domingo, agosto 22

Encontrando el jardín

Red flowers in the rain por Luiza Vizoli

Elvira se rascaba el párpado de abajo con cuidado de no hacerlo con las uñas porque se las acababa de pintar. Estuvo indecisa entre el negro de siempre o un oscuro berenjena. Finalmente se decantó por el berenjena, era hora de ir cambiando.
Extendió ambas manos, colocándolas frente a ella con los dedos bien abiertos para ver el efecto del esmalte en su conjunto. No le terminaba de convencer ese color, se las tenía que haber dejado negras, como siempre. Qué manía de cambiar las cosas. Qué poca constancia tenía para todo.
—Me gustan.
Elvira miró a Lola y sonrió con cierta desgana. Todo el equipo de profesores estaba tomando café en el jardín del campus universitario. Varios de ellos se conocían desde hacía tiempo pero Elvira era nueva.
—De verdad, es un color original.
—No sé… —respondió Elvira sin levantar la vista de sus uñas.
Su compañera le golpeó el antebrazo con cariño, la sentía triste. Elvira llevaba toda la semana cabizbaja y eso a Lola le preocupaba. Se acercó más a ella arrastrando su silla por el césped y bajando el tono de voz, para que no la oyeran los demás, le preguntó:
—¿Se te está haciendo duro?
Sorprendida, Elvira levantó la cabeza y la miró con gesto confundido. Conocía muy poco a Lola, parecía una chica maja pero casi nunca habían hablado. Pero de pronto sonrió. Sonrió porque en ese preciso momento, Elvira se dio cuenta de que estaba en España, de que había regresado a ese país donde la gente se enorgullecía de su indiscreción a la hora de preguntar. De su naturalidad para decir lo que pensaba. Atrás quedaba el cinismo americano con el que las personas estaban acostumbradas a relacionarse. Atrás quedaban las mentiras cívicas para sacar el culo airoso de una absurda situación.
—¿Y tú?, ¿por qué no te las pintas? —dijo Elvira entrelazando sus dedos sobre los de su compañera—. Te haría falta —añadió soltando una carcajada.
Lola, riéndose también, observó sus dedos carcomidos por los nervios y negando con la cabeza pensativa exclamó:
—¡Hace falta ser mala persona!
Las dos se rieron escandalosamente sin dar explicación alguna al resto de sus compañeros, que las miraban como a dos pobres locas.

Estaba siendo duro, claro que sí, eran muchos los cambios a los que Elvira se había sometido en los últimos ocho años. Pero había vuelto. Estaba de regreso. Era oficialmente una emigrante retornada y aquello le gustaba porque le aportaba esa sensación de descanso que llevaba años sin sentir y de la que había empezado a pensar que no existía.

jueves, julio 29

¿Quién dijo pecado?

Carrie closet por Sally Glass

Estaba sentada en una cafetería cerca de casa, pero de la casa que mis padres tenían de veraneo, que ridículamente estaba tan sólo a 23 kilómetros de la primera vivienda. Son bilbainadas que siempre me han costado entender.
Me tomaba un café en la mesa junto a la puerta. Miraba al frente. Contaba los pintxos de la barra. El de tortilla parecía un poco seco.
¡Plof! Con el susto todavía metido en el cuerpo, bajé la vista y vi un paquete de tabaco junto a mi taza de café, parecía haber caído del cielo en ese preciso momento. Alcé la cabeza sorprendida y observé al grupo de adolescentes, de la mesa de al lado, hablando con una mujer, sería la madre de alguna de ellas. Tomé el paquete de cigarros entre las manos y me empecé a reír.

