viernes, enero 14

Juzgando

Escuchaba los consejos de una tal Sara o Sonia, me la acababan de presentar, era editora además de una enorme gilipollas. Se tomó la confianza de alisarme el cuello de la camisa con una mano, con la otra se sujetaba el mentón mientras me decía que debía ser más segura de mí misma, saber qué tipo de textos escribía, o ¿acaso me creía Dostoievski?, pues entonces no entendía lo absurdo de publicar mi primera novela con pseudónimo, decía que debía concienciarme de que iba a tener críticas e iban a ser muy duros conmigo, sobre todo la gente de mi alrededor, decía que debía tener esa capacidad de autocrítica y por supuesto cambiar mi actitud. ¿Por qué eres así?, terminó preguntándome con un molesto chasquido de lengua.
Cobardemente le dije que tenía razón y me despedí de ella con dos besos.
Al darme la vuelta, apreté los labios y le deseé hongos vaginales.

jueves, enero 13

Monopoly familiar

―Avenida de Felipe II, ¿la compras?
―¿Avenida de Felipe?, ¿cuánto cuesta? ―pregunté ladeando la cabeza para ver mejor el tablero.
―Dieciocho mil pesetas ―contestó mi hermano buscando la cartulina con todos los datos de la calle. A Gerardo le encantaba ser la banca desde que éramos niños.
―¿Eso cuántos euros son?
―Qué más dará, mamá, por favor ―dije suspirando.
―¡Uy, qué carácter, hija! ¡Pues da mucho! ―gritó cerrando los ojos, siempre lo hacía cuando se enfadaba, después los abrió y con una voz un tanto infantil continuó diciendo―: Porque a los euros como siempre les hemos quitado ceros pues, oye, que luego piensas que no te cuesta nada y, ¡madre mía, pásalo a pesetas que es otra cosa!
Mi padre empezó con un aburrido discurso económico que preferí obviar. Era un pesado. De medio lado y en bajito, para no menospreciar la oratoria de mi padre, pregunté a mi hermano si alguien había comprado el resto de las calles naranjas.
―La abuela tiene la calle Serrano ―contestó susurrando del mismo modo que lo había hecho yo. Pasábamos de los treinta pero a los dos nos seguía imponiendo el mismo respeto aquel hombre.
No eran muchas las veces que nos juntábamos todos en Bilbao pero la Noche Buena, desgraciadamente, era fecha obligada de encuentro y el Monopoly la tradición personificada en dinero y dados.
Cuando por fin se calló e hizo ese gestito tan soberbio con la mano dando a entender que podíamos seguir jugando, pregunté a mi abuela por la calle.
―Serrano, Serrano, Serrano… ―decía ella buscándola con el dedo índice entre los billetes.
―No, abuela ―dije mostrándole la pequeña cartulina blanca con la banda naranja en lo alto―, es como ésta, eso es el dinero, esto son las fichas de las calles que poseemos ―y volví a zarandear en el aire la de Avenida de Felipe II.
―Ah, pichín, que yo creía que andaba por aquí… ―se encogió sobre la mesa y estirando de nuevo su dedo índice, a modo de aspersor, rebuscó entre las tarjetas que había alineado perfectamente bajo el borde del tablero―. Aquí está, toma pichín, para ti.
―Joder, ya estamos, ¡no!
