Mostrando entradas con la etiqueta angustia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta angustia. Mostrar todas las entradas

miércoles, agosto 28

Bodas, análisis y otros males

Espanta-males de Javier Avi
Elvira lo miró buscando una solución. Gael, sin decir nada, cogió su móvil y llamó a su amiga Leticia.
Cielo, mira, te cuento: tengo aquí a mi amiga Elvi, que es pobre..., sí, sí, pobre de sin dinero. Resulta que de aquí a diciembre tiene tres bodas, y no hay cosa más horrible que invitar a un pobre a una boda, porque en vez de disfrutar del evento lo convierten en una hoja excel de contabilidad..., ¡Ja, ja, ja!, ni que lo digas, ¡terrible!, la tengo a mi vera sin parar de hacer numeritos. Pero espera, que ahora viene lo mejor, va y me dice que tiene pensado llevar el mismo modelito a tres bodas, ¡y las amigas son del mismo grupo!...., ¡Te lo juro, reina! ¡Sigo en shock!
Marica mala...
¡Te he oído!..., No, a ti no, cielo. Así que a ver si le puedes prestar algo. Tendréis la misma talla, tú más menudita, claro, a ella le pierden las palmeras de chocolate..., ¿Zapatos? Sí, creo que también, espera un segundo. Cari, ¿qué pie tienes?
El cinco.
Un 35..., ¿el 36?, perfecto, le metemos algodón y listo..., ¡Genial!, pues te llamo en unos días para que te vengas a casa y hacemos probaturas, ¡te adoro, reina!
Gael dejó el móvil sobre la mesa de la cocina y miró a Elvira esperando su agradecimiento.
Viva el marxismo —dijo ésta con el puño en alto.
Cari, ahí tienes el baño, vete a cagar un rato.
Elvira cogió una cerveza de la nevera y fue al salón donde se dejó caer en el sillón de piel de vaca. Miraba al infinito mientras se mordisqueaba el labio inferior.
Me superan las bodas... —dijo.
Gael, también con cerveza en mano, se sentó sobre la mesita de café, frente a ella. Le acarició la rodilla.
Elvi, tengo que contarte algo.
Elvira lo miró de golpe.
¡No!, ¡no me digas que te casas porque no! ¡No me invites! —Se levantó—. ¡No!, no quiero tu banquete y ¡mucho menos tu número de cuenta bancaria!, ¡no! ¡Basta ya! ¡No-a-las-bodas-capitalistas!
Elvi...
Vale, iré... pero no me cobres la entrada, porque con tres tengo más que suficiente... —Y se tumbó en el sofá dejando la cerveza en el suelo.
No, no me caso.
¿Ah, no? ¿Y entonces? —Al reincorporarse vio la cara de su amigo desencajada. Se levantó y se sentó junto a él, en la mesita de café—. ¿Qué pasa, amor?
Es Raúl.
¿Qué Raúl, vida?
Raúl Perella. El escritor. Que fuimos juntos a la presentación de su libro hará cosa de dos meses.
¿El orgánico?
¡Elvi!
Perdón.
Bueno, pues nos liamos.
Sí, claro, para eso fuimos a la presentación, ¿no?
La verdad que estamos muy bien. Bien de verdad. Es un tío genial, estoy súper a gusto con él, no sé, como que la cosa ha empezado a ir un poco en serio, un poco bastante.
Ay, me encanta, ¡pero no os caséis!
Elvi... —Poco quedaba del chico que pedía a Leticia, con energético sarcasmo, vestidos de boda para su amiga la pobre. Estaba cabizbajo y tembloroso. Elvira se juntó más a él y con un gesto de cabeza le animó a que hablara—. Me ha pedido que tengamos relaciones sin condón porque, claro, estamos limpios y claro, es mejor, y claro, él está muy seguro y claro, yo también le he dicho que sí, que estoy seguro, que estoy limpio —Pausa—. Elvira, estoy acojonado, no me he hecho nunca los análisis.
¿Qué? Tienes 33 años y ¿nunca te has hecho los análisis? Vale, no pasa nada, el VIH no sé coge así como así, si siempre has tenido sexo seguro no pasa nada. ¿Gael?
No sé, a veces... Yo... Joder, Elvira, estoy acojonado. No quiero morir. ¡No quiero morir!
No vas a morir.
Elvi, ¿qué voy a hacer?
Los análisis.
No puedo, te lo juro, no puedo, he ido varias veces y no puedo, me rajo, no puedo. Vete tú...
¡Yo ya me los he hecho unas 10 veces! Es lo primero que te hacen cuando aterrizas en un país extranjero para trabajar en una entidad pública, si no olvídate del visado. Y desde que estoy en España dos veces, una porque pedí análisis de tiroides y otra de diabetes tipo 1. Ambos médicos me aconsejaron hacerme una serología completa, no sé, debo tener cara de promiscua irresponsable.

