martes, diciembre 1

Secretos

Crows por Nicoletta Ceccoli
No sé lo que me despertó, quizá un ruido. La habitación estaba congelada. Tenía la luz de la mesilla encendida. ¿Me había quedado dormida con la luz? No lo recordaba. Quise sacar el brazo del edredón para poder apagarla pero desistí en el primer intento. Necesitaba que mis dedos, poco a poco, se acostumbraran a la temperatura de fuera de la cama. Así que con la mano a medio camino, volví a cerrar los ojos y pensé en el granate, el granate intenso. Un caballo granate. La luna granate. Una piscina granate. La botella de leche granate. La barandilla de mi porche granate. La cajera del supermercado granate. Me reí. Abrí de nuevo los ojos. Decidí sacar el brazo y apagar la luz. No llegaba. Lo volví a intentar pero no llegaba. Me incorporé en la cama. Al hacerlo vi que la puerta de la habitación estaba abierta. Nunca dejaba la puerta de la habitación abierta. Nunca. Me recorrió un escalofrío por el cuerpo. Estaba asustada. Me levanté de la cama y lentamente me acerqué a la puerta. Me apoyé en el marco. El resto de la casa estaba a oscuras. La luz del porche se colaba por entre las cortinas del ventanal del salón y por el cristal de la puerta de la entrada. Aquella luz me permitía ver lo suficiente para darme cuenta de que todo estaba como lo había dejado, y de que allí no había nadie. Avancé hasta la cocina. Vi la taza de café encima de la mesa junto al plato sucio de la cena. Me había dado pereza recogerlo antes de meterme a la cama. Miré a través de la ventana. Vi el árbol del jardín. Dos de sus ramas parecían quejarse por el peso de la nieve. Estaban retorcidas y cansadas. Crucé los brazos, tenía mucho frío. Estaba descalza. Dando saltitos llegué hasta el cuarto de baño. Encendí la luz y me miré al espejo. Qué cara. Madre mía, qué ojeras. Estaba hasta hinchada. Levanté la tapa del váter y fue entonces cuando la vi. Su manita salía de entre la cortina de la ducha. Solté la tapa de golpe y de un salto retrocedí hasta la pared. Me temblaba todo el cuerpo. No era capaz de moverme. Sentía el cuerpo congelado por el pánico. Me fui deslizando por los fríos azulejos de la pared hasta quedar sentada en el suelo. La niñita salió de la bañera y me extendió su brazo. Me llevé la mano a la garganta, me faltaba el aire. No podía respirar, no podía respirar. La niña se acercó hasta mí. No tendría más de seis años. Era rubia. Tenía los ojos grises, vacios. Sonreía. ¿Se lo vas a decir a mi padre?, me preguntó sin mover los labios, ¿se lo vas a decir a mi padre?, volvió a decirme rozándome con su manita la pierna. De la impresión me dio un espasmo que agitó involuntariamente todo mi cuerpo y solté un grito ensordecedor.

Me desperté. Me revolví en la cama. Me quemaba la piel a pesar del frío que hacía en la habitación. La luz estaba apagada y la puerta cerrada. Entraba claridad de fuera. Miré el despertador. Las nueve y media de la mañana. Era domingo. Me gustaba quedarme hasta tarde en la cama los domingos. Pero no podía seguir allí, sentía todavía el miedo. Tenía la garganta seca. Necesitaba beber agua. Me levanté. Fui a la cocina descalza. El suelo era hielo. Dejé correr el agua del grifo y después llené un vaso y lo bebí. Desde la ventana vi como Fred, mi vecino, se subía en su camioneta. Lo saludé pero no me vio. A mí me gusta éste, oí detrás de mí. Me di la vuelta lentamente y la vi sentadita en la mesa de la cocina con un libro de Winnie the Pooh para colorear. Sí… me gusta éste, y ¿a ti?, me dijo sin levantar la vista del libro. Se me escurrió el vaso de la mano. Oí el crash al romperse contra el suelo pero no sentí dolor al clavarme los cristales. La niñita levantó la cabeza. Qué gélida mirada. ¿Se lo vas a decir a mi padre?, ¿se lo vas a decir?, me dijo sin separar un ápice sus labios. Negué aterrada con la cabeza. Volví a negar mientras me tapaba la boca con dos temblorosas manos.

—Disculpe… disculpe… su cinturón…
Oía una voz, a lo lejos, parecía que venía de fuera. Abrí los ojos y me recliné hacia adelante sobre el asiento.
—Disculpe, por favor, abróchese el cinturón, en veinticinco minutos aterrizaremos en el aeropuerto de Charlotte —me dijo la azafata señalándome mi abdomen.
Aturdida la obedecí y antes de que se marchara le pedí un vaso de agua. Tenía la garganta completamente seca. Me ajusté la coleta dos veces. Miré el reloj, hacía más de seis horas que había salido del aeropuerto de Los Ángeles. Qué grande era este país. Me entró un escalofrío. Estaba destemplada. Creo que había dormido durante todo el viaje. Cerré de nuevo los ojos pero un golpe en el brazo me hizo abrirlos de nuevo.
—¡Oh, perdona, perdona, por favor! ¡Qué torpe!
El señor que tenía a mi derecha intentaba disculparse por su codazo. Era demasiado grande y le faltaba espacio a la hora de maniobrar para guardar los libros y las revistas que tenía desparramados sobre la mesita plegable.
—Tranquilo, está bien —dije medio adormilada.
—Éste es para mi hija, le encanta —dijo el señor mostrándome orgulloso un pequeño libro en alto. Me quedé helada—. Le encanta colorear a este oso, el Winny Puú o cómo se llame, no hay nada como el buen marketing de Disney para engañar a niñitas de seis años, ¿eh? Viene con su madre a buscarme al aeropuerto, yo no quería porque me da miedo con las carreteras tan nevadas pero al no poder pasar Acción de Gracias juntos, Amber, mi esposa, ha insistido. Y tú, ¿cómo has pasado las vacaciones?

No le contesté. Me apreté el cinturón y miré al frente, me temblaban los labios. Tome, su agua, dijo la azafata ofreciéndome el vaso.

viernes, noviembre 20

Rioja 33


—¿Señora Rebollo? —en la puerta de mi despacho tenía a un alumno del grupo 203, parecía muy nervioso.
Lo miré desde mi mesa. Me di cuenta enseguida de la situación. Hoy había habido examen pero ni rastro de este chico en todo el día.
—Es por el examen, señora Rebollo… —me hacía mucha gracia, sabían cuándo llamarme Elvira y cuándo señora Rebollo—. No he podido venir, porque he estado muy, muy enfermo.
—Y ¿ahora ya estás mejor?
—Sí, sí… hoy ya muy bien y quería venir pero el coche se me ha averiado esta mañana y además... cuando he ido al…
—¡Para, para!, está bien —dije riéndome— podrás repetir el examen mañana después de clase.
—¿De verdad? —mi estudiante no podía creérselo.
—Claro, y sigue disfrutando de tu Rioja 33, todo el mundo debería vivir uno —dije en español.
Mi alumno no entendió ni un apalabra pero prefirió no preguntar, por si acaso.


