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jueves, mayo 17

Basura


Woman fallen in the garbage bin

Elvira pegaba el segundo trago a un Ossian 2009, mientras daba vueltas, con una cuchara de palo, a la cazuela de arroz con leche que estaba preparando. Dejó la copa en la encimera y miró la botella. Sonrió. Cómo se alegraba de tener amigos tan espléndidos como Gael. Las cosas no le estaban yendo demasiado bien, pero aquel momento en la cocina lo compensaba todo.
―¡ELVIRAAAAAAAA!
El grito que ascendió por el hueco de la escalera hizo que Elvira se precipitara a abrir la puerta de la calle, y se asomara a la barandilla del descansillo.
―¿Guillermina? ―preguntó al ver a la vieja del segundo mirar hacia arriba desde su rellano.
―¡La basura, hija mía!
―Ay, coño, la basura… ―farfulló mientras entraba de nuevo en casa. Apagó la vitrocerámica, cogió las llaves, salió y, tras cerrar la puerta, bajó las escaleras de dos en dos.
―Pero, hija mía, si son casi las diez de la noche…―recriminó la anciana a Elvira, cuando ésta ya hubo llegado al segundo piso.
Guillermina Barroso tenía 83 años y era la vecina del segundo izquierda. Vivía sola y Elvira  le sacaba la basura los martes, jueves y domingos para que ella no tuviera que andar subiendo y bajando esas viejas y desniveladas escaleras.  Desde que murió su abuela, Elvira encontró en Guillermina a ese alguien a quien querer porque sí.
―Que se me ha pasado, Guillermina, que ando fatal de la cabeza…
―Pues haberme dicho y habría avisado a Felipe. Bueno, ahora bájame la basura que ando inquieta, no vaya a ser que pase el camión.
Elvira cogió la bolsa, echó un suspiro, miró a la vieja y se apoyó en la barandilla con gesto de derrota.
―Guillermina, ¿conoce esa sensación de haber dejado las ventanas abiertas de casa para ventilar, marcharse a hacer unos recados y al volver encontrarse con que está todo patas arriba? Usted sólo quería refrescar la casa y el viento se la desbarajustó por completo.
―Yo si salgo a los recados lo cierro bien todo, que nunca se sabe.
―¿Pero me entiende?
―Hay que ser más precavida, hija mía.
―Eso debe ser. Hoy visité a una amiga cuando salí de la universidad, y me ha tenido un buen rato tocando el timbre. ¿Por qué no me abrías?, le he dicho. Mujer, estaba hablando por teléfono, además ¿qué han sido, tres minutos? ¡Sí, tres minutos!, y me parece ya mucho. Porque ¿qué haces delante de una puerta durante tres minutos?, ¡nada, sólo mirarla!, ¡esperar a que alguien te abra!, ¡es un tiempo perdido! No sé, a veces me da la sensación de que llevo toda la vida esperando a que alguien me abra la puerta… ¡Pero sólo me encuentro portazos! ―Hizo una pausa. Miró a Guillermina y comenzó a hablar en un tono más relajado―. Ayer leí una crítica a mi novela que decía: “nunca imaginé que una chica de Bilbao pudiera ser tan banal”. Es decir, que si hubiera sido de Murcia podría ser banal tranquilamente, pero siendo de Bilbao, ay, no, no, no, ¡eso sí que no! Guillermina, explíquemelo, porque no lo entiendo. Y así con todo. Me doy cuenta de que la gente te va coartando estableciendo sus propias reglas. Bilbao y banal, no casan, señores, por lo tanto Elvira Rebollo es una pésima escritora. ¡Si lo llego a saber le habría pedido a mi madre que me pariera en Cuenca! ―Se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja y suspiró de nuevo―. Mi psicoanalista dice que debo tomar la responsabilidad de mi vida, y llevo año y medio intentándole explicar que lo que quiero es delegar, porque estoy agotada, agotada de que no me abran la puerta. No sé, supongo que él también pensará que soy banal, aunque no creo que ponga como excusa lo de Bilbao. Banal sin más, por las tonterías que le cuento. A veces, cuando estoy en su consulta tengo miedo de que explote, porque esto de alimentarse del dolor ajeno no puede ser bueno, ¿verdad? Lo convierte en una persona muy poco humana. En una piedra. La piedra de la paciencia. ¿Lo ha leído?, yo tres veces, se lo tengo que dejar, Guillermina, se lo tengo que dejar... Creo que es uno de mis libros favoritos, y La ciudad y los perros, y La campana de cristal, sí, también. Te deja sin aliento. Pobre Esther, pobre Sylvia… ―Dejó la bolsa de basura en el suelo y miró la puerta de la derecha―. Vaya, si Felipe sigue escuchando la tele tan alta, se va a quedar sordo. Yo prefiero la música. Antes, justo antes de bajar, preparaba arroz con leche, y escuchaba a Nina Simone. A Etienne, ya sabe, el novio francés que tuve, ya le he contado varias historias de él, pues bueno, a Etienne le encantaba Nina Simone, quizá por eso la estaba escuchando hoy. Me he dado cuenta de que desde que me dejó, me paso la vida buscando un sustituto, y luego, cuando lo encuentro, me paso la otra media pensando en cómo dejarlo. Porque me aburren. Guillermina, de verdad, ¡me aburren soberanamente! Lo siento, pero es así. Etienne tenía las tres únicas cosas que pido en un hombre: inteligencia, sentido del humor y que luego en eso, ya sabe, en el tema, vamos, en el trikitriki, sea un genio. Y Etienne lo era. Me dejó dos veces inconsciente, ¡inconsciente! ―Inspiró profundamente y se retiró todo el pelo hacia atrás―. La gente dice chorradas como que lo más importante en un hombre es que sea buena persona y que te quiera, ¡pues para eso me compro un perro! ―Chasqueó la lengua―. Aunque mira, igual ése es mi problema, porque no espero a que me quieran. Me conformo con querer sólo yo, y eso no puede ser, ¿verdad? No, no puede ser, así me va…, así me va…, llamando a puertas que nunca se abren, mientras, tonta de mí, me dejo todas las ventanas abiertas. No sé ―Pausa―. De verdad que no lo sé, Guillermina… ―Otra pausa―. Pero usted me entiende, ¿no? ¿Me entiende o no me entiende, Guillermina?
―Pues qué sé yo, hija mía, pero ¿me vas a bajar la basura o le aviso a Felipe?
 

