí por ese sentido del humor que se habían figurado que tenía, ¡pero no!, ¡que no!, ¡que yo soy así!
Rafa bajó las escaleras vociferando que en veinte minutos nos veríamos en el portal, que él ya tenía las bicis preparadas. Mientras lo veía bajar mantuve la misma sonrisa forzada de antes, pero, en cuanto cerré la puerta, me la arranqué de cuajo y grité:
―¡¡¿Y yo qué me pongo?!!
Quince minutos cagándome en mi anatomía fueron suficientes para después, en el minuto dieciséis, terminar con mis pantalones de algodón de pata de elefante y la sudadera de Marshall University, que siempre me sacaba de un aprieto.
En el portal encontré a Rafa inflando las ruedas. Levantó la cabeza, me miró, sonrió y me pidió un beso. Se lo di a regañadientes y él se rió más.
―Bueno ―comenzó diciendo mientras se ponía de pie―, ésta es para ti ―dijo y me ofreció una de las bicis. La tomé desde el manillar, la coloqué paralela a mí y comprobé que el sillín me llegaba por debajo del sobaco. Rafa se río aún más, más todavía y más si cabe. Cabrón.
Un poquito de llave inglesa y conseguimos bajar el sillín a la altura de mi segunda costilla flotante. Muerte asegurada. Me hice la señal de la cruz y salimos del portal.
Al llegar al primer semáforo en rojo, metí un gritito y con impulso salté de la bici hacia un lado.
―¡¿Qué haces, loca?!
―¿Cómo quieres que pare si tengo el suelo a metro y medio de altura?
La pareja que estaba dentro del Opel Astra se rió.
―Venga, móntate ―dijo Rafa sujetándome la bici por el manillar―, venga, corre, que enseguida se pone en verde y nos van a empezar a pitar todos.
Así que, apoyándome en sus hombros, conseguí subirme. Y allí estaba yo, con las piernas colgaderas, como si estuviera sobre una gigantesca bici estática. La situación me parecía graciosa hasta que vi a la pareja del Opel sacarme una foto con el móvil, ¡venga ya! Preferí fingir que no los había visto, demasiado humillante era la situación en sí como para sazonarla más.
No sin mucha complicación, llegamos al Retiro.
―Chiquitina, ¿nos tumbamos allí?
¿Tumbarnos?, ¿allí?, ¿sobre el verde?, verde que te quiero verde. Me bajé de la bici porque tenía que rascarme el cuello, luego detrás de la oreja y otra vez el cuello: psoriasis. Me faltaba un poquito de aire, claro, todo se lo estaban tragando los árboles, ya lo decía mi abuela, que no era bueno dormir con plantas, porque las plantas te chupan el oxígeno, sacan el monóxido y te matan. Así que con el tamaño de aquellos árboles nos quedaban segundos de vida. Me quería ir a mi casa. Casa, casa-sofá, sofá-portátil, portátil-libro, libro-café, café-VIDA. ¡Quiero vivir!
―Dame, loca, deja aquí la bici. ―Cogió mi bici y la dejó sobre la hierba, al lado de la suya. Después se tumbó y, con la mano, me hizo un gesto para que hiciera lo mismo.
Me arrodillé con lentitud junto a él, imaginándome los millones de microorganismos que habría escondidillos entre la hierba. Esas cosillas vivas, de la gama de los animales pero en desagradables. Insectos que todo el mundo dice que no hacen nada, pero yo no estaría tan segura si han sobrevivido durante miles y miles de años durmiendo junto a los árboles, inmunes al monóxido asesino. Son indestructibles. ¡Superhéroes del ecosistema! Yo, por si acaso, no los quiero cerca.
―Buah… qué gozada de día, ¿eh, Elvi?
¿Qué es lo que hago mal una y otra vez? ¿Por qué termino con tíos como éste?: consultor, amante de la naturaleza y adicto al deporte, ¿por qué? ¡Yo lo que necesito es un informático en mi vida! Un friki con camisetas del capitán Spock, que se tire pedos mientras escribe en su blog, que sea alérgico al verde y que, en sus ratos libres, le guste recorrer la casa con la papelera de la sala en la cabeza, diciendo: Yo soy tu padre. ¡Alguien que me deje tranquila los domingos!
―¿Elvi…?
―¿Queeeeé…? ―contesté con la mano tapándome la cara. Me acababa de tumbar y no soportaba el sol.
―Nada.
―¿Qué? ―insistí cabreada.
Él se incorporó, se acercó a mí, me quitó la mano de la cara y…:
―¡¡¡Que me encanta joderte el plan de los domingos!!!
Al final no fue el monóxido lo que me mató, sino la risa.
Vale, Rafa no era un friki, pero estaba igualmente loco y eso me encantaba…