Se me había olvidado mencionar que mi hermano además de haber sido siempre el banquero se había convertido en el lector oficial de instrucciones, bien sea de juegos como de electrodomésticos. Gerardo, ¿esto cómo va?, le preguntaba en las navidades de 1994 intentando conectar los altavoces a mi nuevo discman. ¡Hijo!, le decía mi madre, mírame si aquí pone que se le pueda echar jabón líquido al lavaplatos. Dice que no. Gracias, cariño. Ningún miembro de la familia había osado a quitarle ese cargo, supongo que más por pereza que por lealtad.
―No, abuela, ¡no!, no empecéis, que al final siempre hacéis las dos lo que os da la gana. ―Y tomando el dorso de la caja del juego, leía en voz alta las reglas para vender o hipotecar las propiedades―. ¿Lo has entendido, abuela?
―Pues no mucho, hijo.
―Déjalo, abuela, que se ha picado ―aconsejé con cierto rintintín.
―¡Qué pedorra, tía! ¡No me he picado pero así no se puede jugar!
―En Serrano se compró José Ángel el piso, ¿no? ―Mi madre en sus mundos.
―No, en Hermosilla. ―Y mi padre la acompañaba.
―¡Pero si es un juego, imbécil! ―recriminé.
―No, en Hermosilla te digo yo que no, porque fíjate, es más, te digo que se lo compró junto al Corte Inglés. ―Mother’s world.
―¿Y qué?, ¡hay reglas, subnormal!, léete las instrucciones, joder, no es mi problema que las tías nunca leáis las instrucciones, ¡se juega así y punto!
―Mmm… no, estás muy equivocada, te confundes con la Casa del Libro, se lo compró junto a la librería ésta de Hermosilla. ―Father’s world.
―Oye, pichines, si os ponéis así, rompo la cartulina de Serrano, la calle no es para nadie y ya. Pedios perdón y daos un beso. ―Grandmother’s wonderland.
―Bueno ―dijo una vocecita al lado derecho de Gerardo―, bueno ―repitió carraspeando―, creo que me toca a mí, ¿no?, es mi turno. ―Anke, la novia de mi hermano tomó ambos dados y los lanzó. Dos seises. Anke era polaca. Anke era preciosa. Anke era todo dulzura. Anke era la reina de las dobles tiradas y aquello le hervía la sangre a Gerardo.
―Vale, vuelves a tirar, pero si te salen otras dos veces dobles vas a la cárcel.
Resoplé tras las directrices de mi hermano, me irritaba tanta exactitud.
―Bien, pero me ha tocado Caja de comunidad ―dijo ella, sin querer saltarse ningún paso. Y es que eran tal para cual, se conocieron siete años atrás en Alemania, estudiando un posgrado de Física Termodinámica en la Universidad de Magdeburgo, con eso creo decirlo todo.
Mi hermano tomó una de las tarjetas del centro del tablero y leyó:
―Por reparaciones en su propiedad pague diez mil pesetas por cada casa, cuéntese como cuatro cada hotel.
―Todavía no tengo nada ―respondió ella aliviada.
―Ricardo… ―comenzó mi madre diciendo muy pensativa―, ¿por qué no compramos una casa en Madrid?, ahora que está la niña allí podríamos invertir ―Mother’s fantasy.
―Tira otra vez ―dijo Gerardo.
―Dos treses ―dijo Anke.
―A la próxima vas a la cárcel ―amenazó Gerardo.
―¡Que siiiiiiiiiiiiiiiiiií, pesa’o! ―grité yo, que no era más que una simple profesora de español.
―Ay, pichines, yo creo que el bogavante me está haciendo gru, gru, gru, gru, lo noto yo, lo noto, ¿a ver si son cacas?
―Tira otra vez.
―Cacas van a ser, ¿eh, abuela?, venga, que te acompaño al baño ―dije levantándome.
―Dos cuatros.
―Bueno, se podría mirar, sí. Esta semana llamo a José Ángel y a ver qué zona me recomienda ―Father’s paranoid schizophrenic.
―¡A la cárcel!