domingo, abril 22

Linda boquita y verdes mis ojos

 A couple in the Art de Kristina Laurendi Havens

Son las tres de la mañana. Estoy tumbada boca arriba en mi cama, con las piernas flexionadas. Me acabo de poner unas bragas y una camiseta de tirantes.
Miro la oscuridad de fuera a través de la claraboya que tengo sobre mí. Me estoy acordando de Almudena. Esta mañana hemos tomado un café. La he encontrado bien. Han pasado casi tres años desde que José la dejara y desapareciera sin más. Quien lo debe llevar peor es el enano. Cumplió 5 años hace dos semanas, y está en la época en que pregunta por su padre. Me contaba Almudena cómo ayer mismo, en la hora de la cena, el crío le suplicó que fueran al parque, porque igual algún niño se había dejado a su padre y, ahora, ese padre estaría solo y perdido por el parque, y así, tanto Almudena como él lo podrían llevar a casa y quedárselo, total si estaba perdido nadie se daría cuenta. Me pregunto cuántos años llevo buscando al mío.
 Respiro, ladeo la cabeza y observo a Ernesto que está sentado a mi lado, desnudo, con un cigarro apagado en la boca.
―Cielo, necesito fumar ―dice con la vista al frente.
―No me llames cielo.
―Infierno, necesito fumar.
Me río, Ernesto siempre me hace reír. Lo conocí hace un par de meses en una fiesta multitudinaria en casa de Gael. Es actor, adicto a los ansiolíticos y cree que la belleza está en la asimetría, por eso me eligió a mí de entre todas las mujeres de aquella fiesta, piropo que me sigue costando digerir a día de hoy.
―Pues ya sabes, al ventanuco ―digo señalándole la puerta del baño.
―Es patético fumar allí, me siento un presidiario. Por mucho que odies el tabaco, debes entender que es sagrado el cigarro en la cama después de un polvo.
―¿Qué polvo?
―Touché. Me voy al ventanuco.
Se levanta, se pone los gayumbos, me besa en la cabeza y va al baño.
―¡Cierra la puerta! ―grito―. Que siempre se cuela algo de olor y no lo soporto.
―Pero si la cierro no te oigo.
―No te voy a hablar.
―Ah, entonces eres tú la que no me oyes. Pues lo que te estaba diciendo…
Me río y él me guiña un ojo.
Me cambio de lado de la cama para poder verlo. Abre la diminuta ventana junto a la ducha y se enciende el cigarro. Pega dos caladas seguidas y echa el humo por la nariz. Extiende el brazo con el cigarrillo por fuera de la ventana y me mira.
―Tienes la boca muy pequeña ―me dice sonriendo.
―¿La boca pequeña? ―pregunto sentándome en la cama―. ¿Qué coño significa eso? ¿Algo que objetar con lo sucedido hace 10 minutos?
Ernesto suelta una carcajada.
―Es un halago, tonta ―dice.
―Piropos Made in Ernesto... ―contesto resoplando.
Linda boquita y verdes mis ojos.
―Ernesto, El hombre que ríe.
Para Elvi, con amor y sordidez.
―Touché ―digo con media sonrisa.
En el bote.
Me río con ganas. Le pido con la mano que vuelva a la cama. Apaga el cigarro en el lavabo y sale con él en la mano, lo tira en la basura de la cocina y se sienta en el borde de la cama. Levanta el brazo y toca la inclinación del techo.
―La casa se hace demasiado pequeña ―dice.
―Como mi boca ―digo encaramándome a su espalda.
―Hace calor…
Le beso el cuello y luego le pido que me mire, y sus ojos me confirman que Ernesto es de esos hombres a los que besarlos no te sacia, porque sabes que nunca están contigo mientras lo haces.
―Espera, abriré una ventana ―Me levanto y abro una de las claraboyas―. ¿Notas el aire?
―Algo.
Lo veo inclinarse hacia adelante. Apoya los codos sobre sus rodillas y esconde la cabeza entre las manos.
―Cielo, me voy a marchar.
―Pensaba que dijiste que hoy te quedarías ―digo mirándolo desde atrás.
―Sí, sí, lo dije, pero veo que no voy a pegar ojo y… mañana el puto teatro y… que sigo fastidiado del estómago, ya te dije, y… no sé, como no descanse algo, mi día a va a ser una pesadilla de cojones ―Vuelve a tocar el techo abuhardillado con la mano―. Joder, qué pequeño es esto… ―Se da la vuelta y me mira―. ¿Me entiendes, cielo?
―Ya te lo he dicho, no me llames cielo.
―Está bien. Voy a vestirme.
Se viste en silencio. Lo espero apoyada en la encimera de la cocina. Se coloca su chaqueta y me agarra por la cintura.
―Elvira, sabes cómo estoy. Qué es lo que hay ―Me besa y mimosa froto mi mejilla contra la suya―. Todo es un poco absurdo y quizá sea mi culpa, no lo sé, pero creo que seguir invirtiendo tiempo en esto, no nos va a llevar a ningún lado ―Hace una pausa y me coge la cara con las dos manos―. Es frustrante, porque sé que no nos hemos conocido en un buen momento, que si no…, pero tenemos que ser realistas, y de la nada no puede surgir nada.
―El Génesis relata cómo un tío creó el mundo de la nada.
Ernesto se ríe, me retira el pelo hacia atrás y me corrige:
―No, de la nada no. Lo creó del abismo.
―Es lo mismo.
―No lo es ―Me vuelve a besar―. Me voy, cielo.
Me fijo en el intenso verde de sus ojos. ¿Cómo unos ojos tan hermosos pueden derramar una mirada tan vacía?
―Espérame ―le digo―, que me pongo unos leggins y un jersey, y te acompaño a coger el taxi.
―Pero, Elvi, si son casi las 4 de la mañana…
 ―Lo sé, pero con un poco de suerte, a estas horas, igual me encuentro a algún padre solo y perdido.

