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martes, diciembre 6

Reasignando roles

 Lioness and cub de Paul McKenzie
—Oye, ¿entonces cuándo vienes?
—No, ama, por eso te llamo que…
—Mierda de teléfono, es que no se oye nada, ¿hija?
—A ver, ama, que te digo que al final me quedo en Madrid porque…
—Nada, nada, que no se oye nada.
—¡Ama, cambia el auricular de oreja! ¡Con la izquierda!
—Sí, sí, ¡mierda, mierda!
No había nada más patético que dos sordas hablando por teléfono.
—¡No cuelgues, cariño! ¡No cuelgues que te cojo en el de la cocina, que el inalámbrico es un asco! Qué asco, de verdad, de verd —Clic.
Mientras esperaba a que volviera a coger el teléfono me recosté en el sofá. Cuando escuché su voz de nuevo, intenté explicarle  por cuarta vez que el fin de semana no iría a Bilbao, porque me habían surgido planes con Min y Gael. La verdad era que no tenía ánimo suficiente para pasarme 5 horas en un autobús ni 48 en casa de mis padres.
—¿Que qué?, ay, espera, que anda Elsa con la aspiradora y… ¡Elsa, apague eso!, ¡apáguelo!, que tengo a la tolola al teléfono y para una vez que llama pues… A ver, dime.
Tolola. Yo era la tolola. Hola, Elvira Rebollo, escritora y tolola. Inspiré profundamente, tan profundamente que hasta creí meterme para dentro. Después, apretándome la boca con el puño, solté el aire por la nariz lentamente.
—Mamá, que te decía que me quedo en Madrid —Hice una pausa, mientras cavilaba la venganza—. Porque el psicoanalista me ha aconsejado no ir. Dice que estoy avanzando mucho y que tú, ahora mismo, no serías una buena influencia para mí.
Se hizo el silencio. Y es que mi madre es incapaz  de llevar la contraria a los curas, los profesores y los médicos.
—Bueno… oye, pues no sé, si te lo ha dicho, ¿verdad?, habrá que hacerle caso porque… Pero, oye, este señor estará colegiado, ¿no? —Se me escapó la risa—. ¡Serás mala! Ya me extrañaba a mí, ¡qué sinvergüenza eres! ¡Pocas madres como yo, muy pocas! Pero claro, me odias tanto que a saber las barbaridades que le habrás contado sobre mí, aunque si es un buen profesional se habrá dado cuenta de que detrás de ti está el trabajo de una madre coraje. Que si no llega a ser por mí, Dios mío, no terminas ni el colegio…
—Ama, no empieces, además no te odio.
—Sí, sí, sí me odias, claro que me odias, que me pones a parir en tu blog, pero mira, una cosa te voy a decir, prefiero que me pongas a parir, que no como a tu padre ¡que ni lo nombras!
Me reí. Qué tía, imagino que de ella habría heredado la falta absoluta de empatía.
—Bueno, entonces, no vienes porque no te da la gana, ¿no?
—Más o menos —contesté.
—Bien, pues hablando en serio, ¿qué dice tú psicoanalista?
—Nada, no habla.
—Ya. No será judío, ¿no?
—No, es gallego.
—¿Gallego judío?
—¡No, mamá!, ¡gallego-gallego!
—Cómo te pones, hija, de verdad, no se te puede decir nada. Es que los judíos son muy peseteros y, con tal de seguir cobrando, es capaz de alargar la terapia. Una cosa te voy a decir, la crisis de este país ya sabes por qué es, ¿no? Porque echaron a los judíos —Cerré los ojos y resoplé—. Escúchame, tú ahora llenas el país de judíos y la economía se levanta echando virutas. Estos son de ojo por ojo, euro por euro. Están todos forrados, dime, ¿tú conoces algún judío pobre?
—Y yo qué sé, mamá, el único judío que conozco en este país es Jon Juaristi.
Las carcajadas de mi madre me hicieron sonreír.
—Ay, la cosa es —empezó diciendo retomando el aire— que aunque tu psicoanalista no hable, en algo te estará ayudando, porque yo te veo mucho mejor que el año pasado, madre mía, ¡ni punto de comparación!
—Sí, no sé, es todo muy largo y…
—¡Ya estás, ya estás, la inmediatez!, ¡como tu padre, el aquí y ahora! Hay cosas que necesitan su tiempo. De todas formas, si quieres mi opinión, creo que lo tuyo es un clarísimo complejo de Electra, por lo de tu padre, el estar pero no, ya me entiendes.
—Ama, todas mis parejas han sido más jóvenes que yo.
—Ya, bueno, pues entonces debe ser algo de complejo de Micro.
Estallé en una carcajada. Conocía a esta mujer hacía más de 30 años y seguía sorprendiéndome con sus ocurrencias. Cuando conseguí estar un poco más seria le conté que lo había dejado con Rafa, y que sin más.
—Claro que sin más, muy bien. Si no estabas a gusto, es lo mejor que has podido hacer. Porque una cosa te voy a decir —cuánto odio esa frase suya—: yo antes pensaba que eras muy golfa.
—¡Mamá!
—Hija, es que compréndeme, que si uno, que si el otro, ahora el alemán, el gabacho, que vengo, que voy con el calvo, que te vas a Pakistán, que no, que el americano, el Pedro ¡por favor! Pero, mira, ahora te envidio, porque he cambiado aunque no te lo creas —Sí, claro que me lo creía—. He cambiado mucho, mucho, mucho, muchísimo, y ahora te miro y me pregunto por qué coño me tuve que quedar yo con el primero —Me reí, ella hizo una pausa y con tono serio continuó diciendo—: No quiero que te sientas sola, es solo un tiempo, aparca tu inmediatez dichosa y relájate. No me cabe ninguna duda que sabes lo que quieres y, a diferencia de tu madre, lucharás por conseguirlo.
Se me cayeron las lágrimas, y fingiendo prisa colgué el teléfono, con la enorme culpa de no saber decirle lo mucho que la quiero. 

sábado, septiembre 17

De tangas va el asunto


Llega un momento en la vida en que te quitan las dos rueditas de atrás de la bici, en que le pides a tu madre que deje de ir a buscarte al cole, porque prefieres volver a casa con las amigas, en que la cerveza deja de tener ese sabor a barandilla oxidada para convertirse en tu bebida preferida, pero sigo sin saber el momento exacto en el que te das cuenta de que eres lo demasiado vieja para seguir llevando tanga.
Frente al pequeño espejo del baño, sostenía las dos canas que me acababa de arrancar. Sujetándolas con los dedos, las llevé hasta la salita, con el brazo estirado, como si fueran pruebas de un delito.
―¡Mira! ―exclamé a mi madre mostrándoselas.
Dejó a un lado el libro que leía, se bajó las gafas hasta la punta de la nariz, las observó, levantó la vista, me miró, cogió de nuevo el libro, se subió las gafas y me pidió, sin apenas vocalizar, que me fuera a cagar.

Acababa de regresar de París. Llevaba dos días en la casa de veraneo de mis padres. Era momento de asimilación. Necesitaba digerir el haber escuchado por teléfono a la guarra que se había tirado a mi novio, que yo me hubiera tirado a un gabacho, con el nombre de una tía tatuado en la nuca, amigo de un tal Bertrand, que el tal Bertrand se hubiera tirado a Lys mientras la llamaba Gleese, que mi cuenta bancaria estuviera a menos 387 euros, que un tipo me considerase, en su blog, escritora de la nueva literatura basura, que mi madre me preguntara cada dos por tres por qué había vuelto, que mi pelo se llenara de canas, y que mi culo estuviera cogiendo una forma, anatómicamente, incompatible con el tanga.
Decidí quedar con éstas. Escuchaba, con una cerveza en la mano mirando al puerto, como el chico con el que había quedado Marieta, el domingo por la tarde, le había dado plantón.

―¡No apareció! ―Marieta.
―¡¿No apareció?! ―Blanquita.

―No apareció… ―yo.
―¿Años? ―yo otra vez.

―No sé, los nuestros, imagino, no sé… ―Marieta.
―Ya, así que no llegaba a los treinta ―Blanquita.

―No llegaba… ―yo.
―¡Iros a la mierda! ―Marieta

―Idos ―yo.
―¡Vete! ―Marieta.

―No os sigo ―Blanquita.
―¡Que somos viejas y punto! ―yo.

―¡No somos viejas! ―Marieta.
―Perdone, señora, ¿esta silla está libre? ―me preguntó un niño de unos doce años. Asentí con la cabeza y el crío se la llevó.
Me giré hacia mis amigas, las miré y supe que ese momento había llegado. Me levanté y les dije que enseguida volvía.

Al de 15 minutos, estaba de vuelta.

―¿A dónde has ido? ―Blanquita.
―A mi casa ―yo.

―¿Para qué? ―Marieta.
―Para ponerme bragas ―yo, otra vez.

miércoles, julio 6

Oasis en la playa

Aparición de un rostro y un frutero sobre la playa por Salvador Dalí

Mes de julio. En la playa. Mar Cantábrico. En uno de los pueblitos de la costa vizcaína, Marieta está sentada con las piernas flexionadas, sobre un pareo hippie con flecos en tonos azules, comprado en Tarifa. Cuerpo de gimnasio con un moreno perfecto, un tono dorado logradísimo. Biquini de triangulo. Melena suelta, desfilada por delante y acabada en uve a media espalda. Gafas Carrera. La Cosmopolitan sobre sus piernas y el iPhone en su mano derecha.
Yo, a su lado, sentada a lo indio sobre una toalla de rizo algodón, que me trajo mi madre de Portugal. Con un gigantesco bolsillo en la parte de abajo. Muy práctico, así te ahorras el capazo, dijo mi madre mientras ofrecía un albornoz a mi abuela. Piel amarilla embadurnada en crema, me doy tanta que hasta se me hacen pelotillas en la cara, lo hago para evitar la mancha solar sobre el labio. Vale…, no es mancha, es bigote cantinflero, pero me gusta pensar que es mancha al igual que creo que la menstruación me hincha, que el chocolate me saca granos y que los hombres no saben valorar la belleza interior, sí, leyendas urbanas que agradezco enormemente. Sigamos. Biquini de aro y de braga ancha. Camiseta en la cabeza. Y peleándome con las descomunales hojas del periódico, vamos, como para tener un móvil en la mano.