jueves, marzo 31

Ese ruidito


Ay, hace ese ruidito con la nariz, no es que me moleste, porque no, no me molesta pero es ese ruidito así como soplido de hoja de árbol. Flautilla floral. No me molesta, no es eso. Es que no sabía que silbara, no le pega. Me gusta que esté aquí. Podría roncar, es verdad, podría roncar, no, por eso no me quejo, que silbe. ¿Y si le tapo la nariz?, ¿se despertaría o llegaría a matarlo estando dormido?, no sé, tiene pinta de despertarse a la mínima o igual no.
―¿Rafa…?, ¿estás dormido…?
Está dormido.
Buffff… jo, qué rollo, ¿qué hora serán? Tengo que llamar a Silvi, joder, y a mi madre, la tengo que llamar, hace una semana, no, no, me llamó ella el martes pasado, pues…bufff, casi diez días. ¿Qué hora serán?
―¿Rafa…?
Me gusta, si no me importa y el silbido tampoco, pero yo me hubiera ido a mi casa, si fuera él me hubiera ido a mi casa después. ¿Por qué se ha quedado? Ahora ya no silba, uy, ya no silba, ¿a ver si se ha muerto? ¿Y si me muero yo?, ¿y si me muero en Madrid?, ¿cómo me llevarían a Bilbao?, ¿en avión?, ¿en coche, en plan Guantanamera? Ay, qué calor, me cago en el Nórdico de las pelotas, no hay término medio. ¿Y si se muere mi padre?, ¿y mi madre?, ¿y si se muere Zapatero? Me apetece un Brooklyn Roll del Vips.
―¿Rafa…?
Se ha muerto.
―¿Rafa…?
Bufff… ¿Por qué no se ha ido a su casa? Me encanta, jo, me encanta pero necesito dormir, ¿qué hora serán?, ¿las cuatro?, no, miró el reloj justo antes de meternos en la cama, ¿y qué hora eran…?, la una y pico, sí, ¿o las dos?, bueno, no sé, qué más da, ¡quiero dormir!, ¡quiero un Brooklyn Roll!, ¡vete a tu cama! Uy, vuelve a silbar, ¿a ver?, ya no, ah, sí, ahora sí, piiiiiiiiiiii, es como si tuviera un moquillo atascado, piiiiiiiiiii, hace así como piiiiiiiiiiii, qué sexy. Me tiraría a Ernesto Sevilla y a Luis Piedrahita, me tiraría a… Quim Gutiérrez y a… a… Raúl Arévalo, no, a ése no, bueno, sí, sí, sí, me lo tiraría, ¡ja!, ¡y a Gael García!, a ése el que más y, bueno, a Diego Luna también, a los dos, sí, ¡a los dos a la vez! Ay, qué calor, mañana quito el Nórdico y pongo la manta ya… ¿Qué hora serán? No tengo azúcar, jo, ni huevos, mañana tengo que ir. ¿A cuántas tías se habrá tirado éste?, ¿diez?, ¿veinte?, no, son muchas. Quince y conmigo dieciséis, qué feo dieciséis, no me gusta. Actimel. Que no se me olviden tampoco los Actimel, mañana tengo que ir. La veintitrés, sí, ser la veintitrés es bonito, número dulce. Veintitrés.
―¿Rafa…?
One, two, three, bat, bi, hiru, lau, bost, six, seven… ba, jiu, shí, shí yi, shí er, shí san, shí sì, quinze, seize, dix-sept, dix-huit, caca, culo, pedo, pis, qué asco de francés, ¿se habrá casado?, él no hacía ese ruidito con la nariz, no, él no… ―¿Rafa…? Jo…
Vete a tu cama…, pero si la tienes dos pisos más abajo, ¡qué calor!, ¡qué agobio!, ¡necesito dormir!, ¡vete a tu cama! Jo, jo, jooôôÔÔOO...
―¡VETE!
―¿Eh?, ¿eh?, ¿Elvi? ¿Elvi…?
No te muevas, no te muevas. Te has pasado, te va a tomar por loca, no te muevas, menudo grito le has metido, te has pasado.
―¿Elvi, duermes…?
No te muevas. Dormida, así, dormida. Te aguantas con el calor, sin el Brooklyn Roll y con el ruidito, te aguantas porque es lo que siempre has querido. Te aguantas.

