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martes, septiembre 24

Toc-toc-toc


Obra de teatro: La clase muerta de Tadeusz Kantor

—Profa, ¿entonces para la próxima semana capítulo 1 y 2?
Estaba recogiendo tranquilamente mis cosas sobre el atril de clase, pero como un resorte levanté la cabeza y miré con seriedad a mi alumno.
 —Profesora o profesora Elvira.
El estudiante se enderezó en su asiento.
—Sí, profesora, pensé que al venir de España…
—El día que a la profesora Ding, a la profesora Zhou y a la profesora Ni, las llames “profas”, podrás llamármelo a mí, pero hasta entonces no, ¿está claro?
—Sí, profesora.
—Y sí, para la próxima semana analizaremos los dos primeros capítulos. Para cualquier duda estoy disponible 24 horas en mi Wechat y los martes y miércoles me podéis encontrar en el despacho de la séptima planta.
Era el primer día y claro que me supo mal, dejé a toda la clase en silencio. No eran muchos, 7 chicos de postgrado que habían cogido mi optativa de Generación del 98, y que ahora estaban completamente arrepentidos. Me lamenté, no siempre había sido así, la edad supongo, no lo sé.
Todos comenzaron a levantarse y a salir de la clase.
—Ya sabes que puedes ponerte en contacto conmigo si tienes dificultad con las lecturas, Unamuno no es fácil —dije al de “profa” antes de que saliera por la puerta.
—Sí, lo sé, profesora, gracias, sí, porque Unamuno es un poco… farragoso —dijo, parecía contento de que no le hubiera dejado marchar, se apoyó en una mesa de la primera fila.
—Sí, podríamos decir que Unamuno es farragoso. —Sonreí, yo también me alegré de que me diera otra oportunidad.
—Voy a escribirle todas mis dudas por Wechat.
—Me parece muy bien, suelo ser rápida contestando.
—Sí… ¿pero no cree que 24 horas son muchas para estar conectada?
Me reí, él también al verme a mí.
—Bueno, es lo que pasa cuando tienes problemas de sueño y cuando tu vida social brilla por su ausencia.
—Sí, comprendo, no tiene que ser fácil vivir sola en China. —Y dio con la mano unos golpecitos en la mesa: toc-toc-toc… Un impulso rápido hizo llevarme la mano al pecho.
Toc-toc-toc.
—¿Comprobando la calidad de la mesa? —pregunté riéndome.
Yo tenía 22 años y era el primer curso que daba como profesora en una universidad de Bilbao. Él tenía 24, era estudiante alemán, también de postgrado. Me miró, no dijo nada y volvió a golpear con sus nudillos en la mesa, esta vez un poco más fuerte:
Toc-toc-toc.
—Lo hacemos en Alemania cuando nos ha gustado la clase —dijo finalmente, con la férrea seriedad que lo había caracterizado durante esas 5 primera semanas de curso.
—Bueno, gracias, me alegro —dije sonriendo, porque nunca perdía mi sonrisa, nunca lo hacía entonces.
El chico recogió sus cosas y se marchó sin añadir nada más. Recoger las mías me llevó un poco más de tiempo, cuando ya me colgué el bolso al hombro y me di la vuelta para salir, lo vi plantado en la puerta de clase.
—¿Olvidaste algo?
—¿Puedo invitar a mi profesora a un café?
Con la mano todavía en el pecho vi que mi estudiante chino estaba hablando, lo veía mover los labios pero yo todavía estaba regresando poco a poco de Bilbao, cruzar aquellos 20 años me había sacudido violentamente por dentro.
—… o a casa?
—Perdona, ¿qué?
—Le pregunto, profesora, que qué va a hacer ahora ¿ir a comer o ir a casa?
—No… no, ahora voy a tomar un café…
Mi alumno se despidió y salió de clase, yo tras recoger con torpeza mis cosas, también lo hice. Al entrar en el ascensor, saludé a los de dentro con la cabeza y me coloqué contra la pared del fondo, acaricié la superficie con la mano derecha, no siempre había sido así, pensé de nuevo, cerré los ojos y preparé mis nudillos…
Toc-toc-toc.

