domingo, octubre 24

Desaliento

El descanso por Pablo Picasso

Me desperté a las 4:22 de la mañana. Otras veces son las 5:13 ó las 3:59 ó las 4:47. Las horas cambian pero siempre me despierto en mitad de la noche. Volví a mirar el móvil, las 4:23. Lo dejé sobre la baldita y me froté la cara. Tenía un sueño inmenso y un cansancio que podría sostener entre los brazos. Era un cansancio denso, inagotable. Me acordé de que era vienes y los viernes no daba clase, eso me alivió. Saber que no tendría que fingir la sonrisa ante mis estudiantes me relajó algo.
Me levanté y fui a la cocina. Decir que fui a la cocina, teniendo una casa de treinta metros cuadrados, es pura arrogancia. Preparé café y miré el reloj colgado en la pared, las 4:28. Me volví a frotar la cara pero esta vez con las dos manos, con fuerza y hacia atrás como si quisiera hacerla desaparecer. Estiré el brazo derecho y de la muñeca cogí una goma negra. La dejé en la encimera mientras me hacía un moño. Nunca supe hacerme peinados con una goma entre los dedos. La verdad es que nunca he sabido hacer casi nada. Miré el reloj, 4:32. Madre mía, qué lenta es la vida. Las 4:33. Inflé el pecho con aire que enseguida se convirtió en angustia cristalizada. Pinchaba. Y el café que no terminaba de subir ni el reloj de marcar las 4:34. Estoy agotada, pensé.
Me tumbé en el sofá y me cubrí con la manta de cuadros. Respiraba con lentitud para no hacerme daño con los cristalitos.
Lo que necesitas es hacer deporte, me dijo. No es eso, créeme, no es eso. Viaja, quizá viajar te haga bien, vuelve a China. Sí, es posible…, contesté con el inmenso deseo de no seguir hablando.
Las 4:37. La cafetera pitó. Incorporarme del sofá fue ganar toda una batalla.
¡A ti lo que te pasa es que no te pasa nada!, ¿me oyes?
Apagué la vitro y retiré el café. Me lo serví en vaso, sin leche y con media cucharada de azúcar. Las 4:41. Suspiré y me coloqué, tras la oreja, un mechón de pelo que se había escapado del moño. Un sorbo. Un nuevo y largo suspiro. Las 4:42.
Sal de vez en cuando, queda con alguien, mujer, que te pasas el día con el ordenador, cada día eres más rara.
Removí el azúcar del fondo del vaso y pegué un segundo trago apartando la cucharilla hacia un lado. Siempre me ha gustado beber el café con la cuchara dentro, sujetándola con los dedos. Así el café sabe distinto. Miré el reloj de la pared y mastiqué impotencia. 4:44.
¡Si echaras un polvo se te quitarían las penas!
Llegó el llanto, nunca se hace esperar. A las 4.45 me sonaba los mocos con una servilleta de papel.
Dejé el vaso vacío en la fregadera y me volví a tumbar en el sofá. Esperé allí quietecita a que llegaran las once de la mañana. No me moví. Me soné los mocos, miré el reloj, escuché cada uno de los consejos que la gente me había ido dando, pero no me moví. No me moví hasta las once de la mañana.

A las 11.35 entré en su consulta. Me senté en el pequeño sillón que estaba frente al suyo.
―¿Hoy te sientes mejor?
Negué con la cabeza abatida por el cansancio.
―Es pesado, ¿verdad? ―preguntó esta vez juntando las manos y soltando el aire con lentitud.
―Mucho ―contesté mirándolo fijamente. Agaché la cabeza y formulé la pregunta―: ¿Puedes recetarme sesiones de quimioterapia?
―No tienes cáncer. ―Contestó sin inmutarse como si sus otros pacientes le hubiesen dicho cosas peores.
―Lo sé ―dije―, pero si me las recetaras la gente lo entendería.
―¿Qué es lo que entendería?
―Que con una depresión te estás muriendo igualmente por dentro.
Miré mi reloj, las 11:38.

lunes, octubre 11

Corazón de hielo

Frozen Heart por LunaticArt

Nunca había sido duro para mí. No. Sin más. Es decir. Yo lo estaba, él no. Ya está. Jaime, te quiero. Yo no. Bien. Claro. Conciso. No hay ambigüedad. No hay ese no sé. Sí sé. Es no.

