lunes, abril 12

Qué bello es vivir

—Yo, la verdad, es que pensaba que todavía me quedaba un año de visado de trabajo, no comprendo qué ha pasado.
—¿Un año de visado?, pero ¿dónde se cree que está usted, señorita?
—¡Uy!, pues en el Consulado de Estados Unidos —contestó Elvira dándose la vuelta y mirando la larga cola que había tras de sí.
—Pero, vamos a ver, ¿usted me ve cara de americano?
Pues, hombre, lo cierto es que no tenía cara de nada. Era un extraño personajillo de nariz y orejas puntiagudas. El poco pelo que tenía en la cabeza lo escondía bajo un bombín tan sucio y desgastado como el resto de su traje sastre. Estaba sentado detrás de una inmensa mesa en medio del vacío.
—Antes de nada necesitamos que rellene la hoja de defunción —dijo sin atisbo de expresión.
—¿De defunción? Pero, pero… ¿quién se ha muerto? —preguntó Elvira deshilachándose los labios de lo nerviosa que estaba.
—¡Usted, señorita, usted! Y haga el favor de coger estos papeles —y le ofreció un taco de folios grisáceos— y pasar a la oficina 1.568-C, allí le darán la información para cumplimentar el papeleo, y recuérdeles que le estampen el sello que siempre se les olvida poner el puto sello, y mira que siempre lo digo en las reuniones, el sello, el sellito, que si no hay sello no tiene validez y vuelta a empezar, ¿me ha entendido, señorita?
Elvira asintió con la cabeza y tras coger los papeles salió lentamente de la cola. Miró a su alrededor y vio a un hombre a caballo, llevaba un uniforme como el de Patrick Swayze en “Norte y Sur”. Justamente delante de ella, una exuberante mujer se paseaba como si tal cosa con un diminuto bikini rojo. Un niño, al que llevaba su madre en brazos porque le faltaban las piernas, la saludó con una mueca. Elvira le sonrió y cuando lo perdió de vista se apretó los papeles contra el pecho y tomó aire, al hacerlo se dio cuenta de que no olía a nada, volvió a inspirar y sí, realmente no parecía oler a nada aquel lugar.
A lo lejos vio una gigantesca puerta amarilla, corrió hacia ella, igual era la salida. Corrió y corrió y corrió y corrió más aún, pero parecía no llegar nunca. Cuando, por fin, la tuvo delante de sus narices pudo leer el destartalado letrero que colgaba de un diminuto clavito en medio de la puerta: “Oficina 1.568-C”. Pues no es la salida, musitó defraudada en voz alta.
Elvira tocó a la puerta y esperó. Al no oír nada volvió a tocar. Silencio. Dudosa miró de nuevo el cartelito, sí, Oficina 1.568-C. Lo pensó por un rato y, al final, decidió entrar sin esperar el permiso.
—¿Hola…? —dijo una vez dentro, observando a una mujer de unos sesenta años con un vestido como el de Scarlett O’Hara, hecho con las cortinas de terciopelo verdes, pero éste era granate. La mujer bailaba al ritmo de unas campanillas que sostenía con tres dedos de cada mano.
—¡Oh, tesoro!, lo siento, lo siento, pasa, pasa, por favor, pasa, tesoro —dijo fingiendo, con inmensa teatralidad, vergüenza por haber sido descubierta bailando—. Siéntate, siéntate ahí —y señaló una vieja butaca de cuero marrón llena de petaches. Elvira se sentó un tanto cohibida—. ¿Un café, un té, agua con gas, sin gas…?
—Nada, señora, gracias, yo venía porque necesito información sobre…
—Yo me prepararé un mate, si no te importa —interrumpió la mujer. Se lo preparó y tras el primer sorbito hizo unas gárgaras, tragó y empezó a afinarse la voz—: Do, do, do, re, mi, la, sol, sol, do, do, la, mi, fa, fa —repitió un último fa, carraspeó y dejó la taza de mate sobre la mesa al mismo tiempo que tomaba asiento frente a Elvira, que la miraba atónita—. ¿Te gusta la música, encanto?
Elvira movió la cabeza afirmativamente, no le salían las palabras.
—Yo era mezzosoprano, Ludmila Yivkova. Oh, tesoro, créeme, tenía Moscú a mis pies, re, re, mi, sol, la, fa, do, do —canturreaba de nuevo poniendo los ojos en blanco—. Pero me enamoré de un uruguayo y, ¿qué crees que pasó?, ¿eh? —Elvira levantó los hombros—. Que me fugué con él a Montevideo, a hincharme a mate y a chocolate, hasta que un día me atraganté. Era del negro, chocolate negro, del puro, dos onzas de un bocado, no me pasó, se me quedó aquí, aquí. Mira, tesoro, parece como si lo sintiera hoy mismo, aquí, aquí —explicaba agarrándose la garganta con ambas manos—, me asfixié. Una mezzosoprano asfixiada, paradojas de la vida, encanto, bueno, y ¿tú?, ¿es la primera vez que vienes aquí?
—¿Yo?, ¡claro!, es la primera vez que me muero.
—¡Uy, no! ¡Ja, ja, ja, ja! —La potencia de su carcajada casi hace reventar dos copas de cristal que tenía sobre la repisa de la ventana—. ¡Qué ocurrencia, tesoro! Me refiero si ya has estado antes en la oficina y vuelves para que te ponga el sello, porque siempre se me olvida, ¡ja, ja, ja, ja, je, je, je, je, ju, ju, ju!
Disimuladamente Elvira se tapó los oídos, haciendo creer que se retiraba el pelo detrás de las orejas.
—No, es la primera vez, necesito…
—Sí, sí, veamos, ¿nombre?
—Elvira Rebollo.
—¡Oh, me matas! ¡Ay, no!, qué tonta, que ya lo estoy ¡ji, ji, ji, ji, ju, ju, ju, ju! —reía tapándose la boca con una mano como si le avergonzara mostrar sus dientes—. Elvira, oh, qué delicia de nombre, fascinante, totalmente fascinante, Elvira, Elviiiiiiiiira, tienes nombre de artista, ¿eras bailarina?
—No, soy, era... soy, bueno, profesora.
—Oh, qué interesante, qué interesaaaante, tesoro, ¡profesora de arte! —gritó alzando los brazos al aire.
—No, de español.
Al oírlo, Ludmila bajó los brazos torciendo el labio con cara de asco.
—No importa, encanto, te entiendo, has muerto demasiado joven como para saber a qué era a lo que realmente te querías dedicar, no es culpa tuya, no te sientas mal por eso, tesoro. —Con ambas manos se retiró el flaquillo de la frente enérgicamente y bebió un poco de mate—. Do, do, mi, mi, re, la, la, fa, fa, sol. Bien, veamos, Elvira Rebollo, Elvira Rebollo, Elvira Rebollo —repetía cada vez que se chupaba el dedo pulgar y pasaba las hojas de una enorme montaña polvorosa de papeles—. ¡Aquí estás! Bien, domingo 11 de abril, leamos, 10:17 te levantas de la cama, 10:19 meas, 10:21 te lavas las manos…
—Disculpe, pero ¿podríamos ir un poco más rápidas?
—Tesoro, ¿tienes prisa? Aloha, bienvenida a la eternidad.
Elvira decidió caer en el conformismo y apoyó los codos en la mesa mientras escuchaba, con la cabeza baja, lo que había hecho esa mañana minuto a minuto.
—… 11:46 coges una silla, 11:47 la colocas frente a la encimera de la cocina, 11:48 te subes a ella, 11:49 abres el armario alto, sobre la campana extractor, 11:50 alcanzas los crispis, 11:51 te pones de puntillas, 11:52 intentas alcanzar algo del fondo del armario, no se especifica el qué, tesoro —anotó mirando a Elvira—, 11:53 pierdes el equilibrio, 11:54 caes al suelo golpeándote la cabeza primero con la fregadera y luego con el suelo. Muerte instantánea. Fin.
—¿Fin? ¿Me he muerto por querer desayunar crispis?
—No, te has muerto porque, según este informe, llegas escasamente al metro y medio y has necesitado de una silla, de la que luego te has caído y te has abierto la cabeza, para desayunar crispis.
Elvira se echó hacia atrás y se hundió en la vieja butaca, parecía que ésta se la estuviera engullendo.
—Bueno, tesoro, pues esto ya está, échame una firmita aquí, donde pone: firma de la nueva alma.
Elvira se reclinó de nuevo sobre la mesa y firmó.
—Pues ya está, oficialmente ya eres una muerta de verdad.
—Gracias —contestó Elvira encogida de hombros—, póngame el sello, por favor —dijo devolviéndole los papeles.
—¡Uy! ¡Jo, jo, jo, ja, ja, ja, ja! ¡El sello, el sello, Ludmila! Re, re, mi, fa, mi, fa, sooooooool —PUM y el sello estampó—. Ahora debes ir al centro médico, a que te hagan una autopsia del alma, a ver adónde te envían porque aquí pone que eres católica, así que… ¿cielo o infierno?
—¿Qué? ¡No soy católica! ¡Es cosa de mis padres!
—Sí lo eres, encanto, lo dice bien clarito: católica, bautizada y primera comunión. El día que se mueran tus padres lo discutes con ellos, nosotros no podemos hacer nada. Respetamos todas las creencias y el catolicismo instauró el juicio final. Así que, vete a que un médico te examine el alma y, con los resultados, te vas a las cortes celestiales para que el Tribunal Eterno tome una decisión. ¡Adiooooos!
Elvira se metió los papeles debajo del brazo y salió de la oficina 1.568-C como una furia. ¿Católica? ¿Ella católica? Todavía recordaba el día en que planeó con Jaime hacerse apóstatas, los dos estaban decididos, querían borrar sus nombres de los archivos del Vaticano, pero al final ella se fue a China y Jaime a Nicaragua y por una cosa o por otra se les fue pasando el tiempo y con él la rebeldía.
Mientras farfullaba ciega por las calles de la eternidad, un hombre le agarró del brazo.
—Txiki…
—Abuelo. —A Elvira se le cayeron los papeles al suelo porque se llevó los brazos al pecho, estaba paralizada.
—Pero, txiki…
—Oh, abuelo —Elvira saltó sobre él abrazándolo con ansias. Estaba exactamente igual a antes de la caída, estirado y fuerte.
—Pero ¿qué cojones haces aquí, hija mía?
—Ay, abuelo, que la silla, que se ve, bueno, antes he meado y me he lavado las manos, ¿no?, entonces he ido a por los crispis, en la silla, y mira, oye, por un día que no tomo café, me caigo y me abro la cabeza.
—¡La madre que los parió a todos! —Vicente cogió con fuerza a su nieta por el brazo y se la llevó en volandas—. ¡Me cago en los ángeles y en todo su séquito! ¡Los muy marranos! —gritaba sin cesar.
Frente a una verja negra se pararon. Vicente soltó a Elvira del brazo y se encaramó a la verja.
—¡Quiero hablar con San Pedro!
—Abuelo, déjalo, si no importa, si ya he firmado los papeles. Además, así podremos estar juntos, que te veo muy solo aquí y me da qué sé yo...
Vicente se dio la vuelta. La miró con mucho cariño y con ternura le agarró por la barbilla, con sus cinco dedos, dejando sin un lugar preciso a ese dedo meñique tan retorcido.
—Txiki, yo te lo agradezco pero te aseguro que tu madre te necesita mucho más que yo, y hago esto por ella, porque no hay nada más triste que estar muerto en vida —y dándose la vuelta volvió a gritar—: ¡San Pedro!
Al de un ratito, un hombre arrugado salió con una piedra debajo el brazo.
—A ver, Don Vicente, dígame, ¿qué pasa ahora?
Vicente no dijo nada, se dio la vuelta y con las dos manos señaló a su nieta, quien, poniendo morros de tortuga, levantó la mano y saludó a San Pedro.
Los dos hombres se alejaron de la chica para discutir la situación, uno a cada lado de la verja. Elvira veía como San Pedro ladeaba la cabeza de lado a lado, mientras su abuelo contabilizaba no sé qué cosas con los dedos de la mano, parecía furioso. Al de un momento, San Pedro dejó la piedra en el suelo y se rascó la frente con una mano, mientras que la otra la apoyó en la cintura, parecía reflexionar, la cosa no estaría yendo tan mal, pensó Elvira. Finalmente los dos hombres se estrecharon la mano a través de la verja.
—Hala, txiki, corre, corre, que te abren las puertas, que te vuelves —dijo Vicente emocionado a su nieta.
San Pedro se apresuró a quitar el pesado candado de la puerta principal, después mirando a ambos lados, cerciorándose de que nadie lo viera, la abrió lo justo para que la joven pudiera pasar.
—Oye, hija mía, dile a tu madre que deje de poner velas a Loyola y que mande alguna botellita de Txakoli para San Pedro, que se las he prometido, ¿eh? —le dijo al oído para que el guardián de la puerta no pudiera oírlo.
Elvira asintió sin dejar de llorar. Después se escurrió por la puerta y le mandó un beso con la mano desde el otro lado.
—Agur, txiki, agur, hija mía, agur.

