martes, marzo 17

El tercer ojo

China ya se había despertado. Eran las seis y cuarto de la mañana. Lo sabía porque el restaurante de debajo de mi casa hacía un ruido insoportable cada vez que abría y levantaba la persiana de aluminio. El sol se colaba descarado en mi habitación. Oía a los estudiantes dirigirse a los comedores del campus. Me di la vuelta y me hundí debajo del edredón, hoy era viernes, mi día libre. Me iba a quedar toda la mañana en la cama, porque había pasado una noche horrible, la misma pesadilla de siempre se había repetido una y otra vez, estaba agotada.
¡Ríííííííííííínnnng, rííííííííííínnng!
Miré el reloj, siete y veinte.
Salí de la cama destemplada y cogí el teléfono con desgana.
—¿Seeeeeeé…?
—Elvira, ¿la he despertado?
Al oír su voz me erguí como si de un sargento se tratara y fuera a pasar lista.
—Profesor Liu, no, no, claro que no, estaba desayunando, dígame.

El Profesor Lui, decano de la facultad de lenguas extranjeras de la universidad, me metió una chapa eterna sobre las correcciones de los textos 44, 45 y 46 que debía entregar a Feng Min para que pudiera llevarlas a imprenta antes de las diez de la mañana.
Tras colgar el teléfono, me preparé café, dejé correr el agua de la ducha para que se fuera calentando y encendí mi portátil. Leí los emails y la versión digital de uno de los periódicos que tenía en la bandeja de favoritos. Terminé el café y me metí en la ducha. Vaya… no había habido suerte, el agua seguía fría.

Crucé las canchas de baloncesto en dirección al edificio de los despachos.
—¡Profesora Elvira, profesora Elvira, profesora Elvira!
Me di la vuelta y a lo lejos vi a una de mis alumnas de tercer curso saludándome con la mano. Corría con pasitos diminutos, avanzaba más hacia arriba que hacia delante. Era divertido verla.
—¡Vaya! Pero, ¿quién te persigue? —le grité.
No entendió mi chiste, aun así me regaló una amplia sonrisa que me supo a gloria a esas horas de la mañana.
Empecé a subir las escaleras del edificio de los despachos. Los del departamento de español estaban en la sexta planta, no había ascensor. Olía a humedad. Los techos estaban desconchados y el suelo de azulejos bastante sucio. Llegué al pasillo del sexto piso. Allí tropecé con dos alumnas del primer curso, me saludaron muertas de vergüenza y escondiendo una risita nerviosa entre las manos. Les devolví la risa, me divertía ver a jovencitas de dieciocho años tan tímidas e infantiles. Abrí la puerta del despacho 67, lo compartíamos los cuatro profesores más jóvenes del departamento.
—¡Ooooh! Elvira Laoshi, nin hao ma?
Me preguntó Feng Min en un tono exageradamente respetuoso e irónico. Estaba sentada en su mesa, junto a la ventana, con el portátil encendido escuchando RTVE Directo mientras corregía: ¿unas composiciones, exámenes, ejercicios…?
—Podría estar mejor, pero no me quejo, ¿qué haces?
—Corregir estas composiciones de segundo.
—Composiciones… —pensé en alto—. Bien, ¿alguna novedad?
—Déjame ver… —apartó la vista de las correcciones y metió la cabeza en su portátil—. Vale, a ver, la tregua de ETA parece que también incluye lo de la extorsión a los empresarios vascos. Imágenes del cien cumpleaños de Francisco Ayala, ¡qué viejo! ¿eh?, y han llevado a Rocío Jurado a Madrid desde Houston en un avión UCI —Min levantó rápida la cabeza del ordenador—. ¿Qué es un avión UCI?
Se lo intenté explicar entre risas porque su manera de darme el parte noticiero matutino era única, tenía una capacidad especial para resumirme los mejores titulares del día y siempre me hacía reír.
Encendí el ordenador y la impresora, y le conté la llamada del Profesor Liu a las siete de la mañana. Así que en un momento le entregaría los textos para que los llevara a imprenta.
Min, sin hacer mucho caso a lo que le estaba explicando, se acercó y se sentó junto a mí.
—Uy, tú tienes muy mala cara —me dijo con tono de preocupación.
—Estoy bien, es sólo que no puedo dormir, no sé… estoy teniendo un sueño que se repite cada noche dos y hasta tres veces. Y es… una pesadilla que me agota porque paso tanto, tanto miedo que me tiene en tensión toda la noche, no consigo descansar.
—Pues… pues... cuéntamelo —dijo con sus dos manitas en la cara.
—Bueno, es siempre lo mismo, ¿no? Sueño que estoy en mi habitación, es de noche, la habitación está casi a oscuras y yo estoy intentando dormir en la cama, pero tengo los ojos abiertos y empiezo a ver a… personas, ¿no?, a gente en mi habitación. Pero no han llegado de repente, es como si estuvieran allí desde hace tiempo.
—Y, ¿qué hacen…? —me preguntó Min absolutamente enganchada a mi historia.
—Nada… me miran.
—Oh… ¿Todos? Y, y, y, y... ¿son chinos?
—Sí, sí, me miran todos y todos son chinos, todas son mujeres menos el que se sienta en la cama junto a mí.
Min dio un respingo en la silla y se llevó las manos a la boca. Me asustó.
—Feng Min, por favor, me estás metiendo más miedo tú que mi sueño —dije con la mano en el pecho y recobrando el aliento.
—Ay… perdona… bueno, y, ¿qué más?
—No hay mucho más, sólo que las personas son las mismas cada noche, no se trata de gente diferente cada vez, siempre son las mismas, las mismas caras, con la misma ropa, con sus ojos puestos en los míos, en silencio, esperando a que me duerma, no sé…
—Ya… bueno, y, tú… ¿qué haces…?
—¿Yo? ¡Nada! Min, no puedo hacer nada, porque en el propio sueño puedo sentir pánico, veo la imagen y siento un pánico horroroso, real, completamente real, miedo de verdad, ver a estas siete personas en mi habitación me paraliza, me aterra… Y Min, ¿sabes por qué…?
Min se acercó mucho a mí y con un gesto me pidió la respuesta.
—Porque… porque… al verlos yo sé que están todos muertos…
La impresora empezó a escupir los textos, Min y yo metimos un escandaloso grito que intentamos ahogar, rápidamente, con nuestras propias manos al darnos cuenta que se trataba de la máquina.
—Ay… Min… —dije todavía con el susto en el alma—, te aseguro que son tan reales, y el miedo es tan físico, tan agotador, que desde hace una semana es un suplicio irme a la cama y dormirme sabiendo que lo voy a volver a soñar.
Min me miró con seriedad, después se levantó y volvió a su mesa sin decir una palabra. La seguí con la vista. Estaba sorprendida de que de repente el tema le hubiera dejado de interesar por completo, así, sin más. Pero eran muchas las veces que no comprendía sus reacciones, así que no quise preguntarle nada y, olvidando la conversación, empecé a recopilar los textos de la impresora. Me levanté con el capítulo 44 en las manos.
—Elvira… —dijo, finalmente, Min desde su mesa. Me paré en seco al oírla—, Elvira… —repitió mi nombre clavando sus ojos en los míos—, pero… pero, ¿cómo estás tan segura de que es un sueño…?

Las sesenta y seis hojas del capítulo 44 se escurrieron de mis manos temblorosas y fueron cayendo al suelo, rompiendo el escalofriante silencio que acababa de inundar el despacho entero.

jueves, marzo 12

¿Cherry Pie o... no?

