martes, noviembre 4

El Porche

—¡Hoy es mi día libre y tu música me ha despertado!!!!!

Eran las nueve de la mañana, cerraba la puerta de casa mientras los gritos de mi viejo vecino me taladraban el oído derecho. Intenté disculparme lo más rápido posible, no por sentirme culpable sino porque llegaba tarde a la universidad. Parecí convencerlo de mi inocencia y, tras un par de gritos más, me dejó marchar.

Vivía en una pequeña casa de una sola planta, en un barrio típicamente americano. En su día la dividieron para hacer dos apartamentos que compartirían la pared del salón y del baño, además del jardín trasero y las escaleras de la entrada.

Tres días más tarde de aquel episodio, me levanté con energía suficiente como para hacer peras al vino. Sólo había un problema, no tenía vino. Miré por la ventana de la cocina y vi que llovía, así que el ir a la tienda quedaba descartado. Me preparé un café para pensar mejor. Rebusqué en mi pequeña bodega y en la nevera y las posibilidades eran las siguientes: peras al Martini rojo, a la cocacola, a la cerveza, a la leche, al jerez o al zumo de tomate. Bien, creo que al jerez puede colar, pensé.
Después de una hora tenía cuatro peras borrachas de jerez caramelizado en una cazuela. Probé una y fui incapaz de terminarla, estaba tan rasposa que se me pusieron las papilas como escarpias. Necesitaba volver a pensar así que me hice otro café. Después del segundo trago me empecé a reír, tenía claro qué iba a hacer.
Metí las tres peras restantes en un tuper, me puse un jersey y toqué la puerta a mi vecino. Con una enorme sonrisa se las ofrecí y le pedí disculpas por molestarle siempre con mi música. El hombre estaba completamente sorprendido, apenas atinó a darme las gracias.
Dos días después me devolvió el tuper con pastel de brócoli dentro, y me aseguró que la música no le molestaba siempre, sólo un poco por las mañanas. Le invité a tomar un café y a compartir el pastel de brócoli. No quise comérmelo sola, tenía miedo de que estuviera rasposo también, pero descubrí que mi vecino, a pesar de su ruda apariencia, era un excelente cocinero y una maravillosa persona.

Dos semanas más tarde, cuando llegué a casa me paré en las escaleras y las miré. Mi vecino estaba colocando una de sus plantas en el segundo escalón.
—Oh, Fred, tenemos que hacer algo con este porche —dije con aire pensativo.
Fred se tuvo que sentar en las escaleras porque creía morirse de risa.
—¿Porche? Pero, princesa, ¿dónde ves un porche? —me preguntó entre carcajadas.

Bien, vale, no era propiamente un porche sino cinco escalones desnivelados con una oxidada barandilla a cada lado, y un diminuto descansillo ante las dos puertas.

—Creo que podemos pintar la barandilla… —dijo la princesa propietaria de un palacio.
—Eres adorable, chica, haz lo que quieras pero antes llama al dueño, no quiero problemas, ya sabes cómo es. Además es mejor que lo llames tú porque yo siendo negro creo que puede malinterpretarlo.
Me reí, pero desgraciadamente no le faltaba razón.

Ese mismo fin de semana empecé con la pintura.
—Fred, ¿rojo o negro? —pregunté a mi vecino, mostrando los dos botes de pintura que me había regalado un compañero del departamento.
—Mmm… ¿y si los mezclamos…? —contestó Fred ladeando la cabeza.
—¡Aye! ¡Genial, GRA-NA-TE! —estaba completamente fascinada.

Fred se ofreció a hacer la mezcla y a surtirme de cerveza a cada rato pero me dejó por entera la función de pintar, decía sentirse demasiado viejo.

Después de casi tres horitas de trabajo, estábamos los dos frente a las escaleras observando nuestra obra de arte. Subimos hasta el descansillo y Fred me pidió que esperara un minuto. Al cabo de un rato salió con dos sillas.
—Una para ti y otra para mí —dijo y cogió dos cervezas de la caja ofreciéndome una—. Una para ti y otra para mí —repitió—. Ahora sí que es un porche, princesa, porque tenemos barandilla granate como los reyes. ¡Hey, buenas tardes, Chad! —gritó levantando su brazo a nuestro vecino de enfrente que aparcaba el coche en ese momento.
—¡Hey, Fred! ¿Cómo va eso? —saludó Chad.
—Aquí, disfrutando del porche.
—¡Ja, ja, ja, ja! Del porche, dice, ¡serás cretino, Fred!
Le acompañé en la risa, la situación era de lo más disparatada pero me encantaba.
—No hagas caso, princesa, seremos la envidia del vecindario —me aseguró Fred en tono confidencial.
—Ven, Chad, te invitamos a una cerveza en nuestro porche —dije riéndome todavía.
Fred me miró enfadado y luego, dirigiéndose a Chad, añadió:
—Vale… puedes venir... pero ¡la silla te la traes tú!

domingo, noviembre 2

La laundry

Aparco el coche delante de la puerta.
El pequeño edificio de una sola planta es de hojalata, y desde fuera parece vacío. Dudo si entrar o volverme y pedirle el favor a algún compañero del departamento con lavadora en casa. Tras pensármelo seriamente durante treinta largos segundos, me decido y cojo del maletero el enorme saco de ropa sucia. Entro.

-¡Hola! -digo exageradamente simpática.
-Hola, preciosa... -me contesta aburrida una enorme mujer detrás de un mostrador.
-¡Vengo a lavar la ropa! -digo nuevamente ganándome el premio a Miss Nice West Virginia.
-Estupendo... -y sin más se da la vuelta y se mete en la trastienda.