―Marieta, estoy agotada… agotada de verdad ―le digo mientras doblo el periódico rompiendo la mitad de las páginas―. Necesito un tío que me quiera tanto que se responsabilice de mí por completo, que no me pida nada a cambio, que me permita descansar un poco mientras arreglo mi vida, que me haga reír, que me sorprenda cada día, que al follarme me deje inconsciente, que me…
―Ya, pues ponte a la cola, mona… ―dice sin levantar la vista de la Cosmopolitan.
La miro sin añadir nada más.
Me quito la camiseta de la cabeza, me tumbo y me la coloco sobre la cara. Extiendo los brazos en cruz hasta tocar la arena con las manos. Hundo los dedos en ella, es suave, con alguna piedrilla. Cojo un puñado en cada mano y la dejo caer de nuevo, abriendo un pequeño orificio entre la palma y el dedo meñique. Se escurre como en un reloj de arena. Se acabó el tiempo. Cojo otro puñado, nuevamente la dejo caer y el tiempo se vuelve a terminar. Qué fácil. Qué fácil resultaría así, teniendo el control de las cosas.
Pienso en mi padre y quiero que se desintegre. No deseo su muerte ni nada por el estilo, solamente que se convierta en arenilla y deje de existir. ¿Y tu padre? No sé, un día se desintegró y no lo hemos vuelto a ver, ¿y el tuyo? El mío se acaba de jubilar. Vaya, lo siento, espero que se desintegre pronto.
Pienso en mi madre y quiero que se case con un millonario austriaco, que se la lleve a Viena a ver conciertos y que, cada vez que hablemos por teléfono, falle la cobertura.
Pienso en Rafa, en su moto, en su Ford Fiesta tres puertas, en su consultoría, en sus DVDs del viernes por la noche, en su bici y en su Parque del Retiro, y la que se desintegra soy yo.
Pienso en mi profesor de Creación Literaria escribiendo una novela, no, no, no, eso es imposible, seamos un poco realistas, bueno, pues desintegrado, igual que mi padre.
Pienso en mi psicoanalista confesándome su pasión por la Pantoja y que deja la consulta para dedicarse, por completo, al transformismo en locales de Chueca.
Y pienso en mí, sentada en el escritorio de mi buhardilla madrileña, esperando a cumplir los 40 años para recibir a la muerte.

Riiiiiing.
Me levanto del escritorio, me acerco a la puerta y pregunto sin abrir.
―¿Quién es?
―La muerte ―me contesta una voz femenina al otro lado.
Abro la puerta y veo una sonriente mujer de mediana edad. Lleva una ceñida falda negra por debajo de la rodilla, una blusa de seda granate con una enorme lazada anudada al cuello, y unos Louboutin Peep Toe negros con tachuelas.
―¿Elvira Rebollo? ―pregunta.
―Sí ―respondo.
―Bueno, cariño, déjame comprobar unas cosillas, puro trámite, ya sabes ―dice sacando unos papeles de su Hermes―. Vamos a ver, Elvira Rebollo, aquí estás… ¿escritora frustrada?
―Sí ―respondo.
―Perfecto ―Y marca algo en una de las hojas―. ¿Hija frustrada? ―Asiento con la cabeza―. ¿Novia frustrada? ―Vuelvo a asentir―. ¿Estudiante frustrada? ―Frunzo el ceño―. Sí, suena raro, ¿verdad, preciosa?, pues déjame ver en observaciones… Vale, aquí dice que te has pasado la vida buscando, sin éxito, un mentor que te guíe en tus proyectos creativos.
―Sí, bueno, tuve un profesor de Creación Literaria pero me odiaba…
―Lo sé, cariño, aparece aquí. Murió hace dos años ―Abro los ojos sorprendida―. Bueno, se ha certificado su muerte, pero ninguno de mis compañeros pudo ir a buscarlo, se ve que se desintegró.
Me muerdo los labios, aquello hace que chirríe mi sentimiento de culpa.
―Bla, bla, bla, parece que todo encaja, ¿no? Ah, se me olvidaba, ¿paciente frustrada?, de psicoanálisis, según esto. ―Y con los ojos cerrados asiento por última vez―. Bien, pues eres tú sin lugar a dudas. Entonces, si no te importa, colócate como estabas ―dice empujándome hacia dentro de mi casa―, sentada en el escritorio, eso es, con la cabeza… vamos a ver… no, así, eso es, cariño, sobre el teclado, ojos abiertos, perfecto. ¡No te muevas, por favor! Debo tomarte una foto para el informe, eso es, perfecto, cariño, sin moverte… ―Oigo un click y veo el flash de refilón―. ¡Maravillosa, cielo!, ¿la quieres ver? ―me pregunta mientras agita al aire la foto de su Polaroid. Me acerco a ella―. ¡Mira! Retrata perfectamente una muerte por agotamiento anímico.

―¡Elviraaaaa! ―Marieta me zarandea―. ¡Joder!, estás como una tapia.
―Estaba hablando con mi muerte… ―digo sentándome sobre la toalla mientras me coloco, otra vez, la camiseta en la cabeza.
―Ah, perdona, entonces estás como una cabra. Bueno, ¡mira, mira, mira!
Me acerco a lo que me señala sobre la revista y leo:
Transforma el orgasmo de tu chico de 5 a 30 segundos
―¡Ay, idiota! Eso no, ¡esto!
Horóscopo del amor para este verano
―¿Y qué dice?, ¿eh? ¿Qué te dice? ―Levanto los hombros― Dice, te leo, ¿vale?, te leo: No persigas el amor, sino déjate sorprender por él, quizá en un viaje organizado, en un museo o paseando por el parque
―¡¿Por el parqueeeee?!
―¡Calla! …por el parque, en cualquier lugar puedes encontrar a ese alguien que te ofrecerá el apoyo que tanto anhelas
―Hala, qué fuerte… ―digo llevándome las manos al pecho.
―…pero tu corazón está blindado. Los desengaños anteriores te han dejado resquemor y preferirás ligar, sacando tu lado más cínico, aunque, en el mes de agosto, lo que empezó siendo un tonteo terminará en boda
―¡Que me caso! ¡Que me caso con un tío del parque!
Me pongo de pie y empiezo a recoger todas mis cosas y a meterlas en el bolsillo gigantesco de la toalla.
―¿Pero a dónde vas, zumbada?
―A comprarme un billete de avión.
―¡¡¿A dónde?!!
―A la ciudad de donde vienen los niños y… ¡los maridos! ¡París!
―¡Espera!, ¡voy contigo! ―Marieta se levanta y atolondrada mete todas sus cosas en el capazo. Cuando me alcanza me mira, y seria me dice―: Elvi, sólo una cosa, cuando lleguemos a los Campos Elíseos, por favor, quítate esa camiseta de la cabeza…

lunes, febrero 21

Último café

Dreams of Grandmother and Granddaughter por Karl Briullov

Me despertó el intenso olor a café. Tras salivar como perro de Pávlov, me incorporé en la cama y miré la hora en el móvil. Las 5.14 de la mañana. Esto es imposible, pensé. Volví a inhalar el aroma que se esparcía por toda la pequeña casa. Cerré los ojos para intensificar la sensación y me compadecí de todos aquellos a quienes no les gustaba el café. Pobres infelices. Me levanté. En la vitro de la cocina vi la cafetera pitando. La aparté con un trapo.
—¿Ya está, pichín?
Me di la vuelta y la vi, con un elegante abrigo de astracán, sentada en el sofá del salón con las piernas cruzadas. Estaba leyendo el Hola, y sin levantar la vista de las páginas cuché volvió a repetir la pregunta.
—Sí, ya está, abuela —contesté acercándome a ella para besarla.
—Cuidado, no me despeines que estoy de pelu.
—Te han dejado muy guapa. Oye, ¿qué haces aquí?
—Le he pedido las llaves a tu madre, quería verte la buhardilla que me ha dicho que la tienes puesta ideal. Y es que, pichín, seis meses en Madrid y no me has invitado ni una vez…
—¡Mujer, haberme llamado!
—¡Pero si no coges el teléfono!, ¡no he visto cosa igual! ¡Llama que te llama y nada! —gritó haciendo una mueca y bajó de nuevo la vista—. Oye, cómo me gusta la Middleton ésta, ¿eh? Se les ve enamorados, ¿verdad?
—Pfff… qué sé yo. —Y con pereza me levanté del sofá.
—Bueno, y tú ¿qué? —preguntó dejando la revista sobre la mesita.
La miré y sin contestar me acerqué a la cocina, después sujetando la cafetera pregunté:
—¿Lo quieres con leche entera o semidesnatada?
—Entera.
—No tengo.
—¡¿Pues para qué me preguntas, pichín?!
—Porque si me llegas a decir que semidesnatada hubiera quedado estupendamente.
Mi abuela se levantó riéndose. Se acercó y se apoyó en la encimera junto a mí.
—Vale, y ahora dime qué quieres: ¿galletitas de miel, pastel de tía Mildred o surtido Martínez? —pregunté esta vez.
—Hija, dime lo que realmente tienes y así terminamos antes —dijo aguantándose la risa.
—Vale, sólo tengo el surtido Martínez, y tampoco se le puede llamar surtido porque lo único que me queda son las palmeritas de hojaldre, las chiquitinas, ¿sabes?
Me dio un cachete en el culo y me llamó sinvergüenzona tres veces. Después, se quitó el abrigo y, colocándolo sobre uno de los antebrazos del sofá, se sentó de nuevo.
Llevé, sobre una bandeja, los cafés y la única palmerita, que me había dado cuenta que me quedaba, partida por la mitad.
—Menudo empacho, pichín. —Al oírla, solté una carcajada y apoyé la cabeza en su hombro buscando complicidad—. Si es que eres original hasta para invitar a café, qué criatura, madre de diós… Anda, y dime, que antes no me has contestado ¿tú qué?
—¿Yo qué de qué? —E incorporándome en el sofá cogí la taza de café.
—¿Qué sabemos de Pedro?
—Abuela, no empieces.
—Pero, pichín… pero si te quiere con locura ese chico, pero si te mira, te mira como, qué se yo, como así, mira, así, así te mira.
—Abuela, pareces un pez —dije riéndome.
—No vas a encontrar a otro como él, ¿eh?, eso te lo digo desde ya.
—Abuelaaaaaa… paraaaaa…
—Es que es guapo, guapo, guapo, atento, educado, pero una cosa… ¡vamos, educadísimo! Y cómo te mira… con esa cara, con esos ojos que…, así, así. —Y mi abuela volvió a poner cara de pez—. Mira, tienes esa cosa que los vuelves locos, los hipnotizas, pichín.
—Será por mi belleza…
—¡Ay, qué sinsorga eres!, ¡qué sinsorga, madre de diós! —A las dos nos entró la risa.
Las carcajadas se nos cortaron al oír el portero automático. Miré el reloj de la cocina, las 5. 47.
—Abre, abre, pichín, que será el abuelo.
—Pero… pero ¿qué bobadas estás diciendo? El abuelo hace año y medio que…
—Bueno, yo me voy. —Tomó su abrigo de astracán, se lo puso con algo de dificultad y fue directa a la puerta—. Me voy porque basta que me haya venido a buscar para que le haga esperar, ¡además con el frío que hace en Madrid!, pobre angelito...
Mi abuela abrió la puerta y salió. Corrí tras ella.
—¡Abuela!, ¿te vas a ir con él?
Ella, que ya estaba bajando los primeros escalones, se dio la vuelta y dijo:
—Pero, pichín, ya sabes cómo es tu abuelo, ¡demasiado que ha aguantado un año!, éste no sabe estar sin mí.
—Pero ¿así?, ¿te vas sin despedirte…? —Se me caían las lágrimas. Me acerqué hasta ella y la abracé—. Quédate, abuela, quédate…
—No llores, pichín, no llores así...
La abrazaba con la cara hundida en su hombro sintiendo un inmenso vacío en el pecho.
—Venga, pichín, que tu abuelo me está esperando… —me susurró separándose de mí.
Me senté en el primer escalón y, con el alma anudada al estómago, la vi bajar. Agur, abuela, le dije mandándole un beso, agur, pichín, agur…

Al entrar a las 9.10 de la noche en el tanatorio, abracé a mi madre con inmenso amor desconsolado.

