sábado, diciembre 11

Números, algo más que una historia

Subía las escaleras contando.
Me gustan los números, por eso siempre he odiado las matemáticas. Me gusta creer que el 3 y el 4 están enamorados como que el 9 tiene un carácter déspota y humilla en cuanto puede al 8 mofándose de su físico. Aunque lo intenta, el 1 nunca consigue poner orden y es el 5, con su paciencia, quien termina calmando las tensiones numéricas. El 7 y el 6 forman el dúo sacapuntas, el Quijote y Sancho Panza, el Dix y Bully, tramando disparatadas conspiraciones para conseguir el amor del 3.

―A ver, siguiente, ¿2 más 1?
―3 ―dije después de haberme contado los dedos de la mano.
―Pues escribe aquí el 3, ¡aquí no!, ¡aquí, debajo de la raya! ¡Que pareces tonta, hija! ―Mi madre desesperada intentaba enseñarme a sumar a los siete años, mal número―. Ahora, ¿3 más 4?
No sabía cuánto eran 3 más 4 pero no me importaba, porque estaban juntos, uno encima del otro, seguidos, siempre tenían que estar seguidos.
―¡7! ¡Son 7! Escribe aquí y subraya el resultado: 73 ―y mi madre marcó el espacio con el dedo.
―¡No, no, no, no, 73 no!, porque ahora vendrá el 6 y la raptará.
―Qué coño, de… ¿qué?, hija de los cataplines…
―¡Al 3!, ¡van a raptar al 3!, para que no se case con el 4 y, y, y, así llevársela y entonces, luego, luego, ¡ay!, el 7 se puede casar con ella, sí, porque el 1 no estaba mirando, ¡ay!
Me gané un tortazo y comprendí la crueldad de las matemáticas.

Seguía subiendo las escaleras y seguía contando mentalmente toda una historia: 215, 6, 3.304, 67, 99.899, 13, 77, 73. Dios mío, 73, pensé angustiada sacando las llaves del bolso frente a la puerta.
―¡Elvira!
El grito me hizo mirar por hueco de la escalera, dos pisos más abajo vi la cabeza de mi vecino Rafa asomada. No hubo números que contaran lo que tardé en bajar. Con un mimoso ven aquí, chiquitina, me abrazó.
Entre risas me invitó a mate. ¿Te has hecho algo?, me preguntó ya sentados en el sofá, ¡te has cortado el pelo!, joder, estás guapísima. Estaba como siempre, sí, con el pelo algo más corto, pero él era Rafa. No dije nada, solamente sonreí y con la mirada baja pensé en lo mucho que lo había echado de menos. Me habló de su viaje a Argentina, de Natalia, de la cafetería, de cómo no pudo decirle nada, de lo pringa’o que se había sentido al ver la boda desde el quinto banco, de lo estúpido que era, de que todo tenía que cambiar, de que ya no la quería, ya no la quería.
―¿Te has dado cuenta de que soy como el 3?, pequeñita de tetas enormes ―dije cortante al término de su discurso.
Rafa levantó una ceja sorprendido, tragó el mate y al ver que no añadía nada más empezó a reírse absolutamente escéptico. Loca, decía ladeando la cabeza. Lo besé en la mejilla, dejé el mate sobre la mesita, me levanté y, diciéndole que nos veríamos mañana, me marché.
… 73, 44, 66, 1, 51, 76, 555, 4, 3, 43. 43. Riéndome saqué las llaves del bolso y abrí mi puerta.

jueves, diciembre 9

Horneando ideas, gratinando novela

Nota: Se recomienda leer el relato Pide un deseo... para contextualizar a los personajes de este cuento.

