viernes, septiembre 25

Nanga Parbat

―¿Cómo…? ―pregunté temblando.
―Me dijo que te llamó dos veces este verano y que no cogiste el teléfono, quería hablar contigo, me lo dijo, Elvi, de verdad, ha estado loco perdido, yo… no sé, no me quiero meter, pero… ―se justificaba una y otra vez Ankit.
―¿Con Anilah Raza? ―pregunté sujetando el auricular con las dos manos de tanto que temblaba.
―¿Por qué no le contestaste? Un mensaje, Elvi, ¿eh? Sólo necesitaba un mensaje para, no sé… para saber algo de…
―¿Con Anilah Raza?, por favor, Ankit… por favor, ¿con Anilah Raza?
―Sí…
―¿Cuándo?
―No lo sé, eso no lo sé…
―¿Cuándo, Ankit? Por favor, ¡¿cuándo?! ―pregunté derramando parte de la ansiedad que me estaba inundando lentamente.
―La fecha oficial no la sé, porque la celebran en Pakistán ―dijo liberando un suspiro contenido―, pero el diecinueve de diciembre es la recepción para los amigos en Singapur.

***

En la bandeja llevaba un cheese Naan y una coca-cola. Tuve que dar dos vueltas antes de encontrar una mesa libre. Eran las doce del mediodía y estaba a tope.
Cuando me senté llamé a Montse porque me acababa de mandar un mensaje.
―Uy, qué de ruido ¿dónde te pillo?
―En el Food Court de debajo de la escuela ―dije pegando un tarisco al aceitoso pan de ajo.
―¿El de Bencoolen Street?
―El mismo ―dije mordiendo otro poco.
―Bueno, Elvi, lo que te tengo que contar… muy fuerte, muy fuerte.
Esperé en silencio, Montse continuó.
―Hace una hora me llama la pedorra de Janine, la francesa, ¿sabes?, ¿no?, la de turismo del consulado francés, que parece la mismísima embajadora con esos aires que se da…
―Que sí, que sí, la hortera del bolso de lentejuelas.
―¡Ay, qué fuerte! ¿Te acuerdas?, vamos, dime tú, las cosas que no se vean en Singapur… porque si te cuento las pintas que tenía hoy una tía en el metro te…
―Montse, ¡quieres arrancar que sólo tengo veinte minutos para comer!
―Bueno, vale, pues me dice la chunga de Janine que te vio ayer entrando en la zona VIP de Attica de la mano del jeque entre los jeques: ¡Abid-Shah-Mir!
―¡Uy, uy, uy, uy! ―dije escupiendo el Naan sobre el plato. Del susto se me habían cerrado todos los conductos.
―Hace falta ser mala, inventarse tonterías para arruinar la reputación de la gente. Y ya ves, que el Mir está como un queso y quién pudiera, pero…
―Ya te digo, ya te digo, jo, vaya, vaya, cómo está el Mir ―dije en un intento vergonzoso de disimular.
―Pero, tía, no es cuestión, ¡hombre!, que todo el mundo sabe que está comprometido con Anilah Raza, y quita, quita, que los musulmanes son muy suyos, y a ver si por el rumor te vas a meter en un embola’o de no veas.
―¿Qué? ―pregunté estupefacta.
―Que eso, que la Janine es muy mala, que siempre...
―¡Que no, Montse, coño! ―estaba fuera de mí― lo de la Manila Reza ―dije esta vez intentando controlar la furia.
―¿Cuál? ¿Anilah Raza? Pues una preciosidad de Cachemira, de esas indias con los ojos verdes, ¿como las de Bollywood?, ¿sabes?, pues lo mismo, maja. Es hija de un armero multimillonario y viven en Nueva Delhi. Yo es que la conocí el año pasado, en una cena en la embajada de Francia, fui con Gérôme y estaba la Anilah con el Mir, pues… les tocó en la mesa de al lado y, para que veas, también estaba Janine, y también los vio, y aun así se inventa el bulo para hacerte daño, si es que…

Volví a la escuela y di las tres clases que me faltaban de cualquier manera. No me podía quitar de la cabeza lo insistente que había sido Abid con respecto a ocultar nuestra relación, es mejor ser discretos, me decía, Singapur es muy pequeño, me explicaba cínicamente, hasta que no formalicemos lo nuestro es mejor que nadie lo sepa, no lo comentes a tus amigos, por favor, tampoco a Ankit, me pedía una y otra vez. ¡Pero seré estúpida!, grité en mitad de la última clase con las quince caras de mis alumnos mirándome atónitos, estúpida… estúpida... porque no es la actividad de la página quince, no, no… es la de la dieciocho. No coló, claro que no coló.

Tomé un taxi y en veinte minutos me planté en la oficina de Abid.
Durante el camino había repasado una y otra vez el discurso. Tenía tanta rabia contenida que los diálogos se me escapaban en voz alta y el taxista me miraba con cierta preocupación por el retrovisor.
Con una falsa sonrisa sorteé la seguridad de la entrada, ya me conocían. A su secretaría le aseguré que el señor Mir me esperaba y sin más me colé directamente en su despacho, sin llamar si quiera.
Frente a él contuve la respiración. Sentía que me temblaba la boca. Nerviosa me acaricié el cuello con ambas manos e intenté decir algo sin mucho éxito. Estaba paralizada. Abid se asustó al verme así. Se levantó con rapidez de su mesa y se acercó. Qué pasa, loca, qué pasa, preguntó mirándome a los a ojos. Ay, no… así no vale, con él tan cerca no puedo pensar, no me mires así, Abid, no me mires así… Agaché la cabeza y me derrumbé llorando sobre él. Entre sollozos intentaba explicarme, describir una mínima parte de lo humillada que me sentía. Estaba abatida, me había creído un cuento de hadas por ser tan idiota. Cálmate, Elvira, por favor, cálmate… loca, mi loca… por favor, pero… cálmate… me decía Abid intentando tranquilizarme, no sé, pero parecía tan sincero...
Abid me abrazó y me juró y perjuró que su compromiso era un arreglo entre familias. Desde los dieciséis años sabía que debía casarse con Anilah, pero tan sólo se habían visto en seis o siete ocasiones y siempre en actos públicos. Lo miré y lo creí, no porque estuviera convencida de que aquello fuera verdad, sino porque tenía la inmensa necesidad de creerlo.
―Yo no contaba con esto, Elvira, no esperaba conocerte… créeme, por favor… ¿eh?, loca, mi pequeña loca…
Llamó a su secretaria y pidió que me trajera un té. Nos sentamos en el sofá. No dejaba de sujetarme la mano y pedirme perdón continuamente. Se lamentaba de haberme hecho tanto daño. Su secretaria abrió la puerta después de tocar y se acercó a nosotros con mi té. Abid le hizo un gesto con la cabeza para que saliera inmediatamente. Después, solos de nuevo, me preguntó con cierta inseguridad:
―¿Elvira, confías en mí?
―No lo sé… ―respondí.
Me pidió que me quedara allí, sin moverme. Me dijo que debía irse, que no sabía cuándo volvería, pero que por favor tuviera paciencia. Le vi marchar y cerrar la puerta detrás de sí. Miré a mi alrededor, me sentía muy incómoda. Contemplé detenidamente mi taza de té y lamenté que no fuera café. La dejé sobre la mesita y esperé. Había pasado más de una hora y seguía esperando. Podría haberme ido, sí, pero no tenía fuerzas ni para levantarme. Me había recostado a lo largo de todo el sofá y sentía pocas ganas de moverme.

Por fin, oí la voz de Abid llegar por el pasillo. Me incorporé y lo esperé de pie. Ya está, me dijo, ahora ya está todo, repitió nada más entrar en la habitación. Sin más explicación, Abid me dio la mano y me llevó a la planta de arriba. Cruzamos un luminoso pasillo y cuando llegamos ante una puerta me pidió, con el dedo en los labios, silencio. Guardé silencio. Abid entró dejando la puerta abierta. Habló con un hombre, no pude entender nada, era urdu. Poco después, Abid salió, me tomó de la mano y me invitó a entrar. Era un elegante despacho, con una alta biblioteca al fondo. Una alfombra desgastada colgaba al otro lado de la pared. A nuestra derecha, un hombre, no muy mayor, nos miraba detrás de su escritorio. Abid volviendo al inglés me dijo:
―Elvira, te presento a mi padre Shah Tajdar Mir.
No dije nada, no tenía palabras. No podía creer que Abid estuviera haciendo aquello por mí.
El hombre se levantó de su mesa y se acercó a mí. Me sonrió sincero y me tomó de las dos manos.
―Dicen que pequeños ríos pueden desplazar montañas pero tú ―hizo una pausa y miró a su hijo― acabas de engullir el Nanga Parbat.

