lunes, abril 27

La becaria

Había un ritmo frenético en la redacción del periódico. Unos por aquí, otros por allá. Félix, columna tres, ¡qué chapuza es ésta, joder! No, cariño, que llegaré más tarde, venga te dejo, que estamos a tope. La puta virgen y todo su séquito, ¡¿dónde cojones está Aurora?! Iñaki, Iñaki, en diez minutos te quiero ver en la diputación, se acaba de liar una gorda. Pero, ¡la madre que os parió a todos!, ¿por qué nadie repone el papel de la fotocopiadora? Veinte líneas, veinte putas líneas te he pedido, ¡la ostia, que ni eso sabes hacer! Queréis pedirle a la becaria de mis huevos que se esté quieta, ¡ostias!, ¡¡¡que deje ya los putos periódicos!!!
Este último era Carlos, jefe de la sección local, mi jefe.
―Elvira, que pares, coño… que pares… ―me sermoneó un compañero sin demasiado entusiasmo.
Es que me moría de ganas por participar en esa vorágine, y como no tenía trabajo asignado llevaba una hora corriendo por toda la redacción, tomando y dejando viejos periódicos de una mesa a otra. Ahora los pongo aquí y ahora me los llevo como un rayo a la mesa de enfrente, y ahora corre, corre, a la sección de deportes, los dejo y me los vuelvo a llevar a internacional, a cultura, a infografía y rápido, vamos, vuelve a local. Sí, desde hacía tres meses era la becaria con menos luces que había pasado por el Crónicas Bilbao.

Empecé psicología, lo dejé y me metí en hispánicas en Deusto, en menos de dos años me expulsaron por inútil. Intenté convencer a mis padres de que quería ser actriz y les juré que, si confiaban en mí y me pagaban un curso de interpretación en Madrid, antes de los veintidós les llevaría un Goya a casa. Mi padre me aconsejó que jurara menos y que me tomara en serio los estudios de filología en la universidad pública, si no quería terminar desheredada.
Tres años después, aprobando milagrosamente unas veinte asignaturas por año, ocurrió lo inimaginable por todos: terminé la carrera. Era filóloga o por lo menos eso decía un papelito con el sello de la universidad y la firma del rector. No tenía muy claro que yo sirviera para la enseñanza y mucho menos para la investigación, así que decidí estudiar otra carrera. Pensé que mientras estudiaba tendría tiempo suficiente para descubrir la utilidad del latín vulgar y centrar mi futuro. Elegí periodismo, siempre me gustó la Rana Gustavo porque era el reportero más dicharachero de Barrio Sésamo.

Todavía no eran las once de la mañana y yo ya estaba en el periódico, nunca perdía la esperanza de ser algún día útil. Me saqué un café de la máquina. Mientras daba vueltas al azúcar con el palito de plástico, oí a mi jefe cagarse en la becaria. Me bebí el café de trago y me planté delante de su mesa.
―¿Y tú qué ostias quieres? ―preguntó mi jefe levantando la cabeza de entre los papeles de su mesa.
―Que soy la becaria, que creo que me estabas llamando, soy… soy… Elvira.
―Joder, ¿Elvira?, ¿qué pasa, que tus padres no te querían para ponerte semejante nombre? ―dijo sin ocultar la risa.
―Bueno, no, no sé, pero es que mi madre estaba muy unida a su abuela que se llamaba así y le prometió que a su hija le pondría Elvira, y bueno… ¡pues aquí estoy!
―Hay que joderse, pues el amor de tu madre te ha coronado de mierda, hija, Elvira, puffff… manda huevos.
Me costaba mucho aguantarme la risa. Carlos se creía la viva imagen de José Coronado en Periodistas, pero por lo pronto le faltaban treinta centímetros de altura y los bífidus activos.
―Bueno, mira, también has estudiado filología, ¿no?
―Sí, sí, sí, sí ―dije orgullosa porque lo mío me había costado.
―Ya, se nota, escribes como el culo pero por lo menos no cometes faltas de ortografía, bueno… y el reportaje del mapache no te quedó del todo mal, así que mira, Elena, te voy a…
―Elvira ―le corregí rápidamente.
―Hija, créeme, llamándote Elena te hago un favor ―y soltó una sarcástica carcajada de medio lado―. Bueno, a lo que vamos, que creo que puedes entrar en el equipo electoral.
Me llevé las manos a la boca, no podía ocultar mi excitación. Iba a formar parte del equipo electoral, del equipo electoral, ¡equipo-electoral!
―Bueno, cuando te tranquilices y dejes de hacer esos putos aspavientos, vuelves y te explico en qué consiste tu trabajo, ahora largo de aquí que me estás poniendo enfermo.
Fui corriendo al baño porque de la emoción me estaba meando y luego llamé a Marieta desde la mesa.
―Tíaaaaaaaa… ―dije en tono susurrante tragándome el auricular, no quería que la gente me oyera―, tía, tía, tía, tía que estoy en el equipo electoral, me lo acaba de decir la versión pigmea del Coronado.
―Tía, tía, ¡no!, ¿en el equipo electoral?, ¡no!
―Sí, tía, sí, sí, en el equipo electoral.
―Ya… oye, y ¿qué es eso?
―Ni idea pero suena genial, no sé… imagino que tendré que entrevistar al Lehendakari, en plan Ally Mcbeal total.
―Elvi, ¡Ally Mcbeal es abogada!
―Ah, ¿sí…?, pues ¿quién es periodis… ―antes de terminar la pregunta vi los pies de mi jefe junto a la mesa―. Ahá, ahá, ahá, comprendo, pues si tiene algún indicio de quién lo ha podido asesinar póngase en contacto conmigo: Elvira Rebollo de Crónicas Bilbao, gracias ―y colgué el teléfono.
¿Con quién hablabas?, ¿con Agatha Christie? ―me preguntó Carlos apoyándose en mi mesa. Le sonreí como si fuera tonta―. A ver, rápidamente te explico, veinticinco de mayo elecciones municipales y forales, te encargas de las páginas cuatro y cinco, repito, cuatro y cinco ―se me atragantó mi propio aire, ¿dos páginas para mí?, creo que Ally Mcbeal en ese momento querría ser periodista también―, se trata de las páginas más importantes del día post-electoral, ¿por qué?
―¿Por qué…? ―repetí fascinada.
―Porque son las únicas páginas que nadie pasa por alto, las lee desde el abuelo de la casa al chaval. Recogen las fotos y los nombres de todos concejales elegidos, ¿sí? Así que empieza a llamar a las sedes y que te envíen las fotos de los alcaldes y concejales de todo Vizcaya, ah, y Elena, bonita, no quiero ni un puto espacio en blanco, ¿me has oído?, como si tienes que pedir foto a las abuelas de los concejales, ¿está claro?, ni-un-puto-espacio-en-blanco ―repitió con el dedo en alto mientras volvía a su mesa.
Bueno, aquello distaba bastante de entrevistar al Lehendakari pero era mejor que nada, además formaba parte del equipo electoral y seguía sonando muy de serie televisiva.
Me pasé todo un mes llamando a las sedes y pidiendo fotos de los supuestos concejales y junteros que según mis propias quinielas podrían salir en lista. Los amontoné en grupitos según su partido político y atado a un clip escribía su nombre, edad y lugar de nacimiento. Parecía que coleccionaba cromos. Unos días antes me pasé por infografía para escanear todas las fotos y preparar el formato para encajar la página. Sólo quedaba esperar a la noche electoral e ir metiendo manualmente las fotos, ya guardadas de los concejales y junteros elegidos, y cubrir todos los huecos.

