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jueves, enero 10

¿Quién dijo empatía?


Ilustración de Javier Avi

Hace un tiempo, cuando vivía en Francia, no sé, tendría unos 29 años, decidí pasar un fin de semana largo en Bilbao. Por alguna razón, que ya no recuerdo, el martes era fiesta en Lyon así que el lunes lo pedí libre en el trabajo.  Pensé que ver a mis amigas y atender a la demanda de continua atención con la que me acribillaba mi madre, no sería mala idea. El sábado al volver a casa después de tomarme el aperitivo con Marieta y Blanquita, me encontré a mi madre sentada en la mesa de la cocina, mirando al frente mientras se pasaba una mandarina, rodando por la mesa, de una mano a otra.
―Ama, ¿estás bien?
No contestó, así que preferí no insistir y me senté en otra de las 6 sillas que rodeaban la mesa. Sabía que mi madre necesitaba su tiempo, no tanto para empezar a expresarse sino porque los focos estaban hacia su persona, nada ni nadie debía robarle ese momento de protagonismo.
―Merceditas ―dijo al fin.
―Merceditas ―repetí. Dejé pasar un tiempo prudente y pregunté―: ¿Quién es Merceditas?
Recogió la mandarina con su mano derecha y ya no la soltó.
―Merceditas, la de la tintorería. La cierra.
―¿Qué cierra?, ¿la tintorería?
Con enfado dejó la mandarina de nuevo en el frutero.
―¡Sí, hija, sí! La tintorería, ¿qué si no? ―Luego me miró―. Lo de ponerse tanto colorete ¿es una moda francesa? ―No sé si molesta pero sí algo avergonzada me pasé la mano por ambos pómulos―. La vende porque dice que tiene que ayudar a su hijo, no sé en qué estará ahora ese chico, siempre fue un tarambana. No pudo hacer carrera con él, que si ahora abre un taller de motos, que lo cierra; que si ahora abre un bar, que lo cierra; que si ahora quiere probar suerte en el extranjero, que si págale el billete y los 3 primeros meses de alquiler hasta que encuentre trabajo, que al cuarto se vuelve… En fin, le ha sacado hasta el higadillo a la pobre Merceditas, ¿y ahora?, vete tú a saber qué. Pobre Mercedes, no me la quito de la cabeza, 56 años y sin nada más que un hijo que la vuelve loca además de arruinarla.
Se llevó las manos al pecho.
―Ya… Tiene que ser difícil, sí.
―Ni te lo imaginas. Es absolutamente imposible que sepas lo que es sufrir por un hijo.
―Bueno, mamá, Gerardo y yo no te hemos dado muchos problemas precisamente.
―No se sufre por los problemas que te dan, se sufre simplemente por haberlos parido, por tenerlos. Es un sufrimiento constante. Siempre te lo he dicho, no tengas hijos, Elvirilla, nunca tengas hijos porque los hijos te arruinan la vida.
―Ya… ―Me rasqué la frente con lentitud intentando trocear sus palabras para tragarlas mejor.
―Siempre, desde que te levantas, con esa obsesión de protegerlos, de hacer que no sufran con nada. Fíjate que sabía lo de Merceditas hacía ya dos semanas y no te quise decir nada, para no preocuparte. Allí en Lyon, qué podías hacer.
―Mamá, yo es que a Merceditas no la conocía.