Yo nunca tuve ese problema. Jamás en mi vida había escondido cigarrillos para que no los vieran en casa. Es lo bueno de haber disfrutado de una adolescencia un tanto peculiar. Cuando tu madre es un híbrido entre Camilla Parker Bowles y Margaret White, más conocida como la truculenta madre de Carrie, se convierte tu adolescencia en una verdadera película de terror.
Tenía dieciséis años cuando todavía debía esconder los tampones. Mi madre me los había prohibido terminantemente, imagino que porque pensaría que era pecado mortal surcarse con un algodón el orificio vaginal.
Mientras mis amigas tenían montado un complejo dispositivo logístico para hacer desaparecer los paquetes de tabaco: en la maceta del portal, bajo la baldosa que andaba suelta en el callejón antes de llegar a casa, o en lo alto del armario del baño; yo me esmeraba en comprar pequeños paquetes de tres tampax regulares, los amarillos. Los metía en el fondo de la mochila y una vez en mi casa, saludaba a Margaret White fingiendo naturalidad, y, como si de una contrabandista de droga me tratara, apretaba el culo y con sudores llagaba hasta mi habitación. Allí, colocaba un pie en la puerta para que nadie pudiera entrar, sacaba los tampax y los escondía dentro de las medias del uniforme del colegio. Un tampón por cada media, y las colocaba al final, estratégicamente al final del cajón.
¿Fumar?, ¿yo?, ¿para qué?, ¿qué interés podía tener yo en los cigarrillos o porros si cada vez que tenía la regla era un auténtico subidón de adrenalina?, ¡subidón, subidón!

―Esto, perdona…, es mío, ¿me lo devuelves?
Una de las quinceañeras de la mesa de al lado, con un curioso moño en lo alto de la cabeza, me pedía el paquete de tabaco, al parecer la señora que hablaba con ellas acababa de salir de la cafetería.
Extendí el brazo con la palma de la mano abierta ofreciéndole su tabaco.
―Oye, ¿has pensado en fumarte un tampax? ―la chica me miró atónita―. Puro pecado… ―añadió una Carrie White de sonrisa diabólica.

lunes, julio 12

Inverosímil

Rosa Meditativa por Salvador Dalí

―¡Para, para! ―dijo Elvira colocando su mano, con gesto involuntario, sobre el volante desde el asiento del copiloto.
Pedro frenó, giró la llave de contacto y el motor cesó. Las luces seguían encendidas enfocando esa mancha rojiza casi desdibujada entre los arbustos, que a Elvira tanto le había llamado la atención.
―¿Qué es eso? ―preguntó la chica soltándose el cinturón de seguridad y acercándose al parabrisas.
Pedro miró a uno de los lados de la carretera y también lo vio.
Era invierno. Sería una noche de diciembre, hacía frío. En Laukiz había nevado, y a pesar de que en la carretera no había cuajado, los árboles y matojos, de ambos lados, estaban blanquecinamente polvoreados.
―¡No salgas! ―gritó Elvira al ver que Pedro ya había abierto su puerta―. Déjalo, si no importa, anda, que hace frío ―y con la mano le hizo un gesto para que volviera, pero Pedro ya estaba fuera del coche.
El joven se acercó al matorral, lo sacudió un poco para quitar la nieve y sonriendo miró al coche. Dentro, Elvira tenía las manos entrelazadas rozándose los labios, como si estuviera rezando o, simplemente, pidiendo un deseo. Qué es, preguntó muda, gesticulando con los labios. Pedro abrió el matorral en dos y la cortó. Con cuidado la portó en una mano hasta llegar, de nuevo, al coche.
―Una rosa, es una rosa… ―contestó Pedro con cierto escepticismo.
―¿Una rosa? ¿En invierno? ―y estirando el brazo, Elvira se la quitó de las manos. Con recelo se la llevó a la nariz. Pedro se rió. Sólo a Elvira se le ocurriría oler una rosa congelada.
―¿Qué haces, boba?
―Comprobar si es de verdad.
Volvió a reírse pero no dijo nada, porque a Pedro no sólo le gustaba ese curioso mundo del otro lado del espejo que mostraba Elvira, sino que, además, lo respetaba con absoluta complicidad.
Arrancó el coche y con lentitud tomaron la carretera. Pedro acarició el muslo de la chica y mirando al frente dijo:
―A veces pasa.
―¿El qué?, ¿qué es lo que pasa? ―dijo ella con la rosa entre ambas manos para no chafarla.
―Que te encuentras con eso, con lo que todo el mundo te aseguraba que no existía.
Elvira sonrió.
―Sí, a veces pasa ―dijo.

martes, junio 15

Un beso, Txiki, un hasta siempre, poeta

REVELACIÓN
Sergio Oiarzabal

Quiero ahogar mi noche en tu noche, en la estela de tu luz sin día y como tú ser agua, rumor de pedernal fugitivo, olvidado de sí, rehaciendo la historia erigida en los lindes mientras apenas calas, suspiro de sal, las orillas de tu nombre y todo en tu larga melena de ría queda, soñado por la voz arrastrada en los siglos y las redes, por el cielo reflejado en tu piel de escamas, y aprender una vez abecedarios negros, y dormir una sola vez con los puños llenos de arena, y callar para siempre con tus labios vividos.