***

Colgué el teléfono sin despedirme de Ankit y con una exagerada calma me senté en mi escritorio frente al ordenador. Coloqué derecho el teclado y miré al frente sin ver nada.
―Cariño, ¿estás bien? ―preguntó Kayla desde la puerta de mi despacho.
―Sí.
―Pues tienes una cara, guapa…
―Estoy bien, ciérrame la puerta, por favor ―y volviendo a la erguida posición de antes, esperé oír el click de la puerta al cerrarse. Click. Dejé caer borrachos mis párpados y me abandoné sobre la mesa tapándome la boca, para que Kayla no me oyera desde su despacho.

lunes, septiembre 21

Un día y dos vidas

Desde el pasillo vi que la puerta de mi despacho estaba abierta.
―Uy, ¿qué haces aquí? ―pregunté a Kayla que estaba pasando el dedo índice por el lomo de mis libros de la estantería.
―Hola, cariño… ―dijo sin despegar sus ojos ni su dedo de los libros―. Estoy… estoy buscando un manual… un manual… ―decía mientras parecía prestar poca atención a sus propias palabras―, vamos, un manual con actividades… esto del… pero de manera gráfica, ¿sabes?
―Pues… ni idea, Kayla ―y me reí sentándome en la silla de mi escritorio.
―Ay, mujer, esto del… lo del imperativo pero… pero, pero con… ¡mierda, no tienes nada! ―gritó dándose la vuelta y mirándome, por fin, de frente.
Levanté los hombros riéndome porque seguía sin entender qué era lo que realmente estaba buscando.
―Imperativo con verbos reflexivos ―explicó finalmente marcando cada una de sus palabras.
Abrí el primer cajón del escritorio y saqué una pequeña caja. Había viñetas plastificadas de una joven, en la ducha, limpiándose los dientes, secándose el pelo, frente a un sillón con un libro, en una discoteca, en su cama con un enorme reloj que marcaba las siete, y así hasta quince escenas.
―Divide la clase en grupos ―dije mostrándole la caja abierta― y a cada grupo da unas cuantas tarjetas. Han de tomar el rol de una madre desquiciada que da diferentes instrucciones, qué sé yo… por ejemplo, levántate, dúchate, o en imperativo negativo, pues… no te rías y estudia ―dije cogiendo una tarjeta en la que la joven se reía teniendo un examen con una D en la mano― o… bufff... no sé… no te diviertas tanto ―y señalé la viñeta de la discoteca.
―Ah, me gusta, me gusta...
―Cuando terminen, los grupos se intercambian las tarjetas y vuelta a empezar, vamos, que te puede llevar unos veinte minutos la actividad.
―Oh, cariño, eres un genio. Hasta me da tiempo de tomarme un café mientras tanto, ¿no…? ―dijo en un tono confidencial mientras cogía la caja de mis manos―. Bueno, ¿tú qué tal?, ¿cómo lo llevas?
―Pues, chica, muy bien, estupendamente, la verdad ―dije estirándome en la silla―. No sé, pero con mucha ilusión, creo que este año va a ser mi año. Seguro que al final una editorial se apiada de mí y me publica el libro, ¡lo veo, lo veo, lo veo! ―dije alzando mis manos en alto.
―Vaya, cuánto optimismo a las nueve de la mañana…
―¡Y conoceré a Ron Adkins!
―Y ¿ése quién es? ―preguntó Kayla asustada por mi enorme entusiasmo.
―Pues… no sé, digamos que es un importante ejecutivo de Chicago, no, no, ¡escritor!, sí, escrito de Nueva York pero instalado en San Francisco, sí… ¡eso!, y, bueno, nos conocimos en una firma de libros en Manhattan, moreno de ojos verdes…
―¡Ay, no! Negros, que expresan mucho más.
―Bueno, pues de ojos negros, entonces le pido que me firme el libro y me presento, porque yo también soy escritora, ¿sabes? ―pregunté a Kayla que me miraba con atención.
―¡Claro, claro!
―Escritora de cinco grandes best sellers, bueno, así que le digo que vivo en el Soho y que conozco un restaurante indio estupendo al que podríamos ir después de su firma.
―Ay, qué atrevida y ¿qué te dice?
―Que está muy ocupado y me devuelve el libro firmado.
―Vaya… qué soso…
―Pero mientras me tomo un delicioso espresso en esa cafetería tan de andar por casa, donde ya me conocen y me tratan como a una hija, en Little Italy…
―Que sí, que sí... pero ¿qué pasa luego?
―Abro el libro y…
―Ay, ¡dios mío!, ¡dime que no, dime que no! ―gritó Kayla pellizcándose los labios.
―Pues sí… además de su dedicatoria, me deja el nombre del hotel donde se hospeda...
―¿En el Hilton?
―Mmm… no, no… algo con más clase…
―¡En el Ritz de Central Park!
―¡Sí, perfecto!, bueno, y también me había escrito su teléfono móvil, así que lo llamo, entonces…
―¡Espera! ―Kayla dejó la caja de las viñetas en mi mesa, me miró fijamente y me habló con seriedad―. Cariño, vale, lo puedes llamar y puedes ir a su hotel, pero no te acuestes con él porque hasta la tercera cita eso está muy mal visto en América, y ya sabemos que a las españolas el sexo os pierde.
―Vale, no sexo ―respondí obediente.
―No, no sexo ―confirmó inmediatamente detrás de mí.
―Así que lo llamo y quedo con él para esa noche. Me voy a mi apartamento, bueno, a mi dúplex, ¿eh?, un gran dúplex del Soho, porque he vendido más de diez millones de copias de mi última novela, en tres meses, y ha sido traducida a treinta y cuatro idiomas.
―¡¡¿A treinta y cuatro?!!, ¡pero si ni siquiera sabía que existieran tantos idiomas en el mundo! Oh, cariño, pero qué orgullosa estoy de ti…
―Abro mi vestidor, mmm… bueno, tengo dos, ¿vale?, uno sólo para zapatos y el otro…
―Me encanta, ¿ordenados por colores u ocasiones?
―Ocasiones, bueno, pues eso, bla, bla, y me pongo… una sencilla camiseta blanca de tirantes de Donna Karan, una chaqueta beige, de ante, ceñida de Stella MacCartney y unos infinitos Levi Skinny desgastados, porque yo ya no mido un metro y medio.
―Ah ¿no?
―No, me operé en Los Ángeles, lo último en cirugía estética, hueso artificial en las rodillas, me estiraron hasta casi el metro setenta y cinco
―¡Wow! Debes llamar la atención…
―Sí… bueno, ¡imagínate!, tuve que dejar de usar el trasporte público porque era un acoso continuo el de los hombres, bueno y el de mujeres…

―Perdonad, chicas ―Luisa, jefa del departamento, estaba en la puerta con unos papeles en la mano―, Elvira, aquí hay quejas de once alumnos tuyos del grupo 203 de por la tarde ―dijo zarandeando en alto el taco de papeles―, dicen que no te entienden, que tus clases son muy difíciles y que los contenidos no se ajustan a lo que explicas en tu Syllabus, ¡chica, baja en nivel!, cuántas veces te lo he repetido, ¡esto no es Yale!
―Lo siento, Luisa, hablaré con ellos y llegaremos a un acuerdo ―dije resentida.
―De acuerdos ¡nada!, ¡lo bajas y punto! Ah, oye, ayer me reuní con el decano, y… lo siento mucho, chica, pero andamos en crisis, así que se te congela el salario, la subida que te habíamos prometido antes de verano, no va a poder ser, y tampoco te vamos a abonar el billete de avión de este año. Lo siento, guapa, pero ya ves que estamos fatal…
―Tranquila, lo entiendo ―dije tragándome un profundo suspiro.
―Bueno, pues os dejo ―dijo despidiéndose con los papeles―, ah, ¡oye, Elvira!, ¿este año vamos a conocer a tu novio español?, dile que se venga por Acción de Gracias, todos los años preparo una gran cena, estáis invitados.
―Oh… gracias, Luisa, pero hemos roto este verano.
―Ups…vaya, chica, lo siento ―dijo compareciéndose de mí y se marchó.
―Bueno… ¡Bienvenida a tu vida real! ―exclamó Kayla con los brazos en cruz.
―Gracias, Kayla, muy amable ―dije con desgana y le señalé la caja de viñetas, encima de mi mesa, para que no se le olvidara.
―Gracias, cariño. Oye... otra cosa… ni se te ocurra ponerte botas de tacón alto con esos Levi Skinny, te daría un toque muy ordinario, creo que unos botines planos de Christian Louboutin sería perfecto, ¡además!, ¡¡¡¿quién necesita tacones con tu metro setenta y cinco?!!! ―Kayla me guiñó un ojo y se fue con la caja bajo el brazo.

domingo, septiembre 13

P&P

Pola se recostó junto a una cáscara de pipa, estaba muy cansada. Dejó las migas de pan, que llevaba a cuestas, a su lado. Con un pequeño movimiento de cabeza intentó apartarse de la cara su antena derecha. La tenía rota, partida por la mitad, así que siempre se le descolgaba y se le metía en el ojo, era tan incómodo.
Sabía que tenía que llegar al hormiguero y descargar, era su obligación. Pero estaba tan lejos y tan alto... Con el dolor de patitas que tenía, subir aquella montaña le llevaría días. Se sentía vieja aunque no lo era. Se lamentaba de haber corrido tanto, tiempo atrás. Conocía prácticamente todos los hormigueros del jardín, hasta los más lejanos. Había trabajado y vivido en todos ellos. Y ahora no sabía a qué hormiguero pertenecía realmente, con su antenita rota se sentía tan y tan desorientada. Por eso que cada vez que veía una fila de hormigas trabajando, se unía a ellas sin pensar en dónde se metía, ni por cuánto tiempo.