―¿Cómo no la vas a conocer?, ¿eh?, ¿cómo no la vas a conocer? ¡Pero si lleva la tintorería de la vuelta de la esquina desde hace 23 años!
―Sí, sí, ‘La tintorería Merce’, pero, ama, nunca he tenido trato con ella.
―¿Cómo lo vas a tener?, dime, ¡cómo lo vas tener si he hecho lo imposible para que no te falte de nada, para que vivas  siempre entre algodones! Ya me encargaba yo de llevarte los abrigos y las blusas donde Merceditas, ¿o te creías que aparecían en tu armario limpios como la patena por arte de magia?
Esta vez fui yo la que cogió una mandarina del frutero, pero no sabía si para juguetear con ella o tirársela directamente a la cabeza.
―¡Y deja la fruta en paz que siempre que la va a comer tu padre dice que está pocha!
Sí, se la tenía que haber tirado.
―Mamá, te entiendo, pero…
―¡No entiendes nada! ¿Qué vas a entender? Llevo dos semanas casi sin comer por esta pobre mujer, ni te imaginas por lo que estoy pasando. ¿Qué va a ser de ella? Tengo un come-come en la cabeza que está acabando con mis nervios. No puedo evitar no sufrir por los demás, soy así. ―Se retiró el pelo hacia atrás con ambas manos y resopló tres veces fuertemente, como si fuera a parir―. Nada me quita esta angustia por ti, allí en Lyon que vete tú a saber, rodeada de tanto francés, y ¡tu hermano!, allí en Berlín…
―Rodeado de tanto alemán… ―Ni me oyó, ella estaba a lo suyo, en su mantra victimista.
―…siendo tan sensible, porque tu hermano es muy inteligente pero muy torpe emocionalmente y sufro por él lo que no está escrito, y ¡ahora Merceditas! ―Hizo una larga pausa―. No puedo con todo yo sola, no puedo, me supera. ―Y comenzó a llorar.
Me levanté y la abracé porque mi madre era así, su realidad era igual a la mía pero su percepción estaba un pelín distorsionada.
―Mamá, debes relativizar las cosas. Gerardo y yo estamos bien y Merceditas seguro que sale adelante, es una mujer fuerte, lo ha demostrado. Hay cosas peores. ―Cogí el servilletero y se lo ofrecí para que se sonara los mocos con una servilleta de papel, luego me volví a sentar―. Mira, acabo de estar con Marieta y Blanquita y me han contado que el padre de Nerea tiene cáncer de pulmón, en fase terminal, no hay nada que se pueda hacer. Imagínate.
―¡Coño! ―Exclamó mientras se restregaba la servilleta por la nariz―. ¡Es que ese hombre fumaba como un carretero!
―¡Mamá, por favor!, que le han dado 4 meses. Te puedes imaginar cómo estará Nerea.
―¿Nerea? ¡No me vengas con Nerea ni Nereo! ¿Qué, le vienen ahora las penas? Pues dile a tu amiguita que ya puede ir dejando el vicio, que siempre que la veo tiene el cigarrito en la mano, que si no, terminará como su padre.
¡Booom!
No dije nada, no se podía decir nada, chasqueé la lengua y me levanté.
―Oye, antes de que te vayas ―dijo―, ¿quieres la carne empanada o prefieres vuelta y vuelta?, que voy a empezar a preparar la comida y luego no quiero líos, que te conozco.
―Vuelta y vuelta. ―Y me marché.