Me duele la mano y la cabeza, me duele mucho la cabeza, mi cara, hace frío, sabe a hierro, mi… mi boca entera sabe a hierro, me duele.
Me intento levantar del suelo, veo la silla tirada sobre una de mis piernas, y los crispis esparcidos por todos lados. Me duele tanto la cabeza que me la toco, no sangro, no sangro de la cabeza, pero los azulejos amarillos de la cocina están teñidos de rojo. Me toco la boca, me duele, me duele. Paso con cuidado la lengua por mis dientes, los tengo todos. Respiro aliviada. Torpemente consigo ponerme de pie y voy hasta el baño. Me miro y me asusto, me he reventado el labio y la ceja. Me duele la mano, la miro, me la acerco, y lo veo. Tengo el dedo meñique completamente retorcido, me lo he roto.
—Mira, abuelo —le digo al espejo—, como tú.

martes, marzo 23

Carta desde NY

Rainy day in Manhattan, por Jonelle Summerfield

Quiero contarte que ayer me corté el pelo, le dije que cuatro dedos pero está claro que sus dedos no eran como los míos. Que sentada en un banco de Central Park me di cuenta de que odio todos los parques del mundo. Que terminé el libro de Hosseini anoche en el hotel. Que el sábado conseguí una entrada por 30 dólares para ver a Scarlett Johansson en el teatro, y la columna era muy linda. Que las cafeterías están llenas de gente sola, una persona por mesa, por eso nunca encuentro sitio. Que un taxista afgano me preguntó cuatro veces adónde iba porque no me entendía, será por mi acento de West Virginia, le dije. Que cenando en un Tailandés, de la calle 95 con Broadway, estornudé y se me salió un grano de arroz por la nariz, me reí sola. Que lleva todo el día lloviendo. Que me acabo de comprar en Barnes la novela “Perdona si te llamo amor”. Que me encanta pasearme por Manhattan con el café en vaso de plástico, muchas veces lo llevo vacío pero, aun así, no lo tiro, es cool. Que el domingo escribí un cuento nuevo en el muelle, frente al puente de Brooklyn. Que me he hecho la manicura en Chinatown por seis dólares, ahora llevo las uñas negras. Que tomé el metro para ir a Washington Square pero, para cuando me di cuenta, estaba en Malcom X Boulevard. Que, mientras esperaba mi Carrot Cake en Magnolia de la Sexta Avenida, observé a una pareja que no tenía nada que decirse. Que a nosotros nunca nos faltan palabras sino tiempo. Que no existen ciudades espectaculares sino buena compañía. Que te escribo porque mi ego no me deja llamarte. Que te echo de menos.

