jueves, noviembre 18

Noche

Interior with a Bowl with a Red Fish por Henri Matisse

—¡Roberto, Roberto, Roberto!
Joder con la vieja que ni una puta hora seguida me deja dormir, toda la noche igual.
—¡Roberto, ay, Roberto! Que me ahogo, hijo, ¡ay!, ¡ay, las pastillas!
—¡Que sí, abuela, tranqui que ya voy!
La ostia, en mala hora dije que la cuidaba yo, ¡qué puto pringa’o! A ver dónde coño está ahora el interruptor. ¡Joder!, ¿qué es esto?, vale, guapo, pizza, qué ascazo, tío, si es que no se ve ni una mierda. ¡Su puta madre con la mesilla qué ostia me acabo de dar!
—¡Rober, hijo, ay! ¡Roberto!
—¡Ya, ya! Abuela, que ya pillo las pastis y voy.
Joder si esto es mi camiseta, ¿no?, sí, sí, es la camiseta ¿y los pantacas?, ¿dónde coño dejé los pantacas? Puta casa de viejos que no encuentras la luz ni a tiros, me cagüen, pa’ dos putos duros que me voy a sacar, ¡miserias ostias! Que andará toda la peña de Lega, tío, ahí, la Ainhoa que ¡Dios, diosssss! ¡Joder con la esquina de la puta cama que casi me revienta los huevos!
—¡Roberto, Roberto! Rober...
Joder, abuela, macho, que ya voy, no me calientes, que placa y te meto, que se me va la pinza y que ya me veo a la Ainhoa, ahí, tío, y que no se pase un pelo con el Chus que les casco a los dos. ¡Joder si están aquí los putos pantacas, macho! ¡Ostia que me mato! Mazo complicado, chaval, a ver, primero una y luego ésta, eso, la otra.
—¡Abuela que ya!, ¿las pastis en el baño?
¡Coño!, pero si esto es el armario, ¿y la puerta?, ¿la puta puerta? Buff, puta noche de sábado.
—¡Abuela, las pastis las pillo del baño!, ¿no?
Y la vieja como una tapia, venga, va, de puta madre y ¿ahora cómo coño salgo de aquí? Ostias, mírala, ésta debe ser, sí, joder, es la puerta.
—Aquí estoy. ¿Abuela?, ¿abuela, ¿abuela?

domingo, noviembre 14

El cambio

Nota: Recomiendo leer los relatos Historia de una escalera y Corazón de Hielo para poder contextualizar este cuento.
Los buscadores de luz por Lidia Kalibatas

Me levanté con el propósito de cambiar.
Miré al cielo y me alegré, estaba lloviendo, me encantaba la lluvia, me permitía sentirme apagada justificadamente. ¿Qué te pasa? Nada, que llueve y eso.
Estiré el brazo y con los dedos toqué el frío cristal de la claraboya. Vivía en una diminuta buhardilla. Siempre soñé con vivir en una buhardilla con enormes ventanales en el techo, a los que pudiera mirar cada vez que sintiera que el mundo se me estuviera quedando pequeño.
Antes de meterme a la ducha, preparé café y encendí el portátil, busqué la canción, al encontrarla sonreí. Ghalla Gurian empezó a sonar y, con un acompasado movimiento de hombros siguiendo el ritmo, empecé a desnudarme en el cuarto de baño.
A medio vestir y con la toalla enroscada en la cabeza, me serví café, volví a escuchar por cuarta vez la canción y miré al cielo, seguía lloviendo por lo tanto seguía estando alegre. Era un buen día para cambiar.