lunes, marzo 28

Un beso de cuento

El beso del Hôtel de Ville por Robert Doisneau

―Cari, ¿es cosa mía o en tu salón está lloviendo?
Sabía a qué se refería, así que riéndome y sin dejar de preparar la ensalada de gulas con aguacate le dije a Gael que cerrara la claraboya.
―Es guapa tu casa, ¿eh? ―dijo cerrando el ventanal―. Tiene su punto poético lo de vivir en un minúsculo estudio abuhardillado, cari, con la lluvia y la luna dentro de tu salón, no sé, inspiración total, en plan: llueve en mi salón / llueve en mi corazón / llueve en mí / en mí sin ti.
―¡Bravo! ―grité aplaudiendo―. Eres todo un poeta… ―y riéndome volví a mi exótica ensalada.
A pesar de mi antropofobia, disfrutaba muchísimo de la compañía de Gael, a quien apenas conocía, pero que decididamente le había hecho un hueco en mis amistades. Era un tío muy inteligente y divertido, mucho de lo que muy pocos podían presumir. Lástima que no fuera hetero pero todo en esta vida no se puede pedir.
Cenamos la ensalada mientras discutíamos qué peli ver. Los dos estábamos de acuerdo en una comedia americana, el cine de culto se lo dejábamos a la gente que, aun siendo viernes, conservaban neuronas activas, no era nuestro caso, así que: ¿Meg Ryan o Jennifer Aniston? Ganó Ryan con su Women.
Recogimos la mesa. Gael fregaba los platos y yo preparaba el DVD cuando el timbre de la puerta sonó. Nos miramos sorprendidos, eran casi las doce de la noche. Después, Gael en un gesto rápido cerró el grifo y, secándose las manos con un trapo, abrió la puerta. Al escuchar su voz saludar a Gael, se me removieron los intestinos y me imaginé, por un segundo, a las gulas cobrando vida en su interior. Gael le devolvió el saludo y lo invitó a entrar para después darse la vuelta porque se moría de ganas de ver mi cara. Y sí, allí estaba yo, de cuclillas frente al reproductor, con la peli en una mano y los intestinos en la otra.
―Hola, Rafa ―dije con una forzada sonrisa poniéndome de pie.
No nos veíamos desde aquella fatídica noche en la que terminó enrollándose con la que, hasta entonces, era mi mejor pésima amiga para luego convertirse en la tía asquerosa que ojalá tenga alopecia sarnosa y le crezcan monguis en los labios vaginales: Silvi.
―Hola… ―respondió evitando mirarme a los ojos y escondiendo algo tras su espalda―. ¿Íbais a ver una peli?― añadió señalando mi mano izquierda.
―Sí ―dije.
―¡No! ―desmintió Gael con cierto histerismo―. Ella iba a verla, yo me voy porque ya llego tarde, ¡tardísimo!
Con prisa recogió su chaqueta de la cama, se plantó delante de Rafa y dándole dos sonoros besos se despidió de él, y sin que éste lo viera me hizo un gesto nervioso con la mano para que lo acompañara hasta la puerta. Una vez allí, fingió un eterno abrazo que le sirvió para susurrarme todo tipo de soeces sobre el motivo de la inesperada visita de Rafa.
Entre risas lo empujé hacia las escaleras y, mandándole un beso con la mano, le dije que lo llamaría al día siguiente.
Al darme la vuelta, vi a Rafa apoyado sobre el reposabrazos del sofá pasando las hojas de un libro que por su colorida portada supe enseguida cuál era. Nerviosa me mordisqueé el labio inferior. Rafa levantó la cabeza y, al verme allí quieta, agitó el libro al aire con una enorme sonrisa diciendo:
―Era el último que quedaba en la Casa del Libro de Gran Vía. ―Hizo una pausa y, ofreciéndome la novela, añadió―: He subido para que me lo firmes.
Tomé el libro y lo arrojé sobre la mesita para sentarme después en el sofá.
―¿No vas a firmármelo?
Respondí negando con la cabeza.
―Oye, que tu novela me importa una mierda, sólo quiero tu autógrafo para venderlo cuando seas una famosísima best seller. ―Consiguió arrancarme una carcajada, él también se rió. Al serenarnos dijo casi en un susurro―: Empezaba a echarte de menos, ¿sabes?
―Pues aquí he estado.
―Lo sé y lo siento…
No sé por qué se disculpaba, no me atreví a decir nada.
―Bueno, ¿y cómo es la vida de una escritora? ―preguntó con un cambio radical de tono.
―Pues es bonito ver cómo medio Bilbao se saca fotos con mi libro para apoyarme mientras un amargado profesor del máster me augura fracaso y utiliza mi novela para humillarme delante del resto de la clase.
Rafa se rió y me aseguró que eso era una muy buena señal porque quien se pica ajos come. Eres como mi abuela, le dije entre risas.
―De verdad que he echado mucho de menos tu risa, bufff… mogollón, tía... ―Después agachó la cabeza y se frotó con lentitud las rodillas, levantó de nuevo la vista y me sonrió.
En ese momento entendí su anterior disculpa. Le devolví una tímida sonrisa y tomé el libro de la mesita. Me levanté y del escritorio cogí un bolígrafo azul. Abrí la novela por la tercera página y escribí:
Para Rafa, con ilusión de saber que tu cuento todavía no se ha terminado…
Le devolví el libro y me senté de nuevo junto a él. Rafa tras leer la dedicatoria lo cerró frotando la portada con mimo y, sin levantar la cabeza, lo dejó a un lado del sofá. Después me miró, ven aquí, chiquitina, dijo. Me acerqué a él un poquito más. Me tomó del cuello con ambas manos, me acarició la mejilla con su nariz y, con un susurrante terminémoslo juntos, me besó.

