Mostrando entradas con la etiqueta frustración. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta frustración. Mostrar todas las entradas

lunes, noviembre 25

Sirenas en la noche



    
Adiós de Javier Avi
 
     ―¿Cuándo crees que lo superaré? ―preguntó Gael.
     ―Pronto ―contestó su amiga Elvira sin levantar  la vista del libro.
     ―Tu cama es un asco. Todavía no sé qué hago aquí. Será muy bohemio esto de vivir en una buhardilla, pero, hija, tenemos el techo a un palmo, ¡qué agobio! ―Ahuecó la almohada y posó la cabeza en ella con incomodidad. Volvió a ahuecarla y resopló tumbándose, finalmente, boca abajo.
     ―Gael, si no te gusta te vas. No me marees. Fuiste tú el que no quería dormir solo, el que se quiso venir por no estar en casa, porque resulta que al niño su casa le recuerda demasiado a él.
     ―Eres mala. Mala, mala, en plan amargadilla mala. ¡Bicho, fú!
     Elvira cerró el libro y lo miró.
     ―Gael, ¿me vas a tocar las narices toda la noche?
     ―¡Es que no lo entiendo! ¡No lo entiendo! Tenemos que apoyarnos, entendernos, consolarnos…. ¡Se supone que tenemos que sufrir juntos!
     ―¿Por qué voy a sufrir?
     ―¡Porque a ti también te han dejado!
     Elvira volvió a abrir el libro, bajó la vista y dijo en casi un susurro:
     ―A mí no me han dejado...
     ―¡Vaya que sí! Tu pintor está ahora en Montpellier, dibujando a francesitas de sobacos asilvestrados.
     ―Era una oportunidad, ¿cómo iba a rechazarlo?, estaría loco. No es cualquier cosa, es un estudio de ilustración, yo también me hubiera ido y tú, ¡qué coño! Que aquí todos somos muy generosos hasta que nos tocan lo nuestro y entonces nos olvidamos de los demás, pero la mala soy yo, ¿no?, la amargadilla soy yo, ¡claro que sí! ¿Quieres que te recuerde dónde está tu amado Raúl?
     ―Qué mala eres… Mira, mira, si hasta te brillan los ojos viéndome sufrir...
     ―¡En Oviedo con su agente!
      Gael se dio la vuelta dándole la espalda. Pasaron lo menos 5 minutos sin decirse nada.
     ―Vale, lo siento… ―dijo ella. Cerró el libro y lo dejó a un lado de la cama, luego se acercó a su amigo y le sopló la oreja.
     ―¿Te has dado cuenta de que ahora tienes a dos ex viviendo en Francia?
     ―Yo seré mala, pero tú eres perverso.
     ―Igual ya se han conocido. Hola. Hola. Yo soy ex de Elvi. ¿Qué?, yo también. ¡Vaya!, esto se merece un vino. Oh, claro, amigo mío. Sí, ¡brindemos por ella con un Château Pupufuá!
     ―¿Un Château Pupufuá?
     ―Ríete, pero ahora mismo tus ex están con copa en alto celebrando que se han deshecho de ti.
     Elvira se separó de Gael lentamente y se colocó boca arriba mirando a través de la claraboya.
     ―Pienso muchas veces en ello. En la cara de satisfacción que tenía Etienne cuando me dejó. Estaba tan aliviado, estaba tan contento… Tenía tantas ganas, pero tantas ganas de que me fuera de casa, de perderme de vista. Pasan los años y no puedo olvidar su mirada de “lárgate, tía, no puedo más”. Se moría por verme desaparecer de su vida. Imagínate durante cuánto tiempo lo tuvo que estar rumiando, y yo sin enterarme de nada, de nada, Gael… A veces intuyes que va a llover, pero aquello fue una galerna, sin aviso se volvió todo negro. Y ya. Me marché y tiró de la cadena, fui una mierda que se fue por el retrete, y él se quedó bien aliviado… Igual que Joan.