—Sí, lo sé, lo sé —repetía con voz ausente, sabía que tenía razón.
Acababa de tomar el metro en Sol. Tenía el móvil pegado en mi oreja izquierda y la flauta de un boliviano en mi derecha. Eran las cuatro de la tarde, todavía no había comido, tres cafés y un zumo de naranja, eso era todo. No entendía cómo podía dar las clases con el estómago vacío, pero siempre lo hacía y mis estudiantes no parecían darse cuenta del hambre que pasaba a esas horas.
—Ya, la semana pasada, sí, ya lo sé, Chete, pero es que… —intentaba disculparme con poca convicción, sólo quería llegar a casa, prepararme un sándwich, echarme al sofá y fermentar el resto del día.
El boliviano agradeció al vagón entero su paciencia y, con una bolsita en la mano, lo recorrió invitándonos a aportar la voluntad.
—He andado liadísima —mentí—. Las clases en la uni, la mudanza, el cambio, el master… —los semáforos, el coche, la paella, la abuela que fuma; lo cierto es que era una genia haciendo listas dando a entender lo ocupadísima que estaba. Eso lo había aprendido de mi madre: he ido a la charcutería, luego al banco, que si la cola, que si venga a esperar, que si vuelve, que recojo lo de la tintorería, llega y ponte a cocinar, que si el aceite, que si la sal, que si se me ha olvida'o el pan, baja otra vez, sube , que llama tu tía, que el crío está malo, que mira, que te digo, que, ay madre, que no puedo más.
—Bueno, Elvira, no te preocupes, como dice mi mujer: con paciencia todo va saliendo.
Lo bueno de tener un editor canario era eso, que sabía que había más tiempo que vida, así que los retrasos siempre estaban justificados. Era cierto que las correcciones las tenía que haber entregado hacía dos semanas pero también era cierto que Chete me había prometido que mi novela estaría en las librerías en octubre, estábamos en diciembre y andábamos a medias con la maquetación.
—Mi niña, escúchame, envíame la foto.
—¿Qué foto? —pregunté apartándome de la puerta porque era mucha la gente que se estaba subiendo en Tribunal.
—La foto de contraportada, la que va junto a tu biografía.
—¡Ah, no, no, no! ¡No hay foto! —La mujer de al lado me miró riéndose, había gritado demasiado, así que corregí mi volumen y se lo repetí más bajito—: Chete, no, ¿eh?, no me hagas poner una foto con cara imbécil, que me muero de la vergüenza.
Entre risas me pidió que le explicara qué era eso de cara imbécil.
—Pues, no sé, cara Espido Freire, que parece estar extasiada mirando al infinito con la manita debajo del mentón.
Lo oí reírse más fuerte todavía, después me prometió que no habría foto. Aun así me recriminó por algo que no me esperaba:
—Elvira, te lo digo en serio, de verdad, últimamente tu blog parece una funeraria con tanto muerto.
—¿Sí?, ¿no te gusta?
—Hombre, no es tu estilo, lo característico de tu blog era su frescura, ahora aburres a cualquiera.
—Ya… —reflexioné y luego me justifiqué—: Es que dice mi profesor de Creación Literaria que hay que escribir desde la angustia.
—¡No me digas!, oye, ¿y cuántas novelas dices que ha publicado tu profesor? —me reí al escucharlo, qué cabrón. Luego continuó—: Mi niña, tu novela sale en enero y, como sigas espantando a los lectores con tanto drama en tu blog, esto no va a funcionar. Tienes un estilo muy particular, valóralo.
Se me cayeron las lágrimas sin querer. Valóralo. Era muy poco lo que confiaba en mí misma por no decir nada, los últimos meses acabaron con mi autoestima, así, sin más, un día empezó a evaporarse hasta que sentí que nada de lo que hacía tenía sentido y por lo tanto era inútil buscarle un para qué a las cosas. El valóralo aquél daba cierto significado a todo el año que llevaba arrastrando.
—Gracias… —dije encogiéndome de hombros intentando ocultarme, sentía que la gente me miraba.
—Bueno, pues entonces como habíamos dicho, el jueves quedamos, te paso el borrador y miramos los dobles espacios esos que nos están dando tanto la lata, ¿te parece?
—Me parece —contesté con media voz.
—De acuerdo, el jueves a las seis de la tarde en el Café Gijón.
—¿Qué? ¿En el Café Gijón? —¿se podía ser más hortera?
Chete se reía como un loco:
—Que no, mi niña, que sólo te estaba probando —soltó otra carcajada—. Dejemos el Café Gijón a tu profesor el angustias. Entonces, ¿en el Starbucks de Fuencarral?
—Perfecto —dije riéndome también.
Guardé el móvil, tomé aire con una sonrisa y sentí como el pecho se me llenaba de esa ilusión que tanto había añorado últimamente.