martes, febrero 15

Sueños

Sueños Noctámbulos por Salvador Dalí

Tomo un café con Silvi. Estamos sentadas en la alfombra granate de mi casa. La veo reírse pero no la oigo. Me toco detrás de la oreja derecha buscando el audífono. No lo tengo. No lo tengo, Silvi, no te oigo. Puedo ver cómo se ríe más fuerte, se tumba y se tapa la cara con ambas manos. Me levanto preocupada y busco el audífono. Lo veo sobre la estantería de la cabecera de la cama. Voy hasta allí. Está roto. Lo sostengo con una mano y comienzo a llorar. Está roto, Silvi, no te puedo oír, no puedo. Me doy la vuelta y le muestro con la palma de la mano abierta las dos partes en que se ha convertido el pequeño aparato. No me mira. Se está besando con mi profesor de Creación Literaria sobre la alfombra granate de mi casa. Grito, quiero que se vayan, ¡FUERA! Mi profesor se levanta, lleva en la mano una libretita negra y me sonríe. Se acerca despacio. Doy un paso atrás. Él avanza uno. Retrocedo otro. Él llega hasta mí y me empuja suavemente con un dedo diciendo: Cuidado, Elvira, que te vas a caer... El suelo se abre y siento el vacío. Se me encogen las entrañas y el estómago me oprime la garganta. Rojo y azul ante mí, rojo y azul, rápido y más rápido y más rojo y más azul. Todo se para. Me pongo de pie sujetándome la tripa. Es el Days Inn, estoy delante del Days Inn Hotel de Nueva York. Me río a carcajadas. ¡Estoy en Nueva York! En la 94 con Broadway. Me aprieto el pecho, me siento feliz. Estoy libre. Corro Broadway abajo, corro, corro y corro sin cansarme, me río sin cesar. Paso la 77, 76, 75 y la 73 también y no dejo de reírme. Me llaman, me giro, estoy en la 63 y no veo a nadie, la calle está vacía. Cruzo una desértica Columbus Circle y tomo la Octava Avenida. Frente a mí hay un joven con el cartel verde de la 54th St. en una mano y con un niño pelirrojo en la otra. Lo abrazo con ansia, Etienne…, le susurro al oído, Etienne... Quiero tragarme su olor, aspirarlo hasta hacernos una sola esencia, lo aprieto contra mí, lo anhelo, lo aprieto fuertemente sintiendo su carne pero sigo anhelándolo como si lo que sostuviera fuera aire. Etienne se separa de mí, en silencio me da el cartel de la calle y se aleja. Los veo caminar cogidos de la mano. Me derrumbo contra el suelo y con los puños cerrados me atravieso el vientre que se ha convertido en un inmenso orificio. La voz de una mujer me hace levantar la cabeza. La miro extrañada. Es una azafata china y me pregunta en español si prefiero pollo o fideos. Fideos, le respondo. Me ofrece la bandeja. La coloco en mi mesita plegable. Miro por la pequeña ventanilla. Sonrío al ver el intenso color granate de las nubes. ¿A dónde vamos?, pregunto al señor de mi lado. A Dalian, me responde. ¿A Dalian?, ¿por qué? Porque vives allí, chica, me dice. No, no, no, no, yo ya no vivo en Dalian, vivo en Madrid. El hombre se carcajea y con sorna me repite que vivo en Dalian. Pensativa me toco la cabeza, me doy cuenta de que tengo el pelo corto, tan corto que me hace cosquillas al rozármelo con los dedos. ¡Rafa!, grito hacia el pasillo. Lo veo caminar con el uniforme de piloto. Qué guapo es. ¡Rafa!, vuelvo a gritar y me pongo de pie para que me vea. Me mira pero no me dice nada. Está serio. No parece él. ¡Rafa, soy yo! No me reconoce, ¿por qué no me reconoce? Me pongo nerviosa, me falta el aire, quiero salir de aquí. ¡Quiero salir!, grito. El hombre a mi lado me sujeta, es grande, me hace daño. No me deja moverme. Tengo miedo y le suplico con la mirada que me suelte, él se ríe y empieza a tararear una melodía, me suena esa melodía, sigue tarareándola, me suena, me suena, me suena…