     ―Elvi, no quise decir eso. Sabes que Joan la ha cagado. Su proyecto termina en marzo y luego querrá volver, seguro que te echa de menos. No fueron maneras en cómo se marchó, creo que sólo buscaba una excusa para poder irse sin ataduras, que los tíos somos muy cómodos, cómodos y cobardes. Volverá con las orejas gachas, ya verás. Y Etienne, pff, ¿quién es Etienne? Ah, ¿ese gabacho con el que salías que se parecía a Robert Redford pero que seguro que ahora está gordo y calvo? ¿Ése que te dejó porque quería una vida loca y me apuesto el cuello a que ahora está casado y cargado de hijos? Y casado no con cualquiera, no. ¡Con la típica francesita adicta a la ropa y a los zapatos!, a los zapatos bailarinas para ser más exactos, seguro que los tiene de todos los colores: con brillantina, de charol, de leopardo, de ante… Y seguro que viste a sus hijos como repollos. Sinceramente, a un tipo así no me lo imagino casado con una Marie Curie, ¿qué quieres que te diga? Él es de los que necesita a una maruja en casa para sentirse alguien. Y vale, tú tampoco eres la Curie, pero seguro que ahora estará arrepentidísimo, porque por lo menos contigo tenía más espacio en el armario. Cari, seamos sinceros, aquí la única que hizo de vientre, y se quedó bien a gusto, fuiste tú. Y a Joan déjamelo a mí, que cuando vuelva le van a caer un par de collejas por atonta’o, ya verás ya, qué pronto va a espabilar. Y mientras tanto ¡a disfrutar! A ver, ¿cómo lo quieres?
     ―¿Cómo quiero el qué?
     ―Pues al tío-transición. Lo de tapiar con ladrillo puertas y ventanas se acabó con la Bernarda Alba, ¿eh? En esta casa que entre el viento de la calle y que sople bien fuerte. Nos vamos a poner moradas, cari… ¿Cómo lo quieres?
     ―Ay, pues no sé, bajito, moreno, tronchito, con barba, tímido…
     ―Cari, ése es Joan. Y no queremos a Joan.
     ―¿No lo queremos?
     ―¡Joan, caca. Caca, Joan! ―Bajando el tono de voz―. O por lo menos hasta marzo. ¡Bueno, mira, ya elijo yo por los dos! ―Gael se arrodilló sobre la cama y extendió los brazos en cruz. Alzó la vista hacia la claraboya y empezó a vocear―: ¡Oh, Eros, dios del amor, en ti confiamos y… Cari, arrodíllate ―Elvira lo miró incrédula pero obedeció―. Extiende los brazos, así, como yo. ―Elvira los extendió―. ¡Oh, Eros, dios del amor, de la potencia, de las feromonas! Apiádate de este par de almas que no tienen ná que llevarse a la boca. Envíanos a dos hombres, olvida, oh, señor, lo de tronchito, perdónala, porque no sabe lo que dice. Los queremos bien, con cuerpo y mango…
     ―¡Gael!
     ―¡Calla! Oh, Eros, envíanoslos con un 45 de pie, larga nariz y manos venosas…
     Se empezaron a escuchar sirenas de la calle.
     ―¿Qué es eso, Gael?
     ―Joder, ni puta idea, pero eso suena a movida, seguro… ¿Hoy qué manifestación había?
     ―No sé, pero si es casi la una de la mañana. Ay, Gael, me estoy acojonando, que las cosas andan muy revueltas. Si parece que llega todo un ejército. Están en esta calle, ha pasado algo gordo. Ay, Gael...
     Gael se levantó e intentó mirar por una de las claraboyas.
     ―¡No!, ¡mejor por el ventanuco del baño! ―gritó Elvira.
     Gael saltó de la cama y se asomó por la estrecha ventana. Elvira se acurrucó en la cama esperando noticias. Gael salió del baño con las manos en la boca.
     ―¿Qué ha pasado?
     ―Ay, cari, ay…
     ―¡Gael, por favor, qué pasa!
     ―Eros… que nos ha enviado dos camiones de bomberos, ¡dos camiones!, ¡uno para ti y el otro para mí!
     Gael cogió el abrigo, se calzó torpemente, abrió la puerta y corrió escaleras abajo.
     ―Pero ¿adónde vas, loco?
     ―¡Corre, cari, que hoy nos riegan!
     Elvira sonrió. Entornó la puerta y volvió  a la cama. Comprobó su móvil, ningún mensaje. Se acomodó la almohada y, cogiéndolo de uno de los lados de la cama, siguió leyendo La mujer justa.

martes, octubre 16

Creatividad pastelera



                                                      Creatividad de Javier Avi

Estaba tumbada en el sofá con una cerveza, viendo a Joan dibujar en su mesa. Sonreí, levanté el botellín y brindé:
―¡Por nuestra panadería, amor!