viernes, diciembre 17

Navidad, feliz navidad...


Rafa abría un tempranillo y yo, recostada en el sofá de su casa, remarcaba con el dedo los Aaaaargh! de la Cuore.
―Jennifer López, celulitis: Aaaaargh!
―Esto ya está. ―Y con una bonita sonrisa trajo las dos copas de vino.
Habíamos ido a cenar al japonés de debajo de casa, la idea fue de él. Mi día había sido negro, el suyo gris, así que nos merecíamos colorearlo.
Flexioné las rodillas, tirando la revista al suelo, y le dejé espacio para sentarse. Me dio una de las copas. La cogí con las dos manos como si fuera una taza de café caliente y, encogida como estaba, la miraba concentrada.
―Te aseguro que es vino ―dijo.
Me reí.
―¿Me vas a echar de menos? ―pregunté después del primer sorbo.
―Más de lo que te imaginas.
¿Por qué aquel hombre era tan maravilloso? El 99% de los tíos, a los que les había preguntado eso alguna vez, me habían contestado con una impertinencia y luego añadían esa coletilla que tanto odiaba: Tía, que no, venga, no te enfades, que era una broma, pues ¿por qué no te metes las bromas por el culo? Menos mal que en ese momento estaba hablando con el 1% restante.
―¿Y tú? ―añadió.
―Buff, va a ser todo un alivio, ¿perderte de vista durante tres semanas?: ¡aleluya! Rafa, eres muy coñazo, sobre todo cuando me hablas de Natalia.
Bueno, ¿qué? sí, lo reconozco yo pertenezco a ese 99% incapaz de hablar de los sentimientos, pero era una broma, que no se lo tome a mal porque era una broma y si se lo toma a mal es que no tiene sentido del humor, y ahora podría hablar del porcentaje de tíos que no tienen sentido del humor.
―Oye, loco, no te enfades, ¿eh?, que era una broma.
Sí, doy asco ¿y qué? Rafa se rió. Rafa se escapaba de cualquier estadística.
Los dos nos quedamos en silencio. Yo miraba la copa de vino y reflexionaba sobre las vacaciones y las pocas ganas que tenía de marcharme a Bilbao por tanto tiempo:
―Navidad, qué asco de fechas, de verdad, qué poco me gustan ―dije rompiendo el silencio―. Llegaré a mi casa y mi madre me dirá lo mucho la odio con lo buena madre que ha sido ella, mi padre encerrado en su despacho editando mapas. ¿Te he contado que mi padre es profesor en la uni más pija de Bilbao? Es catedrático de historia, aguántale. Mi padre escribe Atlas históricos, ¿se puede decir escribir un Atlas?, porque, claro, no se escribe, se pegan mapas, ¿no? ―Rafa levantó los hombros con duda, él era consultor―. Bueno, pues mi padre pega-escribe Atlas y dice que los besos los inventó Hollywood, muy cariñoso mi padre. Entonces yo me angustio, ¿y qué hago?, llamo a Marieta. Marieta es mi más mejor amiga, tengo dos, ¿vale? Marieta y Blanquita, bueno, tres: y Silvi, pero da mucho por saco. Blanquita nunca me llama Elvira, me dice Elvirilla corazona, poca gente sabe decir Elvirilla tan bien como lo dice ella, y en vez de besos me manda besoides, me enamoré de ella con tres años y hasta el día de hoy. Es especial. Pues cuando me coge Marieta el móvil y le digo: ¿Loca, qué tal?, me contesta: Un asco, mi vida es un asco, y llora, yo también lloro porque pienso que