Me senté en la barra de la cafetería de la universidad. Jeannie, con su uniforme rosa, se acercó a mí para tomarme nota.
―Hola, cuenquito de miel, ¿expreso doble?
―Jeannie, no me llames así.
―¿Cómo?
―Cuenquito… de miel… ―dije de manera entrecortada por un bostezo.
Eran las diez de la mañana y me moría de sueño y de aburrimiento. Acababa de terminar una clase llena de momias. Intentar poner en práctica el enfoque comunicativo con semejantes estudiantes era desesperante. Veinte sombras recostadas, por no decir tumbadas, en sus sillas con cara de menuda chapa nos estás metiendo, era de acomplejar.
―Bien, ya no te lo llamaré más, abejita.
―¿Abejita? ―preferí no hacer ningún comentario ante su nuevo apelativo, pero lo que estaba claro es que Jeannie venía de familia de apicultores―. Sí un expreso y, anda, ponme un trozo de este cake.
―No, no es un cake, es un pie, mi abejita loca.
―Oh... ¿y cuál es la diferencia? ―dije observándolo tras el cristal de la pequeña nevera de la barra.
―Pues mira, abejita, éste es un pie, ¿verdad? Y éste ―dijo mostrando la tarta de al lado― es un cake, ¿ves?, pie y cake, cake y pie ―explicaba señalando cada tarta alternativamente.
A mí los dos me parecían iguales excepto por el color, uno rojizo cereza y el otro azulado arándano. Pero parecían tener la misma masa y sus idénticos trocitos de fruta en la parte de arriba.
Negué con la cabeza y le hice ver que no captaba la diferencia.
―Mira, cuenquito…
―Jeannie… ―la interrumpí con tono de regañina.
―Perdón, abejita ―realmente no sabía cuál era peor, si cuenquito o abejita―, mira, mira ―Jeannie sacó ambos platos y los dejó sobre el mostrador―, ¿lo ves ahora?
Bien, sí, los veía y un poco más cerca pero aquello no estaba siendo un argumento aplastante para marcar la diferencia, ¿no? Luego dicen que ser profesor de tu lengua materna es facilísimo, ¿sí?, explicar con palabras a un extranjero lo que para ti es obvio no es tarea sencilla y si no que se lo pregunten a Jeannie.

La mujer de enorme culo, sentada en la mesita de detrás se levantó y, con confianza, me colocó su mano sobre la espalda aun no conociéndonos de nada, mientras ofrecía su teoría sobre los diferentes dulces.
―Mira, cariño, éste tiene nata, aquí, un poco, ¿lo ves? ―dijo señalándome el pastel azulado― y éste no ―ahora su dedo estaba en el plato del pastel rojizo―, así que podemos decir que si tiene nata se trata de un cake y si no de un pie.
A pesar de no tenerlas todas conmigo, le dije que ahora sí que lo entendía perfectamente. Triunfadora la mujer volvió a su mesa. Tras pensármelo unos segundos me seguí decantando por el pastel de cereza y se lo pedí a Jeannie.
―Claro, mi abejita, marchando con tu café.
En nada, me sirvió un colorido plato con un trozo de, definitivamente, cherry pie y mi café. Después, me ofreció un tenedor y salió de detrás de la barra con otro en la mano. Se sentó en el taburete de al lado y pinchó un trozo de mi pastel con absoluta normalidad.
―Pero, Jeannie, ¿qué haces? ―pregunté con cara susto.
―Ay, abejita, compartimos, ¿vale?
¿Compartimos? Yo no compartía nada, era egoísta por naturaleza, yo de pequeña era de las que decía: lo siento, pero mi madre no me deja dejar. Compartir, prestar, dar e incluso hasta ofrecer me daba alergia. ¡No! ¡Es mi pastel!
―Vale… ―qué podía decir.
―Así me cuentas lo guapos que son tus alumnos, ¿eh?, vamos, cuenta, cuenta ―dijo metiéndose un inmenso trozo de pastel a la boca.
Pero antes de tragarlo, Jeannie volvió corriendo a la barra. Rebuscó algo debajo del mostrador. Después, con la misma prisa con la que se había marchado, se sentó nuevamente junto a mí mostrándome, con enormes ojos de niña ilusionada, un bote de nata montada.
―Ya vas a ver qué rico está ahora, espera, espera… ―y echó un buen chorro de nata montada sobre el trocito de pastel, formando una blanca montaña piramidal.
Observé el resultado con inquieta curiosidad. Absorta en mi propio y simple mundo interior, tomé el plato de manera fascinada y giré mi taburete.
―Disculpe… ―dije enseñando el plato a la mujer de enorme culo sentada en la mesita. Ella se dio la vuelta y me atendió con interés― y… ¿ahora…?, ¿pie o cake?

domingo, marzo 8

Madre no hay más que una

―Estás guapa, guapa, guapa, guapa, guapa, guapa, pero oye, ¡qué guapa que estás! Yo nunca te había visto así, ¿eh? Estás en tu mejor época, que te lo digo yo ―me decía mi madre mientras desayunábamos en la cocina de su casa―. De verdad, porque cuando naciste… madre mía… nunca he visto un bebé más feo, fíjate, pero fíjate cómo serías que cuando entraban las enfermeras a la habitación, las pobres para consolarme, porque yo no podía parar de llorar al verte, pues me decían: pero mujer, no llore que el año pasado tuvo usted un hijo muy guapo.
Me reí, no sé ni las veces que me había contado aquella historia.
―Sí, es que Gerardo tenía que ser un bebé muy guapo ―dije mientras pasaba las hojas del periódico sin prestar mucha atención al contenido.
―¿Gerardo? ¿Tu hermano Gerardo? Guapísimo, era una cosa de llamar la atención, de verdad te digo. ¡No te rías, boba, que es cierto! Con esos ojazos verdes, bueno… Pero lo mismo te digo que a ti para pasearte te llevaba con la capucha puesta y la manta hasta las orejas porque ¡eras de susto! Toda llena de pelo, qué cosa más horrorosa.
―Bueno, seguro que algo bueno tenía ―dije con media sonrisita.
―Uy, pues que eras una niña muy graciosa, porque lista, lo que se dice lista tampoco nos saliste, pero tenías un salero… tu tío Rafa se tronchaba contigo, y tu abuela Isidora también, lo que se reía esa mujer con sólo verte. Bueno, y a mí, ¿eh? A mí ¿cómo me ves? ―se apartó la taza de café de la boca y sonrió mirando al más allá, como si le fueran a sacar una foto en aquel instante.
―Guapísima, ama ―dije riéndome, me encantaba cuando hacía sus poses de actriz.
―Ya, la verdad es que todos me lo dicen, ¿eh?, Ay, Carmen pero qué estupenda estás, estás, mira, estás como nunca… ay, Carmen, ay, Carmen. Todos, todos, ¿eh? Hombre, a ver, no te voy a decir que no porque es que sí, pasé una racha, que buffff, qué racha, ¡ay, madre! Chelo, Antonia, Olga, tu tía Feli, Begoñita ―iba enumerando cada nombre contándose los dedos de la mano―, bueno, vamos, que todos me lo decían, porque estaba demacrada, como ¡para no!, ¡si te marchaste siendo una cría a China!
―¡Ama, tenía veinticinco años!
―Pues eso, una cría ―me respondió con absoluta convicción―, pero he de reconocer que China te sentó estupendamente porque mírate ahora qué guapísima estás y ¡hasta te has vuelto lista!, porque, hija, no has parado desde entonces, no-has-parado, que todos me lo dicen, ¿eh? ―y volvió a desenfundar sus dedos para contar―, Lalia, Ramontxu, Merche, Pedrolas, Angelita, Vicenta, si hasta el zapatero me lo dijo el otro día que fui a llevarle las botas altas que tengo de ante gris, las que me pongo con la falda tubo negra, ya sabes, ¿no?
―Sí, sí… la larga ―intenté adivinar mientras pegaba otro sorbito de café.
―¡No, mujer! La tubito que me queda justo por debajo de la rodilla ―y esperó a que con un gesto le diera a entender que sabía de qué me estaba hablando, así que cerré los ojos y asentí rápidamente con la cabeza.
―La tubito, sí, la tubito, sí, sí, ya, ya.
―Bueno, pues me preguntó a ver si venías por vacaciones, qué hombre tan bueno es ése, de verdad, y me dijo que te vio en el periódico, que lo tiene guardado, fíjate, qué majo, ya sabes que se le murió la mujer, ¿no?
―Ay… pues no… ―dije atónita viendo la capacidad que tenía mi madre para cambiar de tema sin pestañear.
―Pues, empezó que si me duele aquí, que si me duele aquí, ay, ay, que se murió.
―¿De dolor?
―No, mujer, de cáncer.
―Ah… ―contesté dejando la taza de café en la mesa.
―Y el hijo de Txomin, el de la ferretería de la esquina que la traspasó el verano pasado, pues, guapa, se murió de lo mismo.
―De dolor.
―¡Y dale la mandanga, dale la mandanga!, mira que eres pesada ¡de cáncer! Hija, que a veces pareces tonta, ¡de cáncer!
Estaba completamente muerta de risa viendo a mi madre tan furiosa.
―Anda que… cómo te gusta burlarte de tu madre, vas a cobrar, ¿eh? ―me dijo contagiada por mi risa.
Después me miró fijamente ladeando la cabeza y me dijo con seriedad:
―Oye… ¿Irás a la pelu a que te corten un poco las puntas?, ¿no?, que tienes ya mucha greñidera y a que te den esos brillitos para que se te aclare un poquito la melena, ¿no?
Me estiré un mechón de pelo hasta colocarlo ante mis ojos.
―¿Qué le pasa a mi pelo? Pensaba que estaba guapa ―dije sin apartar la vista de mi mechón.
―Estás guapísima, ya te lo he dicho, pero vete a cortarte el pelo y a que te den brillos.
Desde hacía siete años lo más cerca que mi madre me había tenido era a seis mil kilómetros de distancia, viéndome una o dos veces al año a lo sumo, así que dejé que me apabullara con su rol de madre, creo que estaba en todo su derecho.
―Bien, pues llamaré para coger vez ―dije.
Mi madre se levantó de la silla como si le picara el culo de repente, fue a la salita junto a la cocina y regresó con un cuadernillo. Descolgó el teléfono y empezó a marcar.
―Ya te la cojo yo, cariño, que a mí me conocen y te pasan ahora enseguida, termínate el café, ah, y en la nevera tienes los yogures que te gustan, y también te he cogido queso de Burgos y pavo, que ya sé que te gusta ponerte con… éste… ¿A ver? ¿Garbiñe? Que soy Carmen Garay, que ayer llegó mi hija de los Estados Unidos con unos pelos de asustar y…
La miré desde la mesa y después observé mis manos sujetando el café. Éramos tan diferentes, dos seres antagónicos unidos por un amor, agotadoramente, ilimitado.