Al día siguiente por la mañana, fueron al centro de salud del barrio de Gael.
Hola —dijo Elvira agachándose, en el puesto de Información, para que su voz saliese por el hueco de la ventanilla—. Venía para unos análisis.
Muy bien, dime el nombre de tu médico, por favor.
Sí, un momento —Elvira se dio la vuelta. A su espalda Gael con las manos apretándose los ojos mientras gimoteaba una y otra vez que no podía—. Sí puedes. Venga, el nombre de tu médico.
Aguilar Sáinz de Buruaga.
Aguilar Sanz de Luaga —dijo agachándose de nuevo.
Aguilar Sáinz de Buruaga —repitió Gael destapándose los ojos.
Sí, perdón, Aguimar Sáinz de Luaga —dijo esta vez con la cabeza casi metida en el hueco y lo repitió por si acaso—. Luaga, Sáinz de Luaga, Aguimar.
Joder... —Y Gael volvió a tapárselos.
¿Aguilar Sáinz de Buruaga? —preguntó la recepcionista.
¡Sí! —gritó Gael saltándose a la intermediaria.
Te puedo dar cita para hoy a las 4:22 de la tarde. ¿Está bien?
Elvira se dio la vuelta esperando respuesta de su amigo.
Sí...
Sí —repitió ella a la recepcionista, y le dio la tarjeta de salud de Gael.
Al salir del centro, Elvira devolvió a Gael su tarjeta sanitaria.
Hoy a las 4:22. Te espero en la puerta a y cuarto, ¿vale? Y apunta bien el nombre de tu médico: Aguilar Sáinz de Buruaga, no te vayas a volver a equivocar.

A las 5.10 de la tarde Gael y Elvira seguían sentados en la sala de espera del centro de salud.
¿Por qué tardan tanto? —preguntó Gael a su amiga que deslizaba el dedo índice por la pantalla de su móvil mientras se reía a cada rato.
Me encanta Facu Díaz.
¿Por qué...?
Porque es un genio. Tiene a todo twitter revolucionado. ¡Mira! —Y estampó el móvil en la cara de su amigo.
Elvira...
Venga, que le voy pedir que salude a todas las víctimas de la Seguridad Social, ya vas a ver qué risas.
Me troncho...
5:27, 5:32 y a las 5:46...:
¿Gael Álvarez Carrillo? —preguntó la enfermera ante la puerta del médico.
¡Aquí! —gritó Elvira como si llevara tres días perdida en el Amazonas y la acabaran de encontrar.
Se sentaron ante la mesa, y esperaron a que Aguilar Sáinz de Buruaga dejara de revisar algo en el ordenador y les prestara un poco de atención. Elvira cogió la mano de Gael y asintió cerrando los ojos. Gael se desprendió de su mano abriéndolos mucho.
Perdonad, que ando liadillo con esto —dijo el médico y, dejando a un lado el ordenador, masculló sonriendo—: Este Facu Díaz es la hostia... Bien, Gael, cuéntame.
Quería unos análisis.
¿Una analítica completa?
Sí, para lo del colesterol que lo llevo fatal y eso... —Elvira lo miró de golpe—. Y, bueno, para lo otro también.
¿Lo otro?
VIH —contestó la resabionda de la clase.
Me estoy mareando —dijo Gael sujetándose la frente.
El médico se rió y le dio un papel.
Entrégalo en recepción, allí te darán cita para hacerte los análisis. Siendo verano, imagino que mañana por la mañana tendrás hueco. En diez días estarán los resultados.
¡Diez días! —Gael colocó su cabeza entre las rodillas—. Me estoy mareando mogollón... ayuda...

Efectivamente tuvo hueco al día siguiente. A las 8:13 de la mañana, Elvira colocaba las pequeñas pegatinas rojas, que le había dado una de las enfermeras, bajo el clip de las hojas de la analítica. Luego le explicó a Gael que, según lo que le habían dicho, debía esperar en la cola. La línea de unas 7 personas se cortaba ante una puerta cerrada. Detrás, cinco mujeres, tras cinco pequeñas mesas, extraían sangre como si de una central lechera se tratara. Cuando le tocó el turno a Gael, fueron los dos quienes cruzaron la puerta.
Lo siento, sólo puede entrar uno —dijo la mujer de la primera mesa apretando la goma del brazo de su ternerita.
Por favor, es que soy muy aprensivo —dijo Gael.
Y yo —dijo Elvira.
Y si tú también eres aprensiva ¿para qué lo acompañas?
Dos aprensivos mejor que uno.
La mujer se rió y los mano a la mesa del fondo. Y los dos, como niños, corrieron al final de la sala no fuera a ser que la ganadera cambiara de idea.
Media hora más tarde Elvira se terminaba su café en el bar de al lado y Gael no dejaba de mirar el papel con la nueva cita para recoger los análisis.
Diez días... —decía—. No lo voy a soportar.
Pasan en seguida —mintió Elvira.
Y si me da positivo, ¿qué voy a hacer?
Eso no va a pasar.
¡Y si pasa! —El camarero los miró desde la barra.
¡Pues si pasa, pasa! ¡No te vas a morir! —Después, Elvira bajó el tono de voz—: Tener los anticuerpos del VIH no significa que vayas a desarrollar la enfermedad. Gael, por favor, no me hagas darte una clase de sexualidad ahora, pero creo que ser más responsable y tener un poquito más de cabeza, no te vendría mal.
Gael bajó la vista. Elvira se percató de que lloraba. Se acercó a él. Lo abrazó.
Eres una amiga de mierda, cari...