domingo, febrero 17

Despertares


Despertares de Javier Avi

A las 4 de la mañana eché a Joan de la cama. Quería dormir en diagonal. Siempre había dormido en diagonal y en ese momento me apetecía volverlo a hacer.
―No quepo ―dije.
―Mides un metro y medio… cabes perfectamente... ―contestó somnoliento, acariciándome la espalda como si fuera un bebé al que hubiera que tranquilizar a media noche.
―No, no quepo ―repetí.
Joan, resoplando cogió su almohada, se levantó y arrastrándose lo oí llegar al salón donde cayó peso muerto en el sofá. Yo, recuperando mi terreno, me expandí cual pulpo desperezándose. Al de unos minutos se subió Tomás, nuestro gato, a la cama y comenzó a hacerse un hueco apretándose junto a mi cadera.
―Tú, bicho, fuera, hoy la cama es solo mía.
El gato saltó al suelo no sin antes regalarme un zarpazo de los suyos.
Volví a abrir los ojos exactamente a las 8:47, según mi móvil. Me di la vuelta, miré al techo y me pregunté por qué seguía viva.
―¡¿Por qué?! ―grité y me incorporé en la cama suspirando.
―¿Por qué qué? ―preguntó Joan asomando la cabeza por la puerta de la habitación. Tenía un vaso de café en la mano y a Tomás en el hombro.
―¿Por qué no me he muerto ya…?
―Buenos días, mi dulce Fiona.
―¿Fiona? ¿Lo dices porque soy un ogro?
―No, amor, lo digo porque siempre te despiertas con ese tono verde de piel que tanto me enamora.
Me dio tal ataque de risa que caí de nuevo en la cama panza a arriba. Joan dejó el café en la mesilla y se unió a mis risas. Nos tiramos en la cama casi 20 minutos más intentando parar de reír pero era mirarnos y empezar de nuevo. Tomás nos observaba desde la mesilla, custodiando el café, y pensando que de entre todos los humanos había ido a caer a la casa de los más idiotas.
Ya en la cocina y después de haber desayunado, Joan dijo que se duchaba primero. Era domingo y queríamos aprovechar las primeras horas de la mañana para trastear tranquilamente por el barrio. Pero antes de entrar al baño, me abrazó.
―Te voy a echar de menos ―me dijo.
―¿Cuando me muera?
―Sí, cuando te mueras ―y se rio apretándome mucho más fuerte.
Lo cierto es que llevaba muerta mucho tiempo y por eso me marchaba.

Hacía seis meses me llegó la oferta de una universidad en el extranjero en la que valoraban principalmente mi especialidad en textos teatrales, y me propusieron un proyecto difícil de rechazar.
―Pero ¿a China? ―preguntó Joan un tanto incrédulo cuando le conté la llamada que acababa de recibir aquella tarde.
―Sí, a China.
―¿Eso te hace feliz?
―Mucho… ―y comencé a llorar porque no entendía cómo el ser tan feliz podía doler tanto.

Empezar una nueva vida sola a mis casi 42 años no era lo que había planeado. Tampoco marcharme cargando con una enfermedad crónica y degenerativa. Tampoco dejar al amor de mi vida junto a un gato vengativo. De hecho, creo que no había planeado nada porque nunca pensé que llegaría a los 42 años, siempre me había imaginado metiendo la cabeza en un horno mucho antes. Pero quién habría adivinado que el amor me ataría a esta vida, un amor al que ahora abandono para seguir estando viva.
Y allí, en la cocina, a una semana de irme, Joan me tenía sujeta por un poco más de tiempo.