Y ahora ya no podía más, iba a descansar un poquito, sólo un poquito, lo necesitaba.
Consiguió arrastrar una hoja de trébol y la colocó encima de la cáscara de pipa, ahora estaría más blandita y podría dormir. A Pola le encantaba dormir. Pero justo cuando estaba a punto de subirse a su pipa-cama:
―¡Espera! ¿Necesitas ayuda? Está un poco alta para ti, ¿no crees? Eres una hormiga muy pequeña.
Pola se dio la vuelta y vio a un joven y atractivo hormiga, cargado con mil pedacitos de galleta, aquello tendría que pesar una barbaridad, pero a él no parecía importarle.
―¡No! Puedo yo sola, gracias ―respondió molesta.
Pola intentó darse impulso con la ayuda de sus patitas, de su antenita, de su cabecita, de su cuerpecito entero pero nada. Así que tras trece intentos fallidos, resopló de medio lado dignamente para quitarse del ojo su antenita rota, se enderezó el esqueleto y dijo con aplomo:
―Bueno, en realidad no necesito descansar, así que seguiré con lo mío ―Pola recogió sus víveres y emprendió camino.


El joven y atractivo hormiga veía como Pola se tambaleaba con sus migas a cuestas. Por más que intentaba encarrilar su camino se iba hacia los lados descompensada por la carga. El joven la alcanzó y sin decir nada fue echándose a su espalda la mercancía de Pola. Ella, abatida, no se resistió y con un hundimiento de cabeza afrontó la derrota en un triste silencio.
―Mira, si a mí no me importa, ―dijo el joven con energía, en un intento de animar a Pola―, yo acabo de terminar mi descanso y te aseguro que ha sido muy largo, además, soy muy fuerte, ¿ves?, ¡mira, mira! ―gritó y empezó, con todo el peso que llevaba encima, a hacer flexiones con sus antenas.
Aquella fanfarronada divirtió a Pola que lo miraba agradecida.
―Me llamo Pol ―dijo el joven contento de verla sonreír.
―Yo Pola... ―los dos se rieron.
Y juntos emprendieron el camino. Hablaron mucho de esto y aquello. Era extraño cómo parecían divertirse tanto sin apenas conocerse.
Pero empezó a llover y a Pola le era imposible avanzar por aquel mar de tierra mojada. Pol le dijo que se sujetara fuerte a sus patas de atrás, y así lo hizo hasta que una gota de agua cayó sobre ella, aplastándola contra el suelo violentamente. El fuerte golpe le rompió definitivamente la antenita derecha. Pola, espachurrada en el suelo, miró su trocito de antena flotando en un charquito y lloró desconsolada. Ahora sí que no podría recuperarse a sí misma nunca. Pol la miró con pena.
―No llores... no llores así, venga… que te queda la otra… ―dijo.
Pola no reaccionó y siguió llorando, allí tirada, tiritando de frío.
Pol se asustó al verla así y pensó que no podrían llegar al hormiguero nunca. Así que después de reflexionar un rato, fabricó un carrito con pétalos de una diminuta margarita y desmembrando el tallo hizo tres correas con las que lo ató. Puso todos los víveres en la carretilla y se la colgó al cuello. Después, con infinita paciencia calmó a Pola y la subió con cuidado a su espalda. Por último, tomó del suelo la antenita rota y se la guardó en el pecho.


Anduvieron hasta llegar la noche. Ya habían alcanzado la montaña pero todavía les quedaba mucho camino para estar en el hormiguero. Pol decidió que debían descansar. Recostó a Pola sobre un vilano de cardo para que estuviera más cómoda y le dijo que volvería enseguida. Al de un rato regresó con sus patas delanteras manchadas de algo blanco y pegajoso.
―¿Qué es eso que llevas ahí? ―preguntó Pola.
―Nada, resina de Cedro ―contestó sin más.
Después se acercó a ella, acarició su cabecita y untó un poco del jugo blanco en su antena rota. Se dio la vuelta para que no lo viera Pola y de su pecho sacó el otro trocito de antena. Lo roció de igual manera con resina y se dio la vuelta. Ante Pola parecía un director de orquesta con batuta. Pola no dijo nada, estaba expectante. Pol unió el trocito suelto a su antena partida, lo apretó con fuerza durante unos segundos y después se apartó con cuidado no fuera a desmoronarse aquello.
―Bueno, ¿qué tal? ―preguntó emocionado Pol al ver que su invento, de momento, estaba funcionando. Pero al no oír respuesta miró a la carita de Pola.
Y es que a Pola se le caían los lagrimones porque no podía creer todo lo que estaba haciendo aquel joven por ella.
―No llores, tonta ―dijo Pol con mimo―. Anda y dime si sientes o percibes algo, ¿vale? ―y con una pequeña raíz, que encontró en el suelo, le tocó la antena.
Pola negó con la cabeza porque con la congoja seguía sin poder hablar.
―¿No? ¿Nada? Y, ¿ahora?―preguntó Pol volviéndolo a intentar desde otro ángulo.
Pola volvió a negar con la cabeza.
―Vaya, chica, lo siento… Hice bien en hacerme hormiga ingeniero y no médico porque te acabo de pegar una antena inservible.
Al oírlo, Pola rió con ganas durante un largo rato. Luego se tocó la antenita con precaución porque, aunque no le sirviera para nada, quería conservarla ahora que se había convertido en un regalo.
Pol, al ver a Pola tan ilusionada con su nueva antena, pensó en voz alta:
―Me siento tan bien contigo en estos momentos, en los que todo nos está yendo tan mal, que no me quiero ni imaginar lo que sentiré cuando lleguemos a la cima del hormiguero...
Pola no dijo nada, se volvió a tocar su frágil antenita chorreando resina y sonrió cómplice.

sábado, septiembre 5

Martín no es nombre para Santos

Martín llevaba sentado en aquel banco algo más de tres horas. La estación había quedado prácticamente vacía. El tren de las 20.15 horas recogió la poca gente que quedaba. Martín se metió las manos en los bolsillos, empezaba a tener frío. Las voces de Santos le hicieron reaccionar, giró la cabeza y vio a aquel hombre bonachón, vestido con un mono gris con letras desgastadas en la espalda que decían “Servicio de limpieza. RENFE”.
Santos estaba pidiendo a grito pelado que le devolvieran una de sus escobas, su compañero de trabajo se reía desde el andén de enfrente.
―¡La madre que te parió! ―volvió a gritar Santos―, ¡espérate a que salga Doña Tecla, cabrón!, ¡que te digo yo, que ésa nos manda a los dos a la puta calle!
Ambos rieron escandalosamente.
Martín volvió a fijar la vista en el segundo andén. Las vías pedregosas estaban llenas de basura, en realidad, había mierda por toda la estación. En ese momento, Martín pensó que los raíles tendrían mejor aspecto si aquel hombre se dedicara a hacer su trabajo, en vez de vociferar de andén a andén. Aunque, sinceramente, al chico le daba igual verlos con porquería que sin ella. La cuestión era tenerlos en el punto de mira.

Santos, por fin, recuperó su escoba. Recorrió el andén farfullando y restregando aquel escobón por las esquinas. Disimulaba barrer algo pero lo único que hacía era desperdigar los papeles. Llegó hasta el banco de Martín.
―¡Ey, chaval!, levantas los pies o ¿qué?
Martín hizo un amago de movimiento, pero apenas se inmutó. Santos, al ver la escasa reacción del joven, se dio cuenta de que aquel chico sentado era el mismo chico sentado de hacía más de tres horas. Así que, apoyándose sobre el palo de la escoba, le preguntó:
―¿Esperas a alguien?
Martín lo miró sin decir nada, no le apetecía demasiado hablar y menos con aquel hombre que parecía un poco pesado.
―¿Te gustarán las estaciones, no? ―continuó Santos―. Lo digo porque llevas tres horitas majas con el culo ahí plantado.
―Sí, mucho ―Santos se asombró, no esperaba encontrar respuesta a aquel comentario. La voz de Martín sonó grave pero muy suave. Era la típica voz gangosa de alguien que lleva horas sin abrir la boca.
―A mí también, pero, joder, después de tantos años trabajando aquí... ¡como que todo ahora me da por el culo! Pero esto se acabó, el próximo mes de enero me jubilo. ¡Sí, chaval, me jubilo! Puta estación... veintitrés años llevo barriéndola, barriendo y limpiando los putos cristales que ¡la madre que los parió, lo grandes que son los muy cabrones! Bueno... di que hace tiempo que ya no limpio los de arriba, jode tener que cargar con la escalera, y más a mis años. Di que a mi edad jode tener que hacer cualquier cosa, porque lo de recoger la mierda... ―masculló algo inteligible mientras se rascaba la entrepierna―. ¡Putas cáscaras de pipas! Las muy jodidas se meten entre los baldosines y no hay quién las saque de ahí ―Martín sonrió, aquello le hizo gracia―. ¡Vamos! que en un pis pas me ventilo lo de barrer el andén, porque ¡hala! cuando la encargada no está pues... ¡un kilo de mierda que va a parar a las vías! Si es que soy un tío listo, y con un par bien coloca’o. ¡Qué cojones, que yo ya he trabajado mucho! Además... ¡me tuve que tragar una guerra y una posguerra! Todo el santo día comiendo patatas, ¡putas patatas!