mi vida es otro asco pero no se lo digo porque nos alternamos las ansiedades. Es un pacto. Nunca hemos hablado de él pero respetamos los turnos de angustia. Un día ella, otro yo. Así funciona. Silvi nunca lo respeta, por eso a veces pasa el límite y da por saco. Poco más puedo hacer si Marieta tiene ansiedad, ¿no?, pues llamo a Jaime para tomarme unos pintxos a las siete de la tarde. Jaime, sabes, ¿no? ―Rafa niega con la cabeza mientras pega un trago al vino con los ojos como platos―. ¿No? Uy, qué raro, bueno, pues Jaime es mi mejor amigo o lo era, porque hace tres meses le dije que tenía depresión, entonces se metió debajo de una piedra hasta hace un par de semanas que me volvió a llamar y me contó que tenía novia y que era adicto al snowboard, la gente cuántas cosas hace, ¿verdad?, pregúntame qué he hecho yo en tres meses, pregúntamelo, ¡venga!
―¿Qué has hecho en tres meses?
―Llorar-en-mi-sofá. No me ha dado tiempo a más. Nada más. ¿Escribir? Pues tampoco…, no sé, como tengo a este profesor de Creación Literaria que con su voz de Paco Valladares me dice que mis cuentos son superficiales e inmaduros, pero, ¿qué esperaba?, ¡tengo a una Betty Boop rodeada de corazoncitos presidiendo mi blog! Es que la gente es muy progre y transgresora, ¿sabes?, que en la foto del blog se ponen detrás de una cámara de fotos, en plan misterioso, o, ¡ésas, ésas! ―me puse de pie para representar mejor la postura―, ésas que son en blanco y negro, con las manos en la cara, en plan: ¡cu-cu, mírame lo intelectual que me pongo! ―A los dos nos dio un ataque de risa. A mí casi se me cayó el vino, me volví a sentar y continué algo más tranquila―: Menos mal que siempre nos quedaran los psicoterapeutas, el mío flota, ¿sabes?, es de éstos que no se inmutan, yo creo que se pasa el día meditando o algo así, no sé, le digo: Óscar, tengo mucha angustia, porque a él se lo puedo decir sin esperar turnos, no como con Marieta, ya sabes..., bueno, entonces él aprieta los labios, cierra los ojos, asiente con la cabeza lentamente, len-ta-men-te y me dice: Eso es normal. Ya está, punto caramelo, el tío se ha metido a todo Freud en una frase. Pero me ayuda, creo que me ayuda o por lo menos quiero creer que me ayuda, más que nada porque se lleva la mitad de mi salario. Así que bien, genial, preparada: Navidad, Navidad, todos alrededor de la mesa, seguro que a mi abuela se le escapa otro pedo como la navidad pasada, porque a la mujer el marisco le revuelve las tripas, mi padre hablará de política mientras olisquea una y otra vez el vino levitando, mi madre dirá que no le hemos dejado bogavante pero que no le importa porque siempre ha sido una sacrificada, y mi hermano Gerardo seguirá poniéndome caretos como hace treinta años mientras su novia Anke, que es polaca, le preguntará con cariño a mi abuela si quiere ir al baño, y ella, mi abuela, como es tan así, pues le contestará dignamente, tranquila, hija, son ventosillas. ¡Feliz Navidad!
Rafa no podía parar de reír, me abrazó como sólo él sabe abrazarme y me susurró divertido a la oreja:
―Feliz Navidad, loca…