Doce años después de aquella escena, yo vivía en Madrid desde hacía 8 y mi madre había muerto hacía poco más de 4. Un día bajando por la calle Fuencarral alguien metió un grito y luego boceó mi nombre.
―¡Elvira!, ¡Elvira!
Me giré y vi a Nuria Mardones, detrás de mí, con los brazos abiertos. No me lo podía creer, nos abrazamos como si no hubiera un mañana. No nos veíamos quizá desde hacía tres años, desde que me mudé de barrio. Trabajaba en la biblioteca municipal de aquel distrito y lo que empezó siendo un trato cordial comentando los libros que pedía en préstamo, pasó a convertirse en una divertida amistad. Y digo divertida porque siempre estábamos entre risas, cualquier cosa nos hacía gracia. A veces nos reíamos tan fuerte que su compañera nos pedía que saliéramos fuera, que nos tomáramos un café o que hiciéramos lo que quisiéramos pero que, por favor, dejáramos de molestar. Nos tenía envidia, decíamos las dos tomando ese café y ja, ja, ja, ja, ja, vuelta a empezar.
―¡No me lo puedo creer! ¡Ay, Nuria!, pero ¿qué es de tu vida?
―Nada, chica, todo igual, como siempre. No sabes lo que te echo de menos en la biblio.
―Y yo a ti, a la que voy ahora son majos pero no saben reírse. ―Y las dos empezamos a hacerlo como hacía tres años, hace falta ser simples―. Lo que tenemos que hacer es quedar un día estas Navidades, tengo mucho tiempo, estoy de baja.
―Ay, cariño, ojalá pudiera, pero van a ser unas fiestas muy duras ―dijo, y se llevó las manos al pecho respirando fuertemente.
―No me asustes, ¿qué pasa?
―Murió mi cuñado, te puedes imaginar cómo están mis sobrinas.
―Vaya, Nuria, cuánto lo siento, ¿y tu hermana?
―Estaban divorciados, desde hacía tiempo, vamos, que él se casó de nuevo hace algo más de 6 años.
―Ya, bueno…
―Pero que había sido su marido, ¿sabes lo que te digo?
―Claro, claro.
―Y esas niñas, yo no me las puedo quitar de la cabeza.
―No me extraña, madre mía, siendo todo tan reciente y en estas fechas.
―Sí, eso es, bueno, murió en febrero, pero van a ser las primeras Navidades que no están juntos.
―En febrero, ya…
―He tenido que empezar a ir a terapia, no te quiero contar más, porque no consigo superarlo.
―Ya…
―Lo de mis sobrinas me quita el sueño, y hasta las ganas de vivir, de verdad te digo. ―Y se tapó la boca con una de sus manos como si no lo hubiera querido decir.
―Venga, tranquila, seguro que la terapia te viene bien, a veces es necesario, vital diría yo.
Busqué en mi bolso el paquete de kleenex y se lo ofrecí.
―Gracias. ―Cogió uno y me devolvió el paquete―. Son tan jóvenes y que estén pasando por esto, a mí me destroza, me destroza.
―Sí, tiene que ser duro, además al estar acostumbradas a tener a su padre siempre cerca.
―Exacto, bueno, ya sabes que él era piloto, y como su mujer era de Florencia, vivían en Roma desde que se casaron.
―En Roma, ya…
―Pero las Navidades eran sagradas, siempre juntos. No quiero ni pensar cómo van a ser estas sin él. Me descompongo de solo imaginármelo.
Le froté el brazo. No sabía qué decir.
―Y tú ―me dijo guardándose el kleenex en el bolsillo del abrigo―, ¿de baja?, ¡qué suertuda!
―Sí, bueno, me operaron. Por la enfermedad de Paget, ya sabías, ¿no?
―No, ni idea, pero suena súper exótica, chica.
Me reí aunque sin ganas.
―Es de huesos, empezó afectándome a algunos huesecillos del oído y comencé a no oír demasiado bien y, bueno, pero desde hace dos años está afectando a la columna y ya se me ha complicado  más el tema.
―Chica, pues yo te veo divinamente, imagino que con la operación te has quedado como nueva, ¿no? Y es que hoy en día la medicina es magia, magia, Elvira.
―Sí, bueno, la enfermedad es crónica e incurable, la operación era para dar mayor flexibilidad a las vértebras y reducir un poco el dolor.
―Mira ―comenzó diciendo sujetándome de las solapas del abrigo―, hoy en día los médicos no se quieren pringar y siempre te ponen en lo peor, no quieren marrones, pero te digo yo que con lo que ha avanzado la medicina, hoy, una enfermedad como esa, que suena tan bien, con tanto glamour, se cura sí o sí.
―Sí, bueno, no estoy del todo segura que sea así, es un poco más complicado que eso. Te va mermando tu día a día, Nuria, ya no puedo pasar tiempo sentada, no puedo preparar las clases, mi vida está cambiando.
―¡Pues las preparas de pie! ¡Hay que adaptarse! Además, yo te veo estupenda, lo que necesitas es hacer ejercicio, te enfundas las mallas y sales a correr, ya verás que bien te hace a la espalda. Y perdóname, pero te tengo que dejar ―añadió y suspiró largamente―, que vienen mis sobrinas a cenar y les he prometido que les hacía pizza casera. Anímicamente, como te imaginarás, no tengo ganas ni de levantar un tenedor, pero por ellas hago cualquier cosa, cualquier cosa.
Me dio dos besos y se fue.
Llegué a casa y me encontré a Joan en su mesa de dibujo. Me acerqué y lo besé en la cabeza.
―Amor ―dijo mirándome―, pensaba que ibas a llegar antes, te he estado esperando pero como no venías ya he comido, te he dejado los macarrones preparados en el micro.
―Gracias, vida. Sí, es que me he encontrado con una vieja conocida.
Y de camino a la habitación fui quitándome el abrigo.
―Ah, ¿sí?, ¿con quién?
―Con mi madre.