martes, marzo 3

Trilogía, Parte tercera: Paul Newman

15-febrero-09 Huntington
―Venga, Txiki, no llores, a ver… que seguro que tiene arreglo.
―Posh… no… nop thene ―intenté contestar mientras me tragaba los mocos ahogada en mis propias lágrimas― man… man disho lops teznicos que nop… que tol disco duro ferdsito…
―Que todo el disco duro, ¿qué?
―¡Ferdsito! ¡Joe! ¡Ferdsito-ferdsido-ferdido…!
―¡Ah! ¡Perdido! ―me tradujo mientras le oía ocultar la carcajada al otro lado de la línea.
Me soné la nariz y me tumbé en el suelo agarrando el teléfono con una mano y dando un mamporro a mi portátil con la otra, mientras gritaba:
―¡¡¡Me caggggggo en tó Poshiba de mieeeeelda, jo, miellllldaaaaaaaa…!!!!!!
―Toshiba, Txiki, que Poshiba se puede malinterpretar.
Aun sin parar de llorar me reí un instante y, luego, volviendo a mis pucheros le dije que lo había perdido todo, que no tenía copia del disco duro y que lo había perdido todo, todo, todo: fotos, programas de las clases, miles de actividades, archivos irremplazables, música y mis cuentos… decenas de cuentos.
―No has perdido nada, tontorrona, que todavía guardas tu cabeza y me tienes a mí, así que vamos a empezar de cero pero vamos a empezar ―me dijo con esa seriedad tan cariñosa con la que sólo él sabe hablar―, venga, Txiki, empieza a dictarme tu próximo cuento que yo te lo voy escribiendo a ordenador, a ver… venga, ¿de qué va?
Su tierno optimismo me derrocó. Me levanté del suelo y me senté en la butaca, no sin antes darle una patada al maldito ordenador que seguía tirado en la alfombra. Me dejé abrazar por la enorme butaca y le dije muy bajito:
―Va sobre ti, mi amor…

27-diciembre-08 Bilbao
―Jo, Elvi, va… venga, va, cásate con él, que queremos una boda en Dubai ―me decía Marieta mientras sacaba de su bolso el monedero con el bote de todas.
Estábamos parte de la cuadrilla disfrutando del sábado noche en uno de los bares del Casco Viejo.
―¿Dubai...? Pero si es de Pakistán… ―sentía que la lengua me empezaba a resbalar.
―¡Qué más dará si está forrado! Anda, que ni para casarte sirves, ¡hala!, vete a pedir que te toca. ¡A ver! ―gritó al resto del grupo―, que la enana va a pedir, entonces, son: una, dos, tres cervezas, un kalimotxo sin hielos y dos cubatas, ¿no? ―todas parecían estar de acuerdo, así que Marieta me encajó el monedero debajo del sobaco y me empujó contra la barra.
―Pero… pero… ven a buscarme luego que no puedo con todo, ¿eh? Marieta, ven… ven a buscarme, ¿vale...? ―le grité desde la barra, mientras ella se moría de la risa viéndome espachurrada por la gente, intentando recitar mi pedido cada vez que el camarero hacía acto de presencia en mi campo de visión.