martes, febrero 12

El mal de Cósimo


Ilustración: 'Café literario' por Javier Avi

―Antes de empezar, para que no perdáis el tiempo, me acabo de leer el audiolibro de El rey recibe de Mendoza y me ha decepcionado bastante.
―José, por el amor de dios, los audiolibros no se leen, se escuchan. Se escuchan, José.
―No sé, Marga, el concepto es el mismo.
―No puede ser el mismo, hijo de mis amores, cuando no se realiza el ejercicio de leer. Leer es leer y escuchar es escuchar. Es muy simple, lo dice la RAE.
Rebobinemos. A las 18:10 de la tarde del domingo pasado, los 5 miembros del club de lectura ‘El mal de Cósimo’ se sentaron en la mesa del fondo de una moderna cafetería en el centro de Malasaña. Pidieron tres cafés y dos tés y Elvira, además, quiso probar la tarta de zanahoria que terminaría compartiendo con Ángela, como siempre. Tras 20 minutos diciendo lo ocupadísimos que estaban todos con sus respectivas vidas, y lo mucho que se habían echado de menos, comenzó la tertulia literaria, no sin antes lanzar algunas recomendaciones:
―Antes de empezar, para que no perdáis el tiempo, me acabo de leer el audiolibro de El rey recibe de Mendoza y me ha decepcionado bastante.
―José, por el amor de dios, los audiolibros no se leen, se escuchan. Se escuchan, José.
―No sé, Marga, el concepto es el mismo.
―No puede ser el mismo, hijo de mis amores, cuando no se realiza el ejercicio de leer. Leer es leer y escuchar es escuchar. Es muy simple, lo dice la RAE.
 Él, José. 34 años. Dependiente de una librería madrileña, en la que los visten a todos con chalecos verdes. Licenciado en Historia del Arte y terminando su tesis doctoral: “Traslación de la pintura a la literatura en la Europa de los siglos XII al XIV”. Ella, Marga. 38 años. En paro. Graduada en Magisterio. Obtuvo un 9,5 en su TFG, lo dice siempre que puede.
―Hombre, creo que Marga tiene razón, leer, lo que se dice leer no es.
Él, Luis María. 43 años. Dependiente de una librería madrileña, en la que los visten a todos con chalecos naranjas. Licenciado en Filología Inglesa. Dejó su tesis doctoral al comprobar que le pagaban casi el doble como dependiente que como profesor asociado en la Universidad Autónoma
―Ay, que me ahogo. ¡Agua!
Ella, Elvira. 41 años. Experta en atragantarse. Las multitareas nunca fueron lo suyo. Licenciada en Filología Hispánica. Su especialidad en textos teatrales le han llevado a practicar ante el espejo, desde hace años, su discurso para cuando gane el Premio Pulitzer por escribir la mejor Obra de Teatro. “Gracias”, dirá y lanzará un beso al aire, acompañado de un sobreactuado llanto. “Gracias, gracias, gracias”.
―Gracias.
―De nada, pero bebe despacio no te vaya volver a pasar.
Ella, Ángela. 44 años. Su tesis doctoral sobre la novela breve del Siglo de Oro le hizo un hueco como profesora asociada en la Universidad Complutense. No se casó ni quiso tener hijos para disfrutar de su libertad e independencia. Ahora con los 700€ brutos que gana al mes, vive compartiendo piso con 3 desconocidos.
―A ver, Luis María, no me vengas tú con esas, mi querido filólogo. Todos sabemos que la tradición oral fue vital en la conservación de la literatura antes del siglo XV, pero ahora los audiolibros están mal vistos ―explicó José algo exaltado. Después tomó aire e hizo amago de llevarse su taza de café a la boca, pero justo en el momento en el que sus labios la iban a tocar, la apartó y la volvió a dejar sobre la mesa con un provocativo choque de platillos―. Y una cosa más te voy a decir, a mí esta condescendencia no me mola un pelo.
―¿Yo condescendiente?
―No, tú no, Luismari, creo que el muchachito se está refiriéndose a mí ―aclaró Marga―. Aunque mi TFG fuera sobre el tema y sacara un 9,5, parece ser que algunos piensan que poco puedo aportar y no saben debatir sin insultar; pandilleros los llaman en mi casa.
Ángela le dio un disimulado codazo a Elvira. Elvira la miró. Ángela levantó las cejas, Elvira también. Ángela negó disimuladamente con la cabeza, Elvira también y quiso añadir el torcer la boca. Ángela la torció un poco también, cerró dos veces los ojos y se pasó la lengua lentamente por dentro del mentón. Elvira ya no supo qué hacer porque llevaba un buen rato perdida. Como decíamos antes, lo suyo no eran las multitareas y todavía estaba intentando tragar el trozo de tarta de zanahoria que con el agua se le había hecho bola. Ángela al ver que Elvira dejaba de interactuar puso los ojos en blanco y le espetó:
―¡Pero quieres tragar de una puñetera vez!
De inmediato Elvira se llevó las manos a la boca para intentar evitarlo pero no pudo, explotó en una enorme carcajada y esparció por toda la mesa, a modo de misiles, una desagradable masa pastosa.
―¡Será marrana la tía! ―gritó Ángela sin poder contener la risa. No entendía cómo su amiga podía ser tan fina hablando de Unamuno y su trágico sentido vital, y luego tener unas maneras alimenticias tan discutibles. Sea como fuera siempre terminaban tronchadas de la risa.
―Chicas, siempre estáis igual ―dijo Marga mientras cogía una servilleta para limpiar su parte de la mesa―. Y os recuerdo que no nos reunimos una vez al mes para el jijí jajá. Porque si es así, ya no contéis más conmigo, que una tiene muchísimas cosas que hacer.
Repetimos. Ella, Marga. 38 años. En paro.
―Tienes razón, lo siento ―dijo con cinismo Elvira tramando, acto seguido, la manera de torturarla―. Bueno y cambiando de tema, ayer terminé la novela de Luna de Miguel, qué buena, esta chica es portentosa. ―Mintió. Ni se la había leído ni se la iba a leer, no por nada sino por falta de tiempo en esta vida, había que elegir. Sin embargo sabía que, diciendo lo dicho, acababa de soltar la granada sobre la mesa.
―¡La mamarracha esa no escribe una mierda!
¡Boom!, explotó y por supuesto fue Marga quién tiró de la anilla. Era tan simple como eso. Y continuó:
―¿Qué puede contar una veinteañera que  se pasa el día sacándose selfies con cara de susto?
Todos rieron aquella ocurrencia. No le faltaba razón.
Y después de discutir media hora más sobre lo que es literatura y lo que no y sobre la mercantilización instagramera a la que estaban sometidas la gran mayoría de editoriales de este país, comenzó la charla sobre el tema que los había reunido: si la obra de Gorki fue o no el germen de la llamada literatura soviética. José decía que sí, sí y sí aun habiendo leído tan solo un par de libros suyos. Ángela que no, no, y no, acusando directamente a Stalin de estrategia propagandística, conocía la obra completa. Marga que eso nunca se podría saber, no se había leído nada de Gorki. Luis María que Marga tenía razón, decía que quizá había leído algo suyo, hace años, pero que ya no se acordaba. Y Elvira, tras haberse atragantado dos veces más mientras los escuchaba, les aseguró que el teatro de Gorki parecía estar escrito por un ser sobrenatural.
―Ese no es el tema, Elvi ―apuntilló José.
―El teatro siempre es el tema ―respondió ella, y miró a Ángela para compartir el triunfo de aquel zasca. Su amiga solo pudo abrazarla muerta de la risa mientras la llamaba tonta del culo.
Una hora después pidieron la cuenta. Durante 15 minutos hubo bailes de números, y tráfico de billetes que iban y venían con monedas sobre la mesa que parecía que nadie quería coger como cambio. Algo no encajaba, faltaban 3 euros. Vuelta a empezar. Que si tú qué has tomado y qué has puesto, que si yo como le pongo a ella me cojo esto, pero si le pones por qué te coges, que cada uno ponga lo suyo. Faltan 2 euros. Vuelta a empezar.
―¡Pero, chicos, no puede ser tan complicado! ―gritó Marga harta de estar rodeada de aquellos animales―. Ángela, por favor, pásame la cuenta que quiero ver lo que dice.
―¡Uy, uy, uy, uy, uy, uy! ―exclamó José poniéndose de pie. Levantó el brazo y fingió tocar una campana estrepitosamente―. ¡Prrrrrrrrrrr! ¡Campana y se acabó! Si Marga de la cuenta ver lo que dice quiere / del audiolibro, José,  leer sugiere.
Todos aplaudieron muertos de la risa.
―¡Bravo! ―gritó Elvira, y es que al final no le faltaba razón: el teatro siempre es el tema, por suerte.
  