domingo, septiembre 28

Visita nocturna

Lectura de noche de Javier Avi

―¡Pero si no hay más café!
―¿Qué? ―pregunté levantando la cabeza del libro.
―Café, que no me has dejado ni una gota. Por cierto, ¿desde cuándo tienes esta mierda? ―preguntó esta vez dando golpecitos con su dedo índice a la máquina de café eléctrica.
―Pero, mamá, ¿qué haces aquí?
―Pues te lo estoy diciendo, mira que eres pesada, intentar tomarme un café, hija, no es tan difícil, ¡un café! Pero una cosa te voy a decir, donde esté el hecho en la italiana que se quite el de estas máquinas de porquería, que lo único que sacan es agua manchada. ¿Cuántos te tienes que tomar para espabilarte? ¡Una docena lo menos!
Me levanté de la mesa, saqué uno de los taburetes de debajo y lo coloqué frente a los armarios. Me subí a él y abrí el armarito más alto de la cocina. Todavía, teniéndome que poner de puntillas, alcancé la cafetera italiana.
―Aquí está ―dije.
―Bien, pero ten cuidado al bajar, no te vaya a pasar como a tu tía Angelines.
―¿Qué le pasó? ―pregunté dando un saltito al suelo.
―Que se dislocó el hombro.
―¿Se cayó de una silla?
―¿Eh? No, no. Siendo crías. Fuimos al río, quiso saltar desde el murillo, y saltó, vaya que si saltó pero el río no cubría mucho, y mira que nos lo advirtió tu abuelo: que lleva semana y media sin llover, pichines, cuidado. Pero nada, tu tía Angelines, que basta que le digas que saque el cascanueces para que se coma un melón.
―¿Cómo?
―¡Tu tía Angelines, que se rompió los dos tobillos!
―¿Pero no fue el hombro?
―No, no, eso fue otro día. ¡Tú no me escuchas!
―¡Pero mamá!
―¡Ni mamá, ni mamó! ¡Cuarenta veces te tengo que explicar las cosas, como a tu padre! ―Hubo un silencio incómodo y luego preguntó―: ¿Cómo está?
―¿Quién?
―Tu padre, ¿quién va a ser?
―La tía Angelines, por ejemplo. ―Me reí al ver su cara de poca paciencia―. Pues no sé, mamá, sé que sigue vivo y poco más.
―Hija… qué poca sangre tienes…
Llené la cafetera de agua y de café y la dejé sobre la vitro encendida. Me di la vuelta y vi a mi madre fisgoneándome los libros sobre la mesa.
―¿Estudiabas? ―preguntó.
―Sí, mirando alguna cosilla. Estoy escribiendo un artículo.
―¿Sobre?
―La locura y suicidio en la obra de Artaud.
―Vaya, siempre tan alegre, hija, siempre tan alegre.
―¿Cómo debería estar?
―¿Le has echado una pizquita de sal al café?
―No…
―Le da mucho sabor. Con una pizquita nada más, solo una pizquita, ¿eh? ―E hizo un gesto con los dedos como si echara esa sal al aire.
―Pues no, no se la he echado.
―A mí el que me gustaba era Jardiel Poncela. Y oye, también habla del suicidio pero de qué manera, te partes con sus obras, te partes. ¡Escribe sobre él!
―Ya…
La cafetera pitó y la retiré de la vitro.
―Tiene una muy buena, sobre la inmortalidad, ¿cómo se llama? Esa en la que toman una pócima y ya no se mueren, qué buena es esa, qué buena y qué divertida, mejor que el Artaud que estaba trastornado perdido. Un tarado. ―Silencio―. Elvira, ya sé que tienes ese carácter tan, no sé cómo, pero ya me entiendes... Habla con él.
―¿Una o dos de azúcar?
―Es tu padre.
―Que si una o dos de azúcar, mamá.
―Pues si tienes sacarina, sacarina. Ahora ya es una bobada, pero me acostumbré a ella. Venga, ¿te has enfadado?
―No me he enfadado, mamá.
―¡Ya, pero te quedas con esa cara que no sé! Hija, yo sólo quiero que no te sientas sola… ¿Sabes la obra de la que te hablo?
Cuatro corazones con freno y marcha atrás.
―¡Esa! ¡Esa es la que te digo! Sí, esa es… ¿Me entiendes?
―¿Y tú a mí, mamá? Déjame echarte de menos a mi manera. No me digas lo que tengo que hacer, no me lo pidas, por favor.
―Yo no te pido nada, sólo que estés bien, que no te sientas sola.
―No lo estoy ―le dije ofreciéndole el café ya preparado―, tengo a Joan, y tengo las noches.
―Yo no puedo venir siempre y debes dormir. Tienes que intentar dormir algo, hija.
―Se debió de ir él, no tú.
―No digas eso, no digas eso, cariño.
―Nena, ¿estás bien? ―me preguntó Joan entrando en la cocina y encontrándome de pie, frente a la vitro, aferrada a mi vaso de café―. Son casi las 5 de la mañana. Vamos, ven a la cama.
―Sí, ahora voy ―respondí sin darme la vuelta.
―¿Te has tomado el Noctamid?
―No.
―Nena ―dijo acercándose hasta abrazarme por detrás―, necesitas dormir.
―Sí, ya te he dicho que ahora voy.
Lo sentí alejarse y oí la puerta de la habitación cerrarse.
―Tienes mucha suerte de tenerlo ―dijo mi madre―, de que te quiera como te quiere, no es fácil encontrar a alguien que te quiera así, no es fácil, sé lo que digo...
―¿Vas a venir mañana?
―…
―¿Mamá, vas a venir mañana?
Me di la vuelta y mi madre ya no estaba allí. Dejé el vaso sobre el fregadero y me metí en la cama. Me apreté contra la espalda de Joan. Él me acarició el brazo que le pasaba sobre su pecho.
―¿Has terminado ya el artículo? ―me preguntó susurrando.
―No, voy a empezar de nuevo.
―¿Y eso?
―Porque quiero escribirlo sobre Jardiel Poncela.