―¡Que no me toques, chaval, que tengo novio, coño! ―amenazó la tía alta y rubia de mi lado al chico que tenía detrás.
―¡Aiba la ostia, pero si ni te he rozado, joder! ―respondió el chico.
―¡Touch’ pas! ¡Tu m’énerves! ―dije yo imitando un irritante acento francés para, simplemente, tocar las pelotas.
Cuando los dos me miraron con cara de pocos amigos, me di cuenta que mi intromisión no había tenido mucha gracia.
―Bueno… es lo que me decía mi ex, meses antes de dejarme por otra, ¡touch’pas!, ¡no toques!, ¿no? como tú, como tú… ―expliqué señalando a la rubia. Intentaba fijar un punto de unión entre las dos y formar hermandad.
―Bufff… ya, tía, es que todos los hombres son unos cerdos ―sentenció la rubia apartándose el pelo hacia atrás de un manotazo.
―Pues sí, pero a mí me da igual, porque cuando mi novio francés me dejó me fui a China a visitar a mi amigo Roberto que le dije que estaba perdida y él, que es muy así, me contestó que él ya me encontraría, pero no os penséis mal porque es gay, entonces lo vi claro y me fui para Singapur, y allí casi me caso con un jeque pakistaní, pero no, al final escapé, porque yo no estaba enamorada, y ahora vivo en los Estados Unidos metida en un pueblo lleno renos y osos que me roban la merienda, y… ¡voilà! aquí me tenéis, que he venido a pasar las navidades a Bilbao, porque mi amiga Cris, Cristina, que vive en Los Angeles, que por cierto, qué ciudad más horrorosa, me ha dicho que espere porque Paul Newman vendrá a tocarme la puerta.
―¡Joder, menuda chapita se ha cascado la puta enana ésta! ¡Menuda friki de mis cojones! ―me contestó la rubia mientras recogía sus bebidas de la barra y se abría paso con sus enormes tetas.
―Oye, oye… y… mmm… y tú… mmm… ¡más!, ¡más, más, tú!, ¿eh…? ―increpé tras ella pero no muy alto no fuera a oírme, soy valiente pero lo justo.
El chico ocupó el sitio vacío que había dejado la rubia en la barra, colocándose junto a mí.
―¡Ey! ¡Touch’ pas, tu m’énerves! ―le grité levantando en alto el monedero que acababa de sacarme del sobaco.
Por su cara me di cuenta que estaba alucinado así que intenté calmarlo, porque así de cerca ganaba mucho el chaval.
―No… no… ―decía apaciguando la situación con las palmas de las manos abiertas―, es broma, je, je… touch’pas, lo de mi ex, lo de… que te decía que él me decía… pero, vamos, que yo no te lo decía en serio, ¿eh?
Me sonrió y después pidió al camarero sus consumiciones.
―Toda esa historia que nos has contado, ¿es cierta o te la has sacado de un cómic?
―Es cierta.
―Joder, pues escribe un libro contando tu vida que te forras.
―Es lo que intento. ¡Ah! Me llamo Elvira ―dije dándole dos besos en la mejilla. Qué suave estaba, recién afeitado.
―Yo Paul ―y se acercó para darme dos besos cuando mi mano le paró en seco porque acababa de poseerme un ser extraño.
―¿POOOOOOOOOOOOOOOL????? ¿Te llamas POL??, ¿como Pol Newman?
―No, joder… Paul, con a y con u, Pa-ul, y sin acento, que no me gusta, que en el colegio, cuando era pequeño, siempre me lo tildaban y buah… no me gusta nada, yo en euskera, así, Paul.

Enmudecí. Me agarré el pecho, sentía que el corazón me iba a reventar los tímpanos. Vi como se llevaba las bebidas mientras me decía que ya nos veríamos por ahí, ni le contesté, no podía.
―Venga, guapa, ¿qué te pongo? ―me preguntó el camarero.
―Pues… lo que tú quieras…
Regresé a la cuadrilla con dos mojitos, un Ginkas, una tónica y dos Redbull.
―Pero, ¿qué es esta mierda? ―preguntó Marieta mirando atónita mi cargamento.
―Ay, ya… jo, Marieta es que me he liado, es que no sabes… ay, Marieta, que lo acabo de conocer.
―¿A quién? ―me preguntó mientras repartía la bebida sin mucho entusiasmo.
―A Paul…
―¡Anda! Como Pol Newman.
―¡No! con a y con u y sin acento, que no le gusta, en euskera, así, Paul.
―Pues menos mal que lo acabas de conocer, porque cuando te cases con él serás capaz de sacarnos un ojo si decimos mal su nombre ―Marieta, se calló y miró seria detrás de mí―. ¿Era el chico que estaba a tu lado en la barra?
―Sí…
―Pues lamento comunicarte que tu Newman está saliendo del bar con un grupo de tíos que, por cierto, el alto de sudadera negra está cañón.
Me faltó tiempo para dejar a Marieta con la palabra en la boca y salir corriendo.
―¡Ey! ―grité desde la puerta del bar al grupo de chicos que acababa de salir―. ¿A dónde vais?
Todos se dieron la vuelta y Paul, al reconocerme, se rió. Metió las manos en los bolsillos y dijo que no sabía, que andarían por ahí. Sí, vale, pero por ahí tiene muchos bares, necesito algo más preciso. Sin más se dieron la vuelta y los vi perderse por las callejuelas del Casco.
Entré de nuevo en el bar como si me hubieran pegado una paliza. Marieta pasó su brazo por mis hombros y me ofreció un vaso intentando animarme.
―¿Qué es esto? ―pregunté mirando con intriga el líquido marrón.
―Jarabe de no sé qué, lo has traído tú y mira, mira cómo te deja la boca ―Marieta abrió los labios y al volverlos a cerrar ya los tenía enganchados al frenillo, enseñando dientes y encías. Nos reímos como bobas, después yo probé un poco y repetí su mismo gesto. Como no podíamos hablar, nos dábamos golpes para mirarnos la una a la otra a ver quién ponía más cara de caballo, así pasamos el rato hasta que el resto nos dijo que nos íbamos.
―Mis pequeños cerebros prodigiosos ―nos dijo Blanquita con rintintín―, nos vamos al Mitote, coged los abrigos y a vuestros caballos.
Marieta y yo nos tronchamos de risa, más todavía, al escucharlo.
Llegamos al Mitote. Blanquita fue a pedir, porque después de mi éxito no querían ni que me acercara a la barra.
No sé el tiempo que pasó pero estaba cansada así que anuncié a todas que en breves me marcharía a casa. Cogí mi bolso y fui a los baños. Me puse en la cola. Alguien me empujó por detrás y gritó en mi oído:
―¡Tush pá!
Me giré con una carcajada.
―¡Touch’ pas! ―repetí entre risas―. Hola, Paul con a y con u…
―Hola, Elvira, la txikitina de la barra.
Le miré embobada, sabía que aquello no estaba siendo una coincidencia.
―Venga, que te invito a algo ―me dijo con naturalidad.
―No, si es que yo ya me iba ―nada más decirlo me mordí la lengua y me torturé pellizcándome, con disimulo, la pierna. Bien, que no cunda el pánico, si dice que es una pena y se queda en el bar es que el destino se ha estado descojonando de mí toda la noche, si dice que él también se va es que llevamos el mismo camino pero no será fácil, y si dice que me quiere acompañar significa que los reyes magos se han adelantado este año y me han traído al Paul Newman que les pedí.
―Mmm… bueno… pues… no sé, yo, la verdad, es que igual también me piro…
Al escucharlo me agarré el estómago porque no sabía si eran mariposillas lo que tenía dentro o que me estaba cagando de los nervios.
―Bueno, pues ya nos veremos por ahí ―le dije haciéndome la dura y me acerqué para darle dos besos mientras rezaba una y otra vez: dime que me acompañas, dime que me acompañas, dime que me acompañas, dime que me acompañas…
―Sí, ya nos veremos ―y me dio los dos besos―, pero oye… si subes podemos ir juntos, así me vas contando más historias de las tuyas.
Un golpe seco agitó todo mi cuerpo llenándolo de ilusión. Como una moto recogí mis cosas sin pasar por el baño, ya mearía en casa, y me despedí de todas mis amigas.
Me reencontré en la puerta con Paul.
―Venga, ¿qué más sorpresas guardas por ahí?, cuéntame algo ―dijo abriéndome paso entre la gente que esperaba fuera del bar para entrar.
―Pues… no sé… mmm… ah, sí, ¡mira!, sé hacer el caballo ―y le mostré mis labios pegados a las encías, todavía, resecas por el Redbull.
Paul se rió como un tonto. Yo le miré sin poder creérmelo, porque era la primera vez que los reyes magos me traían lo que les había pedido.

viernes, febrero 20

TOSHIBA DESTRUCTOR

Debido a un "problemita" técnico denominado: TOSHIBA SATELLITE U400, a este blog le es imposible continuar por el momento...