El gran día llegó. Por la mañana, Elvira Rebollo Azcúnaga vota y voté.
Durante la comida escuché como mi padre hacía un soporífero repaso de la guerra civil española, la dictadura, la transición, el golpe de estado, la democracia y las grietas en el nacionalismo vasco. Tener un padre catedrático de Historia, además de ególatra, era especialmente duro en jornadas electorales. A media tarde, llamé a Marieta y a Blanquita para tomar una cerveza. A las nueve de la noche estaba delante de la bandeja de sándwiches que el periódico había encargado para toda la redacción. Buscaba el que más mayonesa tuviera. Éste, sí, éste. Lo cogí ayudada por cinco servilletas de papel y me senté en una de las mesas de infografía con el ordenador preparado para colorear mis páginas cuatro y cinco. Mientras atacaba el sándwich no perdía de vista la televisión colgada del techo, la periodista, encargada de llevar el informativo especial-elecciones en la cadena autonómica, no paraba de enfatizar el giro que estaba cobrando el mapa electoral con los primeros votos escrutados. Y ¿ésta por qué anda tan emocionada?, pensé de la presentadora mientras me rechupeteaba la mayonesa que caía por mis dedos.
―¡A ver!, pero ¿dónde ostias anda la puta becaria?
―¡Aquí, aquí! ―contesté exultante a mi jefe levantando una mano enfundada en baba y mayonesa.
―¡Venga! ¡Quiero todas las fotos ya! ¡Páginas cuatro y cinco terminadas antes de las doce de la noche!
―Sí, sí, sí… ―dije concentrada en despegarme una servilleta de la mano.
―¡Elena! ¿Has visto como anda la situación con la ilegalización de Batasuna?, ¿no? ¡Todo se lo lleva el PNV! Pensaste en ello, ¿verdad?, en la ilegalización de marzo, ¡fotos suficientes, espero! ¡Elena, coño, que te estoy hablando, cagüen la ostia! ¿Tienes o no tienes fotos de todos, repito, TO-DOS los concejales y junteros?
Lo miré con el sándwich en una mano, la servilleta pegada en la otra y con cara de: ¿alguien me puede prestar fotos de concejales peneuvistas, por favor?
―Ssssshhhhí, sssshhhhhí, tengo muchas, muchas, de sobra… ―dije queriéndome desintegrar y vi como Carlos volvía a la sección local despreocupado.
Hice un recuento rápido. Me faltaban cuatro fotos del PNV y una de Izquierda Unida, ¡¿por qué el Supremo no ilegalizó Batasuna después de las selecciones?!, ay, madre… y ¿ahora?
Abrí mi cartera y rebusqué, tenía una foto de Blanquita con seis años, otra de mi hermano Gerardo con birrete, y otras tres de Marieta y yo en un fotomatón sacando la lengua. Vaya… creo que ninguna me podría servir. Un momento. ¿Y por qué no intentamos que…?, pensé. Abrí Google y empecé a escribir nombres arbitrariamente, mezclando los de familiares con apellidos de mis compañeros del colegio y universidad, además de algún escritor y de algún restaurante rimbombante, por ejemplo: Ricardo Trueba Farketa. Perfecto y ahora pincho en imágenes y… voilà, aquí lo tenemos, un estupendo concejal peneuvista, ¡sí! Uno, dos, tres y cuatro, terminado, el PNV ya tenía todos sus concejales. Ahora busquemos al comunista. Gerardo Saratxaga Azkena, pincho y… ¡uy!, ¡pero si tiene bigote!, no, no, no, que con bigotito parece pepero. Bien, probemos otro, Gerardo Saratxaga Badulake, no, no, demasiado cantoso, a ver… Gerardo Saratxaga Zugarramundi, y… ¡perfecto! Copio, guardo, pincho, arrastro y colocado en la página cinco, bien, ¿edad?, mmm… treinta y dos, ¿lugar de nacimiento?, lugar, lugar, pues… Sestao, ¡hala, perfecto! ¿Espacios vacios? ¡Ninguno! Grité en voz alta observando orgullosa las páginas cuatro y cinco finalmente maquetadas.
A las doce y veinte de la noche estaba riéndome en el asiento de atrás de un taxi, pagado por el periódico, camino a mi casa.
La verdad es que los remordimientos no llegaron hasta el día siguiente, cuando al entrar por la puerta de la redacción Carlos me llamó a su mesa. Estaba hojeando diferentes periódicos locales y me pidió que cogiera uno.
―Mira las páginas seis y siete… ―me ordenó.
Con miedo abrí el periódico y eché un rápido vistazo. Se trataba de las páginas de las fotos, me empezaron a temblar las piernas.
―¿Cuántas fotos faltan? ―preguntó serio.
―Pues… cuatro concejales del PNV, dos de Izquierda unida y tres junteros ―dije casi sin voz por lo nerviosa que estaba.
Carlos me tiró otro periódico a las manos.
―Página cinco.
Lo abrí, por lo menos faltaban seis fotos en total. Después desplegó el Crónicas Bilbao en la mesa de cara a mí y volvió a preguntar:
―¿Cuántas fotos faltan?
―Ninguna… ―contesté titubeante.
―Buen trabajo, Elena, sí señor, somos el único periódico que ha cubierto todas las fotos, ¿cómo lo has hecho?
―!Uy!, las fuentes nunca se desvelan, ¡ja, ja, ja! ―contesté con una forzada carcajada y, sin más, me di la vuelta tropezándome con mis propios pies y recolocándome el corazón en mitad del pecho porque se me había subido hasta la garganta.

miércoles, abril 22

Amigos para siempre means you'll always be my friend

Llamé a Jaime pero Ander, su compañero de piso, me dijo que no estaba, que había salido a dar una vuelta con la bici.
―Pero si son casi las doce de la noche ―dije mirando mi reloj y sumando rápidamente las seis horas que separaban Estados Unidos de España.
―Ya, pero tía, ya lo conoces, ¿quieres que le diga algo?

Pues sí, se suponía que al día siguiente empezaban las vacaciones para los dos y habíamos decidido pasar una semana juntos en Nueva York. El plan era ir cada uno por su cuenta y encontrarnos en el aeropuerto JFK, pero era la noche anterior y no sabía su hora de llegada, ni su número de vuelo, y por supuesto Jaime tampoco tenía ni idea de mis datos. Ahora, a ninguno de los dos nos cabía la menor duda de que nos encontraríamos fácilmente en la Gran Manzana, porque Jaime y yo éramos…
―¡Dos putos mitos, tía! ―gritó Ander por teléfono.
Exacto.
Jaime y yo nos conocíamos de toda la vida. Éramos vecinos en Bilbao. Teníamos la misma edad y, al ser los pequeños de la casa, nuestras madres creían que era bueno perdernos de vista cada verano, así que siempre nos mandaban juntos a los mismos campamentos. Aquello fue mi pesadilla porque cuanto más tiempo pasaba con él más sentía que debía ser el padre de mis hijos pero, por alguna extraña razón, a él no le ocurría lo mismo.

3 de julio, Campamento Summer English, Huesca, doce años.
―¿Jaime… estás despierto? ―pregunté bajito.
Estaba a su lado compartiendo litera. Cuando los monitores se dormían, me colaba en la habitación de los chicos con Lara, y me acurrucaba junto a Jaime para hablar de mil tonterías hasta la mañana siguiente.
―Jaime… ―volví a repetir sin todavía tener respuesta― que yo te quería decir… que… jo… Jaime, que me pareces súper guapo, ¿no? Buff… no sé, en plan guapo, no en plan amigo guapo, sino guapo, guapo, ¿no? de así, de eso, ¿sí, Jaime? Y, bufff… pues, jo… que me gustas, me gustas mogollón, Jaime. ¿Jaime? ¿Jaime? ―dije dándole, finalmente, un manotazo en el brazo.
Jaime se quitó uno de sus auriculares de su walkman y me lo ofreció.
―Toma, toma, Bryan Adams, na-na-na-na-summer of sixty nine, man, la-la-la-yeah, on killi’n time, na-na, ye-ye-ye, forever, no! Jo, ¿a que está guapa está canción? ¡Na-na-come and gone!
―Sí… guay, guay ―dije colocándome el auricular en la oreja a todo volumen y cagándome en Bryan Adams.