Treinta años enamorada de Jaime. No, vale, no, treinta no. Seamos sinceros, solamente veintitrés. Veintitrés años enamorada de Jaime. Podrían ser más, creo yo. Hay gente que lo está toda la vida y con vida digo mucho. Digo más. Pero yo sólo veintitrés.
Amar a Jaime es fácil. Quiero decir, amarlo gratuitamente. Amar a Jaime gratuitamente es fácil. A mí me gusta Jaime y a Jaime le gustan las tetitas morenitas de Marieta, la diosa de Carolina, el bikini rojo de Sandra, el tatuaje de Silvi y las rastas tan look ONG de Mireia. Fácil. Es fácil porque nunca he sido una diosa, mis tetas siempre han estado blancas y no tengo rastas ni tatuaje. Tengo un bikini pero no es rojo. Es verde de motas blancas que Jaime siempre ha dicho que es de vieja.
Jaime no me besa. No me toca. No me roza. Cuando estoy triste y lloro hace: plas-plas-plas. Es su mano contra mi rodilla y dice: Pava, ¿qué ostias, qué pasa?
Jaime es un buen amigo. Siempre ha estado ahí. Veintitrés años ahí. Es mucho. Es más. Y me lleno y exploto. Que yo siento algo más por ti. Ey, loca, no, ¿eh?, no te hagas líos, no-te-hagas-líos. Luego sigue leyendo el periódico. Jaime siempre está leyendo el periódico. Yo lloro. Plas-plas-plas. Pava, ¿qué ostias, qué pasa? Y sigue leyendo el periódico.

El concepto está claro. Amiga enamorada de amigo. Amigo enamorado de todas menos de su amiga. Amigo cerca el terreno. Amiga veintitrés años de melancolía secreta. Amigo veintitrés años hasta las pelotas. Yo lo entiendo. Lo veo claro. Es fácil. Con fácil quiero decir: sencillo, tirado, obvio, simple, cómodo, mero, ¡blanco y en botella!
Bien. Vale.
Pero un día conocí a otro amigo. A Rafa. Rafa es mi vecino. Vive en el tercero. Es consultor y trabaja en un banco. Siempre lleva el casco colgado del brazo. Rafa tiene una moto y una ex novia. Natalia. Le dejó por un argentino. Néstor. Se van a casar. Rafa sigue enamorado de Natalia y yo de Rafa.
En este punto, el concepto se distorsiona. Una amiga puede estar enamorada de un amigo que no demuestre ni el más mínimo interés sexual por ella. Creo que Jaime si tuviera que señalar el lugar exacto de mi vagina indicaría una de mis orejas, y es posible que la derecha, que es donde llevo el audífono y eso sí que da morbo. Rastas, tatuajes y audífonos. Pura orgía.
Pero Rafa demuestra interés. No sexual. Es cierto, pero sí sensual. Rafa me abraza. Me abraza tan fuerte que siento cómo se aplastan mis tetas contra él. Rafa siempre me abraza. Cuando llego. Cuando me voy. Cuando estoy. Dice que soy pequeña y manejable. Dice que eso le gusta. Yo le digo que me gustas tú. Pero él no lo oye porque lo digo sin abrir los labios. Me gustas tú. Le digo. Me pellizco la boca. En realidad me la sujeto. Para no abrirla. Para no decirlo en alto. Hacemos ensalada. Me abraza. Nos sentamos en el sofá. Me pasa la manta y me habla de Natalia. Rafa siempre me habla de Natalia. Te entiendo, le digo con los labios abiertos. Me oye. Y sigue hablando de Natalia. Llora. Plas-plas-plas. Quito la mano de su rodilla y la pongo en mi boca. Lloro. Me mira. Me abraza. ¿Y tú por qué lloras, tonta? Porque nunca había sido duro para mí hasta conocerte. Le digo. Sin abrir los labios. No me oye. Me abraza. Rafa siempre me abraza.