martes, abril 3

Maridaje

 Bodegón de copas de vino y tulipanes de Pilar José Fernández García

Se suponía que el sábado debía haber quedado con Alberto para tomar unas cervezas y ver la obra de teatro de mi amigo en Microteatros. Pero el miércoles por la noche me llamó para decirme que le iba a ser imposible ir. Así que el jueves por la mañana  llamé a Estética Jenni para cancelar mi depilación brasileña, y el viernes por la tarde supliqué a Gael que me sacara a tomar unas cañas. Me bebí las mías, las suyas y las de sus cuatro amigos. A las seis de la mañana del sábado, Gael me metía en un taxi con dirección a mi casa mientras me gritaba que Albertos había muchos. Mentira, sólo hay uno y se sienta  a mi izquierda en el curso de sumiller. Pensaba en ello el domingo a las siete de la tarde, tumbada en el sofá, bebiéndome la última coca-cola y examinándome las puntas del pelo, cuando el móvil sonó. Lo cogí con desgana, pocas cosas me molestan tanto como que me llamen un domingo.
―¿Seeeé…? ―pregunté al número desconocido.
―¿Elvira?
Al oír la voz de Alberto me incorporé en el sofá a toda velocidad, me peiné con una sola mano hacia atrás y me ajusté la goma de la braga. Carraspeé y contesté:
―Alberto, sí, sí. Es que me has pillado aquí, con un lío tremendo, corrigiendo exámenes como una loca ―Hombre, una mentirijilla piadosa, por cuestión de imagen.
―Vaya, trabajando hasta los domingos ―dijo, y yo me reí falsamente.
Me contó que me llamaba desde el móvil de un amigo, que el suyo casi no tenía batería. Que había ido a su casa a comer y que vivía muy cerca de la mía, así que había pensado que quizá me apetecería tomar algo. Le contesté que sí, intentando esconder mi histérico entusiasmo. Dijo que me tocaría el timbre en  quince minutos.
¡¿Quince minutos?!
Puse a todo volumen Tightrope  de Monáe, porque creo que pocas canciones me aceleran tantísimo. Empecé a correr como una loca. Al llegar al baño, me desnudé y cuando vi aquello en mi entrepierna, grité. Decididamente me había dejado las ingles asilvestradas. Busqué una cuchilla e hice lo que pude. Me duché y me embadurné en crema de vainilla. Me puse una falda, me la quité, me puse unos pantalones, me los quité, unos leggins y me los dejé, y cinco cambios de camiseta me hicieron falta para dar con la que me quedaría finalmente. Me sequé el pelo, un poco de colorete, chupa ceñida de cuero, botines negros de 8 cm. de tacón, y después de trece minutos ya estaba, con el bolsito colgado al hombro, esperando frente al telefonillo del portero automático. Sonó. Contesté y bajé pitando las escaleras. Cuando abrí la puerta del portal y lo vi en la calle, apoyado en un coche sonriéndome, me dio un vuelco el corazón. Intenté pensar en cosas desagradables para no mostrarme tan eufórica, pero fue imposible. Aquel biólogo-sumiller me tenía tonta perdida.
Entramos en un bar a la vuelta de la esquina. Pedimos dos cañas, y nos sentamos en los taburetes altos junto a la barra. Me habló de él, de su vida, de su tiempo. Bueno, del poco tiempo que le dejaban las clases en un colegio por las mañanas y las horas en el laboratorio de la Complutense por las tardes, para doctorarse en Fitoparasitología. Defendía la presencia del biólogo en los viñedos y de ahí su último capricho: la sumillería. Le pregunté si, con todo aquello, podía dormir algo. Me dijo que con cuatro horas tenía más que suficiente, pero que no le importaba, porque todo lo que hacía le apasionaba. Quise pedirle matrimonio en ese momento, pero decidí contenerme, no quería correr demasiado, ¿no? Observé sus manos, eran grandes, venosas, morenas, hermosamente masculinas, y luego lo miré a él. Quizá fue la forma en cómo lo hice, no lo sé, pero se quedó en silencio. Agachó la cabeza, dejó la cerveza en la barra con lentitud, cruzó los brazos y me miró.
―Quería hablar contigo, Elvira ―dijo―. Me siento un poco culpable ―Abrí los ojos asombrada―. Verás, creo que he dado pie a algo que no existe ―Empezó el hormigueo en mi estómago, dejé la cerveza en la barra y me lo apreté disimuladamente―. Creo que eres una tía de puta madre, se te ve, vamos, eres muy maja y tal, y quizá por eso empecé con el jugueteo en clase, porque sabía que lo ibas a encajar muy bien y nos íbamos a reír ―¿A reír…?―. Elvira, no creí en ningún momento que te lo fueras a tomar en serio, pero cuando me empezaste a mandar mensajes pues, puff, no sé, vi que algo se me había ido de las manos ―Me mordí el labio inferior por dentro y me estrujaba con fuerza las tripas―. Mira, el curso es muy largo, nos queda más de la mitad y no quiero estropear el buen rollo que hay entre nosotros.
―Claro…―dije rescatando una sonrisa―. No pasa nada, Alberto. Está bien.
―Elvira, de verdad, si estuviera en otra situación, no me importaría intentarlo, pero con el curro, el doctorado… Yo, tía, ahora mismo, no quiero líos de ningún tipo.
Los hombres no quieren líos cuando la mujer que se los propone no les gusta, cuando sí, pierden la cabeza y con los ojos cerrados. Porque los hombres son sencillos y transparentes, por eso los amo tanto. El resumen de lo que Alberto me estaba diciendo era: sé que te gusto, pero tú a mí no. Punto.
Intenté pensar en algo divertido, porque tenía la angustia amarrada a mí y casi no podía articular palabra. Recordé Singapur, ningún lugar me regaló tantos momentos divertidos. Y me vino a la mente la noche en que mi amigo Ankit y yo, después de cenar en Paya Lebar, fuimos al metro, y la calle oscura de atrás de la estación se llenó de murciélagos que revoloteaban sobre nuestras cabezas con un ruido de ratas histéricas. Yo, nerviosísima, saqué el jersey de mi bolso y grité a Ankit “¡cúbrete!, ¡que se enganchan al pelo!, ¡que se enganchan al pelo!”, “¿pero qué pelo me voy a cubrir?”, me decía él, acuclillado en la acera, muerto de la risa, viendo a una loca dar vueltas sobre sí misma con un jersey en la cabeza y sin parar de chillar.
Que se enganchan al pelo, y aquello me bastó para ofrecer una última sonrisa a Alberto y despedirme con dos besos, mientras le prometía que estaba bien y que no se preocupara. Al doblar la esquina, asumiendo la humillación, empecé a llorar.
Cuando entré en casa, me apoyé en la encimera de la cocina, me descolgué el bolso del hombro y lo arrastré conmigo hasta la despensa. La abrí y saqué una botella de Dehesa de los Canónigos, 2007. La descorché y me serví una copa. Y al llevármela a la nariz, supe que haría un perfecto maridaje con la derrota que debía tragar.