2 de agosto, Campamento Let’s Have Fun, Ramsgate-Inglaterra, 16 años.
El bar estaba a tope por la final de la Copa del Mundo. Italia y Brasil en el campo. Jaime y yo, y otros veinte estudiantes, apretujados en una mesa frente a un pequeño televisor, lo de las pantallas gigantes llegaron mucho después.
Aquella era mi oportunidad, a Jaime lo tenía acorralado, de allí no podría salir.
―Jaime, verás, que yo… que quería hablar contigo ―dije cogiéndole del brazo.
Jaime sin apartar la vista del televisor agachó la cabeza para escucharme mejor porque con tanto ruido era casi imposible.
―Jaime… es que…
―¡Pero pásale, joder!
―¡Pásale! ―dije como una imita monos, hombre, había que disimular un poquito ―. Jaime… mira… que yo creo que somos amigos pero… buff… no sé…
―¡Eh, eh, eh! ¡Diego, Diego, eh, Diego! ―gritó Jaime, levantándose como si estuviera poseído, para llamar la atención de uno de nuestros amigos―, ¿has visto ese pase de Romario? ¡Joder, qué guapo, qué guapo, tú!, ¿eh, Diego?
―Sí, sí, le ha pasado la pelota así súper fuerte, ¿eh? Jolín, jolín, ¡vaya, vaya! ―dije en un intento ridículo de hacer creer que seguía el juego.
Tirándole de la camiseta conseguí que Jaime se volviera a sentar.
―¡Jo, Jaime, que te estoy hablando!
―Que sí, Elvi, que sí, a ver, dime ―y volvió a acercarse pero sin dejar de mirar al frente.
―Pues nada… que eso… Jaime, que yo, que bufff… desde hace ya ni sé, pues… estoy por ti, pero estoy súper por ti…
―¡TOMA! ¡TOMA! ¡TO-TO-TO-TOMA! ―gritó Jaime absolutamente fuera de sí, bueno, y las doscientas personas del bar también― ¡QUÉ GOLAZO! ¡OE, OE, OE, OE! ¡BRASIL CAMPEÓN! ¡Diego, Diego! ¡Brasiiiiiiiil!, ¡oe, oe, oe, oe, oe, oe!
Jaime me levantó de la silla y me cogió por el cuello espachurrándome contra su pecho, me estaba ahogando además de despeinándome, que eso era lo que más rabia me estaba dando en ese momento.
―¡Elvi, tía! ¡Brasiiiiiiiiiil! ―me gritó a la oreja haciéndome el baile de sambito― Joder, qué guapo, ¿eh, tía?
―Sí… guay, guay ―dije colocándome el pelito detrás de la oreja y cagándome en la Copa del Mundo.

18 de febrero, Bar Donovan Hunter, Bilbao, 24 años.
Tranquila, respira, tú se lo plantas y ya, que esto ni es amistad ni es nada, que llevas casi un mes evitándolo y no puede ser. Sé sincera que es lo mejor. Es tu mejor amigo, ¿no? Pues que asuma sus responsabilidades. Te has enamorado de él, pues parte de culpa será suya, digo yo, vamos. Así que venga, díselo en cuanto traiga los cafés, pero directa, sin rodeos. Además igual te dice que él también lo está, porque es verdad que últimamente te mira de otra manera, está como más cariñoso y Jaime nunca ha sido cariñoso, pero sí, está diferente. Seguro pero seguro, seguro. Lo que pasa es que tampoco se atreve a decírtelo, ¡hombre, claro!, es que es fuerte porque sois como hermanos, juntos desde niños. Pero está enamorado, se le ve. ¿Has visto cómo te mira desde la barra? Si hasta te hace gestitos con la mano, que rico es, por favor, mira cómo te hace con la manita. Pero sonríele, boba, que menudo careto de amargada traes, anda sonríe, eso, que así estás bastante más mona.
―¡¡¿Que si quieres uno o dos azucarillos?!!! Elvi, coño, que llevo una horita preguntándotelo con los dedos, que no te empanas de nada, pava.
―Uy… dos… dos ―dije mostrándole tres de mis dedos.
―Joder, macho, ni puta idea de cuántos quieres al final, te he traído cuatro por si acaso, a ver si te aclaras ―dijo sentándose en la mesa con los cafés y esparciendo los azucarillos.
―Jaime, tenemos que hablar.
―Pues sí, yo también quería hablar contigo, pero llevas un mes desaparecida, tía.
¿Te lo dije o no te lo dije? Éste se te declara hoy, tú deja que hable él primero, déjale, déjale.
―Pues ya he aparecido, a ver qué me tienes que contar ―dije aparentando tranquilidad.
―Tía, Elvi, que ando todo pillado.
―¿Cómo pillado? ―pregunté abriendo todos los azucarillos a la vez, no sabía ni lo que estaba haciendo, madre mía, madre mía, que después de doce años Jaime se estaba sincerando.
―Pues pillado, Elvi, pillado, que además ya sabes cómo soy, ¿no? que yo de esto paso, pero, joder tía, que esta pava me gusta de verdad.
Me iba a dar un ataque al corazón, ¡qué mono, por favor, que me lo como!
―Pero, Jaime, no sé... ¿la conozco?
―Jo, ¿que si la conoces?, mucho, tía, mucho.
Estiré mi mano y le acaricié la muñeca, estaba tan, tan emocionada que creo que iba a llorar.
―Yo, Jaime, es que no sé, no sé…
―Que sí, hombre, que sí sabes, que es Lara.
―¡¡¿Eh?!! ―exclamé con la mandíbula desencajada.
―Lara, joder, Lara, del Summer English, anda que no la liabais cada vez que entrabais en nuestra dormitorio. Pues, tía, que me la encontré hace tres semanas en el Casco y nos liamos y tal, y es que está cómo siempre, qué pocholada de tía, qué maja, pero qué maja, ¡buah!, me tiene súper pilla’o.
Dignamente hice que mi mano reculara y la coloqué bajo mi barbilla para que me ayudara a abrir la boca y articular palabra porque me había quedado sin habla.
―Qué contenta que estoy, vaya, Lara, jo, el tiempo que hace que no la veo y ahora, mira, que vamos a ser cuñadas, ¡ja, ja, ja! ―más falsa no podía ser.
―Ya te digo, es que ni me lo creo, bueno, oye, y ¿tú?, ¿qué es eso que me tenías que decir?
―¿Yo? Mmm… nada… no, nada, bueno, que estoy pensando en irme a trabajar al extranjero, muy extranjero, extranjero, extranjerísimo, vamos… no sé, así que como al fin del mundo, pppssst… qué sé yo, China, por ejemplo, ¿no? que digo yo, que ya que voy pues me quedo y no vuelvo… ¡Ja, ja, ja, ja! ―dije vomitando una risa más falsa todavía que la anterior.
―Joder, China, ¡qué guapo! Yo iría a verte, bueno, con Lara. Allí los tres en China, en plan Summer English, joder, es que ¿no me digas? ¡Qué situación más guapa, qué guapa!
―Sí… guay, guay ―dije esnifándome la taza de café con sus cuatro azucarillos y cagándome en Lara.