A mi abuela

jueves, enero 13

Monopoly familiar

―Avenida de Felipe II, ¿la compras?
―¿Avenida de Felipe?, ¿cuánto cuesta? ―pregunté ladeando la cabeza para ver mejor el tablero.
―Dieciocho mil pesetas ―contestó mi hermano buscando la cartulina con todos los datos de la calle. A Gerardo le encantaba ser la banca desde que éramos niños.
―¿Eso cuántos euros son?
―Qué más dará, mamá, por favor ―dije suspirando.
―¡Uy, qué carácter, hija! ¡Pues da mucho! ―gritó cerrando los ojos, siempre lo hacía cuando se enfadaba, después los abrió y con una voz un tanto infantil continuó diciendo―: Porque a los euros como siempre les hemos quitado ceros pues, oye, que luego piensas que no te cuesta nada y, ¡madre mía, pásalo a pesetas que es otra cosa!
Mi padre empezó con un aburrido discurso económico que preferí obviar. Era un pesado. De medio lado y en bajito, para no menospreciar la oratoria de mi padre, pregunté a mi hermano si alguien había comprado el resto de las calles naranjas.
―La abuela tiene la calle Serrano ―contestó susurrando del mismo modo que lo había hecho yo. Pasábamos de los treinta pero a los dos nos seguía imponiendo el mismo respeto aquel hombre.
No eran muchas las veces que nos juntábamos todos en Bilbao pero la Noche Buena, desgraciadamente, era fecha obligada de encuentro y el Monopoly la tradición personificada en dinero y dados.
Cuando por fin se calló e hizo ese gestito tan soberbio con la mano dando a entender que podíamos seguir jugando, pregunté a mi abuela por la calle.
―Serrano, Serrano, Serrano… ―decía ella buscándola con el dedo índice entre los billetes.
―No, abuela ―dije mostrándole la pequeña cartulina blanca con la banda naranja en lo alto―, es como ésta, eso es el dinero, esto son las fichas de las calles que poseemos ―y volví a zarandear en el aire la de Avenida de Felipe II.
―Ah, pichín, que yo creía que andaba por aquí… ―se encogió sobre la mesa y estirando de nuevo su dedo índice, a modo de aspersor, rebuscó entre las tarjetas que había alineado perfectamente bajo el borde del tablero―. Aquí está, toma pichín, para ti.
―Joder, ya estamos, ¡no!
Se me había olvidado mencionar que mi hermano además de haber sido siempre el banquero se había convertido en el lector oficial de instrucciones, bien sea de juegos como de electrodomésticos. Gerardo, ¿esto cómo va?, le preguntaba en las navidades de 1994 intentando conectar los altavoces a mi nuevo discman. ¡Hijo!, le decía mi madre, mírame si aquí pone que se le pueda echar jabón líquido al lavaplatos. Dice que no. Gracias, cariño. Ningún miembro de la familia había osado a quitarle ese cargo, supongo que más por pereza que por lealtad.
―No, abuela, ¡no!, no empecéis, que al final siempre hacéis las dos lo que os da la gana. ―Y tomando el dorso de la caja del juego, leía en voz alta las reglas para vender o hipotecar las propiedades―. ¿Lo has entendido, abuela?
―Pues no mucho, hijo.
―Déjalo, abuela, que se ha picado ―aconsejé con cierto rintintín.
―¡Qué pedorra, tía! ¡No me he picado pero así no se puede jugar!
―En Serrano se compró José Ángel el piso, ¿no? ―Mi madre en sus mundos.
―No, en Hermosilla. ―Y mi padre la acompañaba.
―¡Pero si es un juego, imbécil! ―recriminé.
―No, en Hermosilla te digo yo que no, porque fíjate, es más, te digo que se lo compró junto al Corte Inglés. ―Mother’s world.
―¿Y qué?, ¡hay reglas, subnormal!, léete las instrucciones, joder, no es mi problema que las tías nunca leáis las instrucciones, ¡se juega así y punto!
―Mmm… no, estás muy equivocada, te confundes con la Casa del Libro, se lo compró junto a la librería ésta de Hermosilla. ―Father’s world.
―Oye, pichines, si os ponéis así, rompo la cartulina de Serrano, la calle no es para nadie y ya. Pedios perdón y daos un beso. ―Grandmother’s wonderland.
―Bueno ―dijo una vocecita al lado derecho de Gerardo―, bueno ―repitió carraspeando―, creo que me toca a mí, ¿no?, es mi turno. ―Anke, la novia de mi hermano tomó ambos dados y los lanzó. Dos seises. Anke era polaca. Anke era preciosa. Anke era todo dulzura. Anke era la reina de las dobles tiradas y aquello le hervía la sangre a Gerardo.
―Vale, vuelves a tirar, pero si te salen otras dos veces dobles vas a la cárcel.
Resoplé tras las directrices de mi hermano, me irritaba tanta exactitud.
―Bien, pero me ha tocado Caja de comunidad ―dijo ella, sin querer saltarse ningún paso. Y es que eran tal para cual, se conocieron siete años atrás en Alemania, estudiando un posgrado de Física Termodinámica en la Universidad de Magdeburgo, con eso creo decirlo todo.
Mi hermano tomó una de las tarjetas del centro del tablero y leyó:
―Por reparaciones en su propiedad pague diez mil pesetas por cada casa, cuéntese como cuatro cada hotel.
―Todavía no tengo nada ―respondió ella aliviada.
―Ricardo… ―comenzó mi madre diciendo muy pensativa―, ¿por qué no compramos una casa en Madrid?, ahora que está la niña allí podríamos invertir ―Mother’s fantasy.
―Tira otra vez ―dijo Gerardo.
―Dos treses ―dijo Anke.
―A la próxima vas a la cárcel ―amenazó Gerardo.
―¡Que siiiiiiiiiiiiiiiiiií, pesa’o! ―grité yo, que no era más que una simple profesora de español.
―Ay, pichines, yo creo que el bogavante me está haciendo gru, gru, gru, gru, lo noto yo, lo noto, ¿a ver si son cacas?
―Tira otra vez.
―Cacas van a ser, ¿eh, abuela?, venga, que te acompaño al baño ―dije levantándome.
―Dos cuatros.
―Bueno, se podría mirar, sí. Esta semana llamo a José Ángel y a ver qué zona me recomienda ―Father’s paranoid schizophrenic.
―¡A la cárcel!

viernes, diciembre 17

Navidad, feliz navidad...


Rafa abría un tempranillo y yo, recostada en el sofá de su casa, remarcaba con el dedo los Aaaaargh! de la Cuore.
―Jennifer López, celulitis: Aaaaargh!
―Esto ya está. ―Y con una bonita sonrisa trajo las dos copas de vino.
Habíamos ido a cenar al japonés de debajo de casa, la idea fue de él. Mi día había sido negro, el suyo gris, así que nos merecíamos colorearlo.
Flexioné las rodillas, tirando la revista al suelo, y le dejé espacio para sentarse. Me dio una de las copas. La cogí con las dos manos como si fuera una taza de café caliente y, encogida como estaba, la miraba concentrada.
―Te aseguro que es vino ―dijo.
Me reí.
―¿Me vas a echar de menos? ―pregunté después del primer sorbo.
―Más de lo que te imaginas.
¿Por qué aquel hombre era tan maravilloso? El 99% de los tíos, a los que les había preguntado eso alguna vez, me habían contestado con una impertinencia y luego añadían esa coletilla que tanto odiaba: Tía, que no, venga, no te enfades, que era una broma, pues ¿por qué no te metes las bromas por el culo? Menos mal que en ese momento estaba hablando con el 1% restante.
―¿Y tú? ―añadió.
―Buff, va a ser todo un alivio, ¿perderte de vista durante tres semanas?: ¡aleluya! Rafa, eres muy coñazo, sobre todo cuando me hablas de Natalia.
Bueno, ¿qué? sí, lo reconozco yo pertenezco a ese 99% incapaz de hablar de los sentimientos, pero era una broma, que no se lo tome a mal porque era una broma y si se lo toma a mal es que no tiene sentido del humor, y ahora podría hablar del porcentaje de tíos que no tienen sentido del humor.
―Oye, loco, no te enfades, ¿eh?, que era una broma.
Sí, doy asco ¿y qué? Rafa se rió. Rafa se escapaba de cualquier estadística.
Los dos nos quedamos en silencio. Yo miraba la copa de vino y reflexionaba sobre las vacaciones y las pocas ganas que tenía de marcharme a Bilbao por tanto tiempo:
―Navidad, qué asco de fechas, de verdad, qué poco me gustan ―dije rompiendo el silencio―. Llegaré a mi casa y mi madre me dirá lo mucho la odio con lo buena madre que ha sido ella, mi padre encerrado en su despacho editando mapas. ¿Te he contado que mi padre es profesor en la uni más pija de Bilbao? Es catedrático de historia, aguántale. Mi padre escribe Atlas históricos, ¿se puede decir escribir un Atlas?, porque, claro, no se escribe, se pegan mapas, ¿no? ―Rafa levantó los hombros con duda, él era consultor―. Bueno, pues mi padre pega-escribe Atlas y dice que los besos los inventó Hollywood, muy cariñoso mi padre. Entonces yo me angustio, ¿y qué hago?, llamo a Marieta. Marieta es mi más mejor amiga, tengo dos, ¿vale? Marieta y Blanquita, bueno, tres: y Silvi, pero da mucho por saco. Blanquita nunca me llama Elvira, me dice Elvirilla corazona, poca gente sabe decir Elvirilla tan bien como lo dice ella, y en vez de besos me manda besoides, me enamoré de ella con tres años y hasta el día de hoy. Es especial. Pues cuando me coge Marieta el móvil y le digo: ¿Loca, qué tal?, me contesta: Un asco, mi vida es un asco, y llora, yo también lloro porque pienso que mi vida es otro asco pero no se lo digo porque nos alternamos las ansiedades. Es un pacto. Nunca hemos hablado de él pero respetamos los turnos de angustia. Un día ella, otro yo. Así funciona. Silvi nunca lo respeta, por eso a veces pasa el límite y da por saco. Poco más puedo hacer si Marieta tiene ansiedad, ¿no?, pues llamo a Jaime para tomarme unos pintxos a las siete de la tarde. Jaime, sabes, ¿no? ―Rafa niega con la cabeza mientras pega un trago al vino con los ojos como platos―. ¿No? Uy, qué raro, bueno, pues Jaime es mi mejor amigo o lo era, porque hace tres meses le dije que tenía depresión, entonces se metió debajo de una piedra hasta hace un par de semanas que me volvió a llamar y me contó que tenía novia y que era adicto al snowboard, la gente cuántas cosas hace, ¿verdad?, pregúntame qué he hecho yo en tres meses, pregúntamelo, ¡venga!
―¿Qué has hecho en tres meses?
―Llorar-en-mi-sofá. No me ha dado tiempo a más. Nada más. ¿Escribir? Pues tampoco…, no sé, como tengo a este profesor de Creación Literaria que con su voz de Paco Valladares me dice que mis cuentos son superficiales e inmaduros, pero, ¿qué esperaba?, ¡tengo a una Betty Boop rodeada de corazoncitos presidiendo mi blog! Es que la gente es muy progre y transgresora, ¿sabes?, que en la foto del blog se ponen detrás de una cámara de fotos, en plan misterioso, o, ¡ésas, ésas! ―me puse de pie para representar mejor la postura―, ésas que son en blanco y negro, con las manos en la cara, en plan: ¡cu-cu, mírame lo intelectual que me pongo! ―A los dos nos dio un ataque de risa. A mí casi se me cayó el vino, me volví a sentar y continué algo más tranquila―: Menos mal que siempre nos quedaran los psicoterapeutas, el mío flota, ¿sabes?, es de éstos que no se inmutan, yo creo que se pasa el día meditando o algo así, no sé, le digo: Óscar, tengo mucha angustia, porque a él se lo puedo decir sin esperar turnos, no como con Marieta, ya sabes..., bueno, entonces él aprieta los labios, cierra los ojos, asiente con la cabeza lentamente, len-ta-men-te y me dice: Eso es normal. Ya está, punto caramelo, el tío se ha metido a todo Freud en una frase. Pero me ayuda, creo que me ayuda o por lo menos quiero creer que me ayuda, más que nada porque se lleva la mitad de mi salario. Así que bien, genial, preparada: Navidad, Navidad, todos alrededor de la mesa, seguro que a mi abuela se le escapa otro pedo como la navidad pasada, porque a la mujer el marisco le revuelve las tripas, mi padre hablará de política mientras olisquea una y otra vez el vino levitando, mi madre dirá que no le hemos dejado bogavante pero que no le importa porque siempre ha sido una sacrificada, y mi hermano Gerardo seguirá poniéndome caretos como hace treinta años mientras su novia Anke, que es polaca, le preguntará con cariño a mi abuela si quiere ir al baño, y ella, mi abuela, como es tan así, pues le contestará dignamente, tranquila, hija, son ventosillas. ¡Feliz Navidad!
Rafa no podía parar de reír, me abrazó como sólo él sabe abrazarme y me susurró divertido a la oreja:
―Feliz Navidad, loca…