viernes, marzo 19

Filólogos, esa extraña raza

Elvira llegaba a la mesa con la lengua fuera, mordiéndosela de medio lado con los incisivos. Creía que de esta forma podría mantener mejor el equilibrio, pero no se daba cuenta de que parecía medio tonta. Portaba un plato a rebosar de palmeritas de chocolate, huevos revueltos, tres salchichas, una tostada con dos tarrinas diminutas de mermelada, macedonia de fruta y arroz con bacón.
Ay, mierda, el café, dijo una vez a la mesa. Se levantó de nuevo, tomó una de las tazas apiladas que había sobre un carrito en mitad del comedor y fue directa al termo eléctrico.
—¡Hala! ¡Rober, Rober, mira cómo sale el chorrito, mira cómo sale! ¡Mira, mira, es automático! ¡Qué chorrito!
A Elvira no sólo le oyó Roberto, que estaba sentado en su misma mesa revisando algo en el portátil, sino también el resto de los comensales del restaurante-comedor del hotel.

Eran las nueve de la mañana. Roberto y Elvira, al igual que otros sesenta profesores más, estaban hospedados en el Hotel Hyatt de Manila invitados por el Instituto Cervantes. Era el primer congreso PELEA, Profesores de Español como Lengua Extranjera en Asia.
—Menuda pelea nos espera durante los próximos cuatro días, ¿eh, Rober? —dijo Elvira sentándose con su taza de café en la mano—. ¿Entiendes? Pelea de PELEA, es que yo me meo, ¡ay, he estado en una pelea en Manila!, la gente flipa, ¿no?, yo me parto, pe-le-a.
Era gracioso, sí, pero Elvira había repetido el chiste unas cinco veces desde que la noche anterior su avión aterrizara en Filipinas procedente de China.
—Bueno, ¿qué te parece esto? —preguntó Roberto dando la vuelta a su portátil para que Elvira pudiera ver el PowerPoint que estaba preparando.
—Tú no has entendido el chiste.
—¡Ay, nena, que sí que lo he entendido pero te repites más que el ajo! Venga, ¿te gusta o no?
Elvira mordisqueó una de las palmeritas mientras se acercaba a la pantalla del ordenador de su amigo. La enseñanza del español en Bangladesh desmonta la metodología tradicional en el aula, leyó en voz alta a la vez que escupía virutillas de chocolate.
—¿Sí? Entonces, primero presento el sistema educativo de Bangladesh —decía Roberto escenificando con las manos sus palabras—, y como consecuencia el choque que supone la enseñanza del español, lucha mordaz entre el enfoque comunicativo y el tradicional, reinvención de los manuales por parte del propio profesor de español que… Nena, ¿me sigues?
Pero Elvira estaba demasiado concentrada en mezclar los dos sabores de mermelada en la tostada y rociarla del arroz frito con bacón.
—…y ahora le pongo un troncito de piña y… —murmuraba ella sola—. ¡Mira, Rober!, ¡tostada filipina! O, si lo prefieres, tostada a lo Isabel Preysler.
Roberto intentó contenerse pero finalmente le rió la gracia, no porque la tuviera sino por aquella manera tan peculiar que tenía Elvira de decir lo primero que se le pasara por la cabeza. Y es que a Elvira las neuronas no le fluían a la misma velocidad que al resto de la gente.

Roberto tomó aire estirándose sobre la silla y echando un vistazo a su alrededor.
—Ay, nena —dijo echándose hacia adelante y tomando una postura muy confidencial frente a Elvira—, ¿por qué no me haces un favor?
Elvira dejó la tostada en el plato e, intrigada, se acercó a su amigo sin decir nada.
—Nena, tírate al profesor de Hanói y luego me lo cuentas, anda.
—¿Al de Hanói? ¿A Enrique Blanco? —preguntó localizándolo dos mesas más a su derecha.
—Sí… ay… es monísimo, no me lo quito de la cabeza desde que coincidimos en el seminario de Hong Kong.
—Pero si es gay.
—¿Gay?
—Gay.
—Bueno, pues en ese caso ya me lo tiro yo.
Elvira rompió a reír como una loca. Conocía a Roberto de hacía tan sólo un par de años. Se encontraron en unos cursos para formar a profesores de español en el extranjero, organizados en Madrid por el Ministerio de Asuntos Exteriores. Tan sólo necesitaron intercambiar un par de frases para darse cuenta de que compartían el mismo sentido del humor y el poco fundamento. Fue todo un flechazo.
—Oye, pero ¿estás segura?, no lo veo yo.
—Segurísima. Aprovechando las vacaciones de primavera me fui a Vietnam y quedé con él, majísimo, majísimo —enfatizó ladeando lentamente la cabeza de un lado a otro—, y bueno, me presentó a su novio y eso, también muy majo —Y alzó los hombros dando a entender que no había mucho más que decir.
Roberto apoyó los codos en la mesa, se rascó la perilla y frunciendo el ceño preguntó:
—Y ¿cómo te dio a ti por irte a Vietnam sola?
—¡Uy!, porque yo también pensaba que Enrique era hetero.
Roberto aplaudió aquella respuesta como un loco, se moría de la risa, lo cierto es que no esperaba menos de su amiga.
—Hola, ¿me puedo sentar? —con esta pregunta, un joven alto y desgarbado interrumpió las risas.
Antes de contestar, ambos amigos leyeron rápidamente la pegatina que tenía en el pecho con el nombre del congreso, de él mismo y de la Universidad de la que era profesor. PELEA. Eduardo Sainz de Marcos. Universidad de Taisho.
—¿En Japón? —preguntó Roberto señalando su pegatina.
—Sí, en Tokio —contestó el chico.
Elvira se puso en pie para retirar el jersey y el bolso que colgaba de la silla donde pretendía sentarse Eduardo.
—Yo soy Elvira, de la Universidad de Lenguas Extranjeras de Dalian, China.
—¿Dalian? Eso queda en Manchuria, ¿no?
—Sí, un frío horrible, cuando sales a la calle tienes que frotarte así la nariz —y empezó a frotársela en círculos con los dedos—, porque si no la sangre deja de circular, se te queda blanca y se te cae. Por eso los chinos del norte tienen esa cara tan rara, porque a muchos les falta un trozo de nariz.
—Vaya… —exclamó tímidamente con cara compungido—, pues no tenía ni idea, debe ser dura la vida allí.
—¡Que no! ¡Que es broma! Dalian es una ciudad espectacular junto al mar, y todos tienen la nariz perfecta, chatilla pero completa —y empezó a reírse mirando a Roberto.
Éste puso los ojos en blanco y tras suspirar quiso aclarar:
—A Elvira la invitan a este tipo de congresos para amenizar los encuentros y siéntate porque en breves te contará el chiste de PELEA, tú siéntate, siéntate, ya verás.
El chico se sentó un tanto arrepentido de haber elegido aquella mesa, en las otras parecía que la gente era más normal.
—Ah, yo soy Roberto de la Universidad de Dhaka, Bangladesh —dijo frotándole el antebrazo.
Vaya, nunca pierde comba, pensó Elvira del sinuoso gesto de su amigo.
—Y ¿tu presentación de qué va? —preguntó la de Dalian cogiendo de nuevo la tostada filipina y llevándosela a la boca.
—Del Haiku.
—¿Del Haiku?, pero, no sé, ¿qué tiene que ver la poesía japonesa con el español?
Elvira asintió con la cabeza, haciendo ver que apoyaba la pregunta de su amigo, aunque en realidad se acababa de enterar de lo que era el Haiku, y aun así, no terminaba de enterarse de mucho.
—Bueno, yo es que soy poeta, enseño español a través de la poesía japonesa, con traducciones.
Elvira y Roberto se intercambiaron una fugaz mirada de ojos de besugo. No, si al final iba a resultar que Eduardo era el más friki de la mesa.
—La gramática se oye y a veces, no siempre, se entiende pero la poesía se siente —añadió.
Roberto empezó a recoger sus cosas, le iba a entrar la risa y no quería parecer un impertinente, así que se apresuró a levantarse y a despedirse antes de escupir la primera carcajada. Ya casi en la puerta esperó un momento a que Elvira lo mirara y fingió ahorcarse, salió del comedor riéndose escandalosamente. Elvira lo odió.