domingo, septiembre 28

Visita nocturna

Lectura de noche de Javier Avi

―¡Pero si no hay más café!
―¿Qué? ―pregunté levantando la cabeza del libro.
―Café, que no me has dejado ni una gota. Por cierto, ¿desde cuándo tienes esta mierda? ―preguntó esta vez dando golpecitos con su dedo índice a la máquina de café eléctrica.
―Pero, mamá, ¿qué haces aquí?
―Pues te lo estoy diciendo, mira que eres pesada, intentar tomarme un café, hija, no es tan difícil, ¡un café! Pero una cosa te voy a decir, donde esté el hecho en la italiana que se quite el de estas máquinas de porquería, que lo único que sacan es agua manchada. ¿Cuántos te tienes que tomar para espabilarte? ¡Una docena lo menos!
Me levanté de la mesa, saqué uno de los taburetes de debajo y lo coloqué frente a los armarios. Me subí a él y abrí el armarito más alto de la cocina. Todavía, teniéndome que poner de puntillas, alcancé la cafetera italiana.
―Aquí está ―dije.
―Bien, pero ten cuidado al bajar, no te vaya a pasar como a tu tía Angelines.
―¿Qué le pasó? ―pregunté dando un saltito al suelo.
―Que se dislocó el hombro.
―¿Se cayó de una silla?
―¿Eh? No, no. Siendo crías. Fuimos al río, quiso saltar desde el murillo, y saltó, vaya que si saltó pero el río no cubría mucho, y mira que nos lo advirtió tu abuelo: que lleva semana y media sin llover, pichines, cuidado. Pero nada, tu tía Angelines, que basta que le digas que saque el cascanueces para que se coma un melón.
―¿Cómo?
―¡Tu tía Angelines, que se rompió los dos tobillos!
―¿Pero no fue el hombro?
―No, no, eso fue otro día. ¡Tú no me escuchas!
―¡Pero mamá!
―¡Ni mamá, ni mamó! ¡Cuarenta veces te tengo que explicar las cosas, como a tu padre! ―Hubo un silencio incómodo y luego preguntó―: ¿Cómo está?
―¿Quién?
―Tu padre, ¿quién va a ser?
―La tía Angelines, por ejemplo. ―Me reí al ver su cara de poca paciencia―. Pues no sé, mamá, sé que sigue vivo y poco más.
―Hija… qué poca sangre tienes…
Llené la cafetera de agua y de café y la dejé sobre la vitro encendida. Me di la vuelta y vi a mi madre fisgoneándome los libros sobre la mesa.
―¿Estudiabas? ―preguntó.
―Sí, mirando alguna cosilla. Estoy escribiendo un artículo.
―¿Sobre?
―La locura y suicidio en la obra de Artaud.
―Vaya, siempre tan alegre, hija, siempre tan alegre.
―¿Cómo debería estar?
―¿Le has echado una pizquita de sal al café?
―No…
―Le da mucho sabor. Con una pizquita nada más, solo una pizquita, ¿eh? ―E hizo un gesto con los dedos como si echara esa sal al aire.
―Pues no, no se la he echado.
―A mí el que me gustaba era Jardiel Poncela. Y oye, también habla del suicidio pero de qué manera, te partes con sus obras, te partes. ¡Escribe sobre él!
―Ya…
La cafetera pitó y la retiré de la vitro.
―Tiene una muy buena, sobre la inmortalidad, ¿cómo se llama? Esa en la que toman una pócima y ya no se mueren, qué buena es esa, qué buena y qué divertida, mejor que el Artaud que estaba trastornado perdido. Un tarado. ―Silencio―. Elvira, ya sé que tienes ese carácter tan, no sé cómo, pero ya me entiendes... Habla con él.
―¿Una o dos de azúcar?
―Es tu padre.
―Que si una o dos de azúcar, mamá.
―Pues si tienes sacarina, sacarina. Ahora ya es una bobada, pero me acostumbré a ella. Venga, ¿te has enfadado?
―No me he enfadado, mamá.
―¡Ya, pero te quedas con esa cara que no sé! Hija, yo sólo quiero que no te sientas sola… ¿Sabes la obra de la que te hablo?
Cuatro corazones con freno y marcha atrás.
―¡Esa! ¡Esa es la que te digo! Sí, esa es… ¿Me entiendes?
―¿Y tú a mí, mamá? Déjame echarte de menos a mi manera. No me digas lo que tengo que hacer, no me lo pidas, por favor.
―Yo no te pido nada, sólo que estés bien, que no te sientas sola.
―No lo estoy ―le dije ofreciéndole el café ya preparado―, tengo a Joan, y tengo las noches.
―Yo no puedo venir siempre y debes dormir. Tienes que intentar dormir algo, hija.
―Se debió de ir él, no tú.
―No digas eso, no digas eso, cariño.
―Nena, ¿estás bien? ―me preguntó Joan entrando en la cocina y encontrándome de pie, frente a la vitro, aferrada a mi vaso de café―. Son casi las 5 de la mañana. Vamos, ven a la cama.
―Sí, ahora voy ―respondí sin darme la vuelta.
―¿Te has tomado el Noctamid?
―No.
―Nena ―dijo acercándose hasta abrazarme por detrás―, necesitas dormir.
―Sí, ya te he dicho que ahora voy.
Lo sentí alejarse y oí la puerta de la habitación cerrarse.
―Tienes mucha suerte de tenerlo ―dijo mi madre―, de que te quiera como te quiere, no es fácil encontrar a alguien que te quiera así, no es fácil, sé lo que digo...
―¿Vas a venir mañana?
―…
―¿Mamá, vas a venir mañana?
Me di la vuelta y mi madre ya no estaba allí. Dejé el vaso sobre el fregadero y me metí en la cama. Me apreté contra la espalda de Joan. Él me acarició el brazo que le pasaba sobre su pecho.
―¿Has terminado ya el artículo? ―me preguntó susurrando.
―No, voy a empezar de nuevo.
―¿Y eso?
―Porque quiero escribirlo sobre Jardiel Poncela.