Sobresaltada me aparto de la cara las páginas de un aburridísimo Buzzati. Y, aún tumbada en el sofá, consigo encontrar el móvil tanteando la mesita con una sola mano. Cesa la melodía al cogerlo, resoplo y digo:
―Dime, mamá…

jueves, febrero 3

Cita a cigas (Parte II)

Broken-heart-less por Ron Gamble

―Tía, ¿te imaginas que es mexicano? ―preguntó Elvira ajustándose el cinturón de seguridad. Silvi prefirió no contestar.
Era martes y se suponía que las dos amigas tenían una cita a ciegas en el Lateral de Chueca a las ocho de la tarde, pero eran casi las diez y estaban todavía metidas en un taxi atravesando Glorieta de Quevedo.
―Estoy más que convencida de que Gael va a ser mexicano y vamos a encajar. ¡Ay, ay! ―exclamó excitadísima sujetando el brazo de Silvi―: ¡¿Te imaginas, te imaginas, te imaginas que es de esos mexicanos, de los que ronronean chingo-guarradas-güey mientras te lo hacen?! ¡Tía, es mexicano! Lo presiento, ¡es me-xi-ca-no! ¡Me-xi…
―¡ELVIRA! ―gritó Silvia en un desesperante intento por hacerla callar―. ¡Es de Albacete! ¡Me lo dijo ayer Marcos, pesada! ¡Gael es de Albacete!
―¿Albacete, Albacete?
―¡Sí! ¡Albacete, Albacete!
―Bueno, ―y en un intento por recuperar su dignidad, se retiró el pelo de la cara y, mirando al frente, añadió―: de siempre los de Albacete han tenido su morbillo, ¿no?

A las 22.10 horas, las chicas subían los tres peldaños que separan el bar de la calle. Al entrar, Elvira reconoció a Marcos apoyado al fondo de la barra.
Cuando se acercaron a ellos comenzó la danza de palabrería sin sentido: Que si cuál era tu nombre. Que si soy abogado. Que si yo profesora, sí, de español. Que si Gael, pero no soy actor ni mexicano. Que si de Bilbao centro. Que si lo siento que te piso. Que si cuántas cervezas. Que si pues, venga, ponme cuatro. Y que sí, coño, ¡de Albacete!
Después de gritarla, Gael se arrepintió. Elvira no le parecía la típica tía imbécil pero es que ya era la tercera vez que se lo preguntaba. La miraba de reojo porque parecía ofendida, se había pasado, sí.
―Oye, perdona ―se disculpó Gael apartándola del grupo. Elvira sonrió e hizo un gesto negando con la cabeza, dando a entender lo poco que le había molestado. Sí, parece una tía maja, pensó después. Lo que no terminaba de encajar en ella era lo que le había comentado Marcos, así que decidió preguntárselo directamente―: ¿Tú eres lesbiana? ―Elvira sólo pudo abrir los ojos como platos porque se quedó muda. Gael añadió―: Perdona, es que verás, Marcos me dijo que eras lesbiana y que podía estar tranquilo, porque no ibas a pretender nada conmigo. ―Elvira parpadeó con nerviosismo exigiendo más explicación―. Soy gay.
―Gay… ―repitió atónita.
―Sí, mira, acabo de salir de un tormento, ¿vale? Ramón, ¿vale?, llevo dos meses en casa, ¿vale?, y Marcos me pidió este favor, ¿vale?, pero me aseguró que sólo era para acompañarle porque estaba más que convencido, cari, de que tú eras lesbiana, ¿vale?
―No soy lesbiana, ¿vale?
―A la vista está, cari, fashion-hetero total.
Elvira se había subido a unos tacones de infarto, metido en unos ceñidos pantalones negros con cinturón ancho y llevaba un blusón de escote interminable. Un poco de maquillaje, espuma y difusor para el pelo y, la verdad, es que parecía otra persona. Nada tenía que ver con el espantapájaros que Marcos conoció el domingo.