Castañas asadas


The chestnut seller por Jean Francois Raffaelli

Lucas sólo quería unas castañas.
Su abuela lo recogió a la salida del colegio. Lo hacía todos los martes y jueves porque era cuando tenía entrenamiento. A sus ocho años era todo un pichichi.
Con el balón bajo el brazo cruzaba la carretera. No lo botes en la calle, ¿eh?, le advertía su abuela mientras lo sujetaba por la manga de la chamarra. Frente al puesto de castañas Lucas sonrió. Botó el balón. No lo botes, dijo su abuela. Cuánto es, preguntó cogiendo el paquete y dándoselo a su nieto. Lucas, que sólo quería unas castañas, cogió el paquete con ambas manos soltando el balón que botó sin rumbo hasta los pies del hombre que, en ese momento, estaba cobrando a su abuela. No vio el balón. Del tropezón su cuerpo cayó torpe sobre el brasero. Sus ropas prendieron y las llamas lo abrazaron al instante. Alguien lanzó el cubo de agua que convirtió el rojo en negro, en densa humareda con olor a carne quemada. Alguien se llevó en volandas a Lucas que, con miraba vacía, seguía sujetando con fuerza su bolsita de castañas.

miércoles, noviembre 24

Frío en la playa

Playa de Sopelana por Rubén de Luis


La playa estaba vacía.
Al despertar creí que aquél no era un típico día de octubre así que lo llamé para ver si podríamos hacer algo diferente, no lo encontré en casa, es posible que contestara al móvil, lo volví a intentar, nada.
Fue a la segunda vez que miré por la ventana cuando me decidí. En poco más de dos meses cumpliría los treinta y todavía no había hecho ninguna locura. En un breve mensaje le dije que lo esperaba en la playa. Cogí el coche. Casi cinco horas tardé en llegar a Sopelana porque a la salida de Madrid me pilló atasco, en ese momento me di cuenta de la poca paciencia que tenía.
La playa estaba vacía.
Me desnudé guardando la ropa en la mochila, después comprobé si tenía mensajes. Nada. Estando en la orilla me di la vuelta, no sé, algo me hizo estar intranquila. Qué tontería si no había nadie. Los dedos del pie, con cierta timidez, tocaron el agua y como un resorte di un pasito hacia atrás. Lo pensé dos veces, era octubre. Tomé aire y con decisión rompí camino mar adentro. Los pinchazos en la pantorrilla eran intensos, el dolor eléctrico casi no me dejaba andar. Solté aire apretando los puños mientras daba saltitos intentando calmar la sensación de parálisis en mis piernas. ¿Por qué me empeñaba en sufrir de aquella manera?, me reí por la ridiculez de la situación pero, al ver llegar la ola, me estremecí y grité como una histérica cuando explotó contra mi vientre. Conté hasta cinco en voz alta y me sumergí bajo el agua. La salida fue brutal, me di cuenta de que no sentía la cabeza, estaba convencida de que el corazón había trepado hasta mis tímpanos y lo iba a expulsar por la boca. ¡Se acabo!, y apretando los brazos contra mi pecho salí corriendo hacia la orilla. Una vez fuera me sacudí el pelo como un perro y a zancadas llegué hasta la mochila.
Era imposible entrar en calor con aquel viento. Saqué la toalla y me envolví en ella. Sentí cierto sosiego. Me froté las piernas y comencé a vestirme, era la única manera de quitarme de encima esa losa helada. Cuando estaba enroscándome al cuello el foulard, vi las dos llamadas perdidas en el móvil. Número desconocido. Sin darle mayor importancia me enfundé los calcetines y sacudiendo la arena me puse las botas. El móvil sonó. Lo cogí agachándome. Número desconocido. Una voz seria preguntó por mi nombre. Sí, soy yo, dije. Me explicó algo de la policía, que si no sé qué de mi mensaje en el móvil, que si la playa, que si su Opel Astra gris metalizado, que si a la altura de Burgos, que si lo sentía. Se me erizó el cuerpo entero, el calambre subió por la espina dorsal hasta helarme las sienes y fue ese temblor espasmódico el que me hizo caer. Y arrodillada en la arena me tambaleaba como una tarada, apretando el móvil contra mi pecho consciente de que ya nunca podría escapar de aquel frío interno.