lunes, septiembre 2

Noche de café y poemas

Los parasoles de Afrodita de Sofía Serra Giráldez

Y subo las escaleras del portal de dos en dos. Como una niña entusiasmada. Porque hoy ha sido mi primer día de trabajo después de volver de vacaciones. ¿Depresión postvacacional? ¿Qué es eso? Adoro mi profesión y todo lo que ahora mismo la rodea. La universidad todavía estaba semidesierta. La clase llena de caras nuevas con gesto un tanto perdido. La máquina de café en erogación. Y yo con mis compañeros, sin fundamento, riéndonos con los chistes cortos del repertorio de Kiko.
¡Otro! Dice: Cariño, te quiero. Y le contesta: Mira, a mí no me cuentes tus problemas.
Y me vuelvo a reír llegando al segundo piso.
¡Elvira!
Ay, Guillermina, que me meo.
¿Pero qué te ha dado, mujer?
Cojo aire y le doy un beso a mi vecina que acaba de abrir la puerta.
Anda, pasa. Que esta mañana al bajar a por el correo había un sobre enorme con tu nombre sobre los buzones, y te lo he cogido porque no me fío. Que sí, que aquí nos conocemos todos pero nunca se sabe, hija, nunca se sabe. Pasa, que te lo doy.
Entro hasta la cocina y dejo la bolsa con los libros sobre la mesa.
¿Café? —me pregunta.
Sí, ya lo preparo yo, no se preocupe.
Pues te voy a buscar el sobre que seguro que es algo importante y no quiero que te falte, hija.
Regresa Guillermina y me ofrece un sobre amarillo tamaño folio, acolchado. Lo miro sorprendida, coloco la cafetera en el fuego y me seco las manos con un trapo.
¿Qué es esto? —me pregunto tomándolo con ambas manos.
Venga, ábrelo, ábrelo.
Lo abro por uno de los extremos y miro en su interior. Meto la mano y saco un libro.
Los parasoles de Afrodita. Sofía Serra Giráldez —leo emocionada. Me lo llevo a la nariz y lo olisqueo—. Huele a nuevo, a nuevo y a tesón.
Me apoyo en la mesa y leo la dedicatoria. Levanto la cabeza y sonrío a Guillermina que me mira ofreciéndome, en silencio, una servilleta de papel para sonarme los mocos.
Que me emociono, Guillermina...
Claro, mujer, ¿qué sería de esta vida sin las emociones? Anda, siéntate que te pongo el café.
Me siento. Aparto mi bolsa con los libros y me apoyo en la mesa. Llega Guillermina y coloca frente a mí una taza de café.
Es un poemario de una amiga —le digo.
Se sienta a mi lado con otra taza de café y me pide que lea algo, que siempre le gustaron los poemas.
Vale —digo abriendo el libro al azar, porque sé que no es necesario buscar para encontrar ese poema, ese, el que hoy necesito, porque Sofía tiene ese don para transcribir tu requisito, tu pensamiento, en cada uno de ellos—. Las telarañas neuronales hacen más por el olvido / que cualquier viento huracanado. / La aspiradora de mis sienes / absorben el polvo: más agua y luz, / brota el verde. / Paz del suelo por el que camino / quebrando el aire / ando quebrando / como ente relativo / entre las formas y las alquimias (…)
Le leo cuatro poemas que escucha mi vecina sorbito a sorbito. Cierro el libro y bebo el café. La miro y nos sonreímos.
Me marcho —digo poniéndome en pie.
¿Y adónde vas?
A tomarme un café.
¿Otro?
Me he quedado con ganas de más.
Guillermina me acerca la bolsa de los libros. Juntas llegamos a la puerta.
Y esta noche saldrás con tus amigos, ¿verdad?
No, hoy no. Mi amigo Gael se escapa de fin de semana romántico. Se nos ha enamorado, nadie es perfecto.
Nos reímos.
Pues podrías venirte un ratito a leerme más de esos poemas. Y te prometo que te hago café, ¡un perolo entero de café!
Mmm..., qué bien suena: noche de café y poemas.