Comenzó a buscar algo en los bolsillos del mono. Sacó un paquete de Ducados.
―¡Oye, chico! ¿Te hace un pitillo?
―No, gracias. No fumo.
―Haces bien, chaval. Faustino... ―hizo una pausa mientras le daba la primera calada― ¡Sí, hombre! Un tiarrón calvete que trabajaba en el bar de ala’o, ¡oye! Como hay dios, le dijeron que tenía próstata y en dos días, no más ¿eh?, en dos putos días se murió el muy jodido.
―Pero, ¡hombre! El tabaco no provoca próstata ―dijo Martín realmente sorprendido.
―Algo le haría porque fumaba como un carretero el muy cabrón. Yo ya le decía, ¡Faustino! Que somos como grandes máquinas, pero cuando se nos oxidan las tuercas a tomar por culo, ¿eh, Faustino? Le decía yo, ¡ey, Faustino!, y el tabaco es el mejor oxidante para arruinarnos la máquina.
―Sí, pero usted sigue fumando ―a Martín aquel hombre empezaba a divertirle.
―Pues... ¡nos ha jodido el chaval! Tengo sesenta y cinco años, si no me mata esto lo hará la sal o el andar mucho o el no andar. ¡Vamos! que mañana mismo puedo morir de próstata por machacármela tanto. ¡Oye! Como no se sabe muy bien de dónde viene eso, pues ya ves, quién le iba a decir a Faustino que se iba a morir de un cáncer en los cojones. Además ―se sacó el cigarrillo de la boca, lo miró fijamente y se lo volvió a meter―, no hay ni un puto día que no le eche aceite a mis tuercas.
Martín sacó las manos de los bolsillos y tomó una postura más paralela a Santos.
―¿Aceite?
―¡Joder, chaval! Sí, ¡aceite! Cuando salgo del curro me voy al bar, al del difunto Faustino, por cierto, y ¡oye!, unos vinillos que me tomo. Porque dicen que hay que lubricar la máquina, y qué mejor lubricante que unos tintorros peleones.

Llegó un tren y Martín, evadiéndose por completo de la conversación, tomó su anterior postura clavando los ojos en él. Bajó la gente del tercer y cuarto vagón. Martín estudiaba perfectamente la situación. Ni siquiera, esta vez, las voces de Santos le hacían reaccionar.
―¿Qué pasa, cabrón? ¡Je, je, je! ¿Qué tal Carmen y el crío? Bien, ¿no?
De la locomotora asomaba un hombre de mediana edad con el brazo extendido y el pulgar hacia arriba.
―Todo fenomenal. ¡Bueno, Santos, recuerdos en casa!
El tren arrancó de nuevo. Martín lo seguía con la mirada sin parpadear ni un segundo. El tren se iba y su mirada con él. Santos tiró la colilla al suelo, colocó la escoba sobre la pared y se sentó junto a su joven y recién amigo.

―Disculpe, ¿los baños?
Ante ellos estaba una joven de no más de veinticinco años. Parecía algo nerviosa, tenía el pelo alborotado y sus manos no paraban de gesticular aunque no dijera nada.
―¡Sí, hombre! ―Santos se puso en pie y le señaló el camino―. A seguir así de buena, ¿eh, chavalita?
La joven ni se dio la vuelta. Martín agachó la cabeza.
―Menudo yogurín, ¿eh, chico?, qué par de tetas tan bien colocadas ―Martín se rascó nerviosa la cabeza, no le miraba―. Ésta, la verdad, es que tenía una pinta guarra... ¿a qué cojones crees que va al baño?, ya te digo yo que, como ésta, un montón al día. Se ponen cachonditas con el meneo del tren y luego... ¡hala!, al váter a hacerse un apaño. ¡Hay que joderse, con el apaño tan bueno que le haría yo!
Mientras se sentaba riéndose a carcajadas, le dio una palmada en la espalda a Martín, haciéndole cómplice de su hombría.
―¡Qué coño, chaval!, yo a tu edad follaba como un loco, claro que... luego llegó la guerra y, con ella, las pajas. Todo el puto día cascándonosla, porque en las trincheras ¡mucho tiempo muerto!... joder, nunca mejor dicho ―volvió a sacar otro cigarrillo―. ¡Puta guerra!, cada vez que me acuerdo... la gente andaba como una puta cabra, ya te digo, que yo me conformaba con mis pajas pero... qué coño, la gente dándose por el culo. ¡Cuánto maricón vi yo en la guerra! Había uno, creo que se llamaba Cosme... o... ¡vamos!, ¡no sé!, pero... la madre que lo parió, tenías que tener cuidado de no dormir cerca, porque si te descuidabas lo tenías a tu espalda poniéndote el culo como la bandera japonesa. ¡Menudo mariconazo estaba hecho aquél!
Martín se agachó para rascarse el tobillo, luego metió las manos en los bolsillos de la sudadera y, en un movimiento enérgico, volvió a sacar una de ellas para rascarse la cabeza.
―¡Coño, chaval!, para quieto que pareces que tienes pulgas.
―Me pica ―respondió Martín volviéndose a meter la mano en el bolsillo con curiosa lentitud.
―Y chico... yo reconozco que vosotros, los jóvenes digo, lo tenéis más jodido, porque con eso de las enfermedades y su puta madre, andáis con las fundas pa’trás y pa’lante, y uno se queda como dios haciéndolo a pelo.
Santos se reía mientras pasaba su brazo por los hombros del chico. Martín lo miró sin decir nada.

Un tren pasó sin parar por el andén de enfrente. Los ojos de Martín se clavaron en la máquina, lo vio llegar y lo vio marchar. Él seguía allí, sentado al lado de un hombre al que no conocía de nada y que le agarraba como a un viejo camarada.

―¡Santos!, en cuanto pueda, haga el favor de venir.
La mujer quien gritó aquello estaba perfectamente uniformada como la encargada de la estación. Santos la miró y le hizo una seña levantando el brazo.
―Doña Tecla... la madre que la parió... ―susurró a Martín en tono confidencial―. A ésta lo que le pasa es que folla poco… Cagüen la leche, y yo que estaba aquí de puta madre ―poniéndose en pie con cierta torpeza, le dio a entender a Martín que volvería en un momento.

Martín observaba la situación desde el banco. Santos y aquella mujer se habían enfrascado en una ruidosa discusión y el eco de la estación vacía repetía sus voces. Al chico parecía divertirle la escenita, hasta que oyó llegar un tren a lo lejos. Era su tren. Ya era tarde y tenía que marcharse. Se levantó y, muy despacio, se colocó al borde del andén. Echó una mirada atrás y volvió a ver la escena de gritos entre su amigo y la encargada. Santos dejó a un lado su discusión y con un ¡Venga, chaval!, hasta otra, se despidió de Martín. El chico apenas esbozó una sonrisa. Dio un paso hacia adelante y su cuerpo cayó torpemente sobre las vías. Un grito, un chirriar de hierros y una estación en silencio. Santos ya no discutía.

domingo, agosto 30

Carlota

Al levantarme lo he visto todo de un color verdoso con pequeñas motas. He pensado en un repentino cáncer de ojo, lo digo porque en mi familia hay un largo historial de cánceres.
La tía Rosi murió a los ochenta y tres años de cáncer de boca. No sé muy bien cómo sucede eso, pero lo cierto es que la mujer no callaba, igual tuvo algo que ver. Me cuentan que mi padre pasó a mejor vida por un cáncer de pulmón, era la tabacalera personificada, por lo que dicen, porque yo a mi padre casi ni le conocí, de oídas, algunas llamadas y pocas fotos.
Yo fui un engendro de hija, con esto no es que quiera coronarme de..., ¡hombre! muy mona no soy pero, como decía mi abuela, tengo estilo en las venas. La cuestión es que fui la consecuencia del deseo de desvirgarse de mi madre. Se ve que a los veintiuno estaba un tanto preocupada por el hecho de tener la telilla intacta y, por decirlo de alguna manera, pidió ayuda a su mejor amiga. Ésta, por supuesto, no fue quien le hizo el favor, pero sí quien le prestó a su novio Cristo, es lo que digo yo, menudo cristo se armó cuando mi madre después de sentirse liberada de su virginidad se enteró de que yo venía de camino pero, es más, yo venía de la mano de una hermana. Ni unibitelina, ni bibitelina, ni nada por el estilo, que Cristo también desenfundó de muy buenas maneras su pistolón dando en el blanco de su novia.
Por lo tanto, tengo una hermana dos semanas más pequeña que yo. Se llama Diana. Supongo que se lo pusieron por la buena puntería de nuestro padre.
Recuerdo que nos llevábamos muy bien. Decíamos ser gemelas, porque las dos hemos heredado una impresionante nariz y un pelo coñete que tira pa’trás. Ella tiene los ojos más claros, pero decía mi abuela que los míos son más expresivos.
Nuestras madres respectivas siguieron llevándose como uña y carne, porque aquello no fue más que la repartición a medias del pastel. Diana y yo las guindas.
Hace tiempo que no sé nada de ellas. Diciendo ellas me refiero a mi hermana, su madre y la mía propia. Se fueron para cantar karaoke en algún casino de Las Vegas, es lo que me contó mi abuela, pero yo creo que mi madre padeció el cáncer de hija. Los primeros síntomas son la retirada de la regla durante escasos nueve meses, después es cuando brota el tumor. Lo peor de todo sucede con el paso del tiempo, porque éste se desarrolla a marchas forzadas dándote un sin fin de problemas, pero lo que más debe de doler, según las mujeres que lo padecen, es la falta de libertad. Por ello que mi madre aprovechó un día en que su bulto cancerígeno, de nueve años y apenas treinta kilos, estaba dormido para coger las maletas y largarse. Aseguran que es la única manera de superar la enfermedad. ¡Ahora!, supongo que lo de Las Vegas me lo diría mi abuela para darle un poco más de categoría a tan ruin abandono, porque imagino que no llegarían más allá de Torrevieja, para animar a la juventud del inserso en verano.