Oí desde la cama el portazo y los llantos de Lorena. Parecía que Marta intentaba consolarla. Me levanté, me puse mi enorme albornoz de girasoles y salí de mi habitación. Las tres vivíamos en la calle Rioja 33, muy cerca del campus, era nuestro último año en la universidad.
Pero ¿qué pasa?, pregunté en mitad del pasillo atándome el cinturón del albornoz. La Lore, que ha perdido el tren, maja… contestó Marta que estaba junto a la puerta de la calle abrazando a Lorena.
Lorena, al escucharlo en voz alta, sollozó todavía más. Se acuclilló dejando el violín con su funda a un lado y se tapó la cara con las manos, pobre, no dejaba de llorar. Miré perpleja a Marta pellizcándome el labio, no sabía ni qué decir. Marta, como si estuviera sacudiendo un termómetro, agitaba la mano en el aire con cara de: qué fuerte, qué fuerte, tía.
—Venga, mujer, que seguro que te pueden repetir el examen —dije en un intento vano por animarla.
—Cuarto de violín… tías, acabo de echar a la mierda cuarto de violín… —dijo Lorena a trompicones.
Marta volvió a agitar la mano en el aire, qué fuerte, qué fuerte, la oí pensar de nuevo.
—Y ¿un taxi? A ver, Martis, ¿cuánto hay hasta Donosti? Vitoria-Donosti, ¿en cuánto se hace? —no es porque fuera idea mía pero es que era buenísima.
—Buff, ni de coña, no llega ni de coña. Hora y media fijo. El examen empieza a las 10 y son casi las nueve. Y no puede llegar tarde, es el conservatorio, examen oficial, no valen excusas.
Abrí los ojos como platos para hacerla callar pero ni por esas.
—Tías, ¡me pasa a mí y me muero!, ¡me muero!, bueno, es que yo teniendo examen hoy a las diez me hubiera ido ayer, no sé, Lore, tía, muy fuerte… —y volvió a sacudir su termómetro imaginario.
Lorena terminó tumbándose en el suelo abrazada a su violín, cómo lloraba, a grito pelado.
Qué hacemos, pregunté a Marta, vocalizando en silencio de hombros encogidos. Marta no me hizo ni caso, miró detrás de mí y gritó:
—Pero, y éste ¿quién es?
De mi habitación salía un tío colocándose la sudadera y desordenándose el pelo con los dedos. Qué mono era.
Hola, dijo tímidamente al acercarse a nosotras. Yo ya me iba.
A las dos nos entró la risa al ver cómo intentaba sortear a Lorena, que estaba en el suelo, para poder salir de casa. Estaba atrapado. Así que se dio la vuelta y dijo la frase que sólo dices cuando no te queda otra. Te llamo, ¿vale, tía? Claro, dije tronchada de la risa.
—Lore, córrete un poco pa’llá, para que pueda salir éste —dijo Marta.
Lorena, sin soltar su violín y sin parar de llorar, se arrastró un metro más hacia allá dejando la entrada libre. El chico abrió la puerta y con un gracias y un falso te llamo, de verdad, se fue.
A Marta y a mí nos faltó tiempo para morirnos de la risa y a empujones entramos en la cocina.
En bajines, para no desmerecer el dolor de Lorena, le conté que se llamaba Iñigo. Iñigus, Iñigus, Iñigus, repitió ella a ritmo de samba. Le expliqué que era amigo de Amaia. No sabía quién era. Sí, la de Filología Francesa, la sin-cuello, que sí, a la que le crecen los hombros de las orejas. Ah sí, ya cayó quién era. Pues resulta que estando con Lorena y éstas en el Zelaia tomando unas cañas, apareció Amaia con Iñigo porque eran compañeros de piso. Y allí nos juntamos todos. Que si unas cervecillas por aquí, unos bailes por allá, unas babillas por acullá y luego… un poco de Rioja 33. ¡Iñigus, Iñigus, Iñigus!, gritó Marta con su ritmo sambero, yo la seguí zarandeando el culo de lado a lado. Bueno, y ¿qué?, me preguntó después. Puse cara arrugada. Sin más, respondí.
—Y ¿eso?
—Método desatascador.
—Ay ¡nooooo!
—Sí, maja —pero le hice gesto de silencio con el dedo en los labios para que Lorena no se molestara al escucharnos cotillear en la cocina. Continué susurrando—. No sé de dónde les viene la idea que con el mete-saca nos va de perlas.
Marta amortiguó su risa con las manos.
—Pero no sabes lo peor —Marta negó con la cabeza con cara de intriga—, el interruptor.
—¿El interruptor?
—El interruptor… —repetí con mucha pereza—. Ya sabes que lo tengo en la cabecera, ¿no? Pues con cada toma encendía la luz con mi cabeza —Marta rompió a reírse como una loca, intenté pedirle con gestos que se riera en bajo pero era imposible—. Martis, pero es que encima se paraba y me pedía perdón y volvía a apagar la luz, perdona, tía, perdona, tía, me decía y luego… ¡toma!, otra vez la luz encendida —Marta se tronchaba y recordándolo me empezó a entrar la risa de mala manera, ya casi no podía continuar—, pero calla, que falta lo mejor —y ja, ja, ja, ja, ja las dos—, que el tío cogió carrerilla, y: toma-daca, toma-daca, toma-daca, enciende-apaga, enciende-apaga, enciende-apaga automáticamente, te lo juro, ¡mira el chichón que tengo!
Martis se moría y yo con ella. De la risa nos dábamos hasta manotazos, no podíamos parar. Terminamos en el suelo, completamente deshechas.
—¿De qué os reís, perras…? —preguntó Lorena entrando muy lentamente en la cocina, arrastraba su violín de la correa de la funda, parecía que traía un perro degollado.
Marta y yo nos levantamos del suelo y nos tiramos encima de ella.
—¡Abrazo a tres de Rioja 33! —gritó Martis a modo de insignia del piso.
—¡Rioja 33! —grité yo absolutamente contagiada por su entusiasmo.
—Rioja… treinta y… tres… —dijo Lorena con muy poquitas ganas.

No fuimos a clase. Marta preparó café. Nos rifamos los pocos yogures de coco y vainilla que quedaban en la nevera, porque las tres queríamos los de coco. Pasamos toda la mañana en la cocina intentando arreglar nuestro pequeño mundo, que a los veintidós años era todo un universo de desafíos.

jueves, noviembre 12

Betty

The love between a Father and a Daughter, por Keith Burns

Betty se levantó a las seis y media de la mañana. Su madre le había preparado la cafetera la noche anterior, sólo tenía que apretar el botón verde para que empezara a funcionar y pudiera tener el café caliente. Estaba muy nerviosa. Se apretó el estomago cuando fue a coger una rebanada de pan de pasas con canela. La sostuvo un momento y la volvió a dejar. No tenía demasiada hambre. Estaba muy nerviosa. Se alisó el camisón y miró a su alrededor. Siempre tomaba una rebanada con mantequilla de cacahuete, pero si hoy no tenía hambre no sabía qué podría hacer. Se volvió a alisar el camisón. Se contó los dedos de la mano, tenía cinco en una y otros cinco en la otra, repitió la operación no fuera a haberse equivocado. No, realmente eran diez en total, tenía diez dedos. Estaba muy nerviosa. Saltó la lucecita verde de la máquina de café. Ya lo podía retirar, su madre se lo había explicado así. El café estaba preparado. Abrió el armario y buscó su taza amarilla con motas naranjas. A Betty le encantaban los colores fuertes y las motas. No la encontró. Su taza no estaba en el armario. Dónde estaba su taza. Se alisó el camisón. Estaba muy nerviosa. Con los nudillos de su mano derecha se golpeó la cabeza. Dónde, dónde, dónde, dónde está. Agitó las manos al aire y gritó. Su madre apareció en la cocina asustada. Betty no parecía verla. No parecía ver nada. Dónde, dónde, dónde. Se agarró de un mechón de pelo y estiró con rabia de él. Se lo arrancó. Su madre se apresuró a la fregadera. Al encontrarla la limpió y la secó. Se la dio. Aquí está, aquí está, cariño, dijo dándole la taza a su hija lamentándose de no haberla fregado por la noche. Se le olvidó. O quizá no la habría visto, sí, seguramente lo segundo, porque cómo se le podría haber olvidado sabiendo cómo se ponía Betty si no la encontraba en su sitio. Su madre la sentó junto a la mesa. Desayunaron juntas. Al terminar Betty se acarició la calva que se había dejado junto a la sien. No se te nota, cariño. Te voy a hacer una coleta, con el pelo hacia atrás. Su madre se levantó y peinó el pelo de su hija con las manos. Ves, no se te nota, estás preciosa.

Betty se levantó y contó hasta siete antes de dar el primer paso. Su madre la acompañó al dormitorio y le preparó sobre la cama el vestido que debía llevar. Era azul con florecillas rojas y blancas. Dejó junto a la puerta los mocasines rojos. Betty guardó los mocasines rojos y sacó los blancos con motas negras. Su madre guardó los mocasines blancos con motas negras y sacó de nuevo los rojos. Betty guardó los mocasines rojos y sacó los blancos con motas negras. Su madre, en absoluto silenció, volvió a tomar los mocasines blancos con motas negras para guardarlos. Betty se alisó el camisón. Se zarandeó de un lado a otro como si fuera un péndulo. Su madre abrió el armario y los guardó. Betty se golpeó el pecho y gimió. Está bien, dijo vencida su madre. Terminó de peinarla en la salita, junto al viejo piano de la abuela. Adornó la coleta con un llamativo lazo fucsia. La miró de frente. Con sus manos le aplastó el volumen. Era difícil manejar aquel pelo tan rizado.