jueves, septiembre 30

Historia de una escalera


Rafa aparcó la moto frente al portal, cogió el casco, se lo colgó del brazo, sacó las llaves del bolsillo de su chamarra de cuero y abrió el portalón. Subió un primer tramo de escaleras. Eran de madera viejas y desprendían un cierto olor a recuerdo. Se acercó a los buzones. Después de abrir el suyo se encontró con un poco de lo mismo, la factura de Vodafone y propaganda de comida china a domicilio. Con los papeles todavía en la mano miró al portalón, alguien entraba. Hola, dijo sin mucho entusiasmo, hola dijo ella con menos entusiasmo todavía, cerrando la puerta. Rafa, después de cerciorarse de que tomaba la factura de internet y dejaba sobre la repisa la propaganda, subió hacia el tercer piso, no había ascensor.
―¡Ey, ey!, perdona, te olvidas eso.
El chico se dio media vuelta y miró los papeles que la joven le estaba señalando con cierta teatralidad irónica.
―Es propaganda.
―Lo sé, es tu propaganda ―respondió ella sin mirarlo, girando su llave en el buzón del 5º derecha.
Rafa bajó lentamente los cuatro peldaños que acababa de subir, se acercó a la repisa, recogió la publicidad, miró a la chica, quien le había parecido sobradamente soberbia, y le espetó:
―¿Y tú quién coño eres?
―Elvira, me acabo de mudar a una de las buhardillas, encantada. ―Sin esperar la reacción de su vecino, cerró el buzón y con brío empezó a subir las escaleras.
Rafa, mirando al espacio vacío que acababa de dejar Elvira, no paraba de pensar en lo imbécil que era aquella tía, pero imbécil de verdad. Se parecía a su ex Natalia, igual de zumbada, putas tías. Natalia le había dejado haría cosa de año y medio, necesitaba tiempo para pensar, ¿para pensar en qué?, si no había necesitado ni dos meses para irse a vivir con Néstor, su compañero de trabajo, de Argentina, el tío era argentino, sí, argentino, argentino, contra ese acento era imposible competir. Sin darse cuenta estaba estrujando la propaganda en su mano. Resopló. Se calmó. A la mierda con Natalia. A la mierda con Néstor. Se dio la vuelta para confirmar que Elvira ya no estaba detrás, miró los papeles publicitarios y los fue metiendo de uno en uno en el buzón del 5º derecha. A la mierda con esa vecina resabionda.

Eran casi las once y media de la noche y Elvira sacaba a la calle una bolsa de basura y una enorme caja de embalaje de cartón. Acababa de montar una estantería. Fue al entrar de nuevo al portal cuando lo vio. Con rabia se acercó a su buzón y, escurriendo dos dedos entre la ranura, pudo sacar un papelito de colores arrugadísimo, anunciando el Le Dragron. Qué cabrón, musitaba una y otra vez mientras zarandeaba la cabeza alucinada.

―¡Qué hija de la gran puta!
Eran las ocho menos cuarto de la mañana del día siguiente y Rafa, con su casco colgado del brazo, salía de casa para ir a trabajar cuando encontró su felpudo bañado por papelitos recortados. Allí estaban los cuatro o cinco panfletillos publicitarios hechos añicos sobre su Welcome.
Al escuchar el grito, que había ascendido por el hueco de la escalera como una llamarada, Elvira se rió dándose media vuelta en la cama.