Así que cada vez que me levantaba y lo veía todo como chiribitas, cerraba los ojos, contaba hasta cinco y llamaba a mi abuela para que viniera. Cuando abría los ojos la veía frente a mí con los brazos extendidos y levantando los dedos. A veces sólo levantaba dos mientras que otras eran casi todos.
―¿Cuántos hay, nena?
―Tres en la mano con la que se escribe y cuatro en la otra.
Luego mi abuela miraba sus manos para contarlos, porque con las prisas ni se había dado cuenta de los que tenía arriba o abajo. Sonreía y me daba un beso en cada ojo, ya estás curada, me decía. Luego comenzó a ser más difícil acertar, la artrosis de mi abuela era galopante y vete tú a saber si aquel dedo un tanto retorcido estaba subido o no.
Pero hoy no la tengo para que me muestre sus manos, murió. Creímos que fue por un cáncer de boca al igual que su hermana Rosi, pero resultó ser una carie que le agujereó el cerebro.

Así que no me queda más remedio que abrirlos yo sola, me da miedo, porque... ¿y si resulta que los abro y sigo viendo esas estrellitas deformadas?

Recuerdo el verano en que murió mi abuela. Me fui a la casa de mis tíos en el pueblo.
Mis tíos debieron de ser gente normal en un principio. Mi abuela hablaba de su hijo en dos facetas, una con añoranza y mimo y otra con auténtica indiferencia. Lo cierto es que era un hombre gárrulo y desagradable a la vista. Se llevaba mejor con los cerdos que con la gente a excepción de su mujer, pero la verdad es que era una auténtica porcina. Estuve allí todo un verano. Cuando volví besaba la taza del baño, porque aquello de ir a echar el meo al gallinero hoy, todavía, lo recuerdo como un verdadero trauma. Tenía el culo morado de los picotazos de las puñeteras gallinas. A veces, creyendo tener controladas a las gallinas, era el cerdo el que metía un bufido, yo me subía escopetada las bragas y salía corriendo. Claro que para cuando me daba cuenta ya me lo había hecho todo encima.
Y... ¿qué decir de Benigno? Amigo de mis primos. Con encías moradas, cuatro dientes en total, cojo porque se había cortado los dedos del pie derecho con la azada y por supuesto olía a au’de cabra. Pues el tal Benigno, Beni para los amigos, se me declaró con una sarta de chorizo en una mano y cinco morcillas en otra. Me dijo algo así como que yo-ser-mujer-de provecho. No sé si se referiría a que estaba a punto para ser llevada al matadero, la cuestión es que lanzó las morcillas al aire y me agarró de una teta. La situación era la siguiente: el Beni, frente a mí, sonriéndome con la boca mutilada además del pie y con una sarta de chorizo en la mano, agarrándome con la otra la teta como si fuera una ubre de vaca. Le di tal gallinazo en la cara, que tuvo que añadir una tara más a su listado, tuerto. En poco tiempo me escapé y volví a la ciudad.

Ha pasado tiempo desde entonces. Al principio me sentía un tanto sola, toda mi familia se esfumó con el cáncer y me dejaron sin saber muy bien qué hacer. Ahora creo estar mejor pero sigo teniendo miedo, ese miedo por abrir los ojos y sentirme enferma.
He trabajado mucho desde que vine del pueblo. Tengo dieciocho años, las manos amarillas de tanto fregar y vivo en una habitación alquilada y ahora no me apetece abrir los ojos y saber que me puedo morir. Porque, aunque no se oiga mucho, existe el cáncer de ojo. Primero te va comiendo lo blanco del ojo hasta llegar a la cosita negra del centro y debes de sentir un dolor muy fuerte porque es cuando te mueres.
Yo debo tranquilizarme, respirar hondo e imaginarme los dedos artríticos de mi abuela frente a mí.

―¡Niña! ¡Sal a echarme una mano!
―¡Dios mío! ¡No veo! ¡No veo nada! ¡Todo, todito negro! ¡Ay Virgen!, que me voy a morir, que no hay claridad en mis ojos, ni en mi cabeza. ¡Dios! ¿Por qué?, me asusta tanta oscuridad... ¡No me gusta el negro! ¡Quiero luz!... porque tengo mucho miedo… ¿Dónde estás, abuela?, ¿por qué dejas que me pase esto? ¡Me quedo sola y ciega! ¡Ay, Virgen!, regálame otros ojos pero no permitas que este cáncer acabe conmigo, te prometo que cuando...
―Pero ¡Niña! ¿Qué puñetas estás farfullando?
―¡Ay, ay doña Pruden!, ¡ay, doña Pruden! Que, al oírla gritar, abrí los ojos de sopetón y... ¡no veo, doña Pruden!, ¡me quedé ciega! ¡Dios...!
―¡Nos ha jodido! Pero... ¿qué cojones vas a ver? si san salta’o los plomos y ¡aquí no hay carajo que vea nada! ¡Pa’eso te llamé, criatura!

¿Los plomos? La Pruden dirá lo que sea pero si no estoy muerta, ¿cómo es que la puedo ver? Sigue igual, nada le ha hecho cambiar. Un día creí haber olvidado su cara pero ahora que la veo es imposible no recordarla siempre.
―¿Cuántos hay, nena?
―Tres en la mano con la que se escribe y cuatro en la otra.
―Ya estás curada.

· Finalista en el II Certamen de Relatos Cortos del Ayuntamiento de Sestao (1998)

viernes, agosto 28

Del verano al infierno hay un paso

No estaba siendo mi mejor verano.
Cogí con desgana el cepillo de dientes, un par de tangas y las metí en el bolso. Después rebusqué en el fondo y al palpar el estuche de las lentillas y las gafas, lo cerré y me lo colgué del hombro.
―¡Me voyyyyyyyyy! ―grité desde la puerta de mi habitación.
Mi madre salió al pasillo.
―Muy bien, hija, no vengas tarde.
Mmmm… ―comencé rumiando la explicación que debía darle―, es que… no creo que venga a dormir, me quedo con Pedro, ¿vale? ―puntualicé con una fingida naturalidad.
―¡Me estás cansando! ¡Elvirita, guapa!, ¿eh? Me estás… me estás… ―cerró los ojos y apretó un puño en alto― ¡hinchando las narices!, ¡te lo advierto!, estoy de tu veranito hasta los mismísimos cataplines. ¡Qué asco de cría!, ¡que no sirves para nada!, ¡qué asco, de verdad, qué asco! Me ves que me paso todo el día derrengada, al cuidado de tus abuelos y tú sin mover un dedo, porque toda tu vida has sido una egoísta, ¡una E-GO-ÍS-TA, egoísta y caprichosa! ―abrió los ojos y bajó el tono de voz―. No has salido a tus hermanos, no señor, ellos están todo el día preocupados, pendientes de mí, pero tú… ¡Tú eres mala, mala y egoísta!
―Pero si son las ocho de la tarde y me he pasado el día…
―¡Vete a la mierda!, ¡anda!, ¡vete a la mierda! Y ¡déjame tranquila!, ¡que estoy muy cansada de ti!, ¿eh?, ¡a ver cuándo coño te largas y no vuelves! ―siguió farfullando no sé qué y se encerró en el baño.

Llevaba en casa de mis padres algo más de dos meses por vacaciones de verano. Había decidido no viajar, quería disfrutar de Bilbao. Trabajando en Estados Unidos me fascinaba la idea de pasarme tres meses en Bilbao. Iba a ser genial, me decía poco antes de tomar el avión en Huntington. Qué ingenua…
Al llegar a Bilbao, decidí ayudar a mi padre en la edición de unos mapas, para la publicación de su próximo atlas histórico de Vascongadas. Me enrolé en un voluntariado dando clases de español a inmigrantes en una ONG. Me turnaba con mi madre y mis tíos para cuidar a mis abuelos e intentaba, malamente, llevar una relación con Pedro, que desgraciadamente estaba haciendo aguas.
Aun así, para mi madre era la viva imagen de Damien, y yo estaba agotada de escucharla día tras día. Sabía que mi madre era una bellísima persona pero también sabía que a veces el rol de madre le quedaba grande. Mi autoestima estaba de capa caída, sólo contaba los días para salir de aquella casa.