domingo, marzo 25

Sábado del consuelo


Nunca se me dio bien consolar a la gente. Si lloran, yo lloro, pero sin saber muy bien por qué. No tengo frases lapidarias. Me sirvo del “venga, va, ya verás que con el tiempo…” o “dicen que llorar es bueno…”. Soy el apéndice del reconforte.
Era sábado, las tres de la tarde. Había tenido una semana pelín complicada, así que disfrutaba en la cocina preparándome carpaccio y una ensalada de tomate con mozzarella, con un Alion 2007.
Estaba a punto de pegar el segundo sorbo a mi copa de vino, cuando sonó el móvil. Era Gael y estaba llorando. Me pidió que fuera a su casa. Dejé todo tal cual estaba, excepto la copa de vino que me la terminé de trago, y salí corriendo.
Me abrió la puerta enfundado en unos pantalones de chándal, dos tallas más grandes y una camiseta de tirantes, tres tallas más pequeña.
―Cari… ―dijo estirando los brazos buscando los míos. Era un mar de lágrimas.
Lo abracé todo lo mejor que supe, porque es cierto que tampoco se me da bien.
―¿Pero qué te pasa, loco de mi vida? ―pregunté besuqueándole el cuello.
―Ramón…
―¿Ramón?
Sí, Ramón, su ex. Se casaba. En Junio. Y lo había invitado a la boda. Porque son una pareja moderna, modernísima. Pero está claro que el corazón no entiende de moderneces. Y yo no entiendo que se hayan legalizado los matrimonios gays, porque lo que debería haber hecho el gobierno es ilegalizar los heterosexuales. ¡No al matrimonio! ¡Luchemos por la igualdad y el derecho a una soltería eterna! ¿Para qué sirven los matrimonios? Para que los que no nos casemos, suframos; y para los que se casen, sufran todavía más. Con el matrimonio se han creado eufemismos que la gente asimila con una naturalidad asombrosa: el aburrimiento se llama tranquilidad, madurez; y la falta de sexo… ¡matrimonio! Pues para aburrida y pajera, me quedo soltera.
Por supuesto, mi voz revolucionaria, la dejé aparcada y arranqué con un…:
―Dicen que llorar es bueno…
Gael me pidió que sacara dos cervezas de la nevera. Cogí un pack de 6 y nos subimos a su habitación. Gael vive en un pequeño y exquisito dúplex, en el centro de Madrid. Es interiorista y creo que la palabra crisis no está registrada en su cuenta bancaria.
Recostados en la cama sin hacer, Gael me confesó, quizá con cierta vergüenza en su tono de voz, que estaba convencido de que Ramón y él volverían. Sentí su desesperación. Todo el mundo sabe que, en el amor, la ridiculez, disfrazada de plañidera, es pura desesperanza.
―Ya verás que con el tiempo… ―dije.
Y me amarré a su brazo con cuidado de no derramar la cerveza sobre la cama, y lloramos los dos hasta quedarnos dormidos.
La música a todo volumen me sobresaltó. Me toqué la cara, estaba pegoteada, había cerveza derramada por media cama. Iba a pedir disculpas cuando, en ese momento, mi cerebro se percató de la canción que estaba sonando.
―¡Dime que no, dime que no! ―grité a Gael que estaba de pie junto a la cama, con la mano extendida, cantándome la canción:
So if by the time the bar closes, and you feel like falling down, I’ll carry you home…
Como un resorte, me arrodillé sobre la cama con las manos sobre mi pecho y:
―¡Toniiiiiiiiiiiight we are youuuuuuung, so let’s set the world on fiiiiiiiiiire, we can burn brigtheeeeer than the suuuuuuuuuuuun!
Y no pude repetir el estribillo por segunda vez, porque me había puesto a llorar como una tonta. Aquella canción, We are young de Fun, se había convertido en nuestro himno. Tras la ruptura con Rafa, Gael me la tatuó en mis oídos. Nos pasamos todo diciembre cantándola como locos. Pero es cierto que, desde antes de navidad, no la había vuelto a escuchar, porque las cosas nos iban tan bien, que parecía que no necesitábamos que nadie nos dijera cuánto podíamos brillar.