Eran las seis de la tarde, y en la oficina no quedaba nadie excepto Rafa que se frotaba la cabeza mientras releía una y otra vez el email. Natalia se mudaba a Buenos Aires, iba a casarse.
No pudo aparcar la moto frente a su casa, la tuvo que dejar a la vuelta de la esquina. Cabizbajo, lamentándose de haberla dejado ir, cogió el casco y se lo encajó en el brazo como hacía siempre. Al torcer la calle y tomar la suya vio a Elvira apoyada en uno de los coches junto al portal, hablaba por el móvil. Qué tía asquerosa, se lo haría limpiar con la lengua, se iba a enterar esa enana de mierda, qué se creía.
―¿Qué? ¡Graciosa!, ¡¿qué pasa contigo?!
Elvira levantó la cabeza. Estaba llorando. Te llamo luego, dijo al auricular. Guardó su móvil.
―A mí no me pasa nada, ¿y a ti? ―Tomó aire, se hizo un hueco para llegar hasta el portalón, sacó las llaves y abrió la puerta.
Rafa estaba paralizado, nunca había sabido qué hacer ante una chica llorando. De hecho no pudo recriminarle nada a Natalia cuando le dijo que le dejaba, estaba llorando, qué podía hacer, sentía pena, seguro que necesitaba tiempo, Natalia siempre terminaba agobiándose porque él a veces era muy pesado, si es que todo era por su culpa, pobre Natalia, no llores, cariño, anda, no llores…

Eran las nueve y veinte de la noche y la pequeña aspiradora de coche, que Silvi le había prestado, se atragantaba con el confeti publicitario del felpudo del tercer piso. La puerta se abrió.
―Hola ―dijo Rafa.
―Hola ―dijo Elvira apagando la aspiradora. ―No te había conocido sin el caso colgado del brazo.
Qué cabrona, pensó Rafa mientras se reía con cierta timidez.
―Oye, mira, ya está, ¿vale? Queda zanjada aquí nuestra guerra, ¿vale? ―Elvira se expresaba con nerviosismo, nunca se le dieron bien las disculpas, quizá por eso había perdido tanto en su corta vida. ―No quiero tener líos con ningún vecino, mira, demasiado, no sé, vamos, ya me entiendes... ―Sujetó la aspiradora con una mano y se pellizcó los labios con la otra mientras intentaba seguir hablando―. Que demasiados rollos tengo en mi vida como para echarme más tierra, paso de tener problemas por la mierda de la propaganda, haz con ella lo que quieras.
Rafa la miraba sin decir nada. No, no era como Natalia. Ahora que la oía hablar eran muy diferentes, sí, no se parecían en nada. Elvira tenía algo que la hacía parecer inmensamente frágil a pesar de ese pronto tan arrogante que, a veces, desprendía. Así que con un dulce gracias, Rafa cerró su puerta guardándose un extraño deseo de abrazarla.

Era casi media noche y Elvira, con el corazón sobre la mesa, escribía un escueto email a su ex novio Etienne felicitándole por su reciente paternidad.