Todavía paralizada en medio del pasillo, decidí contar hasta cinco y arrastrar mis pies hacia el hall.
―¡Elvira, Elvira! ―gritó mi padre desde su despacho.
Respiré hondo y me planté delante de su puerta que estaba cerrada. Preparé mis nudillos y toqué. Toc-toc-toc. Cuando éramos pequeños nos prohibía entrar sin pedir permiso. A día de hoy seguía tocando de forma obediente, aunque no sé si tenía mucho sentido.
Asomé mi cabeza.
Elvira, hija, ¿sales ahora?
―Sí… ―dije con cierta inseguridad temiéndome qué provocaría mi respuesta.
Ah, estupendo, pásalo bien pero antes déjame encima de la mesa la anotación corregida desde el mapa 467 al 504 ―dijo sentado detrás de la enorme mesa y con las manos bajo su canosa barba.
―¿Qué…? ―pregunté sudando.
―Los mapas, hija. Este viernes he quedado con el editor, vamos a ver cómo queda la primera parte.
Dejé con lentitud el bolso en el suelo y me apoyé en el quicio de la puerta.
―Verás… ―dije con enorme esfuerzo― no… no… no los he terminado.
Mi padre tardó en contestar.
―Bueno, pues dame lo que tengas.
No tenía nada. En las últimas semanas no había avanzado nada, me era imposible concentrarme delante del ordenador.
―Mejor el jueves… ¿eh? El jueves te lo entrego todo, ¿vale?
Mi padre chasqueó los dientes y asintió con la cabeza sin decir nada más. En silencio también, cogí el bolso, cerré la puerta y salí de casa.

Una vez en la calle, sentí vibrar el móvil. Era Marieta.
Dime, loca ―contesté esperando el semáforo.
―A ver, enana, hemos quedado a las nueve y media en la terracita del Socaire.
―Ya… vale, pues no, no, no puedo, he quedado con Pedro ―dije cruzando en rojo.
―¿Duermes en su casa?
Buff… no creo, mi madre me la ha vuelto a liar ―le expliqué resoplando.
Elvi, ¿ya le has recordado a tu madre que hace casi treinta años que hiciste la primera comunión?
Pssss… ya sabes cómo es, además vivo en su casa así que… es lo que hay.
Elvira, sinceramente, estás en una situación en la que vas a tener que elegir: o tu madre o Pedro y... entre tú y yo, ¡Pedro está bastante más bueno! ―y se rió como una idiota de su propio chiste, yo también. Después añadió―bueno, tú disfruta y mañana quedamos sin falta.
―Mañana no puedo, tengo que estar en el hospital con mi abuela para darle la comida y la merienda. Y por la noche tengo que trabajar en los mapas de mi padre, que los llevo fatal.
―Jo, neni, pero si no te vemos el pelo.
―Sí, ya… bueno, este finde seguro, que me apetece mucho salir.
―¡Ya! Luego llegará el sábado y nos dirás: es que… jo… me da pereza…―dijo imitándome con voz de niña tonta.
Me reí y me despedí de ella prometiéndole que iba a cambiar.

Entré en el coche de Pedro que estaba esperándome en la esquina de la calle.
Me besó, yo apreté los labios. Ay, qué pesado, le dije. Qué guapa estás hoy, me dijo. ¿Guapa?, pues con qué poco te conformas, contesté. Con demasiado, me dijo, con demasiado, repitió. ¡Anda!, ¡que no seas pesado!, y ¡vámonos ya!, dije impaciente. ¿Cenita en mi casa y luego un poco de sofá?, ¿eh?, me preguntó con cara malo. ¡Noooooo!, que se nos hacen las mil y hoy tengo que dormir en casa que está mi madre que trina, así que unas cañas en algún sitio y ¡hala!, ¡me llevas a casa!, dije yo. Vamos, no seas tonta… quédate a dormir en mi casa, pero si en tres semanas te vuelves a Estados Unidos, ¿qué más dará lo que diga tu madre?, me dijo. ¡Qué fácil lo ves todo!, ¡qué fácil!, ¿no?, claro, como Pedrito ha tenido unos padres que le han consentido todo, pues, ¡hala!, ¡hago lo que me da la gana!, ¡pero yo tengo responsabilidad y mapas!, ¡muchos mapas que hacer!, ¡mapas!, ¡mapas!, grité. Sólo digo que… venga, vente a casa, que te hago un masaje, y si quieres vamos a recoger tu portátil y yo te ayudo con los mapas, ¿eh?, ya vas a ver cómo después te sientes mejor, me dijo. ¡Que no!, ¡que no!, ¡que NOOOOOOOO!, ¡que me agobias, Pedro!, ¡que no sabes cuánto me agobias!, ¡además tú no tienes ni idea de anotar mapas!, ¡que no!, ¡te estoy diciendo que nooooo, que no puedo!, ¿vale?, eres tan insistente que me agotas, ¡me agotassssssss!, le grité.

Pedro se acomodó en su asiento, miró al frente y puso las manos en el volante.
Elvira, me estás machacando y ya no aguanto más ―dijo con una escalofriante seriedad―, sé que no estás pasando por un buen momento, pero lo que no es justo es que proyectes sobre mí toda tu mierda y… ―giró la cara y me miró― me estás haciendo daño, Elvira, mucho daño.
Lo miraba sin decir nada. No me dejes, Pedro, por favor, no me dejes, que sin ti la soledad me quema, suplicaba en absoluto silencio.
Elvira, te digo en serio que me pareces una tía alucinante, nunca he conocido a nadie como tú, de verdad… pero esta relación ya no es saludable, yo… ya no puedo más… ―se le humedecieron los ojos―. Elvi, necesito alejarme un poco de ti, porque esto no va… ya no va ―después de quedarse en silencio un largo rato, me preguntó con cierta angustia― ¿No vas a decirme nada?
―No ―contesté de manera seca pellizcándome un muslo para evadirme de la enorme tristeza que estaba sintiendo en ese momento, y pensar sólo en el dolor físico de mi cuerpo.
Abrí la puerta del coche y salí.
Txiki, yo te quiero… ―me dijo antes de cerrarla.
Ni le contesté, ni me di la vuelta siquiera para mirarlo. Me aferré a la correa de mi bolso con ambas manos, caminé erguida mientras sentía cómo se me dislocaba el alma. Ya no me quedaba nada.

lunes, junio 1

Telmo

―Hija, de verdad, contigo no sé cómo acertar, no sé, no sé… Mira el disgusto que te estás llevando ahora, ¿cómo te lo iba a decir estando en China?
―¡Pues diciéndomelo, ama, diciéndomelo! ―dije terminando con un chasquido entre dientes mostrando mi absoluto malestar.
―¿Te preparo un poco de café?, ¿eh?, sí, te voy a preparar un poquito de café como a ti te gusta, con sal, ¿verdad? Bueno, tú eres la experta, a mí siempre me sale como un churro, es de las pocas cosas que haces mejor que yo… ―sin callar, mi madre llenaba de agua la cafetera italiana.
―Y, ¿de qué murió? ―pregunté con la vista fija en el frutero del centro de la mesa de la cocina.
―La sal, ¿la pongo antes o después de echar el café? ―la miré seria sin decir nada―. Mujer, si es que todo ha sido tan trágico que yo no sé, de verdad te digo que no sé cómo pudo pasar algo así. Pues hija, se ahogó, se ahogó, allí… se ahogó, pobre Edurne, pobre, pobre, pobre Edurne...
Un escalofrío me congeló la sangre. Mi madre continuó al ver que seguía sin decir nada.
―Se ve que fue a sacar a su sobrino, el mayor, el de ocho años. El crío se debió golpear contra el bordillo de la piscina o qué sé yo, vamos, que al final fue el marido de su hermana quien se dio cuenta y sacó a los dos. Los dos muertos… Cosas, hija, cosas que pasan que nadie puede dar una explicación, unos dicen que del disgusto de ver a su sobrino flotando le dio un ataque al corazón, otros que fue por un corte de digestión, otros que se golpeó la cabeza… qué se yo… Nadie entiende cómo no pudo sacar al crío…
―Dios santo… ―me sujeté la cara entre las manos, respiré con fuerza pero el aire me parecía insuficiente―, dios santo, dios santo… ―repetía ausente.