Mi querido Toshiba, ya nos veremos las caras...

jueves, febrero 12

Trilogía, Parte segunda: Los Angeles

Llevaba cuatro horas metida en ese avión. Encendí el ipod buscando una canción que me apeteciera escuchar, pero todas me irritaban, lo apagué. Abrí y cerré el libro de Katayama. Me hice y deshice cuatro veces la coleta. Y coloqué de mil maneras, en el diminuto espacio de mi asiento, los 150 centímetros de mi cuerpo. ¿Cuánto falta?, pregunté infantilmente a la azafata que en ese momento me servía otra taza de café. Dos horas y cuarenta minutos, me contestó con una exagerada sonrisa. Resoplé. Cruzar Estados Unidos de punta a punta era lo mismo que cruzar el Atlántico, de Madrid a Nueva York.
Sumisa a la espera recordé el olor tan peculiar de Abid. Recordé a Marieta muerta de risa en el tren nocturno que nos llevó de Dalian a Pekín. Recordé la perfecta sonrisa de Abid. Recordé los pintxos a las siete de la tarde con Jaime mientras me contaba sus artes amatorias del fin de semana. Recordé fumar shisha en el hundido sofá de Abid. Recordé sus rocambolescas historias pakistanís. Recordé las ruidosas motos de Ho Chi Minh City. Recordé el pánico con el que me monté en el pequeño avión de hélices que me trajo, por primera vez, a Huntington. Recordé el desprecio en los ojos de Etienne cada vez que me decía que estaba gorda. Recordé la pasión de Abid. Recordé a Marieta con dos cervezas en la barra del Mitote. Recordé la jeringuilla de cristal en el desangelado hospital de Pinar del Rio. Recordé su acento paquistaní. Recordé a Feng Min presentándome a mis estudiantes de aquella universidad china. Recordé las payasadas de mi hermano mayor. Recordé la foto de sus caballos de polo en Lahore. Recordé a mi madre llorando en el aeropuerto. Recordé las cuestas san franciscanas y fluorescentes de Hong Kong. Recordé las carcajadas de Abid cuando mi inglés me jugaba una mala pasada. Recordé mis clases de ballet, con cinco años, con el mallot del revés. Recordé los paraguas de plástico transparente en las calles de Tokio. Recordé a Abid presentándome a su padre en el despacho. Recordé a un Jaime de doce años subir las escaleras del Hostal Foratata con la raqueta en la mano. Recordé la tristeza de Lyon. Recordé los shandys en Arab Street con Ankit. Recordé la infinita colección de relojes en la casa de Abid. Recordé el granate oscuro de mi habitación. Recordé la pistola sobre la mesa de al lado en una terracita de Manila. Recordé cómo lloraba Abid cuando me marché de su casa, recordé la intensa indiferencia que aquello me provocó, recordé su llamada hacía dos días, recordé que ahora daría mi vida por que las cosas fueran diferentes.

Vi a Cristina abrirse paso entre la gente agolpada en la puerta 6 del aeropuerto de Los Angeles. Me abracé a ella. Estaba más delgada y con el pelo mucho más largo desde la última vez que la vi, hacía año y medio en la boda de Sandra. Un inquieto niño de dos años se coló entre sus piernas.
―¿Y esto? ―pregunté despegándome de ella y señalando a la criatura.
Esto es mi hijo ―contestó acariciándole uno de sus largos rizos rubios.
―Uy… ¿está desparasitado?
Cristina se rió y me golpeó con fuerza el brazo, serás cabrona, dijo mientras me dejaba saludar a su marido Tom, que como buen americano me recibió con una enorme y sincera sonrisa y enseguida se hizo cargo de las maletas.
―Dile hello a la tía Ira, a ver cómo dice… a ver… hello, hello, hello, dile, cariño ―instruía Cristina al pobre angelito que lo llevaba en brazos.
―¡Cristina, por favor! ¡Cris!, ¿eh? ¡Cris! ¡¿Hello, hello, hello???!! ¡HOLA! No me seas gringa, ¿eh? ―grité ante la mirada perpleja del niño―, y chica, córtale un poco el pelo que parece la versión aria de Farruquito.
Cristina dejó al niño en el suelo y parándose me agarró del brazo.
―Ira… ¿cómo decirte…?, ¿tú crees que sería posible que te volvieras a Huntington en el próximo avión?, ¿cómo lo ves?
A las dos nos dio un ataque de risa allí mismo. Por más que lo intentábamos era imposible picarnos. Nos conocíamos hacía más de veinte años, y sólo por ello le dejaba que me llamara con ese diminutivo tan hortera: Ira.
Después de cenar, Cristina y yo nos tumbamos en el sofá mientras Tom intentaba, en vano, acostar al enano. Cristina me dio una larga lista de cosas que se podían ver y hacer en Los Angeles: Disneylandia, a lo que respondí con un rotundo NO; el zoo, NO; jugar al voleibol en Long Beach, NO; Hollywood, mira eso SÍ; tocar bongos junto a hippies colocados en Venice Beach, NO; recorrer Santa Mónica en bici, NO; tomar un café en Sunset Boulevar, ¡SIIIIIIIIIIIIÍ!!!!
―Ira, ¿por qué nunca quieres hacer nada? Serías feliz en el fin del mundo con tal de que hubiera café.
Le arrojé un cojín con cuidado de no tirarle la taza de té y le recordé que el ejercicio físico y la naturaleza me creaban estrés. De ahí los primeros meses tan duros en Huntington en donde, al abrir la puerta de mi casa, las ardillas y los renos me daban los buenos días.
Pronto cambié de tema y le conté lo de Abid.
―Hombre… ―dijo dejando la taza de té en la mesita―, no sé, si quieres terminar como Jamina o Jenina o Jimima, o cómo se llame, Khan, pues… puedes volver a llamarlo y decirle que sí, que le quieres, que quieres irte a Pakistán con él. Pero Ira… sinceramente… si Huntington te da alergia… ¿crees que podrías vivir en Lahore? Oye, a todo esto, ¿el Imran Khan antes de volverse un loco de la política no era jugador de Polo también?
―No… de Cricket… ―dije pensativa.
―Ey… Ira, vamos, alegra esa cara. ¡Ey! Mira, si Jumina Khan después del divorcio ha terminado con Hugh Grant, es posible que cuando te separes de Abid te toque Jude Law, ¡Jude Law, tía! ¿Dónde hay que firmar?
Aunque estaba bastante deprimida me hizo reír muchísimo. Cris era una idiota singular, me alegraba tanto de estar en ese momento con ella, de dejar de sentirme tan sola, de comprender y ser comprendida.
―Bueno, creo que me compraré un gato ―dije como si acabara de tomar una decisión importante en mi vida.
―Pero… ¿Un ga… ―Cristina no pudo terminar la pregunta porque el enano apareció en el medio del salón como un bólido― Pero, ¿qué hace este niño aquí? ―preguntó a Tom que venía por el pasillo arrastrando los pies.
Tom no contestó a la pregunta y se dejó caer en la butaca. Estaba decidido a no luchar más y dejar que el enano conquistara el salón, él ya no tenía fuerzas y por la cara de Cristina, ella tampoco. Así que mientras el enano empezó a dar volteretas por toda la alfombra, Tom, ignorándolo por completo, preguntó:
―¿Quién quiere un gato?
―Yo ―respondí.
―¿Tú? ―volvió a preguntar Tom.
―Sí, ella, Tom, chico, ella, ella, ayyyy, ¡qué tío más pesao! ―y volviendo a tomar un tono cariñoso añadió―. Muy bien, Ira, sí, me parece muy bien, cómprate un gato.
―No sé… pero me parece que a tu edad, viviendo sola y con un gato es una situación muy… no sé… muy… desesperante.
A mi edad, ¿qué quería decir Tom con: a mi edad???, ¿desesperante?, ¿qué era desesperante? Quería un gato porque, sí, me sentía muy sola pero no tanto como para tirármelo, ¡por favor!!!!