Gael se sentó en la cama y me abrazó, porque él lo sabe hacer mucho mejor que yo. La canción terminó pero yo seguía llorando. Lloré por mucho tiempo y Gael no dejó de abrazarme.
Cuando me tranquilicé, bajamos a la cocina. Serían casi las diez de la noche. Gael propuso llamar a un chino. Mientras esperábamos, mudamos la cama y vimos algo en la tele. Poco donde elegir un sábado noche, pero nos sirvió para recordarnos que había cambio de hora.
―Pero cari, atrasamos hora, ¿no?  Las tres son las dos.
―No, al revés ―contesté.
―¿Al revés? ¿A las dos son la una?
―No, a ver cuando son las tres, en realidad son las cuatro. No, a ver, calla que me has liado.
―¿Pero es cuando se alargan o se acortan los días?, o sea, yo me levanto ¿y es más de noche o más de día?
―Más de día. No, no, no, más de noche. Eso es. Es más de día por la noche.
―¿Más de día por la noche? Eso me suena rarísimo, cari. Uy, aquí hay dos que el lunes no llegan a trabajar.
Me partía de la risa y es que por más que se repitiera cada año el cambio de horario, seguíamos sin coscarnos de cómo iba el asunto. Pero por fin, el chino llegó. Cenamos. Criticamos a los hombres en general, y a Ramón en particular. Vimos una peli. Cotilleamos. Y al terminar con el segundo pack de cervezas, no se nos ocurrió mejor idea que un karaoke competitivo con Singstar.
Tuve que cruzar las piernas para no mearme encima, al ver a Gael concentradísimo intentando cantar la de Scatman Kip-Ba-Bop-Ba-dop-Bop. Pero el timbre nos cortó el rollo.
―Ostras, seguro que son mis vecinos, tía… es que cantas muy alto, joder… ―decía Gael en voz baja―. ¿Qué hora es…?
―Las cuatro ―contesté yo.
―Habla bajo…
―Las cuatro… ―repetí.
―¿Las cuatro, cuatro… o las cuatro de las tres…?
―No, las cuatro de las cinco, que va p’arriba…
Volvieron a tocar.
―¿Las cinco entonces…? Bufff, mis vecinos seguro… Abre, Elvi…
―¡¿Yo?!
―Habla bajo…
―¡¿Yo…?!
Y volvieron a tocar.
Y abrí la puerta.
Al otro lado, un treintañero con una maleta que preguntaba por Gael. Le señalé en dirección al salón. Gael asomaba la cabeza y al verlo entrar, se llevó las manos a la boca y gritó:
―¡La madre que te parió! ¿Qué hostias ha pasado?
―Adriana me ha dejado, tío, me ha dejado, pero de verdad… puta…
Gael lo abrazó, porque el tío de la maleta empezó a llorar como un niño. Después lo llevó hasta la cocina, y yo los seguí detrás arrastrando su maleta. Allí, Gael le pidió que se lo cantara todo, y el chico de la maleta habló por lo menos una hora. La cuestión debían ser cuernos por parte de él, cuando se fue a trabajar tres meses a Cork. Ella se enteró la semana pasada, porque la de Cork, que no sabía que estaba casado, llamó a su casa y Adriana cogió el teléfono. Destapado el pastel, la mujer se fue a casa de su madre hasta esa misma tarde, que volvió para pedirle al de la maleta que hiciera sus maletas (valga la redundancia), y se fuera. El de la maleta intentó convencerla, algo así, como hasta las tres, siendo en realidad las cuatro de la mañana, y al no poder, se pilló un taxi y nos tocó el timbre en medio del Scatman. Lo que pude llegar a saber de este chico, en una hora, sin ni siquiera saber, todavía, quién coño era.
―Cari, perdona ―dijo Gael viéndome apoyada en la puerta de la cocina escuchando la conversación con verdadera atención―, que no te he presentado. Es David, mi hermano.
Me acerqué hasta él y le di dos besos. Después, frotándole el brazo le dije:
―Dicen que llorar es bueno…