Desplegué el periódico que acababa de comprar en el quiosco de al lado de casa. Era tan pequeña la mesita de la cafetería que las hojas la inundaban entera, incluso se desbordaban por los lados.
―¿Qué te pongo, guapa?
―Un cortado. ―Dije mirando a la camarera que, anotándolo en una libretita, se iba hacia la barra sin ni siquiera preguntarme por lo que iba a comer. Es cierto que no hubiera pedido nada porque no suelo desayunar pero no sé, nunca se sabe, a veces soy así de impulsiva y me lanzo y qué se yo, pues que igual me hubieran apetecido unos churros o igual no.
Apoyé los codos sobre el periódico, junté las manos encajando la barbilla entre ellas y empecé a leerlo por la sección de cultura. Siempre hacía lo mismo.
La camarera llegó y dejó el cortado sobre el periódico.
―Algún día escribiré en este periódico ―le dije acercándome la taza.
―Estupendo, ¿la quieres fría o caliente?
―Fría, por favor. ―Y volví a arrastrar la taza entre las letras de imprenta, pero esta vez hacia ella.
La mujer vertió la leche y, con un gesto antipático, se dio media vuelta y se largó.
No me importó, tenía mi café, mi periódico y un sábado por delante que prometía ser diferente.
Rafa, mi vecino, llegó cuando estaba en la sección internacional después de haber leído la de gente, sociedad y opinión, por ese orden, siempre por ese orden. Me levanté y dejé que me abrazara.
―He visto tu nota por debajo de la puerta ―me explicaba mientras tomaba asiento junto a mí. Nunca nos sentábamos uno enfrente del otro, decía que prefería tenerme al lado, que si no me sentía muy lejos, qué idiota, le decía yo―. No sé, pensaba que me ibas a llamar.
―He salido de casa a las 9.30, me he imaginado que seguirías durmiendo.
―¡Joder! ¿Y ese madrugón?
―¿Qué te pongo, guapo?
Rafa se giró y vio detrás de él a la camarera sosteniendo la libretita.
―Mmmm… pfff... pues, a ver, un… no sé…
La camarera puso los ojos en blanco amarrando aire.
―Pfff, venga, sí, un cortado, por favor.
―Tanto pensar para un simple cortado si es que la juventud no sabe ni lo que quiere, aburridos est…
Nos reímos viéndola marchar farfullando de aquella manera. Después Rafa me miró y con esa espontaneidad que lo caracteriza me dijo:
―Qué guapa te veo, tía, no sé, el madrugar te sienta bien o no sé, pero estás guapísima.
Me quería casar con él. Lo había decidido hacía dos semanas. Era el hombre perfecto, pocos como él por no decir ninguno. También había decidido dejar las clases en la universidad y dedicarme por completo al periodismo, quería escribir y no aguantar a chavales que me tomaban por el pito de un sereno. Había decidido aparcar la tristeza, me merecía un respiro, había tomado la decisión de cambiar, de ser feliz. Es como el dejar de fumar, tenía que ser radical. Hoy voy a ser feliz. Hoy-voy-a-ser-feliz.
―Rafa, esto, quería decirte algo… ―Había tomado la decisión de hablarle de mis sentimientos, de lo fingida que me sentía sin decirle la verdad, que lo quería y no sólo como buenos vecinos que pasaron a ser mejores amigos, sino que lo quería de verdad, de los que se quieren y se van a la cama y follan y se siguen queriendo.
Me quedé en silencio. Me costaba mucho. Así que empecé de nuevo:
―Rafa, mira, son muchas las cosas que quiero cambiar en mi vida, prácticamente todo. No me gusta lo que hago ni cómo soy, no me gusta, ¡no sé!, ¡nada! ―grité volcando los hombros hacia adelante mientras me apretaba las manos bajo el estómago―. Quiero volver a tomar decisiones, cambiar de actitud, necesito cambiar de actitud y eso sólo puede salir de mí, no puedo seguir…
―¡Joder, Elvira, joder! ―Exclamó abrazándome con fuerza sin dejar que terminara―. Eres la ostia, tía, ¡joder! ―y volvió a abrazarme―. Eres valiente, tía, ahí, pum-pum, hacia adelante, te caes y te vuelves a levantar, tía, ¿que no te gustas? ¡Pum, te reinventas!
―Sí, bueno, en reali…
―¡La ostia! ¡Alucino contigo! Con tu fuerza, tía, con tu fuerza.
―Ya, bueno, no creo que…
―¿La quieres fría o caliente?
―¿Eh?, ah, mmm, no sé… ―contestó Rafa a la camarera.
―¿Templada? ―volvió a preguntar ella.
―Pff… No, mira, caliente.
―Chico, como eres tan indeciso te puedo echar de las dos y se te queda templada.
―¡Caliente! ¡Ha dicho caliente! ¡Quiere la puñetera leche caliente! ―grité en pleno ataque de ansiedad, entre lo poco que me estaba entendiendo Rafa y aquella mujer, estaba de los nervios.
Los dos me miraron sin decir nada, la mujer vertió la leche en la tacita, a saber si finalmente era fría o caliente, y después se marchó. Rafa me miró un instante más y luego me abrazó.
―Elvi, lo estás haciendo muy bien. Va a costar, pero el primer paso, el de querer cambiar, el de salir, el de: ¡venga yo puedo!, ése ya lo has dado, tía, de puta madre.
―Rafa, no me entiendes… ―dije completamente derrotada.
―Sí te entiendo, y te envidio y me avergüenzo de ser tan dejado, tan cobarde, tía, de no tomar decisiones, de, de, de, no sé, de ¡coño, si me gusta tengo que ir a por ello!
―¡Sí! ¡Eso es! ―Parecía que una pequeña luz empezaba a iluminar la conversación.
Rafa se recostó pensativo en la silla soltando fuertemente el aire por la nariz. Después se frotó la frente. Asentía con la cabeza como si estuviera moldeando una idea y fuera a sacarla hecha una pelota por la boca.
―¡Sí! ―dijo.
―¡Sí! ―dije yo, segura de que por fin me estaba entendiendo.
―¡Me voy a Argentina!
―¿Qué...?
―Gracias, Elvira, ¡eres la ostia! ―Me dio un beso en la mejilla, me abrazó con fuerza y se fue a la agencia de viajes de Fuencarral, sin haberse bebido siquiera el café.