sábado, diciembre 11

Números, algo más que una historia

Subía las escaleras contando.
Me gustan los números, por eso siempre he odiado las matemáticas. Me gusta creer que el 3 y el 4 están enamorados como que el 9 tiene un carácter déspota y humilla en cuanto puede al 8 mofándose de su físico. Aunque lo intenta, el 1 nunca consigue poner orden y es el 5, con su paciencia, quien termina calmando las tensiones numéricas. El 7 y el 6 forman el dúo sacapuntas, el Quijote y Sancho Panza, el Dix y Bully, tramando disparatadas conspiraciones para conseguir el amor del 3.

―A ver, siguiente, ¿2 más 1?
―3 ―dije después de haberme contado los dedos de la mano.
―Pues escribe aquí el 3, ¡aquí no!, ¡aquí, debajo de la raya! ¡Que pareces tonta, hija! ―Mi madre desesperada intentaba enseñarme a sumar a los siete años, mal número―. Ahora, ¿3 más 4?
No sabía cuánto eran 3 más 4 pero no me importaba, porque estaban juntos, uno encima del otro, seguidos, siempre tenían que estar seguidos.
―¡7! ¡Son 7! Escribe aquí y subraya el resultado: 73 ―y mi madre marcó el espacio con el dedo.
―¡No, no, no, no, 73 no!, porque ahora vendrá el 6 y la raptará.
―Qué coño, de… ¿qué?, hija de los cataplines…
―¡Al 3!, ¡van a raptar al 3!, para que no se case con el 4 y, y, y, así llevársela y entonces, luego, luego, ¡ay!, el 7 se puede casar con ella, sí, porque el 1 no estaba mirando, ¡ay!
Me gané un tortazo y comprendí la crueldad de las matemáticas.