Después de las primeras cuatro cervezas llegaron las ocho siguientes. Marcos se había autoproclamado el líder del grupo. Proponía los temas de conversación y marcaba el ritmo al que había que beber. Silvia estaba en su salsa. Se reía como una boba por cualquier cosa que se dijera. Elvira, en cambio, estaba haciendo verdaderos esfuerzos por pasárselo bien. Es cierto que Gael le resultaba un tío simpático y con muchísimo sentido del humor, pero por más que intentaba analizar la situación no entendía por qué su amiga tenía tan buena suerte y ella tan mala, ¿dónde se había quedado el principio de retribución?
Cuando Marcos propuso la siguiente ronda, Elvira anunció que se iba. A Silvia no pareció importarle, de todas formas cuando su amiga se ponía de nones con esa cara de malas pulgas era mejor que se fuera o si no podría amargar al bar entero.
―Oye, tía, pues nada, encantado y a ver si se repite. ―Estaba claro que a Marcos también le importaba un comino que la chica se fuera.
―Ah, no, no, cari, si te vas tú me voy yo, ¿vale?, ¿qué coño pinto yo aquí solo con estos dos? ―Y tomando su abrigo Gael se enlazó al brazo de Elvira y, tras despedirse por décima vez unos de otros, salieron del bar.

Gael sólo tardó un par de calles en convencer a Elvira de tomarse juntos la última.
Cogieron un taxi y quince minutos más tarde estaban bebiendo un mojito, sentados en la barra de un tranquilo bar de Callao.
Elvira miraba divertida los aspavientos que hacía su recién amigo para escenificarle el momento en que Ramón decidió dejarlo.
Sin perder detalle de la historia, la chica rechupeteaba la pajita de su bebida muerta de la risa. Aquel tío estaba siendo todo un descubrimiento.
Después, tras hacer un rápido repaso sobre las extraordinarias cualidades sexuales del hombre francés y árabe, se enzarzaron en un histriónico debate sobre si los preferían circuncidados o no. Llegados a este punto Elvira sólo podía gesticular porque estaba absolutamente ahogada en su propia risa. El braisntorming que Gael estaba montando no podía ser más soez. Aun así intentó contar su experiencia con gestos.
―Vale, cari, no te entiendo, a ver, sí, tres, sí, sí, ¿tres circuncidados? ―Elvira lo negaba desternillada de la risa e intentó dibujar y situar en el aire el mapa de Estados Unidos―. Vale, sí, América, norte, norte, ¿Nueva York?, ¡sí!, vale, churros en el pelo, más churros, así ―e imitando a Elvira se formaba bucles ficticios a los dos lados de la cara― ¡Coño, judío! ¡Judio de Nueva York! ―Elvira asintió y, tras tomar un poquito de aire, se estiró los ojos― Vale, cari, judío en China, no, ¡ay!, no uno, tres, ¿pero qué coño es tres? ¡Tres judíos en China! ¡NO! ¿Japón?, ¿Tailandia?, ¿Vietnam?, ¿Singapur?, ¡Sí, Singapur! Vale, dale, cari, te pillo, te pillo, sí, tres, tres, reloj, reloj, ¿horas?, ¿minutos?, reloj, sí, dale, cari, ¡días! ¡TE TIRASTE A UN JUDIO NEOYORKINO EN SINGAPUR DURANTE TRES DÍAS!