domingo, julio 27

¿Normalidad teatral?



Creatividad cotidiana de Javier Avi

        La muerte de mi madre me ha llevado a entender, de manera clara, el tipo de vida que quiero llevar: normal. Sí, mi único objetivo es tener una vida normal. No estoy diciendo tranquila, no, quiero decir normal. Vamos, que cabría tener altibajos, pero que esos altibajos estuviesen en el baremo de acontecimientos potencialmente normales.
       —Yo así no puedo trabajar —dijo Pringao.
     Pringao es un tío de treintaypocos, moreno, bajito, con estudios en dirección e interpretación teatral y con un par de montajes a sus espaldas. Lo que no impide que se considere a sí mismo una perfecta mezcla entre Kubrick, Aronofsky, Scorsese, Ridley Scott, Tarantino y Lynch.
        —¿No?, ¿poca luz?, ¿enciendo la de arriba? —pregunté.
        —No, el texto lo leo perfectamente, lo que sucede es que es un poco molesto que, a cada rato, estés interrumpiendo, repito, así no puedo trabajar. Y llegado a este punto creo que lo mejor es que dirijas la obra. ¿Os gustaría que os dirigiera ella?
        Actor1 y Actor2, sentados en un sofá frente a él, con el texto en las rodillas, lo miraron y luego me miraron a mí y luego lo volvieron a mirar a él.
        —Yo… —dijo Actor1.
        —Bueno, yo… —dijo Actor2.
        —Sabes que no tengo experiencia en dirección —dije después de encender la luz de arriba porque la situación la quería ver bien clarita.
        —Ya, pero parece que conoces muy bien el texto —Pringao.
        —Es que lo he escrito yo.
        —Ya, pero yo soy el director y así no puedo trabajar.
        Me volví a levantar y apagué de nuevo la luz de arriba, allí no había mucho más que ver. Cuando me senté, les dije que dejaba el montaje, que les dejaba el texto, que lo respetaran, y que nos veríamos en el estreno. Me marché dispuesta a seguir siendo fiel a mi vida normal. Antes de llegar a casa, pasé por el Mercado de la Cebada y compré picotas, pero de las gordas, de las moradas. Cené una tortilla de pavo y, antes de meterme en la cama, llamé a mi amiga Saioa de Bilbao para que me contará cómo llevaba su segundo embarazo. Al día siguiente di clases en la universidad, fui al psicólogo y le hablé de mi madre, preparé las clases del día siguiente, tomé un par de cañas con Gael y su nuevo novio, eché de menos a Joan, hablé con mi hermano por teléfono, cené una tortilla de pavo y, antes de meterme en la cama, me llamó mi amiga Ana, de Segovia, para ver cómo estaba. Al día siguiente di clases en la universidad, fui al Mercado de la Cebada, volví a comprar más picotas, 200 gr de pavo y 150 gr de queso Cheddar en lonchas, me sonó el móvil y nerviosa hablé con Joan, me dijo que me echaba de menos, yo no le dije nada, me dijo que no quería agobiarme pero que había encontrado trabajo en Madrid y que se mudaba en dos semanas, yo no le dije nada, me dijo que se había enterado de lo de mi madre y que lo sentía mucho, y yo lloré. Al llegar a casa, preparé las clases del día siguiente, escribí un relato