Diez días más tarde.
Eran las 4:38 de la tarde y Elvira abanicaba a Gael con un folleto sobre la diabetes gestacional, en la sala de espera del centro de salud.
¿Tengo pulso?
Elvira le tocó la muñeca.
Sí, Gael, tienes pulso.
Me mareo...
Elvira lo abanicaba con más fuerza. De reojo miró el reloj de la pared: 4:53.
Nunca jamás voy a follar con nadie, se acabó, te lo juro, nunca más... Me están entrando nauseas.
Elvira dejó de darle aire.
Gael, tranquilo, respira por la nariz, por la nariz, fuerte, mira así, ¿ves?
Una mujer se fue a sentar junto a la chica, pero en el último momento prefirió hacerlo tres sillas más allá, por si las moscas.
¿Gael Álvarez Carrillo?
¡Aquí! —Y del Amazonas volvió a resurgir.
Una vez ya ante el médico esperaron en silencio. Éste revisaba de atrás a adelante las dos hojas que contenían los resultados de la analítica completa. Aguilar Sáinz de Buruaga, por fin, pareció decidido a hablar. Chasqueó la lengua y levantó la vista con gesto raro.
Ay, madre... —suspiró Elvira.
Creo que me estoy muriendo... —Gael.
Pues como no te cuides va a ser que sí. Chico, para lo joven que eres tienes el colesterol disparado.
Y tras un grito eufórico al unísono, los dos amigos se abrazaron ante la perpleja mirada del médico.
Al salir del centro con los análisis estrujados en la mano de Gael, Elvira propuso celebrarlo por todo lo alto.
Vale, pero a mi manera, cari. —Sacó del bolsillo su móvil y tras buscar en la agenda el nombre, esperó tono—. ¿Leti?, cielo, en 30 minutos en mi casa, no olvides traer los vestidos de boda, a mi amiga le gustan como muy de princesa..., sí, nos vamos a reír...
Marica mala...
¡Te he oído!..., No, cielo, a ti no.