jueves, noviembre 18

Noche

Interior with a Bowl with a Red Fish por Henri Matisse

—¡Roberto, Roberto, Roberto!
Joder con la vieja que ni una puta hora seguida me deja dormir, toda la noche igual.
—¡Roberto, ay, Roberto! Que me ahogo, hijo, ¡ay!, ¡ay, las pastillas!
—¡Que sí, abuela, tranqui que ya voy!
La ostia, en mala hora dije que la cuidaba yo, ¡qué puto pringa’o! A ver dónde coño está ahora el interruptor. ¡Joder!, ¿qué es esto?, vale, guapo, pizza, qué ascazo, tío, si es que no se ve ni una mierda. ¡Su puta madre con la mesilla qué ostia me acabo de dar!
—¡Rober, hijo, ay! ¡Roberto!
—¡Ya, ya! Abuela, que ya pillo las pastis y voy.
Joder si esto es mi camiseta, ¿no?, sí, sí, es la camiseta ¿y los pantacas?, ¿dónde coño dejé los pantacas? Puta casa de viejos que no encuentras la luz ni a tiros, me cagüen, pa’ dos putos duros que me voy a sacar, ¡miserias ostias! Que andará toda la peña de Lega, tío, ahí, la Ainhoa que ¡Dios, diosssss! ¡Joder con la esquina de la puta cama que casi me revienta los huevos!
—¡Roberto, Roberto! Rober...
Joder, abuela, macho, que ya voy, no me calientes, que placa y te meto, que se me va la pinza y que ya me veo a la Ainhoa, ahí, tío, y que no se pase un pelo con el Chus que les casco a los dos. ¡Joder si están aquí los putos pantacas, macho! ¡Ostia que me mato! Mazo complicado, chaval, a ver, primero una y luego ésta, eso, la otra.
—¡Abuela que ya!, ¿las pastis en el baño?
¡Coño!, pero si esto es el armario, ¿y la puerta?, ¿la puta puerta? Buff, puta noche de sábado.
—¡Abuela, las pastis las pillo del baño!, ¿no?
Y la vieja como una tapia, venga, va, de puta madre y ¿ahora cómo coño salgo de aquí? Ostias, mírala, ésta debe ser, sí, joder, es la puerta.
—Aquí estoy. ¿Abuela?, ¿abuela, ¿abuela?

domingo, noviembre 14

El cambio

Nota: Recomiendo leer los relatos Historia de una escalera y Corazón de Hielo para poder contextualizar este cuento.
Los buscadores de luz por Lidia Kalibatas

Me levanté con el propósito de cambiar.
Miré al cielo y me alegré, estaba lloviendo, me encantaba la lluvia, me permitía sentirme apagada justificadamente. ¿Qué te pasa? Nada, que llueve y eso.
Estiré el brazo y con los dedos toqué el frío cristal de la claraboya. Vivía en una diminuta buhardilla. Siempre soñé con vivir en una buhardilla con enormes ventanales en el techo, a los que pudiera mirar cada vez que sintiera que el mundo se me estuviera quedando pequeño.
Antes de meterme a la ducha, preparé café y encendí el portátil, busqué la canción, al encontrarla sonreí. Ghalla Gurian empezó a sonar y, con un acompasado movimiento de hombros siguiendo el ritmo, empecé a desnudarme en el cuarto de baño.
A medio vestir y con la toalla enroscada en la cabeza, me serví café, volví a escuchar por cuarta vez la canción y miré al cielo, seguía lloviendo por lo tanto seguía estando alegre. Era un buen día para cambiar.