viernes, mayo 11

Viviendo, jugando


 Trilce de Sofia Serra

Elvira no tiene miedo a la muerte. Está más que convencida de que morirá joven. A los 40 dice. Ser tan absolutamente consciente de que morir no te importa, hace que construir el sentido a la vida, sea un esfuerzo titánico.
Tenía 22 años cuando un amigo suyo, después de terminar el pintxo de tortilla en la cafetería de la universidad, dijo que se marchaba. Se levantó, se desplomó y se murió. Nada ha podido justificar aquella muerte. Se levantó, se desplomó y se murió.
Elvira convirtió su vida en un juego en el que, tarde o temprano, dejaría de echar los dados.

―Es un tío raro.
―¿Quién? ―preguntó Elvira a Kayla, su compañera de departamento, que estaba, en ese momento, en su despacho. Las dos, profesoras treintañeras, trabajaban en una universidad de West Virginia.
―Darrell Crow.
Elvira se levantó de su mesa y se acercó hasta la puerta, desde donde su compañera veía cómo Darrell introducía las monedas en la máquina de café.
―No sé, no lo conozco ―contestó Elvira.
―¿A Darrell Crow?, ¡claro que lo conoces!, pero si tiene el despacho a la vuelta del pasillo, y he sido testigo de cómo has intentado sacarle conversación en el ascensor, ¡Darrell Crow!
―Sí, sí, sí, sé quién es, pero no lo conozco. No sé si es raro o no.
―Es raro. Tiene 37 años y parece de 50. No habla con nadie. Siempre va con esos mocasines, ¡aunque haga -20º! Es raro.

Elvira tenía revisión de exámenes. Cuatro estudiantes esperaban sentados en el suelo del pasillo frente a su despacho. Un quinto estaba dentro, apoyado en su mesa, intentado convencerla de lo mucho que había estudiado.
―Si yo lo sé, Nathan, pero este examen no tiene un medidor de esfuerzo, sino de conocimiento.
El sonido de unas pisadas arrastradas hizo que Elvira ladeara la cabeza y mirara hacia el pasillo. Vio a Darrell Crow llegar a la máquina de café y echar unas monedas.
―¡El señor Crow! ―exclamó Nathan―. Ése sí que es un buen profesor. No hace exámenes a sus estudiantes. Dicen que valora  sólo la actitud en clase. Debe ser un tío genial.
―Tiene que ser difícil poner una nota sobre una actitud, ¿no? ¿Qué nota te pondría a ti, si te pasas toda la clase dormido? Con mi método tienes por lo menos un 53/100, ¡no está mal! ―Y devolvió el examen a su estudiante con una sonrisa―. ¡Siguiente! ―Nathan salió, pero nadie entró―. ¡Siguiente! ―Nada―. Se levantó y se acercó a la puerta. Allí vio cómo sus cuatro estudiantes miraban a Darrell Crow, que se había quitado un zapato para guardar en él las monedas que la maquina le había devuelto. Elvira no dijo nada, simplemente avisó a su alumna Penny de que entrara.
―Pobre señor Crow… ―dijo Penny sentándose en la silla que estaba junto a la mesa―. Es que últimamente parecía algo mejor. Mi prima iba en el avión, ¿sabe?
―No…, no, ¿qué avión? ―preguntó Elvira buscando el examen de su estudiante.
―En el avión. El que cogió de Huntington a Charlotte. Iba a hacer una entrevista de trabajo. Mi prima, no el señor Crow. El señor Crow iba con su novia. Y pasó.
―¿Qué pasó?
―¿No sabe lo que pasó en el avión?
―¡No, Penny, no sé lo que pasó en el avión! ―Su alumna la miró sorprendida―. Perdona, estoy un poco cansada. A ver, ¿qué pasó en el avión?
―Pues hará de esto casi 6 años. En el avión, nada más despegar, la novia del señor Crow empezó a decir que se encontraba mal. Mi prima, que estaba sentada justo detrás, le dio su botellín de agua, y parece que se sintió mejor. Y cuando el avión se estabilizó, su novia dijo que quería ir al baño. Se levantó, se desplomó y se murió. Tuvieron que aterrizar en Charleston de urgencia. Se levantó, se desplomó y se murió.
Elvira respiró hondo. Sacó el examen de Penny del montón y se lo dio.
―Bien, échale un vistazo y me preguntas las dudas.