Oiarzabal, Sergio. "REVELACIÓN". Delicatessen Underground (Bilbao Ametsak). Masmédula Ediciones, España, 2008

viernes, junio 11

Jueves del Amor

Flowers, por Grenuj

Nunca entendió por qué sus amigas al jueves lo llamaban: Jueves del Amor. Porque, para ella, el jueves se convertía siempre en la lamentación de un odiado miércoles.
―Elvira, deja de llorar. Joder, qué tía más pesada… ―farfulló Marieta mientras intentaba desenroscar una tanga de entre un pantalón vaquero recién centrifugado.
Elvira estaba tirada en el diminuto sofá del diminuto salón del diminuto apartamento de Marieta. Con una mano se tapaba la cara mientras que con la otra se restregaba un kleenex usado por la cabeza. No paraba de llorar.
Marieta cerró la puerta de la lavadora y dejó el pantalón, con su ensortijada tanga, sobre la encimera de su diminuta cocina americana. Desde allí miró a su amiga y no pudo evitar reírse, pero mírate, le dijo, ¡como te sigas poniendo mocos en el pelo te vas a quedar pegada al sofá!
―Nadie me quiere… ―balbuceó Elvira en un intento de volver a ser persona.
―¡Qué sí! Blanquita creo que te quiere un poco ―y riéndose se acercó al sofá―. Anda, quita los pies que no entro.
Marieta se sentó junto a Elvira. Estiró un poco el brazo y, del armario de la televisión, cogió una bolsa llena de gominolas. Se la ofreció a su amiga, ésta la rechazó y se sentó abrazando sus propias rodillas contra el pecho, se mecía lentamente con la cabeza gacha, parecía una tarada. Buscando un poco de cariño se dejó caer totalmente hacia el lado de Marieta.
―¡No!, ¡no, eh! ¡Mimos y mariconadas con Blanquita!, ¡a mí ni te me acerques que me das grima cuando te pones así!―. Y de un empujón, Marieta mandó a Elvira al otro lado del sofá. A ésta no pareció importarle, seguía en trance, restregándose los mocos por la cabeza.
El timbre sonó. Marieta, no sin enorme esfuerzo, se levantó y abrió la puerta.
―Corazona, pero corazona, ¿qué nos ha pasado? ―preguntó Blanquita entrando, a la vez que dejaba su bolso sobre la mesita y besuqueaba la coronilla de Elvira.
―Ya te lo cuento yo que tardo menos ―se apresuró a decir Marieta mientras recuperaba su sitio―. Pues que la Elvirilla no encuentra trabajo, y eso siempre agobia, además ayer en el INEM le dijeron que hasta agosto no vería la ayuda del emigrante retornado, que ya sabes que ni llega a 400 euros…
―Ya, ya, ya… ―asintió Blanquita con la mano en la boca.
―Y, después de eso, encima quedó con Pedro.
―¿Con Pedro?
―Pedro… ―babeó Elvira sin ni siquiera levantar la cabeza.
―Pues sí, por si éramos pocos parió la abuela ―reflexionó Marieta metiéndose una gominola en la boca―. Y al tío, que a veces parece que le faltan un par de luces, no se le ocurrió mejor idea que comparar las tetas de Elvira con las de Virginia.
―¿Virginia?
―Sí, su ex de veintitrés añitos, buff, ¿dime tú? ―y, alzando la mano izquierda, gritó con contundencia―: ¡Tetas de veinteañera frente a tetas de treintañera! ―dijo esta vez dejando caer la mano derecha exageradamente, como si de una descompensada balanza se tratara.
El alarido de Elvira se escuchó en todo el vecindario.
―Jolín con Pedrito… Pero corazona, no te preocupes, ¿eh?, la próxima vez que lo veas dile: caca-culo-pedo-pis.
―¡Y una mierda! ―exclamó Marieta―. La próxima vez dile: ¡pues Etienne, mi ex, era un cabrón de mierda pero le aguanté cinco años porque tenía el pedazo pollón!
Elvira rompió a reírse como una loca. Las tres se carcajeaban como idiotas, y es que no era para menos.
―Pero espera, Blanca, que la cosa no termina ahí ―dijo Marieta cogiendo aire y retomando la conversación―. Elvi que es muy Elvi, después del encontronazo con Pedro decidió llorar en el hombro de su querido amigo Jaime, de su inseparable y cooperante amigo Jaime, capaz de cruzar a nado el Atlántico con tal de salvar Nicaragua pero incapaz de sentir compasión a menos de dos metros.
―Ay, madre, que me imagino lo peor ―interrumpió Blanquita apoyándose en el posabrazos del sofá.
Elvira, como si no quisiera volverlo a escuchar, se encogió como un bicho bola.
―Bueno, pues Mr. ONG, intentando dar una inyección de autoestima, le salta a nuestra querida Elvirilla que de cuánto está.
―No entiendo, ¿cómo que de cuánto está? ―repitió Blanca con cara de confusión.
Marieta se fijó en Elvira y, al ver que no la miraba, hizo un gesto de embarazada.
―¡Ostras!, ¡¿la estaba llamando gorda?!
Marieta puso los ojos en blanco al ver que toda su discreción se había ido al garete con aquel grito de Blanquita.
―Corazona, ni caso, ―aconsejó Blanquita a una Elvira que levantaba triste la carita para mirarla―. La próxima vez que lo veas dile: oye, Jaime, gordo lo serás tú.
―¡Y una mierda! ―gritó Marieta―. Tú dile: ¿gordo?, ¿gordo?, ¡para gordo el pollón de Etienne!
Elvira no sabía si llorar o reír pero por supuesto se decantó por lo segundo, más que nada porque era facilísimo seguir el ritmo de sus amigas.
Durante el resto de la tarde, no faltaron hilarantes críticas al género masculino, mientras se ventilaban la bolsa entera de gominolas entre las tres. Y al quinto intento, Marieta pudo desenroscar su tanga del pantalón entre aplausos teatrales de sus amigas.
Al final, aquél sí que fue un merecido Jueves del Amor.