―¡Abre, abre, abre, abre, abre, abreeeeeeeeeeee! ―gritaba, muerta de miedo, arañando el cristal de la puerta de la cocina. Con cinco años era tan pequeña que ni poniéndome de puntillas llegaba a la manilla de la puerta.
―¡¿Ya estamos otra vez?! ―preguntó enfadada mi madre abriendo la puerta.
Entré corriendo metiéndome debajo de la mesa. Seguía gritando y dando saltitos.
―¡Sal de ahí ahora mismo! ¡Elvira, haz el favor! ¡Sal de ahí!
―No, no, no, no ―negaba a mi madre con súplica.
Mi madre se agachó y me cogió del brazo empujándome con fuerza hacia fuera, consiguió sacarme arrastrándome por el suelo.
―Hija mía, no tendrás cojones pero sí sitio para colocarlos, ¡la madre que te parió! ¡Elvira, que me tienes harta ya! ¡HARTA!―gritaba mi madre en un intento vano de levantarme del suelo.
―¡No, no, no, no, el señor, el señor del reloj, el señor! ―berreaba desde el suelo con el miedo todavía metido dentro.
―¡Y dale!, ¡y dale la murga con el señor de los cataplines!, pero, ¿qué señor, hija?, ¿qué señor? ¡Edurne, Edurne!
Edurne salió del cuarto de la plancha y entró corriendo en la cocina con el delantal a rayas. Con respeto pidió a mi madre que me soltara, después con su enorme cariño me susurró ternura al oído y, como fierecilla abatida, me dejé coger en brazos.
―¡Mira, llévatela de aquí! ―escupió mi madre a Edurne con ganas de perderme de vista.
Edurne sosteniéndome en brazos me iba besando la cabecita mientras recorríamos el largo y oscuro pasillo.
―A ver, Bichito, ¿dónde está ese señor?
Sin levantar la cabeza de su hombro le señalé el final del pasillo.
―¿Señor? ¿Señor, está usted ahí? Mira, Bichito, que no hay nadie, el señor ya se ha marchado.
Todavía con miedo levanté la cara embadurnada en mocos y miré a mi alrededor, seguía el dedo de Edurne que me indicaba que allí no había nadie más que ella y yo. Ni rastro del alto hombre con bigote, traje gris y sombrero. Ni rastro de su mirada vacía al frente del pasillo. Ni rastro de su enorme mano sujetando el viejo reloj de bolsillo. Ni rastro del aire helado que traía su presencia.
Unas semanas más tarde Edurne entró en mi habitación cargada con ropa limpia y planchada. Mientras la iba colocando en mi armario me preguntó:
―¿Qué haces, Bichito?
Estaba en medio de la habitación hablando a mis doce muñecas, perfectamente colocadas frente a mí.
―Estamos en el cole, yo soy la seño ―respondí con una gigantesca sonrisa que casi me daba vuelta a la cara.
Al escucharme, Edurne se apresuró a colocar la ropa de cualquier manera dentro de mi armario y después se sentó frente a mí. Se hizo un hueco entre mis muñecas apretujándolas hacia un lado.
―¡Seño, seño, seño, a jugar, seño! ―gritó Edurne viviendo apasionadamente su papel de niña de cinco años.
―No, no, a pintar, niñas ―y fui repartiendo papelitos de colores a cada una, después me di la vuelta y dejé un último papel en la esquina de la derecha.
―¿Y ése? ―preguntó Edurne con curiosidad de adulto.
―Es para Telmo ―respondí sin darle mayor importancia.
―¿Es tu amiguito invisible?
―Noooooooooo, ¡está aquí! ―dije señalándole la esquina tan muerta de risa que me tumbé en el suelo panza arriba. Qué tonta Edurne, mira que decirme si eres mi amigo invisible, qué tonta.
Telmo estaba como casi todos los días sentadito en la esquina, empapado con su traje de baño. Siempre miraba al suelo y con las manitas arrugadas intentaba quitarse el pelo de los ojos porque mojado le molestaba mucho. Tenía los labios morados. Me gustaba cuando temblaba fuerte, fuerte, porque yo me ponía a su lado y lo imitaba: brrrr, brrrr, brrrr, qué frío, qué frío, Telmo, brrrr. Me reía mucho, él también.
Un día de esa misma semana, Edurne corría detrás de mí por toda la casa pretendiendo que me pusiera el pijama y me metiera en la cama. Cuando ya me hubo cazado detrás de las cortinas del despacho de mi padre, me llevó a mi habitación. En la cama me deshizo las dos coletitas y me repetía una y otra vez que cerrara los ojos, yo me moría de la risa, no sé de dónde sacaba tanta paciencia aquella mujer. Pero de pronto miré a la esquina, levanté los hombres y dije a Telmo que no lo sabía.
―Elvira, no me gusta que hagas eso.
Edurne sólo me llamaba Elvira cuando estaba realmente enfadada.
―Pero es que no lo sé ―dije esta vez mirando a Edurne creyendo que ella también había oído la pregunta de Telmo.
Edurne me sujetó las manos con seriedad y me explicó que el señor del reloj y Telmo sólo existían en mi cabeza y que no podía contárselo a nadie porque la gente podría hacerme mucho daño. No entendía muy bien sus palabras así que insistí en lo mío.
―¿Te vas a meter al agua?
―¿Cómo? ―Edurne parecía asustada.
―Dice Telmo que si te vas a meter al agua.
―Elvira, deja de hacer eso, por favor…
―Es que dice que si lo haces, luego él no va a poder sacarte porque pesas mucho, ¿te vas a meter al gua?, ¿te vas a meter?


―Anda, bébetelo ―dijo mi madre dejando la taza de café sobre la mesa―, y no piensas más, sólo Dios sabe qué pudo pasar en aquella piscina.

lunes, abril 27

La becaria

Había un ritmo frenético en la redacción del periódico. Unos por aquí, otros por allá. Félix, columna tres, ¡qué chapuza es ésta, joder! No, cariño, que llegaré más tarde, venga te dejo, que estamos a tope. La puta virgen y todo su séquito, ¡¿dónde cojones está Aurora?! Iñaki, Iñaki, en diez minutos te quiero ver en la diputación, se acaba de liar una gorda. Pero, ¡la madre que os parió a todos!, ¿por qué nadie repone el papel de la fotocopiadora? Veinte líneas, veinte putas líneas te he pedido, ¡la ostia, que ni eso sabes hacer! Queréis pedirle a la becaria de mis huevos que se esté quieta, ¡ostias!, ¡¡¡que deje ya los putos periódicos!!!
Este último era Carlos, jefe de la sección local, mi jefe.
―Elvira, que pares, coño… que pares… ―me sermoneó un compañero sin demasiado entusiasmo.
Es que me moría de ganas por participar en esa vorágine, y como no tenía trabajo asignado llevaba una hora corriendo por toda la redacción, tomando y dejando viejos periódicos de una mesa a otra. Ahora los pongo aquí y ahora me los llevo como un rayo a la mesa de enfrente, y ahora corre, corre, a la sección de deportes, los dejo y me los vuelvo a llevar a internacional, a cultura, a infografía y rápido, vamos, vuelve a local. Sí, desde hacía tres meses era la becaria con menos luces que había pasado por el Crónicas Bilbao.

Empecé psicología, lo dejé y me metí en hispánicas en Deusto, en menos de dos años me expulsaron por inútil. Intenté convencer a mis padres de que quería ser actriz y les juré que, si confiaban en mí y me pagaban un curso de interpretación en Madrid, antes de los veintidós les llevaría un Goya a casa. Mi padre me aconsejó que jurara menos y que me tomara en serio los estudios de filología en la universidad pública, si no quería terminar desheredada.
Tres años después, aprobando milagrosamente unas veinte asignaturas por año, ocurrió lo inimaginable por todos: terminé la carrera. Era filóloga o por lo menos eso decía un papelito con el sello de la universidad y la firma del rector. No tenía muy claro que yo sirviera para la enseñanza y mucho menos para la investigación, así que decidí estudiar otra carrera. Pensé que mientras estudiaba tendría tiempo suficiente para descubrir la utilidad del latín vulgar y centrar mi futuro. Elegí periodismo, siempre me gustó la Rana Gustavo porque era el reportero más dicharachero de Barrio Sésamo.