Yo me bebí mi café y el suyo, doblé el periódico sabiendo que nunca escribiría en él, pagué sin dejar propina y salí de la cafetería y, aunque seguía lloviendo, yo ya no seguía estando alegre. Y una vez en mi buhardilla, miré con ansia a través de la enorme claraboya buscando alivio, pero el mundo me seguía pareciendo angustiosamente pequeño.

jueves, noviembre 4

Ruido

El grito por Edvard Munch

Llegó del suelo y como un perdigón entró taladrándome el cerebro. Atormentada me llevé la mano al oído. La presioné clavándome las uñas en la cabeza. Para, para, para, suplicaba mordiéndome los labios. Era fuerte y agudo como una torpe tiza al rayar la pizarra. Chirriaron mis dientes ahogados en dentera. Rebotaba metalizado de derecha a izquierda, de izquierda a derecha aumentando en volumen, cobrando fuerza con cada saque lobular. Y amarrado a él ese incesante y monstruoso cascabel que, con su tintineo descomunal, me encarnizaba los nervios. Cerré los ojos apretándolos con dolor y, con la cabeza túmida por la atroz orquesta interna, me dejé caer al suelo y a tientas alcancé las llaves. Las sujeté con rabia, ¿cómo se me pudieron haber resbalado de las manos?, qué torpe.
Con el aire todavía contenido, me quité el audífono. Respiré. Y escuché serena la oscuridad del silencio.

domingo, octubre 24

Desaliento

El descanso por Pablo Picasso

Me desperté a las 4:22 de la mañana. Otras veces son las 5:13 ó las 3:59 ó las 4:47. Las horas cambian pero siempre me despierto en mitad de la noche. Volví a mirar el móvil, las 4:23. Lo dejé sobre la baldita y me froté la cara. Tenía un sueño inmenso y un cansancio que podría sostener entre los brazos. Era un cansancio denso, inagotable. Me acordé de que era vienes y los viernes no daba clase, eso me alivió. Saber que no tendría que fingir la sonrisa ante mis estudiantes me relajó algo.
Me levanté y fui a la cocina. Decir que fui a la cocina, teniendo una casa de treinta metros cuadrados, es pura arrogancia. Preparé café y miré el reloj colgado en la pared, las 4:28. Me volví a frotar la cara pero esta vez con las dos manos, con fuerza y hacia atrás como si quisiera hacerla desaparecer. Estiré el brazo derecho y de la muñeca cogí una goma negra. La dejé en la encimera mientras me hacía un moño. Nunca supe hacerme peinados con una goma entre los dedos. La verdad es que nunca he sabido hacer casi nada. Miré el reloj, 4:32. Madre mía, qué lenta es la vida. Las 4:33. Inflé el pecho con aire que enseguida se convirtió en angustia cristalizada. Pinchaba. Y el café que no terminaba de subir ni el reloj de marcar las 4:34. Estoy agotada, pensé.
Me tumbé en el sofá y me cubrí con la manta de cuadros. Respiraba con lentitud para no hacerme daño con los cristalitos.
Lo que necesitas es hacer deporte, me dijo. No es eso, créeme, no es eso. Viaja, quizá viajar te haga bien, vuelve a China. Sí, es posible…, contesté con el inmenso deseo de no seguir hablando.
Las 4:37. La cafetera pitó. Incorporarme del sofá fue ganar toda una batalla.
¡A ti lo que te pasa es que no te pasa nada!, ¿me oyes?
Apagué la vitro y retiré el café. Me lo serví en vaso, sin leche y con media cucharada de azúcar. Las 4:41. Suspiré y me coloqué, tras la oreja, un mechón de pelo que se había escapado del moño. Un sorbo. Un nuevo y largo suspiro. Las 4:42.
Sal de vez en cuando, queda con alguien, mujer, que te pasas el día con el ordenador, cada día eres más rara.
Removí el azúcar del fondo del vaso y pegué un segundo trago apartando la cucharilla hacia un lado. Siempre me ha gustado beber el café con la cuchara dentro, sujetándola con los dedos. Así el café sabe distinto. Miré el reloj de la pared y mastiqué impotencia. 4:44.
¡Si echaras un polvo se te quitarían las penas!
Llegó el llanto, nunca se hace esperar. A las 4.45 me sonaba los mocos con una servilleta de papel.
Dejé el vaso vacío en la fregadera y me volví a tumbar en el sofá. Esperé allí quietecita a que llegaran las once de la mañana. No me moví. Me soné los mocos, miré el reloj, escuché cada uno de los consejos que la gente me había ido dando, pero no me moví. No me moví hasta las once de la mañana.