Elvira se amarraba a la barra para no caerse, estaba en pleno ataque de risa desestabilizador. Y Gael daba saltos delante de ella con los brazos en alto celebrando la victoria. El bar entero los miraba.
―Eres mi ídolo, cari, ¡oe, oe, oe, oe!, vamos, porque ya estaba circuncidado que no llega a ser judío y se la pelabas igualmente, ¡tres días, locura pura!
―¡Pero estamos locos!, ¿qué barbaridad es esa? ―exclamó Elvira recuperando la voz―. ¡Noooooo!, lo que te quería decir es que salí en Singapur con un judío de Nueva York durante tres días.
―Ya, pero eso no tiene gracia, ¿y cuándo te lo tiraste?
―¡No me lo tiré! Pero bueno, no sé, hablábamos de circuncidados pues me acordé de mi judío y en plan anécdota, no sé, sin más, anécdota.
―¿Anécdota? Anécdota de mierda, cari, pa’eso es mejor no decir nada. Bueno, paso palabra, a ver ¿y ahora a quién te estás tirando?
―¿Ahora de ahora?
―Vale, a nadie.
―Bufff, es que no sé… ―y pensativa buscó con la lengua la pajita de su mojito, absorbió un poco e intentó explicarse mejor―: No estoy en ese momento ahora, ¿sabes?
―No, no, ni ahora ni antes, porque que te parezca fascinante la anécdota del judío…
Elvira lo miró con reproche, no la estaba entendiendo y eso le fastidiaba.
―Venga, cari, no te enfades, a ver, cuéntame.
Ésta no dijo nada, levantó la vista y con pesadumbre la volvió hacia el camarero que estaba en el otro extremo de la barra, suspiró y volvió a bajar la vista mientras se pellizcaba la mano.
―Uy, uy, uy, uy… ―exclamó Gael apartándose unos centímetros hacia atrás, como para coger perspectiva de la situación, parecía una de aquellas señoras que en la charcutería se apartan ladeando la cabeza y apretando el morro para ver mejor los productos de la nevera―. Tú estás enamorada. ―Elvira se rió―. Vale, llámalo X, cari, pero tú estás pilladísima y eso te está matando.
Elvira lo pensó unos segundos. Tenía razón en cierto modo. Ella también se estaba dando cuenta y lo que había empezado como una ilusión se estaba convirtiendo en algo silenciosamente angustioso. Tenía que admitirlo:
―Se llama Rafa, es mi vecino y llevo 5 meses enamorada de él sin poder decir ni una palabra porque se supone que somos amiguísimos.
―Putadón.
Elvira le explicó que no se lo había contado a nadie, ni a sus amigas, que se sentía ridícula diciéndolo en voz alta, que sin más, que ya se le pasaría, que tampoco era para tanto.
¡Llámalo! ¡Ni hablar! ¡Llámalo y dile que venga! ¡¿Estás loco?! ¡Cari, llámalo! ¡Es la una de la mañana! Esto es Madrid, cari, seguro que anda de cena por ahí, ¡llámalo! ¡NOOOOOOOO!

Minuto y medio después:
―Esto… esto… ¿Rafa?, sí, sí, soy yo, oye, es tarde y siento que… ah, ¿sí?... ¿En Callao?… ¿qué dices?, ¡ja, ja, ja, ja! Claro… vale, vale… sí, en el bar de al lado del Templo del Gato… ya… dos mojitos, vale, genial, adiós…, sí, sí, agur.
Al colgar, Gael se abalanzó sobre ella gritándole que era la mejor, mientras ésta daba palmitas al ritmo de su oe, oe, oe, oe. Nuevamente el bar entero los miraba.

Trece minutos después, Rafa entraba por la puerta del bar. Al verlo, Elvira se atragantó con su propia saliva porque ya estaba con ese taca-taca-taca-taca en el pecho.
Chiquitina mía, le dijo mientras la escondía en un tierno abrazo. Cómo le gustaban aquellos abrazos a Elvira, cómo se dejaba querer, cómo anhelaba que no fuera oficialmente para siempre.
La joven presentó a los chicos. Gael enseguida empezó a hacerle preguntas sobre esto y aquello. Rafa se reía, le hacía gracia su forma de expresarse. Le estaba cayendo bien, muy bien aquel tío. Elvira los miraba sentada en su taburete mientras bebía el final del mojito. Notó la mano de Rafa en su espalda, se la frotaba suavemente en círculos. Rafa era de esos chicos amables y protectores y ahí estaba con su lenguaje no verbal: estoy bien, me gusta tu amigo y me encanta que me hayas llamado. Rafa era así, siempre pendiente de que todo el mundo se sintiera a gusto.
Elvira se relajó y preguntó por otra ronda.

Ya con un cubata en la mano, Rafa le dijo a Elvira lo guapa que estaba, que no sabía qué era pero que la veía cambiada. Gael, por detrás, haciendo muecas y dibujando corazones en el aire. A Elvira le costaba no reírse.
Aprovechando que Rafa acababa de irse al baño, Gael se explayó:
―¡Me encanta! ¡Este tipo es maravilloso! ¡La perfección hecha hetero! Cari, cari, cari, hoy te lo tiras seguro, lo tienes bobo perdido, pero ¿tú le ves cómo te mira, qué te dice, cómo te toca?, ¡¡¿y esos abrazos?!! Te digo yo que a partir de hoy puedes enterrar la anécdota del judío, hay material nuevo.
Mientras se reía, Elvira sacaba su móvil del bolso, estaba sonando. Puso cara rara. Gael le preguntaba qué pasaba. No me lo puedo creer, decía ella al auricular. Gael se tapaba la boca intentando escuchar la conversación acercándose lo máximo posible. Pues cógete un taxi y vente, ¡vente ya!
Rafa llegó del baño y al ver la cara tan seria de Elvira preguntó qué pasaba.
―Nada, Silvi, mi amiga de la que te he hablado varias veces, pues resulta que estaba con un amigo en el Lateral de Chueca ―prefirió omitir lo de la cita a ciegas no fuera a creerse que eran dos frikis desesperadas―, y que le ha dejado colgada, en plan: ahora vuelvo, ahora vuelvo y el tío se ha largado.
Gael abrió los ojos como platos y empezó a sacudir la mano como si le quemara, qué fuerte, qué fuerte, murmuraba.