lunes, mayo 3

Historias de un teléfono

Al teléfono por Noël Leindekar

Ras, ras, ras. Corría las perchas de un lado a otro por la barra de metal del armario. Ras, ras, ras.
Las cajas estaban en el suelo de la habitación esperando impacientemente ser llenadas con algo, porque llevaba más de veinte minutos mareando la ropa sin decidirme qué empaquetar primero, y es que no hay cosa que más pereza me pudiera dar que una mudanza.
El teléfono sonó. Me detuve ante el horroroso abrigo de invierno, no quería moverme por si delataba que estaba allí. Sonó el segundo tono. Seguí sin moverme. El tercero. Grité:
—¡No pienso coger! ¡A cagar todo el mundo! —llevaba dos semanas muy deprimida, ésa era la verdad.
Activé el movimiento. Ras, ras, ras. Cuarto tono. Saltó el viejo contestador y escuché mi propia voz diciendo, con un macarrónico inglés, el mensaje de bienvenida:

Hola, soy Elvira, en este momento no estoy en casa pero si quieres puedes dejarme un mensaje después del tono, gracias, aguuuuur.

Agur, claro. Siempre meando el terreno.
Piiiiiiiiiiiiiiiiiiii.

—Hola, Elvira… soy yo, Silvia —al escuchar su temblorosa voz, me paralicé de nuevo y miré al suelo abriendo los ojos, como si aquel gesto me permitiera escuchar con mayor claridad—. Elvira, jo… yo te llamo porque…—empezó a llorar—, me ha dejado, tía, Francesc me ha dejado… me he mudado, llámame, porfis… estoy ahora en el 91 371…
Salté por encima de las cajas y acelerada cogí el teléfono antes de que pudiera terminar de decirme el número.
—¡Silvi! —dije con el corazón en la boca.
—Elvi…
—Pero, Silvi…
—Ay, Elvi…

Silvia era mi mejor pésima amiga. Nos conocimos con tres añitos en una colorida clase de parvularios en el santísimo colegio de monjas, en el que nuestros respectivos padres nos habían encarcelado.
Silvia, junto con Blanquita, se convirtió en mi mejor amiga. Formábamos un equipo estupendo de tres. El tiempo convirtió a Blanquita en una extraordinaria amiga, paciente, comprensiva y con enorme sentido de la empatía, del que siempre, he de reconocer, había abusado. Por otro lado, los años transformaron a Silvia en una fan absoluta de su propio ombligo, era la faraona de su imperio microscópico de fantasía y color. A pesar de todo, yo sólo podía presumir de tener una mejor pésima amiga, en cambio Blanquita, la pobre, llevaba casi treinta años aguantando a dos.