20 de marzo, Hotel Days Inn, New York, algunos años más.
Aunque Ander no habría apostado un duro, finalmente, Jaime y yo nos habíamos encontrado sin problema en el JFK, y tampoco se nos complicó mucho el llegar a Manhattan en metro y encontrar el hotel.
Después de cenar y dar una vuelta por la parte alta de Manhattan, me había recostado en la cama de la habitación con el portátil en las piernas.
―¿Qué pasa, tía, vas de Jessica Parker en Sex and the City? ―me vaciló Jaime desde su cama.
Lo miré con cara de asesina y le faltó tiempo para saltar a mi cama y botar al ritmo de Frank Sinatra y su New York, New York.
―Jaime, para, por favor, ¡joe, para, para! ―grité pero muerta de la risa.
―Ey, pero ¿tú sabes cuántas pavitas darían su vida por estar en una habitación de un hotel de New York con súper Jaime?
Lo miré y fruncí el ceño haciendo un poquito de fuerza y luego… ay, qué gusto.
―¡Ostias, pava! ¡¿Eso ha sido un pedo?!, ¿te acabas de tirar un pedo?
―¡Noooooooo! ¡No me lo he tirado! Se me ha caído… ―dije tronchada de la risa viendo la cara-susto de Jaime mientras saltaba a su cama de vuelta.
―¡Joder, qué puta guarra! Pero, tía, pero Elvi, macho, pero Elvi, que no, que no, que no, que pedos no, ¡PEDOS-NO!, que las tías no se tiran pedos, joder, Elvi, joder...
Quise defenderme pero estaba en pleno ataque de risa, me faltaba el aire. Y cuando me tranquilicé un poco y, por fin, intenté hablar se me había acumulado tanta baba que cuando abrí la boca se me cayó un reguero sobre el portátil.
―Pero, macho, ¡qué asco!, eres como un puto gremlin que se transforma a media noche, pero ¿qué te pasa, loca, qué te pasa?
―Che, chulito, que si somos amigos, somos amigos para lo bueno y para lo malo, ¿no? ―pues toma pedo por los veinte años de cruel rechazo―. Anda, loco, no te enfades. ¡Ey!, ¡New York, New, York!, ¡que lo vamos a pasar genial!
―Sí… guay, guay ―dijo ahuecando la almohada y cagándose en mis gases nobles.

lunes, abril 13

Desidia con limonada

El ruido me hizo abrir un ojo. Sí, sólo uno porque el otro lo tenía completamente aplastado contra la almohada. Me llevé la mano a mi oreja izquierda. La tapé. No oía. La destapé. Oía. La tapé. No oía. La destapé. Oía. Gemí y con enorme esfuerzo me di media vuelta en la cama para poner al descubierto mi oído derecho y su avanzada ostosclerosis. No oía prácticamente nada, un zumbidito de motor allá a lo lejos. En momentos como aquel agradecía enormemente la sordera que había heredado de mi madre. A una apasionada del sueño como yo, tener un oído defectuoso era todo un lujo.

―Bueno, pues tengo muy buenas noticias porque va todo estupendamente, ¿eh, Elvira? Mira ―dijo Lauciraca, mi otorrino, mostrándome un diagrama dividido por colores―, has perdido ya más de un cincuenta por ciento de tu oído derecho, y eres incapaz de percibir los sonidos agudos cualquiera que sea su volumen, así que a este nivel tu agudeza auditiva en ambientes ruidosos va en rápido descenso, imagino que te costará seguir las conversaciones en bares, ¿verdad? Quizá empieces a tener algún episodio de vértigo o mareo pero nada serio ―terminó triunfante.
―Vaya… pues… sí que son buenas noticias, sí, sí… me quedo más tranquila…
Laucirica rió al ver mi cara desencajada, y después me explicó que si todo seguía su curso antes de dos años podría operarme y quedar como nueva, y al ser una mujer tan joven era todo un éxito. Yo, sinceramente, no comprendía qué tenía de exitoso estar más sorda que una tapia.

El ruido dejó de ser un leve zumbido para convertirse en un motor a propulsión dentro de mi habitación. Por mucha ostosclerosis que tuviera aquello era tan escandaloso que hasta el mismísimo Beethoven lo hubiera apreciado.
Me levanté tambaleándome, estaba borracha de sueño. Retiré las cortinas y abrí la enorme ventana de guillotina que daba al jardín.
―¡Fred! ¡Fred! ¡FreeeeeêêêêEEEED!!!
―¡Hey, Princesa! ―dijo mi vecino con la mano en alto apagando el cortacésped.
―¿Qué haces…?
―Arreglando el jardín para nosotros, que ya estamos en primavera, mira qué día tan hermoso hace ―hacía lo menos veinte grados y un sol picajoso―, está quedando bien, ¿verdad?, ¿qué?, ¿cómo lo ves, Princesa?
―Verde, lo veo verde ―respondí con cara de estreñida.
Fred dio un manotazo al aire dándome a entender que prefería ignorarme antes que discutir y volvió a conectar el cortacésped.
―¡Fred es domingo, las once de la mañana y QUIERO DORMIIIIIIIR!!!
Fred desconectó nuevamente la máquina y se plantó frente a mi ventana que estaba a escasos dos metros del suelo.
―¡Maldita niña malcriada! ¡Mueve tu pequeño culo blanco ahora mismo! ¡Termina de cortar el césped que también es tu jardín, señorita!
―¡No quiero! ―grité camino a la cama―. ¡Odio tu jardín! ―y me escondí bajo el edredón pretendiendo desaparecer.
―¡Pero si es tuyo también! ―pude oír a Fred desde fuera, no había cerrado la ventana.
―¡Pues para ti todo, porque lo odio, odio la naturaleza y la paz de este pueblooooo!
Acababa de pasar diez días en Nueva York y volver a Huntington estaba siendo muy duro.
―¡Odio esta calma rural, este aburrimiento, este no saber qué hacer diario, esta ansiedad, esta rutina aplastante, este silencio que sólo sirve para recordarme lo sola que me siento…!
Fred tardó en contestar y para cuando lo hizo ya había cambiado el registro de su tono.
―Vamos, Princesa… no digas eso, ven, ven al jardín que he preparado limonada, ven, chica, que podemos pasar un bonito día de domingo juntos… vamos, ¿Princesa… Princesa…?
Cobijada bajo la oscuridad que me proporcionaba el edredón empecé a llorar sin consuelo.
―¿Princesita…? Hey, vamos, dime algo… ¿Princesa…?
No podía seguir oyéndolo llamarme de aquella manera, así que me sequé las lágrimas y me levanté arrastrando conmigo el edredón, parecía la virgen María de West Virginia. Me asomé a la ventana, Fred me miró con ternura desde abajo.
―Es que no me gusta la limonada ―dije absorbiéndome los mocos―, pero me preparo un café y ahora bajo.
Fui a la cocina con el edredón a cuestas, me preparé el café y volví a mi habitación con la taza en la mano. Cuando levanté el edredón del suelo para recolocarlo sobre la cama, descubrí todo lo que había ido arrastrando a mi paso: un zapato, un paquete de pañuelos, un calcetín, una pelota de papel, el mando a distancia y una braga. Me reí recordando a mi madre. ¡La próxima vez que te vea una braga tirada en el suelo de tu habitación te la cuelgo de la lámpara!, me decía. Ahora no le quedaría más remedio que colgar mi casa entera de la lámpara. Hacía días que no limpiaba pero estaba tan deprimida que no veía la mierda que me rodeaba pero mañana, sí, sí, mañana lo iba a limpiar todo, claro, mañana.

Salí al jardín por la ventana de mi habitación para no tener que dar la vuelta a toda la casa. Pero al descolgarme recordé el legado de mi abuela Isidora: mis cortitas piernas. Vaya, ni estirando los brazos llegaba al suelo. Además no quería estirarlos mucho porque en una mano tenía la taza de café y antes prefería desnucarme a derramar una gota de mi elixir.
―¿Fred…? ―grité tímidamente chupando ladrillo, no podía darme la vuelta debido a mi postura. Pero Fred había vuelto a su cortacésped y estaba en la otra punta del jardín.
Intenté estirar todo lo posible los dedillos de mis pies pero nada, no sentía el suelo. Lo único que había conseguido era que se me resbalaran las chancletas. Decidí dar marcha atrás. Con un pequeño empujón pretendí impulsarme hacia arriba, con tan mala pata que el pantalón del pijama se me enganchó a un clavo de la fachada, así que yo sí conseguí subirme pero mi pantalón no, él se quedó abajo y mi culo saludó gustosamente a las ardillas y pajarillos de escena además de a:
―¡Pero, chica! ―gritó Fred escandalizado soltando la máquina sin desconectarla y viniendo rápidamente a mi rescate.
―¡Ay, Fred, que me he quedado estancada…!
―¡Estancada y con las vergüenzas al aire!, ¡pero qué chica, qué chica!, ¿por qué no sales por la puerta como todo hijo de vecino?
Me subió el pantalón y me cargó a su hombro como un saco de patatas. Era mayor pero conservaba su fuerza, me recordó a mi abuelo antes de su caída. Me dejó sobre una de las sillas. Se lo agradecí y miré con pena mi taza de café vacía, se me había derramado todo. Fred, percatándose de la situación, me quitó la taza de las manos y llenó un vaso de limonada y me lo ofreció.
―Ya sé que no te gusta pero está rica, vamos, pruébala, te sentará mucho mejor que el café.
Tomé el vaso con mis dos manos y me hundí en él. No pude evitar desbordarme nuevamente por esa tristeza tan injustificada que sentía desde hacía días pero que estaba terminando conmigo.
―Pero, Princesa, ¿por qué lloras, qué es lo que pasa contigo? ¿Eh, chica?, dime… ―me preguntó Fred con preocupación sentándose junto a mí.
No supe explicarle mi malestar porque ni siquiera yo entendía qué me pasaba. Así que le mostré mi vaso de limonada y entrecortadamente le dije:
―Es que… hay una hormiga dentro… dentro de mi limonada...
Fred me estrujó en sus brazos.
―Llora, Princesa, que todos tenemos derecho a sentirnos mal, tú ahora llora, llora, que ya rescataremos a la hormiga más tarde.