Su madre, en el porche, le cruzó el bolso por el hombro. Siempre era más seguro llevarlo así. Le atusó la rebeca azulona y le dio la mano.
–¡Hey, Betty!, pero qué guapa estás hoy, ¿adónde vas? –preguntó la señora Butler desde su porche con una taza de café.
–Vamos a la estación de autobuses porque se va a Huntington, a ver su padre –contestó su madre sin poder ocultar cierto nerviosismo.
–Oh, ¡buen viaje, cariño!
Betty agitó la mano desde la acera de enfrente y gritó sin cesar: gracias, señora Butler, gracias, señora Butler, gracias, señora Butler.
Su madre miró el reloj y apretó el paso. Llegarían a la estación en poco más de veinte minutos. Casi con una hora de antelación. Pero la madre de Betty siempre sentía llegar tarde a todos los sitios.
Betty se despidió de su madre por la ventanilla del autobús. Su madre desde fuera le hacía el gesto de que comiera. Betty miró la bolsa que su madre le había dado. Había tres zanahorias, un huevo cocido y pelado con un poco de sal y mostaza. No había un sándwich. A Betty no le gustaban los sándwiches. No entendía por qué había que meter la comida entre pan. El autobús arrancó. La madre de Betty lo siguió unos metros saludando con la mano a su hija que no dejaba de mirarla por la ventanilla. Betty se alisó la falda del vestido. Con la punta de los dedos se daba golpecitos en la frente. Estaba nerviosa. No le gustaba ver a su madre llorar. El autobús salió de Parkersburg.
Por el camino Betty contó trecientos sesenta y siete coches rojos, doscientos cincuenta y cuatro amarillos y ciento ochenta y tres verdes. Vio muchos grises pero no los contó. No le gustaba el gris. Al cruzar Charleston empezó a contar los camiones. Pero sólo los camiones que trasportaban troncos. Los de vigas o líquidos inflamables no le gustaban. Comió sus zanahorias. El señor de la visera de los Mountaineers la miraba. Estaba sentado en la fila de atrás. Betty hacía mucho ruido comiendo porque Betty no cerraba la boca.
–Disculpe, señora, podría… ¿señora?, ¿señora?
Betty no se dio la vuelta. Su madre le había repetido muchas veces que no debía hablar con nadie. Dejó de comer. Miró al frente. Se alisó dos veces la falda de su vestido. No quería hacer ruido al respirar. Si no hacía ruido podría convertirse en invisible y así el señor de la visera dejaría de llamarla. Y sí, el hombre de la visera dejó de llamarla. Enseguida se dio cuenta de que Betty era diferente.
El autobús aparcó en la vieja estación de Huntington, parecía estar anclada en los años cincuenta. Betty bajó del autobús cruzándose el bolso. Recordó las palabras de su madre. Era más seguro llevarlo de aquella manera. Se quedó de pie junto al autobús. No le gustaba andar entre la gente. Eso la ponía muy nerviosa. Su padre la vio. Se acercó a ella y la abrazó. Su pequeña niña. Su pequeña niña de treinta y siete años. Betty estaba tan contenta. Le mostró su lazo fucsia y sus mocasines blancos de motas negras. A su padre le encantaron. Estaba emocionado. Hacía casi seis mese que no la veía, quizá por un poco todo. Se montaron en la camioneta. Betty abrió su bolsa y ofreció a su padre la mitad del huevo cocido con sal y mostaza.

Aparcaron frente a la casa. Al subir las escaleras del porche, se encontraron con Elvira que salía en ese momento.
–¡Buenos días, Fred! –dijo la joven vecina cerrando su puerta.
–Chica, déjame presentarte a Betty, mi hija, acaba de llegar de Parkersburg.
Betty agachó la cabeza, no le gustaban las personas nuevas. Se zarandeó hacia delante y hacia atrás. Se apretó el lóbulo de la oreja y se alisó dos veces la falda del vestido.
–Hola, Betty, ¿cómo estás? –dijo Elvira con su fuerte acento extranjero.
A Betty le gustó la voz de Elvira. Levantó la cabeza y seria le respondió.
–Hasta Charleston he visto setecientos noventa y cuatro coches de colores, pero no los grises porque el gris no me gusta. Después de Charleston, he visto once camiones de troncos.
–No le gustan los de vigas ni los de líquidos inflamables –explicó Fred a su vecina.
–No sabía que tuvieras una hija, Fred –dijo Elvira con cierta ternura.
–Sí, vive con su madre. Es mi princesa, mi verdadera princesita –dijo Fred besando a su hija en la cabeza–. Ella también es mi princesa, ¿sabes? –susurró al oído de Betty señalando a su vecina–, la adopté cuando vino de fuera para no echarte tanto de menos, mi vida…

On the road

Estábamos cruzando West Virginia en coche, pronto llegaríamos al estado de Virginia. No lo sabía con certeza pero habían pasado casi dos horas, así que seguro que estábamos cerca. Me quité las botas de oso como las llamaba él, y me senté a lo indio. Iba de copiloto, me encargaba de la música, del abastecimiento de agua y de chocolatinas y de leer los mapas. Nunca he sabido leer un mapa de carretera, aun él sabiéndolo no dijo nada cuando con entusiasmo le propuse que yo me encargaría de ellos.
—¿Cuándo dejamos la 64? —preguntó con una mano al volante y buscando ciego con la otra la botella de agua que le estaba ofreciendo.
—Uy, pues casi en Washington. De la 64 a la 66 que nos lleva directamente a la Avenida Constitución ya dentro de la ciudad.
Mentira. Aquello no era así, no iba a resulta tan fácil, y lo decían claramente los mapas. La 64 no se juntaba con la 66 en ningún punto de los Estados Unidos. Pero el ser una analfabeta de carreteras implicaba meter la pata hasta el fondo y terminar perdidos por la 95 dirección Miami, pero esto no lo supimos hasta casi tres horas más tarde.
—Oye, loco, ¿un café?
—Pues igual sí, ¿no?
—Vale, marca que a dos millas hay una estación de servicio —dije desdoblando un tercer mapa. Estaba enterrada entre líneas de colores que cruzaban estados, de los cuales no sabía ni sus nombres.
—¿Washington pertenece al estado de Viginia?, ¿no?
—¿Virginia? —pregunté con cierta duda—. No, al de Maryland, ¿no…? —lo cierto es que no lo tenía nada claro.
—Ni puta idea, Washington DC… —reflexionó en voz alta.
—DC, sí, Distrito Federal.
—¡Ostia, pava! —gritó muerto de la risa—, ¡¡ostia, qué graveeeeeeee!!! —seguía riéndose— ¡DC!, ¡de-ce, no efe o fe según tú! ¡Eso es México, México DF!
No le pudo contestar porque estaba hecha una bola en el asiento muriéndome de la risa. Esas meteduras de pata eran muy mías, y lo peor de todo es que me quedaba más ancha que larga después de soltar semejante barbaridad.
—Así que me sonaba fatal… —dije finalmente a modo de absurda justificación sin parar de reír—. Bueno, pues ¿qué es DC, listo?, ¿eh?, que eres un listo, ¿a ver?
—Distrito de Columbia —dijo fingiendo cierta soberbia porque sabía que me acaba de ganar por goleada—. Lo que no sé es si eso es un estado —y me miró con ganas de que le sacara de dudas.
—¿¿Y me lo preguntas a mí??
Los dos nos reímos de nuevo. Los mapas que tenía encima crujían al compás de mis carcajadas. Él pareció calmarse de repente y dijo con una fría sonrisa en los labios:
—He sido un amigo de mierda, ¿eh, chiquitina?, llevo años siendo un amigo de mierda, pero no pretendo compensarte con esta visita, con el viaje, digo, pero, no sé, tía, no sé... me gusta vernos así, descojonarnos por tonterías nuestras.


Conocí a Gaizka con trece años. Me acuerdo perfectamente de ese momento. Era junio y Jaime y yo nos íbamos a inscribir en el campamento de verano.
—Éste es Gaizka, mi amigo del equipo que te dije que vendría al campamento con nosotros —me dijo Jaime a modo de presentación—, y ésta —dijo, esta vez a Gaizka, señalándome a mí— es Elvira, amiga mía y, bueno, es maja.
¡¡¡¿Y, bueno, es maja?!!! ¿Ya? ¿Nada más? ¿Y qué pasaba con mis tetas? Tenía una noventa de pecho desde los once años, y apenas alcanzaba el metro y medio, ¡era el sueño de cualquier treceañero onanista!
En fin, si entonces hubiera analizado el concepto tan asexuado que Jaime tenía de mí, me habría ahorrado muchos disgustos.
Gaizka hizo un gesto como de saludo con la cabeza y luego se puso a explicar no sé qué cosas sobre fútbol a Jaime, los dos se partían de risa. Dejé de existir. Era una enana de tetas inmensas que forzaba la risa para no sentirse marginada.
Aproveché un segundo que Gaizka se acercó a la papelera para tirar el envoltorio de la palmera de chocolate, que se acaba de comer, para agarrar a Jaime por banda.
—Yo no quiero que este tío venga con nosotros —Jaime me puso cara rara—, es que es un poco chulito.
—No digas paridas, es un descojono de tío. Joder, cuando te pones en plan moñas no hay quién te aguante, qué chorra eres.
Cuando te pones en plan moñas no hay quién te aguante, qué chorra eres, creo que a este último concepto también le tendría que haber dado un par de vueltas mucho tiempo antes.
—¿Eres chorra? —me preguntó inocentemente Gaizka que ya estaba de vuelta.
—No, claro que no —dije muy poquito convencida.
—Pues yo soy mogollón de chorra, todo el mundo me lo dice, éste también —dijo dando un golpe en el pecho a Jaime— pues sí, soy un chorra pero es mejor que ser un vinagres como éste —y volvió a darle a Jaime en el pecho riéndose como un loco, después añadió—: Oye, tía, vaya tetas que tienes, ¿no?
Sí, señor, ahí empezó una larga y sincera amistad pero sincera de verdad.