—Bueno, y ¿cómo es Tokio?, me gustaría ir en octubre una semana —comentó Elvira bebiendo un poco de café, en realidad estaba utilizando la taza para taparse la sonrisita nerviosa que tenía.
—¿Tokio? —Eduardo la miró, guardó silencio y preguntó de nuevo—: ¿Cómo es Tokio?
—Tokio, sí, Tokio.
Eduardo se rió.
—Lo sé, Elvira, era una pregunta retórica —explicó presuntuosamente.
Ésta casi se atraganta con el café.
—Tokio es miso en llanto, Tokio es neón, Tokio es obscenidad oscura, tigre corrompido, Tokio es silencio del estruendo, abominable Ginza, escarnio del yen, Tokio es Ikebukuro de piel y roce, es abismo y crudo contraste en net.
Si Elvira abría más los ojos se le iban a reventar las cuencas. Con meditada parsimonia se retiró un mechón de la cara y sonriendo forzosamente dijo:
—Vaya, pues… sí que tiene cosas, ¿eh? —Bajó la vista, tomó su plato con ambas manos y, con una ingenua simpatía, preguntó a Eduardo—: ¿Cabría poesía en una tostada filipina?

lunes, marzo 15

Uno únicamente

Nota: Para contextualizar este relato se recomienda leer antes la entrada: Un día y dos vidas

—Me gusta tu pelo.
—¿Mi pelo?
—Sí, ni liso ni rizado, es… —tomó un mechón entre los dedos y lo olió—, no sé, un pelo original y eso me gusta —hizo una pausa mirándola con ternura, luego se dio media vuelta y yendo hacia la encimera de la cocina dijo—: Voy a prepararme café, ¿quieres?
—¿Bebes café?
—Elvira, ¿qué te pasa esta mañana? —preguntó riéndose. Ella no dijo nada, sonrió desde la mesa—. Bueno, ¿quieres o no?
—Claro —contestó observándolo embelesada—. ¿Eres escritor? —preguntó después.
Él se rió al escucharla. Tomó las dos tazas y se sentó a la mesa junto a ella.
—¿Escritor dices? —repitió la pregunta divertido—. Eso dicen, sí. Elvi, oye —empezó diciendo en un tono más serio—, no tomes más café, creo que te está afectando.
Ella le rió el chiste como una idiota y lo miró a los ojos. A esos ojos tan verdes, tan sinceros, que desprendían tanta calma, tanta seguridad.
—Pensaba que nunca iba a conocerte —dijo ella aislando cada una de las palabras.
—Estás loca, ¿lo sabías? Estás tan loca que es imposible dejar de quererte, tu locura es adictiva —dijo abrazándola sin cuidado de hacerla daño, la estrujaba contra sí con todas sus fuerzas, como si quisiera absorberla.
—Dime tu nombre —suplicó susurrante.
—Ron Adkins, tonta, Ron Adkins.

—Ron Adkins, Ron Adkins, Ron Adkins…
Repetía una y otra vez Elvira, mientras fregaba el único plato que había utilizado para comer, con su único vaso.
—Ron Adkins, Ron Adkins… —repetía secando el tenedor y el cuchillo y guardándolos en el cajón.
Tras cerrar el cajón lentamente, levantó la vista y a través de la ventana vio la tristeza de un domingo por la tarde. Apretó los labios y tragó saliva, se le escurrieron las lágrimas sin darse cuenta. Se miró las manos y se acarició los dedos sintiendo una inmensa soledad. Maldita soledad de domingo.

lunes, marzo 8

Locura de amor en tres actos

Primer acto.
Personajes:
Madre
Hija

La escena se desarrolla en una salita de estar de una casa española. La hija de 26 años tumbada en el sofá, en pijama bajo la manta mirando al televisor. La madre de 51 años, de pie junto a la puerta, con el abrigo puesto y las llaves en la mano.

Madre: Hija, bajo un momentín al supermercado, ¿quieres que te traiga algo?
Hija: No.
Madre: ¿Nada?
Hija: No.
Madre: Algo querrás, porque tú siempre quieres algo, otra cosa no, pero pedir, ¡madre mía! No conozco a nadie que se pase todo el santo día pidiendo y pidiendo.
Hija: Jo, mamá, bufff… que no quiero nada, que me dejes, que estoy viendo esto.
Madre: Y ¿qué es esto?
(La madre se adelanta, se coloca en medio de la sala y mira al televisor)
Hija: ¡Mamá, quita!, ¡pero quita!, ¡joe, qué pesada!, ¡que no me dejas ver!, ¿no te ibas al súper ya?, ¡pues venga!
(La madre vuelve junto a la puerta y mira su hija con enfado)
Madre: Vas a cobrar, te lo advierto. Que hasta ahora he tenido mucha paciencia contigo porque, oye, yo comprendo que necesitabas tiempo para superarlo, a fin de cuentas tienes que pasar el duelo pero…
Hija: Mamá, no empieces, ¿eh? No empieces, déjame en paz, anda, y vete al súper que te van a cerrar.
Madre: Haz el favor de levantarte, ducharte y hacer algo, porque llevas así dos meses y ya está bien, ¿eh? Tienes a tu padre frito, frito está, ya a mí me tienes hasta aquí, hasta el cocorote, te lo advierto, ¿eh?, te lo advierto. O cambias de actitud o te vuelves a coger las maletas y te largas, porque así no, ¿eh? ¡Así no! ¡Que nos tienes a todos machacados!
(Silencio, la hija empieza llorar)
Madre: Bueno, venga, ¿pues te traigo algo o no?
Hija: Que no, que me dejes, que me dejéis todos en paz...

Fin del primer acto
***
Segundo acto.
Personajes:
Charcutera
Madre

La escena se desarrolla en la charcutería de un supermercado.