sábado, diciembre 11

Números, algo más que una historia

Subía las escaleras contando.
Me gustan los números, por eso siempre he odiado las matemáticas. Me gusta creer que el 3 y el 4 están enamorados como que el 9 tiene un carácter déspota y humilla en cuanto puede al 8 mofándose de su físico. Aunque lo intenta, el 1 nunca consigue poner orden y es el 5, con su paciencia, quien termina calmando las tensiones numéricas. El 7 y el 6 forman el dúo sacapuntas, el Quijote y Sancho Panza, el Dix y Bully, tramando disparatadas conspiraciones para conseguir el amor del 3.

―A ver, siguiente, ¿2 más 1?
―3 ―dije después de haberme contado los dedos de la mano.
―Pues escribe aquí el 3, ¡aquí no!, ¡aquí, debajo de la raya! ¡Que pareces tonta, hija! ―Mi madre desesperada intentaba enseñarme a sumar a los siete años, mal número―. Ahora, ¿3 más 4?
No sabía cuánto eran 3 más 4 pero no me importaba, porque estaban juntos, uno encima del otro, seguidos, siempre tenían que estar seguidos.
―¡7! ¡Son 7! Escribe aquí y subraya el resultado: 73 ―y mi madre marcó el espacio con el dedo.
―¡No, no, no, no, 73 no!, porque ahora vendrá el 6 y la raptará.
―Qué coño, de… ¿qué?, hija de los cataplines…
―¡Al 3!, ¡van a raptar al 3!, para que no se case con el 4 y, y, y, así llevársela y entonces, luego, luego, ¡ay!, el 7 se puede casar con ella, sí, porque el 1 no estaba mirando, ¡ay!
Me gané un tortazo y comprendí la crueldad de las matemáticas.

Seguía subiendo las escaleras y seguía contando mentalmente toda una historia: 215, 6, 3.304, 67, 99.899, 13, 77, 73. Dios mío, 73, pensé angustiada sacando las llaves del bolso frente a la puerta.
―¡Elvira!
El grito me hizo mirar por hueco de la escalera, dos pisos más abajo vi la cabeza de mi vecino Rafa asomada. No hubo números que contaran lo que tardé en bajar. Con un mimoso ven aquí, chiquitina, me abrazó.
Entre risas me invitó a mate. ¿Te has hecho algo?, me preguntó ya sentados en el sofá, ¡te has cortado el pelo!, joder, estás guapísima. Estaba como siempre, sí, con el pelo algo más corto, pero él era Rafa. No dije nada, solamente sonreí y con la mirada baja pensé en lo mucho que lo había echado de menos. Me habló de su viaje a Argentina, de Natalia, de la cafetería, de cómo no pudo decirle nada, de lo pringa’o que se había sentido al ver la boda desde el quinto banco, de lo estúpido que era, de que todo tenía que cambiar, de que ya no la quería, ya no la quería.
―¿Te has dado cuenta de que soy como el 3?, pequeñita de tetas enormes ―dije cortante al término de su discurso.
Rafa levantó una ceja sorprendido, tragó el mate y al ver que no añadía nada más empezó a reírse absolutamente escéptico. Loca, decía ladeando la cabeza. Lo besé en la mejilla, dejé el mate sobre la mesita, me levanté y, diciéndole que nos veríamos mañana, me marché.
… 73, 44, 66, 1, 51, 76, 555, 4, 3, 43. 43. Riéndome saqué las llaves del bolso y abrí mi puerta.

jueves, diciembre 9

Horneando ideas, gratinando novela

Nota: Se recomienda leer el relato Pide un deseo... para contextualizar a los personajes de este cuento.

—Sí, lo sé, lo sé —repetía con voz ausente, sabía que tenía razón.
Acababa de tomar el metro en Sol. Tenía el móvil pegado en mi oreja izquierda y la flauta de un boliviano en mi derecha. Eran las cuatro de la tarde, todavía no había comido, tres cafés y un zumo de naranja, eso era todo. No entendía cómo podía dar las clases con el estómago vacío, pero siempre lo hacía y mis estudiantes no parecían darse cuenta del hambre que pasaba a esas horas.
—Ya, la semana pasada, sí, ya lo sé, Chete, pero es que… —intentaba disculparme con poca convicción, sólo quería llegar a casa, prepararme un sándwich, echarme al sofá y fermentar el resto del día.
El boliviano agradeció al vagón entero su paciencia y, con una bolsita en la mano, lo recorrió invitándonos a aportar la voluntad.
—He andado liadísima —mentí—. Las clases en la uni, la mudanza, el cambio, el master… —los semáforos, el coche, la paella, la abuela que fuma; lo cierto es que era una genia haciendo listas dando a entender lo ocupadísima que estaba. Eso lo había aprendido de mi madre: he ido a la charcutería, luego al banco, que si la cola, que si venga a esperar, que si vuelve, que recojo lo de la tintorería, llega y ponte a cocinar, que si el aceite, que si la sal, que si se me ha olvida'o el pan, baja otra vez, sube , que llama tu tía, que el crío está malo, que mira, que te digo, que, ay madre, que no puedo más.
—Bueno, Elvira, no te preocupes, como dice mi mujer: con paciencia todo va saliendo.
Lo bueno de tener un editor canario era eso, que sabía que había más tiempo que vida, así que los retrasos siempre estaban justificados. Era cierto que las correcciones las tenía que haber entregado hacía dos semanas pero también era cierto que Chete me había prometido que mi novela estaría en las librerías en octubre, estábamos en diciembre y andábamos a medias con la maquetación.
—Mi niña, escúchame, envíame la foto.
—¿Qué foto? —pregunté apartándome de la puerta porque era mucha la gente que se estaba subiendo en Tribunal.
—La foto de contraportada, la que va junto a tu biografía.
—¡Ah, no, no, no! ¡No hay foto! —La mujer de al lado me miró riéndose, había gritado demasiado, así que corregí mi volumen y se lo repetí más bajito—: Chete, no, ¿eh?, no me hagas poner una foto con cara imbécil, que me muero de la vergüenza.
Entre risas me pidió que le explicara qué era eso de cara imbécil.
—Pues, no sé, cara Espido Freire, que parece estar extasiada mirando al infinito con la manita debajo del mentón.
Lo oí reírse más fuerte todavía, después me prometió que no habría foto. Aun así me recriminó por algo que no me esperaba:
—Elvira, te lo digo en serio, de verdad, últimamente tu blog parece una funeraria con tanto muerto.
—¿Sí?, ¿no te gusta?
—Hombre, no es tu estilo, lo característico de tu blog era su frescura, ahora aburres a cualquiera.
—Ya… —reflexioné y luego me justifiqué—: Es que dice mi profesor de Creación Literaria que hay que escribir desde la angustia.
—¡No me digas!, oye, ¿y cuántas novelas dices que ha publicado tu profesor? —me reí al escucharlo, qué cabrón. Luego continuó—: Mi niña, tu novela sale en enero y, como sigas espantando a los lectores con tanto drama en tu blog, esto no va a funcionar. Tienes un estilo muy particular, valóralo.
Se me cayeron las lágrimas sin querer. Valóralo. Era muy poco lo que confiaba en mí misma por no decir nada, los últimos meses acabaron con mi autoestima, así, sin más, un día empezó a evaporarse hasta que sentí que nada de lo que hacía tenía sentido y por lo tanto era inútil buscarle un para qué a las cosas. El valóralo aquél daba cierto significado a todo el año que llevaba arrastrando.
—Gracias… —dije encogiéndome de hombros intentando ocultarme, sentía que la gente me miraba.
—Bueno, pues entonces como habíamos dicho, el jueves quedamos, te paso el borrador y miramos los dobles espacios esos que nos están dando tanto la lata, ¿te parece?
—Me parece —contesté con media voz.
—De acuerdo, el jueves a las seis de la tarde en el Café Gijón.
—¿Qué? ¿En el Café Gijón? —¿se podía ser más hortera?
Chete se reía como un loco:
—Que no, mi niña, que sólo te estaba probando —soltó otra carcajada—. Dejemos el Café Gijón a tu profesor el angustias. Entonces, ¿en el Starbucks de Fuencarral?
—Perfecto —dije riéndome también.
Guardé el móvil, tomé aire con una sonrisa y sentí como el pecho se me llenaba de esa ilusión que tanto había añorado últimamente.

jueves, julio 29

¿Quién dijo pecado?