A las 11.35 entré en su consulta. Me senté en el pequeño sillón que estaba frente al suyo.
―¿Hoy te sientes mejor?
Negué con la cabeza abatida por el cansancio.
―Es pesado, ¿verdad? ―preguntó esta vez juntando las manos y soltando el aire con lentitud.
―Mucho ―contesté mirándolo fijamente. Agaché la cabeza y formulé la pregunta―: ¿Puedes recetarme sesiones de quimioterapia?
―No tienes cáncer. ―Contestó sin inmutarse como si sus otros pacientes le hubiesen dicho cosas peores.
―Lo sé ―dije―, pero si me las recetaras la gente lo entendería.
―¿Qué es lo que entendería?
―Que con una depresión te estás muriendo igualmente por dentro.
Miré mi reloj, las 11:38.

lunes, octubre 11

Corazón de hielo

Frozen Heart por LunaticArt

Nunca había sido duro para mí. No. Sin más. Es decir. Yo lo estaba, él no. Ya está. Jaime, te quiero. Yo no. Bien. Claro. Conciso. No hay ambigüedad. No hay ese no sé. Sí sé. Es no.

Treinta años enamorada de Jaime. No, vale, no, treinta no. Seamos sinceros, solamente veintitrés. Veintitrés años enamorada de Jaime. Podrían ser más, creo yo. Hay gente que lo está toda la vida y con vida digo mucho. Digo más. Pero yo sólo veintitrés.
Amar a Jaime es fácil. Quiero decir, amarlo gratuitamente. Amar a Jaime gratuitamente es fácil. A mí me gusta Jaime y a Jaime le gustan las tetitas morenitas de Marieta, la diosa de Carolina, el bikini rojo de Sandra, el tatuaje de Silvi y las rastas tan look ONG de Mireia. Fácil. Es fácil porque nunca he sido una diosa, mis tetas siempre han estado blancas y no tengo rastas ni tatuaje. Tengo un bikini pero no es rojo. Es verde de motas blancas que Jaime siempre ha dicho que es de vieja.
Jaime no me besa. No me toca. No me roza. Cuando estoy triste y lloro hace: plas-plas-plas. Es su mano contra mi rodilla y dice: Pava, ¿qué ostias, qué pasa?
Jaime es un buen amigo. Siempre ha estado ahí. Veintitrés años ahí. Es mucho. Es más. Y me lleno y exploto. Que yo siento algo más por ti. Ey, loca, no, ¿eh?, no te hagas líos, no-te-hagas-líos. Luego sigue leyendo el periódico. Jaime siempre está leyendo el periódico. Yo lloro. Plas-plas-plas. Pava, ¿qué ostias, qué pasa? Y sigue leyendo el periódico.