Charcutera: ¿De éste o de éste?
Madre: No, no, no, ponme de ése que de aquél ya sólo te queda el culo y no, que ya sabes que el jamón me gusta finito y sin gordos.
Charcutera: Pues de éste entonces, ¿más?
Madre: Pues sí, mira, me vas a poner mortadela, dame sólo cien gramos.
Charcutera: Te la doy ya toda, serán ciento cincuenta, no te lo cobro, mujer, pero llévatela.
Madre: Bueno, pues dámela, pero es que no quiero llevar mucho que luego se me pone mala, chica, y la tengo que tirar y me da una rabia, me da una rabia que pa’ qué. Es sólo para mi hija, ¿sabes?, que la tengo ahí en el sofá, que yo no sé, de verdad te digo que no sé…
Charcutera: ¿No anda más animada o qué?
Madre:¡¿Animada?! Se pasa el día llorando, sin hacer nada y gritándonos a todos, de verdad que yo ya no sé qué hacer.
Charcutera: Si es que es una niña.
Madre: Pero si ya lo sabía yo, se fue a vivir con este chico el año pasado, dime tú, ¡qué dos!, ¡jugando a ser mayores! Claro, ni un año han durado, ¡ni un año! Y ahora ¡hala!, ¡de vuelta a casa! ¿Tú te crees?
Charcutera: Pobres, a mí me dan pena, porque no me digas, no me digas tú, ¿eh?, que nosotras a su edad casadas y cargadas con hijos.
Madre: ¿Qué me vas a decir? Yo tuve a Pablo con 21 y con 27 ya tenía a los tres. Que me daban unas jaquecas, ¡qué jaquecas!, pero si es que éramos unas benditas. Tan crías y con tanta responsabilidad. Lo que no entiendo es cómo los hemos sacado adelante, pero ya me dirás tú para qué. ¡Para tenerla en el sofá llorando por un payaso!
Charcutera: Suerte que tiene. ¿Nosotras llorar? No teníamos ni tiempo de preguntarnos si estábamos enamoradas de con quien nos habíamos casado.
Madre: ¡Uy, uy, uy, uy, uy! Las preguntas existencialistas para esta generación que tiene tiempo, como mi hija, que como no tienen nada más que hacer pues se mira el ombligo y se lamenta de su trágica vida. ¡Dime tú!
Charcutera: Ya se le pasará, mujer, dale tiempo. Oye, ¿te pongo un poco de choricillo de pamplona?, ¿quieres?, te digo porque te acompaña muy bien con la mortadela. La mía, la pequeña, la de 17, se prepara unos bocadillos que oye, ya te digo, con un poco de queso del de Vaquero que sale muy bien, el semicurado, pues oye, riquísimo.
Madre: No, deja, que es rara hasta para eso, de embutido sólo le gusta la mortadela, es así. Sus hermanos comen de todo pero ¿ella?, ¿ella? ¡Madre mía!, ¡peor que su padre!

Fin del segundo acto.
***
Tercer acto.
Personajes:
Chorizo de pamplona
Queso semicurado
Membrillo

La escena se desarrolla en la nevera de la charcutería anterior.

Chorizo:¿Qué voy a hacer sin ella…?
Queso: Vamos, chico, no llores, venga, que seguro que mañana reponen otra.
Membrillo: ¿Qué pasa?
Queso: Nada, que se han llevado a Mortadela.
Membrillo: ¡Ay, no!, no me lo puedo creer, pobre Chorizo… ¡menudo golpe!
Queso: Éste ya no se recupera.
Chorizo: Llevábamos toda la semana juntos, toda una semana…
Queso: Es mucho tiempo, sí, toda una vida como quien dice. De hecho no había otra pareja como vosotros.
Membrillo: Bueno, nosotros mañana hacemos cuatro días y, sinceramente, mañana te venden y no me llevan contigo y yo me pudro, ¡me pudro!
Queso: Pero, ¿qué hace?, ¡está loco!, ¡¿qué hace?!
(Detrás se ve al chorizo sobre la máquina de cortar que está encendida)
Membrillo: ¡La leche! ¿Cómo ha encendido la máquina? ¡Queso, haz algo, haz algo que se nos mata!, ¡que éste es capaz de hacer cualquier locura por amor! ¡Queso, por favor!
Queso: ¡Nooooooooooo!
(Se apagan las luces)

Ovación. Cae el telón
Fin

viernes, marzo 5

Pide un deseo...

—Y ¿cuándo te dicen si te han dado la beca?
—¿Qué? —preguntó Elvira levantando la cabeza de su taco de exámenes.
Era lunes, la semana acababa de empezar y las dos profesoras estaban compartiendo su momento post weekend en el despacho de Elvira.
—La beca, para el Máster, ¿cuándo te lo confirman?
—Buff, no sé… ¿en mayo?, ¿junio? —y ladeando la cabeza volvió a la corrección de exámenes—. No me la van a dar, es imposible, no me la van a dar… —musitaba enormemente desanimada.
—Bueno, no adelantemos acontecimientos, ¿eh? No lo sabemos, ¿vale? Además, ¿qué más te da la beca? —dijo Kayla sin darle demasiada importancia a lo que acababa de preguntar.
—¡¿Que qué más me da la beca?! —repitió con rintintín poniéndose de pie—. ¡Kayla, el Máster cuesta cuarenta y dos mil dólares, y la universidad está en una de las ciudades más caras del mundo, New York! Me quieres decir ¿cómo podría pagar semejante gasto? ¡Kayla, por favor, piensa!
—Bueno… bueno… tranquila…—decía moviendo los brazos lentamente, hacia arriba y hacia abajo, para que volviera a tomar asiento y se tranquilizara. Elvira la obedeció y se sentó refunfuñando—. Muy bien, así, tranquilita, cariño. Ahora vamos a buscar la manera de pagar los cuarenta y dos mil dólares del Máster más los otros cuarenta mil que te costaría vivir en New York por dos años, ¿sí?
Elvira se desplomó sobre la mesa al oír aquellas cantidades de dinero. Ay… me voy a morir, decía, ay… que me muero…
A Kayla le entró la risa viendo a su compañera de trabajo tan apesadumbrada dándose cabezazos contra la mesa. Esperó un poquito y después decidió intervenir para evitar aquel haraquiri de oficina.
—Cariño, puedes trabajar al mismo tiempo.
—Tendría visado de estudiante y sería ilegal trabajar, necesitaría conseguir el J1 otra vez —dijo sin levantar la cabeza.
—Ya… mmm… —pensaba Kayla con la mano apretándose los labios—. Y ¿un crédito?
—No tengo permiso de residencia, ningún banco americano me daría un préstamo, ayyyyyyy... —dijo esta vez elevando un poco más el tono de sus gemidos.
—Ya, claro… bueno, pues… —Kayla se rascó la cabeza, después se frotó el cuello poniendo labios de pato y, al final, también se golpeó la cabeza contra la estantería, se daba por vencida —Oh, lo siento, cariño, no sé…—dijo dando un manotazo a la balda. Del golpe un libro cayó al suelo. Kayla lo miró primero y, sin mucha decisión, lo recogió con un lento movimiento, como si lo estuviera meditando. Con el libro ante sus ojos exclamó:
—¡Elvira, ya lo tengo!, ¡tu libro!
—¿Eh? —dijo incorporándose en la silla con carilla de ojos tristes—. Ah, bah, tranquila, déjalo por ahí —y volvió a la posición haraquiri—. Ayyyy...
—¡No! ¡Éste no, tu libro! Elvira, ¡tu libro, el de verdad!
—¿Qué libro? —preguntó esta vez sin intención de levantar la cabeza.
—Tu libro, ¡tu-no-ve-la! —deletreó agitando el libro delante de su cara.
Elvira reaccionó pero no dijo nada, no sabía si estaba entendiendo lo que quería decir Kayla, pero algo estaba captando, así que dejó que continuara.
—Elvira, ¿ves esto?, hojas —y abrió el libro sacudiendo las páginas de un lado a otro—, pastas, título —y subrayó el título de la portada con el dedo índice—. Cariño, derechos de autor, ¡así de fácil! —y chasqueó los dedos victoriosa—. Sólo tienes que vender un número determinado de ejemplares de tu novela y ¡voilà!, tus gastos cubiertos.
—¿Número determinado de ejemplares? Kayla, ¡¡tendría que vender ochenta mil ejemplares para conseguir ochenta mil dólares!!
—Bueno, pues los vendes.
—Kayla, por favor, es mi primera novela, nadie la va a comprar —dijo desganada apoyando la nuca en el respaldo de la silla.
—Así, no, ¿eh? Cariño, así, no —echó un vistazo rápido al despacho y luego tomó una silla que estaba junto a la puerta y la arrastró hasta colocarse frente a Elvira—. Vale, ¿cómo se llama tu editor?
—¿Qué editor? —preguntó erguiéndose de golpe, como si le picara el culo.
—Tu editor, cariño, has firmado un contrato con una editorial, vas a publicar una novela, eso significa que tienes un editor.
—¿Yo? Yo no tengo de eso.
Kayla resopló, se retiró el pelo hacia atrás y rumiando las palabras en la boca volvió a decir:
—Sí tienes un editor. A ver, piensa en la persona que te dijo que le gustaba la novela, la que te ofreció el contrato…
—Ah, ¿ése? —dijo sin dejarla terminar.
—Sí, ése es tu editor.
—Vaya, tengo un editor, mi editor… —repitió saboreando el jugoso posesivo en su boca.
—Bueno, ¿cómo se llama?
—Chete.
—¿Chete? ¡Ése no es nombre de un editor!
—Hombre, imagino que será un diminutivo, ¿no?
—¿De qué? ¿De Tranchete o de Chochete?
Elvira rompió en un tremendo ataque de risa, porque la verdad es que nunca se había percatado de ello. Siempre lo había visto escrito con nombre y apellido: Chete Bustamante, y las pocas veces que había hablado con él nunca lo llamaba por su nombre de pila, le parecía poco respetuoso.
—Chica, no sé —intentó explicarse todavía entrecortada por la risa—. Imagino que será de Francisco, ¿no? Fancisco, Francisquete…
—Sí, sí, claro, lo veo, ahora lo veo, Francisco, Francisquete, Casquete, cuidado que te veo el Chete, ¡Elvira, por favor!
Pero Elvira estaba tronchada de la risa, haciendo verdaderos esfuerzos para no caerse de la silla.
—Cariño —empezó diciendo Kayla fingiendo seriedad aunque su propio chiste le había hecho tanta gracia como a Elvira—, vamos a visualizar la situación, ¿sí? La cuestión es que el señor Chete te llamará un día y te soltará el rollo de que una novela es como un hijo y bla, bla, bla, pero que hay problemas.
—¿Hay problemas con mi novela?
—Sí y tú, a todo esto, ya estás viviendo en New York, compartiendo un diminuto apartamento con cuatro personas más en Queens, fregando platos en un restaurante y dando clases particulares porque tu visado no te va a permitir otro tipo de trabajo. Asistirás todas las tardes al Máster y por las noches escribirás tu segunda novela.
—Vaya, ¿y cuándo duermo? —preguntó angustiada agarrándose las tetas.
—No dormirás pero Chete, como te he dicho, te llamará y te dirá que lo lamenta pero la publicación de tu novela se retrasa hasta finales de octubre.
—Oh, no… ¿finales de octubre? —seguía agarrándose las tetas.
—Sí, pero nos conviene, ¿por qué?
—¿Por qué?
—Porque en esos meses de retraso tú, que te repito que ya estarás viviendo en New York, harás una extraordinaria publicidad de tu novela, moviéndote por lo más bohemio e intelectual de la ciudad.
—Pero ¡si iba a estar fregando platos!
Se le escapó la risa a Kayla, le empezaba a dar penita su amiga, reflejaba en su cara tanta tensión.
—Tonta, ya me entiendes. Y ¿entonces?
—¿Entonces?
—Llega noviembre, tu novela en la calle, primera semana los mil ejemplares vendidos. Segunda edición, otros mil en dos semanas. Te vuelve a llamar Chete y te propone hacer una tercera edición de diez mil ejemplares, confían en ti.
—¡Ay, madre mía! —dijo con las manos aplastándose la carita.
—Vendidas. Cuarta, quinta, sexta edición, esto es un no parar. Va de boca en boca. Se convierte en el regalo por excelencia de las navidades. Elvira.
—¿Qué?
—Llega febrero del año que viene, y tu novela lleva vendidas casi cien mil copias.
Elvira se puso en pie de un brinco.
—¡Con eso tengo más que de sobra! —gritó entusiasmada.
Kayla se rió y dándole un beso en la mejilla se despidió, tenía dos clases más antes de terminar el día.