a mi madre, cené una tortilla de pavo y, antes de meterme a la cama, escribí un WhatsApp a Joan diciéndole que lo quería. Dos semanas después, di clases en la universidad, fui al psicólogo y le hablé de Joan, me tomé unas cañas con mi amiga Almudena, preparé las clases del día siguiente, cené verdura al horno con queso gratinado y salsa alioli, que había preparado Joan y, antes de meterme a la cama, me enseñó el cartel terminado para la obra de teatro, me encantó. Al día siguiente, hicimos el amor, di clases en la universidad, envié el cartel a Pringao, Actor1 y Actor2, dijeron que estaba bien pero que no era vistoso, me tomé unas cañas con Joan, Gael y su nuevo novio que se rieron al contárselo, preparé las clases del día siguiente y cené ensalada templada de merluza y gulas que había preparado Joan y, antes de meterme a la cama, pensé en mi madre. Una semana más tarde, di clases en la universidad, fui al psicólogo y le hablé del dolor, del de dentro, del que parece que nunca se irá, me tomé unas cañas con Ana que vino de Segovia, fui al teatro para ver los últimos ensayos y me encontré con una obra que no era mía.
        —Este no es mi texto —dije.
        Actor1 y Actor2 miraron al suelo.
        —Es que como dijiste que dejabas el montaje… —explicó Pringao.
        —Ya, y eso te daba derecho a hacer y deshacer lo que te diera la gana. ¿Sabes cuál es la diferencia entre dejar un montaje y ceder unos derechos de autor?
        Actor1 y Actor2 volvieron a mirar al suelo.
        —Tú te habías ido, y lo dejaste bien claro, ahora no puedes desdecirte —contestó mirando a los actores que seguían analizando el suelo.
        Lo miré y pensé que aquel tío era lo menos normal a lo que un ser humano podía parecerse, así que decidí salir corriendo no fuera a ser contagioso. Me tomé una tila en el bar de enfrente. Llamé a Joan, se lo conté y él no lo llamó A-normal sino otras muchas cosas, algunas tan gordas como las picotas moradas. Preparé las clases del día siguiente, cené espárragos trigueros con gambas salteadas que había preparado Joan y, antes de meterme a la cama, escribí un email a Pringao, Actor1 y Actor2, avisándoles de la ilegalidad de llevar esa obra, tal cual, a escena con mi nombre en cartel. Seis días después, di clases en la universidad, me tomé un café con la coordinadora para comentarme los cambios en el horario, hablé con mi hermano por teléfono, me dijo que él también soñaba mucho con mamá, preparé las clases del día siguiente y esperé a Joan y a un grupo de amigos en la puerta del teatro para ver el estreno. Vimos el estreno, comprobé que el texto se había respetado, aplaudí y di la enhorabuena a los actores, que esta vez miraban al frente. Cené con mis amigos unas tostas, nachos con queso y muchas cervezas, brindamos entre risas por el cartel tan poco vistoso y por lo huevos de Pringao. Y, antes de meterme a la cama, ajusté el despertador porque, con el nuevo horario, el día empezaría una hora antes, pero todo lo demás seguiría igual, normal.