Desplegué el periódico que acababa de comprar en el quiosco de al lado de casa. Era tan pequeña la mesita de la cafetería que las hojas la inundaban entera, incluso se desbordaban por los lados.
―¿Qué te pongo, guapa?
―Un cortado. ―Dije mirando a la camarera que, anotándolo en una libretita, se iba hacia la barra sin ni siquiera preguntarme por lo que iba a comer. Es cierto que no hubiera pedido nada porque no suelo desayunar pero no sé, nunca se sabe, a veces soy así de impulsiva y me lanzo y qué se yo, pues que igual me hubieran apetecido unos churros o igual no.
Apoyé los codos sobre el periódico, junté las manos encajando la barbilla entre ellas y empecé a leerlo por la sección de cultura. Siempre hacía lo mismo.
La camarera llegó y dejó el cortado sobre el periódico.
―Algún día escribiré en este periódico ―le dije acercándome la taza.
―Estupendo, ¿la quieres fría o caliente?
―Fría, por favor. ―Y volví a arrastrar la taza entre las letras de imprenta, pero esta vez hacia ella.
La mujer vertió la leche y, con un gesto antipático, se dio media vuelta y se largó.
No me importó, tenía mi café, mi periódico y un sábado por delante que prometía ser diferente.
Rafa, mi vecino, llegó cuando estaba en la sección internacional después de haber leído la de gente, sociedad y opinión, por ese orden, siempre por ese orden. Me levanté y dejé que me abrazara.
―He visto tu nota por debajo de la puerta ―me explicaba mientras tomaba asiento junto a mí. Nunca nos sentábamos uno enfrente del otro, decía que prefería tenerme al lado, que si no me sentía muy lejos, qué idiota, le decía yo―. No sé, pensaba que me ibas a llamar.
―He salido de casa a las 9.30, me he imaginado que seguirías durmiendo.
―¡Joder! ¿Y ese madrugón?
―¿Qué te pongo, guapo?
Rafa se giró y vio detrás de él a la camarera sosteniendo la libretita.
―Mmmm… pfff... pues, a ver, un… no sé…
La camarera puso los ojos en blanco amarrando aire.
―Pfff, venga, sí, un cortado, por favor.
―Tanto pensar para un simple cortado si es que la juventud no sabe ni lo que quiere, aburridos est…
Nos reímos viéndola marchar farfullando de aquella manera. Después Rafa me miró y con esa espontaneidad que lo caracteriza me dijo:
―Qué guapa te veo, tía, no sé, el madrugar te sienta bien o no sé, pero estás guapísima.
Me quería casar con él. Lo había decidido hacía dos semanas. Era el hombre perfecto, pocos como él por no decir ninguno. También había decidido dejar las clases en la universidad y dedicarme por completo al periodismo, quería escribir y no aguantar a chavales que me tomaban por el pito de un sereno. Había decidido aparcar la tristeza, me merecía un respiro, había tomado la decisión de cambiar, de ser feliz. Es como el dejar de fumar, tenía que ser radical. Hoy voy a ser feliz. Hoy-voy-a-ser-feliz.
―Rafa, esto, quería decirte algo… ―Había tomado la decisión de hablarle de mis sentimientos, de lo fingida que me sentía sin decirle la verdad, que lo quería y no sólo como buenos vecinos que pasaron a ser mejores amigos, sino que lo quería de verdad, de los que se quieren y se van a la cama y follan y se siguen queriendo.
Me quedé en silencio. Me costaba mucho. Así que empecé de nuevo:
―Rafa, mira, son muchas las cosas que quiero cambiar en mi vida, prácticamente todo. No me gusta lo que hago ni cómo soy, no me gusta, ¡no sé!, ¡nada! ―grité volcando los hombros hacia adelante mientras me apretaba las manos bajo el estómago―. Quiero volver a tomar decisiones, cambiar de actitud, necesito cambiar de actitud y eso sólo puede salir de mí, no puedo seguir…
―¡Joder, Elvira, joder! ―Exclamó abrazándome con fuerza sin dejar que terminara―. Eres la ostia, tía, ¡joder! ―y volvió a abrazarme―. Eres valiente, tía, ahí, pum-pum, hacia adelante, te caes y te vuelves a levantar, tía, ¿que no te gustas? ¡Pum, te reinventas!
―Sí, bueno, en reali…
―¡La ostia! ¡Alucino contigo! Con tu fuerza, tía, con tu fuerza.
―Ya, bueno, no creo que…
―¿La quieres fría o caliente?
―¿Eh?, ah, mmm, no sé… ―contestó Rafa a la camarera.
―¿Templada? ―volvió a preguntar ella.
―Pff… No, mira, caliente.
―Chico, como eres tan indeciso te puedo echar de las dos y se te queda templada.
―¡Caliente! ¡Ha dicho caliente! ¡Quiere la puñetera leche caliente! ―grité en pleno ataque de ansiedad, entre lo poco que me estaba entendiendo Rafa y aquella mujer, estaba de los nervios.
Los dos me miraron sin decir nada, la mujer vertió la leche en la tacita, a saber si finalmente era fría o caliente, y después se marchó. Rafa me miró un instante más y luego me abrazó.
―Elvi, lo estás haciendo muy bien. Va a costar, pero el primer paso, el de querer cambiar, el de salir, el de: ¡venga yo puedo!, ése ya lo has dado, tía, de puta madre.
―Rafa, no me entiendes… ―dije completamente derrotada.
―Sí te entiendo, y te envidio y me avergüenzo de ser tan dejado, tan cobarde, tía, de no tomar decisiones, de, de, de, no sé, de ¡coño, si me gusta tengo que ir a por ello!
―¡Sí! ¡Eso es! ―Parecía que una pequeña luz empezaba a iluminar la conversación.
Rafa se recostó pensativo en la silla soltando fuertemente el aire por la nariz. Después se frotó la frente. Asentía con la cabeza como si estuviera moldeando una idea y fuera a sacarla hecha una pelota por la boca.
―¡Sí! ―dijo.
―¡Sí! ―dije yo, segura de que por fin me estaba entendiendo.
―¡Me voy a Argentina!
―¿Qué...?
―Gracias, Elvira, ¡eres la ostia! ―Me dio un beso en la mejilla, me abrazó con fuerza y se fue a la agencia de viajes de Fuencarral, sin haberse bebido siquiera el café.