El concepto está claro. Amiga enamorada de amigo. Amigo enamorado de todas menos de su amiga. Amigo cerca el terreno. Amiga veintitrés años de melancolía secreta. Amigo veintitrés años hasta las pelotas. Yo lo entiendo. Lo veo claro. Es fácil. Con fácil quiero decir: sencillo, tirado, obvio, simple, cómodo, mero, ¡blanco y en botella!
Bien. Vale.
Pero un día conocí a otro amigo. A Rafa. Rafa es mi vecino. Vive en el tercero. Es consultor y trabaja en un banco. Siempre lleva el casco colgado del brazo. Rafa tiene una moto y una ex novia. Natalia. Le dejó por un argentino. Néstor. Se van a casar. Rafa sigue enamorado de Natalia y yo de Rafa.
En este punto, el concepto se distorsiona. Una amiga puede estar enamorada de un amigo que no demuestre ni el más mínimo interés sexual por ella. Creo que Jaime si tuviera que señalar el lugar exacto de mi vagina indicaría una de mis orejas, y es posible que la derecha, que es donde llevo el audífono y eso sí que da morbo. Rastas, tatuajes y audífonos. Pura orgía.
Pero Rafa demuestra interés. No sexual. Es cierto, pero sí sensual. Rafa me abraza. Me abraza tan fuerte que siento cómo se aplastan mis tetas contra él. Rafa siempre me abraza. Cuando llego. Cuando me voy. Cuando estoy. Dice que soy pequeña y manejable. Dice que eso le gusta. Yo le digo que me gustas tú. Pero él no lo oye porque lo digo sin abrir los labios. Me gustas tú. Le digo. Me pellizco la boca. En realidad me la sujeto. Para no abrirla. Para no decirlo en alto. Hacemos ensalada. Me abraza. Nos sentamos en el sofá. Me pasa la manta y me habla de Natalia. Rafa siempre me habla de Natalia. Te entiendo, le digo con los labios abiertos. Me oye. Y sigue hablando de Natalia. Llora. Plas-plas-plas. Quito la mano de su rodilla y la pongo en mi boca. Lloro. Me mira. Me abraza. ¿Y tú por qué lloras, tonta? Porque nunca había sido duro para mí hasta conocerte. Le digo. Sin abrir los labios. No me oye. Me abraza. Rafa siempre me abraza.

jueves, septiembre 30

Historia de una escalera


Rafa aparcó la moto frente al portal, cogió el casco, se lo colgó del brazo, sacó las llaves del bolsillo de su chamarra de cuero y abrió el portalón. Subió un primer tramo de escaleras. Eran de madera viejas y desprendían un cierto olor a recuerdo. Se acercó a los buzones. Después de abrir el suyo se encontró con un poco de lo mismo, la factura de Vodafone y propaganda de comida china a domicilio. Con los papeles todavía en la mano miró al portalón, alguien entraba. Hola, dijo sin mucho entusiasmo, hola dijo ella con menos entusiasmo todavía, cerrando la puerta. Rafa, después de cerciorarse de que tomaba la factura de internet y dejaba sobre la repisa la propaganda, subió hacia el tercer piso, no había ascensor.
―¡Ey, ey!, perdona, te olvidas eso.
El chico se dio media vuelta y miró los papeles que la joven le estaba señalando con cierta teatralidad irónica.
―Es propaganda.
―Lo sé, es tu propaganda ―respondió ella sin mirarlo, girando su llave en el buzón del 5º derecha.
Rafa bajó lentamente los cuatro peldaños que acababa de subir, se acercó a la repisa, recogió la publicidad, miró a la chica, quien le había parecido sobradamente soberbia, y le espetó:
―¿Y tú quién coño eres?
―Elvira, me acabo de mudar a una de las buhardillas, encantada. ―Sin esperar la reacción de su vecino, cerró el buzón y con brío empezó a subir las escaleras.
Rafa, mirando al espacio vacío que acababa de dejar Elvira, no paraba de pensar en lo imbécil que era aquella tía, pero imbécil de verdad. Se parecía a su ex Natalia, igual de zumbada, putas tías. Natalia le había dejado haría cosa de año y medio, necesitaba tiempo para pensar, ¿para pensar en qué?, si no había necesitado ni dos meses para irse a vivir con Néstor, su compañero de trabajo, de Argentina, el tío era argentino, sí, argentino, argentino, contra ese acento era imposible competir. Sin darse cuenta estaba estrujando la propaganda en su mano. Resopló. Se calmó. A la mierda con Natalia. A la mierda con Néstor. Se dio la vuelta para confirmar que Elvira ya no estaba detrás, miró los papeles publicitarios y los fue metiendo de uno en uno en el buzón del 5º derecha. A la mierda con esa vecina resabionda.

Eran casi las once y media de la noche y Elvira sacaba a la calle una bolsa de basura y una enorme caja de embalaje de cartón. Acababa de montar una estantería. Fue al entrar de nuevo al portal cuando lo vio. Con rabia se acercó a su buzón y, escurriendo dos dedos entre la ranura, pudo sacar un papelito de colores arrugadísimo, anunciando el Le Dragron. Qué cabrón, musitaba una y otra vez mientras zarandeaba la cabeza alucinada.