sábado, junio 21

Agur, ama




Sobre el ring todo preparado para el combate. En una de las esquinas, en la categoría de peso pesado: Vitatis Fastus; en la de enfrente: mi madre, en la categoría de minimosca. Injusto, lo sé, pero las trampas en este juego las conocemos todos.
—Ama, solo debes estar tranquila, pero pon de tu parte porque esta mala bestia te va a machacar como te despistes —le dije desde el otro lado de las cuerdas mientras le daba un enérgico masaje de hombros.
—Hija, de verdad, estate quieta ya con las manitas, ¡que me vas a descoyuntar! Tanta mierda con el combate. Mira, me tienes, me tienes, ¡vamos!, ¡no te digo hasta dónde me tienes!, ¡pero cómo me tienes! ¡HARTA! Haz esto, ahora lo otro, así no, asá, que lo haces mal, tienes que… ¡Hasta la mismísima tolola! Todo el día con el consejito en la boca, eres la Doña yo sé, ¿eh? ¿Te digo yo cómo deberías hacer las cosas?, ¿eh?, ¿te lo digo? ¡No!, y que conste que sé que hago mal porque tu vida no tiene ni pies ni cabeza, perdiste el norte hace mucho tiempo, pero allá cuidados, ¡allá cuidados! Así que ¿sabes quién va a luchar?, ¿sabes?, ¡pues Rita la Pollera! ¿Que no la conoces?, pues te la presento un día de estos. Harta ya de tanta mierda, hija, de verdad. Te lo repito: déjame un poquito ya a mi aire, que yo también me merezco descansar, ¿o no? No voy a luchar, no voy a luchar y no voy a luchar. ¡Dame un respiro, por favor!, ¿eh?, ah, y una lima que me acabo de partir la uña, si es que me pones de los nervios...
Me bajé del ring mirándola. Sentada en el pequeño taburete sobre la lona, se ajustaba el albornoz con coquetería, como si todo aquello no fuera con ella.
De camino al vestuario a por la lima y un botellín de agua, me encontré con mi hermano Gerardo.
—¿Cómo la ves? —me preguntó dándome un abrazo.
—No hay nada que hacer, dice que no va a luchar y que no va a luchar y que no va a luchar, no hay manera, dice que la dejemos tranquila, creo que es lo mejor. Esa mole la va a machacar, no merece la pena, Gerardo, estamos hablando de Vitatis Fastus. Creo que es mejor anular el combate y que se vaya sin un golpe.
—Ah, fenomenal, así que tiras la toalla. Muy bien. El camino fácil. La huida. Creo que así no se hacen las cosas, Elvira.
Lo miré como se mira a un muro, con la certeza de que las palabras seguirían rebotando.
—Voy a coger una lima, se le ha roto una uña —y me marché.
—Pues luchará, ¿me has oído, Elvi?, ¡luchará como que me llamo Luis Gerardo Rebollo!
Amén.
Diez minutos después regresé al cuadrilátero. Mi hermano de cuclillas frente a mi madre le hablaba con una enorme sonrisa. Ella lo miraba embelesada, podría ser su hijo como el amor de su vida. Me acerqué.
—… así que no te preocupes, no vamos a atacar, lo importante es la defensa, evitar golpes. Eres muy ágil, mamá, sabrás escaquearte. Recorre la lona e intenta cansarlo, necesitamos ganar tiempo, ¿me has entendido? —mi madre asentía embobada—. Cuanto más tiempo consigamos mejor podremos invertirlo en una nueva estrategia, pero tú por eso no te preocupes, nos encargamos nosotros, ¿vale? Solamente sal ahí y defiéndete, sabrás hacerlo muy bien, vales mucho, ama. —Se abrazaron. Gerardo, al oído menos malo, le susurró un te quiero y luego haciéndome un gesto bajó del ring.