martes, marzo 17

El tercer ojo

China ya se había despertado. Eran las seis y cuarto de la mañana. Lo sabía porque el restaurante de debajo de mi casa hacía un ruido insoportable cada vez que abría y levantaba la persiana de aluminio. El sol se colaba descarado en mi habitación. Oía a los estudiantes dirigirse a los comedores del campus. Me di la vuelta y me hundí debajo del edredón, hoy era viernes, mi día libre. Me iba a quedar toda la mañana en la cama, porque había pasado una noche horrible, la misma pesadilla de siempre se había repetido una y otra vez, estaba agotada.
¡Ríííííííííííínnnng, rííííííííííínnng!
Miré el reloj, siete y veinte.
Salí de la cama destemplada y cogí el teléfono con desgana.
—¿Seeeeeeé…?
—Elvira, ¿la he despertado?
Al oír su voz me erguí como si de un sargento se tratara y fuera a pasar lista.
—Profesor Liu, no, no, claro que no, estaba desayunando, dígame.

El Profesor Lui, decano de la facultad de lenguas extranjeras de la universidad, me metió una chapa eterna sobre las correcciones de los textos 44, 45 y 46 que debía entregar a Feng Min para que pudiera llevarlas a imprenta antes de las diez de la mañana.
Tras colgar el teléfono, me preparé café, dejé correr el agua de la ducha para que se fuera calentando y encendí mi portátil. Leí los emails y la versión digital de uno de los periódicos que tenía en la bandeja de favoritos. Terminé el café y me metí en la ducha. Vaya… no había habido suerte, el agua seguía fría.

Crucé las canchas de baloncesto en dirección al edificio de los despachos.
—¡Profesora Elvira, profesora Elvira, profesora Elvira!
Me di la vuelta y a lo lejos vi a una de mis alumnas de tercer curso saludándome con la mano. Corría con pasitos diminutos, avanzaba más hacia arriba que hacia delante. Era divertido verla.
—¡Vaya! Pero, ¿quién te persigue? —le grité.
No entendió mi chiste, aun así me regaló una amplia sonrisa que me supo a gloria a esas horas de la mañana.
Empecé a subir las escaleras del edificio de los despachos. Los del departamento de español estaban en la sexta planta, no había ascensor. Olía a humedad. Los techos estaban desconchados y el suelo de azulejos bastante sucio. Llegué al pasillo del sexto piso. Allí tropecé con dos alumnas del primer curso, me saludaron muertas de vergüenza y escondiendo una risita nerviosa entre las manos. Les devolví la risa, me divertía ver a jovencitas de dieciocho años tan tímidas e infantiles. Abrí la puerta del despacho 67, lo compartíamos los cuatro profesores más jóvenes del departamento.
—¡Ooooh! Elvira Laoshi, nin hao ma?
Me preguntó Feng Min en un tono exageradamente respetuoso e irónico. Estaba sentada en su mesa, junto a la ventana, con el portátil encendido escuchando RTVE Directo mientras corregía: ¿unas composiciones, exámenes, ejercicios…?
—Podría estar mejor, pero no me quejo, ¿qué haces?
—Corregir estas composiciones de segundo.
—Composiciones… —pensé en alto—. Bien, ¿alguna novedad?
—Déjame ver… —apartó la vista de las correcciones y metió la cabeza en su portátil—. Vale, a ver, la tregua de ETA parece que también incluye lo de la extorsión a los empresarios vascos. Imágenes del cien cumpleaños de Francisco Ayala, ¡qué viejo! ¿eh?, y han llevado a Rocío Jurado a Madrid desde Houston en un avión UCI —Min levantó rápida la cabeza del ordenador—. ¿Qué es un avión UCI?
Se lo intenté explicar entre risas porque su manera de darme el parte noticiero matutino era única, tenía una capacidad especial para resumirme los mejores titulares del día y siempre me hacía reír.
Encendí el ordenador y la impresora, y le conté la llamada del Profesor Liu a las siete de la mañana. Así que en un momento le entregaría los textos para que los llevara a imprenta.
Min, sin hacer mucho caso a lo que le estaba explicando, se acercó y se sentó junto a mí.
—Uy, tú tienes muy mala cara —me dijo con tono de preocupación.
—Estoy bien, es sólo que no puedo dormir, no sé… estoy teniendo un sueño que se repite cada noche dos y hasta tres veces. Y es… una pesadilla que me agota porque paso tanto, tanto miedo que me tiene en tensión toda la noche, no consigo descansar.
—Pues… pues... cuéntamelo —dijo con sus dos manitas en la cara.
—Bueno, es siempre lo mismo, ¿no? Sueño que estoy en mi habitación, es de noche, la habitación está casi a oscuras y yo estoy intentando dormir en la cama, pero tengo los ojos abiertos y empiezo a ver a… personas, ¿no?, a gente en mi habitación. Pero no han llegado de repente, es como si estuvieran allí desde hace tiempo.
—Y, ¿qué hacen…? —me preguntó Min absolutamente enganchada a mi historia.
—Nada… me miran.
—Oh… ¿Todos? Y, y, y, y... ¿son chinos?
—Sí, sí, me miran todos y todos son chinos, todas son mujeres menos el que se sienta en la cama junto a mí.
Min dio un respingo en la silla y se llevó las manos a la boca. Me asustó.
—Feng Min, por favor, me estás metiendo más miedo tú que mi sueño —dije con la mano en el pecho y recobrando el aliento.
—Ay… perdona… bueno, y, ¿qué más?
—No hay mucho más, sólo que las personas son las mismas cada noche, no se trata de gente diferente cada vez, siempre son las mismas, las mismas caras, con la misma ropa, con sus ojos puestos en los míos, en silencio, esperando a que me duerma, no sé…
—Ya… bueno, y, tú… ¿qué haces…?
—¿Yo? ¡Nada! Min, no puedo hacer nada, porque en el propio sueño puedo sentir pánico, veo la imagen y siento un pánico horroroso, real, completamente real, miedo de verdad, ver a estas siete personas en mi habitación me paraliza, me aterra… Y Min, ¿sabes por qué…?
Min se acercó mucho a mí y con un gesto me pidió la respuesta.
—Porque… porque… al verlos yo sé que están todos muertos…
La impresora empezó a escupir los textos, Min y yo metimos un escandaloso grito que intentamos ahogar, rápidamente, con nuestras propias manos al darnos cuenta que se trataba de la máquina.
—Ay… Min… —dije todavía con el susto en el alma—, te aseguro que son tan reales, y el miedo es tan físico, tan agotador, que desde hace una semana es un suplicio irme a la cama y dormirme sabiendo que lo voy a volver a soñar.
Min me miró con seriedad, después se levantó y volvió a su mesa sin decir una palabra. La seguí con la vista. Estaba sorprendida de que de repente el tema le hubiera dejado de interesar por completo, así, sin más. Pero eran muchas las veces que no comprendía sus reacciones, así que no quise preguntarle nada y, olvidando la conversación, empecé a recopilar los textos de la impresora. Me levanté con el capítulo 44 en las manos.
—Elvira… —dijo, finalmente, Min desde su mesa. Me paré en seco al oírla—, Elvira… —repitió mi nombre clavando sus ojos en los míos—, pero… pero, ¿cómo estás tan segura de que es un sueño…?