Era viernes y la semana estaba terminando. Elvira guardaba los manuales de español en el primer cajón de su escritorio, cuando el teléfono de su despacho sonó.
—¿Dígame? … Uy, sí, sí, soy yo… sí, claro, pero me sorprende que me llames, ¿todo bien?... ah, ya… ya… sí… vale, entiendo… claro, claro… normal ¿no?... ya… imagino, claro… bueno, pues si es así… vale… no te preocupes, son cosas que pasan, está bien, lo entiendo… gracias por llamarme… sí, sí, adiós, adiós, sí, adiós.
Elvira colgó el teléfono y todavía tardó un instante en reaccionar. Se apretó la nariz con los dos deditos pinza de la mano derecha, aguantó la respiración, miró la puerta y tras contar hasta tres, salió disparada.
—¡Kayla! —dijo tocando con los nudillos la puerta abierta del despacho de su compañera—. ¿A que no adivinas quién me ha llamado?
Kayla se dio la vuelta porque estaba girada hacia el ordenador. Levantó los hombres, ni idea, dijo.
—Chete.
—¿Francisquete?
Elvira se rió como una boba. Después añadió:
—Hay problemas con mi novela. No sabe muy bien, pero es seguro que para septiembre no la pueden editar, por lo menos habrá que esperar hasta octubre, dice.
Kayla se tapó la boca con ambas manos. Su expresión era una mezcolanza de pánico e ilusión. Por fin, se levantó, extendió sus brazos hacia Elvira y gritó:
—¡Cariño, tenemos poderes! ¡Tenemos poderes! —y mirando al techo y alzando las manos empezó a recitar—: ¡Por favor, yo quiero que sea médico, cirujano plástico, forrado y que todas las noche me masajeé los pies! ¡Casa en Los Ángeles con playa privada! ¡Un Mini Cooper verde descapotable y un…

lunes, febrero 22

Adivina quién viene a cenar esta noche (Segunda Parte)

El coche tomó una de las salidas de la autovía. Subíamos Bukit Timah, la colina más alta de la isla. Desde la carretera podía ver pequeños chalets unifamiliares rodeados de vegetación, pero a medida que ascendíamos por la colina, las casas eran más grandes. Parecían pequeños palacetes y estaban realmente escondidos entre la naturaleza, censurando miradas indiscretas, como la mía.
De mi pequeño bolso de mano saqué el móvil, no me pude resistir, tenía que mandarle un mensaje: “Loca, cena en casa de Abid con su padre y amigos, todo esto parece sacado de un cuento, hablamos, muaaaa!”.
El coche se paró frente a una enorme verja negra. Me incliné hacia adelante. No veía la casa, sólo un inmenso jardín de árboles, parecía un bosque. La verja se abrió automáticamente y el coche siguió un caminito que parecía cruzar el frondoso jardín. Me desabroché impaciente el cinturón de seguridad y me apoyé sobre el asiento del copiloto, pero seguía sin ver la casa. Bip, bip. Me di la vuelta para coger el bolso. Marieta me había contestado: “QUÉ? Yo también quiero ir!! Dile al jeque que me venga a recoger, en la Plaza Indautxu puede aparcar su helicóptero, llámame ya!!!”. Reventé en una carcajada, qué idiota, repetía una y otra vez en voz alta, qué idiota es.
El coche por fin paró. Me llevé la mano a la boca al ver el palacio frente al que habíamos aparcado. Con timidez abrí la puerta y salí. Levanté la vista de mi vestido, quería cerciorarme de que no se me había arrugado demasiado durante el viaje, y vi a Abid en lo alto de las escaleras de la puerta principal. El chófer bajó del coche y me señaló con la mano extendida el camino a seguir. Ya era de noche, el jardín estaba poco iluminado y temía que pudiera tropezar, así que me acompañó hasta el primer escalón. Desde abajo miré a Abid. Me sonreía sin despegar los labios, con esa sonrisa seria que tanto me gustaba de él. Iba descalzo, vestía un salwar kameez de pantalones blancos y túnica grisácea, nunca antes lo había visto con ropa pakistaní. Estaba guapísimo. Llevaba revuelta su espesa mata de pelo negro, le daba un aire a chaval despreocupado. Me dio un vuelco el corazón, era tan atractivo. Me asusté de mi propio ritmo cardiaco, no sabía si podría fingir tranquilidad durante toda la cena.