Carrie closet por Sally Glass

Estaba sentada en una cafetería cerca de casa, pero de la casa que mis padres tenían de veraneo, que ridículamente estaba tan sólo a 23 kilómetros de la primera vivienda. Son bilbainadas que siempre me han costado entender.
Me tomaba un café en la mesa junto a la puerta. Miraba al frente. Contaba los pintxos de la barra. El de tortilla parecía un poco seco.
¡Plof! Con el susto todavía metido en el cuerpo, bajé la vista y vi un paquete de tabaco junto a mi taza de café, parecía haber caído del cielo en ese preciso momento. Alcé la cabeza sorprendida y observé al grupo de adolescentes, de la mesa de al lado, hablando con una mujer, sería la madre de alguna de ellas. Tomé el paquete de cigarros entre las manos y me empecé a reír.

Yo nunca tuve ese problema. Jamás en mi vida había escondido cigarrillos para que no los vieran en casa. Es lo bueno de haber disfrutado de una adolescencia un tanto peculiar. Cuando tu madre es un híbrido entre Camilla Parker Bowles y Margaret White, más conocida como la truculenta madre de Carrie, se convierte tu adolescencia en una verdadera película de terror.
Tenía dieciséis años cuando todavía debía esconder los tampones. Mi madre me los había prohibido terminantemente, imagino que porque pensaría que era pecado mortal surcarse con un algodón el orificio vaginal.
Mientras mis amigas tenían montado un complejo dispositivo logístico para hacer desaparecer los paquetes de tabaco: en la maceta del portal, bajo la baldosa que andaba suelta en el callejón antes de llegar a casa, o en lo alto del armario del baño; yo me esmeraba en comprar pequeños paquetes de tres tampax regulares, los amarillos. Los metía en el fondo de la mochila y una vez en mi casa, saludaba a Margaret White fingiendo naturalidad, y, como si de una contrabandista de droga me tratara, apretaba el culo y con sudores llagaba hasta mi habitación. Allí, colocaba un pie en la puerta para que nadie pudiera entrar, sacaba los tampax y los escondía dentro de las medias del uniforme del colegio. Un tampón por cada media, y las colocaba al final, estratégicamente al final del cajón.
¿Fumar?, ¿yo?, ¿para qué?, ¿qué interés podía tener yo en los cigarrillos o porros si cada vez que tenía la regla era un auténtico subidón de adrenalina?, ¡subidón, subidón!

―Esto, perdona…, es mío, ¿me lo devuelves?
Una de las quinceañeras de la mesa de al lado, con un curioso moño en lo alto de la cabeza, me pedía el paquete de tabaco, al parecer la señora que hablaba con ellas acababa de salir de la cafetería.
Extendí el brazo con la palma de la mano abierta ofreciéndole su tabaco.
―Oye, ¿has pensado en fumarte un tampax? ―la chica me miró atónita―. Puro pecado… ―añadió una Carrie White de sonrisa diabólica.

lunes, abril 12

Qué bello es vivir

—Yo, la verdad, es que pensaba que todavía me quedaba un año de visado de trabajo, no comprendo qué ha pasado.
—¿Un año de visado?, pero ¿dónde se cree que está usted, señorita?
—¡Uy!, pues en el Consulado de Estados Unidos —contestó Elvira dándose la vuelta y mirando la larga cola que había tras de sí.
—Pero, vamos a ver, ¿usted me ve cara de americano?
Pues, hombre, lo cierto es que no tenía cara de nada. Era un extraño personajillo de nariz y orejas puntiagudas. El poco pelo que tenía en la cabeza lo escondía bajo un bombín tan sucio y desgastado como el resto de su traje sastre. Estaba sentado detrás de una inmensa mesa en medio del vacío.
—Antes de nada necesitamos que rellene la hoja de defunción —dijo sin atisbo de expresión.
—¿De defunción? Pero, pero… ¿quién se ha muerto? —preguntó Elvira deshilachándose los labios de lo nerviosa que estaba.
—¡Usted, señorita, usted! Y haga el favor de coger estos papeles —y le ofreció un taco de folios grisáceos— y pasar a la oficina 1.568-C, allí le darán la información para cumplimentar el papeleo, y recuérdeles que le estampen el sello que siempre se les olvida poner el puto sello, y mira que siempre lo digo en las reuniones, el sello, el sellito, que si no hay sello no tiene validez y vuelta a empezar, ¿me ha entendido, señorita?
Elvira asintió con la cabeza y tras coger los papeles salió lentamente de la cola. Miró a su alrededor y vio a un hombre a caballo, llevaba un uniforme como el de Patrick Swayze en “Norte y Sur”. Justamente delante de ella, una exuberante mujer se paseaba como si tal cosa con un diminuto bikini rojo. Un niño, al que llevaba su madre en brazos porque le faltaban las piernas, la saludó con una mueca. Elvira le sonrió y cuando lo perdió de vista se apretó los papeles contra el pecho y tomó aire, al hacerlo se dio cuenta de que no olía a nada, volvió a inspirar y sí, realmente no parecía oler a nada aquel lugar.
A lo lejos vio una gigantesca puerta amarilla, corrió hacia ella, igual era la salida. Corrió y corrió y corrió y corrió más aún, pero parecía no llegar nunca. Cuando, por fin, la tuvo delante de sus narices pudo leer el destartalado letrero que colgaba de un diminuto clavito en medio de la puerta: “Oficina 1.568-C”. Pues no es la salida, musitó defraudada en voz alta.
Elvira tocó a la puerta y esperó. Al no oír nada volvió a tocar. Silencio. Dudosa miró de nuevo el cartelito, sí, Oficina 1.568-C. Lo pensó por un rato y, al final, decidió entrar sin esperar el permiso.
—¿Hola…? —dijo una vez dentro, observando a una mujer de unos sesenta años con un vestido como el de Scarlett O’Hara, hecho con las cortinas de terciopelo verdes, pero éste era granate. La mujer bailaba al ritmo de unas campanillas que sostenía con tres dedos de cada mano.
—¡Oh, tesoro!, lo siento, lo siento, pasa, pasa, por favor, pasa, tesoro —dijo fingiendo, con inmensa teatralidad, vergüenza por haber sido descubierta bailando—. Siéntate, siéntate ahí —y señaló una vieja butaca de cuero marrón llena de petaches. Elvira se sentó un tanto cohibida—. ¿Un café, un té, agua con gas, sin gas…?
—Nada, señora, gracias, yo venía porque necesito información sobre…
—Yo me prepararé un mate, si no te importa —interrumpió la mujer. Se lo preparó y tras el primer sorbito hizo unas gárgaras, tragó y empezó a afinarse la voz—: Do, do, do, re, mi, la, sol, sol, do, do, la, mi, fa, fa —repitió un último fa, carraspeó y dejó la taza de mate sobre la mesa al mismo tiempo que tomaba asiento frente a Elvira, que la miraba atónita—. ¿Te gusta la música, encanto?
Elvira movió la cabeza afirmativamente, no le salían las palabras.
—Yo era mezzosoprano, Ludmila Yivkova. Oh, tesoro, créeme, tenía Moscú a mis pies, re, re, mi, sol, la, fa, do, do —canturreaba de nuevo poniendo los ojos en blanco—. Pero me enamoré de un uruguayo y, ¿qué crees que pasó?, ¿eh? —Elvira levantó los hombros—. Que me fugué con él a Montevideo, a hincharme a mate y a chocolate, hasta que un día me atraganté. Era del negro, chocolate negro, del puro, dos onzas de un bocado, no me pasó, se me quedó aquí, aquí. Mira, tesoro, parece como si lo sintiera hoy mismo, aquí, aquí —explicaba agarrándose la garganta con ambas manos—, me asfixié. Una mezzosoprano asfixiada, paradojas de la vida, encanto, bueno, y ¿tú?, ¿es la primera vez que vienes aquí?
—¿Yo?, ¡claro!, es la primera vez que me muero.
—¡Uy, no! ¡Ja, ja, ja, ja! —La potencia de su carcajada casi hace reventar dos copas de cristal que tenía sobre la repisa de la ventana—. ¡Qué ocurrencia, tesoro! Me refiero si ya has estado antes en la oficina y vuelves para que te ponga el sello, porque siempre se me olvida, ¡ja, ja, ja, ja, je, je, je, je, ju, ju, ju!
Disimuladamente Elvira se tapó los oídos, haciendo creer que se retiraba el pelo detrás de las orejas.
—No, es la primera vez, necesito…
—Sí, sí, veamos, ¿nombre?
—Elvira Rebollo.
—¡Oh, me matas! ¡Ay, no!, qué tonta, que ya lo estoy ¡ji, ji, ji, ji, ju, ju, ju, ju! —reía tapándose la boca con una mano como si le avergonzara mostrar sus dientes—. Elvira, oh, qué delicia de nombre, fascinante, totalmente fascinante, Elvira, Elviiiiiiiiira, tienes nombre de artista, ¿eras bailarina?
—No, soy, era... soy, bueno, profesora.
—Oh, qué interesante, qué interesaaaante, tesoro, ¡profesora de arte! —gritó alzando los brazos al aire.
—No, de español.
Al oírlo, Ludmila bajó los brazos torciendo el labio con cara de asco.
—No importa, encanto, te entiendo, has muerto demasiado joven como para saber a qué era a lo que realmente te querías dedicar, no es culpa tuya, no te sientas mal por eso, tesoro. —Con ambas manos se retiró el flaquillo de la frente enérgicamente y bebió un poco de mate—. Do, do, mi, mi, re, la, la, fa, fa, sol. Bien, veamos, Elvira Rebollo, Elvira Rebollo, Elvira Rebollo —repetía cada vez que se chupaba el dedo pulgar y pasaba las hojas de una enorme montaña polvorosa de papeles—. ¡Aquí estás! Bien, domingo 11 de abril, leamos, 10:17 te levantas de la cama, 10:19 meas, 10:21 te lavas las manos…
—Disculpe, pero ¿podríamos ir un poco más rápidas?
—Tesoro, ¿tienes prisa? Aloha, bienvenida a la eternidad.
Elvira decidió caer en el conformismo y apoyó los codos en la mesa mientras escuchaba, con la cabeza baja, lo que había hecho esa mañana minuto a minuto.
—… 11:46 coges una silla, 11:47 la colocas frente a la encimera de la cocina, 11:48 te subes a ella, 11:49 abres el armario alto, sobre la campana extractor, 11:50 alcanzas los crispis, 11:51 te pones de puntillas, 11:52 intentas alcanzar algo del fondo del armario, no se especifica el qué, tesoro —anotó mirando a Elvira—, 11:53 pierdes el equilibrio, 11:54 caes al suelo golpeándote la cabeza primero con la fregadera y luego con el suelo. Muerte instantánea. Fin.
—¿Fin? ¿Me he muerto por querer desayunar crispis?
—No, te has muerto porque, según este informe, llegas escasamente al metro y medio y has necesitado de una silla, de la que luego te has caído y te has abierto la cabeza, para desayunar crispis.
Elvira se echó hacia atrás y se hundió en la vieja butaca, parecía que ésta se la estuviera engullendo.
—Bueno, tesoro, pues esto ya está, échame una firmita aquí, donde pone: firma de la nueva alma.
Elvira se reclinó de nuevo sobre la mesa y firmó.
—Pues ya está, oficialmente ya eres una muerta de verdad.
—Gracias —contestó Elvira encogida de hombros—, póngame el sello, por favor —dijo devolviéndole los papeles.
—¡Uy! ¡Jo, jo, jo, ja, ja, ja, ja! ¡El sello, el sello, Ludmila! Re, re, mi, fa, mi, fa, sooooooool —PUM y el sello estampó—. Ahora debes ir al centro médico, a que te hagan una autopsia del alma, a ver adónde te envían porque aquí pone que eres católica, así que… ¿cielo o infierno?
—¿Qué? ¡No soy católica! ¡Es cosa de mis padres!
—Sí lo eres, encanto, lo dice bien clarito: católica, bautizada y primera comunión. El día que se mueran tus padres lo discutes con ellos, nosotros no podemos hacer nada. Respetamos todas las creencias y el catolicismo instauró el juicio final. Así que, vete a que un médico te examine el alma y, con los resultados, te vas a las cortes celestiales para que el Tribunal Eterno tome una decisión. ¡Adiooooos!
Elvira se metió los papeles debajo del brazo y salió de la oficina 1.568-C como una furia. ¿Católica? ¿Ella católica? Todavía recordaba el día en que planeó con Jaime hacerse apóstatas, los dos estaban decididos, querían borrar sus nombres de los archivos del Vaticano, pero al final ella se fue a China y Jaime a Nicaragua y por una cosa o por otra se les fue pasando el tiempo y con él la rebeldía.
Mientras farfullaba ciega por las calles de la eternidad, un hombre le agarró del brazo.
—Txiki…
—Abuelo. —A Elvira se le cayeron los papeles al suelo porque se llevó los brazos al pecho, estaba paralizada.
—Pero, txiki…
—Oh, abuelo —Elvira saltó sobre él abrazándolo con ansias. Estaba exactamente igual a antes de la caída, estirado y fuerte.
—Pero ¿qué cojones haces aquí, hija mía?
—Ay, abuelo, que la silla, que se ve, bueno, antes he meado y me he lavado las manos, ¿no?, entonces he ido a por los crispis, en la silla, y mira, oye, por un día que no tomo café, me caigo y me abro la cabeza.
—¡La madre que los parió a todos! —Vicente cogió con fuerza a su nieta por el brazo y se la llevó en volandas—. ¡Me cago en los ángeles y en todo su séquito! ¡Los muy marranos! —gritaba sin cesar.
Frente a una verja negra se pararon. Vicente soltó a Elvira del brazo y se encaramó a la verja.
—¡Quiero hablar con San Pedro!
—Abuelo, déjalo, si no importa, si ya he firmado los papeles. Además, así podremos estar juntos, que te veo muy solo aquí y me da qué sé yo...
Vicente se dio la vuelta. La miró con mucho cariño y con ternura le agarró por la barbilla, con sus cinco dedos, dejando sin un lugar preciso a ese dedo meñique tan retorcido.
—Txiki, yo te lo agradezco pero te aseguro que tu madre te necesita mucho más que yo, y hago esto por ella, porque no hay nada más triste que estar muerto en vida —y dándose la vuelta volvió a gritar—: ¡San Pedro!
Al de un ratito, un hombre arrugado salió con una piedra debajo el brazo.
—A ver, Don Vicente, dígame, ¿qué pasa ahora?
Vicente no dijo nada, se dio la vuelta y con las dos manos señaló a su nieta, quien, poniendo morros de tortuga, levantó la mano y saludó a San Pedro.
Los dos hombres se alejaron de la chica para discutir la situación, uno a cada lado de la verja. Elvira veía como San Pedro ladeaba la cabeza de lado a lado, mientras su abuelo contabilizaba no sé qué cosas con los dedos de la mano, parecía furioso. Al de un momento, San Pedro dejó la piedra en el suelo y se rascó la frente con una mano, mientras que la otra la apoyó en la cintura, parecía reflexionar, la cosa no estaría yendo tan mal, pensó Elvira. Finalmente los dos hombres se estrecharon la mano a través de la verja.
—Hala, txiki, corre, corre, que te abren las puertas, que te vuelves —dijo Vicente emocionado a su nieta.
San Pedro se apresuró a quitar el pesado candado de la puerta principal, después mirando a ambos lados, cerciorándose de que nadie lo viera, la abrió lo justo para que la joven pudiera pasar.
—Oye, hija mía, dile a tu madre que deje de poner velas a Loyola y que mande alguna botellita de Txakoli para San Pedro, que se las he prometido, ¿eh? —le dijo al oído para que el guardián de la puerta no pudiera oírlo.
Elvira asintió sin dejar de llorar. Después se escurrió por la puerta y le mandó un beso con la mano desde el otro lado.
—Agur, txiki, agur, hija mía, agur.