Las sesenta y seis hojas del capítulo 44 se escurrieron de mis manos temblorosas y fueron cayendo al suelo, rompiendo el escalofriante silencio que acababa de inundar el despacho entero.

jueves, marzo 12

¿Cherry Pie o... no?

Me senté en la barra de la cafetería de la universidad. Jeannie, con su uniforme rosa, se acercó a mí para tomarme nota.
―Hola, cuenquito de miel, ¿expreso doble?
―Jeannie, no me llames así.
―¿Cómo?
―Cuenquito… de miel… ―dije de manera entrecortada por un bostezo.
Eran las diez de la mañana y me moría de sueño y de aburrimiento. Acababa de terminar una clase llena de momias. Intentar poner en práctica el enfoque comunicativo con semejantes estudiantes era desesperante. Veinte sombras recostadas, por no decir tumbadas, en sus sillas con cara de menuda chapa nos estás metiendo, era de acomplejar.
―Bien, ya no te lo llamaré más, abejita.
―¿Abejita? ―preferí no hacer ningún comentario ante su nuevo apelativo, pero lo que estaba claro es que Jeannie venía de familia de apicultores―. Sí un expreso y, anda, ponme un trozo de este cake.
―No, no es un cake, es un pie, mi abejita loca.
―Oh... ¿y cuál es la diferencia? ―dije observándolo tras el cristal de la pequeña nevera de la barra.
―Pues mira, abejita, éste es un pie, ¿verdad? Y éste ―dijo mostrando la tarta de al lado― es un cake, ¿ves?, pie y cake, cake y pie ―explicaba señalando cada tarta alternativamente.
A mí los dos me parecían iguales excepto por el color, uno rojizo cereza y el otro azulado arándano. Pero parecían tener la misma masa y sus idénticos trocitos de fruta en la parte de arriba.
Negué con la cabeza y le hice ver que no captaba la diferencia.
―Mira, cuenquito…
―Jeannie… ―la interrumpí con tono de regañina.
―Perdón, abejita ―realmente no sabía cuál era peor, si cuenquito o abejita―, mira, mira ―Jeannie sacó ambos platos y los dejó sobre el mostrador―, ¿lo ves ahora?
Bien, sí, los veía y un poco más cerca pero aquello no estaba siendo un argumento aplastante para marcar la diferencia, ¿no? Luego dicen que ser profesor de tu lengua materna es facilísimo, ¿sí?, explicar con palabras a un extranjero lo que para ti es obvio no es tarea sencilla y si no que se lo pregunten a Jeannie.

La mujer de enorme culo, sentada en la mesita de detrás se levantó y, con confianza, me colocó su mano sobre la espalda aun no conociéndonos de nada, mientras ofrecía su teoría sobre los diferentes dulces.
―Mira, cariño, éste tiene nata, aquí, un poco, ¿lo ves? ―dijo señalándome el pastel azulado― y éste no ―ahora su dedo estaba en el plato del pastel rojizo―, así que podemos decir que si tiene nata se trata de un cake y si no de un pie.
A pesar de no tenerlas todas conmigo, le dije que ahora sí que lo entendía perfectamente. Triunfadora la mujer volvió a su mesa. Tras pensármelo unos segundos me seguí decantando por el pastel de cereza y se lo pedí a Jeannie.
―Claro, mi abejita, marchando con tu café.
En nada, me sirvió un colorido plato con un trozo de, definitivamente, cherry pie y mi café. Después, me ofreció un tenedor y salió de detrás de la barra con otro en la mano. Se sentó en el taburete de al lado y pinchó un trozo de mi pastel con absoluta normalidad.
―Pero, Jeannie, ¿qué haces? ―pregunté con cara susto.
―Ay, abejita, compartimos, ¿vale?
¿Compartimos? Yo no compartía nada, era egoísta por naturaleza, yo de pequeña era de las que decía: lo siento, pero mi madre no me deja dejar. Compartir, prestar, dar e incluso hasta ofrecer me daba alergia. ¡No! ¡Es mi pastel!
―Vale… ―qué podía decir.
―Así me cuentas lo guapos que son tus alumnos, ¿eh?, vamos, cuenta, cuenta ―dijo metiéndose un inmenso trozo de pastel a la boca.
Pero antes de tragarlo, Jeannie volvió corriendo a la barra. Rebuscó algo debajo del mostrador. Después, con la misma prisa con la que se había marchado, se sentó nuevamente junto a mí mostrándome, con enormes ojos de niña ilusionada, un bote de nata montada.
―Ya vas a ver qué rico está ahora, espera, espera… ―y echó un buen chorro de nata montada sobre el trocito de pastel, formando una blanca montaña piramidal.
Observé el resultado con inquieta curiosidad. Absorta en mi propio y simple mundo interior, tomé el plato de manera fascinada y giré mi taburete.
―Disculpe… ―dije enseñando el plato a la mujer de enorme culo sentada en la mesita. Ella se dio la vuelta y me atendió con interés― y… ¿ahora…?, ¿pie o cake?