—Loca mía, ¿qué ha pasado? —dije sentándome lentamente en el suelo.
—Tía, se acabó… —decía sin parar de llorar—, que dice que lo agobio, ¿de qué lo agobio, Elvi?, ¿eh?
—Ya, los tíos son así. —Aquella afirmación te salvaba de muchas situaciones como ésa. Era una generalidad tan ambigua que, sin saber de qué iba el asunto, matizaba cualquier causa masculina con enorme compromiso.
—Sí, eso es verdad —dijo absorbiéndose los mocos. Yo respiré tranquila porque, una vez más, había colado—. Me siento una mierda, Elvi, nada me sale bien… no sé…
—No digas eso, loca.
—¡Claro! ¡Para ti es fácil decirlo! Estás encantada con Pablo que está buenísimo, vives a cuerpo de rey en Estados Unidos dando clase en una universidad de la que se hizo una peli en la que, el mismísimo, McConaughey fue el protagonista. ¡Y encima te van a publicar una novela!
Tomé aire con parsimonia para tragarme la mala ostia que me estaba entrando. Cerré los ojos y me froté el entrecejo con brusquedad.
—Silvia, para empezar, el tío buenísimo no se llama Pablo sino Pedro y me dejó hace ocho meses. Si hubieras leído mis emails o si me llamaras más de vez en cuando, te habrías enterado. No vivo a cuerpo de rey en Estados Unidos y por eso he dejado mi trabajo. Me mudo pero todavía no sé adónde —poco a poco me iba calentando—, tengo la casa llena de cajas sin destino etiquetado, y me temo que tendré que regresar a Bilbao a vivir con mis padres de nuevo, porque no me sale trabajo y no voy a cobrar el paro, sino una simbólica ayuda de 300 euros como emigrante retornado. 300 euros es lo único que el gobierno puede darme después de haber danzado, durante ocho años, por medio mundo en busca de un trabajo digno ¡porque en España el profe de español es humillantemente ninguneado! ¡Y sí! —dije totalmente fuera de mí—, ¡me van a publicar una novela!, pero porque ¡me he pasado, dos putos años, encerrada en un pueblo de mierda en medio de la más absoluta nada, escribiendo día y noche! ¡Qué menos, coño!
Con el último grito se me escaparon las lágrimas.
Silvia, de pronto, rompió el silencio que se había prolongado por largo rato.
—Elvi, ¿estás segura de que se llamaba Pedro y no Pablo?
Me atraganté con mi propia carcajada, salió sin avisar, y es que todo el mundo sabe que no es fácil reír y llorar al mismo tiempo.
—No, en serio, ahora hablando en serio, de verdad —continuó diciendo Silvia mientras me oía reír—, si llego a saber que tu vida era mucho más mierda que la mía hubiera llamado a Blanquita y no a ti.
Me dio tal ataque de risa que me eché hacia atrás quedando totalmente tumbada sobre la moqueta del salón.
—Eres una idiota —le dije recobrando un poco de aire.
—Oye, petarda, si no tienes adónde ir, vente para Madrid.
—¿A Madrid?, ¿qué hago yo en Madrid? —pregunté volviéndome a sentar con las piernas cruzadas.
—¿Aquí? Bufff… ¡Esto es Madrid, Elvira!, hay grandes trabajos para una filóloga como tú, con tu experiencia.
—¿Sí…? ¿Tú crees? —Y mi cabeza empezó a repasar el archivo de todos los centros de enseñanza de español de la capital, es cierto que la boca se me hacía agua—. No sé, Silvi, ¿por ejemplo?