Me duele la mano y la cabeza, me duele mucho la cabeza, mi cara, hace frío, sabe a hierro, mi… mi boca entera sabe a hierro, me duele.
Me intento levantar del suelo, veo la silla tirada sobre una de mis piernas, y los crispis esparcidos por todos lados. Me duele tanto la cabeza que me la toco, no sangro, no sangro de la cabeza, pero los azulejos amarillos de la cocina están teñidos de rojo. Me toco la boca, me duele, me duele. Paso con cuidado la lengua por mis dientes, los tengo todos. Respiro aliviada. Torpemente consigo ponerme de pie y voy hasta el baño. Me miro y me asusto, me he reventado el labio y la ceja. Me duele la mano, la miro, me la acerco, y lo veo. Tengo el dedo meñique completamente retorcido, me lo he roto.
—Mira, abuelo —le digo al espejo—, como tú.

lunes, marzo 8

Locura de amor en tres actos

Primer acto.
Personajes:
Madre
Hija

La escena se desarrolla en una salita de estar de una casa española. La hija de 26 años tumbada en el sofá, en pijama bajo la manta mirando al televisor. La madre de 51 años, de pie junto a la puerta, con el abrigo puesto y las llaves en la mano.

Madre: Hija, bajo un momentín al supermercado, ¿quieres que te traiga algo?
Hija: No.
Madre: ¿Nada?
Hija: No.
Madre: Algo querrás, porque tú siempre quieres algo, otra cosa no, pero pedir, ¡madre mía! No conozco a nadie que se pase todo el santo día pidiendo y pidiendo.
Hija: Jo, mamá, bufff… que no quiero nada, que me dejes, que estoy viendo esto.
Madre: Y ¿qué es esto?
(La madre se adelanta, se coloca en medio de la sala y mira al televisor)
Hija: ¡Mamá, quita!, ¡pero quita!, ¡joe, qué pesada!, ¡que no me dejas ver!, ¿no te ibas al súper ya?, ¡pues venga!
(La madre vuelve junto a la puerta y mira su hija con enfado)
Madre: Vas a cobrar, te lo advierto. Que hasta ahora he tenido mucha paciencia contigo porque, oye, yo comprendo que necesitabas tiempo para superarlo, a fin de cuentas tienes que pasar el duelo pero…
Hija: Mamá, no empieces, ¿eh? No empieces, déjame en paz, anda, y vete al súper que te van a cerrar.
Madre: Haz el favor de levantarte, ducharte y hacer algo, porque llevas así dos meses y ya está bien, ¿eh? Tienes a tu padre frito, frito está, ya a mí me tienes hasta aquí, hasta el cocorote, te lo advierto, ¿eh?, te lo advierto. O cambias de actitud o te vuelves a coger las maletas y te largas, porque así no, ¿eh? ¡Así no! ¡Que nos tienes a todos machacados!
(Silencio, la hija empieza llorar)
Madre: Bueno, venga, ¿pues te traigo algo o no?
Hija: Que no, que me dejes, que me dejéis todos en paz...

Fin del primer acto
***
Segundo acto.
Personajes:
Charcutera
Madre

La escena se desarrolla en la charcutería de un supermercado.

Charcutera: ¿De éste o de éste?
Madre: No, no, no, ponme de ése que de aquél ya sólo te queda el culo y no, que ya sabes que el jamón me gusta finito y sin gordos.
Charcutera: Pues de éste entonces, ¿más?
Madre: Pues sí, mira, me vas a poner mortadela, dame sólo cien gramos.
Charcutera: Te la doy ya toda, serán ciento cincuenta, no te lo cobro, mujer, pero llévatela.
Madre: Bueno, pues dámela, pero es que no quiero llevar mucho que luego se me pone mala, chica, y la tengo que tirar y me da una rabia, me da una rabia que pa’ qué. Es sólo para mi hija, ¿sabes?, que la tengo ahí en el sofá, que yo no sé, de verdad te digo que no sé…
Charcutera: ¿No anda más animada o qué?
Madre:¡¿Animada?! Se pasa el día llorando, sin hacer nada y gritándonos a todos, de verdad que yo ya no sé qué hacer.
Charcutera: Si es que es una niña.
Madre: Pero si ya lo sabía yo, se fue a vivir con este chico el año pasado, dime tú, ¡qué dos!, ¡jugando a ser mayores! Claro, ni un año han durado, ¡ni un año! Y ahora ¡hala!, ¡de vuelta a casa! ¿Tú te crees?
Charcutera: Pobres, a mí me dan pena, porque no me digas, no me digas tú, ¿eh?, que nosotras a su edad casadas y cargadas con hijos.
Madre: ¿Qué me vas a decir? Yo tuve a Pablo con 21 y con 27 ya tenía a los tres. Que me daban unas jaquecas, ¡qué jaquecas!, pero si es que éramos unas benditas. Tan crías y con tanta responsabilidad. Lo que no entiendo es cómo los hemos sacado adelante, pero ya me dirás tú para qué. ¡Para tenerla en el sofá llorando por un payaso!
Charcutera: Suerte que tiene. ¿Nosotras llorar? No teníamos ni tiempo de preguntarnos si estábamos enamoradas de con quien nos habíamos casado.
Madre: ¡Uy, uy, uy, uy, uy! Las preguntas existencialistas para esta generación que tiene tiempo, como mi hija, que como no tienen nada más que hacer pues se mira el ombligo y se lamenta de su trágica vida. ¡Dime tú!
Charcutera: Ya se le pasará, mujer, dale tiempo. Oye, ¿te pongo un poco de choricillo de pamplona?, ¿quieres?, te digo porque te acompaña muy bien con la mortadela. La mía, la pequeña, la de 17, se prepara unos bocadillos que oye, ya te digo, con un poco de queso del de Vaquero que sale muy bien, el semicurado, pues oye, riquísimo.
Madre: No, deja, que es rara hasta para eso, de embutido sólo le gusta la mortadela, es así. Sus hermanos comen de todo pero ¿ella?, ¿ella? ¡Madre mía!, ¡peor que su padre!

Fin del segundo acto.
***
Tercer acto.
Personajes:
Chorizo de pamplona
Queso semicurado
Membrillo

La escena se desarrolla en la nevera de la charcutería anterior.