Llegué a Madrid de Estados Unidos con 6 mil euros ahorrados que fueron a parar, a toca teja, a IMEC, Instituto Moderno de Escritura Creativa. Me había tirado 2 años en la América profunda dando clases en una universidad y, sobrellevando el duro invierno, escribiendo relatos. Una editorial se interesó por ellos y, tras firmar un contrato, mi primer libro iba a ser publicado en poco más de 6 meses. Estaba contenta, muy contenta. Además IMEC me daría las pautas para abrir mi mente, reflexionar y ahondar en temas que pudieran dar a mis escritos cierta profundidad. Estaba contenta, muy contenta.
El primer día, el profesor Cañamares explicó que debíamos organizarnos porque cada semana, uno de nosotros, se encargaría de traer vino y algo de comer.
―¿Perdón? ―pregunté ojiplática―. ¿Quieres decir que vamos a organizar merendolas y además nosotros tenemos que correr con los gastos? Pensaba que era una escuela de escritura, no una asociación para hacer amigos.
―Vaya, tenemos una rebelde entre nosotros. ―La clase rió y yo vi caer mis 6 mil euros por el retrete.
Poco tiempo después, me enteré de que Cañamares estaba casado con una ex alumna, 35 años más joven que él, y que ahora también por supuesto era profesora de la escuela. Mi profesora. Poco tiempo después, me enteré de que mi profesora había expulsado a mí compañera, porque se había tirado a Cañamares después de una de las merendolas. Poco tiempo después, mi novela salió publicada y Cercas, otro profesor, se olvidó de darme la enhorabuena, pero sí me invitó a abandonar la escuela alegando ser carne de taller, dijo que IMEC me quedaba grande. Poco tiempo después, mi compañero me dijo que Cercas le había tirado los trastos. Poco tiempo después, mi profesora arrojó mis escritos sobre su mesa y dijo algo sobre que los relatos eran cerillas y que sólo tenemos una para encender, que alguien le dé lumbre a esta pobre mujer, por favor. Poco tiempo después, mi otra compañera me enseñó un email subidito de tono de Aguinaga, mi otro profesor. Poco tiempo después, se lo tiró. Poco tiempo después, Cercas, que nunca había publicado nada, nos contó que Pedro Almodóvar le había robado el guión de Hable con ella, aunque en primera instancia Cercas lo había titulado Susúrrale. Poco tiempo después, Aguinaga tras decirme que mis relatos le hacían perder el tiempo, me pidió que lo abrazara, que te abrace tu puta madre, le contesté. Poco tiempo después, Cañamares, Cercas, Aguinaga y mi profesora, evaluaron con un no apto mi proyecto de fin de máster, lo justificaron con un no estás preparada, Elvira.
Me marché a París. Alguien me habló de un excelente curso de creación literaria en La Sorbona. El primer día, el profesor Rubaud exigió puntualidad y prohibió cualquier tipo de comida y bebida en clase. Suspiré aliviada. Dos días después, tras la sesión, me acerqué a él y vomité toda mi frustración. El profesor Rubaud me ofreció su pañuelo y me aconsejó que pintara. ¿Pintar? Pinte, y mañana tráigame lo que haya hecho. Compré témperas, una cartulina y pinté. Al día siguiente se lo llevé.  El profesor Rubaud lo observó. Es algo así como abstracto, intenté explicarme al ver que su rictus era serio.
―Su creatividad está muerta ―dijo finalmente―. Mire, lo único que ha hecho usted ha sido trasladar la paleta de colores a la cartulina, en perfecto orden, sin mezclarlos, ¿a qué tiene miedo?
―¿Yo?, a nada, pero no sé pintar.
―No hablo de pintura, sino de creatividad. Un panadero desborda más creatividad haciendo sus brioches cada mañana, que usted intentando escribir 4 palabras. ―El profesor Rubaud volvió a prestarme su pañuelo―. Potencialmente todos los seres humanos somos capaces de crear, así que no se preocupe y, ande, devuélvame el pañuelo.
El profesor Rubaud me dio una lista de recetas que debía preparar en casa, de autores que debía leer, de lugares que debía observar, de conversaciones que debía encontrar, de vinos que debía catar y de texturas que debía tocar. Sin embargo no me obligó a escribir, solamente me aconsejó que siempre me acompañara la música y que, por favor, sonriera.
La última semana, al terminar la clase, me pidió que me acercara a su mesa. Me dio un folio y un bolígrafo y me ordenó que pintara. ¿Con esto?, pregunté. Pinte, contestó. Y pinté. Una hora más tarde, Rubaud observó mi dibujo. Enhorabuena, mi querida pastelera, dijo.
Al regresar a Madrid, Cañamares, Cercas, Aguinaga y mi profesora me estaban esperando para darme una segunda oportunidad. Expuse un nuevo proyecto en el que defendí la naturaleza creativa del ser humano. Tras deliberar, Cercas me informó que estaba aprobada, pero que mi tesis no tenía ni pies ni cabeza porque:
―¡No todo el mundo es capaz de escribir una novela!
―Por supuesto que no ―contesté―, pero entonces serán capaces de crear deliciosos brioches.