Lo miré.
—Pero ¿tú qué dices, subnormal? —dije tirando al suelo del coche todos los mapas, empezaba a estar harta de ellos.
—Ya sabes a qué me refiero, no he estado ahí últimamente.
—Normal, llevo más de siete años dando tumbos por el mundo, si hubieses estado ahí serías el mismísimo espíritu santo convertido en paloma.
—Elvi, joder, ya sabes…
—¡Anda, calla! ¡No seas pesado! —grité.
Estaba más que convencida que las amistadas que no fallaban nunca era porque no habían durado lo suficiente para cagarla. Pero si tienes tiempo la cagas y bien además. Así que yo me quedaba con eso, con los casi veinte años de amistad, con la opción de hacerlo mal porque estadísticamente es lo que toca y porque sólo unos pocos privilegiados pueden cagarla. Y Gaizka y yo, se mire como se mire, éramos unos privilegiados.
—¿Preparado? —le pregunté cambiando de tema. Saqué el CD de Amaral y metí uno nuevo.
—¿Eh?, ¿para?
No le contesté, seleccioné la última pista del CD y empezó a sonar Tonight is what it means to be young.
—¡Ostias! ¡Ostiasssssssssss! ¡Street of fire!
Nos miramos y a los dos pareció poseernos un algo infernal. Gaizka aceleró, yo empecé a dar botecitos en el asiento con las manos en alto mientras intentaba ajustarme al estribillo con mi: guichi son for de night magic chubi yong. A Gaizka no pareció importarle mi carnicería con el inglés, incluso lo agradeció así él pudo empezar sin complejos con su: over, over bifor is nouguin to go to nait. Al ritmo de la frenética batería, saludaba como una loca a los camioneros que adelantábamos. Ellos me miraban desde sus colosales cabinas sin poder evitar reírse. Gaizka empezó con su singular coreografía de cuello, para‘lante y para’trás. Lo imité sin dejar de mover al libre albedrío mis brazos. Cómo gritábamos, qué histeria a dúo tan poco canalizada, qué gozada, realmente qué gloria de catarsis.
La canción terminó pero seguíamos riéndonos contagiados por la energía de Calles de Fuego.
—Jo, Gaizka, ¿qué me dices ahora?, ¿eh? Disfrutando de la carretera americana, a nuestro aire por la 95 —dije justo después de ver un cartel con el signo de autopista interestatal en blanco y azul con ese número—, camino a Washington…
—¿Cómo 95? —preguntó serio.
—No sé, ponía ahí 95.
—Richmond siete millas—leyó en voz alta al pasar por debajo de un enorme cartel que lo anunciaba—. Busca Richmond en el mapa, Elvi.
Me agaché para recoger todos los mapas que había tirado antes.
—¿Ruckersville?
—No, Richmond —corrigió Gaizka un tanto sorprendido de que hubiera confundido ambos nombres, no se parecían en nada, pensó.
Pasé mi dedo por la ruta que se suponía que teníamos que haber seguido, y pronuncié el siguiente pueblo.
—¿Culpeper?
—¡Noooooo! ¡Richmond! Elvi, ¿qué ostias andas? ¡Richmond!
Me entró la risa. Hay gente responsable pero no es mi caso, y me entró la risa porque tuve claro que no sabía ni dónde me daba el aire. Lejos de agobiarme me reí como una idiota zarandeando el mapa sin sentido.
—Lo siento, Gaizaka, lo siento, es que viene todo tan pequeñito que me lío al verlo… —intenté disculparme al ver su cara de pocas bromas.
Llegamos a una gasolinera y Gaizka cogió el mapa para aclararnos, por fin, dónde estábamos.
—Aquí, tía, estamos aquí, Richmond en la 95. ¡A tomar por culo de la ruta!, porque no era la 64 sino la 29 a la que debíamos habernos desviado, pavita pura, que eres un mito de puta madre, tía.
Lo miré fingiendo cara de afligida porque lo sentía un tanto cabreado, pero lo cierto es que me estaba costando mucho aguantarme la risa.
—Venga, Gaizka, bah, no me seas vinagres tú ahora, ¿eh? ¿Sabes lo que vamos a hacer? —hice una pausa para ver si su cara cambiaba de rictus, pero no lo estaba consiguiendo—, vamos a buscar un Motel al más puro estilo Norman Bates, con madre loca y todo.
—Bueno, loco él, porque su madre estaba muerta, la pobre.
—Ah, sí… entonces, ¿de quién era la madre loca?
—¿De Carrie? ¿Sthephen King?
—De ésa… —dije con gesto pensativo con los dedos en el mentón, rememorando la escena de la sangre de cerdo—, qué mala era, ¿eh?, qué mala…
—Estás como una puta cabra, tía —dijo riéndose y devolviéndome el mapa—. Anda, toma, guárdalo, que el viaje no ha hecho más que empezar…

sábado, octubre 31

Mal de ojo

―¿Y tú crees que esto va a funcionar? ―preguntó Kayla mirando el plato con la tijera dentro.
―Pues eso dice aquí ―y ladeé la pantalla del portátil para que pudiera verlo. Pasé el dedo bajo algunas líneas del texto mientras leía―: Lo que se debe hacer es poner la tijera abierta dentro de un plato hondo con un poco de agua.