Chorizo:¿Qué voy a hacer sin ella…?
Queso: Vamos, chico, no llores, venga, que seguro que mañana reponen otra.
Membrillo: ¿Qué pasa?
Queso: Nada, que se han llevado a Mortadela.
Membrillo: ¡Ay, no!, no me lo puedo creer, pobre Chorizo… ¡menudo golpe!
Queso: Éste ya no se recupera.
Chorizo: Llevábamos toda la semana juntos, toda una semana…
Queso: Es mucho tiempo, sí, toda una vida como quien dice. De hecho no había otra pareja como vosotros.
Membrillo: Bueno, nosotros mañana hacemos cuatro días y, sinceramente, mañana te venden y no me llevan contigo y yo me pudro, ¡me pudro!
Queso: Pero, ¿qué hace?, ¡está loco!, ¡¿qué hace?!
(Detrás se ve al chorizo sobre la máquina de cortar que está encendida)
Membrillo: ¡La leche! ¿Cómo ha encendido la máquina? ¡Queso, haz algo, haz algo que se nos mata!, ¡que éste es capaz de hacer cualquier locura por amor! ¡Queso, por favor!
Queso: ¡Nooooooooooo!
(Se apagan las luces)

Ovación. Cae el telón
Fin

lunes, octubre 12

La clase de ballet

Todas las niñas estaban sentadas alrededor de un círculo negro pintado sobre el suelo de la clase. Tenían cinco años y miraban a su profesora con atención que, marcando jerarquía, se sentaba sobre una alta silla de mimbre.
―Bueno, las niñas que vayan a clase de ballet nos vamos levantando en silencio, vamos quitándonos las zapatillas y poniéndonos los zapatos y vamos tomando nuestro abrigo para que, haciendo una cola en silencio, ¿eh?, en absoluto silencio, vayamos esperando a la profesora de ballet en la puerta, que en cinco minutos vendrá a recogernos. Las demás nos quedamos en el círculo de brazos cruzados y esperamos, en silencio, ¡en silencio digo, Iratxe!, por favor, en silencio, hasta la hora de marchar.
Después de decir aquello, la profesora se ajustó el botón más alto de su bata blanca y, colocando sus manos juntas sobre la rodilla izquierda, se quedó en silencio, esperando que las cuarenta niñas hicieran lo mismo.
Blanquita pellizcó la pierna de Elvira que miraba el patio a través de la ventana. Elvira, tú eres de ballet, dijo Blanquita a su amiga que casi nunca se enteraba de nada. Elvira se levantó precipitada del círculo y se fue a los percheros. Una vez allí volvió a mirar a Blanquita porque nunca se acordaba de cuál era el suyo. Elvira le señaló uno con una pegatina de un perro. Blanquita desde el círculo negó con la cabeza. Después el de la pegatina de un gallo, y Blanquita volvió a negar. Elvira los miró todos, estaba convencida de que su perchero era uno de aquellos, de los del final, pero ¿cuál? ¿El pato rojo?, no, ¿el camello?, no, ¿el cisne?, no, ¿la tortuga?, no, ¿el burro?, y por fin la cabecita de Blanca asintió, ¡ay, menos mal!
Elvirita se sentó en el suelo, se quitó las zapatillas rojas de pana, y las guardó en una bolsita de cuadros con su nombre bordado en letras verdes: Elvira Rebollo. Se puso los zapatos. Se quitó la bata gris de rayas y se colocó el abriguito azul marino a juego del resto del uniforme. Pero antes de tomar la mochilita, con su ropa de ballet para su clase extraescolar, se volvió a acercar corriendo al círculo y ante Blanquita preguntó:
―¿Están bien así?
Las dos niñas tenían su vista clavada en los zapatos de Elvira.
―No ―dijo Blanquita sin dudarlo ni un segundo―, están al revés, porque esto es para fuera.
―¿Esto? ―preguntó Elvira señalando con su dedito cada una de las dos hebillas.
―Sí, tú tienes los dos para dentro pero esto es para este lado y esto es para así, para allí ―explicó Blanquita señalando gráficamente la dirección correcta que debían llevar las hebillas.
¡Jo, qué lista! Elvira no podía dejar de pensar en lo lista que era Blanquita, nunca había conocido a nadie tan listo como ella, era súper lista y además era su mejor amiga, jo, qué pasada…
Así que Elvira se cambió los zapatos colocando el derecho en el pie derecho y el izquierdo en el izquierdo.

Cuando las niñas llegaron a los vestuarios de la sala de ballet, al otro lado del patio del cole, se encontraron con un montón de mamás que las esperaban para ayudarlas a cambiarse de ropa. Pero la mamá de Elvira no estaba, nunca iba. Elvira lo sabía, su mamá se lo había explicado, no trabajaba pero no podía estar a su servicio veinticuatro horas al día porque ella no era esclava de nadie. Así que Elvira no buscó a su mamá al entrar allí, sino un trocito de banco libre donde poder cambiarse sola.
Primero se quitó la falda y, dentro de su bolsita, buscó las medias rosas y empezó a ponérselas por encima de los gordos leotardos del uniforme del cole. Las medias se le iban revirando según se las iba subiendo hacia la cintura. Estaban completamente retorcidas a lo largo de sus cortitas piernas, pero no parecía importarle, no se sentía incómoda, quizá porque las medias le quedaban inmensas y no llegaba a sentir el estrangulamiento en sus piernas, y es que Elvira era una niña realmente pequeña para su edad.
Después sacó el mallot negro y se lo puso. No se quitó nada, ni la horrorosa camiseta interior de ganchillo, ni el polito blanco, ni el jersey azul marino con el escudo del cole. Nada. Se colocó el mallot encima de todo aquello, y además… ¡al revés!
―A ver, bonita, que te ayudo ―le dijo una mamá al ver que parecía una morcilla envuelta en un mallot negro.
La mamá le quitó el jersey y después intentó hacer lo mismo con el polito.
―¡No, no, no!, ¡esto no, esto no! ―grito Elvira estirándose el polito hacia abajo intentando hacer fuerza para que no se lo quitara.
Y es que aquella mamá tan simpática no había caído en la cuenta que cuanto más le desvistiera más tendría, luego, Elvirita que vestirse y sola además. Así que no, sintiéndolo mucho el polito se quedaba allí.
Por último se calzó las zapatillas de ballet. Le encantaban esas zapatillas porque Blanquita, hacía tiempo, le había explicado que no importaba en qué pie se las pusiera, izquierdo o derecho, daba igual, valía en cualquiera de los dos. ¡Jo, qué guay de zapatillas!
Elvira entró por fin en la sala dando saltitos y empezó a mirarse en el espejo toda presumida a pesar de estar hecha un cromo.
―¿Con esos pelos va a bailar, señorita? ―preguntó con desdén la profesora de ballet mirándola por el espejo.
Elvira se tocó su cabeza. Tenía el pelo suelto con una media coleta. Ella se veía muy bien, hasta que vio entrar a sus compañeras de baile con moños perfectamente recogidos en redecillas. Jo, ella no tenía moño, ni redecilla, vaya… Se deshizo la media coleta e intentó hacerse un moño igual que el de sus compañeras, el resultado fue desastroso. Se acababa de colocar un mondongo de pelo hacia un lado, apretado con la goma, era algo así como la versión pitufa de Alaska.

La clase empezó y todas las mamás apretujadas en la puerta saludaban a sus hijas y les mandaban besos. Elvira, con una enorme sonrisa, devolvía el saludo a las mamás y también les mandaba besos porque nunca comprendió que aquellos besos no eran para ella.
La clase se terminó y las niñas corrieron a los brazos de sus madres. Elvira también corrió feliz a su trocito de banco y se sentó allí, de brazos cruzados, a esperar mientras veía el alboroto de prendas entre madres e hijas.
―¿No te pones la ropita? ―le preguntó la mamá simpática de antes.
―No, porque tengo que quedarme aquí, a la otra clase con las mayores, porque dice, dice, dice ―y a la tercera pudo arrancar― mi mamá que no es esclava, y que, y que… ―cogió aire― y que no tiene tiempo para venir antes y que está harta, harta, harta.
La mamá simpática la miró extrañada, no entendía qué decía y prefirió no hacer más preguntas porque Elvira le resultaba un tanto rara.

A los treinta minutos se marcharon las últimas niñas con sus mamás y empezaron a llegar las niñas de doce, trece y catorce años, las mayores. Todas conocían a Elvirita y todas la trataban como a una muñequita. Les parecía muy graciosa.
―Venga, Elvirilla, haznos un cambré y luego un supléss ―le jaleaban entre todas.
Elvira se ponía ante ellas y se quedaba todo tiesa porque no se sabía los nombres de las posiciones en ballet. Entonces, una de las mayores lo hacía primero y luego Elvira la imitaba. Todas se reían y la aplaudían como a un mono de feria.
Durante la clase de las mayores, Elvira era una auténtica peonza que iba de aquí a allá, tropezándose con todas. Cuando todas estaban arriba, ella abajo. Cuando todas saltaban ella todavía estaba con el impulso, porque nunca se decidía. Y en los grand battement, Elvirita no sólo lanzaba la pierna hacia arriba sino que también la zapatilla. Salía disparada como un torpedo, y ella inocentemente se reía como una tonta panza arriba en el suelo. Hasta que, finalmente, la profesora le castigaba a estar de pie, con los brazos pegados al cuerpo, en una de las esquinas. Siempre era lo mismo.
De nuevo en los vestuarios, alguna de las mayores le ayudaba a ponerse el jersey y la falda porque Elvira nunca quería quitarse el mallot. Así que salía como una auténtica cebolla, cubiertita de capas.
Se despidió de sus compañeras mayores con su abriguito y su mochilita a la espalda. A algunas de ellas les gustaba verla bajar por las escaleras, porque Elvira tenía tanto vértigo que bajaba arrimada a la pared no fuera a escurrirse por los agujeros de la barandilla. Y como era tan bajita, sus piernas no le alcanzaban a dar el paso del escalón completo, así que bajaba sentada de culo. Primero uno, luego otro y otro y así hasta terminar con los dos pisos de altura. Después, una vez abajo, miraba hacia arriba y se despedía, con las manos, de las niñas mayores asomadas a la barandilla, que acababan de ver, muertas de risa, su culona forma de bajar.