sábado, julio 28

La Teoria del Caos Relativo



Con los años te vas dando cuenta de que lo que la gente te atribuía como un gran defecto, para ti se ha convertido en tu maravillosa forma de vida. Hablo del desorden, del caos. Soy desordenada, no por naturaleza, creo que me he ido haciendo así a medida que mi aburrimiento vital iba alcanzando un nuevo máximo. En mi casa nada está dónde se supone que debería de estar, tampoco en mi vida.
En el aeropuerto Internacional de Charlotte, se oye pronunciar mi nombre por megafonía. Levanto la vista de mi móvil y miro al hombre de la mesa de al lado que pega, indiferente, un trago a su café. Mi nombre se vuelve a escuchar por segunda vez. Sí, es el mío, garrafalmente pronunciado pero es el mío, es el mío, es el mío. ¡Coño!, digo en voz alta, cuando por cuarta vez me he repetido que era el mío. Soy de las que procesan con lentitud. Corro hasta la puerta de embarque y, cuando entro en el avión, más de un centenar de pasajeros me reciben entre aplausos. Saludo con la mano en alto y ellos se ríen. Momentos como aquellos son los que te hacen adorar a los americanos. ¿Apurando hasta el último momento?, me pregunta mi compañera de asiento. Sonrío y le digo que sí, lo que no sabe es que ha sido todo culpa del caos que llevo cosido a mis talones.
Nunca he tenido un trabajo fijo, tampoco he visto claro que la ciudad en la que esté viviendo sea la misma en la que vaya a vivir dentro de un año, o no piense que el hombre, que hoy duerme en mi cama, tenga todas las papeletas para que, dentro de un par de meses, lo haga en la suya.
De esto no eres del todo consciente hasta que tu amiga  de la infancia, que tiene una vida antagónica a la tuya, te llama para proponerte algo que le llena de ilusión pero a ti, sinceramente, ni te va ni te viene.
―¿Celebrar los 30 años de amistad? ―pregunto incrédula sujetando el móvil con el hombro porque me estoy pelando un plátano.
―¡Siiiiiiií! ¿No es genial? Nos vamos las 7 amigas de toda la vida, ¡30 años de amistad! Te digo fechas: del 13 al 17 de agosto. Hemos alquilado una casita en el sur de Francia, sale a 200 euros por cabeza, pero la casa es ideal, con piscina y todo, ¡imagínate!
Y sí, me lo empiezo a imaginar: 200 de la casa, más 100 de comida, más 100 de bebida…
―Y tenemos que hacernos regalo de la amiga invisible, pero no más de 50 euros, ¿vale?
Más 50 del regalo de la amiga invisible…
―¡Me muero de ganas, Elvi! ¿Tú no?
Me meto el plátano en la boca y me pregunto si yo realmente soy de Bilbao. Porque el orden y la simetría con la que vive la gente de Bilbao es cuanto menos de asustar. Nacen; van al cole; veranean en un pueblo a 20 kilómetros de Bilbao; van a la universidad; se enamoran de alguien de la universidad, o de la cuadrilla del pueblo, o de la cuadrilla de tu hermano o hermana, o del amigo de la cuadrilla de verano del de tu cuadrilla de invierno; trabajan; se compran una casa; se casan; tienen hijos que van al mismo cole al que iban ellos cuando eran pequeños; y veranean en el mismo pueblo a 20 kilómetros de Bilbao. Los admiro porque viven perpetuos en el día de la Marmota y eso los hace inmensamente felices. En cambio yo, que vivo en el más absoluto caos, me lamento cada martes a mi psicoanalista de odiar la cotidianidad, porque sé que con poco que me gustara, viviría algo más contenta o por lo menos más tranquila.
Me trago el plátano y le digo que me da mucha pena, pero que este verano no cuento con vacaciones. Me callo decirle que aunque tuviera, ese presupuesto se me escapaba de las manos, absurdo comentárselo porque ella no lo entendería. Dejo el móvil sobre la mesa de la cocina y tiro la cáscara de plátano a la basura y, mientras lo hago, veo el fondo de toda aquella mierda, y pienso si no estaré dirigiendo mal mi vida. Retiro el pie del pedal y la tapa de la basura se cierra. Es martes, son las 6 de la tarde y voy a ver a mi psicoanalista.