Yo me bebí mi café y el suyo, doblé el periódico sabiendo que nunca escribiría en él, pagué sin dejar propina y salí de la cafetería y, aunque seguía lloviendo, yo ya no seguía estando alegre. Y una vez en mi buhardilla, miré con ansia a través de la enorme claraboya buscando alivio, pero el mundo me seguía pareciendo angustiosamente pequeño.

jueves, noviembre 4

Ruido

El grito por Edvard Munch

Llegó del suelo y como un perdigón entró taladrándome el cerebro. Atormentada me llevé la mano al oído. La presioné clavándome las uñas en la cabeza. Para, para, para, suplicaba mordiéndome los labios. Era fuerte y agudo como una torpe tiza al rayar la pizarra. Chirriaron mis dientes ahogados en dentera. Rebotaba metalizado de derecha a izquierda, de izquierda a derecha aumentando en volumen, cobrando fuerza con cada saque lobular. Y amarrado a él ese incesante y monstruoso cascabel que, con su tintineo descomunal, me encarnizaba los nervios. Cerré los ojos apretándolos con dolor y, con la cabeza túmida por la atroz orquesta interna, me dejé caer al suelo y a tientas alcancé las llaves. Las sujeté con rabia, ¿cómo se me pudieron haber resbalado de las manos?, qué torpe.
Con el aire todavía contenido, me quité el audífono. Respiré. Y escuché serena la oscuridad del silencio.