Al día siguiente, Tom se levantó temprano para empezar a preparar el pavo. Cuando me desperté y vi, en la encimera de la cocina, semejante bicho de piernas abiertas enculado por un sinfín de verduras, no pude evitar sentir cierto repelús.
Cristina y yo nos preparamos y salimos con el enano a dar una vuelta por la playa. En el coche no podía dejar de pensar en lo horrorosa que era esa ciudad. Horrorosa e infernal. No tenía encanto. Era una autopista detrás de otra. Pero Los Angeles era un chiste para los que amábamos el alquitrán, era una urbe desparramada, cutremente desparramada formando pequeños núcleos residenciales que pretendían tener calidad de vida, y eran la mofa por su artificialidad. Los Angeles es esa ciudad que carece de corazón.
―Anda, Cris, dejemos la playa, llévame a Hollywood a ver si saco, por lo menos, una foto mítica de esta ciudad, algo bueno tendré que contar, ¿no?
Cristina se rió sin añadir nada.
Frente al teatro chino me saqué una foto junto a la estrella de Paul Newman. El hombre perfecto. Ya tenía mi momento hollywoodiense inmortalizado así que volvimos a casa.
La cena de Acción de Gracias empezó a las siete de la tarde. Habían venido dos compañeras del trabajo de Cristina y un vecino.
Tom repartió el pavo ya troceado en cada plato y después dejó que nos sirviéramos gustosamente las verduras que cubrían toda la mesa. Un poco de puré de patata y mermelada de cereza y… aquello estaba delicioso.
Caitlyn, una de las compañeras de Cristina, me había preguntado ya cuatro veces a lo largo de la cena cómo podía soportar la vida granjera de West Virginia, así que cuando me lo preguntó por quinta vez le contesté: es que yo soy muy cerda. Sí, en todo momento pretendí eso, ser lo más grosera posible, porque me tenía un poco harta ella y sus aires newyorkinos de mírame y no me toques. Cristina me pidió con la mirada que escondiera a Mr. Hyde y que siguiera cenando sin abochornarla demasiado. Por amor a Cristina, dejé que el educado Dr. Jekyll continuara en la mesa, hasta que Caitlyn empezó el relato de su gato.
Pues que se puso malito, ay qué pena, ya ves, y lo llevé a urgencias, mira, qué susto, y me dijeron que nada, que poco había que hacer, pero algo podrá salvar a mi gatito, ¿no?, y me dijeron que sí, que una operación, así que, a pesar de tener sólo un 60% de posibilidades, le he operado, ¿qué podía hacer?, claro, claro, decían todos en la mesa, menos yo, que me importaba más bien poco la historia de su gato, hasta que los guisantes se me salieron por las narices a propulsión al oír lo que le había costado la operación.
―¡¡¡Diez mil dólares!!! ¡La madre que la parió, esta tía es tonta, Cris!, ¡será SNOB la tía éstaaaaaaaa!!! ―grité en español absolutamente fuera de mí.
Qué decir que los invitados tardaron poco más de veinte minutos en dejar la casa, poniendo como excusa que el día siguiente era día laboral.
Después de recoger la mesa y limpiar la cocina, Cristina seguía sin hablarme. Se troceó dos rodajas de pepino, se fue al salón y se tumbó en el sofá colocándose el pepino en los ojos. Yo, como una niña pequeña buscando el perdón de su madre, la imité en todo y me tumbé junto a ella. Tom se rió al vernos y dijo:
―Elvira… ves lo que te pasará si te compras un gato… ―y muerto de la risa cogió al enano en brazos y se lo llevó a la cama dándonos las buenas noches.
A Cristina también se le escapó la risa. Se levantó un pepino del ojo y me golpeó el hombro. Levanté mi pepino del ojo e intenté poner cara de niña buena.
―Pues eso, que no te compres un gato, que si te sientes sola vente a verme… que aunque espantes a mis invitados se te sigue queriendo en esta casa, mucho, Ira, mucho…
Nos abrazamos y empezamos a llorar como bobas. Compartimos en silencio las ganas de encontrar un lugar del que hacer nuestro verdadero hogar. Un lugar en el que por fin no existiera el sentimiento de echar de menos.

Cuatro días más tarde nos despedíamos en el caótico aeropuerto.
―Gracias y perdona, Cris, por todo… y... ya te diré cuándo me caso en Pakistán…
Cristina se rió con ganas.
―Lo dudo ―dijo cogiendo un poquito de aire―, si hasta ahora has podido pensar con la cabeza es que tienes el corazón vacío, no busques en Abid lo que no tiene. Oye… ―continuó― hay un Paul Newman por ahí hecho a tu medida, sólo tienes que preguntarle el nombre y, después, quedarte con él, así de fácil.
La abracé con inmenso, inmenso, inmenso cariño. Cuando nos separamos me di la vuelta y le grité:
―¡Ey, Cris, córtale el pelo al enano!
―¡Vete a cagar! ―y me lanzó un sonoro beso al aire con ambas manos.
Le dije adiós con el brazo en alto y con una gran sonrisa, pero antes de darme la vuelta para continuar mi camino ya me había invadido ese maldito sentimiento de echar de menos.

sábado, enero 31

Trilogía, Parte primera: Adiós, Pakistán

Era noviembre y faltaban dos días para marcharme a Los Angeles, a casa de mi amiga Cristina por Acción de Gracias. Tenía la maleta abierta y vacía en medio del salón. Siempre me proponía hacerla con tiempo pero al final terminaba estrujando toda la ropa en el último minuto y me olvidaba de la mitad de las cosas que quería llevarme. Estaba sentada en el escritorio frente a mi portátil contestando emails cuando el teléfono sonó. Me levanté y salté por encima de la maleta hasta llegar a la cocina. Descolgué faltándome el aire.
―¿Quién… es…? Ay, que me ahogo, ay… ¿sí? ¡¿A ver?!
―Hola, loca…
Al reconocer su voz, los pequeños hombrecillos que tenemos en medio del pecho para bombear el corazón se desmayaron.