Le digo que me odio, que cada vez me entiendo menos, que se me hace difícil buscar motivación en mi vida. Me dice que si necesito otro kleenex, lo puedo coger. Le digo que no tiene sentido seguir luchando, que he decidido abandonar. Me dice que es la hora y que recuerde que en julio se va de vacaciones, que me llamará en agosto.
Salgo de su consulta desechando la idea del suicidio. Lo haré en otro momento, cuando mi psicoanalista esté más receptivo, porque hacerlo así, sin que nadie te jalee, sería como llegar tarde a un avión, pero no de American Airlines sino de Lufthansa, y que ninguno de sus pasajeros alemanes te aplaudiera al entrar. El error no tendría gracia.
Entro en el supermercado. La desidia se traga mejor con algo rico que lo acompañe. Estoy pesando tres tomates metidos en una bolsa de plástico, cuando una voz a mi izquierda hace darme la vuelta. Es un chico treintañero, pelo corto y barba, pendiente en la izquierda y pulsera de cuero, lleva una camiseta negra de Motörhead, pantalones estrechos vaqueros y unas Converse negras también. Está cantando a un volumen bastante alto. Me quedo mirándolo. Se gira, me ve y se quita los auriculares de su mp3.
―Es Tesla, ¿te gustan? ―me pregunta.
―No sé, no los conozco ―respondo, y pego la pegatina del precio de los tomates a la bolsa de plástico.
―Seguro que te gustan, toma ―dice ofreciéndome uno de sus auriculares. Lo rechazo con la mano. Meto los tomates en el carrito y me marcho.
Esperando en la cola para pagar, oigo gritar a alguien detrás. Es el chico de Motörhead que, con la mano en alto, no deja de saludarme.
―¡Ey, guapa! ―Atónita veo cómo se salta la cola de las 7 personas que están detrás de mí. Se coloca a mi lado y espontáneamente me da un beso en la mejilla―. ¡Tontaca, que no te veía! Es que venimos juntos ―explica a la señora de atrás que lo mira con desconfianza.
No digo nada, miro al frente y flipo en silencio. A la hora de pagar dejo que pase delante, me lo quiero quitar de encima. Cuando termina, y lo veo salir del súper, me tranquilizo. Pero cuando salgo, me doy cuenta de que me está esperando fuera fumándose un cigarro.
―¡Ey, tontaca, aquí! ―dice llamando mi atención. Suspiro y voy hasta él. Déjame en paz, le digo―. Oye, tía, que voy de buen rollo y sólo quiero invitarte a una caña, qué menos después de haberme colado, ¿no?
―¡Te has colado tú solito!
―Se te pone una cara todo extraña cuando te enfadas. A ver si con unas cañas se te vuelve a estirar, ¡venga, vamos!
Me hace gracia, aunque me aguanto la sonrisa. Lo acompaño y nos sentamos en una terracita cerca del supermercado. Coge mis bolsas y las coloca en una silla vacía. Con las cervezas ya en la mesa, se enciende otro cigarro y me cuenta que se llama Joan, que es de Barcelona, pero que está en Madrid porque uno de sus mejores amigos se acaba de separar y anda todo chungo. Tiene una granja de caracoles que lleva con la ayuda de su hermano, pero a él lo que realmente le gusta es dibujar, dice que le encantaría ilustrar libros infantiles. Es pura simpatía, desborda energía, me hace reír a cada rato, me gusta.
―Me gustas ―dice.
―¿Ya se me ha estirado la cara? ―se ríe.
―Invítame a tu casa ―Niego con la cabeza, arrugando otra vez el ceño―. Que no, tontaca, no lo digo para pasar la noche, no voy por ahí.
―¿Y por dónde se supone que vas?
―Mañana mi amigo se marcha a Santa Pola y yo vuelvo a Barcelona, si me invitas, me quedo.
Nuevamente el caos toca a mi puerta.
―¿Roncas?
―No ―contesta.
Así que decido abrirla.
Ocho días más tarde lo miro durmiendo en mi cama. Abre los ojos:
―Hola, tontaca…
―Hola, tontaco…
Y algo me dice que este hombre tiene todas las papeletas para que, después de dos meses, siga durmiendo en mi cama, porque ha hecho darme cuenta de lo mucho que amo el caos en mi vida.