Me senté en la lona, junto a ella, apoyada sobre las cuerdas.
—Tienes un hermano maravilloso —dijo mirando al frente, directa a su oponente Vitatis Fastus—. Sé que no me lo merezco como hijo, es excepcional, tan inteligente, siempre supe que iba a ser ingeniero, el mejor de su promoción. Es único, como él no hay dos, eso te lo digo yo.
—¿Y entonces? —pregunté.
—Entonces , ¿qué?
—Que si vas a luchar.
—¡Y dale la burra al trigo! —gritó girando con rapidez la cabeza hacia mí—. ¿Tú qué es lo que no entiendes?, ¡porque no creo que sea tan difícil!
—Mamá, escúchame —dije levantándome y colocándome frente a ella—. Acabas de prometer a Gerardo que lucharías, ¿sí?, ¿te acuerdas?
—¿A Gerardo?
—A Gerardo.
—Gerardo… —se observó la uña rota y se la rozó con la yema del pulgar—. Tu hermano Gerardo es guapísimo, esos ojos verdes que tiene te dejan sin palabras, es guapo de verdad. —Derrotada me dejé caer sobre la lona y la seguí escuchando allí sentada, sintiéndome todavía más pequeña si cabe—. Los tuyos bonitos no son, eso ya lo sabes, no vamos a andar ahora con tonterías pero tienen ese brillito, un brillito que te hace ser muy especial.
Me levanté y la abracé, quería estrujarla completamente pero estaba tan delgadita que me daba la sensación que iría a romperla.
—¿Vas a luchar? —pregunté mirándola. Las dos llorábamos. Nos volvimos a abrazar, y se lo volví a preguntar—: Ama, ¿vas a luchar?
—Anda, dame la lima que esta uña me está dando mucha dentera.
De repente el estadio entero rugió. Al ring saltó el árbitro. Del techo bajó un micrófono de mano que alcanzó y pidió a los púgiles acercarse. Nerviosa ayudé a mi madre a quitarse el albornoz, salí del cuadrilátero y busqué a mi hermano. Llegaba corriendo por uno de los estrechos pasillos que daban al centro. Me cogió por el hombro y juntos observábamos la escena bajo las cuerdas de la esquina.
—Todo va a ir bien —me dijo Gerardo—. No te preocupes.
No pude mirarlo, abrí el botellín de agua y bebí despacio.
El árbitro presentó a los luchadores y cuando todo tendría que dar comienzo, mi madre se acercó a él y le dijo algo al oído. Luego, con calma y sin parar de sonreír, se dirigió a la esquina donde estábamos, se volvió a poner el albornoz y se atusó el pelo.
—Pero, mamá, ¿qué haces? —preguntó mi hermano desde abajo.
—¿Yo?, marcharme. El señor de la pajarita, que es encantador, me ha dicho que la puerta está allí —y señaló al fondo.
Antes de que mi madre pudiera bajar del ring, el árbitro alzaba el brazo de su contrincante y todo el estadio gritó enloquecido. Ya era oficial, Vitatis Fastus había ganado el combate. Me llevé el botellín de agua contra el pecho y me quedé así quieta hasta que me di cuenta de que mi hermano saludaba a alguien con la mano. Me di la vuelta y vi a mi madre ya en la puerta del fondo del estadio. Agitaba la mano y nos mandaba besos al aire. Parecía una reina. Nos hizo reír. Volvíamos a ser dos niños, sus dos niños. Abrió la puerta y se marchó.
—Agur, ama… —dije bajito.
—Agur, ama —dijo Gerardo con un poquito más de voz.

A mi ama