Elvira raspaba una moneda contra la máquina de café.
―¿Perdona?
―Oh, Darrell, hola. Parece que la máquina no me la acepta, no sé por qué…
Darrell Crow se quitó su zapato. Metió la mano en él y sacó un par de monedas.
―Toma, prueba con éstas ―dijo ofreciéndoselas a Elvira.
―Oh, gracias… ―Extendió la mano un tanto indecisa y tomó las monedas. Las miró y luego se volvió a dirigir a él―: Pero tú primero, que… no sé, igual tienes más prisa que yo.
Darrel Crow asintió con la cabeza. Se colocó delante e introdujo el dinero por la ranura. La máquina comenzó a preparar el café. Elvira detrás, observaba las monedas en la palma de su mano y en silencio esperó su turno.

lunes, abril 9

Entre bambalinas


Salgo del teatro cansado. Son la 1’15 de la mañana. Tomo Gran Vía. Me rasco las manos. Las tengo secas. Cuatro duchas diarias van a terminar con mi epidermis. ¿Y este lunar en el pulgar?, antes no lo tenía, ¿no? ¿Y en la otra? No, sólo tengo los dos en el dorso de la mano. Mañana pido cita para el dermatólogo y de paso unos análisis que los últimos ya fueron hace 4 meses. Que me miren la espalda también. Porque con 39 años no es normal tener este dolor. Si es la ciática de mi padre, me joden la vida.
―Luis, ¿qué me cuentas? ―digo al teléfono―. Que va, acabo de salir… Sí, hoy doble función... Pues destrozado, pero parece que ha ido bien y lleno otra vez… ¿Ah, sí?, no me jodas, no tenía ni idea, cuánto lo siento, ¿os lo dijeron ayer?... Joder, qué cabrones, lo siento, Luis, macho, de verdad… Ya, ya. No, nosotros parece que firmamos por la tercera temporada así que, bueno, contentos… ¿Ahora, dices? Pues, no lo sé… Sí, en Gran Vía. ¿Vosotros?... Ya, en Carbones ―Si me hubiera dicho cualquier otro bar, iba de cabeza, porque ahora mismo mato por una copa, pero Carbones, tanto actor concentrado en tan poco espacio lo vuelven a uno paranoico―. Pues ya me da pena, pero voy directo a casa, que ando jodido de la espalda y mañana toca doblete otra vez... Sí, eso, eso... ¡Venga, Luis!
Guardo el móvil en el bolsillo del abrigo. Me paro a la altura de Callao, y desde allí miro a un Madrid de viernes noche. No cabe un alfiler. Yo no me voy a casa, necesito una copa. Cojo el móvil y doy un repaso a la lista de contactos, habrá alguien me acoja a las 2 de la mañana, digo yo. Veo su nombre y no lo dudo. Lo llamo. Me cuenta que vaya a su casa, que ha montado una fiesta improvisada con cuatro amigos. Me conozco sus improvisaciones y sus cuatro amigos, aun así no me lo pienso dos veces, necesito esa copa. Me enciendo un cigarro y con calma atravieso Callao, bajo Preciados, cruzo Sol y entrando en Carretas me enciendo el segundo. Espero cinco minutos a que me abran el portal. Nada. Me imagino la que se estará liando allí arriba y, por un momento, tengo pereza de subir, no sé si estoy para estas movidas. Qué hostias. Vuelvo a tocar presionando el dedo un buen rato. Sin preguntar nada, me abren. En el descansillo Gael me espera con los brazos abiertos:
―¡Ernestito, vida mía!
―¿Qué pasa, chaval? ―y lo abrazo.
Hacía lo menos 6 meses que no coincidíamos, pero daba igual, el tío seguía siendo tan esplendido como si ayer mismo nos hubiéramos tomado unos tragos.
Entramos. Lo menos hay 30 personas en el salón. Respiro hondo. No estoy muy seguro de si aquello es lo que estoy buscando. Pregunto a Gael por su hermano David, me habían dicho que se estaba divorciando, quería verlo. Pocas juergas nos corrimos David y yo, siendo chavales, en Albacete. Gael me dice que debe estar arriba, en la habitación, lo había visto subir acompañado no hacía mucho. Me cuenta que está viviendo su segunda  adolescencia. Me río, aunque no tengo muchas ganas. Me pregunta cómo llevo lo de mi hermana. No me apetece darle muchas explicaciones, no allí. Le digo simplemente que sigo con antidepresivos y poco a poco. Gael me abraza y dice que me entiende y, aunque yo sé que no, se lo agradezco. Le pido un trago. Me señala la cocina. Entro solo y sobre la mesa me encuentro a dos maromos comiéndose la boca.
―Lo siento… sólo quiero prepararme un cubata y me voy… ―digo con las manos en alto.
―Tranquilo, ojazos, te puedes unir, si quieres…
―Soy hetero… soy hetero… ―puntualizo con los brazos todavía más en alto.