—¡¿Por ejemplo?! Pues, por ejemplo, sexadora de ardillas en el Parque del Retiro.
—¡¿Qué?! —dije muerta de la risa y arrepintiéndome por haber creído que hablaba en serio. Quise cambiar de tema porque me sentía avergonzada por haber sido tan vanidosa, además la oía reírse y eso me hacía sentir peor. Había caído en su trampa, qué cabrona, pensé—. Bueno, y entonces ¿qué pasó con Francesc? —Me consideraba tan mala persona que prefería ahondar en la herida ajena que seguir agujereando la mía.
—Pfff… que hace tres días se levantó del revés y me pidió que hiciera las maletas y que me fuera, no sé qué cosa de agobios o qué sé yo, que me fuera y ya.
—Bueno, Francesc siempre ha sido muy peculiar, no sé… ¡es publicista y catalán! Si es que ¡lo tiene todo! —dije riéndome para ver si le podía arrancar una risotada con este tema.
—¡Pues mira que Etienne! ¡Arquitecto y francés! ¿No encontraste nada más aburrido? —Lo conseguí porque me dijo aquello entre carcajadas—. Por cierto, hace tiempo que no hablas de él, ¿qué es de su vida? —me preguntó mientras le oía sonarse los mocos.
—No sé, lo cierto es que no sé nada de él desde hace casi diez meses —empecé diciendo mientras hacía memoria—. Lo último que sé es que lo habían trasladado a Chile, para un proyecto de renovación de no sé qué en Santiago. La cosa es que me llamó un día para saber cómo estaba en Estados Unidos y no me digas por qué, o hacia qué avanzó la conversación, pero terminé pidiéndole explicaciones de por qué me había dejado. Ya sabes que nunca hablamos de ello, él me pidió un día que me marchara y yo me marché, sin gritos, ni malas caras, nada. Y claro, con el paso del tiempo yo he necesitado de una explicación, de por qué tanto desprecio de, no sé, de por qué ella fue mejor que yo…
—¿Qué dices? Qué fuerte, no sabía nada de esto, y ¿qué te dijo?
—Mmm, nada, la verdad es que nada, empezó diciendo: allô, allô, Elviga, se va la conexión, se va, Elviga, allô, allô. Clonck. Y me colgó. Sin más, hasta hoy.
—¡Ja, ja, ja, ja! ¡Ostia, qué fuerte! —Silvia se reía con muchísimas ganas—. ¡Este tío es un genio!, ¡es mi ídolo del escaqueo!, tiene cojoncillos de gorrión, metidos pa’dentro del cague que lleva encima. ¡Joder, me encanta!
Hombre, contado así, y después de casi un año, yo también le encontraba su gracia.
—Mira, Elvi, piensa en positivo, si dices que estaba en Chile es muy posible que se haya muerto por el terremoto ése que hubo.
—¡Silvia! —grité horrorizada por semejante broma.
—¡Pero imagínatelo, mujer! Mira, en plan: allô, allô, allô y… ¡chof! Espachurra’o, totalmente espachurra’o bajo sus propias obras arquitectónicas, ¡ja, ja, ja, ja!, ¿te lo imaginas, tía? —hizo una pausa sin dejar de reírse y añadió—: Y yo ¿sabes lo que voy a hacer?
—¿Qué…? —pregunté amortiguando la risa con el cuenco de mi mano, porque me sentía fatal al reírme de aquello, aunque la verdad contado por Silvi tenía muchísima gracia.
—Le voy a mandar a Francesc a Bali.
—¿A Bali?
—Sí, porque dicen que antes del 2011 viene un tsunami gigante.