domingo, junio 30

Locura parental

  Castigo divino de Javier Avi

Cuando crees que las cosas no pueden ir a peor, recibes esa llamada telefónica de tu madre:
Que vamos.
Que venís, ¿a dónde? —pregunto.
A Madrid, a verte.
Y es entonces, cuando se te empieza a nublar la vista y crees que un tumor cerebral está a punto de acabar con tu vida de forma inminente, pero no, no tienes esa suerte. Dos días más tarde te ves en la estación de tren esperando la llegada de tus padres con un cartel en la frente que dice: lo intenté pero sigo viva.
Dejamos las cosas en el hotel de al lado de mi casa. Mientras mi madre mea por quinta vez, mi padre me pregunta si ya he encontrado un trabajo serio. Salimos y nos sentamos en una terracita no muy lejos de allí.
Para mí una caña doble, por favor —pido al camarero.
Mi padre quiere un crianza, un Rioja, y mi madre un zumito de piña.
No hay, señora.
Ay, madre, que no hay, Elvira, que no hay. Si es que lo cuentas y no lo creen, no hay nada que me salga bien, oye...
Bueno, mamá, no pasa nada, ¿eh? ¿Tienen de melocotón?
Sí, de melocotón sí.
Mamá, ¿de melocotón entonces?
Pues qué le vamos a hacer, si no hay de piña pues será de melocotón. He aprendido en esta vida a resignarme, hija, otra cosa no, pero vivir con lo que me ha tocado es mi sino, nadie como yo para...
De melocotón, por favor —digo al camarero que se va agitando los hombros.
Tu hermano está bien —dice mi padre.
Lo sé, hablé ayer con él.
Su mujer también está bien.
Lo sé, que te digo que hablé ayer con Gerardo.
Y ¿tú estás bien?
¡Cuantos árboles tiene Madrid! —dice mi madre desde el país de Nunca Jamás.
Sí, papá, yo estoy bien.
Si necesitas algo, no tienes más que pedirlo —dice—, porque los dos sois iguales para nosotros, nunca hemos hecho ninguna diferencia. Nunca. Siempre os hemos tratado por igual. Tu hermano es inteligente, serio, responsable y su opción fue casarse con Anke, una mujer muy válida, e irse a vivir a Alemania llevando una vida impecable y tú, tú Elvira, eres nuestra hija igualmente, nadie es menos. Nadie. Vives aquí y tienes tus cositas. Y no por eso debes sentirte inferior, porque no lo eres, por lo menos no a nuestros ojos. Sois nuestros hijos, los dos, sois nuestros hijos. Pedid y se os dará.
Amén.
... 21, 22, 23, 24, 25... —Mi madre contando las hojas de los árboles.
Llegan las bebidas y mi padre cree que es buen momento para comer, así que le pide al camarero que espere y nos pregunta qué queremos. Miro la carta plastificada que hay sobre la mesa y pido ensalada César y unas alitas de pollo picantes.
Para mí, a ver —dice mi madre pensativa—. Mire, verá acabo de venir de Bilbao, ¿sabe?, entonces ando revueltilla, porque el tren es cómodo pero son muchas horas, hasta que no hagan el AVE, que sinceramente no entiendo cómo no lo han hecho, vamos para atrás, en vez de avanzar, es una cosa...
Mamá, que qué quieres.
Pues eso estoy diciendo, hija, que te entran las prisas y te pones muy digna y ni me dejas hablar, como tu padre, de verdad, que no me dejáis respirar, ¡ni respirar! Sois tal para cual, machacándome todo el día, y dale, dale, todo el día...
Mientras lo piensa la señora, a mí me va a traer el carpaccio de buey.
Muy bien, caballero.
... todo el día, y eso que tengo paciencia, pero cojo y me largo si quiero, pero no quiero porque a ver qué haríais sin mí. En fin, ni me molesto, porque sois dos egoistas que poco os importo y yo ya no estoy para perder el tiempo. Así que si es tan amable, me va a hacer una tortillita con espárragos, por favor, para que se me asiente el estómago.
Señora, solamente servimos lo que hay en la carta.
Lo que yo te diga, vamos, que hoy no es mi día, ¿no?
No sé cómo lo hago, pero la intento convencer y, finalmente, se pide un tartar de salmón.
Cojo aire y espero a que el mundo se acabe en ese momento, pero continúa, dando vueltas y vueltas y más vueltas.
Me llamaréis loca, pero en Bilbao no hay plaza con tanto árbol.
Loca —digo. Mi madre se ríe y me cuenta que la semana pasada vio en Indautxu a mi amiga Virginia embarazada.
Sí, del segundo —le confirmo.
¡Pero si es una niña!
¡Mamá, tiene 35 años!
Ay, ella, que tiene amiguitas mayores, mayores, mayores de verdad, casadas y con hijos.
¡Mamá, tengo 35 años!
No aparentas más de 13, ¿qué quieres que te diga?, mírate.
Pero es ya toda una mujercita —añade mi padre—. Una mujer adulta, ¿verdad?, que ha decidido vivir como una niña, y ojo, es muy lícito. Hay opciones en esta vida y ella ha decidido vivir así, su hermano tomó otro camino, ¿mejor o peor?, nadie es mejor o peor. Los dos sois nuestros hijos y os queremos por igual.
Pego un enorme trago a mi cerveza. Mi madre me coge de la mano y:
Ay, pitititititititi, ¿pititipotó?, no, no, no, ¡pitititititititi! ¿Pititipotó?
¿Pero qué dices, mamá?
Tienes que decir: ¡no, no, no, pitititititititi!
Empiezo a no poder respirar. Más que seguro, ahora sí, es un cáncer de pulmón fulminante, me muero, ya no estoy aquí...
Pues aquí está lo que han pedido, señores.
Pues no, no era cáncer.
Comemos. Sigue habiendo muchos árboles en Madrid, y mi padre sigue teniendo dos hijos iguales, los dos. Regresa el camarero y pregunta si queremos postre.
¿Postre? —vuelve a preguntar mi padre como si no lo hubiéramos oído.
Yo quiero un yogur natural, por favor.
Señora, solamente servimos lo que hay en la carta.
De verdad, que no es cosa mía, ¿no? Nunca, pero nunca de los jamases, en esta vida, he tenido lo que he querido, ¡nunca!, ni cuando...
Mientras lo piensa la señora, a mí me va a traer helado de pistacho.
Muy bien, caballero.
...o que me digas que mis padres me dieron lo que que quise, pero ¿de qué?, ¿de qué?, ¿eh? Si hubiera nacido ahora, las cosas serían muy diferentes, toda la mierda me tocó de golpe y es cuando...
Y tú, hija, ¿ya sabes qué quieres? Pide lo que quieras, con absoluta libertad. Nadie aquí es menos. ¿Ya lo sabes?
Sí —respondo sin titubear. Miro al camarero—. Un revólver, por favor.
¿Con tres balas, señorita?
No, con una es más que suficiente, gracias.

viernes, septiembre 21

El proceso


El sopor del psicoanalista de Javier Avi

―Llevo viniendo dos años ―dije a Óscar, mi psicoanalista, recolocándome en el sillón―. Dos años ya…
―Sí, dos años.
―Es el proceso, ¿verdad?
―Sí, es el proceso.

Dos años atrás, estaba en Bilbao por Navidad. Había ido al ambulatorio de la Seguridad Social para hacerme unos análisis de tiroides. Había oído que el hipotiroidismo provocaba agotamiento, caída de pelo, dolor muscular, insomnio, reglas irregulares, pérdida de memoria, ansiedad, apatía, irritabilidad… Yo tenía hipotiroidismo.
―Los resultados son negativos, tu tiroides está perfecta ―me dijo la doctora ofreciéndome los análisis.
―No puede ser ―dije―. Tengo hipotiroidismo… Mis uñas, mi pelo… no duermo… ―Empecé a llorar―. Estoy agotada… estoy muy cansada… me pesan las piernas, los brazos… estoy muy, muy, muy cansada… no tengo ilusión por nada… yo...
―Tienes depresión endógena ―dijo escribiendo algo en un papel―. Te remito a psiquiatría. Es un caso claro. Te darán tratamiento con antidepresivos. En unos meses te encontrarás mejor. En el siglo XXI es absurdo sufrir por una depresión ―Levantó la cabeza y me vio con las manos pegadas al pecho y temblando―. ¡No te pongas así, mujer! Hay gente con diabetes, ¿no?, pues a ti te ha tocado la depresión.