Echo un vistazo a la lavandería. Es enorme. Por lo menos hay cien lavadoras alineadas en cuatro filas de dos. Contra la pared están las secadoras, colocadas en columnas de tres.

Vale, elijo una máquina y empiezo a echar toda mi ropa sin distinción alguna: toallas granates, con trapos de cocina marrones, tangas negras, rojas, blancas, azules, de snoopy, la abeja Maya..., vaqueros, dos camisetas blancas, pantalones negros, jersey beige y calcetines multicolor. Chorretón de jabón líquido. Bajo la tapa y empiezo a buscar la ranurita donde meter las monedas. Encontrada. Cuatro monedas de un cuarto de dolar y la lavadora empieza a funcionar. Fácil. Ahora sólo me queda encontrar la máquina de café, sentarme a esperar y hablar con ese chico tan sexy, a la par que tímido, que aparece en todas las pelis americanas dentro de una laundry.

-Perdona, ¿la máquina de café? -pregunto a un viejo hombre sentado junto a la puerta. Me mira y se empieza a reír. Le faltan dientes y se le cuela la lengua entre los huecos.
-¿Café? -pregunta una profunda voz detrás de mí.
Me doy la vuelta y veo metro noventa de un joven hombre sentado sobre una de las lavadoras de la segunda fila.
Se ríe y me vuelve a preguntar.
-¿Quieres café?
-Bueno... busco la máquina de café, sí.
-No hay -se baja de la lavadora y se acerca a mí muy decidido-. Hola, me llamo Mike -me dice extendiéndome su mano.
-Eeeeh... hola... soy Elvira.
Bueno, no es muy, muy sexy y tampoco podríamos tacharle de tímido pero es lo más cercano a un personaje de laundry, ¿no?
-Hey, yo soy Terry -gangosea el viejo hombre de la puerta. Me doy la vuelta sonriendo y le ofrezco mi mano mientras repito mi nombre otra vez.
-¿De dónde eres, preciosa...? -la enorme mujer había salido de la trastienda y nos miraba aburrida desde el mostrador.
-De España.
-Hey, yo tengo una amiga de Colombia, se llama Juliana, ¿la conoces? -me pregunta Mike completamente emocionado.
-Mmm... no, lo siento -le contesto sin evitar una carcajada.

Terry nos cuenta los problemas de su hija divorciada mientras Mike y yo colocamos la ropa mojada en la secadora.
-...y no es por su ex marido, que ahora vive en Ohio, es que se llevó al perro y...
-Esto, ¿cómo va? -pregunto a Mike en bajo para no molestar a Terry.
-Cinco minutos de secado son un cuarto de dolar, con veinte minutos más que suficiente -me contesta Mike imitando mi susurrante tono de voz.
-...tiene el pequeño tres años y el mayor seis, pero se han quedado sin perro, y eso me fastidia, ahora ella trabaja en...
-¿Café?
-¿Qué?
-¿Quieres café? -me vuelve a preguntar Mike sin dejar de mirar a su secadora.
-...yo le digo que no es un buen trabajo, pero, ay, ay, ay, ya no escucha a su viejo padre, lástima de perro, qué bonito era, bueno, trabaja de seis a doce...
-Mmm... sí, claro -le contesto.
-.. los trabajos nocturnos es lo que tiene, que sí o que no, pero... hey, chicos pero ¿adónde vais? -nos pregunta Terry mientras nos ve salir por la puerta.
-Te vamos a traer un café -le contesta Mike guiñándome un ojo.
-Bueno... pues muchas gracias, hijo, muchas gracias...

Cruzamos la carretera y nos metemos en un pequeño restaurante de cómida rápida. Nada más entrar Mike levanta la mano y saluda a los dos camareros del fondo y grita a uno de ellos.

-Logan, cuando puedas tres cafés para llevar. Nos sentamos a quí a esperar, ¿vale? -Mike me señala una mesita de madera-. Bueno, y qué hace una española tan simpática como tú en un pueblo como este.
-Soy profesora en la Universidad.
Wuao!, pero eres muy joven...
-Ja, ja, ja, no tanto -contesto- ¿y tú?
-Soy estudiante en la universidad.
Wuao!, pero eres muy mayor.
-Ja, ja, ja, no tanto -repite imitando mi acento,me hace reír- me licencié en literatura inglesa hace seis años y ahora estudio para el doctorado.

Llega Logan con los tres cafés, Mike no me deja pagar. Volvemos a la lavandería y ofrecemos su café a Terry.

-Oye, Terry, y ¿cómo dices que se llamaba el perro de tu hija? -pregunta Mike.
Qué chaval más majo, pienso, con qué poco sabe llegar a la gente.
-Skip -contesta sorbiendo el café-, buen perro, sí señor... Gracias, hijo -dice Terry levantando el vaso de cartón hacia Mike.

Acaban los veinte minutos de mi secadora, guardo la ropa en el saco, termino el café y me despido.
-Seguro que nos volvemos a ver por el campus -digo a Mike.
-Seguro... o aquí... siempre vengo los martes -responde con una enorme sonrisa.
-Entonces, nos vemos el próximo martes aquí. -Antes de salir me acerco al viejo-, adiós, Terry.
-Adiós, hija.
Cruzando la puerta oigo un aburrido:
-Adiós, preciosa...
Me río y meto en el maletero el enorme saco de ropa limpia.