domingo, marzo 4

Emparrado

 Luz y emparrado de Sofía Serra

A veces ocurre que convertimos a un día de la semana en nuestro preferido. Elvira lo había hecho con el miércoles.
Sonó el despertador a las 9.30, Elvira estiró el brazo y alcanzó el móvil. 9.31, resopló y se colocó boca arriba. Lo normal era que la gente tuviera techo sobre la cama, los más atrevidos ponían un espejo, pero Elvira, en su buhardilla, tenía una enorme claraboya, por la que veía el cielo y, así, mirándolo, dudaba muchas veces de que realmente estuviera despierta.
Hacía buen tiempo. Elvira odiaba el sol, pero aquel día no le importó, porque era miércoles, su móvil se lo confirmó. Abrió la aplicación de Twitter, la acidez de los tuits de @08181 la entonaban tanto o más que el café. Y efectivamente, se rió al leerlos, pero qué jarto está el tío, pensó. Se puso el móvil en la frente, estiró los brazos sobre la cama, cerró los ojos y…
―¡Mieeeeeércolesss!
Lo dicho, entusiasmada con el día.
Se levantó, preparó café, se lo sirvió en un vaso, encendió su portátil y los altavoces, y buscó la versión que Walk off the Earth había hecho de Man Down, y ahí estaba, en bragas y camiseta, bailando al ritmo del Rum pum pum pum, Rum pum pum, Rum pum pum Man Down…
Ducha rápida, segundo café, bolso en el hombro, llaves en la mano y carrera para no perder el metro. Lo perdió, pero no importó, porque era miércoles.
―No ha habido suerte, ¿eh? ―le dijo un hombre desde el andén de enfrente, que veía como Elvira, recobrando el aliento, se reía.
―¡Casi, pero no! ―contestó ella. Pero qué simpática era la gente y qué maravilloso el mundo entero.
En el metro, la pisaron cuatro veces, y las cuatro dijo que no importaba con una vertiginosa sonrisa. En la universidad invitó a sus compañeros a café, y dijo a las chicas lo guapas que las veía hoy. En clase repitió tres veces lo contenta que estaba con la marcha del curso, piropeando el entusiasmo de cada uno de sus alumnos.
―Sois maravillosos… ―les dijo desde lo alto de la tarima, antes de que la clase se terminara. Ellos la miraron atónitos.
Recogió sus cosas y salió pitando del aula.
―¡Elvira! ―gritó Kiko, uno de sus compañeros de trabajo, desde el final del pasillo―. ¡Espérame, que te llevo en coche y nos tomamos unas cañas!
―¡No!, ¡cojo el bus, que hoy tengo curso de Sumiller!
―¡Pero si hoy es martes!
―¡Es miércoles, loco!, ¡es mieeeeeércolesss! ―Y empezó a imitar a una ola de mar con los brazos en alto.
―¡Vale, vale! Joder… está como una puta regadera…
En el autobús, Elvira sonrió al conductor cuando subió, y a las dos mujeres sentadas atrás, cuando bajó.
Entró en el bar de al lado de la escuela de cata y pidió una pulguita de jamón y un café. Cuando terminó, pagó y, todavía sentada en la barra del bar, sacó un tarrito de cristal del bolso. Lo miró mordisqueándose los labios. Era colonia de vainilla. En el curso de sumiller estaba terminantemente prohibido usar colonia, ducharse ese día con jabones olorosos, y las chicas no podían ir maquilladas. Pensó que por un poco nadie se iba a dar cuenta. Así que destapó el tarrito de cristal y se echó un par de gotas en el cuello y otro par en las muñecas. Luego inspiró y se dio cuenta de que se había pasado. Sacó un kleenex, lo untó en saliva y se lo restregó por el cuello. El camarero la miraba con asco. También se olió las muñecas, joder, joder, joder, decía, y empezó a agitarlas al aire, joder, joder, joder, seguía diciendo, que me he pasa’o, que me he pasa’o... Salió del bar, y el camarero respiró tranquilo.
Entró en la escuela apretando el culo, como si aquello pudiera camuflar el olor.