Kayla y yo estábamos sentadas en la mesa de mi cocina. Comíamos unos nachos reblandecidos por el queso fundido en el micro, con salsa picante de espinacas, mientras organizábamos todos los ingredientes necesarios para quitar el mal de ojo.
―¿Y el aceite?
―Con el aceite te mojas el dedo anular, ¿no? y luego… espera que creo que lo decía por aquí… ―dije intentado buscar esa parte del texto pero no pude y se lo expliqué con mis propias palabras―, luego… echas tres gotitas en el plato de la tijera, ¿no?, recitando una oración.
―Ya... Lo que no tengo muy claro es cómo sabes que tienes mal de ojo ―dijo Kayla llevándose un nacho a la boca.
―Ah, ¿eso?, mira, pincha aquí ―y le señalé una página minimizada en la parte baja de la pantalla.
―¿Esto?
Miré al portátil un segundo con la botella de aceite en la mano. Sí, eso, le dije.
Insomnio, pesadillas repetitivas, ¿qué pesadillas tienes tú?
―Arañas.
―Pero eso no es una pesadilla, cariño. Vivimos en las montañas de West Virginia, aquí hay más seres de ocho patas que de dos. Sueñas con las imágenes que has visto a lo largo del día ―razonó Kayla removiendo un ahogado nacho en la salsa.
―Te aseguro que llevar encima un abrigo de tarántulas peludas no es una imagen que vea frecuentemente a lo largo del día.
―¡Buaj…! ―exclamó y continuó leyendo―. Opresión en el pecho, nerviosismo generalizado, ¡normal!, ¡soñando con eso! ―e hizo una pausa para comer otro nacho―. Cansancio, depresión, mareos, falta de concentración, pérdida de memoria, inapetencia sexual… ¡Joder! Si tienes todo esto, más que mal de ojo lo que te pasa es que ¡estás hecha una mierda, cariño!
Me reí diciendo:
―¡Anda, calla! A ver, que esto ya está.
―Ay, estoy nerviosa, ¿eh?, ¡estoy nerviosa! ¡Venga, unta el dedo! ―Kayla parecía disfrutar de aquello como una niña pequeña.
Extendí el dedo anular de mi mano derecha y lo mojé en el platito de aceite que había preparado.
―¿Y ahora? ―preguntó Kayla impaciente.
―Echo una gota en el plato con la tijera mientras digo un padre nuestro ―dije llevando el dedo al otro plato, con cuidado de no derramar el aceite por el camino.
―¿Un qué?
Estaba muy concentrada en lo mío así que no contesté a su pregunta y empecé:
―Padre nuestro que estás en los cielos, no nos dejes, no, no, danos el pan y no caer en la tentación, santificado, ay… santificado el pan de tu nombre, ay… ¿cómo era?, más líbranos del mal… ―miré con angustia a Kayla―. Se me ha olvidado, se me ha olvidado…
―¡Uy, pues a mí no me mires que soy judía!
―¡Mierda! Se me ha caído una gota ―las dos miramos rápidamente dentro del plato de la tijera―, ¿pasa algo fuera de lo normal? ―pregunté sin levantar la vista.
―La tijera no parece desintegrarse…
―Corre, Kayla, ¡busca el padre nuestro en internet!
―¿En internet?, ¿no crees que vamos a perder toda la espiritualidad del conjuro?
―¡Venga! ―grité nerviosa, mientras colocaba la mano izquierda bajo mi dedo chorreante de aceite para no dejar caer más gotas.
―¿Padre nuestro, así como suena?
―Sí, así como suena: Padre Nuestro ―dije vocalizando perfectamente las dos palabras.
―Aquí está, a ver, repite: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre ―hizo una pausa, yo la miré sin saber qué hacer―. ¡Que repitas, cariño!
―¡Ah! ―retiré la mano izquierda y zarandeé el dedo anular para soltar otra gota de aceite mientras recitaba las frases de la oración, chivadas por Kayla.
Venga a nosotros tu reino
―Venga a nosotros tu reino… ―repetí.
Hágase tu voluntad
―Hágase tu voluntad…―repetí de nuevo.
Frase tras frase terminamos con el primer Padre Nuestro, luego llegó la segunda gota y el segundo Padre Nuestro, y por último el tercero.
―¿Qué? ―pregunté a Kayla mientras me secaba el dedo con una servilleta de papel.
―Mmm… no sé… ―respondió Kayla examinando las gotas flotando en el plato.
―Pero ¿están separadas o apelotonadas en una gran gota?, ¡ay, quita!, déjame ver ―dije apartando la cabeza de Kayla de encima del plato.
―Bueno, pues, ¿qué ves tú?
―Mmm… no sé ―dije con enorme duda.
―¡Ves! ―exclamó Kayla victoriosa―. No se puede saber, ¡ahí no se puede saber nada! Se ha quedado un charquito aceitoso sobre unas tijeras… ¡Tú me dirás!
―Ya bueno… pero hay que saber si las tres gotas…
―Las cuatro ―interrumpió Kayla.
―¿Qué?
―Que al final se te cayeron cuatro gotas.
―Aaaaah… claro… igual es por eso… ―dije levantando la cabeza y mirando a Kayla como si acabara de descubrir que la Tierra era redonda.
―Espera, parece que se separan, ¿no? Ahora se ve más claro, las gotas están más definidas, sí.
―¿Se separan? ―pregunté nerviosa mirando el plato al igual que Kayla.
Me levanté aturdida de la mesa y me acerqué a la cafetera. Tomé un vaso del armario y lo llené de café mientras le explicaba a Kayla que si las gotas quedaban separadas, significaba que continuaba con el mal de ojo, por eso que las gotas debían permanecer juntas. Kayla no dijo nada. De espaldas a la mesa eché azúcar al café y lo removí con una pequeña cucharilla.
―Ay, pues se están juntando… ¿eh?, se están juntando ahora, ¡mira, mira! ―dijo Kayla exitada.
―¿Sí? ―dije dándome la vuelta con ilusión.
―¡Sí, sí, sí!
Nuevamente de espaldas, tiré la cucharilla a la fregadera y, al darme la vuelta para acercarme a la mesa con mi café, vi como Kayla soplaba dentro del plato.
―¡¿Qué haces?!
―Nada… ―contestó con vergüenza al haber sido descubierta.
―Kayla, ¡esto no funciona así!, ¡no puedes juntar las gotas con tus soplos! ―grité llena de rabia―, ¡no puedes!, ¡lo has estropeado todo!, ¡todo! ―y me senté en la silla intentando contenerme pero se me escurrieron las lágrimas.
―Pero, cariño… tú no tienes mal de ojo, tú lo que tienes es mucho dolor y tristeza aquí dentro ―dijo casi en un susurro apretándome el pecho―. Pero un día, ¿sabes…?, un día esa tristeza se irá y tu mundo volverá a estar lleno de colores, cariño…
―¿Cuándo…? ―pregunté abrazándola sin dejar de llorar.

lunes, octubre 26

Con corazón de papel de aluminio

Querida, Elvira:
Este email trae consigo una triste noticia. Hoy de madrugada, mientras dormía, el abuelo…
No pude seguir leyendo, porque solamente aquella línea me heló la sangre. Estaba acostumbrada a la frialdad de mi padre pero comunicarme aquello por email, sobrepasaba la línea de lo anímicamente saludable.
Me llené de una densa tristeza que trepaba lenta y torpe, congelándome las entrañas. Con dolor me levanté del escritorio de mi salón. Entré en el baño y me agarré al lavabo con una mano mientras, que con la otra, apretaba mi estómago. Necesité tres bocanadas de aire antes de poder escupir el primer sollozo.



―Abuelo, he venido a despedirme ―dije sentada, en una sillita, junto a su cama―, mañana me voy.
Intentó decirme algo, así que me acerqué mucho a él. Estaba muy delgadito, ya casi no podía hablar.
―¿A China? ―repetí su pregunta en alto para que me corrigiera si es que no le había entendido bien. Él asintió. Yo me reí―. No abuelo, no, ya no vivo en China, ahora vivo en los Estados Unidos, ¡con Obama! ―y solté una carcajada que él intentó imitar con una leve sonrisa dibujada en sus labios.
Me volví a acercar a él y le acaricié la cara. Tenía un ojo cerrado y el otro apenas podía abrirlo, sólo un poquito, lo justo para reconocer las caras. Sacando la mano de entre las sábanas me agarró un mechón de pelo, casi no tenía fuerza, así que lo soltó. No me moví, por eso lo intentó de nuevo. Yo le ayudé, se lo coloqué entre los dedos, él lo tocó. Qué guapa, txiki, me dijo con ese hilillo de voz que tenía. Se me cayeron las lágrimas. Le quité el pelo de entre los dedos y le sostuve la mano frente a mí. Le fui estirando dedo por dedo mientras se los contaba, hasta llegar al meñique que lo tenía totalmente retorcido.
―Abuelo, ¿qué hacemos con éste?, ¿eh? ―le pregunté, con una amarga sonrisa, señalándole su propio dedo.

―¡Me cagüen los cojones!
―Pero, ¿qué pasa, Vicente, chico? ―preguntó mi abuela entrando en la salita con un trapo de cocina en la mano.
―¡Esto pasa! ―dijo mi abuelo mostrándole el periódico―, que la niña ha pintarrajeado todo el crucigrama.
Yo tenía siete años y, al oír a mi abuelo gritar, me arrinconé contra la pared, lo más lejos posible de él, pellizcándome la mano. Siempre pensé que al hacerme daño, la culpa se marcharía antes y, al marcharse la culpa, los mayores dejarían de estar enfadados conmigo.
―¡Ay, esta niña es un caso! ―dijo mi abuela sin poder parar de reír―. ¡Elvirita es todo creatividad!, ¿a que sí, hija mía?, ¿eh?, ¿a que sí? ―me preguntaba, mientras se iba acercando a mí para darme un enorme achuchón―. ¡Me la como, me la como, me la como!
Antes de volver a la cocina, mi abuela miró amenazante a su marido y le dijo seria:
―Vicente, que no te vuelva a oír gritar a la niña, ¿eh?
―¡Bah! ―dijo mi abuelo sacudiendo la mano al aire y después me miró. Yo seguía con el culo pegado a la pared, mordiéndome los labios esta vez―. Anda, ven aquí, txiki, ven, siéntate conmigo ―dijo señalándome un trocito de butaca libre que tenía a su lado.
Me acerqué obediente y me senté. Mi abuelo cogió de la mesa dos bolígrafos, uno rojo y otro negro. Me dio el negro que era con el que había garabateado antes y él se quedó con el rojo.
―Bueno, vamos a hacer el crucigrama entre los dos, ¿sí?
―Sí… ―le contesté mirándolo desde abajo, porque mi abuelo era un hombre muy grande y más a ojos de una niña de siete años.
―Bien, yo voy a escribir dentro de estos cuadros, ¿ves? ―asentí un millón de veces moviendo enérgicamente la cabeza―. Bueno, ¡ya, ya, ya!, a ver si te vas a romper el cuello ―dijo riéndose―. Y tú puedes escribir fuera de los cuadrados, por ejemplo, aquí ―y me señaló la parte alta de la página―, o aquí ―junto a la información meteorológica―. Pero nunca dentro de los cuadros, ¿me has entendido? ―dijo con pose seria apuntándome, desde lo alto, con su boli rojo.
―¡Sí, sí, sí! ―respondí contentísima porque sabía que ya me había perdonado y ahora íbamos a hacer juntos el crucigrama.
No me había dado cuento de ello hasta que mi abuelo colocó su mano sobre el periódico para empezar.
―¡Uy, abuelo!, ¿por qué tienes esto así? ―pregunté poniéndome de pie para poder cogerle mejor del dedo pequeño de la mano.
Mi abuelo alargó el brazo hacia el frente estirando todos sus dedos excepto el meñique, que seguía encogido, parecía estar hecho un nudo.
―Bueno, pues para lavarme la nariz ―respondió.
―¿La nariz…? ―pregunté asombrada.
―¡Claro! ―dijo dejando el periódico sobre la mesa―. A ver, ¿tú cómo te limpias la nariz?
―No sé… ―contesté muy bajito y encogiéndome de hombros.
―Te echas el jabón y el agua aquí, ¿no? ―explicaba mi abuelo, juntando las manos como si de un cuenquito se tratara―, y después te frotas la cara así, así, así, así ―y empezó a pasarse las manos sobre su rostro pero, al tener el dedo roto, de todas, todas se lo metía en la nariz―. ¡Ves! ―exclamó, haciendo una pausa con el dedo dentro de la nariz―, así es como se limpia, por eso está torcido el dedo, ¿lo ves?
Lo miraba tronchada de la risa desde el suelo, otra vez, otra vez, le suplicaba. Y mi abuelo volvía a fingir que se lavaba la cara con el dedo metido dentro de la nariz. Y yo venga a reírme y venga a reírme, no podía parar, me dolía la tripa y todo.
―Va a tener razón tu abuela en que eres todo un caso, txiki, ¡mira cómo te ríes! ―dijo mi abuelo contagiado por mi loca risa.
―¡Otra vez, otra vez!
Y mi pobre abuelo lo repitió tantas veces como se lo pedí.