jueves, junio 30

Malogro

Expectaive por Christine Malaurie

Alfonso sacó la lengua y, con la punta, chupó el pegamento del sobre. Lo cerró, lo apretó con los dedos una y otra vez, y se levantó de la mesa de la salita. Salió. Encendió la luz del pasillo, y sujetando el sobre con ambas manos, recorrió los pocos metros hasta la entrada. Allí lo dejó encima del escaño junto a las llaves de su mujer, las suyas estaban colgando de la cerradura de la puerta. Lo alisó dos veces, apartó un pelo largo y negro, y lo volvió a alisar. Tomó aire y regresó a la salita.
―No has tomado postre. Las picotas están buenas, buenas de verdad ―dijo su mujer sin apartar la vista de la tele.
―No, no quiero nada. Escúchame, mañana que no se te olvide echar el sobre.
―¿Comes en el taller? ¿Te preparo un túper?, han sobrado patatas en salsa verde, lo que te puedo hacer es un huevo escalfado y te lo pongo así por encima, ¿eh?
―El sobre, coño, que seguro que se te olvida.

Alba entró en la redacción de la revista, con el bolso colgado del antebrazo, zarandeando las llaves del coche en la mano. Saludó a todos sus compañeros y después se desplomó en su silla resoplando. Se miró las manos y se preguntó si tener las uñas carcomidas de aquella manera, era normal a sus casi 30 años.
―Alba, tienes al jefe contento, madre mía, de buena te has librado esta mañana. ―Alba se rascó detrás de la oreja y luego la rodilla―. Editaste la foto de la 44 en la 17. Últimamente estás en Babia, nena. Anda, vete, que te está esperando ―dijo señalando la sección de infografía―. ¡Ah, oye!, cuando salgas avísame, que nos tomamos unas cañitas, ¿vale? Que acaban de inaugurar el mercado de Chueca y me ha dicho Fede que, en la segunda planta, hay un puesto de canapés de cagarse.

―No te pongas así, mujer, que no es para tanto. Ya sabes cómo se pone con estas cosas, no le entres al trapo. Es el jefe, y el pulso que quieras mantener con él, lo tines perdido incluso antes de empezarlo. Tú dile a todo que sí y punto, ¡Alba, y punto pelota!
Alba la escuchaba mordisqueando el canapé de foie con salsa de oporto, no le terminaba de convencer aquel sabor.
―¡Ay, calla, calla! Que se me olvidaba ―Del bolso sacó dos libros y los dejó al lado de Alba―. Me los tienes que firmar, ¿vale? Uno es para mi sobrina, que está como loca contigo, dice que se parte de risa al leerte, y el otro es para Adelina, que a la pobre se lo regalo yo, pero oye fírmaselo igual, ¿eh?