El aula parecía un laboratorio. Techo, suelo y paredes pintados en blanco. Había siete mesas altas, de unos 15 metros de largo cada una de ellas. También blancas, al igual que los taburetes. Dos pizarras y un proyector. Sobre las mesas, un vaso de agua, una copa  negra y cinco de cristal transparente, para cada estudiante. 
Elvira se sentó en su sitio de siempre, y bebió un poco de agua. En diez minutos empezó la clase. A su derecha Nuria, y a su izquierda el taburete estaba vacío. Elvira se pellizcó los labios y miró a la puerta.
―Bueno, chicos ―empezó diciendo Antonio, profesor de química del curso―, estábamos viendo la crianza en madera, ¿verdad? Bueno, pues veamos la caracterización química de la madera. Tenemos los polifenoles de bajo peso molecular, es decir, ácidos como el gálico, siríngico… ―Elvira miró de nuevo a la puerta―, también nos encontramos con los aldehídos…
La puerta se abrió, Elvira giró la cabeza y, al verlo entrar, sonrió.
―Menudo tráfico, tía…
Alberto Herrán, su taburete de la izquierda.
La clase continuó dos horas más de dura teoría sobre taninos, elagitaninos, lípidos, ácidos fenólicos y un sinfín de nombres a los que Elvira no conseguía ponerles cara. Pero al fin, llegó la explicación de las diferencias organolépticas entre los robles, y con ella la cata de vinos, que aquel día iba a consistir en diferenciar vinos de roble americano y europeo.
Se sirvió el primer vino a los casi veinte estudiantes. Y después de que Antonio pidiera silencio absoluto, dio permiso para que empezaran con la cata.
Alberto se inclinó sobre Elvira y, rozándole la oreja con su nariz, le susurró:
―¿Por qué será que sólo puedo oler a vainilla…?
―No sé… ―contestó ella con la vista al frente.
Alberto se inclinó un poco más y con lentitud aspiró el cuello de Elvira. A ella se le encogió el estómago y se le erizó el vello de los brazos.
―Eres tú… te has puesto colonia... ―dijo sin despegarse ni un milímetro de ella, por lo que Elvira no pudo evitar soltar un gemidito.
―¿Pero qué pasa ahí, chicos? ―preguntó Antonio frente a la clase.
Elvira gesticuló con la mano que nada, era incapaz de hablar. Tragó saliva y miró a Alberto que, erguido en su taburete, agitaba su copa como si tal cosa. Ella intentó concentrarse en la suya, la alzó para verla a trasluz y, cuando iba a anotar la descripción del color en su cuaderno, sintió que Alberto estaba de nuevo junto a ella.
―No saco aromas… Tu vainillita lo tapa todo…
Elvira sonrió con sorna y se llevó la copa a la nariz. Aspiró al mismo tiempo que lo hacía Alberto. Estaban tan juntos que sus cabezas se rozaban. Después se miraron.
―¿Cedro…? ―dijo ella.
―¿Eso es un lunar o una peca…? ―dijo él.
―¿Qué…?
―Aquí… ―y con el índice le rozó la sien.
―No…  no sé… no sé… ―agachó la vista a su copa y aspiró de nuevo―. Ahumados también noto…
―Es un lunar… ―y se lo acarició de nuevo.
―Será roble europeo... francés...
―Y... y aquí tienes otro...
Elvira no podía tener el estómago más metido hacia dentro, le costaba hasta respirar.
―A ver corrijamos ―planteó Antonio―. Empezamos directamente con aromas. Elvira, ¿intensidad?
―Mucha, mucha… está lleno de intensidad, hay… hay intensidad por todas partes…
La clase rió.
―Silencio ―pidió el profesor― Elvira, por favor, a estas alturas, el examen debe ser riguroso.
Elvira se disculpó, mientras se frotaba la frente con la mano, sin levantar la vista de su cuaderno.
En la segunda, tercera, cuarta y quinta cata hubo más susurros, roces, miradas y lunares descubiertos.
Después de casi cinco horas, la clase terminó. Alberto se levantó y, colocando su mano sobre la cintura de Elvira, se despidió con un cariñoso hasta el miércoles.
―Hasta el miércoles… ―contestó ella.
Ya en la cama, boca arriba, contempló el escaparate de la noche y sonrió, porque sabía que siete días pasaban volando.