domingo, marzo 8

Madre no hay más que una

―Estás guapa, guapa, guapa, guapa, guapa, guapa, pero oye, ¡qué guapa que estás! Yo nunca te había visto así, ¿eh? Estás en tu mejor época, que te lo digo yo ―me decía mi madre mientras desayunábamos en la cocina de su casa―. De verdad, porque cuando naciste… madre mía… nunca he visto un bebé más feo, fíjate, pero fíjate cómo serías que cuando entraban las enfermeras a la habitación, las pobres para consolarme, porque yo no podía parar de llorar al verte, pues me decían: pero mujer, no llore que el año pasado tuvo usted un hijo muy guapo.
Me reí, no sé ni las veces que me había contado aquella historia.
―Sí, es que Gerardo tenía que ser un bebé muy guapo ―dije mientras pasaba las hojas del periódico sin prestar mucha atención al contenido.
―¿Gerardo? ¿Tu hermano Gerardo? Guapísimo, era una cosa de llamar la atención, de verdad te digo. ¡No te rías, boba, que es cierto! Con esos ojazos verdes, bueno… Pero lo mismo te digo que a ti para pasearte te llevaba con la capucha puesta y la manta hasta las orejas porque ¡eras de susto! Toda llena de pelo, qué cosa más horrorosa.
―Bueno, seguro que algo bueno tenía ―dije con media sonrisita.
―Uy, pues que eras una niña muy graciosa, porque lista, lo que se dice lista tampoco nos saliste, pero tenías un salero… tu tío Rafa se tronchaba contigo, y tu abuela Isidora también, lo que se reía esa mujer con sólo verte. Bueno, y a mí, ¿eh? A mí ¿cómo me ves? ―se apartó la taza de café de la boca y sonrió mirando al más allá, como si le fueran a sacar una foto en aquel instante.
―Guapísima, ama ―dije riéndome, me encantaba cuando hacía sus poses de actriz.
―Ya, la verdad es que todos me lo dicen, ¿eh?, Ay, Carmen pero qué estupenda estás, estás, mira, estás como nunca… ay, Carmen, ay, Carmen. Todos, todos, ¿eh? Hombre, a ver, no te voy a decir que no porque es que sí, pasé una racha, que buffff, qué racha, ¡ay, madre! Chelo, Antonia, Olga, tu tía Feli, Begoñita ―iba enumerando cada nombre contándose los dedos de la mano―, bueno, vamos, que todos me lo decían, porque estaba demacrada, como ¡para no!, ¡si te marchaste siendo una cría a China!
―¡Ama, tenía veinticinco años!
―Pues eso, una cría ―me respondió con absoluta convicción―, pero he de reconocer que China te sentó estupendamente porque mírate ahora qué guapísima estás y ¡hasta te has vuelto lista!, porque, hija, no has parado desde entonces, no-has-parado, que todos me lo dicen, ¿eh? ―y volvió a desenfundar sus dedos para contar―, Lalia, Ramontxu, Merche, Pedrolas, Angelita, Vicenta, si hasta el zapatero me lo dijo el otro día que fui a llevarle las botas altas que tengo de ante gris, las que me pongo con la falda tubo negra, ya sabes, ¿no?
―Sí, sí… la larga ―intenté adivinar mientras pegaba otro sorbito de café.
―¡No, mujer! La tubito que me queda justo por debajo de la rodilla ―y esperó a que con un gesto le diera a entender que sabía de qué me estaba hablando, así que cerré los ojos y asentí rápidamente con la cabeza.
―La tubito, sí, la tubito, sí, sí, ya, ya.
―Bueno, pues me preguntó a ver si venías por vacaciones, qué hombre tan bueno es ése, de verdad, y me dijo que te vio en el periódico, que lo tiene guardado, fíjate, qué majo, ya sabes que se le murió la mujer, ¿no?
―Ay… pues no… ―dije atónita viendo la capacidad que tenía mi madre para cambiar de tema sin pestañear.
―Pues, empezó que si me duele aquí, que si me duele aquí, ay, ay, que se murió.
―¿De dolor?
―No, mujer, de cáncer.
―Ah… ―contesté dejando la taza de café en la mesa.
―Y el hijo de Txomin, el de la ferretería de la esquina que la traspasó el verano pasado, pues, guapa, se murió de lo mismo.
―De dolor.
―¡Y dale la mandanga, dale la mandanga!, mira que eres pesada ¡de cáncer! Hija, que a veces pareces tonta, ¡de cáncer!
Estaba completamente muerta de risa viendo a mi madre tan furiosa.
―Anda que… cómo te gusta burlarte de tu madre, vas a cobrar, ¿eh? ―me dijo contagiada por mi risa.
Después me miró fijamente ladeando la cabeza y me dijo con seriedad:
―Oye… ¿Irás a la pelu a que te corten un poco las puntas?, ¿no?, que tienes ya mucha greñidera y a que te den esos brillitos para que se te aclare un poquito la melena, ¿no?
Me estiré un mechón de pelo hasta colocarlo ante mis ojos.
―¿Qué le pasa a mi pelo? Pensaba que estaba guapa ―dije sin apartar la vista de mi mechón.
―Estás guapísima, ya te lo he dicho, pero vete a cortarte el pelo y a que te den brillos.
Desde hacía siete años lo más cerca que mi madre me había tenido era a seis mil kilómetros de distancia, viéndome una o dos veces al año a lo sumo, así que dejé que me apabullara con su rol de madre, creo que estaba en todo su derecho.
―Bien, pues llamaré para coger vez ―dije.
Mi madre se levantó de la silla como si le picara el culo de repente, fue a la salita junto a la cocina y regresó con un cuadernillo. Descolgó el teléfono y empezó a marcar.
―Ya te la cojo yo, cariño, que a mí me conocen y te pasan ahora enseguida, termínate el café, ah, y en la nevera tienes los yogures que te gustan, y también te he cogido queso de Burgos y pavo, que ya sé que te gusta ponerte con… éste… ¿A ver? ¿Garbiñe? Que soy Carmen Garay, que ayer llegó mi hija de los Estados Unidos con unos pelos de asustar y…
La miré desde la mesa y después observé mis manos sujetando el café. Éramos tan diferentes, dos seres antagónicos unidos por un amor, agotadoramente, ilimitado.

martes, marzo 3

Trilogía, Parte tercera: Paul Newman

15-febrero-09 Huntington
―Venga, Txiki, no llores, a ver… que seguro que tiene arreglo.
―Posh… no… nop thene ―intenté contestar mientras me tragaba los mocos ahogada en mis propias lágrimas― man… man disho lops teznicos que nop… que tol disco duro ferdsito…
―Que todo el disco duro, ¿qué?
―¡Ferdsito! ¡Joe! ¡Ferdsito-ferdsido-ferdido…!
―¡Ah! ¡Perdido! ―me tradujo mientras le oía ocultar la carcajada al otro lado de la línea.
Me soné la nariz y me tumbé en el suelo agarrando el teléfono con una mano y dando un mamporro a mi portátil con la otra, mientras gritaba:
―¡¡¡Me caggggggo en tó Poshiba de mieeeeelda, jo, miellllldaaaaaaaa…!!!!!!
―Toshiba, Txiki, que Poshiba se puede malinterpretar.
Aun sin parar de llorar me reí un instante y, luego, volviendo a mis pucheros le dije que lo había perdido todo, que no tenía copia del disco duro y que lo había perdido todo, todo, todo: fotos, programas de las clases, miles de actividades, archivos irremplazables, música y mis cuentos… decenas de cuentos.
―No has perdido nada, tontorrona, que todavía guardas tu cabeza y me tienes a mí, así que vamos a empezar de cero pero vamos a empezar ―me dijo con esa seriedad tan cariñosa con la que sólo él sabe hablar―, venga, Txiki, empieza a dictarme tu próximo cuento que yo te lo voy escribiendo a ordenador, a ver… venga, ¿de qué va?
Su tierno optimismo me derrocó. Me levanté del suelo y me senté en la butaca, no sin antes darle una patada al maldito ordenador que seguía tirado en la alfombra. Me dejé abrazar por la enorme butaca y le dije muy bajito:
―Va sobre ti, mi amor…

27-diciembre-08 Bilbao
―Jo, Elvi, va… venga, va, cásate con él, que queremos una boda en Dubai ―me decía Marieta mientras sacaba de su bolso el monedero con el bote de todas.
Estábamos parte de la cuadrilla disfrutando del sábado noche en uno de los bares del Casco Viejo.
―¿Dubai...? Pero si es de Pakistán… ―sentía que la lengua me empezaba a resbalar.
―¡Qué más dará si está forrado! Anda, que ni para casarte sirves, ¡hala!, vete a pedir que te toca. ¡A ver! ―gritó al resto del grupo―, que la enana va a pedir, entonces, son: una, dos, tres cervezas, un kalimotxo sin hielos y dos cubatas, ¿no? ―todas parecían estar de acuerdo, así que Marieta me encajó el monedero debajo del sobaco y me empujó contra la barra.
―Pero… pero… ven a buscarme luego que no puedo con todo, ¿eh? Marieta, ven… ven a buscarme, ¿vale...? ―le grité desde la barra, mientras ella se moría de la risa viéndome espachurrada por la gente, intentando recitar mi pedido cada vez que el camarero hacía acto de presencia en mi campo de visión.