domingo, octubre 24

Desaliento

El descanso por Pablo Picasso

Me desperté a las 4:22 de la mañana. Otras veces son las 5:13 ó las 3:59 ó las 4:47. Las horas cambian pero siempre me despierto en mitad de la noche. Volví a mirar el móvil, las 4:23. Lo dejé sobre la baldita y me froté la cara. Tenía un sueño inmenso y un cansancio que podría sostener entre los brazos. Era un cansancio denso, inagotable. Me acordé de que era vienes y los viernes no daba clase, eso me alivió. Saber que no tendría que fingir la sonrisa ante mis estudiantes me relajó algo.
Me levanté y fui a la cocina. Decir que fui a la cocina, teniendo una casa de treinta metros cuadrados, es pura arrogancia. Preparé café y miré el reloj colgado en la pared, las 4:28. Me volví a frotar la cara pero esta vez con las dos manos, con fuerza y hacia atrás como si quisiera hacerla desaparecer. Estiré el brazo derecho y de la muñeca cogí una goma negra. La dejé en la encimera mientras me hacía un moño. Nunca supe hacerme peinados con una goma entre los dedos. La verdad es que nunca he sabido hacer casi nada. Miré el reloj, 4:32. Madre mía, qué lenta es la vida. Las 4:33. Inflé el pecho con aire que enseguida se convirtió en angustia cristalizada. Pinchaba. Y el café que no terminaba de subir ni el reloj de marcar las 4:34. Estoy agotada, pensé.
Me tumbé en el sofá y me cubrí con la manta de cuadros. Respiraba con lentitud para no hacerme daño con los cristalitos.
Lo que necesitas es hacer deporte, me dijo. No es eso, créeme, no es eso. Viaja, quizá viajar te haga bien, vuelve a China. Sí, es posible…, contesté con el inmenso deseo de no seguir hablando.
Las 4:37. La cafetera pitó. Incorporarme del sofá fue ganar toda una batalla.
¡A ti lo que te pasa es que no te pasa nada!, ¿me oyes?
Apagué la vitro y retiré el café. Me lo serví en vaso, sin leche y con media cucharada de azúcar. Las 4:41. Suspiré y me coloqué, tras la oreja, un mechón de pelo que se había escapado del moño. Un sorbo. Un nuevo y largo suspiro. Las 4:42.
Sal de vez en cuando, queda con alguien, mujer, que te pasas el día con el ordenador, cada día eres más rara.
Removí el azúcar del fondo del vaso y pegué un segundo trago apartando la cucharilla hacia un lado. Siempre me ha gustado beber el café con la cuchara dentro, sujetándola con los dedos. Así el café sabe distinto. Miré el reloj de la pared y mastiqué impotencia. 4:44.
¡Si echaras un polvo se te quitarían las penas!
Llegó el llanto, nunca se hace esperar. A las 4.45 me sonaba los mocos con una servilleta de papel.
Dejé el vaso vacío en la fregadera y me volví a tumbar en el sofá. Esperé allí quietecita a que llegaran las once de la mañana. No me moví. Me soné los mocos, miré el reloj, escuché cada uno de los consejos que la gente me había ido dando, pero no me moví. No me moví hasta las once de la mañana.

A las 11.35 entré en su consulta. Me senté en el pequeño sillón que estaba frente al suyo.
―¿Hoy te sientes mejor?
Negué con la cabeza abatida por el cansancio.
―Es pesado, ¿verdad? ―preguntó esta vez juntando las manos y soltando el aire con lentitud.
―Mucho ―contesté mirándolo fijamente. Agaché la cabeza y formulé la pregunta―: ¿Puedes recetarme sesiones de quimioterapia?
―No tienes cáncer. ―Contestó sin inmutarse como si sus otros pacientes le hubiesen dicho cosas peores.
―Lo sé ―dije―, pero si me las recetaras la gente lo entendería.
―¿Qué es lo que entendería?
―Que con una depresión te estás muriendo igualmente por dentro.
Miré mi reloj, las 11:38.