―¡Qué hija de la gran puta!
Eran las ocho menos cuarto de la mañana del día siguiente y Rafa, con su casco colgado del brazo, salía de casa para ir a trabajar cuando encontró su felpudo bañado por papelitos recortados. Allí estaban los cuatro o cinco panfletillos publicitarios hechos añicos sobre su Welcome.
Al escuchar el grito, que había ascendido por el hueco de la escalera como una llamarada, Elvira se rió dándose media vuelta en la cama.

Eran las seis de la tarde, y en la oficina no quedaba nadie excepto Rafa que se frotaba la cabeza mientras releía una y otra vez el email. Natalia se mudaba a Buenos Aires, iba a casarse.
No pudo aparcar la moto frente a su casa, la tuvo que dejar a la vuelta de la esquina. Cabizbajo, lamentándose de haberla dejado ir, cogió el casco y se lo encajó en el brazo como hacía siempre. Al torcer la calle y tomar la suya vio a Elvira apoyada en uno de los coches junto al portal, hablaba por el móvil. Qué tía asquerosa, se lo haría limpiar con la lengua, se iba a enterar esa enana de mierda, qué se creía.
―¿Qué? ¡Graciosa!, ¡¿qué pasa contigo?!
Elvira levantó la cabeza. Estaba llorando. Te llamo luego, dijo al auricular. Guardó su móvil.
―A mí no me pasa nada, ¿y a ti? ―Tomó aire, se hizo un hueco para llegar hasta el portalón, sacó las llaves y abrió la puerta.
Rafa estaba paralizado, nunca había sabido qué hacer ante una chica llorando. De hecho no pudo recriminarle nada a Natalia cuando le dijo que le dejaba, estaba llorando, qué podía hacer, sentía pena, seguro que necesitaba tiempo, Natalia siempre terminaba agobiándose porque él a veces era muy pesado, si es que todo era por su culpa, pobre Natalia, no llores, cariño, anda, no llores…

Eran las nueve y veinte de la noche y la pequeña aspiradora de coche, que Silvi le había prestado, se atragantaba con el confeti publicitario del felpudo del tercer piso. La puerta se abrió.
―Hola ―dijo Rafa.
―Hola ―dijo Elvira apagando la aspiradora. ―No te había conocido sin el caso colgado del brazo.
Qué cabrona, pensó Rafa mientras se reía con cierta timidez.
―Oye, mira, ya está, ¿vale? Queda zanjada aquí nuestra guerra, ¿vale? ―Elvira se expresaba con nerviosismo, nunca se le dieron bien las disculpas, quizá por eso había perdido tanto en su corta vida. ―No quiero tener líos con ningún vecino, mira, demasiado, no sé, vamos, ya me entiendes... ―Sujetó la aspiradora con una mano y se pellizcó los labios con la otra mientras intentaba seguir hablando―. Que demasiados rollos tengo en mi vida como para echarme más tierra, paso de tener problemas por la mierda de la propaganda, haz con ella lo que quieras.
Rafa la miraba sin decir nada. No, no era como Natalia. Ahora que la oía hablar eran muy diferentes, sí, no se parecían en nada. Elvira tenía algo que la hacía parecer inmensamente frágil a pesar de ese pronto tan arrogante que, a veces, desprendía. Así que con un dulce gracias, Rafa cerró su puerta guardándose un extraño deseo de abrazarla.

Era casi media noche y Elvira, con el corazón sobre la mesa, escribía un escueto email a su ex novio Etienne felicitándole por su reciente paternidad.