miércoles, septiembre 22

Retoriqueando


―Que no… buff… que no, que ahora es… Pásame la botella, anda, loca.
―Ahora es ¿qué?, ¡tía, arranca! ―gritó Silvia pasándole una de Rioja casi vacía.
―Gracias, amore ―contestó Elvira recibiendo la botella y sirviéndosela sobre su copa. Estaba tumbada en su minúsculo sofá Solsta de Ikea recién comprado. Estrenaba casa. La inauguraba junto a su única amiga en Madrid, su mejor pésima amiga. Era una fiesta de dos. Suficiente―. Que ahora resulta que se llama ―Elvira se reincorporó lanzó un enorme eructo al aire, después hizo un amago de esperar ovación y continuó―,eso, que se llama narrador identificado o narrador no identificado―recalcó con rintintín ambas palabras mientras se recostaba nuevamente, derramándose media copa encima―. Ay, puta… me’mancha’o, Silvi.
―Si te haces así no te queda mancha.
―¿Así? ―preguntó Elvira totalmente concentrada, restregándose su mano por el pecho―. Pásame la botella, loca de la life, porfis…
Silvi no se la pasó sino que le sirvió el culín que quedaba, ya está, terminada, dijo.
―¿Dónde coño se quedó el narrador omnisciente?, te preguntarás, ¿eh?
―Yo lo único que me pregunto es por qué Nacho no me coge el teléfono.
―Pues porque está obsoleto.
―¿Nacho?
―¡Obsoleto! ¡Tócate los pies, Manolete!
Y Silvi, sentada en la alfombra de pelos, también nueva y también de Ikea, se tocó los pies y añadió:
―Yo creo que me está poniendo los cuernos, hijo de puta…
―Claro, si obsoleto está el omnisciente, pregunta por el narrador equisciente, ¡ése se quedó en Cuenca!
―Pff… en Cuenca…, me dijo que se iba de fin de semana a Albacete por trabajo, ¡¿y yo me lo tengo que creer?!
―Yo no me lo creo, el omnisciente será omnisciente toda la vida, porque ahora me saltan con que ―Elvira pegó un trago a su copa y continuó mirando al techo― el identificado tiene que ser un narrador familiar del protagonista que por eso es i-den-ti-fic-a-do.
―Fi-ca-do, no fic-a-do.
―Sí, te pone los cuernos ―dijo Elvira mirando fijamente a su amiga con asco.
Silvi, sosteniendo la mirada y sin mediar palabra, volteó su copa y la dejó caer sobre la nueva alfombra peluda.
―Puta Silvia… ―suspiró Elvira clavando su vista, esta vez, hacia arriba y empezó a reírse como una loca.
Silvi se levantó, dejó la copa sobre el escritorio y se tumbó sobre su amiga de la infancia.
―¿Qué vamos a hacer, Elvi? ―preguntó abrazándola con fuerza―, ¿qué van a hacer una escritora de mierda y una cornuda desquiciada?
Elvira dejó caer su copa al suelo, qué más daba, la alfombra ya estaba hecha un asco, además sólo le había costado 30 euros. Ahora, así, con las manos vacías, la pudo abrazar con ganas.
―Primero, mandaremos al narrador identificado ése a tomar por culo y, luego, haremos lo mismo con Nacho. ―Esperó un rato y al no recibir respuesta preguntó―: ¿Qué te parece, loca?
Silencio.
―¿Qué te parece? ―Repitió Elvira.
―¿A mí?
―Sí, a ti.
Silencio.
―Retórica, Elvira, retórica, que tus diálogos son innecesariamente largos, te lo dice todo el mundo…
Puta Silvia, acertó a decir la escritora de mierda entre risas, ahorrándose así un nuevo guión.