Mario se sirvió un güisqui seco. Pegó un sorbo y después se apoyó en el escritorio de su despacho.
―Estoy hasta los cojones de esos concursos ―dijo.
―A ver, Mario, a ver si lo entiendes. Necesitamos tu nombre, sólo tu nombre, ¿vale? Ya te he explicado que los relatos los leerán otros, tenemos remesa nueva de escritores en la editorial, ellos se encargarán, pero, vamos, Mario, eres uno de los autores más consagrados de este país, necesitamos tu nombre en el jurado.
―Hasta los cojones, joder… de tanta mierda y tanto pringado mal leído de su puta ma… pff…
―Mario, las cosas están así: hace tres años que no escribes nada, bien, lo estamos respetando porque sabemos lo que vales y te queremos con nosotros, pero tiene que entrar dinero de alguna manera. Que aparezca el nombre de Mario Lopetegui como jurado en este certamen, va a poder proporcionarnos buenos patrocinadores, ¿lo entiendes o no? ¿Mario?, ¿me estás oyendo?
―Los críos ya ni me llaman. La culpa de todo la tiene su madre, chalada de mis cojones…
―Mario…
―Bueno, la cría sí, me llamó hace mes y medio para pedirme dinero porque resulta que ahora quiere hacer un máster en la universidad de St. Andrews, pff… hay que joderse… Eso también es cosa de su madre, que la quiere encasquetar con el menor de los principitos. ―Pegó otro trago―. Bueno, entonces quedamos en que yo no voy a tener que leer esa mierda, ¿no?

―Alfonso, oye, ¿cuándo te contestan?
―Eso lleva su tiempo, mujer. Tienen que mirarlo bien y luego tomar una decisión. Es gente importante, ésta es gente importante.
―Pues a ver, hijo, a ver si tienes suerte. Ya se lo voy a pedir yo a nuestra Señora de los Ángeles, que nuestra patrona nunca nos da de lado.
―Chorradas, bobadas de las tuyas ―dijo manoteando el aire. Luego la vio sentarse en el sofá, frente a la tele, con un libro en la mano―. ¿Qué es eso?
―¿Esto? Me lo regaló Cristina, hará cosa de un mes. He tenido una suerte de caer en esa casa, madre de Dios, con lo que hay por ahí. Pero mira, Cristina siempre con detalles, qué mujer, qué mujer, que está a todo, no para, es que no para, con su revista, los niños, estar al tanto de Fede, madre de Dios…
―¡Pero si no has leído en tu vida!
―Pues por eso, Cristina me anima, me ha dicho que es facilito de leer y además, mira, mira ―La mujer pasó las dos primeras páginas en blanco y, abriendo la tercera de par en par, se lo enseñó a su marido―, ¿lo ves?, ¿eh?, ¿lo ves?, ¡está dedicado!
―¡Bobadas!
―Pues no será tan bobada cuando me lo ha regalado Cristina, que la señora sabe mucho. ―Cerró el libro, lo dejó a su lado y encendió el televisor―. Alfonso, oye, igual Cristina te puede ayudar con lo tuyo, ¿no?, igual si le pido que hable con su amiga la escritora, pues…
―¡Adelina! Que te digo que esta gente es importante, gente importante de verdad, gente de lo alto, ¿me entiendes? No gentucilla que firma sus libros a fregonas, ¡que a veces pareces tonta, coño!

Eran las 10.20 de la noche, y Alba intentaba con el codo cerrar la puerta de su coche, aparcado frente a su casa. No lo logró, pero con el culo sí. Iba cargada con unos doscientos portafolios amarillos con, aproximadamente, veinte hojas mecanografiadas dentro de cada uno. Caminaba despacio, con cuidado de no caerse, porque sabía que si perdía o desordenaba alguna de aquella carpetilla, la editorial la iba a matar.

Mario abrió la nevera de su casa. Un tomate, margarina, medio limón, dos huevos y dieciocho botellines de Voll-Damm. La volvió a cerrar, se frotó la cara y soltó un rajado alarido.

―Toño, Toñito, oye, ponme con Alfonso, anda, hijo… pero oye, ¿qué tal tu madre? … ¿sí? …. cuídala, ¿eh?, que no sabes lo que tienes, y tú sigue así, que ya me dice Alfonso que lo das todo en el taller, ¡qué ángel!… eso, eso… tú no te preocupes… claro, tranquilo, eso… di que sí… oye, hijo, anda, ponme con Alfonso… sí, sí, adiós, cariño, adiós, hijo. ¿Alfonso?… ¡Que tienes carta!… pues carta… ay, no sé, de la gente importante… ¿sí?… bien, bien, pues no te la abro... que no, que no, que no te la toco… sí, sí… pues te caliento la comida para las tres, eso… bueno, hala… sí, hala.