Seguía subiendo las escaleras y seguía contando mentalmente toda una historia: 215, 6, 3.304, 67, 99.899, 13, 77, 73. Dios mío, 73, pensé angustiada sacando las llaves del bolso frente a la puerta.
―¡Elvira!
El grito me hizo mirar por hueco de la escalera, dos pisos más abajo vi la cabeza de mi vecino Rafa asomada. No hubo números que contaran lo que tardé en bajar. Con un mimoso ven aquí, chiquitina, me abrazó.
Entre risas me invitó a mate. ¿Te has hecho algo?, me preguntó ya sentados en el sofá, ¡te has cortado el pelo!, joder, estás guapísima. Estaba como siempre, sí, con el pelo algo más corto, pero él era Rafa. No dije nada, solamente sonreí y con la mirada baja pensé en lo mucho que lo había echado de menos. Me habló de su viaje a Argentina, de Natalia, de la cafetería, de cómo no pudo decirle nada, de lo pringa’o que se había sentido al ver la boda desde el quinto banco, de lo estúpido que era, de que todo tenía que cambiar, de que ya no la quería, ya no la quería.
―¿Te has dado cuenta de que soy como el 3?, pequeñita de tetas enormes ―dije cortante al término de su discurso.
Rafa levantó una ceja sorprendido, tragó el mate y al ver que no añadía nada más empezó a reírse absolutamente escéptico. Loca, decía ladeando la cabeza. Lo besé en la mejilla, dejé el mate sobre la mesita, me levanté y, diciéndole que nos veríamos mañana, me marché.
… 73, 44, 66, 1, 51, 76, 555, 4, 3, 43. 43. Riéndome saqué las llaves del bolso y abrí mi puerta.

jueves, diciembre 9

Horneando ideas, gratinando novela

Nota: Se recomienda leer el relato Pide un deseo... para contextualizar a los personajes de este cuento.

—Sí, lo sé, lo sé —repetía con voz ausente, sabía que tenía razón.
Acababa de tomar el metro en Sol. Tenía el móvil pegado en mi oreja izquierda y la flauta de un boliviano en mi derecha. Eran las cuatro de la tarde, todavía no había comido, tres cafés y un zumo de naranja, eso era todo. No entendía cómo podía dar las clases con el estómago vacío, pero siempre lo hacía y mis estudiantes no parecían darse cuenta del hambre que pasaba a esas horas.
—Ya, la semana pasada, sí, ya lo sé, Chete, pero es que… —intentaba disculparme con poca convicción, sólo quería llegar a casa, prepararme un sándwich, echarme al sofá y fermentar el resto del día.
El boliviano agradeció al vagón entero su paciencia y, con una bolsita en la mano, lo recorrió invitándonos a aportar la voluntad.
—He andado liadísima —mentí—. Las clases en la uni, la mudanza, el cambio, el master… —los semáforos, el coche, la paella, la abuela que fuma; lo cierto es que era una genia haciendo listas dando a entender lo ocupadísima que estaba. Eso lo había aprendido de mi madre: he ido a la charcutería, luego al banco, que si la cola, que si venga a esperar, que si vuelve, que recojo lo de la tintorería, llega y ponte a cocinar, que si el aceite, que si la sal, que si se me ha olvida'o el pan, baja otra vez, sube , que llama tu tía, que el crío está malo, que mira, que te digo, que, ay madre, que no puedo más.
—Bueno, Elvira, no te preocupes, como dice mi mujer: con paciencia todo va saliendo.
Lo bueno de tener un editor canario era eso, que sabía que había más tiempo que vida, así que los retrasos siempre estaban justificados. Era cierto que las correcciones las tenía que haber entregado hacía dos semanas pero también era cierto que Chete me había prometido que mi novela estaría en las librerías en octubre, estábamos en diciembre y andábamos a medias con la maquetación.
—Mi niña, escúchame, envíame la foto.
—¿Qué foto? —pregunté apartándome de la puerta porque era mucha la gente que se estaba subiendo en Tribunal.
—La foto de contraportada, la que va junto a tu biografía.
—¡Ah, no, no, no! ¡No hay foto! —La mujer de al lado me miró riéndose, había gritado demasiado, así que corregí mi volumen y se lo repetí más bajito—: Chete, no, ¿eh?, no me hagas poner una foto con cara imbécil, que me muero de la vergüenza.
Entre risas me pidió que le explicara qué era eso de cara imbécil.
—Pues, no sé, cara Espido Freire, que parece estar extasiada mirando al infinito con la manita debajo del mentón.
Lo oí reírse más fuerte todavía, después me prometió que no habría foto. Aun así me recriminó por algo que no me esperaba:
—Elvira, te lo digo en serio, de verdad, últimamente tu blog parece una funeraria con tanto muerto.
—¿Sí?, ¿no te gusta?
—Hombre, no es tu estilo, lo característico de tu blog era su frescura, ahora aburres a cualquiera.
—Ya… —reflexioné y luego me justifiqué—: Es que dice mi profesor de Creación Literaria que hay que escribir desde la angustia.
—¡No me digas!, oye, ¿y cuántas novelas dices que ha publicado tu profesor? —me reí al escucharlo, qué cabrón. Luego continuó—: Mi niña, tu novela sale en enero y, como sigas espantando a los lectores con tanto drama en tu blog, esto no va a funcionar. Tienes un estilo muy particular, valóralo.
Se me cayeron las lágrimas sin querer. Valóralo. Era muy poco lo que confiaba en mí misma por no decir nada, los últimos meses acabaron con mi autoestima, así, sin más, un día empezó a evaporarse hasta que sentí que nada de lo que hacía tenía sentido y por lo tanto era inútil buscarle un para qué a las cosas. El valóralo aquél daba cierto significado a todo el año que llevaba arrastrando.
—Gracias… —dije encogiéndome de hombros intentando ocultarme, sentía que la gente me miraba.
—Bueno, pues entonces como habíamos dicho, el jueves quedamos, te paso el borrador y miramos los dobles espacios esos que nos están dando tanto la lata, ¿te parece?
—Me parece —contesté con media voz.
—De acuerdo, el jueves a las seis de la tarde en el Café Gijón.
—¿Qué? ¿En el Café Gijón? —¿se podía ser más hortera?
Chete se reía como un loco:
—Que no, mi niña, que sólo te estaba probando —soltó otra carcajada—. Dejemos el Café Gijón a tu profesor el angustias. Entonces, ¿en el Starbucks de Fuencarral?
—Perfecto —dije riéndome también.
Guardé el móvil, tomé aire con una sonrisa y sentí como el pecho se me llenaba de esa ilusión que tanto había añorado últimamente.