lunes, septiembre 6

Café de abuela

—¿Crisis? —repitió mi abuela.
—Crisis —reafirmé yo.
—¿Crisis de qué?
—Crisis de ser y estar, de… de tener crisis cuando ya… no sé, cuando ya ves, que eso, que pasas de los treinta y…
—¡Ay, pitxin!, ¡¿y yo?!, ¡¿qué tendré que decir yo que paso de los ochenta y siete?!
—Bueno, sin desmerecer a nadie, abuela —dije con teatral seriedad—, que aquí hay para todos: tú tienes la crisis de los ochenta y siete.
Mi abuela se tronchaba de risa recostada en su butaca. Había dos. Una butaca junto a la otra. La otra estaba vacía, era la de mi abuelo que había muerto hacía casi un año. Pero yo seguía viéndolo allí sentado, refunfuñando a la tele porque la derecha no decía más que mentiras y los socialistas actuales no eran como los de antes, nunca se vivió mejor como en tiempos de la República, decía siempre frotándose la calva. Yo me solía sentar en el sofá de tres plazas, en la parte de la derecha para tener a mi abuela cerca y así poder cogernos de la mano sin esfuerzo.
—Abuela, en serio, a ver —mi abuela me miró secándose las lágrimas con el pañuelito que tenía camuflado en la manga del jersey, porque mi abuela siempre lloraba de risa, y ni tan mal, porque mucho peor era cuando se meaba—, pasas de los treinta y ¿qué tienes después?
—Pues… primero 31 y luego 32 y 33 después, y… y… 34, 35… así hasta los 87 —se relamió los labios y dejó que me riera de su tontería mientras la llamaba loca—.Te voy a hacer café, a ver si así se te pasa tanta crisis.
La acompañé hasta la cocina, me senté en uno de los taburetes y retomé la conversación.
—Tienes dos opciones, ¿vale? —Mi abuela asintió con la cabeza mientras llenaba de agua la cafetera italiana—. Una: casarte, tener hijos e ir a la playa con tu madre.
Mi abuela soltó una inmensa carcajada.
—¿Cómo es eso? ¿Sólo puedes ir a la playa con tu madre? —añadió sin parar de reírse.
—Te lo juro, debe ser algo de la oxitocina, que hace que veas a tu madre como la mejor compañía playera, bueno… playera, casera, parquera, porque las primerizas no se despegan de las madres. Están ahí, ahí, ahí —escenifiqué entrelazando con fuerza mis propias manos—, solapadas en un sólo ser. ¡Por favor, qué cansino!
—Mujer, es que las madres ayudan… —dijo mi abuela aguantando la risa.
—¡La mía no!
Mi abuela se rió pero enseguida intercedió:
—Qué mala eres, pitxin, tienes una madre… una madre como pocas.
—Eso te lo aseguro —dije irónicamente torciendo el morro—. Vamos —continué—, que tu vida se torna a papillas, paperas, sacaleches, la silla de la playa porque, por culpa de la oxitocina, de repente tampoco te puedes llenar de arena, el cubo y la pala para tu hijo y el socavón para enterrar a tu madre ¡para ver si así se calla!
Había cogido carrerilla histérica pero tuve que parar en seco porque mi abuela estaba en pleno ataque de risa y parecía, en esta ocasión, que sí, que sí, que se iba a mear.
—Corre, abuela, que no llegas —le decía empujándola desde atrás con un dedo por el pasillo mientras ella se retorcía de pis. Le abrí la puerta del baño y esperé fuera mientras le gritaba—: ¿Llegaste?, ¿abuela, llegaste?
—¡Te voy a matar!
No llegó.
—Espera que te traigo muda limpia —le grité de nuevo.
La esperé en la cocina mientras se cambiaba. Al de un ratito entró haciéndome el gesto con la mano que me iba a pegar. Me reí, siempre estábamos igual.
Puso la cafetera en el fuego, se frotó las manos en el trapo que tenía colgado de un lado de la cintura y se sentó junto a mí.
—Bueno, hija, pues ni te cases ni tengas hijos, ¡hala, soluciona’o!
—¡Uy, eso es mucho peor! Porque entonces pasamos a la opción dos —mi abuela me miraba con inquietud—. Bueno, más que una opción es una enfermedad, ¡no, no, no!, es un síndrome, sí, sí, eso, es el Síndrome de Anita Obregón.
Y como si un tatachán acompañara a dicha afirmación, la cafetera empezó a pitar, el café había subido. Las dos la miramos. Me levanté y la retiré del fuego. Tomé dos tacitas del armario de detrás de la puerta y seguí explicándome:
—Ya sabes, que pasan los años y tú te sigues creyendo un bomboncito de 20 años, pero no lo eres aunque, gracias a Amancio Ortega, te sigas vistiendo igual que una veinteañera. Pero: no-lo-eres. Repito: no-lo-eres. Y claro, quien dijo treinta y tantos dijo cuarenta y… y, y, y luego cincuentona y tú, ridículamente, vistes cinturones por minifaldas y crees que tus dotes de seducción son irresistibles cuando desde fuera se te ve lamentable… Te has convertido en una Anita Obregón tristemente lamentable.
—¿Quién es Amancio Ortega?
—¡Jo, abuela! —la recriminé, no era justo que de toda mi teoría sobre la bifurcación existencial femenina, se hubiera quedado con aquel pequeño detalle.
—Pitxin, cómo te pones, si es que yo no lo conozco. ¿Es de aquí, de Sestao?
Me entró la risa. Era imposible enfadarse con ella. Serví los cafés y me volví a sentar su lado dejando las dos tazas sobre la mesa.
—No sé… estoy pensando que igual existe una tercera opción... —dije pensativa.
—¡Madre santísima! Te aseguro que si hubiera llagado a los ochenta y siete años con sólo dos opciones de vida, me habría tirado por la ventana hacía tiempo, ¿eh?, ¡hacía tiempo!
Las dos nos empezamos a reír, y agarradas de la mano nos tomamos el café en una tarde que no acababa más que de empezar.