―No tienes depresión endógena  ―dijo Óscar, una semana después, tras escuchar mi episodio en la Seguridad Social―. Cargas con material suficiente para sentirte como te sientes, y lo vamos a revisar. Llevará su tiempo, no te voy a mentir. Esto es un proceso, un largo proceso.

Entre todos me iban a marear. Decidí quedarme con Óscar y su largo proceso en vez de con los antidepresivos de la Seguridad Social. Porque los retos siempre me llamaron la atención. Una vez subida al barco, tenía ganas de tirarme cada vez que alguna de mis amigas me contaba las místicas experiencias con sus psicólogos. Marisa es maravillosa, ayer, después de la consulta me abrazó, y me dijo que no me merecía lo que me estaba pasando. Por un momento me imaginé a mi psicoanalista abrazándome y regurgité un espasmo. Elvira ¿cuándo terminas la terapia? A mí Lorenzo me ha dicho que he progresado mucho, que tengo muchísima fuerza, que sabe que es difícil, pero que lo estoy haciendo muy bien, es un verdadero encanto. A mí Óscar me dice que intente ser más puntual. Y no me digas de qué estábamos hablando pero nos dio un ataque de risa, vamos, que tuvimos que dejar la sesión, las dos como locas muertas de la risa. Yo también me reí un día en su consulta, porque estornudé y se me escapó un pedo, Óscar puso cara de voy a hacer que no lo he oído. Y es que nuestro misticismo se quedaba ahí, en un pedo. Mientras que los psicólogos de mis amigas eran los más guapos, listos, cariñosos y graciosos, el mío era el antihéroe emocional.
No, no tengo un psicólogo cool del que contar anécdotas. Es un tío pelín tarado que no va a solucionar mis problemas, ni siquiera a cargar con parte de esa angustia que mutila mis deseos. Porque, en este proceso, he aprendido que Óscar no es más que un simple corrector con la función de tabular el cuaderno de mi vida, para que yo misma pueda leerlo con claridad, y así darle ese sentido que todavía le falta.


―Es un largo proceso, ¿verdad?
―Sí ―respondió Óscar. Parecía cansado. Puso sus manos sobre el vientre y cruzó las piernas. Cerró los ojos. Me quedé mirándolo sin tener muy claro si estaba reflexionando o, simplemente, se había dormido.
  