domingo, mayo 29

Sorda poesía

Película: One Week de Buster Keaton


Dicen que no te quiero,
los que calibran el sentido con audímetros,
porque no oyen cuando te miro
ni miran cuando, en silencio, te lo digo.

El audífono en la mesilla
y tú, arrebujado, en mi cama.

Sordos ellos,
no yo, que te escucho con la nariz pegada a tus escamas.

Sordos ellos,
que creen en el crujir de las palabras,
no tú ni yo, que mudos hablamos.

Sordos ellos,
que dicen que no te quiero,
porque no saben qué eres tú:
mi tímpano deslenguado...

miércoles, abril 27

Domingo, dominguero

Parque dominguero por Rodolfo Stanley


Abrí la puerta todavía dormida. Al otro lado del umbral Rafa con una pletórica sonrisa.
―Chiquitina, hace un día precioso. ¡Venga, que nos vamos al Retiro!
A mí este entusiasmo un domingo a las once de la mañana como que no, no de no. No sé, pero los domingos son para desaprovecharlos. Que llegue el lunes y poder decir a tu compañera de trabajo eso de: ¿Ayer?, no hice nada, ¡qué depresión de domingo!
¡¿Pero a quién quiero engañar?!, ¡si me encanta arrastrarme por la casa como alma en pena y hundirme en el sofá hasta hacerle un agujero con mi culo! ¡Depresión dominguera, dame más, dame más!
―Venga, chiquitina, que vamos en bici.
¿En bici?, ¿ha dicho en bici? Me froté la frente con una sonrisa forzada y, después de carraspear, dije:
―Pero, Rafa, gordi, ¿para qué vamos a ir en bici si hay metro?
―¡Ja, ja, ja, ja! Qué tía, si es que… si es que… ¡te como! ―Y me abrazó hincándome los dientes en el cuello.
Bueno, esto me pasaba muy a menudo. Los hombres se enamoraban de mí por ese sentido del humor que se habían figurado que tenía, ¡pero no!, ¡que no!, ¡que yo soy así!
Rafa bajó las escaleras vociferando que en veinte minutos nos veríamos en el portal, que él ya tenía las bicis preparadas. Mientras lo veía bajar mantuve la misma sonrisa forzada de antes, pero, en cuanto cerré la puerta, me la arranqué de cuajo y grité:
―¡¡¿Y yo qué me pongo?!!
Quince minutos cagándome en mi anatomía fueron suficientes para después, en el minuto dieciséis, terminar con mis pantalones de algodón de pata de elefante y la sudadera de Marshall University, que siempre me sacaba de un aprieto.
En el portal encontré a Rafa inflando las ruedas. Levantó la cabeza, me miró, sonrió y me pidió un beso. Se lo di a regañadientes y él se rió más.
―Bueno ―comenzó diciendo mientras se ponía de pie―, ésta es para ti ―dijo y me ofreció una de las bicis. La tomé desde el manillar, la coloqué paralela a mí y comprobé que el sillín me llegaba por debajo del sobaco. Rafa se río aún más, más todavía y más si cabe. Cabrón.
Un poquito de llave inglesa y conseguimos bajar el sillín a la altura de mi segunda costilla flotante. Muerte asegurada. Me hice la señal de la cruz y salimos del portal.
Al llegar al primer semáforo en rojo, metí un gritito y con impulso salté de la bici hacia un lado.
―¡¿Qué haces, loca?!
―¿Cómo quieres que pare si tengo el suelo a metro y medio de altura?
La pareja que estaba dentro del Opel Astra se rió.
―Venga, móntate ―dijo Rafa sujetándome la bici por el manillar―, venga, corre, que enseguida se pone en verde y nos van a empezar a pitar todos.
Así que, apoyándome en sus hombros, conseguí subirme. Y allí estaba yo, con las piernas colgaderas, como si estuviera sobre una gigantesca bici estática. La situación me parecía graciosa hasta que vi a la pareja del Opel sacarme una foto con el móvil, ¡venga ya! Preferí fingir que no los había visto, demasiado humillante era la situación en sí como para sazonarla más.
No sin mucha complicación, llegamos al Retiro.
―Chiquitina, ¿nos tumbamos allí?
¿Tumbarnos?, ¿allí?, ¿sobre el verde?, verde que te quiero verde. Me bajé de la bici porque tenía que rascarme el cuello, luego detrás de la oreja y otra vez el cuello: psoriasis. Me faltaba un poquito de aire, claro, todo se lo estaban tragando los árboles, ya lo decía mi abuela, que no era bueno dormir con plantas, porque las plantas te chupan el oxígeno, sacan el monóxido y te matan. Así que con el tamaño de aquellos árboles nos quedaban segundos de vida. Me quería ir a mi casa. Casa, casa-sofá, sofá-portátil, portátil-libro, libro-café, café-VIDA. ¡Quiero vivir!
―Dame, loca, deja aquí la bici. ―Cogió mi bici y la dejó sobre la hierba, al lado de la suya. Después se tumbó y, con la mano, me hizo un gesto para que hiciera lo mismo.
Me arrodillé con lentitud junto a él, imaginándome los millones de microorganismos que habría escondidillos entre la hierba. Esas cosillas vivas, de la gama de los animales pero en desagradables. Insectos que todo el mundo dice que no hacen nada, pero yo no estaría tan segura si han sobrevivido durante miles y miles de años durmiendo junto a los árboles, inmunes al monóxido asesino. Son indestructibles. ¡Superhéroes del ecosistema! Yo, por si acaso, no los quiero cerca.
―Buah… qué gozada de día, ¿eh, Elvi?
¿Qué es lo que hago mal una y otra vez? ¿Por qué termino con tíos como éste?: consultor, amante de la naturaleza y adicto al deporte, ¿por qué? ¡Yo lo que necesito es un informático en mi vida! Un friki con camisetas del capitán Spock, que se tire pedos mientras escribe en su blog, que sea alérgico al verde y que, en sus ratos libres, le guste recorrer la casa con la papelera de la sala en la cabeza, diciendo: Yo soy tu padre. ¡Alguien que me deje tranquila los domingos!
―¿Elvi…?
―¿Queeeeé…? ―contesté con la mano tapándome la cara. Me acababa de tumbar y no soportaba el sol.
―Nada.
―¿Qué? ―insistí cabreada.
Él se incorporó, se acercó a mí, me quitó la mano de la cara y…:
―¡¡¡Que me encanta joderte el plan de los domingos!!!
Al final no fue el monóxido lo que me mató, sino la risa.
Vale, Rafa no era un friki, pero estaba igualmente loco y eso me encantaba…

sábado, febrero 12

Enamorarse como vidas tiene un gato

Dicen que sólo te enamoras una vez en la vida. Yo ya llevo siete y sólo en el día de hoy.
Me he enamorado del camarero al guiñarme el ojo nada más entrar por la puerta del bar. Me he enamorado del hombre a mi lado en el paso de cebra porque caminaba con curiosa dignidad junto a su bulldog inglés. Me he enamorado del tipo que se ha colado en el metro y al darse la vuelta me ha pedido silencio con el dedo en los labios. Me he enamorado de mi terapeuta porque hoy me ha regalado una sonrisa especialmente hermosa. Me he enamorado del joven del ascensor que ha fingido educadamente no mirarme el escote. Me he enamorado del librero cuando se ha bajado las gafas hasta la punta de la nariz para decirme que esa novela no la tenían. Y como cada día, me he vuelto a enamorar de mi vecino al aparcar su moto frente a nuestro portal.