domingo, agosto 22

Encontrando el jardín

Red flowers in the rain por Luiza Vizoli

Elvira se rascaba el párpado de abajo con cuidado de no hacerlo con las uñas porque se las acababa de pintar. Estuvo indecisa entre el negro de siempre o un oscuro berenjena. Finalmente se decantó por el berenjena, era hora de ir cambiando.
Extendió ambas manos, colocándolas frente a ella con los dedos bien abiertos para ver el efecto del esmalte en su conjunto. No le terminaba de convencer ese color, se las tenía que haber dejado negras, como siempre. Qué manía de cambiar las cosas. Qué poca constancia tenía para todo.
—Me gustan.
Elvira miró a Lola y sonrió con cierta desgana. Todo el equipo de profesores estaba tomando café en el jardín del campus universitario. Varios de ellos se conocían desde hacía tiempo pero Elvira era nueva.
—De verdad, es un color original.
—No sé… —respondió Elvira sin levantar la vista de sus uñas.
Su compañera le golpeó el antebrazo con cariño, la sentía triste. Elvira llevaba toda la semana cabizbaja y eso a Lola le preocupaba. Se acercó más a ella arrastrando su silla por el césped y bajando el tono de voz, para que no la oyeran los demás, le preguntó:
—¿Se te está haciendo duro?
Sorprendida, Elvira levantó la cabeza y la miró con gesto confundido. Conocía muy poco a Lola, parecía una chica maja pero casi nunca habían hablado. Pero de pronto sonrió. Sonrió porque en ese preciso momento, Elvira se dio cuenta de que estaba en España, de que había regresado a ese país donde la gente se enorgullecía de su indiscreción a la hora de preguntar. De su naturalidad para decir lo que pensaba. Atrás quedaba el cinismo americano con el que las personas estaban acostumbradas a relacionarse. Atrás quedaban las mentiras cívicas para sacar el culo airoso de una absurda situación.
—¿Y tú?, ¿por qué no te las pintas? —dijo Elvira entrelazando sus dedos sobre los de su compañera—. Te haría falta —añadió soltando una carcajada.
Lola, riéndose también, observó sus dedos carcomidos por los nervios y negando con la cabeza pensativa exclamó:
—¡Hace falta ser mala persona!
Las dos se rieron escandalosamente sin dar explicación alguna al resto de sus compañeros, que las miraban como a dos pobres locas.

Estaba siendo duro, claro que sí, eran muchos los cambios a los que Elvira se había sometido en los últimos ocho años. Pero había vuelto. Estaba de regreso. Era oficialmente una emigrante retornada y aquello le gustaba porque le aportaba esa sensación de descanso que llevaba años sin sentir y de la que había empezado a pensar que no existía.

jueves, julio 29

¿Quién dijo pecado?

Carrie closet por Sally Glass

Estaba sentada en una cafetería cerca de casa, pero de la casa que mis padres tenían de veraneo, que ridículamente estaba tan sólo a 23 kilómetros de la primera vivienda. Son bilbainadas que siempre me han costado entender.
Me tomaba un café en la mesa junto a la puerta. Miraba al frente. Contaba los pintxos de la barra. El de tortilla parecía un poco seco.
¡Plof! Con el susto todavía metido en el cuerpo, bajé la vista y vi un paquete de tabaco junto a mi taza de café, parecía haber caído del cielo en ese preciso momento. Alcé la cabeza sorprendida y observé al grupo de adolescentes, de la mesa de al lado, hablando con una mujer, sería la madre de alguna de ellas. Tomé el paquete de cigarros entre las manos y me empecé a reír.