jueves, mayo 17

Basura


Woman fallen in the garbage bin

Elvira pegaba el segundo trago a un Ossian 2009, mientras daba vueltas, con una cuchara de palo, a la cazuela de arroz con leche que estaba preparando. Dejó la copa en la encimera y miró la botella. Sonrió. Cómo se alegraba de tener amigos tan espléndidos como Gael. Las cosas no le estaban yendo demasiado bien, pero aquel momento en la cocina lo compensaba todo.
―¡ELVIRAAAAAAAA!
El grito que ascendió por el hueco de la escalera hizo que Elvira se precipitara a abrir la puerta de la calle, y se asomara a la barandilla del descansillo.
―¿Guillermina? ―preguntó al ver a la vieja del segundo mirar hacia arriba desde su rellano.
―¡La basura, hija mía!
―Ay, coño, la basura… ―farfulló mientras entraba de nuevo en casa. Apagó la vitrocerámica, cogió las llaves, salió y, tras cerrar la puerta, bajó las escaleras de dos en dos.
―Pero, hija mía, si son casi las diez de la noche…―recriminó la anciana a Elvira, cuando ésta ya hubo llegado al segundo piso.
Guillermina Barroso tenía 83 años y era la vecina del segundo izquierda. Vivía sola y Elvira  le sacaba la basura los martes, jueves y domingos para que ella no tuviera que andar subiendo y bajando esas viejas y desniveladas escaleras.  Desde que murió su abuela, Elvira encontró en Guillermina a ese alguien a quien querer porque sí.
―Que se me ha pasado, Guillermina, que ando fatal de la cabeza…
―Pues haberme dicho y habría avisado a Felipe. Bueno, ahora bájame la basura que ando inquieta, no vaya a ser que pase el camión.
Elvira cogió la bolsa, echó un suspiro, miró a la vieja y se apoyó en la barandilla con gesto de derrota.
―Guillermina, ¿conoce esa sensación de haber dejado las ventanas abiertas de casa para ventilar, marcharse a hacer unos recados y al volver encontrarse con que está todo patas arriba? Usted sólo quería refrescar la casa y el viento se la desbarajustó por completo.
―Yo si salgo a los recados lo cierro bien todo, que nunca se sabe.
―¿Pero me entiende?
―Hay que ser más precavida, hija mía.
―Eso debe ser. Hoy visité a una amiga cuando salí de la universidad, y me ha tenido un buen rato tocando el timbre. ¿Por qué no me abrías?, le he dicho. Mujer, estaba hablando por teléfono, además ¿qué han sido, tres minutos? ¡Sí, tres minutos!, y me parece ya mucho. Porque ¿qué haces delante de una puerta durante tres minutos?, ¡nada, sólo mirarla!, ¡esperar a que alguien te abra!, ¡es un tiempo perdido! No sé, a veces me da la sensación de que llevo toda la vida esperando a que alguien me abra la puerta… ¡Pero sólo me encuentro portazos! ―Hizo una pausa. Miró a Guillermina y comenzó a hablar en un tono más relajado―. Ayer leí una crítica a mi novela que decía: “nunca imaginé que una chica de Bilbao pudiera ser tan banal”. Es decir, que si hubiera sido de Murcia podría ser banal tranquilamente, pero siendo de Bilbao, ay, no, no, no, ¡eso sí que no! Guillermina, explíquemelo, porque no lo entiendo. Y así con todo. Me doy cuenta de que la gente te va coartando estableciendo sus propias reglas. Bilbao y banal, no casan, señores, por lo tanto Elvira Rebollo es una pésima escritora. ¡Si lo llego a saber le habría pedido a mi madre que me pariera en Cuenca! ―Se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja y suspiró de nuevo―. Mi psicoanalista dice que debo tomar la responsabilidad de mi vida, y llevo año y medio intentándole explicar que lo que quiero es delegar, porque estoy agotada, agotada de que no me abran la puerta. No sé, supongo que él también pensará que soy banal, aunque no creo que ponga como excusa lo de Bilbao. Banal sin más, por las tonterías que le cuento. A veces, cuando estoy en su consulta tengo miedo de que explote, porque esto de alimentarse del dolor ajeno no puede ser bueno, ¿verdad? Lo convierte en una persona muy poco humana. En una piedra. La piedra de la paciencia. ¿Lo ha leído?, yo tres veces, se lo tengo que dejar, Guillermina, se lo tengo que dejar... Creo que es uno de mis libros favoritos, y La ciudad y los perros, y La campana de cristal, sí, también. Te deja sin aliento. Pobre Esther, pobre Sylvia… ―Dejó la bolsa de basura en el suelo y miró la puerta de la derecha―. Vaya, si Felipe sigue escuchando la tele tan alta, se va a quedar sordo. Yo prefiero la música. Antes, justo antes de bajar, preparaba arroz con leche, y escuchaba a Nina Simone. A Etienne, ya sabe, el novio francés que tuve, ya le he contado varias historias de él, pues bueno, a Etienne le encantaba Nina Simone, quizá por eso la estaba escuchando hoy. Me he dado cuenta de que desde que me dejó, me paso la vida buscando un sustituto, y luego, cuando lo encuentro, me paso la otra media pensando en cómo dejarlo. Porque me aburren. Guillermina, de verdad, ¡me aburren soberanamente! Lo siento, pero es así. Etienne tenía las tres únicas cosas que pido en un hombre: inteligencia, sentido del humor y que luego en eso, ya sabe, en el tema, vamos, en el trikitriki, sea un genio. Y Etienne lo era. Me dejó dos veces inconsciente, ¡inconsciente! ―Inspiró profundamente y se retiró todo el pelo hacia atrás―. La gente dice chorradas como que lo más importante en un hombre es que sea buena persona y que te quiera, ¡pues para eso me compro un perro! ―Chasqueó la lengua―. Aunque mira, igual ése es mi problema, porque no espero a que me quieran. Me conformo con querer sólo yo, y eso no puede ser, ¿verdad? No, no puede ser, así me va…, así me va…, llamando a puertas que nunca se abren, mientras, tonta de mí, me dejo todas las ventanas abiertas. No sé ―Pausa―. De verdad que no lo sé, Guillermina… ―Otra pausa―. Pero usted me entiende, ¿no? ¿Me entiende o no me entiende, Guillermina?
―Pues qué sé yo, hija mía, pero ¿me vas a bajar la basura o le aviso a Felipe?
 