―Lo siento, Mario, lo hemos establecido así: Alba Campos dará el diploma a las menciones especiales, Daniel Ojeda otorgará el premio al finalista, y tú se lo darás al ganador.
―¡No puedes poner a esa puta niña a mi misma altura o a la de Ojeda!, ¡es humillante! ¡No es nadie! ¡Acaba de publicar una basura de folletín contando cómo se folla a sus novios!
―¡Me sopla la polla si Alba Campos escribe bien o mal! Su novela lleva sólo seis meses en la calle y ya estamos preparando la segunda edición y la versión e-book, sin gastar un duro en marketing, ¿sabes lo que cuesta dar con un escritor así?, ¡¿lo sabes?! ¡Esto es una empresa!, ¡no vivimos de la caridad! ¡Ponte a escribir, Mario, joder!, ¡ponte a escribir!, bufff… haz tu trabajo, joder…

―Disculpe, señorita, es que mi marido, que es escritor, viene a recoger un premio y no sabemos dónde colocarnos, porque nos dicen delante, detrás, y…
―No se preocupe, dígame su nombre.
―Adelina Sastre.
―No, mujer, el mío será, que yo soy el escritor.
―No importa, pues dígame el suyo.
―Alfonso Ruíz Pérez.
―Bueno, efectivamente, usted está entre los cien finalistas, así que si son tan amables, tomen asiento a partir de la fila 20, por favor.

―¿Nerviosa? ―preguntó Mario a Alba ofreciéndole una copa de vino. Ésta negó con la cabeza mientras cogía la copa―. Normalmente, estos actos no duran mucho, en una horita estará ventilado. ―Alba sonrió y se rascó detrás de la oreja―. Esto… te quería comentar que, bueno, imagino que estarás preocupada, ¿no?
―¿Por? ―preguntó sorprendida.
―Empiezan a salir ahora las críticas a tu novela y no están siendo buenas. ―Alba se mordisqueaba el labio inferior por dentro de la boca―. Hombre, pero eso ya lo sabrías tú, ¿no?, que es una novelita muy pobre. ―Se hincó los dientes con tanta fuerza, que empezó a sentir ese familiar sabor a hierro. Dándose cuenta se llevó la mano a la boca para disimularlo―. El problema de esto es la falsa buena acogida que tiene este tipo de novelas, que, lógicamente, luego cuando llega el fracaso es difícil de digerir. ―Se estaba haciendo trizas el labio y ahora le empezaban a picar las muñecas―. Yo, Alba, te lo digo, porque sé que se pasa mal. Llevo muchos años en este mundo y he visto de todo. Por eso que, quizá, mi consejo a los escritores nóveles es decirles que cuiden al máximo la calidad de la primera novela. Porque luego pasa lo que pasa, ya sabes, ¿no? ―Alba se quitó la mano de la boca y se rascó la muñeca con la que sostenía la copa de vino. Le llegaba esa sensación de falta de aire―. Que las editoriales no vuelven a contar contigo, porque aquí todo el mundo se conoce y los editores hablan entre ellos y, bueno, que te encuentras con todas las puertas cerradas, así, por la tontería de un vergonzoso primer tropezón.

A las 8 de la tarde, la ceremonia de entrega de premios “Pluma Platino” dio comienzo, teniendo que disculpar la ausencia de Alba Campos por encontrarse indispuesta.
El discurso de Lopetegui, alabando la calidad de los relatos presentados y defendiendo de manera encarecida la literatura con mayúsculas, fue aplaudido fervientemente.
Dos horas más tarde, todos los asistentes ya habían llegado a sus casas.

En Getafe, Adelina consolaba a Alfonso que lloraba ante el televisor de la salita. En el baño de un estudio de La Latina, Alba se frotaba con alcohol los brazos para desinfectar las heridas de sus propios mordiscos. Y en el barrio de Salamanca, en un piso de más de 200 m, Mario empujó, con ambos pies, la silla que lo sostenía.