Castañas asadas


The chestnut seller por Jean Francois Raffaelli

Lucas sólo quería unas castañas.
Su abuela lo recogió a la salida del colegio. Lo hacía todos los martes y jueves porque era cuando tenía entrenamiento. A sus ocho años era todo un pichichi.
Con el balón bajo el brazo cruzaba la carretera. No lo botes en la calle, ¿eh?, le advertía su abuela mientras lo sujetaba por la manga de la chamarra. Frente al puesto de castañas Lucas sonrió. Botó el balón. No lo botes, dijo su abuela. Cuánto es, preguntó cogiendo el paquete y dándoselo a su nieto. Lucas, que sólo quería unas castañas, cogió el paquete con ambas manos soltando el balón que botó sin rumbo hasta los pies del hombre que, en ese momento, estaba cobrando a su abuela. No vio el balón. Del tropezón su cuerpo cayó torpe sobre el brasero. Sus ropas prendieron y las llamas lo abrazaron al instante. Alguien lanzó el cubo de agua que convirtió el rojo en negro, en densa humareda con olor a carne quemada. Alguien se llevó en volandas a Lucas que, con miraba vacía, seguía sujetando con fuerza su bolsita de castañas.

miércoles, noviembre 24

Frío en la playa

Playa de Sopelana por Rubén de Luis


La playa estaba vacía.
Al despertar creí que aquél no era un típico día de octubre así que lo llamé para ver si podríamos hacer algo diferente, no lo encontré en casa, es posible que contestara al móvil, lo volví a intentar, nada.
Fue a la segunda vez que miré por la ventana cuando me decidí. En poco más de dos meses cumpliría los treinta y todavía no había hecho ninguna locura. En un breve mensaje le dije que lo esperaba en la playa. Cogí el coche. Casi cinco horas tardé en llegar a Sopelana porque a la salida de Madrid me pilló atasco, en ese momento me di cuenta de la poca paciencia que tenía.
La playa estaba vacía.
Me desnudé guardando la ropa en la mochila, después comprobé si tenía mensajes. Nada. Estando en la orilla me di la vuelta, no sé, algo me hizo estar intranquila. Qué tontería si no había nadie. Los dedos del pie, con cierta timidez, tocaron el agua y como un resorte di un pasito hacia atrás. Lo pensé dos veces, era octubre. Tomé aire y con decisión rompí camino mar adentro. Los pinchazos en la pantorrilla eran intensos, el dolor eléctrico casi no me dejaba andar. Solté aire apretando los puños mientras daba saltitos intentando calmar la sensación de parálisis en mis piernas. ¿Por qué me empeñaba en sufrir de aquella manera?, me reí por la ridiculez de la situación pero, al ver llegar la ola, me estremecí y grité como una histérica cuando explotó contra mi vientre. Conté hasta cinco en voz alta y me sumergí bajo el agua. La salida fue brutal, me di cuenta de que no sentía la cabeza, estaba convencida de que el corazón había trepado hasta mis tímpanos y lo iba a expulsar por la boca. ¡Se acabo!, y apretando los brazos contra mi pecho salí corriendo hacia la orilla. Una vez fuera me sacudí el pelo como un perro y a zancadas llegué hasta la mochila.
Era imposible entrar en calor con aquel viento. Saqué la toalla y me envolví en ella. Sentí cierto sosiego. Me froté las piernas y comencé a vestirme, era la única manera de quitarme de encima esa losa helada. Cuando estaba enroscándome al cuello el foulard, vi las dos llamadas perdidas en el móvil. Número desconocido. Sin darle mayor importancia me enfundé los calcetines y sacudiendo la arena me puse las botas. El móvil sonó. Lo cogí agachándome. Número desconocido. Una voz seria preguntó por mi nombre. Sí, soy yo, dije. Me explicó algo de la policía, que si no sé qué de mi mensaje en el móvil, que si la playa, que si su Opel Astra gris metalizado, que si a la altura de Burgos, que si lo sentía. Se me erizó el cuerpo entero, el calambre subió por la espina dorsal hasta helarme las sienes y fue ese temblor espasmódico el que me hizo caer. Y arrodillada en la arena me tambaleaba como una tarada, apretando el móvil contra mi pecho consciente de que ya nunca podría escapar de aquel frío interno.

jueves, noviembre 18

Noche

Interior with a Bowl with a Red Fish por Henri Matisse

—¡Roberto, Roberto, Roberto!
Joder con la vieja que ni una puta hora seguida me deja dormir, toda la noche igual.
—¡Roberto, ay, Roberto! Que me ahogo, hijo, ¡ay!, ¡ay, las pastillas!
—¡Que sí, abuela, tranqui que ya voy!
La ostia, en mala hora dije que la cuidaba yo, ¡qué puto pringa’o! A ver dónde coño está ahora el interruptor. ¡Joder!, ¿qué es esto?, vale, guapo, pizza, qué ascazo, tío, si es que no se ve ni una mierda. ¡Su puta madre con la mesilla qué ostia me acabo de dar!
—¡Rober, hijo, ay! ¡Roberto!
—¡Ya, ya! Abuela, que ya pillo las pastis y voy.
Joder si esto es mi camiseta, ¿no?, sí, sí, es la camiseta ¿y los pantacas?, ¿dónde coño dejé los pantacas? Puta casa de viejos que no encuentras la luz ni a tiros, me cagüen, pa’ dos putos duros que me voy a sacar, ¡miserias ostias! Que andará toda la peña de Lega, tío, ahí, la Ainhoa que ¡Dios, diosssss! ¡Joder con la esquina de la puta cama que casi me revienta los huevos!
—¡Roberto, Roberto! Rober...
Joder, abuela, macho, que ya voy, no me calientes, que placa y te meto, que se me va la pinza y que ya me veo a la Ainhoa, ahí, tío, y que no se pase un pelo con el Chus que les casco a los dos. ¡Joder si están aquí los putos pantacas, macho! ¡Ostia que me mato! Mazo complicado, chaval, a ver, primero una y luego ésta, eso, la otra.
—¡Abuela que ya!, ¿las pastis en el baño?
¡Coño!, pero si esto es el armario, ¿y la puerta?, ¿la puta puerta? Buff, puta noche de sábado.
—¡Abuela, las pastis las pillo del baño!, ¿no?
Y la vieja como una tapia, venga, va, de puta madre y ¿ahora cómo coño salgo de aquí? Ostias, mírala, ésta debe ser, sí, joder, es la puerta.
—Aquí estoy. ¿Abuela?, ¿abuela, ¿abuela?