miércoles, septiembre 22

Retoriqueando


―Que no… buff… que no, que ahora es… Pásame la botella, anda, loca.
―Ahora es ¿qué?, ¡tía, arranca! ―gritó Silvia pasándole una de Rioja casi vacía.
―Gracias, amore ―contestó Elvira recibiendo la botella y sirviéndosela sobre su copa. Estaba tumbada en su minúsculo sofá Solsta de Ikea recién comprado. Estrenaba casa. La inauguraba junto a su única amiga en Madrid, su mejor pésima amiga. Era una fiesta de dos. Suficiente―. Que ahora resulta que se llama ―Elvira se reincorporó lanzó un enorme eructo al aire, después hizo un amago de esperar ovación y continuó―,eso, que se llama narrador identificado o narrador no identificado―recalcó con rintintín ambas palabras mientras se recostaba nuevamente, derramándose media copa encima―. Ay, puta… me’mancha’o, Silvi.
―Si te haces así no te queda mancha.
―¿Así? ―preguntó Elvira totalmente concentrada, restregándose su mano por el pecho―. Pásame la botella, loca de la life, porfis…
Silvi no se la pasó sino que le sirvió el culín que quedaba, ya está, terminada, dijo.
―¿Dónde coño se quedó el narrador omnisciente?, te preguntarás, ¿eh?
―Yo lo único que me pregunto es por qué Nacho no me coge el teléfono.
―Pues porque está obsoleto.
―¿Nacho?
―¡Obsoleto! ¡Tócate los pies, Manolete!
Y Silvi, sentada en la alfombra de pelos, también nueva y también de Ikea, se tocó los pies y añadió:
―Yo creo que me está poniendo los cuernos, hijo de puta…
―Claro, si obsoleto está el omnisciente, pregunta por el narrador equisciente, ¡ése se quedó en Cuenca!
―Pff… en Cuenca…, me dijo que se iba de fin de semana a Albacete por trabajo, ¡¿y yo me lo tengo que creer?!
―Yo no me lo creo, el omnisciente será omnisciente toda la vida, porque ahora me saltan con que ―Elvira pegó un trago a su copa y continuó mirando al techo― el identificado tiene que ser un narrador familiar del protagonista que por eso es i-den-ti-fic-a-do.
―Fi-ca-do, no fic-a-do.
―Sí, te pone los cuernos ―dijo Elvira mirando fijamente a su amiga con asco.
Silvi, sosteniendo la mirada y sin mediar palabra, volteó su copa y la dejó caer sobre la nueva alfombra peluda.
―Puta Silvia… ―suspiró Elvira clavando su vista, esta vez, hacia arriba y empezó a reírse como una loca.
Silvi se levantó, dejó la copa sobre el escritorio y se tumbó sobre su amiga de la infancia.
―¿Qué vamos a hacer, Elvi? ―preguntó abrazándola con fuerza―, ¿qué van a hacer una escritora de mierda y una cornuda desquiciada?
Elvira dejó caer su copa al suelo, qué más daba, la alfombra ya estaba hecha un asco, además sólo le había costado 30 euros. Ahora, así, con las manos vacías, la pudo abrazar con ganas.
―Primero, mandaremos al narrador identificado ése a tomar por culo y, luego, haremos lo mismo con Nacho. ―Esperó un rato y al no recibir respuesta preguntó―: ¿Qué te parece, loca?
Silencio.
―¿Qué te parece? ―Repitió Elvira.
―¿A mí?
―Sí, a ti.
Silencio.
―Retórica, Elvira, retórica, que tus diálogos son innecesariamente largos, te lo dice todo el mundo…
Puta Silvia, acertó a decir la escritora de mierda entre risas, ahorrándose así un nuevo guión.