Entre los tres sacaron un montón de teorías sobre lo que podía haber pasado. El más conciliador, por supuesto, fue Rafa: no sé, es posible que se haya encontrado con alguien y se haya liado la manta a la cabeza. El que menos Gael: ¡sí, con su ex!
Y Silvi llegó. No pudo contar nada nuevo, sabía lo mismo que los tres. Gael se responsabilizó en llamar al día siguiente a Marcos y aclarar el asunto, mientras tanto Rafa se presentó, ya que nunca habían coincidido, y la invitó a un gin tonic. Rafa siempre pensando en todos.

La tertulia comenzó tranquila, Rafa habló de su aburrida condición de consultor en un banco y Silvi le gastó irónicamente un par de bromas sobre su profesión, después le contó que a ella le apasionaba ser abogada. Pero a eso de las 2.30 de la mañana, en el bar empezó a sonar Barbra Streisand de Duck Sauce, y con ella la hecatombe.
Gael y Elvira, absolutamente poseídos, saltaron de sus taburetes y comenzaron a bailar sin ningún tipo de acuerdo rítmico. Se cogían, se soltaban, se daban vueltas, saltaban paralelamente, levantaban los brazos, se agachaban, se cogían de nuevo, se señalaban haciendo gestos raros, quizá pretendían ser originales, pero eran gestos raros y, cuando por fin se terminó aquel infierno de canción, volvieron a sus taburetes tambaleándose entre carcajadas.
Pero algo había cambiado. Gael clavó su mirada en Elvira y ésta en la mano de Rafa que sujetaba la cadera de Silvi mientras que ella le quitaba migas imaginarias del pelo acariciándole con la nariz su sien.
Elvira se llevó la mano al esternón, Gael la seguía mirando, después tomó aire pero se le entrecortó, le pasaba cuando se ponía nerviosa, era una sensación de no poder abarcar todo el oxigeno necesario para continuar con esa inspiración, el respirar se volvía actividad consciente y era tremendamente ardua llevarla a cabo.
―Elvira, cari, ¿nos vamos? ―preguntó Gael con rapidez al tiempo que recogía los abrigos, quería largarse, veía a su amiga amoratarse por segundos, aquello la iba a matar.
―Sí… ―dijo a media voz―. ¿Rafa compartimos taxi o te has traído la moto? ―Gael al escuchar la pregunta cerró los ojos, no quería ni oír la respuesta.
―Pues, es que, no sé… ―Miró a Silvia y preguntó―: ¿Te quedas? ―Ésta asintió fingiendo timidez y luego le pasó la mano por el cuello sonriendo como sólo ella sabe hacerlo, con esa hermosura tan natural a la que nunca Elvira pudo aspirar.

Con mimo, Gael tomó de la mano a Elvira y la sacó del bar. Le enroscó la kilométrica bufanda gris al cuello, le puso el abrigo, y la besó en la mejilla y en la nariz, pero ella parecía estar ausente. Salió a la carretera y paró un taxi. Dentro, Elvira dictó en voz muy bajita su calle y después Gael la repitió en alto y, además, añadió la suya.
Ya frente a su portal, Elvira bajó del taxi besando a su amigo.
―Venga, cari, échame una sonrisa guapa de las tuyas ―le gritó el chico asomado a la ventanilla del taxi, pero Elvira ni se dio la vuelta―. ¡Ahueva, pinche chingona, ráscame una risota, güey!
Elvira se dio la vuelta cuando ya estaba abriendo el portalón y no pudo evitar decir con lánguida sorna:
―Así no hablan, lo haces fatal…
―Lo sé, cari, pero ¡es que soy de Albacete, coño! ―gritó al tiempo que el taxi arrancaba.
Elvira se rió y, cerrando la puerta tras de sí, asumió encontrarse con sus temidas soledades nuevamente.