domingo, febrero 26

El viaje de Lucas

 Fishing boat at sea de Van Gogh

Lucas tenía catorce años y, como cada mañana, aquel martes salió en su barca a pescar. Era un día normal. El sol se desperezaba sobre el silencio rutinario de un mar generoso, y el cielo se quitaba su traje de luces. Todo normal. Empezaba un día más.
En alta mar, Lucas preparaba la red cuando de repente se precipitó al agua. Su cuerpo se hundía, se hundía, se hundía, hasta que tocó el fondo y allí, inmóvil, permaneció seis días y seis noches. Pero el séptimo, una familia de cangrejos lo encontró.
Papá cangrejo, apartando a su mujer y a sus cuatro hijos, se acercó hasta Lucas. Se subió por sus piernas, le recorrió el pechó y se encaramó a su mentón. Una vez allí, pidió a su familia que se apartara. Estos retrocedieron 20 centímetros, y fue entonces cuando papá cangrejo pinzó la nariz de Lucas con todas sus fuerzas.
―¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaah! ―bramó el joven, lanzando de un manotazo a papá cangrejo.
Toda la familia del animalillo crustáceo fue a socorrerlo. Lucas se arrodilló agarrándose la nariz con ambas manos, no paraba de gritar.
―¿Quién eres? ―preguntó papá cangrejo, después de haber tranquilizado a su familia.
―Soy Lucas, un pescador.
―¿Y qué haces aquí, si tu mundo es el de arriba?
―No lo sé, me caí de la barca.
―¿Cómo te caíste?
―No lo sé, no lo sé… ―contestó frotándose la cabeza intentando recordar algo―. Era un día normal y estaba en mi barca dispuesto a pescar, pero me caí.
―¿Tormenta?
―No...
―¿Te enredaste con la red?
―No...
―¿Los tiburones atacaron la barca?
―No…
―¿Y los piratas?
―¡No!
―¡¿Pues qué te pasó, muchacho?!
Lucas levantó los hombros y giró la cabeza hacia los lados repitiendo, una y otra vez, que no recordaba nada, sólo que era un día normal y se cayó.
Tras comentarlo con su familia, papá cangrejo permitió al joven pescador quedarse un tiempo con ellos, hasta que se recuperase y tuviera fuerzas para llegar a la superficie.
En el fondo del mar, los días para Lucas pasaban lentamente, apenas se podía mover con agilidad, sus pasos eran lentos y desordenados. No sabía pescar sin su red, así que siempre tenía que esperar a que papá cangrejo trajera los suministros de cada día. Y tampoco servía para defenderlos de los predadores, porque con sus torpes movimientos era imposible atacar ni a un caballito de mar. Así que, después de dos meses, sintiéndose un inútil y una tremenda carga para aquella familia de cangrejos, decidió emprender el viaje hacia la superficie. Se despidió de todos ellos y comenzó a ascender ayudado por sus pies y brazos. Remaba hacia arriba con todas sus fuerzas, pero la oscuridad del fondo del mar lo asustaba tanto que eran muchas las veces que debía parar para tranquilizarse. Como una pelota, se apretaba las rodillas sobre su pecho, y se abrazaba a sí mismo, y empezaba a contar. A veces sólo llegaba a hasta el 10, pero otras era necesario alcanzar el 330 para que el pánico se esfumara.
―¿Qué haces? ―preguntó una mantarraya que lo llevaba observando desde el número 37.
―Cuento, señora, 63, 64, 65, 66, 67, 68…
―¡Ya sé que estás contando!, ¿pero por qué?
―Para ahuyentar el miedo, señora, 74, 75, 76...
―¿El miedo?, ¿aquí? ―y la mantarraya miró a su derecha e izquierda―. ¿Miedo de qué?
―De lo que no conozco, señora, 81, 82, 83….
―Oh, bueno, en ese caso…1, 2, 3, 4, 5, 6…
―¿Qué hace? ―preguntó Lucas dejando de contar y mirando atónito a la mantarraya.
―Cuento, no le conozco, pues cuento yo también, 12, 13, 14…
―No, no, no, no, ¡no es eso!
―…22, 23, 24, 25, 26, 27…
―Vale, de acuerdo, me llamo Lucas, soy pescador y un día normal caí de mi barca. Estuve dos meses con una familia de cangrejos hasta recuperarme, y ahora llevo tres semanas intentando ascender a la superficie.
―¿Tres semanas, dices? Pues sí que cuenta usted, sí. No se preocupe, yo le enseñaré a no tener miedo.
Y durante cuatro días, la mantarraya le tuvo retenido dándole un sinfín de consejos y recomendaciones que de poco le iban a servir al no tratarse de un ser marino. Aun así, Lucas la escuchó pacientemente y al quinto día se despidió prometiendo poner todo lo aprendido en práctica. Apenas siete horas después, Lucas se acurrucó en sí mismo y empezó a contar. Estaba agotado, le dolían los pies y brazos, casi no había dormido nada en todo el trayecto y el frío empezaba a hacer mella en sus huesos. Cuando ya parecía todo perdido, un reflejo en lo alto de su cabeza le anunció que la superficie estaba ahí. Lucas se impulsó con sus piernas lo más rápido posible, y de repente la sábana de agua se abrió y el joven tomó una enorme bocanada de aire. Estaba fuera. El sol brillaba, parecía un día normal.
No muy lejos, Lucas vio una barquita, muy parecida a la suya. La llevaba un hombre.
―¡Ey, aquí! ¡Ayuda! ¡Ayuda! ―gritó al hombre de la barca. Éste se acercó al ver al joven en el agua―. ¡Gracias!, ¡gracias! Soy Lucas, pescador como tú, y un día normal me caí de mi barca, llegué hasta el fondo del mar, y han tenido que pasar casi tres meses hasta poder alcanzar la superficie. Ahora quiero llegar a tierra y volver a mi casa. ¡Ayúdeme!
―¡Claro!, no te preocupes, debes nadar hacia el oeste ―dijo el hombre señalándole la dirección.
 ―Sí, pero lléveme usted, tengo mucho frío, señor, y estoy muy cansado...