Le di un besito en aquel retorcido dedo y le volví a meter la mano dentro de las sábanas.
Marta y Feli, las chicas que lo cuidaban, entraron en la habitación.
―Cielo, déjanos un momentín que lo tenemos que cambiar.
―Sí ―dije secándome las lágrimas y sin poder mirarlas a la cara―, si yo ya me voy, tengo todavía que hacer la maleta.
―¿Cuándo te vas, cariño? ―preguntó Feli.
―Mañana… ―dije con inmensa tristeza.
―Tranquila, cielo ―dijo Marta―, despídete tranquila, que nosotras volvemos en un ratín.
Al oírlas irse, me senté junto a él sobre la cama para tenerlo más cerca y lo abracé con cuidado de no hacerle daño.
―Agur, abuelo… ―le susurré al oído. Agur, txiki... me dijo con su media vocecita.
Salí de aquella habitación envolviéndome el corazón en papel de aluminio para poder conservarlo entero, porque me marchaba sabiendo que no volvería a ver a mi abuelo nunca más.
A mi abuelo

jueves, octubre 22

The Time Capsule

Tiempo de Intolerancia Susana Bonet
Eran las once de la mañana del sábado, y regresaba a casa después de haber ido al banco a cobrar un cheque. Pensaba que me iba a llevar más tiempo pero en cuatro minutos terminé con el asunto. Por lo tanto, ahora me quedaba todo el fin de semana por delante y eso me angustiaba un poco. No terminaba de acostumbrarme al desolado aspecto de aquel pueblo americano.
Entré en el humilde barrio residencial donde vivía y, al tomar mi calle, saludé a uno de mis vecinos, que estaba sentado en las escaleras de su porche bebiendo una cerveza, hey, chica, me dijo con el botellín en alto.
Justo antes de llegar a mi casa, un perro salchichero me cortó el pasó ladrándome como un viejo cascarrabias. Qué te pasa, le dije poniéndome de cuclillas intentando quedar a su altura. Estiré la mano para darle una palmadita en su estrecho lomo, pero antes de poder hacerlo el perro emitió un agudo grito y echó a correr.
―¡Eh, tú!, ¡no le hagas daño! ―gritó un niño desde la acera de enfrente.
―Yo… no… ―intenté explicarme mientras me ponía de nuevo de pie.
―No muerde, ¿sabes? Así que ¿por qué le pegas? ―siguió recriminándome el niño pero esta vez apuntándome con el dedo.
Por su actitud me imaginé que la discusión iba a ser larga así que me quité los auriculares de las orejas y los dejé colgando sobre mi hombre. Iba a empezar a defenderme cuando vi como su amigo, más bajito que él pero de unos nueve años también, le susurraba algo al oído.
―Perdón, señora… ―dijo el niño alto después de haber escuchado el no sé qué de su amigo.
―¿Señora? ―pregunté con los ojos como dos huevos fritos―, ¿ahora soy una señora?
Ninguno de los dos niños dijo nada, sólo me miraban con cierta inquietud. Les dije adiós con la mano, sin mucha gana, y empecé a caminar otra vez.
―¡Espera, señora, espera! ―gritó el más alto mientras el bajito le estiraba de la camiseta para que dijera aquello que parecía que él mismo no se atrevía―. ¿Puedes venir un momento? ―me preguntó al mismo tiempo que el pequeño me hacía el gesto con la mano para que fuera, eso me hizo mucha gracia. Lo cierto es que el mudito parecía la cabeza pensante del dúo, así que, curiosa, crucé la calle y me planté frente a ellos.
―Yo soy Shayne ―dijo el alto con enorme simpatía―, y éste es mi primo Jesse ―y los dos me ofrecieron su mano derecha para estrecharla.
Muerta de la risa, por aquel gesto tan sincronizado, estiré mis brazos y les estreché a la vez las manos. Aquello fue, lo que se dice, un buen saludo a tres bandas.
―¿Eso es un iPod? ―¡vaya, el mudito tenía voz!
―¿Esto? ―pregunté señalando los auriculares en mi hombro. Los dos niños asintieron―. Sí, es un iPod, ¿por qué? ―dije mientras lo sacaba de mi bolso.
Jesse volvió a decir algo al oído de su primo, y finalmente Shayne rebuscándose en los bolsillos del pantalón me dijo:
―Te lo cambiamos por esto ―y sacó en un rápido gesto, como si de un mago se tratara, un arrugado billete de un dólar.
―¿Mi iPod por un dólar? ―exclamé con la cara totalmente arrugada.
―Bueno… y si quieres te puedes quedar con Roosevelt los martes y jueves, ¿vale? ―negoció Jesse esta vez.
―¿Quién es Roosevelt?
―Mi perro ―dijo Shayne.
―¡¿El salchichero?! ―no daba crédito a la situación.
―Necesitamos tu iPod, señora.
―Elvira ―corregí a Jesse, pronunciando mi nombre en inglés para no tener que repetirlo catorce veces.
―Necesitamos tu iPod, señora Elvira.
―No, sólo Elvir… bueno, ¡qué más da!, ¡que no, que no os doy mi iPod!
Los dos chicos parecieron desistir y con frustración se sentaron al borde de la acera. Me dieron pena.
―Vale, hablemos, ¿para qué queréis mi iPod?
Jesse recobró la energía y me explicó lleno de ilusión que era para su time capsule.
―¿Time capsule? ―repetí intentando darle un significado en español, pero no conseguía entender aquel término aun conociendo las dos palabras.
Shayne salió corriendo en dirección a su casa y cogió algo de la mesa del porche. Regresó casi sin aire y me lo mostró.
―¿Un termo? ¿Time capsule es un termo? ―pregunté absolutamente confusa.
―¡Sí! Metemos cosas del presente aquí, lo enterramos y después, miles de años después, alguien lo encuentra y sabe cómo vivíamos ―explicó Shayne recobrando un poquito de aire.
―¡Aaaaaaaaaaaaaaah! ¡Claro! ¡Una cápsula del tiempo! ―grité en español.
Los niños se rieron al escuchar mi idioma.

La idea me gustó así que les pedí que me enseñaran que habían guardado dentro. Jesse abrió el termo muy voluntariosamente y me mostró un pendrive. Me dijo que habían escrito, en documento Word, una carta explicando quiénes eran, y habían adjuntado varias fotos de ellos y de Roosevelt. También habían seleccionado algunas páginas de Wikipedia con la biografía de Obama, Justin Timberlake, Undertaker, Smiley Ray Cyrius, Lebron James y Ben Stiller.
Me encantó descubrir, a ojos de unos niños americanos de nueve años, quiénes eran las personas más importantes del planeta. Jesse también sacó un sencillo móvil que por diecinueve dólares puedes encontrar en Walmart. Me contó que se lo había regaló su tía Edna por su cumpleaños, pero que su padre no le dejaba usarlo, y por eso no le importaba enterrarlo, sería más útil para la ciencia. Finalmente, con mucho esfuerzo, intentó llegar al fondo del termo y al ver que no podía, lo volteó dejando caer sobre la palma de su mano dos dientes.
―La muela es mía ―se apresuró a explicar Shayne con cierto orgullo― y la paleta es de éste.
―Pues chicos, creo que es genial, de verdad, increíble. La selección es perfecta, con eso ya lo podéis enterrar, no es necesario mi iPod, en serio, no es necesario ―dije fingiendo enorme confianza en mis palabras pero no estaba muy convencida de que estuviese siendo creíble.
Jesse, después de volver a meter los dientes dentro del termo, tomó del brazo a su primo y se alejaron unos metros de mí para deliberar. Se acercaron pocos segundos más tarde.
―Sí, lo vamos a enterrar sin tu iPod ―dijo Shayne retomando el papel de portavoz.
―¡Bien! ―exclamé dando una palmadita―, pues, chicos, pasad un buen día ―y sonriendo me di la vuelta para seguir mi camino hasta casa.
―¿Señora Elvira…?
Reconocí la vocecita de Jesse a mi espalda y girándome le pregunté qué pasaba.
―Señora Elvira, hemos pensado no meter tu iPod…
―Sí, lo sé, ¿y…? ―pregunté con miedo.
―Y también hemos pensado enterrarlo en tu jardín.
―¡¿En mi jardín?! ¿Por qué en mi jardín?
―Porque mi padre no me deja hacer agujeros en su jardín, ya se lo he preguntado ―explicó Shayne creyendo que su respuesta era de lo más razonable.
―¡Normal! ―exclamé con una risa irónica.
Shayne dio un codazo a Jesse y éste se apresuró a decir:
―Señora Elvira, si nos dejas enterrarlo en tu jardín te permitimos que escribas tu nombre en un trozo de papel y lo guardes en nuestra cápsula del tiempo ―y después de decir esto Jesse miró con esperanza a su primo Shayne.
Me ablandó aquella mirada tan llena de ilusión. A fin de cuentas, el jardín no era mío sino del señor Cole, mi casero. Si veía el agujero siempre podía echar la culpa a las ardillas, algo bueno tenía que tener el vivir en la montaña.