Yo nunca tuve ese problema. Jamás en mi vida había escondido cigarrillos para que no los vieran en casa. Es lo bueno de haber disfrutado de una adolescencia un tanto peculiar. Cuando tu madre es un híbrido entre Camilla Parker Bowles y Margaret White, más conocida como la truculenta madre de Carrie, se convierte tu adolescencia en una verdadera película de terror.
Tenía dieciséis años cuando todavía debía esconder los tampones. Mi madre me los había prohibido terminantemente, imagino que porque pensaría que era pecado mortal surcarse con un algodón el orificio vaginal.
Mientras mis amigas tenían montado un complejo dispositivo logístico para hacer desaparecer los paquetes de tabaco: en la maceta del portal, bajo la baldosa que andaba suelta en el callejón antes de llegar a casa, o en lo alto del armario del baño; yo me esmeraba en comprar pequeños paquetes de tres tampax regulares, los amarillos. Los metía en el fondo de la mochila y una vez en mi casa, saludaba a Margaret White fingiendo naturalidad, y, como si de una contrabandista de droga me tratara, apretaba el culo y con sudores llagaba hasta mi habitación. Allí, colocaba un pie en la puerta para que nadie pudiera entrar, sacaba los tampax y los escondía dentro de las medias del uniforme del colegio. Un tampón por cada media, y las colocaba al final, estratégicamente al final del cajón.
¿Fumar?, ¿yo?, ¿para qué?, ¿qué interés podía tener yo en los cigarrillos o porros si cada vez que tenía la regla era un auténtico subidón de adrenalina?, ¡subidón, subidón!

―Esto, perdona…, es mío, ¿me lo devuelves?
Una de las quinceañeras de la mesa de al lado, con un curioso moño en lo alto de la cabeza, me pedía el paquete de tabaco, al parecer la señora que hablaba con ellas acababa de salir de la cafetería.
Extendí el brazo con la palma de la mano abierta ofreciéndole su tabaco.
―Oye, ¿has pensado en fumarte un tampax? ―la chica me miró atónita―. Puro pecado… ―añadió una Carrie White de sonrisa diabólica.

lunes, julio 12

Inverosímil

Rosa Meditativa por Salvador Dalí

―¡Para, para! ―dijo Elvira colocando su mano, con gesto involuntario, sobre el volante desde el asiento del copiloto.
Pedro frenó, giró la llave de contacto y el motor cesó. Las luces seguían encendidas enfocando esa mancha rojiza casi desdibujada entre los arbustos, que a Elvira tanto le había llamado la atención.
―¿Qué es eso? ―preguntó la chica soltándose el cinturón de seguridad y acercándose al parabrisas.
Pedro miró a uno de los lados de la carretera y también lo vio.
Era invierno. Sería una noche de diciembre, hacía frío. En Laukiz había nevado, y a pesar de que en la carretera no había cuajado, los árboles y matojos, de ambos lados, estaban blanquecinamente polvoreados.
―¡No salgas! ―gritó Elvira al ver que Pedro ya había abierto su puerta―. Déjalo, si no importa, anda, que hace frío ―y con la mano le hizo un gesto para que volviera, pero Pedro ya estaba fuera del coche.
El joven se acercó al matorral, lo sacudió un poco para quitar la nieve y sonriendo miró al coche. Dentro, Elvira tenía las manos entrelazadas rozándose los labios, como si estuviera rezando o, simplemente, pidiendo un deseo. Qué es, preguntó muda, gesticulando con los labios. Pedro abrió el matorral en dos y la cortó. Con cuidado la portó en una mano hasta llegar, de nuevo, al coche.
―Una rosa, es una rosa… ―contestó Pedro con cierto escepticismo.
―¿Una rosa? ¿En invierno? ―y estirando el brazo, Elvira se la quitó de las manos. Con recelo se la llevó a la nariz. Pedro se rió. Sólo a Elvira se le ocurriría oler una rosa congelada.
―¿Qué haces, boba?
―Comprobar si es de verdad.
Volvió a reírse pero no dijo nada, porque a Pedro no sólo le gustaba ese curioso mundo del otro lado del espejo que mostraba Elvira, sino que, además, lo respetaba con absoluta complicidad.
Arrancó el coche y con lentitud tomaron la carretera. Pedro acarició el muslo de la chica y mirando al frente dijo:
―A veces pasa.
―¿El qué?, ¿qué es lo que pasa? ―dijo ella con la rosa entre ambas manos para no chafarla.
―Que te encuentras con eso, con lo que todo el mundo te aseguraba que no existía.
Elvira sonrió.
―Sí, a veces pasa ―dijo.