lunes, septiembre 6

Café de abuela

—¿Crisis? —repitió mi abuela.
—Crisis —reafirmé yo.
—¿Crisis de qué?
—Crisis de ser y estar, de… de tener crisis cuando ya… no sé, cuando ya ves, que eso, que pasas de los treinta y…
—¡Ay, pitxin!, ¡¿y yo?!, ¡¿qué tendré que decir yo que paso de los ochenta y siete?!
—Bueno, sin desmerecer a nadie, abuela —dije con teatral seriedad—, que aquí hay para todos: tú tienes la crisis de los ochenta y siete.
Mi abuela se tronchaba de risa recostada en su butaca. Había dos. Una butaca junto a la otra. La otra estaba vacía, era la de mi abuelo que había muerto hacía casi un año. Pero yo seguía viéndolo allí sentado, refunfuñando a la tele porque la derecha no decía más que mentiras y los socialistas actuales no eran como los de antes, nunca se vivió mejor como en tiempos de la República, decía siempre frotándose la calva. Yo me solía sentar en el sofá de tres plazas, en la parte de la derecha para tener a mi abuela cerca y así poder cogernos de la mano sin esfuerzo.
—Abuela, en serio, a ver —mi abuela me miró secándose las lágrimas con el pañuelito que tenía camuflado en la manga del jersey, porque mi abuela siempre lloraba de risa, y ni tan mal, porque mucho peor era cuando se meaba—, pasas de los treinta y ¿qué tienes después?
—Pues… primero 31 y luego 32 y 33 después, y… y… 34, 35… así hasta los 87 —se relamió los labios y dejó que me riera de su tontería mientras la llamaba loca—.Te voy a hacer café, a ver si así se te pasa tanta crisis.
La acompañé hasta la cocina, me senté en uno de los taburetes y retomé la conversación.
—Tienes dos opciones, ¿vale? —Mi abuela asintió con la cabeza mientras llenaba de agua la cafetera italiana—. Una: casarte, tener hijos e ir a la playa con tu madre.
Mi abuela soltó una inmensa carcajada.
—¿Cómo es eso? ¿Sólo puedes ir a la playa con tu madre? —añadió sin parar de reírse.
—Te lo juro, debe ser algo de la oxitocina, que hace que veas a tu madre como la mejor compañía playera, bueno… playera, casera, parquera, porque las primerizas no se despegan de las madres. Están ahí, ahí, ahí —escenifiqué entrelazando con fuerza mis propias manos—, solapadas en un sólo ser. ¡Por favor, qué cansino!
—Mujer, es que las madres ayudan… —dijo mi abuela aguantando la risa.
—¡La mía no!
Mi abuela se rió pero enseguida intercedió:
—Qué mala eres, pitxin, tienes una madre… una madre como pocas.
—Eso te lo aseguro —dije irónicamente torciendo el morro—. Vamos —continué—, que tu vida se torna a papillas, paperas, sacaleches, la silla de la playa porque, por culpa de la oxitocina, de repente tampoco te puedes llenar de arena, el cubo y la pala para tu hijo y el socavón para enterrar a tu madre ¡para ver si así se calla!
Había cogido carrerilla histérica pero tuve que parar en seco porque mi abuela estaba en pleno ataque de risa y parecía, en esta ocasión, que sí, que sí, que se iba a mear.
—Corre, abuela, que no llegas —le decía empujándola desde atrás con un dedo por el pasillo mientras ella se retorcía de pis. Le abrí la puerta del baño y esperé fuera mientras le gritaba—: ¿Llegaste?, ¿abuela, llegaste?
—¡Te voy a matar!
No llegó.
—Espera que te traigo muda limpia —le grité de nuevo.
La esperé en la cocina mientras se cambiaba. Al de un ratito entró haciéndome el gesto con la mano que me iba a pegar. Me reí, siempre estábamos igual.
Puso la cafetera en el fuego, se frotó las manos en el trapo que tenía colgado de un lado de la cintura y se sentó junto a mí.
—Bueno, hija, pues ni te cases ni tengas hijos, ¡hala, soluciona’o!
—¡Uy, eso es mucho peor! Porque entonces pasamos a la opción dos —mi abuela me miraba con inquietud—. Bueno, más que una opción es una enfermedad, ¡no, no, no!, es un síndrome, sí, sí, eso, es el Síndrome de Anita Obregón.
Y como si un tatachán acompañara a dicha afirmación, la cafetera empezó a pitar, el café había subido. Las dos la miramos. Me levanté y la retiré del fuego. Tomé dos tacitas del armario de detrás de la puerta y seguí explicándome:
—Ya sabes, que pasan los años y tú te sigues creyendo un bomboncito de 20 años, pero no lo eres aunque, gracias a Amancio Ortega, te sigas vistiendo igual que una veinteañera. Pero: no-lo-eres. Repito: no-lo-eres. Y claro, quien dijo treinta y tantos dijo cuarenta y… y, y, y luego cincuentona y tú, ridículamente, vistes cinturones por minifaldas y crees que tus dotes de seducción son irresistibles cuando desde fuera se te ve lamentable… Te has convertido en una Anita Obregón tristemente lamentable.
—¿Quién es Amancio Ortega?
—¡Jo, abuela! —la recriminé, no era justo que de toda mi teoría sobre la bifurcación existencial femenina, se hubiera quedado con aquel pequeño detalle.
—Pitxin, cómo te pones, si es que yo no lo conozco. ¿Es de aquí, de Sestao?
Me entró la risa. Era imposible enfadarse con ella. Serví los cafés y me volví a sentar su lado dejando las dos tazas sobre la mesa.
—No sé… estoy pensando que igual existe una tercera opción... —dije pensativa.
—¡Madre santísima! Te aseguro que si hubiera llagado a los ochenta y siete años con sólo dos opciones de vida, me habría tirado por la ventana hacía tiempo, ¿eh?, ¡hacía tiempo!
Las dos nos empezamos a reír, y agarradas de la mano nos tomamos el café en una tarde que no acababa más que de empezar.