Una vez en el jardín, los dos niños buscaron un lugar apropiado y, por supuesto, decidieron que lo enterrarían en el centro.
Nos arrodillamos en el suelo formando un pequeño círculo. Jesse colocó el termo en el medio y los tres lo miramos como si de algo trascendental se tratara. Sí, yo también, en ese punto de la historia he de reconocer que estaba excitadísima con el hecho de poder participar.
Saqué de mi bolso una libretita y un lápiz, arranqué una hojita de cuadros y escribí mi nombre. Lo doblé y se lo di a Shayne que su vez se lo pasó a Jesse y éste, finalmente, lo metió dentro del termo. Todo un ritual de logística.
Después sacudí ambas manos hacia adelante, dando a entender que podían continuar con el proceso de enterramiento, pero ambos chicos se miraron levantando los hombros. Cómo, preguntaron al unísono.
―¿Cómo que cómo?
―No tenemos pala, señora Elvira ―aclaró Shayne.
Suspiré un par de veces y luego les pedí que me dejaran pensar. Pocos segundos después les dije que me esperaran. Entré en casa, eché un vistazo a la cocina y, cuando creí tener lo necesario, volví al jardín muy satisfecha de mi idea.
―Tomad, chicos.
―¿Una cuchara? ―preguntó incrédulo Jesse.
―No, una cuchara no. Mira, una, dos y tres cucharas ―expliqué señalando con el dedo cada una de ellas―. Tres cucharas hacen el total de una pala.
Más o menos les convenció aquella teoría y enseguida nos pusimos a cavar. Cuando terminamos, Shayne tomó el termo y al ir a ponerlo en el agujero Jesse gritó:
―¡Espera, espera!
Shayne se paralizó a medio camino.
―¡Espera! ―volvió a repetir Jesse―. ¡Escupamos!
―¿Qué?¿Unos a otros? ―al oír esta pregunta de Shayne no pude evitar soltar una escandalosa carcajada.
―¡No, idiota! ¡Dentro del termo! Así podrán saber de qué especie somos.
―¡Oh, genial!, ¡el ADN! ―vitoreé a Jesse. Realmente ese niño era un Einstein.
Abrieron el termo y escupieron, luego me lo pasaron a mí.
―¿Yo también puedo? ―pregunté halagada.
―¡Claro! Porque nuestro ADN es americano pero, como tú eres extranjera, los del futuro tienen que saber también cuál es tu especie.
Intenté ocultar mi risa, su razonamiento no dejaba de ser inocentemente encantador. Sin mediar palabra, tomé el termo y escupí dentro. Parecía que estaba todo preparado, así que Shayne, ceremoniosamente, cerró el termo y lo metió en el agujero asimétrico que habíamos conseguido cavar con tres cucharas.
Los niños, en un gesto muy espiritual, se dieron las manos y pidieron las mías. Los imité.
Después agacharon la cabeza y recitaron algo que no pude entender. Cuando terminaron, Shayne se dirigió a mí:
―¿Quieres decir unas palabras en tu idioma?
¡Vaya!, qué gesto tan bonito, qué bonito… Me quedé embobada mirándolos, ¿por qué el mundo no estaría gobernado por niños?, pensé.
Sin dudarlo tomé la palabra, pero cuando iba a empezar a hablar me di cuenta de que no tenía ni idea de qué iba a decir, así que, emulando el tono ceremonioso de los chicos, solté lo primero que me vino a la cabeza en español:
―Yo quiero un novio que me lleve a la bahía ―carraspeé un poco y continué―, que me diga vida mía y que me quite este calor, ay... ay, qué calor, qué calor tengo ―hice otra pausa porque empezaba a entrarme la risa―, qué buena estoy, qué tipo tengo.
―Amén ―dijo Shayne.
―Amén ―respondió Jesse.
―Amén ―dije yo escondida entre mis propios hombros y ocultando la risa tras mi mano.

Después tapamos el agujero y lo pisoteamos intentando dejarlo como antes, fue imposible. Les dije que no se preocuparan, que en poco tiempo la nieve haría el resto.
Me despedí de ellos frente a las escaleras de mi casa. Fred, mi vecino, nos miraba desde porche.
―Gracias, chicos, pasad un buen día ―les dije mientras tomaba de sus manos las cucharas que habían acabado completamente dobladas.
―Gracias, señora Elvira ―dijeron a dúo.
Los vi marchar y subí al porche.
―¿Qué demonios hacíais ahí detrás? ―preguntó Fred con enorme intriga.
―Nada, soñar... ―y con una triste sonrisa me metí en casa a pasar el resto del fin de semana.

lunes, octubre 12

La clase de ballet

Todas las niñas estaban sentadas alrededor de un círculo negro pintado sobre el suelo de la clase. Tenían cinco años y miraban a su profesora con atención que, marcando jerarquía, se sentaba sobre una alta silla de mimbre.
―Bueno, las niñas que vayan a clase de ballet nos vamos levantando en silencio, vamos quitándonos las zapatillas y poniéndonos los zapatos y vamos tomando nuestro abrigo para que, haciendo una cola en silencio, ¿eh?, en absoluto silencio, vayamos esperando a la profesora de ballet en la puerta, que en cinco minutos vendrá a recogernos. Las demás nos quedamos en el círculo de brazos cruzados y esperamos, en silencio, ¡en silencio digo, Iratxe!, por favor, en silencio, hasta la hora de marchar.
Después de decir aquello, la profesora se ajustó el botón más alto de su bata blanca y, colocando sus manos juntas sobre la rodilla izquierda, se quedó en silencio, esperando que las cuarenta niñas hicieran lo mismo.
Blanquita pellizcó la pierna de Elvira que miraba el patio a través de la ventana. Elvira, tú eres de ballet, dijo Blanquita a su amiga que casi nunca se enteraba de nada. Elvira se levantó precipitada del círculo y se fue a los percheros. Una vez allí volvió a mirar a Blanquita porque nunca se acordaba de cuál era el suyo. Elvira le señaló uno con una pegatina de un perro. Blanquita desde el círculo negó con la cabeza. Después el de la pegatina de un gallo, y Blanquita volvió a negar. Elvira los miró todos, estaba convencida de que su perchero era uno de aquellos, de los del final, pero ¿cuál? ¿El pato rojo?, no, ¿el camello?, no, ¿el cisne?, no, ¿la tortuga?, no, ¿el burro?, y por fin la cabecita de Blanca asintió, ¡ay, menos mal!
Elvirita se sentó en el suelo, se quitó las zapatillas rojas de pana, y las guardó en una bolsita de cuadros con su nombre bordado en letras verdes: Elvira Rebollo. Se puso los zapatos. Se quitó la bata gris de rayas y se colocó el abriguito azul marino a juego del resto del uniforme. Pero antes de tomar la mochilita, con su ropa de ballet para su clase extraescolar, se volvió a acercar corriendo al círculo y ante Blanquita preguntó:
―¿Están bien así?
Las dos niñas tenían su vista clavada en los zapatos de Elvira.
―No ―dijo Blanquita sin dudarlo ni un segundo―, están al revés, porque esto es para fuera.
―¿Esto? ―preguntó Elvira señalando con su dedito cada una de las dos hebillas.
―Sí, tú tienes los dos para dentro pero esto es para este lado y esto es para así, para allí ―explicó Blanquita señalando gráficamente la dirección correcta que debían llevar las hebillas.
¡Jo, qué lista! Elvira no podía dejar de pensar en lo lista que era Blanquita, nunca había conocido a nadie tan listo como ella, era súper lista y además era su mejor amiga, jo, qué pasada…
Así que Elvira se cambió los zapatos colocando el derecho en el pie derecho y el izquierdo en el izquierdo.