―A nosotros no nos importa…
―¡Buenas, jovenassooooo…!
En la cocina acaba de entrar una chica de metro y medio con una bolsa de Lay’s en la mano, y una pegadísima camiseta de Betty Boop que, por sus tetas, a la Betty nunca le había visto los ojos tan saltones.
―A que lo hago bien ―me dice.
―¿Qué…? ―pregunto mirándole a los ojos… de Betty.
―El acento, el acento mexicano, como el anuncio de las patatas, el de la poli sexy. ¡Buenas, jovenassoooo…!
―Oh… sí, sí… muy bien, muy… muy bien,  ¿eres actriz?
―No, soy profe. ¡Ey, Sacha, déjame las gafas, déjamelas, porfi! ―le pide a uno de los tíos sobre la mesa. Él se las deja. Son unas Ray Ban de aviador. La chica se las coloca y―: Buenas, jovenassoooo…
―¡Bravo, Elvi!
―¡Bravo, cielo, lo bordas!
Los dos tíos la aplauden con verdadera devoción, ya los quisiera yo como público para el teatro.
―¿Sí?, se lo voy a hacer a Gael. ¡Gaeeeeeeeeeel! ―Y la chica sale de la cocina, con las gafas y sus cuatro ojos.
Los maromos me vuelven a mirar.
―Lo siento, chicos, sigo siendo hetero… ―Y no pensaba hacerlo pero, sí, levanto las manos.
Busco un hueco en el sofá del salón y me siento con mi cubata.
―Ey, tú eres el tío de…
A mi lado se está sentando una veinteañera, que me ha reconocido por mi papel en la serie de televisión. Son muchos los años que llevo haciendo teatro, pero nadie me pone cara por ello. La chica me cuenta que también es actriz. Está estudiando en la escuela de interpretación de Cristina Rota. Me rodea con los brazos y me pide que le cuente algo sobre mis compañeros de reparto y, en especial, sobre el director. Sin ser demasiado brusco, le aparto los brazos y le digo que se haga valer. Se levanta indignada y se mete en el baño de la mano de dos amigas.
Me inclino hacia adelante, y pego un trago largo a la copa.
―¡Buenas, jovenassooo…! ―Levanto la cabeza y veo a la Betty Boop de tres dimensiones―. ¡Uy! Perdona, que a ti ya te lo he dicho, ¿no?
―Sí, en la cocina.
―Pues ¿quién me falta? ―dice al aire. Se baja las gafas de aviador y hace un barrido con la mirada a todo el salón. Con gesto de decepción se sienta junto a mí―. Vaya, pues ya se lo dije a todo el mundo.
―¿Y ahora? ―pregunto.
Me mira apretando los labios y frunciendo el ceño. Me hace gracia.
―Pues me voy a mi casa, ¿no…?
Me río. Menudo personaje. Le digo que yo también, pero que me espere a que termine la copa. Nos presentamos. Se llama Elvira. Al decirle que soy actor, me dice que mi cara no le suena, le digo que a mí la suya tampoco y se ríe. Tiene una carcajada contagiosa. Me cuenta que conoció a Gael en una cita a ciegas, que no superó vivir entre renos en West Virginia, que odia a los que dictan lo que hay que leer, que cree que un italiano ganará Gran Hermano, que sueña con volver a Singapur, que su madre la saca de quicio pero que sabe tanto de teatro que seguro que mi cara sí le suena, que come sin sal, que es sorda de un oído pero que le queda el otro, que tuvo que dejar a su psicoanalista porque era mudo, y que la cerveza nunca la toma fría, porque si no, no sabe a nada.
Hace tiempo que he terminado la copa, pero no es aburrido escucharla, así que no digo nada.
―¿Y tú? ―pregunta.
―Yo nada ―dejo el vaso vacío sobre la mesita del centro y le digo que la acompaño a coger un taxi en Sol.
Llegamos a Sol. Me dice que espera coincidir en otra fiesta de Gael, que lo ha pasado muy bien y me desea mucha mierda para mi doblete. No deja de sonreír. No digo nada. Se gira para tomar el taxi. Cojo aire y la agarro del brazo.
―Yo nada, Elvira. Porque mi vida se acabó hace 8 meses. Me gustas, tía, y quiero que nos vayamos a tomar el último trago, y después comerte la boca y terminar en tu casa follando como perros, pero ni sé el tiempo que no se me empalma. Necesito dos pastillas para dormir y cuatro más para arrancar el día. Me paso la semana entre médicos, porque creo que tengo cáncer en todas las partes de mi cuerpo. Y... y no puedo invitarte a mi piso, porque es una puta cuadra, donde el alcohol ha dejado de entrar porque nunca me parecía suficiente ―respiro―. Lo único que tengo es café, tía, no puedo ofrecerte nada más que café, puto café...
―A mí, Ernesto... me encanta el café.
La veo llorar y me derrumbo con ella.