Al llegar al último escalón, Abid, me cogió de la mano. Fui a besarlo pero él dio paso atrás y con una risa nerviosa me dijo en voz baja:
—No, aquí no podemos, no delante de la gente.
Asentí con la cabeza, lo entendía. Le solté de la mano y crucé los brazos con el bolsito pegado al pecho. Entré en la casa siguiendo la invitación de su brazo.
Del hall, donde me descalcé y dejé el bolso, pasamos al salón que se dividía en tres amplias estancias escalonadas. De la más alta, bajó su padre al vernos. Me tomó por los hombros, bienvenida, Elvira, dijo sonriendo. Después tomó mis manos y las estrujó entre las suyas. Miré a Abid porque no sabía qué decir, pero él miraba orgulloso a su padre, así que me decanté por lo primero que me vino a la cabeza.
—Bienvenido, señor Mir.
Abid giró rápidamente la cabeza y me miró extrañado. Me mordí el labio, arqueé las cejas y agaché la cabeza avergonzada.
—No, bienvenido no… lo siento, quiero decir…
—Tranquila, Elvira, siéntete en casa —dijo el padre de Abid interrumpiendo mis disculpas entre risas. Después alzó el brazo y uno de los sirvientes se acercó donde nosotros portando una bandeja llena de copas de vino. Shah Tadjar Mir me ofreció una, la tomé con gesto de gratitud.

Al dejarnos solos, Abid, apoyando su gruesa mano sobre mi espalda, empezó a recorrer el salón presentándome a todos los invitados. Habría casi cuarenta personas. La mayoría eran hombres de entre cincuenta y sesenta años que hablaban de sus negocios sin cesar. Las pocas mujeres parecían más jóvenes, se mantenían en un segundo plano en las conversaciones. Algunas eran indias y llevaban coloridos saris. Otras llamaban la atención, simplemente, por la espectacular belleza de sus rasgos asiáticos.
—Así que eres profesora, ¿verdad? —me preguntó Jagdish Kumar, uno de los directivos del banco Barclays Capital de Singapur.
—Sí, sí, soy profesora de español —contesté sujetando la copa de vino con ambas manos.
—Oh, bueno, es interesante y ¿a qué piensas dedicarte en el futuro?
¿En el futuro?, ¿cómo?, no estaba entendiendo la pregunta porque en un futuro seguiría siendo profesora de español. Miré confundida a Abid y dejé que él hablara.
—Se trata de algo más profundo —empezó diciendo—. Elvira lleva más de siete años trabajando como profesora en muy diferentes países, lo que le permite analizar la situación sociocultural de cada región.
¡¿Analizo la situación sociocultural de cada región?! Pensé abriendo los ojos como platos.
—Además —continuó diciendo—, colabora con varios periódicos españoles y de América Latina escribiendo ensayos sobre las consecuencias de las carencias en los sistemas educativos. Hablamos de Asia, señores, donde no podemos negar que, aun habiendo buenas universidades, la mayoría de nosotros hemos estudiado en Estados Unidos y Europa, entonces ¿cuál es el problema?
¿Soy investigadora de las carencias en los sistemas educativos de Asia?, y ¿escribo ensayos? , yo pensaba que eran cuentos… Estaba atónita.
—Me debes una —susurró Abid a mi oído mientras nos alejábamos de aquel grupo sumido ya en un profundo debate sobre las mejores universidades del mundo.
—¿Te avergüenzas de mí? —pregunté a Abid dándome la vuelta muy despacio.
—¿Qué?, loca, claro que no.
—Porque mi trabajo consiste en enseñar el abecedario español, diferenciar el ser y el estar, indicativo-subjuntivo, por y para. Y nunca en mi vida he escrito un ensayo porque odio la investigación. Yo escribo cuentos, cuentos que me ayudan a reírme de mí misma, y ésa es mi vida, Abid, es mi vida ahora y en un futuro. No tienes por qué humillarme de esta manera, Abid... —dije empezando a llorar, aunque intenté evitarlo vanamente, demasiada tensión a lo largo de toda la noche.
Abid me agarró por debajo del brazo y abriéndose camino entre la gente me sacó del salón casi a volandas. Subimos por unas escaleras hasta el primer piso. Recorrimos un amplio pasillo y entramos en uno de los baños para invitados. Abid cerró la puerta con pestillo, parecía enfadado, ni siquiera se dio la vuelta. Se llevó las manos a la cabeza desordenándose aun más el pelo. Me alejé de él. Me quedé de pie junto a la bañera, no sabía lo que iba a pasar y he de reconocer que tenía miedo. Sujeté la copa de vino, que todavía llevaba, con fuerza como si pudiera defenderme de algo. Me di cuenta de que no conocía a aquel hombre.

Abid se dio la vuelta y muy lentamente se acercó a mí. Respiré hondo y tragué saliva mirándolo fijamente. Se paró frente a mí. Me miró serio y, sin decir nada, agarró mi cara con ambas manos, me besó con tanta pasión que no recuerdo ni el momento en que la copa se me escurrió de las manos y cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos. Loca… gimió cogiéndome en brazos. Me enganché a su cintura y dejé llevarme hasta la encimera del lavabo. Loca… repetía hundido entre mi pecho. Metió las manos por debajo de mi vestido, levantó la cabeza y mirándome a los ojos dijo:
—Nunca te humillaría, pero sí puedo equivocarme porque somos diferentes… —dijo mordisqueándome sensualmente los labios—, pero yo te amo, loca, y tu vida es mi vida ahora… no hay nada que me avergüence de ti, nada… nada, porque ahora somos uno… —y apretó mis muslos con esas manos tan enormes de jugador de polo.
Nunca había entendido antes el concepto de feromona hasta conocer a Abid. Era vernos, susurrarnos, rozarnos y empezar un baile carnavalesco de sustancias químicas a nuestro alrededor, que hacía que perdiéramos la cabeza completamente, completamente, completamente…