Cuando las niñas llegaron a los vestuarios de la sala de ballet, al otro lado del patio del cole, se encontraron con un montón de mamás que las esperaban para ayudarlas a cambiarse de ropa. Pero la mamá de Elvira no estaba, nunca iba. Elvira lo sabía, su mamá se lo había explicado, no trabajaba pero no podía estar a su servicio veinticuatro horas al día porque ella no era esclava de nadie. Así que Elvira no buscó a su mamá al entrar allí, sino un trocito de banco libre donde poder cambiarse sola.
Primero se quitó la falda y, dentro de su bolsita, buscó las medias rosas y empezó a ponérselas por encima de los gordos leotardos del uniforme del cole. Las medias se le iban revirando según se las iba subiendo hacia la cintura. Estaban completamente retorcidas a lo largo de sus cortitas piernas, pero no parecía importarle, no se sentía incómoda, quizá porque las medias le quedaban inmensas y no llegaba a sentir el estrangulamiento en sus piernas, y es que Elvira era una niña realmente pequeña para su edad.
Después sacó el mallot negro y se lo puso. No se quitó nada, ni la horrorosa camiseta interior de ganchillo, ni el polito blanco, ni el jersey azul marino con el escudo del cole. Nada. Se colocó el mallot encima de todo aquello, y además… ¡al revés!
―A ver, bonita, que te ayudo ―le dijo una mamá al ver que parecía una morcilla envuelta en un mallot negro.
La mamá le quitó el jersey y después intentó hacer lo mismo con el polito.
―¡No, no, no!, ¡esto no, esto no! ―grito Elvira estirándose el polito hacia abajo intentando hacer fuerza para que no se lo quitara.
Y es que aquella mamá tan simpática no había caído en la cuenta que cuanto más le desvistiera más tendría, luego, Elvirita que vestirse y sola además. Así que no, sintiéndolo mucho el polito se quedaba allí.
Por último se calzó las zapatillas de ballet. Le encantaban esas zapatillas porque Blanquita, hacía tiempo, le había explicado que no importaba en qué pie se las pusiera, izquierdo o derecho, daba igual, valía en cualquiera de los dos. ¡Jo, qué guay de zapatillas!
Elvira entró por fin en la sala dando saltitos y empezó a mirarse en el espejo toda presumida a pesar de estar hecha un cromo.
―¿Con esos pelos va a bailar, señorita? ―preguntó con desdén la profesora de ballet mirándola por el espejo.
Elvira se tocó su cabeza. Tenía el pelo suelto con una media coleta. Ella se veía muy bien, hasta que vio entrar a sus compañeras de baile con moños perfectamente recogidos en redecillas. Jo, ella no tenía moño, ni redecilla, vaya… Se deshizo la media coleta e intentó hacerse un moño igual que el de sus compañeras, el resultado fue desastroso. Se acababa de colocar un mondongo de pelo hacia un lado, apretado con la goma, era algo así como la versión pitufa de Alaska.

La clase empezó y todas las mamás apretujadas en la puerta saludaban a sus hijas y les mandaban besos. Elvira, con una enorme sonrisa, devolvía el saludo a las mamás y también les mandaba besos porque nunca comprendió que aquellos besos no eran para ella.
La clase se terminó y las niñas corrieron a los brazos de sus madres. Elvira también corrió feliz a su trocito de banco y se sentó allí, de brazos cruzados, a esperar mientras veía el alboroto de prendas entre madres e hijas.
―¿No te pones la ropita? ―le preguntó la mamá simpática de antes.
―No, porque tengo que quedarme aquí, a la otra clase con las mayores, porque dice, dice, dice ―y a la tercera pudo arrancar― mi mamá que no es esclava, y que, y que… ―cogió aire― y que no tiene tiempo para venir antes y que está harta, harta, harta.
La mamá simpática la miró extrañada, no entendía qué decía y prefirió no hacer más preguntas porque Elvira le resultaba un tanto rara.

A los treinta minutos se marcharon las últimas niñas con sus mamás y empezaron a llegar las niñas de doce, trece y catorce años, las mayores. Todas conocían a Elvirita y todas la trataban como a una muñequita. Les parecía muy graciosa.
―Venga, Elvirilla, haznos un cambré y luego un supléss ―le jaleaban entre todas.
Elvira se ponía ante ellas y se quedaba todo tiesa porque no se sabía los nombres de las posiciones en ballet. Entonces, una de las mayores lo hacía primero y luego Elvira la imitaba. Todas se reían y la aplaudían como a un mono de feria.
Durante la clase de las mayores, Elvira era una auténtica peonza que iba de aquí a allá, tropezándose con todas. Cuando todas estaban arriba, ella abajo. Cuando todas saltaban ella todavía estaba con el impulso, porque nunca se decidía. Y en los grand battement, Elvirita no sólo lanzaba la pierna hacia arriba sino que también la zapatilla. Salía disparada como un torpedo, y ella inocentemente se reía como una tonta panza arriba en el suelo. Hasta que, finalmente, la profesora le castigaba a estar de pie, con los brazos pegados al cuerpo, en una de las esquinas. Siempre era lo mismo.
De nuevo en los vestuarios, alguna de las mayores le ayudaba a ponerse el jersey y la falda porque Elvira nunca quería quitarse el mallot. Así que salía como una auténtica cebolla, cubiertita de capas.
Se despidió de sus compañeras mayores con su abriguito y su mochilita a la espalda. A algunas de ellas les gustaba verla bajar por las escaleras, porque Elvira tenía tanto vértigo que bajaba arrimada a la pared no fuera a escurrirse por los agujeros de la barandilla. Y como era tan bajita, sus piernas no le alcanzaban a dar el paso del escalón completo, así que bajaba sentada de culo. Primero uno, luego otro y otro y así hasta terminar con los dos pisos de altura. Después, una vez abajo, miraba hacia arriba y se despedía, con las manos, de las niñas mayores asomadas a la barandilla, que acababan de ver, muertas de risa, su culona forma de bajar.

Al llegar a la portería principal esperó a su mamá sentadita en el tercer peldaño de la puerta de la entrada.
―¿Qué hace ahí, Doña Elvira?
Elvirita miró hacia atrás y vio a una gorda monja hablándole con seriedad.
―Espero a mi mamá ―respondió con una gran sonrisa desdentada.
―¿Usted cree que ésa es manera de llevar el uniforme?
Elvira no entendió la pregunta y siguió sonriendo.
―Dígame, Doña Elvira, si ésa es o no manera de llevar el uniforme ―repitió la monja con sequedad.
Elvira seguía sin entender nada pero dejó de sonreír porque sabía que la monja estaba enfadada con ella, no sabía muy bien por qué, pero por su cara estaba muy, muy, muy enfadada.
En ese momento entró por la puerta la mamá de Elvira. Elvira dio un paso hacia atrás porque supo que ahora sí que estaría metida en un gran problema. La monja explicó a la mamá de Elvira la importancia de llevar correctamente el uniforme. Decía que la pulcritud era un valor que intentaban inculcar a las niñas y que los padres debían apoyarlas. La mamá de Elvira se deshizo en elogios hacia las monjas y su santa institución, y pidió infinitamente disculpas por la apariencia de su hija, asegurándole que nunca se repetiría.
Una vez en la calle, la mamá agarró con fuerza el brazo de su hija y le pegó un sonoro sopapo en toda la cara.
―¡Te voy a matar! ¡Te voy a matar! ¡¿Cuántas veces te he dicho que te quites la ropa de ballet antes de salir y que la metas en la mochila?!, ¿eh?, ¡¡¿cuántas?!!, que pareces tonta, ¡tonta de remate, hija mía! Yo no sé… no sé ¿a quién coño habrás salido? No lo sé, de verdad te digo, ¡no lo sé porque pareces retrasada mental!
Elvirita empezó a llorar.
―¡Y no me llores que te encanta el drama! ¡Cualquiera que te vea va a pensar que te maltrato!, y aquí la única maltratada ¡soy yo!, que estoy esclavizada por todos vosotros ―y sin soltar el brazo de su hija y sin dejar de gritar empezó a andar de nuevo―, que si yo estoy así es por tu culpa, ¡con lo bien que estaba yo soltera!, ¡que me tienes ya muy harta, Elvirita!, ¡muy harta!, pero ya verás cuando se lo cuente a tu padre, ¡ya verás! ―aligeró el pasó y farfulló entre dientes―: mierda de hija… mierda de hija…
Elvirita seguía a su mamá con congoja, cargada de culpa. Todo era por su culpa, por su culpa, por su culpa, todo lo hacía tan mal…
Pobre Elvira, cómo lloraba, pobre Elvirita, qué poco entendía…