Estaba en el borde de la piscina con los pies metidos en el agua para intentar deshacerme del aplastante calor de Singapur. Bebía una cerveza que acababa de bajarme de casa. El guardia del condominio donde vivía, que pasaba en ese momento por las piscinas, me miró y me recordó que el baño estaba prohibido a partir de las once de la noche. Le dije que lo sabía, que simplemente estaba esperando a alguien. Ya no lloraba, creo que porque no me quedaban lágrimas, estaba tranquila, serena, llena de ese sentimiento cínicamente placentero que te provoca el haber estado llorando durante días. Ankit llegó y se sentó a mi lado sin decir nada. Chapoteó los pies bajo el agua, después me acarició la espalda con la vista en el fondo de la piscina.
―¿Cuándo te vas?
―Este lunes… tengo que volver a España para el papeleo del visado, el uno de septiembre empiezo a trabajar.
―Estados Unidos… ¿No había nada más lejos? ―me preguntó ofreciéndome su mano abierta, le coloqué la cerveza en ella, se rió―. Gracias, pero prefiero tu mano ―le di mi mano acariciándole suavemente el dedo índice con mi pulgar.
―¿Vendrás a verme…? ―le pregunté con súplica.
―Te podría decir que sí, pero los dos sabemos que no… que no volveremos a vernos…
Apreté su mano, empezaba a llorar de nuevo.
―¿Lo sabe Abid? ―preguntó.
Negué con la cabeza.
Tres semanas antes invité a Abid a cenar en Gaylang Road, el barrio rojo de Singapur. En uno de los sucios y cutres chiringuitos de la calle pedimos dos roti prata, el mío era de plátano dulce y el suyo de durian con queso. Para beber, dos tés pakistaníes. Me encantaba ver a Abid, porque a pesar de su exquisita apariencia se sabía mover como pez en el agua en aquel ambiente. Siempre me contaba que su padre venía de una de las familias más humildes de Lahore.
―Estas navidades quiero que vengas a Pakistán conmigo, yo estaré tres meses por el torneo de Polo que empieza en noviembre, podrías venir a mediados de diciembre hasta enero. Mi padre puede solucionar el tema del visado, y el viaje lo harías acompañada por tres de mis hombres, no habría problema. Quiero que vengas, Elvira, quiero enseñarte Lahore, es precioso.
―¿Navidades en casa de un musulmán en Pakistán??? Mmm… deja que se lo comente a mi madre, ¿a ver qué dice? ―e hice ademán de sacar mi móvil del bolso.
Abid se río como un tonto, después se acercó a mí y me abrazó. Sujetándome la cara con una sola mano me besó. Su gesto me sorprendió gratamente, nunca se mostraba cariñoso en público.
―Me estás volviendo loco, completamente loco ―dijo clavándome su negruzca mirada―, no te imaginas lo fácil que es quererte ―susurró apartándome un mechón de pelo de la frente―, te quiero tanto que siento que te he querido siempre…
Acaricié su espeso y negro pelo y me dejé querer, porque lo último que podía pensar aquella noche era que las cosas iban a cambiar tanto en apenas unas semanas.
La situación iba de mal en peor en la escuela y cansada del abusivo contrato y ñoñerías de mi directora había empezado a buscar un nuevo trabajo. Bombardeé todos y cada uno de los departamentos de español del mundo entero, pero con la intención de quedarme en Asia: China, Singapur o India. Pero la respuesta me llegó de los Estado Unidos con una oferta irrechazable. Acepté sin pensarlo, como hacía siempre, cerrando los ojos e imaginándome que estaba sola en el mundo, y que ése era el único camino a seguir. Padeciendo el vértigo que tengo, todavía no comprendo cómo he sido capaz de tirarme tantas veces desde el puente al más absoluto vacío.
Desde la puerta principal del condominio vi alejarse el taxi de Ankit. Me quedé de pie un largo rato mirando la carretera, quizá esperando que diera la vuelta o simplemente negándome a reconocer que aquello había sido una despedida.
Al día siguiente me armé de valor y fui a la casa de Abid. Antes de bajarme del taxi respiré hondo y le pedí que me esperara, no tardaré, le dije al taxista.
La verja se abrió automáticamente a mi paso y entré. Crucé el enorme jardín hasta la casa principal. Abid estaba en lo alto de las escaleras, me miraba serio, no esperó a que llegara, como hacía siempre, sino que entró en casa antes de que yo hubiera pisado el primer escalón. En la entrada me quité las sandalias. Abid estaba sentado en el sofá, nerviosa me senté a su lado. Abid pidió a las tres personas de servicio, que estaban colocadas estratégicamente alrededor del salón, que se fueran. Después, se levantó y se sentó en un sillón frente a mí.
―Me voy… Abid, me voy…
―Lo sé, he hablado con Ankit… ¿Cómo puedes ser tan egoísta? ¿Cómo has podido permitir que te ame tanto sin dar nada a cambio? ¿Cómo siendo tan pequeña… tan preciosamente pequeña puedes llegar a hacer tanto daño?
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Estaba siendo injusto, no podía exigir a nadie amar. A mí se me agotó el amor, once meses atrás, Etienne me lo extirpó y me dejó tristemente vacía. Había perdido la capacidad absoluta de volver a querer a alguien.
Le pedí perdón y lentamente me levanté del sofá. Junto a la puerta volví a calzarme las sandalias. Abid me agarró del brazo.
―Ey, no te vayas, loca, no te vayas… ―Abid apretó mi frente contra la suya―, no… no… no… no… no… ―repetía cansinamente.
―Para, por favor…
―No… no… no… no… ―me abrazó con fuerza y me susurró profundamente en el oído―: Te quiero tanto que soy capaz de amar por los dos...
Encerré sus palabras con sabor a urdu en una cajita de cristal para no olvidarlas nunca, aspiré su respiración para tragar el mismo aire y le pedí que me repitiera por última vez “azul celeste”. Me miró con enorme pena, hizo estremecerme.
―Azul celeste, azul celeste…
Sonreí tristemente.
―No pierdas nunca tu precioso acento, my big child ―lo besé y me marché de su casa.

Los hombrecillos comenzaron a bombear de nuevo y sentí un fuerte dolor en el pecho por la presión de la primera bocanada de latidos.
―Ankit me ha dado tu teléfono… se lo pedí, quería hablar contigo, bueno… necesitaba hablar contigo. Elvira… no hay día que no piense en ti… y… estoy en Pakistán, ¿sabes?, por el torneo de Polo, y tú debías estar aquí, conmigo, eran nuestros planes, te… ¿te acuerdas en Gaylang Road comiendo roti prata? El tuyo era de durian…
―No, de plátano dulce… ―dije apretándome fuertemente el auricular a la oreja mientras me dejaba caer al suelo como una muñeca rota.
―Elvira, te sigo queriendo… dime que me quieres, por favor… estoy perdiendo la cabeza, dime que me quieres y… y yo mañana vuelo a los Estados Unidos, dímelo, por favor… por favor…
Claro que te quiero, pero no lo supe hasta llegar a este pequeño y desesperante pueblo americano. Tres meses sin tener noticias tuyas me han vuelto loca. Te he visto en todas partes, y te he oído amarme cada noche desde la cajita de cristal, te he echado tanto de menos, Abid, que lloro con tan sólo recordar tu nombre, Abid, Abid, Abid, Abid…
―Yo no te quiero… nunca te he querido, Abid…
Oí un clic y un silencio tan doloroso al otro lado de la línea, que me quedé allí, de rodillas en el suelo, quietecita, llorando en silencio, con miedo de moverme, porque si me movía, me iba a romper en mil pedazos y sería imposible volver a recomponerme nunca.

lunes, enero 26

Caducidad

Estaba subida en la silla de mi despacho colgando todos los programas de mis cursos con chinchetas en la pared. Nunca sabía en qué día estábamos, así que era la mejor manera de sentirme organizada o por lo menos, teniéndolos a la vista, eso creía.
―A ver, bonita, busco a la profesora Rebollo.
La puerta estaba abierta, así que desde el marco una mujerona de más de cincuenta años, cargada de cartas oficiales con el sello de la universidad, me preguntaba por mí misma.
Por un momento me desdoblé. Y me puse a observarme desde la misma posición que la mujer. Y vi a un personajillo de metro y medio, con vaqueros, con coleta alta, gafas de pasta granate marca Snopy, y no Snoopy porque las compré en China, y con pendientes colgaderos del personaje rechoncho y pelirrojo Tarta de Fresa. No recuerdo exactamente cuándo pero un día decidí que lo de ser adulta no iba conmigo y… así me quedé.
Quise contestar a la mujerona pero en ese momento recordé a mi madre.

Yo no tendría más de ocho años. Estaba en la cocina con mi madre, cuando el timbre de la puerta sonó. Mi madre se secó las manos con el trapo que había en la encimera y salió gritando por el largo y lúgubre pasillo de veinte metros: “voy, voy, VOYYYYYY”. Yo, como buena ladilla cojonera que era, iba detrás dando zancadas, moviendo mis brazos en aspa y repitiendo: “voy, voy, VOYYYYYY”. Ante la puerta todavía cerrada, mi madre, en pantalón de chándal y camiseta comercial de Ferretería Ávila, se ajustó el pelo hacia atrás. Después la abrió y con una sonrisa recibió a un delgado hombre con uniforme.
―Buenos días tenga usted ―dijo el hombre seriamente―, traigo una carta certificada, ¿está la señora en casa?
Mi madre petrificada dijo sin inmutarse:
―La señora ha salido con sus amigas a tomarse el cafecito de doce en el Toledo, así que vuelva usted mañana, buenos días ―y sin más cerró la puerta con un ruidoso y vengativo golpe.