Todavía no eran las once de la mañana y yo ya estaba en el periódico, nunca perdía la esperanza de ser algún día útil. Me saqué un café de la máquina. Mientras daba vueltas al azúcar con el palito de plástico, oí a mi jefe cagarse en la becaria. Me bebí el café de trago y me planté delante de su mesa.
―¿Y tú qué ostias quieres? ―preguntó mi jefe levantando la cabeza de entre los papeles de su mesa.
―Que soy la becaria, que creo que me estabas llamando, soy… soy… Elvira.
―Joder, ¿Elvira?, ¿qué pasa, que tus padres no te querían para ponerte semejante nombre? ―dijo sin ocultar la risa.
―Bueno, no, no sé, pero es que mi madre estaba muy unida a su abuela que se llamaba así y le prometió que a su hija le pondría Elvira, y bueno… ¡pues aquí estoy!
―Hay que joderse, pues el amor de tu madre te ha coronado de mierda, hija, Elvira, puffff… manda huevos.
Me costaba mucho aguantarme la risa. Carlos se creía la viva imagen de José Coronado en Periodistas, pero por lo pronto le faltaban treinta centímetros de altura y los bífidus activos.
―Bueno, mira, también has estudiado filología, ¿no?
―Sí, sí, sí, sí ―dije orgullosa porque lo mío me había costado.
―Ya, se nota, escribes como el culo pero por lo menos no cometes faltas de ortografía, bueno… y el reportaje del mapache no te quedó del todo mal, así que mira, Elena, te voy a…
―Elvira ―le corregí rápidamente.
―Hija, créeme, llamándote Elena te hago un favor ―y soltó una sarcástica carcajada de medio lado―. Bueno, a lo que vamos, que creo que puedes entrar en el equipo electoral.
Me llevé las manos a la boca, no podía ocultar mi excitación. Iba a formar parte del equipo electoral, del equipo electoral, ¡equipo-electoral!
―Bueno, cuando te tranquilices y dejes de hacer esos putos aspavientos, vuelves y te explico en qué consiste tu trabajo, ahora largo de aquí que me estás poniendo enfermo.
Fui corriendo al baño porque de la emoción me estaba meando y luego llamé a Marieta desde la mesa.
―Tíaaaaaaaa… ―dije en tono susurrante tragándome el auricular, no quería que la gente me oyera―, tía, tía, tía, tía que estoy en el equipo electoral, me lo acaba de decir la versión pigmea del Coronado.
―Tía, tía, ¡no!, ¿en el equipo electoral?, ¡no!
―Sí, tía, sí, sí, en el equipo electoral.
―Ya… oye, y ¿qué es eso?
―Ni idea pero suena genial, no sé… imagino que tendré que entrevistar al Lehendakari, en plan Ally Mcbeal total.
―Elvi, ¡Ally Mcbeal es abogada!
―Ah, ¿sí…?, pues ¿quién es periodis… ―antes de terminar la pregunta vi los pies de mi jefe junto a la mesa―. Ahá, ahá, ahá, comprendo, pues si tiene algún indicio de quién lo ha podido asesinar póngase en contacto conmigo: Elvira Rebollo de Crónicas Bilbao, gracias ―y colgué el teléfono.
¿Con quién hablabas?, ¿con Agatha Christie? ―me preguntó Carlos apoyándose en mi mesa. Le sonreí como si fuera tonta―. A ver, rápidamente te explico, veinticinco de mayo elecciones municipales y forales, te encargas de las páginas cuatro y cinco, repito, cuatro y cinco ―se me atragantó mi propio aire, ¿dos páginas para mí?, creo que Ally Mcbeal en ese momento querría ser periodista también―, se trata de las páginas más importantes del día post-electoral, ¿por qué?
―¿Por qué…? ―repetí fascinada.
―Porque son las únicas páginas que nadie pasa por alto, las lee desde el abuelo de la casa al chaval. Recogen las fotos y los nombres de todos concejales elegidos, ¿sí? Así que empieza a llamar a las sedes y que te envíen las fotos de los alcaldes y concejales de todo Vizcaya, ah, y Elena, bonita, no quiero ni un puto espacio en blanco, ¿me has oído?, como si tienes que pedir foto a las abuelas de los concejales, ¿está claro?, ni-un-puto-espacio-en-blanco ―repitió con el dedo en alto mientras volvía a su mesa.
Bueno, aquello distaba bastante de entrevistar al Lehendakari pero era mejor que nada, además formaba parte del equipo electoral y seguía sonando muy de serie televisiva.
Me pasé todo un mes llamando a las sedes y pidiendo fotos de los supuestos concejales y junteros que según mis propias quinielas podrían salir en lista. Los amontoné en grupitos según su partido político y atado a un clip escribía su nombre, edad y lugar de nacimiento. Parecía que coleccionaba cromos. Unos días antes me pasé por infografía para escanear todas las fotos y preparar el formato para encajar la página. Sólo quedaba esperar a la noche electoral e ir metiendo manualmente las fotos, ya guardadas de los concejales y junteros elegidos, y cubrir todos los huecos.

El gran día llegó. Por la mañana, Elvira Rebollo Azcúnaga vota y voté.
Durante la comida escuché como mi padre hacía un soporífero repaso de la guerra civil española, la dictadura, la transición, el golpe de estado, la democracia y las grietas en el nacionalismo vasco. Tener un padre catedrático de Historia, además de ególatra, era especialmente duro en jornadas electorales. A media tarde, llamé a Marieta y a Blanquita para tomar una cerveza. A las nueve de la noche estaba delante de la bandeja de sándwiches que el periódico había encargado para toda la redacción. Buscaba el que más mayonesa tuviera. Éste, sí, éste. Lo cogí ayudada por cinco servilletas de papel y me senté en una de las mesas de infografía con el ordenador preparado para colorear mis páginas cuatro y cinco. Mientras atacaba el sándwich no perdía de vista la televisión colgada del techo, la periodista, encargada de llevar el informativo especial-elecciones en la cadena autonómica, no paraba de enfatizar el giro que estaba cobrando el mapa electoral con los primeros votos escrutados. Y ¿ésta por qué anda tan emocionada?, pensé de la presentadora mientras me rechupeteaba la mayonesa que caía por mis dedos.
―¡A ver!, pero ¿dónde ostias anda la puta becaria?
―¡Aquí, aquí! ―contesté exultante a mi jefe levantando una mano enfundada en baba y mayonesa.
―¡Venga! ¡Quiero todas las fotos ya! ¡Páginas cuatro y cinco terminadas antes de las doce de la noche!
―Sí, sí, sí… ―dije concentrada en despegarme una servilleta de la mano.
―¡Elena! ¿Has visto como anda la situación con la ilegalización de Batasuna?, ¿no? ¡Todo se lo lleva el PNV! Pensaste en ello, ¿verdad?, en la ilegalización de marzo, ¡fotos suficientes, espero! ¡Elena, coño, que te estoy hablando, cagüen la ostia! ¿Tienes o no tienes fotos de todos, repito, TO-DOS los concejales y junteros?
Lo miré con el sándwich en una mano, la servilleta pegada en la otra y con cara de: ¿alguien me puede prestar fotos de concejales peneuvistas, por favor?
―Ssssshhhhí, sssshhhhhí, tengo muchas, muchas, de sobra… ―dije queriéndome desintegrar y vi como Carlos volvía a la sección local despreocupado.
Hice un recuento rápido. Me faltaban cuatro fotos del PNV y una de Izquierda Unida, ¡¿por qué el Supremo no ilegalizó Batasuna después de las selecciones?!, ay, madre… y ¿ahora?
Abrí mi cartera y rebusqué, tenía una foto de Blanquita con seis años, otra de mi hermano Gerardo con birrete, y otras tres de Marieta y yo en un fotomatón sacando la lengua. Vaya… creo que ninguna me podría servir. Un momento. ¿Y por qué no intentamos que…?, pensé. Abrí Google y empecé a escribir nombres arbitrariamente, mezclando los de familiares con apellidos de mis compañeros del colegio y universidad, además de algún escritor y de algún restaurante rimbombante, por ejemplo: Ricardo Trueba Farketa. Perfecto y ahora pincho en imágenes y… voilà, aquí lo tenemos, un estupendo concejal peneuvista, ¡sí! Uno, dos, tres y cuatro, terminado, el PNV ya tenía todos sus concejales. Ahora busquemos al comunista. Gerardo Saratxaga Azkena, pincho y… ¡uy!, ¡pero si tiene bigote!, no, no, no, que con bigotito parece pepero. Bien, probemos otro, Gerardo Saratxaga Badulake, no, no, demasiado cantoso, a ver… Gerardo Saratxaga Zugarramundi, y… ¡perfecto! Copio, guardo, pincho, arrastro y colocado en la página cinco, bien, ¿edad?, mmm… treinta y dos, ¿lugar de nacimiento?, lugar, lugar, pues… Sestao, ¡hala, perfecto! ¿Espacios vacios? ¡Ninguno! Grité en voz alta observando orgullosa las páginas cuatro y cinco finalmente maquetadas.
A las doce y veinte de la noche estaba riéndome en el asiento de atrás de un taxi, pagado por el periódico, camino a mi casa.
La verdad es que los remordimientos no llegaron hasta el día siguiente, cuando al entrar por la puerta de la redacción Carlos me llamó a su mesa. Estaba hojeando diferentes periódicos locales y me pidió que cogiera uno.
―Mira las páginas seis y siete… ―me ordenó.
Con miedo abrí el periódico y eché un rápido vistazo. Se trataba de las páginas de las fotos, me empezaron a temblar las piernas.
―¿Cuántas fotos faltan? ―preguntó serio.
―Pues… cuatro concejales del PNV, dos de Izquierda unida y tres junteros ―dije casi sin voz por lo nerviosa que estaba.
Carlos me tiró otro periódico a las manos.
―Página cinco.
Lo abrí, por lo menos faltaban seis fotos en total. Después desplegó el Crónicas Bilbao en la mesa de cara a mí y volvió a preguntar:
―¿Cuántas fotos faltan?
―Ninguna… ―contesté titubeante.
―Buen trabajo, Elena, sí señor, somos el único periódico que ha cubierto todas las fotos, ¿cómo lo has hecho?
―!Uy!, las fuentes nunca se desvelan, ¡ja, ja, ja! ―contesté con una forzada carcajada y, sin más, me di la vuelta tropezándome con mis propios pies y recolocándome el corazón en mitad del pecho porque se me había subido hasta la garganta.