Toc-toc-toc.
Al oír la puerta, Abid me tapó la boca con una mano y con la otra me hacía el gesto de silencio colocando su dedo en el labio. Se separó un poquito de mí, giró la cabeza y mirando hacia la puerta preguntó:
—¿Sí?
—Abid, abre la puerta, por favor.
—Padre, sí, un momento.
¿Padre? ¿Su padre? ¿Shah Tajdar Mir? Empecé a agitar los brazos en el aire y no dejaba de poner cara de pánico. ¿Qué íbamos a hacer?
Abid me pedía con gestos que me calamara. Me volvió a coger en brazos y me volví a enganchar a su cintura, pero aquello ya no era nada sexy, parecíamos Tarzán y la mona Chita buscando un escondite en una jungla de apenas dos metros cuadrados. Me entraba la risa con tanto meneo. Abid me suplicaba silencio. Le señalé la bañera. Sorteó los cristales del suelo y me dejó dentro de la bañera. Me pidió que me agachara todo lo posible porque no había cortinas ni mampara con las que poder taparme. Así que me hice faquir, me contorsioné todo lo posible, convirtiendo mi metro y medio de altura en tan sólo veinte centímetros de bulto. Abid me colocó una toalla por encima. Su padre no podría sospechar nada, solamente que había crecido un champiñón gigante en la bañera.
Abid nervioso abrió la puerta.
—Padre.
—Abid, el bufé se está sirviendo en la terraza del ala este, los invitados ya están allí, pero no encuentro a Elvira.
—¿Elvira? La he notado muy nerviosa así que la he acompañado al jardín hace un rato, debe estar todavía allí.
—Pero ¡¿qué es eso?! —gritó su padre.
Al champiñón se le paralizó el corazón bajo la toalla.
—¿Qué? —preguntó Abid faltándole el aire.
—¡Eso! —dijo por fin señalando los cristales rotos esparcidos por el suelo.
—Ahhhh… —respondió Abid aliviado—. Lo siento, padre, tiré la copa.
—Bien, no pasa nada, diré que vengan a limpiarlo pero ten cuidado de no cortarte y, por favor, no tardes en bajar, la gente está esperando.
Oí cerrarse la puerta, pero aun así no me moví. Abid, con cuidado, me quitó la toalla de encima y me besó el cuello tronchándose de risa al verme tan poca cosa, pero qué poco ocupas… me decía.
No me dejó salir de la bañera por mi propio pie. Tenía miedo de que me cortara con la copa rota, así que nuevamente me pidió que me agarrara a él.
—Pero… ¿qué haces, loca? ¡No!, pasa las manos por mi cuello, a ver…
—¡Sujétame! ¡Si me vas a tirar!
Al saltar sobre él, le dio tiempo a cogerme sólo por una pierna, me tenía de medio lado, el otro medio se le estaba escurriendo de entre los brazos. Le entró la risa, y si a Abid le entraba la risa flojeaba por todos los lados, se convertía en un muñeco de trapo sin casi fuerza. Yo no podía oírlo reír porque me contagiaba automáticamente, si él se reía yo me reía. En eso se basaba principalmente nuestra relación. Loca, intenta y jajajajaja. ¿Que intente qué…?, pero si me, jajajaja, si me estás tirando, jajajaja, idiota… le decía yo con el ojo ya torcido del ataque que llevaba encima. Abid a media genuflexión intentó ponerme derecha, pero ya era demasiado tarde, mi cabeza estaba casi rozando el suelo. A ver, espera, si te agarro de aquí… me dijo agarrándome de ahí, sí, de ahí, de la media manga y estiró, estiró tanto que de la fuerza, no sólo me desabrochó todos los botones del vestido, sino que me los arrancó.
Le oí gritar tanto de risa que fui incapaz de recriminarle nada, solo podía seguirle en semejantes carcajadas.
Pero nos callamos de golpe al oír la puerta del baño abrirse de repente.
—¡Pero, Abid!
—¡Padre!
Y recolectando la poca dignidad que me quedaba, al estar semidesnuda y retorcida entre los brazos de su hijo, encontré la única frase oportuna para ese momento, ahora sí:
—Bienvenido, señor Mir.

lunes, febrero 15

Adivina quién viene a cenar esta noche (Primera Parte)

Primero me puse los pantalones negros con la blusita granate, sin mangas y de escote en pico, pero al verme ante el espejo decidí quitármelo. Probé con la minifalda negra, camiseta blanca de tirantes y rebequita gris abierta. No, minifalda no, claro que no. Pantalones de lino rosados, misma camiseta blanca de tirantes y torerita ceñida. Me miré al espejó. ¿Eso que se me ve es la tanga?, genial, se me transparentaban los pantalones de lino… buff, no, no, a ver, no, otra cosa. Falda tubo azul oscura, justo por encima de las rodillas, niqui de cuello barco de rayas azules y blancas. Fue el propio espejo quien me dijo que sólo me faltaba el gorrillo para ser una marinerita. ¡Ay, qué desesperación! ¡Taitan! Grité. ¡Taitaaaaaaaaaaaaaaaan! Volví a gritar más fuerte acercándome a la puerta de la entrada. Mi vecino salió al descansillo en traje de baño.
En Singapur vivía en un precioso condominio con todos los lujos que jamás me podía haber imaginado tener: dos piscinas, jacuzzi, cancha de tenis, gimnasio y un apartamento decorado con un gusto exquisito, no por mí, claro, sino por su propietario que me lo había alquilado por un módico precio, singapurensemente hablando, por supuesto.
—¿Te vas a la mar? —dijo Taitan tapando su escandalosa risa con la mano izquierda mientras bofeteaba el aire con la derecha.
No tardó en salir su novio Awen a ver qué pasaba. Los dos eran de Malasia y desde que llegué al apartamento fueron como mis hermanos mayores, protectores pero al mismo tiempo cariñosísimos.
—¿Qué me pongo? —pregunté un tanto molesta porque Taitan seguía sin parar de reír y, sinceramente, aquel conjunto no me parecía tan horrible, de hecho ya me lo había puesto varias veces.
—¿Adónde vas, cariño? —preguntó Awen serio, haciéndose cargo de la situación. De un manotazo apartó a Taitan del medio y cogiéndome de la mano me llevó hasta mi propia habitación.
Delante del armario le expliqué que un amigo organizaba una cena informal con varia gente de aquí y de allá pero lo más importante es que iba a estar su padre, porque bueno… en realidad, o sea, la fiesta iba a ser algo así como una excusa para presentarme en sociedad, en su sociedad.
—¿En sociedad? —preguntó abrumado Taitan que ya había entrado en mi habitación—. ¿Qué sociedad?, pero ¿de qué amigo estamos hablando?
—De… Abid Shah Mir —dije fingiendo la mayor naturalidad posible pero, lo cierto, es que ni siquiera me atrevía a mirarlos.
—¡Madre mía! —exclamó Awen con las manos sobre el rostro.
—¡Oh-my-my-my-GOOOOOD! —berreó el histérico de Taitan.
Empezaron a dar vueltas nerviosos por la habitación hablando en malayo y sin parar de hacer gestos extraños. Por fin se detuvieron, y me amenazaron diciéndome que si no les contaba la verdad sobre mi relación con el jeque, no me ayudarían con el vestuario. Así que resoplando me senté sobre la cama, y les conté todo, que fue Ankit quien nos presentó para que le ayudara con el español porque se iba a Argentina a una competición de polo en septiembre. ¡Polo, me encanta…! Dijo Taitan derritiéndose sobre la cama, al imaginárselo cabalgando.
—Pues eso… vamos, que enseguida empezó el tonteo, los primeros besos y…
—¡Pasión paquistaní! ¡Me encantaaaaaaaaaaaa! —gritaba Taitan sin parar de dar palmas.
Awen con rictus serio le mandó callar y después me dijo en tono comprensivo y muy lentamente:
—Cariño, Abid Shah Mir, el jeque paquistaní Abid Shah Mir, está comprometido con la no menos millonaria y hermosa Anilah Raza, cariño, lo siento pero están comprometidos.
—Estaban. Abid ha roto el compromiso, y hace dos semanas me presentó a su padre… —dije.
Taitan se levantó de la cama de golpe y empezó a revolotear por toda la casa como una mosca cojonera, sin parar de gritarme que escribiera una novela contando todo aquello porque me haría de oro.
—Cariño, rompes moldes —dijo Awen rebuscando ya algo dentro del armario para mí.

Salí de casa con un vestidito provenzal, muy del estilo de Carolina de Mónaco poco después de enviudar. Era azul con florecitas rojas muy diminutas, de manga corta, cuello redondo, podría escotarse más porque tenía botones desde arriba hasta abajo, pero Awen me aconsejó no desabrocharme ninguno, daba mejor imagen. Taitan me convenció para llevar las sandalias rojas de sólo una tira ancha sobre los dedos, eran de tacón bajo, muy finas. Awen no aprobó el calzado hasta que no me vio con todo el conjunto puesto.
Me acompañaron hasta la entrada del condominio donde ya me esperaba un chófer dentro de un elegante coche negro de cristales tintados.
—Esto es igualito que Pretty Woman… —musitó Taitan a puntito de llorar.
—Taitan, Julia Roberts era prostituta —dije soltando una carcajada, enseguida me siguió Awen muerto de risa que, a pesar de conocer a su novio desde hacía años, nunca dejaba de sorprenderlo.
Los besé y me metí en el coche diciéndoles adiós con la mano. Una vez dentro, el chófer me saludó agachando cortésmente la cabeza y, sin decir nada, arrancó. Me hundí en el asiento de atrás. Estaba nerviosa, muy nerviosa.

(continuará...)