Solté el teléfono y me llevé las manos a la cabeza tronchada de la risa. Sólo pedí que la ética de Blanquita nunca supiera de este tipo de conversaciones telefónicas por parte de sus dos mejores pésimas amigas.

jueves, abril 29

Amor de lluvia

—¡Ay, ay!, ¡ay, que me escurro! —gritaba compungida la gotita de lluvia—. ¡Que me escurro! ¡Por favor!
La gota de lluvia se deslizaba a trompicones por el cristal del ventanal. El viento insinuaba a la gotita un camino diagonal. La ventana intentaba helarse para que su frío congelara a la gotita y así poder tenerla allí para siempre. La quería, la quería de verdad.
Elvira se levantó de la butaca. Se amarró el jersey al pecho con ambas manos y se acercó a la ventana. Llevaba todo el día lloviendo. Tic-tic-tic, hizo su uña al golpear el cristal. La gotita, que llevaba sujetándose con angustia largo rato, no pudo superar semejante golpe. Se estrelló contra la tierra del jardín desapareciendo al instante, como si jamás hubiese existido.
—Empapada por la lluvia, parece que lloras —dijo Elvira a la ventana, colocando su mano sobre el frío cristal.
La ventana crujió rota. Elvira volvió a la butaca.

domingo, abril 25

Vuelta a empezar

Road to nowhere by Rich Legg

—Oh, cariño, cuánto lo siento…, de verdad que lo siento —decía Kayla apoyada en la puerta de mi despacho. Yo ni la miraba, seguía con la vista puesta en mi ordenador quitando importancia al asunto—. Ellos se lo pierden, ¿qué quieres que te diga?, ¡tú vales mucho!
—¿Qué pasa? —Mi jefa, al oírla, acababa de entrar en mi despacho.
—A Elvira no le han dado la beca —contestó Kayla en un tono confidencial.
—Oh, ¿la de Nueva York?
—Sí —afirmó Kayla.
—¡Asquerosos! —gritó mi jefa.
—No, Luisa —dije yo mirándola—, la cuestión es que no me han dado la beca porque ni siquiera me han admitido en el máster.
—¡Ay! ¡Más asquerosos todavía!
—Luisa, hija, que te estaba buscando, que dice Richard que si la reunión de las tres se puede pasar a las cuatro y cuarto, que tiene no sé qué cosas que hacer —preguntó Juan Manuel desde el pasillo mientras se abanicaba con una carpetita amarilla.
—Bien, pero que no venga más tarde, que luego tengo cena a las seis en casa y todavía me queda por preparar todo.
—Pues na’, que ya se lo digo —confirmó con su acento cordobés. Después nos miró a las tres y, entrando en la oficina, preguntó—: Y ¿de qué tenéis esa cara tan mustia?, hijas, que parece que os deben y no os pagan.
—A Elvira no le han dado la beca —explicó nuevamente Kayla con solemnidad.
—Porque no me han admitido —puntualicé.
Juan Manuel apartó a Luisa para colocarse delante.
—Mira, Repollo, la culpa la tienes tú —inquirió enfadado, señalándome con el dedo—, que si no volaras tan alto, las caídas no serían tan gordas, porque ya puestos ¿por qué no solicitaste Yale o Harvard?
—¡Juan Manuel, deja a la niña!
—Pero Luisa, si la niña ya tiene sus treinta añitos y mira el disgusto que se está llevando. —Juan Manuel volvió a mirarme—. Pero ¿de dónde ibas a sacar tú los cincuenta mil dólares que costaba el máster?, ¿eh? Que se trata de una de las universidades más prestigiosas de este país y tú no tienes un duro. Que está muy bien que seamos de Bilbao, Repo, y que vayamos a lo grande pero, 'ja mía, ¡una pizquita de sentido común!
Apoyé los codos en la mesa y me sostuve la cabeza entre las manos. Tenía toda la razón del mundo. Me sentía mal, muy mal. Empezaba a tener inmensas ganas de llorar. Sí, que se fuera todo el mundo, quería llorar.
—¡Hey, estáis aquí! —Richard asomó la cabeza por la puerta—. Luisa, ¿te ha comentado Juan Manuel lo de...
—Sí, ya me ha dicho, no hay problema —dijo sin dejarle terminar. Después se hizo el silencio otra vez y todos volvieron a mirarme.
—Es que a Elvira no le han dado la beca… —susurró Kayla a Richard.
—No me han admitido… no es que no me hayan dado la beca, es que no me han admitido… —dije desganada, sin levantar la cabeza.
—No la han admitido… —se autocorrigió Kayla manteniendo el bajito tono de voz.
—¿El máster de New York…? —preguntó Richard imitando el mismo susurro.
—Sí…
—Pobre…
—Sí, me da penita porque tenía mucha ilusión…
—Ay, pobre…
—¡Hala, ya está! —gritó Juan Manuel dándose la vuelta hacia ellos y haciendo aspavientos con la carpeta al aire—. ¡Que parecéis dos viejas en misa! Tanto chisme, tanto chisme, ¡ya está!, ¡no se lo han dado y punto!
—Bueno, chica, ¿y qué vas a hacer ahora? —me preguntó Luisa sin parecer oír los gritos de Juan Manuel.