―¡Que no me toques, chaval, que tengo novio, coño! ―amenazó la tía alta y rubia de mi lado al chico que tenía detrás.
―¡Aiba la ostia, pero si ni te he rozado, joder! ―respondió el chico.
―¡Touch’ pas! ¡Tu m’énerves! ―dije yo imitando un irritante acento francés para, simplemente, tocar las pelotas.
Cuando los dos me miraron con cara de pocos amigos, me di cuenta que mi intromisión no había tenido mucha gracia.
―Bueno… es lo que me decía mi ex, meses antes de dejarme por otra, ¡touch’pas!, ¡no toques!, ¿no? como tú, como tú… ―expliqué señalando a la rubia. Intentaba fijar un punto de unión entre las dos y formar hermandad.
―Bufff… ya, tía, es que todos los hombres son unos cerdos ―sentenció la rubia apartándose el pelo hacia atrás de un manotazo.
―Pues sí, pero a mí me da igual, porque cuando mi novio francés me dejó me fui a China a visitar a mi amigo Roberto que le dije que estaba perdida y él, que es muy así, me contestó que él ya me encontraría, pero no os penséis mal porque es gay, entonces lo vi claro y me fui para Singapur, y allí casi me caso con un jeque pakistaní, pero no, al final escapé, porque yo no estaba enamorada, y ahora vivo en los Estados Unidos metida en un pueblo lleno renos y osos que me roban la merienda, y… ¡voilà! aquí me tenéis, que he venido a pasar las navidades a Bilbao, porque mi amiga Cris, Cristina, que vive en Los Angeles, que por cierto, qué ciudad más horrorosa, me ha dicho que espere porque Paul Newman vendrá a tocarme la puerta.
―¡Joder, menuda chapita se ha cascado la puta enana ésta! ¡Menuda friki de mis cojones! ―me contestó la rubia mientras recogía sus bebidas de la barra y se abría paso con sus enormes tetas.
―Oye, oye… y… mmm… y tú… mmm… ¡más!, ¡más, más, tú!, ¿eh…? ―increpé tras ella pero no muy alto no fuera a oírme, soy valiente pero lo justo.
El chico ocupó el sitio vacío que había dejado la rubia en la barra, colocándose junto a mí.
―¡Ey! ¡Touch’ pas, tu m’énerves! ―le grité levantando en alto el monedero que acababa de sacarme del sobaco.
Por su cara me di cuenta que estaba alucinado así que intenté calmarlo, porque así de cerca ganaba mucho el chaval.
―No… no… ―decía apaciguando la situación con las palmas de las manos abiertas―, es broma, je, je… touch’pas, lo de mi ex, lo de… que te decía que él me decía… pero, vamos, que yo no te lo decía en serio, ¿eh?
Me sonrió y después pidió al camarero sus consumiciones.
―Toda esa historia que nos has contado, ¿es cierta o te la has sacado de un cómic?
―Es cierta.
―Joder, pues escribe un libro contando tu vida que te forras.
―Es lo que intento. ¡Ah! Me llamo Elvira ―dije dándole dos besos en la mejilla. Qué suave estaba, recién afeitado.
―Yo Paul ―y se acercó para darme dos besos cuando mi mano le paró en seco porque acababa de poseerme un ser extraño.
―¿POOOOOOOOOOOOOOOL????? ¿Te llamas POL??, ¿como Pol Newman?
―No, joder… Paul, con a y con u, Pa-ul, y sin acento, que no me gusta, que en el colegio, cuando era pequeño, siempre me lo tildaban y buah… no me gusta nada, yo en euskera, así, Paul.

Enmudecí. Me agarré el pecho, sentía que el corazón me iba a reventar los tímpanos. Vi como se llevaba las bebidas mientras me decía que ya nos veríamos por ahí, ni le contesté, no podía.
―Venga, guapa, ¿qué te pongo? ―me preguntó el camarero.
―Pues… lo que tú quieras…
Regresé a la cuadrilla con dos mojitos, un Ginkas, una tónica y dos Redbull.
―Pero, ¿qué es esta mierda? ―preguntó Marieta mirando atónita mi cargamento.
―Ay, ya… jo, Marieta es que me he liado, es que no sabes… ay, Marieta, que lo acabo de conocer.
―¿A quién? ―me preguntó mientras repartía la bebida sin mucho entusiasmo.
―A Paul…
―¡Anda! Como Pol Newman.
―¡No! con a y con u y sin acento, que no le gusta, en euskera, así, Paul.
―Pues menos mal que lo acabas de conocer, porque cuando te cases con él serás capaz de sacarnos un ojo si decimos mal su nombre ―Marieta, se calló y miró seria detrás de mí―. ¿Era el chico que estaba a tu lado en la barra?
―Sí…
―Pues lamento comunicarte que tu Newman está saliendo del bar con un grupo de tíos que, por cierto, el alto de sudadera negra está cañón.
Me faltó tiempo para dejar a Marieta con la palabra en la boca y salir corriendo.
―¡Ey! ―grité desde la puerta del bar al grupo de chicos que acababa de salir―. ¿A dónde vais?
Todos se dieron la vuelta y Paul, al reconocerme, se rió. Metió las manos en los bolsillos y dijo que no sabía, que andarían por ahí. Sí, vale, pero por ahí tiene muchos bares, necesito algo más preciso. Sin más se dieron la vuelta y los vi perderse por las callejuelas del Casco.
Entré de nuevo en el bar como si me hubieran pegado una paliza. Marieta pasó su brazo por mis hombros y me ofreció un vaso intentando animarme.
―¿Qué es esto? ―pregunté mirando con intriga el líquido marrón.
―Jarabe de no sé qué, lo has traído tú y mira, mira cómo te deja la boca ―Marieta abrió los labios y al volverlos a cerrar ya los tenía enganchados al frenillo, enseñando dientes y encías. Nos reímos como bobas, después yo probé un poco y repetí su mismo gesto. Como no podíamos hablar, nos dábamos golpes para mirarnos la una a la otra a ver quién ponía más cara de caballo, así pasamos el rato hasta que el resto nos dijo que nos íbamos.
―Mis pequeños cerebros prodigiosos ―nos dijo Blanquita con rintintín―, nos vamos al Mitote, coged los abrigos y a vuestros caballos.
Marieta y yo nos tronchamos de risa, más todavía, al escucharlo.
Llegamos al Mitote. Blanquita fue a pedir, porque después de mi éxito no querían ni que me acercara a la barra.
No sé el tiempo que pasó pero estaba cansada así que anuncié a todas que en breves me marcharía a casa. Cogí mi bolso y fui a los baños. Me puse en la cola. Alguien me empujó por detrás y gritó en mi oído:
―¡Tush pá!
Me giré con una carcajada.
―¡Touch’ pas! ―repetí entre risas―. Hola, Paul con a y con u…
―Hola, Elvira, la txikitina de la barra.
Le miré embobada, sabía que aquello no estaba siendo una coincidencia.
―Venga, que te invito a algo ―me dijo con naturalidad.
―No, si es que yo ya me iba ―nada más decirlo me mordí la lengua y me torturé pellizcándome, con disimulo, la pierna. Bien, que no cunda el pánico, si dice que es una pena y se queda en el bar es que el destino se ha estado descojonando de mí toda la noche, si dice que él también se va es que llevamos el mismo camino pero no será fácil, y si dice que me quiere acompañar significa que los reyes magos se han adelantado este año y me han traído al Paul Newman que les pedí.
―Mmm… bueno… pues… no sé, yo, la verdad, es que igual también me piro…
Al escucharlo me agarré el estómago porque no sabía si eran mariposillas lo que tenía dentro o que me estaba cagando de los nervios.
―Bueno, pues ya nos veremos por ahí ―le dije haciéndome la dura y me acerqué para darle dos besos mientras rezaba una y otra vez: dime que me acompañas, dime que me acompañas, dime que me acompañas, dime que me acompañas…
―Sí, ya nos veremos ―y me dio los dos besos―, pero oye… si subes podemos ir juntos, así me vas contando más historias de las tuyas.
Un golpe seco agitó todo mi cuerpo llenándolo de ilusión. Como una moto recogí mis cosas sin pasar por el baño, ya mearía en casa, y me despedí de todas mis amigas.
Me reencontré en la puerta con Paul.
―Venga, ¿qué más sorpresas guardas por ahí?, cuéntame algo ―dijo abriéndome paso entre la gente que esperaba fuera del bar para entrar.
―Pues… no sé… mmm… ah, sí, ¡mira!, sé hacer el caballo ―y le mostré mis labios pegados a las encías, todavía, resecas por el Redbull.
Paul se rió como un tonto. Yo le miré sin poder creérmelo, porque era la primera vez que los reyes magos me traían lo que les había pedido.

viernes, febrero 20

TOSHIBA DESTRUCTOR

Debido a un "problemita" técnico denominado: TOSHIBA SATELLITE U400, a este blog le es imposible continuar por el momento...

Mi querido Toshiba, ya nos veremos las caras...