―Lo siento, ése no es mi trabajo. Debo pescar y regresar antes de la noche con mi familia.
―¡Pero ayúdeme!
―¡Te estoy ayudando!, escúchame: dirección oeste. Por el día, el sol te guiará y, por la noche, lo hará la luz del faro.
―¡No me deje aquí, se lo suplico! ¡Ayúdeme! ―gritó Lucas encaramándose a la barca.
―¡Maldito, chaval! ―y de un empujón lo mandó al agua de nuevo―. Te estoy ayudando, dirección oeste, el sol y luego el faro. ¡Te estoy ayudando, joder! ¡Pero no puedo hacerlo por ti! ―y arrancó el motor de su barca y empezó a alejarse.
―No me deje, tengo mucho frío… estoy cansado, agotado… ayúdeme…
―¡Oeste, oeste, oeste! ―gritaba el pescador alejándose con su barca―. ¡Y cuídate de las gaviotas, tienen comportamientos muy complejos! ¡Vamos, chaval, nada!, ¡nada!
Lucas había creído que al llegar a la superficie su pesadilla habría terminado, pero se acababa de dar cuenta de que no había hecho más que empezar.
Cerró los ojos y deseó hundirse de nuevo, caer al fondo del mar para jamás volver a subir. Quizá fueron sus inmensas ganas de acabar con el intento o, simplemente, mala suerte, pero en ese momento se desató una terrible tormenta. El mar enfurecido escupía olas cada vez más grandes. El viento levantaba muros de agua, y el cielo se tornó negro. Lucas se agitaba y arremolinaba como un pez en un desagüe. Y contaba, 235, 236, 237, y seguía contando 789, 790, 791, 792, y contando 1.145, 1.146, 1.147, 1.148… Llegó hasta el 13.989.
Abrió los ojos ante un plácido y adormilado mar. Respiró hondo, miró al sol y siguió la dirección que estaba recorriendo hacia su atardecer. Lo intentó por un tiempo a crol, pero se cansaba tanto, tantísimo que cambió su estilo a braza. Con desesperanza recorría los absurdos metros en aquel inmenso mar.
―Si pretendes llegar a la orilla, así nunca lo conseguirás.
Lucas levantó la vista y vio a una gaviota volando, en círculos, sobre su cabeza.
―Un pescador me aconsejó ir hacia el oeste ―contestó el joven al pájaro.
―¿El pescador que te arrojó al mar cuando le suplicaste ayuda?, ¿el que apenas sintió la tormenta metido en su barca?, ¿hablas de ese pescador? ―la gaviota chasqueó el pico―. Chico, hazme caso, el mar está repleto de pescadores como él. Se prestan generosos, pero sólo piensan en sí mismos y lo que pretenden es alejar a la competencia, como tú, para quedarse con todos los peces. Pero si confías en mí, te llevaré a tierra mucho antes.
―Oh, ¿de verdad?
―Claro, chico ―contestó la gaviota posándose sobre la cabeza de Lucas―. Y ahora, te digo que vayamos para el norte.
―¿Seguro?, pero el pescador…
―¿Qué te he dicho del pescador? ―y arremetió a darle un picotazo en toda la coronilla―. Vamos, ¡hacia el norte!
Y fueron hacia el norte. Y llegó la noche y el día, y la noche de nuevo, y el día después, y allí no había tierra. Y Lucas agotado pidió parar y reflexionar, porque el camino no parecía ser aquél.
―¿Estás desconfiando de mí? ―preguntó ofendida la gaviota―. ¿No te has parado a pensar en que quizá es culpa tuya, porque casi no sabes nadar? ¡Eres lentísimo! ¡La tortuga más vieja del mundo podría ganarte con los ojos cerrados! ¡Inútil!
―Pero… llevamos casi una semana yendo hacia el norte y sólo veo agua y más agua.
―Estúpido, claro que ves sólo agua porque esto es un océano, ¿sí?, o-cé-a-no. Toc-toc-toc ―dijo picoteándole la cabeza―, ¿hay alguien ahí?
Lucas se sumergió en el agua para zafarse del pájaro y, en el silencio de las profundidades, decidió echar mano de al menos uno de los consejos de la señora mantarraya: “Huye de todo lo que tenga plumas y vuele”.
Ya en la superficie, Lucas le dijo al pájaro que tomaría el oeste como dirección a seguir y que preferiría hacerlo solo.
―¡Bravo!, otro egoísta que inunda nuestras aguas. Muy bien, ¡vete, desagradecido!, pero volverás a buscarme antes de lo que piensas, porque eres débil, ¡muy débil!, lo supe la vez que apenas te rocé la nuca con mi pico, y caíste de tu barca, ¡por un simple roce!
―¡¿Fuiste tú?!
El pájaro revoloteó sobre su cabeza riéndose a carcajadas. Cuando se marchó, Lucas se tumbó boca arriba en el agua y miró al sol. En esa misma posición comenzó a remar lentamente con sus manos, era cómodo, es cierto que no era la manera más rápida, pero no se cansaba y en esa postura el vaivén de las olas le divertía. Tanto era así que llegaba a soltar hasta alguna risotada. El mar estaba tranquilo y él, por fin, también.
Llegó la noche y a Lucas le entró el miedo y quiso empezar a contar, pero antes de hacerlo, miró a su alrededor y encontró, entre la espesa negrura, un puntito de brillantina allá a lo lejos.
―El faro… es el faro… ¡Encontré el faro! ¡El faro del pescador!
El joven tomó su postura boca arriba y comenzó a remar con brazos y piernas, mientras tatareaba un sinfín de canciones. Casi de mañana, la cabeza de Lucas se encalló en la orilla del mar.
―¡Tierra! ―gritó. Se puso de pie y salió corriendo del agua para abrazar la arena―. Tierra firme…
Y aunque todavía le quedaba un largo camino hasta llegar a casa, sabía que aquél volvía a ser un día normal, un día más.


Nota: Este relato se lo quiero dedicar a todas las personas que han pasado o están pasando por un momento complicado y sombrío en sus vidas, porque es verdad que el camino es largo, pero no es duro, simplemente hay que coger una buena y cómoda postura para seguir nadando.