Levanté la cabeza. Vi a los cuatro mirándome con intriga. Un reguero de angustia me avinagró la garganta. Tragué saliva pero el ardor no se me iba. ¿Qué iba a hacer yo ahora? ¿Qué iba a hacer yo ahora? ¿Qué iba a hacer…?
—La Repollo se queda. Si no se va a Nueva York, la Repo, se queda otro año —afirmó con seguridad Juan Manuel.
—Hombre, podría —dijo Luisa antes de empezar a explicarse—, pero claro, como me dijo que se iba, pues la plaza se la ofrecí a Justyna Swiderska, que es polaca.
—¿Polaca? —preguntó sorprendido Juan Manuel.
—Sí, polaca de Kentucky.
—¿Polaca de Kentucky?
—Profesora de español e italiano.
—¡Joder con los polacos!
—Pero al final que no, porque su marido ha encontrado plaza en Ohio State.
—¿Polaco?
—¿Su marido?
—Sí.
—No, ¡qué va! Es ruso.
—Ah, bueno.
—Sí, ruso de Minnesota.
—Ah, mira, éste es de Minnesota…
—Sí, profesor de física cuántica.
—¡Joder con los rusos! Bueno, a lo que vamos —dijo Juan Manuel pretendiendo centrar nuevamente la conversación—, y ¿Elvira?
—¿Elvira? Elvira es de Bilbao —y diciendo esto mi jefa se quedó más ancha que larga.
—La madre que la parió… —empezó diciendo Juan Manuel—, y no te digo más porque, como Chair del departamento, mereces un respeto pero, hija mía…
A mí me entró tímidamente la risa pero Kayla y Richard, que se habían mantenido en un segundo plano hasta el momento, estaban a carcajada limpia.
—Bueno, pues si la polaca al final no ha aceptado, tú te quedas con la plaza, niña, que es muy tuya —me dijo el cordobés con convicción.

Las risas se acabaron y todos me miraban esperando mi confirmación. Pero, lo cierto es que, yo allí no me quería quedar. No tenía queja con respecto a mi trabajo pero mi vida personal… buff, mi vida personal estaba hipotecada.
Era divertido ver, por la tele, las rocambolescas situaciones a las que se enfrentaba diariamente el doctor Fleichman en Alaska, pero cuando tú te convertías en la protagonista de la serie dejaba de tener su gracia. Odiaba la naturaleza bruta y vivía en plena montaña de West Virginia. Las calles estaban vacías a cualquier hora del día. Las arañas eran tan grandes que hasta tenían el pelo rizado. Las carreteras estaban llenas de agujeros y cuando preguntaba que por qué no las arreglaban, me decían que porque vivíamos en un estado pobre. Los bancos no sabían lo que era el IBAN porque nunca antes habían hecho una transferencia internacional. Mis alumnos de las nueve de la mañana llegaban en pijama a clase. Tuve que aguantar, en casa, dos gastroenteritis y un dolor de muelas de infarto porque el seguro médico de la universidad no cubría asistencia médica de urgencias. Era deprimente ver como el setenta por ciento de la población era obesa por pura dejadez. Y echaba de menos mis tacones, mis mechas en el pelo y el sexo porque la vida monacal, a la que esa ciudad me había sometido, estaba haciendo estragos en mi cutis. Todo ello, sin mencionar esa soledad espesa que se te agarra a la piel y, como sanguijuela cualquiera, te chupa hasta las ganas de vivir. Necesitaba salir de allí.

—No… —dije finalmente—, no me voy a quedar… no, buscaré otra cosa, no sé.
—Ay, Repo, qué disgusto me das —dijo Juan Manuel atizándome con la carpetilla amarilla.
—Bueno, chica, es tu decisión, algo encontrarás. El mundo es muy grande y, como a ti no te importa viajar, pues vete a saber dónde terminas —dijo mi jefa y, dándome un golpecito en la espalda, salió del despacho.
Todos se marcharon menos Kayla que se acercó y se apoyó en mi mesa.
—Desertora —me dijo con una mueca de medio lado—. ¿Nos echarás de menos?
—Claro —dije sin levantar la vista.
—Pero qué mentirosa eres, cariño.
La miré y a las dos nos entró la risa.
—Venga, desertora, que te invito a un café —propuso al tiempo que me golpeaba el brazo.
Recogí las cosas, me coloqué el bolso al hombro y, junto a Kayla, salí del despacho. Antes de cerrar, eché un vistazo para cerciorarme de que no me olvidaba de nada. No, nada me dejaba allí. Click. La puerta se cerró.