Estaba a punto de presentarme a la enorme mujer de las cartas, pero no me dejó abrir la boca:
―Y tú, ¿eh? Con tal de no ir a clase cualquier cosa, ¿verdad?
―¿Perdón? ―dije absolutamente sorprendida con una chincheta en la mano.
―Pues que todos los estudiantes andáis con la misma historia, sois capaces de trabajar como asistentes de los profesores para tener excusa oficial y así faltar a las dos primeras semanas de clase, que os tengo calados, son muchos años trabajando en esta universidad, ¿eh? ―aquella situación me divertía muchísimo―. Bueno, bonita, entonces, ¿me puedes decir a qué hora va a venir tu profesora?
―Pues ha ido a tomar un café, no creo que tarde, me puedes dejar sus cartas, yo se las daré ―respondí y nuevamente evoqué a mi madre.


Mi madre recorrió el pasillo de vuelta maldiciendo al pobre hombre. Yo iba detrás saltando a la pata coja, cuatro veces con la pierna derecha y dos con la izquierda, porque con la izquierda me costaba más, uy, mucho más. Una vez en la cocina, mi madre seguía recordando al cartero y removía las lentejas con energía. Mientras, yo cruzaba la enorme cocina de baldosa en baldosa, asegurándome de no pisar las rayas, y cantando en bajito una canción en mi inglés inventado: guachimi hai nohai, for olguays, yes, yes, shonmigüey… Que conste que hoy en día, en las reuniones del departamento, me sigo inventando el inglés aunque me corto de cantarlo, claro.
―Hija, de verdad, siéntate, por favor… buff… por favor, ¿eh? Que ya me tienes cansada, si estás bien, esta misma tarde vas al colegio y si no, pues, ¡hala!, a la cama.
Aquel día me había quedado en casa porque tenía diarrea, bueno, mi madre decía cagalera, y cuando hablaba con el médico decía “ir mucho al baño”. La cuestión es que echaron la culpa a las golosinas. Años más tarde, tras noches en urgencias del hospital, días en observación, dos colonoscopias y un padre superando un cáncer de colon, averiguaron que las golosinas poco tuvieron que ver con mi pésimo sistema digestivo.
Con veinticinco años preparaba mi primer viaje a China, pero el dolor de estómago me estaba matando desde hacía casi un mes.
―Cariño, eso es de los nervios, eres como tu padre, que te lo guardas todo para ti, y luego, mira lo que pasa, que os reventáis por dentro. Lo que debes hacer es no aceptar el trabajo en China, te quedas aquí, con tu madre, que es dónde mejor estás, y ya vas a ver cómo se te quita ese dolor ―me dijo mi madre cuando fui a quejarme.
Dos días más tarde estábamos en la consulta del doctor Víctor Salinas, oncólogo de mi padre. Me examinó y me hizo mil preguntas. Mientras me vestía tras el biombo, explicó a mis padres que dados los antecedentes era mejor hacer una colonoscopia de urgencia. Al día siguiente tuve que beberme dos litros de no sé qué mierda en menos de una hora, que me hizo esprintar como nunca por el interminable pasillo de casa. Terminé cagando agua cristalina de balneario, impresionante. Ya en la clínica, mi madre me dijo adiós con la manita y yo entré en una sala bastante oscura. La anestesista me pidió que me bajara los pantalones, me subiera a una especie de camilla, y me pusiera de medio lado con las rodillas dobladas para sacar culo pompa. La anestesista me arremangó la blusa y me pidió que me tranquilizara. Hombre, en aquella postura, tranquila, lo que se dice tranquila era prácticamente imposible estar. Oí la puerta abrirse y un conglomerado de pasos, toses nerviosas y tráfico de folios se acercaba a mis espaldas. Muerta de curiosidad no pude evitar voltear la cabeza y ver qué estaba pasando. Un grupo de jóvenes y atractivos estudiantes de medicina estaban tomando nota de mi ojete. Por favor, no te muevas, Elvira, me pidió suavemente la anestesista intentando ajustar el catéter en mi brazo. Víctor Salinas entró poco después.
―Bien, bien, bueno, ¿qué tal, Elvira? Oye, he pedido permiso a tus padres para hacer de esta colonoscopia una clase magistral, espero que no te importe, ¿verdad?
Estuve a punto de contestarle con un pedo, pero no quise abochornar a mis padres.
―Claro, no hay problema… ―contesté sacándome la naturalidad de la chistera.
―Bien, bueno, tenemos aquí a una paciente, veinticinco años, y con antecedentes familiares de cáncer de colon. Como todos sabéis el cáncer de colon es uno de los más hereditarios, esta joven tiene un 45% de posibilidades de padecerlo.
¿Perdón?, ¿cómo dice usted? ¡Ey!, que sigo aquí, que todavía no me han anestesiado, podría ser un poco más delicado en sus explicaciones y sobre todo más mentirosillo en sus porcentajes de probabilidad.
―Así es que os pido, que en el momento en que localice el o LOS pólipos ―dijo marcando fuertemente el plural―, describan su forma, lo verán en la pantalla de la derecha y quiero que me digan si a simple vista podríamos hablar de un cáncer benigno o maligno.
¿Eeeeeeeeeeeeeeeeein?????? Empecé a temblar y a sudar cosa mala.
―Elvira, ¿estás bien? ―preguntó el médico.
―Ay... pues… vaya… ―dije forzando un tono dramático.
―Bueno, lo primero que hay que hacer es tranquilizar al paciente, aunque usemos anestesia general, debe sentirse cómodo. Así que, Elvira, te vas a China, ¿no?
―Acabo de oír tu truco y no funciona, sigo como un flan ―todos rieron.
Escucharles reír me recordó que tenía, por lo menos, una docena de hombres veinteañeros con sus ojos puestos en mis entrañas más escatológicas. Pero aquello me ayudó a no llorar, porque no me decidía si hacerlo porque estaba destinada a morir de cáncer o por tener el ano apuntando a doce hermosas caras masculinas y yo sin poder moverme de allí.
Cuando todo terminó entré en el despacho de Salinas. Me senté junto a mi madre que me cogió de la mano y me sonrió. Yo en cambio le eché en cara que hubiera permitido una clase magistral en mi colonoscopia.
―Pero, cariño, seguro que todos han salido enamorados de ti.
Aquello era una madre y lo demás eran tonterías.
Cuando llegó Víctor Salinas explicó que no había ni rastro de pólipos y que podíamos estar tranquilos. Tenía el intestino grueso estrangulado lo que me provocaba tantos dolores pero nada grave, debía soportarlo de la mejor manera. Ya de pie, mis padres saliendo de su despacho y yo a punto de hacerlo, Salinas me llamó.
―Elvira, créeme, hasta los cuarenta años, podrás hacer vida normal, no debes preocuparte por nada.
Vaya, aunque lo dijo con su mejor intención, escuchar mi fecha de caducidad me puso los pelos de punta. Sí, creo que fue entonces cuando decidí no crecer más, mantener la línea de los cuarenta en la lejanía.


―Bueno, bonita, pues le dices a la profesora Rebollo que debe firmar ambas cartas y devolverlas antes del día siete a la oficina de Relaciones Internacionales, ¿te acordarás?
―Creo que sí… ―contesté todavía subida a la silla.
Antes de salir, la mujerona me volvió a mirar.
―Anda que menudo tipín tienes, bonita, ¿cuántos años tienes?
―Veinticinco ―contesté riéndome por dentro.
―¡Ay, veinticinco!, claro, yo a tu edad también era un caramelito, ¡tendríamos que negarnos a cumplir más años!
―Yo es lo que hago.