Al llegar a la portería principal esperó a su mamá sentadita en el tercer peldaño de la puerta de la entrada.
―¿Qué hace ahí, Doña Elvira?
Elvirita miró hacia atrás y vio a una gorda monja hablándole con seriedad.
―Espero a mi mamá ―respondió con una gran sonrisa desdentada.
―¿Usted cree que ésa es manera de llevar el uniforme?
Elvira no entendió la pregunta y siguió sonriendo.
―Dígame, Doña Elvira, si ésa es o no manera de llevar el uniforme ―repitió la monja con sequedad.
Elvira seguía sin entender nada pero dejó de sonreír porque sabía que la monja estaba enfadada con ella, no sabía muy bien por qué, pero por su cara estaba muy, muy, muy enfadada.
En ese momento entró por la puerta la mamá de Elvira. Elvira dio un paso hacia atrás porque supo que ahora sí que estaría metida en un gran problema. La monja explicó a la mamá de Elvira la importancia de llevar correctamente el uniforme. Decía que la pulcritud era un valor que intentaban inculcar a las niñas y que los padres debían apoyarlas. La mamá de Elvira se deshizo en elogios hacia las monjas y su santa institución, y pidió infinitamente disculpas por la apariencia de su hija, asegurándole que nunca se repetiría.
Una vez en la calle, la mamá agarró con fuerza el brazo de su hija y le pegó un sonoro sopapo en toda la cara.
―¡Te voy a matar! ¡Te voy a matar! ¡¿Cuántas veces te he dicho que te quites la ropa de ballet antes de salir y que la metas en la mochila?!, ¿eh?, ¡¡¿cuántas?!!, que pareces tonta, ¡tonta de remate, hija mía! Yo no sé… no sé ¿a quién coño habrás salido? No lo sé, de verdad te digo, ¡no lo sé porque pareces retrasada mental!
Elvirita empezó a llorar.
―¡Y no me llores que te encanta el drama! ¡Cualquiera que te vea va a pensar que te maltrato!, y aquí la única maltratada ¡soy yo!, que estoy esclavizada por todos vosotros ―y sin soltar el brazo de su hija y sin dejar de gritar empezó a andar de nuevo―, que si yo estoy así es por tu culpa, ¡con lo bien que estaba yo soltera!, ¡que me tienes ya muy harta, Elvirita!, ¡muy harta!, pero ya verás cuando se lo cuente a tu padre, ¡ya verás! ―aligeró el pasó y farfulló entre dientes―: mierda de hija… mierda de hija…
Elvirita seguía a su mamá con congoja, cargada de culpa. Todo era por su culpa, por su culpa, por su culpa, todo lo hacía tan mal…
Pobre Elvira, cómo lloraba, pobre Elvirita, qué poco entendía…

viernes, agosto 28

Del verano al infierno hay un paso

No estaba siendo mi mejor verano.
Cogí con desgana el cepillo de dientes, un par de tangas y las metí en el bolso. Después rebusqué en el fondo y al palpar el estuche de las lentillas y las gafas, lo cerré y me lo colgué del hombro.
―¡Me voyyyyyyyyy! ―grité desde la puerta de mi habitación.
Mi madre salió al pasillo.
―Muy bien, hija, no vengas tarde.
Mmmm… ―comencé rumiando la explicación que debía darle―, es que… no creo que venga a dormir, me quedo con Pedro, ¿vale? ―puntualicé con una fingida naturalidad.
―¡Me estás cansando! ¡Elvirita, guapa!, ¿eh? Me estás… me estás… ―cerró los ojos y apretó un puño en alto― ¡hinchando las narices!, ¡te lo advierto!, estoy de tu veranito hasta los mismísimos cataplines. ¡Qué asco de cría!, ¡que no sirves para nada!, ¡qué asco, de verdad, qué asco! Me ves que me paso todo el día derrengada, al cuidado de tus abuelos y tú sin mover un dedo, porque toda tu vida has sido una egoísta, ¡una E-GO-ÍS-TA, egoísta y caprichosa! ―abrió los ojos y bajó el tono de voz―. No has salido a tus hermanos, no señor, ellos están todo el día preocupados, pendientes de mí, pero tú… ¡Tú eres mala, mala y egoísta!
―Pero si son las ocho de la tarde y me he pasado el día…
―¡Vete a la mierda!, ¡anda!, ¡vete a la mierda! Y ¡déjame tranquila!, ¡que estoy muy cansada de ti!, ¿eh?, ¡a ver cuándo coño te largas y no vuelves! ―siguió farfullando no sé qué y se encerró en el baño.

Llevaba en casa de mis padres algo más de dos meses por vacaciones de verano. Había decidido no viajar, quería disfrutar de Bilbao. Trabajando en Estados Unidos me fascinaba la idea de pasarme tres meses en Bilbao. Iba a ser genial, me decía poco antes de tomar el avión en Huntington. Qué ingenua…
Al llegar a Bilbao, decidí ayudar a mi padre en la edición de unos mapas, para la publicación de su próximo atlas histórico de Vascongadas. Me enrolé en un voluntariado dando clases de español a inmigrantes en una ONG. Me turnaba con mi madre y mis tíos para cuidar a mis abuelos e intentaba, malamente, llevar una relación con Pedro, que desgraciadamente estaba haciendo aguas.
Aun así, para mi madre era la viva imagen de Damien, y yo estaba agotada de escucharla día tras día. Sabía que mi madre era una bellísima persona pero también sabía que a veces el rol de madre le quedaba grande. Mi autoestima estaba de capa caída, sólo contaba los días para salir de aquella casa.

Todavía paralizada en medio del pasillo, decidí contar hasta cinco y arrastrar mis pies hacia el hall.
―¡Elvira, Elvira! ―gritó mi padre desde su despacho.
Respiré hondo y me planté delante de su puerta que estaba cerrada. Preparé mis nudillos y toqué. Toc-toc-toc. Cuando éramos pequeños nos prohibía entrar sin pedir permiso. A día de hoy seguía tocando de forma obediente, aunque no sé si tenía mucho sentido.
Asomé mi cabeza.
Elvira, hija, ¿sales ahora?
―Sí… ―dije con cierta inseguridad temiéndome qué provocaría mi respuesta.
Ah, estupendo, pásalo bien pero antes déjame encima de la mesa la anotación corregida desde el mapa 467 al 504 ―dijo sentado detrás de la enorme mesa y con las manos bajo su canosa barba.
―¿Qué…? ―pregunté sudando.
―Los mapas, hija. Este viernes he quedado con el editor, vamos a ver cómo queda la primera parte.
Dejé con lentitud el bolso en el suelo y me apoyé en el quicio de la puerta.
―Verás… ―dije con enorme esfuerzo― no… no… no los he terminado.
Mi padre tardó en contestar.
―Bueno, pues dame lo que tengas.
No tenía nada. En las últimas semanas no había avanzado nada, me era imposible concentrarme delante del ordenador.
―Mejor el jueves… ¿eh? El jueves te lo entrego todo, ¿vale?
Mi padre chasqueó los dientes y asintió con la cabeza sin decir nada más. En silencio también, cogí el bolso, cerré la puerta y salí de casa.

Una vez en la calle, sentí vibrar el móvil. Era Marieta.
Dime, loca ―contesté esperando el semáforo.
―A ver, enana, hemos quedado a las nueve y media en la terracita del Socaire.
―Ya… vale, pues no, no, no puedo, he quedado con Pedro ―dije cruzando en rojo.
―¿Duermes en su casa?
Buff… no creo, mi madre me la ha vuelto a liar ―le expliqué resoplando.
Elvi, ¿ya le has recordado a tu madre que hace casi treinta años que hiciste la primera comunión?
Pssss… ya sabes cómo es, además vivo en su casa así que… es lo que hay.
Elvira, sinceramente, estás en una situación en la que vas a tener que elegir: o tu madre o Pedro y... entre tú y yo, ¡Pedro está bastante más bueno! ―y se rió como una idiota de su propio chiste, yo también. Después añadió―bueno, tú disfruta y mañana quedamos sin falta.
―Mañana no puedo, tengo que estar en el hospital con mi abuela para darle la comida y la merienda. Y por la noche tengo que trabajar en los mapas de mi padre, que los llevo fatal.
―Jo, neni, pero si no te vemos el pelo.
―Sí, ya… bueno, este finde seguro, que me apetece mucho salir.
―¡Ya! Luego llegará el sábado y nos dirás: es que… jo… me da pereza…―dijo imitándome con voz de niña tonta.
Me reí y me despedí de ella prometiéndole que iba a cambiar.

Entré en el coche de Pedro que estaba esperándome en la esquina de la calle.
Me besó, yo apreté los labios. Ay, qué pesado, le dije. Qué guapa estás hoy, me dijo. ¿Guapa?, pues con qué poco te conformas, contesté. Con demasiado, me dijo, con demasiado, repitió. ¡Anda!, ¡que no seas pesado!, y ¡vámonos ya!, dije impaciente. ¿Cenita en mi casa y luego un poco de sofá?, ¿eh?, me preguntó con cara malo. ¡Noooooo!, que se nos hacen las mil y hoy tengo que dormir en casa que está mi madre que trina, así que unas cañas en algún sitio y ¡hala!, ¡me llevas a casa!, dije yo. Vamos, no seas tonta… quédate a dormir en mi casa, pero si en tres semanas te vuelves a Estados Unidos, ¿qué más dará lo que diga tu madre?, me dijo. ¡Qué fácil lo ves todo!, ¡qué fácil!, ¿no?, claro, como Pedrito ha tenido unos padres que le han consentido todo, pues, ¡hala!, ¡hago lo que me da la gana!, ¡pero yo tengo responsabilidad y mapas!, ¡muchos mapas que hacer!, ¡mapas!, ¡mapas!, grité. Sólo digo que… venga, vente a casa, que te hago un masaje, y si quieres vamos a recoger tu portátil y yo te ayudo con los mapas, ¿eh?, ya vas a ver cómo después te sientes mejor, me dijo. ¡Que no!, ¡que no!, ¡que NOOOOOOOO!, ¡que me agobias, Pedro!, ¡que no sabes cuánto me agobias!, ¡además tú no tienes ni idea de anotar mapas!, ¡que no!, ¡te estoy diciendo que nooooo, que no puedo!, ¿vale?, eres tan insistente que me agotas, ¡me agotassssssss!, le grité.

Pedro se acomodó en su asiento, miró al frente y puso las manos en el volante.
Elvira, me estás machacando y ya no aguanto más ―dijo con una escalofriante seriedad―, sé que no estás pasando por un buen momento, pero lo que no es justo es que proyectes sobre mí toda tu mierda y… ―giró la cara y me miró― me estás haciendo daño, Elvira, mucho daño.
Lo miraba sin decir nada. No me dejes, Pedro, por favor, no me dejes, que sin ti la soledad me quema, suplicaba en absoluto silencio.
Elvira, te digo en serio que me pareces una tía alucinante, nunca he conocido a nadie como tú, de verdad… pero esta relación ya no es saludable, yo… ya no puedo más… ―se le humedecieron los ojos―. Elvi, necesito alejarme un poco de ti, porque esto no va… ya no va ―después de quedarse en silencio un largo rato, me preguntó con cierta angustia― ¿No vas a decirme nada?
―No ―contesté de manera seca pellizcándome un muslo para evadirme de la enorme tristeza que estaba sintiendo en ese momento, y pensar sólo en el dolor físico de mi cuerpo.
Abrí la puerta del coche y salí.
Txiki, yo te quiero… ―me dijo antes de cerrarla.
Ni le contesté, ni me di la vuelta siquiera para mirarlo. Me aferré a la correa de mi bolso con ambas manos, caminé erguida mientras sentía cómo se me dislocaba el alma. Ya no me quedaba nada.